lunes, 19 de noviembre de 2018

NUESTRO HUNDIMIENTO

Resulta oportuno y hasta casi obligado relacionar la postración del Ara San Juan en el fondo del mar con el desfallecimiento moral de nuestra entera nación: se trata de uno de esos simbolismos propiciados por los acontecimientos en que lo eventual evoca a lo habitual en inmejorable correspondencia. Pero si los hechos luctuosos pueden sincronizarse ajustadamente con otras realidades de orden más elevado y comprometedor (la decadencia moral de un pueblo, digamos), no menos doloroso resulta detenerse a espigar algunas significativas derivaciones de estos mismos hechos -en particular, aquellas que suelen pasar desapercibidas para las seseras menos atentas a la intelección de lo que realmente ocurre.

Pasarán entonces de largo, en medio de las hipótesis y las indagaciones que el caso reclama, las declaraciones de algunos de los familiares de los marinos siniestrados cuando éstos sean capaces de reclamar «por que lo puedan reflotar [al submarino], no por retener la morbosidad de los cuerpos, sino por saber qué pasó». Al paso que, como apunta el periodista a coro con la entrevistada, «recuperar la nave permitirá saber qué "falló" para "que nunca más" Argentina vuelva a sufrir una tragedia similar» [nuestros son los subrayados].

Se podrán tener éstas como palabras transitorias e irrelevantes para un caso que tiene mil otros costados a los que la prensa acudió con solícito olfato de novedades. Pero valen para medir algo más que la noticia: para reconocer la impregnación de veneno que, como por capilaridad, ha invadido las mentes y la concepción primaria de las cosas a partir de las fuentes que destilan con abundancia ese mismo veneno. 

Digamos, pues, que de aquel slogan del «nunca más», de notoria fortuna entre nosotros, puede decirse que representa la fórmula más atinada del cruce entre el voluntarismo y los ensueños del progreso prometeico, una especie de sedante retórico de las conciencias, persuadidas -pese a las sucesivas desmentidas históricas- de que el solo propósito mancomunado de los hombres bastará para atraer el paraíso a la tierra (o, al menos, para que nunca más ocurran desgracias de gruesa impronta). Utopía y de la peor ralea, alguien debería escribir acerca del efecto del retintín del «nunca más» en nuestras clases semiletradas, qué poder lenitivo y sosegante les alcanza, cuánto estas fórmulas contienen de transposición profana y simiesca del método hesicasta, de aquella llamada "teología del nombre" tan en uso entre los cristianos orientales, consistente en la repetición litánica del santo nombre de Jesús.

Pero lo que alarma en punto a la suma estulticia alcanzada por toda una generación de náufragos de tierra es aquel excusarse de que, con el rescate del Ara San Juan, no se desea precisamente "retener la morbosidad de los cuerpos". Siempre supusimos que, en situaciones de este tenor, lo que urge y no necesita ser explicado ni ensombrecido por inauditos escrúpulos es el dar sepultura a los muertos. Práctica que la Iglesia consagró desde siempre como una de las obras de misericordia corporal, y que en la Escritura conoce el caso heroico de Tobit, que enterraba a sus connacionales pese al peligro de contrariar con ello al rey asirio Senaquerib, y que en la tragedia griega hace resaltar el coraje de Antígona, quien inhuma a su hermano Polinices contra el edicto de Creonte, rey de Tebas. Ni decir que la Eneida está repleta de situaciones en que se rinden honras fúnebres a los muertos, empezando por su sepultura, incluso como condición para poder proseguir con esperanzas de éxito las empresas guerreras acometidas. Ésta de enterrar a los difuntos es, como el matrimonio, una institución que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad y que, supuesta la obvia diversidad de los rituales, no conoce casi excepción en tiempos y latitudes.

Con lo que, al disculpar a la faena de la presunta "morbosidad de los cuerpos" que ésta supondría, se señala un sobreentendido artificial que no guarda relación alguna con la concepción de la muerte y de los deberes de los deudos para con el difunto tal como nos han sido transmitidos ininterrumpidamente por una vasta multitud de generaciones. Pone en evidencia, en todo caso, la a-historicidad de nuestros coetáneos, reos de una laboriosa sustracción de todo contenido de conciencia tributario de las formas inveteradas del legado, de la tradición, de la transmisión sapiencial de unos a otros, indispensables para alcanzar la inteligibilidad de lo real. Efecto de la aplicación de los criminales programas del constructivismo, los sujetos yacen en una flotación sin contenido que atraviese la mera aprehensión primaria de los fenómenos. O con el único contenido que les efunde la matrix progre, lleno de remilgos y mojigatería ciertamente muy ocurrentes, pero faltos de ese sustrato común a la humanidad, que reconoce el deber de devolver a las entrañas de la tierra el cuerpo muerto de un congénere sin detenerse a calibrar el punto más o menos de morbidez que tal cometido supondría.

Inconsecuencia de las más clamorosas que haya surtido la mitología psicoanalítica y su "cultura" subsidiaria, siempre tan ávida de espiar las tumefacciones y alimañas que moran en los estratos bajos del psiquismo, la aplicación del estigma de «morboso» con clara intención peyorativa acaba posándose incluso donde no debiera. La auténtica morbosidad es nuestro hundimiento cultural y moral a instancias de esos psicoanalizados en tropel que dan el tono a los pasquines multimedios, y que acaban por ponerle sus palabras en la boca a la pobre gente. Nuestra época, al fin de cuentas, es la que prohíbe la tauromaquia y legaliza el aborto.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

AGNOSIA


por Dardo Juan Calderón 

Hace una punta de años, por allá, en aquella isla llena de ingleses, un Dr. P. – oftalmólogo- se encontró con una rara enfermedad. El paciente veía las cosas pero no podía acertar a definir qué eran. Miraba un objeto y lo describía:“es una porción de cuero rectangular, con cinco apéndices irregulares de un lado”. No bien se libraba el objeto al tacto, de inmediato reconocía “¡es un guante!”, y así con todos los objetos a los que encontraba igualmente ajenos e indefinibles, pero el tacto y la vista permanecían ajenos a ese conocimiento, la vista no se unía en la segunda experiencia. El Dr. P. llegó a la conclusión de que era una alteración mecánica de la conexión del aparato óptico con alguna otra parte del cerebro y la llamó: “agnosia visual”. No se podía conocer mirando, sólo se podía ver, perfectamente, y recién cuando el objeto se hacía sensible al tacto -que sí estaba conectado- se lo reconocía, pero seguía siendo aún indefinible para la vista.

La causa del corte en la conexión era un asunto ajeno a su ciencia, ¿quizá un virus, una bacteria, un susto, una gran emoción, un condicionamiento social…? Lo importante era descubrir esa conexión y ver si era sanable. Dado el avance de la neurociencia en aquel tiempo, era impensable hallar la falla, por lo que había que esperar un fantástico descubrimiento científico.

No sé cómo terminó aquella historia pero hay autores que han tomado esta anécdota para definir un mal que se está haciendo endémico, que es algo así como “agnosia moral”.

De un tiempo a esta parte muchas buenas personas –y hasta muy buenas- aun viendo las conductas de quienes los rodean no alcanzan a emitir un juicio moral sobre sus actos (y no estoy hablando de personas con criterios inmorales, para nada). En seguimiento del Dr. P., con la observación del fenómeno sólo podemos afirmar que se trata de una especie de corte mecánico entre la facultad de la visión de los hechos y aquella parte del cerebro que produce un juicio moral, ya que, al igual que el caso médico, estos pacientes comienzan a reconocer el carácter moral de aquello que simplemente ven con indiferencia cuando llega el “tacto moral”; es decir -en este caso- cuando llega el dolor, cuando “duele”.

Así como en el caso de aquel paciente en que se nos hace inexplicable que, viendo y describiendo lo que veía no acertaba a definirlo, de la misma manera tenemos en nuestro derredor multiplicidad de enfermos de “agnosia moral” cuyos síntomas se nos hacen evidentes (y, aún peor, ocurre en alguna medida en nosotros mismos sin que, por supuesto, lo advirtamos; con lo que presumimos que puede ser contagioso). ¿Cuántas veces vemos padres y madres que ven las vidas y acciones de sus hijos de esta manera sin lograr hacer un juicio moral?: la nena se viste y bulle el anca como para infartar a un anacoreta; el nene juega con las muñecas y ambos -buenitos y cariñosos en casa- son impermeables a todo intento de autoridad. Sus padres lo ven, pero no aciertan a saber qué significa hasta que “tocan”, es decir, cuando “duele”; cuando a la nena la dejan con tres meses de preñez y los llama desde la clínica de abortos, o el nene les trae a casa un orco con el que se puso de novio. Recién allí los sorprende el cuadro - que no encuentra nexo causal con lo anteriormente visto- y dicen tomándose el rostro “¡¡¡Ohhh!!! ¿¡Qué nos ha pasado!? ¡¿Qué hicimos para merecer esto?!”

Además de los anestésicos que nos prodiga la ciencia, el dolor se reduce con el acostumbramiento. Por eso recurrimos a estos ejemplos extremos, ya que pocos años atrás era suficiente con mucho menos, el dolor surgía cuando la nena nos traía un novio ateo, o simplemente vago, o rematadamente imbécil. Pero con estos ejemplos hoy nos acusarían de exceso de sensibilidad y hasta de crueldad (me consta).

Los buenos católicos vieron ocurrir el Concilio Vaticano II con esta anomalía gnoseológica. Lo vieron pasar pero no alcanzaron a descifrar su significación. Al poco tiempo vieron a los Obispos que comenzaban a hablar como viejas de té canasta y los seminaristas como nenas de un team de porristas: “¡Achupé achupé! ¡Jesús volvé!”. La liturgia era para idiotas y por supuesto –no podía ser de otra manera- la celebraba un idiota o terminaba idiota por celebrarla (un famoso cura de estos pagos escribía un tratado sobre ella, descriptivo al detalle, sin notar cambios significativos con la anterior). Los sermones y la prédica eran completamente vacuos y babosos. Todo eso se veía, se podía describir como se describía aquel pedazo de cuero con cinco apéndices, pero no se alcanzaba a concebir una significación; los dejaba indiferentes y seguían concurriendo todos los domingos. De hecho todavía hay gentes buenas que lo ven, celebrada por un marica, un fantoche o un agnósico (a los que ven así), y no hacen el juicio.

Un día un tribunal cualquiera (podría ser la Corte de Filadelfia), les dice que tiene pruebas de que el Obispo no sólo era afeminado, sino que cada tanto se echaba una siesta con los seminaristas; que estos últimos llegaron a curas y se sirven a la cacerola a coreutas y monaguillos, y que, probablemente, si llevas tu nene a la iglesia dependa de su conformación hormonal el que pierda la fe o la virginidad. Que el Vaticano es un Club Gay y la “pastoral”, de estúpida se hizo obscena. Y entonces se agarran el rostro con las dos manos y dicen “¡¡¡Ohhh!!! ¿¡Qué nos ha pasado!? ¡¿Qué hicimos para merecer esto?!” pero, como en el otro caso ¡sin efectuar el nexo causal con lo anteriormente visto!, sólo con lo que tocan, con lo que “duele”. En este caso, Francisco duele, pero Benedicto XVI sólo se observa y se describe.

Nosotros - que sólo somos oftalmólogos - nos mantendremos en el nivel del diagnóstico del Dr P. (que al cabo era un científico, era inglés y descubrió el mal) y no vamos a endilgar culpas a nadie, sino que pacientemente proponemos a los especialistas el buscar esta ruptura neurológica – este crack- como inicio, y luego - si se puede - bucear las causas del “corte”: ¿quizá un virus, una bacteria, un susto, una gran emoción, un condicionamiento social…?

El uso de las negritas (aunque implica una hipótesis) no es para concluir que son unos cobardes conformistas, sino simplemente que tienen cortado un cable. Tampoco vamos a recurrir a imágenes despectivas como la de cientos de avestruces con la cabecita en un hoyo y el plumoso traste al poniente. Veremos que esta perspectiva científica que proponemos nos hace más ecuánimes con nuestros parientes, vecinos y la curia en general, mientras esperamos que se descubra la cura. Son buena gente que ven al mundo cometer una serie de acciones de las que no alcanzan a entender su significación, simplemente los ven y esto no gatilla un juicio moral ni doctrinal hasta que llega la policía y sale la noticia en los diarios.

No hay muchos trabajando en descubrir la etiología de la enfermedad y sólo se conocen sus adelantos en revistas científicas especializadas (y algunos conventos y seminarios escondidos) cuyas conclusiones no llegan a los mass media. Por ahora – en el público en general- cuando el dolor se siente y saltan las plumas, les llega la significación del hecho, pero sigue sin explicarse en sus nexos causales (poco ha, hubo un congreso de liturgia de excelentes personas que ven Vetus y Novus y no alcanzan a notar la significación de la reforma, necesitan que el cura eructe y diga “rajen, missa est”).

De todas maneras no se preocupen, se siente cada vez menos, pues hay un ejército de laboratorios farmacológicos llenos de misericordia y milenarismos colaborando en la mitigación del sufrimiento, con pastillas y pomadas, hasta que ocurra un milagro (o se corte el nexo del tacto y la indolencia nos deje -¡por fin!– imposibilitados de toda significación).

lunes, 12 de noviembre de 2018

LETRINA DE INTERNET

por Juan Manuel de Prada
(fuente aquí)

En su ensayo sobre Tiberio, Gregorio Marañón señala que, siendo muy parecido al odio y a la envidia, el resentimiento es mucho más nocivo para quienes lo padecen. Pues el odio o la envidia, aunque son pasiones igualmente nefastas, tienen una proyección estrictamente individual (se odia o envidia a una persona en particular) y, por lo tanto, invaden tan sólo una parte del alma (y, si desaparece el motivo del odio o la envidia, el alma puede restablecerse). En cambio, el resentimiento es una pasión más nebulosa o impersonal, que se dirige con frecuencia contra el mundo entero; pues el resentido no se considera agraviado por tal o cual persona en concreto, sino por una confabulación de circunstancias que convergieron en su fracaso. Y, así, el resentimiento gangrena el alma por completo, teniendo una curación más ardua y dolorosa. Marañón no niega que un resentido pueda liberarse de la pasión que lo destruye, pero reconoce que tal curación exige un empeño de perfeccionamiento moral mucho mayor que cualquier otra pasión perniciosa.

Uno de los recursos más habituales del resentido –nos explica Marañón– es la redacción de anónimos. «Un anonimista infatigable que pudo ser descubierto, hombre inteligente y muy resentido, declaró ante el juez que al escribir cada anónimo ‘se le quitaba un peso de encima’», escribe. Naturalmente, la percepción de este ‘anonimista’ era errónea; pues la escritura de anónimos alimenta siempre el resentimiento, que como la adicción a las drogas necesita de constantes rendiciones que el drogadicto experimenta eufóricamente como si fuesen alivios… que no hacen sino derrotarlo más. Siempre ha sido hábito del resentido –«calumnia, que algo queda»– recurrir a los anónimos injuriantes, que le brindan un momentáneo desahogo a la vez que gangrenan cada vez más su alma. Y siempre ha sido hábito de las sociedades saludables perseguir y combatir los anónimos, que no hacen sino envilecer el ambiente espiritual de la época. Así ocurrió, al menos, hasta la nuestra, en la que los anónimos han encontrado no sólo protección y estímulo, sino también legitimación, a través de la tecnología.

¿Qué son, sino resentidos, esos trolls que infestan las redes sociales, los foros de discusión virtuales, los comentarios de las noticias publicadas por los medios digitales? Se amparan en el anonimato para disparar insidias, ofensas y zafiedades, dicen que con una intención «provocadora»; pero a todos los guía el resentimiento más aciago, a veces expuesto desnudamente a través del exabrupto, a veces disfrazado con los andrajos de un patético gracejo (que, sin embargo, otros trolls celebran como si fuese un rasgo de ingenio). Millones de cuentas en las redes sociales están dedicadas a la difusión de anónimos biliosos que, a su vez, otros resentidos difunden, en una marea de orgullosa y solidaria satisfacción. Y no hay más que asomarse a los comentarios que ilustran, a modo de gargajos, cualquier noticia o crónica periodística publicada en un diario digital para enfrentarse a un hormiguero de inmundicia rencorosa. Sabemos que interné es una letrina de resentimiento, pero hemos llegado a aceptarlo como si tal cosa. Nadie se detiene a considerar que todo ese vómito de bazofias dictadas desde la oscuridad del anonimato está delatando una grave enfermedad social de muy difícil cura. Más bien parece aceptarse que esta forma de envilecimiento colectivo fuese inevitable, incluso… conveniente.

A veces, conversando con personas habituadas a desenvolverse en estos ámbitos de inmundicia, he llegado a la conclusión de que conviene a nuestra época una letrina donde los perversos, los fracasados y los descontentos puedan desahogarse. Conviene que una multitud creciente de personas con conciencia de agravio (a veces fundamentada, a veces imaginaria) tenga a su disposición un desaguadero que disminuya su peligrosidad. Conviene, en fin, que interné sea una jaula de monos agitados que gritan hasta quedarse afónicos, ensordecidos por el tumulto ambiental. Pero esta solución, amén de ingenua, nos parece repugnantemente cínica. Pues el resentimiento nunca se ‘desahoga’, sino que queda preso al fondo de la conciencia, donde incuba y fermenta, infiltrando todo nuestro ser; y acaba siendo el motor de nuestras acciones, hasta convertirnos en alimañas. Que es lo que terminará ocurriendo, si no reaccionamos: construiremos una disociedad sin lealtad ni amor, un enjambre de alimañas heridas, prestas a lanzar su dentellada. Pero quizá esto también convenga a quienes permiten que interné sea una letrina del resentimiento.

♦♦♦

[Nota del blog: estas consideraciones del autor, aplicables a cualquier ámbito, ¡cuánto más tendrían que ser consideradas por aquellos católicos que olvidan a menudo lo que el Señor advirtió respecto del quinto mandamiento y sus exigencias conexas: quienquiera que tome ojeriza con su hermano, merecerá que el juez le condene. Y el que le insulte, merecerá que le condene el concilio. Mas quien lo ofenda gravemente, será reo del fuego del infierno (Mt 5, 22)! El troll católico es una auténtica contradicción en los términos, ya que supone una demente confianza en los medios técnicos usados para injuriar a otros sin riesgo de ser descubierto -como si Dios no observara todo cuanto hacemos, incluso a fuer de anónimos. Supone la idolatría de la fuerza o de su símil, tal como ésta logra encarnar en sujetos impotentes estimulados por el magnetismo de una pantalla. Combatir el modernismo y sucumbir a un tiempo a esta modernísima patología (que hunde al psiquismo en el abismo de la manía y de la psicosis, y que puede comprometer la salud del entero organismo sobrenatural del sujeto) equivale a vivir en la dualidad y la mentira. Un buen director espiritual debiera sencillamente prohibirle el uso de la internete a su dirigido que incurre en estos desórdenes; para su desgracia, es harto probable que el troll no cuente con el auxilio de un director ni lo busque, ya que la internete suele ser para él su consejero y aun su sacramento super omnes.]           

jueves, 8 de noviembre de 2018

ESI: EMBESTIDA SATÁNICA A LA INFANCIA

En este auténtico infierno en la tierra en que devino la modernidad declinante, la presencia de una contra-jerarquía que opera sin pausa resulta reconocible sin demasiado esfuerzo. Allí están, en el pináculo de este templo luciferino de dimensiones orbitales, los siempre poco numerosos vicarios del Príncipe-de-este-mundo, grandes prestamistas doblados en sectarios del ocultismo y otras abominaciones, cuyos designios ejecutan, de acuerdo con una prudente planificación de calendario, los ubicuos reptiles que ocupan los cargos públicos sin distinción de partidos. Cooperando con éstos, en una subalternidad que no por ruin les quita la crapulosa jactancia, dicen ¡presente! los periodistas y aun los docentes, convocados desde las entrañas terrestres a la instauración de un magma semihumano sobre la superficie azorada del globo. Montón candente que, para simplificar, y aunque pudiera motejarse también como lumbricario, llamaremos con el habitual nombre de «república», porque le sienta bien. Tomamos la acepción que Anzoátegui le da al término cuando dice que

si pública es la mujer
que por puta es conocida, 
República debe ser
la mujer más corrompida

y tanto, que ahora la república que los parió avanza hacia la definitiva corrupción de los menores, en elocuente afán de aplicar el hacha a los renuevos. [A propósito: la Gran Ramera del Apocalipsis no habrá de ser, a punto fijo, una monarquía -y menos de cuño tradicional, que ya no las hay. La mundanización de la Iglesia, su peligrosa asimilación, a grandes tragos, de las más odiosas máximas modernas, puede advertirse en esos términos de reciente aparición que vienen a sugerir todo un inusitado programa de gobierno eclesiástico -tales "colegialidad", "sinodalidad"-, alineado en pedisecua conformidad con la tiranía del número. Quebrantado el principio de unidad, la Iglesia se jacta, como el mundo, de su propia decapitación, sugiriendo el principio falaz del poder ampliamente repartido, en una tensión hacia la horizontal pura que ya no sabe del «poder concedido de lo Alto». Si el mundo se atreve a conculcar los principios más elementales de orden natural, tales como el derecho de los padres a la educación de su prole, no es sino porque la Iglesia -o su simiesca refundición sectaria- se ha dedicado a jugar al parlamentarismo, al punto de cuestionarle a Dios la vigencia de Su ley. A decir verdad, hoy Iglesia -o su alias- y «mundo» son la misma cosa. Por eso la nueva «república» clerical ha hecho suficientes méritos para ser identificada con la Babilonia esjatológica.]

Pero volvamos: en la Argentina, donde quizás obran ya los últimos anticuerpos contra la impuesta degeneración social, se vienen dando reclamos más o menos masivos contra aquel programa de «Educación Sexual Integral» (ESI) que se pretende  imponer en las escuelas, tal como se lo hizo en una multitud de países a cambio de ayuda económica -actualizando, para definitivo quebranto de los mismos, el combo letal endeudamiento más depravación, peor que muchos sucesivos bombardeos atómicos. La resistencia a estos avances entre nosotros, como era de esperar, deja muchísimo que desear, con no poco de previsible timoratez y de adopción de las premisas del enemigo. La elocuencia del absurdo, otra vez, les cupo a los obispos, cuyo contraataque a la ley consistió nada menos que en reclamar para las escuelas la aplicación de una "educación sexual integral", calcando letra por letra la nomenclatura en vigor, aunque pretendiendo significar con ello algo quizás más suave que la porquería aludida por los ideólogos. Ni hablar del olvido en que tienen los prelados al Magisterio, donde la Divini Illius Magistri de Pío XI advierte que
está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones,
lo cual resulta del afán de dar a conocer, bajo aséptica capa de "ciencia", todo lo que se oculta bajo el taparrabos, su funcionamiento y virtualidades -incluidas aquellas que vulneran a la naturaleza-, olvidando que
en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina.
Bien señala la recensión de Catapulta que «en el documento de los funcionarios [N: se refiere a los panchamplas] no se menciona para nada a la virtud de la castidad». De lo que se trata es de hablarle al mundo en su propio idioma, lo que constituye el medio más eficaz para sofocar toda posible reacción. Los obispos han corrido nuevamente a cumplir su cometido, el que les dicta el moderno esquema de sumisión del poder espiritual al temporal, que los admite con sus mitras y su cada vez más desleído ceremonial como pintorescos animadores de la democracia.

Si la réplica a esta degeneración inducida desde los despachos del más puro envilecimiento tuvo algún acierto, éste fue el de la elección de la proclama. «Con mis hijos no te metas» propone una resistencia tan efectiva como visceral, y señala sin rodeos el punctum dolens de la cuestión. A la vez que obligó al enemigo a desenmascararse, como lo hizo recientemente una de esas harpías a las que nuestros dementes tiempos conceden la gracia de votar leyes para toda una provincia.  «Con mis hijos no te metas es una consigna medieval, absolutamente superada, es de cuando se planteaba que los hijos eran de los padres y podían castigarlos, hasta matarlos», dice la embaucadora profesional rentada por el fisco, asociando maliciosamente el legítimo castigo con la muerte, a los fines de cuestionar la potestad de los padres sobre sus hijos. Lo que es para ilustrar el infecto contubernio entre política y periodismo a que aludíamos más arriba, la plumífera encargada de la nota correrá a ensayar el tambaleante coro a los sofismas de la diputada, aludiendo al «sentido de propiedad que estas miradas [sic, las de los padres] tienen sobre las infancias [sic, por "los niños"], desconociéndolas como sujetos de derechos». No sorprende el recurso a esta neolengua ad usum stulti para decorar estas intentonas: la escalada de la perversión requiere el lenitivo moral de una musiquita accesible a la cretinada semiculta.

Habría que empezar diciéndole a la infeliz que la tacha de "medieval" es honrosa para quienes resistimos esta marea de estiércol, y que no es que nos haga mella la obtusidad de su historicismo, con sus mitos acerca de lo "superado" y otras banalidades. Pero lo más destacable es que su argumento exige como válida la proclama contraria a la que cuestiona: metete con mis hijos cuanto quieras, te los entrego en sacrificio. Ellos mismos lo afirman, lo repiten: se debe suprimir la patria potestad en favor de la propiedad estatal de los párvulos. Y el  Estado puede reclamar la inmolación de toda una generación sin que nada deba negársele a su sangrienta avidez.

"Diversidad": el salvoconducto de los pasteurizados en masa
para desconocer la miseria de su condición
Ciertamente el comunismo platónico y las consejas de Campanella, a través del expediente utópico de anteponer el Estado a los padres en la educación de los niños, con todos sus errores y sus traspiés a cuestas, miraban a la formación de éstos en las virtudes cívicas, que no a la abolición compulsiva de su inocencia. Ni entendían al Estado como garante y socio de la monstruosa industria del hedonismo y la despersonalización. Estos otros malditos, para que los que se salvaron del aborto de sus cuerpos no se libren del aborto de sus almas, pretenden forzar a la totalidad de la población a suscribir la autodestrucción de sus conciencias, encubriendo el fomento masivo de la perversión venérea bajo el consagrado eufemismo de "diversidad". Y no tienen reparo en invocar como patrono de sus hazañas -así lo han hecho expresamente en manuales de ESI impuestos en otras latitudes del mundo- a insignes pedófilos como Alfred Kinsey, "científico" que, para obtener constatación empírica de sus tesis sobre sexualidad infantil, logró permiso para acarrear durante un par de décadas a más de dos mil niños de los orfanatos a las cárceles para que fueran allí abusados por los reos a los fines de llevar una estadística de las reacciones de las víctimas, prolijamente consignadas en tablas comparativas. Sus conclusiones han venido a coincidir con las premisas de los programas de ESI: que los niños deben ser libres para decidir en qué tipo de actividad sexual involucrarse, sin restricciones de parte de nadie, ni siquiera de sus padres.

Dios se los pague como Él solo sabe.

jueves, 1 de noviembre de 2018

ELOGIO DE LA CIGÜEÑA

por Antonio Caponnetto 

“¡Alta va la cigüeña, niños... Tan alta ya, se borra en el azul. Un premio al que antes la descubra!" 
Gerardo Diego 

No parecen atemorizarse ante presencias humanas, pero algo les otorga una armónica alianza de confianza y prevención. Porque conviven con nosotros, es cierto; pero se instalan a la vez en chimeneas, campanarios o cúpulas; recodos todos visibles pero de difícil acceso a las humanas artrosis.  

Desde lo alto otean, vigilan, contemplan. Descubren. 

Se sabe que son monógamas y fidelísimos tanto el macho como la hembra y por ende familieros; que migran con sus crías en búsqueda de climas siempre benignos; y que regresan a los sucesivos pagos cuando en estos reaparece el sol, venciendo la frigidez del invierno. 

Aceptan conformarse con un nido austero y sólido, mientras tenga vista al cielo rampante; en lo posible sin cableados, aunque a ellas tal vez les parezcan pentagramas. 

Las jóvenes cuidan de las viejas, sobre todo, porque parece inexorable que les sobrevenga la ceguera. Y hasta una ley de la antigua Hélade –la pelárgica, porque pelargos significa cigüeña- instaba a los retoños a tutelar a sus progenitores en la ancianidad y en la decrepitud, a emulación de los zancudos. 

Nosotros lo sabemos pues se lo escuchamos cantar a Martín Fierro: 

"La cigüeña cuando es vieja, pierde la vista, y procuran,
cuidarla en edad madura,
todas sus hijas pequeñas. Aprendan de la cigüeña,
este ejemplo de ternura." 

Recíprocamente, los padres, tutelan a sus vástagos hasta bien crecidos en edad. No concebían el abandono de los que estaban unidos por la misma sangre. Quizá por eso los viejos romanos tomaban a las ciconias como símbolo de fertilidad, y esperaban su retorno para plantar la vid. Que es como esperar al alba para entonar antiguas laudes. 

El profeta Jeremías reprochó la incomparecencia y la ignorancia del pueblo del Señor, comparando a sus miembros ingratos con la lealtad de la cigüeña “que bien conoce sus tiempos señalados” (Jeremías 8,7). 

Si anidaban en la proximidad de una casa, la casa se volvía fecunda como un vergel tras una lluvia copiosa. Aves de buenos agüeros: así pasó a la historia, tras integrar la leyenda. Los niños nacían cuando ellas tornaban tras sus migraciones; o acaso dejaban el exilio para que las madres alumbraran. Mitologías, claro. Aunque unánimes relatos procesionan por innúmeras culturas. 

Esopo las convirtió en protagonistas benévolas de algunas de sus fábulas. Y en los bestiarios medievales se las representaba con nobleza, aplastando una serpiente. Algunos escudos la incorporaron orgullosamente a las categorías heráldicas. Hasta el férreo Odón, obispo de Túsculo, alguna vez, según se cuenta, instó a considerarlas buenas compañías. 

Nadie empardó el encomio de Alejandro de Mindo –mitad zoólogo, mitad adivino de la helenidad remota- según el cual, cuando las cigüeñas llegan a la senectud, pasan a las misteriosas Islas del Océano, en las cuales –como premio a sus virtudes- se convierten en “hombres piadosos y justos porque en ninguna otra parte bajo el sol, podría subsistir tal raza". Claudio Eliano –retórico descollante bajo Septimio Severo- que trae la cita en su tratado Sobre la naturaleza de los animales, jura que es cierto. Y no andamos de humor para discutirle. 

Pero hubo que esperar al siglo XIX para que el danés Hans Cristian Andersen le atribuyera a la ya insigne zancuda la nobilísima misión de traer los hijos al mundo. Está en su cuento Las Cigüeñas –de a ratos macabro, como la mayoría de los suyos- pero que en un pasaje pone en boca de la gran zanquilarga madre esta promesa: “Sé donde se halla el estanque en que yacen todos los niños chiquitines, hasta que las cigüeñas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeñuelos duermen allí, soñando cosas tan bellas como nunca mas volverán a soñarlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los niños desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que se portaron bien”.
 
Una pintura de Carl Spitzweg no desmiente a Andersen; y otra posterior de Józef Chelmonski, dá ganas de sumarse al dúo de campesinos o labriegos, para verlas sobrevolar el horizonte en blancas bandadas. 

A esta altura del encomio, que detenemos por mesura más no por falta de motivos, se preguntarán algunos a qué viene esta ponderación súbita e impensada del cósmico cigüeñal. 

Es que ante la afrentosa degeneración de niños y jóvenes, programada y ejecutada por la ESI como abyecta política de Estado. Pero también ante el maloliente espectáculo de los padres sinodales jugando al pansexualismo freudiano con los jóvenes, a instancias de Bergoglio. Pero también asimismo ante la espantosa confusión de tantos bienpensantes, que aceptan la educación sexual, como si ella no fuera ya esa “peligrosa pretensión e indecorosa terminología”, que denunciara Pío XI. Pero también igualmente ante el engendro de tres Comisiones Episcopales, que en su Declaración del pasado 26 de octubre manifiestan aceptar “la perspectiva de género como categoría útil de análisis cultural”, llegando a honduras especulativas jamás vistas como cuando concluyen que “no es el color del vestido el que los hace mujer o varón” a los niños. Pero también, y por último,ante la estulticia de tantos catolicones, que hasta ayer nomás prendían velas a Jansenio y ahora se vanaglorian de que sus hijos, ya en salita de dos, saben el nombre técnico de los genitales y de las cópulas humanas.
 
Ante todo esto y tanto más,me digo si no ha llegado la hora de preferir a este logos cochambroso e infame, el maravilloso mito de la cigüeña portadora de chicos a cada casa, a cada esposa encinta, a cada varón conceptivo y fértil. 

Y caminar barrios, jardines o plazas, diciéndoles a los pequeños junto a sus madres grávidas que un ser alado les dejará muy pronto en el umbral, sobre un cestillo aloque o zarco, el hermano que tanto anhelan, para compartir travesuras y travesías. 

Si no ha llegado el tiempo de recuperar candores, misterios, inocencias, purezas: la doncellez fundante. Si acaso no es preferible imaginar aves con picos de cuna que conocer el oficio de los obstetras. Si no debemos ofrecerle a la infancia las palabras luna, carillón, crepúsculo y nacimiento, antes que estrógeno, progesterona o misoprostol. Si no debemos entender de una vez que “tan sólo en Cristo se puede educar el cuerpo para el alma, y el alma para Dios y para el prójimo”. 

Ya estamos escuchando a los orcos racionalistas gruñir sobre los derechos de la ciencia biológica y los no menos derechos de los educandos a escudriñar sus aparatos reproductores desde el momento de la lactancia. Son los que menos nos preocupan, y hasta nos place irritarlos con este panegírico anacrónico de las afables cigoñinas. 

Lo que peor nos ponen son esos cristianos negociadores, contemporizadores, protestones del mal absoluto, que por grotesco y sucio no pueden sino advertir; pero propagandistas de otras tantas confusiones que propalan con aire docto y piadoso.

Sería bueno que entendieran que este problema sólo admite una solución: la educación de las virtudes; y específicamente, las de la castidad, la virginidad, el pudor y la templanza. El ámbito propicio para ello fue siempre la morada, la casa solariega. Sólo por extensión el aula, en tanto ella sea ese thíasos del que hablan los textos platónicos: una cierta comunidad sacral, litúrgica, cuasi monástica en su estilo. 

La solución, lo reiteramos, está en la familia. Donde los hijos sanos ven a sus padres compartir el lecho presidido por el crucifijo; e intuyen primero y saben después que allí, y no en camastros villanos, se aman sacramentalmente en cuerpo y alma. Detalles y minucias tienen su tiempo de llegada. Pero antes debe llegar el ejemplo del tálamo esponsalicio. 

Si la escuela quiere heredar este legado y enseñar al respecto lo que cuadre, primero deberá ser garantía de que se comportará como delegada de la misión paterna. 

Entretanto que vuelen las cigüeñas. Que si vienen de Paris, despeguen del rosetón de Notre Dame; si de la Madre Patria, de Cáceres, si del solar criollo, de algún peñasco de los Andes. Que cada hombre recuerde al niño crédulo que fue traído por ella. Y cada niño sepa que crecerá añorándolas, como añoran los arenales la mojadura del mar.
 
Le cedemos al final, como al principio, la palabra sonora y bella a don Gerardo Diego: 

“Cigüeña, vieja amiga de las ruinas, la del pico de tabla y el vuelo campeador. 
Cigüeña que custodias las glorias numantinas. Cigüeña de las peñas de Calatañazor. 
Yo soñaba contigo...Tú eras entonces milagrosa y buena, 
hada madrina de los campanarios. 
Cuando la nube amaga y la tormenta truena guardabas del pedrisco los tesoros agrarios. 
y así siempre te busco cuando voy de camino y detengo mi ruta para verte volar, 
y te envidio, cigüeña, tu bifronte destino, tus inquietudes nómadas, 
tu constancia de hogar”.

martes, 30 de octubre de 2018

LA "DUALIDAD" DE NEWMAN, O LOS COMIENZOS DEL "REINO DIVIDIDO" (parte 2)


por Dardo Juan Calderón

EL ARGUMENTO DE JUSTIFICACIÓN

En Newman la conciencia no es como un triste contable de culpas. Él la sitúa en la creación: cuando Dios se hizo creador, puso la Ley de su Ser -que es Él mismo- en sus criaturas. La conciencia hace presente la verdad y es liberadora, es la mensajera de Dios. “Los católicos no somos esclavos, ni siquiera del Papa”, afirma Newman. Pero para Newman, ese carácter tan positivo no implica que debamos despreciar la voz del Papa, aunque destaca “la obediencia debida a la voz divina que habla en nosotros” en primer lugar.

“¿Sería un traidor un católico inglés en caso de un dilema entre seguir al Papa o a su conciencia?”, pregunta equiparando conciencia a país, y si bien nos fijamos, esta equiparación es bien del gusto liberal, supone un país que es una sumatoria de conciencias individuales. Y pone el ejemplo de los diputados católicos ingleses que se conjuraron para no admitir un rey de dinastía católica de otro país (a los que el Papa Pio IX les ordenó romper el juramento).

Aquella gran confianza en la bondad de Dios le llevó a la sorprendente conclusión, que tanto llamó la atención a la opinión pública inglesa, de que el católico ha de seguir a la conciencia antes que al Papa, y con ello eludió el intento masón de borrarlos del mapa. Un héroe en toda la línea, un héroe de una guerra real con consecuencias concretas y evaluables, un héroe cuya arma había sido la literatura y en eso podría haber quedado.

Pero excediendo la coyuntura, el actual Catecismo de la Iglesia Católica, para definir la conciencia utiliza y cita esta Carta al Duque de Norfolk: “La conciencia es la mensajera… La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo” (C.I.C. 1778). ¿Ante quién debía enfrentarse esta conciencia vicaria? ¿Ante el mismo Vicario? ¿Lo planteaban los propios Vicarios?

La cuestión es que tres años después de esta controversia, en 1879, el Padre Newman fue nombrado Cardenal por el Papa León XIII, era el indicado para la política de Ralliement en Inglaterra dado este acierto político que tuvo, siendo además, un hombre de confianza en Roma.

Pero Newman había salido de una encrucijada política salvando la cabeza –las propiedades y la posición- de los suyos, y había hecho literatura polémica, cuando el alemán hacía con ello neoteología.

Hay que tener en cuenta –como dijimos- que era inconcebible para un inglés –católico o no- enfrentar el “orden establecido”, y había que darles una salida. “El hombre de estirpe, con la revolución, únicamente arriesga su cabeza. El pequeño burgués lo perdería todo, él depende por entero del orden establecido, Orden Establecido que ama como a sí mismo, pues es su establecimiento” (Otra vez Bernanos, ¿se entiende por qué se vota a Macri?)

¿Daba pie Newman para esta pirueta? Miremos esta hermosa frase: “Siento a aquel Dios dentro de mi corazón. Me siento en su presencia. Él me dice: haz esto, no hagas aquello. Podéis decirme que esta prescripción es solo una ley de mi naturaleza, como lo son el alegrarse o el entristecerse. No logro entenderlo. No, es el eco de una persona que me habla. Nada me convencerá de que al final no provenga de una persona externa a mí. Ella lleva consigo la prueba de su origen divino. Mi naturaleza experimenta hacia eso un sentimiento como hacia una persona. Cuando le obedezco me siento satisfecho, cuando desobedezco me siento afligido, como lo que siento cuando vuelvo contento u ofendo a un amigo venerado[ …] El eco implica una voz, la voz remite a una persona que habla. A esa persona que habla, yo la amo y la temo” [negritas mías]. La voz está dentro de mí, pero es externa; es mi persona, pero es otra persona; unos entenderán que dice expresamente que no viene de Roma, que es anterior a ella, pero luego vendrán frases más ortodoxas que pondrán, en una especie de exabruptos literarios, las cosas en el cauce tradicional y magisterial.

Comentando esta frase, junto a aquella otra del Cardenal sobre que no le dejaban tranquilo las “pruebas” de la existencia de Dios del duro tomismo, prefiriendo su propia prueba en la “experiencia de la conciencia”, dice un autor: “Este pasaje muy denso resume todo el recorrido de la afirmación –a partir de la conciencia de sí mismo y del sentido moral- del Dios personal y no de una mera ley o “something” de manera que podemos sintetizar toda la fenomenología realista de Newman así: cogito ergo sum e coscientiam habeo, ergo Deus est”.(Rober Cheaib, Itinerarium cordis in Deum. Prospettive pre-logiche e meta-logiche per una mistagogia verso la fede alla luce di V. E. Frankl, M. Blondel e J. H. Newman, Editorial Cittadella, Asís 2012.). Y nadie podrá decirme que el buen Rober está traicionando al autor.

Un señor Crosby escribe un largo ensayo para demostrar que el personalismo nace en Newman, Maritain luego lo expresa en toda su dimensión y Wojtyla lo hace doctrina magistral (este estaba en la URSS, equiparable a la Inglaterra masona, aunque algunos no noten el parecido por la diferencia de los modales rusos con los ingleses). Benedicto XVI, con un poco más de conciencia del cambio teológico y no solamente político, pretende salvar la pura subjetividad: “La concepción que Newman tiene de la conciencia es diametralmente opuesta (al puro subjetivismo). Para él “conciencia” significa la capacidad de verdad del hombre: la capacidad de reconocer en los ámbitos decisivos de su existencia —religión y moral— una verdad, “la” verdad. La conciencia, la capacidad del hombre para reconocer la verdad, le impone al mismo tiempo el deber de encaminarse hacia la verdad, de buscarla y de someterse a ella allí donde la encuentre. Conciencia es capacidad de verdad y obediencia en relación con la verdad, que se muestra al hombre que busca con corazón abierto. El camino de las conversiones de Newman es un camino de la conciencia, no un camino de la subjetividad que se afirma, sino, por el contrario, de la obediencia a la verdad que paso a paso se le abría». ¿Se le abría? ¿En dónde? ¿En la Iglesia y su Magisterio? ¿O dentro suyo? ¿O dónde diantres? Y caemos en el círculo vicioso de la inmanencia que quiere escapar de sí misma y se muerde la cola, típico del alemán y de los teólogos protestantes.

Un siglo después de la controversia, esta obra de Newman seguía siendo de interés, pero no ya por un problema político en Inglaterra sino por un problema teológico en la Iglesia, que no quería entenderse tal cual se la venía entendiendo hasta ese momento. Un cardenal alemán dio una conferencia acerca de “Newman y la conciencia” en Dallas en 1978. El apellido del cardenal era Ratzinger. La Providencia había decidido que tendrían ambos cardenales una cita en esa ciudad de Birmingham. No sólo eso, la Providencia había decidido que el alemán iría en representación de toda la Iglesia y sentaría en nombre del inglés la primacía de la conciencia sobre la autoridad del magisterio, conciencia que se formaba en el misterio de la inmanencia y lanzaba al hombre hacia la trascendencia, pirueta que -como decía Rubén Calderón Bouchet– hacía recordar a aquel actor cómico –Buster Keaton- que se levantaba del piso tirándose de sus orejas.

No fue Newman ajeno al planteo de salir de la inmanencia en su concepto de conciencia, y entonces la duplicó y le dio a la Iglesia una cierta injerencia en ella, en una segunda fase de ella, ya no como “formadora”, sino como “correctora”. Escuchemos un poco: «En cuanto a la conciencia, para el hombre existen dos modalidades de seguirla. En la primera, la conciencia forma sólo una especie de intuición hacia lo que es oportuno, una tendencia que nos recomienda una cosa u otra. En la segunda, es el eco de la voz de Dios. Todo depende de esta diferencia. La primera vía no es la de la fe; la segunda lo es»

«La norma y la medida del deber no es la utilidad, ni la conveniencia, ni la felicidad del mayor número de personas, ni la razón de Estado, ni la oportunidad, ni el orden o el pulchrum. La conciencia no es un egoísmo clarividente, ni el deseo de ser coherentes con uno mismo, sino la mensajera de Aquel que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, nos habla tras un velo y nos amaestra y nos gobierna por medio de sus representantes. La conciencia es el “originario vicario de Cristo”, profética en sus palabras, soberana en su perentoriedad, sacerdotal en sus bendiciones y en sus anatemas; y si alguna vez decayera en la Iglesia el eterno sacerdocio, en la conciencia permanecería el principio sacerdotal y ella tendría su dominio». … «Llegué a la conclusión de que, en una verdadera filosofía, no había solución intermedia entre el ateísmo y el catolicismo, y que un espíritu plenamente coherente, en las circunstancias en que se halla aquí abajo, debe abrazar o el uno o el otro. Y estoy sin embargo convencido de esto: yo soy católico en virtud de mi fe en Dios; y si se me pregunta por qué creo en Dios, respondo: porque creo en mí mismo. Encuentro, en efecto, imposible creer en mi propia existencia (y de este hecho estoy perfectamente seguro) sin creer también en la existencia de Quien vive en mi conciencia como un Ser Personal, que todo ve, todo juzga»… Y luego, aquí entra la Iglesia y el magisterio, Dios no se ha revelado al mundo como un hecho histórico (aunque también), sino principalmente como una experiencia de la conciencia, y la Iglesia no es el Testigo y Guardián de una Revelación de Ese Dios que nos habló a través de boca de hombres, sino el custodio de la conciencia que ha recibido su presencia: «… el sentimiento de lo justo y de lo injusto, que en la religión es el primer elemento, es tan delicado, tan irregular, tan fácil de confundirse, de oscurecerse, pervertirse, tan sutil en sus métodos de razonamiento, tan maleable desde la educación, tan influenciado por el orgullo y las pasiones, tan inestable en su curso que, en la lucha por la existencia, entre los múltiples ejercicios y triunfos de la mente humana, este sentimiento al mismo tiempo es el mayor y el más oscuro de los maestros; y la Iglesia, el Papa, la jerarquía constituyen, en la Providencia divina, la respuesta a una necesidad urgente».

Otro autor nos dice, y en ello tampoco podemos acusar traición en la interpretación: “Newman siempre afirmó plenamente la dignidad de la conciencia subjetiva, sin desviarse jamás de la verdad objetiva. Él no diría: conciencia sí — Dios o fe o Iglesia no; sino más bien: conciencia sí — y precisamente por eso Dios y fe e Iglesia sí. La conciencia es la abogada de la verdad en nuestro corazón; es «el originario vicario de Cristo»”. (ERMANN GEISSLER).

Sin forzamiento vemos a los modernistas encontrar en los pensamientos de Newman todas las notas que hacen a su ambigua –pero herética– doctrina, de hecho fueron sus cultores Loisy (en la cabecera de su lecho de muerte estaba un retrato de Newman), Tyrrel, Von Huegen, Guitton. Pablo VI dijo que la posteridad se daría cuenta un día de que el Concilio Vaticano II se inspiraba en él. También podríamos pasar días citando frases enteramente ortodoxas, aunque como antes dije ya no en tono literario, sino como un exabrupto de estilo, como esa especie de frenada que solemos hacer los creyentes cuando la imaginación se nos vuelve loca. Uno podría decir “no entiendo la monogamia, me es más dulce la poligamia, pero acepto esforzado lo que me dice el Magisterio de la Iglesia y a ello me atengo con toda mi voluntad”. Y eso es muy notable en Newman, converso al fin, pero converso malgré lui. Y así como hubo denuncias a Roma (a San Pio X) desde sus pares y contemporáneos por el peligro de sus doctrinas (Mons. O Dwyer, Obispo de Limerick), San Pio X lo defiende en una carta en que decía algo así como (estaba en latín y no la encuentro): “… a pesar de ciertas incoherencias no se puede dudar de su fe”. Y yo me cuadro -a pesar de que todo me grita para dudarlo-: si el Santo lo dice lo acepto con la misma voluntad que Newman aceptó el Syllabus.

¿Esconden esta aceptación de la ortodoxia los modernistas? No, en general tampoco lo hacen, sino que festejan la “dualidad” de Newman (lo señala especialmente Crosby) como una nota de la angustia existencialista. Y aunque -muy de soslayo- otros dejan entrever que eran declaraciones mechadas para evitar una condena y a las cuales echar mano en caso de una inquisición ante las acusaciones de sus pares, a las que por tanto no hay que tener en cuenta, y esta sospecha la fundan en el cambio de estilo cuando el autor recurre a ellas.

Newman venía de una religión liberal, y se había convertido de verdad, se aferraba al magisterio con crispadas manos de católico recién llegado (un magisterio que en su época condenaba el liberalismo de una manera rotunda y clara y él lo acataba), pero seguía respirando por los poros su formación y el espíritu de su patria que le surgían en cuanto literato. Esa dualidad, que él mismo experimenta y que lleva al movimiento de Oxford al catolicismo, y que son sus “dos conciencias”, la que busca el bien carnal, aún óptimo, y aquella conciencia de la “verdad”, llena de escoria, que necesita de la disciplina de la Iglesia para enderezarse y corregirse. Y en su caso es así, sin duda, lo necesita porque no ha podido “formarse” en Ella, ni conformarse del todo a ella. Para él la Iglesia es una dura y necesaria vara a la que atarse para guiar el retorcido -aunque noble- árbol de nuestra personalidad. Pero no vemos esa idea serenamente católica de que sea la Iglesia el Árbol mismo del que somos brotes y de cuya savia nos alimentamos.

Concluyamos por ahora: no se hace teología desde fuera de la Iglesia y su Magisterio. No se hace con De Maistre y su rémora dialéctica y martiniana -su pasado francmasón- que prevé la regeneración histórica después de la punición revolucionaria con un cierto perfume milenarista (Mr. Delassus cae un poco en esta tentación por admiración al personaje ¡si viera hoy el Vaticano un siglo después, en el que suponía una restauración! Y en este sueño entran la TFP y Roberto De Mattei). Tampoco con Blanc de Saint Bonnet y su pasado sansimoniano. No se hace con Maurrás ni con Péguy a causa de sus antecedentes, ni se hace con muchos otros de nuestros héroes contrarrevolucionarios. Con ellos se hace política, historia o literatura. (He leído a muchos hablar de Lefebvre “maurrasiano” cuando el propio Obispo –reconociendo los aciertos del francés- confesó no haber leído ni una sola de sus obras. La doctrina del buen Monseñor era Magisterio de la Iglesia y Maurrás estaba viniendo a él. Esa era toda la coincidencia). No se hace teología con Newman.

Nos dice Louis Medler, en su obra sobre Mons. Delassus, que “estos autores, en los que la evolución (hacia el catolicismo) dura toda la vida, ameritan ser estudiados, pero no pueden ser considerados verdaderos maestros, pues para el maestro se exige una estabilidad en la verdad que permita al discípulo estudiar con plena confianza”, y esa estabilidad se logra en el seno de la Iglesia Católica, en su Magisterio que logra su máxima expresión en la teología de Santo Tomás.

Pero claro, estos maestros tienen la antipática costumbre de tener siempre razón y dejan de presentar esos “aspectos humanos”, tan simpáticos a nosotros, en los que encontramos parecidos amores y rencores, vicios y virtudes, y nos encariñamos con sus “estilos”. Y tienen razón aquellos no por tenerla por ellos mismos, pues ni siquiera esos “Padres de la Iglesia” que tanto admiró Newman y en donde encontró su conversión al catolicismo –y allí se quedó lamentablemente- son infalibles tomados separadamente de todo el curso del Magisterio (como en su seguimiento muchos quieren creer hoy). Cercanos a nosotros son maestros un Cardenal Pie, un Pio X, un Mons. Lefebvre, un Mr. de Castro Mayer en Brasil y hasta pongo en esta serie a un Meinvielle en Argentina (con mínimas prevenciones). Aquellos otros, especialistas del enemigo, denunciantes de las maquinaciones sectarias, combatientes directos contra la conjura, publicistas y polemistas que resistieron el asalto, y hasta víctimas de la confusión; merecen nuestro amor, gratitud, comprensión, nuestras oraciones y nuestro trato. Porque como bien decía Bernanos, para entender nuestro tiempo que se cocinó en pasadas batallas, no es útil hablar con los vivos, sino con los muertos.

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Excursus: Newman es tan amado y nos viene de perillas a los que vivimos parecidas coyunturas. En realidad, no queremos reconocer que desde hace más de un siglo la única y verdadera manera de ser católico es alguna especie de martirio, es estar en combate –o por lo menos no colaborar– con la Bestia que rige al mundo desde una política atea, laica y anticristiana. Es estar contra el Orden Establecido y dispuesto a perderlo todo. Y Newman, ese buen director espiritual, le había buscado la forma para no exigirnos más de lo poco que cada vez estamos menos dispuestos a dar.

El argumento justificable de esta miserable manera de ser católicos, de no haber perdido todo en La Vendée, de no haber muerto en el México Cristero, de no haber sido masacrado en la España del siglo pasado, de no haber quedado relegado a la soledad y el desprecio como Calmel y como tantos otros buenos curas, de no haber sido Genta ni Sacheri, no puede ser un argumento “elegante”. El más potable sería una noble pobreza y desprendimiento, un retiro sacrificial, pero el que nos queda más ajustado es simplemente que somos “miserables” y con ello ir de mala gana, como el Cireneo, de rodillas ante la Cruz.

Newman supo dar a esta condición una artificial pátina de avejentamiento y estuco, que no tradición y gloria, y a ella se aferran desesperados los católicos de nuestro tiempo haciendo de una salida oportuna y vergonzosa, una loable forma de vida.    
       

sábado, 27 de octubre de 2018

LA "DUALIDAD" DE NEWMAN, O LOS COMIENZOS DEL "REINO DIVIDIDO" (parte 1)

por Dardo Juan Calderón
LA ANÉCDOTA DISPARADORA

Plantea la figura de Newman un acuciante acertijo ¿Quién fue? desde el punto de vista doctrinario y aun del personal. Defendido y tironeado desde derechas e izquierdas, desde el modernismo que lo tiene por Padre del Concilio Vaticano II y desde el tradicionalismo que, aun sin llegar a la devoción, en su mayoría lo considera “uno de ellos”; y aún desde (y disculpen si son susceptibles) las organizaciones homosexuales que lo consideran el santo patrono de la clerecía homosexual.

Han sido su obra y su personalidad fuente de las más variadas y contradictorias interpretaciones, y todos reclamando su bendición sin que existan casi voces críticas. Todo en un siglo feroz, de combates armados, de persecuciones y mucho más de combates intelectuales, de enormes contrastes, en el que este hombre había declarado su motivación por un encuentro de lo religioso con lo moderno y sin negar el Syllabus, ¿lo había logrado? ¿Daba la clave de la síntesis? ¿Era esta clave La Persona y su Conciencia?

Una primera observación puede ser el preguntarnos ¿por qué cada uno lo quiere en su bando? ¿Por qué es una “figura”?; y una segunda es si uno de estos bandos lo falsifica para llevar agua a su molino, para tener a esta “figura” estelar y mundial de su lado. ¿Quién lo ha traicionado?

Intentemos contestarnos algo de lo planteado comenzando en ¿por qué es una figura tan importante? Asunto que apenas si esbozaré en un intento intuitivo y concluiré al final, pero que parte del hecho de que él mismo reconocía que no era un teólogo, era un literato, y sin embargo es sobre este primer punto que terminó cobrando importancia.

Se daba en aquel tiempo – segunda mitad del XIX hasta principios del XX- un asunto de lo más curioso que hay que saber sopesar: la política era moderna, revolucionaria en toda la línea, anticatólica furiosa. Pero los grandes pensadores, los literatos y los ensayistas eran modernos - antimodernos. ¿Cómo es esto? La forma de ser moderno y de pensar lo moderno era “una crítica a lo moderno”, era un “sufrir” el propio siglo, un “dégoût” por una época que debía ser superada, hacia adelante por izquierda o hacia atrás por derecha; o por lo menos que ameritaba una “reacción” contraria. Pensemos en los primeros, Chateubriand, De Maistre, De Bonald –quizá antes Lacordaire- Nietszche, Balzac, Burke, luego Baudelaire, Proust, Barbey, Renán, Bloy, Péguy, y en muchos otros que sería largo nombrar, pero que son toda la producción valorable de aquellos años. Los grandes modernos vituperadores de lo moderno. Contrarrevolucionarios por asco a la revolución lacaya. Sostenedores de una aristocracia de la Inteligencia. Contrarios a Las Luces (el Fanal Oscuro de Baudelaire). Pesimistas resignados a la decadencia, pero creyentes que la punición del siglo suponía una necesaria regeneración. Creyentes del pecado original contra la baba roussoniana. Buscadores de lo sublime. Dandis cultivadores del “estilo” y con pasión por la lengua.

Una de las reacciones de estos pensadores era la fuga de lo político, un alejamiento de esa acción concreta que estaba ocupada por una plebeya ralea -abajada e inmunda- que de los tres gritos de la revolución había enarbolado solamente la IGUALDAD; ese rencor envidioso que impide toda libertad y toda fraternidad.

El campo de acción de estos pensadores era la literatura (después de ellos no se produjo en ese campo casi nada que fuera digno de llamarse como tal): acostumbraron al público a leer literatura y buscar en ella toda la cultura, todo el saber, aún la reflexión filosófica y teológica, dejando para siempre las grandes obras de trabajo y estudio.

Como dijimos, ser modernos era ser antimodernos, pues ser simplemente moderno era ser un burgués avaro e imbécil o un camandulero de la más baja política. Se podía ser monárquico o republicano, pero siempre había en ello un sentido de aristocracia que les impedía sopar el pan en la misma ensaladera que los inmundos hombres de su tiempo (hoy, todos comiendo en la misma pelela). Ser sólo moderno era una enfermedad del espíritu, era la total ausencia del mismo (esto duró hasta la aparición de los fascismos, en que los contrarrevolucionarios de pronto debían arremangarse y jugarse un bando). Luego de la derrota del eje los literatos se deciden a ser “modernos- modernos” sin más, dicen que con Milán Kundera se inaugura esta toma de conciencia (él entiende hacerle caso en esto a Rimbaud que lo había propuesto, pero ¡como una sátira, como un colmo! y lo tomó en serio) en la que los literatos entran a la letrina hasta los cuellos, se hacen pornógrafos y les venden a la burguesía bocanadas de vómitos verdes eximiéndolos de la culpa, lugar y negocio que ocupará una izquierda llorona y las ONG filantrópicas gerenciadas por profesionales de la conciencia pública. Pero volvamos.

Newman era un moderno antimoderno y era un excelente literato, era un espíritu aristocrático de profusa cultura y a su manera era un dandi. En suma era uno de esos héroes de su tiempo. Su reclamo era –siendo protestante y luego católico- por la enorme superficialidad de lo religioso entre la feligresía burguesa -aún los mejores-, que era la misma queja que otros hacían por lo político, lo cultural y aun lo existencial. Actitud que lejos de quitarles auditorio se los ampliaba, porque el burgués siempre ha sido un gran consumidor de insultos y reproches; siempre le agradó que hablaran mal de su superficialidad, de su conformismo, de su comodidad, de su derrotismo, de su intemperancia, de su lujuria y de su avaricia. Entre sus costumbres consumistas siempre le ha gustado pagar una “conciencia” externa que pueda ser apagada con una perilla una vez vuelto a su vida diaria. Lo ha hecho por derecha en aquellos tiempos, con buenos autores y por izquierda más adelante, con baladistas rezongones; pero siempre enjugó sus lágrimas, puso unos pesos a la revolución y a la contrarrevolución y volvió a sus cojines, a sus oficinas, a sus cuentas y al lecho de su mujercita demi–mondaine; a tratar sus negocios con esos políticos plebeyos llenos de astucias rentadas, pues, después de todo, toda la gente necesitaba de su dinero. En especial los curas que les prodigaban cultísimos sermones llenos de reclamos contra sus modos de vida, por derecha primero, por izquierda después, hasta que estos curas entendieron a Kundera, dejaron de sermonear y saltaron a la pileta orgiástica de la burguesía volviéndose putos.

El burgués necesita para disfrutar de sus bienes una cuota de remordimiento, es la pátina que le da realce a la buena vida como el verdín que avejenta y a la vez decora una buena mansión de reciente construcción (sólo los jacobinos carecen de esa necesidad), hasta consumían a Bloy que les escupía en la cara desde la miseria de “una mujer pobre”.

Bien; Newman estaba de moda en un mundo burgués -en el más burgués de los mundos- y sus encantadores sermones aportaban el necesario autoflagelamiento de una clase que cultivaba la nostalgia culta en los week-ends y lo consumían con fruición. Cosa que no le ocurría a los antipáticos integristas al estilo de un Monseñor Delassus; la inteligencia real estaba encerrada en el Vaticano y en el Magisterio y era pura y dura. Guardando las distancias y los tiempos -para que se entienda- hay burgueses que han leído a Castellani, pero ninguno a Meinvielle. ¡¡Ahhh la literatura!! Nadie quiere un diagnóstico frio, sino un sermón emotivo que lo deje a uno al borde del cambio de vida por unos minutos, que te haga sentir redimible para el cielo o para el mañana revolucionario, y bien culpable y orondo de tener la billetera llena. El frio diagnóstico del teólogo que ni te dora la píldora ni pierde el tiempo en correctivos inútiles, no vende. Este te hace saber que serás la misma mierda el domingo que la que eres de lunes a sábado.

Frente a todos estos señores estaba ocurriendo un hecho histórico enorme, no digo como el advenimiento de Cristo, pero sí como la cristianización del mundo, y era “la descristianización del mundo”. Y esto solo desasosegaba a unos pocos curas, que si lograban inquietar al burgués con el asunto de que no se podía servir a Dios y al Dinero, este corría “hacia su director espiritual, quien apaciblemente le contesta, en base a la opinión de un sinnúmero de casuistas, que dicho consejo está dirigido sólo a los perfectos y que, por consiguiente, no debe perturbar la paz de los propietarios” (Bernanos). De alguna manera Newman vino a ser para varias generaciones este buen director espiritual, como veremos.

Para mejor, estaba en la capital de la burguesía más culta y rica de Europa (ya chafalonía cultural y piratería de buenos modos) y desde cuyas oficinas de Scotland Yard se comandaba el ataque masón más encarnizado de la historia contra el catolicismo, al punto que se creía a éste definitivamente derrotado. En Francia los francmasones en el poder condenaban las órdenes monásticas y las echaban del País. Los Gambetta –“¡el clericalismo es el enemigo!”-, los Waldeck Rousseau y luego los Viviani –“¡el catolicismo es el enemigo!” ya sin vueltas- declaraban abiertamente que era la batalla final contra el catolicismo y la Iglesia.

El político liberal inglés William Gladstone publicó en octubre de 1874 un comentario en el diario Contemporary Review en el que acusaba a los católicos ingleses de no ser buenos ciudadanos británicos, al preferir obedecer al Papa antes que a la Corona británica y, por tanto, eran sospechosos de traicionar a su país. El asunto no era una simple opinión periodística, era el inicio de un golpe fatal. El católico Duque de Norfolk solicitó a John H. Newman, que no había sido todavía nombrado cardenal, que interviniera en el debate. Newman contestó con una carta que lo hizo famoso y en donde encontramos aquella frase que ha hecho correr ríos de tinta “En caso de verme obligado a hacer un brindis después de una comida –cosa muy improbable-, beberé “¡por el Papa!, con mucho gusto”, pero primero “¡por la conciencia!”, después “¡por el Papa!”.

Gladstone había topado con un hombre de pequeña envergadura, pero una de las plumas más brillantes de su tiempo: John H. Newman, quien con ese brindis por la conciencia antes que por el Papa, dejó encantados a los católicos ingleses con la salida, los que a partir de ello podían tener dos Señores. Y también calmó sus conciencias, pues la frase –si bien se entendía- era reversible; brindaba así mismo por su conciencia antes que por la Británica Corona, como lo venían haciendo los ingleses católicos desde Tomás Moro. El asunto es que la conciencia ahora estaba antes que los dos y la fórmula pagó el esfuerzo del Duque que podía ser un buen súbdito de la corona británica y a la vez ser católico, cosa que había puesto en grave duda Santo Tomás Moro y en ello le había ido la cabeza. No crean que no era seria la coyuntura, ya no se usaba cortar cabezas pero el peligro era más que mortal: era la pobreza.

Dejo para otros la consideración de si esta cosa es posible, eso de ser fiel a la Corona –cabeza religiosa y política- y al Papa de Roma a la misma vez. Pero lo que importa es que antes que la Corona y antes que la Iglesia, está la Persona y su Conciencia. Muy inglés y muy oportuno. Otro cantar será saber qué cornos entendía por conciencia.

Newman no quiso, muy probablemente, fundar con esto el “personalismo”, sino salvar la ropa (propiedades, privilegios y prebendas que tenían en el Orden Establecido y a las que una masonería rabiosa y victoriosa querían echar mano) del Duque y otros católicos, pero mal que le pese, lo hizo. Y así lo han entendido muchos; entre ellos el Papa Benedicto XVI que dijo: “La doctrina de Newman sobre la conciencia se volvió para nosotros el fundamento de aquel personalismo teológico, que nos atrajo a todos con su encanto. La imagen del hombre, así como nuestra concepción de la Iglesia fueron marcadas por este punto de partida... por lo cual fue un hecho liberador y esencial saber que “el nosotros” de la iglesia no se fundaba sobre la eliminación de la conciencia si no que podía desarrollarse solamente a partir de la conciencia”.

Es decir que una clave que servía para poder seguir existiendo como “alguien” en una Nación no católica, en la que la Corona los ponía en la encrucijada de apostatar o empobrecerse y ser socialmente relegados, pasaba a ser la forma de “estarse dentro de la Iglesia”. Si Newman hubiera sido más valiente debería haber brindado por la Corona, pero antes por su conciencia (como Moro) diciendo que su conciencia estaba formada por la Iglesia Católica a través de su Magisterio -y la cosa no hubiera tenido derivas fuera de Inglaterra-, pero el Duque le hubiera dado de palos porque sabía el final de esa historia. Y la cuestión fue en cómo armar o conformar esta conciencia “antes” o “previamente” a la Iglesia, que los católicos ingleses ya habían usado el argumento contra la Corona pero ahora debían usarlo frente a la Iglesia.

Tema que de alguna manera no es muy distinto al del Ralliement de León XIII: ¿cómo existir políticamente en las repúblicas laicas, masonas, ateas? (que estaban dando una dura apaleadera al catolicismo). Pero este último no lo llevó a la Iglesia, lo dejó en política y no como principio –que en ello mantuvo la doctrina correcta- sino como estrategia diplomática de supervivencia y hasta de posterior intento de copamiento del poder (que no resultó eficaz en ninguna de las dos maneras). Recuerden el tema “punición y regeneración” en el que se confiaban los contrarrevolucionarios.