martes, 13 de mayo de 2014

ACTUALIDAD DE FÁTIMA, SEGÚN MALACHI MARTIN



--Fragmento de la última entrevista que se le hizo a Malachi Martin antes de su muerte, en la emisión radial The Art Bell Show, el 13 de julio de 1998. Versión original en inglés, y traducción al italiano, aquí.--





[Luego de excusarse Martin de dar detalles acerca del llamado «Tercer Secreto de Fátima», leído por él en febrero de 1960 bajo juramento de no revelarlo, el entrevistador -en adelante, A.B.- le lee una transcripción de aquel que él tiene por el presunto "Tercer Secreto", según le fuera transmitido. Y dice:]

A.B.: «Una gran plaga golpeará a toda la humanidad. No habrá orden en ninguna parte del mundo. Satanás controlará incluso los cargos más elevados del mundo, de modo que determinará la marcha de las cosas. Tendrá éxito en seducir los espíritus de los grandes científicos que inventan las armas, con las cuales será posible destruir una gran parte de la humanidad en pocos minutos. Satanás gozará de su poder. Los poderosos que mandan a las personas las espolearán para que produzcan enorme cantidad de armas. Dios castigará a los hombres más duramente que con el Diluvio. Será el tiempo de todos los tiempos y el fin de todos los fines. El grande y el poderoso morirán con el pequeño y el débil. También para la Iglesia será el tiempo de la mayor de sus pruebas. Los cardenales se opondrán a los cardenales. Los obispos se opondrán a los obispos. Satanás andará entre ellos. Y en Roma se verificarán cambios. La Iglesia se oscurecerá y el mundo será sacudido por el terror [Y narra diversas catástrofes telúricas, con océanos desbordados y víctimas mortales a granel]». Y bien, padre Martin...

M.M.: ¿Sí, Art?

A.B.:  ¿Ningún comentario?

M.M.: Te he escuchado, y supongo que la respuesta moderada que debería darte consta de dos partes, o bien, de dos declaraciones. No es éste el texto que me ha sido dado a leer en 1960. Hay algunos elementos que sí corresponden al texto.

A.B.: Por lo que, en otras palabras... (estoy tratando de proceder de la manera más cauta posible), en otras palabras, usted está sugiriendo que esto no es precisamente lo que había leído, pero hay algunos elementos en aquello que ha escuchado recién...

M.M.: Sí, hay algunos elementos que pertenecen al Tercer Secreto. Ésta es quizás la respuesta más moderada que puedo ofrecer.

A.B.: Está bien, está bien, no le pediré que me diga más. Pero reteniendo aquello que he apenas leído, ¿podría considerar que el Tercer Secreto sea tan traumático como lo sugiere cuanto leí, o aun más?

M.M.: Aun más.

A.B.: ¿Aun más?

M.M.: Sí, más. Mucho más. El... sin... de nuevo... ¿sabes, Art? Procediendo muy cautamente, el elemento central del Tercer Secreto es terrible. Y no está en ese texto.

A.B.: ¿No está en el texto?

M.M.: No está, gracias a Dios.

A.B.: Ahora, yo imagino que debería preguntarle lo siguiente: comprendo que usted hizo un voto, pero ¿no ha considerado que el shock que se requiere para cambiar las cosas -aunque sea esto muy serio-  pueda obligar a revelarlo?

M.M.: Estoy plenamente de acuerdo con tu última frase. Tendría que ser revelado, pero esto es muy difícil, Art. Yo soy un hombre pequeñísimo. No tengo ninguna autoridad pública para hacerlo. No sé si ésa sería la voluntad de Dios. Y dado que tendría efectos terribles no sólo sobre los cristianos, sino sobre muchos otros, no puedo tomar esta decisión. ¿Entiendes lo que estoy tratando de decir?

A.B.: Padre, ¿cómo le ha sido mostrado el Tercer Secreto?

M.M.: El cardenal que me lo mostró estaba presente en el encuentro mantenido con Juan XXIII en aquel año de 1960, para hacer conocer a un cierto número de cardenales y prelados lo que él  entendía hacer con el  Secreto. Pero Juan XXIII, el papa Juan XXIII, que era el Papa en 1960, no creía que el Secreto debiera publicarse. En aquel tiempo hubiera comprometido sus negociaciones en curso con Nikita Kruschev, el líder de todos los rusos. Tenía también otro punto de vista distinto respecto a la vida, y lo repitió, muy concisamente e incluso con desprecio, en la apertura del Concilio Vaticano, en la mitad de su discurso del 11 de octubre de 1962 en San Pedro a los obispos reunidos, convocados para el Concilio Vaticano, y a los visitadores (la enorme basílica estaba repleta): escarneció con arrogancia, y se opuso a aquellos que llamaba "profetas de desventura". Y ninguno fue disuadido de que estaba hablando de los tres profetas de Fátima.

[...]

A.B.: Padre, ¿qué peso les otorga a todas las revelaciones de Fátima?

M.M.: Considero que son el evento-clave que explica la fortuna (siempre mayor) de la organización del Catolicismo Romano, y el evento determinante del futuro próximo de la Iglesia (del próximo milenio, el tercer milenio). Es el evento determinante. Y héte aquí por qué los hombres fuertes (y con hombres fuertes quiero decir... sabes, Art, cuando hablamos de hombres fuertes, lo asombroso en relación a esta habilidad política es que sean personas, personas que practican el arte de la política, como Casaroli, apenas muerto, o el papa Juan Pablo II; son aquellos que las personas notan como grandes figuras de la historia, como Napoleón, Hitler, Stalin. ¡Desean tener un poder indestructible! Y pueden oponerse al compacto deseo de millones de personas y alcanzan a imponer el propio punto de vista (siquiera sólo hasta un cierto punto, hasta que caen, hasta que fracasan). De la misma manera, en Roma hay personas que tienen fuertes voluntades. Viven toda su vida utilizando la propia habilidad política. Se ocupan de macro-gobierno. No es sólo una religión: es un destino. Ellos están allá, entre los grandes.

A.B.: ¿Cuál es el rol de la Iglesia en relación con aquello que muchos indican como el próximo gobierno mundial, un único control mundial?

Malachi  Martin (1921-1999)
M.M.: Tengo dos respuestas, Art, brevísimas. Una es la que ha sido ya elegida al fin de este milenio de parte de los líderes, de los manager, de los prelados, del papado; y la segunda es aquella que, a veces, pensamos será la respuesta de Dios. La respuesta en este momento es ésta (desde Juan XXIII a Paulo VI, y ahora a Juan Pablo II): déjennos cooperar. Como dijo Paulo VI en su famoso discurso de diciembre de 1965: «déjennos cooperar con el hombre para construir su hábitat». Y Juan Pablo II era un ardiente impulsor de la tendencia hacia un gobierno mundial por razones geopolíticas. Él quiso introducir su tipo de Cristiandad, su estilo de catolicismo, pero está ciertamente a favor de un gobierno mundial. Cuando se dirigió a las Naciones Unidas, en su extensa carta, éste fue su saludo: «yo, Juan, obispo de Roma y miembro de la humanidad». Es cierto, ya no estaban más, digamos, Pío IX o Pío X, el cual, al inicio de este siglo, hubiera dicho: «yo soy el Vicario de Jesucristo. Si no escucháis mi voz, os condenaréis para siempre. No participaremos en ningún proyecto gubernativo, en ningún plan político que no reconozca el Reinado de Cristo». Esto es aquello que está completamente ausente. Ahora hay una política de cooperación para la Constitución de la Unión Europea, con las Naciones Unidas y el Vaticano [...]

A.B.: Quiero leer de prisa aún otras cosas, padre. Una, de un amigo australiano, que dice: «Hace algunos años, en Perth, un cura jesuita me ha dicho algo más sobre el Tercer Secreto de Fátima. Ha dicho, entre otra cosas, que el último Papa estaría bajo el control de Satanás. El papa Juan se desmayó, pensando que pudiese ser él. Nos han interrumpido antes de que pudiésemos escuchar el resto». ¿Tiene algún comentario?

M.M.: Sí. Parece que estuviese leyendo o que le hubiera sido revelado el texto del Tercer Secreto.

A.B.: ¡Oh, Dios mío!

lunes, 12 de mayo de 2014

¡MISERICORDIA QUIERO, QUE NO MISERICORDIADOS!

Esta reflexión nos la envía un lector, y versa sobre uno de los más inadvertidos prodigios de este pontificado: el parir con fórceps unos malsonantes neologismos que pronto serán usados -casi como haciéndole justicia a los vocablos- en su acepción más decididamente antifrástica. Nunca mejor aplicable que al Obispo de Roma y su vandálica corte aquella sentencia de Tácito: solitudinem fecerunt, pacem appelunt («hicieron un desierto y lo llamaron paz», en referencia a la pax romana). El cuño ahora es bergogliano; la ironía revesadora, forzada por ciertas constataciones ineludibles, correrá a cuenta de los avinagrados "profesionales del Logos".

♦♦♦♦♦

por Jose


Cuando las palabras se retuercen, se vuelven como un boomerang contra aquel que las ha lanzado.

Siendo la misericordia un atributo divino, un sentimiento de compasión que mueve a ayudar y perdonar, capaz de contemplar la fragilidad y debilidad de los hombres -su verdadera indigencia, con la mirada de Dios que todo lo perdona, porque comprende y espera, porque cree y ama-, en definitiva su cualidad más excelsa en relación con sus criaturas -sacados de la nada-, molesta ver como hemos llegado, no pocos católicos y por ende cristianos, a emplear o traducir el verbo “misericordiar” de forma peyorativa, para advertir o significar todo lo contrario…

Las palabras, en un mundo virtual y casi de vértigo, no sólo fluyen, vuelan o se mutan, sino que gracias a la información y a las redes, se instalan en la sociedad sin respeto al diccionario, de manera que aquello que nos empeñamos en usar una y otra vez, con una connotación concreta, supera no ya a su propia definición, sino incluso a quien comenzó a utilizarla sin medir el alcance poderoso de los actuales medios.

Así, a la llegada a la cátedra de San Pedro del papa Francisco, pasado algo más de un año de su primado, la palabra “misericordia” ha logrado una popularidad antes desconocida, y aún más la variante del verbo, de forma que “misericordiar” no sólo aparece como una cualidad divina, como hemos apuntado, sino como un sello del pontificado de Francisco, verdadero artífice del concepto “misericordiando en las periferias”, gerundio del citado verbo, y que hace alusión a la capacidad de extender esta acción a aquellos que están en las afueras.

Ahora bien, la paradoja ocurre cuando el concepto inicial se usa para contraponerlo a su verdadero significado, como consecuencia de ciertas actuaciones, repetidas y conocidas, en la Iglesia Católica desde la llegada de Francisco.

Así, cuando leemos o decimos que alguien ha sido “misericordiado”, no pensamos en lo que literalmente significa, sino más bien en que ha sido censurado, apartado o castigado, lo cual supone hablar, con no poca ironía, de lo que lo que está sucediendo mediante el empleo de su contrario: donde expreso perdón significo condena.

Franciscanos de la Inmaculada,
misericordiados con la fusta
Hablar del caso de los Franciscanos de la Inmaculada, de Palmaro (q.e.p.d.) y Gnocchi, del profesor Roberto De Mattei, de Antonio Caponnetto, y de no pocos creyentes anónimos o menos conocidos que han saboreado la hiel de la censura por no alinearse con el pensamiento único, tan predominante en la sociedad actual -y que amenaza con extenderse incluso dentro de la Iglesia, hasta el punto de perseguir y lamentablemente “misericordiar” a quienes expresan su lícita disconformidad con ciertas actuaciones, muy particulares, del papa Francisco y su corte de Roma-, es hoy día causa de rebeldía.

Huelga decir que cuando «aquel que ha de confirmar a sus hermanos en la fe» comienza por negar la existencia del Dios a quienes los católicos, desde hace siglos, defienden y reconocen bajo ese mismo nombre; carga reiterativamente contra una parte de la comunidad, a la que tacha de hipócritas, cuyo defecto parece ser rezar mal porque rezan mucho y llevan cuentas; le desagrada la cara de algunos porque no la llevan de fiesta, como él propone; llama secta a otro colectivo eclesial o deja ver que no son de los suyos, y afirma precipitadamente que para seguir a Jesús no basta con sentirse Iglesia, sino que es necesario el aval de un testimonio –forzado sí o sí-, sin pensar que esta prueba siempre llega según los tiempos designados por el Padre para los hermanos de Cristo, y que por lo tanto no hay necesidad de despreciar o desmerecer a quienes aún no han sido capaces de afrontarla -ejemplo del Señor con Pedro.

El garrote de la misericordia
Una prueba ésta que -al parecer y según se deduce de sus palabras- él ya la ha superado, sin pararse a mirar que fue precisamente a su antecesor a quien Jesús preguntó tres veces si en verdad le amaba antes de confirmarle en su misión: práctica de la verdadera misericordia, muy distinta a la de llamarle “numerario”…

Quizás alguien me diga: "todo es un mal entendido, y no se ha querido decir lo que se ha dicho". Cierto, pero cuando “misericordiar” es sinónimo de condena, algo no anda bien o quizás alguien habla como no es debido.
      

viernes, 9 de mayo de 2014

EL EJEMPLO HISTÓRICO QUE NO CUNDE

Frecuentemente han sido señaladas las similitudes entre la actual crisis de la Iglesia y aquella sufrida en tiempos del arrianismo: desmedro del misterio y de la nota sobrenatural de nuestra religión, con consecuente reducción naturalista de los contenidos de la fe; imparable contagio del error, particularmente entre clérigos, con especial énfasis en la Jerarquía; aversión sañuda a la recta doctrina y a sus defensores, etc. El célebre apotegma de san Atanasio: «ellos tienen los templos, nosotros tenemos la fe», podrían repetirlo hoy no pocos fieles absortos ante la hecatombe que avanza sobre el atrio y las naves, sobre el altar mayor, y la esperanza de una restauración católica parece que deba cifrarse toda ad orientem, velando por aquel rayo incontenible que trazara la rauda eclíptica del Regreso Glorioso.

Es sabido que aquella peste esparcida por Arrio, pese a los sucesivos concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia, continuó bogante por un largo siglo más. «El arrianismo -apunta Romano Amerio- fue el intento de desflorar la originalidad del kerygma primitivo adentrándolo en el gran flujo gnóstico», y esto se hizo desmochando la doctrina, ajustando todo dato revelado al dato empírico o racional, sustituyendo el misterio por el secreto, negando la suprema realidad teándrica por la cesura irremontable entre lo divino y lo humano. Ésta es la clave última del arrianismo, y lo es del modernismo y sus múltiples adventicias proyecciones: el escándalo ante la inteligencia insondable de Dios y la santidad de sus decretos.

Hay un hecho histórico notable por haber impulsado el finiquito de la infestación arriana: la conversión del rey visigodo Recaredo y su profesión pública de fe en nombre de su pueblo (589), que se había mantenido en el error de Arrio desde su fallida conversión. En el Tercer Concilio de Toledo, convocado por el ortodoxo rey para ofrecer a sus súbditos «como un santo y expiatorio sacrificio», expone él la iniciativa de aquella nación que «separada antes por la maldad de sus doctores de la fe y la unidad de la Iglesia Católica, ahora, unida a mí de todo corazón, participa plenamente en la comunión de aquella Iglesia».

Antonio Muñoz Degrain, Conversión de Recaredo (1887)
No faltan historiadores que señalan la marcada y duradera influencia que produjo esta pública profesión de fe en la formación de la nacionalidad española, y cómo la Reconquista iniciada en Covadonga (721) encontró aquí, precedida en ciento treinta años, la marca de su destino. Pero lo que nos interesa apuntar es lo que fray Victorino Rodríguez O.P. supo deducir de este providencial suceso: la afirmación «del carácter social y público de la fe» como causal de una política de cristiandad, política que «supone que la fe católica se encarna en el hombre y en las estructuras humanas: familia, sociedad, Estado. Los cristianos medievales (...), consecuentes en su ser y obrar (...), iban a mil años luz por delante de aquellos peritos que durante el Concilio Vaticano II negaban competencia a los Estados católicos para conocer y decidir sobre la confesionalidad católica de una nación». De aquí la demencial paradoja de alentar una consecratio mundi, tal como el Concilio lo señaló como tarea y desafío para los seglares, al mismo tiempo que se niega toda necesidad de explícita impregnación de las instituciones civiles por el Evangelio. Un verdadero y afanoso programa de consagración del mundo es, en todo caso, el que se esboza en la Quas Primas, y no en la monserga pluralista tan en lamentable vigor.

Aquellas paradojas son la materia de la verbosidad inane de nuestros pastores, porfiados en situarse en los antípodas de un Recaredo o de un Clodoveo -o incluso, muy más módica y recientemente, de un Putin-, al reparo de todo posible conflicto con los enemigos de la Cruz. No hace falta recordar que una valiente profesión pública de fe supone la previa conversión, la abjuración decidida de los viejos errores. Es la lección paulina (Rom 10,9) del "confesar con la boca y creer con el corazón". Para quienes hoy comandan a los fieles, en cambio, y como lo reclamaron meses atrás los obispos africanos a los fines de frenar las migraciones masivas, son menester «desarrollo y democracia». O nuestro impresentable presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, notorio pedisecuo del Jefe (si es a juzgar por sus declamados principios), que aboga con urgencia por «una cultura del encuentro, del diálogo y de la solidaridad» para sortear el caos de marginalidad y delincuencia imperante en nuestro medio. No ya la conversión de jueces y convictos, sino apenas «la aplicación de la ley en el marco de la Constitución» para consolidar «la vida de la democracia». Así, a falta de audaces golpes de timón histórico (audaces por santos y santos por audaces, como aquellos que antaño supieron dar los monarcas que azotaron a la herejía), el modernismo y sus engendros seguirán teniendo seguro asiento en nuestras cátedras episcopales.

sábado, 3 de mayo de 2014

LA MISERICORDIA DE ESTOS FARSANTES

Settimo Manelli (1886-1978) y Licia Gualandris (1907-2004),
padres de veintiún hijos, entre los cuales Stefano.
Está iniciada la causa de beatificación de ambos.
Una noticia que no necesita de glosas: al padre Stefano Manelli, fundador de la intervenida congregación de los Franciscanos de la Inmaculada (a él y su flagelada orden nos hemos referido ya otras veces, aquí y aquí), le ha sido negado, por parte del comisario apostólico Fidenzio Volpi, el permiso para visitar el pasado 1° de mayo -día de su cumpleaños- la tumba de sus padres, reconocidos por la Iglesia como Siervos de Dios.

Bueno, sí, una glosa que se impone como obvia: después de haber contrapuesto sofísticamente la misericordia a la doctrina y al culto, después de haber propugnado una Iglesia descuidada de las formas y libre de certezas dogmáticas a favor de una presunta "caridad más audaz", de una "Iglesia profética", la zarpa de estos hijos de la mentira viene a posarse, con toda la misericordia que sus entrañas pueden albergar, sobre los ejemplares más santos (se diría que en la pronta identificación de éstos se revela, sin la menor sombra de duda, la infalibilidad del actual pontífice). Y les dan sin asco, sin tregua y a destajo.

El padre Volpi, recibiendo
precisas instrucciones de Francisco

Fuente: http://blog.messainlatino.it/2014/05/pstefano-manelli-il-regalo-per-l81-suo.html

viernes, 2 de mayo de 2014

AL TRASTE CON LAS FORMAS

Todo es de una impudicia asombrosa en esta versión irreconocible de la Iglesia católica. Irreconocible a quien no hubiese sufrido con ánimo inmutable la declinante gradualidad de los tiempos: pensemos en un alma pía del 1914 que, en entrando a la parroquia a rezar unos minutos ante el sagrario, hallase en su interior el tugurio en que devino en nuestros días la otrora casa de Dios. El altar reemplazado por una mesa de manicura, el sagrario corrido a un costado, los afiches manuscritos al pie del ambón, el cotillón y las guitarras, la sensiblería de los feligreses y el cretinismo del celebrante, que ahora les da a aquéllos la cara (y la espalda al Señor) y les habla de fútbol y de valores cívicos... Esta azorada alma habría creído, sin dudas, que el templo estaba siendo profanado con un culto ajeno y desconocido.

Y es que la nota de catolicidad (universalidad) de la Iglesia reconoce al unum como principio formal: unus Dominus, una fides, unum baptisma. La pluralidad (entiéndase la pluralidad admisible: los demonios y los réprobos no integran el Cuerpo Místico) corresponde, en todo caso, a los sujetos y a las comunidades locales. Y más: esa universalidad abraza las coordenadas espacio-temporales, y no sólo las espaciales, como podría presumir quien no viese en la Iglesia mucho más que un vasto organismo político abocado a un ingente y sostenido esfuerzo centralizador. La universalidad de la Iglesia, no menos que al espacio, abarca al tiempo y las generaciones: de ahí la conocida fórmula de Lérins, «quod semper, quod ubique, quod ab omnibus». Sustrayéndole esta nota a la Iglesia, se le quitan todas las otras (a saber: unidad, santidad y apostolicidad), ya que todas se suponen recíprocamente.

Lo que se ha hecho con la Iglesia (merced a la consagración de un cierto método diacrónico con ínfulas de ciencia que se empleó para su vivisección) es volverla contra sí misma, erigida ella misma en tribunal contra su propia Tradición. A la historicidad inherente al hombre (y que, por tanto, afecta a la Iglesia) se la quiso traer por garante del más obtuso historicismo, y entonces se acabó por negar la presencia irradiante de lo eterno (irrevocable) en lo presente. Reino dividido, dislocado, reino tomado por asalto y entregado a la rapiña de los viles, de los mercaderes de lo sagrado en especies; viña pisoteada por los jabalíes; jardín otrora cercado, hoy presa de la agresiva apetencia de las cabras montaraces. Labrantío refinado con sucesivas labranzas, malogrado finalmente por la fiebre excavadora de legiones de vizcachas, de peludos.
El peludo, bestia capaz de abrirse un sendero
 subterráneo a fuerza de garfios, en minutos

Mesa en que se ponen los pies que acaban de hollar los corrales; casa tiznada por dentro y por fuera con el moho, el hollín y las deyecciones de moscas y cucarachas. Casa agrietada en toda su extensión, siniestrada por voraz incendio, y apagado éste a su vez por una riada incontenible de fango, con el mobiliario remanente patas arriba, chamuscado, y el hedor asociado del lodo y la ceniza. Lodo y ceniza que debieran evocar la penitencia («el polvo y el lodo han de servir de despertadores que me traigan a la memoria mi origen y la materia de que fui formado, imaginando cuando los viere, que me dan voces y me dicen: acuérdate de que eres polvo», padre Luis de la Puente), y en cambio, incomprensiblemente, suscitan en esta hora la hilaridad y los festejos.

Porque es la hora en que coinciden los daños más hondos y las estrepitosas risas, la persecución de la Iglesia a los mejores de sus hijos y la promoción de los depravados a los mayores cargos. Se han tocado lamentaciones (y lo ha hecho Nuestra Señora en las reiteradas apariciones reconocidas oficialmente) y no se ha llorado, y en cambio se ha reído a mandíbula batiente, como en las recientes turbo-canonizaciones en las que se llegó, por la lógica misma de las circunstancias, a canonizar en tiempo récord al pontífice responsable de simplificar al colmo los procesos, haciendo increíblemente innecesaria la certificación de la heroicidad de las virtudes del candidato a los altares por la eliminación de la figura del «advocatus diaboli». Pues cualquiera sabe que un milagro puede fraguarse, o bien puede admitir una causa ajena a la intercesión del sujeto en cuestión, pero el ser señalado como irreprensible: ¡esto es lo difícil, y lo que hace a la santidad tan preciosa y rara, y digna de rendida admiración! Y conste que ya lo había dicho el propio Juan Pablo II, y se lo repitió por estos días con irrisoria solemnidad: se canoniza a la persona, y no al pontificado, como si el pontificado no fuese el fruto probatorio de la virtud que se espera reconocer en el pontífice. ¿O acaso la piedad personal y la bondad de carácter de Luis XVI lo absuelven de la gravísima responsabilidad de haber permitido, por debilidad, el avance de la funesta revolución? Aunque rece el rosario todos los días y socorra con limosnas a las Damas de Caridad, un rey feble, ¿puede ser un prócer?

Digan lo que digan, lo que cualquiera advierte es que se canoniza al pontificado, y aun más: se canoniza al Concilio. Sin el menor asomo de rubor por lo burdo de la engañifa, que ahora resulta que a la misma Iglesia que tuvo sólo cuatro papas santos en los mil años previos al Vaticano II, de los cuatro difuntos papas postconciliares ya le hicieron dos, y un tercero con fecha próxima de beatificación, pese a las hirientes evidencias que debieran paralizar la causa. Y por si quedaran dudas de que la voluntad es ley, ahí está el neosanto Juan XXIII, que ni siquiera necesitó de un segundo milagro para treparse a los altares.

Viene a comprobarse, de pasada, una de las más ominosas facetas de la protestantización de la Iglesia: la que haría oportuna la aplicación, en la hora actual, de aquel lamentable principio de Cuius regio, eius religio, el mismo que se impuso en la paz de Augsburgo como una salida pragmática a la amenaza de un rebrote crónico de las guerras de religión en los dominios imperiales de Carlos V. Esto supuso sancionar, para los países protestantes, el finiquito de la catolicidad y la definitiva subordinación de lo religioso a lo político: la rápida subdivisión del cisma en iglesias nacionales es la prueba más tangible de ello. Para ruina de la Iglesia, los patológicos antojos de Bergoglio y la ñoñez del neo-católico medio hicieron posible la importación de la vieja fórmula, que puede traducirse en nuestro caso como «según lo piense Francisco, así habrá de creerse», incluyendo la más paladina revisión de la doctrina del pecado original, haciendo ahora a la desigualdad «la raíz de los males sociales» (ver aquí). Queda clara la escisión, la quiebra del vínculo con todas las generaciones que nos precedieron en la fe, el abandono de la catolicidad. Con razón el blogue angloparlante de Mundabor, con justo fastidio, después de asentarle al pontífice el remoquete de Destroyer ("Destructor"), se sirve recordar la enseñanza genuinamente católica acerca del origen de los males sociales: «la rebelión a la ley de Dios de parte de nuestros primeros padres -una rebelión que todos arrastramos con nosotros, y que está en la raíz misma de la pecaminosidad del hombre- es la que ha causado al mundo el ser afectado por guerra, hambre, peste, pobreza, pervertidos, comunistas, curas del Vaticano II y Jorge Bergoglios. El mensaje cristiano ha sido siempre claro».

Se impone a la vista: la Iglesia ya no sólo se ha dejado invadir por el virus mortal, sino que incluso ha dado al traste con las formas. La desvergüenza lo invade todo. No bastaba que la deriva postconciliar hubiera visto decaer dramáticamente las vocaciones religiosas, hubiese olvidado el decoro de las celebraciones y la pureza de la doctrina: ahora debemos tragarnos las veleidades de las monjas pop-stars y las coreografías con obispos bailando el ula-ula. Para coronar la obra, un triunfalismo tan impúdico como canallesco viene a encubrir a los responsables últimos, ofreciéndolos como modelos a imitar.

¡Dejen respirar!
Pasa como en el transporte público de pasajeros en las "horas pico", con la unidad atiborrada de gentes que viajan como sardinas enlatadas, y el aire falta, y los pulmones gimen por una bocanada de aire fresco. No va que en esas circunstancias opresivas, paroxísticas, no falta el gracioso oculto que se pone a pedorrear, como quien quisiera hacer sucumbir con crueles bromas a los agonizantes.

Algo así nos resulta el pontificado de Destroyer y sus socios en la empresa de demoliciones. Que si continúan dispuestos a contrapuntearle a la crisis con jaranas, habrá que temer les repliquen desde arriba con nuevos signos de advertencia, en una santa porfía que involucra a las causas segundas como actores. Algo muy grave debe estar exigiendo que el acostumbrado silencio de Dios ceda el paso a la elocuencia de los signos, desde aquel rayo sobre la cúpula de san Pedro el día de la renuncia de Benedicto, a la gaviota (larus argentatus) posada en la chimenea de la Sixtina momentos antes de la fumata blanca -misma ave que, acompañada de un cuervo, atacó a una paloma soltada desde la ventana de la Loggia posteriormente por Francisco. Para no aludir a la desgraciada muerte de un joven residente en la calle Juan XXIII de Bérgamo, dos días antes de la canonización conjunta de Wojtyla y Roncalli, aplastado por un crucifijo erigido en 1998 en honor de Juan Pablo II con ocasión de su visita a Brescia (cuna del próximo beato Paulo VI). La última, un día antes de la doble canonización, fue la mutilación de una mano de la Madonnina de Civitavecchia (otrora honrada por el papa polaco) por la caída inopinada de la corona de oro que llevaba sobre su cabeza.

El valor de estas curiosas evidencias, se descuenta, es persuasivo más que probatorio. La escalada, con todo, se anuncia imparable. Dios también parece decidido a dar al traste con las formas, es decir, con la serena disposición habitual de las cosas. Huelga decir que el Señor apuntaba al creciente dramatismo esjatológico cuando previno, para nuestro mayor consuelo, aquello de maiora videbitis.


jueves, 24 de abril de 2014

FRANCISCO Y EL TELÉFONO

¡Mirad cómo un fuego tan pequeño es capaz de incendiar un tan grande bosque!, clama el apóstol (Santiago 3,5). Dígase lo mismo de un invento tan extendido como el de Graham Bell, que por estas horas está revelando una virtualidad insospechada. En efecto, nadie creería posible abatir a una ciudad no con bombas, sino con guijarros. Queda demostrado, sin embargo, que los humildes guijarros concentran un amplio poder detonador, disponible a la mano, a la mira, a la persona de quien los lanza.

Una jugada maestra -dicho sea sin ironías- para ir condicionando las conclusiones del próximo sínodo de los obispos, para remachar la persuasión de que los resultados de la vasta asamblea episcopal son del todo obvios. Al fin de cuentas el cardenal Kasper, favorito de Bergoglio, ya había proferido su ultimátum: «si repetimos sólo las respuestas que siempre se han dado [i.e.: la no admisión de los divorciados en nueva unión a la comunión eucarística], esto llevaría a una terrible decepción. Los testigos de la esperanza no podemos dejarnos guiar por una hermenéutica de miedo. Se necesita coraje y sobre todo la confianza (parresía) bíblica. Si no lo queremos, más bien, entonces no deberíamos tener ningún sínodo sobre nuestro tema».

La táctica es prolijísima, tanto que no deja de sorprender cuántas connotaciones resultan de un acto en apariencia tan irrelevante como una llamada telefónica, no menos que del elocuente silencio posterior, cuando el alud de las repercusiones hubiera hecho esperar una pronta desmentida oficial. Así, los que pujan por cambios en la disciplina de los sacramentos se ven alentados por ese silencio, que no niega la veracidad de la versión; por contrarias razones, los beatos que entierran sus sesos en la arena se ven fortalecidos en su confianza, porque el silencio no alcanza a confirmar lo que se rumorea. Y Francisco resulta incólume, y aun queda como un gran tipo: se interesa personalmente por la suerte del más remoto morador de provincias, siempre superior al protocolo y a las normas que rigen su estado, y alienta una reforma radical de la Iglesia en el sentido de la misericordia, de cuya existencia podría considerárselo el redescubridor. Su desdeñoso silencio tras de los tiquismiquis desatados por su paso es la porción olímpica, señera, que le corresponde como licencia a su notoria humildad. Él no tiene por qué andar dando explicaciones: aunque haya depuesto casi todo signo de su dignidad pontificia, aunque haya trocado los apartamentos papales por un sencillo residencial compartido, y vista zapatos raídos y lleve consigo a todos lados el bolso con sus pertenencias, es el Papa, ¡qué tanto!, y se le concede lucir -según su justo arbitrio y cuando así le plazca- la placidez de yeso de las demás estatuas.

Se tienen abundantes pruebas del daño monstruoso que afecta al psiquismo de los sujetos ungidos por el star system. Esa publicidad continua, la vivencia artificial de las alturas y el vértigo de la popularidad suelen confirmar a sus desdichados experimentadores en la ilusión de que su voluntad es ley. Es la misma hybris que otrora inspiró la conocida bravata de los Beatles ("somos más populares que Jesucristo") la que viene ahora a enseñorearse del pontífice para persuadirlo de que puede revocar la enseñanza explícita de nuestro Señor acerca del adulterio. La invariable propensión patológica de las masas a ser engañadas y la habilidad para suscitar golpes de efecto harán el resto en la consecución de esta pesadilla.

Marshall McLuhan supo describir al príncipe de este mundo como a «un diestro ingeniero electrónico». ¿A quién le cabe alguna duda de que es no menos perito en las comunicaciones de masas?


NOTA: Recién después de un día y medio de verse abarrotadas las agencias informativas con repercusiones de la presunta llamada telefónica de Francisco, la Oficina de Prensa de la Santa Sede emitió un comunicado que la impericia interpretativa de los periodistas de casi todos los medios entendió como una desmentida, cuando en realidad no afirma ni niega nada (lo que, vista la gravedad del caso, equivale a una elíptica confirmación). Así de lacónico y esquivo el texto:  “En el ámbito de las relaciones personales pastorales del Papa Francisco ha habido diversas llamadas de teléfono. Como no se trata absolutamente de la actividad pública del Papa no hay que esperar informaciones o comentarios por parte de la Oficina de Prensa. Las noticias difundidas sobre esa materia -ya que están fuera del ámbito propio de las relaciones personales- y su amplificación mediática no tienen por lo tanto confirmación alguna de fiabilidad y son fuente de malentendidos y confusión. Por lo tanto hay que evitar deducir de esta circunstancia consecuencias relativas a la enseñanza de la Iglesia."

Juzgue, pues, el buen entendedor.

miércoles, 23 de abril de 2014

UNA IGLESIA QUE MENDIGA EL PERDÓN DE SUS ENEMIGOS

Los hospitales, con ser ámbitos para la cura de las enfermedades, lo son también -cruel ironía, y despiadada- de su propagación. ¿Quién no escuchó hablar de esos temibles "virus intrahospitalarios" que a menudo acaban con la salud y aun con la vida de pacientes internados por un cuadro menor? Que la Iglesia, en palabras ya bastante celebradas de Francisco, deba asimilarse a un "hospital de campaña", reclama la atención sobre este indeseable aspecto que, no por secundario, es menos apropiado a la realidad de todo nosocomio.

Juan Pablo II en el muro de los lamentos
Cunden virosis de todas las cepas y calibres en este "hospital" que no acude a las defensas, y que ha visto declinar precipitadamente la disciplina del personal. Y aunque no sea el caso de ensayar un inventario de morbosidades en imparable auge, valga señalar una de reciente erupción y que se anuncia demoledora en lo sucesivo. Se trata del «pedido público de perdón» (morbo cuya nomenclatura, en lo sucesivo, abreviaremos con la sigla PPP), ocurrencia de Juan Pablo II que, en marzo del rotundo año de 2000, con la proclamación de la llamada Jornada de Perdón, manó un documento encomendado a la Comisión Teológica Internacional con el bombástico título de Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado, y que fuera saludado en nuestra arquidiócesis de Rosario, con obsecuencia ejemplar y locuela desenfadadamente insulsa, como a documento con el que «se ha abierto una nueva etapa en la forma católica de releer la historia de la Iglesia» (P. Hernán J. Pereda, cpcr. 2000 años de Cristianismo. Historiograma del camino de la Iglesia, 11ª edición, Fecom, Madrid, 2007). Sería la ocasión de comprobar cuánto, en la Iglesia post-conciliar establecida y a expensas del llamado neo-conservadurismo eclesial, las pestes se reclamen unas a otras: cuánto el mimetismo haga yunta con la memez y el entusiasmo inane vocee los encomios más arrebatados. Pero no queremos desviarnos tan impunemente del tema.

Aquel documento, mirante a propiciar una así llamada «purificación de la memoria» con ocasión del Jubileo, abunda en consideraciones, en rigor, bien ponderadas. Distinguiendo el perdón sacramental y las indulgencias -que revisten siempre un carácter personal- de este reconocimiento de culpas históricas de la Iglesia en la persona de sus hijos, no elude la necesidad para ello de un
«correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando.»
Nada, pues, de ofrecerse en bocado a los escualos así nomás. Incluso, y luego de reiterar la necesaria correlación de juicio histórico y juicio teológico, y de señalar los principios ineludibles en la consideración de los hechos del pasado pasibles de revisión y disculpa (principios de conciencia, de historicidad, de "cambio de paradigma", que impiden trasponer indebidamente sucesos de unos a otros contextos, afectando así su significación), se recuerda que
«el destinatario de toda posible petición de perdón es Dios, y que eventuales destinatarios humanos, sobre todo si son colectivos, en el interior o fuera de la comunidad eclesial, deben ser identificados con adecuado discernimiento histórico y teológico, sea para realizar actos de reparación convenientes, sea para testimoniar ante ellos la buena voluntad y el amor a la verdad por parte de los hijos de la Iglesia»,
evitando que «actos semejantes sean interpretados equivocadamente, como confirmaciones de posibles prejuicios respecto al cristianismo», y rehuyendo asimismo «la puesta en marcha de procesos de autoculpabilización indebida».


Hasta aquí, parecería no haber nada que objetar. Baste sólo atender que quienes en su momento lamentaron la publicación de este documento no lo hicieron tanto en función de su contenido (que aun sus partes más discutibles podían soslayarse, con un poco de paciencia, al abrigo de pasajes como los precedentes, que podían ofrecer su más correcta pauta hermenéutica), sino de su oportunidad. La sazón elegida era, huelga decirlo, la de una rabiosa ofensiva laicista aún hoy en pleno vigor, con una multiplicación extenuante de los intentos de desacreditar a la Iglesia. Era demasiado previsible que el documento fuese acogido por los medios de masas tal como se lo hizo: como un disculparse la Iglesia por la Inquisición y las Cruzadas, por la evangelización de América y por el poder temporal del Papado. Y esto, aparte de los pérfidos intereses en juego, debe imputarse a ese carácter liberal que lo impregna y lo tiñe todo en la Iglesia desde hace decenios, carácter que les da a los mismos pontífices una fisonomía bifronte, una desconcertante aptitud para decir una cosa y sugerir a un mismo tiempo la contraria. La impresión que deja la lectura de «Memoria y reconciliación...» es (a la postre, y pese al señalado recaudo de evitar una innecesaria autoflagelación ritual) que la Iglesia abjura de una parte importante de su pasado, asumiendo las falaces imputaciones que sobre el mismo volcara el Iluminismo. En fin: podrá admitirse que el juicio acerca de la validez del documento -que carece de valor propiamente magisterial- varíe un más o un menos por un quítame de allí esas motas; son los reparos a su conveniencia los que finalmente se imponen, y lo hacen con el más fundado de los realismos.

No fue el primer episodio de PPP en la historia de la Iglesia. Como lo recuerda el documento, ya
«en el discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio, el Papa [Paulo VI] pide perdón a Dios [...] y a los hermanos separados de Oriente que se sientan ofendidos por nosotros», 
ejemplo -como se ha visto- imitado y extendido con la máxima latitud posible por Juan Pablo II en la ocasión que reseñamos. La brecha que se abrió entonces, tal como era de esperar, tenía todo a favor para ensancharse.

Lugones, hacia los años treinta del pasado siglo y horrorizado ante los frutos de la escolaridad "normalista" impulsada por Sarmiento, afirmaba que la degradación de la inteligencia de los argentinos era mensurable década tras década. En la Iglesia de nuestros días, aplicando el símil y viendo precipitado el ritmo hasta la exasperación, habrá que decir que se alcanza una nueva cota descendente no ya cada diez eternos años, sino a cada bienio transcurrido. A trueque de aquella Comisión Teológica presidida por el entonces cardenal Ratzinger, hoy tenemos documentos pontificios como la Evangelii Gaudium, firmada por Bergoglio pero salida en buena parte -según dicen- de la vulgar sesera de un Tucho Fernández, a quien por colmo no le repugnó autorreferenciarse en uno de los párrafos. Así ahora Francisco, urgido por la apremiante situación creada por los clérigos pedófilos y pisando el pedal aparejado otrora por Wojtyla, salió a pedir público perdón por los abusos de sacerdotes contra menores. Lo que ya no consta, en estos convites de prensa tan mundanos -y tan impropios de la dignidad del cargo-, es lo que todavía podía afirmarse catorce años atrás: que «el destinatario de toda posible petición de perdón es Dios». Hoy se habla a interlocutores meramente humanos, prevaleciendo para con ellos la más indecorosa prudentia carnis, el mal disimulado afán de congeniar a cualquier precio.

Entiéndase: es menester que el pontífice se pronuncie sobre estos casos, y no podría hacerlo sin pedir, en nombre de la Iglesia, el debido perdón a los afectados. Lo que debe cuestionársele es no haber extendido la petición de perdón a la apostasía reinante entre los ministros sacros, que es el hontanar del que manan estos delitos. El no haber solicitado la colaboración de las autoridades civiles en la lucha contra este flagelo, instándolos a acabar de una vez con la promoción de la perversión sexual. El no habérsele ocurrido invitar a los líderes de otras religiones a imitar su gesto, especialmente en las filas de su tan mimado judaísmo, en que han cundido numerosos casos de rabinos dados al abuso de menores sin que los medios de prensa les dedicasen tan subida atención.

Que monseñor Sturla ceda los confesionarios 
a sus amigos feminoides, para que éstos 
absuelvan a los reos del pecado de "homofobia"
Un largo paso más lo dieron, envalentonados, los obispos uruguayos, y lo hicieron apenas transcurridos tres días del PPP de Francisco, como para que después no se hable de contagio ni de effectus Francisci sive letalis magnovirus bergogliensis. Según reza la noticia, monseñor Sturla, el flamante arzobispo de Montevideo nombrado recientemente por el Santo Padre, se reunió «con dirigentes de los colectivos gays y transexuales del país» para pedirles «disculpas en nombre de la Iglesia Católica» por las continuas agresiones verbales recibidas desde la Iglesia. Queda trágicamente claro qué de vendavales prorrumpieron a través de la rendija abierta otrora por Montini y agrandada luego por Wojtyla.

Lo que no se sabe es de dónde sacará esta maldita jerarquía, tan dispuesta a pedir perdón a quienes no debe por lo que no debiera, las palabras para impetrar sí el perdón de ese divino Rostro que se obstina en escupir. De dónde obtendrá la moción, una vez enterrado el carisma ministerial bajo varios estratos de estiércol, para sentir verdadera compunción por sus vilísimas traiciones.