Hay una coincidencia, un rasgo común que salta a nuestra vista de argentinos -preocupante coincidencia, con valor alarmante de síntoma- entre nuestra presidenta y Francisco, el argentino de máxima proyección posible (y por completo insospechada hasta el día mismo de su elección). Se trata de una nota común a dos sujetos que son estrictamente connacionales y contemporáneos entre sí, a más de ocupar entrambos los cargos más eminentes con que la suerte hubiese podido favorecerlos.
Esa nota compartida, que no puede deberse al solo azar, nos obliga a cobrar conciencia de la calamitosa situación de nuestra patria terrena, a la vez que nos impele a pedir perdón en nombre de la nación argentina -a imitación, en esto, de Juan Pablo II y el propio Francisco, tan proclives a entonar el mea culpa de la Iglesia ante los chacales que rondan por devorar sus restos-, perdón al mundo y a la Iglesia universal, decimos, por haberles procurado un daño de tal envergadura en la persona del mismísimo pontífice. Que su condición de argentino de nuestros lares debe de tener algo que ver en sus desatinos.
¿Cuál es esta nota en cuestión? La precisó, como anticipando una patonomía cada vez más válida para nuestras latitudes, aquel célebre desterrado en el desierto:
...pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos
(Martín Fierro, vv. 2133-36).
Del mismo modo que la hemos escuchado a nuestra infatuada presidenta tronar repetidamente contra los privilegios, siendo ella y sus ministros los principales beneficiarios de un sistema hecho de exacción y rapiña consuetudinarios, y de la misma manera que la hemos notado enfurecida contra los llamados "multimedios", cuando su propio gobierno supo armarse en consecuencia de un aparato propagandístico no menos múltiple, con diarios, canales de televisión y emisoras de radio desembozadamente oficialistas, así lo vemos ahora a Francisco propugnar el lenitivo de la misericordia mientras los suyos desmantelan con saña criminal a una orden religiosa floreciente como la de los Franciscanos de la Inmaculada. Y lo oímos deplorar el carrerismo, al paso que el mismo cunde como nunca entre sus inmediatos subordinados, como en el clamoroso caso de Fabio Fabene, subsecretario para el Sínodo de los Obispos elevado -contra su condición de subsecretario- al rango episcopal, y de Ilson Montanari, «un simple adepto de segunda clase hecho Secretario de la Congregación para los Obispos con el rango de arzobispo (y secretario del Colegio cardenalicio)». Con razón se habla de carreras-relámpago, de nepotismo en su variante rioplatense (i.e.: amiguismo), de simonía y tráfico de influencias, de montañismo curial sin precedentes ni decoro.
Se entienda que no es el gobernar atendiendo al propio pro aquello sobre lo que llamamos la atención: hay un largo historial que da cuenta de este género de atropellos, Roma incluida. Lo que horroriza es la galopante densidad de la falsía, esa sistemática sustitución de la praxis en vigor por su contrafigura verbal. Estrategia injuriosa no sólo por consagrar el encubrimiento, sino aun más por habituar a los incautos a una versión falaz de las virtudes que presuntamente se celebran: así, en el caso del gobierno argentino, la insistente apelación a una "militancia" con ribetes épicos, lanzada por un hato de malandrines sin algún rubor, ha provocado sobre la entera población un daño aún mayor que el económico, arrastrando a muchos a la ruina del engaño, al espejismo moral, a la vez que ha opuesto irremediablemente a aquellos que rechazan la filfa con quienes la consienten.
Que mienta el gobernante para exculparse de sus desaciertos, para disimular sus fracasos, no es cosa nueva. Lo abominable es que se mienta con el fin de raptar conciencias. Esta radicalísima anomia puede adscribirse, en el caso argentino y en extenuante progresión creciente, al cauce histórico determinado sucesivamente por el auge del contrabando en la época mal llamada "colonial", por la capitalidad portuaria, por el maquiavelismo liberal del XIX, por la riada inmigratoria mal convocada y peor organizada, ídem por la migración interna y el fenómeno del peronismo y por el consiguiente y endémico clientelismo político, siendo noto que la política es «la única fábrica que no baja sus cortinas» en tiempos de crisis. Se debe agradecer a Dios, que proveyó numerosos hombres de bien a la urdimbre humana de esta Argentina desastrada, el que no nos hayamos convertido en una pura raza de timadores, según este periplo deformador que como pueblo hemos recorrido. Proyectar los vicios resultantes de este recorrido, de esta contra-paideia histórica así como pueda encarnar en un sujeto exaltado por ese mismo medio, a una instancia tan superior y extralocal (concretamente: al gobierno de la Iglesia en crisis, en tiempos de apostasía global) no puede sino tener efectos devastadores. Es una confluencia como para hacer tambalear a la mismísima cathedra veritatis si el propio Dios no se aviniera a impedirlo.
Es, aunque con una coloratura porteña con inflexión de cocoliche, el drama inherente a la modernidad senil saciada con su propio vómito, que ahora irrumpe con fuerza contra la última de las realidades a demoler, poniéndole antagonistas con nombre y apellido. Entre nosotros lo dijo inmejorablemente fray Mario José Petit de Murat O.P.( «El último progreso de los tiempos modernos: la palabra violada»; ver aquí): cuando existe la resolución inflexible de emplear el verbo humano «en contra del Verbo divino, a costa de desgarrarlo en los nexos con su fuente, analogía y ejemplaridad suprema», lo que debe sobrevenir por fuerza no son sino «obras de maldición, repudiadas por la densidad óntica del universo». Pues lo que hoy sufre la palabra (y con ella el dogma, que es la expresión verbal del misterio) no es la mera deriva etimológica que puede verificarse en el desarrollo de cualquier lengua. «La alteración que hoy padece la palabra es muy distinta; está sujeta a una doble intención que la violenta en el nexo del signo con lo significado». Las canonizaciones hoy en curso no hacen sino evidenciar esa violencia. «El triunfo de la iniquidad moderna, su carcajada final frente al Verbo sangrante consiste en que ha logrado clavar su aguijón en las junturas mismas del concepto con su vocablo».
Siendo la palabra humana «la última perfección de las cosas sensibles», podemos hacernos una idea de la perversión que se ha obrado y se insiste en completar. «¿Habrá almas capaces de hundirse en la noche del silencio; de levantar bajo la desplegada mansión de la Voz, las altas cimas del hombre, las que presencian el Orden? [...] Sólo los capaces de borrar en sus corazones la gritería del mercado con las luces del desierto, tendrán poder contra los demonios que resuelven en vaciedad y blasfemia al mundo moderno. Si ese linaje del Espíritu ya no se levanta desde el bautismo y el llanto de la Iglesia, peor para este siglo: sobrevendrá un silencio de cenizas lívidas durante tiempos únicamente conocidos por el Padre. Luego, la multitud de las aguas que brotan de su Trono encenderá una vez más el alba y, desde hierbas nuevas, ascenderá hasta el corazón del que Es, fue y será, el hilo del canto glorificante: el de la palabra que nombra y ordena en el Verbo las trémulas criaturas de la tierra».
jueves, 12 de junio de 2014
sábado, 7 de junio de 2014
DIEZ PREGUNTAS AL CARDENAL
Nos hacemos eco y suscribimos debidamente el presente cuestionario a elevarse al Prefecto de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, el cardenal João Braz de Aviz, a propósito de las barbáricas disposiciones tomadas en relación con los Franciscanos de la Inmaculada -y más recientemente incluso para con la rama femenina del Instituto-, que comportan una virtual demolición de la obra fundada por el padre Stefano Manelli. Agradecemos al responsable del blogue Vigiliae Alexandrinae el habernos enviado el cuestionario junto con la invitación a suscribirlo, y lo hacemos extensivo a otros sitios, en la esperanza cierta del triunfo de la Verdad sobre la perfidia de sus opugnadores.
Eminencia reverendísima:
nos permitimos dirigirle las siguientes preguntas con motivo de las graves cuestiones planteadas por el Comisariamiento de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada y de la Visita Apostólica a las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada, medidas ambas dispuestas por usted. Se trata de cuestiones de universal relevancia que surgen, a conciencia, de la obligación de toda persona de buscar la verdad, particularmente en los asuntos de fe y de moral. Como el escándalo suscitado en muchos a partir del Comisariamiento de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada y de la Visita Apostólica a las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada es público, las preguntas que emergen le serán extendidas también públicamente.
Corrispondenza Romana
Riscossa cristiana
Chiesa e postconcilio
Il Cammino dei Tre Sentieri
Vigiliae Alexandrinae
Giudizio cattolico
Conciliovaticanosecondo
Una Fides
| Cardenal Braz de Aviz |
nos permitimos dirigirle las siguientes preguntas con motivo de las graves cuestiones planteadas por el Comisariamiento de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada y de la Visita Apostólica a las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada, medidas ambas dispuestas por usted. Se trata de cuestiones de universal relevancia que surgen, a conciencia, de la obligación de toda persona de buscar la verdad, particularmente en los asuntos de fe y de moral. Como el escándalo suscitado en muchos a partir del Comisariamiento de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada y de la Visita Apostólica a las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada es público, las preguntas que emergen le serán extendidas también públicamente.
1) ¿Por qué fueron comisariados los Frailes Franciscanos de la Inmaculada? De parte del Decreto de Comisariamiento expedido por usted no es dable deducir ninguna razón. ¿Por qué?
2) ¿Por qué usted no tuvo en cuenta la nota (29 de mayo de 2013) que le fuera enviada por el Consejo General, conjuntamente con el Procurador General de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada, en el que se le hacían presentes -en lo que respecta a la Visita Apostólica entonces en curso - algunos hechos gravísimos, y que no tienen precedente alguno en toda la historia de la Iglesia, entre los cuales (como se lee): «la decisión [del Visitador] de proceder SOLAMENTE a través de un cuestionario escrito, evitando por completo la visita a las comunidades e incluso a los seminarios [...]; el contenido del cuestionario que, más allá de la intención de sugerir una versión "tendenciosa" de la situación del Instituto, estaba lleno de preguntas no fácilmente comprensibles para la mayoría de nuestros hermanos [...]; los resultados del cuestionario por sí mismos, sin una verificación de que lo que está escrito concuerde de veras con las convicciones de cada fraile, ¿no son poco fiables por las razones ya mencionadas?»
3) ¿Tiene usted conocimiento de las disposiciones adoptadas por el Comisario apostólico designado por usted para conducir a los Franciscanos de la Inmaculada, por quien se impone a los frailes, entre otras cosas, el cierre de los seminarios, la suspensión de las ordenaciones y la prohibición de colaborar en publicaciones teológicas y de apostolado? Si está usted informado, ¿por qué ha avalado estas medidas, visiblemente destructivas de actividades fundamentales propias del carisma de tal Instituto, debidamente aprobado por la Santa Sede?
4) ¿Por qué dispuso la Visita Apostólica para con las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada, es decir, de la rama femenina del instituto religioso ya comisariado por usted?
5) ¿Por qué ha enviado como Visitadora Apostólica a una religiosa tan distante, sea por actitudes que por formación -pero sobre todo por la manera de pensar y actuar-, de las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada?
6) ¿Por qué no ha demostrado la misma atención y severidad en relación con aquellos institutos religiosos en los cuales un gran número de miembros se ha desviado notablemente del carisma de los Fundadores y de la observancia de las respectivas Reglas y Constituciones?
7) ¿Qué piensa de la Teología de la Liberación? ¿Considera compatible con la fe católica la adhesión a las tesis de la Teología de la Liberación, sobre todo después de la explícita condena con la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, confirmada por Juan Pablo II (6 de agosto 1984), en la que, entre otras cosas, se señalan las "graves desviaciones ideológicas"?
8) ¿Qué piensa de la perspectiva sincretista de unificar todas las religiones en una nueva religión planetaria? ¿Es cierto que usted ha participado, dirigiendo el discurso de presentación, en el Primer Forum Espiritual Mundial, junto con representantes de sociedades espiritistas, teosóficas y masónicas?
9) ¿No considera que todo proyecto de religión planetaria contradice flagrantemente el principio de que "debe ser [.. .] firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida de una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios"? (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, 14)
10) ¿Qué piensa usted de la masonería? ¿Considera compatible con la fe cristiana la adhesión de un católico y, con mayor razón, de un clérigo a la masonería?
Atentamente lo saludan
Riscossa cristiana
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Nacionalismo Católico San Juan Bautista
Secretum meum mihi
Fratres in Unum
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viernes, 6 de junio de 2014
POLÍTICA CLERICAL vs. POLÍTICA RELIGIOSA
Ya resulta demasiado transparente (incluso más que la sotana blanca de Francisco, que deja ver como al desgaire sus pantalones negros) la intencionalidad toda política de los actos promovidos por la Santa Sede, como así también de algunas entre las desconcertantes palabras que lanza el pontífice a rodar, no menos que de sus silencios. Sobre la dirección predominantemente política que puede alcanzar un pontificado -complicada en pulseadas, en zigzagueos, en asuntos de imagen y en índices de popularidad-, el de Juan Pablo II fue lo bastante aleccionador como para desayunarnos recién hoy de cuánto pueda hipertrofiarse esta esfera, que fuera con acierto llamada la de la «Cenicienta del espíritu». Quizás queriendo relanzar al Papado como a fuerza capaz de terciar eficazmente en las disputas sublunares (cosa siempre menos frecuente desde el maldito día de la Ruptura protestante, evidenciándose un progresivo repliegue de la potestad temporal del Papa con hitos funestos como la invasión napoleónica de los Estados Pontificios, y aun la garibaldina), lo cierto es que el papa polaco acentuó esta voluntad de que la Iglesia tuviese parte protagónica en los destinos políticos del orbe, arrimando a las tesis mundialistas (one-worlders) la impronta cristiana, aunque deslavazada por los inevitables compromisos del caso.
«Si Bossuet le hubiese gritado a Luis XIV como san Ambrosio a Flavius Teodosius Magnus, se hubiese evitado la Revolución Francesa. Si el padre Lachaise le hubiese dado un tirón a Luis XV como san Juan Nepomuceno al otro rey bohemio, todavía era posible ahorrar al mundo el Terror y la Guillotina [...] Solamente el poder espiritual, representado en los países católicos por la Iglesia, puede posibilitar con su función normal -y en nuestros tiempos con salidas heroicas- la que llaman fecunda revolución desde arriba, que es hoy día lo único para evitar la infecunda revolución desde abajo» (Castellani). Si esa revolución «desde arriba» no tiene hoy ni visos de probabilidad, esto es sencillamente porque la política religiosa (fundada en el llamado clamoroso a la metanoia) le cedió toda iniciativa a la política clerical, hecha de pactos, de recortes, de concesiones recíprocas entre las partes. Ahí están las flores de Paulo VI a la ONU con motivo del vigésimo aniversario de la creación de este organismo, que para aquél representaba nada menos que «el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial... Los pueblos del mundo recurren a las Naciones Unidas como última esperanza de concordia y paz».
Que no estamos ya en los días de la Unam Sanctam es cosa bastante evidente. Pero que el Obispo de Roma se conceda habituales injerencias -y jamás en el sentido de una «política religiosa», sino apenas regiminosa- en las turbiedades democráticas de su país, de las que no se sale sino con nuevos tiznes, es una prueba de la degradación de la política incluso clerical. Que debiera llamarse ya cloacal, como parece denotarlo a toda hora la marcha de la administración implícita -y la manifiesta- de los asuntos que convocan a la Iglesia a expensas del «efecto Francisco». Ahí está el ominoso silencio de los obispos gallegos ante una nueva ley local de promoción de las aberraciones sexuales, la más reciente muestra de muchos otros traspiés que tienen por actores a hombres de la Jerarquía. Y ahí está la nueva efigie de político católico, Matteo Renzi, reciente ganador de las elecciones europeas, de quien se ha ponderado «el éxito de una versión de catolicismo eficiente y compasivo, simpático y simple, que hoy, en la época del papa Francisco, es quizás el único catolicismo potable». Sandro Magister, a propósito de la "clave pluralista" que se le alaba a Renzi, precisa que ésta «es la que le consiente a él y a otros católicos de nueva generación llegados al poder el sostener con tranquilidad la fecundación artificial heteróloga, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de hijos por parejas homosexuales y otros semejantes "derechos" [...] Aparte del clima del papa Francisco, estos nuevos políticos católicos se benefician del giro consumado en el vértice de la Conferencia Episcopal Italiana, donde el nuevo secretario de nómina papal Nunzio Galantino teoriza el desplazamiento de acento de la defensa de la vida y la familia a la promoción de instancias más "sociales" como trabajo y salud».
«Si Bossuet le hubiese gritado a Luis XIV como san Ambrosio a Flavius Teodosius Magnus, se hubiese evitado la Revolución Francesa. Si el padre Lachaise le hubiese dado un tirón a Luis XV como san Juan Nepomuceno al otro rey bohemio, todavía era posible ahorrar al mundo el Terror y la Guillotina [...] Solamente el poder espiritual, representado en los países católicos por la Iglesia, puede posibilitar con su función normal -y en nuestros tiempos con salidas heroicas- la que llaman fecunda revolución desde arriba, que es hoy día lo único para evitar la infecunda revolución desde abajo» (Castellani). Si esa revolución «desde arriba» no tiene hoy ni visos de probabilidad, esto es sencillamente porque la política religiosa (fundada en el llamado clamoroso a la metanoia) le cedió toda iniciativa a la política clerical, hecha de pactos, de recortes, de concesiones recíprocas entre las partes. Ahí están las flores de Paulo VI a la ONU con motivo del vigésimo aniversario de la creación de este organismo, que para aquél representaba nada menos que «el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial... Los pueblos del mundo recurren a las Naciones Unidas como última esperanza de concordia y paz».
Que no estamos ya en los días de la Unam Sanctam es cosa bastante evidente. Pero que el Obispo de Roma se conceda habituales injerencias -y jamás en el sentido de una «política religiosa», sino apenas regiminosa- en las turbiedades democráticas de su país, de las que no se sale sino con nuevos tiznes, es una prueba de la degradación de la política incluso clerical. Que debiera llamarse ya cloacal, como parece denotarlo a toda hora la marcha de la administración implícita -y la manifiesta- de los asuntos que convocan a la Iglesia a expensas del «efecto Francisco». Ahí está el ominoso silencio de los obispos gallegos ante una nueva ley local de promoción de las aberraciones sexuales, la más reciente muestra de muchos otros traspiés que tienen por actores a hombres de la Jerarquía. Y ahí está la nueva efigie de político católico, Matteo Renzi, reciente ganador de las elecciones europeas, de quien se ha ponderado «el éxito de una versión de catolicismo eficiente y compasivo, simpático y simple, que hoy, en la época del papa Francisco, es quizás el único catolicismo potable». Sandro Magister, a propósito de la "clave pluralista" que se le alaba a Renzi, precisa que ésta «es la que le consiente a él y a otros católicos de nueva generación llegados al poder el sostener con tranquilidad la fecundación artificial heteróloga, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de hijos por parejas homosexuales y otros semejantes "derechos" [...] Aparte del clima del papa Francisco, estos nuevos políticos católicos se benefician del giro consumado en el vértice de la Conferencia Episcopal Italiana, donde el nuevo secretario de nómina papal Nunzio Galantino teoriza el desplazamiento de acento de la defensa de la vida y la familia a la promoción de instancias más "sociales" como trabajo y salud».
martes, 3 de junio de 2014
HAY MÁRTIRES Y MÁRTIRES...
Si ya los Santos Padres preveían unos tiempos -los últimos- en que los mártires no serían reconocidos como tales, lo que quizás no aventuraban era la sustitución de los auténticos mártires por otros fraguados en quién sabe qué zafio caletre postconciliar. Este vergonzoso reemplazo, a decir verdad, entra previsiblemente en la más rigurosa lógica anticrística: si conforme a aquel adagio que presenta al demonio como "mono de Dios" debemos imaginar a un Anticristo más bien humanitario y pacifista, que no visiblemente cruel (y así lo entrevió, con gran acierto, un Soloviev), es comprensible que éste quiera ofrecer al lombricario de sus adictos el culto de unos santos de tan dudosa integridad religiosa como probado servicio a la causa del superhombre desligado. Pues era más que plausible que a la progresiva sustitución de la doctrina católica por otra ajena y prometeica le hubiera de seguir el cambio en las formas rituales, en la imaginería y, a la postre, en los ejemplares propuestos a la veneración.
En ese verdadero crisol de fatuidades y de embustes que ha venido a ser la enseñanza eclesial de hogaño, con efusión de iscariotismos y agachadas a cuál más ominoso, debía llegar este fatídico año de 2014 para que nos fuera dado presenciar una conjunción insospechada, suficiente a reclamar enseñanza y lumbre. Pero no: si la recordación de tres argentinos hombres de Iglesia, notorios por muy distintos títulos pero con la nota común de haber sido muertos con violencia hace cuarenta años, al tiempo en que el ministerio petrino es confiado a un su connacional (en inmejorable coincidencia de coordenadas espacio-temporales entre éste y aquéllos), si esta memoria, decimos, debía de ofrecer -en condiciones, digamos, normales- pasto para un magisterio límpido, del todo oportuno, es lo contrario justamente lo que ocurre, para mayor desazón de los que aún guardan la fe católica, cada vez más extranjeros en esta aturullada kermesse.
Como glosando con la efemérides la lección del Apocalipsis (12, 4), en que la cola del dragón «arrastró a la tercera parte de las estrellas del cielo», sólo dos de los tres muertos a conmemorarse (precisamente los soterrados por la Jerarquía acomodaticia) pueden ser justamente llamados mártires, ultimados in odium fidei, mientras que el restante (el aclamado increíblemente como "testigo de Cristo" cuando en verdad lo fue de la Revolución mundial anticristiana), ése es el que nuestros pastores proponen como modelo a imitar.
Ahí los tenemos a coincidir, el cardenal primado cuyo solo rostro constituye el más elocuente de los alegatos en su contra, y ese especimen yeguarizo que un destino asaz generoso puso en la presidencia de nuestra castigada nación. El uno, reincidiendo en sus átonas farfullas de rigor, se sirvió presentar a la muerte del padre Carlos Mugica como «un verdadero martirio por la causa de los pobres». La otra, en el clímax de la insensatez y la irreverencia blasfema, abundó -sin que ningún clérigo presente en el acto le diera la obligada lección de cristología- que «no fue casual que el padre Mugica le pusiera a su parroquia en la villa “Cristo Obrero”. No era solamente porque en la villa había obreros, sino porque él recordaba que en su época de antiperonista y cuando estaba enfrentado y dividido el país, se había utilizado la religión para dividir a los argentinos bajo el lema de “Cristo Rey”. Y Rey, Cristo nunca, Jesucristo nunca se sintió Rey. Jesucristo se sintió el más humilde, el más pecador». [Los subrayados son nuestros. Dos muy recomendables artículos que esclarecen lo relativo al malhadado padre Mugica, pueden consultarse aquí y aquí].
Hasta acá se llegó por esa exclusiva preocupación pastoral propia del cambio de rumbo que se le impuso a la Nave de Pedro desde el último concilio, que hizo de nuestros clérigos unos hombres meramente prácticos... en superfluidades. Cuando no en delitos contra la ley divina, y otrosí la civil. Curas de metralleta como el padre Mugica acabaron por servir de eslabón entre el sacerdote adscrito al púlpito y aquel adepto a la poltrona. Su sacrificio, infructuoso como el de Caín, dejó a los pobres más empobrecidos, faltos ahora tanto del pan material como del espiritual. Al paso que los errores más escandalosos iban a terminar por ser aprobados sin la menor resistencia, y aun propuestos por la Jerarquía hoy al mando (cuyos hombres resultan peores aún que el propio Mugica), Jordán Bruno Genta, mártir, supo prescribir poco antes de morir el remedio más eficaz a los males que hoy padecemos: «lo que necesita un pueblo es Teología y Metafísica, nada más». Es decir: el Unum necessarium, cuya penosísima falta ha hecho languidecer a nuestra patria al punto de gloriarse nada menos que de su postración, y de acabar rindiendo homenaje a quienes la empujaron al abismo.
Lo supo también Carlos Alberto Sacheri, mártir, quien, viendo cundir esa «herejía inmanente» del modernismo (ya bajo Pío XI devenida modernismo moral, jurídico y social, de lo que bajo san Pío X había sido un modernismo eminentemente dogmático), y notando la infestación creciente del mismo entre consagrados, señaló la aparición de un nuevo clericalismo: el de los sacerdotes que confunden su ministerio con veleidades sociológicas. Y propuso, para salir del atolladero, que el laicado tomara a su cargo «la misión providencial de mostrar a los clérigos debilitados en su Fe que la verdad cristiana que el laicado tiene por misión irradiar en todo el orden temporal es la única solución para los problemas humanos, naturales y sobrenaturales. Si se logra esto, son muchos los sacerdotes que retornarán al espíritu de auténtica fidelidad que nunca debieron abandonar». Esto es: al confesionario, al altar, que no a la barricada ni a la componenda con el enemigo.
En ese verdadero crisol de fatuidades y de embustes que ha venido a ser la enseñanza eclesial de hogaño, con efusión de iscariotismos y agachadas a cuál más ominoso, debía llegar este fatídico año de 2014 para que nos fuera dado presenciar una conjunción insospechada, suficiente a reclamar enseñanza y lumbre. Pero no: si la recordación de tres argentinos hombres de Iglesia, notorios por muy distintos títulos pero con la nota común de haber sido muertos con violencia hace cuarenta años, al tiempo en que el ministerio petrino es confiado a un su connacional (en inmejorable coincidencia de coordenadas espacio-temporales entre éste y aquéllos), si esta memoria, decimos, debía de ofrecer -en condiciones, digamos, normales- pasto para un magisterio límpido, del todo oportuno, es lo contrario justamente lo que ocurre, para mayor desazón de los que aún guardan la fe católica, cada vez más extranjeros en esta aturullada kermesse.
Como glosando con la efemérides la lección del Apocalipsis (12, 4), en que la cola del dragón «arrastró a la tercera parte de las estrellas del cielo», sólo dos de los tres muertos a conmemorarse (precisamente los soterrados por la Jerarquía acomodaticia) pueden ser justamente llamados mártires, ultimados in odium fidei, mientras que el restante (el aclamado increíblemente como "testigo de Cristo" cuando en verdad lo fue de la Revolución mundial anticristiana), ése es el que nuestros pastores proponen como modelo a imitar.
| No poliglosia en Poli: habla sólo lo que agrada al mundo |
Hasta acá se llegó por esa exclusiva preocupación pastoral propia del cambio de rumbo que se le impuso a la Nave de Pedro desde el último concilio, que hizo de nuestros clérigos unos hombres meramente prácticos... en superfluidades. Cuando no en delitos contra la ley divina, y otrosí la civil. Curas de metralleta como el padre Mugica acabaron por servir de eslabón entre el sacerdote adscrito al púlpito y aquel adepto a la poltrona. Su sacrificio, infructuoso como el de Caín, dejó a los pobres más empobrecidos, faltos ahora tanto del pan material como del espiritual. Al paso que los errores más escandalosos iban a terminar por ser aprobados sin la menor resistencia, y aun propuestos por la Jerarquía hoy al mando (cuyos hombres resultan peores aún que el propio Mugica), Jordán Bruno Genta, mártir, supo prescribir poco antes de morir el remedio más eficaz a los males que hoy padecemos: «lo que necesita un pueblo es Teología y Metafísica, nada más». Es decir: el Unum necessarium, cuya penosísima falta ha hecho languidecer a nuestra patria al punto de gloriarse nada menos que de su postración, y de acabar rindiendo homenaje a quienes la empujaron al abismo.Lo supo también Carlos Alberto Sacheri, mártir, quien, viendo cundir esa «herejía inmanente» del modernismo (ya bajo Pío XI devenida modernismo moral, jurídico y social, de lo que bajo san Pío X había sido un modernismo eminentemente dogmático), y notando la infestación creciente del mismo entre consagrados, señaló la aparición de un nuevo clericalismo: el de los sacerdotes que confunden su ministerio con veleidades sociológicas. Y propuso, para salir del atolladero, que el laicado tomara a su cargo «la misión providencial de mostrar a los clérigos debilitados en su Fe que la verdad cristiana que el laicado tiene por misión irradiar en todo el orden temporal es la única solución para los problemas humanos, naturales y sobrenaturales. Si se logra esto, son muchos los sacerdotes que retornarán al espíritu de auténtica fidelidad que nunca debieron abandonar». Esto es: al confesionario, al altar, que no a la barricada ni a la componenda con el enemigo.
miércoles, 28 de mayo de 2014
UN PAR DE APUNTES AL FIASCO PAPAL EN TIERRA SANTA
En primer lugar, adviértanse las palabras dirigidas por Paulo VI el 28 de abril de 1967 al Secretariado por la unidad de los cristianos: «el papa, como bien lo sabemos, constituye sin sombra de duda el obstáculo más grave en el camino del ecumenismo». Todo un postulado reversivo, de esos que, multiplicados por mil, han ido anublando la serena convicción de que el orden de los hechos depende y dimana del orden de los principios, katá ton órthon lógon. Estamos en el más cenagoso terreno de la búsqueda de la añadidura sin el Reino de Dios y su justicia, de los beneficios prácticos fuera de sus dependencias ontológicas de rigor. A fuer de audaces, y si fuera lícito pensar como lo hizo el titubeante papa Montini, el razonamiento debiera extenderse a más, admitiendo otras fórmulas que podrían sonar así: «el culto de María y de los santos constituye el escollo más acusado para la realización de la unidad de las Iglesias (sic)», y aun: «la Encarnación es una verdadera traba para alcanzar la soñada simbiosis con el judaísmo, porque ofende el sentimiento religioso de nuestros hermanos mayores». Quizás no estemos muy lejos de asistir a tan repulsivos desatinos manados desde el mismo vértice: el error no combatido se vuelve progresivo, invadente, hipertrófico. Pruebas a la vista, de a manojos.
El otro pasaje que trae a colación el sitio italiano es el de una encíclica de Juan Pablo II, Ut unum sint, del 25 de mayo de 1995, en la que el polaco pontífice expresa su deseo de «encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva» (n. 95). El lenguaje es suficientemente ambiguo como para satisfacer a unos y otros. Lo que en todo caso nunca consta, de acuerdo al magisterio previo al Concilio y como condición de un ecumenismo intachable, es la necesidad del redditus de los separados al seno de la Iglesia. Juan Pablo II, en cambio, y remitiendo a las palabras que le dirigiera al Patriarca ecuménico Dimitrios I lo insta a que «busquemos, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y amor reconocido por unos y otros». "Consensuar el primado" parece haber sido la consigna.
Queda claro que Francisco, llevado de un apetito perentorio de innovación, ha ido un buen poco más lejos. Pero bien se advierte cuánto se sirve literalmente de las palabras de Wojtyla como pretexto, al decir, en su reciente viaje a Tierra Santa y dirigiéndose a los patriarcas de otras confesiones cristianas allí presentes, que «deseo renovar el auspicio ya expresado por mis Predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristo, para encontrar una forma del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos». Ya era todo de esperar: en la Evangelii Gaudium, y valiéndose de un razonamiento a todas luces engañoso, había dicho (n. 32) que «dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado». A esta altura de la noche creemos ocioso señalar lo obvio: lo que anhelamos es la conversión de Bergoglio.
La dilución del papado en una especie de cuerpo patriarcal colegiado, haciendo del pontífice romano apenas un primus -e incluso un pars- inter pares no contradice la posibilidad -y aun la necesidad- del ejercicio despótico de sus funciones. De hecho, el carácter último de su ministerio no lo decide el Sumo Pontífice, y cuantas veces éste quiera avanzar cualesquier tesis ajenas al depositum en lo relativo al primado petrino (o a todo otro objeto de definición doctrinal) estará obrando violencia contra la Iglesia, por decir lo menos. En realidad, en la misma medida en que asciende el culto de la personalidad decae vertiginosamente el munus. Cosa de sobra evidente cuando el propio pontífice, a quien la Iglesia reconoció desde siempre la suprema potestad judicativa, se declara incompetente para juzgar los pecados más notorios («¿quién soy yo...?»).
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| Flores para Theodor Herzl |
«Adán, ¿dónde estás?» (Cf. Gen 3:09).
«¿Dónde estás, hombre?
¿Dónde estás?
En este lugar, memorial de la Shoah, escuchamos resonar esta pregunta de Dios: "Adán, ¿dónde estás?". En esta pregunta está todo el dolor del Padre que ha perdido al hijo.
El Padre sabía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo habría podido perderse ... ¡pero tal vez ni siquiera el padre podría haber imaginado semejante caída, un abismo semejante!
Ese grito: "¿dónde estás", aquí, frente a la tragedia inconmensurable del Holocausto, resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo...» (palabras de Francisco en Yad Vashem)
Hago notar humildemente que cuando Dios en el Génesis se hace la pregunta, no estaba ciertamente pensando en la Shoah ni en el Yad Vashem. Esta exégesis es heterodoxa; hago también humildemente notar que Dios se dirige al hombre y no al Hijo (especialmente si se expresa en singular), porque el Hijo (único y solo) del Padre (la Trinidad debería estar clara para un papa) es Cristo. El hombre, en cambio, es hijo adoptivo de Dios y no del Padre entendido como persona divina, y en todo caso lo es como consecuencia de la venida salvífica de Cristo. Para la teología judía Dios no es Trinidad y la adopción no es para todos los hombres, sino para un pueblo (aquel elegido, el de los hermanos mayores - sic!).
Afirmar luego que «tal vez ni siquiera el Padre podría haber imaginado» el abismo de perdición de la humanidad es una herejía aún más evidente y flagrante. Dios lo sabe todo y Bergoglio debería recordar al menos el catecismo: afirmar que Dios fue imprudente en concederle el libre albedrío al hombre porque «tal vez no podía imaginar» las consecuencias, es una herejía obscena y una blasfemia. El «tal vez» no reduce ni atenúa el contenido herético de la afirmación: de hecho, el solo afirmar que exista, en este sentido, siquiera una mera posibilidad, o bien no afirmar claramente la certeza de la omnisciencia de Dios y abrir la duda a este propósito es, obviamente, no católico.
Hago también notar que el abismo de perdición del racismo y el terrorismo de Estado perpetrado por Israel contra el pueblo de Gaza y los territorios ocupados no es menos conocido por el Padre y por toda la Santísima Trinidad, pero Bergoglio «tal vez» no está informado y, por lo tanto, visto que se encuentra en Israel, en lugar de gastar una palabra sobre la persecución de los cristianos o de los pobrecillos de Gaza lleva coronas y rinde homenaje al fundador del movimiento sionista. Éste es también un hecho relevante que los papaboys prefieren no ver.
Estamos en el caos completo.
Desde In Exspectatione el único dilema que en esta instancia nos ponemos es el hasta cuándo.
lunes, 26 de mayo de 2014
EL PRIMADO PETRINO, ¿A NEGOCIARSE?
A uno y otro lado del Atlántico no podía sino esperarse la previsible unidad de las consignas en la diversidad de las situaciones convocantes: en Tierra Santa, y perpetrando con su sola lengua una profanación que ni acaso los turcos selyúcidas igualaran en sus más sangrientas incursiones, Francisco fue toda melaza para con sus anfitriones (incluida una prevista ofrenda floral a la tumba de Theodor Herzl, padre del sionismo), ofreciendo sus estancias vaticanas para una oración común (¡¡¡!!!) con los presidentes de Israel y Palestina, a los fines de alcanzar la paz entre ambas naciones. Malabarista consumado en esto del diálogo, cuanto más con circuncisos, habrá que admitir sin atenuantes la declaración de Jorge Kirszembaum, ex-presidente de la Daia (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas), cuando soltó que «Bergoglio, bromeando sobre la fe, me hizo comprender el valor del diálogo».
En rigor de verdad, el Obispo de Roma no ha dejado ni un momento de bromear sobre la fe en su año y pico de pontificado. Pero nos interesa el eco transatlántico de esta palabra-talismán, «diálogo», en el tradicional Tedéum del 25 de mayo. Allí fue que el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Poli, citando en su homilía a su mentor -hoy en el Trono Petrino-, redundó, por si no quedara lo suficientemente claro en tantos años de perseverante prédica, que «el Papa, un argentino nuestro (...), tanta veces dijo: "cuando los líderes de diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta siempre es la misma: diálogo, diálogo, diálogo"».
Ya había hecho notar Romano Amerio que la palabra «diálogo», ausente por completo en todos los Concilios previos al Vaticano II (y en las Encíclicas y en la homilética también previas), aparece nada menos que veintiocho veces en los documentos del último Concilio. «Esta palabra, novísima en la Iglesia católica, devino, con propagación fulminante y con enorme dilatación semántica, el vocablo príncipe de la protología post-conciliar y la categoría universal de la mentalidad neotérica». Conque a otro perro con ese hueso de la presunta intrepidez en repetir lo que ya viene siendo pesadamente impuesto con el auxilio de todos los medios. Cuesta creer -en el hastío de estas sociedades ya sin nervio ni porvenir- que se le pueda atribuir mucha más fortuna a términos cuya sola proferición va inmediatamente asociada, en la percepción de los más, a oportunismo, impostación, falsete.
Pero hay algo que destacar entre todas estas nimiedades ¡ay! asaz anticipables, y que debe entenderse como su consecuencia lógica, hoy lista a enunciarse sin rodeos. Consta, en el artículo reproducido por Giacomo Galeazzi en Vatican Insider acerca del encuentro entre Francisco y el patriarca de Constantinopla Bartolomeo I en el Santo Sepulcro, que aquél, en una enésima manifestación de su apertura al diálogo y a la "cultura del encuentro" con miras a la unidad de los cristianos, no tuvo mejor cosa que decir que «estoy dispuesto a discutir el primado petrino» (nótese que en la transcripción española de la noticia se omite esta declaración, que en el original italiano le da el título al reporte). Bomba de veras letal para la fe y la unidad de la Iglesia, era la perla que le faltaba arrojar a este verdadero oráculo de la demolición, aparentemente dispuesto a superarse a sí mismo en una carrera rauda y descendente que a todos nos involucra -y quizás espoleado, con oportunidad de su periplo, por ciertas vagas, indescifrables sugestiones palestinas- hacia el mismísimo Valle de Josafat.
Por lo demás, ya había manifestado tiempo atrás no comprender esa expresión «principios no negociables». No se le puede negar, entonces, que habla y obra con alguna coherencia.
| Cardenal Poli: un chupamedias poli-funcional. |
Ya había hecho notar Romano Amerio que la palabra «diálogo», ausente por completo en todos los Concilios previos al Vaticano II (y en las Encíclicas y en la homilética también previas), aparece nada menos que veintiocho veces en los documentos del último Concilio. «Esta palabra, novísima en la Iglesia católica, devino, con propagación fulminante y con enorme dilatación semántica, el vocablo príncipe de la protología post-conciliar y la categoría universal de la mentalidad neotérica». Conque a otro perro con ese hueso de la presunta intrepidez en repetir lo que ya viene siendo pesadamente impuesto con el auxilio de todos los medios. Cuesta creer -en el hastío de estas sociedades ya sin nervio ni porvenir- que se le pueda atribuir mucha más fortuna a términos cuya sola proferición va inmediatamente asociada, en la percepción de los más, a oportunismo, impostación, falsete.
Pero hay algo que destacar entre todas estas nimiedades ¡ay! asaz anticipables, y que debe entenderse como su consecuencia lógica, hoy lista a enunciarse sin rodeos. Consta, en el artículo reproducido por Giacomo Galeazzi en Vatican Insider acerca del encuentro entre Francisco y el patriarca de Constantinopla Bartolomeo I en el Santo Sepulcro, que aquél, en una enésima manifestación de su apertura al diálogo y a la "cultura del encuentro" con miras a la unidad de los cristianos, no tuvo mejor cosa que decir que «estoy dispuesto a discutir el primado petrino» (nótese que en la transcripción española de la noticia se omite esta declaración, que en el original italiano le da el título al reporte). Bomba de veras letal para la fe y la unidad de la Iglesia, era la perla que le faltaba arrojar a este verdadero oráculo de la demolición, aparentemente dispuesto a superarse a sí mismo en una carrera rauda y descendente que a todos nos involucra -y quizás espoleado, con oportunidad de su periplo, por ciertas vagas, indescifrables sugestiones palestinas- hacia el mismísimo Valle de Josafat.
Por lo demás, ya había manifestado tiempo atrás no comprender esa expresión «principios no negociables». No se le puede negar, entonces, que habla y obra con alguna coherencia.
martes, 20 de mayo de 2014
EL OBISPO REMOVIDO Y UN REPROCHE GENIAL
Se sentía uno obligado a escribir dos o tres líneas acerca de la noticia que circuló por estas horas por varios medios eclesiásticos y profanos, a saber: la remoción del arzobispo de Rosario (Argentina), José Luis Mollaghan, y su traslado a una subalterna oficina curial de Roma, con atribuciones no muy del todo específicas. Y es que quien escribe estas líneas justamente vive, para mayor apremio de la pluma, en jurisdicción de aquella misma arquidiócesis gobernada por el saliente prelado.
Sandro Magister sitúa a Mollaghan entre los hombres de Iglesia más tenazmente opositores a Bergoglio ya desde los tiempos en que éste era el arzobispo porteño, y esto a causa de «no defender la verdadera doctrina, hacer gestos pastorales demasiado audaces y de ser connivente con el gobierno». Francamente no nos consta que haya habido tal oposición ni por tales motivos; sabrá Magister a qué fuentes recurre, aunque una interpretación similar ya venía siendo ventilada desde hace meses por otros medios. Clarín, por ejemplo, titulaba tiempo atrás una nota, a propósito de los rumores de alejamiento de Mollaghan, «La lenta agonía de los obispos conservadores», precisando que el carácter -a una rencoroso y solapado- del actual Pontífice hace que «a sus enemigos los vaya cocinando a fuego lento. Ellos están esperando que golpee de frente. Pero Bergoglio cree que no hay nada peor que decirles que se quedan ... pero que nunca sepan hasta cuándo».
Siendo muy módica la apreciación que nos merecen nuestros pastores en los días que corren, a lo sumo debemos darnos por contentos de que un obispo no ventile heterodoxias flagrantes, no ande enredado en indecoroso trato con los enemigos de la Cruz ni sea reo del vicio nefando. A Dios gracias, Mollagham se retira libre de estos ominosos cargos. Lo que no impide hacer la constatación de rigor en nuestros días: si la sucesión apostólica ha de permanecer vigente hasta la Parusía, según queda implícito en la promesa del Señor (Mt 28,20) y según lo creyó siempre la Iglesia, la estirpe espiritual que vincula a los Apóstoles, a través de las edades, con un Ignacio de Antioquía, con Atanasio, con Alfonso María de Ligorio y con Fulton Sheen, por espigar algunos preclaros nombres, parece haberse cortado trágicamente en los últimos años. No es descubrir América (mérito que le cabe, en todo caso, a Marco Polo) decir que nuestros obispos no son maestros de la fe ni audaces defensores de la Verdad contra todos sus miserables opugnadores públicos.
Parece que la ojeriza de Francisco para con Mollaghan viene de largo, y por asuntos más bien personales y aun pedestres. Y que se la tenía jurada. Razón por la que el arzobispo de Rosario tuvo que soportar, entre los pasados meses de noviembre y diciembre, la -con eufemismo llamada- «visita fraterna» de mons. Arancibia, comisionado por Roma para investigar sobre presuntas irregularidades administrativas en la arquidiócesis rosarina. Se sabe de un agujero financiero dejado en su parroquia por un sacerdote de Arroyo Seco (30 km. al sur de Rosario) antes de colgar éste definitivamente los hábitos por enredarse en unas faldas, pero casos similares de desfalco o simple mala administración no han motivado idéntica premura investigativa en otras jurisdicciones. Sin desviar nuestra atención del celo de Bergoglio por la austeridad de los hábitos de sus subordinados, habrá que recordar que mientras éste fue el jefe de la Iglesia en la Argentina, mons. Zecca, entonces rector de la UCA, dejó a la institución con una deuda equivalente a veinte millones de dólares sin ser llamado a responder nunca por ello; y que el propio mons. Bargalló, sin merma de su condición de presidente de Cáritas, fue hallado in fraganti refocilándose en las aguas del Caribe con una amiga. Y si bien de los dineros empleados para tal fin nunca fue bien esclarecida la procedencia, no habrá que llamar a Sherlock Holmes para sospecharles una posible atribución. Todos recordamos, además, que fue el mismísimo cardenal Bergoglio -en misa celebrada en honor del suspendido Bargalló unos pocos días después del escándalo- quien encabezó una tan improvisada como indecorosa apothéosis del bribón.
No; no creemos se deba aducir como causa de este desplazamiento una presumible enemistad por asuntos de doctrina y de opciones pastorales, ni las iras papales por el quebranto económico de una parroquia de pueblo. La respuesta, aunque no exhaustiva, la hemos hallado casualmente en un sitio italiano que reporta la noticia tomada directamente de Magister, en comentario posteado al pie por un lector argentino. Es ésta:
Pero la connotación saliente, lo que no podíamos dejar de reproducir, es el reproche que este lector argentino, por el sólo hecho de ser connacional de Bergoglio, le mereció a otro comentador italiano (que suponemos ser un mismo sujeto que publica dos sucesivos comentarios). El mecanismo es comprensible. A quién no le viene en mente a veces, en viendo la sobreabundancia de basura que ofrece el mercado editorial, el llamar a Gutemberg a pleito. Lo mismo pasa acá, con no menor razón. El caso es que el italiano, sin conocer ni jota de nuestra lengua, intentó recriminarle al otro en castellano. Puedo asegurar que lloré de la risa al leer esto: el cocoliche es una de mis debilidades; el efecto humorístico que alcanza es, en ocasiones, demoledor. En nuestro caso el resultado, que ni es castellano ni cocoliche siquiera, tiene tal potencia epigramática que podría ser desenterrado dentro de muchos siglos como testimonio histórico del desconcierto en que nos vemos hoy sumergidos. Acá va:
| Mons. José Luis Mollagham |
Siendo muy módica la apreciación que nos merecen nuestros pastores en los días que corren, a lo sumo debemos darnos por contentos de que un obispo no ventile heterodoxias flagrantes, no ande enredado en indecoroso trato con los enemigos de la Cruz ni sea reo del vicio nefando. A Dios gracias, Mollagham se retira libre de estos ominosos cargos. Lo que no impide hacer la constatación de rigor en nuestros días: si la sucesión apostólica ha de permanecer vigente hasta la Parusía, según queda implícito en la promesa del Señor (Mt 28,20) y según lo creyó siempre la Iglesia, la estirpe espiritual que vincula a los Apóstoles, a través de las edades, con un Ignacio de Antioquía, con Atanasio, con Alfonso María de Ligorio y con Fulton Sheen, por espigar algunos preclaros nombres, parece haberse cortado trágicamente en los últimos años. No es descubrir América (mérito que le cabe, en todo caso, a Marco Polo) decir que nuestros obispos no son maestros de la fe ni audaces defensores de la Verdad contra todos sus miserables opugnadores públicos.
Parece que la ojeriza de Francisco para con Mollaghan viene de largo, y por asuntos más bien personales y aun pedestres. Y que se la tenía jurada. Razón por la que el arzobispo de Rosario tuvo que soportar, entre los pasados meses de noviembre y diciembre, la -con eufemismo llamada- «visita fraterna» de mons. Arancibia, comisionado por Roma para investigar sobre presuntas irregularidades administrativas en la arquidiócesis rosarina. Se sabe de un agujero financiero dejado en su parroquia por un sacerdote de Arroyo Seco (30 km. al sur de Rosario) antes de colgar éste definitivamente los hábitos por enredarse en unas faldas, pero casos similares de desfalco o simple mala administración no han motivado idéntica premura investigativa en otras jurisdicciones. Sin desviar nuestra atención del celo de Bergoglio por la austeridad de los hábitos de sus subordinados, habrá que recordar que mientras éste fue el jefe de la Iglesia en la Argentina, mons. Zecca, entonces rector de la UCA, dejó a la institución con una deuda equivalente a veinte millones de dólares sin ser llamado a responder nunca por ello; y que el propio mons. Bargalló, sin merma de su condición de presidente de Cáritas, fue hallado in fraganti refocilándose en las aguas del Caribe con una amiga. Y si bien de los dineros empleados para tal fin nunca fue bien esclarecida la procedencia, no habrá que llamar a Sherlock Holmes para sospecharles una posible atribución. Todos recordamos, además, que fue el mismísimo cardenal Bergoglio -en misa celebrada en honor del suspendido Bargalló unos pocos días después del escándalo- quien encabezó una tan improvisada como indecorosa apothéosis del bribón.
No; no creemos se deba aducir como causa de este desplazamiento una presumible enemistad por asuntos de doctrina y de opciones pastorales, ni las iras papales por el quebranto económico de una parroquia de pueblo. La respuesta, aunque no exhaustiva, la hemos hallado casualmente en un sitio italiano que reporta la noticia tomada directamente de Magister, en comentario posteado al pie por un lector argentino. Es ésta:
Candidus19 maggio 2014 21:31
Mollaghan conoce mucho del pasado de Bergoglio. Cuando el Papa fue nombrado Vicario General de Buenos Aires, Mollaghan era Pro Vicario de Curia.
Las diferencias no son doctrinales, como dice el artículo, sino personales.
Mollaghan es un hombre muy inestable psicológicamente que conoce cosas de Papa Bergoglio muy de cerca.
Los obispos argentinos, salvo los de linea directísima, no están nada contentos con este Pontífice, más allá de las ineludibles declaraciones a la prensa.
Todos los conocen muy bien.
Saludos desde Argentina
Las diferencias no son doctrinales, como dice el artículo, sino personales.
Mollaghan es un hombre muy inestable psicológicamente que conoce cosas de Papa Bergoglio muy de cerca.
Los obispos argentinos, salvo los de linea directísima, no están nada contentos con este Pontífice, más allá de las ineludibles declaraciones a la prensa.
Todos los conocen muy bien.
Saludos desde Argentina
Pero la connotación saliente, lo que no podíamos dejar de reproducir, es el reproche que este lector argentino, por el sólo hecho de ser connacional de Bergoglio, le mereció a otro comentador italiano (que suponemos ser un mismo sujeto que publica dos sucesivos comentarios). El mecanismo es comprensible. A quién no le viene en mente a veces, en viendo la sobreabundancia de basura que ofrece el mercado editorial, el llamar a Gutemberg a pleito. Lo mismo pasa acá, con no menor razón. El caso es que el italiano, sin conocer ni jota de nuestra lengua, intentó recriminarle al otro en castellano. Puedo asegurar que lloré de la risa al leer esto: el cocoliche es una de mis debilidades; el efecto humorístico que alcanza es, en ocasiones, demoledor. En nuestro caso el resultado, que ni es castellano ni cocoliche siquiera, tiene tal potencia epigramática que podría ser desenterrado dentro de muchos siglos como testimonio histórico del desconcierto en que nos vemos hoy sumergidos. Acá va:
Anonimo19 maggio 2014 23:58
Non es da far Papa un cavron de la pampas.
Pontifice has to es italiano puro sangero.
Que lastima.
Saludos desde Italia.
Pontifice has to es italiano puro sangero.
Que lastima.
Saludos desde Italia.
Anonimo20 maggio 2014 00:06
La veridad es que vos otros argentinos ci aves rifilatos una mierda heretica
♦♦♦
NOTA FILOLÓGICA:
En la fallida intención imitativa del castellano, quizás no esté de más traducir o interpretar estas palabras y giros poco inteligibles: del primer mensaje, «non es da far»= no es para hacer; «has to es»= debe ser; «puro sangero»= pura sangre. Del segundo mensaje, «ci aves rifilatos»= nos habéis endosado.
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