miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA HEREJÍA LUTERANA DEL PAPA FRANCISCO

por Paolo Pasqualucci
(traducción del original italiano por F.I.
fuente aquí)



Todavía tenemos presente la alabanza del Papa Francisco a Martín Lutero. El año pasado, hablando de improviso con los periodistas durante el vuelo de regreso de su visita a Armenia, en respuesta a una pregunta sobre las relaciones con los luteranos en vísperas del 500º aniversario de la Reforma, dijo las siguientes palabras, jamás desmentidas:
"Creo que las intenciones de Martin Lutero no eran equivocadas. En ese tiempo la Iglesia no era precisamente un modelo para imitar, había mundanidad, había apego al dinero y al poder. Y por eso protestó. Aparte era inteligente y dio un paso adelante, justificando por qué hizo esto. Y hoy los luteranos y los católicos, con todos los protestantes, estamos de acuerdo sobre la doctrina de la justificación: sobre este punto tan importante él no se había equivocado . Él hizo una "medicina" para la Iglesia, luego esta medicina se consolidó en un estado de cosas, una disciplina, etc. "[1].

Es difícil describir el desconcierto suscitado en ese momento por estas palabras. Con todo, cabe señalar un punto que en aquel momento no se había tenido suficientemente en cuenta. El elogio de la doctrina luterana se justificaba a los ojos del papa Francisco por el hecho de que los católicos y los protestantes de hoy "están de acuerdo sobre la doctrina de la justificación". Precisamente este acuerdo demostraría,  por consecuencia lógica, que "sobre este punto importante Lutero no estaba equivocado ". 

¿A qué acuerdo se refiere aquí el pontífice? Evidentemente a la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación , firmada por el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y la Federación Luterana Mundial el 31 de octubre de 1999. Un documento increíble, sin dudas un unicum en la historia de la Iglesia. Se enumeran artículos de fe que los católicos tendrían en común con los herejes luteranos, manteniendo veladas las diferencias y dando a entender que las condenas de antaño ¡ya no son aplicables hoy día! Es obvio que en el documento las diferencias no importan, ya que el propósito mismo del documento es poner de manifiesto los supuestos elementos en común entre nosotros y los herejes. Así, en el § 3 de esta Declaración, titulado:  La comprensión común de la justificación, se lee, en el n. 15: "Juntos confesamos que no por virtud de nuestros méritos, sino sólo por gracia y por la fe en la obra salvífica de Cristo, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo, que renueva nuestros corazones, nos fortalece y nos llama a realizar las buenas obras" [2]. En el n. 17, en el mismo párrafo, se añade, de manera siempre compartida, que "...ésta [la acción salvífica de Dios] nos dice que nosotros, en tanto pecadores, debemos nuestra nueva vida sólo a la misericordia de Dios que perdona y hace nuevas todas las cosas, misericordia que  podemos recibir sólo como don en la fe, pero que nunca y de ninguna manera podemos merecer". Y finalmente, en el n. 19 (par. 4.1)  encontramos afirmado en común y presentado como cosa obvia el principio según el cual "la justificación se da sólo por  obra de la gracia" [3].

En lo que respecta a las buenas obras, el Documento declara, en el n. 37, par. 4.7: Las buenas obras del justificado: "Juntos confesamos que las buenas obras -una vida cristiana en la fe, en la esperanza y en el amor- son la consecuencia de la justificación y representan sus frutos" [4]. Pero esta proposición es contraria al dictado del Concilio de Trento, que reafirma el carácter meritorio de las buenas obras para la vida eterna, para cuya consecución resultan necesarias.

Frente a tales afirmaciones, ¿cómo sorprenderse si el papa Francisco vino a decirnos que "en este punto importante Lutero no estaba equivocado"? ¿O bien, que la doctrina luterana de la justificación es correcta? Si no está equivocada, evidentemente es correcta; si es correcta, es justa. Tan justa como para haber sido adoptada por la Declaración Conjunta, como se desprende de los pasajes citados si se los lee tal como constan, sin dejarse condicionar por una presunción de ortodoxia doctrinal, aquí completamente fuera de lugar. De este modo, el luterano sola fide y sola gratia se comparte sin vacilaciones, al igual que la idea errónea de que las buenas obras deben entenderse sólo como consecuencia y fruto de la justificación. 

Por lo tanto, debemos proclamar en voz alta que la profesión de fe compartida con los herejes luteranos contradice abiertamente lo declarado por el dogmático Concilio de Trento al reafirmar  la doctrina católica de siempre. Al término de su decreto sobre la justificación, el 13 de enero 1547, aquel Concilio fulminó 33 anatemas con sus relativos cánones, el 9º de los cuales reza, en contra de la herejía de la sola fide :
"Si alguien dice que el impío es justificado por la fe sola, por lo que se entiende que no se espera de él nada más con lo que coopere para obtener la gracia de la justificación, y que no es en absoluto necesario que se prepare y que se disponga con un acto de su voluntad: sea anatema "[5].
Contra la herejía relacionada de la sola gratia, el canon n. 11:
"Si alguien dice que los hombres son justificados o sólo por la imputación de la justicia de Cristo, o con la sola remisión de los pecados, sin la gracia y la caridad que se derrama en sus corazones por el Espíritu Santo [Rm 5: 5] y se inhiere en ellos; o también que la gracia con la que estamos justificados es sólo favor de Dios: sea anatema "[6].
Contra la herejía que hace de las buenas obras un mero fruto o consecuencia de la justificación obtenida solamente por la fe y por la gracia, como si las buenas obras no pudieran concurrir de algún modo, el canon n. 24:
"Si alguien dice que la justicia recibida no se conserva y también aumenta a la faz de Dios por las buenas obras, sino que éstas son simplemente fruto y signo de la justificación alcanzada, y no causa de su aumento: sea anatema" [7].
El "alguien" condenado aquí es notoriamente Lutero, junto con todos los que piensan como él acerca de la naturaleza de la justificación. Y como Lutero, ¿no parece acaso razonar la extraordinaria Declaración Conjunta? Sobre la cual habría algo más que decir, por ejemplo sobre el ambiguo § 4.6 dedicado a la certeza de la salvaciónEsta desgraciada Declaración conjunta llegó al término de un "diálogo" de varios decenios con los luteranos, diálogo intensificado durante el reinado de Juan Pablo II, y por lo tanto con la plena aprobación del entonces cardenal Ratzinger, que evidentemente mantuvo su adhesión a la iniciativa una vez que se convirtió en Benedicto XVI. Es menester entonces admitir que el papa Francisco, en su manera desembozada de expresarse, sacó a la luz lo que estaba implícito en el "diálogo" con los luteranos y en su fruto final, la Declaración conjunta: que Lutero había visto correctamente, que su concepción de la justificación "no estaba equivocada". 

Así que ¡chapeau a Lutero entonces! ¿Esto es lo que los católicos tenemos que recibir, y en un tono del todo convencido, a 500 años del cisma protestante que, de un modo acaso irreparable, devastó a la Iglesia universal desde sus cimientos? El "jabalí sajón" que pisoteaba y profanaba todo, ¿tenía  entonces razón? ¿Y es nada menos que un papa quien nos lo asegura?

Sabemos que la doctrina luterana defiende la idea, contraria a la lógica y al buen sentido -así como a  la Sagrada Escritura-, según la cual somos justificados (hallados justos por Dios y aceptados en su Reino al final de los tiempos) sola fide, sin el necesario concurso de nuestras obras, es decir, sin la necesidad de la contribución de nuestra voluntad para cooperar libremente con la acción de la gracia en nosotros. Para obtener la certeza de nuestra salvación individual, aquí y ahora, alcanza con tener (dice el hereje) la fides fiducialis: creer que la crucifixión de Cristo mereció y alcanzó la salvación para todos nosotros. Por sus méritos, la misericordia del Padre se extendería sobre todos nosotros como un manto que cubre nuestros pecados. No hay necesidad, por lo tanto, para la salvación, que cada uno de nosotros procure convertirse en un hombre nuevo en Cristo, lanzándose hacia él generosamente en pensamientos, palabras, obras, y pidiendo siempre la ayuda de su gracia para este fin (Jn 3). Es suficiente con la fe pasiva en la salvación alcanzada por obra de la Cruz, sin necesidad de la contribución de nuestra inteligencia y voluntad. Las buenas obras pueden provenir de esta fe (en haber sido justificados) pero no pueden concurrir a nuestra salvación: ¡creerlo así sería incurrir en pecado de orgullo!
 
* * *

Georg van Bergoglien
Obispo luterano de Roma
El propósito de mi intervención no es analizar los errores de Lutero. Quiero, en cambio, abordar la siguiente cuestión, que no me parece de poca importancia: el escandaloso elogio público del papa Francisco a la doctrina luterana sobre la justificación, condenada formalmente como herética, ¿no es en sí mismo también herético?

De hecho, declarando públicamente que Lutero "no se había equivocado" con su doctrina de la justificación sola fide y sola gratia, ¿no invita acaso el Papa a abrazar la conclusión de que la doctrina luterana no está equivocada, y por lo tanto es justaSi es justa, entonces la herejía se vuelve justa y el papa Francisco demuestra aprobar una herejía siempre reconocida y rechazada como tal por la Iglesia hasta la increíble Declaración conjunta (la cual, como cabe recordar, no tiene el poder de revocar los decretos dogmáticos del Concilio de Trento: éstos permanecen válidos para siempre, con todas sus condenas, ya que pertenecen al Depósito de la Fe y es simplemente flatus vocis el tratar de reducir estas condenas a simples "advertencias saludables que debemos tener en cuenta en la doctrina y la práctica") [8].

Pero ningún Papa puede aprobar una herejía. El Papa no puede profesar errores de fe o herejías, ni siquiera como individuo privado (como "doctor privado", según suele decirse). Si lo hace, debe pedírsele públicamente una retractación y una profesión de la verdadera doctrina, como ha ocurrido en el siglo XIV con Juan XXII, uno de los "Papas de Aviñón." 

Pero el caso de Juan XXII no es susceptible de constituir un precedente para la situación actual. En numerosos sermones aquel Papa había argumentado, en el tramo final de su larga vida, que el alma del bienaventurado no habría sido inmediatamente admitida a la visión beatífica sino que habría debido esperar hasta el día del juicio final (la teoría de la visión diferida). Con todo, aquel papa presentaba esta tesis como una cuestión doctrinal abierta, a los fines de resolver cuestiones relacionadas con la teología de la visión beatífica (por ejemplo, aquella de la eventual mayor visión de Dios después del Juicio Universal que la disfrutada por el bienaventurado inmediatamente después de su muerte, cuestión compleja pasible de profundización en la calma de un debate teológico de alto nivel) [9]. Pero las pasiones políticas se entrometieron, encendiendo las almas -era la época de la lucha acérrima contra las herejías de los Espirituales y el emperador Ludovico el Bávaro. Ciertos Espirituales comenzaron a acusar facciosamente al Papa de herejía y el problema de la "visión beatífica inmediata o diferida" llegó a involucrar a toda la cristiandad. Después de numerosos y encendidos debates se afirmó de parte de la gran mayoría -incluidos obviamente teólogos y cardenales- la opinión de que la tesis del Papa era insostenible. Él insistió aunque, a decir verdad, no se puede decir que se tratase de una herejía, sea porque aquel papa demostró ampliamente no tener el animus del hereje, sea porque se trataba de una cuestión aún no definida doctrinalmente. Al final, casi ya nonagenario y en la vigilia misma de su muerte, se retractó ante tres cardenales el 3 de diciembre de 1334. Su sucesor, Benedicto XII, definió ex cátedra, en la constitución apostólica Benedictus Deus del 29 de enero de 1336, que la "visión inmediata" es el artículo de fe que debe sostenerse, dejando tácitamente caer la cuestión del eventual aumento de la visión beatífica en el momento de la resurrección final y el juicio universal [10]. 

Así, Juan XXII retractó su opinión privada como teólogo. Es útil recordar el caso de Juan XXII sólo para entender que éste no puede constituir un precedente del caso que nos ocupa, desde el mismo momento en que aquel Papa no elogió herejías ya formalmente condenadas por la Iglesia, como en cambio sí lo hace el actual y reinante, limitándose a propugnar (y con amplio debate) una solución doctrinal nueva, que luego se reveló no pertinente.

Me parece que la alabanza de la herejía luterana hecha por el Papa Francisco no tiene precedentes en la historia de la Iglesia. Para superar el escándalo y el malestar provocados por él, ¿no debería retractarse y reiterar la condena de la herejía luterana ? Me atrevo a afirmar, como simple fiel: debe hacerlo, ya que confirmar a todos los fieles en la fe, manteniendo inalterado el Depósito, es deber específico del Romano Pontífice. Elogiando abiertamente al hereje Lutero y sus graves y perniciosos errores, el papa Francisco ha fallado, en primer lugar, a su deber como Pontífice, como Pastor Supremo del rebaño que Dios le ha confiado para defenderlo de los lobos, no para entregárselo como alimento.

Entre otras cosas, proclamar que Lutero "no se había equivocado", ¿no significa declarar implícitamente que se equivocaron los que lo condenaron formalmente como hereje? Si Lutero estaba en lo cierto, entonces estaban errados los papas que sucesivamente lo condenaron (al menos tres: León X, Adriano VI y Clemente VII), así como el dogmático Concilio de Trento, que condenó por extenso sus errores. Diciendo que Lutero "no se había equivocado" se contradicen quinientos años de Magisterio de la Iglesia e incluso se disuelve este mismo magisterio, privándolo de toda autoridad, desde el momento en que por el lapso de  quinientos años habría condenado a Lutero por un error inexistente. La frasecita lanzada allí, en la entrevista aérea, implica que durante muchos siglos se habrían equivocado todos: papas, cardenales, obispos, teólogos, ¡hasta el más simple sacerdote! La Iglesia habría estado privada por muchos siglos del auxilio del Espíritu Santo que, por el contrario, habría hecho irrupción sólo en estos tiempos, con el Vaticano II y con las reformas por éste promovidas, entre las cuales la Declaración conjunta...

Podría objetarse, en este punto: ¿es legítimo sostener que quien pública y abiertamente comparte una herejía patente debe ser considerado hereje a su vezLo es, de la manera más absoluta. Hereje por asociación o por complicidad, si así se puede decir. Es muy claro que quien aprueba en su fuero íntimo las faltas profesadas por el hereje se hace moralmente cómplice porque las hace propias en el plano intelectual. Y se hace cómplice también en el fuero externo si manifiesta públicamente su aprobación. Tal aprobación no puede ser considerada como neutral e irrelevante para el Depósito de las verdades de fe. Quien aprueba en plena conciencia (y además, sin distinción), comparte y hace  suyo lo que ha aprobado: suscribe libre y plenamente, adhiere, se hace partícipe. Quien aprueba libremente una opinión ajena demuestra que la ha hecho propia y que puede atribuirse a él, como si fuera suya. Esto se aplica también a las herejías, que nacen como opiniones personales del hereje.

De hecho, "se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma" (CIC 1983, c. 751). Endureciéndose en su equivocada opinión, el hereje empieza a fabricar esa "medicina" (como dice el papa Francisco), que es en realidad un veneno que penetra en las almas, separándolas de la verdadera fe y empujándolas a la rebelión contra los legítimos pastores. Alabar a Lutero y encontrar acertada su herejía de sola fide significa, como he dicho, manifestar una visión incomparablemente más grave que aquella errónea de Juan XXII acerca de la visión beatífica. Mucho más grave, habiendo el actual Pontífice alabado una herejía ya condenada formal y solemnemente como tal a lo largo de cinco siglos por los papas de forma individual, y por un concilio ecuménico de la Santa Iglesia, como lo fue el dogmático tridentinoSi la gravedad mayor del hecho no afecta a su naturaleza, que sigue siendo la de una declaración privada, la de una repentina exteriorización de un Papa que se expresa como "doctor privado"; sin embargo, el ser una  tal exteriorización privada no disminuye su gravedad, subversora de todo el magisterio de la Iglesia. Es menester, por lo tanto, una pública reparación bajo la forma de  una rectificación.

Otra objeción podría ser la siguiente: el Papa Francisco hizo estas declaraciones contra fidem en discursos privados, incluso si se celebraron frente a una audiencia y para la platea mundial de los medios de masas. No resultando de los documentos oficiales de la Iglesia, no tienen valor magisterial. ¿No sería suficiente con ignorarlos? 

Es cierto que no tienen valor magisterial. Si lo tuviesen, los órganos eclesiásticos competentes (el Colegio cardenalicio, o bien cardenales individuales) estarían legítimamente facultados (yo creo) para pedir que el papa Francisco sea formalmente acusado de herejía manifiesta.

Sin embargo, no es posible hacer de cuenta que aquí no ha pasado nada. Además de representar una grave ofensa a Nuestro Señor, estas declaraciones espontáneas y de corte heterodoxo del Papa tienen un gran peso en la opinión pública, contribuyendo sin dudas a la manera incorrecta en la que muchos creyentes e incrédulos perciben a la religión católica en la actualidad. El hecho es que un Papa, incluso cuando se limita a conceder entrevistas, no es nunca un simple privado. Incluso cuando no habla ex cathedra, el Papa es siempre el Papa, cada frase suya es siempre considerada y sopesada como si la hubiera pronunciado ex cathedraEn suma, el Papa impone siempre autoridad, y es una autoridad que no se discute. Incluso a fuer de "doctor privado", el Papa tiene siempre aquella autoridad que es superior a las autoridades habituales del mundo civil, por tratarse de una autoridad que proviene de la misma institución, del Papado, del hecho de ser éste el oficio del Vicario de Cristo en la tierra. La tiene, independientemente de sus cualidades personales, sean muchas que pocas. 

Por lo tanto, no es aceptable que un Papa, incluso como simple "doctor privado", trace el elogio de la herejía. No es aceptable que el papa Francisco declare opinión "no equivocada", y por lo tanto correcta, a la herejía de Lutero sobre la justificación. Por el bien de su alma y de las de todos nosotros los fieles, debe cuanto antes retractarse y renovar las condenas argumentadas y solemnes que desde hace cinco siglos la Iglesia docente ha infaliblemente infligido contra Lutero y sus secuaces.

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[1] Texto tomado del sitio Riscossa Cristiana, artículo de M. Faverzani de junio de 2016, p. 2 de 2, originalmente en el sitio Corrispondenza Romana. El texto reproduce fielmente el habla del Papa, según ha informado la prensa internacional. Los subrayados son míos. Sobre el elogio de Francisco a Lutero, veánse mi dos precedentes trabajos en el blog Chiesa e Postconcilio: P. Pasqualucci, Lo scandaloso elogio di Bergoglio a Lutero, sulla giustificazione7 de julio de 2016; P. Pasqualucci,  La vera dottrina della Chiesa sulla giustificazione, 29 de octubre de 2016.  
[2] Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, www.vatican.va, p. 5/22. 
[3] Op cit., P. 5/22 y 6/22. Los subrayados son míos.
[4] Op cit., P. 10/22. Los subrayados son míos. Téngase en cuenta el carácter vago y general atribuido a la noción de "buenas obras": ninguna alusión al hecho de que éstas actualizan la observancia de los Diez Mandamientos y la lucha diaria de cada uno de nosotros por su santificación, con la ayuda imprescindible y decisiva de la gracia.
[5] Giuseppe Alberigo (ed.), Decisioni dei Concili Ecumenici, tr. itpor Rodomonte Galligani, UTET, 1978, p. 553; DS 819/1559. 
[6] Op. Cit., P. 554; DS 821/1561.
[7] Op cit., P. 555; DS 834/1574. Véanse también los cánones n. 26 y 32, que reafirman el significado de "premio" de las buenas obras para la vida eterna y por lo tanto "merecedores" de la misma, siempre para la vida eterna -entiéndase: cumplidas siempre las buenas obras de parte del creyente "por la gracia de Dios y los méritos de Jesucristo (de quien es un miembro vivo)": op. cit., pp. 556 - 557 (DS 836/1576; 842/1582). ¡Aunque falten del todo las buenas obras, el luterano está convencido de salvarse igualmente!
[8] No teme expresarse así la Declaración Conjunta en el n. 42, par. 5.
[9] Sobre este punto, véanse las precisas observaciones del teólogo P. Jean-Michel Gleize, FSSPX, en la compilación de seis breves artículos suyos titulado: En cas de doute ..., Courrier de Rome ', janvier 2017, LII, n ° 595, pp. 9-11. Los artículos abordan en profundidad el problema del "Papa hereje". 
[10] Voz Juan XXII de la Enciclopedia Treccani, por Charles Trottman, tr. itpor Maria Paola Arena, p. 25/45, disponible en Internet. Véase también Gleize, op.cit ., p. 10. Para los textos: DS 529-531 / 990-991; 1000-1002. 

martes, 1 de agosto de 2017

LA SEQUÍA SOBRE ROMA

Es difícil dejar de ver en la sequía que afecta a Roma -la peor en, al menos, sesenta años- algo como un oportuno signo, a la vez que un azote punitivo. Allí donde estuvo la cátedra de Pedro y hoy se invita a disertar a viejas abortistas paradójicamente devenidas promotoras de la inmigración "para compensar la abrupta caída de la natalidad", allí donde se recibe como a visitantes ilustres a yuntas de sodomitas y se celebra con cinismo impar que «por primera vez el magisterio del Papa es paralelo al de la ONU», allí viene hoy a faltar el más vital de los elementos. De similar tenor al de los numerosos acontecimientos que, a modo de señales, van sazonando el pontificado de Francisco (la paloma lanzada por él y arrebatada en los aires por un cuervo; el terremoto sufrido en la nación de aquel mandatario que lo visitó en el Vaticano, desatado casi en el mismo momento de estrecharle la mano; los siniestros inmediatamente consecutivos a sus viajes, como los ocurridos en Belén y en Lourdes, etc.), éste de la sequía sobre Roma viene a ponerle el sello cósmico a las primaveriles ilusiones de la vulgata conciliar, que en el orden del espíritu ya había difundido una aridez en verdad insuperable. Si la transposición modernista del ritual de los sacramentos trajo consigo la consabida tasa negativa de vocaciones sacerdotales y la práctica extinción del matrimonio ante el altar, a más de la apostasía colectiva y la renuencia de la Iglesia a testimoniar el Evangelio, poca cosa será que en la ciudad de las fontane se riña a empellones por un sorbo. A propósito del anuncio de catástrofes naturales presuntamente contenido en el Tercer Secreto de Fátima, fue suficientemente claro el entonces obispo de aquella localidad portuguesa: la pérdida de la fe de un continente es peor que la aniquilación de una nación.

«El Papa cierra las cien fuentes del Vaticano»,
a la vez que cierra las fuentes de la gracia
al posar sus garras sobre los sacramentos. 
Ya conocemos el contenido del Tercer Secreto: hace años que se impone a nuestros ojos. El corolario de las catástrofes telúricas, en irónica correspondencia con su typos espiritual, no hace más que confirmar lo conocido. En este tiempo de coyundas con los protestantes para facilitar un servicio litúrgico común que excluya explícitamente las incómodas nociones de sacrificio y presencia real, en este rarefacto tiempo de conmixtión de lo sacro -o sus requechos- y lo profano o profanísimo, con abundancia de sacrilegios ofrecidos a la carta por la misma Jerarquía, difícilmente podrá asimilarse a la iglesia sedente en Roma con aquella imagen del Templo ofrecida por el profeta Ezequiel (47, 1ss.), debajo de cuyo umbral brotaban vivíficas aguas que, a poco andar, se hacían más y más profundas, símbolo de la gracia y su efecto en las almas. Más bien parece que Roma quiso volver a ser aquella Babilonia que el Príncipe de los Apóstoles supo estar hollando en sus días, cuando la urbs imperial perseguía sañudamente a los de Cristo.

No tenemos noticia de que los dos testigos del Apocalipsis (11,3 ss.) hayan ya comenzado su profética misión. Pero consta que a ellos les será concedido «cerrar el cielo para que no llueva durante los días de su predicación» antes de yacer en la Gran Ciudad, «que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto».

jueves, 8 de junio de 2017

UNA MEDIDA REBOSANTE

A propósito de Cuatro años con Francisco. La medida está colmada, de Miles Christi (Editions Saint-Rémi, 2017)

He aquí un volumen que, continuando el anterior (Tres años con Francisco. La impostura bergogliana, que hemos comentado aquí) y distinguiéndose de él en algunos respectos, compila y comenta -a la luz del Magisterio, traído a cuento con frecuencia- dichos y hechos de Francisco capaces de reclamar afanosamente todas las calificaciones teológicas con las que antaño se anatematizaba una mala doctrina. Florilegio, pues, pero de flores malolientes y venenosas, marchitas al nacer, debidamente puestas bajo la lupa para mejor identificar sus principios activos y para responder sin rodeos a aquella pregunta retórica que incluso algún medio masivo de prensa supo estampar en su portada acerca de si el Papa era católico.

Un poco a la manera de aquellos procesos naturales llamados «de sustitución sucesiva», en que una sustancia suplanta a otra conservando sus accidentes (un ejemplo de esto es la fosilización) y que de un modo absoluto y único, sobrenatural por su causa y por su efecto, se da en la Eucaristía, así debía llegar un momento para la iglesia infiltrada, para la iglesia clandestina promovida en rauda sustitución de la Católica, en que aquélla diera al traste con las formas para aparecer al fin en toda su desnudez, sin subterfugios, con su rey desnudo proclamando la inminencia de su «iglesia pobre para los pobres». Nescis quia tu es miser et miserabilis et pauper et caecus et nudus. Serían los tiempos del papa peronista, última e insospechada encarnación del princeps tal como lo concibiera la funesta contra-tradición política que nos viene de Marsilio de Padua y Maquiavelo, elevado esta vez al gobierno eclesiástico. Algo así, muy a su manera, como la simbiosis de las dos espadas: un pontífice, si tanto, que asume las mañas de los tiranuelos de republiqueta, haciendo tabla rasa de la constitución divina y las prerrogativas de la Iglesia y barriendo la casa con escoba de acero, al par que infligiendo papocesárea injerencia en la política de los Estados, trátese de las campañas electorales o los convenios por el cambio climático. Es la sorprendente proyección universal de un tipo humano criado en el caldo de la sociedad porteña del siglo XX en el período en el que confluía la primera generación de hijos de inmigrantes transmarinos ávidos de "hacer la América" con la migración interna de los "cabecitas negras", ese confuso entrevero humano listo para elevar a líderes con agudo sentido de la oportunidad y desordenado amor propio. 

De acá, de este cambalache social no muy apto para el ocio meditativo y para la alta filosofía, un joven Bergoglio habrá hecho carne aquel axioma de Juan Domingo que reza que «la única verdad es la realidad», y que pese a su imprecisión pudiera interpretarse en clave realista si la metafísica peronista no se caracterizara por suplir la categoría de sustancia por la de conveniencia. Ese rabioso pragmatismo (que supone un anti-intelectualismo, un escepticismo inconmovible, y que impregna desde la base toda la aprehensión de la realidad de un sujeto así conformado) es el que se manifiesta en un Francisco dispuesto -según propia confesión- a encerrar a los teólogos en una isla con tal de que lo dejen avanzar en la síntesis ecuménica con los protestantes; el que truena contra los «especialistas del Logos» y el mismo que declara por escrito, para rubor del fondo blanco de la página, que «no hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable». Lo suyo, su «evangelio» que corrige al de Nuestro Señor, es el de los vendedores de seguros que siempre esbozan una sonrisa para ofrecer un accesible lenitivo a las ásperas contiendas sublunares. Humano, demasiado humano (como el pecado consentido, la ofuscación de la conciencia y la impostura entronizada), a Francisco le importa ante todo «escuchar los latidos de este tiempo y percibir el “olor” de los hombres de hoy»: nada de proclamar la Verdad y condenar el error; nada de señalar a «los hombres de hoy» lo que la Iglesia debe enseñar a los hombres de siempre. Porque -según lo testimonia con inobjetable rigor documental el libro que tratamos- para Francisco poco importa la religión que se profese cuanto nuestra «humanidad común» con budistas, animistas y ateos.

«Se os servirá una medida buena, apretada, remecida y rebosante» (Lc 6, 38) que, en el caso de Babilonia, será el doble de lo que ella dio de beber a las víctimas de sus engaños (Ap 18, 6). Es el soberano de Babilonia quien comparece en estas páginas para recordarnos lo que le hemos escuchado con horror a lo largo de cuatro años, exhibiendo sin afeites toda la fealdad de la contra-Iglesia modernista. 



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jueves, 18 de mayo de 2017

FÁTIMA EXCLUSA, o bien BREVE HISTORIA DE LA GRAN APOSTASÍA

A nuestros contemporáneos, devorados hasta el meollo por un subjetivismo tan ramplón como el que destilan a toda hora los órganos de propaganda, máximas como la de que contra hechos no valen argumentos los tienen sin el menor cuidado, felices de anteponer siempre las vaguedades factibles del «percipi» a las fácticas definiciones del «esse», los argumentos -y aun los rodeos, los circunloquios- a las evidencias de primer orden. Éste fue sin dudas el mayor y más lato triunfo que se reportó la Revolución, mayor que la caída de los viejos regímenes políticos: el de la extensión orbital de una conciencia caótica que toma a la indeterminación como principio, capaz de mirar sin ver y oír sin entender, roto el vínculo natural entre los sentidos y la inteligencia. No se requiere clarividencia para advertir que esta disposición, hecha habitual, es la que explica la inestabilidad de las instituciones primarias, de los compromisos, de los propósitos mismos del hombre.

Tan lejos se llega en este extravío que incluso los profesionales cuya incumbencia sería la de escuchar la ajena exposición de hechos que se aspira a conocer, oponen con frecuencia de muletilla a la mera presentación objetiva de esos hechos reparos del tenor de «ésta es su interpretación, ¿no?». No se soporta el habla asertiva, no se admite la posibilidad de la nuda descripción de cosas ocurridas: todo debe adscribirse a una hermenéutica al fin de cuentas intransferible, ya que si no hay lugar para afirmaciones elementales y comunes, no la habrá sino para la opacidad insalvable de lo real.

Y lo más desasosegante es el olvido de que toda hermenéutica, así como remite a Hermes, así supone por lo mismo la alusión a un mensaje que irrumpe -que no a humo o gas. Más aún: exige la primacía del mensaje por sobre sus glosas, por muy obligadas que éstas pudieran ser cuando aquél no fuera del todo unívoco u ofreciera dificultades para su comprensión. Cosa tresdobladamente cierta cuando el mensaje recibiera la apoyatura de signos, como ocurrió en los inicios de la predicación evangélica: los milagros de Nuestro Señor y, luego, los de los Apóstoles, fueron a título de auxilios concedidos por la misericordia divina para que la enseñanza, de obligadísimo primer orden, no se escurriera por oídos fácilmente proclives a la distracción, como lo son los oídos humanos. Y como una enseñanza tan prioritaria fue acompañada de señales tan inauditas como el devolver la vista a ciegonatos, la marcha a paralíticos y la vida a muertos, así en Fátima plugo a Dios infundir el más admirable de los heroísmos en tres niños que no pasaban los diez años y hacer bailar al sol en el firmamento, de modo que la importancia del mensaje a transmitir resultara rotundamente manifiesta.

A ello alude quien fuera el archivero oficial de Fátima, el padre Joaquín María Alonso, al referirse a la historia salutis tal como resulta jalonada en los extraordinarios eventos transcritos en las Sacras Escrituras: «se trata de hechos históricos que conllevan una intención divina, porque están movidos por el mismo Dios que dirige la historia de la humanidad [...] Para nosotros, tales hechos, hasta en su realización misma histórica, son auténticos gesta Dei. Están cargados de intención teológica. Hay, sí, en ellos sin duda una doctrina clara; hay un logos, una palabra dicha que se dirige a la inteligencia, suprema facultad del hombre; pero esta palabra está corroborada por los hechos, y éstos superan su contextura puramente natural». De ahí que, por la relevancia del mensaje y de sus hechos concomitantes, la conclusión no se haga esperar: «Fátima posee hechos que se presentan en un contexto religioso de historia de la salvación. Los pequeños videntes dan al mundo mensajes que no pertenecen a la vida terrenal, sino que orientan al hombre hacia su destino supremo en Dios». Los desgraciados hechos contemporáneos adquieren entonces «un sentido teológico profundo cuando, en Fátima, son presentados como efectos de los crímenes de los hombres; y cuando el Cielo propone la poderosa intercesión de Nuestra Señora como único remedio» (Fátima, escuela de oración, Editorial Sol de Fátima, Madrid, 1980). En Fátima se nos advierte acerca de la proyección eterna de nuestros actos y de la irrevocabilidad de la voluntad in puncto mortis; se nos recuerda el carácter a la vez dramático y épico de nuestra vida y de la historia, y se nos ofrece el auxilio más eficaz para alcanzar la victoria: nada que no constara en la conciencia habitual de los cristianos de todos los siglos, pero que estaba a punto de ser archivado en el arcón de los añosos objetos perimidos.

Cien años son casi como una edad geológica para medir los cambios operados en las conciencias, cumplido al fin el exponencial despliegue de la Revolución. En Fátima, en el tiempo de las Apariciones, todavía prevalecía un sentido realista de la existencia, y los escépticos y curiosos que se concitaron para saludar con burlas la última aparición, la del 13 de octubre (entre éstos no faltaban redactores de periódicos adscritos a la masonería), supieron rendirse a la evidencia del milagro cósmico. Éste último no fue ofrecido a la retina de nuestros estrictos contemporáneos, como tampoco a las de los contemporáneos de los tres pastorcitos residentes en latitudes ajenas a las de éstos, pero la noticia de setenta mil testigos simultáneos del milagro, con añadidura de testimonios gráficos, tendría que ser asaz convincente para una generación siempre pagada de cifras y llena de fiducial apego al juicio de la prensa. Vale para ella la terrible conclusión de aquella parábola: si no atienden a Moisés y los profetas, ni aunque resucitara un muerto creerían.

Luego, a la zaga de estas clamorosas apariciones de la Virgen muy pronto reconocidas por la Iglesia, acudirían nuevos asombrosos hechos para compulsar, siendo el móvil de todos ellos la común resistencia a Dios: la Segunda Guerra Mundial, profetizada en Fátima como paga a la prevaricación universal, lo demuestra con creces. Pero lo que más horroriza es la negligencia de los sucesivos pontífices en atender un pedido celestial tan notorio, ora prefiriendo sujetarse a la Ostpolitik que contentar a a la Madre de Dios con la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, ora echando el texto del zarandeado Tercer Secreto «en uno de esos archivos que son como un profundo pozo negro, negro, al fondo del cual los papeles caen sin que se pueda ver más nada», según lo precisó en su momento el cardenal Ottaviani a propósito del escritorio de Juan XXIII, ergástula que fue de aquel manuscrito de sor Lucía que debía ser dado a conocer «a lo más en 1960, porque entonces se vería más claro». Ya lo dijo la propia sor Lucía: desdeñar la voluntad expresa de la Virgen supone pecar contra el Espíritu Santo. Resulta cuanto menos una paradoja colosal que quienes se avengan a vestir este sayo sean precisamente los mismos papas que anunciaron el advenimiento de un «nuevo Pentecostés».

Los años siguieron transcurriendo y, al paso que los pontífices omitían revelar aquel mensaje que les fuera confiado al oído para que lo repitieran desde las azoteas, la Iglesia iba dejando caer en el olvido el contenido eminente de las Apariciones, aquello que la Virgen había venido a recordar previendo su inminente preterición: los novísimos del hombre y de la historia, la urgencia de la conversión y la penitencia, la reparación por los pecados propios y ajenos. Esta coincidencia en la omisión de un mandato tan primario, al mismo tiempo que ilustra una como causalidad recíproca (el silencio de los papas en estricta coincidencia con el de la Iglesia toda, informándolo y fundiéndose con éste), permite atisbar el más que presumible contenido del secreto escamoteado, que no sería otro que el de la apostasía «empezando desde el vértice». ¿Qué otra cosa revela el naturalismo en crudo vigor entre bautizados, sino la desidia culpable de los pastores en comunicar la fe y sus contenidos?

Ya conocemos el tobogán de despropósitos que se fueron prorrumpiendo desde Roma en torno a esta auténtica piedra de tropiezo para el credo modernista, desde la implícita alusión a los videntes (¿y a la Virgen misma?) como a «profetas de desgracias» en el mismísimo discurso de apertura del último concilio, hasta la presentación tardía del presunto tercer secreto por Juan Pablo II en el año 2000, asfixiado el texto (si real o fraguado, queda sin saber) por una hermenéutica desopilante a todas luces. El centenario no podía dejar de ser sazón para avanzar un poco más en la espiral del fraude, y Francisco hizo lo previsible para neutralizar el hecho: lo reinterpretó en su clave más dilecta. Así, la sociología tomó el lugar de la teología moral y el optimismo más estulto sustituyó el contenido profético. Fátima ya no trata de los pecadores como de los seres más urgidos de misericordia, sino más bien de los excluidos, de los jubilados, de los que no pueden pagarse los medicamentos. Y más, siempre más, hasta que Dios disponga el fin de tan insultante banalidad: «el mensaje de Fátima fue llevado a la humanidad por tres grandes comunicadores que tenían menos de 13 años. Lo cual es interesante. ¿Qué puede esperar el mundo? Paz. ¿Y de qué voy a hablar yo de aquí en adelante con quien sea? De la paz».

Resulta consolador, en todo caso, oír a un rabino que dice lo que toda la Jerarquía junta no osa hoy decir, y que a los bergoglismos de rigor opone verdades como estocadas.





«Es muy importante para la humanidad que la Iglesia se tome en serio los hechos de Fátima». «El fracaso de la consagración de Rusia simboliza una Iglesia impotente que no quiere hacer la guerra, que no quiere enseñar a una humanidad que ha desertado de Dios. Se trata de una Iglesia cobarde». «Creo que Fátima se ofrece como un escándalo para la Iglesia conciliar porque asume muy seriamente la fe y la moral». «Si se tomaran aquellos errores reseñados en los varios syllabi de Pío Nono y Pío Décimo, quizás la Iglesia contemporánea y sus jefes creerían en muchos de ellos». «La consagración de Rusia es parte del simbolismo del mensaje de Fátima, por lo que creo que la Iglesia conciliar, infestada como lo está de relativismo, subjetivismo y pluralismo religioso, querría sacarse a Fátima de encima y esconderla, o bien ignorarla y decir que su mensaje ya tuvo cumplimiento».

lunes, 8 de mayo de 2017

FÁTIMA ES UN HECHO, NO UNA HERMENÉUTICA

Editorial de Radicati nella fede, año X, mayo 2017, n. 5
(traducción del original por F.I.)


Fátima es un hecho. Punto y aparte.

Si hay algo que todos deben reconocer en el centenario de las apariciones de la Virgen en tierras de Portugal es que no se puede prescindir de Fátima. Sea que las reconozcas como verdaderas, sea que permanezcas un poco en suspenso, de Fátima no puede uno desertar: ella señala una como "bofetada" de cristiandad en el siglo más laico que la historia haya jamás conocido; señala una emergencia de la conciencia católica, la más puramente católica que se pueda imaginar en la vigilia de la Segunda Guerra Mundial y de aquella que muchos llaman la Tercera -es decir, el Concilio Vaticano II y su turbulento post-concilio. 

El hecho mismo de que la Iglesia no las haya desmentido, sino incluso reconocido repetidamente, aun con la peregrinación de tres Papas (el cuarto, el actual, está en vísperas de ir) pone a las apariciones en el centro de la historia de la Catolicidad entre el 1900 y el 2000.

Y no es ni siquiera necesario aclarar el misterio del tercer o del cuarto secreto, aún sin desvelar, para entender que Fátima acierta de lleno en aquella falsificación de la vida de la Iglesia que fue dramáticamente obrándose a instancias del «aggiornamento». Alcanza con repasar los dos primeros secretos, aquellos conocidos con claridad, para entender que el Cielo intervino a los fines de corregir aquel desastre que los hombres de Iglesia irían a construir poco después. La visión del infierno, el anuncio del final de la Primera Guerra Mundial y luego el anuncio de la Segunda si los hombres no se hubieran arrepentido y enmendado son la más solemne declaración de que el nuevo catolicismo, horneado en los años '60, no tiene nada que ver con la Revelación, nada que ver con el Evangelio de Cristo.

Es fuerza decirlo: ¡bastan los dos primeros secretos para escandalizarse si se cuenta uno entre los católicos modernizados!

Sí, porque Fátima es la solemne reafirmación de que la historia depende de Dios, justamente de Dios. Que las guerras no son el inicio del mal sino el fruto del pecado de los hombres. Fátima nos recuerda que nuestras acciones nos suceden; que la traición en relación a Dios se paga, tanto en la vida personal como en aquella pública, a no ser que intervenga un salutífero arrepentimiento. Fátima, la Virgen en Fátima, habla por los pastores de la Iglesia que ya no hablan; advierte a sus hijos que es menester reparar la ofensa infligida a Dios y que de esto dependerá la historia del mundo, de las naciones y de los pueblos, y no sólo la vida personal.

Fátima reafirma la existencia del infierno y su dramática posibilidad, al paso que poco tiempo después toda la pastoral de la Iglesia prohibiría tocar el tema. En una palabra: Fátima es tan diáfana en su contenido como para ser tenida como una página evangélica; pero justamente del Evangelio en su contenido más simple de conversión, de condenación y salvación, la Iglesia se estaba preparando a no decir más nada.

Ciertamente se hablará mucho de Fátima en estos meses, pero se hará mucho para traicionarla. Se la reducirá a la experiencia espiritual de tres niños, subrayando en todo caso que Dios es providencia y no abandona a los hombres. Se la reducirá a una especie de "escuela de oración", como aquellas que estaban tan en boga en los años '80, pero se tendrá especial cuidado en recordar en profundidad lo que la Virgen dijo en referencia a la historia de la humanidad y de la Iglesia. Se anulará a Fátima dentro de la gran hermenéutica de la Iglesia de hoy: todo es releído de acuerdo con el "espíritu del Concilio", incluso Fátima, aun siendo tan evidentemente lejana.

Los católicos de hoy están tan inmersos en el Naturalismo (para el cual Dios permanece más allá de la historia sin determinar su curso) que no soportan el hecho de que estalle una guerra porque los cristianos ya no observan los mandamientos. Para los católicos reprogramados merced a los distintos sínodos diocesanos, la historia tiene razones económicas y sociales, jamás religiosas.

En cambio Fátima, eco del Evangelio, dice lo contrario: las causas son siempre religiosas. De la obediencia -o de su falta- a Dios, a Jesucristo, depende todo.

El tercer secreto, sea el que sea, no será de una naturaleza distinta de aquella de los dos primeros: confirmará que la historia de la humanidad e incluso aquella de la Iglesia dependen de la santidad -o de su merma- de los cristianos. El tercer secreto reafirmará que incluso la Iglesia puede renovarse, mas no según los obtusos análisis humanos sino en la observancia de la voluntad de Dios, cosa sólo posible por la gracia de los sacramentos.

Preparémonos entonces a vivir con la simplicidad de los niños -de los niños de Fátima- este centenario, conscientes de que no se trata de la celebración de un hecho pasado sino de una poderosa admonición actual: si los hombres continúan ofendiendo a Dios, estallará una guerra peor... Y que sea guerra militar o guerra moral importa poco, sabido de que en ambas las almas están expuestas al peligro de la condenación eterna, de la cual la Virgen quiere sustraernos.

Preparémonos a vivir el centenario de Fátima acogiendo la gran llamada de la devoción al Inmaculado Corazón de María, verdadero y propio "puñetazo en el estómago" para el cristianismo modernizado: la comunión reparadora que cambia el curso de la historia.

miércoles, 3 de mayo de 2017

EL PROTESTANTISMO EN EL CORAZÓN DE LA SUBVERSIÓN MODERNA

Editorial de Le Sel de la Terre nº 99, invierno 2016-2017
(Original en pdf aquí. Traducción por F.I.)


Puede parecer que el protestantismo sea cosa del pasado. ¿Vale la pena entonces que se insista sobre él en tiempos en que ideologías mucho más avanzadas devastan el mundo contemporáneo? En realidad, esta insistencia proviene de los papas. Durante más de un siglo ellos repitieron sin pausa que la Revolución es hija del protestantismo. Monseñor Delassus se hizo eco de ello al designar a la pseudo-Reforma como una etapa capital de la conjuración anticristiana[1]. Y el simple buen sentido comprueba con facilidad que el protestantismo fue quien expandió por todo el mundo cristiano el virus del liberalismo, que es el corazón de la Revolución.
                                      

El juicio de los papas

Desde 1793, luego del asesinato del rey Luis XVI, Pío VI afirmó que la Revolución que hacía estragos en Francia tenía su origen en el calvinismo. Él no dudó en hablar de conjura, de conspiración y de complot:

hacía tiempo ya que los calvinistas habían comenzado a conjurar en Francia para la ruina de la religión católica. Pero para alcanzar el término había que preparar los espíritus [...] Es en vista de esto que se vincularon con los filósofos perversos. La Asamblea General del clero de Francia de 1745 había descubierto y denunciado los abominables complots de todos estos artesanos de impiedad. Y Nosotros mismos, desde el comienzo de Nuestro pontificado[...] anunciamos el peligro inminente que amenazaba a Europa [...] Si se hubieran escuchado Nuestras descripciones y Nuestros consejos, no tendríamos que lamentar ahora el progreso de esta vasta conspiración tramada contra los reyes y contra los imperios[2].

León XIII, en su encíclica Diuturnum sobre el origen del poder civil, hace remontar al protestantismo los errores políticos de las sociedades modernas, señaladamente la soberanía del pueblo y la falsa noción de libertad:

De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil[3].

León XIII insiste y precisa en su encíclica Immortale Dei que el protestantismo está en el origen de las libertades modernas y de aquello que los papas llaman el «derecho nuevo», aquel de la sociedad moderna que destrona a Cristo Rey:

Sin embargo, el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente a la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada a la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil. A esta fuente hay que remontar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada, inventados en la gran revolución del siglo pasado y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, desconocido hasta entonces y contrario en muchas de sus tesis no solamente al derecho cristiano, sino incluso también al derecho natural[4].

Monseñor Lefebvre sacaba esta conclusión:

Ved entonces cómo todo resulta lógico, cómo los papas han previsto todas estas cosas, lo han dicho con firmeza desde Pío VI en el tiempo de la Revolución hasta León XIII a fines del siglo pasado [...] Si tomáis todas las declaraciones de san Pío X en el momento del Sillon, veréis que tratan de lo mismo, siempre de lo mismo: ellos condenaron, condenaron, condenaron. Entonces nosotros debemos impregnarnos de esta doctrina para comprender también nosotros la nocividad de estos principios en los cuales, como sabéis, estamos como inmersos. Inmersos, infestados, desde el momento en que todas nuestra instituciones están infestadas de este espíritu de libertad: la libertad religiosa, la libertad de conciencia, la libertad del pensamiento, la libertad de prensa, la libertad de enseñanza[5].


El testimonio de monseñor Delassus

En su libro magistral La conjura anticristiana, monseñor Delassus resume las tres etapas de esta conjura según la fórmula de las tres «R»: bajo la influencia de la Cábala se recae en el naturalismo pagano en las artes (Renacimiento); luego, en la religión (Reforma); finalmente, en la política (Revolución).

La pretendida Reforma ha jugado el papel de una etapa en este proceso, pero de una etapa indispensable, como lo subraya Jacques Maritain, el Maritain de 1925 -vale decir, antes de su cambio de actitud luego de la condena de la Acción Francesa:

La revolución luterana, por el mismo motivo por el que pertenece a la religión, a todo a aquello que domina la actividad del hombre, debía cambiar de la manera más profunda la actitud del alma humana y del pensamiento especulativo de cara a la realidad. La Reforma ha desencadenado el yo humano en el orden espiritual y religioso, del mismo modo que el Renacimiento ha desencadenado el yo humano en el orden de las actividades naturales y sensibles[6].

Al comienzo del capítulo sobre «la Reforma, hija del Renacimiento», monseñor Delassus cita a Paulin Paris, un erudito ocupado en la Edad Media:

La Edad Media no era tan diferente a los tiempos modernos como se cree: las leyes eran diferentes, así como los usos y las costumbres, pero las pasiones humanas eran las mismas. Si uno de nosotros fuera transportado a la Edad Media, vería en torno de sí labriegos, soldados, sacerdotes, financieros, desigualdades sociales, ambiciones, traiciones. Lo que cambió es el fin al cual estaba dirigida la actividad humana[7].

Monseñor Delassus comenta:

No se podría decir mejor. Los hombres de la Edad Media eran de la misma naturaleza que nosotros, naturaleza inferior a la de los ángeles y, para más abundar, naturaleza caída. Tenían nuestras mismas pasiones y se dejaban llevar por ellas, a menudo a excesos los más violentos. Pero el fin era la vida eterna: los usos, las leyes y las costumbres estaban inspirados por ese fin; las instituciones religiosas y civiles dirigían a los hombres hacia su fin último, y la actividad humana estaba dirigida, en primer lugar, al perfeccionamiento del hombre interior.

En nuestros días –y aquí está el fruto del Renacimiento, la Reforma y la Revolución– el punto de vista cambió, el fin ya no es el mismo; lo que se quiere, lo que se busca, no por los individuos aislados sino por el impulso dado a toda la actividad social, es la mejora de las condiciones de la vida presente para alcanzar un mayor y más universal disfrute de la vida. Lo que hoy cuenta como «progreso» no es más aquello que contribuye a una mayor perfección moral del hombre, sino lo que aumente su dominio sobre la materia y la naturaleza, con el fin de ponerlas más completa y dócilmente al servicio del bienestar temporal.

La reforma de Lutero es protesta contra la civilización cristiana, protesta contra la Iglesia que la había fundado, protesta contra Dios de quien ésta dimanaba. El protestantismo de Lutero es el eco sobre la tierra del Non serviam de Lucifer. Éste proclama la libertad, la de los rebeldes, la de Satanás: el liberalismo [...] Todo lo que la Reforma había recibido del Renacimiento y que ella debía transmitir a la Revolución está en esta palabra: protestantismo[8].

Éste es, pues, un hecho constatado tanto por los papas como por los observadores del movimiento revolucionario: el protestantismo preparó la Revolución. Falta aún explicar la causa profunda.


Lutero pacta con Satanás, Leipzig, ca. 1535
El protestantismo es el padre del liberalismo

La razón es, en el fondo, muy simple: el luteranismo difunde el liberalismo, vale decir, el corazón de la Revolución.

Lutero sufrió una doble influencia: el nominalismo y el agustinismo, los cuales, unidos al orgullo de Lutero, lo llevaron a constituirse en el padre del liberalismo.

El nominalismo es una deformación de la filosofía que tuvo comienzo poco después de santo Tomás de Aquino, señaladamente bajo la influencia de Guillermo de Occam (1281-1347). No existe una naturaleza universal, sino simplemente individuos. Si hablamos de naturaleza humana, es un simple nombre que no corresponde a realidad alguna. No existen sino individuos humanos.

Por consiguiente, no existe una ley natural. La única ley es la voluntad superior. Una voluntad arbitraria, ya que para Occam Dios es dueño de darnos los mandamientos que Él quiere: extremando el argumento, ¡podría darnos el mandato de odiar![9]

Tal concepción de la ley la desvaloriza y, finalmente, la vuelve despreciable. Para Lutero ésta deviene incluso insoportable.

Después de que Lutero se determinó a negar obediencia al Papa y a romper con la comunión de la Iglesia, su yo, a pesar de las angustias internas que aumentaron progresivamente hasta su muerte, estará desde entonces por encima de todo. Toda regla «exterior», toda «heteronomía», como dirá Kant, se convierte desde aquel momento en una ofensa intolerable para su «libertad cristiana». «No admito, escribe en junio de 1522, que mi doctrina pueda ser juzgada por nadie, ni siquiera por los ángeles. Quien no reciba mi doctrina no puede llegar a salvarse». «El yo de Lutero, escribía Moehler, era según él el centro en torno al cual debía gravitar la humanidad entera; se convirtió a sí mismo en el hombre universal en quien todos debían encontrar su modelo. En resumidas cuentas, se colocó en lugar de Jesucristo»[10].

Pero Lutero sufrió también la influencia del agustinismo. Él era monje agustino. La universidad de Wittemberg tiene por patrono a san Agustín. San Agustín es un converso que tuvo sus problemas para vencer sus pasiones. Esta es la razón por la que siempre tuvo la tendencia a describir con vigor las consecuencias del pecado original. Esta tendencia pesimista se va a acentuar en algunos de sus discípulos. Lutero exagerará aún más este pesimismo hasta pretender que no podemos evitar el ceder a nuestras pasiones. No tenemos más libertad; el libre arbitrio se transforma en siervo arbitrio. «El libre arbitrio ha muerto», «la concupiscencia es invencible», en el sentido de que ésta resulta siempre victoriosa.

¿Cómo salir de este pesimismo? Es en esta instancia que se pone el «evento de la Torre». Lutero recibió la revelación en la letrina del convento. «El Espíritu Santo me dio esta intuición en esta letrina»[11]. La solución es la «fe que justifica».

Nuestras obras son malas, ellas no tienen ningún mérito ante Dios, ellas más bien nos enorgullecen y así nos alejan de Dios. Pero Dios nos imputará la justicia de Jesucristo, y es por la «fe» que esta justicia nos será imputada:

Por encima de nuestra corrupción, Dios puede extender una capa, quiero decir los méritos de Jesucristo. Ésta será una justificación toda exterior, un revestimiento de mármol sobre la madera podrida de una cabaña. En el trabajo por alcanzar nuestra salvación está activo Jesucristo, y sólo Jesucristo; nosotros no tenemos que ser más que nosotros mismos. Querer cooperar con nuestras obras con aquello que está sobreabundantemente cumplido equivale a injuriarlo. ¿Y cómo obtendrá el hombre esta capa de parte de Dios, quiero decir esta atribución exterior de los méritos de Jesucristo? Por la fe o, para hablar con más exactitud, por la confianza en Dios y en Jesucristo. El hombre continuará produciendo frutos de muerte, pero por la confianza que estará en su corazón, merecerá que Dios le atribuya los méritos de Jesucristo. En definitiva: cuando sienta en sí mismo esta confianza, entonces tendrá la certeza de su salvación[12].

Lo mismo que nuestras buenas obras no sirven de nada para alcanzar nuestra justificación, así nuestras malas obras no la impiden. Justificación y pecado pueden coexistir en nosotros. No sirve de nada obrar el bien; el pecado no impide la salvación. En consecuencia, la ley moral resulta inútil y es abrogada.

Ella ha sido abrogada del todo y sin reservas, de manera que ya no podrá más ni acusar ni atormentar al fiel; doctrina de la mayor importancia que debe proclamarse desde los tejados, «ya que ella lleva el consuelo a las conciencias, sobre todo a aquellas oprimidas por el temor. Lo he dicho a menudo y lo repito una vez más, porque nunca será repetido a suficiencia: el cristiano que alcanza por la fe el beneficio de Jesucristo se encuentra absolutamente por encima de toda ley, está eximido de toda obligación relativa a la ley...».

Cuando San Pablo dice que por medio de Jesucristo somos libres de la maldición de la ley, evidentemente él entiende de toda ley, y ante todo de la ley moral, ya que es ésta sola (y no las otras dos categorías, la judiciaria y la ceremonial) la que acusa, maldice y condena a la conciencia. Decimos entonces que, allí donde Cristo reina por su gracia, el Decálogo no tiene ya el derecho de acusar y atormentar a la conciencia»[13].

De esta manera, entonces, el nominalismo de Lutero impulsó a éste a no reconocer la ley natural, y su teoría de la justificación por la fe lo impele a suprimir toda obligación de la ley moral. Así, a pesar de su pesimismo acerca de la libertad psíquica del hombre, Lutero instala el principio del liberalismo: cada cual hace lo que quiere.

Una Iglesia queriendo encuadrarlo, estrecharlo con coerciones intelectuales y legales, una regla moral que quiere dirigir, atar su voluntad: todo esto lo restringe, lo limita en sus actos. Todo esto es inútil y odioso.

He aquí la gran novedad, el gran descubrimiento que llevaba a Lutero al colmo de la alegría. Para celebrar este descubrimiento, él tiene páginas de un extraño lirismo. En lo sucesivo, él habrá acabado con el yugo de la ley y los tormentos de la conciencia. He aquí el Evangelio, es decir, la Buena Nueva que él venía a anunciar en nombre de Dios. Por espacio de siglos esta verdad había quedado escondida; la pobre humanidad había sido doblegada por la Iglesia romana bajo el yugo inútil y pesado de la penitencia, con la obligación de tender a la perfección a través de las obras personales. Lutero, por el contrario, venía a aprender a esconderse bajo el ala de Jesucristo, a elevarse -por la confianza, por el sentimiento, merced a un dulce ensueño- hasta el pie del trono de Dios.

Así es como resulta afirmada la independencia del nuevo profeta para con toda moral: al modo como un niño desnudo entregado a sus alegres retozos sobre una muelle alfombra despliega cándidamente todo su impudor[14].


Fátima para salvarnos de Lutero

Es fuerza constatar que el espíritu  del protestantismo ha penetrado por todos lados en nuestra sociedad posmoderna. El liberalismo ha entrado incluso a la Iglesia, y la Revolución conciliar, comenzada en 1962, se desarrolla sin vergüenza ante nuestros ojos, haciendo tabla rasa de los principios más elementales de la moral. El mismo papa ha ido a Suecia para dar inicio oficialmente, junto con los luteranos, a un «año de Lutero».

Más bien que el «año de Lutero», nosotros sugerimos festejar otro centenario: aquel de Fátima, donde la santa Virgen se apareció seis veces en 1917.

La santa Virgen es el «anti-Lutero», si vale expresarnos así. El monje pretendió que era imposible obedecer a  Dios, que la ley de Dios estaba por encima de nuestras fuerzas y que, hagamos lo que hagamos, no podemos salir del pecado  La santa Virgen, en cambio, obedeció a Dios; fiat: ésta es su divisa. Ella nos dice que obedezcamos a Nuestro Señor: «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2, 5). En Fátima, la santa Virgen mostró que se puede salir del pecado desde el mismo momento en que exhortó a las almas a convertirse y a cambiar de vida:

- Tendría muchas cosas para pediros, dijo Lucía: curar algunos enfermos y convertir pecadores, etc. - Algunos sí, respondió Nuestra Señora, otros no. Deben corregirse y pedir perdón por sus pecados.Y tomando un aire más triste: que no ofendan más a Dios, Nuestro Señor, que ya está bastante ofendido.

Fátima recuerda la necesidad de rezarle a la santa Virgen: el de notar que el rosario es mencionado en cada aparición; y la mediación de María es implícitamente recordada en el hecho de que la conversión de Rusia está ligada a la consagración al Corazón Inmaculado de María.

Todo esto está en los antípodas de la doctrina de Lutero, según la cual no es necesario rezarle a la santa Virgen, bajo pretexto de que no hay sino un mediador entre Dios y los hombres. Lo que implica olvidar que Jesús, el nuevo Adán, ha querido tener a su lado a una nueva Eva, María, a la que constituyó medianera de todas sus gracias. Por esto mismo, no rezarle supone dejar de honrar a Jesús y a su Madre.

No se puede menos que temblar al constatar que el papa Francisco instaló la estatua de Lutero en el Vaticano el pasado 13 de octubre, día en que se conmemora el gran milagro del sol. ¿No es esto, objetivamente hablando, una afrenta a la Madre de Dios?

Dios reclamó la práctica de los cinco primeros sábados de mes para reparar las cinco principales ofensas contra el Inmaculado Corazón. Entre estas ofensas se encuentran «las blasfemias de aquellos que se rehúsan a reconocerla como Madre de los hombres» y «las blasfemias de aquellos que buscan públicamente instalar en el corazón de los niños la indiferencia, el desprecio o incluso el odio respecto a esta Madre Inmaculada». Ahora bien, ¿no es esto aquello a lo que conduce la doctrina de Lutero y los protestantes?[15]

Felizmente, la Virgen María cuenta a menudo con «represalias» de madre, principalmente convertir a aquellos que la han ofendido, más bien que castigarlos. Así, durante la «vuelta al mundo», aquel viaje triunfal de la estatua de Fátima a través del mundo entero a partir de 1947, se han visto muy numerosas conversiones de protestantes.

Tratemos de replicar al año de Lutero con un año de Fátima, en el curso del cual recitaremos mejor nuestro rosario meditando los misterios, practicaremos la devoción de los cinco primeros sábados del mes y, sobre todo, aumentaremos nuestra devoción al Corazón Inmaculado de María pidiéndole especialmente el retorno de las autoridades conciliares a la Tradición y la conversión de los protestantes.



[1] DELASSUS Mgr Henri, La Conjuration antichrétienne – Le Temple maçonnique voulant s’élever sur les ruines de l’Église catholique, Lille, 1910.
[2] PÍO VI, Alocución al consistorio, 17 de junio de 1793.
[3] LEÓN XIII, Diuturnum illud, 29 de junio de 1881.
[4]  LEÓN XIII, Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los Estados, 1 de noviembre de 1885.
[5] Conferencia de monseñor Lefebvre, diciembre de 1973.
[6] Jacques MARITAIN, Trois Réformateurs, Plon-Nourrit, 1925, pp. 19-20
[7] Paulin PARIS, citado por mons. Henri DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, p. 42.
[8] Mgr Henri DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, pp. 42-45.
[9] Guillaume D’OCCAM, Commentaire sur les Sentences, II, q.15 et IV, q. 16 (Opera philosophica et theologica, t. 5, Saint-Bonaventure [N.Y.], 1981, p. 342 et 352, et t. 7, Saint-Bonaventure [N.Y.], 1984, p. 352).
[10]  Jacques MARITAIN, Trois Réformateurs, p. 20.
[11] Propos de table de Luther, citados en DTC « Luther », col 1207. Este artículo de DTC es del canónigo Jules PAQUIER (1864-1932), quien fuera el traductor de la obra maestra del padre DENIFLE, Luther et le luthéranisme.
[12] DTC « Luther », col 1229.
[13] DTC « Luther », col 1242.
[14] DTC « Luther », col 1246-47.
[15] Ver Philippe LEGRAND, Merveilles opérées par le Cœur Immaculé de Marie, éditions du Sel, 2006.

domingo, 16 de abril de 2017

DE LA BELLEZA INEXPLORADA

Fra Angelico, Las mujeres en la tumba vacía


«Pulcher Deus, Verbum apud Deum...
pulcher in miraculis, pulcher in flagellis...
pulcher in ligno, pulcher in sepulchro, pulcher in coelo»

(S. Aug., In psalm. 44)


Nuevas hacéis, Señor, todas las cosas
cuando esas llagas son transfiguradas
y vuestras santas carnes flageladas
rezuman mayor gloria que las rosas.

Eclipse que trasunta más dichosas
auroras que otras tantas alboradas,
el patíbulo vuestro, de sitiadas
y arcanas consonancias y radiosas.

Si la fealdad moral con sus afeites
no cejará hasta ver ya desolados
el agua, el vino, el pan y los aceites,

dadnos, Señor, vivir bien abastados
en el desierto henchido de vestigios,
en vuestras sacras úlceras cebados

y absortos y animados
por la escultora Diestra de prodigios.


Fray Benjamín de la Segunda Venida