viernes, 15 de noviembre de 2013

LA CATEDRAL PROFANADA Y UNA VISIÓN DEL PADRE CASTELLANI

LA CATEDRAL DEL PERIODISMO. Los hechos del pasado martes en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires («liturgia de conmemoración» de la llamada Noche de los cristales rotos, entorpecida por cuarenta o cincuenta jóvenes y un sacerdote acudidos a rezar en voz alta el rosario al tiempo en que se pretendía celebrar el peculiar "oficio"), pese a la exigüidad numérica de los protagonistas y a la consabida indiferencia hacia todo cuanto huela a religión, suscitaron tal interés en los medios, que no podrían concitar sino otro y sucesivo interés en los católicos avenidos, como los búhos, a otear en la oscuridad reinante.

Salta a la vista, primero, la perfecta monolítica unanimidad de medios que se supondrían muy dispares (digamos, La Nación y Página 12), contestes todos en flagelar por diestra y por siniestra a jóvenes e incluso niños -convocados sólo a rezar, de rodillas, de cara al presbiterio- con el temible remoquete de "nazis". Era sabido que a los periodistas, paridos todos por la misma perra y amamantados de una misma ubre, el salario de la prostitución les llega puntualmente desde las usinas orbitales de la usura, que no descuidan conceder su parte a los más rapaces políticos, a los pedagogos de la revolución de las conciencias, a los científicos de estirpe prometeica y a otros centinelas solícitos de la civitas Diaboli. Pero acá el celo guardián se les exasperó hasta lo imprevisto, al punto de vérselos en el absurdo de calificar de "asesinos" a pibes que no matan ni una mosca, entre otras hilarantes reivindicaciones instadas por el paisanaje que copó la catedral («Jesús y María eran judíos. Los católicos son nazis»), sin merma de que estaban siendo hospedados por católicos, siquier nominales. Y es que en este clima enrarecido creado por el Tribunal de la Profana Inquisición, donde no haya malevolencia habrá pura demencia, y lo que no responda a cobardía se ajustará a venalidad, a angurria de ascenso, a babeante apego a la prebenda.

Nazis. Causaría sorpresa, si no nos supiéramos rehenes de la sociedad de la tolerancia, el ver aplicado con tanto furor -y empleado incluso como proyectil- un término alusivo a una opción política entre tantas. ¡Caramba! ¿O habrá que comprobar, por enésima vez, que rechazado el dogma religioso se acaba por dogmatizar incluso en el terreno de lo opinable, y que en la sociedad pluralista cabe la proscripción seca y áspera? Ya que el demonio no existe, que exista al menos Hitler. Y para los que buscan la verdad histórica y pongan en duda el relato oficial y amañado de los hechos -como ocurre en el caso de la "Noche de los cristales"- recaiga el más sonoro anatema, cuando no la expeditiva e ilevantable reductio ad hitlerum.

En este contexto cumple soportar, como es de rigor en democracia, la fiscalización agresiva de los necios. Como ese sodomita impenitente que sometió al superior de la FSSPX a una repugnante petición de principios (http://www.radiolared.multimediosamerica.com.ar/empezando_el_dia/noticia/11702), interrogándolo de paso acerca de su posición sobre el nazismo, y osando afirmar con temeridad: «qué lejos que siento que está usted de ese amor (de Cristo)» por el sólo hecho de oponerse a la consumación de una liturgia falsa en el principal templo católico de la Argentina. Inútil resulta aducir ante este tribunal, repentinamente interesado en los asuntos del culto, que no hay posibilidad de una communio in sacris con los infieles; inútil es blandir el Código de Derecho Canónico y traer la Mortalium animos de Pío XI en ristre: ellos cuentan con argumentos emocionales de mayor peso y, sobre todo, con el capital financiero suficiente para imponerlos.

«A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tiene necesidad de un grupo, por lo menos, al cual no concederle ninguna tolerancia, contra el cual poder tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno osa acercárseles, pierde también él el derecho a la tolerancia y puede también él ser tratado con odio, sin temor y sin reservas» (Benedicto XVI, Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009). ¡Si lo sabrán los deudos de Priebke, y aquellos curas que le concedieron exequias y cristiana sepultura contra los decretos remozados de Creonte! El relato no admite fisuras, y así como Pearl Harbor lo tramaron los japoneses, la Kristallnacht hay que endilgársela al Tercer Reich, sin discusiones. Y para más, remembrar el inicio della Shoah en el templo mayor del catolicismo con una liturgia interreligiosa que resulta, por definición, profanatoria. Como para que no haya algún malpensado que musite, temeroso de que lo oigan las paredes: «los judíos quieren quedarse también con nuestros templos».


La señora quiso emular, para el fotógrafo, un contraste
similar al que se observa en la pintura del Bosco.





CUESTIÓN DEBATIDA ENTRE CATÓLICOS (queremos decir, entre católicos) es la de la conveniencia o no de esta reacción. El argumento de que el mismo abuso se lleva consumado por cuarto año consecutivo contra la Catedral -y otras muchas veces contra otras iglesias- sin que en las anteriores ocasiones nadie lo impidiera, para extraer de esto una tesitura adversa, supone incurrir en una de esas falacias del género extra dictionem: la medida adoptada no resulta buena o mala por su novedad. Acaso pudo recién ahora organizarse más eficazmente una resistencia, o quizás -¿por qué no?- quienes la emprendieron recién ahora sienten su paciencia colmada y la necesidad de intervenir. En fin: no es serio traer este tipo de argumentos, que acaban invariablemente por juzgar las intenciones -lo único que no se puede juzgar.

Otros recuerdan la actitud de ciertos cristianos en tiempos del imperio romano, que derribaban ídolos públicamente para atraer sobre sí la persecución. La Iglesia los condenó con justicia: no es lícito provocar el martirio, que en todo caso es una gracia que Dios concede no habitualmente ni a los cobardes ni a los temerarios. En la novela de R. H. Benson, Señor del mundo, una acción de este género (la voladura de la catedral sacrílega de Félsenburgh a manos de un comando de cristianos hartos de tanto circo blasfemo) es la que provoca el posterior bombardeo y destrucción de Roma y el encarnizamiento de la persecución anticatólica. Pero el caso que nos ocupa no es el de una acción ofensiva contra un templo o imagen paganos, sino la defensa de la Catedral y el desagravio de la Real Presencia en el sagrario.

Ni puede juzgarse la iniciativa por sus efectos. Es cierto que la profanación se consumó de todos modos, pero, ¿acaso Dios nos pide la victoria, o más bien el combatir honrosamente? En las manos de quienes a la sazón intervinieron no estaba mucho más que entorpecer o demorar la consumación de un agravio, y dar testimonio visible de un malestar que la Jerarquía de la Iglesia no puede desconocer.

Se ha llegado, muy posiblemente, a la hora de la división de aguas. El cisma no lo promueven quienes desobedecen a sus superiores, sino aquellos que -aun viviendo del altar y ejerciendo altos cargos en la Iglesia- rechazan la doctrina inmutable y por todos conocida. ¿Podrán los católicos fieles permanecer indiferentes ante las tropelías que, con renovado furor y ya sin embozo, preparan los enemigos intramuros?¿Pueden rechazarse acremente acciones quizás desesperadas, pero atentas a confirmar en la Iglesia el decoro que se pretende hacerle perder?

Liturgia de monseñor Poli, con rabinos y pastoras a sus flancos


LA CLAVE DE ESTE INOPINADO INTERÉS DE TANTOS A-CATÓLICOS por lo que ocurrió en estas circunstancias es la misma que explica el auge de Francisco, aclamado por aquellos a quienes hasta ayer nomás se les importaba un ardite del Papa y de la Iglesia. Deseosos de una "apertura" de la Iglesia según sus gustos, les ha repugnado de ésta lo que todavía conservaba de obediencia obsequiosa al Legislador celestial, y después de juzgarla lejana y desdeñosa de los hombres, ellos, los desdeñosos, por un inexplicable giro de la fortuna, se han visto repentinamente halagados con la idea de ingresar a su privilegiado cerco sin deponer el orgullo -condición primerísima para tal tránsito. En el fondo ansiaban entrar al redil que rechazaban, pero no para rendirse ante el Omnipotente sino para cumplir el oficio de jabalíes en la viña. El veneno de la democracia (que no es un mero régimen político, sino una cosmovisión y un estilo de vida), tenazmente inoculado, les hizo creer que esta pertenencia era un derecho que no se les podía negar.

La herejía judeo-cristiana, síntesis imposible y sustituto vil de la conversión de los judíos (que debemos ansiar con caridad ardiente, según las promesas que a ésta asocia san Pablo en su Epístola a los Romanos), es una modalidad de las más significativas de este rechazo de los designios y de la ley de Dios, a la vez que una eficaz impulsora de ulteriores desvaríos religiosos. Trazando una semblanza del entonces cardenal Bergoglio, Antonio Caponnetto supo exponer en La Iglesia traicionada cómo esta laya de pastores mercenarios no quieren sino «exhibirse impúdicamente ante la sociedad no como maestros de la Verdad, crucificados por ella, sino como garantes del pensamiento único, tramado en las logias y en las sinagogas». Ellos, que fingen excusar las irreductibles distancias que nos separan de los judíos, viven para extender «las más innecesarias majaderías y adulaciones a los deicidas, empezando por la más grave de todas, cual es precisamente la de exculparlos del crimen de deicidio, renunciando a su conversión».

Esta intentona sombría por amalgamar Evangelio y Talmud, denunciada hace treinta años por Carlos Disandro en La herejía judeo-cristiana, supone por fuerza «la eliminación de la teología trinitaria, teándrica (...) para disolverla en un monoteísmo semítico». Contra esta impostura flagrante, bien hace el autor en señalar como «más sabia la disyunción, verdadera y más auténtica según la perspectiva de san Ignacio de Antioquía. Esa disyunción significa que el "judaísmo" debe retornar al hebraísmo, es decir a la filiación abrahámica, y por aquí a un nuevo encuentro con Melquisedec, desde cuya perspectiva quizás se pueda entender el misterio de su conversión. En cambio el cristianismo no debe retroceder a nada, porque se funda no sólo ni principalmente en revelaciones doctrinales o místicas, sino en realidades nuevas, que han irrumpido en el cosmos y en la historia, y han relegado definitivamente la contextura del monoteísmo hebraico a un pasado perimido. Y así lo dice también en su estilo san Ignacio de Antioquía: absurdum est Jesu Christum sonare lingua, et habere in mente abolitum judaismum». Y en otro lugar el mismo santo: christinianismus non in judaismum credidit, sed judaismus in christianismum.



LA VISIÓN DE CASTELLANI.    Los lectores del p. Leonardo Castellani, pocos pero fieles, recordarán el cuadro fantasmagórico que éste traza en Su majestad Dulcinea, novela acabada de escribir en 1956 y cuyo trago urge apurar en nuestros días. Allí se nos habla de la rebelión de los viejo-cristianos, cristóbales o cristeros (como sus homónimos y antecesores mexicanos) contra un gobierno civil impío y una jerarquía eclesiástica rendida al servicio de aquél. Son los tiempos inmediatamente pre-parusíacos, en los que una ley abyecta e inicua emanada por el poder civil (imposición de una «marka» con implícita connotación apostática) motiva una respuesta armada aunque desesperada, sin la menor expectativa de éxito, por parte de este «pequeño rebaño» finistemporal.
Dulcinea Argentina, por Mariano Gabriel Pérez

También los cristóbales reciben maliciosamente el mote de "nazis" de parte de los principales diarios: EL TÁBANO, órgano del Partido Comunista Cristiano, LA FAROLA, órgano de la Masonería Escocesa-Argentina y LA TRIBUNA DE DOCTRINA, órgano del Movimiento Vital Católico. Así, el editorialista de este último «ponía seriamente en guardia al mundo entero "enfrente" de los peligros aún existentes de la infiltración nazi. Era poco cuerdo "banalizar" ese peligro (...) El nazismo sólo podía ser extirpado de raíz con medidas de máximo rigor de parte del Gobierno y con la vuelta a los principios de la civilización cristiana, como tantas veces lo "hubiera" dicho el ilustradísimo Capellán del Virreinato -no a los aforismos adventicios madurados por un clero fanático y rebelde, sino por la verdadera doctrina de Jesús de Nazaret, compendiada en estas tres palabras: Dulzura, Democracia y Prosperidad; y encarnadas en forma tan espléndida en el Movimiento Vital Católico, que unía en lazo de fraternidad a todo el Nuevo Continente, cuna de la paz del mundo».

Son tiempos aciagos, de cisma explícito, con dos papas: el falso, residente en Roma, que adoptó tras su elección un nombre que no había tenido ninguno de sus predecesores (Cecilio I) y el legitimo, León XIV, residente en secreto en Jerusalén, sañudamente perseguidos él y los suyos por la policía de un régimen de alcance mundial. El sermón de uno de estos últimos, el Cura Loco, da cuenta clara del estado de las cosas:

A la manera que la Iglesia dice: extra Ecclesiam nulla salus, ahora esta Contra-Iglesia, o mejor dicho Pseudo-Iglesia proclama: fuera de la "democracia" no hay salvación. A los que no admitimos esta sublimación ilegítima de un sistema político en dogma religioso, nos llaman peralistas o nazis o cristóbales. El ser “nazi” corresponde a una nueva categoría de crimen, peor que el robo, el asesinato, el adulterio y cualquier delito común; no de balde a la policía que lo persigue llaman Sección Especial. En realidad, corresponde al delito que en otro tiempo se llamó “herejía”; por eso dije que este “liberalismo” triunfante ahora es una cosa religiosa: es una religión falsa, peor que el mahometismo. (...) Se ha inventado y puesto en acción contra nosotros una Inquisición mucho peor que la antigua, “diametralmente” peor —como sería por ejemplo la inversión sexual con respecto a la simple lujuria—. Se está repitiendo lo que pasó en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII con la palabra “papista”, y con los que ella designaba, que eran los cristianos mejores, que fueron extirpados limpios del país en forma total: con la diferencia que ahora el proceso es mundial, y se esconde detrás de una hipocresía mucho más adelantada. ¡Nos matan en nombre de la libertad y en nombre de Cristo!

Toda esta persecución se hace en nombre del Cristianismo, del cual se han conservado los nombres vaciados y los ritos falsificados, llegándose hasta el fingir una adhesión zalamera y enteramente inefectiva al Sumo Pontífice de Roma. Se mantiene el aparato burocrático de las Curias y aún se fomenta su hipertrofia, pero todas las asisas sobre que el Cristianismo romano se asienta… como la independencia de la familia y la propiedad privada, la justicia social, el principio de legitimidad de los gobiernos, el control sobre los gobernantes, la decencia pública, la convivencia caritativa… la Ley en fin… todo eso ha sido aniquilado, de sobra lo sabéis, lo habéis sufrido en carne propia… haciendo al mismo tiempo mucho ruido con todas esas palabras. Se favorece al clero menos digno, en una diabólica selección al revés, y de hecho se ha creado un cisma en él, con el sencillísimo arbitrio de dar las sillas episcopales, no a los más dignos, que son los más doctos… no a los más inteligentes y espirituales, sino a los más políticos y puerilmente “piadosos”. Pero ¿a qué seguir? Todos lo conocéis por haberlo sufrido, mejor que yo. La adoración de Dios está siendo sustituída imperceptiblemente por la adoración del Hombre; y eso sin suprimir a Cristo, sino reduciéndolo súbdolamente a hombre. El misterio de iniquidad, que consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio de hacia el Creador en hacia la Creatura se ha verificado del modo más completo posible, sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos, como la Virgen Madre, el Santísimo Sacramento, el Crucificado, solamente con convertirlos en “mitos”, es decir, en símbolos de lo divino que ES lo humano.

En este marco de adulteración nauseante del cristianismo, una Jerarquía cómoda y obesa se reunía cierta vez en la sede de la Curia local -justamente la actual catedral de Buenos Aires- para tratar las medidas a adoptar contra el Cura Loco, «enemigo número uno del país» y del episcopado. Entonces los monseñores Panchampla, Papávero y Fleurette debieron contemplar, azorados, cómo el rostro del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que adornaba la Sala Capitular, «regalado a la Curia por la Santería General Consolidada Satanowski and Co.» se mudaba imprevistamente en «el rostro humoroso del Cura Loco, anguloso y ojizarco», que venía a perpetrar allí escondido -y a expensas de una pequeña bomba atómica de fabricación casera con que contaban los cristóbales- uno de sus temibles atentados justicieros. Sobre el finiquito de lo que había sido la Catedral porteña, profanada de continuo por la presencia y por los actos de estos clérigos cuya sola existencia resultaba una odiosa infamia contra el sacramento del Orden, Castellani supo escribir estos párrafos, dignos de su genial fantasía y de su humor:

Catedral de Buenos Aires, hoy,
antes de que se cumplan
 los hechos narrados por Castellani
La casa comenzó a deshacerse como un helado. Este fue el primero bien observado de los fenómenos de disocie de la materia que convulsionaron la Argentina y pusieron un momento de rodillas a su legítimo gobierno ante los cristóbales. El testimonio de los canónigos fue el primero que publicaron los diarios, tal y como los tomó la Federal (...)

Lo que vio el Vicario Fleurette fue lo siguiente: las paredes se iluminaron de golpe por dentro de un lívido fulgor fosforescente, a conjuros de un extraño silbido "como el escape de vapor de una caldera". Todos los colores se disiparon y los muros se pusieron blanco lechosos. El material se iba poniendo poroso, como algodón o piedra pómez, la piedra se desvanecía y se iba venciendo lentamente sobre los consternados eclesiásticos, con una lentitud mortal, con una pachorra de siglos, con una especie de siniestra premeditación; pero parecía más liviana que la nieve, más irreal que el humo. Cuando el polvo impalpable llegó hasta sus cabezas, no vieron nada más; pero el tacto de los manoteos desesperados no hallaba resistencia, parecia nadar en crema chantilly. Sus gritos desesperados no sonaban. Cuando dos horas después los sacaron, estaban afónicos; y si embargo, nadie los había sentido. Salieron de un médano de polvo blanco, impalpable e impóndero de ocho metros de alto por media cuadra de base por lo menos -que era lo que había devenido en pocos instantes, por obra de la energía atómica (o el demonio, mejor dicho) el soberbio rascacielos de mármol de la Curia Metropolitana, construido magnánimamente a expensas del Superior Gobierno de la Nación, que ocupara el lugar de la antigua Catedral de Rivadavia, sobre la Plaza Roosevelt, antigua Plaza de Mayo.



martes, 12 de noviembre de 2013

NEWMAN Y LAS «TRES EDADES» DE LA IGLESIA

Así como el de la «conciencia» (casi un tópico, una preferencia de los abusadores de la reflexión teológica de nuestros días), éste del desenvolvimiento histórico de la Iglesia, discernible en «edades», fue uno de los hierros candentes que Newman no se abstuvo de aferrar. Y supo salir ileso de la prueba aquel que pudo con justicia jactarse, al recibir el biglietto por el que era creado cardenal, de haber «durante treinta, cuarenta, cincuenta años (...) resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión».

El suyo había sido el siglo de Lamennais, que no por nada Daudet motejara como «el siglo estúpido». Alborozo o alboroto de que se trate (porque las tesis progresistas se formulan tapando con ruido de palabras las evidencias que les son contrarias, en una especie de vocinglero optimismo), Newman supo rechazar esa tentación de sustituir la fe en la resolución meta-histórica de la Historia (Parousía) por su parodia cruel -y su negación, en suma-. como es la de la evolución inexorable de la historia en el sentido del bien y por sus puras virtualidades.

Abundan, a Dios gracias, las rectificaciones del desafuero evolucionista. En nuestra lengua y en temprana hora supo salirle al cruce el padre Juan G. Arintero o.p., mostrando que una correcta idea cristiana de «progreso» debe reflejar ese deseo paulino (Ef. 4,13) de «que todos lleguemos a la unidad de la fe y al conocimiento completo del Hijo de Dios, y a constituir el estado del hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo». Tal la feliz analogía entre el progreso espiritual del cristiano y el de la Iglesia, que
el progreso místico es el único y verdadero progreso integral, el único en que la naturaleza logra realmente adquirir la plenitud de sus perfecciones, a la vez que con esplendores divinos se realza. Es un continuo incremento de vida y de energías en que, creciendo en todo según el verdadero Ejemplar, podemos llegar a la medida del Varón perfecto. Con este progreso se explican todos los que puede haber en la Iglesia, sin peligro de incurrir en esas aberraciones modernas que tratan de reducirlos a otras tantas series de contradicciones y destrucciones, pues todo progreso real es la creciente manifestación de algún aspecto de la vida cristiana, que siempre crece y nunca se destruye o desmiente (La evolución mística, B.A.C., Madrid, 1968, 2ª ed.).

Esa certeza es la que se nos ofrece como antídoto contra la infestación de hegelianismo que sufre hoy la Iglesia, tanto más inaudita cuanto que su guarda se ha confiado a sus más sañudos dilapidadores. Que a éstos les responda Newman, sobre quien ofrecemos, para mayor esclarecimiento, un excelente artículo aparecido días atrás bajo el título de «El jesuita como problema» en el blogue italiano Vigiliae Alexandrinae, sin mención de autor.

Beato cardenal J. H. Newman
En el comienzo de The mission of St. Benedict, el beato cardenal Newman, siguiendo probablemente una indicación tomada de Auguste Compte, considera evolutivamente las apariciones de san Benito, santo Domingo y san Ignacio de Loyola:
«Digamos que san Benito recibió la formación intelectual antigua, santo Domingo la  medieval y san Ignacio la moderna... Paso entonces a contraponer entre sí a estos grandes maestros del pensamiento cristiano. A san Benito entonces, a este gran santo dejadme asignarle, como marca distintiva, el elemento de la poesía; a santo Domingo el elemento de la ciencia, y a san Ignacio el práctico. Estas características, que pertenecen respectivamente a las escuelas de los tres grandes maestros, brotan de las circunstancias en las que ellos asumieron sus respectivas obras. Benito, a quien es confiada su misión cuando era casi un muchacho, le infundió la simplicidad romántica de la juventud. Domingo, un hombre de cuarenta y cinco años laureado en teología, cura y canónico, llevó a la religión la madurez y la plenitud que había adquirido en las escuelas. Ignacio, hombre de mundo antes de la conversión, dejó en herencia a sus discípulos aquel conocimiento de la humanidad que no puede ser adquirido en los claustros. Y así los tres distintos órdenes dieron nacimiento, por decirlo así, a la poesía, a la ciencia y al sentido práctico».
Newman, que dedica todo el ensayo a explicar qué deba entenderse por la "poesía" de los monjes benedictinos (la oración, la liturgia y una vida ordenada y, en este sentido, poética), y que individualiza en la metafísica la "ciencia" medieval de los hijos de santo Domingo, se detiene en el carácter específico del "sentido práctico" de los jesuitas, definiéndolo una "prudencia":
«La palma de la prudencia religiosa, en el sentido completo que esta palabra tiene en Aristóteles, corresponde a la casa religiosa de la que san Ignacio es fundador. Aquella gran orden es la clásica fuente..., la escuela, el modelo de discernimiento, de sentido práctico, de gobierno sabio. Concepciones más sublimes  o más profundas especulaciones pueden haber sido creadas o elaboradas en otros lugares; pero, sea que consideremos a la ilustre Compañía en su constitución, o bien en las reglas de instrucción o de dirección, vemos que su peculiaridad consiste en el preferir esta excelentísima prudencia a cualquier otro don, y en preocuparse poco de la poesía y de la ciencia, a no ser que le resulten útiles».
El positivismo de una visión en la que poesía, ciencia y prudencia se suceden como expresiones de tres distintas épocas -antigua, media y moderna- es corregido pronto por Newman, que, recurriendo al concepto mismo de Tradición, observa oportunamente: 
«Es cierto que la historia, a través de estos tres santos, en cierta manera se presenta según la línea predicada por la teoría que cité; de la poesía pasa, a través de la ciencia, al sentido práctico, es decir, a la prudencia; sin embargo y al mismo tiempo, se debe retener mentalmente aquella importante cláusula condicional que la Iglesia nunca dejó perder cuando acometió algún cambio. Nunca ha añorado el pasado, ni lo ha odiado nunca. En vez de pasar de un estadio de la vida a otro, ha llevado consigo hasta su período reciente la propia juventud y la propia media edad. Nunca mudó las propiedades que le son propias, sino que las acumuló, y de su arcón extrajo cosas nuevas y antiguas, según la ocasión. No perdió a Benito al encontrar a Domingo, y tiene todavía consigo a Benito y a Domingo, aunque se haya hecho la madre de Ignacio. Imaginación, ciencia, prudencia, son todas buenas, y ella todas las posee. Aspectos incompatibles por naturaleza, coexisten en ella; su prosa es por un lado poética, por el otro, filosófica».
Se quiere aquí decir que en la Iglesia cualquier momento -inteligencia de las imágenes litúrgicas, definición filosófica y teológica y sentido práctico- entra con los otros en una tal tensión que sin los otros resultaría imperfecto y apócrifo. Bien vistas las cosas, es justamente en el olvido positivista de esta contextualidad y en la propensión a creer que en la prudencia (hoy se dice "pastoralidad") se realiza el sentido histórico del catolicismo romano, reside la impresionante contribución del jesuitismo novecentista a la actual crisis modernista de la Iglesia católica.
Una prudencia sin "poesía" y sin "ciencia" explica a la par el evolucionismo de Marie-Joseph Pierre Teilhard de Chardin s.j., del que la Gaudium et Spes fue una gran continuación; la exégesis histórica del cardenal Bea s.j.; la doctrina de la "corrupción" de Josef Jungmann s.j., en la cual confluyen arqueologismo, simplificación y pastoralidad, es decir, todos los presupuestos teóricos de la reforma litúrgica (consúltese sobre otros particulares el análisis de dom Alcuin Reid, o.s.b., Lo sviluppo organico della liturgia, Siena, 2013); el "giro antropológico" de Karl Rahner s.j.; la agresión disolvente del derecho natural y la moral del caso concreto de Joseph Fuchs s.j., que son la inmediata consecuencia de aquel "giro"; la funesta pastoral ambrosiana y las "zonas de sombra" del cardenal Martini s.j; las extrañas divagaciones de los jesuitas de San Fidel en Milán (sobre lo cual volveremos); y de alguna manera también el mismo nominalismo de Jorge Mario Bergoglio s.j. 
Por otro lado, en la escandalosa respuesta a Scalfari sobre la autonomía de la conciencia, Francisco no hizo más que citar, casi a la letra, un teólogo jesuita "in gamba": 
«Aquel que sigue la propia conciencia, sea que afirme ser cristiano o no cristiano, sea que afirme ser ateo o creyente, un tal individuo es acepto y aceptado por Dios y puede alcanzar aquella vida eterna que en nuestra fe cristiana nosotros confesamos como fin de todos los hombres. En otras palabras: la gracia y la justificación, la unión y la comunión con Dios, la posibilidad de alcanzar la vida eterna, todo esto solamente encuentra un obstáculo en la mala conciencia de un hombre» (Karl Rahner, El esfuerzo de creer).


[Nota: coincidencias como esta última, en nada casuales, podrá encontrar seguramente quien indague en las ocurrencias de Francisco a la luz de la "genealogía" (post-) jesuítica arriba propuesta. Sin ánimo de extendernos más, hemos hallado al azar una del extinto cardenal Martini, mentor de Bergoglio en el cónclave que consagró a Benedicto XVI, quien no tuvo empacho en afirmar, en un libro publicado en vísperas de su muerte, que «la historia nos señala cómo la Iglesia, en su conjunto, no ha estado jamás tan floreciente como lo está ahora» (Il comune sentire, Rizzoli, Milano, 2011). Francisco dijo lo mismo hace poco, de lo que ya dimos cuenta (ver aquí).

Conocemos cuál es el carácter de este optimismo. Encarna por lo común en sujetos que, después de haber proscrito sin pausa y sin misericordia a cuantos pudieran estorbar sus planes, se encuentran en soledad encaramados allí donde su estrategia los condujo. Ahora sí, secretamente satisfechos, pueden tronar contra el ajeno carrerismo y decorar el statu quo resultante, convictos de que "las cosas nunca estuvieron mejor"]

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA DERIVA GNÓSTICA DE LA IGLESIA

Está visto que esto de la apostasía ya parece un safari descomedido, en el que la rapacidad de los demonios no se sacia de sumar piezas de caza. «Caerán mil a tu izquierda; a tu diestra, otros diez mil». Como en el cuento en el que, junto a ciervos y rinocerontes, yacía vasta cantidad de aminobuanas (negritos que clamaban ante el arcabuz: "¡a mí no, bwana!"), así ahora se ensaya un sondeo de opinión previo al anunciado sínodo sobre la familia, en el que se invita hasta a los feligreses de la última parroquia rural a expedirse, verbigracia, sobre «cómo habría que comportarse pastoralmente, en el caso de uniones de personas del mismo sexo que hayan adoptado niños, en vista de la transmisión de la fe», entre otras sinuosas o insinuantes preguntas, que recuerdan a aquella con que la serpiente inició el diálogo con nuestros primeros padres. Que aunque no fueran tan maliciosas, fueran ociosas: ¿habrá que pedirles a los gobernandos cómo gobernarlos? Al paisano ocupado en tusar al zaino, maniáu bien cortito en el palenque, le sonsacarían -si mucho- respuestas del tenor de "a mí no, a mí no me me vengan con esas cuistiones". Que cuando las cuestiones son de tal bulto... vae homini illi, per quem scandalum venit!

Pero esto ya no es un alarde de destreza y buena puntería en el cazar: es un puro bombardeo, una carga micidial. Vienen al caso las palabras del hondureño cardenal Maradiaga, del grupo de ocho consejeros que el Papa nombró para la reforma de la Curia, que afirmó que «Jesús era laico», que el Concilio Vaticano II significó «el fin de las hostilidades entre la Iglesia y el modernismo» y que «ni el mundo es el reino del mal y el pecado, ni la Iglesia es el único refugio del bien y la virtud». Y las del australiano cardenal Pell, otro brazo del fatídico octopus, al catequizar que los primeros capítulos del Génesis son pura mitología. Y para que la cosa no se reduzca sólo a febriles enunciados verbales, ahí está la nueva y espantosa férula de Francisco, presentada por su propio artífice declarando que «la imagen de Cristo -que desde la cruz seca y torcida, finalmente vaciada de sentido (!!!), se desvincula, se suelta lentamente- es tensión hacia la luz, liberación de una energía comprimida, intento de volar». Fraseología horripilante en la que ya no se reconoce la menor inspiración católica y sí las naderías de rigor en el gremio de los "artistas", invitados en tropel a profanar a gusto inter vestibulum et altare.

Nueva y pavorosa junta de deconstruccionismo iconográfico y mal gusto  


Ante una andanada tan sin respiro se alcanza un punto de saturación tal que las facultades mentales, espoleadas por el detalle y la anécdota escabrosos, por las imaginarias hipótesis de cómo se pudo llegar a esto, hurgando en la bruma de los despachos y las intrigas, del tráfico de influencias y de los pactos más ominosos, en la esfera -al fin- de la oscura política eclesial ("la mística devenida política" o el abuso de la religión, que diría Castellani), la mente, decimos, busca anhelosa una explicación ya no material sino formal del mirífico desmadre. Y la encuentra en una constatación que, como todas las más atinadas, supone algo de obvio, pero digno de recordarse.

La Iglesia ha sido gangrenada en todo su cuerpo por el mismo enemigo que viene acechando su calcañar desde antiguo, y que -bajo las más diversas denominaciones y con los más varios matices- constituye su antagonista en las sombras, clandestino por definición: el gnosticismo. Ambas, la gnóstica-cabalista y la cristiana, corresponden a dos opuestas actitudes ante la existencia y sus cuestiones fundamentales (a las que hacen corresponder opuestas afirmaciones), tanto que podemos reconocerlas quizás arquetípicamente en Caín y Abel, y luego en Israel y sus pueblos colindantes. Son las dos ciudades de que habla Agustín, dramáticamente irreductibles aunque vecinas en el escenario de este mundo.

Unos reconocen a la realidad como sacramento, esto es, como vestigio de la libre, omnipotente y amorosa actividad creadora de Dios, y se aprestan a rendir un asentimiento obsequioso a los datos exteriores a su conciencia. La fe comporta una actitud realista en lo fundamental, toda vez que el objeto al que se orienta es «Aquel que Es», y no el propio universo mental del sujeto. La adaecuatio, como disposición del cognoscente, constituye algo así como una premisa o pródromo de la fe, que no puede desdeñar su respectivo depositum sino a condición de morir. La otra actitud, tan contrapuesta a ésta como a menudo obstinada en mimetizarse con ella y en apoderarse de sus símbolos con el fin de aniquilarla, es la que origina la perversión gnóstica, de la que el modernismo -ese conjunto asistemático de tesis exaltatorias de la religión como "experiencia" y de la fe no como asentimiento, sino como sentimiento- es una de las manifestaciones más tardías. La gnosis, que en tanto «conocimiento» se propone como una «ciencia experimental del bien y del mal» (conforme a la oferta de Satanás en el Edén), no puede sino proponer una metafísica falaz.

La oposición que el gnosticismo y sus variantes le mueven a la doctrina católica se da, así, en el más primario de los niveles, el de la aprehensión misma de la realidad, pero de una aprehensión instada por una voluntad contraria al orden y al logos. Los politeísmos antiguos, los animismos, el culto de los astros y de las piedras (aun cuando la responsabilidad de sus iniciados pueda atenuarse por ignorancia invencible) son todas formas de esta corrupción inicial, que consiste -ante la aporía del mal que aflige a la Creación- en negar la unicidad del principio de todos los seres. Y la multiplicidad de principios se resuelve de modo irresistible en el dualismo, como éste acaba en consecuencia en el culto unívoco de uno de los dos principios reconocidos tácita o explícitamente como tales: el demonio. No por nada desde el siglo XIII comenzó a leerse el prólogo del Cuarto Evangelio al final de la Misa: la afirmación solemne y repetida cada vez de que uno es el principio, el Logos, «que estaba con Dios y era Dios desde el principio», debió ser el más eficaz antídoto contra la perenne tentación maniquea, poderosamente activa en aquellos años.

En sus Instituciones litúrgicas, Dom Guéranger señala acabadamente ciertas constantes heréticas que atraviesan casi toda la historia de la Iglesia hasta culminar en la ruptura protestante, adscritas todas a una común inspiración gnóstica. Así Vigilancio, en el siglo IV y pretextando una reconversión a los orígenes, se manifestaba contrario a la solemnidad del culto y al celibato de los sacerdotes. Los paulicianos de Armenia (s. IX), origen remoto de lo que luego serían las pestes cátara y albigense, manifestaban aversión a la representación iconográfica de la Cruz y negaban -como antes lo habían hecho los monofisitas- la humanidad de Jesucristo, lo que conllevaba entre otras cosas al rechazo del sacrificio redentor, de la Santa Eucaristía y del culto de María. Finalmente Lutero supo atacar la Tradición por la remisión a la sola Scriptura, por la supresión de los elementos del misterio en la liturgia, expurgada de todas las fórmulas que la Iglesia había elaborado a lo largo de los siglos, por el rechazo de las mediaciones entre Dios y el sujeto fiel, y por la abolición de la lengua latina y la reducción del ministerio sagrado a mero accidente, hasta confundir laicado y sacerdocio en una misma entidad indiferenciada.

Arqueologismo litúrgico con mujeres concelebrantes,
o bien Novus Horror Missae
Es notable cómo todos estos tics heréticos reaparecen, ante ojos ya incapaces de reconocerlos como tales, en todo el orbe católico. Al punto de que -a falta del  siempre arduo examen de las doctrinas bogantes, que pocos pueden tomar a su cargo- ni siquiera la manifiesta fealdad y anomalía del mensaje visual, Biblia pauperorum, alcanza para alertar a clérigos y fieles de lo dramático del giro operado. Adaptados mansamente a la deconstrucción iconográfica, con crucifijos a los que se hace expresar otra cosa que la que siempre manifestó la Cruz, con altares reducidos a simples mesas, la Iglesia, por una deliberada sustitución de sus símbolos, termina por sufrir una "mutación genética" irreversible. Y conste que no nos extendemos a la doctrina, en lo que habría tantísima ruina que revistar. De nada vale aducir que la Iglesia, en tanto artículo de fe, no se circunscribe por completo a las manifestaciones que señalan su devenir histórico, orientada como lo está a la gloria ultraterrena y habiendo conocido, de hecho, no una fijeza marmórea sino un desarrollo orgánico, al modo del grano de mostaza. Esto es incuestionable, pero ampararse en esta evidencia para acabar subordinando la fidelidad -la fe- a un titánico afán creativo, eso es francamente perverso. E indisimulable muestra de una desolada voluntad de poder. La acuciosa reforma de la Iglesia supone, como la palabra misma lo indica, un «devolverle a Ésta la forma», no anulársela.

«Algunos obispos y prelados junto con sus asistentes se han elevado a sí mismos a anti-Iglesia en el interior mismo de la Iglesia. Ellos no desean abandonar la Iglesia, no quieren separarse. No admiten estar quebrantando la unidad de la Iglesia. No entienden obliterar a la Iglesia, sino cambiarla en base a sus planes, y para sus cabezas resulta al día de hoy banal que sus planes sean inconciliables con el plan de Dios revelado (...) Ellos están convencidos de poder reconciliar a la Iglesia y a sus enemigos a través de un "compromiso decente", de ser los únicos que comprenden qué es lo que está ocurriendo, y de ser los únicos que pueden asegurar el éxito de la Iglesia de Cristo configurándola con aquella de los líderes del mundo» (Malachi Martin, The Keys of this Blood, 1990). La pesadilla gnóstica triunfante ha trocado el cristocentrismo en auto-idolatría, en culto angurriento del poder, tomando con descaro el nombre de Jesús como rehén y excusa para ejecutar los planes más protervos. En el día del Juicio no quisiéramos estar en el cuero de estos malditos.


viernes, 1 de noviembre de 2013

LA SANTIDAD EN SU QUICIO

De evangelización y nueva-evangelización se habla a raudales, por los poros: de tácticas y programas para presentar el Evangelio de modo que resulte atractivo. Pero nunca palabras fueron tan etéreas, para no decir erráticas. Lo que no consta en el raíd publicitario en vigor es esa exposición vibrante de la Verdad Amable, la convicción de los santos, que nunca fueron demasiado políticos y siempre un buen poco montaraces.

Y mucho es de notar que, detrás de las aparentes audacias de tanta «pastoral juvenil» -casi fuegos fatuos para encantar a las turbas-, late un programa menudamente político en el que el hálito sobrenatural, la espontaneidad del espíritu, parecen tan ausentes como lo estarían en la estrategia de cualquier príncipe moderno de la escuela de Maquiavelo. Por lo demás, si la evangelización hodierna no contempla el drama del alogos colectivo -tal como apellidó Belloc a la  moderna evidente propensión a estrangular la capacidad de juicio, contrapunto inevitable del racionalismo: tales los dos extremos del péndulo de la modernidad-, ésta se reducirá a un girar en el vacío, o a la mera ocasión para integrar comisiones sin tarea tangible.

Si vienen trocados los objetos de la imitatio Christi y del contemptus mundi, y del singular quiasmo resultara que las bienaventuranzas hay que aplicarlas a quienes renuncian a trasponer las fronteras del naturalismo, cuando no de la mera vulgaridad, entonces será lícito clamar que «necesitamos santos que tomen Coca-cola y coman hotdogs, que usen jeans, que sean internautas», como parece que decía el estribillo de una canción promocional de la última JMJ, que algunos la retrotraen a los tiempos de Juan Pablo II, beato express. Tanto como será lícito despreciar la lección perenne de los santos, tal como nos la presenta un himno cisterciense de esos quizás tan ásperos al paladar contemporáneo, pero que no queremos dejar de ofrecer como ocasión de ejercitar la dulía que la Iglesia siempre pidió para con tan indeclinable aristocracia celestial. Y aunque consta que celebra «a todos los santos de la orden del Císter» puede, en saludable analogía, aplicarse a todos todos los santos. Como alguien dijo alguna vez: en el alma de un santo rey o de un santo obispo o de un santo paterfamilias late siempre un monje, y no a la inversa.

(Al pie del vídeo, el texto del himno y su correspondiente versión -que no traducción literal- en verso)







AVETE SOLITUDINIS


Avete solitudinis     Claustrique mites incolæ,
Qui pertulistis impios     Cœtus furentis tartari.

Gemmas, et auri pondera,     Et dignitatum culmina,
Calcastis, et fœdissima,     Quæ mundus offert gaudia.

Vobis olus cibaria     Fuere vel legumina,
Potumque lympha, præbuit,     Humusque dura lectulum.

Vixistis inter aspides,     Sævisque cum draconibus,
Portenta nec teterrima     Vos terruere dæmonum.

Rebus procul mortalibus     Mens avolabat fervida,
Divumque juncta cœtui,     Hærebat inter sidera.

Summo Parenti Cœlitum,     Magnæque Proli Virginis,
Sancto simul Paraclito,     Sit summa laus et gloria.     Amen.



Salve, oh pobladores mansos     del yermo y de la clausura
Que al impío rechazasteis     y a las infernales furias.

A vosotros, que pisasteis    joyas y oro en tan gran junta
Y los degradantes gozos    del mundo, y su gloria muda,

Os bastaban las legumbres     en la mesa, y dos verduras,
Y el agua para la sed,     y un lecho de tierra nuda.

Convivisteis con serpientes     y dragones, sin que sufra
Vuestro adamantino temple     ni ante sus mayores puyas.

Lejos del suelo, las mientes     dabais a férvida altura
Para alcanzar la asamblea     de estrellas las más ocultas.

Al Padre excelso y celeste,     y al Hijo de la más Pura,
Al par que al Santo Paráclito,     sean loa y gloria sumas.     Amén. 



  

miércoles, 23 de octubre de 2013

LA FE O EL CAOS

De lo que se trata ya, según parece -y admitidas las mitologías contra la Revelación, para no ofender el pluralismo- es de proponer un recorrido inverso al que Hesíodo describe en su Teogonía, y hacer que todas las cosas vuelvan al caos. Ya que la posibilidad de un redditus ad nihilo escapa a la industria e ingenio de los hombres, no será poco restituir todo cuanto se pueda ad chao, cumpliendo así la acariciada ofensa contra la omnipotencia y el designio creador y ordenador de Dios.

Tal objetivo se consuma a instancias de sucesivos golpes maestros, fiándose de que los hechos consumados son más que hechos para la impresionable percepción de nuestros contemporáneos, adscriptos (al menos desde el evolucionismo, o mejor aun desde Hegel) a todas las fábulas fatalistas, de amplia difusión. Los hechos consumados son otras tantas epifanías, son signos de una voluntad tan caprichosa e indoblegable como la de los olímpicos; los hechos consumados no admiten réplica: en su sola evidencia estriba la razón última de su credibilidad, ya que se debe "ver para creer", y el nuestro es mundo de fenómenos.

Y ahí están los hechos, para quien quiera comprobarlos: una Iglesia de contornos cada vez más difusos, nada que ver con el hortus conclusus, fons signatus del Cantar de los Cantares, ni con la Jerusalem descendida del cielo, con doce puertas y doce fundamentos y la medida bien notoria de su muralla. ¿Que se trata de un símbolo numérico de la totalidad? Totalidad, sí, pero no "identidad de los opuestos"; riqueza insondable del ser, que no caos. Y con los nombres de los doce apóstoles del Cordero en cada fundamento (nota bene: la integridad de la fe transmitida por los Doce, sin mermas ni adiciones. Y esto es también una totalidad).

Dikê, diosa de la justicia, honrada en la segunda mayor
basílica católica del mundo.
El hecho ya incontrovertible es la Iglesia confundida con el mundo, en una progresiva asimilación que lleva ya varias décadas y que parece alcanzar su clímax en nuestros días. Por citar sólo un ejemplo entre millares: que se haga ingresar al santuario mariano de Aparecida, en Brasil, a una imagen de bulto representativa de la diosa griega Dikê, y esto durante la mismísima Novena a la Patrona y con la condescendencia alegre del arzobispo, el obispo auxiliar y el rector, es -y perdónese la repetición- una abominación y escándalo de bulto (ver aquí). Que sobre ninguno de estos desertores caiga la condigna sanción canónica tampoco ha de sorprender mucho en esta hora, habituadas las dos o tres últimas generaciones de católicos a convivir con novedades y traiciones. Sistemáticamente mancilladas tantas diócesis y seminarios de todo el mundo, faltaba acaso un último bastión que abatir, después de que el post-concilio lo picara de viruelas: el Trono de la unidad y la doctrina. Hoc opus, hic labor.

Según consta en otras palabras en la carta abierta al Papa que cobró difusión por estos días, el entonces cardenal Bergoglio supo lucirse en sucesivos congresos hemisféricos de "teología" periférica, en esas latitudes en las que el rigor especulativo resulta no menos excepcional que el avistaje de la aurora boreal o de la mítica ciudad de los Césares. El ámbito más promisorio, al cabo, para la expansión de un modernismo de cuño tropical: una emulación tardía y pintoresca, entre mosquitos y vistosas cacatúas, de las tesis agnóstico-naturalistas condenadas antaño por los pontífices y brotadas en aquel entonces en la enjuta tierra europea.

¿Cuál es el -digamos- "común denominador" de este magma pseudo-teológico que suscita simposios continentales, comprometiendo antes a la industria editorial, a la hotelería y la sponsorización que a la inteligencia de la fe, y que acabó por ser -si debemos dar crédito a los testimonios como el apuntado más arriba- el trampolín de Bergoglio hacia el solio petrino devenido, por la renuncia de su predecesor, locus desertus? Posiblemente deba responderse: la «teología del anuncio», del kerygma, acuciada ésta por colmo por la agresiva campaña proselitista de las sectas protestantes en la América ex-hispana. El caso es que el acento puesto sobre el «anuncio» con prescindencia de todo auxilio racional, de la necesaria concordia entre fe y razón, de los motivos de credibilidad que la Iglesia siempre sostuvo como obligados «preámbulos de la fe», no ha servido sino a desnaturalizar la misma fe, promoviendo un emotivismo que nada tiene de católico y mucho sí de caótico. Fideísmo de pura estampa protestante, reacio a las intermediaciones que la Iglesia siempre supuso obligadas en la relación del alma con Dios (y, entre ellas, la identidad histórico-cultural). Las consecuencias de este viraje suicida son ya crudamente transparentes en la locuela del Obispo de Roma, que -y sin aparente mella del kerygma-,  luego de confirmar a judíos, musulmanes y animistas en sus respectivas creencias, pasa a fustigar elíptica pero furiosamente a los católicos que aún guardan la fe de sus ancestros. Lo exponen Gnocchi y Palmaro, felizmente vueltos a la carga con nuevo artículo, revisando algunos de los epítetos que Francisco les prodigó recientemente a quienes parecen ser ya sus únicos enemigos:

No pasa homilía, no pasa entrevista, no pasa baño de multitud en el cual el papa no encoja los hombros ante una fe que se objetiva en la rigurosa relación con la razón. Nomina nuda tenemus: parece éste el mensaje de Francisco, el mismo del franciscano Guillermo de Occam [...] La fe no busca más un intelecto al que considera inhábil para conocer verazmente, productor de objetivaciones que corren el riesgo de volverse un obstáculo en el encuentro con Cristo. 
La instrumentalización del Nazareno para otros fines, se sabe, es un problema antiguo. El cardenal Giacomo Biffi denunció tiempo atrás que «Jesús se ha convertido en un pretexto que los cristianos usan para hablar de otra cosa». Hace decenios que esta «otra cosa» está representada por ecologismo, promoción de la legalidad, ecumenismo mediático, lucha contra las narco-mafias, protección de la selva amazónica y otras amenidades. Todo a despecho de la doctrina moral, de la bioética, del rigor litúrgico y doctrinal. Con el riesgo de encontrarse en presencia de un Cristo sin doctrina y sin verdad, un personaje bueno para todas las estaciones, un contenedor para ser rellenado con cuanto desee cualquier consumidor de la religión «hágala usted mismo». 
De lo que se deduce cuán sorprendente e irracional resulta, en tanto que extraño a la historia de la Iglesia, que aquel que hoy eleva preguntas y objeciones doctrinales sea tachado de rígido, moralista, eticista, sin bondad. Una acusación que, bien vistas las cosas, podría ser transferida a papas del pasado reciente. Paulo VI,  en 1968, escribe la encíclica Humanae vitae para confirmar la condena moral de la anticoncepción: un rígido eticista sin bondad. Juan Pablo II redactó en 1995 una suma de la bioética en la Evangelium vitae: pero haciendo así demuestra insistir en tesis duras y difíciles, que alejan a los hombres de la Iglesia en lugar de acercarlos. Benedicto XVI explica al Bundestag, en un memorable discurso, que cuando las leyes civiles contradicen la ley natural no son más leyes sino sólo simulacros a los que se les debe desobediencia: un intolerante que cierra la puerta de la Iglesia en el rostro del Estado laico y se va con la llave en el bolsillo.
Pero el artificio dialéctico que transforma a cuantos quieren defender la doctrina católica en fariseos despiadados, faltos de un corazón que palpita por el Cristo herido y crucificado, es débil. Jesús no invita a los fariseos a irse porque profesan una fe equivocada, sino a ser los primeros en observar la ley. Mientras que aquí parece más apropiado decir que el objetivo final, aparte del juicio temerario sobre la intimidad de la conciencia, resulte el principio mismo, reputado como obstáculo en el diálogo con el mundo.  
Llevado hacia el perímetro de la iglesia, todo esto produce un catolicismo sin doctrina, emotivo, empático, pneumático [...] Una religión que, en la incapacidad de dar respuestas, impone con prepotencia dudas y preguntas y alumbra un catolicismo que "sabe que no sabe", de gusto prearistotélico. Acá dentro se encuentran las coordenadas del encuentro con el mundo moderno, del que salen pelotones de católicos que no creen en el Credo porque no lo conocen, pero acuden presurosos a la plaza San Pedro o a Copacabana.
De ahí que resulten despreciados los usos y observancias de la Iglesia como norma de fe, y que esta última acabe por ser redefinida como un subjetivo «encuentro» con el Redentor, por el que toda institución dimanada de la apostolicidad de la Iglesia quedaría librada a la obsolescencia. No otra cosa hicieron hace cien años los modernistas con el concepto de «Revelación», trocándolo en ridícula "experiencia personal" de la Divinidad. Es, por enésima vez, la desconfianza -de raíz protestante- hacia toda manifestación objetiva del culto.

La misma confusión que induce a la oposición inexistente entre fe y razón, entre recta doctrina y misericordia, es la que introduce un hiato insalvable entre la oración vocal, prescrita, que aun los más empinados maestros de la mística aconsejaban no abandonar, y la «oración» a secas, en seguimiento de la cual habría que desechar la primera. ¡Y después se nos corre con la monserga de un cristianismo inclusivo!
Una fe hipodoctrinal, resuelta en un simple encuentro, acaba por ver en el aspecto formal de la Iglesia un obstáculo a la propia manifestación. Y sería difícil demostrar que el papa Bergoglio, desde la tarde misma de su elección, no haya evidenciado con las palabras y los hechos su aversión a la forma y a la formalidad. De acá desciende la distinción entre el "decir oraciones" y el "rezar", que es mucho más que un calembour porque pone en discusión la armonía entre lex orandi y lex credendi.
Pero es necesaria la disciplina, es necesaria la ascesis que el actual pontífice se saltea a pie ligero, dirigiéndose demasiado pronto a la mística. «Aquel que deja de rezar con regularidad», escribe el cardenal Newman en un sermón sobre la oración de 1829, «pierde el medio principal para recordar que la vida espiritual es obediencia al Legislador, no un simple sentimiento o gusto».
Suena impiadoso el juicio de quien desprecia el "decir oraciones" sin imaginar que, en el fondo de estas fórmulas de las que nadie puede cambiar una tilde, está quien ve las llagas de Cristo y alcanza quizás a tocarlas y besarlas. En aquellas palabras consideradas piedra de tropiezo de una fe verdadera se encuentra encerrada, en cambio, una sabiduría que abre al sentido más profundo de los instantes terribles que toda creatura tendrá que vivir en el umbral del último respiro. Son ritmos celestes que encantan al alma y la arrancan al mundo, y la nutren con aquel anticipo de vida sobrenatural que es la ceremonia. 


martes, 15 de octubre de 2013

DIÁLOGO ENTRE CARDENALES CONCLAVISTAS

¿Chanchullo en el cónclave? La prensa mundial descuidó una noticia que hubiera reportado no poco interés ni exiguas ventas y que, soslayada sin más ni más, urge al menos mencionar para aplacar la ira de Plutón, curiosamente desatendido por esta rara vez. Según parece constar en las Actae Apostolicae Sedis del 14 de marzo último, ya conocido el nombre del nuevo Papa al atardecer del día previo, y cuando «los miembros de la Cámara Apostólica -el organismo encargado de "regir" la Santa Sede durante el cónclave-, acompañados por dos oficiales de las guardias suizas se dirigieron a quitar los sellos puestos en algunos de los accesos a los apartamentos papales, notaron que éstos ya habían sido cortados» (ver aquí). Por colmo, y como en una calculada y bromista referencia a la más neta simbología esjatológica, habían resultado rotos seis de los siete precintos. «El vice camerlengo y los presentes -se lee en el texto que describe las operaciones de anulación de los sellos colocados luego de la renuncia de Ratzinger- advierten que los accesos susodichos (entre éstos, el acceso al ascensor privado del Papa desde el atrio Sixto V, la puerta que accede a la sala clementina y a la biblioteca privada, por un total de 6 sobre 7), con la excepción de uno, habían sido privados del precintado puesto en precedencia» (aquí).


Parece que el portavoz papal, p. Federico Lombardi, salió a aclarar y se hizo el eclipse. «Los sellos removidos no eran sellos del Departamento Papal (situado en la Tercera Logia, como es sabido) sino sellos colocados en ambientes de la Tercera Logia» (aquí). Como si no hubiera nada de maloliente en la violación de unos sellos puestos en ámbitos tan próximos a las estancias papales para garantizar la transparencia del cónclave. Y del tema ya no se habló más.

Desconocemos en qué medida una irregularidad semejante alcanza a vulnerar la canonicidad de un cónclave. Concretamente: si lo afecta hasta la nulidad del mismo, o si no es para tanto. Consta, sí -por éste y otros muchos hechos-, la vigencia de un fatalismo que impregna a la modernidad como a esponja, y que ya goza de carta de ciudadanía en la misma Iglesia. Se trata, para decirlo sin demora, de la «tiranía de los hechos consumados», de los hechos como burladores del derecho, de la ley hipostasiada en la voluntad del gobernante. La modernidad -y la Iglesia bajo su contagio-, pese a su prédica del movilismo y del cambio inexorable, parece lanzada al precipicio con la secreta inconfesable esperanza de detenerse, de conocer al fin la quietud, pero quietud de muerte. Es la actitud del suicida, la del que mata a todo y a todos consigo. Tal el secreto que late en el ostensible desprecio de las normas, retén de las subjetividades febriles, desbocadas.

En el sombrío contexto de una abdicación por razones no creíbles («propter ingravescentem aetatem»), y de circunstancias poco claras como las que ahora se nos revelan pese al denuedo esclarecedor del padre Lombardi, y sobre todo del resultado puesto, definitivamente impensable en punto al mérito del ungido, imaginamos un caluroso coloquio entre cardenales antes de sesionar la primera vez, un ajetreado corrillo en los Sacros Palacios para convencer el uno al otro de la conveniencia de optar por el candidato propio. Llamémosles los cardenales Pestalozzi y Ming 'O Pyang, o bien Schwartzbergschweiner y Bunga-bunga. A esta altura, y habiéndose cumplido la predicación del Evangelio a todas las naciones, la nota de catolicidad en los padres conclavistas (salvas queden las excepciones) se reduce a la sola etimología del término, es decir: a la diversidad étnica de los mismos en la unidad del Sacro Colegio.

[Hasta Francisco se sirvió recordar que kath'holon vale por «universal». Al fin de cuentas, atenerse a la etimología es una forma bastante más potable e inofensiva del «volver a las fuentes». Pero vayamos al hipotético diálogo]


- Usté sabe, Sueminencia, que la Iglesia sufre asedio. Y que el Benedicto fue como un catalizador de todas las rabietas de la prensa anticatólica: resulta ahora que al arrimo de su pontificado, la podredumbre de la Iglesia vino a invadir toda por junto. Como esas enredaderas exuberantes que no dejan ver el frente: así le taparon el rostro a la Iglesia con escándalos reales e imaginarios exhibidos con secreto regocijo. ¿No le parece bastante?

- Sí, ¿y entonces?

- Y entonces necesitamos un dux que sepa bienquistarse con los cagatintas, con los pregoneros de vergüenzas eclesiales, uno capaz de arrostrar el trabajo sucio de sonreírles a los delincuentes que gestionan los medios de masas. Eso: un encantador de serpientes necesitamos, un.., un...

- Bah... política, pura política, Eminencia. ¿Crê usté que a los buitres se los sacia con palabras y sonrisas?

- No los creo tan insensibles a la benevolencia o, a lo menos, a una dulzona diplomacia. Uno que cultive el arte de requebrar necesitamos, uno que aplique artilugios líricos al trato inevitable con las fieras. Piense usté en una tregua con los poderes del mundo, procul discordibus armis, como Virgilio retrató a los dichosos campesinos, cada cual labrando su solar propio. La autonomía de los dos órdenes es el mejor negocio para todos. Ya lo sentenció ese poema semi-salvaje, de convoys, el Martín Fierro (¿o fue acaso el Tarás Bulba?): cada lechón a su teta / es el modo de mamar. Podría haberla suscrito el Dante gibelino del De monarchia.


- Está muy bien, Vuecelencia, pero yo creo menester algo más que concertar una módica paz con el mundo. No dudo que nos alancean a diestra y siniestra, como en esa pintura de Rubens, «La caza del hipopótamo», y que a nuestra edad uno no está para sufrir tanto embate e incertidumbre. A ninguno de nosotros conviene que la marea de secularismo e inquina anticlerical se extienda hasta el despojo de las temporalidades de la Iglesia: eso nos privaría del derecho a una decorosa pensión. ¡Qué tanto! ¡Si me habré despertado a medianoche repitiendo tembloroso las palabras de aquel administrador cesante: "cavar, no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza"! Con todo, y para aventar más eficazmente el temor al porvenir, creo que se requiere la máxima audacia. Al mundo hay que desconcertarlo cambiándole el rostro a la Iglesia, y ya los enemigos dejarán de amenazarla, confundidos. Nosotros tenemos un candidato comprometido a sepultar siglos de superchería que pusieron a la Iglesia en un atolladero, en vana pugna con el progreso. Llegó la hora de dar un salto: venit hora, et nunc est. El Vaticano II abrió la brecha en el viejo y obstinado muro: acá estamos, pica en mano, para la deconstrucción concertada.

- Ah, si supiera cuánto estamos de acuerdo en que el Concilio «fue un regalo de Dios para la Iglesia del siglo XX». Pero no concuerdo en que debamos ir tan a prisa en la renovación de la Iglesia. Confiemos en la obra de la Providencia, que irá adaptando paulatinamente la ética, la disciplina y aun la dogmática a una configuración más humana. Estamos de acuerdo en que la eclesiología del tercer milenio no puede ser la de la Unam Sanctam, pero lo que hoy urge es amigarse con tantos cristianos anónimos que nos cascotean.

- Y el único modo consecuente de lograrlo no es halagándolos con promesas y melindres, sino lavándonos de veras la cara y mudando ropa. Cuando afuera vean que el celibato se ha vuelto opcional, que la mujer es admitida al sacerdocio, que se da al traste con la rigidez jerárquica y que el papa es uno más, entonces se levantará el asedio y todo el mundo será una única Iglesia.

- Sea. Pero empecemos el día con una sonrisa. La revolución es una enfermedad eruptiva que empece al legítimo progreso y lo obliga a contramarchas indeseables. Mejor es pactar, y salomónicamente. Todos podemos ceder una mitad de nuestras convicciones para alcanzar la deseable síntesis sin el precio de la sangre, sustancia ésta ciertamente repugnante. El papa que proponemos lo demostrará acabadamente. Veremos en él, a diferencia de otros pontífices recientes, que la poliglosia ya no recomienda: le bastará un modesto bilingüismo, entendido como un decir "negro" aquí y "blanco" allá. La consigna es ofrecer un mensaje reversible según la ocasión convide. Por lo demás, yo le guardo afecto a Sueminencia, y no quisiera ver que pierde el tren por testarudo. Usted sabe: puesto el resultado, pronto quedarán evidenciados los que no quisieron darle el voto al electo. Esto ha venido a ser un circuito de influencias y venganzas, y no nos sorprenda. Conviene, pues, encolumnarse con el seguro vencedor.

- No puedo resignar tan fácilmente unas promesas ciertas de cambio, de ruptura, como las que encarna aquel que yo me sé, por un simple pronóstico. ¿Y cómo sabe, Eminentísimo, quién ha de ser el tal?

- Apoyo explícito -aval coactivo, usté me entienda- de fuerzas extrínsecas así nos lo demandan. Es, como se dice en el hipódromo, una "fija". ¿No fue acaso vetado el cardenal Rampolla por Francisco José I de Austria, en aquel cónclave que acabó por ungir a Pío X? Cierto que entonces el veto obedeció a la presunta connivencia de Rampolla con la masonería: hoy se veta a alguien por contrarias razones. ¿Y el pacto de Metz? ¿Dígame si no amordazó a los padres conciliares? ¿Dónde vive usté, si crê que no hay injerencia secular en las decisiones de los purpurados? Conocido el Neopapa, la señal de los festejos será indisimulada: ya verán sus ojos la unanimidad laudatoria de los periodistas para con aquél, y hasta los trespuntistas depondrán todo recato para colar su parabién en los periódicos.

- Dígame, al menos, ya que conoce al vencedor, a quién debo votar. Ardo por saberlo: ya chirrían mis sesos en su propia cocción y los nervios no se me asujetan.

- ¡Ah, Eminencia! ¿No le digo que es uno que conoce el sinuoso oficio de la comunicación con las masas, para quien la macro-sofística no guarda secreto alguno? Mire: tanta aclamación ha de rendírsele, que no me extrañaría -si tiempo se lo dan- que alcance la canonización en vida. Es literalmente lo que necesitamos: un caradura [un facciatosta; ein unverschämter Kerl]. En cuanto congreso participó en todos estos años cautivó siempre por su desfachatez, desdeñando el vehículo oficial que ponían a su servicio para abordar el bus o el metro, llegando siempre tarde y sudoroso, pero dando la nota. Pedía lo tuteasen los camareros, la señora de la limpieza. Aseguran haberlo visto con el plumero en mano, desempolvando los asientos durante las disertaciones ajenas...

- ¡Eh! ¡Pero entonces hablamos de la misma persona! Los de mi línea lo promueven por su chocante libertad de acción, virtud tan necesaria para acometer los cambios. Por ser, ¿cómo diríamos?, tan despreocupado [tanto spensierato, so sorglos], capaz de lavarse la propia ropa y confiárselo a la prensa. Sí, sí: es el mismo que, según dicen, de resultar electo depondría los paramentos para adoptar el mate...


Y acá ya no se pudieron contener y ambos, como dos vetas que confluyen, felices por la coincidencia no prevista, exclamaron a viva voz un mismo nombre.






miércoles, 9 de octubre de 2013

ESTE PAPA NO NOS GUSTA

A fuerza de combatir, la lucha se vuelve más cuesta arriba y arrecia la tentación de desistir. Jesús fue tentado cuando llegaba al término de su cuaresma, y no falta la lección de aquellos santos que debieron enfrentar las más arduas pruebas -la llamada «noche del espíritu»- cuando ya entreveían la cima, el día pleno. Según consta por tan admirables ejemplos, es entonces cuando más urge la perseverancia.

En la situación de anomalía sin descuentos en que se encuentra la Iglesia, no nos está siendo ahorrada -incluso entre las voces críticas de este pontificado, tan dolorosamente singular- alguna que otra señal de cansancio. Al fin de cuentas el sol sigue saliendo cada día, y un papa proclive a escandalizar en cada parada no alcanza a detener la costumbre rotatoria de los astros. Y entonces se cierne la tentación de absorber la anomalía en la regla, y de atenuar la horrísona verba papal por el recurso a alguna que otra dicción correcta, y de reconocerle incluso algunas virtudes -que, sin duda, las ha de tener. Estas cosas no atemperan nada; en rigor, no hacen más que confirmar el tenor de las falencias que, exhibidas como triunfos, acaban por herir gravemente la dignidad papal en el hombre que de momento la inviste.

Para provecho y aliento en la contienda, ofrecemos la traducción de un artículo aparecido ayer en el diario Il Foglio y reproducido en varios sitios italianos. Ellos nos recuerdan que hay un contexto aún más amplio que el párrafo del que se entresaca alguna afirmación malsonante de Francisco, y que incluso el párrafo que se trae en su defensa puede ser un testigo comprometedor. Que de nada sirve meter el sensus fidei en el alambique para ahorrarle mortificaciones, y que el análisis urge la síntesis, sin escapatorias.



ESTE PAPA NO NOS GUSTA

por Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro


Cuánto haya costado la imponente exhibición de pobreza de la que el papa Francisco fue protagonista el 4 de octubre en Asís, no es cosa que se sepa. Cierto es que, en tiempos en los que está tan de moda la simplificación, se nos ocurre que la histórica jornada ha tenido muy poco de franciscano. Una partitura bien escrita y bien interpretada, si se quiere, pero privada del quid que hizo que el espíritu de Francisco, el santo, resultara único: la sorpresa que desaira al mundo. Francisco, el papa, que abraza a los enfermos, que se apretuja con la multitud, que bromea, que improvisa discursos, que asciende al Panda, que abandona a los cardenales durante el almuerzo con las autoridades para ir a la mesa de los pobres, era cuanto menos descontado que pudiera esperarse, y ocurrió puntualmente. Naturalmente con gran concurso de prensa católica y para-católica lista a exaltar la humildad del gesto y soltando un suspiro de alivio porque, esta vez, el papa habló del encuentro con Cristo. Y de la prensa laica diciendo que, ahora sí, la Iglesia se pone a tono con los tiempos. Toda buena mercadería para el titulador de medio calibre que quiere cerrar de prisa el diario y mañana se verá.

No hubo ni siquiera la sorpresa del gesto clamoroso. Pero incluso ésta sería bien poca cosa, en vistas de cuánto el papa Bergoglio ha dicho y hecho en sólo medio año de pontificado concluido con los guiños a Eugenio Scalfari y con la entrevista a Civiltà Cattolica.

Los únicos que se vieron derrotados, en este caso, habrían sido los "normalistas", aquellos católicos que se esfuerzan patéticamente en convencer al prójimo, y aún más patéticamente en convencerse a sí mismos, de que nada ha cambiado. Es todo normal y, como de costumbre, es culpa de los diarios que tergiversan al papa a gusto, el cual diría sólo de manera distinta las mismas verdades enseñadas por sus predecesores.

Aunque el periodismo sea el oficio más antiguo del mundo, resulta difícil dar crédito a esta tesis. «Santidad», pregunta por ejemplo Scalfari en su entrevista, «¿existe una visión única del Bien? ¿Y quién la establece?». «Cada uno de nosotros», responde el papa, «tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a cada uno a dirigirse a lo que piensa que es el Bien». «Usted, Santidad» acosa jesuíticamente Eugenio, a quien no le parece real, «ya lo escribió en la carta que me mandó. La conciencia es autónoma, dijo, y cada uno debe obedecer a la propia conciencia. Creo que esta es una de las frases más valientes dichas por un Papa». «Y aquí lo repito», confirma el papa, a quien tampoco le parece cierto: «cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo».

A Vaticano II ya concluido y a post-concilio más que aviado, en el capítulo 32 de la Veritatis Splendor Juan Pablo II escribía, refutando a «algunas corrientes de pensamiento moderno» que «se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categóricamente e infaliblemente acerca del bien y el mal (...), al punto que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral». Incluso el "normalista" más antojadizo debiera encontrar difícil conciliar el Bergoglio 2013 con el Wojtyla 1993.

En presencia de un tal cambio de ruta, los diarios hacen su honesto y descontado trabajo. Retoman las frases del papa Francisco en evidente contraste con aquello que los papas y la Iglesia han enseñado siempre y las transforman en titulares de primera página. Y entonces el "normalista", que dice siempre y doquiera aquello que piensa L' Osservatore Romano, sacan el contexto a colación. Las frases extrapoladas del bendito contexto no reflejarían la mens de aquel que las pronunció. Sin embargo -y es la historia de la Iglesia quien así lo enseña-, ciertas frases de sentido completo tienen sentido y son juzgadas con prescindencia del contexto. Si en una larga entrevista alguien sostiene que «Hitler ha sido un benefactor de la humanidad», difícilmente podrá evadirse ante el mundo invocando el contexto. Si un papa dice en una entrevista «yo creo en Dios, no en un Dios católico», es que el pastiche se ha consumado sin atenuantes. Hace dos mil años que la Iglesia juzga las afirmaciones doctrinales aislándolas del contexto. En 1713, Clemente XI publica la constitución Unigenitus Dei Filius, en la que condena 101 proposiciones del teólogo Pasquier Quesnel. En 1864, Pío IX publica en el Syllabus un elenco de proposiciones erróneas. En 1907, san Pío X adjunta a la Pascendi dominici gregis 65 frases incompatibles con el catolicismo. Y son sólo algunos ejemplos para decir que el error, cuando se encuentra, se reconoce a ojos vista. Un repasito al Denzinger no haría mal.

Por otro lado, en el caso de las entrevistas de Bergoglio, el análisis del contexto puede incluso empeorar las cosas. Cuando, por ejemplo, el papa Francisco le dice a Scalfari que «el proselitismo es una solemne tontería», el "normalista" explica de prisa que se está hablando del proselitismo agresivo de las sectas sudamericanas. Lamentablemente, en la entrevista, Francisco dice a Scalfari «no quiero convertirlo». Se sigue que, en la interpretación auténtica, cuando se define "solemne tontería" el proselitismo, se entiende el esfuerzo hecho por la Iglesia para convertir a las almas al catolicismo.

Sería difícil interpretar el concepto de otra manera, a la luz de las bodas entre Evangelio y mundo, que Francisco bendijo en la entrevista de Civiltà Cattolica. «El Vaticano II», explica el papa «supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a la luz de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible». Así, justamente: no más el mundo medido a la luz del Evangelio, sino el Evangelio deformado a la luz del mundo, de la cultura contemporánea. Y quizás cuántas veces tendrá aún que ocurrir, a cada vuelta del cambio cultural, emplazando cada vez la relectura precedente: no otra cosa que el "concilio permanente" teorizado por el jesuita Carlo Maria Martini.

Suguiendo este surco se va elevando sobre el horizonte la idea de una nueva Iglesia, el «hospital de campaña» evocado en la entrevista a Civiltà Cattolica donde resulta que los médicos, hasta el día de hoy, parecen no haber cumplido bien su oficio. «Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto», continúa diciendo el papa. «Después de aquello esta mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?». Un discurso construido sabiamente para ser rematado con una pregunta después de la cual se vuelve al comienzo para mudar argumento, casi destacando la incapacidad de la Iglesia para responder. Un pasaje desconcertante si se piensa que la Iglesia satisface desde hace dos mil años tal dilema con  una regla que permite la absolución del pecador, con la condición de que esté arrepentido y que se esfuerce en no permanecer en el pecado. Y sin embargo, subyugadas por la desbordante personalidad del papa Bergoglio, legiones de católicos se han tragado la fábula de un problema que en realidad no ha existido jamás. Todos allí, con sentimiento de culpa por dos mil años de presuntas supercherías a expensas de los pobres pecadores, a agradecerle al obispo venido desde el fin del mundo, no el haber resuelto un problema que no existía, sino el haberlo inventado.

El aspecto inquietante del pensamiento subentendido en tales afirmaciones es la idea de una alternativa insanable entre rigor doctrinal y misericordia: si está el uno, no puede estar la otra. Pero la Iglesia, desde siempre, enseña y vive exactamente lo contrario. Son la percepción del pecado y el arrepentimiento por haberlo cometido, junto al propósito de evitarlo en lo futuro, los que hacen posible el perdón de Dios. Jesús salva a la adúltera de la lapidación, la absuelve, pero la despide diciendo «vete y no peques más». No le dice: «vete, y date por segura de que mi Iglesia no ejercitará ninguna injerencia espiritual en tu vida personal».

Visto el consenso prácticamente unánime del pueblo católico y el enamoramiento del mundo, contra el cual y no obstante el Evangelio debiera poner sobre aviso, diríase que seis meses del papa Francisco han cambiado una época. En realidad se asiste al fenómeno de un líder que dice a la multitud aquello que la multitud quiere que se le diga. Pero es innegable que esto se ejecuta con gran talento y mucho oficio. La comunicación con el pueblo, que se ha convertido en pueblo de Dios allí donde de hecho no hay más distinción entre creyentes y no creyentes, es sólo -en una pequeñísima parte- directa y espontánea. Incluso los baños de multitud en la plaza San Pedro, en la Jornada Mundial de la Juventud, en Lampedusa o en Asís, son filtrados por los medios de comunicación que se encargan de suministrar los acontecimientos juntamente con su interpretación.

El fenómeno Francisco no se substrae a la regla fundamental del juego mediático sino que, más aún, se sirve de él casi hasta volvérsele connatural. El mecanismo fue definido con gran eficacia a comienzos de los años ochenta  por Mario Alighiero Manacorda en un provechoso librito con el provechosísimo título de El lenguaje televisivo. O la loca anadiplosis. La anadiplosis es una figura retórica que, como ocurre en este renglón, hace empezar una frase con el término principal contenido en la frase precedente. Tal artificio retórico, según Manacorda, se ha convertido en la esencia del lenguaje mediático. «Estos modos puramente formales, superfluos, inútiles e incomprensibles en lo tocante a la sustancia» decía, «inducen al oyente a seguir la parte formal, es decir la figura retórica, y a olvidar la parte sustancial».

Con el tiempo, la comunicación de masas ha terminado por sustituir definitivamente el aspecto formal por el sustancial, la apariencia a la verdad. Y lo ha hecho, en particular, gracias a las figuras retóricas de la sinécdoque y de la metonimia, con las cuales se representa el todo por la parte. La velocidad crecientemente vertiginosa de la información impone descuidar el conjunto y lleva a concentrarse sobre algunos particulares elegidos con pericia para dar una lectura del fenómeno complexivo. Cada vez más a menudo, diarios, tv, sitios de internete, resumen los grandes eventos en un detalle.

Desde este punto de vista, parece que el papa Francisco estuviera hecho para los mass media y que los mass media estuvieran hechos para el papa Francisco. Basta sólo con citar el ejemplo del hombre vestido de blanco que desciende por la escalera del avión llevando un andrajoso bolso de cuero negro: perfecta utilización de sinécdoque y metonimia a la vez. La figura del papa resulta absorbida por aquel bolso negro que anula la imagen sacral transmitida por siglos para devolver otra completamente nueva y mundana: el papa, el nuevo papa, está todo presente en aquel particular que exalta la pobreza, la humildad, la entrega, el trabajo, la contemporaneidad, la cotidianidad, la proximidad a cuanto de más terreno se pueda imaginar.

El efecto final de tal proceso lleva a disponer el concepto impersonal de papado como telón de fondo, y a la contemporánea salida a escena de la persona que lo encarna. El efecto es tanto más detonante si se observa que los destinatarios del mensaje asumen el significado exactamente opuesto: exaltan la gran humildad del hombre y piensan que éste le da lustre al papado.

Por efecto de sinécdoque y de metonimia, el paso sucesivo consiste en identificar la persona del papa con el papado: una parte por el todo, y Simón ha destronado a Pedro. Este fenómeno logra ciertamente que Bergoglio, aun expresándose formalmente como doctor privado, transforme de hecho cualquiera de sus gestos y cualquiera de sus palabras en un acto de magisterio. Si luego se piensa que aun la mayor parte de los católicos está convencida de que todo lo que dice el papa sea sólo y siempre infalible, el juego está completo. Por más que se pueda protestar que una carta a Scalfari o una entrevista a quien sea valgan incluso menos que el parecer de un doctor privado, en la época mass-mediática el efecto que producirán resultará inconmensurablemente mayor que el de cualquier pronunciamiento solemne. Es más: cuanto más formalmente pequeños e insignificantes resulten el gesto o el discurso, tanto mayor efecto tendrán y serán considerados como irreprochables e irrecusables.

No por caso la simbología que sostiene este fenómeno está hecha de pobres cosas cotidianas. El bolso negro llevado en la mano en el avión es un ejemplo de escuela. Pero también cuando se habla de la cruz pectoral, del anillo, del altar, de los objetos sagrados o de los paramentos, se habla del material con el que están hechos y ya no más de lo que representan: la materia informe le ha sacado ventaja a la forma. De hecho, Jesús ya no se encuentra más en la cruz que el papa lleva al cuello porque la gente es inducida a contemplar el hierro con el que el objeto fue producido. Una vez más la parte se engulle al Todo, que acá se escribe con T mayúscula. Y a la «carne de Cristo» se la busca en otra parte y cada uno acaba por identificar donde quiere el holocausto que más le viene a gusto. En estos días, en Lampedusa; mañana, quién sabe.

Es el éxito de la sabiduría del mundo, que san Pablo rechazaba como estulticia y que hoy es empleada para releer el Evangelio con los ojos de la tv. Pero ya en 1969 Marshall McLuhan escribía a Jacques Maritain: «los ambientes de la información electrónica, que han sido completamente etéreos, nutren la ilusión del mundo como sustancia espiritual. Éste es un razonable facsímil del Cuerpo Místico, una ensordecedora manifestación del anticristo. Al fin de cuentas, el príncipe de este mundo es un destacadísimo ingeniero electrónico».

Más tarde o más temprano tendremos que despertarnos del gran sueño mass-mediático y volver a cotejarnos con la realidad. Y será también necesario aprender la verdadera humildad, que consiste en someterse a Alguien más grande, que se manifiesta a través de leyes inmutables incluso por el Vicario de Cristo. Y será necesario recobrar el coraje de decir que un católico sólo puede sentirse turbado ante un diálogo en el que cualquiera, en homenaje a la pretendida autonomía de la conciencia, sea incitado a caminar hacia una suya y personal visión del bien y del mal. Porque Cristo no puede ser una opción entre tantas. Al menos para su Vicario.