sábado, 21 de julio de 2018

UNA DE ZAPATAZOS

Reseña de APOLOGÍA DE LA TRADICIÓN (Post-scriptum del libro El Concilio Vaticano II - Una Historia Nunca Escrita), Roberto De Mattei. Ed Lindau. 2018. 

por Dardo Juan Calderón

Parecería que no corresponde hacer un comentario sobre el Post-scriptum de un libro que uno no ha leído (ni va a leer); salvo que ese post, en realidad sea la explicitación de la razón que ha llevado a escribir el libro en cuestión. Y creo que estamos en ese caso.

No sería una originalidad afirmar que De Mattei lidera una variopinta corriente que se opone con todas sus fuerzas a la ideología que surge del papado de Francisco, contra el que convoca a los fieles y a la curia para una reacción contestataria, a fin de impedir en todo lo posible una falsificación o impostura de la doctrina católica para una claudicación del mismo catolicismo como fuerza vital de una civilización. Pero tengamos bien entendidos estos dos puntos que acabamos de resaltar: Iglesia por un lado y civilización cristiana por el otro, pues será una de las claves de entendimiento de esta obra que comentamos y sobre lo que volveremos.

En este breve ensayo el autor, sin nombrar al atacado y dando un tono positivo a su título, no puede ocultar que se trata más de una “Catilinaria” que de una “Apología”. Y lo que pretende es llegar a los fieles católicos que se ven impedidos de sumarse por reflejos conservadores, para convencerlos que lo que corresponde en este crítico momento de la Iglesia en una fidelidad verdaderamente “cristiana”, es la clara impugnación a la persona, al gobierno, a las ideas y a los hechos que impulsan el actual Pontificado. En suma, la propuesta –si la expresáramos en un gesto islámico- no es la de un golpe de estado, sino la de arrojar un zapato a Francisco. Gesto que si se multiplicara así de rotundo y si se prescindiera de los fundamentos jurídicos, filosóficos y teológicos, daría cabal cuenta de nuestro estado de ánimo como fieles católicos y aportaría un buen dato al demagogo para una toma de conciencia de su error.

Miles de zapatos arrojados contra las ventanas del Vaticano sería una suficiente y maravillosa lección de “sensus fidelium”, y no puedo negar que nosotros hemos acogido entusiastas esta intención en propuestas motorizadas por el autor. Pero por gracia y desgracia, no somos musulmanes. Estos tienen hasta hoy la suerte de no tener ni derecho, ni filosofía, ni teología; sino obediencia ciega o zapatos lanzados. (Hay un movimiento que proviene de Rusia –que ya se le había ocurrido a Guenon- y en el que se enrola el españolísimo Don Sixto de Borbón, que quieren arruinar esta espontaneidad y simplicidad musulmana proveyéndolos de una “doctrina” y llamándolos a un “Concilio”. ¡Alá los libre!).

El asunto es que nuestra “occidentalidad” parece exigir que un zapatazo no es adecuado y tenemos que tener fundamentos científicos para la repulsa. Y de esto se trata este breve ensayo, que comienza por el ejercicio de aquella ciencia en que el autor es indiscutible perito –la historia- con la cual pretende aplacar las inquietudes de los católicos “correctos”, recordándoles en sabias lecciones que hay en nuestra historia numerosos casos de malos pontífices, de reyertas, de errores y de idas y vueltas de lo más intrincadas. Que grandes Santos de la Iglesia han enfrentado a muchos Papas nada santos, y que nada de esto nos debe turbar. Y en esto estamos de acuerdo.

Pero terminada esta introducción vienen los fundamentos jurídicos, filosóficos y teológicos para explicar el desafuero –asuntos en los que el autor no es perito– y allí entramos a padecer. ¡Cuando en realidad estos no son tan necesarios! y explicaré este exabrupto.

Cuando Monseñor Lefebvre se plantó de frente al Concilio Vaticano II, lo hizo porque sabía que debía hacerlo, y sabía que esto traería innumerables cuestiones a zanjar, las que de hecho se fueron planteando desde muchas perspectivas, ya como objeciones ya como justificaciones, de lo que fue su conducta como Príncipe de la Iglesia. Una gran confianza en su fe y un sentido firme de sus deberes como Obispo le dictaron una conducta: debía salvar el Sacerdocio Católico al que este Concilio demostraba en los hechos no sólo debilitar, sino hasta casi extinguir junto con nada menos que la Misa. Este era el deber de su consagración, asegurar la función de santificación, y esto no podía ser, en su puntilloso cumplimiento, una “falta” contra la Iglesia de Cristo. Las cuestiones que se suscitaran por su conducta, en el plano jurídico, filosófico y teológico, deberían ser contestadas –ante la novedad- con el tiempo, solucionadas sin duda alguna, porque el bien común de la Iglesia así lo imponía. Pero él no tenía todas las respuestas, tenía la guía segura de su Caridad y confiaba en que las respuestas llegarían, en su momento, de buenos juristas, de buenos filósofos, de buenos teólogos y… finalmente, y “necesariamente” (como lo demuestra el autor con su introducción histórica) ¡de un buen Papa! que es el único que podría definir, juzgar y cerrar el conflicto creado. Y hasta ese momento había que ejercer las “facultades”, como se dice en los toros.

Pero el autor –y muchos otros apurones- se tienta, y a tientas, ensaya un fundamento para una reacción que acierta en el blanco al definirla como proveniente del “sensus fidelium”, pero al que no alcanza a definir ni comprender. Y a fin de sumar prosélitos a la sin duda buena causa, retoma el argumento de cada uno de ellos y los mezcla en un contradictorio collage en que las más diversas razones se confunden. Ortodoxas y heterodoxas son bienvenidas mientras sumen.

En semejante caos argumentativo, lo que entendemos claramente opuesto a la doctrina lo vemos salvado a pocos párrafos y nuevamente negado a los otros dos. Pero, no permitiéndose en buena fe el mismo error del lenguaje conciliar -la ambigüedad-, cae derechamente en la contradicción, pero tan profusa, que sin quererlo vuelve a ser ambigüedad.

De todas maneras, en semejante desorden hay un muerto, y bien acuchillado: el Magisterio Petrino; y con ello aquel “sensus” queda colgado del pincel. Y todo esto porque hay que hacer caducar al “magisterio conciliar”, y para ello a todo magisterio por definición, y ¿cuál sería el criterio que guía la fe? y se arma un batuque de proporciones. Porque si el magisterio no es la clave que asegura la fe, es decir que este no es la “regla próxima de la fe” (lo que expresamente niega el autor) la clave es “la tradición”, pero una tradición sin magisterio, y entonces, la tradición es el “sensus fidelium” de los fieles (¿¡!?) ; pero resulta que el sensus fidelium es “la docilidad del pueblo al magisterio”, y sin magisterio ¿qué es? , y nos dice que parece que es ciencia infusa, o no, mejor, una especie de “instinto” pre-racional que recibimos en el bautismo previamente al “credo” que en él públicamente se expresa y al que se da aceptación, porque este es magisterio. Y si esto no es inmanentismo…. Y también la solución puede ser la hermenéutica de la continuidad, pero resulta que no sólo no lo fue, sino que una solución que implique una hermenéutica ya es un caos, porque nunca define… ¡¡¡pum!!!. Es para balearse en un rincón.

El gran problema con el Concilio, al que criticará, pero al que citará a cada paso, no es que haya sido bien defendido, sino que siempre ha sido mal atacado. Esa es la gran fortaleza del Vaticano II, y Benedicto XVI –héroe del autor– no lo defiende, sino que lo ataca después de haber sido coautor, pero lo ataca tan mal que lo deja fortalecido. En general todo el ámbito “tradicionalista” y “conservador” cometen este defecto. En fin, todo esto es una locura porque simplemente no se atreven a -desde la docilidad al Magisterio Preconciliar- tirar un zapatazo al Concilio y a todos los Papas conciliares que han dejado de hacer magisterio y están balbuceando en torno a herejías y blasfemias desde hace varios años. Asunto que es evidente no sólo al sensus fidei sino al sentido común (no necesito un gran fundamento teológico para saber que los divorciados no pueden comulgar, que las mujeres no pueden ser curas y que los maricas están en pecado mortal), pero zapatazo al Papa cuyas consecuencias y fundamentos deben ser digeridos con mucha calma por santos teólogos y que sólo encontrará el final feliz en la sentencia de un Papa, si así Dios lo quiere.

Yo podría decir que el asunto ha sido zanjado por la obra del Padre Álvaro Calderón, pero no es así, en esta obra el asunto cobra un discurso teo-lógico (y en esta obra es teo-ilógico) zanjando las contradicciones internas y volviendo a calibrar el Magisterio Petrino en su lugar, y propone una salida, que será finalmente salida si un Papa lo define, porque gracias a Dios, el Padre no es Papa. Endemientras, nosotros los fieles tenemos un sentido adquirido de fe, que no es un instinto ni una ciencia infusa, sino que es nuestra formación y docilidad en el Magisterio anterior al Concilio, el de Aquellos Papas que “definieron” –no hermeneutizaron- y que esas definiciones no son otra cosa que la “Tradición”, que se transmite desde los maestros y no desde los alumnos.

Pero volvamos al asunto que dejamos planteado más arriba, el problema del autor no es la teología, y me atrevo a decir que no es sin más “la Iglesia”, sino que es “la civilización cristiana”. Y sin duda alguna, Benedicto es un destructor de la teología, pero sostiene una civilización occidental, europea o como queramos llamarla, que aunque incluya la filosofía alemana moderna, hace pensar en la posibilidad de una restauración civilizadora a partir de ciertas bases morales y culturales, como lo fue Juan Pablo II y los dos anteriores. Quizá en manos de alguna internacional masónica europea –según el chisme de Malachi Martin–, siendo que Francisco tira al suelo todos los bastiones porque además es un tarambana sin raíces (de los que solemos fabricar en serie en esta pobre América). Pero… ¿hay bastiones que no necesiten fundamentos teológicos? ¿No será que a Francisco le es fácil porque existe el trabajo previo de los otros? Los italianos suelen confiar demasiado en la cultura, y entiendo que vivir rodeado de lo mejor de ella produce la impresión de que eso no puede ya no significar nada ni influir en nadie, salvo para el turismo japonés.

Sigo dispuesto a acompañar a De Mattei en toda iniciativa que implique tirar zapatos contra las ventanas del Vaticano, pero no tanto en tratar de digerir sus fundamentaciones teológicas sobre una actitud para la que basta el sentido común, pues su Apología de la Tradición es un dislate de proporciones que concluye en anclarla en el peor de los sitios, el de una masa amorfa que responde a sus instintos a la que llama “sensus fidelium”.

miércoles, 18 de julio de 2018

ANATHEMA SIT BERGOGLIO

Retrato al natural de Francisco I.
un papa en consonancia con los tiempos de la Iglesia y del mundo
Quizás el aporte mayor de Francisco a la crisis inaudita que embarga a la Iglesia sea el de disipar esa ya inveterada perplejidad de las generaciones que asistieron al salto mortal de la Jerarquía conciliar -perplejidad que algunos, como Robert Beauvais, supieron compensar hace ya varias décadas con epigramáticas expresiones de certeza no exenta de alguna hilaridad, como en su Nous serons tous des protestants. A la manera en que lo hace la flora intestinal, facilitando el proceso digestivo, los bergoglemas y bergogliadas lanzados a troche y moche en estos locos años en que Calígula se sentó en el trono de Pedro han venido a cumplir la digestión final de las novedades rahnerianas procesadas sin tanta prisa en los pontificados anteriores. Tal como en la Misa se perdió la orientación (que se presume, por la fuerza del vocablo mismo, ad orientem), con rigurosa concomitancia vino a triunfar en todo ámbito de doctrina la «des-orientación demoníaca» de la que sor Lucía de Fátima había advertido sin rodeos.

Francisco viene a consagrar, al fin, esa nueva orientación que emplaza al hombre o a la más vaporosa «humanidad» en el Sancta Sanctorum. Y lo hace impugnando en brillante síntesis las mismísimas Sagradas Escrituras y la eficacia de los sacramentos, como cuando afirma en Amoris laetitia (§122) que «no hay que arrojar sobre dos personas limitadas el peso tremendo de tener que reproducir en forma perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia». El silencio "inverosímil" de la Jerarquía ante todos los atropellos de Bergoglio -tal como han calificado a este silencio algunos autores que asisten al estropicio mesándose las barbas-, cobra plena verosimilitud por mor de un proceso que tiene al Deslenguado como remate y término. Nada tan nuevo bajo el sol primaveral inaugurado por el fofo optimismo de Juan XXIII, el «Papa pánfilo».

Así nos lo advierte Miles Christi en un trabajo densamente documentado que anda circulando por estos días, y que reclama el merecido anatema para Bergoglio. Trabajo en el que la antología de desafueros verbales se vertebra en atención al pasado inmediato, pues «los errores bergoglianos se originan en el Concilio Vaticano II», como el autor lo demuestra con solvencia, aunque con Bergoglio «la revolución en la Iglesia ha alcanzado un nivel inédito, ha efectuado un auténtico salto cualitativo, haciéndose omnipresentes el error y la mentira, la blasfemia y el sacrilegio, los que se manifiestan ya con tal desvergonzado impudor y con un tan frenético recrudecimiento, que vuelven irrespirable la atmósfera espiritual». Y en tensión hacia el futuro, dando cuenta del «aspecto escatológico de la crisis actual, recordando, al decir de San Pablo, que "Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman" (Rm. 8, 28). Y que el pleno desenvolvimiento del misterio de iniquidad, incluso "en el lugar santo" (Mt. 24, 15), es permitido por Dios para hacer brillar aún más su triunfo al tiempo del Juicio de las Naciones, el glorioso Dies Irae en el que será destruido el imperio del mal.»

Recomendamos a los lectores remitirse a estas páginas (que son un escabroso inventario de sandeces, blasfemias y herejías salidas de la boca de aquel que debiera ser el principal testimonio de la Verdad) a los fines de afianzar la virtud de la esperanza. Valga la paradoja, pues paradójica ha sido la victoria de Cristo en la Cruz, modelo indeleble de la que aguarda a realizarse en la consumación de los tiempos.

Enlace a «Anathema sit Bergoglio» (pdf), aquí.

lunes, 9 de julio de 2018

AL COMBATE


por Juan Roble
   
[Que el cristianismo no sea una cosa lánguida y desfalleciente, como lo supone la inopia de sus detractores, es cosa que tenemos por suficientemente averiguada quienes militamos bajo esta bandera. No habrán faltado tergiversaciones con apariencia de virtud y sustancia de gazmoñería para abonar el juicio del adversario, pero incluso esas tergiversaciones sirven para testimoniar la realidad de un conflicto que los aturdidos desconocen: aquel que se libra a cada instante, en palabras de Thibon, entre la vida y el espíritu, entre aquel «conjunto de elementos por los cuales el hombre es parte del universo sensible (cuerpo, instintos, sensibilidad bajo todas sus formas)» y aquello «que en él emerge fuera del Cosmos y escapa a su necesidad: la inteligencia y la voluntad con todo su cortejo de exigencias suprasensibles».

La síntesis plenificante de ambas la realiza sólo nuestra santa religión, la única que significativamente afirma entre sus dogmas el de la resurrección corporal. Barrunto de lo cual es la profunda simpatía cristiana por la Creación, pero por una Creación que, lejos de todo alarde de autosuficiencia, espera ansiosamente ser librada de las garras de aquel que la tiene sometida, princeps huius mundi. De aquí la distancia que media entre una literatura cristiana que reconoce este misterio y este desgarro y ciertas formas naturalistas -"folklóricas" o no- que acaban rindiendo culto a la necesidad, a la inercia, a los crueles principados preternaturales.

El texto que presentamos a continuación, fruto de una colaboración literaria para nuestro solaz en estas horas de ardua lucha, nos devuelve esa impronta de la buena percepción cristiana del mundo. Donde incluso cierto combate referido con gracejo por autores profanos como Apuleyo (El asno de oro, libro II, cap III) es integrado en una visión por siempre más feliz y casta que la que podía ofrecernos el magín pagano]
       

Es una luminosa tarde de otoño y dejo a un lado los papeles decidido a ponerme en acción, los hombres me urgen. Bajo con paso marcial –con gran ansiedad- los altos de Vistalba, y entre jarillares me dirijo hacia las prolijamente labradas “Viñas de los Españoles”, pensando ceñudo una estrategia para una batalla que no sé bien dónde está.

Cuando… en ese momento, me acaricia indiscreta la cabeza una oblicua tibieza del sol de mayo. Me cubre como una caperuza hasta los hombros y quedo repentinamente sin pensamientos. Sólo escucho un viento rumoroso en el que creo descubrir el ensayo de una melodía que me distrae del empeño; afina el instrumento dando notas que prometen sinfonías al rasgar, con su arco invisible, las secas hojas de los álamos que en un in crescendo comienzan a vibrar en acordes de un amarillo intenso.

Al doblar la esquina encuentro, entre las fincas, el pedregoso y estrecho callejón de Las Palmas que estalla en mi cara con diáfana y potente belleza. Me golpea el pecho como un mazo y -ya sin aliento- me convierte al instante en el santón de alguna antigua y olvidada religión pagana dedicada al vino. En la que la fe ya no se hace necesaria ante la evidencia de Dios en todo. Soy sólo paisaje, ojos, oídos y acelerados latidos.

Me recuesto aturdido en el tronco agonizante de un olivo derrumbado, rugoso y retorcido, que todavía clava algunas raíces en la tierra y asoma unas ramas que adivino efímeras. Paso a ser uno más de aquellos brotes alertas al divino concierto; colores, sonidos y perfumes que la calleja vacía derrocha pródiga y anónima para nadie; porque sí, por pura virtud.

Se muestra espléndida como la nave de una angosta e infinita catedral, encolumnada por una interminable fila de ciruelos, de negros y jóvenes troncos, a los que corona una imponente fronda de intenso bordó que, si bien se cierra en un techo de ojivas entretejidas que la ensombrecen, deja pasar los rayos sepias del sol que al descomponerse van dibujando vitrales gloriosos. Alfombrada en rojo por las hojas que quita el viento a los centinelas -las que arranca con un suave tirón que los mece dispares pero armónicos, como la música a un coro- se me presenta cual un promisorio camino nupcial.

Primorosas las acequias, lucen contra los alambres las flores de las arvejillas trepadoras en fucsia, amarillo y violeta que resaltan sobre el fondo verde intenso de la chipica húmeda y, como rulos de angelitos rubios que espían entre la hierba, asoman los espinados retortuños. Las aguas de riego gorgotean cristalinas y veloces por las cunetas musgosas, como llevando el susurro entusiasta de una buenanueva. Revoltosas se saludan divertidas al separarse en la punta de diamante de un comparto.

Ya no me muevo, tengo la sensación vertiginosa que tras este camino de cielo me espera una novia encantadora y tenebrosa, a la que creo ver al fondo, de blanca túnica y cara angulosa. Un terrible cansancio de los hombres me invade y me invita a seguir a su encuentro; pero la calle me detiene y me consuela, el acierto de su otoño es contundente, eterno y nuevo como la Verdad, y me olvido de ellos, de mí y de la urgencia.

Estoy paralizado y no atino a seguir. Han cesado las preguntas, todo es una enorme respuesta con Ella al final esperando con un ramillete de lirios violetas. Pero aún tentado no puedo acudir. Soy el brote milagroso del tronco desplomado y me quedo a sentir su savia subiendo por mi cuerpo, apenas un hilito, cálido y fugaz, que me da este instante eterno de vida. Quizá sea yo su último esfuerzo vital, generoso y gratuito, y me sirve de excusa el que irme sería asesinarlo de tristeza.

Por entre las cepas aparece una serena yegua de tiro que, con su blancura, irrumpe el cuadro como una hoja que cae en un estanque de agua quieta, pero rápidamente pasa a explicarse en el paisaje y trae mayor paz. Me mira extrañada con una brizna de centeno y menta que ha hurtado entre los surcos y que se va perdiendo dentro de su bozo rosado que dibuja un beso; pero esos ojos tristes - casi humanos - en los que me reflejo, me traen al tiempo. Sospechándome ajeno me estudia un buen rato y por fin me reconoce y acepta; se recuesta sobre la alfombra bermeja que han tejido los ciruelos, dándome de espaldas los lomos yugados que exhalan dulzones sudores de pasto.

“¿Qué debo hacer?” pregunto en un gesto. Y girando una de sus orejas gruesas y peludas, ya sin mirarme, me contesta mientras muerde un tronquito crocante de hinojo: “Solo nosotros los brutos y este paisaje quieto sabemos de trabajos y logradas batallas. Tiro del arado y me gano mi pienso; mientras, con poco aspaviento, los árboles dan frutos sin cálculo, y al final de la cosecha, cuando el zonda cubre de polvo el cielo de otoño, casi sin ser descubiertos, con un poquito de agua, con un poco de silencio, vamos rezando esta trampa de sutil aroma a orujo e incienso que trepa hasta el cielo. Donde se atrapa algún alma que busca un motivo incierto”.

El sol se ha escondido por detrás del cerro y el aire me trae, desde los fondos de una vieja casona de adobe, el llanto de un niño, ladridos de perro, el crepitar de leños de un horno de barro que fuma rechoncho un corto cigarro. Y entonces me llega, como emplazamiento, el aroma a pan que se está cociendo. Recuerdo mi hoja en blanco, los amores y los besos que están esperando. Recojo mi alma con un duro esfuerzo, me arranco con quejas del árbol caído y tras de un vistazo, celeste y mojado, a paso cansino retorno a mi casa.

Retomo la cuesta juzgando azorado que ya no me acuerdo por qué la he bajado; no es lo que pasa – me digo - sino lo que espero, fijado en el alma. Como esta tarde de otoño en Vistalba. En que fallé a la cita de mi amante trágica que tranquila aguarda, allá por Las Palmas, con lirios violetas y salmos en gualda. Acelero el paso hasta el enrejado cerrando la puerta con doble cerrojo tras de mis espaldas. Entre las cortinas de una ventana se ven las siluetas que hierven cacharros sobre la cocina y amadas mujeres desgranan sin tono diez avemarías, que aunque me he propuesto, rezar no he podido.

Transcurro la puerta, he vuelto a la vida a dar mi batalla. Tengo la estrategia. Yo soy ese tronco que se va muriendo mientras da la savia a los verdes gajos que se van soltando mientras me asesinan, con dulces lanzadas de las despedidas. Un fugaz hilito que quiso ser cálido, que dar pretendía un instante eterno, en contra de un mundo urgido y rapaz.

Miro con el alma hacia la calleja ¡Aguárdame un día! ¿o una semana? Ya no es por mi tiempo, que espero mañanas que ya no son mías. Por mi te lo diera en cualquier momento, poniendo en tus manos repletas de lirios -por aquella calle que espera en Vistalba- mi último aliento.

Ya llegó la noche y caigo de espaldas, contra las de ella, mostrando en los lomos las marcas del yugo que de amor nos ata. Respiramos juntos pidiendo lo mismo. Y quedo dormido.

lunes, 2 de julio de 2018

ABORTO Y TEODICEA

Tal como ocurrió hace ocho años al promulgarse en la Argentina la ley llamada de "matrimonio igualitario" y el primer casorio de invertidos mutó sorpresivamente en ceremonia fúnebre de resultas de un paro cardíaco sufrido por uno de los "contrayentes", la justicia del Cielo parece haberse manifestado esta vez en relación con la avanzada abortista. Resulta que, en vísperas del tratamiento de la ley del aborto en la cámara de senadores, uno de sus principales impulsores en el Senado fue golpeado por la muerte, del todo impensada y accidental, de su mujer y su único hijo varón por inhalación de monóxido de carbono emanado por una estufa a gas durante el sueño. Parece que la noticia dio lugar a innúmeros comentarios en las redes sociales, destacando los medios masivos que algunos usuarios de las mismas celebraron el caso como ostensión de la justicia divina, lo que habría ocasionado la repulsa de aquellos no suficientemente horrorizados ante la matanza masiva de nonatos.

Aparte del obvio desquicio de la valoración moral en éstos que oscilan entre la mogijatería de ocasión y el aval a las masacres de inocentes, el caso permite reconocer cuánto corran parejas el desprecio de la ley de Dios y la pretensión de negar toda posibilidad de intervención divina en los asuntos de los hombres. Porque es noto que cuando se resiste al Supremo Legislador, se resiste a un tiempo al Sumo Juez. Si en la sociedad tradicional, que busca reflejar la jerarquía y el orden de la Creación, es el rey quien concentra los tres poderes, su desmentida revolucionaria y moderna -opuesta por definición a la reyecía universal de Cristo- no podía menos que minimizar la relevancia simbólica del hecho luctuoso, reduciéndolo a un triste infortunio. En este fétido contexto, el abolicionismo penal y otros trágicos dislates contrarios a la noción misma de justicia vienen a consonar con la sustitución de la Providencia por la fortuna ciega, del designio inteligente por el indescifrable arbitrio y del cosmos por el caos, en una funesta inversión y patulea que la pamplina optimista del progresismo debiera tener a bien examinar.

Cometido del Espíritu Santo sería, en palabras de Cristo, el de «argüir al mundo en lo relativo al pecado, a la justicia y al juicio» (Jo 16,8), donde el juicio señala el discrimen entre el pecado y la justicia, siendo que «el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado» y separado de la gloria que será el salario de los justos. Es del todo inherente a la naturaleza de la gracia, pues, el comunicar luces suficientes como para distinguir el bien del mal y atribuirle a este último la pena que le corresponde. La teodicea, en tanto manifestación del juicio de Dios en las cosas de este mundo, supone por lo mismo la conciencia del pecado y del castigo. Pues aunque «Dios hace salir el sol sobre justos e injustos», no es menos cierto que no demora la justa punición de aquellos que se insolentan contra Su trono.

Los necios se obstinarán siempre en desconocer otra causalidad que no sea aquella que se establece por el solo concurso de las causas segundas, aislándolas de la Causa Prima en la que tienen su fundamento ontológico, y cuando narren el hundimiento del Titanic lo explicarán por la distracción del piloto y la dureza adamantina del iceberg, sin la menor mención de aquella célebre alharaca proferida por el personal del buque con ocasión de zarpar: «ni Dios podría hundirlo». Del mismo modo, si el Señor le concediera aún nuevos capítulos a esta declinante historia universal, sería previsible que las naciones cómplices del descuartizamiento de sus hijos sucumbieran en apenas un par de generaciones al exterminio biológico y a su sustitución por otros pueblos. Una manifestación de la justicia divina comparable con ésta por algún ribete la vemos en el definitivo emplazamiento musulmán en aquellas áreas cristianizadas que, como el litoral mediterráneo por el sur y por el este, luego de caer en la herejía fueron presa fácil del sanguinario conquistador. La historia, maestra de vida, es también maestra de los rigores con los que la justicia de arriba castiga las abominaciones de los hombres.

Pues, como lo recuerda con impecable precisión Garrigou-Lagrange, «tres cosas hace Dios por medio de su Justicia: da a cada criatura lo necesario para alcanzar su fin, premia los méritos y castiga las faltas y los crímenes, mayormente cuando el culpable no implora misericordia». Para desgracia de todos, esta verdad antaño conocida se vio oscurecida -sobre todo en lo que trata a su tercer punto- por el formidable eclipse que el modernismo extendió sobre la doctrina católica. Se empezó por cercenar, en el Breviario, aquellos salmos que expresan el juicio de Dios sobre sus enemigos, como aquel final del salmo 109 en que «el Señor amontonará cadáveres y quebrantará cráneos sobre la ancha tierra», o el 62, en que los enemigos del salmista «bajarán a lo profundo de la tierra, serán entregados a la espada y echados como pasto a las raposas», o bien como aquel cántico de Judith (16, 17), que anticipa para los adversarios de su pueblo la venganza del Señor, quien «meterá en su carne fuego y gusanos, y llorarán de dolor eternamente». A los modernos liturgos estas descripciones les deben haber resultado excesivas y hasta fanáticas, desproporcionadas respecto del pecado al que remiten, por más que éste deba calificarse como infinito desde el momento en que ofende a un Dios de majestad y santidad infinitas. Y es que una raza que ha perdido el sentido del honor no comprenderá que el ultraje del honor divino pueda comportar efecto alguno, ni temerá ser barrida y sepultada por sus emisarios cósmicos. Es de este modo como se desalentó la oportuna atrición y se extendió la presunción de salvarse sin méritos (el pecado de Lutero, que constituye uno de los pecados contra el Espíritu Santo), cuando no la más completa incuria para con un Dios siempre celoso de su dignidad.
   
«Los terremotos, huracanes y otros desastres que azotan a culpables e inocentes por igual nunca son un castigo de Dios. Decir lo contrario significa ofender a Dios y al hombre», afirmó sin avergonzarse el predicador pontificio padre Raniero Cantalamessa ante un aquiescente Benedicto XVI el Viernes Santo de 2011, en referencia al entonces reciente sismo sufrido por Japón. Si con este viraje feroz en la doctrina no era suficiente, entonces llegó Francisco para afirmar con rotundidad, con ocasión del terremoto de México en setiembre de 2017, que «yo pienso que a México el diablo lo castiga con mucha bronca porque el diablo no le perdona a México que ella [con "ella" se refiere a la Virgen de Guadalupe] haya mostrado ahí a su Hijo». Es decir: acá el motivo que convoca el castigo no es ya el pecado sino la piedad filial, y quien tiene en sus manos el azote punitivo es el propio Satanás. Suponemos innecesaria toda glosa.

Pero creemos pertinente, contra la perversión de la fe católica alentada por una Jerarquía pasada en masa al otro bando, recordar que el aborto (en la línea del homicidio, del que es una especificación particularmente agravada) se cuenta entre los pecados que, según la Escritura, claman al Cielo. Lo que no aventura precisamente el olvido cómplice de Dios a nuestro respecto. Si la salvación de la patria es al precio de desatar la décima plaga de Egipto sobre los senadores alineados con el "sí", tal como ya sucedió con uno de ellos, desde ya que clamaremos por este escarmiento y lo celebraremos en caso de que el Cielo lo conceda. Pues «la indignación se enciende en mí a causa de esos malvados que abandonan tu Ley. Y tus decretos se han hecho cantos para mí» (Ps 118, 53ss).

jueves, 21 de junio de 2018

CARTA A UN SENADOR

por Antonio Caponnetto

Mucha gente buena –tal vez la mejor que habite hoy en esta sociedad- inunda las redes sociales pidiéndonos que le escribamos alguna epístola a los senadores para convencerlos de que voten en contra del aborto. Otros más, incluso, nos encomiendan rezar por uno o varios de esos senadores. Nos apena desde el fondo del alma esta noble y confiada aunque recurrente confusión en la que están inmersos. La democracia no es la solución; es el problema. La lucha no es para revertir medias sanciones o cuatro votos robados. Es contra los demonios desatados y sueltos. La historia y la teología nos enseñan que en esa batalla sólo son efectivas dos armas: la Cruz y la Espada. Entonces, he aquí lo que diría nuestra carta, si creyéramos en la conveniencia de remitirla:



Senador:

-No sé si usted sabe que su autoridad es nula e ilegítima, como lo es la de todos sus pares y superiores, encaramados donde están mediante la tómbola nefanda de la democracia. El poder del que medra, por suculentos beneficios que le acarree, es nulo y completamente írrito, pues se sostiene en la mentira malévola del sufragio universal.

-No sé si usted sabe que existe un Quinto Mandamiento, inabolible y perenne como los restantes, cuyo enunciado dice así: “No matarás al inocente” (Éxodo 23,7). Violarlo a sabiendas y sin experimentar culpa o arrepentimiento alguno, lo convierte en un pecador contumaz, cuyo destino último es el infierno. ¿Se ríe, senador? Qué infantilismo el mío, ¿verdad? Me tiene sin cuidado la orgía de su boca. Carcajadas como las suyas pueblan de gritos horrísonos los círculos del averno.

-No sé si usted sabe que hay una clase de pecados que no se perdonan. Son aquellos que hacen injuria al Espíritu Santo, cerrando la mente y el corazón a su influjo (Lc. 12,10). Los aborteros de toda laya –promotores, ejecutores, promulgadores- pueden ser tales precisamente porque ultrajan al Paráclito. Le hace gracia, ¿verdad, senador? “¡Estos anacrónicos medievalistas!”. Cante nomás victoria. “De Dios nadie se burla” (Gálatas 6,7). Ya no el abismo en el que no cree sino esta tierra que pisa, está repleta de infelices de su laya. Ya no los aquerónticos espacios ante los cuales se encoge de hombros con cinismo, le aguardan tras su muerte; sino esta misma atmósfera de filicidio horrendo en la que tendrá que respirar cada día, hasta que el hoyo se lo trague.

-No sé si usted sabe que vote lo que votare, la ley positiva injusta clama al cielo, y se hace añicos frente al poder irrefragable de la Ley Divina. ¡Sí, parásito enlodado del régimen, boñiga democrática, deyección de la mitad más uno! ¡Sí, macrista, peronista, radical o cómo se llame su tribu de hampones! La Revolución no prevalecerá sobre la Revelación, y el plebiscito de los mártires no se registra en el tablero trucado del Congreso sino en los campos victoriosos de la Vida Eterna. En esos campos no llegan las intrigas rentadas, ni los zorongos verdes, ni las maquinaciones torvas a cambio de una treintena de monedas.

-No sé si usted sabe que a pesar del nefastísimo Bergoglio y del haz de capados que aquí le sirven de Conferencia Episcopal, todavía quedamos católicos que sabemos y constatamos sobradamente cómo la Masonería y el Judaísmo están de modo activo detrás del crimen del aborto. No, senador; esta vez no podrán usar el sofisma de la reductio ad Hitlerum, ni llamarnos conspirativistas. A la vista están los muchos Daniel Lipovetsky o Carlos Roma, para probar hasta la náusea lo que se mueren de miedo de decir Francisco y sus obispos: masones y judíos, por odio a Cristo, están detrás y por delante de esta campaña genocida. Conspiran, complotan, traman secretas conjuras que al final salen patéticamente a la luz. Fechoría tan turbia, eso sí, no sería posible sin la anuencia de los supuestos miembros de la Iglesia, políticamente correctísimos, que pueblan el parlamento y conviven en manso maridaje con los Herodes, Caifás y Pilatos. Para ellos nuestro repudio es aún mayor. Mayor será asimismo para ellos la postrimera arcada divina que el Señor tiene reservado a los tibios (Apocalipsis 3,16).

Vote lo que se le antoje, criminal de paz. Aunque “todos sí (al homicidio de niños por nacer) yo y los míos no” (I Macabeos 2, 19-22). Yo y los míos no le concedemos licitud alguna a la democracia, no la refrendamos ni convalidamos ni avalamos. La señalamos con el dedo acusador con que se señala a los degenerados para alertar a los honestos. Nos importa tres belines su perorata en los escaños legislativos. No nos representa ni nos interpreta ni nos expresa.

-No sé si usted sabe, senador,que existió un guerrero indoblegable en la romanitas clásica, llamado Coriolano. Beethoven le dedicó una Obertura (Op.62), y Shakespeare, en su obra homónima, recogió sus filosas y veraces palabras que hago propias, pues iban dirigidas, precisamente, hacia los corruptos miembros del Senado de su época: “¡Oh Dios! Vosotros, insensatos e imprudentes senadores, habéis concedido vuestros votos a la Hidra, el pueblo, el monstruo de mil cabezas; sin ser vosotros más que el cuerno y el ruido del monstruo [...] En cuanto a la muchedumbre veleidosa y hedionda, yo no adulo [...] A mí dadme la guerra; es mejor que esta paz, que es una verdadera apoplejía, una letargia; insípida, sorda, soñolienta, insensible; engendradora de hijos bastardos”. De modo que no le escribo para suplicarle que cambie su voto,o que lo mezcle en la quiniela electoral modificándole alguna jota. Le escribo para advertirle que está en guerra con el Orden Sobrenatural; y que esa batalla ya tiene un Vencedor. El mismo que ustedes han desterrado de la política y de sus miserables vidas.

-Por último, no sé si usted sabe, senador, que a los católicos se nos enseña que la oración debe ser segura, recta, ordenada, devota y humilde. Porque según predica San Juan Damasceno, la plegaria es “la petición a Dios de las cosas que nos convienen y son decorosas” (Expositio fidei, 68). He aquí entonces que elevo en la ocasión este rezo, que contiene el Salterio: "¿De veras, jueces, administráis justicia, juzgáis según derecho a los hombres? ¡No! Conscientemente cometéis injusticias, abrís camino a la violencia en el país. Los criminales [...], los embaucadores [...] están envenenados con veneno de víbora, sordos como el áspid que se tapa el oído para no oír la voz de los encantadores, del mago experto en el encanto. Oh Dios, rompe los dientes de su boca, a estos leones, rómpeles las muelas; que se disuelvan como agua derramada, que se sequen como hierba que se pisa; pasen como la babosa que se deshace en baba, como el abortado que nunca vio la luz. Antes que vuestras ollas sientan la llama de la zarza, sea verde o quemada, las barra el huracán. El justo se alegrará [...] La gente dirá: «Sí, hay un premio para el justo. Sí, hay un Dios que hace justicia en la tierra»" (Salmo 58, 2-12)

Si nada de esto sabía, Senador, ahora ya lo sabe. Vivan ustedes en Cartago, en Moloch y en Sodoma. Nosotros nacimos y queremos vivir y morir en La Argentina.

No lo saludo atentamente, ni espero que se encuentre usted bien al recibir la presente.

Ciudad de la Santísima Trinidad, junio 21, 2018.


martes, 19 de junio de 2018

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

por Dardo Juan Calderón

SANTA JUANA DE ARCO, Reina, Virgen y Mártir. Primer estudio documental en español a la luz de sus procesos. MARIE DE LA SAGESSE SEQUEIROS SJM. Ed. Katejon, 2018.


El mes de mayo me deparó dos grandes alegrías, el libro del Padre Calderón -“El Reino de Dios”- y éste que reseñamos. Parientes cercanos ambos, pues tratan desde dos perspectivas distintas un mismo tema. El primero es una lección teológica sobre la política, y el segundo es la encarnación de esta misma teología política en la maravillosa Doncella de Francia. Sumo a ello que al presente lo fui leyendo casi siguiendo los mismos días de su “pasión” y teniendo fresco el otro, encontrando en las respuestas de la Santa la más elevada doctrina política, coincidente en un todo con las del actual teólogo y el Magisterio de la Iglesia, sobre todo el surgido de los Papas del Siglo XIX y principios del XX, que, curiosamente, fueron grandes devotos de Santa Juana, la canonizaron y la tuvieron muy presente para sus enseñanzas. Ellos hicieron la doctrina como fruto del estudio minucioso y la contemplación y en ello teniendo que salvar no pocos obstáculos dialécticos, siendo que de la Santa manaba esta misma doctrina como de manantial puro, por inspiración Divina, pero no como autómata, sino por intermedio de la preciosa inteligencia de esta dulce iletrada que se preñaba de sabiduría en un acto de perfecta obediencia y humildad.

He leído este libro sobre Santa Juana ahora sorprendido por su sabiduría, y una vez más conteniendo en mis ojos las lágrimas y en mi corazón la furia que me provocaron las apasionadas páginas de la buena monja. Si uno es católico, tratar a Juana desde cualquier costado, aún desde el más frío documentalismo, no produce menos que duplicar el enamoramiento por Ella y el deseo impotente de desandar la historia para besar el suelo que pisó, para por fin morir por ella contra los muros de Orleáns. Pero no es eso lo que nos toca, y debemos –con esta gran ayuda bibliográfica- sacar de la Santa toda esa sabiduría.

Hablar de análisis documental y de “pasión” a un mismo tiempo parece un tanto sorprendente, pero no son otros los sentimientos que embargan a la autora en este prolijísimo trabajo, que desborda en todas sus páginas el adusto subtítulo de “estudio documental” para ser una encendida defensa ante todos los tribunales que enfrentó Juana y a la que le fue siempre negada toda defensa. Impedida la autora por su sexo de imaginarse blandiendo la espada, y recurriendo a la toga que alguna vez colgó, vuelve sobre los siglos para sentarse a Su lado como abogada defensora y arremeter contra los inicuos jueces poniendo en la banca una enorme pila de documentos probatorios, meticulosamente ordenados para una exposición clara y contundente, no dejando lugar a dudas de la inocencia tanto por la fuerza de dicha documentación, como por la diafanidad jurídica de su lógica interpretativa. La exposición de tan voluminosa documentación sistematizada casi con primor en este libro, no nos deja perdernos en el bosque de papeles (y en las miles de trampas cazabobos) que pusieron los letrados con la multiplicación infinita de fojas (puestas sin duda para amedrentar futuras revisiones) y, por el contrario, nos conduce con un ritmo vivaz sorteando los laberintos trazados por el enemigo y convirtiéndolos en avenidas de claridad para un juicio certero. En esto, el trabajo no es simplemente la reproducción de documentos, sino que hay una pericia en la “defensa” muy valorable en la autora para exponerla de forma convincente y concluyente.

Pero no sólo se trata este libro de lo dicho, pues vuelta la Hermana Marie de su repaso histórico con todo aquel bagaje documental y con mucha audacia, intenta un “Recurso de Revisión” al proceso de Canonización de la Santa al que reputa insuficiente (sin usar esta palabra) y al que enfrenta no desde un espíritu lúdico o devoto, sino que evidencia una voluntad férrea de intentarlo efectivamente en los hechos y el derecho. Y esta es la clave jurídica o abogadil que debemos remarcar y tener en cuenta; no es sólo un ejercicio de revisar una causa histórica, sino que hay una voluntad y una pasión actual de reabrirla. La causa de Juana que lleva más de cinco siglos, amenaza con ser continuada.

Un recurso de revisión -en nuestra jerga- exige que haya –entre otras cosas– un “hecho nuevo” que modifique necesariamente el totum fáctico que ocupó la etapa de conocimiento de un juicio, y que en principio, hace suponer que otra hubiera sido la decisión si se hubiera tenido en consideración esta novedad. Y esto, este hecho nuevo, surge de las investigaciones del Coronel Boulanger, posteriores a la canonización y a las que la autora accede. Y es sin duda y en toda la línea un “hecho nuevo”, aún para los que creímos saber todo lo que concernía a la Santa. Esta investigación prueba fehacientemente que SANTA JUANA NUNCA ABJURÓ, lo que no es poco, desde su valor histórico en principio, desde la valoración psicológica del personaje en segundo lugar, y “probablemente” frente al juicio de canonización. Asimismo y probado que esta supuesta abjuración fue un fraude de los jueces y funcionarios eclesiásticos implicados, tanto en el juicio condenatorio, como (¡y esto es lo peor!) mantenida en el mismo juicio de rehabilitación, nos cambia completamente la ponderación no sólo de Juana, sino de aquellos infames jueces que si eran dignos de desprecio ayer, hoy sobrepasan esa medida, pues su maldad calculada pudo penetrar con mancha la rehabilitación y, quizás, la canonización. El “desmonte” de esta operación fraudulenta pergeñada por los miembros de la Sorbona está eficientemente probada por la autora, repito, con los elementos que otros aportan, pero con una eficacia que es de ella, pues sabemos los abogados que las profusiones documentales suelen ser una “contra” para los litigios si quienes los esgrimen no logran una exposición y concatenación clara de los mismos.

Ese hecho de la abjuración -o mejor, “acto jurídico”- que creímos muchos hasta ahora propio de la humana condición de la Doncella torturada, y que adoramos por ser parte de su Pasión, resulta que no fue así, que Juana fue firme y valiente a pesar del duro castigo y hasta el final, y nos muestran una nueva Juana. Es indispensable leerlo.

Provoca en la autora la intención revisionista el hecho de que Juana fue canonizada bajo el estricto título de Virgen, y para ella esto es una deficiencia, ya que debió además ser declarada Mártir y Reina, y en abundancia, ser considerada entre los Doctores de la Iglesia. Además solicita una condenación de los fraudulentos jueces. No se anda con chiquitas.

Veamos si nos convence.

Primera representación gráfica de la Santa,
en un códice contemporáneo
El que la Santa resulta “docta” en materia de Teología Política me resulta más que evidente después de la lectura que les menciono al principio, al punto que sus dichos y hechos resultan más que útiles para fundar con carácter de “definición segura” muchos puntos controvertidos en esta materia, y está por demás señalado este aserto en la obra fundándolo en las citas de varios Santos Papas de la Iglesia, citas que encontrarán hacia el final del libro. Fue en gran parte el genio y figura de Juana el que inspira el renacimiento y fortalecimiento de la Doctrina Política de la Iglesia ocurrida fundamentalmente con los Papas del siglo XIX. Hay además una razón providencial, señalada por San Pio X (quién tenía una imagen de la Santa en su escritorio), por cuanto el enorme retardo en la canonización producido por el resquemor político (resquemor que igualmente hizo que los mismos Papas acallaran durante todos esos siglos la más clara doctrina política frente a la presión de los estados “católicos”, asunto que trata el P. Calderón), recién se puede coronar una vez que Roma se enfrenta cara a cara con el Estado Apóstata y Anticristiano y, rotos los compromisos y cesados los cálculos políticos, ambas, la Doctrina y la Santa, surgen a la luz y la Gloria. (Estas son las ventajas de “libertad y claridad” que señalaba Thibon, de ya no tener de nuestro lado al “Gran Animal”).

¿Resultan ambas reivindicaciones anacrónicas, ahora que no hay nación alguna dispuesta a escuchar esta enseñanza ni seguir este santo ejemplo? Ya contestamos este argumento con el P. Calderón, sabiendo que la Providencia es Sabia, y nos reafirma la urgente actualidad de la figura de la Santa la publicación de estas dos obras “inspiradas” en personas de vidas consagradas.

Por el resto, objetemos. Y muchos dirán… ¿Para qué objetar?... Toda afirmación que no merezca alguna objeción, es que no ha sido ponderada. No se preocupen, se trata de un litigio, y del otro lado no hay solamente una angelical “hermanita”, que bien se ve a la “leona” cuando defiende.

La intención de declararla “Reina”, más allá de la justificación del entusiasmo y del principio estratégico jurídico de que hay que pedir más de lo que se pretende obtener, nos resulta contradictoria. Entiendo que la “clienta” se hubiera opuesto firmemente a esta pretensión de coronarla. De hecho la autora no la funda suficientemente. Cada lector hará su juicio.

¿Mártir? Aunque parezca evidente no lo es tanto, y la misma autora con honestidad y sin traicionar a los nobles contradictores de esta petición, nos trae algunas razones para confrontar y a las que pretende rebatir. Juana fue el “cordero” expiatorio de una reyerta dinástica entre católicos, y no fue llevada al cadalso por su fe, sino porque su santidad implicaba una significación legitimadora de uno de los bandos. Fue llevada para ser humillada y con eso deslegitimar al Delfín. No se impugnaba la Verdad, sino una consecuencia política. Pero el lector es libre de juzgar. Hay otra razón bastante sólida que no se tiene en cuenta: la Canonización es un acto del Magisterio Infalible, ¿puede no ser suficiente, es decir, errar por defecto o insuficiencia? ¿Había en el tribunal de canonización todavía razones para mermar la gloria de la Poucelle? Está el descubrimiento del Cnel. Boulanger, de primer orden para nosotros los hombres y que pone a la Santa en un lugar inédito hasta el momento, pero… ¿no lo tuvo en cuenta el Espíritu Santo?

Como abogado siempre aconsejo no “revisionar” una sentencia que nos hizo justicia, aunque parezca poca, porque puede ser peor. Pero en este caso el resultado está aquilatado de forma irreversible por el fallo Infalible, y… si no se puede venir a menos… ¿se puede ir a más? El asunto queda para los Teólogos, ya no llego. Entiendo que nada obsta a que se agreguen nuevos atributos, pero en este caso, ya habían sido ponderados.

¿Nos queda corto el que Juana fuera solamente “Virgen”? Malos tiempos en que algo así pueda ocurrir. Pues no hay bajo los Cielos (y aun por sobre los ángeles) título más enorme. Habría que ahondar en que la calidad Virginal aumenta y concluye con la calidad doctoral; influye, y no poco, en la inteligencia y sabiduría de las cosas celestes. Esto lo saben bien los vírgenes… y los muy pecadores.

Pero estas objeciones hacen en gran parte a lo interesante del libro y el lector tomará partido.

Ahora… hay “críticas”. Unas pocas.

Se cargan las tintas sobre el Rey Carlos VII, lo que es un lugar común de las hagiografías y que es contradicho por la Santa que lo defiende en el mismo proceso como un “buen cristiano” y aconsejable político, y sabemos por la autora que Juana no era de servir compromisos que no respondieran a la estricta y simple verdad; si lo dijo, es porque era así. Se dirá de él que es un “pusilánime”, dudoso y otras linduras, todas ecos de la difamación borgoñona y de la endeble figura física que poseía. Era “flaco” y patizambo; sin embargo combatió con fiereza, fue muy culto, tuvo once hijos y ¡hasta una amante! (tiempo después). Fue un buen Rey y abrochó eficazmente el asunto “inglés” rescatando lo borgoñón, no permitiendo una amplificación interna del conflicto. Muy valiente antes y después de la intervención de Juana en múltiples batallas, los franceses deben estar contentos con él. Tuvo una infancia difícil, con un padre loco y una madre liviana que hasta puso en duda su generación legítima. En fin, tuvo una gracia especial que fue a la misma vez su problema, se encontró a su lado con un milagro y una Santa, y nunca pudo comprenderlo del todo (como nosotros mismos hasta hoy), y el común de los mortales no estamos a la altura de esas circunstancias. Hizo todo lo que pudo hacer dentro de una actividad razonable, prudente, y hasta audaz. Denigrar al Rey es denigrar la misión de Juana y no hay razones para ello. ¿Que a todos nos hubiera gustado que sea más heroico y haya entrado a la Sorbona a caballo cortando cabezas? Sí, pero eso no lo hace un político. Ni lo debe hacer. Sabemos que los intelectuales son una miseria y los jueces otra peor, pero la política se hace con lo que se tiene. El Rey “abandona” a Juana a la misma vez que la abandonan sus voces (y no se puede hablar de un verdadero abandono, sino de razones de estado frente a circunstancias poco oportunas y hasta impedientes para salvarla), el “camino”, o “via crucis” de Juana ya excedía la voluntad de los hombres – que volvían a ser librados a su propia suerte- y entraba en el misterio del Bautismo de Sangre. (Esto lo pondera debidamente Mark Twain que, curiosamente, no ha sido tenido en cuenta en este trabajo).

Lo dicho merece un párrafo para el lector, que proviene de la experiencia. En sus páginas nos parecerá que todos esos personajes de la más granada intelectualidad y judicatura clerical francesa (a la que la autora con femenina furia quiere condenar) de aquella Francia aún católica, resultan espantosamente malvados. Y no es así. Estos personajes siempre han sido y son así. La impugnación de la fraguada abjuración descubierta por Boulanger y seguida por la autora, por momentos parece basarse en una exagerada malicia, pero sin embargo ¡resultan tan reconocibles las maniobras para los que hemos transitado parecidos espacios de poder! Los jueces hacen esas cosas todos los días y los intelectuales de igual forma, ambos sirviendo al poder de turno pero protegiéndose del próximo. Lo que produce la diferencia –como en el proceso de Cristo- es la “total inocencia” del chivo expiatorio, que rara vez se da. En nuestra vida extrañamente encontramos inocencias totales y absolutas, y cuando alguien es usado de cabeza de turco nos decimos que si no por esa, será por otras, pero la injuria nunca es tan grave. El problema de todos estos “funcionarios” es encontrarse con uno “sin mancha alguna”, ya que esta condición - de un hombre santo - lo saca de la jurisdicción humana que estará siempre predestinada a errar en asuntos de pureza y sólo acierta por aproximación en la bruma de la torpeza. La Hermana Marie nos dibuja esta desesperación en el tribunal que, confiado en encontrar una u otra cosa reprochable en el reo durante el proceso –como siempre ocurre– hacia el final y cobrando cada vez más conciencia de la pureza del accionar de la Poucelle, ya imposibilitados de recular frente al compromiso contraído con el poder -pero no desestimando un cambio de patrón- recurren al fraude probatorio y la falsificación documental hundiéndose en un abismo de conciencia. En eso se centra el drama de unos y otros y es relatado y expuesto de manera magistral por la abogada defensora.

Pero volvamos a las críticas. Fácilmente entendemos el drama joánico como un asunto de ingleses contra franceses, unos malos y otros buenos, y en ello explotamos en una algarabía pro-francesa. La disputa no era tan así, pues la cuestión era dinástica y las nacionalidades no tenían tanta resonancia en aquellos tiempos, de hecho en ambos bandos guerrearon varias nacionalidades, y varias victorias logró el Delfín con los escoceses y españoles, mientras del otro lado se confundían ingleses y franceses. Los franceses podrán jactarse de haber tenido a Dios de su parte, pero fueron ellos mismos –revisen los apellidos– los que la llevaron a la hoguera (Boulanger acusa sin más, del fraude y la inquina, a la muy parisense Sorbona que jugaba en ello su prestigio). Francia tiene la gracia y tiene el baldón. ¿Fue Francia la niña de los ojos de Dios? ¿La Francia que ya con el mismo Delfín coronado iniciaría el galicanismo eclesiástico? Que prontamente traicionaría a la Cristiandad con el turco y que iniciaría un derrotero de traición revolucionaria en unos siglos… ¿Fue Juana para Francia, o… Juana para la Iglesia? Quienes sacarán de Ella el sumo de su gracia serán unos Papas italianos. No es tan evidente un Dios del lado de Francia, como el de un Dios del lado de Su Iglesia, quizá pisando un plato de la balanza de fuerzas para equilibrar la Cristiandad y dar una lección eterna. Dice Benedicto XV en ocasión de su beatificación: “Esto no sucede sin un secreto designio del cielo en una época en que los gobernantes no quieren reconocer el reinado de cristo”. (Pag. 393)

Encontramos en el libro un entusiasmo por la “predestinación” de Francia hacia una misión terrena providencial (mismo error suele producirse con las revelaciones de Fátima al respecto de otras naciones, cuando lejos de haber predestinaciones, hay claras admoniciones que prevén la traición), y aceptamos con simpatía el jugar con una posible “Segunda Venida de la Santa” en estos términos. Pero la historia es otra. No es en la historia de los hombres que buscamos su significado, sino en la historia de Su Reino, de Su Iglesia. La misión de Juana no tiene tanta significación en aquel momento histórico, aunque resulte espectacular, y aunque parezca que Dios salvaba a Francia de los ingleses (pues tampoco esto es tan así, el cambio de dinastía podía significar una preponderancia, con la nueva casa reinante, tanto del elemento nacional inglés con un Bedford, como del francés con los borgoñones. Carlos V –o I- de España, era un “alemán”, y terminó siendo el más español de los monarcas) como lo tiene en el momento de su Canonización para la Iglesia universal, y esto se produce en el siglo XIX, el siglo masón, en el que Francia está a la cabeza de la Revolución en el mundo.

Si es por hacer juegos, sí veo en Francia una nueva Juana, enfrentada/o contra toda la curia, condenada/o –excomulgado- por mantener Roma compromisos humanos y evitando lo doctrinario -por un parecido Cauchón y parecidas Universidades- y luego rehabilitada/o, pero dejando en la rehabilitación, con astucia, a salvo a los injustos condenadores; que resultaban ser los mismos unos y otros, como aquella vez, y por parecidas o idénticas razones. ¡Ya salió el lefebvrista, dirán! Sí, pero concedan en que este Obispo ya se inscribe en un misterio de intervención divina en tiempos de apostasía de la Iglesia, y que los parecidos no son tan caprichosos, siendo que en este último el carácter de “francés” carece de gran significación. Y no crean que me quejo de ninguna de las dos rehabilitaciones, Dios escribe recto en renglones torcidos. Bastaría para afirmar el parecido una canonización de Mons. Lefebvre dentro de quinientos años.

Vamos a lo final. La autora zanja con felicidad el problema de Juana “condenada por la Iglesia”. La Sorbona salvó esta contradicción con una rehabilitación producida por sus mismos jueces, al inculparla de una debilidad a la acusada que los indujo a errar sobre su malicia, y que llevó a equivocación al Tribunal “inocente”. Maniobra perfecta de leguleyos que servía a todos los intereses políticos en juego; sí, fue un error, pero producido por la misma Juana. Ahora que sabemos que no hubo tal cosa, y que los jueces fraguaron esta “culpa”, entonces volvemos a enfrentar el problema de la “contradicción de la Iglesia” en toda su dimensión.

Como dije, la “abogada” demuestra todas las irregularidades procesales y jurisdiccionales, sumadas al hecho que sus jueces ya estaban en voluntad cismática con Roma, más la negativa –nulificante del proceso- de la apelación a Roma oportunamente hecha por la Santa que impidió el conocimiento de la causa por el Tribunal Supremo (el Papa).

¿Dónde estaba la Iglesia? ¿De qué lado? Y esta pregunta es hoy más acuciante que ayer ¿Dónde está la Iglesia, que excomulga santos y canoniza infames? De manos de una cita del P. Castellani, la Hermana hace luz; dice el buen Cura compatriota: “la Iglesia estaba en Juana”. Y, en efecto, sirve también para hoy: la Iglesia está en sus Santos, siempre; el problema es saber verlos.

Entonces, no hay tal contradicción, no fue la Iglesia quien condenó a la Santa, sino unos malos “hombres de iglesia” como Ella bien los llama. La Iglesia es quien la canoniza, por moción de un Papa beato y la firme convicción de otro Santo.

Sin embargo… ¡ay de los buenos abogados! (que tienen que ganar las causas). La autora hacia el final del libro nos trae dentro de su defensa una cita del Papa Francisco, quien, con su proverbial confusión nos dice al pasar, en una homilía, que Juana fue “juzgada con la Palabra de Dios, contra la Palabra de Dios” (pag. 427), ¡y la festeja!

Ella misma nos ha dicho y fundado que esto no es así. Y la frase es en sí misma una de las acostumbradas blasfemias de este “hombre de iglesia”, que si aun haciendo fuerza puede interpretarse como una “paradoja” literaria (más del tipo de las de Arjona que de las de Chesterton), pero no cuando ambas referencias al Verbo Divino están puestas con mayúsculas. Es evidente en dicha sentencia la intención ideológica deconstructiva del Magisterio, exponiendo en el caso de Santa Juana una contradicción de nada menos que la “Palabra de Dios” consigo misma.

¿Acusamos a la monja de coincidir con esta falacia? Jamás. Pero dijimos antes, y remarcamos, que su trabajo hace presumir con fuerza una voluntad de “reabrir” el proceso. Y los abogados nos tentamos de congraciarnos con los posibles jueces que siempre son deficientes. Aun cuando el compromiso siga siendo con la Verdad, no lo es con toda la honestidad de los medios (algo sabemos de eso).

Al final del libro nos trae la autora una imperdible y jugosa entrevista al Dr. Jacques Trémolet de Villers, el que señala como abogado -más allá de los aciertos maravillosos de la propia defensa de Juana- ciertas “torpezas defensivas”: no concedió en la adulación a los Jueces y se dio el gusto de desautorizarlos y avergonzarlos hasta con ironías, cosa que es pecado mortal para un abogado. Y la autora debió mantener este tono valiente aún en defecto de sus posibilidades de éxito.

La recomendación de la lectura del libro es enfática, pero la voluntad que adivino de revisionar la causa no la acompaño ni la recomiendo. Puede resultar -en buena intención y exceso de emoción- una duda que se clava sobre un acto de Magisterio Infalible que, como ella misma demuestra en las citas, hizo una prolija ponderación de todas las cosas y, por último, el previsible tribunal de esta revisión es bastante peor que el que la condenó.
                  

lunes, 18 de junio de 2018

LA QUE ESPERA

por Antonio Caponnetto

En los días aciagos de la legalización del aborto, los obispos se pronunciaron con un texto vergonzante que escandalizó a muchos fieles. Porque abajando lo sacro y tomando en vano el nombre de Dios, osaron comparar a María Santísima con una mujer cualquiera víctima de un embarazo inesperado. Dicen los teólogos que Cristo –como todo hijo varón que se precie de tal- no permite que insulten a su madre. Y cuando esto sucede, su intervención está próxima y cercana. Entretanto, Nuestra Reina y Señora, no puede quedar sin desagravio.
 
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                                                                A Magdalena Bosco, mi más pequeña ahijada.

Cuando Dios dijo Hagamos con su ser Uno y Trino,
instante bendecido que en sí mismo abrevaba,
Origen de los ritmos, las ráfagas o el alba:
ya María esperaba.

En el trono del Padre, el del Pneuma y del Hijo,
solamente una Luna su cuerpo retrepaba,
incoada en el solio trinitario y eterno:
ya María esperaba.

San Joaquín y Santa Ana rogaron el obsequio
de aquella gravidez que al lirio acuartelaba,
se alegraron los cielos y la tierra era un salmo:
ya María esperaba.

La dotaron de un nombre pero ella era inefable,
¿con qué letras llamarla si su voz albriciaba?
su nombradía dulce encerraba un acíbar:
ya María esperaba.

Servidora en el templo entre ancianos prudentes,
en honda expectación un secreto velaba,
oyó las Escrituras, vio el Árbol de Jesé:
ya María esperaba.

Y el día en que el Arcángel pronunció su “No temas”
(Fra Angélico asegura que el azul aleteaba),
izó un canto laudante, enarboló la gracia:
ya María esperaba.

Sobre el lomo de un rucio, San José con las riendas,
a Belén se encamina, la estrella pastoreaba,
se vistió de pesebre la vigilia del parto:
ya María esperaba.

Por Caná hay una boda con sabor a verbena,
con tinajas vacías,sólo el agua escanciaba,
le pidió con los ojos el prodigio del vino:
aún María esperaba.

Lo desclavaron muerto,martirizado, roto,
lo posó en su regazo que el Verbo amurallaba,
le besó las heridas,los párpados sangrantes:
aún María esperaba.

Tu preñez,tu cintura vuelta cántaro pleno,
tu gestación prevista como una primavera,
te agradecen los coros angélicos diciendo:
 Es Ella, La que espera.