viernes, 9 de mayo de 2014

EL EJEMPLO HISTÓRICO QUE NO CUNDE

Frecuentemente han sido señaladas las similitudes entre la actual crisis de la Iglesia y aquella sufrida en tiempos del arrianismo: desmedro del misterio y de la nota sobrenatural de nuestra religión, con consecuente reducción naturalista de los contenidos de la fe; imparable contagio del error, particularmente entre clérigos, con especial énfasis en la Jerarquía; aversión sañuda a la recta doctrina y a sus defensores, etc. El célebre apotegma de san Atanasio: «ellos tienen los templos, nosotros tenemos la fe», podrían repetirlo hoy no pocos fieles absortos ante la hecatombe que avanza sobre el atrio y las naves, sobre el altar mayor, y la esperanza de una restauración católica parece que deba cifrarse toda ad orientem, velando por aquel rayo incontenible que trazara la rauda eclíptica del Regreso Glorioso.

Es sabido que aquella peste esparcida por Arrio, pese a los sucesivos concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia, continuó bogante por un largo siglo más. «El arrianismo -apunta Romano Amerio- fue el intento de desflorar la originalidad del kerygma primitivo adentrándolo en el gran flujo gnóstico», y esto se hizo desmochando la doctrina, ajustando todo dato revelado al dato empírico o racional, sustituyendo el misterio por el secreto, negando la suprema realidad teándrica por la cesura irremontable entre lo divino y lo humano. Ésta es la clave última del arrianismo, y lo es del modernismo y sus múltiples adventicias proyecciones: el escándalo ante la inteligencia insondable de Dios y la santidad de sus decretos.

Hay un hecho histórico notable por haber impulsado el finiquito de la infestación arriana: la conversión del rey visigodo Recaredo y su profesión pública de fe en nombre de su pueblo (589), que se había mantenido en el error de Arrio desde su fallida conversión. En el Tercer Concilio de Toledo, convocado por el ortodoxo rey para ofrecer a sus súbditos «como un santo y expiatorio sacrificio», expone él la iniciativa de aquella nación que «separada antes por la maldad de sus doctores de la fe y la unidad de la Iglesia Católica, ahora, unida a mí de todo corazón, participa plenamente en la comunión de aquella Iglesia».

Antonio Muñoz Degrain, Conversión de Recaredo (1887)
No faltan historiadores que señalan la marcada y duradera influencia que produjo esta pública profesión de fe en la formación de la nacionalidad española, y cómo la Reconquista iniciada en Covadonga (721) encontró aquí, precedida en ciento treinta años, la marca de su destino. Pero lo que nos interesa apuntar es lo que fray Victorino Rodríguez O.P. supo deducir de este providencial suceso: la afirmación «del carácter social y público de la fe» como causal de una política de cristiandad, política que «supone que la fe católica se encarna en el hombre y en las estructuras humanas: familia, sociedad, Estado. Los cristianos medievales (...), consecuentes en su ser y obrar (...), iban a mil años luz por delante de aquellos peritos que durante el Concilio Vaticano II negaban competencia a los Estados católicos para conocer y decidir sobre la confesionalidad católica de una nación». De aquí la demencial paradoja de alentar una consecratio mundi, tal como el Concilio lo señaló como tarea y desafío para los seglares, al mismo tiempo que se niega toda necesidad de explícita impregnación de las instituciones civiles por el Evangelio. Un verdadero y afanoso programa de consagración del mundo es, en todo caso, el que se esboza en la Quas Primas, y no en la monserga pluralista tan en lamentable vigor.

Aquellas paradojas son la materia de la verbosidad inane de nuestros pastores, porfiados en situarse en los antípodas de un Recaredo o de un Clodoveo -o incluso, muy más módica y recientemente, de un Putin-, al reparo de todo posible conflicto con los enemigos de la Cruz. No hace falta recordar que una valiente profesión pública de fe supone la previa conversión, la abjuración decidida de los viejos errores. Es la lección paulina (Rom 10,9) del "confesar con la boca y creer con el corazón". Para quienes hoy comandan a los fieles, en cambio, y como lo reclamaron meses atrás los obispos africanos a los fines de frenar las migraciones masivas, son menester «desarrollo y democracia». O nuestro impresentable presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, notorio pedisecuo del Jefe (si es a juzgar por sus declamados principios), que aboga con urgencia por «una cultura del encuentro, del diálogo y de la solidaridad» para sortear el caos de marginalidad y delincuencia imperante en nuestro medio. No ya la conversión de jueces y convictos, sino apenas «la aplicación de la ley en el marco de la Constitución» para consolidar «la vida de la democracia». Así, a falta de audaces golpes de timón histórico (audaces por santos y santos por audaces, como aquellos que antaño supieron dar los monarcas que azotaron a la herejía), el modernismo y sus engendros seguirán teniendo seguro asiento en nuestras cátedras episcopales.

sábado, 3 de mayo de 2014

LA MISERICORDIA DE ESTOS FARSANTES

Settimo Manelli (1886-1978) y Licia Gualandris (1907-2004),
padres de veintiún hijos, entre los cuales Stefano.
Está iniciada la causa de beatificación de ambos.
Una noticia que no necesita de glosas: al padre Stefano Manelli, fundador de la intervenida congregación de los Franciscanos de la Inmaculada (a él y su flagelada orden nos hemos referido ya otras veces, aquí y aquí), le ha sido negado, por parte del comisario apostólico Fidenzio Volpi, el permiso para visitar el pasado 1° de mayo -día de su cumpleaños- la tumba de sus padres, reconocidos por la Iglesia como Siervos de Dios.

Bueno, sí, una glosa que se impone como obvia: después de haber contrapuesto sofísticamente la misericordia a la doctrina y al culto, después de haber propugnado una Iglesia descuidada de las formas y libre de certezas dogmáticas a favor de una presunta "caridad más audaz", de una "Iglesia profética", la zarpa de estos hijos de la mentira viene a posarse, con toda la misericordia que sus entrañas pueden albergar, sobre los ejemplares más santos (se diría que en la pronta identificación de éstos se revela, sin la menor sombra de duda, la infalibilidad del actual pontífice). Y les dan sin asco, sin tregua y a destajo.

El padre Volpi, recibiendo
precisas instrucciones de Francisco

Fuente: http://blog.messainlatino.it/2014/05/pstefano-manelli-il-regalo-per-l81-suo.html

viernes, 2 de mayo de 2014

AL TRASTE CON LAS FORMAS

Todo es de una impudicia asombrosa en esta versión irreconocible de la Iglesia católica. Irreconocible a quien no hubiese sufrido con ánimo inmutable la declinante gradualidad de los tiempos: pensemos en un alma pía del 1914 que, en entrando a la parroquia a rezar unos minutos ante el sagrario, hallase en su interior el tugurio en que devino en nuestros días la otrora casa de Dios. El altar reemplazado por una mesa de manicura, el sagrario corrido a un costado, los afiches manuscritos al pie del ambón, el cotillón y las guitarras, la sensiblería de los feligreses y el cretinismo del celebrante, que ahora les da a aquéllos la cara (y la espalda al Señor) y les habla de fútbol y de valores cívicos... Esta azorada alma habría creído, sin dudas, que el templo estaba siendo profanado con un culto ajeno y desconocido.

Y es que la nota de catolicidad (universalidad) de la Iglesia reconoce al unum como principio formal: unus Dominus, una fides, unum baptisma. La pluralidad (entiéndase la pluralidad admisible: los demonios y los réprobos no integran el Cuerpo Místico) corresponde, en todo caso, a los sujetos y a las comunidades locales. Y más: esa universalidad abraza las coordenadas espacio-temporales, y no sólo las espaciales, como podría presumir quien no viese en la Iglesia mucho más que un vasto organismo político abocado a un ingente y sostenido esfuerzo centralizador. La universalidad de la Iglesia, no menos que al espacio, abarca al tiempo y las generaciones: de ahí la conocida fórmula de Lérins, «quod semper, quod ubique, quod ab omnibus». Sustrayéndole esta nota a la Iglesia, se le quitan todas las otras (a saber: unidad, santidad y apostolicidad), ya que todas se suponen recíprocamente.

Lo que se ha hecho con la Iglesia (merced a la consagración de un cierto método diacrónico con ínfulas de ciencia que se empleó para su vivisección) es volverla contra sí misma, erigida ella misma en tribunal contra su propia Tradición. A la historicidad inherente al hombre (y que, por tanto, afecta a la Iglesia) se la quiso traer por garante del más obtuso historicismo, y entonces se acabó por negar la presencia irradiante de lo eterno (irrevocable) en lo presente. Reino dividido, dislocado, reino tomado por asalto y entregado a la rapiña de los viles, de los mercaderes de lo sagrado en especies; viña pisoteada por los jabalíes; jardín otrora cercado, hoy presa de la agresiva apetencia de las cabras montaraces. Labrantío refinado con sucesivas labranzas, malogrado finalmente por la fiebre excavadora de legiones de vizcachas, de peludos.
El peludo, bestia capaz de abrirse un sendero
 subterráneo a fuerza de garfios, en minutos

Mesa en que se ponen los pies que acaban de hollar los corrales; casa tiznada por dentro y por fuera con el moho, el hollín y las deyecciones de moscas y cucarachas. Casa agrietada en toda su extensión, siniestrada por voraz incendio, y apagado éste a su vez por una riada incontenible de fango, con el mobiliario remanente patas arriba, chamuscado, y el hedor asociado del lodo y la ceniza. Lodo y ceniza que debieran evocar la penitencia («el polvo y el lodo han de servir de despertadores que me traigan a la memoria mi origen y la materia de que fui formado, imaginando cuando los viere, que me dan voces y me dicen: acuérdate de que eres polvo», padre Luis de la Puente), y en cambio, incomprensiblemente, suscitan en esta hora la hilaridad y los festejos.

Porque es la hora en que coinciden los daños más hondos y las estrepitosas risas, la persecución de la Iglesia a los mejores de sus hijos y la promoción de los depravados a los mayores cargos. Se han tocado lamentaciones (y lo ha hecho Nuestra Señora en las reiteradas apariciones reconocidas oficialmente) y no se ha llorado, y en cambio se ha reído a mandíbula batiente, como en las recientes turbo-canonizaciones en las que se llegó, por la lógica misma de las circunstancias, a canonizar en tiempo récord al pontífice responsable de simplificar al colmo los procesos, haciendo increíblemente innecesaria la certificación de la heroicidad de las virtudes del candidato a los altares por la eliminación de la figura del «advocatus diaboli». Pues cualquiera sabe que un milagro puede fraguarse, o bien puede admitir una causa ajena a la intercesión del sujeto en cuestión, pero el ser señalado como irreprensible: ¡esto es lo difícil, y lo que hace a la santidad tan preciosa y rara, y digna de rendida admiración! Y conste que ya lo había dicho el propio Juan Pablo II, y se lo repitió por estos días con irrisoria solemnidad: se canoniza a la persona, y no al pontificado, como si el pontificado no fuese el fruto probatorio de la virtud que se espera reconocer en el pontífice. ¿O acaso la piedad personal y la bondad de carácter de Luis XVI lo absuelven de la gravísima responsabilidad de haber permitido, por debilidad, el avance de la funesta revolución? Aunque rece el rosario todos los días y socorra con limosnas a las Damas de Caridad, un rey feble, ¿puede ser un prócer?

Digan lo que digan, lo que cualquiera advierte es que se canoniza al pontificado, y aun más: se canoniza al Concilio. Sin el menor asomo de rubor por lo burdo de la engañifa, que ahora resulta que a la misma Iglesia que tuvo sólo cuatro papas santos en los mil años previos al Vaticano II, de los cuatro difuntos papas postconciliares ya le hicieron dos, y un tercero con fecha próxima de beatificación, pese a las hirientes evidencias que debieran paralizar la causa. Y por si quedaran dudas de que la voluntad es ley, ahí está el neosanto Juan XXIII, que ni siquiera necesitó de un segundo milagro para treparse a los altares.

Viene a comprobarse, de pasada, una de las más ominosas facetas de la protestantización de la Iglesia: la que haría oportuna la aplicación, en la hora actual, de aquel lamentable principio de Cuius regio, eius religio, el mismo que se impuso en la paz de Augsburgo como una salida pragmática a la amenaza de un rebrote crónico de las guerras de religión en los dominios imperiales de Carlos V. Esto supuso sancionar, para los países protestantes, el finiquito de la catolicidad y la definitiva subordinación de lo religioso a lo político: la rápida subdivisión del cisma en iglesias nacionales es la prueba más tangible de ello. Para ruina de la Iglesia, los patológicos antojos de Bergoglio y la ñoñez del neo-católico medio hicieron posible la importación de la vieja fórmula, que puede traducirse en nuestro caso como «según lo piense Francisco, así habrá de creerse», incluyendo la más paladina revisión de la doctrina del pecado original, haciendo ahora a la desigualdad «la raíz de los males sociales» (ver aquí). Queda clara la escisión, la quiebra del vínculo con todas las generaciones que nos precedieron en la fe, el abandono de la catolicidad. Con razón el blogue angloparlante de Mundabor, con justo fastidio, después de asentarle al pontífice el remoquete de Destroyer ("Destructor"), se sirve recordar la enseñanza genuinamente católica acerca del origen de los males sociales: «la rebelión a la ley de Dios de parte de nuestros primeros padres -una rebelión que todos arrastramos con nosotros, y que está en la raíz misma de la pecaminosidad del hombre- es la que ha causado al mundo el ser afectado por guerra, hambre, peste, pobreza, pervertidos, comunistas, curas del Vaticano II y Jorge Bergoglios. El mensaje cristiano ha sido siempre claro».

Se impone a la vista: la Iglesia ya no sólo se ha dejado invadir por el virus mortal, sino que incluso ha dado al traste con las formas. La desvergüenza lo invade todo. No bastaba que la deriva postconciliar hubiera visto decaer dramáticamente las vocaciones religiosas, hubiese olvidado el decoro de las celebraciones y la pureza de la doctrina: ahora debemos tragarnos las veleidades de las monjas pop-stars y las coreografías con obispos bailando el ula-ula. Para coronar la obra, un triunfalismo tan impúdico como canallesco viene a encubrir a los responsables últimos, ofreciéndolos como modelos a imitar.

¡Dejen respirar!
Pasa como en el transporte público de pasajeros en las "horas pico", con la unidad atiborrada de gentes que viajan como sardinas enlatadas, y el aire falta, y los pulmones gimen por una bocanada de aire fresco. No va que en esas circunstancias opresivas, paroxísticas, no falta el gracioso oculto que se pone a pedorrear, como quien quisiera hacer sucumbir con crueles bromas a los agonizantes.

Algo así nos resulta el pontificado de Destroyer y sus socios en la empresa de demoliciones. Que si continúan dispuestos a contrapuntearle a la crisis con jaranas, habrá que temer les repliquen desde arriba con nuevos signos de advertencia, en una santa porfía que involucra a las causas segundas como actores. Algo muy grave debe estar exigiendo que el acostumbrado silencio de Dios ceda el paso a la elocuencia de los signos, desde aquel rayo sobre la cúpula de san Pedro el día de la renuncia de Benedicto, a la gaviota (larus argentatus) posada en la chimenea de la Sixtina momentos antes de la fumata blanca -misma ave que, acompañada de un cuervo, atacó a una paloma soltada desde la ventana de la Loggia posteriormente por Francisco. Para no aludir a la desgraciada muerte de un joven residente en la calle Juan XXIII de Bérgamo, dos días antes de la canonización conjunta de Wojtyla y Roncalli, aplastado por un crucifijo erigido en 1998 en honor de Juan Pablo II con ocasión de su visita a Brescia (cuna del próximo beato Paulo VI). La última, un día antes de la doble canonización, fue la mutilación de una mano de la Madonnina de Civitavecchia (otrora honrada por el papa polaco) por la caída inopinada de la corona de oro que llevaba sobre su cabeza.

El valor de estas curiosas evidencias, se descuenta, es persuasivo más que probatorio. La escalada, con todo, se anuncia imparable. Dios también parece decidido a dar al traste con las formas, es decir, con la serena disposición habitual de las cosas. Huelga decir que el Señor apuntaba al creciente dramatismo esjatológico cuando previno, para nuestro mayor consuelo, aquello de maiora videbitis.


jueves, 24 de abril de 2014

FRANCISCO Y EL TELÉFONO

¡Mirad cómo un fuego tan pequeño es capaz de incendiar un tan grande bosque!, clama el apóstol (Santiago 3,5). Dígase lo mismo de un invento tan extendido como el de Graham Bell, que por estas horas está revelando una virtualidad insospechada. En efecto, nadie creería posible abatir a una ciudad no con bombas, sino con guijarros. Queda demostrado, sin embargo, que los humildes guijarros concentran un amplio poder detonador, disponible a la mano, a la mira, a la persona de quien los lanza.

Una jugada maestra -dicho sea sin ironías- para ir condicionando las conclusiones del próximo sínodo de los obispos, para remachar la persuasión de que los resultados de la vasta asamblea episcopal son del todo obvios. Al fin de cuentas el cardenal Kasper, favorito de Bergoglio, ya había proferido su ultimátum: «si repetimos sólo las respuestas que siempre se han dado [i.e.: la no admisión de los divorciados en nueva unión a la comunión eucarística], esto llevaría a una terrible decepción. Los testigos de la esperanza no podemos dejarnos guiar por una hermenéutica de miedo. Se necesita coraje y sobre todo la confianza (parresía) bíblica. Si no lo queremos, más bien, entonces no deberíamos tener ningún sínodo sobre nuestro tema».

La táctica es prolijísima, tanto que no deja de sorprender cuántas connotaciones resultan de un acto en apariencia tan irrelevante como una llamada telefónica, no menos que del elocuente silencio posterior, cuando el alud de las repercusiones hubiera hecho esperar una pronta desmentida oficial. Así, los que pujan por cambios en la disciplina de los sacramentos se ven alentados por ese silencio, que no niega la veracidad de la versión; por contrarias razones, los beatos que entierran sus sesos en la arena se ven fortalecidos en su confianza, porque el silencio no alcanza a confirmar lo que se rumorea. Y Francisco resulta incólume, y aun queda como un gran tipo: se interesa personalmente por la suerte del más remoto morador de provincias, siempre superior al protocolo y a las normas que rigen su estado, y alienta una reforma radical de la Iglesia en el sentido de la misericordia, de cuya existencia podría considerárselo el redescubridor. Su desdeñoso silencio tras de los tiquismiquis desatados por su paso es la porción olímpica, señera, que le corresponde como licencia a su notoria humildad. Él no tiene por qué andar dando explicaciones: aunque haya depuesto casi todo signo de su dignidad pontificia, aunque haya trocado los apartamentos papales por un sencillo residencial compartido, y vista zapatos raídos y lleve consigo a todos lados el bolso con sus pertenencias, es el Papa, ¡qué tanto!, y se le concede lucir -según su justo arbitrio y cuando así le plazca- la placidez de yeso de las demás estatuas.

Se tienen abundantes pruebas del daño monstruoso que afecta al psiquismo de los sujetos ungidos por el star system. Esa publicidad continua, la vivencia artificial de las alturas y el vértigo de la popularidad suelen confirmar a sus desdichados experimentadores en la ilusión de que su voluntad es ley. Es la misma hybris que otrora inspiró la conocida bravata de los Beatles ("somos más populares que Jesucristo") la que viene ahora a enseñorearse del pontífice para persuadirlo de que puede revocar la enseñanza explícita de nuestro Señor acerca del adulterio. La invariable propensión patológica de las masas a ser engañadas y la habilidad para suscitar golpes de efecto harán el resto en la consecución de esta pesadilla.

Marshall McLuhan supo describir al príncipe de este mundo como a «un diestro ingeniero electrónico». ¿A quién le cabe alguna duda de que es no menos perito en las comunicaciones de masas?


NOTA: Recién después de un día y medio de verse abarrotadas las agencias informativas con repercusiones de la presunta llamada telefónica de Francisco, la Oficina de Prensa de la Santa Sede emitió un comunicado que la impericia interpretativa de los periodistas de casi todos los medios entendió como una desmentida, cuando en realidad no afirma ni niega nada (lo que, vista la gravedad del caso, equivale a una elíptica confirmación). Así de lacónico y esquivo el texto:  “En el ámbito de las relaciones personales pastorales del Papa Francisco ha habido diversas llamadas de teléfono. Como no se trata absolutamente de la actividad pública del Papa no hay que esperar informaciones o comentarios por parte de la Oficina de Prensa. Las noticias difundidas sobre esa materia -ya que están fuera del ámbito propio de las relaciones personales- y su amplificación mediática no tienen por lo tanto confirmación alguna de fiabilidad y son fuente de malentendidos y confusión. Por lo tanto hay que evitar deducir de esta circunstancia consecuencias relativas a la enseñanza de la Iglesia."

Juzgue, pues, el buen entendedor.

miércoles, 23 de abril de 2014

UNA IGLESIA QUE MENDIGA EL PERDÓN DE SUS ENEMIGOS

Los hospitales, con ser ámbitos para la cura de las enfermedades, lo son también -cruel ironía, y despiadada- de su propagación. ¿Quién no escuchó hablar de esos temibles "virus intrahospitalarios" que a menudo acaban con la salud y aun con la vida de pacientes internados por un cuadro menor? Que la Iglesia, en palabras ya bastante celebradas de Francisco, deba asimilarse a un "hospital de campaña", reclama la atención sobre este indeseable aspecto que, no por secundario, es menos apropiado a la realidad de todo nosocomio.

Juan Pablo II en el muro de los lamentos
Cunden virosis de todas las cepas y calibres en este "hospital" que no acude a las defensas, y que ha visto declinar precipitadamente la disciplina del personal. Y aunque no sea el caso de ensayar un inventario de morbosidades en imparable auge, valga señalar una de reciente erupción y que se anuncia demoledora en lo sucesivo. Se trata del «pedido público de perdón» (morbo cuya nomenclatura, en lo sucesivo, abreviaremos con la sigla PPP), ocurrencia de Juan Pablo II que, en marzo del rotundo año de 2000, con la proclamación de la llamada Jornada de Perdón, manó un documento encomendado a la Comisión Teológica Internacional con el bombástico título de Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado, y que fuera saludado en nuestra arquidiócesis de Rosario, con obsecuencia ejemplar y locuela desenfadadamente insulsa, como a documento con el que «se ha abierto una nueva etapa en la forma católica de releer la historia de la Iglesia» (P. Hernán J. Pereda, cpcr. 2000 años de Cristianismo. Historiograma del camino de la Iglesia, 11ª edición, Fecom, Madrid, 2007). Sería la ocasión de comprobar cuánto, en la Iglesia post-conciliar establecida y a expensas del llamado neo-conservadurismo eclesial, las pestes se reclamen unas a otras: cuánto el mimetismo haga yunta con la memez y el entusiasmo inane vocee los encomios más arrebatados. Pero no queremos desviarnos tan impunemente del tema.

Aquel documento, mirante a propiciar una así llamada «purificación de la memoria» con ocasión del Jubileo, abunda en consideraciones, en rigor, bien ponderadas. Distinguiendo el perdón sacramental y las indulgencias -que revisten siempre un carácter personal- de este reconocimiento de culpas históricas de la Iglesia en la persona de sus hijos, no elude la necesidad para ello de un
«correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando.»
Nada, pues, de ofrecerse en bocado a los escualos así nomás. Incluso, y luego de reiterar la necesaria correlación de juicio histórico y juicio teológico, y de señalar los principios ineludibles en la consideración de los hechos del pasado pasibles de revisión y disculpa (principios de conciencia, de historicidad, de "cambio de paradigma", que impiden trasponer indebidamente sucesos de unos a otros contextos, afectando así su significación), se recuerda que
«el destinatario de toda posible petición de perdón es Dios, y que eventuales destinatarios humanos, sobre todo si son colectivos, en el interior o fuera de la comunidad eclesial, deben ser identificados con adecuado discernimiento histórico y teológico, sea para realizar actos de reparación convenientes, sea para testimoniar ante ellos la buena voluntad y el amor a la verdad por parte de los hijos de la Iglesia»,
evitando que «actos semejantes sean interpretados equivocadamente, como confirmaciones de posibles prejuicios respecto al cristianismo», y rehuyendo asimismo «la puesta en marcha de procesos de autoculpabilización indebida».


Hasta aquí, parecería no haber nada que objetar. Baste sólo atender que quienes en su momento lamentaron la publicación de este documento no lo hicieron tanto en función de su contenido (que aun sus partes más discutibles podían soslayarse, con un poco de paciencia, al abrigo de pasajes como los precedentes, que podían ofrecer su más correcta pauta hermenéutica), sino de su oportunidad. La sazón elegida era, huelga decirlo, la de una rabiosa ofensiva laicista aún hoy en pleno vigor, con una multiplicación extenuante de los intentos de desacreditar a la Iglesia. Era demasiado previsible que el documento fuese acogido por los medios de masas tal como se lo hizo: como un disculparse la Iglesia por la Inquisición y las Cruzadas, por la evangelización de América y por el poder temporal del Papado. Y esto, aparte de los pérfidos intereses en juego, debe imputarse a ese carácter liberal que lo impregna y lo tiñe todo en la Iglesia desde hace decenios, carácter que les da a los mismos pontífices una fisonomía bifronte, una desconcertante aptitud para decir una cosa y sugerir a un mismo tiempo la contraria. La impresión que deja la lectura de «Memoria y reconciliación...» es (a la postre, y pese al señalado recaudo de evitar una innecesaria autoflagelación ritual) que la Iglesia abjura de una parte importante de su pasado, asumiendo las falaces imputaciones que sobre el mismo volcara el Iluminismo. En fin: podrá admitirse que el juicio acerca de la validez del documento -que carece de valor propiamente magisterial- varíe un más o un menos por un quítame de allí esas motas; son los reparos a su conveniencia los que finalmente se imponen, y lo hacen con el más fundado de los realismos.

No fue el primer episodio de PPP en la historia de la Iglesia. Como lo recuerda el documento, ya
«en el discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio, el Papa [Paulo VI] pide perdón a Dios [...] y a los hermanos separados de Oriente que se sientan ofendidos por nosotros», 
ejemplo -como se ha visto- imitado y extendido con la máxima latitud posible por Juan Pablo II en la ocasión que reseñamos. La brecha que se abrió entonces, tal como era de esperar, tenía todo a favor para ensancharse.

Lugones, hacia los años treinta del pasado siglo y horrorizado ante los frutos de la escolaridad "normalista" impulsada por Sarmiento, afirmaba que la degradación de la inteligencia de los argentinos era mensurable década tras década. En la Iglesia de nuestros días, aplicando el símil y viendo precipitado el ritmo hasta la exasperación, habrá que decir que se alcanza una nueva cota descendente no ya cada diez eternos años, sino a cada bienio transcurrido. A trueque de aquella Comisión Teológica presidida por el entonces cardenal Ratzinger, hoy tenemos documentos pontificios como la Evangelii Gaudium, firmada por Bergoglio pero salida en buena parte -según dicen- de la vulgar sesera de un Tucho Fernández, a quien por colmo no le repugnó autorreferenciarse en uno de los párrafos. Así ahora Francisco, urgido por la apremiante situación creada por los clérigos pedófilos y pisando el pedal aparejado otrora por Wojtyla, salió a pedir público perdón por los abusos de sacerdotes contra menores. Lo que ya no consta, en estos convites de prensa tan mundanos -y tan impropios de la dignidad del cargo-, es lo que todavía podía afirmarse catorce años atrás: que «el destinatario de toda posible petición de perdón es Dios». Hoy se habla a interlocutores meramente humanos, prevaleciendo para con ellos la más indecorosa prudentia carnis, el mal disimulado afán de congeniar a cualquier precio.

Entiéndase: es menester que el pontífice se pronuncie sobre estos casos, y no podría hacerlo sin pedir, en nombre de la Iglesia, el debido perdón a los afectados. Lo que debe cuestionársele es no haber extendido la petición de perdón a la apostasía reinante entre los ministros sacros, que es el hontanar del que manan estos delitos. El no haber solicitado la colaboración de las autoridades civiles en la lucha contra este flagelo, instándolos a acabar de una vez con la promoción de la perversión sexual. El no habérsele ocurrido invitar a los líderes de otras religiones a imitar su gesto, especialmente en las filas de su tan mimado judaísmo, en que han cundido numerosos casos de rabinos dados al abuso de menores sin que los medios de prensa les dedicasen tan subida atención.

Que monseñor Sturla ceda los confesionarios 
a sus amigos feminoides, para que éstos 
absuelvan a los reos del pecado de "homofobia"
Un largo paso más lo dieron, envalentonados, los obispos uruguayos, y lo hicieron apenas transcurridos tres días del PPP de Francisco, como para que después no se hable de contagio ni de effectus Francisci sive letalis magnovirus bergogliensis. Según reza la noticia, monseñor Sturla, el flamante arzobispo de Montevideo nombrado recientemente por el Santo Padre, se reunió «con dirigentes de los colectivos gays y transexuales del país» para pedirles «disculpas en nombre de la Iglesia Católica» por las continuas agresiones verbales recibidas desde la Iglesia. Queda trágicamente claro qué de vendavales prorrumpieron a través de la rendija abierta otrora por Montini y agrandada luego por Wojtyla.

Lo que no se sabe es de dónde sacará esta maldita jerarquía, tan dispuesta a pedir perdón a quienes no debe por lo que no debiera, las palabras para impetrar sí el perdón de ese divino Rostro que se obstina en escupir. De dónde obtendrá la moción, una vez enterrado el carisma ministerial bajo varios estratos de estiércol, para sentir verdadera compunción por sus vilísimas traiciones.

domingo, 20 de abril de 2014

VICTIMAE PASCHALI LAUDES

Raffaellino del Garbo, Resurrección de Cristo (primer cuarto del siglo XVI)
Florencia, Galería de la Academia.


Junto con las de Pentecostés (Veni Sancte Spiritus), Corpus (Lauda Sion Salvatorem) y misa de difuntos (Dies Irae), es una de las cuatro secuencias de origen medieval que fueron conservadas en el misal romano de San Pío V en 1570. Se cree que, con anterioridad a la promulgación de este misal, el número de secuencias disponibles para el Domingo de Pascua era de dieciséis o aun más. La reforma litúrgica de 1969 la mantuvo, aunque la abrumadora mayoría de las parroquias del mundo la conozcan apenas leída y en vernáculo.

Letra y música han sido atribuidas -aunque sin completa certeza- al monje Wipo de Burgundia, capellán de la corte de Conrado II, emperador del Sacro Imperio hacia mitad del siglo XI. Varios compositores la han re-musicalizado, entre los cuales Lasso, Palestrina y Perosi. En la internete hemos escuchado una versión anónima, polifónica, que conserva la melodía pero "valseada", lo que le inflige penosa violencia al original. Uno de los rasgos más admirables del gregoriano es su irreductibilidad al compás.

La versión que ofrecemos es de la Schola Gregoriana Mediolanensis, de Milán, que ofrece la peculiaridad de alternar voces masculinas y femeninas (pese a que la obra original fue compuesta para coro de varones), lo que felizmente conviene a aquel pasaje dialogado del texto (-dinos, María, qué has visto por el camino; -el sepulcro de Cristo, que vive..., etc.). Ambas voces confluyen en la última estrofa.







Victimæ paschali laudes
immolent Christiani.

Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.

Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.

Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?

Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:

Angelicos testes,
sudarium, et vestes.

Surrexit Christus spes mea:
praecedet suos in Galilaeam.

Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:
tu nobis, victor Rex, miserere.


VERSIÓN CASTELLANA VERSIFICADA (LITURGIA DE LAS HORAS)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza,
a gloria de la víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva;
a Dios y a los culpables
unió con Nueva Alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la vida,
triunfante se levanta.

"¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?"
"A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua".

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en Tí no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.



¡Y a todos feliz Pascua en Cristo, vida nuestra! 


viernes, 18 de abril de 2014

A LA SANTA FAZ

...y así con la palabra prisionera,
como la carne a vuestra cruz asida
Rafael Sánchez Mazas





Como los rasgos de la perdurable
imagen en el suave lino inscrita,
en mí, Señor, grabad vuestra bendita
lesión, o con el cuño o con el sable.

Como a vuestro sudario venerable,
dadme a vestir la línea sobrescrita,
y sea redoma de vuestra visita
el alma toda, y toda os mire y hable.

Haced de mi palabra prisionera
y de mi pensamiento puro signo
de vuestra semejanza verdadera,

y de vuestro semblante hacedme digno
el día, el ocio y la fatiga, y muera
ceñido el vuestro hábito benigno.


Fray Benjamín de la Segunda Venida