lunes, 15 de octubre de 2018

LA SOMBRA GROTESCA DE UN JUDÍO DE NARIZ GANCHUDA (parte 1)

por Dardo Juan Calderón

Nos preguntábamos hace poco sobre si “¿Hubo una Conjura Anticristiana?” y, en caso de que tal cosa hubiera ocurrido, de si entre sus agentes estuvo el JUDÍO, el MASÓN y el PROTESTANTE. O si, por el contrario, es ésta una idea surgida de la propia impotencia de una religión que no pudo detener su decadencia y, desconociendo las verdaderas causas de la descristianización en su interior, buscaba culpables fuera de sí: un chivo expiatorio.

Sabemos por Fe que ocurrida la Redención existe una contra-iglesia del demonio que nos lleva al pecado para nuestra perdición en lo espiritual, pero que también trabaja con medios materiales en una actividad ya encarnada en grupos humanos organizados que actúan en la historia para destruir a la Iglesia en la tierra.

En esta batalla Satanás actúa por pura malicia pues es un condenado, pero esos hombres y esas organizaciones no son tal cosa, no son condenados (aún pasibles de conversión) y actúan buscando un “bien”, que nosotros entenderemos “diferente y opuesto al de la Iglesia”, pero que el modernismo entenderá que es conciliable. Ellos buscan un fin natural cuando aquella busca un fin sobrenatural, pero entendámonos, no es que la Iglesia anda en las nubes y no se interesa en las cosas terrenas, la Iglesia busca un fin sobrenatural que implica un orden natural que surge como consecuencia de esa orientación y eso implica un mandato político de docilidad, actitud de las más difíciles de cumplir para la soberbia del hombre. Aquellos otros buscan un orden natural que surge de la misma naturaleza y que puede o no implicar un paso posterior a lo sobrenatural. La gran diferencia la hará, como señala Chesterton, el pecado original, pues si esa naturaleza está caída, mal nos puede dar su orientación y más bien nos desorienta.

Y aunque no lo parezca, aquí chocan dos ideas tremendas. El católico viejo que se siente llamado a combatir en dos frentes, el espiritual contra uno mismo y el terreno contra las organizaciones enemigas, pero siempre desde el fortalecimiento previo por la gracia sobrenatural que debe ser conservada y acrecentada en el cumplimiento de la Ley Divina dentro de Su Iglesia.

Por otra parte está el modernismo que deja en pie sólo el primer enemigo, el interior (no ya como enemigo de Dios, sino de uno mismo para sus logros humanos), porque desconoce y niega esas fuerzas malignas “encarnadas”. El modernismo –judaizado en su doctrina- entiende que estos fines naturales buscados por el hombre con sus propias fuerzas -aun en otras organizaciones que no sean la Iglesia- se pueden compatibilizar con los fines sobrenaturales buscados por la Iglesia. Entiende que no necesariamente deben ser “opuestos”, y aun peor, siendo el natural primero en la necesidad (prima mangiare), el otro puede ser –o debe ser- “pospuesto” para un tiempo en que se dé el primero y abra las condiciones para lo espiritual, pues no hay que temer la inclinación de la natura llevada por las solas virtudes morales. Y esta es la enorme trampa.

El católico tradicional entiende que en la historia hay dos bandos que combaten por un tercero; son los tres tercios de la humanidad de los que habla el Apocalipsis: los buenos y los malos enfrentados por aquel tercio de los errantes (o perplejos). Para el católico viejo hay que tomar bando contra otra parte de la humanidad porque ambos tienen “fines contrapuestos”, y la misma oposición entre estos fines surge primordialmente de la “prioridad” en la búsqueda y consecución de ellos, más que en los fines mismos.

Vemos aquí el problema del “doble fin”, un fin natural primero que al armonizar al hombre con su “buen mundo” lo hace apto para lo sobrenatural, o un fin sobrenatural que siendo primero en la intención, ordena la naturaleza para resistir un “mundo adverso”. Un remanido dilema: debo alimentar a la humanidad para luego hablarles del cielo y del infierno (es decir, establecer la paz, la abundancia y la justicia primero), ¿o al revés?: una humanidad que no sabe del cielo y del infierno jamás podrá ser saciada de su hambre, ni tendrá paz ni justicia.

Lanzar una acusación de satanismo contra grupos humanos que declaran a viva voz buscar la paz y la justicia, por una cuestión que parece de método, es sin duda la provocación de un enfrentamiento histórico que parece cruel y que debería tener una solución “consensuada”. Para peor -si aceptamos la “profecía”- debemos agregar que nos obliga a creer que este enfrentamiento será sin final y sin tregua durante toda la historia, es decir: sin solución posible. Y esto es cargar a Dios con la responsabilidad directa de habernos puesto en un campo de batalla no sólo interior sino externo en la historia, que tiene un desenlace en la victoria de uno de ellos y aniquilación del otro después de la historia. Esto creyó la cristiandad y esta acribia le han reprochado sus enemigos. Nunca mejor expresado que por San Agustín con las Dos Ciudades.

¿Pensaba esto mismo el “otro” bando? ¿Los malos? Es decir, eran conscientes de que entablaban una lucha contra Dios y luego contra su Iglesia? ¿Así lo entendían? Satanás sí, y aun peor, sabía de su segura derrota y buscaba socios para perderlos. Pero sus “hombres” no así (salvo unos poquísimos). Y esto porque Satán es padre de la mentira y sus seguidores son engañados. Ellos pensaban la historia de otra forma: el esfuerzo humano, y entre ellos la religión, era una actividad llevada para el encuentro de toda la humanidad en un mismo “bando”, para que llegara una “era” histórica de encuentro y acuerdo en abundancia, paz y justicia entre los hombres. Los judíos entendieron que ellos eran el pueblo elegido para motorizar en la historia este feliz encuentro humano con ellos a la cabeza del mismo, eso iba a lograr el Mesías esperado (si es que el Mesías no era un símbolo del Pueblo Judío mismo en su acción histórica, es decir, un colectivo). Para esto habían sido elegidos y -sin engaño- encontraban en la historia y talante de su pueblo las aptitudes y disposiciones principales para poder hacerlo.

Jesús de Nazareth contradice los puntos esenciales de esta idea o doctrina y, lejos de inaugurar o promover un mundo en paz y justicia, se convierte en causa de “contradicción permanente entre los hombres”. Pero además anuncia un encuentro que no es en la historia y tampoco es de “toda” la humanidad, sino de los fieles que surjan victoriosos del combate externo y del “juicio” interno. Para colmo, cerraba el paso a la búsqueda de ese fin natural de encuentro humano pensado y diseñado por el hombre a base de sus mejores apetencias, diciendo que –por el contrario- había que desconfiar de aquellas apetencias y sólo buscar el fin sobrenatural, ya que lo otro se daría por “añadidura” y de una forma “impensada” por el hombre; de una forma providencial muy posiblemente contraria a las ideas forjadas por el querer humano y que dependía de su docilidad a la gracia. Había sembrado la discordia, había negado la misión del pueblo elegido, la de la propia humanidad, y debía ser muerto.

Planteado esto con toda crudeza, tomemos conciencia de que para una mentalidad simple, la cristiandad es un planteo “belicista” que supone un permanente combate sin fin ni tregua en la historia, y el judío es un “pacifista” que busca un encuentro que dé por terminado este combate en la historia. Que en el judío hay una misión “constructiva” del mundo en la historia y que de alguna manera para el cristiano hay un “abandono” del mundo y la historia (no simple abandono cínico o nihilista, sino abandono a Su maravillosa Providencia).

Nosotros hacemos de nuestra vida una “guerra” y ellos buscan la paz para el mundo. Esta forma judía de ver las cosas la heredan las logias masónicas y las sectas protestantes (sus hijos espirituales), ideales pacifistas y constructivistas que los llevan también -en mayor o menor medida- a abandonar la “lucha interior” para buscar en su lugar una “armonía social o colectiva” en la tolerancia del error y la miseria, para que de esa armonía natural surja como producto lo espiritual. Puestas así las cosas, el modernista pensó que debía replantearse la bélica cristología medieval.

Es cierto también que hay que recordar con Anzoátegui que un pacifista es aquel que quiere matar a los belicistas y estos han tomado sus medidas de combate y nada leves, pero no ocultemos que la “guerra” la hemos armado nosotros, o peor aún, Cristo mismo. No la comenzamos, se entiende, sabemos que la comenzó el Maligno, pero hemos hecho de ella nuestra forma de vida y esta acusación nos cabe y debemos aceptarla en toda su redondez. Somos milicia y no prevemos un acuerdo humano. Ese es nuestro pesimismo histórico frente al optimismo judío.

Si no entendemos esto, si no los vemos en una correcta perspectiva, nunca entenderemos porqué nos consideran a nosotros los aguafiestas, los perros rabiosos, los eternos cultores del enfrentamiento, los que negamos el diálogo, enturbiamos la convivencia, impedimos el consenso y para mejor, somos los cultores del “abandono” de la acción y el progreso contra los promotores del esfuerzo por un orden de abundancia, paz y justicia. ¡Unos tarados! (Nada hay de menos abandono que el ponerse en manos de Dios, El que una vez recibidas nuestras voluntades no deja de darnos un enorme trabajo, pero bueno… no el que queríamos, el que nos gustaba o que se nos había ocurrido).

Tampoco entenderemos porqué la doctrina naturalista es más ajustada al deseo de la naturaleza humana –caída-, y la nuestra es tan repugnante para ella, resultando por tanto más justificable su razón en una visión puramente natural. (Es mucho más “natural” estar por el aborto o la anticoncepción cuando se prevé, casi con toda seguridad, una vida infeliz y miserable para la madre y el hijo. El cristiano sabe que la vida será un “valle de lágrimas”, hecho ante el cual sólo se puede oponer el argumento sobrenatural de abrir para ellos la posibilidad de una felicidad en la eternidad después de esta amargura. No hay argumento que no sea sobrenatural para los males, salvo que creamos que podemos acabar con ellos en esta tierra).

Entenderemos que para ser cristiano hay que tomarse la enorme y antipática tarea de amanecer “en pie de guerra” contra uno mismo para comenzar, y contra los demás por caridad, siendo que es tan dulce aquella doctrina que nos deja abandonarnos a la tendencia de nuestra naturaleza caída. La clave de entendimiento está en esto, en que nosotros desconfiamos de la naturaleza que sabemos caída y ellos no, que nosotros priorizamos lo sobrenatural y ellos lo natural.

No es el judío una sombra grotesca de nariz ganchuda que acecha nuestros hogares con una maldad insidiosa, sino –como el buen masón y el protestante- un hombre decente que quiere aunarnos para un mañana histórico de encuentro, de abundancia, de paz y de justicia. Es el “naturalismo”, y es poesía, y es filantropía. Es el que nos pide que dejemos las armas, el combate. Es el soplo de una voz tierna que nos dice al oído “descansa, confía en ti mismo y en la humanidad (en mi guía y en el poder del dinero)”. Aquella caricatura del judío de satánica malicia que mataba niños y bebía su sangre (que los hubo), tenía el sentido docente de alejar a los simples de la influencia naturalista y prefiguraba el efecto sobrenatural de que, sin duda ese naturalismo iba a matar el alma de nuestros niños y beber la savia de la gracia al quitar el sentido sobrenatural de nuestras vidas. Caricatura a la que no pocos judíos contribuyeron para victimizarse.

(No dejo de señalar que todo ese “naturalismo” optimista, privado de lo sobrenatural -como bien decía Calmel- termina en derivas “contranaturales”, y tenemos a nuestros modernistas del Vaticano de triste ejemplo).

Tampoco es “la sombra grotesca de un judío de nariz ganchuda”, satanista y usurero, la que se mostraba de parte de los sabios hombres de la Iglesia. Pues lo que ellos señalaron como la “per-fidia” (que quiere decir “por fuera de la fe” y sin más connotaciones adjetivas, que no hacen falta para su gravedad) de la doctrina judía, fue el naturalismo humanista.

La caricatura que dibujaba una parte de los contrarrevolucionarios llevados por una exagerada repugnancia (¿o despecho?) -en su contradicción evidente con el ser y el pensar común de los judíos- servía para acusar a hombres como Mgr. Delassus con aquella frase lograda que hemos puesto de título (ideada por parte del modernista Pierre Pierrard), siendo que no es de eso que el buen Monseñor quería protegernos; el peligro que de ellos se anunciaba desde la Iglesia era la civilizada y bonachona prédica naturalista y humanista del filántropo y no todas esas derivas de los despeñados.

Más allá de todos los mitos más o menos mechados de algunas anécdotas ciertas -pero aisladas- el Judío traía toda su prédica peligrosa en su naturalismo, su mesianismo terreno y su ecumenismo político. No es necesario que recurramos a cuentos de brujos en el que dos fuerzas sobrenaturales se enfrentan, Cristo vs. Satán, con ellos adorando al malo y nosotros al bueno. El verdadero enfrentamiento –salvo en la conciencia satánica- es entre la Verdad y la mentira que Satán difundió en el mundo, entre sobrenaturalismo y naturalismo; y la clave de esa mentira está en la adecuación de los objetivos y fines, como si lo sobrenatural fuera el final feliz de una adquisición por esfuerzo humano, y no el principio de Salvación por un esfuerzo Divino. Y si bien nosotros sabemos que es finalmente una lucha entre Satán y Cristo, no son altares aztecas a Satán los que adoran los “malos”, sino esos altares modernos de la santa democracia laica y universal; la igualdad la fraternidad y la libertad, a la que estamos adorando todos sin darnos buena cuenta.

¿Acaso es eso que digo lo que ellos dicen de nosotros y de sí mismos? Veremos.

domingo, 14 de octubre de 2018

SOBRE LA CANONIZACIÓN DE PABLO VI

(tomado del artículo Francisco, Teilhard de Chardin y el panteísmo,
por Miles Christi)
                       versión pdf, aquí
Siniestra iconografía  del neo-santo
                                                                                                                  En la encíclica Mirari vos, en 1832, Gregorio XVI dice que « de esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión[1]. » § 10

Ahora bien, es menester recordar que el culto del hombre y de su conciencia erigida en valor absoluto -quintaesencia del modernismo- no es exclusivo del pontificado de Francisco[2], como ingenuamente lo imaginan los “conservadores conciliares” escandalizados por las impiedades bergoglianas, sino que fue proclamado orgullosamente por Pablo VI en el mensaje de clausura del CVII. He aquí sus palabras:

« El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho Hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. […] Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre[3]. »

Este culto del hombre, concebido como un “dios” en devenir por vía evolutiva, es propio de la gnosis luciferina. Me permito citar aquí un texto poco conocido del cardenal Montini, extraído de una conferencia intitulada Religión y trabajo, pronunciada el 27 de marzo de 1960 en Turín, en el teatro Alfieri, que puede leerse en el volumen de la Documentation Catholique del año 1960, en la página 764, correspondiente al número 133, y publicado el 19 de junio de 1960. Doy la referencia con lujo de detalles para quienes no pudieran dar crédito a sus ojos, y no sin razón, tan sorprendentes resultan las afirmaciones del cardenal Montini. He aquí las palabras de aquel que tres años más tarde llegaría a ser papa y que promulgaría los documentos revolucionarios del CVII en 1965:

« ¿Acaso el hombre moderno no llegará un día, a medida que sus estudios científicos progresen y descubran leyes y realidades ocultas bajo el rostro mudo de la materia, a prestar oídos a la maravillosa voz del espíritu que palpita en ella?  ¿No será ésa la religión del mañana? El mismísimo Einstein previó la espontaneidad de una religión del universo[4]. »

El espíritu que « palpita » en la materia, la « religión del mañana », que sería una « religión cósmica », una « religión del universo »: aquí están los fundamentos de la gnosis evolucionista teilhardiana, con el culto del hombre en vías de divinización. Como si esto no fuera suficiente, que un cardenal de la Iglesia invoque en materia religiosa la autoridad de un judío socialista que reivindicaba una « religiosidad cósmica » fundada en  la contemplación de la estructura del Universo, compatible con la ciencia positivista y refractario a todo dogma o creencia, es para quedarse atónito.

Cuando en 1929 el rabino Herbert S. Goldstein le preguntó: « ¿cree Ud. en Dios? », Einstein respondió:
« Yo creo en el Dios de Spinoza que se revela en el orden armonioso de lo existente, no en un Dios que se preocupa por el destino y las acciones de los seres humanos[5]. »

Y en una carta dirigida en 1954 al filósofo judío Eric Gutkind, Einstein escribió:
« Para mí, la palabra Dios no es sino la expresión y el fruto de debilidades humanas y la Biblia una colección de leyendas, por cierto honorables, pero primitivas y bastante pueriles. Y esto no lo cambia ninguna interpretación, por sutil que sea[6]. »

Lo que equivale a decir que el Dios de Einstein no es otro que el Deus sive natura del filósofo judío Baruch Spinoza, que en su doctrina panteísta identificaba a Dios con la naturaleza. Tal es la « religión del universo » que profesaba Einstein y que evoca con admiración el Cardenal Montini en su conferencia, y en quien el futuro pontífice se inspira para vaticinar una « religión del porvenir » destinada a ocupar un día el lugar del cristianismo. Cuando se piensa que este hombre pronto será elegido Sucesor de San Pedro, y que es él quien más adelante promulgará los documentos novadores del CVII, abolirá la Misa católica, inventará una nueva[7] con la contribución de « expertos protestantes » y modificará el ritual de todos los sacramentos, es de veras como para quedar petrificados...

He aquí otra declaración de Pablo VI que va en la misma dirección, pronunciada durante el Angelus del 7 de febrero de 1971, con ocasión de un viaje a la luna, y que constituye un verdadero himno al hombre en camino hacia la divinización:
« Honor al hombre, honor al pensamiento, honor a la ciencia, honor a la técnica, honor al trabajo, honor a la audacia humana; honor a la síntesis de la actividad científica y del sentido de la organización del hombre que, a diferencia de los otros animales, sabe dar a su mente y a sus manos instrumentos de conquista; honor al hombre, rey de la tierra y hoy también príncipe del cielo[8]. »    

Este culto de la humanidad y del progreso ha sido condenado numerosas veces por el magisterio. Cito un extracto de la encíclica Qui pluribus de Pío IX, de 1846,  seguido de una proposición condenada en su Syllabus de 1864:
« Con no menor atrevimiento y engaño, Venerables Hermanos, estos enemigos de la revelación divina, exaltan el humano progreso y, temeraria y sacrílegamente, quisieran introducirlo en la Religión católica, como si la Religión no fuese obra de Dios sino de los hombres o algún invento filosófico que se perfecciona con métodos humanos[9]. »
« V. La revelación divina es imperfecta, y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana[10]. »

Pío IX es muy claro en relación a los « progresistas »: emplea la expresión « enemigos de la revelación divina ». ¿Qué calificativo mejor podría hallarse para designar a un cardenal y arzobispo de la Iglesia que aprovecha su eminente dignidad eclesiástica para difundir la idea blasfema y herética de que una pretendida « religión del mañana » llegará un día a suplantar al catolicismo? Este hombre se llama Giovanni Battista Montini. A él -junto a Juan XXIII, cabe recordar- se deben el nefasto CVII y su espurio “magisterio”, la devastación de la liturgia romana y la terrible crisis doctrinal, litúrgica y disciplinar que azota a la Iglesia desde hace más de medio siglo…



[2] Para mayor información sobre las innumerables herejías y blasfemias de Francisco, se pueden consultar los libros Tres años con Francisco: la impostura bergogliana y Cuatro años con Francisco: la medida está colmada, publicados por las Éditions Saint-Remi en cuatro idiomas (castellano, inglés, francés e italiano):
Recomendamos igualmente el libro Con voz de dragón, publicado por las Ediciones Cruzamante:
[4] Traducción francesa de la Documentation Catholique: « L’homme moderne n’en viendra-t-il pas un jour, au fur et à mesure que ses études scientifiques progresseront et découvriront des lois et des réalités cachées derrière le visage muet de la matière, à tendre l’oreille à la voie merveilleuse de l’esprit qui palpite en elle? Ne sera-ce pas là la religion de demain? Einstein lui-même entrevit la spontanéité d’une religion de l’univers. » Texto original italiano: « Non capiterà forse all'uomo moderno, mano mano che i suoi studi scientifici progrediscono, e vengono scoprendo leggi e realtà sepolte nel muto volto della materia, di ascoltare la voce meravigliosa della spirito ivi palpitante? Non sara cotesta la religione di domani? Einstein stesso intravide la spontaneità d'una religione dell'universo. »  Ver en la página n° 3 del documento siguiente, activando la función T (« Show text »):
[8] « Onore all’uomo! Onore al pensiero! Onore alla scienza! Onore alla tecnica! Onore al lavoro! Onore all’ardimento umano! Onore alla sintesi dell’attività scientifica e organizzativa dell’uomo, che, a differenza di ogni altro animale, sa dare strumenti di conquista alla sua mente e alla sua mano. Onore all’uomo, re della terra ed ora anche principe del cielo. » https://w2.vatican.va/content/paul-vi/it/angelus/1971/documents/hf_p-vi_ang_19710207.html
[9] « Né con minore fallacia certamente, Venerabili Fratelli, questi nemici della divina rivelazione, con somme lodi esaltando il progresso umano, vorrebbero con temerario e sacrilego ardimento introdurlo perfino nella Religione cattolica; come se essa non fosse opera di Dio, ma degli uomini, ovvero invenzione dei filosofi, da potersi con modi umani perfezionare. »                                

viernes, 12 de octubre de 2018

PARA UN ÁLBUM DE FIGURITAS DEL APOCALIPSIS

Cardenal Ouellet,
guardián de la honorabilidad de Babilonia
Damos por supuesto que no pocos lectores habrán leído la vergonzante réplica del cardenal Ouellet a monseñor Viganò en la que aquél confirma involuntariamente los cargos allegados por el ex-nuncio, al paso que la emprende en una defensa frenética y estentórea del Jefe  -la que alcanza su culmen cuando tilda nada menos que de "blasfemo" a su destinatario por haber arrojado dudas sobre la fe de Bergoglio. Pese a la ordinariez de su estilo, esta misiva representa una obra cumbre en el tesón servil con el que tantos clérigos paridos por los miasmas conciliares se esmeran en servir a los más decididos demoledores de la Iglesia. Lo hacen a título de obediencia, reos de conmovedores malentendidos que los llevan a reclamar silencio a quien denuncia las impías maquinaciones del tótem (perdón, del Papa), sin nunca alegar la menor pena por la putrefacción en curso. 

Conviene echar un vistazo a la trayectoria del purpurado tal como nos la ofrece un sitio italiano, que nos informa que el canadiense
ha sido siempre incluido entre los "moderados", los "conservadores": en pocas palabras, es un ratzingeriano de acero. Es partidario de las prácticas devocionales tradicionales como la Adoración Eucarística y es un amante del canto gregoriano. El ardid de confiarle el ataque a Viganò es, por lo tanto, muy hábil, digno de un jesuita consumado y avezado a las intrigas. Viganò no tenía que ser atacado por un progresista, por un hombre estrechamente vinculado al entourage del obispo de Roma, sino por un buen conservador amante de las liturgias elegantes.
Licenciado en filosofía y teología, otrora profesor y rector de seminario,
el 3 de marzo de 2001, gracias a ese pedigrí, es nombrado secretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, sucediendo al cardenal Walter Kasper, futuro gran elector de Bergoglio, presidente del mismo dicasterio. Recibe la ordenación episcopal del Papa Juan Pablo II y del Cardenal Giovanni Battista Re. El 15 de noviembre de 2002, el Papa Juan Pablo II lo nombra Arzobispo Metropolitano de Québec y Primado de Canadá. Québec, antaño tierra de exiliados franceses archicatólicos huidos de las persecuciones jacobinas, en los últimos años se ha convertido en una de las regiones más descristianizadas y laicistas del mundo. Juan Pablo II trata por ello de frenar la deriva secularista a través de un obispo de ortodoxia probada. Nombrado cardenal en 2003, se habló de él como de un posible candidato en los cónclaves de 2005 y 2013.
En 2010 el Papa Benedicto XVI lo llama de regreso a Roma. Ouellet abandona Québec en condiciones desastrosas y es nombrado Prefecto de la Congregación para los Obispos, sucediendo al cardenal Giovanni Battista Re, quien renunció debido a haber alcanzado  el límite de edad. También es nombrado presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, donde se reunirá con el poderoso arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, quien, hecho Papa, lo confirmará en su papel de Curia.
Sin embargo, el Papa no tardará en manifestar su molestia y su distancia respecto de Ouellet. Hace dos años, el Journal de Montreal denunció el ostracismo de Bergoglio respecto del Prefecto de la Congregación de los Obispos. Según el periódico, el Papa Francisco habría rechazado repetidamente las propuestas de nombramientos episcopales hechas por Ouellet. Una especie de desconfianza manifiesta hacia su colaborador. En particular -explicaba el periódico canadiense-, Bergoglio ignoraba sus elecciones, prefiriendo a otros candidatos rigurosamente progresistas. Uno de los momentos de mayor tensión entre el papa y Ouellet ocurrió con la elección de sedes episcopales como Madrid, Sydney y especialmente Chicago, donde Bergoglio quiso imponer a Blaise Cupich, conocido por sostener la comunión para los divorciados re-casados y para las parejas homosexuales, y por ser gran enemigo de los movimientos pro-vida.
Hace dos años, ante estas tensiones, se habló insistentemente de la remoción de Ouellet. Luego no se hizo más nada. Evidentemente, el obispo de Québec agachó la cabeza, aceptó la humillación pública que lo ve reducido al rango de yes-man, y ahora, a menos de un año de los 75 de la edad que prevé canónicamente la renuncia y la jubilación, hélo aquí asumiendo este papel de "Gendarme del Pontífice", un papel perfecto para un viejo conservador. 
Descripción ésta que, en todos sus pormenores y pormayores, nos ilustra acerca de un tipo indisociable de la vasta obra de sustitución de la Iglesia por su simio: se trata, como podrá adivinar el avisado lector, del conservador, aquel personaje que, aunque no se haga él mismo reo de la extrema corrupción moral de su entorno más o menos próximo (que es como el sello del apóstata en funciones), no admite mejor expediente que el de echar un púdico velo de silencio sobre la inmensa maquinaria del crimen, que se sirve de su mutismo como de un eficaz combustible. El conservador es, pues, un encubridor de segundo grado, movido a menudo por buenas intenciones -de esas que impiden el juicio recto y adoquinan los caminos del infierno-, pero un encubridor al fin, partícipe necesario en la equívoca legitimación del desorden revolucionario, ya que lo refuerza con la adhesión de un elemento en apariencia intachable. Es el hombre de las síntesis imposibles, el que propugna la continuidad entre tradición y ruptura, aquel para quien la universalidad católica (kat'holon) está a un paso de confundirse con el panfilismo. No por nada otro conservador, ratzingeriano de estricta observancia y él también candidato en el cónclave de 2013, el cardenal Scola, acabó patrocinando la instalación de mezquitas en la ciudad ambrosiana.

Pacatos del demonio que creen obrar como Sem y Jafet cuando acudían a cubrir las vergüenzas de su padre, no se percatan de que aquí no hay un superior ebrio por inadvertencia, sino uno de aquellos de quienes el Señor nos avisó, que «notando que el amo tarda en volver, comienza a golpear a siervos y siervas, a comer y a beber y embriagarse» (Lc 12, 45), con inocultable quebranto de la sociedad santa puesta en sus homicidas manos. Tanto como para obrar el trasiego de la Iglesia en su contraria, «engañando, si fuera posible, aun a los mismos elegidos».

Si la epidemia sodomítica, signo elocuente como el que más, no es capaz de despertar a estos macilentos hombres de Iglesia, será que sólo lo hará posible la deflagración de Babilonia con ellos mismos entre sus muros. Pues, ¿qué son esas impurísimas fanfarrias ejecutadas por tanto curial marica sobre la necrópolis vaticana, sobre el ara de tantos mártires y aun del Príncipe de los Apóstoles allí enterrados, sino un «embriagarse de la sangre de los santos y de los mártires» aquella «gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto»? Si Dios mismo conmina: «sal de ella, pueblo mío, para que no seas solidario de sus pecados y no participes de sus plagas» (Ap 18, 4), esto es porque Su pueblo mora efectivamente entre los muros de esa ciudad que adelanta a su ruina, y se le advierte lo mismo que otrora a Lot y a Moisés. Hay un desierto aparejado para quienes no se resignan a a un destino de perros mudos y falderos: que el Señor pronuncie el Effetá en los oídos de éstos, y los salve.

sábado, 6 de octubre de 2018

BREAKING NEWS MANUSCRITAS EN PATMOS

Al paso que la apostasía ha logrado establecerse en la Iglesia según un doble parámetro -en expansión y en intensidad-, las figuras afectadas por su vis deletérea parecen correr a asumir los roles que la Revelación les asignó para los últimos tiempos. Lo que no debe extrañar: si los príncipes de la Iglesia pierden masivamente la fe, las profecías los tendrán sin cuidado y no repararán en el papel que pudieran jugar en el escenario esjatológico cuyas dramatis personae nos han sido clamorosamente bosquejadas hace veinte siglos. Ocurre que el vórtice tiene las propiedades del imán y que, como lo supo Esquilo, «cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se le junta y lo ayuda a despeñarse». Los demonios, de hecho, que no el cielo, colaboradores eficaces de aquellos que se han rendido a su horrendo influjo, han de pasearse muy a sus anchas en dicasterios y congregaciones romanas como para que éstos resulten asimilados sin más a otros tantos lupanares -y, por colmo, de aquellos que sólo admiten varones en calidad de pupilas.

La apostasía ciega a sus actores, que «corren desatentados a su ruina». Si los vírgenes que celebra el Apocalipsis (14, 4ss.) son, según la más recurrente exégesis, aquellos que no han menoscabado la doctrina ni en una tilde ni en una coma porque «en su boca no se ha encontrado mentira», la Gran Prostituta, ante todo, debe ser aquella que, luego de faltar a la fidelidad al depósito que le fue confiado, habiendo fornicado con los reyes de la tierra (Ap 18,3), acaba sus malandanzas en la degeneración de sus hábitos primarios, tal como corresponde a su podredumbre cordial. Que la prostitución, término siempre alusivo al comercio sexual, pueda también aplicarse a la contaminación del magisterio, revela en todo caso la afinidad profunda entre ambos registros y cuánto el uno pueda reclamar la solidaridad del otro. La pederastia -observación válida para cualquier ambiente en el que ésta medre- viene a indicar la exacerbación de la conducta viciosa, el nec plus ultra de la depravación, que es un hecho ante todo espiritual.

Las redes homosexuales que infestan a la Iglesia convienen, pues, a la descripción de la Gran Prostituta, como también conviene a ésta la contemporización del clero con las nauseabundas máximas de la ONU y otros conventículos de notorio credo antropolátrico. O con ese melifluo interconfesionalismo que pondrá pronto en los altares a Lutero y Melanchton, si Dios no se sirve impedirlo. Cuando san Juan dice haberse «quedado estupefacto» (Ap 17, 6) al ver a la Mujer «cuyo nombre es un  misterio» (nombre que revela inmediatamente como el de «Babilonia la Grande»), ebria de la sangre de los santos y de los mártires, ¿a qué atribuir su estupefacción, nunca señalada a propósito de las otras terribles visiones que desfilan ante sus ojos? ¿Será acaso al haber reconocido en esta mala hembra a la Sede de Pedro usurpada por demonios? (importa recordar aquí que el Príncipe de los apóstoles concluye su primera epístola saludando «desde Babilonia», en alusión a Roma). San Agustín apunta otro tanto en su De civitate Dei cuando comenta aquel pasaje de la 2ª a los Tesalonicenses (2, 3ss.) donde se habla del «hombre inicuo, el hijo de la perdición, aquel que se opone y se subleva contra todo aquello que se refiera a Dios y sea objeto de culto, hasta llegar a sentarse en el templo de Dios», arguyendo que algunos «piensan que también en latín es más correcto decir, como en griego, no en el templo de Dios (in templo Dei), sino se sienta en calidad de templo de Dios (in templum Dei sedeat), como si él fuera el templo de Dios que es la Iglesia». Lo que sugiere la confusión, a los ojos del común, de la Iglesia con su simio, con una contraiglesia capaz de conservar las temporalidades de aquélla y su organización jerárquica sin su espíritu.

Francisco, en su vomitona diaria de insensateces y herejías, es el vulgarizador más acreditado de este estado de espíritu cuyo rechazo tiene por objeto al logos y al Logos, ávido de consagrar el principio de indeterminación de todas las cosas, el caos primordial. Corriendo a apropiarse las cualidades de las dos Bestias, imita a la del mar en aquello de proferir «palabras arrogantes y blasfemias», blasfemando «contra Dios, su nombre y su Morada y los que habitan en el cielo» (Ap 13, 5ss.): así lo hizo, v.g., cuando en uno de sus más irremontables ápices verbales se permitió sugerir una supuesta discordia en el seno mismo de la Santísima Trinidad. No hablemos de lo mucho que se le apropian los atributos de la otra Bestia, la terrestre, que «tenía dos cuernos, como los de un cordero, pero hablaba como dragón» (Ap 13, 11), con ese bilingüismo que es el arte de los timadores consumados. Que esta segunda Bestia, desde siempre caracterizada como un poder religioso, haga «que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia» (poder civil) comportaría la voluntaria sumisión de la espada espiritual a la temporal: toda una desmentida posmoderna de la Unam Sanctam de Bonifacio VIII y de los Dictatus papae de Gregorio VII al amparo de aquella otra horrísona y ya recurrente apelación al laicismo del Estado, con el subsiguiente paso de poner a la Iglesia bajo el mando del Princeps. El reciente acuerdo con China no exhala otro hedor: bastará acaso que la gran potencia de Oriente termine de imponerse en el contexto internacional al cabo de la clamoreada guerra comercial con EEUU, o que se tome ejemplo de esta sumisión para repetirla en relación con un hipotético Super-estado mundial aún no conformado, para que veamos realizada esta pesadilla ante nuestros horrorizados ojos.

La inusitada férula de Francisco en el Sínodo de los Jóvenes:
para la próxima, prometió usar una caña de pescar 
El ataque mancomunado de los medios de masas a la Iglesia en relación a los abusos sexuales de los clérigos, aparte de ilustrar que «el mundo no paga traidores» y que los melindres con que tanto prelado lo regala no le garantizan la inmunidad deseada, parece poder aplicarse a aquel pasaje que dice que «los diez cuernos [reyes] que has visto y la Bestia odiarán a la prostituta, la despojarán de sus vestiduras, toda desnuda.comerán sus carnes y la quemarán» (Ap 17, 16). La alianza del clero modernista con el mundo y sus máximas podrá otorgarle a aquél inicialmente un poco de oxígeno en esta encerrona bisecular, pero la victoria del mundo sobre la Iglesia reclama de suyo algo más que la adulteración de la doctrina y de la misión de la Esposa de Cristo, y es el finiquito de todo recuerdo de su paso por la tierra. Cuando los poderes de este siglo hayan abatido la cruz de los campanarios, querrán a continuación abatir los mismos campanarios hasta sus cimientos: tal es la naturaleza refractaria del mundo a la gracia. La creciente quita del favor de los medios periodísticos a Francisco (de los mismos medios que saludaron con abundante baba su elección y su perfidia), señalándolo ahora sin ambages como encubridor de los clérigos otrora denunciados, no hace sino ilustrar esto mismo. Hace más de un año que la corriente de hastío viene cundiendo entre esos mismos pasquines izquierdosos que aplaudían como focas al Papa progre: «que se diga que un papa que prometió a los cuatro vientos una limpieza y reformas concretas al grito de la “tolerancia cero” contra los pedófilos y sus encubridores, pero conscientemente se rodea de esos personajes (por decir lo menos), es víctima de una improbable conspiración es un insulto a la inteligencia humana»(fuente aquí).

No queremos ser soñadores ni ilusos al configurar a monseñor Viganò con uno de los Dos Testigos, pero no deja de ser significativo que éstos sean inmolados «en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto» (Ap  11, 8). Que el ex-nuncio en EEUU haya centrado su denuncia en la hedionda trama sodomítica de la Iglesia lo hace una víctima potencial de los servicios secretos vaticanos: él lo sabe y optó juiciosamente por imitar al cuis. El hallazgo de su paradero podría acabar con su pellejo en la plaza de San Pedro, fusilado no ya por los curas bolcheviques de la visión de Bernanos sino por los clérigos bufarrones que Bergoglio esconde bajo su raída sotana.

Que el denunciante de estos horrores sea un prelado de extracción conciliar, como lo son hoy todos sin apenas excepción, no debe hacer suponer su incompetencia para encarnar un papel como el que le atisbamos: sin dudas, el avispero de esta Iglesia usurpada y desfigurada bullirá mucho más cuando sea uno de su propio gremio quien le endilgue las necesarias verdades, que no cuando lo haga un clérigo en "situación canónica irregular". Falta no más otro obispo que, depuestos los respetos humanos en soñoliento vigor, pida la pira pública para los documentos del Vaticano II y se anime a recordar la correlación de causa a efecto entre el desfallecimiento doctrinal y la desvirilización del clero. El álbum de figuritas del Apocalipsis estaría entonces al completarse, y podríamos por fin levantar nuestras abatidas testas.

martes, 25 de septiembre de 2018

VIGANÒ, FRANCISCO, LOS ABUSOS Y LA TRAMPA

por Dardo Juan Calderón

La gran mayoría ha escuchado absorto -y al borde del abismo- aquel video de Michael Matt sobre los abusadores de niños y homosexuales del Vaticano. ¡Esto es el acabose! Gritamos. Cristopher Ferrara nos señala en Adelante la Fe que ya rabiosos (o rabiosas) modernistas consideran que esto no es más tolerable. Un enorme olor a revuelta se siente en el ambiente católico junto al hedor de los pecados del Team Bergoglio. Numerosos Obispos y Cardenales están reaccionando contra esta lepra pegajosa que ensucia toda la Iglesia y todos están diciendo que el asunto ya no se trata de ideas ni de doctrinas, ya estamos en un fondo insoportable de la más baja corrupción y se trata de salir con un mínimo de decencia.

Estos Obispos y Cardenales de la lista venerable, que de a poco se atreven y van reaccionando contra esta plaga de la pederastia, muestran el costado “sano” de la Iglesia. Una larga lista de “buenos tipos” se observa en aquel video. Los “tradicionalistas” se abroquelan con esta curia “sana”. Las mejores espadas de Benedicto XVI han cobrado una repentina pátina de ortodoxia y, muy lejos de concluirse a partir de la presente corrupción sobre que esto demuestra la malicia contenida en Vaticano II, la conclusión que va cobrando más fuerza es que todo esto demuestra a dónde lleva una mala y forzada interpretación del Vaticano II, pues estos “padres”, aún conciliares, son la buena reacción y la salvación posible de este enlodamiento insoportable.

Lo mejor de nuestro catolicismo argentino nos trae al cardenal Nicola Bux, conciliarista consumado, ecumenicista convencido, kantiano, admirador y promotor del pensamiento modernista de Juan Pablo II y Benedicto XVI, sincretista en liturgia, birritualista por ahora, promotor de la reforma de la reforma pero defendiendo la necesidad de contar con la reforma. Pero no es homosexual ni gusta para nada de toda esta mugre. ¡Bienvenido!

Escapamos de la exageración revolucionaria del comunismo y caímos en la actual peste de la síntesis de marxismo y liberalismo en este socialismo civilizadamente anticristiano, dando un suspiro de alivio. Vencimos al kirchnerismo ladrón, populista y corrupto y nos aliviamos con estos masones que nos permitieron viajar a Miami y ya nos meten la educación sexual y la política de género hasta por los fondillos (en breve el aborto y la eutanasia). Combatimos al judío de nariz ganchuda que se come los niños y nos hicimos todos naturalistas a su mejor estilo. Francia adoró a Napoleón que los salvó del Terror y los hundió en la impiedad masona más de orden. Y vamos a salir -completamente aliviados- de Francisco, asentados en un modernismo decente y de “bon goût” que no se fornica a los coreutas y canta motetes gregorianos.

Parece que no sabemos nada de cómo hace el Diablo las cosas. El problema no está en el trasero, sino en las cabezas. Sigue siendo doctrinario, y el Diablo desbarranca a sus monigotes más mugrientos cuando quiere que abracemos a sus hombres más disciplinados.

La lista de los buenos de Michael Matt son todos modernistas y conciliares, es más, americanistas consumados. Decentes y de buen gusto, no lo niego, pero de cabeza floja.

En liturgia, la reforma de la reforma es un pastiche que dará por tierra el tomismo tridentino y será suplantado por un espiritualismo carismático y orientalista. Decente y de buen gusto, no lo niego.

Disculpen que no pueda acompañarlos en esta patriada antifrancisco y siga, como siempre, dudando cuales son peores, si estos mandingas culos-rotos, o los embraguetados humanistas. Que se sana más rápido de las hemorroides que de las herejías.

¡Pero salten de la sartén! ¡Urgente! No se tomen un tiempo para pensar ni piensen a cien años. ¡Compre ya! Tenga en cuenta que en tiempos de crisis y griterío es la hora de los imbéciles que serán escuchados en las plazas, y cuando se ordena, ya no sirven. Aprovechen la oportunidad.       

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿HUBO UNA CONJURA ANTICRISTIANA?

por Dardo Juan Calderón
           
Desde un tiempo a esta parte lo mejor del catolicismo se abisma ante la decadencia de la Iglesia Católica y analiza las múltiples causas internas que la podrían explicar. Desde las fallas de sus cabezas, los vicios internos, las inadecuaciones estructurales y todos aquellos defectos humanos que por ser una sociedad de hombres ha sufrido, sufre y sufrirá. Todos son analizados meticulosamente por los autores. Reflexiones que aun sin quererlo nos llevan a un estado de desilusión con respecto a Su vitalidad (estado de ánimo que lleva casi un siglo y conlleva la vitalidad misma de la fe) buscando en el interior de la Iglesia -en su historia institucional e intelectual- las causas, el diagnóstico y el remedio que pueda sacarla de este espantoso desastre.

Peter Kwasniewski y Roberto De Mattei nos hacen sabias recordaciones históricas de las infelices anécdotas de muchos Papas y de derivas perniciosas que han asolado la historia de la Iglesia a fin de que no desesperemos, nos dicen que nada es tan nuevo en materia de desastres y que en todos los tiempos se “cuecen habas”, reconociendo sin embargo que la actual situación tiene algo de bastante más grave que las otras.

Advertimos que con estas argumentaciones corremos el riesgo de dar la razón a los críticos y a los novadores y aún más, de convertirnos nosotros mismos en críticos y novadores. Parece que la Iglesia es una estructura falible que demuestra hoy y frente al mundo moderno una serie de defectos en su interior que la han llevado al actual estado de cosas, cuestiones que deben ser atendidas por una “nueva actitud” o “reforma buena”, sobre todo en lo que respecta a la función del Papado, lo que fuera antes la Roca Fundante. Resulta que nuestra fuerza interior ha fallado y con las viejas estructuras no se encuentra la manera de salir del marasmo. Se habla de que el “personalismo” y “paternalismo” heredado del “Ancien Régime” han demostrado su caducidad al encontrarse con malos Papas y no hallar solución institucional para ponerlos en caja, y esta idea se expresa desde rincones que parecen insospechables de modernismo, mucho más hoy en que el Papa Francisco no presenta ni un costado salvable.

Hemos escuchado grupos de notables tradicionalistas poner en contradicción las viejas enseñanzas y hablar de proponer un “Nuevo Paradigma” en lo político para el catolicismo, o replantearse el Papado que surgió de los ultramontanos Vaticano I y Trento con aquel recurso a la Infalibilidad Papal que hoy parece cerrarnos el paso, o de reinventar la función del Colegio Episcopal en términos parlamentarios para mitigarlo, y hasta cabe oír la vieja imputación de todos los males al “Integrismo Católico”, como que sería una reacción desmedida y refractaria de toda dinámica que provocó reacciones inversas progresistas (argumento que esgrimió la democracia cristiana y que volvió a cobrar fuerzas por la difusión de la obra de Louis Bouyer en nuestro medio) solicitando una vuelta a épocas muy lejanas de una Iglesia no estructurada.

Sin lugar a dudas que debemos revisar nuestras conductas, aceptar nuestros defectos y proponernos una “conversión” o “reconversión”, y tampoco queremos dejar de ver la importancia que dan los buenos sacerdotes a una revitalización de nuestra vida espiritual personal, que ha sido sin duda alguna un “efecto” de la crisis, pero no la “causa” de la misma.

¿Es que toda esta situación obedece a una decadencia interna provocada por una falla en la estructura y en la expresión de la doctrina que se enrigideció o esclerosó? ¿Que no supo reaccionar? Si es así, hay que darle la razón a Bouyer y buscar las culpas principalmente entre los Papas de los siglos anteriores al Concilio Vaticano II: en Trento y en el Concilio Vaticano I. Y además, buscar por fuera de las estructuras tradicionales la solución y no en una “restauración” de las mismas. Por ejemplo: desmantelar el “papismo”, suplir el magisterio por sensus fidei, replantear el caduco magisterio político, etc.

Hemos leído con gusto la obra de Dino Buzatti -“El desierto de los Tártaros”- donde la decadencia de los hombres de aquella fortaleza de frontera con el enemigo proviene de una especie de hongo o virus que habita en sus mismas paredes, y el “enemigo” del que se habla y se espera el ataque parece no existir más que en la imaginación febril de los viejos militares que siguen tontamente apostados en las almenas.

Las nuevas generaciones de católicos se han formado en esta idea de autodemolición por debilitamiento interior y han perdido de vista –casi totalmente– la denuncia que a toda voz gritaban aquellos integristas y contrarrevolucionarios del XIX y principios del XX: que la Iglesia Católica sufría el embate de terribles y poderosos enemigos externos; que estos estaban construyendo estrategias muy detalladas de combate, espionaje e infiltración; embates que desde la Revolución Francesa y durante el siglo XIX fueron brutales, crueles, altamente financiados, poderosos, complejamente complotados y conjurados en su destrucción. Que se daba una encarnizada batalla en los muros.

Que en el siglo XX estos poderes lograron una victoria mundial y concentraron fuerzas anticristianas nunca jamás previstas en la historia. Que todo obedecía a un plan perfectamente documentado del que había pruebas concretas (como aquellos papeles secuestrados por la policía vaticana en tiempos de Pio IX a la logia de la Alta Venta) y de que se proponían lograr poner “un Papa a nuestra medida” en Roma.

Este enemigo ¿existió? ¿existe? ¿O es el fruto de la afiebrada mente de los integristas que lo señalaban –como en la novela citada- y nadie los ha podido ver ni tocar? ¿Fue todo una locura y una infundada teoría del complot? ¿Es la “revolución” una insidia y conjuración dirigida contra la Iglesia Católica como objetivo primario y directo? (que fue la idea de los contrarrevolucionarios el estilo de Blanc de Saint Bonnet). O es al revés; una cuestión exclusivamente política que arrastró a la Iglesia como daño colateral y por el hecho de haber esta quedado anclada en posiciones políticas integristas y retrógadas –como el legitimismo francés, el maurrasianismo y el Tridentinismo ultramontano– por no tener la habilidad de descubrir la forma en que las nuevas expresiones de la política moderna sirvieran al cristianismo (asunto que era sostenido por los movimientos demócratas cristianos que se vieron envalentonados por una mala interpretación de la ambigüedad diplomática - que no doctrinaria - del “ralliement” de León XIII, y que luego se sintieran traicionados por las condenas que les recayeron, lanzadas hasta por el mismo Pontífice nombrado). Idea esta que hoy es sostenida no sólo por la “izquierda”, sino por la amplia mayoría de los intelectuales católicos de la “derecha”, aun los que se dicen directos descendientes de aquellos viejos “contrarrevolucionarios”.

Los análisis de las causas internas de la crisis pueden ser válidos, pero… ¿no cabría ponderar las razones “externas”?

Es muy diferente el juicio de una Iglesia que se derrumba desde dentro, que el de una Iglesia casi abatida por una fuerza externa anticristiana poderosa, mundial y coaligada. Es diferente el juicio sobre hombres a los que las ideas modernas fueron minando desde dentro, que la de hombres resistiendo un combate desigual de millones contra uno. Es diferente el entender un Satanás (aquellos poderes enemigos de los que habló San Pablo) si este actuó desde dentro del alma de nuestros hombres que de a poco se rendían, o de si lideró la Bestia concretas organizaciones humanas “anticristianas” que le respondían con ingentes medios materiales y que asediaban la Iglesia.

Cierto que por lo común ambas tragedias suelen ocurrir para una derrota, pero Sodoma cae desde dentro por propia decadencia y a Troya la rodeó el ejército más poderoso de su tiempo, y este asedio y ataque fue la causa primordial de su caída, más allá que haya provocado primero el martirio de sus héroes, luego la extrema confianza del exitismo de los necios y por último el derrotismo de sus mediocres.

Pero … ¿podemos hoy volver a hablar de esto? ¿Podemos hablar de nuestros mártires contrarrevolucionarios? ¿Puede el hombre del siglo XXI replantearse el asunto y si acaso “nombrar” a los “malditos” coaligados bajo un mando satánico que “Le Destronaron”? No digo ya como imputación (como se hizo en aquel momento) sino apenas como exégesis histórica. ¿Se puede apenas nombrarlos sin recibir la imputación de demencia y la burla (cuando no la sanción penal) de la más tiránica de las imposiciones que ha conocido la “expresión” científica en toda la historia? ¿Se puede acaso contradecir la versión de que ese enemigo no existió y fue la locura iracunda de los integristas y contrarrevolucionarios que la inventó? La creó siguiendo el curso de los odios viscerales de un mundo que no se resignaba a ser rebasado por la historia y buscaba en su furia impotente un “chivo emisario” de su propia decadencia: el viejo recurso de culpar al JUDÍO, al MASÓN, al PROTESTANTE. ¿Se puede decir esto sin acarrear sobre uno la isolación social, la repulsa académica y el alejamiento hasta de los propios?

Y sé que viendo en mayúsculas las palabras condenadas por la historia para no poder ser nunca jamás nombradas en contexto negativo, al lector le corre un frío por la espalda y no atina a acertar si debe seguir leyendo y escuchar sin culpa cuales fueron esas fuerzas a las que los retrógrados acusan de haber asediado la Iglesia en el contexto de una “conjuración anticristiana” sin la cual nada de lo hoy -a sus juicios- puede comprenderse.

Pero para poner a recaudo a los prudentes y justificar la necesidad de la inmediata fuga, les adelanto una idea fija que tuvieron esos hombres. Esas fuerzas iban montadas en un destructivo vehículo: “la sugestión maestra de la que los asediantes se sirvieron para abrir una brecha en la opinión de la civilización cristiana, y por ende, en sus instituciones”[i] fue La Democracia. Y ya todo esto es un trago que el noventa por ciento de los católicos actuales no pueden pasar.

No queremos convencer a nadie de una de las dos puestas, sino simplemente recordar a las nuevas generaciones que esta discusión se dio y que ese combate se libró entre las penumbras de las intenciones ocultas haciendo muy difícil el análisis histórico. Nunca hubo una declaración de guerra frontal ya que si la conjura existió, su esencia siempre fue la de evitar hacerse evidente con un objetivo religioso, consistiendo la lucha justamente en que el integrismo bregaba por ponerlos en evidencia y con esto sólo hubiera bastado para su fracaso, pues la enorme mayoría católica no hubiera coincidido con una propuesta que fuera anticristiana, pero sí si ella se presentaba –o era en efecto- una propuesta social y política exclusiva sobre asuntos en los que la Iglesia dejaba libertad de elección, como era el hecho de darse los pueblos constituciones políticas monárquicas, aristocráticas o democráticas.


[i] MGR. DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, Lille/Paris DDB 1910, pag 4 (introduction).


sábado, 15 de septiembre de 2018

LOS SIETE DOLORES DE MARÍA

Durero, políptico de los diete dolores.


Como Eva oyó de labios del Altísimo
el pregón de sus penas merecidas,
así Vos, oh Señora, aunque inocente,
sin mota de pecado concebida,
oísteis el anuncio de la espada
que vuestro corazón traspasaría.

Probasteis a la vez en el destierro
la pena que les cupo a nuestros padres,
y Egipto floreció con recibiros
para que en vuestras huellas germinasen
en breve los cenobios que darían
al Cielo gran cosecha de diamantes.

Supisteis los afanes, las angustias
cuando, eclipsado el rostro de aquel Niño
(engendrado todo Él como el relente,
que la aurora del tiempo antes nacido),
corristeis a buscallo apriesa al Templo
sin otro rastreador que el amor mismo.

Lo visteis en la vía dolorosa
bajo el peso soberbio del pecado
que le labró la Cruz que fue su cetro.
Al pie del sacrificio consumado
las lágrimas vertisteis, que la sangre
de la divina Víctima asperjaron.

Por fin, fue a descansar en vuestros brazos
quien no tenía donde reclinarse
y aquí tanto dolor, si contenido
por sostener el santo cuerpo exangüe,
debió probar mil nuevos estallidos
en el sinfín de vuestros hontanares.

El sepulcro sellado con la piedra
os lo arrebataría con el signo
del profeta raptado por el pez.
No habrá desolación mayor ni atisbo
de penas incoadas bajo el cielo
que iguale aqueste luto entenebrido.

Vuestros dolores válgannos, Señora,
en estas horas de estrechez sombría,
en estas horas de eclipsadas lumbres
y de balumba y de impiedad maldita,
en estas luengas horas de clamores
que al Cielo enderezamos a porfía
para que venga el Reino prometido
y todo lo restaure a su medida.


Fray Benjamín de la Segunda Venida