martes, 11 de abril de 2017

UN CASO DE SANGRE Y CONFUSIÓN

Un único y luctuoso hecho policial con inesperado estrambote farsesco-eclesiástico vino a imponerse a la consideración común de los argentinos en los albores de la Semana Santa, casi a destacar cuánto esta misma hebdómada que antaño hubiera instado a las conciencias a perseguir su santificación personal por la contemplación de los misterios capitales de nuestra fe, hoy testimonia, en cambio, la más espantosa profanación de los hábitos, de los juicios y aun de la misma atmósfera vital. Tan apretadamente se agolpan el horror, la mentira, el absurdo, la confusión y la maldad y con tanto suceso éstos se difunden, que si hubiera aquí por ventura algún varón armado de los viejos usos rituales y beneficiado por las extraordinarias mercedes que son menester en estos casos, bien haría en increpar al demonio que atormenta a esta exangüe nación para que revele al fin su nombre.

En brevísima síntesis, la tragedia en cuestión tuvo por víctima a una joven de 21 años que, sorprendida de madrugada a la salida de una fiesta en una pequeña ciudad de provincia por un ex-convicto, resultó por éste violada y estrangulada. El cuerpo muerto de la joven fue hallado una semana después de que se denunciara su desaparición, y las filmaciones de las cámaras de seguridad junto con los datos aportados por algunos testigos permitieron dar con el sujeto finalmente imputado por el crimen. El hecho, en modo alguno único en su género, suscitó un inmediato revuelo en los medios masivos, que se sirvieron difundir algunas peculiaridades anejas que permiten amplificar en múltiples direcciones la desazón consecuente.

En primer lugar se supo que el imputado, ya condenado por otras dos violaciones, gozaba sin embargo de libertad a instancias de uno entre tantos jueces garantistas que son el flagelo de la justicia en la Argentina. Es cruelmente paradójico que la víctima estuviera afiliada al kirchnerismo, esa infecta camarilla que, junto con el latrocinio a gran escala, promovió el disparate del abolicionismo jurídico que hizo que en los barrios de las grandes ciudades -y de las no tan grandes- rija hoy de hecho un implícito toque de queda al caer las sombras vespertinas, con los vecinos atrincherados en sus hogares y los delincuentes sueltos. Abolicionismo cuya precarísima antropología, al omitir la nota de la responsabilidad personal, permite la multiplicación indefinida de casos como los de esta joven, haciendo a la vez, de juez y negligente, términos poco menos que intercambiables. Lo que no impide, en el colmo de la ceguera voluntaria, que tanta mente ofuscada por la tiniebla ideológica continúe apostando a aquello que constituye su más segura perdición: «con Micaela hablábamos hasta el cansancio de que la solución no es la mano dura, no es endurecer las penas», sostiene sin escarmiento uno de los amigos de la difunta.

La nota de comedia la aportó el doctor Rossi, aquel juez que había beneficiado al imputado con la libertad condicional, pidiendo licencia por stress al verse acorralado por las acusaciones. «Micaela era una militante social que luchaba contra el machismo», la recuerda con vasto engarce de slogans una diputada, sin atinar a preguntarse -como ya nadie lo hace- si es posible ser una "militante social" a los veintiún años, en un medio histórico que impide o retrasa la conformación de los caracteres. Que la prudencia -virtud intelectual que es forma de las otras virtudes- precede necesariamente a la justicia -y, por consiguiente, a la actividad política-, es doctrina asaz olvidada por el activismo en vigor. «Ella murió luchando por sus convicciones», sostuvo el novio, siendo noto que murió mucho más prosaicamente, nada más que por la perversión desatada de un criminal que debía estar entre rejas. Ya Voltaire lo dijo con cinismo, anticipándose a la inoportuna palabrería concitada aquí y ahora por estos casos de sangre: la verdad es aquello que se hace creer.

No faltó en el piélago de sandeces propiciadas por el crimen la irrupción de aquel juez sodomita y proxeneta de premiada trayectoria en los años K, el doctor Zaffaroni, quien con sus relucientes facciones de mármol se refirió a la responsabilidad de su colega Rossi. «Puede ser que lo merezca o no [el jury], depende de la causa. Lo que dice la noticia periodística no es suficiente para juzgarlo. Pero si hubiera estado vigente el proyecto [de reforma del Código Penal] que hicimos hace tres años, esto no hubiera pasado», como si Su Señoría no se hubiese contado entre los principales ideólogos de la inseguridad en cruda vigencia. Y luego vino -medio el más apto para trivializar el dolor- el mensaje de la madre de la víctima en las redes sociales, casi convertida en una discípula póstuma de la propia hija de sus entrañas. La tragedia acabó sirviendo, a la postre, para postular a la efebocracia como garantía de un mundo mejor.

El colofón lo puso aquel otro connacional residente en la Ciudad Eterna. El mismo que entre blasfemia y blasfemia no omite abrir una lavandería para los "sin techo", ese mismo -según testimonio del padre de Micaela, cincuentón con facebook- tomó el consabido teléfono para hacerse cálidamente presente donde la ocasión esta vez lo demandaba. «Fueron cinco minutos», abundó el pobre hombre, en los que -podemos colegirlo casi con plena certeza- Bergoglio no debió molestarse en hacer referencia alguna a la Cruz, objeto de nuestra esperanza. Para él, en efecto, "no hay explicación" para el dolor de los inocentes. Lo que, sin dudas, aporta una nota de alivio en el sinsentido de tan vasta tragedia.

Está previsto que, en atención al gran financiador de las marchas "Ni una menos",
el Santo Padre incluya a Georges Soros en el lavatorio de los pies de este Jueves Santo