miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA NUEVA «FE DEL CARBONERO»

Aunque su responsabilidad no iguale a la de los consagrados, no hay que menospreciar el papel de los laicos en el robustecimiento de la crisis que desfiguró a la Iglesia. Como en cierto poemilla de Bertolt Brecht en el que el dramaturgo tudesco, a expensas de su fanatismo democratizante, se preguntaba por las identidades de los anónimos constructores de Tebas y Babilonia y rezongaba ante la obviedad de que en las grandes empresas de armas o de gobierno sólo figuren los nombres de los jefes, así, en la refundición del Credo habría que husmear el rol de un laicado cada vez más hambriento de «participación» acompañando los demoledores desvelos de los jerarcas con nombre propio. Cuánto la influencia ascendente de los volubles humores populares, siempre más pagos de sí, haya hecho de tanto prelado un tribuno, un vociferador de promesas terrenas, es cosa que tendrá que estudiarse en las aulas del Milenio, si es que el capítulo XX del Apocalipsis nos habla de una nueva cristiandad transparusíaca acá mismo, en esta agitada arena de los mortales.

Los faraones no habrán contado con una tan solícita compaña de operarios y estibadores de piedras para erigir sus presuntuosas pirámides -todos ellos rigurosamente anónimos- como los obispos conciliares cuentan con su mesnada de activistas de la disolución. La apostolica actuositas que el Vaticano II se encargó de descubrir no hizo, en rigor, más que hacer más rauda la pendiente, otorgando a un montón de pelafustanes el honor de ser maestros, dando la potestad a jovencitas de discoteca para que les enseñen el catecismo a los niños. Pero lo más saliente y que pasó menos observado, la obra que supera en extensión deletérea a la de cuanta herejía pudiésemos traer a cuento, es la vaguedad inconcebible que vino a cobrar la noción de «fe». Se sabe que las masas son emotivas, tornadizas, que tienen un talante más bien femenino. Pues bien: al arbitrio de las masas anárquicas se dejó librada la resignificación de aquella virtud teologal que nunca pudo identificarse mejor que ahora con la fides informis, aquella fe que vegeta fuera del orbe de la gracia habitual y que mantiene por ello al alma en peligrosa suspensión.

Los herejes históricos atacaban un punto o dos de la doctrina; el nuevo concepto de «fe», sin precisar aún nada de ofensivo, la ataca en su conjunto, ahumando la intelección misma de la fe. Dejando incólume el dinamismo obediencial -hoy devenido reflejo condicionado y salvoconducto para todos los agravios contra la ortodoxia- la nueva «fe del carbonero» carece del respaldo de la de antaño, que al menos reposaba en la garantía de que los pastores conducían al pasto. A expensas de una presunta "fe adulta" que bien pronto se reveló más bien adúltera, se cultivó la irrisión para con aquella fe que se suponía desvinculada de la razón, sin advertir que hoy se incurre más que nunca en esa misma tacha. El credo quia absurdum debiera ser el lema de multitud de ciegos que siguen a otros ciegos al abismo, entre cantos litúrgicos que parecen tomados de los estadios de fútbol o de las comparsas.

«Os di a beber leche, no alimento sólido» (I Cor 3,2), les decía san Pablo a aquellos corintios no suficientemente adelantados en la vida del espíritu. «Os di a beber aire, vanidad, nonada», podrían repetir los pastores de la iglesia conciliar a sus rebaños, para agregar: «según me lo pedisteis. Gustos son gustos. ¡Vamos! ¡A beber!».


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jueves, 19 de noviembre de 2015

SOBRE LA FE Y SUS SUCEDÁNEOS

Si hubo una treta sobremanera exitosa entre las que el Maligno supo urdir para menoscabo de la fe, cuéntese la sustitución del concepto «fe» por un símil desleído del mismo. Rigurosamente afín a cuantos otros propiciaron los novatores con vistas a una refundición del catolicismo, el contrabando conceptual supo dejar en pie gran parte de las fórmulas para alterar su contenido implícito, llenándolas de hojarasca y serrín. Si la resurrección pasa a ser una metáfora y los milagros otras tantas hipérboles piadosas, queda claro que la fe -condición para admitir la resurrección, los milagros, la vida del mundo futuro y cuantas verdades constituyen su objeto propio- requerirá también una oportuna re-semantización.

Y acá se reveló en toda su fecundidad (si puede atribuirse fecundidad al error y a la herejía) la acepción luterana de «fe», retomada luego en buena medida por los modernistas combatidos por San Pío X: la de un impulso fiducial que hace reposar al alma -o al ánimo- en una especie de certidumbre emotiva. La fe pasa a entenderse, entonces, como una adhesión sensible que no requiere de preámbulos, ni disposiciones previas, ni exigencias ulteriores, que no pide la mortificación del propio criterio y la aceptación incondicional de un depósito transmitido por una autoridad delegada desde arriba.

La teología supo oportunamente distinguir los cinco elementos que concurren en la producción del acto de fe: 1- el motivo, que es la autoridad de Dios que revela; 2- el objeto, que son las verdades reveladas; 3- la gracia preveniente, que inspira a nuestras facultades, entre ellas: 4- la voluntad imperante, que mueve a 5- el intelecto, que bajo el imperio de la voluntad y el influjo de la gracia, acaba por prestar su asentimiento (Ad. Tanquerey, Synopsis theologiae dogmaticae). [Vale aclarar que la voluntad puede decirse imperante porque, aunque el entendimiento, por razón de sus operaciones específicas (=conocimiento del ser) sea más excelente que aquélla, a la que precede en estas mismas operaciones, las prerrogativas de ésta se explican por la supereminencia de su objeto: la voluntad, en efecto, se adhiere siempre a aquello que se le representa bajo la especie de bien; el intelecto, en cambio, persigue el mero conocer, independientemente de la nota de «malo» o «bueno» que pueda caberle a su objeto. De aquí que, alcanzada por la inteligencia una sumarísima noción de Dios como «bien», la voluntad, bajo la moción de la gracia, empuje a aquélla a adentrarse más y más en el conocimiento de ese bien. Por esto puede hablarse de voluntad «imperante»].

En la nueva acepción de «fe», si acaso queda en pie la voluntad, y ésta aislada en sí misma. A menudo, incluso, limitada a la «voluntad inferior o apetitiva» (voluntas ut natura), que ya no informada por la razón como «voluntad intelectiva» (voluntas ut ratio). La fe deja de ser, según el conocido axioma, la virtud que ofrece a los hombres, para ser creídas, aquellas verdades que la razón no puede alcanzar en sus rebuscas: más bien pasa a ser una adhesión arbitraria, informe, que, en el mejor de los casos -cuando admite una cierta guía de la razón- pasa a identificar su objeto con otros tantos objetos de la razón, incluyendo a Dios mismo en tanto objeto de conocimiento racional. Cuando no haya mero fideísmo, entonces, se tratará a lo más de la increíble confusión de fe con deísmo: un Dios que se afirma en algunos de sus atributos, tales como la razón puede reconocerlos (omnipotencia, inteligencia rectora, etc.) con el añadido -menos obvio para el conocimiento natural- de la «misericordia», entendida ya como salvoconducto universal para soslayar la ley.

No extrañan entonces esos rimbombantes títulos de los diarios («multitudinaria manifestación de fe» y similares) para referirse a lo que no es sino una especie degradada de folklore: procesiones encabezadas por un cura popular y de prédica balbuciente al aroma de los chorizos que se asan y con el estrépito de las guitarras mal ejecutadas -y ejecutadas incluso en Misa por el propio celebrante. Cualquiera de nuestros antepasados que se levantara de la tumba para asistir a estas bullangueras romerías las tendría por cualquier cosa, menos por actos de culto. En verdad, la historia de la Iglesia discente que emerge del Concilio (que es como decir: la de una catástrofe amenizada por el absurdo) puede asimilarse a esos terneritos de granja que, atados por una soga a su respectiva estaca y luego de acabar de beber su ración de leche del balde, buscan con avidez el otro extremo de la soga para sorber del mismo como si se tratara del pezón materno. Cándidamente convencidos, beben y beben del cabo que no les surte ni una gota, prolongando en falso la complacida lactación.

La comparación no es extremosa: cuando el hombre decae, hay que ir a buscar entre las bestias el más fiel retrato de su hábitos. Por lo demás, la sola irrupción en escena, en tan comprometida sazón, de un pontífice más ordinario que piojo de chancho, capaz -entre mil otras lindezas- de declararse incompetente para juzgar si una luterana puede comulgar el Cuerpo del Señor en una Misa católica, es suficientemente ilustrativo del desquicio, sin necesidad de ulteriores glosas. Ésta es la clase de sujeto que encarna la que podría llamarse, por asimilación, la «regla próxima» de la nueva fe -esto es, del caos que se ha fomentado con indudable éxito.

Así, la apostasía real encuentra un notable subterfugio para demorarse en la tierra que hollamos sin revelarse en todo su horror, y la operación de transgénesis eclesiástica se cumple sin sustitución de conceptos, sólo por su resignificación. A la zaga de la «fe» vendrán los "carismas", los "consuelos de la fe", toda la batería de fuegos fatuos que aplacarán la angurria emotiva de los feligreses de la nueva religión del corazón antes de dejarlos definitivamente vacíos. Porque la fe -que es, en rigor, una empresa de armas- ha sido tomada como un recreo informal. De manera de permitirle encontrar al Hijo del hombre, cuando venga, algo sí de fe sobre la tierra: la fe de timadores y timados.

lunes, 9 de noviembre de 2015

BERGOGLIO BIFRONTE

Nos limitamos a traducir y ofrecer este texto, de lo mejor y más sintético que hayamos leído sobre el actual pontificado. A despecho de que -como con acierto lo dice un amigo de este blogue- a Bergoglio no se lo analiza: se lo cita, acá se analiza oportunamente una medida de gobierno de las más resonantes de Francisco (la vandálica intervención de la orden de los Franciscanos de la Inmaculada) al par que la ulterior explicación que da el propio pontífice de la misma, en términos que arrojan una luz inquietante, incontrastable, sobre la calidad de los sufrimientos que se ciernen en esta hora sobre la Iglesia de Cristo.

[Fuente: http://opportuneimportune.blogspot.com.ar/2015/11/bergoglio-bifronte.html]


Me quedé desconcertado y escandalizado por lo que escribió Maurizio Blondet en un reciente artículo suyo, a propósito de las palabras que Bergoglio dirigió a los frailes Franciscanos de la Inmaculada el pasado 10 de junio.

Blondet recuerda que el discurso que hizo quedó registrado, por lo que me siento llevado a considerar, conociendo la honestidad intelectual de este periodista católico, que no tiene motivo para mentir.

Dice Bergoglio:
a mí se me explicó la [vuestra] situación tranquilamente, quedamente; oré con benevolencia por vosotros y concluí que debía tomar esas decisiones [del comisariamiento] después de haber recibido consejo [...] El principio que me guió fue el de la obediencia, porque es justamente ése el principio de la catolicidad. Cuando pensamos en la reforma protestante decimos que ésta comenzó con la revuelta: el separarse del obispo, el separarse de Roma no es la catolicidad.
Y acá ya no podemos no advertir una disonancia: la invocación a la obediencia (pero sobre esto volveré más tarde) y aquella a la Pseudorreforma protestante, que comenzó con la revuelta, el separarse de Roma. Pero, ¿cómo? ¿Y dónde va a parar el diálogo ecuménico, con el cual se enjuaga la boca el Obispo de Roma a cada paso? Entonces, ¿los protestantes son rebeldes? Con los Franciscanos de la Inmaculada Bergoglio emplea términos que están en neta contraposición con aquellos melifluos de sus numerosos encuentros con los herejes, antes y después de la farsa del Cónclave.

Y sigue nuestro sujeto:
San Ignacio nos dice que la regla "para sentir con la Iglesia" es que si yo veo una cosa negra que es negra y la Iglesia dice que es blanca, tengo que decir que es blanca.
¡En las barbas de la libertad de los hijos de Dios tan decantada por el Conciliábulo! San Pablo nos dice rationabile sit obsequium vestrum. La paradoja de san Ignacio suena por lo menos inapropiada en la boca de un hijo de la revolución conciliar que no tiene escrúpulos en contrariar la doctrina católica cada vez que tiene la ocasión. Puesto que la Iglesia no puede decir que lo blanco es negro, que la verdad es error o viceversa: de lo contrario menoscabaría el mandato divino recibido de parte de su Fundador. Y aun cuando se quisiera aceptar la advertencia ignaciana, nos gustaría entender por qué razón, cuando la Iglesia dice que el matrimonio es indisoluble y que los adúlteros están fuera de la comunión, Bergoglio toma el teléfono y llama a su portavoz Scalfari para tranquilizarlo con que los divorciados podrán recibir los Sacramentos. Por qué cuando la Iglesia manda predicar el Evangelio a todas las gentes, él sostiene que el proselitismo es una solemne tontería.

Con el estilo diamantino que lo caracteriza, agrega:
Y sin el Papa, ¿a ti quién te garantiza tu ortodoxia, lejos del Papa?
En verdad, esta proposición también chirría, especialmente respecto a las ya proferidas acerca de la conversión del papado hechas a los cismáticos de Oriente. Sin abundar que los cismáticos, los herejes y los idólatras de los que se acompaña parecen prescindir tranquilamente del Papa, y esto no parece constituir un problema para la iglesia conciliar.

Luego retoma:
Pero cuando hay una hermenéutica ideológica, yo tengo miedo, tengo miedo.
¿Pero cómo? ¿No acababa de decir que es menester obedecer ciegamente a la Iglesia, incluso si lo que ella afirma estuviera en contradicción con la realidad, o al menos con aquello que a nosotros se nos aparece como tal? ¿Qué hay de más ideológico que una obediencia irracional a cualquier orden del Papa? Y sin embargo Bergoglio tiene miedo: es para preguntarse en esta sazón si él se teme a sí mismo.

Y luego la habitual estocada genérica, sin nombres, blandida para deslegitimar una cosa de suyo buena en nombre de un caso límite. El típico estratagema capcioso: legitimar el divorcio porque un marido alcoholizado le pega a la pobre esposa; autorizar el aborto porque un delincuente violó a una jovencita dejándola embarazada, etc. O, descendiendo a los discursos de bar: mejor un buen laico que un mal cura. En fin, el derrotismo y el engaño ideológico erigidos en pastoral.
Yo recuerdo... es cierto que todos debemos ser ortodoxos, pero tantas veces se usa [la palabra "ortodoxia", NdR.] para justificar procedimientos que finalmente no resultan tan claros. Yo recuerdo a un obispo de América latina, nos apaleaba a todos: "¡la ortodoxia! ¡La ortodoxia!", pero era un especulador, hacía negocios con dinero... De este modo se acusan los unos a los otros de no ser ortodoxos para encubrir otro intereses.
Luego sigue el elogio hipócrita de la Orden:
Vuestro carisma es un carisma singular: está el espíritu de san Maximiliano Kolbe, un mártir, y está el espíritu de san Francisco, el amor a la pobreza, a Jesús despojado...
Notemos que fue precisamente por estos días que Bergoglio ordenó a los franciscanos, a través de sus emisarios de púrpura, que no llevaran la Medalla milagrosa, que borrasen el voto mariano, que no mencionaran más a san Maximiliano Kolbe.

Pero, como justamente afirma Blondet, hay luego una frase que suena -por decir lo menos- aterrorizante:
Hay otra cosa que a mí me hace entender porqué el demonio está tan enojado con todos vosotros: la Virgen. Hay algo que el demonio no tolera... no tolera la Virgen, no tolera y no tolera más esa palabra de vuestro nombre: Inmaculada, porque ha sido la única persona solamente humana en la cual él encontró siempre la puerta cerrada, desde el primer momento; él no [la] tolera.
El nexo de consecuencia que se deduce de las palabras del Obispo de Roma se nos escapa. O mejor: la única interpretación posible de estas palabras, a la luz de la disposiciones tomadas por él contra los Franciscanos de la Inmaculada, se encuentra sólo en la casuística de los exorcismos. No es raro, en efecto, que Satanás sea forzado por Dios a obedecer al exorcista, afirmando verdades que le repugnan y que revelan sus engaños.

No pensaba llegar a teorizar una enormidad semejante, pero me parece que puedan hipotetizarse sólo dos casos que justifiquen estas palabras: la posesión diabólica o una forma de bipolarismo, de patológico desdoblamiento de la personalidad.
Pensad el momento que ahora vivís como una persecución diabólica, pensadlo así...
Una persecución diabólica, sin dudas, pero de la que se confesó responsable y único mandante nada menos que el Pontífice Romano, el Vicario de Cristo, el Príncipe de los Apóstoles.

O acaso, con implicaciones menos desastrosas pero no por ello menos horripilantes, un usurpador elegido con la estafa de un Cónclave piloteado. Un usurpador que pretende obediencia ciega, pronta, absoluta, más allá de la razón y pisoteando la misma Fe. Un tirano que persigue a los buenos explotando su sentido de fidelidad a la Iglesia y que al mismo tiempo prostituye a la Iglesia con el mundo, adultera la enseñanza, pervierte la moral, conculca la espiritualidad y el impulso apostólico, humilla al Fundador.

Un tirano que pretende con arrogancia una obediencia delirante, incluso si tuviera que afirmar algo contra la evidencia. ¡Otra que parresía! Por otra parte, incluso la farsa del Sínodo sirvió a demostrar que la verdadera Relatio Synodi fue publicada por Scalfari después de la enésima llamada telefónica de Bergoglio.

Que sigan, pues, los mediadores buscando justificaciones a la obra de este personaje vestido de blanco. Yo encuentro extremadamente difícil, con toda la buena voluntad, no extraer las lógicas consecuencias de los actos infames de los que él cada día se hace responsable.

Que la Virgen Inmaculada, terribilis ut castrorum acies ordinata, ilumine las mentes entenebrecidas de los Prelados y les dé el coraje de oponerse a este Anticristo.