martes, 25 de marzo de 2014

EL INACABABLE ASALTO A LA CORONA

Aunque no haya nada que objetar cuando se postula la indiferencia acerca de la forma de gobierno civil más oportuna mientras ésta procure a los pueblos la felicidad social (que, en todo caso, la oportunidad solicita a la prudencia y rechaza exhortaciones demasiado genéricas), consta también, hecha abstracción de las circunstancias y los accidentes, la doctrina de la excelencia de la monarquía, notorio en aquel axioma socorrido por el Aquinate de que «es bueno que uno solo gobierne». En efecto, y recordando a Boecio, Santo Tomás señala cuánto la unidad sea esencial a la bondad, y aplica este pensamiento al gobierno que, ejercido por uno, mantiene a las cosas en su unidad y, por lo mismo, en su propio bien. Y es que la buena monarquía refleja, en la lejana analogía de las causas segundas, el gobierno monárquico y providente con que el Creador sustenta al universo. La noción de «monarquía» conviene muy próximamente a la de «jerarquía» (de ἱερός «sagrado» y ἀρχή «principio, gobierno»), por cuanto la sacralidad de lo creado (el mundo como «sacramento» o «signo») reclama la unidad de origen y de designio. La monarquía divina es la que informa la jerarquía -y, por lo mismo, el orden- de lo real.

Jesús se reconoció rey ante Pilatos, y dotó en consecuencia a su única Iglesia de una constitución monárquica. No hace falta subrayar cuánto el mismo gobierno civil, durante los siglos de la Cristiandad, fuera predominantemente monárquico, y cuán incansablemente se buscó en Occidente la unificación de todos los reinos en ese Sacro Imperio que, pese a los desvelos de las mejores inteligencias del período, no alcanzó nunca del todo a consumarse o, digamos quizás mejor, no alcanzó la latitud deseable. La disolución del imperio austríaco (o bien la derrota de su heredero, el imperio austro-húngaro, en la Primera Guerra Mundial) señala claramente el cese de toda política no encuadrada dentro del diseño republicano-democrático. Tanto que aquellas naciones como Alemania e Italia que, al confiar su gobierno a figuras de talante dictatorial no hacían sino evidenciar la crisis del mundo surgido de la Revolución, fueron aplastadas sin miramientos incluso después de derrotadas tras la Segunda Guerra Mundial. Ni bombardeos micidiales ni juicios fraguados les fueron ahorrados para su ulterior humillación, junto con la propaganda desmoralizadora de rigor, a quienes osaron cuestionar los principios de esa democracia que los vencedores, aun con sus matices diferenciales y sus recíprocas reyertas, reivindicaban como propia.

A instancias de la revolución no ya de la vida civil, sino incluso de la misma conciencia política, la Iglesia fue paulatinamente impregnándose de estos nuevos principios, doblemente letales cuando tocan a la organización de la sociedad sacra. Aquel liberalismo o liberal-catolicismo que un avizor Gregorio XVI supo combatir sin tregua, y que ya inficionaba en sus días a no pocos clérigos, poco más de un siglo después ya lograba encarnarse en esos mismos pontífices cuyo criterio de gobierno, deducido de sus actos, resulta poco menos que alarmante. Ese espíritu de vacilación, doblado en espíritu de capitulación, queda palmariamente retratado en los extremos del arco del trunco pontificado de Benedicto XVI: entre aquel «orad para que no huya, por miedo, ante los lobos», con el que saludó al pueblo congregado el día de su elección, y su explosiva y doliente dimisión, mal asordinados los aullidos.

Desde aquel infausto acuerdismo impulsado por León XIII en las relaciones de la Santa Sede con la francesa Tercera República hasta las deferencias un tanto pringosas de Paulo VI y Juan Pablo II para con la ONU, y (ya en cuestiones que afectan a la vida de la Iglesia) desde el atropello de los llamados «esquemas preparatorios» del último Concilio de parte de los obispos renanos, pasándose por el traste la potestad de Juan XXIII, hasta el frecuente llanto a solas conque sus colaboradores sorprendían a Paulo VI en su despacho, víctima de la sistemática desobediencia de episcopados enteros a su infirme voz de mando, queda en evidencia la debilidad última del carácter del Papado en nuestros días. Ese enervante irenismo, anejo de todo punto al democratismo, tan opuesto a la enseñanza de Job acerca del carácter de la vida del hombre sobre la tierra, ése no es un virus que obra por contagio azaroso: son cepas cultivadas en condiciones propicias y sueltas a infestar en el momento más oportuno. ¿No son sorprendentes los paralelismos y semejanzas entre el declinante proceso político que acabó con el Antiguo Régimen y la progresiva atomización de la Iglesia, entre aquel rechazo que hizo Luis XVI de la corona regia y la deposición de la tiara papal por Paulo VI, entre el carácter irresoluto de ambos, nonunca dispuestos a castigar las insolentes sediciones que les plantaban en sus narices? No resulta arbitrario entonces que se haya podido comparar al Concilio Vaticano II con la convocatoria de los Estados Generales.

Ni debe andar errado, pues, quien sostenga que la corrupción de la doctrina y las costumbres comienza en la Iglesia por una defección en su regimiento. Castellani, víctima preferida de los mediocres encaramados, señalaba el mal de la Iglesia argentina en ese carrerismo que ponía en los lugares de mando a clérigos, como las moscas, de hábitos meramente domésticos. Recientemente, en un contrapunto mantenido con Antonio Caponnetto, Dardo Juan Calderón situó ese mismo mal muy allende nuestras latitudes, como un morbo afligente la Iglesia universal, resumiendo en un solo párrafo todo el proceso declinante de cien años largos:
«en un cierto momento, la Monarquía Vaticana se encontró con que su cuerpo elector no era la crema y nata de la santidad, sino aquellos que habían hecho mérito de haber prestado los más innobles servicios que exigía una política maquiavélica erróneamente preferida a la simple y sencilla frontalidad y fructuosidad del martirio. Estos cardenales, elegidos para los compromisos de la política tras un proceso de evaluación inversa a las virtudes que se exigen del clérigo y más acorde con esa mixtura de mierda y arcilla que exige la política de los laicos, no hubieran hecho mucho daño si sólo hubieran existido para la política momentánea de su tiempo y si la Iglesia hubiera efectuado en forma inmediata posterior, una purga de los viejos servidores de causas hediondas [...], pero allí quedaron y fueron tarde o temprano el colegio elector. Colegio elector que llegó no sólo con la carga de su mal origen, de sus vicios, de su plebeyismo republicano y de su grosera expresión de toda una vida cortesana alejada de la práctica contemplativa y mística de la liturgia, sino especialmente con los compromisos pactados en el silencio ominoso de los toma y daca de la inmunda puja partidaria. Ya Juan XXIII es el resultado de una elección de este tipo de colegio y ya en estas elecciones, los pactos secretos y los ocultos socios de cada uno de estos crapulosos comienzan a tener que ver en las elecciones, proceso que en breve convertirá a los electores en verdaderos hombres de paja o testaferros, para conformar el elemento que define principalmente a la República moderna, que es el anonimato de los resortes de poder».
Es una Iglesia que se acerca peligrosamente, con arreglo a la más delatora onomástica, a la Iglesia de Laodicea (de laós, pueblo, y díke, juicio = el dictamen del pueblo), y más si a la democracia se la puede definir, como lo hizo alguna vez entre nosotros el padre Carlos Biestro, como un «sistema de gobierno promovido por los usureros para mandar a la humanidad al Cuarto Oscuro». ¡Otra que oscurantismo atizado por las finanzas mundialistas, que a través del IOR gobiernan a la Iglesia! Es la Iglesia de los tiempos de la opinión, en que se plebiscita incluso el Decálogo y se promueve la sinodalidad permanente, con un nuevo Código de Derecho Canónico que postula (canon 336) que el Colegio de los Obispos es, en comunión con su jefe, nada menos que «sujeto del poder supremo y pleno sobre la Iglesia entera». Y es, como en Laodicea, una Iglesia tibia, sin fervor, o con un fervor pautado ante las cámaras, teatralizado, con la ostensible decrepitud de los jóvenes-masa que vitorean al Papa compinche.

Es la Iglesia que ensaya lo inaudito, lo imposible: un Papa dimisionario propter ingravescentem aetatem, devenido ahora Papa Emérito, alternando con otro Papa, sujeto éste sí del poder de jurisdicción, que se presenta escuetamente como «Obispo de Roma». Y que afirma, en la enésima detonación que ensaya, que «el Papa emérito no es una estatua de museo. Es una institución, a la que no estábamos acostumbrados. Sesenta o setenta años atrás, la figura del obispo emérito no existía. Eso vino después del Concilio Vaticano II, y actualmente es una institución. Lo mismo tiene que pasar con el Papa emérito. Benedicto es el primero y tal vez haya otros». Sirvámonos recordar que nada puede repugnar tanto a la mentalidad católica, siquiera en su metafísica, como la poliarquía. Y que la multicefalia es, de hecho, el carácter más saliente de aquella Bestia del Apocalipsis, enemiga de Dios y de sus santos.

Tan relevante y de tantas consecuencias es la quiebra de la soberanía suprema del pontífice, o al menos la erosión sistemática de su dignidad, que podrían reconducirse todos los cismas y herejías, en su común motivo impulsor, al rechazo del principio monárquico que anima a la Iglesia. Porque el organismo teológico en pleno se funda en el principio de autoridad, y éste encarna precisamente en aquel a quien Cristo confió las llaves del Reino. Así es como el cisma griego fue preparado, mucho antes de la cuestión del Filioque, por repetidas réplicas al Primado. Y así es como, a instancias de la lógica perversa del naturalismo tan agresivamente en vigor, se consuma el rechazo del Unum que san Agustín asumió del mejor Plotino para aplicarlo al ser inefable de Dios Padre, Causa de la unidad de todas las cosas, de quien el Hijo Unigénito es reflejo e impronta, y a quien a su vez representa Pedro, sumo e infalible doctor.


miércoles, 12 de marzo de 2014

EL SIGNO DE JONÁS

Es perceptible la analogía entre la primera ausencia del Señor, para resucitar al tercer día de su Pasión, y la segunda (visible) ausencia, que ya frisa en el tercer día milenario, si nos atenemos al testimonio del salmista («mil años en tu presencia son un ayer que pasó», Ps 89, 4), con ulterior referencia petrina («para el Señor, un día es como mil años y mil años como un día», II Pe 3,8). ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura / que no les sea enojos?, le cantó el poeta a la Ascensión.

Los últimos tiempos, como llama el Apóstol a los sucesivos a la Redención, son -por fuerza, y a medida que van rodando los siglos- los de un acrecerse las ansias en unos, y en otros los de ir culpablemente deponiendo toda esperanza. Hace ya cuatrocientos años, aquel personaje de Quevedo sentado en una mesa de apuestas, reconociendo esquiva la fortuna, supo quejarse de que «nuestras cartas eran como el Mesías, que nunca venían y las aguárdabamos siempre». Para unos y otros, en fin, y con muy distinto provecho, nuestros tiempos son como el signo de Jonás.

Como bóveda de tinieblas o al modo del vientre de un cetáceo, así de circumenvueltos se hallan los hombres, sabedores o no de su dolencia, hasta que del Oriente despunte la Aurora. Se come y se bebe, se compra y se vende sin apenas advertir la hosquedad de la atmósfera y la umbría que se cierne a manos llenas. El declinar seguro de la fe y de la razón contribuyó a desandar ese paso decidido -correlativo, a su manera y en la conciencia creada, al opus distinctionis por el que el Creador separó de una vez para siempre la luz de las tinieblas-, ese paso que no puede ensayarse sin evitar una penosa y repulsiva reintegración en el caos.

Lo peor es que los ministros de la Palabra, como aquel Buscón de nuestras letras, se han persuadido de que su Amo «tarda en llegar» (Lc 12, 45), y al modo de esos buhoneros que mercan docenas de once, empiezan por sisarle una iota y una tilde al Magisterio, y a retacearle luego sin el menor rubor algún entero artículo, hasta someter al Evangelio, con el pretexto de la "pastoral adecuada al contexto histórico", al caos en que devino el mundo, caos -por carácter propio, y valga la paradoja: el caos, por situarse en el dominio de lo informe, no puede tener "carácter"- sin distinciones ni contornos. Fue justamente Jonás quien se refirió a los ninivitas como a «hombres que no saben dónde está su izquierda y su derecha» (Jon 4,11).

El signo de Jonás, el de la ausencia de Dios y de la oscuridad impenetrable: ése es el que están abonando nuestros pastores, los que confraternizan con los lobos. Los que plebiscitan la moral evangélica con consultas a todo el orbe neo-católico, con miras al sínodo próximo de previsibles conclusiones. Los que, como Francisco, visiblemente obstinado en graficar para la Iglesia aquello de que «el pez se pudre por la cabeza», anuncian por boca del enésimo cardenal complaciente que se pretende «"estudiar" las uniones homosexuales para "entender" las razones que han llevado a algunos países a legalizarlas». Sí, no caben dudas: Jonás yace en lo hondo del sepulcro, custodiado por una cohorte de guardias copiosamente sobornados (con prebendas, con aplausos) para que, si esto fuera posible, no despierte.


jueves, 6 de marzo de 2014

¿HACIA LA RABINIZACIÓN DE LA IGLESIA?

«Y si el ministerio de muerte, grabado en letras sobre piedras, fue glorioso hasta no poder mirar los israelitas al rostro de Moisés a causa del resplandor que era pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del espíritu! Si, pues, glorioso fue el ministerio de condenación, ¡cuánto lo superará en gloria el ministerio de justicia! Más aún: lo que bajo este aspecto fue glorioso en aquel ministerio, ni siquiera merece tenerse en cuenta comparado con la gloria supereminente» (II Cor 3,7 ss.)

¡Cuánta razón tuvo san Pío X al llamar al modernismo «síntesis de todas las herejías»! En palabras de aquel santo pontífice, «si alguno se hubiera propuesto concentrar el jugo y la sangre de todos los errores que fueron expresados hasta el día de hoy acerca de la fe, no hubiera podido de veras hacerlo mejor que como lo hicieron los modernistas». Tan es así que, si bien resulta fácil rastrear los antecedentes inmediatos del modernismo en el agnosticismo de matriz kantiana, o en el racionalismo, o incluso en el vitalismo filosófico y la exaltación del élan vital, mucho menos evidente a primera vista resulta reconocer el estímulo brindado por las tesis modernistas a las tenues brasas de aquellos viejos errores que, a su solo soplo, volvieron sorprendentemente a encenderse para chamuscar las inteligencias.

No sabemos si el papa Sarto habrá tenido en mente, en esa concentración alquímica de todos los errores que supo denunciar en la Pascendi, a una de estas remotas soterradas herejías, hoy resurgida al modo como los prestidigitadores sacan conejos de sus galeras: la de los judaizantes, la primera que azotó a la Iglesia y -según algunas voces proféticas- la última que hará su aparición, a los fines de arrastrar a los bautizados al servicio del «Otro». Debió ser especialmente virulento aquel peligro como para urgir la convocatoria del primer Concilio (según consta en el capítulo 15 de los Hechos) y para impeler a Pablo a reprender en público a Pedro por sus ambigüedades en el tratamiento de la cuestión (Ga 2,11 ss.). Los apóstoles pronto debieron comprender, a despecho de su propio natural y de sus hábitos incluso mentales, que alentar una reducción judaica del cristianismo equivale a cambiar lo más por lo menos, y que esto constituye una injuria gravísima para con la Redención obrada sólo por Cristo según los misteriosos designios de Dios. Como no menos debieron entender el peligro real de infiltración judía, según es patente en Ga 2, 4, cuando el Apóstol se refiere a «los falsos hermanos intrusos, los cuales secretamente se habían introducido para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de esclavizarnos».

La Sinagoga, de entrada no más, no conoció otros modos para con la Iglesia que el espionaje y la persecución, y no deja de sorprender el paralelismo entre aquel primer Vicario que, reincidiendo en la triple negación de su Maestro, se apartó de su trato inicial con los gentiles «por temor a los de la circuncisión» (Ga 2, 12) y las más recientes efusiones de ese indecoroso melindre con que los papas postconciliares -motivados posiblemente por una cobardía inicial mal combatida- agasajaron ya sin pudor alguno a la perfidia rabínica. Huelga aclarar que ambas cobardías cumplieron muy distintos derroteros: la una hacia el llanto amargo de la contrición, culminante al término de la vida en testimonio de sangre, y la otra elevada esta vez a sistema, vuelta motor y nervio del más indecoroso irenismo, convertida al fin en intrepidez desacratoria.

Entre la variación de la doctrina perenne cristalizada en la Nostra Aetate (variación irreconocible para el común de los fieles, poco ejercitados en la reflexión de su propia fe), entre el ephod vestido furtivamente por Paulo VI y la hoy frecuente y ostentosa cesión de nuestros templos a los judíos para celebrar "liturgias interreligiosas" o el otorgamiento, en universidades católicas, de doctorados honoris causa a rabinos reincidentes en el atávico desprecio de los suyos al Crucificado, entre uno y otro jalón, decimos, se advierte el tránsito del cripto-judaísmo a la más descarada y pública contaminación sincrética. Y se comprueba, en sus trágicos efectos, cuánto hayan convergido la conocida agresividad de la Sinagoga por neutralizar toda presencia de Cristo en el mundo y, a instancias del virus modernista, aquello que De Mattei llama la «des-helenización del cristianismo», esto es, la remoción de los fundamentos metafísicos expresados en su teología y en la filosofía escolástica, de derivación platónica y aristotélica. Este último vaciamiento debió favorecer grandemente aquel funesto trasiego.

Un botón de muestra desde Milán, donde otrora brilló aquel mismo san Ambrosio que supo definir a la Sinagoga como «una casa de impiedad, un receptáculo de maldades condenado por Dios»: allí el desmadre judaizante de nuestros días queda gráficamente atestiguado por Andrea Cavallieri, quien, respondiendo a una invitación a visitar una librería de Ediciones Paulinas en su ciudad, comprueba que una de las dos vidrieras del local exhibe al menos 50 (cincuenta) títulos sobre la Shoa. «No doy el nombre del informador, para ahorrarle el proceso inquisitorial que -infaltablemente en esta sazón- golpea a quien defiende la ortodoxia católica» (Ver original aquí).



De lo que se trata es del avance fatal del colonialismo espiritual talmúdico ante la desbandada de nuestros pastores. Aquel mismo enemigo que, ufanándose antaño de su exclusivismo -y despreciando la nota de catolicidad de la Iglesia- viró táctica, tras luenga y pesarosa diáspora, y ahora apuesta a judaizarlo todo. El programa ya lo expuso hace casi cien años Vladimir Rabinovich (a) Rabi: «los judíos son el único pueblo cosmopolita, y, como tales, deben –y en realidad lo hacen- actuar como un disolvente de toda raza y nacionalidad. El gran ideal del judaísmo no es que algún día todos los judíos se reúnan en una esquina del mundo para separarse, sino que el mundo entero esté imbuido de enseñanzas judías, y que entonces en una hermandad universal de naciones –en realidad un judaísmo difuso- todas las razas y religiones separadas desaparezcan. Van más allá. Con sus actividades científicas y literarias, con su supremacía en todos los sectores de la vida pública, están preparando para fundir pensamientos y sistemas que no son judíos o que no corresponden a modelos judíos». A éstos también los increpa el Señor, como bien consta: «¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, lo hacéis hijo de la Gehenna dos veces más que vosotros!» (Mt 23,14)

Francisco, inclinándose como un junco ante Shimon Peres
El pontificado de Francisco, también en esto, no hace sino profundizar en el descamino emprendido hace cincuenta años. La estrenua búsqueda de un difuso «denominador común» con los de la Sinagoga (llámese Antigua Alianza, valores éticos, monoteísmo de cuño semítico, etc.) podrá servir como ardid diplomático, como momentánea pipa (del opio) de la paz, pero constituye una grave afrenta a la Verdad. En estos tráficos, quien medra a la postre es el Talmud. La «Iglesia pobre para los pobres» (pobre en la manifestación del culto, pobre en disciplina eclesiástica, pobre en coherencia con los principios de la fe, pobre en vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, incapaz de alentar el menor motivo de credibilidad en quienes pudieran sentirse llamados a la conversión) y el adulterio público y reiterado con los sanhedritas, han logrado prodigiosamente revivir aquella -es expresión de san Jerónimo- haeresis sceleratissima herida de muerte hace quince siglos: la de los ebionitas, impulsores -entre los cristianos- del pauperismo al par que de la no-caducidad de los ritos y leyes judías. Así de asombrosa es la persistencia del error, nunca completamente vencido en este valle de suspiros.

A este paso, la menorah sustituirá pronto al crucifijo en nuestros altares. Y asistiremos acaso a misas celebradas bajo tierra.


lunes, 3 de marzo de 2014

A UN AÑO DEL PONTIFICADO DE FRANCISCO


por Antonio Caponnetto

[Nota: recibimos del propio autor, muy agradecidos por la confianza y el privilegio que se nos otorga de reproducirla aquí, esta nota que amplía y retoca otra homónima aparecida recientemente en Cabildo nº 107 (enero-febrero 2014). Que sea para provecho de nuestros lectores y de la Santa Iglesia]



A UN AÑO DEL PONTIFICADO DE FRANCISCO


El próximo 19 de marzo, Festividad de San José, se cumple un año de la asunción pontificia del Cardenal Bergoglio.

Otros estarán capacitados para hacer un balance exhaustivo, completo y erudito. Lo esperamos con necesidad espiritual. Otros no querrán hacerlo, limitándose a un aséptico encogimiento de hombros, a una aprobación irrestricta y apriori de carácter papolátrico o a una condena en bloque de todos sus dichos y quehaceres; y otros –me temo que los más- se desvivirán en panegíricos de burdo tinte mundano, como ya viene sucediendo para desconcierto de la católica grey, pues tales encomios gozan del beneplácito del homenajeado, o al menos de su tácita aquiescencia. Lo que no resulta aconsejable para ninguna práctica de la tan declamada humildad.

«Sono finite le carnevalate!»
De mi parte –y hablo deliberadamente en primera persona, pues no quiero involucrar a nadie en este juicio- debo decir, con genuino dolor de súbdito, que lo que he podido analizar objetivamente hasta hoy confirma y potencia cuanto escribí en su momento en mi obra La Iglesia traicionada, editada en el año 2010.

En efecto, el Cardenal Bergoglio, devenido ya en el Pontífice Francisco, es un hombre que conspira contra la Verdad. Y lo hace de los cuatro modos posible más comunes: por vía de la mentira, del error, de la confusión y de la ignorancia. 

Como los ejemplos se multiplican, para nuestra hiriente desazón y pesadumbre impar, sólo pondremos un caso: su tratamiento de la cuestión judía. Y como este tratamiento tiene su vez un sinfín de facetas –desde dedicarles públicas ternezas a los hebreos que a otros católicos se les niega, hasta permitirles sus ritos cultuales en el Vaticano, acompañando activamente los mismos; desde remitirles misivas con un afecto no simétrico hacia los descalificados por “cristianos restauracionistas”, hasta felicitarlos por sus fiestas, aunque ellas supongan la virtual negación de Cristo como Mesías- nos limitaremos a lo enseñado en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium; esto es, a una expresión formal, institucional y oficial de su magisterio petrino.

-Es mentira que la Alianza entre Dios y el pueblo judío “jamás ha sido revocada” (Evangelii Gaudium, 247). Se prueba de muchas y complementarias formas –yendo a los Padres, a los Doctores, a los Santos, a las encíclicas, los concilios, las bulas, los textos litúrgicos, a Tomás de Aquino y al Catecismo de primeras nociones- pero está dicho en la Sagrada Escritura, sin posibilidades de equívoco. De modo expreso, por ejemplo en Hebreos 8,6-9: “porque ellos no permanecieron fieles a mi alianza, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor”. “Mirad, días vendrán, dice el Señor, en que concluiré una alianza nueva con la Casa de Israel y con la Casa de Judá, no conforme a la alianza que concerté con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto” (Jeremías, 31, 31-34). Y de modo no menos expreso, pero con lenguaje simbólico, queda probado en la Parábola de la Higuera Estéril o de Los viñadores Homicidas. 

No; es exactamente al revés: la Alianza fue revocada; lo que no quiere decir –como bien lo explica el Apóstol- que la misericordia de Dios no pueda reinjertar a los israelitas contritos, conversos y vueltos humildemente hacia el Autor de la Vida que “matasteis” (Hechos 3,13-15) y al Señor de la Gloria que “crucificasteis” (I Cor.2,8). Se supone que para eso estábamos hasta hoy, entre otras cosas, los católicos, para procurar la conversión de los judíos, no para mantenerlos en sus idolatrías, agasajándolos con comida kosher.

-Es error sostener que “creemos juntos [católicos y judíos] en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos [los judíos] la común Palabra revelada” (Evangelii Gaudium, 247).

El único Dios que actúa en la historia es Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Ni un catecúmeno de parroquia barrial puede desconocer que los judíos no creen en la Santa Trinidad, ni en Jesucristo como verdadero Dios Hijo del Padre. Y no pueden creerlo, precisamente porque rechazan una parte sustancial de la “Palabra revelada” que es el Nuevo Testamento. La “común Palabra revelada” que podríamos tener, si por ella se alude al universo veterotestamentario, está toda ordenada, encaminada y dirigida a la aceptación de Cristo, como desde siempre enseñó el Magisterio. Luego, al negar los judíos su natural y sobrenatural coronación y desenlace, deja de ser un patrimonio “común”. Por el contrario, se convierte en crucial y dramática divisoria de aguas.

-Es confusión afirmar que “si bien algunas convicciones cristianas son inaceptables para el Judaísmo”, igual podemos “compartir muchas convicciones éticas y la común preocupación por la justicia y el desarrollo de los pueblos” (Evangelii Gaudium, 249). La confusión es presentar “las convicciones cristianas” con un cierto aire de lamento o de reproche hacia las mismas, por no permitir una comunión más plena y totalizadora con los israelitas. La confusión es partir de la base de que “las inaceptables” para el Judaísmo, son “algunas” de nuestras “conviciones”, y no las formulaciones dogmáticas del Credo, empezando por la que dice: “Et in Iesum Christum, filium eius unicum, Dominum Nostrum”. La confusión es pensar que “la común preocupación por la justicia” se puede mantener en pie si el Verdadero Dios no es la fuente y la razón de la Justicia; si las “convicciones éticas” no remiten del ethos al nomos y al logos divinos de Jesucristo. La confusión es hablar del “desarrollo de los pueblos” como supuesto factor de unidad, cuando no es ni puede ser el mismo el concepto de desarrollo popular para quien niega o acepta la Reyecía Social de Jesucristo. La confusión es pensar que podemos obrar en común en acciones inmanentes y temporales, cuando nos separan tajantes e irrevocables diferencias trascendentes e intemporales. La confusión, en suma, es no queder advertir ni manifestar que esas obstaculizantes convicciones no son materia opinable. Han sido pagadas al altísimo precio de la sangre derramada en el Calvario. Efusión en la cual, los judíos, cumplieron y cumplen el trágico protagonismo de verdugos.

-Es ignorancia “lamentar sincera y amargamente las terribles persecuciones de las que fueron y son objeto [los judíos], particularmente aquellas que involucran o involucraron a cristianos (Evangelii Gaudium, 248). Es ignorancia de los innúmeros fraudes con que han enmascarado y enmascaran esas presuntas persecuciones. Es ignorancia de la peligrosa teología dogmática hebrea sobre el holocausto, que destrona a Cristo como víctima para colocarlo como victimario. Es ignorancia del carácter teórico y práctico de persecutores activos que han ejercido los hebreos contra los cristianos, y que aún hasta hoy siguen ejerciendo. Es ignorancia del historial de crímenes y de latrocinios mediante los cuales Israel se constituyó en Poder Mundial. Es ignorancia de las Actas de los Mártires, de los Hechos de los Apóstoles y del santoral pasado y presente que incluye un sinfín de víctimas de la vesania judía. Es ignorancia incluso de que la plana mayor del judaísmo “argentino”, recibida cordialísimamente por el Papa, no sólo representa las antípodas de un supuesto ideal de Iglesia de los pobres, puesto que sus miembros constituyen una voraz oligarquía, persecutora y expoliadora de los que menos tienen, sino que es responsable ineludible de un sinfín de ataques y de vejámenes a las instituciones y tradiciones cristianas de la patria. ¡Cuánto habría que decir al respecto! ¡Y cuánto de lo sucedido recientemente por culpa y causa de ellos! ¡Qué cantidad de imperdonables olvidos comete Francisco frente a estos personajes siniestros, al sentarlos a su mesa sin pedirles el más mínimo acto de contrición por la larga lista de iniquidades perpetradas!
Mentira, error, confusión e ignorancia. Se analice el tema que se analizare, tras un año de pontificado, estas son las cuatro y trágicas notas dominantes que aparecen. Quede en claro que hemos tomado apenas un ejemplo representativo. Tomar el conjunto demandaría mucho más que esta nota. No nos place ser cronistas de la apostasía; quisiéramos acaso merecer el anhelo de ser testigos de la Verdad.




Respuestas rápidas a preguntas difíciles

¿Quiere decirse con lo antedicho que no hubo nada bueno durante este año de Pontificado? 

Cuanto de bueno se hizo o se pudo haber dicho no lo ignoramos ni nos cerramos a que se nos lo haga notar. Mucho menos juzgamos intenciones, y en absoluto es éste un juicio al Papado o ad personam. El que no quiera entender la diferencia es, redondamente, un necio. Sólo vemos con dolor y preocupación la prevalencia de las funestas notas características ya enunciadas. Prevalencia recurrente, dañina y generalizada. A la par que “lo bueno” ejecutado es lo que obviamente se supone que, como mínimo, debe manifestar un Pontífice o cualquier bautizado fiel. De todos modos, enbuenahora puedan señalarse bondades; y no nos las quite el Señor. Antes bien las incremente.

¿Basta esta constatación real o potencial de lo bueno para tranquilizar las conciencias?

Conformarse cada vez con menos es el principio del pecado de la tibieza, según Santo Tomás. Mala cosa si hemos llegado al punto de darnos por satisfecho porque el Papa aún sigue rezando el rosario. Mala cosa si, en virtud de este conformismo absurdo, seguimos callando lo que indefectiblemente ha de ser dicho. Mala y pésima cosa si seguimos forzando la hermenéutica de la continuidad, allí donde se manifieste la alevosa, culpable y patética ruptura. Si hay algo que ya no se soporta es el malabarismo de aquellos que –a veces con santo afán, otras con irresponsable torpeza- siguen haciendo de cuenta que todo cuanto acontece en Roma es normal y corriente. Como si el anuncio del Anticristo y de sus fieras propedéuticas fuera un cuento de los hermanos Grimm. Tampoco se soporta la irresponsabilidad de los otros que ven al mismísimo demonio tras absolutamente todos y cualesquiera de los detalles de cuanto acontece hoy en el Vaticano. Que haya entrado el humo de Satán y que no se haya declarado su expulsión ni constatado su retirada, es una cosa. Y gravísima, por decir lo menos. Pero de allí tampoco se sigue que hay un diablo escondido tras cada pliego de los cortinados curiales.

¿Pero algunos o todos estos extravíos señalados no vienen de lejos, o de las últimas décadas, y aún del pontificado de Benedicto XVI?

Por cierto que sí. Lamentablemente así son las cosas; aunque lo legítimo sería matizar juicios y lo prudente graduar responsabilidades con sumo cuidado. Mas en este año transcurrido los tales extravíos se han exacerbado, radicalizado y popularizado, y han gozado de la horrorosa pleitesía y de los aplausos del mundo y de la Jerarquía Eclesiástica como nunca antes. De allí la perentoriedad e inevitabilidad de referirnos al tema, con tono imprecatorio y urgido. Por eso, es cierto, no es ésta la primera vez que hablamos; y es de temer que no podrá ser la última.

¿Nosotros somos la derecha yanki que acusa al Papa de comunista? 

No; que no se nos confunda con liberales asustados ni con modernistas prudentosos, ni con conservadores escandalizados, ni con arqueologistas de la Fe o neoconservadores de sus prebendas. Ojalá el Papa hablara más y mejor sobre las verdaderas raíces teológicas y los auténticos reponsables del Imperialismo Internacional del Dinero, al que supo referirse Pío XI. Ojalá se diera cuenta de que su denostada usura la practican aquellos a los que sienta a su mesa, kipá insolente en ristre. Ojalá tumbara con el cayado firme en la diestra a tantos calvinistas santones encerrados en prelaturas y a tantos fabricantes de vocaciones que terminan siendo mercaderes de conciencias y de patrimonios. 

Pero la verdad es que, al menos y en principio, desde una perspectiva católico-argentina (legítima perspectiva, porque Francisco no es un ser desgajado de nacionalidad y hace lo posible para que se note), el Papa obra como lo que se conoce técnicamente “un compañero de ruta” del Comunismo. Basta leer la obra de Nello Scavo, La lista de Bergoglio. O de considerar la actitud conciliadora y amable que tiene para con la tiranía marxista de los Kirchner, cada vez más culpable de corrupciones múltiples y de ideologismos castristas. Su conducta en este ámbito, como en otros análogos, puede ser calificada de escandalosa, a fuer de oportunista, de contemporizadora con lo políticamente correcto y de tolerante frente a descarados agentes del gramscismo. No hay representante destacado de las izquierdas nativas o internacionales que no haya encontrado un interlocutor válido y un hospitalario anfitrión en Francisco. Y hasta no hay degenerado multimediático o estulto futbolero que no haya sido acogido en su regazo. Los réprobos parecen ser quienes queremos estar en las antípodas, o a quienes él juzga como tales. Hasta ridiculizaciones o desaires públicos les ha aplicado en ocasiones, faltando a la mentada misericordia.

¿Hay antecedentes de pontífices tan malencaminados? 

Unos cuantos a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Quien estudie, por ejemplo, el llamado Siglo de Hierro, difícilmente entenderá cómo la Barca sobrevivió a tamaños desafueros.

¿Pero no eran sólo desarreglos morales el de aquellos Papas, dejando a salvo la integridad doctrinal?

No necesariamente fue así. Varios de esos pontífices que consumaron acciones malas, las hacían porque primero había en ellos una traición a la doctrina católica. Erraron en sus actos porque traicionaron enseñanzas, definiciones, doctrinas y principios de la Iglesia. Incluso principios ortodoxos por ellos mismos definidos. El Magisterio quedó comprometido, la Fe lastimada. Y hasta sucedió en ocasiones lo predicho por Nuestro Señor: “heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt. 26,31).

¿Esto no es "mal de muchos consuelo de zonzos"? 

No; esto es tomar a la historia como maestra de vida, a la esperanza como guía insustituible; y es no olvidarse de dos promesas del Señor. Una, que rezaría por Pedro para que no desfalleciera su Fe. Otra, que las fuerzas del infierno no prevalecerán. Creemos firmísimamente en ambas promesas de Jesucristo.

¿Francisco responde a un plan para destruir a la Iglesia?

No puede extrañar que haya más de un plan atentatorio contra la Esposa de Cristo. Se conocen unos cuantos a lo largo de la historia y del presente, y rechazar su existencia por el sólo prurito anti-conspirativista sería tan desacertado como ver un complot en cada solapa tenuemente levantada.

Hay al respecto un hecho que llama la atención. Tiene su fuente precisa y pública de documentación. El artículo The word from Rome, de John Allen Jr., aparecido en The National Catholic Reporter, el 21 de enero de 2005.
Rabbí Francisco y sus talmúdicos contertulios

Sucedió que uno de los más encumbrados rabinos de Israel, Joseph Ehrenkranz, tuvo a su cargo la co-organización de un encuentro judeo-católico, que se llevó a cabo en Roma primero,con la anuencia y la bendición presencial de Juan Pablo II, y en Auschwitz después, con la comitiva orando y comiendo en común. Los obispos católicos asignados al suceso estaban presididos por el Cardenal Keeler, de Baltimore y el Arzobispo Timothy Dolan, de Milwaukee. Vuelta la singular entente judeo-católica a Roma, fue recibida y agasajaga por la Comunidad de San Egidio. Allí entonces, y a modo de epítome del extraño tour, tomó la palabra el susodicho Ehrenkranz, y dijo: a)que sería difícil mantener esta unión judeo-católica tras la muerte de Juan Pablo II, pues habría que hallar a alguien "con su misma sensibilidad" al respecto; b)que la hipótesis de un futuro Papa latinoamericano dificultaría algo más el proyecto, pues los latinoamericanos están menos experimentados en estos diálogos; c)que "una excepción, sin embargo, sería el Cardenal Jorge Bergoglio, el Cardenal jesuita de Buenos Aires" (sic).

La conclusión parece obvia. Ocho años antes de que el Cónclave lo eligiera Papa, el Kahal ya había puesto sus esperanzas en él.Y dos cosas tristes no deberían dejar de decirse aquí: que el Kahal no ha sido nunca ajeno a los planes contra la Iglesia; y que, a juzgar por las evidencias diarias, los altos mandos judíos y masones están conformes con la gestión del Papa Francisco. Al menos hasta este primer aniversario de su nombramiento.

¿Se puede decir que Francisco es un hereje? 

San Pío X, en la pregunta 229 de su Catecismo Mayor, nos dice que el hereje es el que niega "las definiciones ex catedra del Papa", o el que "rehusa con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de Fe por la Iglesia, por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas protestantes". Según esta definición, Francisco no ha negado hasta ahora una definición ex catedra, como la Asuncion de María a los Cielos, ni alguno de los 14 artículos del Credo,como la creencia en la resurrección de la carne, ni alguna verdad revelada como el misterio de la Trinidad. Ergo, llamémoslo con palabras duras y veraces, pero en principio no estaría imposibilitado de ser Papa por ser hereje, según la tradicional doctrina católica. 

Es cierto no obstante que el Cardenal Bergoglio, en tanto tal, arrastra un triste historial de promoción de heterodoxias y de sincretismos desconcertantes cuanto funestos, y que el festival babilónico de la inter-religiosidad lo ha tenido como partícipe activo. Y es cierto que también dice San Pío X (Pregunta 177 de su Catecismo Mayor) que "los que rechazan las definiciones de la Iglesia, pierden la Fe y se hacen herejes". Con lo que no resultaría impropio llamarlo a Francisco heretizante y sujeto en tan delicado terreno a rodar cuesta abajo, hacia una pendiente aún más escabrosa. No lo permita Dios, y oremos devotamente por ello, pero tómese cabal conciencia de la delicada situación que vivimos al tener a un hombre con estos atributos en la Sede de Pedro. 

La Sede, entonces, estaría privada de un Papa sabio, ortodoxo, defensor de la integridad de la Fe y de la recta y segura doctrina católica, apostólica y romana. También de un Papa con talante señorial y jerárquico, pero ese es otro tema. Es demasiado lo predicho como para permanecer mudo o indiferente. Es demasiado como para no dar, filial y amorosamente, la voz de alarma. Es demasiado como para no irrumpir en llanto. Y por si nadie lo ha advertido, de eso se trata: de la inefable tristeza que expresara el Dante con su famoso verso:”¡oh navecilla mía, que mal cargas!”. “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas” (Lc. 21,28). Procuramos tomar este consejo del Señor y cumplirlo; pero al levantar la cabeza no se nos pida que la mirada no esté nublada por el llanto.Somos peregrinos esperanzados, no titanes insensatamente triunfalistas.

¿Cabe una lectura parusíaca de cuanto ocurre?

Creemos firmemente que sí, y lo hemos escrito en ocasiones. Aunque pocos al respecto más entonados que Federico Mihura Seeber para dilucidar estos aspectos. La posibilidad de estar viviendo en la Iglesia de Laodicea no es un despropósito. La posibilidad de la presencia del Anticristo entre nosotros, y de sus anunciantes, servidores o preparadores del terreno, aún entre los primeros dignatarios eclesiásticos o empezando por ellos, tampoco. Decir tales cosas no es ser pesimista ni aguafiestas (a no ser que echemos agua a la fiesta del mundo, en cuyo caso estaríamos cumpliendo con nuestro deber). Muchísimas veces recordamos con Castellani que el Apocalipsis no es una novela de terror sino un libro de Esperanza. Es hora de poner en práctica este dictus castellaniano.


Epílogo galeato

Recuerdo, a modo de cierre, que esta es una nota periodística escrita a título personal. No es el dictamen de una Junta de Teólogos ni el motu proprio de una Sagrada Congregación, sino la opinión de un laico católico, perplejo y dolorido por cuanto ocurre. Si falla mi juicio y con razones se me enmienda, los argumentos rectificatorios no me hallarán indócil. Pero no discutiré más con papólatras obtusos, ni con los defensores de lo indefendible, ni con los que dan lecciones de “extremo coraje” o “suprema coherencia” amparados en el anonimato, ni con chiquilines o maduros que no entienden ni atienden. Si más no digo en mis exposiciones sobre estos temas, no es porque me paralice alguna debilidad, de las tantas que humanamente pueden quebrarme. Es, sencillamente, porque sólo sostengo aquello de lo que me cabe el más seguro convencimiento posible, intelectual y moral.

A mí –de carne y hueso, de nombre y apellido, de cara públicamente expuesta- me persiguen los obispos putoides, el curerío felón y las sedes episcopales capturadas por inauditos malandras. A mi, supuesto línea media según los paladines del inquieto mouse, me guillotinan los libros para que no circulen (hablo sin metáforas), me cierran las parroquias para que no disponga de ámbitos católicos desde los cuales expresarme, y hasta me llegan amenazas larvadas de excomuniones diocesanas. No obstante, temo más a convertirme en un perro mudo que a la jauría eclesial, cebada hoy y dispuesta a las peores mordeduras.

Aconsejo rezar piadosamente por el Papa. Rezar hasta el alba y rezar durante el día entero. Pedir por la rectitud de sus intenciones y de sus resoluciones. Conservar la cabeza sobre los hombros, sin ceder a las tentaciones de los que se han fabricado una eclesiología propia. Priorizar la vida contemplativa. Participar de la belleza litúrgica. Implorar al Cielo un cambio de rumbo. Aceptar la voluntad de Dios si nos ha tocado enfrentar un tiempo de apostasía. Gritar entonces desde los tejados todo lo que corresponda para salvar el honor de la verdad, hoy conculcada y vilipendiada. Cumplir con las obras de misericordia, para que no pueda acusársenos de desoír la voz de quien con todo derecho nos lo pide. Perder el miedo a ser tomado de desobediente o de alarmista. Y sobre todo, no dejarse vencer por la mentira, el error, la ignorancia y la confusión. 

Permítaseme elevar, una vez más, como lo hice un año atrás, ante la extraña dimisión de Benedicto XVI, esta


Oración a San Pedro

Ecclesia mergi non potest
San Agustín, Sermón 252

Tenías puesto un mote pero te fue cambiado,
ya no el Simón hebreo: quien oye y obedece,
las manos que religan los nombres y el destino, 
te bautizaron roca, la que no se estremece.


Tenías por la sangre un firme apelativo,
aquel que de Jonás se origina y procede
pero quien iba a darte el pábilo y la lumbre
te dio por nombradía la piedra que no cede.


Tenías una patria, en la agreste Betsaida
conminada a la pena de cilicio y ceniza,
pero un nuevo linaje te darían en Roma,
el gallo por escudo, las llaves por divisa.


Tenías un oficio en playas galileas
donde redes y peces se batían en lucha,
pero te fue quitado, y otra barca sin anclas
desde entonces tus voces obedece y escucha.


Tenías una espada que equivocó el momento
de talar enemigos o imponer la justicia,
te alistaron en cambio ejércitos perennes,
la invisible victoria de la aérea milicia.


Tenías una vida de nauta sin borrascas
-las orillas seguras, el velamen riente-
pero te fue exigido navegar mar adentro
y enfrentar al que brama como león rugiente.


Tenías una muerte previsible, serena,
tal vez en una noche de musical adagio,
te pidieron la sangre clavado a la madera,
Orígenes lo cuenta, lo pintó Caravaggio.


Tenías la exigencia del amor navegante
seguro en la cubierta, casi un gesto cobarde,
te volvieron testigo del Amor abrasado,
un amor que tres veces te examina en la tarde.


Nombre, patria u oficio; espada, vida y muerte,
la calma de la arena o la sombra de un cedro,
la juventud viajera, la vejez peregrina,
desde que fuiste Suyo, nada fue tuyo, Pedro.


Danos en esta hora de vigilia y quebranto
la esperanza de un puerto, el frescor del olivo,
sotérrense las puertas del infierno y se escuche:
¡Señor, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo!



Caravaggio, Martirio de San Pedro



jueves, 27 de febrero de 2014

INTRIGAS Y HEDOR PERSISTENTES JUNTO AL TÍBER

Pese a las densas sombras que destila este intraducible pontificado, será siempre saludable revisar una y otra vez las parciales conclusiones a que nos insta. Es ejercicio que obliga a cualquiera que acometa la tarea intelectual el volver sobre los propios pasos para contemplar críticamente las propias deducciones -no al modo de la corrosiva duda metódica, que conduce al escepticismo estéril, sino a la manera de aquel a quien urge una premura de esclarecimiento y de consolidación.

Y no habrá dificultad en admitir que la aversión que nos inspiran los modos y el estilo del pontífice reinante no recae, al menos en lo inmediato y patente, en materia de gravedad insalvable. Su mediocridad y chabacanería, su lisonja a las turbas y a los poderosos del mundo, aunque ciertamente repulsivos, no bastarían por sí mismos a señalar el carácter último, el meollo de su pontificado. Al fin de cuentas, y para mayor zozobra de la Nave de Pedro, hubo papas sobremanera veleidosos, hubo papas nepotistas y aun fornicarios. Papas malhablados al modo de Francisco debió haberlos, y quizás no pocos, sin que esto afectara la veneración incondicional que los fieles dispersos por el mundo (que jamás vendrían en conocimiento de sus mañas) les profesaban como a sucesores del Príncipe de los Apóstoles. Es cierto que, en atención a unos tiempos en los que los medios de masas ventilan incluso los estornudos y los regüeldos de las celebridades, el Papa debería guardar mayor discreción al hablar, pero -y a esto queremos llegar, a los fines de atravesar lo anecdótico- las botaratadas verbales de Francisco, espontáneas o estudiadas que sean, merecen estudiarse como epifenómenos o rasgos de males más profundos.

Explayémonos: no es novedad que no haya sanciones para los clérigos que enseñan doctrinas notoriamente erróneas: esta permisibilidad tiene tantos años como el post-concilio. Lo que resulta casi novedoso es que, habiendo en la Iglesia vía libre para atacar, v. g., a la institución del papado, los que cuestionan a la sola persona del papa reinante, poniéndose voluntariamente al margen de la machacante adulación intra y extra-eclesial, se hagan sujetos de una purga implacable. En nuestra entrada anterior, luego de recordar a tres brillantes intelectuales que fueron cesanteados en sus funciones en una radio católica italiana (a instancias, es de temer, de la declamada misericordia de Francisco, de quien éstos se mostraban razonablemente críticos), dimos cuenta de un artículo de un monje español que sufrió parejo amordazamiento. Pues bien, ahora le llega puntualmente el turno a Antonio Margheriti Mastino, que vierte de sólito sus artículos en el sitio www.papalepapale.com.

Beniamino Stella: el hombre acecha
Desconocemos si se trata de un episodio de autocensura, de censura sin más, de coacción, amenaza o qué diantres. El caso es que el autor, habiendo obtenido sus datos de una fuente confiable (confiable y vaticana, de un alto prelado ganoso de destapar pucheros), tuvo a bien trazar un sucinto retrato del entonces inminente nuevo cardenal Beniamino Stella, que en setiembre pasado había sido designado por Francisco al frente de la Congregación para el Clero en reemplazo del cardenal Mauro Piacenza, en una embestida que los ganapanes encomendados por sus respectivos medios de prensa en la Santa Sede (llamados, con eufemismo, vaticanistas) no dudaron en interpretar como la «ofensiva de Francisco contra los conservadores», como para dar una idea de la dirección que cobraba de ora en más aquel dicasterio. El artículo en cuestión, de muy evocativo título («Brilla una estrella [Stella] en la cima de la pirámide vaticana: el Benjamín [Beniamino] del papa»), que ya no puede consultarse en el sitio de publicación original (aquí), por haber sido puesto fuera de órbita, tampoco puede leerse en un blogue que lo ofrecía resumido (aquí), por haber sido puesto fuera de combate. Por fortuna un tertium quid de sugerente alias, Acta Apostaticae Sedis, al que no deben entrarle las largas garras de la política curialesca, tuvo el buen recaudo de reproducirlo íntegro. De allí transcribiremos, traducidos a nuestra lengua, unos pocos pasajes que bastarán a evidenciar, junto con la ferocidad de una censura cada vez más decidida, la vigencia nauseante y acrecida de aquellos mismos males que Francisco se ufana de querer extirpar.

¿Quién es esta Su Eminencia Reverendísima, que pasó «de la noche a la mañana de gris rector de la Academia Eclesiástica, en la que estaba aparcado en espera de la jubilación y donde se forman los futuros nuncios apostólicos, a nada menos que prefecto de la Congregación para el Clero, él que no hizo nunca de cura en su vida»? A lo que parece, y en punto a méritos intelectuales, resulta uno incapaz de saber «ni siquiera lo que sean los sinónimos. Repite las mismas palabras en cada frase y difícilmente, es más, jamás usa términos latinos (...) Por lo demás, emplea una fraseología diplomática tendiente al posibilismo, a la persuasión, gusta empezar cada frase suya con un condicional y evita cuidadosamente frases directas, quizás consideradas por él demasiado "duras"...». Hasta aquí, un prelado de los tantos que cunden en la primavera de la Iglesia. Se diría un facsímil de Bergoglio. Pero acá, contenidas en un embalaje de tan parvo lustre, acá llegan las sorpresas.

«Uno podría pensar que ha sido el Secretario de Estado, Parolin, quien le dijera al Papa que nombrase a su viejo amigo Stella en el vértice de la Congregación para el Clero, pero en cambio es cierto lo contrario: ha sido Stella quien se jugó alma y vida con el Papa para hacer que lo nombrara a Parolin, uno de los tantos nuncios del mundo, que no era ni siquiera cardenal (y que, según su misma confesión, sólo una vez en la vida se había encontrado con Bergoglio), al más alto cargo vaticano. Porque si no lo habéis comprendido aún, es Stella quien se halla en el vértice de la pirámide, es él quien maniobra con todo y dispone los nombramientos, tiene facultad de vida o muerte sobre enteras legiones de carreras eclesiásticas, es él quien a esta altura ya es miembro de todas las congregaciones vaticanas (...) Es él quien está también detrás del nombramiento del cardenal Lorenzo Baldisseri (¡qué casualidad, también diplomático!) como Secretario del Sínodo.
Stella ha sido, por lo tanto, el máximo fautor de la designación de Parolin desde la misma elección de Francisco: él mismo lo indicó apertis verbis en el primer coloquio oficial con el nuevo papa Francisco, el 6 de junio. Digo "oficial" porque en realidad había habido otros, de incógnito, y en el momento más delicado, no con el papa sino con el cardenal Bergoglio, antes de la clausura del cónclave. Me lo confirma la misma fuente episcopal con una irónica interrogación retórica: "¿usted sabe ciertamente que Su Eminencia Bergoglio se encontró varias veces con Stella en las semanas previas al cónclave, y entre ellas la última fue justo mientras se abrían las puertas del cónclave?"
No, naturalmente no lo sé. "Y de hecho nadie, o por mejor decir, poquísimos lo saben". ¿Cómo puede ser que nadie haya visto a Bergoglio, un papable durante la sede vacante -o sea, uno que era especialmente observado- entrar nada menos que a la fábrica de los nuncios y los arzobispos a reunirse con el Star? Ésta mi ingenua pregunta. Simplemente parece que se llegó en horarios en los que no había nadie en el portón de ingreso, salvo acaso una única vez. Pero esa "vez" alcanzó para hacer saber a quien debía saber, especialmente después del resultado del cónclave. Que fue una bendición también para el "visitado": el nuevo Star del Vaticano, el Benjamín del papa. Entonces Bergoglio creía entrar sin ser visto.
Pero, ¿qué es lo que iba a hacer Bergoglio, de incógnito, al despacho de Stella? ¡Bah! ¿Y en qué horarios iba, para ser precisos? El primer día del cónclave acudió, entonces, por última vez. Hubo una tarde, y una noche luego de cenar, al menos según las ocasiones que se comentan por ahí. Pero, en todo caso, la pregunta que cuenta es otra: ¿no parece extraño que uno como Bergoglio, con su estilo, su idiosincracia "anticortesana" y "antimundana", envíe justamente a la Academia, el templo de la "mundanidad espiritual", a un cura suyo? ¿No enviaste a nadie en veinte años, y lo envías en el "fin" de tu carrera? Y por colmo te allegas tú mismo a la Academia, y no para encontrar a los curas que enviaste desde Buenos Aires.
Pero, ¿qué quería, entonces, de Stella? ¿Porqué toda esta confidencialidad con un diplomático? Parece que ambos se conocieron en América Latina, quizás justamente en Aparecida (...) Pero una cosa es segura como la muerte: sobre el "final" de su carrera Bergoglio envió a Roma a varios curas suyos para prepararlos para "algo", aparte de para informarse acerca de los asuntos romanos, sobre todo de la "cháchara" curial, que no desdeñaba saber, y aun, se dice, lo divertía. Y bromeando, bromeando, se sabe, se "aprende". Y quizás los curas de Bergoglio le hayan contado sobre él a Stella, el futuro prefecto de la Congregación del Clero y deus ex machina del Vaticano».
Stella con el papa que había previsto
La personalidad del Jerarca aparece envuelta en sombras, indescifrable. Tanto como su carrera, muy poco nota por lo demás. Aquí otra semejanza con Bergoglio. «¿Ha manifestado alguna vez ideas eclesiológicas particulares? Difícil de decir. No es tipo de manifestarse a sí mismo: por la educación recibida como por la carrera que se impuso, sería la ruina (...) No habla, deja que sean los otros los que hablen, quizás lanzando alguna carnada de manera tendenciosa, sobre este o aquel sector neurálgico, para cosechar la reacción, para examinar la fidelidad, para explorar la eventual imprudente oposición. Jano bifronte, no hace ni dice nada sino para tener información...»
«Todo esto no hace de Stella un guardián del orden; del suyo sí, en todo caso, pero no del orden general de la Iglesia. No es en modo alguno imparcial como parece. Ningún hombre neutral podría vivir en esos ambientes: un simulador sí, pero no un hombre puro. Stella es lo contrario: parcial y partisano, favorece más bien a las personas que quiere más que a las merecedoras (pero, por lo demás, el Vaticano es el Edén de los "típicos recomendados", donde más que las cualidades cuentan las fidelidades individuales, las relaciones fiduciarias, las intimidades corporativas, las complicidades de cordada), y lo está demostrando también en su nuevo rol de prefecto de una de las más importantes congregaciones».
La correspondencia con Bergoglio sigue siendo estrecha, casi digna de hacerse apéndice a las «Vidas paralelas» de Plutarco. Y acá viene la parte decididamente repugnante de la historia, suficiente a explicar desde el riñón mismo de su gobierno la deriva descendente de la Iglesia. Resulta que las delegaciones diplomáticas de la Santa Sede reconocen distintas categorías según los destinos misionales posibles, siendo la más rutilante, como es de prever, la de los países centrales, los económicamente ricos. Allí fueron sistemáticamente a parar, desde hace unos cuantos años, aquellos que fueron los favoritos de Stella durante el período en que éste estuvo al frente de la Academia Pontificia Eclesiástica, la institución que forma a los que trabajarán en las nunciaturas. Estos validos del neo-cardenal no tenían por qué ser «una tibia de santo, ni astros de inteligencia, ni unos ases en los estudios. Y de hecho el problema es que, en ciertos casos, los "favoritos" eran justamente los peores entre los alumnos. Fuera sólo éste el problema: parece que alguno de estos ilustrísimos cadetes habría sido enviado a la Academia por el propio obispo para tenerlo lejos de la diócesis: tenerlo consigo equivalía a colocar una bomba de relojería en el tabernáculo de la catedral. Por sospechas e incluso por acusaciones verdaderas y probadas, del género de las hoy más peligrosas (pero por ahora no podemos decir más). Y qué casualidad, con el clásico método del promoveatur ut removeatur se lo enviaba a la Academia. Donde ha "brillado" por la luz refleja propia de los "pupilos" nacidos bajo una buena Estrella [Stella] por la borricada, la incontinencia sobre cuyo género será laudable callar. Tanto tronó que llovió: con un tal curriculum un "pupilo" de Stella puede muy bien, no obstante todo, adjudicarse en el primer round la misión diplomática más ambicionada y suculenta. Pero como enseña el Evangelio, "las prostitutas se os adelantarán en el Reino de los Cielos", aunque también en la tierra, según parece».
«Quizá sea justamente para evitar curiosidades "peligrosas" e incidentes con los alumnos (del tipo, qué se yo, de uno que espigara los singulares nombres y descubriera incluso que es refugium peccatorum más bien que de schola diplomaticorum), quizás sea por esto (es más: es cierto) que la Academia Eclesiástica, en el sitio oficial vaticano, ha decidido no actualizar la lista de sus alumnos que, nótese el caso, permanece fija nada menos que en el año 2002, es decir, doce años atrás: una era geológica, que ha visto pasar tres pontificados.
Pregunto a mi excelente interlocutor acerca del sucesor de Beniamino Stella en la presidencia de la Pontificia Academia Eclesiástica (...) "Uno del cual debes siempre guardar tus espaldas", y ríe groseramente, y también su secretario, "sobre todo si lo precedes en las escaleras" (...) El hecho es que Gianpiero Gloder ha sido recientemente consagrado arzobispo por el papa Francisco, quizás el primero que consagra. Tiene 55 años y un curriculum asaz escaso como para acceder  tanta gloria, a la cabeza de la Pontificia Academia Eclesiástica, sucediendo a Stella. 
Aun no habiendo cumplido una misión en el extranjero (menos de dos años en Guatemala), devino presidente. Era hasta hace poco el ecónomo de la Academia (2001-2008) cuando, nótese bien, ha sido puesto desde el 2005 ¿a hacer qué...? Esto es lo más importante... como cabeza de la Oficina para los asuntos especiales, justo justo cuando Ratzinger se convirtió en el Papa. Pero en realidad, ¿qué hacía ahí? Corregía desde un punto de vista "político" los discursos del Papa (...) ¿Pensáis que haya hecho un buen trabajo para merecer una tan fulminante promoción en aquella que (jerárquicamente hablando) puede considerarse una sede de excelencia? ¿Qué concluimos, pues? Que tiene amigos muy poderosos, de otra manera no habría permanecido en el exterior poco menos de un año. Sobre todo tiene un mérito, el más grande, como para convertirlo en un astro naciente: que ha manipulado los discursos políticos de Benedicto como para ser, de hecho, la causa de los tropiezos y de los peores incidentes diplomáticos de aquel pontificado. O mejor: simplemente no los ha controlado o no ha querido modificarlos, el hecho está en que, políticamente, los problemas de los discursos de Benedicto eran sus problemas. No resueltos. No por nada hizo carrera. Ha nacido bajo una buena Estrella».
Devastación sin tregua



viernes, 21 de febrero de 2014

AMORDAZANTE BUENISMO

Hay una relación insoluble, que responde a la naturaleza misma de las cosas, entre demagogia y despotismo. Entre el líder lisonjero y las turbas que lo aclaman se entabla una empatía fundada en la común aversión a la verdad, a la integridad del bien, a toda forma de pureza y plenitud. Egotismo reflejo, indecoroso "toma y daca" hecho de gestos y alusiones epidérmicas capaces de ocultar sus reales y vergonzosas aspiraciones, las muchedumbres ululantes y aquel que deviene a la vez su heraldo y su verdugo suelen requerir algún sacrificio expiatorio. «Scitis quia hi qui videntur principari gentibus, dominantur eis» (Mc 10,42).

Los líderes ungidos por el clamor de las turbas descastadas suelen padecer de una sed de absoluto a la inversa, renunciatarios del duc in altum a trueque de la exploración de los abismos. Alcáncense o no las cotas irremontables, las «profundidades de Satanás» que dice la Escritura, queda siempre la posibilidad de acorralar al justo y amordazar al profeta: son todas variantes del ofrecimiento a Moloch. El «giro antropológico» del Vaticano II lo pudo: junto con ascenso de los menos dignos y el que la tumefacción fuera celebrada con vivas, se fue logrando, a ojos vista, la inmolación ritual de los aguafiestas.

La intrepidez, como el sol, no ha de faltar muy largamente, y aun en estación tan plomiza el Señor tendrá a bien desatar la lengua de aquellos que, al modo de Quevedo, sean capaces de desafiar a los hodiernos Olivares:
no he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo
pero la Iglesia de masas disimula sus horrores disfrazando de harapientos a sus conde-duques, nimbándolos con una apariencia de austeridad que entraña la rapiña más desbordada. La Iglesia sine nobilitate de Bergoglio (esto es, la que desprecia los signos visibles de la dignidad de sus ministros, depone paramentos pontificios y hace lepra de la curia y roña de las prelaturas), la Iglesia de los heresiarcas arribistas, la neo-Iglesia que niega la dignidad del cargo para proponer el culto a la persona, triunfalista si las hay, no carece de recursos para apagarle el micrófono a Gnocchi y Palmaro y, más recientemente y como es noto, a De Mattei, si sus preocupaciones por el rumbo que se le ha impreso al gobierno de la Nave resultan expuestas con acuidad y buen tino. Y tienen el descaro de pregonar el buenismo. Francamente, ni siquiera interesa saber quién dio la orden: el espíritu es uno y común a súbditos y a superiores, como en las tiranías. Por otro lado ya se sabe, desde los primeros tiempos de la Iglesia, que vendrían tiempos «en que no se podrá sufrir la sana doctrina» (II Tim 4,3).

Ni el solideo ya le queda
Este es el carácter "latinoamericano", de tiranuelos, que Bergoglio lleva al gobierno de la Iglesia, e increíblemente recibe el respaldo del Viejo Mundo. Recuerda a la admiración que los graeculi de las postrimerías dispensaban a los mismos bárbaros a los que antaño despreciaban, quizás porque reconocían en la rusticidad de éstos al menos alguna traza del vigor y la vitalidad que ellos habían perdido en su paulatina decadencia.

Gracias al aporte de nuestra amiga Maite C. publicamos, para rescatarlo de una censura cruel y sin miramientos, un artículo aparecido el pasado 11 de febrero en un espacio virtual que se suma a la ristra de los amordazados por la "pauta oficial", a saber: http://valdejimena-horcajo.blogspot.com, ya inhallable. El autor, un anónimo monje benedictino, repasa las aporías aún no resueltas que planteó hace un año la dimisión de Benedicto XVI y las vincula con algunas profecías privadas bastante divulgadas por estos días. Es mérito de este ignoto autor el volver a llamar la atención sobre el hipotético y no expresado móvil de la renuncia de Ratzinger, y sobre una irregularidad notoria en la declaración del deponente pontífice, que viciaría radicalmente el acto de renuncia. Estas cosas fueron señaladas en su momento sin que nunca se ofreciera una explicación convincente a las mismas (incluyendo la presunta violación de los precintos que sellaban las cámaras pontificias durante el cónclave, de que dimos cuenta aquí), y sin embargo perdura en el éter el ostinato de la elección "canónicamente válida". No nos arrogamos aventurar una conclusión sobre un asunto que nos excede ampliamente: simplemente nos negamos a simular que sea normal la permanencia de dos Papas en Roma, tanto como la unánime aclamación que recibe aquel que ejerce el "ministerio activo" por parte de los enemigos seculares de la Iglesia. Todo en medio de la más ostensible dilapidación del depositum fidei y de la persecución más sañuda a quienes manifiestan públicamente su perplejidad.


♦ ♦ ♦


SE CUMPLE UN AÑO DE LA DIMISIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Y LA CRISTIANDAD SIGUE ESTUPEFACTA




San Francisco de Asís:
“Habrá un Papa electo no canónicamente que causará un gran cisma”.

Ana Catalina Emmerick, religiosa agustina:
“Vi una fuerte oposición entre dos Papas, y vi cuan funestas serán las consecuencias de la falsa iglesia (…) Esto causará el cisma más grande que se haya visto en el mundo"

La Santísima Virgen dijo explícitamente en La Salette: 
“Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del anticristo”.

El Papa Benedicto XVI dio a conocer a la Iglesia su renuncia el lunes 11 de febrero de 2013. Ese día leyó una Declaratio que surtió efecto, por deseo suyo, el 28 de febrero a las 8:00 de la tarde. Sin embargo, la decisión de renunciar la tomó con un mes y medio de antelación. Antes de las Navidades de 2012, y con motivo del expediente que le fue entregado el 17 de diciembre, llegó a la conclusión de que era mejor hacerse a un lado por el bien de la Iglesia. De esa decisión fueron testigos su hermano, el Padre George Ratzinger, y otros prelados cercanos al Papa, tal y como lo declaró el Cardenal de Barcelona Lluis Martínez Sistach. 
El expediente que le llevó a renunciar fue elaborado por la comisión de tres cardenales que el Papa nombró para investigar el origen de la filtración de documentos confidenciales conocida como “Vatileaks”. 
Pero es lógico que al Papa no le preocupaban tanto los documentos publicados en el libro “Sua Santità”, escrito por Gianluigi Nuzzi, sino uno específico filtrado directamente al periódico “Il Fatto Quotidiano”, y es el que le entregó personalmente el Cardenal Darío Castrillón, traducido al alemán, y que se refiere al conocimiento que tuvo el Cardenal de Palermo, Paolo Romeo, de que existía un complot para asesinar al Papa. 
El expediente que le entregaron a Benedicto XVI los cardenales Herranz, Tomko y De Giorgi, con la investigación sobre el complot para asesinarlo, llevó al Papa a imaginar el terremoto que su muerte hubiera ocasionado a la Iglesia, desatando una pugna infernal de influencias y maniobras turbias derivadas de los antagonismos internos de la curia de cara a la sucesión. No por temor a la muerte, sino por el posible daño a la Iglesia, el Papa decidió que mejor era retirarse para desmontar las amenazas y adelantar una sucesión pacífica. 
En un Informe que elaboró el sacerdote jesuita Arnaldo Zenteno, publicado el 9 de abril de 2013 en grupobasesfys.blogspot.mx, señala lo siguiente en el número 3): 
“En el encuentro almuerzo con Benedicto XVI en Castel Gandolfo, este le confió al Papa Francisco que una de las causas que influyeron en su renuncia eran las amenazas que recibió y por temor a ser envenenado, pues ya se había tomado la decisión de matarlo, por lo que Benedicto XVI en una jugada para neutralizar ese atentado contra su vida, hace pública su renuncia con lo cual desarmó el intento de matarlo”. 
En este sentido, si bien es cierto que el Papa declaró renunciar “libremente”, el hecho es que en mayor o menor medida fue forzado por la presión de una acometida, por lo que su libertad, según la doctrina canónica, fue condicionada in radice. Si bien el Papa tomó la decisión de renunciar de acuerdo a las facultades que le concede el Código de Derecho Canónico, la tomó bajo la coacción de una violencia moral, lo cual, según el No. 125 del mismo Código, invalida desde la raíz la decisión última y hace inválido el acto. Es como quien libremente decide casarse pero, si hay ocultos presión, miedo o engaño, el matrimonio es nulo por inexistencia, aunque se haya expresado públicamente un compromiso manifiestamente “libre”. 
Hay que reconocer que si bien la Iglesia ha considerado siempre una ley sagrada que la elección del Papa es ad vitam, es bueno que el Derecho Canónico contemple la posibilidad de la renuncia para casos de extrema gravedad, como puede ser el exilio, la persecución u otra causa grave. En este sentido, la renuncia prevista en el Canon 332 del C.D.C. es como una puerta de salida de emergencia, y es conveniente que exista, tanto así que le ayudó a Benedicto XVI a huir de la amenaza que se cernía sobre su persona y sobre la Iglesia, a pesar de que él era consciente, máxime con el ejemplo heroico de su antecesor, de que la elección papal es ad vitam y no es negociable, como tampoco pueden ser negociables sus cláusulas. 
Además, hay un elemento adicional al de la presión, para afirmar que la renuncia de Benedicto XVI fue inválida, y es la evidencia de que en el decreto leído por el Papa no existió renuncia legítima alguna debido a un error en latín. 
En la Declaratio de la “renuncia” del Papa Benedicto XVI, tal y como fue oficialmente difundido por el Vaticano y publicado en L´Osservatore Romano, existe un solecismo muy evidente, es decir, un error sintáctico que consiste en poner de forma incorrecta los elementos de una frase. 
En la parte medular de la renuncia se lee: “declaro me ministerio Episcopi Romae Successoris Sancti Petri, mihi per manus Cardinalium die 19 aprilis MMV commissum renuntiare” (en español: “yo declaro renunciar al ministerio de Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, que me ha sido confiado por las manos de los cardenales el 19 de abril de 2005″). Esa frase es totalmente ininteligible, al contener un error gramatical, pues commissum, que depende de ministerio, es complemento del verbo renuntiare, por lo cual debería estar en dativo, en concordancia con él, es decir, debería decir commisso. 
Ahora bien, en derecho canónico, todo escrito legislativo que contenga una falta de latín es nulo. Ya el Papa San Gregorio VII (cfr. Registrum 1.33) declaró nulo un privilegio acordado a un monasterio por su predecesor Alejandro II, “en razón de la corrupción de la latinidad”.
Otro ejemplo. En la epístola decretal Ad audientiam, del Papa Lucio III, que se encuentra en el cuerpo del derecho canónico (cfr. Epístolas decretales de Gregorio IX, de Rescriptis, c. XI) se establece que “la falsa latinidad invalida un rescrito papal”. En ese decreto, el Papa prohibió dar crédito a cualquier documento pontificio “si contiene una falta de construcción evidente”. La glosa (en el texto oficial publicado por orden del Papa Gregorio XIII, en 1582) explica porqué un decreto papal no debe contener ninguna falta, y porqué cualquier error de latín constituye tal presunción de nulidad que ninguna prueba en sentido contrario puede ser admitida. 
Afirmar que un decreto es nulo no significa que necesariamente se trate de un documento falso, pero si revela un error que puede ser manifiesto o subrepticio. Es decir, el Papa Benedicto XVI pudo haberlo redactado con descuido, o cubriendo un verdadero mensaje oculto al haber sido la renuncia realizada bajo presión. Lo primero resulta bastante inverosímil, pues es de suponer que un texto tan importante fue revisado por el Papa no una sino varias veces. 
En conclusión, no parece que el error de latín cometido por Benedicto XVI haya sido una indolencia, sino un propósito intencional, lo cual nos estaría hablando no solo de la nulidad absoluta del decreto pontificio, lo cual es un hecho, sino también de la presión por la que fue motivado, así como de la puerta trasera que el Papa Benedicto quiso dejar abierta. 
 Natalia Tsarkova,  retratista oficial de los pontífices, desconcertada ante los Dos Papas
Lo cierto es que, a partir del 13 de marzo de 2013 comenzaron a cumplirse las profecías que hablan de “Dos Papas en Roma”, existiendo oficialmente uno emérito y otro en funciones. Jamás en la historia de la Iglesia se ha dado esta situación, predicha por santos y místicos, y es muy difícil que vuelva a suceder. 
Lo grave es que, según las profecías y revelaciones privadas, cuando haya dos Papas en Roma (pueden ser los actuales u otros dos en el futuro) habrá un cisma en la Iglesia, una división ocasionada por una herejía del Papa ilegítimo y la reacción del verdadero Vicario de Cristo, el cual alzará la voz para denunciar la apostasía. En ese momento, habrá una repentina invasión de Rusia sobre Europa, en coincidencia con la Guerra de Ezequiel (Ez 38), que consiste en el ataque de Rusia y países árabes en contra de Israel. Entonces, el Papa legítimo será perseguido y tendrá que huir de Roma para refugiarse, mientras que el antipapa se quedará gobernando la Iglesia apoyando la falsa paz, la sacrílega unificación de las religiones. Esa falsa paz será el soporte religioso del gobierno mundial del anticristo. El antipapa traicionará la fe aceptando la coalición de todos los credos y renunciando a la propia identidad católica.

Y hay otras muchas revelaciones privadas y anuncios de jerarcas de la Iglesia:
• Dice el P. Paul Kramer: “El antipapa y sus colaboradores apóstatas serán, como dijo la Hermana Lucía, partidarios del demonio, los que trabajarán para el mal sin tener miedo de nada”.
• Dio a conocer el Papa San Pio X: “He tenido una visión terrible: no sé si seré yo o uno de mis sucesores, pero vi a un Papa huyendo de Roma entre los cadáveres de sus hermanos. Él se refugiará de incógnito en alguna parte y después de breve tiempo morirá una muerte cruel”.

• Juan de Rocapartida: “Al acercarse el Fin de los Tiempos, el Papa y sus cardenales habrán de huir de Roma en trágicas consecuencias hacia un lugar donde permanecerán sin ser reconocidos, y el Papa sufrirá una muerte cruel en el exilio”.



martes, 18 de febrero de 2014

CAMBIO CLIMÁTICO Y ESPERANZA CRISTIANA

Robert Hugh Benson
Un artículo publicado recientemente en un sitio creado en honor de R.H. Benson (http://bensonians.blogspot.com.ar/2014/01/el-cambio-climatico-en-el-senor-del.html) llama la atención sobre cierto pasaje en los capítulos finales de «Señor del mundo», pasaje que corre el riesgo de ser soslayado como mero aditamento descriptivo en la trama esjatológica de la novela, cuando en verdad no hace sino predecir el revolverse de los elementos en el embudo de la declinación última de los tiempos. Después de referirse a una desconocida Londres, con césped que amarilleaba y copas de árboles ya mustias bajo el azote de calores extremos (citaremos según la versión Castellani),
«lo que desconcertaba era el aspecto del aire, como lo que los libros viejos describían de los tiempos del reinado del humo. No había ni la frescura ni la transparencia de la mañana; era imposible apuntar en ninguna dirección el origen del pesado nublo, porque era parejo en todas partes. Incluso en el cenit faltaba el azul; parecía pintado con una brocha fangosa, y el color mostraba apenas una opaca aureola roja. Sí, pensó, esto parece uno de esos cuadros modernos; no había el tinte del misterio de una ciudad nublada, sino más bien inverosimilitud, irrealidad. Las sombras parecían carecer de límites, las figuras y los conjuntos de coherencia, como en la obra de un paisajista chabacano. Hace falta una buena tormenta, pensó; o bien, podía ser, un terremoto más en otra parte del mundo podía, en sarcástica demostración de la unidad del globo, aliviar la tensión en esta parte. Bueno, la jornada valía la pena de emprenderse, más no fuera que por el fresco y por el interés de observar los cambios climáticos...»
Tal la impresión que la naturaleza desquiciada suscita en Oliver Brand, parlamentario al servicio del tirano orbital Juliano Felsenburgh, el Anticristo. Pocas páginas después, en el asediado campamento de los santos, en Galilea, en el que hacen mora el último papa (de incógnito) y una mermadísima jerarquía y algunos monjes y fieles,
«el cielo era como un averno, negro y vacuo; no había un rayo de luz, aunque la luna seguramente había salido. Él la había visto cuatro horas antes trasponer lentamente el Tabor, una hoz roja. A través del valle, mirando desde el parapeto no había nada; pues por unas pocas yardas yacía sobre la tierra irregular un alanza quebrada de luz de un postigo mal cerrado; y debajo de ella, nada. Hacia el norte, nada tampoco; hacia el oeste un fulgor, pálido como ala de polilla, de los techados de Nazareth...»
Y aun:
«le pareció que el amanecer había llegado, pues aquel horroroso cielo era visible al fin. Una enorme bóveda, opaca y color humo, parecía curvarse hacia los espectrales horizontes a los dos lados donde las lejanas sierras alzaban sus agudos filos como recortadas en papel (...) Parecía todo irreal, como una sombría y fantástica pintura hecha por un ciegonato que nunca hubiese visto la luz. El silencio era hondo y total.»
Se advierte en estos pasajes la atención que el buen converso y novelista inglés vuelca sobre uno de los aspectos más gravosos del mundo distópico propiciado por los febriles sueños utópicos. No decimos que esta alteración de las coordenadas cósmicas sea inmediato efecto de la acción del hombre, cosa por lo demás hipotética y de comprobación acaso imposible: la tierra conoció cíclicas convulsiones mucho antes de que el hombre talara los bosques y contaminara la atmósfera. Simplemente asertamos que el cambio en los usos y costumbres, en la valoración y en los paradigmas morales de estos últimos lustros ha sido tan drástico y radical, que el «cambio climático» no hace sino y casi irónicamente acompañarlo, como un lazarillo que a su vez cojeara. Porque el hombre agrede a la naturaleza no sólo por la polución industrial, sino por la promoción de la contra-natura en todas sus repulsivas formas en vigor. Arcades ambo, y bien contemporáneos que son, resulta cuanto menos estúpido constatar la gravedad de los trastornos naturales sin siquiera reparar en la aniquilación del ethos -o en su falsificación, a expensas de una principalía del consenso.

De entre los varios signos que Jesús ofrece a los suyos como indicadores del fin de los tiempos, agrupados habitualmente bajo el membrete de Apocalypsis synoptica (a saber: aparición de falsos mesías y falsos profetas, guerras y rumores de guerra, persecución a los cristianos, fin de la ocupación gentílica de Jerusalem, señales sidéreas y telúricas varias), hay una que despunta sólo en Lucas (21, 25 ss.), y que merece especial atención en nuestros días. Dice la Vulgata:
et erunt signa in sole et luna et stellis, et in terris pressura gentium prae confusione sonitus maris et fluctuum, arescentibus hominibus prae timore et exspectatione, quae supervenient universo orbi; nam virtutes caelorum movebuntur.
La destacamos en negrita: Mateo y Marcos también hablan del oscurecimiento del sol, de la luna y las estrellas, y de la «conmoción de las columnas celestes»; no así del «estruendo del mar y de las olas», que es dato que aporta sólo Lucas. Acá también cabe reconocer correspondencias bastante estrechas entre trastornos naturales y hechos espirituales de pareja gravedad, de los que aquellos podrían ser un a modo de signos subsecuentes. El sol podrá, en efecto, oscurecerse; pero antes lo hizo el papado, con la imparable devaluación de sus signos de hito en hito (al menos desde la deposición de la tiara por Paulo VI, pasando por la renuncia de Benedicto XVI hasta alcanzar la licuefacción diaria de la dignidad pontificia en Francisco). Pulchra ut luna llamó Orígenes a la Iglesia, belleza que en nuestros días parece estribar en lo oculto, como en el novilunio. Que la luna deje de dar su esplendor no es más inadmisible que el entenebrecimiento -¡ay! ya constatado- de la misma Iglesia, llamada a reproducir la luz de Cristo. Que las estrellas caigan como fruta sobremadurada no hará sino reflejar la defección casi universal de los sacerdotes, prevista en todo su dramatismo al menos desde La Salette. Y el estruendo de las aguas y su asalto a la tierra firme no será sino paralelo a la mundanización creciente de la Iglesia, mimetismo el de ésta que no sirve a saciar la sed del mar embravecido: que lo diga la ONU si no, que ya parece lanzada a un decidido ataque a fondo contra todo lo que recuerde la soberanía del Creador sobre su entera Creación.

A la zaga de tan penoso desquicio en el orden del espíritu, la natura parece plegarse al descompás. Ya son muchas las latitudes que podrían decir, con Lucrecio y con Leopardi, que la naturaleza es más una madrastra
Olas gigantes en las costas de Albión
que una madre. Si hasta un concejal británico se animó a sugerir que las recientes inundaciones en su país se debieron a la aprobación de la ley de "matrimonio" homosexual, razón por la que fue suspendido de su partido. Causalidad no pasible de positiva comprobación, lo cierto es que en diversas partes de Europa se vivió un invierno altamente inusual, con lluvias copiosas donde correspondían nevadas, con temperaturas primaverales en la alta montaña. Estados Unidos vivió su propio destierro siberiano, con temperaturas de hasta 50º bajo cero. En nuestra pampa húmeda y en otras regiones de la Argentina, a cuarenta y cinco días sucesivos de calores agobiantes les siguió un duradero temporal, del todo impensable para el pleno verano, con inundaciones incluso en provincias de secano, como Catamarca, Mendoza y San Juan. El autor de este blogue vio hincharse el río que pasa a treinta metros de su casa, con amenaza de inundación finalmente fallida. En un área rural que conocía fenómenos semejantes con una frecuencia de 20 a 25 años, a éste le tocó sortear tres anegamientos en sólo cinco años.

Como para evidenciar la más cruda fisonomía del hombre moderno, no faltan quienes aprovechan estos castigos para salir a excursionar por las zonas siniestradas, cámara fotográfica en mano, captando ávidos el retrato de lo inverosímil que se regala a sus retinas: casas como barcos, copas de árboles peinando la corriente. Ni falta el tonto audaz que sale a montar la cresta de las olas gigantes, erguido en equilibrio sobre su leño. Es la conversión del drama en espectáculo, la garantía de que esta raza de tele-espectadores está negada al escarmiento. Tal como se lee en Apocalipsis 9, 20 ss: «los hombres que no fueron exterminados por estas plagas no se arrepintieron de las obras de sus manos, ni cesaron de adorar a los demonios (...), ni se arrepintieron de sus homicidios, de sus maleficios, de sus fornicaciones ni de sus robos».

En medio de la amenaza creciente de las fuerzas naturales y políticas desbocadas, así como el pequeño y perseverante contingente de la novela de Benson esperaba el fulmíneo bombardeo del enemigo entonando gregorianos, pluguiera a Dios que aprendamos a salmodiar con toda el alma aquello de
   no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.
Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.