jueves, 4 de junio de 2015

NO SIRVEN PARA NADA

Siempre rápidos para respaldar consignas masificadas y engañosas, de esas que ofrecen una estudiada apariencia de justicia pero promueven exactamente lo contrario, los obispos argentinos y la Acción Católica, entre otros, «manifestaron su apoyo a la movilización contra la violencia de género» (fuente aquí) que se realizó en simultáneo en unas cuantas ciudades del país, extendiéndose a Uruguay y Chile.

Cavar, no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza, podrían argüir nuestros medrosos mitrados frente a las crecientes y universales dificultades por sobrevivir, creyendo justificar así este inverecundo apetito presencial en los mitines del enemigo. Habrá que atribuirlo a humana debilidad no provista del sobrehumano auxilio: al fin de cuentas, ya desde la conocida fábula platónica sabemos que Penía (la pobreza) fue a aparearse con Poros (el recurso, la oportunidad), y que de esta unión nacería Eros, aquel dios que, siempre pobre como su madre, comparte con su padre la aptitud de estar continuamente al acecho y urdiendo alguna trama. Así, la inclemencia de las circunstancias a las que la Iglesia ha sido arrojada tras el triunfo de la Revolución moderna parece apremiar a sus jerarcas en pos de las más ignobles coyundas -ignobles que arrastran siempre más bajo a sus actores (que bien puso Cervantes entre irónico paréntesis, al referirse al pobre honrado, aquella nota: «si es que puede ser honrado el pobre»). Y pese a que sus cálculos y maquinaciones le han permitido a la Iglesia de Laodicea poner a salvo el pellejo, e incluso llegar a afirmar que «yo soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada» (Ap 3,17), consta que se ha quedado doblemente pobre por no querer ser rica en Dios -lo que, y siempre en referencia al ejemplo de Platón, nos ofrece alguna pista para entender el visible repudio de Agape por Eros de parte de nuestros prelados, cada vez menos honrados y más pobres a instancias de sus rebuscas y celestinazgos. Hubiera hecho falta reforzar la vigilancia y el compromiso con la Verdad para mantener alta la frente en lo más recio del temporal.

El caso es que la convocatoria constituye, a todas luces, la enésima engañifa de los amañadores de la opinión pública para alcanzar sus abominables objetivos: hacer cumplir a rajatabla la recientemente promulgada Ley 26.485, que -a juzgar por sus expresiones, reiteradas hasta el cansancio- se manifiesta rebosante de intenciones de eliminar toda distinción entre el hombre y la mujer, equiparando minuciosa y obsesivamente la actuación social de uno y otra -e instando así a una nivelación ontológica de ambos sexos, ahora "géneros", en una nueva embestida contra el orden natural. Ni decir que «vulnerar el derecho al aborto» se inscribe, para esta ley, entre los delitos de «violencia contra la libertad reproductiva». Para avanzar, pues, un poco más en el despropósito emprendido se recurre sin el menor escrúpulo a la figura de la "mujer golpeada" (drama dolorosamente real, pero no menos real, en nuestros días de locura colectiva, que aquel del hombre violentado psicológicamente por su cónyuge, para no referirnos a la violencia abrumadoramente superior que sufren los bebés abortados, por quienes no se orquesta ninguna marcha). Gracias a esta ley, la mujer que sufra una cachetada de parte de su marido puede dar con él en los tribunales, y aquellos conflictos que acaso pudieran sanarse con un poco de tiempo y paciencia y buena disposición de ambas partes quedan irremisiblemente abiertos, con jugoso lucro de los leguleyos intervinientes. Y la figura paterna y la institución familiar reciben un nuevo empellón hacia el abismo.

Cuando hace unos meses se quiso proyectar en los cines argentinos una película que exponía el drama de aquellos padres que no pueden ver a sus hijos a causa de la mala voluntad de sus ex-cónyuges, la misma acabó siendo censurada: se dio el sugestivo caso de que el mismo Instituto Nacional de Cine y Artes Ausiovisuales -que había subsidiado el filme quizá sin apercibirse del todo de su contenido- acabó por retirarlo de circulación al tiempo de su estreno. Que se alzan una multitud de intereses para que el caos social siga profundizándose resulta obvio al considerar la cruda arbitrariedad de la legislación que aborda estos asuntos. Así, frente a una falsa denuncia de la mujer no hay defensa posible: ni siquiera está prevista una pena para aquella que denuncia en falso. Y de las causas por "violencia de género" puede esperarse una celeridad que ninguna otra está en condiciones de activar. En el vídeo que reproducimos a continuación lo dice sin sonrojarse una psicóloga y columnista de televisión, una entre tantas beneficiarias de esta funesta industria: «al revés de lo que sucede habitualmente, que cualquier ciudadano es inocente hasta tanto no se demuestre lo contrario, yo creo que en las situaciones de violencia de género, por la dimensión del problema, debe invertirse la carga de la prueba. Es decir, si yo digo que él es culpable, él es culpable hasta que demuestre su inocencia».





Con esto nos basta para notar el tenor de las consignas que son capaces de defender los obispos olvidados de sus deberes de estado, hundidos todos en el viscoso escenario de la pública confesión. Confusión, si no, alentada desde el primer momento con ese indefectible don que tienen los medios propagandísticos hodiernos de componer mal sus neologismos más convocantes («femicidio», tan semánticamente manco como «homofobia»), y de agitar a las turbas solicitando la adhesión de los famosos a unas causas de las que ni unos ni otros reconocen las connotaciones más inmediatas. En esta infame bacanal colectiva contra la "violencia de género" faltaba sólo la extraviada de la presidenta bregando por la abolición del piropo, que a su generalizante y flaco seso sólo puede resultar «grosero, soez y bajo» sin excepción, así a la cortejada se le compare la sonrisa con el fulgor de la luna o, saqueándole el numen a Bécquer, se la apostrofe: «¡poesía eres tú!». El calibre del desquicio nos autoriza a temer que en el futuro próximo las cabezas de nuestros prójimos se lancen a rodar hombros abajo, y que éstos continúen su marcha sin advertir el menoscabo.

«Ni una menos»: tal el slogan elegido para azuzar a los tontos, pasible de parafrasearse en el no menos utópico «ni uno más» que aplicaríamos a los obispos: ni un prelado más que abra la boca en público sin haber estudiado su catecismo, ni un obispo más que corra a hacerse el simpático con los amos del mundo, ni uno más que desampare a sus ovejas y corderos para integrarse al coro de los aduladores del Anticristo. Queremos verlos blandir el báculo contra los lobos, para que ni uno más entre los consagrados a esta sí oportuna violencia "degénere" en esa universal degeneración del juicio y de los hábitos que ha esparcido sobre la faz del mundo una multitud de hombres feminoides y de hembras machorras, de curas laicos y de laicos doblemente tales. Que no repartan la lana y las carnes de su rebaño con el enemigo. Que no deba seguir diciéndose de ellos, como el Señor lo advierte a propósito de aquella «sal que no sala» (Mt 5,13), que ya no sirven para nada.

miércoles, 3 de junio de 2015

INSENSATECES Y HEREJÍAS



- ...y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, quizás una herejía...

- (¡No se aflija, Santo Padre! ¡No ha dejado de decir insensateces y herejías desde el primer instante de su pontificado, si no desde el primer instante de su vida!)


(La cita de Francisco puede recabarse aquí, en el minuto 4:12 del mensaje dirigido a los participantes del meeting Jonn 17, en Phoenix Arizona. La herejía en cuestión, de puro cuño bergogliano y correctamente caracterizada por su mentor -y que, pese al aparente reparo, él no se abstiene de proferir- es la del "ecumenismo de la sangre". La respuesta del camarógrafo, que anotamos a continuación, no pasó de ser pensada por éste).

lunes, 25 de mayo de 2015

PARODIA Y DESDORO EN LO DE ROMERO

El desaforado personalismo que aqueja a la Iglesia de nuestros días no ahorra recursos, y a las canonizaciones-express le suma la inclusión en el martirologio de hombres que no consta hayan muerto in odium fidei, por muy conmovedoras que hayan sido las circunstancias de su muerte (notándose, consecuentemente, el desconocimiento oficial de aquellos que sí debieran ser ofrecidos a la pública veneración como testigos). La beatificación de monseñor Romero es ejemplar sólo en este sentido, y se presenta llena de aditamentos que ilustran a suficiencia el caos doctrinal que cunde del Papa para abajo. Baste indicar, para botón de muestra, que un alto dignatario de la secta luterana salvadoreña presente en los festejos de la beatificación se sirvió precisar con ecuménica convicción que «monseñor Romero es de todos, también de los luteranos», abundando que «ya se ha firmado un comunicado conjunto de la Iglesia Católica y la Iglesia Luterana sobre la justificación por la fe que tanto nos había dividido en la historia de la Iglesia».

Pero mejor que estos parleros hablan los pastiches, la grotesca iconografía que acompañó a la apoteosis de Romero, que hizo olvidar -a no ser por la nota paródica presente en algunos de ellos, referida a motivos cristianos tergiversados, salvajemente deformados- que se estaba celebrando la memoria de un obispo católico -de alguien que, al fin de cuentas, había sido consagrado a Cristo. Ángeles trocados por helicópteros; antorchas olímpicas parejas en dignidad al copón, del que asoman hostias hinchadas como huevos; una especie de "sagrado corazón" de Romero; la corona de laurel que una rolliza ninfa flotante le deposita en la cabeza al obispo, etc. Una galería elocuente de aquella fe que hoy triunfa en el mundo.





domingo, 24 de mayo de 2015

PENTECOSTÉS Y "NUEVO PENTECOSTÉS"

La efusión de gracias extraordinarias en Pentecostés (y a posteriori, con los prodigios obrados por los Apóstoles desde el inicio de su predicación) era necesaria para el triunfo de la Iglesia. El ánthropos psychikós -es decir, el muy común de los mortales- no hubiera podido admitir el contenido arcano de esa enseñanza a no ser por los milagros que acompañaban el insondable anuncio. Un solo Dios en Tres Personas, el Hijo de Dios encarnado y muerto para redimir al género humano, la resurrección universal (para no hablar de las consecuencias morales de esta religión que proclamaba dichosos a los perseguidos y calumniados y mandaba amar a los enemigos): todo constituía un reto para la razón, y ésta podía tenerse tal vez por agraviada, según consta, v.g., en las querellas que Celso o Porfirio le movieron a la fe cristiana. Pues pese a las flaquezas de su voluntad, el hombre goza de su razón como de un poder y, conociendo la eminencia de la misma, se huelga en contar con ella para reconducirlo todo a ella. La irrupción de un mensaje suprarracional impone una humillación inicial a la que no se está dispuesto muy de grado: la aceptación de la excentricidad del Logos divino respecto de la presunta centralidad del logos humano. El anuncio del Evangelio requirió, pues, de señales, de una ostensible prorrumpción de gracias gratis datae que conmovieran la conciencia del hombre antiguo para impulsarlo a aceptar un depósito de verdades invisibles que podían implicarle muy probablemente la ulterior persecución e incluso la muerte: la pérdida, en suma, de todo bien temporal.

La Iglesia triunfó por la sangre de sus mártires y se cumplió el prodigio de la conversión del más relevante imperio que la historia conozca, justo a tiempo para consagrar sus inmediatos despojos: los reinos surgidos a su sombra, informados en sus costumbres y en su legislación por el Evangelio. Con sus luces y sombras, los mil años de Edad Media serán el tiempo en que la enseñanza de la Iglesia ilumine todos los rincones de la vida personal y civil. Salvo contadas y peculiarísimas circunstancias en que Dios dispuso fortalecer a su Iglesia o corregir algún desvío con la acción de santos taumaturgos cuyos prodigios servirían para garantizar su misión, el Espíritu Santo obró en todo este período, como siempre, según los medios ordinarios: a través de la gracia habitual, suficiente a elevar a las almas a la santidad y a mantener la cohesión sobrenatural del Cuerpo Místico.

Roto aquel orden social impregnado por el Evangelio, llevamos al menos quinientos años de repliegue, con un asedio siempre creciente de la Iglesia por el mundo y una sociedad civil que reitera el grito del Viernes Santo: «no queremos que Éste reine sobre nosotros», habiendo devenido el grueso de las naciones otrora cristianas otros tantos territorios de misión. El testimonio del Evangelio ahora debe llevarse no sólo a hombres que profesan el non plus ultra de la razón, sino incluso a aquellos que -hijos y nietos de bautizados, cuando no incluso bautizados ellos mismos- creen saber lo suficiente sobre la doctrina cristiana como para tratarla con desdén. Y, para colmo y según las evidencias, Dios no entiende proveer los medios extraordinarios de persuasión con que dotó a los primeros cristianos para argüir más eficazmente al mundo -conforme a las prerrogativas del Paráclito- «en lo referente al pecado, a la justicia y al juicio», lo que hace que ya casi nadie se convenza de la verdad del Evangelio: los prodigios -aunque engañosos- son ahora el recurso de la Segunda Bestia (Ap 13,13 ss., cfr. II Thess 2,9). Este panorama desolador, que hace del católico cabal poco menos que un paria (un excluido de la vida política, incapaz de influir positivamente en los destinos de la sociedad), se agrava con la apostasía de una enorme porción de los bautizados, muchos de los cuales conservan el alias de «cristianos» sin poseer la fe que otorga tal título. Entre distraídos y simuladores -o sencillamente entre adscritos a una nueva religión, la del Hombre- los viejos templos católicos y las añejas instituciones eclesiásticas han logrado mantener el mínimo de adeptos suficiente para que la disolución no se haga patente, para que el tránsito de la religión verdadera a una adulterada -que le parasita a aquélla sus estructuras temporales- pase del todo desapercibido.

Típica imaginería del "nuevo Pentecostés"
En este contexto, hablar de "nuevo Pentecostés" (como lo hizo reiteradas veces Juan Pablo II y lo siguió haciendo viciosamente el episcopado de todas las latitudes, impulsado por un como reflejo condicionado de optimismo) parece una broma cruel, a no ser que se quiera aludir de modo elíptico a un inminente reino post-parusíaco, como según una hermenéutica bastante disputada lo retrataría el capítulo xx del Apocalipsis. Pero nunca se aclaró que era esta expectativa la que se invocaba al hablar de "nuevo Pentecostés", lo que no impidió que la figura gustara y se siguiera explotando como un tópico.

En realidad, lo específico de los hechos de Pentecostés no fue la acción santificante del Espíritu Santo -cosa verificada en toda la edad cristiana, e incluso antes, según consta por la Escritura en el episodio de la Visitación, o en la Presentación de Jesús en el Templo, donde, exceptuados obviamente el Señor y su Madre, los otros protagonistas de los hechos aparecen «llenos del Espíritu Santo» (Lc 1,21; 2, 25). Lo específico de Pentecostés es una acción sensible y aleccionadora de la Tercera Persona divina para edificación de la Iglesia y conquista espiritual de las naciones: de ahí la efusión inicial del don de lenguas. Ahora bien: ni la Escritura ni la Tradición nos autorizan a pensar que un tal suceso vaya a repetirse -antes se diría que sugieren lo contrario. Que, alcanzado el máximo de su expansión temporal -como el arbusto de la mostaza o la masa hinchada por la levadura-, tuviera que sobrevenir una retracción tal que justificara aquella pregunta retórica del Señor: «cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?», no menos que las advertencias sobre el enfriarse de la caridad en aquellos tiempos. Es la Pasión de la Iglesia y no su apogeo temporal lo que cabe esperar antes de la Venida justiciera del Señor.

El "nuevo Pentecostés" de los discursos, al exhibir un triunfalismo ramplón y sin el menor anclaje en la realidad (como ocurre con el utopismo de ciertos slogans de Cáritas S.A.: recuérdese, entre nosotros, aquel risible «pobreza cero»), termina siendo desarmante para aquellos creyentes que, debiendo disponerse a librar el combate a que la hora insta, se abandonan al canto de las sirenas. No nos atrevemos a juzgar las intenciones del acuñador de la fórmula ni de su múltiples desperdigadores: nos consta, en cambio, que esto del "nuevo Pentecostés" mana un fétido olor, de fraternidad universal en la nuda condición humana, sin nada que remita al destino último del hombre. Se diría, de hecho, que algunos parecen valerse sacrílegamente del término para aludir, en osada antífrasis, a la Gran Apostasía.

martes, 19 de mayo de 2015

LA CATÁSTROFE QUE CONVOCAN

Haría falta un cronista-poeta anónimo (como el que cantó el «saco de Roma» con los luctuosos hechos grabados en sus retinas) para dar cuenta del saqueo hoy espiritual, acometido por colmo no ya por lansquenetes desorbitados sino por los mismos que tienen por cometido defender la Ciudad,

pues la nave de San Pedro     quebrada lleva la entena, 
el gobernalle quitado    la aguja se desordena,
gran agua coge la bomba        menester tiene carena
por la culpa del piloto      que la rige y la gobierna. 

Uno que nos vaticine el fin próximo de esta pesadilla, en el que ya cunden incluso obispos que hablan como hace sólo diez o quince años lo hubiera hecho el más enconado de los enemigos de la fe católica, insultando públicamente a los apóstoles o a la Magdalena sin recibir el menor apercibimiento desde Roma. Ni la basura de Charlie Hebdo suscita tanta repugnancia, pues acá al agravio a la fe se juntan la cobardía y la traición.

Hasta los fariseos de los tiempos de Jesús resultan dignos de honor en comparación con éstos: al menos de aquéllos pudo el Señor decir: «haced lo que dicen, pero no lo que hacen»: hoy no cabe imitarlos ni siquiera en lo que dicen, que

por la culpa del pastor     el ganado se condena.

Y qué fin podría esperarse de quienes, in virtute obedientia, se fían de pastores que tienen al falo por objeto de la visión beatífica, de bufarrones que recibieron las sagradas órdenes por un mal disimulado equívoco y que han hecho del sacerdocio una pantomima, y a los que sucesivos lances de bragueta les rindieron sedes episcopales, peleles a los que la apostasía, luego de matarles el alma, los arrastra por lugares infamantes y mil veces sórdidos, todos confirmados en sus extravíos por un jefe de verba inane e inmutable sonrisa, amigo de los enemigos de Cristo. Es la demolición invisible, la que por ahora deja incólumes los edificios, pero que -en virtud de esa estrecha solidaridad que suele haber entre las realidades espirituales y las de bulto- presagia una catástrofe próxima y bien tangible.

En ciertos países expuestos a los rigores de la guerra, los arquitectos y diseñadores de interiores que ofrecen sus servicios a las clases más pudientes idearon una así llamada panic room para esconderse ante la posible metralla, un cubículo fortificado en el que pasar lo peor de los bombardeos. Parece que en el Vaticano se ha solicitado a estos urbanistas para hacer frente a los rigores de la Parusía. Y que éstos, buscando una eficaz defensa, estarían facilitándoles a sus clientes sin saberlo el tránsito a su lugar de destino definitivo por medio de un profundo embudo que -se supone- llegaría hasta el centro de la tierra.



viernes, 15 de mayo de 2015

ICONOGRAFÍA NEOCATÓLICA PARA UN TIEMPO DE PAZ

Abrazo cósmico. Respuesta a la tragedia del 11 de setiembre de 2001
(tapiz) por Emanuel Demetrescu. Vaticano, Domus Sanctae Martae

Si, según la socorrida fórmula, a la lex orandi le corresponde su propia lex credendi determinándose ambas en causalidad recíproca, no será mucho suponer la incidencia de una lex intuendi, un cierto talante representativo, una impronta valorativa manifiesta en formas y figuras, capaz de ingresar con eficacia en la órbita de la fe y la oración, y siendo al cabo por éstas visiblemente informada.

De lo que se cree, así se pinta: que lo diga, si no, un fra Angelico. Lo mismo vale decir -sin la menor atenuación y como para dar una idea de la misérrima medida de la fe de nuestros pastores- de los disparates pseudoartísticos que, con profusión insensata, tiznan en nuestros días las iglesias, cuando no son estas mismas -en sus propias y opresivas líneas, en su deliberada frialdad e insipidez- las que profanan todo cuanto contengan. Como la capilla del albergue de Santa Marta, no sin algún acierto elegida por el papa Francisco para escenario de sus diarias homilías.

En aquella época de crisis que fue el inmediato pre-concilio, sesenta o setenta años atrás, no faltaron católicos indulgentes con el arte moderno (un Maritain allende el océano, o un monseñor Derisi entre nosotros) que argumentaban que, siéndole inherente al mismo arte moderno un cierto desasimiento de la materia en atención a la pura forma -y habida cuenta de que por la materia ingresa la imperfección al mundo-, cabía entonces esperar el tiempo de un arte depurado de excrecencias, simple con la simplicidad del espíritu, elevado a instancias de su humildad. Como si dijéramos: un promisorio inicio, una respuesta a flor de piel (es decir, "estética") a las aporías irresueltas de la hora. Es curioso que esta gente formada en el tomismo no supiera advertir el peligro de angelismo ínsito en tales intentos. La cosecha que los años arrojaron y la insobornable perspectiva temporal acusan al arte moderno de haber liquidado junto con la materia también la forma, de haber propiciado lo informe, de haber engendrado (luego de rechazar la vis representativa del arte) todo un aluvión de impostores y parásitos que medran del increíble prestigio que la nulidad alcanza entre nuestros contemporáneos. Acá también vale lo de «un abismo llama a otro abismo»: el abismo del no-ser solicitando a la industria y los desvelos humanos para una obra de aniquilación consensuada, la tradición o «acto de la entrega» trocada por el juego estéril de dilapidarlo todo. Se trata de que en las próximas generaciones no quede ni memoria de la baquía y el mérito de aquellos que, merced a esa peculiar ascesis que exige la creación de arte, se rinden a la belleza hallada y -en una operación irrenunciable para el bien común temporal-  la ofrecen a la pública ostensión.

Al neocatolicismo (es decir, a la religión del Hombre) ese carácter informe del arte moderno le es connatural, como lo es el que el simbolismo cristiano se vea sustituido por uno enteramente ajeno, a menudo conservando algún elemento de aquél para someterlo a una reinterpretación abusiva. Valgan los ángeles girando esas manivelas en el tapiz que reproducimos arriba para dar fe de esta irónica intención resignificante: los seres espirituales como garantes del mecanicismo universal. Los dos androides fundidos en un abrazo en medio de una atmósfera irreal grabada con los signos del zodíaco son el meollo del mensaje: el de una solidaridad meramente humana, sin nada en absoluto que remita a la obra de la Redención.

Y no esperemos ya otra cosa, que éste es todo el programa de Francisco, el hombre designado para apurar la torsión antropocéntrica de la religión conciliar. El mismo que enseñó recientemente a siete mil niños congregados en el aula Paulo VI, pujantes todos por sonsacarle alguna máxima sapiencial acerca de la receta para alcanzar la paz, que «todas las religiones tienen un mandamiento común: “amar al prójimo”. Y este amar “nos ayuda a la paz”, a “ir adelante en la paz"», con la oportuna especificación de que «todos somos iguales pero no nos reconocen esta verdad, esta igualdad», lo que motiva a menudo que cundan las injusticias: éstas y sólo éstas son, a la postre, las que impiden la paz.

La sala de audiencias, presidida no ya por la Cruz
sino por el engendro cósmico
Es cierto que la virtud de la religión entra en la órbita de la virtud cardinal de la justicia, incluso como su expresión más eminente: el primer mandamiento acentúa esta relación. Vulnerado este deber de justicia primordial, no es extraño que cunda toda suerte de atropellos entre los hombres.  Pero es claro que acá no se insinúa nada de esto, y que al igualitarismo civil como garante de la paz mundana se le adjunta el igualitarismo de las religiones, poseedoras -presuntamente todas- de un mandamiento común. Al modo de los gorgojos que atacan la harina, pronto llegará la exposición oficial de la eucaristía a su recepción sacrílega -allí donde todavía se la celebre válidamente. De lo que se trata es de promover la «igualdad» revolucionaria, cuyo auténtico y solapado nombre es individualismo crudo y descarnado.

Para esto hacía falta un demiurgo orbital ceñido de una imaginería que actuara a modo de corifante de su programa. La horrible y novedosa iconografía que adorna las estancias papales le ofrece el marco más adecuado a este programa, que ya va siendo el más grande desafuero de la historia.

lunes, 11 de mayo de 2015

LOS CASTRO, EN EL REDIL NEOCATÓLICO

Si la flamante reanudación de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba sirvió para demostrar que no era tan irreductible la enemistad entre ambas naciones, que las ideologías que sustentan a uno y otro régimen son pasibles de reencontrar aquel cauce común que abrió la Revolución de 1789 («izquierda» y «derecha», se sabe, son categorías dimanadas de la ubicación de los diputados en los escaños de la Convención francesa), lo que faltaba, para soldar la síntesis, era el bitumen espiritual que aportara un líder religioso mundial, uno que consagrara la coyunda política con la misma indulgencia con la que hoy, en otro plano del descarrío, se bendicen las uniones concubinarias, incluso entre maricas. Era demasiado obvio colegir quién desempeñaría ese papel, toda vez que los astros -o las maquinaciones de la alta política, incluida la política clerical-  han querido concurrir todos a este desenlace de las tensiones seculares con miras a instaurar de una buena vez el paraíso en la tierra. Francisco lo hizo, y ¿quién si no?

- ¿Mi sabiduría, mi modestia y mis virtudes?
¿Cómo, Raúl? ¿Sos lisonjero, o acaso irónico?
«El Papa está haciendo que vuelva a ser católico [...] Salí impresionado por su sabiduría, por su modestia y todas las virtudes que sabemos que tiene. Yo, y el círculo dirigente de mi país, leo todos los días los discursos del Papa. Y le dije que si sigue hablando así volveré a rezar y volveré a la Iglesia católica y no es broma»: tales las petardistas razones de Raúl Castro ante los cagatintas, que hacen pensar en la definitiva suplantación del concepto de lo «católico» por otro de nuevo y paródico cuño que remite en todo caso a la universalidad del egotismo, a la minuciosa corrupción del mayor número de gentes según la ley del orgullo, donde cada minúsculo ácaro humano se erige en impugnador de la ley divina sin el menor aviso de la conciencia. Porque -convengamos en lo obvio- acá no se trata de la clamorosa conversión in articulo mortis del viejo tiranuelo arrepentido de sus crímenes, sino todo lo contrario: en la "conversión" de la Iglesia a la buena nueva del materialismo dialéctico, o al ateísmo sin más, y todo en el marco de una exasperante mediocridad de palabras y acciones de la que nadie parece percatarse, tal el letargo. "Si [Francisco] sigue hablando así..." añoraremos las ciegas embestidas de un Nietzsche o un Baroja, enemigos al menos más talentosos.

En esta confusa sazón, aparte de los consabidos favores del capital financiero para con la propaganda cultural marxista, caben otras paradojas aún más chirriantes: «soy comunista y como saben en el pasado uno no podía ser miembro del Partido Comunista si era católico», según Castro, haciendo implícitamente notar que en el presente sí se puede ser comunista y católico. En el pasado, ciertamente, León XIII podía calificar al comunismo como «mortal enfermedad que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana, poniéndola en peligro de muerte», y Pío XI no atendía a respetos humanos al referirse al bolchevismo como a «satánico azote» portador de «una idea aparente de redención» al que «un pseudo ideal de justicia, de igualdad y de fraternidad en el trabajo satura toda su doctrina y toda su actividad con un misticismo falso que halaga a las masas». Ni el elocuente magisterio de sus predecesores ni el saldo histórico de cien millones de muertos a instancias del marxismo bastaron para que Bergoglio dejara de encontrar a éste llevadero e incluso benéfico, ni hicieron temblar su mano al momento de quemar su acostumbrado grano de incienso a la corrección política.

Como aquel flautista del cuento, que con sus melodías conducía engañadas a las ratas que infestaban el pueblo para que se lanzasen al río a morir, era menester arrastrar las multitudes al puente que se yergue sobre la Gehenna, término de su ilusión antropolátrica. Nada mejor que un pontifex para tal cometido, un flautista bien compenetrado con su labor, dispuesto a lanzarse él también a las aguas letales: el mismo que últimamente estuvo telefoneando a una conocida activista italiana pro-aborto, enferma de cáncer, para alentarla en "su lucha".

Los carbonarios del siglo XIX podrán al fin jactarse de que sus desvelos alcanzaron fruto. El naturalismo, largamente abonado desde los días de la Ilustración, ya logró abatir los últimos bastiones. Sobrada razón tenía Donoso Cortés al proyectar las falaces doctrinas bogantes en su tiempo, con sus consecuencias harto multiplicadas, en un presente cada vez más parecido al nuestro: «es imposible no echar de ver en ellas el signo misterioso, pero visible, que los errores han de lle­var en los tiempos apocalíp­ticos. Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en esos tiempos formida­bles, no me sería difícil apo­yar en poderosas razones de analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será un colosal imperio de­magógico, regido por un ple­beyo de satánica grandeza, que será el hombre de pecado».