jueves, 23 de febrero de 2017

EL SUPERIOR GENERAL DE LOS JESUITAS DICE QUE HAY QUE «REINTERPRETAR A JESÚS»

por Alejandro Sosa Laprida


« El beso de Judas », por Giotto di Bondone[1]


¡Ah, bueno! ¿Qué quieren que les diga? La verdad, esto ya no da para mucho más: que Dios nos encuentre confesados...

He aquí un extracto de la entrevista[2] concedida el 18 de febrero por el Padre Arturo Sosa Abascal, nuevo Superior General de la Compañía de Jesús:

P. - El cardenal Gerhard L. Müller, prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, ha dicho a propósito del matrimonio que las palabras de Jesús son muy claras y que «ningún poder en el cielo y en la tierra, ni un ángel ni el Papa, ni un concilio ni una ley de los obispos, tiene la facultad de modificarlas».
R. - Antes que nada sería necesario comenzar una buenareflexión sobre lo que verdaderamente dijo Jesús. En esa época nadie tenía una grabadora para registrar sus palabras. Lo que se sabe es que las palabras de Jesús hay que ponerlas en contexto, están expresadas con un lenguaje, en un ambiente concreto, están dirigidas a alguien determinado.
P. - Pero entonces, si hay que examinar todas las palabras de Jesús y reconducirlas a su contexto histórico significa que no tienen un valor absoluto.
R. - En el último siglo han surgido en la Iglesia muchos estudios que intentan entender exactamente qué quería decir Jesús... Esto no es relativismo, pero certifica que la palabra es relativa, el Evangelio está escrito por seres humanos, está aceptado por la Iglesia que, a su vez, está formada por seres humanos… ¡Por lo tanto, es verdad que nadie puede cambiar la palabra de Jesús, pero es necesario saber cuál ha sido![3]

Y esto sin mencionar los dichos del Arzobispo Georg Ganswein, quien es nada menos que Prefecto de la Casa Pontificia de la Santa Sede y secretario personal del « Papa Emérito » Benedicto XVI, el cual aseguró en una entrevista concedida el 25 de diciembre de 2015 que no se puede demostrar la existencia de Dios. Éste es un extracto de dicha entrevista:

P. - Si alguien le preguntara: Su Excelencia, demuéstreme que Dios existe. ¿Qué le respondería?
R. - No hay prueba de que Dios exista, ni hay prueba de que Dios no exista. La fe no opera basada en la prueba racional. La fe vive de testigos y testimonios. Si soy convencido por un testigo y por lo que él dice, entonces esto inflama la fe. Todo lo demás no conduce a la fe, sino que permanece fuera de la fe. Esto es cierto también, y especialmente, en nuestros tiempos.[4]

Lamento mucho tener que añadir aquí una triste precisión, y espero sinceramente no escandalizar a nadie al hacerlo, pero resulta que ésta es la terrible realidad que nos toca vivir a nosotros, los católicos « post-conciliares »…

La precisión es la siguiente: lamentablemente, lo que dijo Ganswein fue también sostenido por Benedicto XVI antes de devenir « Papa Emérito », cuando afirmó que no se puede « probar » la existencia de Dios y que el cristianismo es, entre todas las « grandes opciones » en materia de religión,  la « mejor opción », por ser la más racional y la más humana…

En esta afirmación se combinan agnosticismo y naturalismo, doctrinas incompatibles con la fe católica y claramente condenadas por el magisterio eclesial. Huelga decir que la fe en Jesucristo no es una « opción », sino que es necesaria para la salvación, y que el cristianismo no es simplemente « mejor » que las otras « grandes opciones »  religiosas, pues se trata de la única religión verdadera. Ésta ha sido siempre la enseñanza de la Iglesia.

Pero Ratzinger, en total conformidad con la enseñanza del CVII en materia de ecumenismo y de la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas (Unitatis Redintegratio y Nostra Aetate), da a entender que habría otras religiones que también serían « buenas », es decir, dotadas de eficacia sobrenatural, aunque menos « perfectas » que el catolicismo. Doctrina por cierto herética, condenada[5] por Pío XI en la encíclica Mortalium Animos del 6 de enero de 1928, y que fue puesta en práctica con motivo de las cinco reuniones interreligiosas organizadas en Asís por iniciativa de los últimos tres « Papas »: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. He aquí las palabras del actual « Papa Emérito »:

« Por último, para llegar a la cuestión definitiva, yo diría: Dios o existe o no existe. Hay sólo dos opciones. O se reconoce la prioridad de la razón, de la Razón creadora que está en el origen de todo y es el principio de todo -la prioridad de la razón es también prioridad de la libertad- o se sostiene la prioridad de lo irracional, por lo cual todo lo que funciona en nuestra tierra y en nuestra vida sería sólo ocasional, marginal, un producto irracional; la razón sería un producto de la irracionalidad. En definitiva, no se puede probar uno u otro proyecto, pero la gran opción del cristianismo es la opción por la racionalidad y por la prioridad de la razón. Esta opción me parece la mejor, pues nos demuestra que detrás de todo hay una gran Inteligencia, de la que nos podemos fiar.  Pero a mí me parece que el verdadero problema actual contra la fe es el mal en el mundo: nos preguntamos cómo es compatible el mal con esta racionalidad del Creador. Y aquí realmente necesitamos al Dios que se encarnó y que nos muestra que él no sólo es una razón matemática, sino que esta razón originaria es también Amor. Si analizamos las grandes opciones, la opción cristiana es también hoy la más racional y la más humana. Por eso, podemos elaborar con confianza una filosofía, una visión del mundo basada en esta prioridad de la razón, en esta confianza en que la Razón creadora es Amor, y que este amor es Dios. »[6]

Ahora bien: esto es manifiestamente herético…

Veamos lo que dice al respecto la Constitución Dogmática Dei Filius, promulgada por el Concilio Vaticano I el 24 de abril de 1870:       
« Sobre la Revelación: 1. Si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema. »[7]

El primero de septiembre de 1910 San Pío X promulgó el Motu Proprio Sacrorum Antistitum[8], con la finalidad de « conjurar el peligro modernista », el cual incluía, al final del documento, el Juramento Antimodernista que debía prestar todo miembro del clero, y que fue suprimido por Pablo VI el 17 de julio de 1967[9], por ser visiblemente incompatible con la tarea de aggiornamento de la Iglesia emprendida por Roncalli y continuada por Montini. Joseph Ratzinger efectuó el juramento (al igual que todos los papas conciliares), por lo cual su violación lo hace incurrir ipso facto en el anatema que pesa sobre quienes profesan la herejía modernista. Transcribo seguidamente un pasaje de dicho juramento:

« En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto. »[10]

Para ir concluyendo, he aquí tres citas de Francisco[11] que están en perfecta consonancia con los dichos inconcebibles del Superior General de los jesuitas sobre la necesidad que tendría la Iglesia de « reinterpretar a Jesús »:

« En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. »[12]
 « No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. »[13]
« El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación. »[14]

Salta a la vista que estas declaraciones coinciden perfectamente con lo que sostiene el nuevo Superior General de la Compañía de Jesús, de quien transcribo a continuación otro pasaje de la entrevista:

« La Iglesia se ha desarrollado a lo largo de los siglos, no es un pedazo de hormigón. Nació, ha aprendido, ha cambiado. Por esto se hacen los concilios ecuménicos, para intentar centrar los desarrollos de la doctrina. Doctrina es una palabra que no me gusta mucho, lleva consigo la imagen de la dureza de la piedra. En cambio la realidad humana es mucho más difuminada, no es nunca blanca o negra, está en un desarrollo continuo. »[15]

Pero, a todas luces, estas palabras se hacen eco del evolucionismo teológico característico de la herejía modernista, condenada por San Pío X el 8 de septiembre de 1907 en la encíclica Pascendi, como lo prueba el pasaje siguiente de dicho documento:

« 25.[…] Hay aquí un principio general: en toda religión que viva, nada existe que no sea variable y que, por lo tanto, no deba variarse. De donde pasan a lo que en su doctrina es casi lo capital, a saber: la evolución. Si, pues, no queremos que el dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros que como santos reverenciamos y aun la misma fe languidezcan con el frío de la muerte, deben sujetarse a las leyes de la evolución. No sorprenderá esto si se tiene en cuenta lo que sobre cada una de esas cosas enseñan los modernistas. Porque, puesta la ley de la evolución, hallamos descrita por ellos mismos la forma de la evolución. Y en primer lugar, en cuanto a la fe. La primitiva forma de la fe, dicen, fue rudimentaria y común para todos los hombres, porque brotaba de la misma naturaleza y vida humana. Hízola progresar la evolución vital, no por la agregación externa de nuevas formas, sino por una creciente penetración del sentimiento religioso en la conciencia. »[16]


Moraleja: Los católicos tenemos actualmente dos « Papas » en el Vaticano pero, desgraciadamente, ambos son herejes…



[5]« […]invitan a todos los hombres indistintamente, a los infieles de todo género como a los fieles de Cristo[…] Tales empresas no pueden ser aprobadas por los católicos de ninguna manera, ya que se basan sobre la teoría errónea según la cual todas las religiones son todas más o menos buenas, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes, manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos conduce a Dios  y nos lleva a reconocer con respeto su poder. La verdad es que los partidarios de esa teoría se extravían en pleno error, pero además, pervirtiendo la noción de la verdadera religión, la repudian […] La conclusión es clara: solidarizarse con los partidarios y los propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión divinamente revelada. »http://es.catholic.net/op/articulos/19089/cat/703/mortalium-animos.html
[11]Para mayor información acerca de las innumerables herejías y blasfemias de Francisco, se puede consultar el libro Tres años con Francisco: la impostura bergogliana, publicado por las Editions Saint-Remi en cuatro idiomas (castellano, inglés, francés e italiano):
[12]ExhortaciónApostólicaEvangeliiGaudiumdel 24 de noviembre de 2013, § 43: https://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf
[13] Ibidem, § 129.
[14]Entrevista con  Joaquín Morales Solá el 5 de octubre de 2014 publicado en La Nación:

martes, 21 de febrero de 2017

EL SAGRARIO, LISTO PARA LA DESOLACIÓN

Si hacían falta novedades para confirmarnos en la espera de mayores horrores, ahora circula la noticia de una inminente revisión del nuevo misal a los fines de promulgar un Novissimus Ordo Bergoglii para su imposición a sangre y fuego en todas las diócesis. La excusa es, otra vez, el muy sobado ecumenismo. No bastó la supervisión protestante en la refundición del Misal Romano en los ya lejanos días de Bugnini: se entiende que hay todavía algunos trozos que podarle a la maltrecha función litúrgica para que los secuaces de Lutero puedan sentirse a gusto en el culto católico, contestes todos en el carácter meramente conmemorativo de la Misa y en hacerle pito catalán a Trento por el recurso a la "impanación" y la "con- (que no trans-) substanciación".

Lo que está a punto de ser echado al estercolero es la instrucción emanada por Juan Pablo II en 2001, Liturgiam authenticam, para la correcta aplicación de la Constitución litúrgica del Vaticano II. Alarmado por la vastedad y la variedad de los abusos litúrgicos -inseparables del rito de la Nueva Misa, según lo confirma la extenuada experiencia-, el polaco pontífice decidió poner algún coto a la desenfrenada "inculturación" y a la fatua "creatividad" del celebrante por el recurso a la recognitio de los textos aprobados por las conferencias episcopales. Dice, en efecto, la instrucción en su párrafo 80:


La praxis de pedir la "recognitio" de la Sede Apostólica, para todas las traducciones de los textos litúrgicos, ofrece la necesaria seguridad de que la traducción es auténtica y conforme con los textos originales; y expresa y realiza el verdadero vínculo de comunión entre el Sucesor de San Pedro y sus hermanos en el Episcopado. Así pues, esta "recognitio" no es simplemente una formalidad, sino un acto de potestad de régimen, absolutamente necesario (sin el cual un acto de la Conferencia de Obispos carece de fuerza legal) y mediante el que se pueden introducir modificaciones, incluso sustanciales. Por esto no se pueden imprimir textos litúrgicos traducidos o de nueva composición, para uso de los celebrantes o del pueblo en general, si falta la "recognitio". Puesto que es preciso que la "lex orandi" sea conforme con la "lex credendi", y manifieste y corrobore la fe del pueblo cristiano, las traducciones litúrgicas no pueden ser dignas de Dios si no traducen fielmente a la lengua vernácula la abundancia de doctrina católica del texto original, de tal modo que el lenguaje sagrado sea conforme a su contenido dogmático. Hay que observar, además, el principio según el cual cada una de las Iglesias particulares debe estar de acuerdo con la Iglesia universal, no sólo en la doctrina de la fe y en los signos sacramentales, sino también en los usos recibidos de forma universal y continua, desde la tradición apostólica; por lo tanto, la "recognitio" de la Sede Apostólica se dirige a vigilar que las traducciones, así como las variaciones legítimas introducidas en ellas, no dañen la unidad del pueblo de Dios, sino que sean siempre una ayuda para la misma.
No hace falta decir que la iniciativa de Wojtyla no pasó de un tímido emplasto para una situación siempre tendiente a desmadrarse desde el mismo momento en que la bomba de relojería activada por Paulo VI concedía implícitas libertades en las rúbricas (el «a no ser que...» como frecuente excepción a lo prescrito). Sin detenernos en que el nuevo rito ya constituye un abuso por sí mismo, con su arbitraria amputación de las oraciones al pie del altar, del ofertorio, de gran parte del canon y del último evangelio, más el corrimiento de las palabras «mysterium fidei» al término de la fórmula consecratoria. Se había perpetrado, de hecho, una osadísima sustitución, pasando a ser la Misa «de celebración del Sacrificio de la Cruz a celebración de la Gloria de la Resurrección en la comunión constituida por el sagrado banquete memorial. Y esto gracias al empleo del nuevo concepto de "misterio pascual", que hizo su aparición en los textos del Vaticano II, conteniendo bajo el mismo título la pasión, la muerte, la resurrección del Señor (constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada Liturgia, arts. 61, 106, 109). En la Eucaristía (o sea, en la Nueva Misa) se daría, por lo tanto, la celebración del íntegro misterio pascual, lo que le imprimiría al rito un dinamismo caracterizado por la espera comunitaria del regreso del Resucitado, por la tensión esjatológica hacia la Parusía. El significado sacrificial de la Misa no resulta abolido, obviamente, pero se lo encuadra en una perspectiva más amplia -aquella esjatológica de la Venida del Señor, que parece superarlo y ponerlo en segundo plano. De esta relevante mutación de sentido dan fe, en particular, las modificaciones introducidas en la fórmula de la Consagración, con la distinta colocación de la expresión Mysterium fidei, conectada, en aparente repetición del versículo 11, 26 de la Primera Carta a los Corintios, no ya a la "remisión de los pecados" (como en el Ordo Vetus) sino a la "proclamación" de la Resurrección de Cristo, en espera de su Venida» (Paolo Pasqualucci, La nuova dottrina di Ecclesia de Eucharistia, ultima enciclica di Giovanni Paolo II, che proponeva la Messa “cosmica” ed “escatologica”, vid. aquí). 

Cumplida la revolución, para mitigar el vértigo resultante quedaba sólo poner algunas rémoras a la plena aplicación de las novedades conciliares -y ésta, en lo tocante a la liturgia, fue la obra de Juan Pablo II con la citada instrucción, como lo fue la corrección del pro omnibus por el pro multis de parte de Benedicto XVI, o la liberalización del rito gregoriano-tridentino, revestido ahora con el eufemismo de "forma extraordinaria" del rito romano. Francisco ya dijo repetidas veces (en elíptico reproche a la lentitud de sus inmediatos predecesores) que era su intención llevar a término la aplicación del Concilio, y no se ve porqué no quiera posar sus garras sobre los despojos de la Misa. Si ya la Amoris Laetitia supuso el empeño de allegar «lo sagrado a los perros», según su consuetudinaria estrategia populista, el lógico paso siguiente, en este torbellino descendente, no podría ser otro que el de la abolición de lo sagrado -quizás con el pretexto de su presunto carácter ofensivo, "discriminador", reo de leso ecumenismo.

Como lo observa Luisella Scrosati en un reciente artículo, era menester otorgar más libertades a las conferencias episcopales para quitar de en medio la ingrata recognitio impuesta por Juan Pablo II, y fue justamente la inefable Amoris Laetitia quien enseñó cómo lograrlo, con su explosiva teoría de la «descentralización del discernimiento»:
No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización». [§ 16]
Lo que se persigue, a través de la aceleración del caos cultual, es el establecimiento final de una "eucaristía ecuménica" apta para todas las "confesiones" cristianas. Se trata del viejo y condenado empeño de alcanzar la unidad sin la Verdad, valiéndose del instrumento de una Misa espuria reducida a sólo uno de sus cuatro fines -el del hacimiento de gracias, «eucaristía», pero al modo del fariseo de la parábola (Lc 18,9-14). Porque consta que el fariseísmo de hoy es humanista y que, habiendo sustituido el Evangelio por Protágoras, se agradece a sí mismo por la autodivinización alcanzada, que lo hace tan diferente de aquellos cristianos de antaño, "abatidos, cariacontecidos, cristianos tristes, profetas de desventuras, momias de museo", etc...

Lo que es tratando del vehículo para convalidar el funesto propósito de una liturgia sin víctima, sin Cristo, parece que lo han ido a buscar a los primeros siglos de nuestra era, con la anáfora nestoriana de Addai y Mari, que no contiene la fórmula de la consagración -al menos en el texto que de ella se conserva, lo que ha hecho suponer a algunos estudiosos que era el temor de que se profanaran las palabras consecratorias lo que obligaba a omitirlas por escrito (disciplina del arcano), pronunciándose sin embargo las mismas en el Santo Sacrificio. [La anámnesis que sí consta en el texto conservado, que concluye con las palabras «...celebramos y realizamos este misterio grande y tremendo, de la pasión y muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo», obliga a pensar en la previa consagración.] Ya en un documento de Orientación para la admisión a la Eucaristía entre la Iglesia caldea [católica] y la Iglesia asiria de Oriente [nestoriana], firmado por el cardenal Kasper en 2001 y aprobado por el entonces prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, cardenal Joseph Ratzinger, se alude a esta anáfora dando por sentado que correspondía a una Misa que prescindía de la consagración (¡!), y deduciéndose de este dato falaz que podría intentarse una liturgia común con los herejes y cismáticos, evitando precisamente el punctum dolens de la consagración. Al fin de cuentas, entre los serios y eruditos colaboradores de Kasper en la redacción de este engendro no faltó un jesuita, entonces profesor del Instituto Oriental de Roma, según el cual «la afirmación de que Jesús no está sacramentalmente presente hasta que el sacerdote dice las palabras mágicas (sic) de la institución “este es mi Cuerpo..." no sucedió hasta la publicación de Adorabile Eucharistiae en 1822», y de que basta la mera intención (sin la concurrencia de la materia y de la forma) para validar el sacramento. (Más datos sobre el escandaloso documento de 2001, aquí).

De consumarse este horrible despropósito, no sería de extrañar que se declarara abolida la auténtica Misa, persiguiendo en consecuencia a sacerdotes y laicos congregados en torno a ella. Quien puede lo más puede lo menos: aquel que se arroga el poder de expulsar a Dios de los altares no se detendrá ante unos pocos hombres obstinados en unas prácticas perimidas.

Estremece comprobar la solicitud con la que los protagonistas de la Gran Apostasía corren a cumplir sus roles, proféticamente previstos. ¡Cuántas veces en sus años de formación habrán leído las palabras de la Escritura acerca de la "cesación del Sacrificio cotidiano" y la "abominación de la desolación en el Lugar santo", para hoy darse ciegamente a la consecución de este plan, el más criminal de la historia! «El Anticristo -escribía dom Guéranger- pondrá en práctica todos los medios posibles para impedir la celebración de la Santa Misa, de modo que este gran contrapeso resulte abatido y Dios ponga fin a todas las cosas, no habiendo razón ya para que éstas subsistan».


lunes, 13 de febrero de 2017

¡RESPONDIÓ!

Para que no quepa lugar a dubia acerca del grado de asentimiento que reclama un tal pontificado en las decisiones que emana y en el peculiar magisterio que erupta (sic, de «erupción»), la cosa parece ir decantando por la sátira. Desahogo saludable si los hay, ya Aristóteles supo de las bondades del humorismo en el necesario equilibrio hilemórfico (en lo que atiene al compuesto humano, hoy se dice psicosomático, también en persistente griego). Si no pudiéramos reír a una con el llanto a que esta catástrofe de la Iglesia nos induce, ya estaríamos ahogados en lágrimas. El humor, con mucha más eficacia y realidad que el sincretismo de Bergoglio (pronto a ensayar la communicatio in sacris con los luteranos en una liturgia conmemorativa de su elevación al Solio petrino, el próximo 13 de marzo), el humor, decimos, reúne risa y llanto en un solo haz. Y no porque aliente una «coincidencia de los opuestos» de matriz gnóstico-hegeliana (como en la deliberadamente borrosa conceptualización modernista, de la que el sincretismo es una consecuencia casi obvia), sino porque eleva de improviso y por un instante a la inteligencia por encima del tablero del positum, de los fenómenos, para que las cosas sean contempladas -reunidas pero distintas- en su universalidad. Así, junto con el horror -tan notorio como para no requerir escolios- propio de este pontificado, irrumpe aquel su costado grotesco que compensa y acrece su poder de impresionar.

Tan intraducible como certera, la expresión nuestra "hacerse la mosquita muerta" califica a la perfección los alardes misericordiosos de Francisco: ya vimos cómo Roma fue recientemente empapelada a propósito para denunciar al mal actor en este su más trillado recurso. Ahora, justo cuando se ventila que los cuatro cardenales de los dubia habrían ya hecho a puertas cerradas la conclamada "corrección formal" a Bergoglio sin obtener de éste la improbable rectificación de sus desafueros (y que, por tanto, sería de esperar en breve una corrección pública, con grave censura teológica inclusa), aparece una edición fraguada de L'Osservatore Romano -su primera plana, en rigor-, con las esperadas respuestas de Francisco a cada una de las cinco cuestiones, más una explicación a cada una y algunas apostillas a su trascendental decisión de no permanecer definitivamente callado (la reacción del cardenal Kasper, que «cayó de rodillas» ante las «tranquilizantes respuestas del Santo Padre a los cuatro cardenales dubitativos», o la del padre Antonio Spadaro S.J., quien aplaudió el hecho de que «después de estas respuestas, 2 más 2 equivale a 5»).

El texto principal, bajo el título de ¡Respondió!, dice:

«sea vuestro hablar sí sí no no». Dicho y hecho: he aquí los cinco hic et non con que el Papa ha aclarado cada duda. Explicada cada una con proposiciones tomadas de su precedente inequívoco Magisterio.

Desde la Casa Santa Marta ha sido consignada esta mañana a L'Osservatore Romano la siguiente notificación pontificia para que fuese publicada hoy mismo:


El Obispo de Roma y Sumo Pontífice Franciscus ha escrito y promulgado la siguientes cinco respuestas a los cinco «dubia» sometidos a Su autoridad suprema por Sus Eminencias los Cardenales Gualtherius Brandmüller, Rachimundus Leo Burke, Carolus Caffarra y Joachimus Meisner, y ordenó su inmediata publicación en L'Osservatore Romano.




Ad primum: Si después  de «Amoris Laetitia la absolución y la comunión eucarística pueden ser concedidas, «en ciertos casos», a divorciados en nueva unión que continúan viviendo more uxorio.


Responsum: Sic et non!


Explicatio: Hago mía la pregunta. Yo me pregunto: la Cena del Señor, ¿es el final de un camino o es el viático para caminar? Hay preguntas a las cuales sólo si uno es sincero consigo mismo, y con las pocas luces teológicas que yo tengo se debe responder lo mismo, vedlo vosotros, y de allí sacar las consecuencias. Es una cuestión a la cual cada uno debe responder (15 de noviembre de 2015).




Ad secundum: Si después de «Amoris Laetitia» siguen existiendo normas morales absolutas, válidas sin excepciones, que prohíben los actos intrínsecamente malos.

Responsum: Sic et non!

Explicatio: Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien (21 de setiembre de 2013). Dios no es católico. Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios (1 de octubre de 2013). No hay que tratar de convencer a los no creyentes. El proselitismo es el veneno más fuerte (13 de octubre de 2016).




Ad tertium: Si después de «Amoris Laetitia» se puede aún considerar que una persona que vive en estado de adulterio se encuentra en situación objetiva de pecado grave habitual.


Responsum: Sic et non!

Explicatio: Con la adúltera Jesús se hace un poco el tonto, deja pasar el tiempo, escribe en el suelo… Y después dice: “Empezad: el primero de vosotros que esté libre de pecado tire la primera piedra”. Ha faltado a la ley, Jesús, en ese caso. Esto nos hace pensar que no se puede hablar de rigidez (16 de junio de 2016).




Ad quartum: Si después de «Amoris Laetitia» se puede aún considerar que las circunstancias o las intenciones no podrían acaso transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto.


Responsum: Sic et non!

Explicatio: ¿Quién soy yo para juzgar? (28 de julio de 2013). Yo no me meto (17 de febrero de 2016). Pero si el doctor Gasbarri, gran amigo, dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal! ¡Es normal! (15 de enero de 2015) ¿Dios es injusto? Sí, ha sido injusto con su Hijo, lo ha mandado a la cruz (15 de noviembre de 2016).




Ad quintum: Si después de «Amoris Laetitia» debe aún excluirse que la conciencia legitime excepciones a las normas morales absolutas que prohíben acciones intrínsecamente malas por su objeto.

Responsum: Sic et non!

Explicatio: La injerencia espiritual en la vida de las personas no es posible (21 de setiembre de 2013). Cada uno tiene su propia idea del bien y del mal y debe elegir seguir el bien y combatir el mal según cómo los concibe (1 de octubre de 2013). Sin meter las narices en la vida moral de la gente (16 de junio de 2016).




Advertencia: el Santo Padre ha consignado estas Sus respuestas a S.E. el Cardenal Christoph Schönborn, prefecto in actu de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ha constatado y alabado la perfecta adhesión a la doctrina, como también al titular pro forma de la misma Congregación, S.E. el Cardenal Gerhard L. Müller, al cual le ha benignamente ahorrado el peso de exprimir un parecer.

Roma, en la Domus Sanctae Martae, 16 de enero de 2017.


lunes, 6 de febrero de 2017

FRANCISCO CONTRAATACA

Los cartelones pegados en las calles de la Ciudad Eterna fastidiaron al Misericordioso, que sólo en la última semana había ofrecido nuevas tangibles evidencias de su habitual talante al ordenar la confiscación de bienes de los Franciscanos de la Inmaculada por un valor de 30 millones de euros, más la imposición de silencio absoluto al nonagenario fundador de la Congregación, impedido de hablar hasta con su propia sombra -sin contar la remoción informal de un obispo filipino (vino a enterarse de la medida a través de los medios de prensa: ni siquiera una sencilla notificación le fue expedida desde la Santa Sede) por el delito de haber recibido en su diócesis a varios frailes y seminaristas de la triturada orden que andaban errantes como Ulises entre las olas. Se dice que detrás del vandálico golpe de mano contra la Soberana Orden de Malta hay también un jugoso botín patrimonial, al estilo del que rastreaban en los conventos y demás inmuebles eclesiásticos los príncipes alemanes encolumnados tras Lutero, o el propio Enrique VIII: se sabe que también por esta vía el protestantismo propició una colosal transferencia de divisas que prohijó, entre otros hitos, el de la fundación del Banco de Londres. Bien se echa de ver que la reivindicación del heresiarca de Wittemberg supone también una imitación de estas sus acaparadoras faenas.

Aunque los medios masivos se lanzaran en bloque a defender la mancillada figura de Francisco sin preguntarse ni un instante acerca de la plausibilidad de los cuestionamientos, sin reparar en que la despiadada misericordia del pontífice se había cobrado efectivamente aquellas víctimas consignadas en el pasquín, las dudas sobre su conclamada benignidad se extienden hoy incluso a muchos que, por razones de oficio, evitaban pronunciarse sobre el particular. Es el caso de un vaticanista de la televisión italiana, Aldo Maria Valli, autor de un reciente libro (266. Jorge Mario Bergoglio Franciscus P.P., Liberilibri, Macerata, 2016), quien debió notar a su despecho las actitudes de Francisco en los numerosos viajes en los que lo acompañó. «Justamente por ser aplacado, moderado, no partidario -señala un crítico- el texto de Aldo Maria Valli es impresionante. Un impresionante relato clínico de las desviaciones y maldades, deformaciones, astucias, oportunismos de Bergoglio que él vio de cerca en cada viaje y en cada exteriorización. Sin emoción  ni polémica nos muestra el descuido, la ignorancia, la vacuidad de sus palabras-slogan hechas para ser aplaudido por los media». Y nos refiere, tal como bien nos lo sospechábamos, que «la misericordia de Francisco es selectiva, para las cámaras. Así, cuando fue con séquito de tevé a la isla de Lesbos para mostrar su idea de "acogida sin límites" y como reproche viviente a nuestro egoísmo, se llevó al avión tres familias de prófugos. Todas musulmanas. "El papa justificó que fueron elegidas no por la pertenencia religiosa sino porque tenían los papeles en regla". En realidad, revela Valli, en Lesbos había por lo menos "una familia cristiana con los papeles en regla". Es más, Roula y Abo, cónyuges sirios de fe cristiana, fueron ilusos: unos días antes de la visita del papa a Lesbos les fue dicho que Francisco los habría llevado consigo a Italia. Luego, de improviso, el rechazo: en su lugar fue elegida otra familia, musulmana [...] Esta gélida malicia muestra que Bergoglio no fue a Lesbos como buen samaritano sino como ideólogo despiadado. Por lo demás, a las tres familias islámicas que se llevó a Roma las encajó inmediatamente en la San Egidio. Como ciertas damas riquísimas que adoptan indiecitos y los hacen crecer entre cocineras y jardineros».

Lo que es volviendo al episodio de la propaganda callejera, parece que, ofuscado como el toro alcanzado por las banderillas, Francisco ordenó el pronto desagravio. Y mandó a sus esbirros, munidos de engrudo, a revestir cada uno de los afiches con el que sus oponentes empapelaron Roma con una réplica impresa para la ocasión. Se trata también en este caso de una foto en gran tamaño, con un texto al pie dirigido a los "conservadores" -mote reservado por los medios para los presuntos sospechosos de la grave ofensa al pontífice.




¡Eh, vosotros, cuenta-rosarios, fomentadores de la coprofagia,

momias de museo, triunfalistas y pelagianos,

cortesanos leprosos, rostros de funeral, cristianos tristes, 

especialistas del Logos, pequeños monstruos, ideólogos de lo abstracto,

adoradores del dios Narciso, cristianos de pastelería, 

turistas existenciales...!


¿queréis hacer las cuentas con el papa? ¡Eh! ¿No sabéis

que yo soy el papa y hago lo que quiero?

Que no os asuste esta antítesis absolutista de la noción de colegialidad, perla del Concilio.

¿No se ha dicho tantas veces que es la Iglesia 

una Iglesia de santos y pecadores? Todo cabe en ella,

y los opuestos se conciertan en su maravilloso poliedro.

Sabedlo, aparte: L'Église, c'est moi.

Los únicos excluidos en esta inclusión supercatólica

son los católicos del «se ha hecho siempre así»,

los maniáticos de certezas.

¡Ea, entonces, fuera, a las tinieblas de vuestra luz supraterrena!

Sabed, en tanto, que vuestras difamaciones 

no me quitan el sueño. Se nota que me tenéis envidia.



sábado, 4 de febrero de 2017

HABLARÁN LOS MUROS

Roma se vio empapelada por pasquines que, como el salmista (88, 1) pero aplicándose a otro sujeto, cantan las misericordias de Bergoglio.




Textualmente: «¡eh, Pancho! Has comisariado Congregaciones, removido sacerdotes, decapitado la Orden de Malta y los Franciscanos de la Inmaculada, ignorado a Cardenales... Pero, ¿dónde está tu misericordia?»



martes, 17 de enero de 2017

LA EXPULSIÓN DEL PADRE JORGE

Cada tanto el periodismo adulón (y valga el pleonasmo) trae alguna anécdota de Bergoglio anterior a su satrapía en la Ciudad Eterna a los fines de reforzar la simpatía por este pontífice tan ajeno al protocolo. Para quienes se abstienen de imitar al avestruz en sus curiosos hábitos de soterrar la testa, comer vidrio o correr en zigzag, estas consejas terminan causando el efecto contrario al que se quiere inducir. Pero la Neoiglesia, así como suplantó altares por mesas playeras y devocionarios por libros de autoayuda, así también trocó fieles por ñandúes, logrando de esta manera que un Bergoglio se haga pasable y hasta grato al paladar. Lo había previsto un horrorizado Jeremías (5, 31): los profetas profetizan mentira, y los sacerdotes gobiernan según su antojo; y esto le gusta a mi pueblo.

Sacan a relucir el testimonio de un entrenador de fútbol, Alfio "Coco" Basile, que cuenta la ocasión en que echó a un ignoto cura del vestuario de San Lorenzo de Almagro momentos antes del inicio de un partido en el que debutaba al frente del equipo, hacia 1998. El meterete, según le fue entonces explicado al flamante entrenador, solía venir a conversar con los jugadores antes de echarse a rodar la pelota como para darles ánimo, lo que no obstó para éstos perdieran un partido tras otro hasta la contratación de Basile, quien no vaciló en su juicio sobre el clericalismo (con el resultado de la ulterior remontada deportiva).  Fortuitamente y al cabo de unos años vino a conocer la identidad de aquel intruso.





Este género de desvelos pastorales de aquel que, a la sazón, ya era arzobispo de Buenos Aires (aunque gustara confundir humildemente su dignidad episcopal con la del último cura), fueron puestos en su sitio por uno que -a no dudarlo- no debía tener la menor noción de lo que San Pablo arguyó a Timoteo acerca de la calidad requerida a los príncipes de la Iglesia (I Tm 3,2): oportet episcopum irreprehensibilem esse, ni de aquel que Trento había definido como el más urgente entre los oficios episcopales: el de la predicación -que no el aliento al futbolista. Su ignorancia en la materia no impidió que reconociera que acá había una excrecencia, una sobra, toda una superfluidad ataviada en modestísimo clergyman, y que cumplía quitarla de en medio.

Nuestra pregunta, ya conocida la anécdota, es: ¿no hubo nadie, antes de la ordenación sacerdotal de Bergoglio, dispuesto a atender aquel otro consejo paulino (I Tm 5,22): «no impongas a nadie las manos sin la debida consideración»? ¿Nadie que advirtiera al papa polaco que este Judas no debía ser consagrado obispo ni creado cardenal? ¿Nadie que le urgiera al papa bávaro la suspensión a divinis de este auténtico tiburón de su propia diócesis, después de que se hizo patente y notorio que se hacía bendecir por los tele-protestantes, que vestía la kippah, que encubría a subordinados veraneantes con amigas en el Caribe merced a los fondos de Cáritas o que desmantelaban la histórica Casa de Ejercicios para quedarse con la renta de las monjas allí residentes? ¿Tan autodestructivo es el credo conciliar, que hace falta un Coco Basile para fulminar el apropiado anatema y la excomunión de esta persistente plaga?

jueves, 12 de enero de 2017

FÁTIMA Y NOSOTROS

Sabe Dios qué nos deparará este año de gracia de 2017 en el que cursarán aniversarios tan luctuosos como el de la ruptura protestante (1517) y la revolución bolchevique (1917) -el primero, próximo a ser festejado con pompa por la más alta Jerarquía de la Iglesía, que no se ruboriza de encomiar a Lutero como a «testigo del Evangelio»; el segundo, alabado al menos en sus premisas ideológicas y en sus retoños tardíos, con un Bergoglio que no se cansa de estrechar las tiránicas ensangrentadas manos de Fidel Castro y continuadores, a la par que vocea aquí y allá consignas impropias de un sucesor de Pedro, más bien aptas para agitadores de turbas y voceros de la lucha de clases. Promediando históricamente estas dos catástrofes, se recuerda la fecha de 1717 como correspondiente a la fundación de la Gran Logia de Londres, de tanta eficacia en la expansión del morbo moderno. [En todo caso, la pertenencia de unos cuantos mitrados a los cuadros de la masonería parece cosa ya connatural a la Iglesia al menos desde los tiempos de la difusión de la lista Pecorelli, que no inhibió a Juan Pablo II de hacer Secretario de Estado del Vaticano al cardenal Casaroli, uno de los nombres más rutilantes de la lista y tripunte encaramado en lo más alto de esa contra-jerarquía satánica.]

Que las apariciones marianas en Fátima -con los portentos incluso cósmicos concitados a su vera, y con la secuela de especulaciones esjatológicas ligadas a su saboteado mensaje- no gocen en los manuales de historia de la atención que sí se prodiga a aquellas otras dos vastas calamidades (no contamos la fundación de la masonería, cuyo secretismo la hace esquiva a la heurística historiográfica) no hace sino confirmar la profunda e irremontable discontinuidad de nuestros tiempos con las edades precedentes. En aquéllas, el testimonio profético (inclúyase provisoriamente a aquel que se tenía por tal en los pueblos ajenos a la órbita de la Revelación) resultaba celosamente recogido y guardado en la memoria de las generaciones, deduciéndose de ello -aparte de la debida atención que solía dársele a todo dato sobrenatural- una actitud ante la propia existencia y la del mundo que resulta, respecto de la nuestra, disímil hasta su misma raíz. Supremo realismo aquel, en todo caso, que tenía muy en cuenta todo cuanto de admirable viniera a irrumpir en el radio de los sentidos y la inteligencia, no dados aún a los hábitos de la crisálida. Ya lo dijo dom Guéranger, por lo demás, que el historiador cristiano que omitiera la alusión a los milagros dejaría de dar cuenta de toda una categoría de hechos (miraculi: los hechos ad-mirables, de aquí el realismo de reconocerlos) que entran en la historia como otras tantas causalidades eficientes. Covadonga explica los siete siglos de Reconquista.

Y aunque la lección no se dirige sólo a quienes ejercen el oficio de historiar, el Señor lo precisó al cabo de esa notable parábola (Lc 16. 31): si no atienden a Moisés y a los profetas, ni siquiera si resucitara un muerto creerían. Se ha dicho que el «milagro del sol» obrado en Fátima en la última de las apariciones de la Virgen, ante una asistencia de setenta mil o más testigos (varios de los cuales eran incrédulos hasta ese momento), ha sido el mayor de los portentos conocido en la historia de la Iglesia, exceptuada la resurrección de Jesús. Ni siquiera este milagro que tuvo por objeto al mayor de los cuerpos celestes (para no mentar el mucho más módico testimonio de los videntes, dos de los cuales muertos en plena niñez dando muestras de un grado heroico de conformidad con la voluntad de Dios) sirvió, al parecer, para torcer el rumbo declinante de la historia contemporánea en el sentido del arrepentimiento y la penitencia requeridos. Y las calamidades de la Segunda Guerra Mundial (anunciada por Nuestra Señora en aquella portuguesa sazón, cuando aún no había concluido la Primera) no hicieron sino prolongar indefinidamente el curso de la política mundial comenzado en los días de la Ilustración: esa absurda síntesis de agnosticismo metafísico y optimismo moral -fundado éste en meras corazonadas, en delirantes apriorismos- que, desde Rousseau y Kant, viene impregnando a la cosmovisión occidental hasta vaciarla completamente de sí misma para obsequio de los demonios que aguardan detrás de toda vacancia.

Ni la ley perenne, pues -no la mosaica, sino la natural, implícita en la evangélica-, ni la profecía, eminentísimo don capaz de inspirarle un sentido al devenir histórico, lanzando irresistiblemente al presente a la consecución de su culminación prevista: ningún género de monición, inmanente o trascendente a la conciencia, sirvió para que nuestros contemporáneos se hicieran dignos de alguna semejanza con aquellos ninivitas convertidos por la predicación de Jonás. Y eso que aquí -en la fundación misma de nuestra ya agonizante civilización- hay Alguien que es más que Jonás. Lo que nos obliga a concluir que el misterio de Fátima, el misterio desatendido y despreciado de Fátima, no es otro que el misterio de la paciencia de un Dios que permite que esta raza de prevaricadores complete la medida de sus iniquidades. De un Dios que concede a las tinieblas celebrar su aparente triunfo, como en el Gólgota, para que Su triunfo -que es el real, que es el que cuenta- se destaque con más fuerza, subitáneo e incontestable, asociando al mismo a sus fieles, derrotados según la lógica intrahistórica.

Fátima goza, en nuestros días de oscurantismo integral, de esa propiedad que la Escritura le atribuye a la profecía, el de ser aquella «antorcha que resplandece en lugar oscuro» (II Pe 1, 19). Nadie recurra, entonces, a la objeción fácil de que sólo estamos obligados a prestar asentimiento a las profecías canónicas: si las apariciones de la Virgen en Fátima fueron reconocidas oficialmente por la Iglesia ya desde varias décadas antes de su actual infestación modernista, y si éstas fueron acreditadas por un milagro en el que perfectamente podría reconocerse aquella «gran señal [que] apareció en el cielo» (Ap 12, 1), asociado inmediatamente a «una Mujer», ¿a qué recusarla, con sorna no exenta de snobismo, llamándola una «segunda Revelación» como en oposición a la de Cristo? Más bien cabría pensar que, análogamente a la función de la teología, que supone la reflexión y el desenvolvimiento de las verdades reveladas, o al modo de las definiciones dogmáticas posteriores a la muerte del último Apóstol, la misión profética de María viene a precisar -cuando más cerca están los hechos de su cumplimiento y más necesidad tienen los hombres de ser urgidos en su atención a los mismos- aquel desenlace que se palpita desde antiguo y que, según la visión del de Patmos, mantiene en vilo a los mártires en el seno mismo de la Gloria, preguntándose «¿hasta cuándo?». Se trata, en todo caso, de una especificación o aplicación de los datos proféticos revelados al caso que más les concierne -a su antitypon, presumiblemente próximo, y con razón. Del mismo modo, cuando en La Salette la Virgen advierte que «Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo», no dice nada que no conste en la Escritura, sino que alumbra pasajes como II Tess 2,3, en los que consta que «el adversario [...] se levantará contra todo lo que se llama Dios o envuelve carácter religioso hasta llegar a sentarse en el santuario mismo de Dios», o aquel de Mt 24,15 que retoma el conocido pasaje de Daniel sobre «la abominación de la desolación en el lugar santo».

Sin dudas fue en atención a la historicidad de esta su criatura falible que quiso Dios que el tiempo -incluso el tiempo posterior a la Redención- se viera en ocasiones visitado por testigos celestiales, especialmente por su Santísima Madre. «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo», y ésta vuelve a ser pronunciada como un eco toda vez que el Padre lo dispone, pues la auténtica profecía no puede sino repetir esta Palabra -a lo más con el timbre y el tono del profeta. Si bajo pretexto y escrúpulo de rigor canónico se rechazaran estas delicadas atenciones de lo Alto (insistimos, como es obvio, en el juicio de su autenticidad a cargo de la Iglesia), se incurriría, volens nolens, en una especie de angelismo como el de los protestantes, que niegan todo valor a la experiencia histórica de la Iglesia, pretendiendo repristinar los usos cristianos con total prescindencia del depósito adquirido a lo largo de los siglos bajo la guarda del Espíritu Santo. En veinte siglos no hubiera ocurrido nada, literalmente, digno de significación. El huir fuera el tiempo y de la historia, en todo caso, ha sido una nota típica del gnosticismo, que no de nuestra fe.

Valga lo mismo para la aversión al carácter dramático de nuestra existencia -del dasein, que le dicen. Es muy de sospechar que la parte escamoteada del Tercer Secreto haga alusión a la apostasía en masa de la Jerarquía y los fieles, empezando desde lo más alto. O a «una mala misa y un mal concilio», según presunta confesión de Ratzinger filtrada por su amigo el padre Dollingen, pronto y con apuro desmentida por algún vocero del Emérito, veraz o no. O al poder de Satanás sobre aquel que sería el último papa, según confidencia que le arrancaron entre balbuceos a Malachi Martin. O a todo esto junto, que al fin de cuentas se trata de piezas asaz concordes. Lo cierto es que un mismo y denso velo se ha venido extendiendo sobre esta dura advertencia mariana que nos fue birlada desde Juan XXIII con su célebre befa, en el discurso inaugural del Concilio, a los "profetas de desventuras" (alusión elíptica, si tanto, al aún ignoto mensaje, transcrito entonces por Lucía de Fátima de parte de la Virgen para su lectura y difusión pública de parte del papa) hasta un reciente sermón de Francisco en la fiesta de la Epifanía, en el que éste precisó, fiel a su estilo, que «la santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura», abundando que esa nostalgia «nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar [...] que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometerse por ese cambio que anhelamos y necesitamos», a despecho del «desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida». Es el siempre tintineante homenaje al ser como tránsito, al devenir como sustancia de todo lo real, expresado con la consabida vulgaridad periodística en la elección de esos pares de conceptos opuestos, con el grasiento plebeyismo de un zote al que el cargo le huelga por todos los flancos. Traduce, en definitiva, modelada la parla en los más estrechos clisés, la abominación intelectual sobre la que se funda el progresismo, que está llevando a la Iglesia y al mundo a «días como los de Noé» (Mt 24, 37) y que, en un insensato alarde de poderío, sigue echando tierra sobre aquellos malos agoreros que son los buenos cristianos.

Los papas conciliares olvidan que el Señor nos mandó guardarnos de los malos profetas, que no de los "profetas de desventuras", y que, en todo caso, ha sido precisamente el distintivo de los falsos profetas el anuncio halagüeño, la inmotivada previsión de días fastos -todo lo que constituye el objeto, en suma, del progresismo, que es un determinismo del «happy end», el mito del progreso indefinido. De acuerdo con esta lógica, debiera tenerse como el primero de los profetas de calamidades al propio Cristo Jesús quien, en una aparición a sor Lucía en el curso de una estadía en Rianjo, España, se lamentaba de que sus ministros demorasen la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, petición hecha por la Virgen en Fátima el 13 de junio de 1929. «Participa a Mis ministros que, en vista de que siguen el ejemplo del Rey de Francia en la dilación de la ejecución de mi petición, también lo han de seguir en la aflicción», le dijo, en alusión al desdén de Luis XIV y sus sucesores en consagrar el reino de Francia al Sagrado Corazón, según pedido del Señor que santa Margarita María Alacocque se había apresurado a llevar al rey.

A despecho de que Dios no se deja encorsetar por las cifras numéricas -cosa que olvidan los cabalistas y los pitagóricos-, y que para Él «mil años son como un día y un día como mil años», en indescifrable reversibilidad, no deja de ser sugestivo (a la par que apremiante, para nosotros, que nos aproximamos al centenario de las apariciones de Fátima) que la Revolución Francesa estallara a cien años justos de aquel pedido de consagración jamás consumado. Y que este demencial hecho político, que puede leerse como el suicidio de todo un pueblo y de una monarquía milenaria que regía a la nación entonces más opulenta de Occidente, y que señala el paso a una nueva edad histórica bajo el auspicio férreamente impuesto de la democracia (nombre que encubre el ejercicio orbital de la usura, que es la que gobierna a los gobiernos y, a la postre, el imperio del Leviatán, tal como Hobbes lo formulara con antelación), podría verse finalmente vencido, «aplastada su cabeza» por Aquella cuya transfixión nos mereció, en unión con la de su Hijo, todos aquellos bienes sobrenaturales inalcanzables para nuestras solas fuerzas, y que meta-históricamente podrían condensarse en Su Triunfo. No parece azaroso, en la economía salvífica de los tiempos, que el culto de ambos Corazones, siempre unidos en una sola voluntad, abra y cierre aquel período de acelerada apostasía de las naciones por cuya conclusión suspiramos.

No deja de llamar la atención la coincidencia del centenario de Fátima con la fecha que consigna la estigmatizada Teresa Neumann (†1962) como término de aquellos por ella llamados «tiempos de Caín», los dieciocho años que corren entre 1999 y 2017: «he visto derramarse sobre la tierra canastos llenos de serpientes que se arrastraban sobre las ciudades y los campos destruyéndolo todo [...] La ignorancia, el desprecio por la cultura, la violencia, el laxismo, el materialismo serán las patas del estrado sobre el cual se sentará la serpiente de las serpientes. Veréis entonces al asno dictar leyes al león. Veréis a los alumnos insultar a sus maestros; veréis la cultura quemada en la plaza pública en nombre de la cultura. Muchos leones tendrán el corazón del asno, y se dejarán inducir a engaño. He visto al mundo entregado a bestias horrendas, con la cabeza de asno y el cuerpo de serpiente. He visto la horrible masacre de los hombres piadosos y de los hombres de inteligencia», descripción que no desmerece una iota del panorama hoy en vigor, con un derecho procesal a menudo inspirado en Nüremberg y una pedagogía moderna que concluye en parejas insolencias, aparte de la reconocible nota de la falsificación de la cultura. Y aunque en tratando de los males del mundo podamos siempre retrotraernos hasta Adán, no puede negarse, sin hacer cuestión de cifras, que esos dieciocho años así previstos coinciden con el daño hoy precipitadamente extendido en todos los órdenes -con énfasis en el ataque denodado a la inocencia de los niños, la demolición completa de la familia, la «guerra de los sexos» y la promoción del feminismo radical, el terrorismo a gran escala, el exterminio del nombre cristiano en Medio Oriente -con decapitaciones colectivas filmadas y difundidas con fines propagandísticos-, la invasión musulmana de Europa favorecida por magnates sin escrúpulos y la apostasía completa de los clérigos, todo con la velocidad del huracán: motus in fine velocior.

Lo que sigue, en la visión de la mística alemana, parece un comentario a las siete redomas del Apocalipsis: «cuando la epidemia haya entonces contaminado cada hogar, será necesaria una purificación general. El agua tendrá que lavar cada grano de arena que cubre la tierra [...] He visto bajar del cielo una enorme cantidad de hojas secas, y sobre cada hoja una chispa de fuego. Un hombre que estaba a mi flanco gritó con gran voz: corred, porque llueve la pestilencia estelar. Muchos buscaron escapar, pero fueron igualmente alcanzados por estas hojas secas. Y cuando una de éstas tocaba la piel, se formaba una mancha negra, y de la mancha negra salía un chorro de sangre [...] He visto ríos enormes romper los diques, arrastrando cosas, hombres y caballos. He visto la tierra abrirse como una vieja herida, y de ésta brotar sangre marchita [...] He visto abrirse la tierra, aferrar casas y hombres y luego cerrarse».

Nosotros, a quienes la Providencia nos concede vivir en esta fecha, tendremos próxima ocasión de verificar o desmentir que en el año en curso estén por moverse los cimientos mismos del mundo y de la historia. Los avisos celestiales a este respecto pueden ser el signo de la amable condescendencia del Señor a quienes sufren los dolores de la Pasión de la Iglesia: un generoso refuerzo para la esperanza. Fátima, queda claro, con la visión del infierno ofrecida a los tres pastorcitos y con la invitación -heroicamente acogida por ellos- a sufrir en reparación por los pecados del mundo, es el gran enemigo de la Revolución intra y extraeclesial, la que persigue la divinización del hombre a sus propias expensas. Sobran los indicios en la Iglesia, en la política y en la naturaleza, de que un tiempo (¿el tiempo?) toca a su fin, y que éste no llegará sin convulsiones.