martes, 24 de marzo de 2015

EL PUTSCH DE LA MISERICORDIA

Y finalmente llegó el gran golpe de efecto. De parte de un actor consumado y experto, pero sobre todo de una voluntad de hierro y un ego desmesurado.

por Patrizia Fermani
    Traducción por F.I.


Bergoglio fue llevado al balcón de las bendiciones por aquellos que pensaban que había llegado el momento de hundir finalmente la barca de Pedro. Al pueblo de Dios le bastó que le lanzasen sin costo alguno los maníes de la demagogia, aquella demagogia que después del sesenta y ocho conmovió a las clases media-altas seducidas por el pobre fingido. El amor masoquista de los sacerdotes conciliares hacia los enemigos oficiales de la Iglesia de Cristo debía ser finalmente correspondido. Así, cada maitresse à penser de Repubblica y alrededores podía gritar al mundo que la Iglesia ha muerto y luego ¡viva la nueva Iglesia!, por definición otra respecto de la anterior: exiliado un Papa, se crea una nueva Iglesia.

¿Pero en qué consiste la nueva Iglesia, ya no más católica romana? Es la que debe conquistar la primacía superando incluso al protestantismo para ponerse al servicio y a remolque del siglo. Precisamente al servicio de la ola que está arrasando una civilización junto con su religión, después de la aniquilación de la filosofía y de la estética. Sólo la moral había sobrevivido por un tiempo a la filosofía y la estética por estar ligada al espíritu de supervivencia de la sociedad y los individuos. La Iglesia oficial con su Magisterio trataba de mantener con vida a la moral cristiana, por muy debilitada que ésta estuviese. Benedicto XVI lo advirtió: si se abandonan los principios y se reemplazan con la libertad de la nada y de su horror, no se salvará nadie. Había lanzado la última alarma antes de que se desatara la guerra. Los principios se han suprimido, sustituidos por la libertad de la nada, para la nada y para su horror.

El sínodo de la familia fue establecido por Bergoglio como asamblea constituyente con la tarea de decretar el fin de la Iglesia católica, con el repudio de su enseñanza a partir de la moral de la familia. El programa de esta muerte anunciada está todo detallado en el párrafo 9 de la Relatio final del sínodo del 2014, que pasó a ser la base para el sínodo definitivo de octubre próximo. Merece una lectura cuidadosa. Leemos que se debe tener en cuenta principalmente esto: «... los individuos tienen una mayor necesidad de cuidarse a sí mismos,... de conocerse  interiormente, de vivir más en sintonía con sus propias emociones y sus sentimientos, de buscar relaciones emocionales de calidad», por las cuales «esta legítima aspiración puede estimular el deseo de comprometerse en la construcción de relaciones de donación y reciprocidad creativas, responsables y solidarias como aquellas familiares», «... el desafío para la Iglesia es el de ayudar a las parejas en la maduración de la dimensión emocional y en el desarrollo afectivo...»; y más adelante, en el párrafo 10 -que en honor a las banderas mencionará al menos al amor conyugal- se expresa la queja de que «muchos tienden a permanecer en los estadios primarios de la vida emocional y sexual».

El alcance de este pasaje representa probablemente el verdadero manifiesto de la nueva iglesia de Bergoglio, que no tiene más nada que ver con la teología y la moral católica. Es el verdadero manifiesto de una revolución que debe ser proclamada oficialmente. Aquella que suprime el alma y consagra al ídolo de la materia.

Cuando Jesús se encuentra con la mujer adúltera, no le pregunta cuál haya sido el "camino" psicológico que la condujo a la traición de su marido, cuáles fueron las pulsiones y las emociones por las que dejó llevar. No hace indagaciones psicológicas, sino que le dice simplemente: «vete y no peques más». Le ordena apelar a la voluntad y orientarla por los caminos del bien. Habla del pecado que supone la transgresión del mandamiento divino. Habla al espíritu de la mujer porque el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, tiene la capacidad de reconocer el bien y es susceptible de perseguirlo: tiene la sabiduría dada por Dios y la voluntad para hacerla fructífera. La transgresión ocurre cuando el hombre, por soberbia, piensa alcanzar una sabiduría superior a la que se le dio y ordenar su propia voluntad en una dirección opuesta a la deseada por Dios Creador y revelada por Jesús a la conciencia del hombre individual.

Así a la Iglesia le ha sido dada la tarea de perpetuar la paideia cristiana dirigida a la salvación del alma a través de la búsqueda del bien que conduce a la virtud y a la felicidad duradera, a despecho de las tentaciones y de la tiranía de la materia. La Iglesia se ha dedicado a esto durante siglos, más allá de las insuficiencias y de las caídas de sus hombres

Pero he aquí que en la visión del programa sinodal no hay nada de todo esto. No hay ninguna indicación del bien a realizar y del mal que hay que evitar, de la dirección que ha de darse a la voluntad. No consta la preocupación por la salvación de las almas, sino por el bienestar de los cuerpos y de las mentes. No hay una apelación a la razón humana conformada al logos divino revelado por Cristo, sino más bien la atención obsequiosa a lo irracional que, abandonado a sí mismo, se convierte en la anti-razón capaz de alumbrar monstruos. La Iglesia tendría que enseñar aquello que los discípulos ya saben hacer muy bien por sí mismos: secundar impulsos, buscar emociones, trocar el bien por el bienestar, dejar a un lado la razón y hacer lugar precisamente a lo irracional, como sugieren los sofistas anteriores a Sócrates y como predica el relativismo moderno. Por otra parte, incluso fuera de un punto de vista religioso, habría que recordar con Jaspers que «rebelándonos contra la razón se elude el elemento dialéctico de reflexión y se deviene bárbaros en el sentido griego de la palabra, es decir, hombres que hablan un lenguaje sin sentido. Para este tipo de irracionalidad valen las palabras de Mefistófeles: "desprecia saber y razón, facultades supremas del hombre, deja que el espíritu de mentira te enrede más y más en obras de engaño y de hechizo, y yo te tendré ya en mi manos"».

Ciertamente la barbarie posmoderna no necesitaba  estímulos "pastorales". Para ella trabajan a tiempo completo movimientos homosexualistas, pornografía y blasfemia, Marco Pannella y Bill Gates, Elton John y la OMS, el abortismo de cualquier color, la cultura de la muerte. Los frutos más recientes son aquellos innombrables de aquel tipo genial que a través de la inseminación artificial pudo producir el embarazo de su madre. Sin tener todavía el impulso -lo que sería beneficioso para ambos- de cegarse con sus propias manos como el inculpable Edipo. Y sin embargo, y a pesar de todo esto, según la visión del mundo propagada por Bergoglio y otros marcianos (en el sentido de "acuartelados en Santa Marta"), la Iglesia no debe enseñar lo que es objetivamente bueno, los comportamientos no deben estar orientados a lo que es bueno para todos y que podría ser irradiado por todos, sino que deben dirigirse a la satisfacción de todas las fuerzas que corresponden a la subjetividad irracional del hombre, al mundo de las pulsiones y de las emociones, la única lente con la que leer la realidad para adaptarla a las propias particulares exigencias. Es evidente que en este marco no hay lugar para ninguna otra norma que guíe las acciones humanas y ofrezca incluso un criterio objetivo de juicio.

Por otra parte la masa festiva, hambrienta de los maníes demagógicos, parece también totalmente inconsciente de lo que está sucediendo e incapaz de prever lo que va a pasar, entre el ruido de los medios y las voces persuasivas de aquellos sacerdotes que se sienten también felizmente liberados.

Pero algunos en la Iglesia, así como entre los fieles, han advertido la traición al Evangelio y a su Iglesia milenaria, y no quieren ser partícipes. Algunos no temen hablar alto y claro. Son hombres que no se dejan intimidar por las prepotencias patronales ni por la indolencia de sus hermanos, y tanto menos por la propaganda de régimen clérigo-comunista. Por lo que el resultado del sínodo podría darse menos por descontado que cuanto se lo haya tratado de disponer. He aquí, entonces, el golpe de mano. He aquí la idea formidable de otorgarle veste sacra al programa político revolucionario. Basta con ponerlo en la forma solemne del jubileo. Aquel que ocultará, incluso a los desconcertados y a los ignorantes o confundidos, la subversión de la misión de la Iglesia bajo una carga de pathos religioso. La misericordia de Bergoglio, la amnistía general con cancelación retroactiva del pecado, tiene que tener una veste teológica y sacra capaz de anonadar cualquier resistencia.

El Papa de los falóforos
Para las religiones primitivas la exaltación mística  representaba  también la sublimación de lo irracional y de la carnalidad. El jubileo de la misericordia de Bergoglio apunta a la sublimación de los nuevos ritos de la modernidad asumidos como ritos de la nueva Iglesia del tercer milenio, ecuménica, atea y popular, y producirá por la fuerza misma de las cosas su consagración definitiva. Un Vangi cualquiera podrá forjar a su manera la estatua de la nueva misericordia para poner en lugar del San Pedro que bendice.

La monarquía papal ha sido ya sustituida, en medio de la indiferencia general, por la dictadura papal. Una vez disuelta la asamblea constituyente, se verá. Bergoglio dice tener poco tiempo. Pero no porque, como algunos piensan, esté ya entrado en años. Piensa tener poco tiempo porque la revolución, para ser eficaz, debe jugar con el factor sorpresa, y tal vez en el intento de domesticar a los fieles y de acostumbrarlos a todo, se haya abusado un poco de las sorpresas, y hasta la náusea. Hay poco tiempo porque la resistencia, ya preparada para lo peor, quizás se esté organizando, y los frutos de la nouvelle vague vaticana empiezan a resultarles demasiado gravosos incluso a los simpatizantes de la primera hora.

Si se neutralizan de prisa las resistencias, luego con la misericordia que todo libera, que abre las puertas de la moral cristiana a la creatividad del siglo, todos se sentirán ebrios y liberados. Se podrá incluso arrasar la basílica vaticana al igual que la Bastilla, aunque hace ya tiempo, aun allí, no haya casi nadie para defenderla. Mientras tanto, el Jubileo de la Misericordia se anuncia como la Declaración de Derechos del '89: aquellos que hoy se han convertido, bajo remozados despojos, la carta del suicidio de una civilización.

sábado, 21 de marzo de 2015

UN LEMA PARA ESTE PONTIFICADO

Todos recordamos la frenética celeridad con la que el recién electo Francisco ordenó a la oficina de prensa de la Santa Sede el salir a desmentir las versiones acerca de la entrega de que habrían sido objeto dos curas jesuitas en los años del último gobierno militar de parte de su mismo superior (siendo éste el propio Bergoglio, a la sazón provincial de la Compañía en nuestras latitudes). Posiblemente no se tratara de defender la verdad de los hechos, sino la buena fama ante los hombres -y de entre éstos, especialmente los dueños de la máquina publicitaria. No sabemos en virtud de qué pacto de no-beligerancia el gobierno argentino y sus ideólogos, responsables del corrillo y de la consiguiente salpicadura de la vestidura pontifical, se llamaron a llamativo silencio respecto del incriminado, e incluso comenzaron a mostrarse con él como chanchos, como decimos en la patria de Bergoglio -es decir, con la mayor familiaridad, casi diríamos "con trato inconveniente y promiscuo". Es sabido, por lo demás, el valor que este género de sujetos atribuye a la amistad, a la lealtad recíproca, lo que vuelve ociosa cualquier conjetura ulterior. Aristóteles, en tratando de la excelencia de la φιλία, no hubiera podido elegir mejores ejemplares de esta sublime virtud que la morralla bergo-kirchnerista, de peronísima matriz.

Ahora bien: si el novel papa vio tan tempraneramente amenazada su reputación y supo acudir a la brecha sin pestañear, no ocurrió lo mismo en muchas otras ocasiones en que terceros pusieron en su boca palabras poco edificantes e incluso lesivas para los oídos piadosos que hubieran merecido una contundente desmentida (algo de esto tratamos en su momento, aquí). El último en cuestión -aún no refutado ni por Francisco ni por su benemérito trujamán, R.P. Lombardi- es el conocido amigo ateo de Bergoglio, el periodista Eugenio Scalfari, el mismísimo autor de dos desgraciadas entrevistas en las que el pontífice le surte muy poco católicas confidencias. El barbicano copista de los dislates del Santo Padre alude, en el último editorial de su diario La Repubblica, a la remozada doctrina bergogliana acerca la eternidad de las almas y del destino final de los muertos en pecado. A saber:
si el egoísmo deprime y sofoca el amor hacia los demás, ofusca la chispa divina que está dentro de él y se auto-condena. ¿Qué le sucede a esta alma apagada? ¿Será castigada? ¿Y cómo? La respuesta de Francisco es neta y clara: no hay pena sino aniquilación de aquella alma. Todas las otras participan de la beatitud de vivir en presencia del Padre. Las almas anuladas no toman parte de aquel convite: con la muerte del cuerpo su recorrido ha concluido.
Como lo recuerda Antonio Socci, la nueva lección de soteriología ya había sido oportunamente difundida por el propio Scalfari hace unos meses en otro editorial:
El Papa sostiene que si el alma de una persona se encierra en sí misma y deja de interesarse por los otros, esta alma no emite más fuerza alguna y muere. Muere antes de que muera el cuerpo, como alma deja de existir. La doctrina tradicional enseñaba que el alma es inmortal. Si muere en el pecado lo expiará después de la muerte del cuerpo. Pero para Francisco evidentemente no es así. No hay un infierno y ni siquiera un purgatorio.
Así es como, a golpe de palabrita y palabreja, la doctrina católica va enterrándose a millas de profundidad por aquellos mismos que fueron electos para defenderla y enseñarla. Como al desgaire, sin necesidad de hacer solemnes heréticas definiciones, simplemente barrenándola y socavándola a toda hora, ante el sopor de los fieles y el torpor del clero. Negando categóricamente lo que la Iglesia siempre enseñó y haciéndolo en las níveas barbas de Scalfari, en los estrados de la Civitas Hominis, entre risas y gestos igualmente premeditados.

Este extenuante pontificado agrega, de paso y para los curiosos, una nota de desconcierto relativa a la conocida profecía del Pseudo-Malaquías, que trata de la sucesión de los papas hasta el fin del mundo. En efecto, no podemos entender a qué título pueda atribuírsele a Francisco aquel In extrema persecutione sedebit... Petrus Romanus, lema que le correspondería según el orden de sus predecesores. Sí nos queda claro que, en el contexto abiertamente disruptivo de la Iglesia de los últimos cincuenta años, este papa representa una consumación que no puede quedar elidida en su lema específico. Baste señalar que el fatídico Jubileo de la Misericordia al que le plugo ahora convocar, a diferencia de los jubileos extraordinarios celebrados en precedencia, no tiene a Cristo y la Redención como motivo a celebrar sino el cincuentenario de la clausura del Concilio Vaticano II.

Nos viene a la mente aquel emperador del Sacro Imperio, Federico II Hohenstaufen (1194-1250), a quien por sus ocurrencias siempre inadecuadas a un príncipe cristiano y por su invencible afán de novedades se lo llamó Stupor mundi, el estupor del mundo. Sus recurrentes herejías le granjearon también el mote de «Anticristo», y no faltaron quienes vieron en él al typos de aquel tirano orbital de las postrimerías. Un papa de implacable verbosidad anticatólica también podría merecer el lema de Stupor mundi si al Pseudo-Malaquías se le pudiese hacer una oportuna enmienda o intercalarle algún emblema pontificio que corresponda fielmente a lo que vemos. Pero quizás le cuadre al dedillo uno como Stuprum Satanae, en atención a ese maldito infiltrado en la Iglesia cuyos humos fueron denunciados nada menos que por Paulo VI a poco de clausurar el último concilio y que no han dejado ni un momento de extenderse, dando lugar a este paroxismo del horror que padeceremos hasta que Dios diga basta.

miércoles, 11 de marzo de 2015

LA CORRIENTE CAUDALOSA DE LAS AGUAS

Como un ejercicio cuaresmal de paciencia, para despertar la conciencia de la propia parvedad, las aguas llegaron al pago, e imparables. El río, que sabe desbordarse cada tantos años y volver a su cauce en unas pocas horas, hoy adopta un comportamiento desconocido incluso a los lugareños más provectos y se mantiene muy alto durante diez días y más, creciendo pausada y sostenidamente hora tras hora, y somete campos y edificaciones a una agonía lenta y gimiente.

Ponemos el detente en los dinteles, blandimos el rosario. El agua se cierne amenazante, y por colmo e ironía no es de lluvias locales el torrente sino de vecina provincia, que vierte su demasía por los cursos excavados por natura. Pronto el río, desmadrado, pierde sus contornos, y sobre las pasturas cultivadas que ayer ondeaban hilarantes hoy se extiende una lámina de azogue turbio con peces que, arrastrados fuera del cauce mayor, quedan boqueando entre las matas. El hedor de toda la materia en descomposición que el río revuelve de su lecho y trae a flote a cada nueva embestida ofende feamente al olfato, y ya las circunspectas aves lacustres ocupan el espacio que fue de los gritones teros.

Como la naturaleza prodiga analogías con el mundo sobreterrenal y a menudo parece que pretende secretamente reflejarlo, las aguas que sorben la atención de nuestros ojos nos hablan del avance invasor que padece la Iglesia, de labrantío celestial devenida en sumidero de aguas residuales. El paludismo de las almas es la consecuencia inevitable de este campear los más pestilenciales errores, el deterioro del culto, el menoscabo de la piedad y su reversión en antropolatría. Todo obtiene su fiel correspondencia: los peces que buscan afanosamente el oxígeno faltante, aquellos que mueren sin remedio, la tufarada y turbiedad de la riada, todo admite un símil espiritual asaz reconocible que no hará falta explicitar.

El salmo dice que a causa de la oración del santo en el tiempo oportuno, «la corriente caudalosa de las aguas no lo alcanzará», in diluvio aquarum multarum, ad eum non approximabunt (31, 6). Es la lección que, referida a los apuros de la Iglesia remanente, repite en otros términos el Apocalipsis (12, 15): a la Mujer le serán otorgadas dos alas como de águila para volar al desierto, fuera del alcance del dragón, quien soltará de su boca un caudal de agua como un río para anegarla. Por lo demás, es presumible que la relación entre apostasía y catástrofes naturales no se limite a la mera alegoría, y aunque la contemporaneidad de ambos fenómenos no será nunca comprobable según el criterio de las ciencias empíricas (ante todo, el método desecha las ecuaciones expresadas en términos pertenecientes a dos órdenes distintos de realidad), la historia bíblica y la profecía sugieren acabadamente esa relación: las plagas se abatieron sobre Egipto en el momento en que el pueblo elegido sufría mayor opresión, y las plagas que anuncia el vidente de Patmos (Ap 16) corresponden a un tiempo de acrecida maldad entre los hombres («y blasfemaron contra el Dios del cielo a causa de sus dolores», y otras expresiones afines). De hecho, cunde hoy una vaga conciencia -mal expresada y peor argumentada- de que los desórdenes naturales tienen al hombre por responsable: aunque esto sea obviamente así desde la Caída, puede agravarse con el agravarse del pecado. Y difícilmente podamos suponer peor pecado que la apostasía.

Adivinando quizás el advenimiento lejano de tiempos tan dramáticos, en los que entre católicos -como entre inundados- cunde comprensible incertidumbre, san Vicente de Lérins supo proponer el remedio más adecuado, aparte del siempre oportuno de la oración incesante: «si algún contagio nuevo se esforzara en envenenar, no ya una pequeña parte de la Iglesia, sino incluso toda la Iglesia entera, entonces el deber mayor del católico será permanecer adherido a la antigüedad, que obviamente no puede ya ser seducida por ninguna novedad, por atractiva que ésta fuere». Ésta es la clave de cómo pararnos ante el aluvión que no cesa.

viernes, 6 de marzo de 2015

LA LENGUA DEL PENITENTE

  (El Miserere glosado ex abundantia cordis. De un viejo devocionario. Para los viernes de cuaresma)

  Tened piedad de mí, Dios mío; yo que soy el mayor de los pecadores, imploro vuestra gran misericordia.
  Para que me perdonéis se requiere vuestra bondad toda entera, y en su amplitud infinita fundo la esperanza del perdón.
  Borrad, Señor, mi iniquidad, y si tuviere la dicha de estar ya purificado, no obstante, lavadme todavía, purificadme mucho más.
  Bien sabéis que yo no oculto ni excuso mi pecado; continuamente lo tengo delante de mis ojos y me lo echo en cara a todas horas.
  Vos solo fuisteis testigo de mi delito; delante de Vos solo lo cometí; mas lo confieso públicamente para que justifiquéis en mí vuestra promesa de perdonar al pecador contrito, y confundáis a cuantos se atrevieren a censurar vuestra fidelidad.
  Pequé, Dios mío, mas ¿qué podía esperarse de un hombre concebido en pecado, y con tan funesta propensión al mal?
  Pero, Señor, no siempre estuvo corrompido mi corazón; en algún tiempo amasteis su sencillez y rectitud, y me revelasteis los ocultos misterios de vuestra sabiduría.
  Para hacerme de nuevo agradable a vuestros ojos, me rociaréis, Señor, con el hisopo, y seré purificado; me lavaréis y quedaré más blanco que la nieve.
  Haréis que oiga en lo íntimo de mi corazón palabras de alegría y de consuelo; y todas mis potencias desmayadas recobrarán nuevo vigor, con el secreto testimonio que me daréis de mi reconciliación con Vos.
  Apartad, Señor, la vista para no ver más mis ofensas; borradlas de modo que no comparezcan jamás a vuestros ojos.
  Renovad en mí aquella pureza de corazón, aquella rectitud de espíritu que yo tenía antes.
  No me arrojéis de vuestra presencia, y haced que siempre resplandezca sobre mí la luz de vuestro Espíritu Santo.
  Restituidme aquella alegría, prenda de mi paz con Vos; e inspiradme un espíritu de fortaleza que me confirme en el bien.
  Con eso enseñaré vuestros caminos a los pecadores, e instruidos de cuanto pueden prometerse de vuestra bondad, se convertirán a Vos.
  Vos, Dios mío, en quien he puesto toda la esperanza de mi salvación, libradme de los crueles remordimientos que me causa la memoria de la sangre que he derramado, y mi lengua cantará con júbilo vuestras misericordias.
  Vos, Dios mío, abriréis mis labios, y mi boca anunciará vuestras alabanzas.
  Si en expiación de mis delitos hubierais exigido sacrificios, gustoso os los hubiera ofrecido; mas sabiendo que no os agradarían mis holocaustos, y que el único sacrificio para aplacaros es el arrepentimiento, sólo he cuidado de llorar mi iniquidad: no despreciéis, mi Dios, un corazón contrito y humillado.
  No detengan, Señor, mis pecados el curso de vuestra bondad sobre Sión; haced que podamos edificar los muros de Jerusalén.
  Entonces aceptaréis benigno mis ofrendas y holocaustos, como sacrificios de un hombre justificado por la penitencia; y entonces también el pueblo, a mi ejemplo, cargará de víctimas vuestros altares.
  Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto
  sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in sæcula sæculorum. Amen 


Pedro de Mena. Magdalena penitente

martes, 3 de marzo de 2015

¡AY DE MÍ SI EVANGELIZARA!

Imitándose tresdobladamente a sí mismo, haciendo uso de una fraseología ramplona y previsible que no tiene nada que tributarle a ese «Dios de las sorpresas» revelado en la pensión de Santa Marta, Francisco instruyó a los obispos norteafricanos acerca de cómo arrostrar el avance de los terroristas islámicos: se trata de acoger a todos “amablemente y sin proselitismo”, demostrando que son “una iglesia con las puertas abiertas” capaces de alentar el diálogo ecuménico e interreligioso con el Islam para contribuir “a un mejor conocimiento mutuo”. Incurso en el llamado error socrático, consistente en explicar toda maldad como ignorancia (error ahora agravado por la materia de la culpa, cual es la persecución y muerte de quienes representan a Cristo a los ojos de los infieles), abundó que es “el desconocimiento [...] la fuente de tantas incomprensiones, e incluso de enfrentamientos”, perífrasis ésta que vale por degüellos y crucifixiones masivas.


Justamente por estos días se difundía la editorial de una valiosa revista digital, Radicati nella fede, que señalaba que «no será la religión de la masonería la que nos libre del Islam». No lo será sin dudas aquella pésima doctrina enseñada por buena parte de la hodierna Jerarquía eclesiástica consistente en «releer toda la Revelación, todas las verdades de fe, toda la acción pastoral y sacramental subordinándolas a la ideología de la modernidad, que en el fondo se resume en el colocar en el centro al hombre en lugar de Dios». Este «cristianismo agnóstico», viéndose forzosamente enfrentado a las hordas de Mahoma, les pide a éstas «que acepten la modernidad, que pongan en el centro a la persona en vez de Dios» a los fines de encontrar un ámbito común para el ejercicio del sobado diálogo. «El catolicismo reinterpretado a la moderna tiene el descaro de exponerse» con su verdadero rostro a los infieles, que por fuerza «comprenderán que no creemos más en Dios».

Se ha abandonado la certeza en la capacidad persuasiva de la Verdad, que conlleva su pathos y sus límpidas exigencias, a cambio del fetiche de la no-violencia, que no sirve ni siquiera para atenuar la violencia de un enemigo reo de falaces convicciones y de odio sanguinario. Y lo más paradójico es que la réplica musulmana a estas mojigaterías no se reduce sólo al uso del cuchillo, sino en ocasiones al de la mismísima razón. No sin ejercitar la fantasía, pongamos unos párrafos del ensayista persa y muslim Seyyed Hosein Nasr en boca de los yihadistas convidados por nuestros obispos al banquete del diálogo y los derechos humanos: los encapuchados, bien conocedores de lo que constituye nuestro oprobio y la causa de nuestra debilidad en enfrentarlos, podrían aducir sin disputa que
hoy en día, la discusión del concepto de libertad en Occidente está tan profundamente influida por la noción renacentista y posrenacentista del hombre como ser en rebeldía contra el cielo y dueño de la tierra, que es difícil considerar el significado de la libertad en el contexto de una civilización tradicional como la del Islam. Es necesario, por tanto, resucitar el concepto del hombre tal como lo entiende el Islam a fin de poder estudiar seriamente el significado de la libertad en el contexto islámico. Tratar de estudiar la noción de libertad en el Islam desde el punto de vista del significado que se ha atribuido a este término en Occidente a partir de la aparición del humanismo es algo que carece de sentido”. Se podría decir que la mayoría de las discusiones que se plantean en occidente sobre la libertad, versa sobre la libertad de hacer o actuar, mientras que desde el punto de vista del hombre tradicional, la forma más importante de libertad es la libertad de ser, de experimentar la pura existencia misma.
La pura libertad pertenece sólo a Dios; por lo tanto, cuanto más somos, más libres somos. Y esta intensidad en el modo de existencia sólo se puede alcanzar mediante la sumisión y la conformidad con la Voluntad de Dios, el único que es en sentido absoluto. No hay libertad posible en la huida y la rebelión contra el Principio que es la fuente ontológica de la existencia humana y que nos determina desde arriba. Rebelarse contra nuestro propio Principio ontológico en nombre de la libertad es quedar cada vez más esclavizado en el mundo de la multiplicidad y la limitación. 
Los jurisconsultos consideran la libertad humana como un resultado del abandono personal a la Voluntad divina, más bien que como un derecho personal innato. Para ellos, puesto que estamos creados por Dios y no tenemos poder para crear nada por nosotros mismos (en el sentido de la creación ex nihilo), dependemos ontológicamente de Dios y por lo tanto sólo podemos recibir lo que nos es dado por el origen de nuestro propio ser. 
Los derechos humanos son, según la charia, una consecuencia de las obligaciones humanas, y no su antecedente. Poseemos ciertas obligaciones para con Dios, la naturaleza y los demás seres humanos, todas las cuales están definidas por la charia. Como resultado del cumplimiento de estas obligaciones obtenemos ciertos derechos y libertades que, a su vez, también están definidos por la Ley divina. Los que no cumplen estas obligaciones no poseen derechos legítimos, y cualquier pretensión de libertad que expresen con respecto al entorno o a la sociedad es ilegítimo y constituye una usurpación de aquello que no les pertenece.

Exceptuando las repetidas alusiones a la charia y al Islam, son palabras que pudieran arrancarle al Señor, para nuestra renovada vergüenza, las entonces dirigidas a aquel intérprete de la Ley (Mc 12, 34): «tú no estás lejos del reino de Dios». Porque lo que es el Papa y sus colaboradores, amordazados por los respetos humanos y por lealtades contrarias al Evangelio, cabe aquello de que «ni vosotros entráis ni dejáis entrar...» (Mt 23, 13).

jueves, 26 de febrero de 2015

ISIS Y EL SUICIDIO DE OCCIDENTE

De la decadencia al suicidio de Occidente, es decir, del diagnóstico de Spengler al de Solzhenitsyn debieron correr unas pocas décadas y unas cuantas comprobaciones del agravarse el cuadro. Lo que ni el más sombrío de los pronósticos iba a prever es que el suicidio de Occidente ocurriría no por mano propia, sino -con el mayor de los cinismos- armando sicarios de ajena estirpe para tal fin. Poniéndole a Mustafá la cuchilla del carnicero entre las manos para luego ofrecerle la propia yugular, la de los propios hijos y aun la de los ancestros, si fuese posible revivirlos.

Así, y confirmando todos los rumores, por estos días se difundió la noticia del derribo, por parte de las fuerzas de defensa iraquíes, de dos aviones británicos que ministraban armas a terroristas. Esto de alimentar al ISIS será una táctica de sutilísimo maquiavelismo para mantener el caos en Medio Oriente a los fines de asegurar el negocio petrolero, según dicen diversos entendidos, presunción apuntalada por la experiencia de la inescrupulosidad que permea la política exterior de EEUU y la OTAN. Pero huelga notar, sin merma de aquello, que se trata de una pirueta de extremo riesgo, una apuesta de esas que, debido al margen de imprevisibilidad de sus consecuencias (no siempre mansamente reductibles a coordenadas económicas) asimilan al tahúr con el suicida.

Solzhenitsyn  acertó al señalar al declive del coraje como el principal de los síntomas de esa muerte anunciada del semimundo occidental: «tal descenso de la valentía se nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y causa una impresión de cobardía en toda la sociedad [...] Burócratas, políticos e intelectuales muestran esta depresión, esta pasividad y esta perplejidad en sus acciones, en sus declaraciones y más aún en sus auto-justificaciones tendientes a demostrar cuán realista, razonable, inteligente y hasta moralmente justificable resulta fundamentar políticas de Estado sobre la debilidad y la cobardía. Y este declive de la valentía es acentuado irónicamente por las explosiones ocasionales de cólera e inflexibilidad de parte de los mismos funcionarios cuando tienen que tratar con gobiernos débiles, con países que carecen de respaldo, o con corrientes desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna. Pero quedan mudos y paralizados cuando tienen que vérselas con gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con agresores y con terroristas internacionales». Es la huella que dejan en el ánimo dos siglos de liberalismo. Al ruso le faltó, con todo, aplicarle el sayo a la dirigencia vaticana, de fondillos no menos tiznados ante el peligro que los del peor de los politicastros de estas postrimerías. Ya por tercera o cuarta vez desde que se desató la crisis con estos sanguinarios se escuchó, al par del Tíber, la balada irenista de rigor: ahora fue el Secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, quien no encontró mejores paroline (palabritas) que las de «apoyar la intervención en Libia, pero bajo el paraguas de la ONU». Está claro que no son éstos tiempos de Cruzadas.

Los de ISIS reconocen la defección de los nuestros y se embravecen aún más, como demonios. No saciados de sangre, movidos por esa imbécil iconoclasia fomentada por el Corán, que los hizo un pueblo incapaz de auténticas realizaciones culturales, ahora la emprenden con el patrimonio escultórico de la civilización sumeria. Obra demoníaca si las hay: a la aniquilación del hombre por degüellos masivos y televisados le agregan la aniquilación de todo rastro suyo, de la historia, de aquello que el tiempo arrollador e inapelable había dejado respetuosamente en pie.



martes, 24 de febrero de 2015

LA INFESTACIÓN DEMOCRÁTICA DE LA IGLESIA

De las múltiples lacras que nos hereda la modernidad, de la viscosa colección de conceptos sedimentados por largos dos siglos para imponer una nueva percepción de las cosas, hay una dotada de suficiente ambigüedad como para ser invocada en multitud de situaciones, y que hace rato logró sentar sus reales en la Iglesia. Bien pronto la democracia -tal el talismán verbal- pasó de proponerse como una quizás plausible forma de gobierno a la única válida, y de allí a un dogma que trasciende con holgura las cuestiones de la representatividad y la participación política (que son las muy lícitas cuestiones que inicialmente invocan sus propugnadores, aunque entendidas con retorcimiento) para ofrecerse como un estilo de vida y aun algo más: como escudo y como proyectil dialéctico, como supercategoría intangible, como oriente criteriológico y fundamento granítico de cualquier disputa acerca de la res pública. En un mundo de opiniones y de discusiones, ésta se cuenta entre las poquísimas nociones sobre las que no lice discutir. Con razón decía Gómez Dávila que la democracia «sería una inocentada si no fuese el disfraz de una blasfemia».

Execrada ya de antiguo por el magro saldo que dejó a los atenienses, hizo falta una catástrofe histórica, un avance aluvional de lo peor del hombre merced a la Revolución para hacerla sortear el abismo de los siglos y recobrarla. No hará falta insistir en el paralelismo sofística-Ilustración para reconocer las condiciones de factibilidad de un tal régimen, el clima cultural que le es más propicio. Ni en el carácter exculpatorio de que se ha dotado al nombre "democracia", nimbándolo primero a golpe de propaganda para luego encubrir con él la efectiva leviatanización del devenir político de los pueblos. Por último, al presentarla como inexorable, se la conjugó con el fatalismo evolucionista, ofreciéndoles a nuestros contemporáneos un veneno en calculadas dosis y combinaciones, suficiente para cegarlos en orden a lo que realmente importa y al motivo último por el que se atraviesa el valle de esta vida.

Si sólo nos atuviéramos a la definición clásica del término democracia tal como nos la ofrece Aristóteles (Pol., 1279), es decir, ceñida a su significación política y sin la recarga semántica que sufre en los tiempos modernos, la veríamos como a una de las tres formas corrompidas de gobierno, coincidentes éstas en el desprecio del bien común a trueque del bien particular («la tiranía es una monarquía que mira al interés del monarca; la oligarquía, al de los bien situados en la vida; la democracia, al de los pobres». Dicho sea de paso, aquí se encuadra al dedillo la trajinada "opción preferencial por los pobres", común a Judas y al tercermundismo). Se trata, pues, de la exaltación de la parte en detrimento del todo social, una forma difusiva de hybris de connotaciones suficientemente vastas como para destruir la concordia civil. De allí que a la democracia le sea connatural la puja de partidos. Si la experiencia histórica demuestra que la ruina de las repúblicas está muy a menudo asociada a la contienda de facciones (patricios y plebeyos en la antigua Roma; güelfos y gibelinos en las ciudades itálicas de los siglos XII-XIII, luego complicada por la subdivisión en güelfos blancos y negros, etc.), la democracia moderna sistematiza estas reyertas, legalizando los partidos y organizando sus periódicas luchas. Se puede decir que, allí donde no hubiere mayores conflictos, la democracia los promueve artificialmente: hoc opus, hic labor. De hecho la lucha de clases, fogoneada por el marxismo, no había sido teorizada antes de que la burguesía cristalizara su cosmovisión en el régimen que le era más afín.


El caos retratado en las obras de El Bosco
Consecuencia de esto es la indeterminación, el movilismo, el espíritu de disputa, la quiebra del principio de autoridad, la confusión, todo ese lastre demasiado conocido en nuestros días como para detenernos en su penosa descripción. Pero el meollo nunca explicitado del concepto moderno de democracia, reacio a limitarse a la esfera de la sola política, es el del culto sacrílego del hombre, novedad inaudita que viene a confirmar la paulina profecía de la entronización del adversario de Dios que se hace pasar a sí mismo por Dios (II Tess 2,4). [Novedad inaudita, decimos, porque ni siquiera el abominable culto del hombre-Emperador, en Roma, puede comparársele. Éste, en efecto, fue instrumentado para garantizar un mínimo de unidad religiosa -y con ello de cohesión social- en un imperio abierto a todos los cultos. No se pedía, en este caso, el asentimiento de la conciencia, sino apenas alguna exigua acción cultual; en el moderno culto del hombre en abstracto -que, en concreto, supone el culto del propio yo, la divinización de la superbia vitae- la conciencia resulta informada incansablemente por la mole de sofismas que soportan idealmente el inicuo culto.] Infame culmen aquel narrado por san Pablo, cuyo éxito dependerá de la pertinacia publicística, pues lo que se busca es repetir a escala orbital y simultánea lo que en aquella ocasión en Jerusalén ante el pretorio, cuando la muchedumbre rechazó al Redentor por un bandido.

Pues bien: la máquina de la publicidad (que, conocidos los resortes psíquicos a abordar, cifra su suceso en la lisonja del vulgo) logró instalar toda suerte de premisas falsas para crear la ilusión de un orden en el caos y conducir a los hombres hacia ese fatal término de la apostasía y el desafío humano cara a Dios. Y la democracia, que antiguamente comportaba una desviación política y hoy día le agrega una antropología falaz y una tenebrosa concepción del mundo, se convierte en uno de los privilegiados arietes para alcanzar ese fin desastrado que añoran las voluntades protervas.

Para un cristiano no habría sino observar con pena y con horror este desenvolvimiento de yerros, esta caída interminable en ese abismo que san Agustín llamó civitas diaboli, consumación atroz de todo cuanto la civitas hominis representa de planificada y consecuente oposición a la gracia. Pero he aquí que lo terrible es ver crecientemente imitado el trazado urbano y la arquitectura de la ciudad maldita en aquella otra que debiera consumarse en la Jerusalem celeste. Roma devenida Babilonia, con mucha mayor semejanza que como la vio Pedro (I Pe 5, 13); Roma calcada en los planos de Sodoma.

Desde la Auctorem fidei (1794) de Pío VI, en que aquel pontífice debió arrostrar, muy en consonancia con el contemporáneo clima trasalpino, las bravatas democratizantes del Sínodo de Pistoya (que pretendía que la potestad del ministerio era comunicada por los fieles a los pastores por delegación) hasta la actualidad, la bastarda prole de Robespierre se esmeró en torcerle el rumbo a la la nave de Pedro, a menudo infiltrándose entre la tripulación, o atontando con sugestiones, con promesas y amenazas a quienes compete regular la marcha entre las olas. Y ni siquiera los papas del bisecular período se han visto libres de tropiezos, como ponderadamente lo demuestra Antonio Caponnetto en el primero de los dos tomos de La democracia: un debate pendiente (Katejon, Bs. As. 2014), en que el autor, tomando ocasión de una polémica con Héctor Hernández, despliega en uno de los capítulos una detallada muestra de la enseñanza que, desde Pío Nono hasta Pío XII, cuestiona y aun condena esa política de partidos «cuyas luchas fueron y serán para muchos pueblos una calamidad mayor que la guerra misma, que el hambre y la peste» (en palabras del papa Pacelli), lo que no impidió que varios de estos preclaros pontífices fallaran con graves consecuencias en el plano de la prudencia política, como en el desdichado Ralliement de León XIII, por el que le venía acordada legitimidad a la República Francesa nacida de la Revolución, o en la condena de la Acción Francesa por Pío XI, o en el llamado compulsivo a votar por la Democracia Cristiana en las elecciones italianas de 1948 para detener el posible triunfo comunista, maniobra impulsada ardientemente por Pío XII al punto de sacar a las monjas de su clausura y de disfrazar a los curas de paisanos para que echaran su voto a un partido que pronto mostraría su funesto rostro. [Como nota excepcional que empaña algo más que las conductas y las decisiones prácticas, colándose hasta el magisterio ordinario, Romano Amerio trae en su Iota Unum sendos discursos de Pío VII y de Pío XII: del primero -no aún Papa, sino en tanto obispo de Imola, en la Navidad de 1798-, declarando que "la forma de gobierno democrático adoptada entre nosotros no está en oposición con las máximas del Evangelio; al contrario, ésta exige todas las virtudes sublimes que no se aprenden sino en la escuela de Jesucristo" (¡¡!!), y del segundo en el mensaje de Navidad de 1944, en que la democracia era asumida nada menos que como "condición para la paz de los pueblos, para la restauración de la autoridad y para el respeto de la imagen divina en el hombre".]

Bastaban aquellos actos defectuosos que no estas impropias palabras para que a la Ostpolitik mediara un paso. Y a la enseñanza difusa por los obispos y los papas sucesivos, cada vez más aquiescentes, desde el giro antropocéntrico del último Concilio, a las veleidades sufragistas, al constitucionalismo moderno y al mito de la "soberanía popular". Afortunadamente, como bien lo reporta Caponnetto en este reciente trabajo, no faltó en la Iglesia el magisterio límpido de aquellos maestros que se encargaron de poner las cosas en su sitio en medio del naufragio: así, entre nosotros, el padre Julio Meinvielle enseñaba sin rodeos que la opción política por la democracia conduce a la «satanocracia», y Jordán Bruno Genta se servía indicar cómo «la estupidez humana ha llegado hasta en los cristianos a la idea de la inmaculada concepción del pueblo. Aislados somos pecadores; juntos, sobre todo votando, somos inmaculados». Y en tratando del plebiscito democrático y libre convocado por Pilatos, recuerda que «la multitud lo eligió a Barrabás como lo elige a Perón: es claro como la luz del día». Porque «el acto electoral es un vómito, es el perro de la Escritura que vuelve al vómito [...] Y al soberano popular, a ese monstruo, la expresión acabada de la servidumbre de las pasiones y de los apetitos del voto de esas multitudes [...] si pusieran a  un caballo de candidato, lo votan al caballo, no tengan duda».

Consumadas las acostumbradas loas a la democracia de parte de las Conferencias Episcopales, el paso que faltaba dar era hacia el interior de la Iglesia: no ya en su constitución, que ya se ha dado bastante avanzadamente con esa especie de poliarquía aviada con la creación de nuevos órganos de gobierno a instancias del Vaticano II (y profundizada dramáticamente con la novísima figura del "Papa emérito" y la convocatoria a un Consejo de cardenales para la reforma de la Curia romana), sino democratizando lo de más sagrado que cumple custodiar: la doctrina y los sacramentos.

Se sabe que el igualitarismo consagrado por la revolución democrática no se basta con la mera igualdad de los hombres ante la ley, o con la proclamación de una dignidad común a todos los individuos del género humano -que éstos son principios incuestionables para el pensamiento tradicional-, sino con la equiparación del vicio y la virtud, con la confusión y la indistinción caótica de todas las cosas. Misma corruptora deriva cabe para los promiscuos fetiches de la libertad y la fraternidad, pues la Revolución interpreta las palabras preexistentes con arreglo a un vasto plan de demolición. Para el caso acuciante de la praxis de la Iglesia, sometida a explícita agenda democratizante, The Remnant sintetiza (al tratar de la evidente dirección del pontificado de Bergoglio, con el amplio debate parlamentario -con periodistas invitados- movido en torno a la revisión de la ley divina), que «si la propuesta de Francisco [de conceder la comunión a los re-casados] es aceptada, tendrá consecuencias de alcance mucho mayor que cualquier otra manipulación post-conciliar, como la comunión en la mano o las monaguillas. Se sacudirán de un solo golpe los verdaderos pilares de la fe: la Eucaristía y el sacerdocio. La Eucaristía, cuya presencia se ha conservado a duras penas en la Nueva Misa, será profanada sistemáticamente. Y aquellos por quienes se obrará la profanación serán los mismos sacerdotes, que serán sancionados si se oponen, [al cabo de lo cual] sólo aquellos que hayan demostrado su voluntad de profanar la Santa Eucaristía serán declarados idóneos para el seminario». Esto está sucediendo de hecho, con un pontífice que ya en sus años de arzobispo porteño instaba a sus sacerdotes a conceder la comunión con la más democrática largueza, al tuntún, en ruidosas Misas al aire libre, y que repitió el experimento en las JMJ de Río con vasitos de plástico a modo de copones, y luego en Manila, con las hostias consagradas corriendo de mano en mano. Falta sólo la oficialización del desmadre.

Agudo estuvo Castellani en suponer, en su exégesis del Apocalipsis (libro que será siempre de consulta obligada cuando se quiera conocer las últimas noticias) que el nombre de la última de las Iglesias exhortadas por el ángel -correspondientes a sucesivas épocas en la historia de la Iglesia-, la Iglesia de Laodicea (de λαος, «pueblo», y δικη, «justicia» o «juicio») podía significar la Iglesia del «Juicio de las naciones» o «Juicio Final», como también del «dictamen acordado al pueblo», insinuándose así en el texto sacro la marea democrática que envolvería a la Iglesia en sus postrimerías. La imprecación que el Señor dirige a esta Iglesia, huelga recordarlo, se cuenta entre las más terribles que consten en la Escritura.