miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA NUEVA «FE DEL CARBONERO»

Aunque su responsabilidad no iguale a la de los consagrados, no hay que menospreciar el papel de los laicos en el robustecimiento de la crisis que desfiguró a la Iglesia. Como en cierto poemilla de Bertolt Brecht en el que el dramaturgo tudesco, a expensas de su fanatismo democratizante, se preguntaba por las identidades de los anónimos constructores de Tebas y Babilonia y rezongaba ante la obviedad de que en las grandes empresas de armas o de gobierno sólo figuren los nombres de los jefes, así, en la refundición del Credo habría que husmear el rol de un laicado cada vez más hambriento de «participación» acompañando los demoledores desvelos de los jerarcas con nombre propio. Cuánto la influencia ascendente de los volubles humores populares, siempre más pagos de sí, haya hecho de tanto prelado un tribuno, un vociferador de promesas terrenas, es cosa que tendrá que estudiarse en las aulas del Milenio, si es que el capítulo XX del Apocalipsis nos habla de una nueva cristiandad transparusíaca acá mismo, en esta agitada arena de los mortales.

Los faraones no habrán contado con una tan solícita compaña de operarios y estibadores de piedras para erigir sus presuntuosas pirámides -todos ellos rigurosamente anónimos- como los obispos conciliares cuentan con su mesnada de activistas de la disolución. La apostolica actuositas que el Vaticano II se encargó de descubrir no hizo, en rigor, más que hacer más rauda la pendiente, otorgando a un montón de pelafustanes el honor de ser maestros, dando la potestad a jovencitas de discoteca para que les enseñen el catecismo a los niños. Pero lo más saliente y que pasó menos observado, la obra que supera en extensión deletérea a la de cuanta herejía pudiésemos traer a cuento, es la vaguedad inconcebible que vino a cobrar la noción de «fe». Se sabe que las masas son emotivas, tornadizas, que tienen un talante más bien femenino. Pues bien: al arbitrio de las masas anárquicas se dejó librada la resignificación de aquella virtud teologal que nunca pudo identificarse mejor que ahora con la fides informis, aquella fe que vegeta fuera del orbe de la gracia habitual y que mantiene por ello al alma en peligrosa suspensión.

Los herejes históricos atacaban un punto o dos de la doctrina; el nuevo concepto de «fe», sin precisar aún nada de ofensivo, la ataca en su conjunto, ahumando la intelección misma de la fe. Dejando incólume el dinamismo obediencial -hoy devenido reflejo condicionado y salvoconducto para todos los agravios contra la ortodoxia- la nueva «fe del carbonero» carece del respaldo de la de antaño, que al menos reposaba en la garantía de que los pastores conducían al pasto. A expensas de una presunta "fe adulta" que bien pronto se reveló más bien adúltera, se cultivó la irrisión para con aquella fe que se suponía desvinculada de la razón, sin advertir que hoy se incurre más que nunca en esa misma tacha. El credo quia absurdum debiera ser el lema de multitud de ciegos que siguen a otros ciegos al abismo, entre cantos litúrgicos que parecen tomados de los estadios de fútbol o de las comparsas.

«Os di a beber leche, no alimento sólido» (I Cor 3,2), les decía san Pablo a aquellos corintios no suficientemente adelantados en la vida del espíritu. «Os di a beber aire, vanidad, nonada», podrían repetir los pastores de la iglesia conciliar a sus rebaños, para agregar: «según me lo pedisteis. Gustos son gustos. ¡Vamos! ¡A beber!».


                                           
             

jueves, 19 de noviembre de 2015

SOBRE LA FE Y SUS SUCEDÁNEOS

Si hubo una treta sobremanera exitosa entre las que el Maligno supo urdir para menoscabo de la fe, cuéntese la sustitución del concepto «fe» por un símil desleído del mismo. Rigurosamente afín a cuantos otros propiciaron los novatores con vistas a una refundición del catolicismo, el contrabando conceptual supo dejar en pie gran parte de las fórmulas para alterar su contenido implícito, llenándolas de hojarasca y serrín. Si la resurrección pasa a ser una metáfora y los milagros otras tantas hipérboles piadosas, queda claro que la fe -condición para admitir la resurrección, los milagros, la vida del mundo futuro y cuantas verdades constituyen su objeto propio- requerirá también una oportuna re-semantización.

Y acá se reveló en toda su fecundidad (si puede atribuirse fecundidad al error y a la herejía) la acepción luterana de «fe», retomada luego en buena medida por los modernistas combatidos por San Pío X: la de un impulso fiducial que hace reposar al alma -o al ánimo- en una especie de certidumbre emotiva. La fe pasa a entenderse, entonces, como una adhesión sensible que no requiere de preámbulos, ni disposiciones previas, ni exigencias ulteriores, que no pide la mortificación del propio criterio y la aceptación incondicional de un depósito transmitido por una autoridad delegada desde arriba.

La teología supo oportunamente distinguir los cinco elementos que concurren en la producción del acto de fe: 1- el motivo, que es la autoridad de Dios que revela; 2- el objeto, que son las verdades reveladas; 3- la gracia preveniente, que inspira a nuestras facultades, entre ellas: 4- la voluntad imperante, que mueve a 5- el intelecto, que bajo el imperio de la voluntad y el influjo de la gracia, acaba por prestar su asentimiento (Ad. Tanquerey, Synopsis theologiae dogmaticae). [Vale aclarar que la voluntad puede decirse imperante porque, aunque el entendimiento, por razón de sus operaciones específicas (=conocimiento del ser) sea más excelente que aquélla, a la que precede en estas mismas operaciones, las prerrogativas de ésta se explican por la supereminencia de su objeto: la voluntad, en efecto, se adhiere siempre a aquello que se le representa bajo la especie de bien; el intelecto, en cambio, persigue el mero conocer, independientemente de la nota de «malo» o «bueno» que pueda caberle a su objeto. De aquí que, alcanzada por la inteligencia una sumarísima noción de Dios como «bien», la voluntad, bajo la moción de la gracia, empuje a aquélla a adentrarse más y más en el conocimiento de ese bien. Por esto puede hablarse de voluntad «imperante»].

En la nueva acepción de «fe», si acaso queda en pie la voluntad, y ésta aislada en sí misma. A menudo, incluso, limitada a la «voluntad inferior o apetitiva» (voluntas ut natura), que ya no informada por la razón como «voluntad intelectiva» (voluntas ut ratio). La fe deja de ser, según el conocido axioma, la virtud que ofrece a los hombres, para ser creídas, aquellas verdades que la razón no puede alcanzar en sus rebuscas: más bien pasa a ser una adhesión arbitraria, informe, que, en el mejor de los casos -cuando admite una cierta guía de la razón- pasa a identificar su objeto con otros tantos objetos de la razón, incluyendo a Dios mismo en tanto objeto de conocimiento racional. Cuando no haya mero fideísmo, entonces, se tratará a lo más de la increíble confusión de fe con deísmo: un Dios que se afirma en algunos de sus atributos, tales como la razón puede reconocerlos (omnipotencia, inteligencia rectora, etc.) con el añadido -menos obvio para el conocimiento natural- de la «misericordia», entendida ya como salvoconducto universal para soslayar la ley.

No extrañan entonces esos rimbombantes títulos de los diarios («multitudinaria manifestación de fe» y similares) para referirse a lo que no es sino una especie degradada de folklore: procesiones encabezadas por un cura popular y de prédica balbuciente al aroma de los chorizos que se asan y con el estrépito de las guitarras mal ejecutadas -y ejecutadas incluso en Misa por el propio celebrante. Cualquiera de nuestros antepasados que se levantara de la tumba para asistir a estas bullangueras romerías las tendría por cualquier cosa, menos por actos de culto. En verdad, la historia de la Iglesia discente que emerge del Concilio (que es como decir: la de una catástrofe amenizada por el absurdo) puede asimilarse a esos terneritos de granja que, atados por una soga a su respectiva estaca y luego de acabar de beber su ración de leche del balde, buscan con avidez el otro extremo de la soga para sorber del mismo como si se tratara del pezón materno. Cándidamente convencidos, beben y beben del cabo que no les surte ni una gota, prolongando en falso la complacida lactación.

La comparación no es extremosa: cuando el hombre decae, hay que ir a buscar entre las bestias el más fiel retrato de su hábitos. Por lo demás, la sola irrupción en escena, en tan comprometida sazón, de un pontífice más ordinario que piojo de chancho, capaz -entre mil otras lindezas- de declararse incompetente para juzgar si una luterana puede comulgar el Cuerpo del Señor en una Misa católica, es suficientemente ilustrativo del desquicio, sin necesidad de ulteriores glosas. Ésta es la clase de sujeto que encarna la que podría llamarse, por asimilación, la «regla próxima» de la nueva fe -esto es, del caos que se ha fomentado con indudable éxito.

Así, la apostasía real encuentra un notable subterfugio para demorarse en la tierra que hollamos sin revelarse en todo su horror, y la operación de transgénesis eclesiástica se cumple sin sustitución de conceptos, sólo por su resignificación. A la zaga de la «fe» vendrán los "carismas", los "consuelos de la fe", toda la batería de fuegos fatuos que aplacarán la angurria emotiva de los feligreses de la nueva religión del corazón antes de dejarlos definitivamente vacíos. Porque la fe -que es, en rigor, una empresa de armas- ha sido tomada como un recreo informal. De manera de permitirle encontrar al Hijo del hombre, cuando venga, algo sí de fe sobre la tierra: la fe de timadores y timados.

lunes, 9 de noviembre de 2015

BERGOGLIO BIFRONTE

Nos limitamos a traducir y ofrecer este texto, de lo mejor y más sintético que hayamos leído sobre el actual pontificado. A despecho de que -como con acierto lo dice un amigo de este blogue- a Bergoglio no se lo analiza: se lo cita, acá se analiza oportunamente una medida de gobierno de las más resonantes de Francisco (la vandálica intervención de la orden de los Franciscanos de la Inmaculada) al par que la ulterior explicación que da el propio pontífice de la misma, en términos que arrojan una luz inquietante, incontrastable, sobre la calidad de los sufrimientos que se ciernen en esta hora sobre la Iglesia de Cristo.

[Fuente: http://opportuneimportune.blogspot.com.ar/2015/11/bergoglio-bifronte.html]


Me quedé desconcertado y escandalizado por lo que escribió Maurizio Blondet en un reciente artículo suyo, a propósito de las palabras que Bergoglio dirigió a los frailes Franciscanos de la Inmaculada el pasado 10 de junio.

Blondet recuerda que el discurso que hizo quedó registrado, por lo que me siento llevado a considerar, conociendo la honestidad intelectual de este periodista católico, que no tiene motivo para mentir.

Dice Bergoglio:
a mí se me explicó la [vuestra] situación tranquilamente, quedamente; oré con benevolencia por vosotros y concluí que debía tomar esas decisiones [del comisariamiento] después de haber recibido consejo [...] El principio que me guió fue el de la obediencia, porque es justamente ése el principio de la catolicidad. Cuando pensamos en la reforma protestante decimos que ésta comenzó con la revuelta: el separarse del obispo, el separarse de Roma no es la catolicidad.
Y acá ya no podemos no advertir una disonancia: la invocación a la obediencia (pero sobre esto volveré más tarde) y aquella a la Pseudorreforma protestante, que comenzó con la revuelta, el separarse de Roma. Pero, ¿cómo? ¿Y dónde va a parar el diálogo ecuménico, con el cual se enjuaga la boca el Obispo de Roma a cada paso? Entonces, ¿los protestantes son rebeldes? Con los Franciscanos de la Inmaculada Bergoglio emplea términos que están en neta contraposición con aquellos melifluos de sus numerosos encuentros con los herejes, antes y después de la farsa del Cónclave.

Y sigue nuestro sujeto:
San Ignacio nos dice que la regla "para sentir con la Iglesia" es que si yo veo una cosa negra que es negra y la Iglesia dice que es blanca, tengo que decir que es blanca.
¡En las barbas de la libertad de los hijos de Dios tan decantada por el Conciliábulo! San Pablo nos dice rationabile sit obsequium vestrum. La paradoja de san Ignacio suena por lo menos inapropiada en la boca de un hijo de la revolución conciliar que no tiene escrúpulos en contrariar la doctrina católica cada vez que tiene la ocasión. Puesto que la Iglesia no puede decir que lo blanco es negro, que la verdad es error o viceversa: de lo contrario menoscabaría el mandato divino recibido de parte de su Fundador. Y aun cuando se quisiera aceptar la advertencia ignaciana, nos gustaría entender por qué razón, cuando la Iglesia dice que el matrimonio es indisoluble y que los adúlteros están fuera de la comunión, Bergoglio toma el teléfono y llama a su portavoz Scalfari para tranquilizarlo con que los divorciados podrán recibir los Sacramentos. Por qué cuando la Iglesia manda predicar el Evangelio a todas las gentes, él sostiene que el proselitismo es una solemne tontería.

Con el estilo diamantino que lo caracteriza, agrega:
Y sin el Papa, ¿a ti quién te garantiza tu ortodoxia, lejos del Papa?
En verdad, esta proposición también chirría, especialmente respecto a las ya proferidas acerca de la conversión del papado hechas a los cismáticos de Oriente. Sin abundar que los cismáticos, los herejes y los idólatras de los que se acompaña parecen prescindir tranquilamente del Papa, y esto no parece constituir un problema para la iglesia conciliar.

Luego retoma:
Pero cuando hay una hermenéutica ideológica, yo tengo miedo, tengo miedo.
¿Pero cómo? ¿No acababa de decir que es menester obedecer ciegamente a la Iglesia, incluso si lo que ella afirma estuviera en contradicción con la realidad, o al menos con aquello que a nosotros se nos aparece como tal? ¿Qué hay de más ideológico que una obediencia irracional a cualquier orden del Papa? Y sin embargo Bergoglio tiene miedo: es para preguntarse en esta sazón si él se teme a sí mismo.

Y luego la habitual estocada genérica, sin nombres, blandida para deslegitimar una cosa de suyo buena en nombre de un caso límite. El típico estratagema capcioso: legitimar el divorcio porque un marido alcoholizado le pega a la pobre esposa; autorizar el aborto porque un delincuente violó a una jovencita dejándola embarazada, etc. O, descendiendo a los discursos de bar: mejor un buen laico que un mal cura. En fin, el derrotismo y el engaño ideológico erigidos en pastoral.
Yo recuerdo... es cierto que todos debemos ser ortodoxos, pero tantas veces se usa [la palabra "ortodoxia", NdR.] para justificar procedimientos que finalmente no resultan tan claros. Yo recuerdo a un obispo de América latina, nos apaleaba a todos: "¡la ortodoxia! ¡La ortodoxia!", pero era un especulador, hacía negocios con dinero... De este modo se acusan los unos a los otros de no ser ortodoxos para encubrir otro intereses.
Luego sigue el elogio hipócrita de la Orden:
Vuestro carisma es un carisma singular: está el espíritu de san Maximiliano Kolbe, un mártir, y está el espíritu de san Francisco, el amor a la pobreza, a Jesús despojado...
Notemos que fue precisamente por estos días que Bergoglio ordenó a los franciscanos, a través de sus emisarios de púrpura, que no llevaran la Medalla milagrosa, que borrasen el voto mariano, que no mencionaran más a san Maximiliano Kolbe.

Pero, como justamente afirma Blondet, hay luego una frase que suena -por decir lo menos- aterrorizante:
Hay otra cosa que a mí me hace entender porqué el demonio está tan enojado con todos vosotros: la Virgen. Hay algo que el demonio no tolera... no tolera la Virgen, no tolera y no tolera más esa palabra de vuestro nombre: Inmaculada, porque ha sido la única persona solamente humana en la cual él encontró siempre la puerta cerrada, desde el primer momento; él no [la] tolera.
El nexo de consecuencia que se deduce de las palabras del Obispo de Roma se nos escapa. O mejor: la única interpretación posible de estas palabras, a la luz de la disposiciones tomadas por él contra los Franciscanos de la Inmaculada, se encuentra sólo en la casuística de los exorcismos. No es raro, en efecto, que Satanás sea forzado por Dios a obedecer al exorcista, afirmando verdades que le repugnan y que revelan sus engaños.

No pensaba llegar a teorizar una enormidad semejante, pero me parece que puedan hipotetizarse sólo dos casos que justifiquen estas palabras: la posesión diabólica o una forma de bipolarismo, de patológico desdoblamiento de la personalidad.
Pensad el momento que ahora vivís como una persecución diabólica, pensadlo así...
Una persecución diabólica, sin dudas, pero de la que se confesó responsable y único mandante nada menos que el Pontífice Romano, el Vicario de Cristo, el Príncipe de los Apóstoles.

O acaso, con implicaciones menos desastrosas pero no por ello menos horripilantes, un usurpador elegido con la estafa de un Cónclave piloteado. Un usurpador que pretende obediencia ciega, pronta, absoluta, más allá de la razón y pisoteando la misma Fe. Un tirano que persigue a los buenos explotando su sentido de fidelidad a la Iglesia y que al mismo tiempo prostituye a la Iglesia con el mundo, adultera la enseñanza, pervierte la moral, conculca la espiritualidad y el impulso apostólico, humilla al Fundador.

Un tirano que pretende con arrogancia una obediencia delirante, incluso si tuviera que afirmar algo contra la evidencia. ¡Otra que parresía! Por otra parte, incluso la farsa del Sínodo sirvió a demostrar que la verdadera Relatio Synodi fue publicada por Scalfari después de la enésima llamada telefónica de Bergoglio.

Que sigan, pues, los mediadores buscando justificaciones a la obra de este personaje vestido de blanco. Yo encuentro extremadamente difícil, con toda la buena voluntad, no extraer las lógicas consecuencias de los actos infames de los que él cada día se hace responsable.

Que la Virgen Inmaculada, terribilis ut castrorum acies ordinata, ilumine las mentes entenebrecidas de los Prelados y les dé el coraje de oponerse a este Anticristo.

sábado, 31 de octubre de 2015

LA «IMPOTENCIA» DE DIOS SEGÚN FRANCISCO


por Alejandro Sosa Laprida


Desconcertantes palabras las de Francisco en su homilía del 29 de octubre en la Casa Santa Marta. Transcribo un extracto y lo cotejo luego con un pasaje del Evangelio de San Mateo :
« El don es el amor de Dios, un Dios que no puede separarse de nosotros. Esa es la impotencia de Dios. Nosotros decimos: ‘‘¡Dios es poderoso, lo puede todo!’’. Menos una cosa: ¡separarse de nosotros! En el Evangelio esa imagen de Jesús que llora sobre Jerusalén, nos hace comprender algo de este amor. ¡Jesús ha llorado! Ha llorado sobre Jerusalén y en ese llanto está toda la impotencia de Dios: su incapacidad de no amar, de no separarse de nosotros. […] El más malo, el más blasfemador es amado por Dios, con una ternura de padre, de papá. […] Dios llora por los malvados, que hacen tantas cosas feas, tanto mal a la humanidad. Espera, no condena, llora. ¿Por qué? ¡Porque ama!»

Un malhablado de temer, afable divulgador del gnosticismo
Desafortunadamente para Francisco, sus palabras no se condicen en absoluto con estas otras de Nuestro Señor:

« Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba de paso, y me alojasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y me vinisteis a ver". Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos habriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?". Y el Rey les responderá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo". Luego dirá a los de la izquierda: "Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me alojasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me visitasteis". » Estos, a su vez, le preguntarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?". Y él les responderá: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo". Estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna. » (Mt. 25, 31-46)

Un « Dios » que « no puede separarse » de sus creaturas es necesariamente un « Dios » inmanente, un « Dios » conforme a la doctrina del monismo panteísta de la escuela gnóstica, el cual es, por naturaleza, « incapaz » de separarse de quienes no son sino emanaciones de su propia esencia, chispas de la substancia divina que retornarán a ella una vez que hayan tomado conciencia de su verdadera naturaleza, infinita y divina, a través del « conocimiento » gnóstico, cabalístico y luciferino : « Seréis como Dios » (Gn. 3, 5). Hay que abrir los ojos de una buena vez y reconocer este hecho innegable, por más tremendo y perturbador que pueda ser: Francisco no es cristiano, sino un panteísta y evolucionista en la línea de pensamiento de un Teilhard de Chardin…

Las siguientes citas nos permiten comprobar la veracidad de esta afirmación :
« Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos. » (cf. p. 10: https://www.aciprensa.com/entrevistapapalarepubblica.pdf)
« Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser. » (cf. p. 10: https://www.aciprensa.com/entrevistapapalarepubblica.pdf)
« [Dios] quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo, donde muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufrimiento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Creador» § 80
« El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado, eje de la maduración universal. » § 83
« Podemos decir que, ‘‘junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la Sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche’’. Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: ‘‘Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo’’ ». § 85
« […] estamos llamados a ‘‘aceptar el mundo como sacramento de comunión […] Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta’’. » § 9
« Tenemos que reconocer que no siempre los cristianos hemos recogido y desarrollado las riquezas que Dios ha dado a la Iglesia, donde la espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que se vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea. » § 216
« […] pero [las creaturas] avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador. » § 83
« […] todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde. » § 89
«No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. [ …] Todo está conectado. Por eso se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad. » § 91
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Para mayor información acerca de los desafueros consuetudinarios de Francisco :

http://in-exspectatione.blogspot.fr/2015/10/blasfemoglio-cronicas-de-un-impio.html

http://www.catolicosalerta.com.ar/magisterio-de-blasfemogoglio/cronicas-de-un-impio.pdf

« Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. » (Mt. 7, 15-29)

jueves, 29 de octubre de 2015

CARTA A LOS "CONSERVADORES" PERPLEJOS

Apelación vibrante y, a su vez, ponderado diagnóstico de una crisis que ni los peores agoreros hubieran previsto hace unas décadas. Describe con no huraño verismo las condiciones en las que hoy se desenvuelve esa piedad ausente de los templos mayores, de las parroquias.Y propone algo concreto. 

Publicado originalmente en Radio Spada, al pie del texto original puede leerse la lista de los adherentes. 


Nos dirigimos a vosotros, queridos interlocutores, ahora que ha llegado el final de este Sínodo, al tiempo que contemplamos el montón humeante de escombros de la doctrina católica sobre el matrimonio. De aquel imponente edificio sobre cuyos cimientos fue edificada durante siglos la civilización cristiana, no queda casi nada. Aligerado el divorcio, archivada la indisolubilidad, entronizada en el altar del derecho canónico la subjetividad más desenfrenada, de la antigua sacralidad de la nupcias católicas no quedan sino sombras confiadas a la buena voluntad individual y relativizadas por una pastoral que ha neutralizado la doctrina. Eso sí: todo se ha consumado con la exaltación simbólica de la doctrina pero empujándola por sus espaldas al fango de una falsa pastoral.

En esta coyuntura nos ha parecido necesario escribiros, no sin cierto temor, como se escribiría a un amigo a quien se ha dejado de frecuentar hace tiempo y con quien se ha perdido la familiaridad. Vosotros sois aquellos que han intentado en las últimas décadas "salvar lo salvable", eligiendo una y otra vez siempre un "mal menor" (que coincidía gradualmente y siempre más con el mal mayor); nosotros somos aquellos que han tratado de defender el Bien mayor, con nuestras limitaciones y con las consecuencias que esto implica.

Os escribimos desde nuestros sótanos oscuros, desde nuestros cobertizos convertidos en decorosísimas capillas, desde húmedas capillas privadas de provincia; os escribimos desde nuestros barrocos bajo-escaleras honrados por la celebración de la Misa católica, por la administración de los Sacramentos y por la enseñanza de la recta doctrina.

Os escribimos agradeciendo a Dios, que nos ha concedido la gracia y la fortuna favorable de recalar en estos pequeños espacios, en donde planeamos permanecer mucho más tiempo, y movidos por amistoso espíritu de benevolencia, a pesar de la dolorosa separación teológica que a menudo ha distinguido nuestro intercambio con vosotros.

Podríamos dirigirnos al pasado, reprochando vuestras pías ilusiones, vuestras cautelas, vuestras estudiadas prudencias, incluso, a veces, vuestro calculado desprecio hacia nosotros, pero no lo haremos: preferimos reconocer vuestro dolor sincero de hoy, la perplejidad respecto de la actual aceleración de la crisis de la Iglesia, la consternación frente a los dichos y a los hechos de Bergoglio y sus acólitos.

Aníbal no está a las puertas: se encuentra dentro de la ciudadela de Dios, Aníbal está entronizado en el castillo. Lo que os pedimos, entonces, es un acto de fe y luego, por supuesto, de coraje, y al mismo tiempo un acto de reconocimiento histórico del pasado en conformidad con una eficaz y coherente "hermenéutica de la discontinuidad". El "católico conservador" ha creído posible redimensionar el alcance revolucionario y subversivo del Concilio Vaticano II, se ha acunado con las ilusiones de la Nota Praevia, ha llorado con el Credo de Paulo VI, juró sobre la Humanae Vitae, aceptó la imposición universal del Novus Ordo, abandonando a menudo la Misa romana a la custodia de unos pocos -y libres. Cuando llegó Juan Pablo II alabó su anticomunismo restaurador, contentándose con que rigiera (al menos periodísticamente) sobre la moral, mientras la vergüenza del ecumenismo y de una eclesiología destartalada y bochinchera salpicaban de escándalos el Cuerpo Místico. Más aún, con Benedicto XVI el "católico conservador" creyó haber tenido ganada la partida, mientras los sutiles y modernistas sofismas del docto bavarés, como en una falsa restauración, insinuaban nuevas etapas del curso revolucionario.

Pensamos que la medicina de la Verdad no puede separarse de la benevolencia: por eso os escribimos hoy, pidiéndoos reflexionar sobre la realidad eclesial y que elijáis el camino angosto de la afirmación de la Verdad católica toda entera, sin simulaciones y sin alteraciones. Esta elección implica una separación, una dislocación de los católicos de hoy en pequeños grupos que se esfuercen y combatan para mantener un católico y vandeano "retorno al bosque", a la espera de poder volver a las iglesias hoy ocupadas por el culto del Hombre y de sus pasiones antes que por el Culto Divino.

¡Llegó la hora de dar el paso! ¡Llegó la hora de reconocer el árbol por sus frutos! ¡Llegó la hora de decir dónde está el problema: en el Concilio Vaticano II!

Nuestras energías están disponibles, el Buen Combate nos aguarda y nosotros os esperamos a nuestro lado.

Os damos las gracias por vuestra atención.

In Christo Rege et Maria Regina.

martes, 27 de octubre de 2015

LA SINODALIDAD, A PUNTO

Pretender que «la palabra familia ya no suena más como antes del Sínodo», según atinó a decir Francisco después de pronunciar una vomitona de denuestos para con los «duros de corazón» que resisten el cambio, aparte de ser de una jactancia burda, aparte de rezumar la frase hecha, el slogan, la nonchalance intelectual que lo distingue, expresa sin disimulo la aspiración que siempre tuvo el modernismo: vaciar a las palabras de su concepto mental para, conservada la expresión, introducirles otro contenido. Es la falacia repetida regularmente desde hace décadas por uno y otro corifeo de cierta "exégesis", ámbito no por nada tan fecundo para las aventuras de los prevaricadores: no podemos pretender, después de dos mil años -dicen-, que palabras como «Reino de Dios» o «santidad» signifiquen hoy lo mismo que antaño. San Vicente de Lerins tiene un célebre adagio para responderles.

Antes que en la Iglesia, la palabra ha sido resignificada en el mundo, en la política: pensemos no más en la frecuencia con la que un gobierno notoriamente apátrida como el nuestro recurre a la palabra «patria». El complejo de inferioridad respecto del mundo, característico de la Jerarquía post-conciliar, le adjuntó a la Iglesia el ominoso tic de impartirle la bendición a cualquier cambio, incluido aquel que supone el fraude semántico. Como el cadáver del Cid, que revestido de su armadura y puesto en ancas del caballo servía a reportar nuevos triunfos sobre la morisma, así se juzgó que el cuerpo sin alma del episcopado conciliar, puesto a bendecir maquinalmente los más monstruosos desatinos del mundo, lograría el difícil cometido de hacer bogar a la Iglesia en el proceloso mar de los tiempos que corren. Porque nadie podrá discutir la paradoja de que, pese a la penicilina y a la previsión social -y pese a la fábula del evolucionismo histórico-los tiempos modernos han devuelto la problematicidad de la supervivencia a instancias quizás no vistas desde el paleolítico.

En este clima de presiones a que se ve sometida una Iglesia siempre más pródiga en sus concesiones al mundo, la Relatio finalis del Sínodo reincide en todos los vicios de la jerga conciliar, conciliadora, equidistante -si esto fuera posible- de la herejía y la ortodoxia, con ese bable ni frío ni caliente que caracteriza al magisterio escrito desde el último concilio. Lo advierte sin dificultades la misma prensa secular: «sólo una virtuosa alquimia conceptual, muy propia de la tradición vaticana, densa en equilibrios y sutilezas, permitió conciliar posturas conservadoras y reformistas a veces muy alejadas [...] Hubo un intento deliberado de redactar un texto integrador y políticamente correcto, que fuera aceptado por todos los sectores, a sabiendas que de que podría contener demasiada vaguedad y ambigüedad. Pero fue el precio a pagar por el acuerdo» (debiendo aclararse a los legos que por esa «virtuosa alquimia conceptual, muy propia de la tradición vaticana» debe entenderse la neoparla más bien propia de una tradición reciente, fundada en una ruptura con el depósito ucrónico de la Verdad para ceder al compromiso con el tiempo). De resultas, se dio la paradoja de que unos y otros (herejes contumaces y conservadores) celebraran como propia una victoria exigua cuando, de hecho, el Sínodo no ha sido sino un jalón más en la ya interminable pasión de la Iglesia.

Porque aunque no se aprobaran por escrito las bienaventuranzas de la pederastia -como era de temer en vista de la efebofilia de tanto perito sinodal- ni se instara al menos a elevar a la poligamia a sacramento, lo cierto es que se sometió a discusión lo indiscutible, lográndose concertar en un recinto común los defensores de la remanente moral católica con sus opugnadores para tener que escuchar, entre otras historias ofrecidas como edificantes, la de un niño sacrílego que trozó la hostia consagrada en el momento de recibirla en comunión para dársela a comer a su padre y su madre, separados en nueva unión. Y aunque Kasper y sus mil demonios no lograran hacer consagrar por escrito una fórmula visiblemente herética, en el Sínodo debió escucharse a un prelado que pedía a la Iglesia que, pese a la voluntad de su Divino Fundador respecto de la institución conyugal, imitara la misericordia de Moisés, que concedió el libelo de repudio; y a otro, invitado especialmente por Francisco, alegar sin rubor que aunque quienes comulgan «sean divorciados vueltos a casar, homosexuales, esposas de hogares polígamos… son hermanos y hermanas de Jesús, por lo tanto son nuestra familia, [pues] la Eucaristía es el alimento de aquellos que están en camino para formar el Cuerpo de Cristo». Acierta en esto Francisco con lo de las nuevas resonancias que habría adquirido la palabra «familia» en esta turbia sazón.

Por lo demás, y como fue oportunamente notado en otro lugar, la decisión de delegar en cada obispo la potestad de decidir «caso por caso» en lo relativo al acceso a los sacramentos de parte de los amancebados supone un triunfo del más rancio espíritu farisaico, casuista, espigador moroso de los detalles, pese a la clamorosa interdicción que Francisco lanza de continuo contra aquellos a quienes califica como «fariseos». Y que acá, como en la cacareada «sinodalidad», que es el nuevo nombre de la herejía conciliarista condenada en el V Concilio de Letrán y en la Auctorem fidei, de Pío VI (con insistencia en la «conversión del papado», ya apuntada en la Evangelii gaudium, o en la autoridad doctrinal concedida a las Conferencias episcopales, mamarracheada en la Laudato Si'), se acaba por herir eficazmente al pastor, con el resultado inevitable de la dispersión de las ovejas, es decir: el fin de la catolicidad o universalidad, de la unidad en la fe, que depende de Pedro como de su regla próxima. Estaríamos en la demencial situación en la que el primado se ejercería despóticamente para disolver su autoridad, tal como desde el comienzo de este pontificado lo previó De Mattei, confirmando, según el programa de los ideólogos comprometidos en la obra, «el pasaje de una visión jurídica de la Iglesia, basada en el criterio de jurisdicción, a una concepción sacramental, basada en la idea de comunión», que haría del papado «un primado de "honor" o de "amor", pero no de gobierno y de jurisdicción de la Iglesia».

Quizás ésta -más que el finiquito de la enseñanza moral católica acerca de la familia- sea la perla del Sínodo. O, para mejor decir, quizás esté por instrumentalizarse esta vera y propia herejía, que servirá de motor a todas las otras aún en suspenso, contrabandeadas por la inestimable pericia de los obispos juramentados al nuevo credo. Francisco habrá logrado plasmar una Iglesia -si Dios no lo detiene- a imagen de aquel pollo descabezado que causó furor en los años cincuenta del pasado siglo, alimentado por el esófago y con su cabeza flotando en un frasco de formol, para hacer las delicias del público.





Un espectáculo del que se gloriaría la moderna profanidad, enemiga insoluble de la constitución pétrea, firme, de la Iglesia, cuyo lastimoso sucedáneo, guillotinado motu proprio, subsistirá gracias al favor de los césares, dadores del maíz con leche a trueque del infamante show.

Es de esperar que, antes de que se verifique semejante desafuero, haya al menos tres o cuatro cardenales que lancen el ansiado anatema contra Bergoglio, y la Iglesia Católica, ya sin los templos pero con la fe, se vea purificada y libre de toda la escoria que gravó su misión específica por estas décadas.


sábado, 24 de octubre de 2015

LA PALABRA «FAMILIA»



«Para todos nosotros la palabra «familia» ya no suena más como antes del Sínodo». 
(Del discurso conclusivo de Francisco, saturado de sofismas que pueden leerse aquí)