sábado, 21 de mayo de 2016

RETRATO DEL FALSO PROFETA

A medida que los tiempos transcurrían, la fisonomía que los cristianos le anticipaban al Anticristo venturo pasó de la monstruosidad de sus rasgos a una compostura ladina de los mismos, sin dudas más adecuada al supremo engañador que la historia habrá alcanzado a conocer. Los siglos medios «empezaron a imaginar una especie de Nerón redivivo y cuadruplicado -dice Castellani-, y lo adornaron de toda suerte de vicios [...] No sería reconocido como salvador de los hombres ni adorado si fuera una monstruosidad acumulativa de todos los degenerados emperadores romanos de la casa de los Flavios. Pero los antiguos Padres y los teólogos medievales eran demasiado sanos para imaginarse todavía más maldad de aquélla», pues la que hoy pudiera encarnar un césar capaz de amparar su protervia en la monserga filantrópica, en la impostura de los derechos humanos y en la nauseante levedad de las costumbres cívicas tras dos siglos largos de liberalismo, esa maldad, decimos, perdido el sentido del mal, debe ser tanto más indescifrable al común como recóndita y profunda, extendida en toda la vastedad de las entrañas del Enemigo, una metástasis de malos designios oportunamente camuflados bajo un manto de indulgencia falaz, opuesta al integrismo irreductible, al ultramontanismo de aquellos cristianos que aún queden en el desierto del orbe (sin merma de que no fue la dinastía flavia sino la de los Claudios, con nenes como Tiberio, Calígula y Nerón, la que sintetizó crudamente cuanto podía suponerse de malvado en los primeros siglos de nuestra era).

Hoy es más factible adecuar la facha del Adversario al canon democrático y pluralista, y así lo han hecho los autores que se ocuparon de él en el último siglo y medio. De nuestra parte, nos permitiremos la licencia de aplicarle el apelativo de «Anticristo» a los depositarios del doble orbital poder (civil y religioso) en los tiempos finales, aun cuando se acostumbre reservar el nombre para el solo investido con la potestad civil. Fundamos esta dicción en la  primera carta de san Juan, que habla de «muchos anticristos» salidos de la Iglesia -que no del Imperium-, y en el triple ministerio que de Cristo proclamamos, el de sacerdote, profeta y rey, lo que hace que «Anticristo», por consecuencia, pueda decirse no sólo de aquel rey contrario a la reyecía del Señor, sino de aquel "sacerdote" y "profeta" que también pretenden impugnarlo y usurpar su dignidad. Benson, aplicándole el término a la potestad política, hace del Anticristo una especie de protector de la humanidad aterrada ante la perspectiva de guerras y hambrunas, un benefactor implacable de cuantos se le sujetan voluntariamente. Soloviev lo muestra incluso austero en sus formas, vegetariano y amigo de los animales. Poco antes Dostoievski, en la Leyenda del gran Inquisidor, y pese a la diatriba anti-romana de sus líneas, anticipa increíblemente algo del programa y el espíritu de la Jerarquía eclesiástica de nuestros días, convencida de que «para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad», capaz de enrostrarle a Cristo el no haber sucumbido a la primera de sus tentaciones en el desierto, la de convertir las piedras en panes para comprar con su poder taumatúrgico la obediencia de los hombres, capaz también de reprocharle a Jesús la exigencia de su doctrina, hecha para ser observada sólo por los elegidos. Estos sacerdotes de Satanás podrán afirmar cínicamente, ante la misma faz del Señor, que

nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar [...] Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad — no, como Tú, el orgullo [...] Hasta les permitiremos pecar — ¡su naturaleza es tan flaca!—. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado [...] Y nos adorarán como a bienhechores.

Yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra.

Menos conocido y más reciente es un texto de Dietrich von Hildebrand escrito en 1969, que tomamos de Una Fides y del que no se nos ofrece mención de la fuente original. Sabemos que el autor incluyó en su El caballo de Troya en la Ciudad de Dios un capítulo dedicado a Teillard de Chardin -esa nueva autoridad rescatada por el magisterio más reciente, y que Von Hildebrand califica simplemente como de «falso profeta»-, pero el Retrato que sigue a estas líneas, de estremecedora actualidad, no sale de esas páginas. Vaya dedicado a quien le quepa el sayo.

Quien niega el pecado original y la necesidad de redención del género humano, anula el significado de la muerte de  Cristo en la cruz y es un falso profeta. 
Quien  olvida que la redención del mundo a través de Cristo es la única fuente de verdadera felicidad y que nada en el mundo puede ser comparado a este único hecho glorioso, ese tal no es más un verdadero cristiano. 
Quien no acepta más la absoluta supremacía del primer mandamiento de Cristo -ama a Dios por sobre cualquier otra cosa- y sostiene en cambio que el amor de Dios se expresa sólo en el amor del prójimo, ése es un falso profeta. 
Quien ya no sabe entender que el desear una íntima unión con Cristo y una transformación en Cristo es el verdadero significado de nuestra vida, ése es un falso profeta. 
Quien proclama que toda moral se basta a sí misma, y por lo tanto no principalmente en la relación del hombre con Dios sino en las cosas que conciernen al bienestar de la humanidad, ése es un falso profeta. 
Quien en el daño infligido a nuestro prójimo ve sólo el mal causado a éste y no ve la ofensa a Dios que está implícita en el mismo daño, ése es víctima de la enseñanza de un falso profeta. 
Quien ya no percibe la radical diferencia existente entre caridad y benevolencia humanitaria, ése se ha vuelto sordo al mensaje de Cristo. 
Quien se halla impresionado y conmovido por las "conquistas cósmicas" y por la "evolución" y por las especulaciones científicas más que por la luz de la Sagrada Humanidad de Cristo reflejada en un santo, o por la victoria sobre el mundo representada por la vida de un santo, ése ya no está compenetrado de espíritu cristiano. 
Quien se preocupa por el bienestar material del hombre más que por su santificación, ése ha perdido el sentido cristiano del Universo.

lunes, 16 de mayo de 2016

EL MÁS ESTREPITOSO DE LOS SILENCIOS

Tempus agendi est Domino,
violaverut legem tuam. 
(Ps 118, 126).

Es sabido que entre intelectuales –suponiéndole a este apelativo no la triste connotación profesional que adoptó en los tiempos modernos, sino la personal disposición y dedicación a las bondades del theorein, los adscritos al bíos theorétikos-, que entre intelectuales, decimos, suele latir por temperamento propio una cierta desconfianza por la acción, un desdén más o menos manifiesto por los múltiples negocios que ocupan al común de los mortales. De Pitágoras a Ortega y Gasset, el vivir la vida como espectáculo supuso una distancia manifiesta no sólo respecto del homo faber, del componedor de artificios, sino incluso de las formas más o menos "fabriles" de la acción política. Desdén doblado a menudo en aversión, como comprensible juicio adverso respecto del activismo moderno (activismo que es motor incluso de herejías que cunden como subgéneros del modernismo, como aquella que Pío XII llamó “herejía de la acción”), suele correr frecuentemente el riesgo de hacerse imperturbable ante los naufragios colectivos y los peores cataclismos: el prurito de resguardar la ataraxia, la distancia lúcida ante los hechos, puede disuadir eficazmente a sus cultores de acometer la lucha y el riesgo necesarios. Son las bondades inherentes a la aurea mediocritas afirmadas en orgullosa oposición al “vivir peligrosamente”.

Ahora bien: en la calificación misma de “reaccionario”, de la que tanto quisiéramos ser dignos, consta esta perentoriedad de la acción en ciertos lances históricos. Un agere contra que, por definición, no puede limitarse a la sola especulación, por muy sobrado apego que tengamos por la vida intelectual. Y si es muy cierto que, ante todo, «la obra de Dios es creer en Aquel que Él ha enviado» (Io 6,29), no lo es menos que esta fe que se nos exige y que desdeña la mera operosidad exterior, supone al mismo tiempo una labor integral de cincel, de zapapico, de remoción incesante de todo lo que estorbe a la unión del alma con Dios a la vez que la urgencia del testimonio público. La obra principia por el creer y el hablar, como lo subraya el Apóstol: con el corazón creemos en orden a la justificación y con la boca hacemos profesión de nuestra fe para alcanzar la salvación (Rm 10,10).

Esta misma disposición que antes describimos, como de taciturnos bueyes, pudo fácilmente encarnar en los jerarcas de la Iglesia a lo largo de los siglos, especialmente cuando los labios de los obispos destilaban sabiduría, obra ésta necesaria si las hay. Era justo que tal tesoro se labrara en lo oculto según su estilo propio, sin agitaciones, despreocupadamente, para luego ser ofrecido en don a muchos. Cuando se observa esto, no resulta en modo alguno casual que el más recomendado entre los doctores de la Iglesia fuera cognominado el "Buey mudo". Se trata, con todo, de una mudez locuaz, de un silencio cuyo repliegue anuncia un torrente de riquezas espirituales, de una "soledad sonora" que en nada se parece a la abulia o, peor aún, al silencio calculador motivado por la despreciable prudentia carnis, capaz de cohibir la manifestación de la verdad y de sofocarla bajo múltiples estratos de hez y de simulación.

Este último y flaco tipo de silencio, irritante a cualquier conciencia recta, ha sido el adoptado unánimemente por la Jerarquía conciliar, empezando por los modos impuestos en su momento por la Ostpolitik. Dejamos a los entendidos en la materia la cuestión acerca de, si por defecto de forma, las consagraciones episcopales Novus Ordo resultan inválidas, poniendo al gobierno de las diócesis a simples palos de escoba: de la superabundancia de los efectos conocidos por todos, semejante tesis resulta al menos verosímil. Lo que de mínima puede decirse es que esas maneras más bien flemáticas propias del hombre teorético fueron eficazmente exacerbadas por la herejía triunfante hasta lograr la peor de sus caricaturas, emplazando en los solios episcopales a una recua de zombis incapaces de pronunciarse contra los errores y las imposturas que, en progresión creciente, corrompieron la faz de nuestras sociedades y acabaron por doblegar a la Iglesia. Concretamente: tanto o más escandaloso que las blasfemias de Bergoglio resulta el anodino silencio de los prelados que, en masa, han dispuesto no horrorizarse ante aquellos pasajes de la Fornicationis laetitia que, como el parágrafo 3, ya desde el principio del texto, anticipan la aplicación de la hermenéutica hegeliana al Evangelio.

En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13)

Se llegó a la desfachatada sazón de manipular las palabras del Señor para -sobre la tesis implícita de la «Revelación incompleta»- abrir las puertas al caos. Esto ya estaba claro desde el principio de este pontificado, según alguna vez lo comentamos en estas páginas: la salida de Benedicto comportaba la plenitud de la ventura conciliar, la "Iglesia de la abdicación". Ahora, enancados sobre las doctrinas condenadas de Joaquín de Fiore y llevándolas a su torsión más maliciosa, invocan con blasfemia al Espíritu Santo para rendirse al espíritu del mundo y a los planes mundialistas, aboliendo la noción misma de pecado y contribuyendo a la total demolición de la institución familiar. Y la demente carrera sigue sin pausa: no bien permitidas oficialmente las comuniones sacrílegas, Francisco la emprende con el diaconado femenino. Y los obispos siguen haciendo la del cartujo.

Aquel pascaliano silence éternel de ces éspaces infinis podría aplicarse a la infinita vileza de los 5000 obispos dispersos por el mundo, incapaces de lanzar el anatema merecido por un documento tan ponzoñoso. Así como la creación material ha sido comparada a menudo con la Biblia, por la elocuencia con la que los seres remiten a su Creador, y hasta los astros son capaces de "hablar en lenguas", como en Fátima, a nuestros jerarcas, a pesar de estar dotados de los órganos de la fonación, les cabe el retrato que el salmista hace de los ídolos de los gentiles (Ps 134, 16): os habent, et non loquentur.

Entre las dificultades exegéticas que presenta el texto del Apocalipsis, hay una particularmente peliaguda: la que, a la apertura del séptimo sello, y luego de haber cundido una vasta catástrofe telúrica, «se hizo en el cielo un silencio como de media hora» (Ap 8, 1), tras el cual vuelven los terremotos y erupciones que anuncian la Parusía. Castellani, rendido ante la dificultad de este pasaje, creyó ver -sin estar del todo convencido- que se refería a un breve período de paz para la Iglesia antes del fin. Si aplicáramos las convulsiones previas a este silencio descrito por el texto sacro a un hecho histórico de pesadilla capaz de convulsionar a los mismos elementos, como lo fue la Segunda Guerra Mundial, el «silencio en el cielo como de media hora» podría bien aludir a la consecutiva reticencia de la Iglesia a proclamar la verdad. A este respecto, el mutismo vescovil en relación a los bergoglianos desafueros ya constituye un clímax difícilmente superable, como de fin de estación: es de esperar, pues, la reanudación próxima de las catástrofes antes de la venida del Justo Juez.

sábado, 30 de abril de 2016

FRANCISCO EN LESBOS: LA INMIGRACIÓN MUSULMANA ES UN DON PARA EUROPA

por Alejandro Sosa Laprida
(disponible en pdf pulsando aquí)

Tenía pensado escribir algo acerca de Los amores de Leticia[1], la nueva Exudación Escatológica[2] de « Papa Francisco », pero dado que mucho y bueno se ha publicado ya al respecto[3], y que a decir verdad no sabría yo qué agregar a lo dicho, se me ocurrió que echar un vistazo a la reciente « gira apostólica » lésbica del humilde y misericordioso huésped de la Casa Santa Marta no estaría de más. Auténtico Lepanto invertido, con un « Soberano Pontífice » por cierto muy diferente de San Pío V como protagonista, ya que en vez de repeler al invasor musulmán le abre las puertas de par en par de una Europa moribunda y resueltamente decidida a « eutanasiarse » con toda dignidad...

Cabe destacar de este viaje dos gestos « pontificios » de hondo calado simbólico: 
1. El « Santo Padre » se trajo en su Vativuelo a doce mahometanos consigo a Roma. 
2. Lanzó su llamado a la invasión islámica nada menos que desde la mítica isla deLesbos, a modo de manifiesto ideológico subliminal que lleva la inequívoca rúbrica del Averno, dado que no es ningún secreto que la tierra de Safo representa de manera emblemática la ideología mortífera que promueven desembozadamente la Unión Europea y  subrepticiamente el farsante que hipócritamente se cuestiona ante las cámaras del sistema: « ¿Quién soy yo para juzgar ? » …


[2] Utilizo el término en sus dos acepciones de estudio de los excrementos y de ciencia de las postrimerías.

« En una decisión que sorprendió al mundo y una movida política audaz, Francisco se llevó de regreso a Roma, en el vuelo papal, a tres familias sirias. Doce refugiados en total [todos musulmanes], seis adultos y seis menores, a quienes el Vaticano ayudará a rearmar sus vidas lejos de las bombas que destruyeron sus casas. La acción del Papa significó un llamado de atención a la dirigencia política europea, incapaz de enfrentar la peor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial[1]. »

Europa se halla sumergida por la inmigración de masa musulmana. La situación es tan explosiva que no se ve como podría evitarse que tarde o temprano se produjera una guerra civil. Pero Francisco hace la apología del inmigracionismo. Y tan descaradamente  que no vacila en culpabilizar a los europeos y en pedir perdón a los inmigrantes por la « mala acogida » que se les reserva en Europa, lo cual, además de ser totalmente falso, contribuye a reforzar la hostilidad y el desprecio de los inmigrantes musulmanes hacia esa horrible sociedad  « racista », blanca y cristiana, que tan mal los recibe:

« ¡Demasiadas veces no los hemos acogido! Perdonen la cerrazón y la indiferencia de nuestras sociedades que temen el cambio de vida que su presencia requiere. Tratados como un peso, un problema, un costo, sin embargo, ustedes son un don[2]. »

Sin embargo nadie ignora que los refugiados son alojados, alimentados, vestidos y curados gratuitamente en toda Europa y que no sufren ningún tipo de maltrato. Desgraciadamente, no puede decirse que exista reciprocidad en el respeto de parte de las hordas musulmanas hacia los nativos del viejo mundo:

« Alemania vive con estupor e indignación el goteo de denuncias, hasta noventa ya, presentadas por mujeres víctimas de agresiones sexuales y robos durante la Nochevieja en las proximidades de la estación central de trenes de Colonia, donde se encontraban reunidos alrededor de un millar de inmigrantes, que se coordinaron para llevar a cabo estos delitos, además de al menos un violación y un número importante de robos[3]. »

El flujo masivo incesante de migrantes mahometanos es celebrado por Francisco, quien para designar a Dios utiliza maliciosamente una expresión típicamente islámica, la « basmala »[4], y afirma imperturbable que la inmigración es fuente de « encuentro entre culturas y religiones diversas »…

« Son el testimonio de cómo nuestro Dios [!!!] clemente y misericordioso sabe transformar el mal y la injusticia que sufren en un bien para todos. Porque cada uno de ustedes puede ser un puente que une a pueblos lejanos, que hace posible el encuentro entre culturas y religiones diversas, un camino para redescubrir nuestra humanidad común[5]. »


 
 Francisco saludando a inmigrantes en un centro de refugiados de Lesbos[6]

Los cristianos son degollados, crucificados y masacrados en muchos países islámicos. Sin embargo, Francisco no dice nada al respecto, no mueve un dedo para impedir el genocidio, cuando su inmensa influencia internacional podría ser decisiva para obtener la protección de las minorías cristianas. Y además se trajo de Lesbos a Roma doce inmigrantes musulmanes en su vuelo papal. Ningún cristiano. Dato geográfico revelador de la manipulación inmigracionista: Lesbos queda a solamente 10 km. de Turquía y a 1200 km. del Vaticano. Según Francisco, Europa, continente que según las previsiones demográficas será mayoritariamente musulmán dentro de veinte o treinta años, debe abolir las fronteras y aceptar de buen grado la invasión de los mahometanos:

« Vosotros, habitantes de Lesbos, demostráis que en estas tierras, cuna de la civilización, sigue latiendo el corazón de una humanidad que sabe reconocer por encima de todo al hermano y a la hermana, una humanidad que quiere construir puentes y rechaza la ilusión de levantar muros con el fin de sentirse más seguros. En efecto, las barreras crean división, en lugar de ayudar al verdadero progreso de los pueblos, y las divisiones, antes o después, provocan enfrentamientos[7]. »

Para Francisco Europa no se define por ser la cuna de la civilización cristiana, sino la patria de los « derechos humanos » laicos y masónicos:

« Europa es la patria de los derechos humanos, y cualquiera que ponga pie en suelo europeo debería poder experimentarlo[8]. »

La Europa revolucionaria de los « Derechos Humanos » anticristianos rechazó a Cristo y persiguió a la Iglesia. Pues bien, tiene ahora en el Islam su merecido castigo. No quiso cristianizar a África durante la era colonial en nombre del principio masónico de la « laicidad » del Estado: pues ahora los africanos y los árabes se encargarán de islamizarla. Actualmente, la Unión Europea  combate encarnizadamente el matrimonio natural y las familias numerosas en nombre del feminismo, del homosexualismo y de la gender theory: los musulmanes se ocuparán de rellenar el gigantesco bache demográfico de este continente otrora cristiano el cual, víctima de una ideología mortífera y de un enceguecimiento culpable, cava alegremente su propia tumba…

Y para ello cuenta con la inestimable cooperación de « Papa Francisco », principal agente revolucionario del planeta y promotor acérrimo del mundialismo laico, multiculturalista e inmigracionista…

Según Francisco, los musulmanes son « hijos de Dios »:

« No hice ninguna selección entre cristianos y musulmanes. Estas tres familias tenían los papeles en regla, los documentos en regla, y era factible. En la primera lista, por ejemplo, había dos familias cristianas, pero no tenían los documentos en regla. No se trata, pues, de un privilegio; estas doce personas son también hijos de Dios. El “privilegio” es ser hijos de Dios, esto es verdad[9]. »

Pero cualquier cristiano medianamente instruído sabe perfectamente que eso es una mentira colosal: sólo los bautizados son hijos de Dios, elevados a la vida sobrenatural por la gracia divina. Los demás hombres son solamente creaturas de Dios, llamadas a volverse hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Si todos fueramos « hijos de Dios », ¿qué sentido tendría el anuncio del Evangelio ? ¿Qué sentido tendría el bautismo ? Podrían citarse infinitos pasajes de la Sagrada Escritura o del Magisterio de la Iglesia para demostrar el carácter falaz de los dichos bergoglianos. En aras de la brevedad, veamos lo que al respecto nos ha dado a conocer el Espíritu Santo a través del discípulo amado del Señor en el prólogo de su Evangelio:

« A los suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. » (Jn. 1, 11-13)

No es la primera vez que Francisco sostiene esta patraña públicamente. A modo de ejemplo, recordemos sus palabras en el Vídeo del Papa del mes enero de este año, en el cual presentaba simultáneamente símbolos católicos, judíos, musulmanes y budistas a la vez que afirmaba desvergonzadamente: 

« Muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera. En esta multitud, en este abanico de religiones hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios[10]. »

La filiación divina es un don sobrenatural que el hombre recibe por la fe en Jesucristo. Si todos los hombres fuesen hijos de Dios, quedaría abolida la distinción entre el orden de la naturaleza y el orden de la gracia, entre el Creador y la creatura, y estaríamos en pleno panteísmo. Ahora bien, hay innumerables textos de Francisco que demuestran su adhesión al inmanentismo evolucionista gnóstico, en la línea del jesuita apóstata Pierre Teilhard de Chardin:

« Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine [!!!] no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos[11]. »        
                                                                                                             
« Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios [Negación implícita de la divinidad de Nuestro Señor], el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Éste es mi Ser [El cual es, por consiguiente, divino][12]. »                                                                                                            

La herejía sostenida públicamente por Francisco es patente, pero resulta que nadie se inmuta. Lo cual es por cierto consternante, pero fácilmente explicable. Esta situación absurda se debe a que todo el mundo está completamente idiotizado por más de medio siglo de « ecumenismo » y de « interreligiosidad » conciliares. Sin embargo, quien adhiriese a las palabras de Francisco, habría dejado ipso facto de profesar la fe católica. Objetivamente, esto es incuestionable. Pero sucede que el grado de incultura religiosa es tal que nadie se percata de ello y que la inmensa mayoría de los neo-católicos conciliares no percibe la incompatibilidad radical que existe entre el catolicismo y la « religión ecuménica conciliar », la cual se evidencia en Francisco con claridad meridiana…

Francisco es un agente activo del mundialismo religioso y político al servicio del proyecto iluminista de las Naciones Unidas. Las fronteras deben desaparecer, las naciones deben abdicar su soberanía en provecho del mundialismo ecológico, tanto los pueblos como los individuos deben perder su identidad y su memoria, sometiéndose al  « multiculturalismo » y al « inmigracionismo. »


         Francisco lavando los pies de doce inmigrantes musulmanes el Jueves Santo[13]

Con el episodio de Lesbos hemos asistido a un capítulo más de la maléfica obra de devastación espiritual, cultural y social ejecutada por el falso profeta argentino quien, en una suerte de espeluznante Lepanto invertido, abrió las puertas de Europa al islam conquistador, con el añadido altamente simbólico de haber perpetrado su fechoría nada menos que en la isla de Lesbos, la cual representa universalmente el homosexualismo, cuya dictadura ideológica hace estragos en el mundo cristiano ante el silencio cómplice de Francisco…

Porque es bien sabido que el pecado, la ofensa a Dios y la condenación eterna carecen completamente de sentido para la fe gnóstica y naturalista de este ídolo de las masas descristianizadas. Lo único que cuenta para este ser insensato es resolver la « cuestión social » y proteger nuestra « casa común ». A este respecto, vale la pena citar tres declaraciones efectuadas hace pocos días en las que Francisco abogó una vez más por la implementación global del  mundialismo socialista y ecologista:

« Un verdadero planteamiento ecológico debe integrar medio ambiente y justicia, escuchando el clamor de la tierra y el grito de los pobres[14]. »

« El cambio climático supone uno de los principales desafíos actuales para la humanidad; para afrontarlo se requiere la solidaridad de todos[15]. »

« Esto es lo que me ha venido en mente -concluyó- Y ¿cómo se puede lograr? Simplemente siendo conscientes de que todos tenemos algo en común, de que todos somos humanos. Y en esta humanidad nos acercamos para trabajar juntos. ‘‘Pero yo soy de esta religión, yo soy de esta otra...’’ ¡No importa! Todos adelante para trabajar juntos. ¡Respetar a los demás! Y así veremos el milagro de un desierto que se convierte en bosque[16]. »

Lo único que importa, para este hombre cuya impiedad supera todo lo imaginable, es erradicar la pobreza, instaurar la « justicia social » y combatir el « cambio climático ». La pérdida de la fe, el laicismo, la pornografía, el aborto, la eutanasia, el « matrimonio » homosexual, la « teoría de género » y demás abominaciones de nuestras sociedades occidentales « pluralistas » y « democráticas » no parecen inquietar demasiado al impostor argentino.

Salvar el planeta del « cambio climático » y construir la sociedad multicultural y sincretista del Nuevo Orden Mundial luciferino, edificado sobre las ruinas humeantes de la civilización cristiana apóstata, tal parece ser el principal objetivo perseguido por este siniestro gurú mundialista, el cual se presenta falazmente ante el mundo como si fuera el Vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra, cuando en realidad no se trata más que de un vil impostor, un miserable usurpador de la Sede petrina, un esmerado y diligente precursor del Anticristo…


Para mayor información acerca de « Papa Francisco »:



[4] La basmala es una fórmula ritual islámica con la que se inician las suras o capítulos del Corán y dice así: En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso : https://es.wikipedia.org/wiki/Basmala
[8] Ibidem.
[11] Entrevista con Eugenio Scalfari el 24 de septiembre de 2013,  publicado el 1 de octubre en La Repubblica.
[12] Ibidem.

viernes, 22 de abril de 2016

SÍ. PUNTO

- Francis Rocca, del Wall Street Journal: [...] Algunos sostienen que no ha cambiado nada para que los divorciados que se han vuelto a casar accedan a los sacramentos; otros sostienen que ha cambiado mucho y que hay muchas nuevas aperturas. ¿Hay nuevas posibilidades concretas o no?

- Francisco: Yo puedo decir que sí. Punto.



- ¿Puede tenerse al perito químico Jorge Mario Bergoglio como reo de un sinfín de herejías ya condenadas por el Magisterio -señaladamente, en la última de sus deposiciones escritas, de aquella "moral situacional"que anula la ciencia moral al disolver la universalidad de la norma por una apelación insistente y maliciosa a los casos particulares, sirviéndose retorcer incluso para ello la enseñanza del Angélico respecto de la "indeterminación" inherente a lo particular y empleándola como réplica de lo común y universal? ¿Puede reconocérselo en la lodosa sima, en el bajo hondo de una concepción de la moral que, a instancias de la modernidad, declinó de normativa en descriptiva, y finalmente en encomiástica del vicio? 

- Sí. Punto.


- Este formidable asalto al matrimonio, última y estrenua embestida de cuantas éste viene padeciendo en su constitución natural y divina, que ha impulsado a Francisco I de las Pampas a afirmar, entre otros horrores, que «valoro al feminismo cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad» (AL 173), como si el feminismo no hubiera demostrado ser el más formidable ariete contra el matrimonio y el bien de las familias (fórmula, por lo demás, equivalente en su absurdo a otras que podríamos sugerirle al pontífice para futuros documentos: «valoro el comunismo cuando no pretende fomentar el odio de clases», o bien «valoro el judaísmo talmúdico mientras éste no maldiga a Nuestro Señor y a su Santísima Madre y no autorice explícitamente el fraude»); este avieso ataque, decimos, propiciado bajo la engañosa especie de una Exhortación Apostólica que mejor debiera llamarse Execración Apostática, ¿no remite acaso a aquella advertencia del Apóstol (I Tim. 4, 1ss.) acerca de ciertos «impostores cuya conciencia está marcada al rojo vivo, que proscriben el matrimonio» de un modo quizás menos frontal que aquel adoptado antaño por los albigenses, pero no menos eficaz por su astucia y lo pernicioso de sus efectos?

- Sí. Punto.


«El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas,
sino que sube por otra parte, es un ladrón y un salteador»
 
- Lo que se lee acerca de que «la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita» (AL 296) es más bien aplicable  a la gracia, especialmente la que se asocia al initium fidei -pues nada de humano puede exigir el don divino y, como dice el Apóstol (Rm 5, 6), «cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores»-. Pero como al hablar del ejercicio de la caridad se supone ya el don habitual de la gracia y, con ella, una cierta noción de «mérito» (por esto se dice que la fidelidad a la gracia hace al hombre merecedor de nuevas gracias); afirmaciones como la arriba citada, por omitir deliberadamente toda alusión a la respuesta de la criatura, ¿no ceden acaso a un tenebroso fatalismo por el que la voluntad salvífica universal de Dios se trueca en una violenta imposición, anulando la libertad de la criatura y, con ella, su dignidad, y equiparando, de paso, la virtud y el vicio? ¿Esto último no es patente cuando increíblemente se dice que es posible «en medio de una situación objetiva de pecado [...] vivir en gracia de Dios» (AL 351)? El Gran Peronista en el Solio de Pedro, ¿no entenderá con estas pamplinas acrecer su contabilidad de muchedumbres, persuadido de que la bienaventuranza reside en el aplauso de los hombres? ¿No estaremos ante la enésima maquinación de este déspota oriental cuyo decoro mayor estriba en mantener en el infantilismo y la pereza a sus adeptos, es decir, a la desfigurada Iglesia discente?

- Sí. Punto.



- Este Teómaco sin bozal, este Que-no-entra-por-la-puerta, que ha hecho del profanísimo concepto de «integración» la clave de su excremencial alegato pro Satana («se trata de integrar a todos» AL 297; «la lógica de la integración» AL 299), tomando prestado de la jerga de los politicastros un término con el que éstos ostentan su solicitud por los pobres con el mismo estilo de Judas aquel Lunes Santo en Betania, y metiéndolo de contrabando en un documento magisterial; este desvergonzado sofista, decimos, con su captatio benevolentiae de las turbas a instancias de estudiados gestos de "cálida humanidad" que sólo sirven para llevarlas más expedito a la perdición, ¿no se parece a aquellos criminales de guerra que el genial novelista ruso puso entre sus páginas, que se prodigaban en arrumacos para hacer sonreír a los bebés de sus prisioneros, para inmediatamente luego matarlos con el fusil?

- Sí. Punto.


- ¿No es el prolongado letargo de obispos y cardenales, y el de toda la Iglesia con ellos, el que ha merecido esta pesadilla monstruosa de un Papa que asume el papel de Celestina, ventilando dispensas para el placer venéreo a los cuatro costados? ¿No es este Blasfemador Urbi et Orbi, este impulsor de sacrilegios a raudales, la paga acordada a la piedad degradada en tontería? ¿El salario de aquella negligencia que -como lo dijo inmejorablemente un gran español-, "cuando toca a las cosas sagradas merece llamarse traición"? ¿La limosna de los demonios a cuantos se adecuaron diligentemente a la ruptura conciliar como si nada fuera, como si fuera poco, como si fuera un bien?

- Sí. Punto.

lunes, 18 de abril de 2016

EL DÍA DEL GRAN COMBATE

por Don Elia
(traducción del original italiano por F.I.)

Es el triunfo de las tinieblas. De parte del falso vicario de mi Hijo ha llegado finalmente la autorización, si no el mandato, de arrojar por comida a los pecadores públicos, endurecidos y obstinados, Su preciosísimo Cuerpo (que yo misma le he proporcionado de mi propia purísima sustancia) unido indisolublemente a Su divinidad... aquella carne con la que se inmoló en la cruz como expiación por los pecados humanos y aquella sangre que derramó en rescate de la humanidad caída a causa de su prevaricación, aquella misma humanidad que ahora vuelve a comer su propio vómito pisoteando la gracia inestimable, absolutamente inmerecida, que el Fruto de mis entrañas le mereció conmigo, fundida con él en el Calvario. Ya no creen en el Sacrificio redentor, ya no saben más con qué impensable amor fueron amados, no se dan cuenta del terrible riesgo que corren... porque ya no reconocen sus pecados. Ahora se sienten plenamente confirmados por aquella que suponen la suprema autoridad moral  -y que lo sería, si no ocupase aquel lugar de modo ilegítimo e indigno.

Desde la tarde de ese viernes hasta la mañana del primer día de la semana fue para mí como lo es hoy para vosotros: una única, absoluta, interminable noche del espíritu. Yo escruté aquella oscuridad sideral, sostuve aquel vacío imponderable, me planté en la nada de la ausencia total de Dios, sin el mínimo sostén humano ni divino... excepto aquel de la llama de caridad y de fe que el Espíritu Santo nutría en mi Corazón Inmaculado, a tal punto escondida en él que ni siquiera yo reconocía la luz. Fue el amor quien mantuvo encendida en mí la fe: sólo por amor quise seguir creyendo, a pesar de la desmentida radical y aparentemente irreversible de los hechos. Yo sabía, ciertamente sabía que había dado a luz a un hijo que iría a resucitar; pero ¿acaso el conocer las promesas de Dios le evita a uno el ser desgarrado no ya por la duda, sino por la agonía de ver el propio Amor, la Vida de la propia vida, yacer sin vida en el sepulcro, hecho irreconocible a causa del odio satánico?

También Su Cuerpo místico, nacido del agua y de la sangre de Su costado abierto, alimentado por mi carne incontaminada asumida por Él, ahora es apenas reconocible, abofeteado, burlado y humillado en sus miembros fieles, manchado, disgregado y disperso en sus miembros incrédulos. Por supuesto, en su esencia la Iglesia es y será siempre, indefectiblemente, una, santa, católica y apostólica, pero en la condición histórica de su porción militante se halla horriblemente lacerada y fangosa. ¿Cuántos de mis hijos se alejarán aún, escandalizados y decepcionados? Ya cuando falsificaron el santo Sacrificio del altar muchos de ellos se dijeron: "si los sacerdotes pueden cambiar la religión de un día para el otro, esto significa que nada era cierto y que, hasta ahora, nos han engañado". Así dejaron de creer y de ir a la iglesia, poniendo en riesgo su salvación eterna. ¡Cuánto he tenido que luchar para excusarlos ante mi Hijo que, a pesar de todas las circunstancias atenuantes, ve perfectamente las insuperables responsabilidades individuales!

Ahora con más razón dirán: "si la Iglesia cambió su opinión sobre cuestiones morales, significa que hasta ahora estaba equivocada y que, por lo tanto, puede equivocarse de nuevo en esto como en todo lo demás". Y luego, si ya nada es pecado, ¿para qué sirve rezar, confesarse y tratar de evitar el mal? ¿Cuántas almas se perderán a causa de este supremo engaño? Sí, si asienten a la iniquidad son responsables de su propia suerte; pero, ¿puede por esto el amor de una madre permanecer indiferente, abandonándolas a su trágico destino? ¡Por eso despertad, mis hijos fieles! Dejad de lamentaros y de gemir innecesariamente, por mucho que os sangre el corazón. Esforzaos en soportar la oscuridad con olímpica calma y en dejaros purificar por el seráfico ardor que os envío. Es doloroso, pero debéis haceros inmaculados para la misión que os espera, para formar el remanente santo de los últimos tiempos. Y vosotros, ministros de mi Unigénito, mis hijos predilectos, vosotros que sois Su boca, Sus manos, Su corazón, sacudid de vuestro ánimo la incertidumbre y el desconcierto, poneos en pie con coraje para poneros a la cabeza de mi ejército de elegidos. Si os obligan a actuar contra conciencia (es decir, contra la santa Ley de Dios que, como único camino al cielo, es la forma de vuestra conciencia), tomad con firmeza vuestras decisiones. No temáis: yo misma me encargaré de vuestro futuro.

Ahora que -de acuerdo a la palabra profética- no tenéis más príncipe, ni jefe, ni profeta, Jesús mismo os apacienta y os guía, Jesús mismo es el pastor y el obispo de vuestras almas, Jesús mismo es vuestra norma inviolable y segura: Ego sum pastor bonus, qui pasco oves meas... Ego sum ​​via, veritas et vita. Volveos a Él y reuníos a Su rebaño. Sed sencillos como palomas y astutos como serpientes. Si mi Hijo os concede la gracia del martirio, en la forma que sea, no la rehuséis, siempre y cuando estéis seguros de que es Él quien lo desea, y no un ímpetu imprudente o una llamarada de celo inoportuno. Hay necesidad de valientes y expertos generales para guiar a mis tropas a la victoria, no de héroes de un momento de quienes se rendirá pronta cuenta. Aprended de la lección ofrecida en 1812 por mis queridos hijos de la tierra rusa: después haber dejado avanzar al enemigo hasta la antigua capital, lo privaron de provisiones hasta obligarlo a salir, y entonces lo atacaron en retirada. He pedido en vano la consagración de aquel noble país para que su conversión vuelque las suertes del mundo gobernado por los enemigos de Dios; orad pues, ayunad y ofreced por esta intención decisiva.

«Toda la Iglesia sufrirá una terrible prueba, para limpiar la carroña que se ha infiltrado entre los ministros, especialmente entre las Órdenes de la pobreza: prueba moral, prueba espiritual. Durante el tiempo indicado en los libros celestes, sacerdotes y fieles serán puestos en un peligroso punto de inflexión en el mundo de los perdidos, que se lanzará al asalto por todos los medios: ¡falsas ideologías y teologías! La apelación a ambas partes, fieles e infieles, se hará en base a pruebas. Yo entre vosotros, los elegidos, con Cristo como capitán, combatiremos por vosotros [...] La ira de Satanás no está más sujeta; el Espíritu de Dios se retira de la tierra, la Iglesia se quedará viuda, he aquí la sotana fúnebre, será dejada a merced del mundo. Hijos, volveos santos y santificaos más, amaos mucho y siempre [...] Alineaos todos bajo la bandera de Cristo. Trabajando de esta manera, veréis los frutos de la victoria en el despertar de las conciencias al bien; aun estando en el mal veréis, a través de vuestra ayuda de cooperación efectiva, a pecadores que se convierten y al Aprisco llenándose de almas salvadas» (la Virgen de la Revelación a Bruno Cornacchiola el 12 de abril de 1947 en Tre Fontane, Roma).