lunes, 1 de diciembre de 2014

EL PAPA QUE NO QUERÍA A LOS SACERDOTES

por Antonio Margheriti Mastino
(traducción por F.I.)

[Nota: en aras de la resistencia activa que este ruinoso pontificado nos despierta y urge, reproducimos este jugoso artículo aparecido hace unos días en un medio italiano. El autor aclara que hace meses no publica nada acerca de Francisco y las cosas de la Iglesia, y que después de escritas estas líneas volverá a llamarse a silencio. El original puede consultarse aquí).



CALÍGULA


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Debe haber sido a fines de octubre. Mediodía. Corte de los milagros y feria de las vanidades de Santa Marta. El Papa Bergoglio, gran comilón, entra en el restaurante con su séquito de trepadores clericales medio apóstatas (para una mejor escalada, sin el fardo de la fe sobre los hombros). Avanza frenético e imperioso. De repente afloja el ritmo. Y arroja una mirada sobre un pobre curita en sotana que, sentado en una mesa, estaba consumiendo su comida. Lo escanea con aquella suya mirada gélida que las personas cercanas a él -pero no íntimas suyas- le conocen cuando las cámaras de televisión se apagan y, de repente, mientras sigue caminando, se dirige a uno de sus pretorianos y ordena: «¡aquel sacerdote no me gusta! ¡Que no lo vea más aquí!». Calígula. Que no teniendo esta vez un caballo para condecorar con el laticlavio senatorial, se contenta con privar de forraje a un anónimo curita. Lo curioso (es más, lo triste) es que ni siquiera sabía quién era aquel pobre curita allí en sotana -en un ambiente en el que incluso el papa anda de civil, según alguno cuenta- que comía su plato de pasta. Sin duda tenía que ser un santo. Algo en el estómago de Bergoglio se revolvió. ¿Y qué? Porque estas cosas aquí, en Santa Marta, trátese de obispos o sacerdotes, ocurren muy a menudo: sé de obispos que dejaron la suite imperial entre lágrimas. Y no por la emoción.

A menudo acude a mi mente, en estos días en los que debo tomar (y tal vez haya tomado) una decisión difícil al respecto, la observación de santa Catalina de Siena. Cuando se hablaba de cómo se debía reaccionar ante un papa difícil de seguir -y no por culpa de los fieles, sino del mismo papa-, ella le respondía al confesor: hay cosas que podemos decir sobre el papa y del papa, y otras que no podemos decir porque es el papa legítimo (cosa por lo demás difícil de resolver en sus aviñoneses tiempos), pero podemos orar allí donde no podamos hablar. Una lección que, en todo caso, el papa Bergoglio tendría que aprender para sí mismo: habla demasiado, y -como él mismo lo admite- le queda poco tiempo para rezar, y se queda fácilmente dormido cuando lo hace. Debiera tratar de hacerlo de rodillas: tal vez permanecería despierto.

«¡Luchad, luchad!», les dice a los anarco-comunistas de los centros sociales; «haced lío, rebelaos, criticad», les dijo a los apacibles jóvenes católicos en la Iglesia salesiana de Términi, en Roma. «Las críticas hacen bien», le dijo por teléfono al bueno de Mario Palmaro. Él mismo, siendo cardenal, cuando venía a Roma se hacía contar todos los chismes del "Palacio", y ahora sabemos que no era sólo por curiosidad que quería saber. Nos disculpará entonces el papa Bergoglio si también nosotros nos acodamos al "chismorreo" que él siempre censura en tren de charla, y que -va de suyo- él mismo desencadena. Y que, como admitió el cardenal Burke, lo hace a propósito, para luego tenderse con los brazos cruzados a disfrutar del espectáculo de las diatribas que provocó al día siguiente con las cosas contradictorias que "por casualidad" declaró el día anterior. No es sólo diversión: es uso científico del chismorreo. Un día voy a explicar por qué lo hace.


EL SIDA DE LA IGLESIA: LOS JESUITAS

Sólo Dios sabe lo mucho que odio a los jesuitas.

Estaba leyendo anoche las memorias del cardenal francés del siglo XVIII, François-Joachim de Bernis. Tal vez no sea sincero en su sobriedad, negada elegíacamente, por lo demás, por su amigo Casanova (fue embajador del rey de Francia en Venecia) en las porquerías que éste escribió, que aún hoy se hacen pasar por literatura. Pero las virtudes de la ciencia y la prudencia no le faltaban: una sutil mente política y diplomática, que supo evitar muchos conflictos y muchos más habría ahorrado si lo hubieran escuchado más en la corte, y ciertamente Dios habrá querido tenerlo en cuenta, esperamos, cerrando un ojo a las supuestas flexibilidades de sus pudenda. Y en cualquier caso, aceptó perderlo todo (dinero, bienes y títulos, así como la patria), negándose a firmar su rendición a la constitución civil del clero impuesta por los revolucionarios franceses. Murió en Roma en el exilio, sin añorar lo que otrora había sido.

¡Tanto hizo, santo varón!, en el cónclave de 1769 para que se eligiera a un Papa contrario a los jesuitas, virus de inmunodeficiencia de la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre.Y lo logró con el desafortunado Clemente XIV. Un franciscano. Que, efectivamente, suprimió a la Compañía y murió luego entre miles de sufrimientos, algunos dicen que envenenado. Por obra de los jesuitas, claramente, dijeron siempre sus contemporáneos: no creo que sea cierto, pero sé que los jesuitas, si hubiesen querido, habrían sido absolutamente capaces: su amoralidad es conocida desde siempre y por todos, por esto los reyes los expulsaron, las aristocracias siempre les desconfiaron y el pueblo no los quiso nunca: porque son retorcidos, y tarde o temprano perversos, insinceros y dobles en todos los casos. Como bien lo comprendió Blaise Pascal.

Que su obra nunca haya sido acompañada por la gracia, lo demuestra el hecho de que todos los fuegos de paja que encendieron por todas partes, a menudo con artificio y simulación (en Asia, la India, Japón, China, en todas partes), se apagaron como estopa apenas se fueron, y no quedó nada: Dios sopló sobre sus hechizos y los disolvió. Pío VII, finalmente, unas décadas más tarde, restableció a los jesuitas volviendo a poner de pie a la triste Orden: terminó encarcelado y enviado al exilio. Casi un castigo divino.

Hoy tenemos a un jesuita en el Trono, al cual, concluidas las votaciones, se le aconsejó tomar el nombre de Clemente, como "vindicador" -vengador pues, palabras del Jesuita-, por el benemérito papa que suprimió a su Orden: Clemente XIV. Pero también podría ser que el nombre de Clemente reflejara mal su ánimo. Y de hecho suspendió (fue él quien lo mandó así) a los mejores franciscanos: los de la Inmaculada. Como "vengador", no siendo "clemente".

Hace unos meses, una estudiosa que entiende de Órdenes religiosas, señalando estos últimos tiempos con un papa jesuita, casi me hizo estremecer por las conclusiones que extrajo fríamente: «yo sostengo lo mismo que algunos santos han dicho de los jesuitas, a quienes también tenían en el garguero: ¿por qué el Señor habría querido a la Compañía de Jesús sino para acelerar su última venida? ¿Y cómo podría ocurrir esta aceleración sino con una Compañía que, tomando literalmente el Evangelio, remase a menudo contra la Iglesia terrena?».

Palabras duras que, a conciencia, considero verdaderas. La conciencia... esta gran olvidada por la Iglesia del post-concilio delirante, aquel que sin embargo atizó fuego y llamas por la "libertad de conciencia" en temas religiosos (entre otros, y en una y otra vertiente, la progresista y la conservadora, desconociendo su naturaleza y trocándola por una especie de bon ton religioso, cuando no por un general "romped los esquemas", ya que toda verdad sería relativa). Esta reina y tesoro de la catolicidad, la Conciencia, reducida a esclava de cualquier moda y de cualquier poder, justo en el momento en el que se pensaba liberarla de "cadenas" imaginarias que, por ello, nunca había tenido antes.


NO LE GUSTAN LOS SACERDOTES. ESPECIALMENTE SI SON ITALIANOS

Hablábamos del papa Bergoglio. Lo sabemos: no le gusta la Iglesia católica así como es y como era, no le gusta Roma, no le gustan nuestras costumbres, detesta a nuestros obispos connacionales (no en todos sus detalles, no sea que los latinoamericanos resulten peores), no le gustan las monjas de clausura (y por esto mandó desmantelar gradualmente la clausura), no le gustan los muy devotos, no le gusta el catolicismo identitario, no le gustan las misas en latín, no le gustan las luchas-marchas-rosarios pro life; en la práctica, no le gustan los católicos. No le gusta nada de nada, excepto las extravagantes, superficiales y ya comprobadamente fallidas ideas liberal-pentecostales que tiene en mente: le gusta el sentimentalismo, en el sentido propio latinoamericano, es decir: no los buenos sentimientos sino la representación enfática y teatral de éstos. La hipocresía, se hubiera dicho en otros contextos, si no se supiese que los sentimentalismos, más bien que un buen corazón, ocultan los nervios débiles.

Pero por encima de todo, no le gustan los sacerdotes: el sacerdote clásico. Besos y abrazos y augurios de buen ramadam a los imanes, visitas de amistad a los pastores evangélicos, besos en las manos de los rabinos, pero a los sacerdotes católicos sólo patadas en los dientes. ¡Cada santa mañana! Ahora los echa también del restaurante de Santa Marta. ¡Mi madre, cómo los acomoda cada día, apenas sale el sol, en aquellos que se hacen pasar como "sermones" y que a menudo parecen sólo difamación diaria, científica, sistemática de aquellos sacerdotes que como pontífice debería alentar y proteger! Los sacude, los insulta, se burla de ellos y los ridiculiza delante de todos, incluso a veces los trata de "pedófilos", los trata como a siervos tontos, trapos para los pies.

Sólo ante dos sacerdotes se ha inclinado a besarles literalmente manos y pies: ante aquel empresario de lo políticamente correcto de izquierdas que es don Ciotti, y ante otro viejo cura nonagenario conocido por su homosexualismo y por haber actuado de megáfono para todas las modas ideológico-clericales del momento, de la comunista al gender.

Me escribió un sacerdote genovés:

«a mí me enseñaron que coram populo se defiende siempre y a toda costa la propia familia, la propia hacienda, los propios colaboradores, supuestos todos los etcétera. Luego, en sede idónea, se lavan los trapos sucios, y aun se desinfectan. Pero no se difama a la institución de la que se es cabeza».



LA FÁBRICA DE LAS NO-NOTICIAS: SANTA MARTA

La otra mañana de nuevo. Montó sobre el pedestal de las vanidades en Santa Marta, y olvidando que él mismo es un sacerdote como todos los otros se atrevió a decir, y dijo, entre otras cosas: «sabemos lo que dice Jesús a aquellos que son causa de escándalo: 'es mejor ser arrojados al mar'». Y entonces los periódicos titulan, literalmente: «Papa: que arrojen al mar a los sacerdotes». Siempre habla de dinero: está obsesionado.

Aparte de que Jesús a nadie dijo que tirase al mar a nadie (en todo caso tirarse solo), ¿de qué está hablando? ¿Dónde es que ocurren estas cosas? Yo no las he visto nunca en torno, y ¡diablos si no entiendo de Iglesias, si no soy a menudo y de buena gana un azotador, si no denuncio lo que debe denunciarse! Nada, no existen: Bergoglio hojea los periódicos todos los días, lee maniáticamente todas las noticias que se refieren a él, luego subraya los artículos -a menudo de periódicos anticlericales- que montan pamplinas sobre los sacerdotes, o al menos distorsionan y exageran anómalamente los hechos. Él los memoriza, los reelabora, y luego los usa (para fines que son bien conocidos por él, y ahora también por mí). Haciendo una no-noticia, un dato colectivo de una realidad simulada e hipotética, un hecho incontrovertible, endémico. Es la des-realidad de un pontificado que se juega todo en los efectos especiales y en los juegos de espejos mediáticos. El festival del peor lugar común de bar proyectado sobre el de Santa Marta.

No-noticias lanzadas como piedras sobre los consagrados, que al desenvolverlas dejan sólo un gran vacío: vacío como aquella valija (¿qué había dentro? Nada, papeleo) que Bergoglio llevaba consigo en los aviones en los viajes papales. ¿Para qué servía una maletilla vacía? Para aparentar, para simular, para crear artificialmente una noticia, añadir un ladrillo al monumento, un cincelado al becerro de oro, para representarse mediáticamente a sí mismo. Y a la iglesia que vive en su imaginación post-católica, pero que -a esta sí- se propone concretizar. A través de los medios de comunicación. Se la crea a designio y se hace a sí mismo a un lado cuando el "tiempo" que tiene en mente haya llegado. «Pero Dios tenía otros planes», está escrito en las presuntas profecías de la Emmerich.


JORGE MARIO LUTERO: LA NUEVA "VENTA DE LAS INDULGENCIAS"

En el mismo artículo tomado de la "homilía", leo: «Y el escándalo: cuando el Templo, la Casa de Dios, se convierte en una casa de negocios, como en aquellas bodas: se alquilaba la iglesia». Curioso que quien habla sea el mismo personaje que hace unas pocas semanas, sin preguntar a nadie, motu proprio arrendó nada menos que la Capilla Sixtina, que es la iglesia de las iglesias, a la Porsche -la compañía de automóviles- para filmar sus publicidades comerciales.

«Me gustaría una iglesia más pobre», dijo al inicio de su pontificado: como de costumbre, los buenos sentimientos (es decir, las demagogias cripto-marxistas) favorecen siempre los buenos negocios. Como bien lo saben, últimamente, en el IOR y en el Vaticano, que se ha convertido en el paraíso de los lobbies financieros extranjeros -de ser ese banquito para sacerdotes que fue hasta hace unos pocos meses- gracias a Bergoglio y a los amigos a quienes debe su elección.

«Han transformado la casa de oración en una cueva de ladrones». Decía el otro día, entonces. Los sacerdotes, siempre, es culpa de ellos: palabra de uno que nunca fue párroco, prefiriendo ser el caudillo de los otros jesuitas argentinos, de los que fue finalmente alejado, dados los desastres y la rebelión general que había generado con sus métodos brutales entreverados de superficialidad. Y añade: «¿cuántas veces vemos, entrando en una iglesia, incluso hoy día, que hay una lista de precios?».

¿A quién se refiere exactamente? No habla de nadie -lo que es peor, no se refiere a hechos: él secuestra y hace suyo, cabalgándolo, un vendaval mediático, un lugar común laicista, una leyenda metropolitana, y se fortalece con la oleada mediática de retorno. ¿Para qué le sirve toda esta fuerza que succiona de las cosas, dejándolas poco a poco exánimes? Yo lo sé, lo he entendido, pero no lo voy a decir aquí.

¿Dónde, pues, se inspiró para este asunto? Claro: en los periódicos que exponían la media farsa y la media broma de un párroco, un no-evento sucedido en Lucania. No es que no haya sacerdotes venales; como siempre y como en todas las categorías, hay ladrones y los habrá siempre: recientemente un sacerdote de la Toscana pidió € 800 para celebrar un matrimonio en su hermosa iglesia. Pero no es que hubiese publicado las tarifas para embolsar ilícitamente el dinero que probablemente despilfarra manteniendo a sus prostitutas privadas (tal vez incluso embarazadas), a escondidas. Como los estafadores. Pero, ¿se puede hacer de un simple caso individual un dato colectivo?

¿Tendremos entonces que decir que porque el Papa promovió a su corte a un monseñor de cuyo currículum la única gloria son las intrigas de luces rojas, certificadas por la policía aquella vez que lo hincharon a golpes en un escuálido local gay, tendremos que decir que el papa es un promotor de la prostitución masculina? Habiendo llamado a Roma, eligiéndolo del montón, a un sacerdote español no sólo ultraprogresista sino pornócrata -jactándose de esto en los periódicos-, ¿debemos, por tanto, decir que todos en el Vaticano, empezando por el papa, son unos cochinos?

Hay que decir que sacerdotes ladrones, cuando los hay, se los encuentra a todos afiliados en las filas del clero más liberal y progresista: es decir, los principales patrocinadores de Bergoglio y de su culto.

Yo en mi vida y por muchos años he sido monaguillo, de ojear estrechamente, a 360 grados, la parroquia. Y el párroco (he visto párrocos como el mío) decía a los esposos: «los costos de la boda son 50.000 liras, pero si no tenéis no cuenta». Un día quiso escribir sobre la caja de las ofrendas: quien tiene ponga, quien no tiene tome. Era un ferviente sacerdote, mariano y conservador en punto a costumbres. Un sacerdote católico como la mayoría, la mayoría de los buenos sacerdotes. ¿Pero qué le importa a Bergoglio, que dice odiar toda ideología confundiendo con ésta incluso a la Doctrina, y mostrando que el primer ideologizado es justamente él?

Leo y releo aquella frase epicentral de aquel texto que antes de ser gran literatura es profecía de un gigante espiritual, Soloviev, El relato del Anticristo: «él creía en Dios, pero en el fondo de su corazón, se prefería a sí mismo».


IMAGINAR TARIFARIOS EN ITALIA, NO VER LA SIMONÍA EN ALEMANIA

Prosigue el ex arzobispo de Buenos Aires, diócesis mandada a default justamente por Bergoglio: «Cuando aquellos que están en el Templo -sean sacerdotes, laicos, secretarios, pero que tienen que gestionar en el Templo la pastoral del Templo- se vuelven traficantes, el pueblo se escandaliza. Y nosotros somos responsables de esto. Incluso los laicos, ¿eh? Todos. Porque si yo veo que en mi parroquia se hace esto, tengo que tener el valor de decírselo en la cara al párroco. Y la gente sufre aquel escándalo. Es curioso: el pueblo de Dios sabe perdonar a sus sacerdotes. Cuando tienen una debilidad, cuando resbalan en algún pecado... sabe perdonar».

¿Entendisteis el mensaje en código? Que los sacerdotes no se centren en los "sacramentos", sean condescendientes como consigo mismos y con ellos lo son los laicos. ¿Se entiende o no que está hablándole a la nuera para que la suegra entienda? ¿Que todavía no ha digerido la píldora amarga del sínodo? Bueno, ahora nos faltaba esto: los sacerdotes, despiadados, que "no perdonan", y los laicos, pobrecitos que no sólo están llamados a juzgarlos, sino incluso a perdonarlos magnánimamente. Chismorreos que nada tienen que ver con la realidad.

Si pensamos que es el mismo papa aquel que desde que momentáneamente perdió la partida del Sínodo no se da tregua, y calma su ira buscando cabezas para cortar y ¡caramba si no las corta!

Si es el mismo papa elegido por los cardenales progresistas alemanes, que él instrumentaliza dejándose instrumentalizar, y que del dios Mammon y de la simonía han hecho su divinidad mayor y su sacramento único: iglesia entre las más ricas y progresistas del mundo la alemana, con miles de empleados, con sacerdotes que ganan incluso más de € 4.000 por mes, y que se atrevieron a lo imposible.

Como escribí en su momento, también el amigo Antonio Socci (y algunos, antes de hablar mal de su libro sin haberlo leído, y de citar indebidamente su nombre, deberían enjuagarse la boca con lejía) ha reiterado ayer en su página de féisbuc:

¿Dinero y sacramentos? Querido papa Bergoglio, opóngase a las desconcertantes decisiones de los obispos alemanes (como lo hizo Ratzinger) en vez de denigrar a nuestros párrocos. ¡Aquellas sí que son una vergüenza! No sé si las hay en la Argentina, pero yo francamente en Italia nunca vi una iglesia con una lista de precios... Por supuesto, la denuncia del papa subraya una cuestión real (la gratuidad de la gracia y, por lo tanto, de los sacramentos), pero en esos términos corre el riesgo de sonar como una denigración de los pobres párrocos. Señalaría en cambio al papa Bergoglio un caso mucho más desconcertante de mala relación entre los sacramentos y el dinero, referido a la Iglesia alemana. En tiempos de Benedicto XVI la Santa Sede se opuso a estas decisiones de los obispos alemanes. Sería el caso de que el papa Bergoglio se ocupase de ellos, en vez de avergonzar a los párrocos. Además, él conoce bien al episcopado alemán, porque es precisamente aquél, muy progresista, el que ha sido su principal promotor en el Cónclave y el mayor defensor de la tesis kasperianas en el Sínodo. He aquí, en una página tomada de mi libro No es Francisco, lo que sucede en Alemania:

«Con el debido respeto a la proclamada "Iglesia de los pobres", la Iglesia alemana es una verdadera potencia económica, ya que disfruta de colosales ingresos del Estado... una cifra seis veces superior al ocho por mil de la Iglesia italiana, aunque la Iglesia alemana esté compuesta sólo por 24,3 millones de católicos (menos de la mitad en comparación con Italia). También el mecanismo es diferente. En Alemania -con el debido respeto a la separación de Iglesia y Estado, tan exaltada por los progresistas- es un impuesto contante y sonante que se impone a los que se inscriben en el censo como católicos (como sucede también a los protestantes, a favor de la Iglesia Evangélica). Justicia y respeto a la libertad harían suponer que éste fuera un impuesto al que someterse libremente. En cambio, en la práctica, se ha convertido en una especie de "supersacramento" superior al bautismo, porque el impuesto y la pertenencia a la Iglesia coinciden, y puede uno sustraerse al impuesto sólo si se sale de la Iglesia, con la gravísima consecuencia de ser considerado apóstatas y ser excluido de los sacramentos (incluyendo el funeral eclesiástico).

Un decreto de la Conferencia Episcopal Alemana ha establecido que el rechazo de la contribución económica implica la pérdida, para los fieles, de la pertenencia a la Iglesia.

Esta posición inaudita es cuestionada por la Santa Sede (al menos en la época Ratzinger) y es particularmente desconcertante por qué, al mismo tiempo, la mayoría del episcopado alemán presiona por una Iglesia 'misericordiosa' y 'cercana al mundo', con la solicitud de la comunión para divorciados vueltos a casar, superación del celibato sacerdotal, aflojamiento de 'limitaciones' en cuestiones de ética sexual, etc.».

El filósofo Robert Spaemann, amigo de Joseph Ratzinger, señaló que en Alemania hay hombres que niegan la resurrección de Cristo que siguen siendo profesores de teología católica y pueden predicar como católicos durante las Misas. En cambio, los fieles que no quieren pagar la cuota para el culto son expulsados ​​de la Iglesia. Hay algo que no corre.

Pero como decía el buen Giovanni Giolitti, piamontés como Bergoglio: para los amigos la ley se interpreta, para los enemigos se aplica.


«¡SE LO DIGO A BERGOGLIO!»


No es casualidad que durante el sínodo, en el aula, después de que se difundiera el vídeo donde Kasper, como buen alemán, manifestaba todo su desprecio racial contra los obispos africanos contrarios a sus tesis -que resultaron ser las de Bergoglio-, y que él había negado existir (ley del contrapaso: se dice que en los días del Motu Proprio fue justamente él quien difundió el vídeo de Monseñor Williamson), luego éste armó una escena gorda.

En resumen: mientras el cardenal Burke hace corrillo con otros hermanos, pasa el cardenal Kasper que, enfurecido, se desliza entre ellos, señala con el dedo al hermano Burke y lo apostrofa: «¿ha sido usted de veras quien dio difusión a ese vídeo?». Burke se vuelve y, gélido, responde: «Eminencia, ha sido usted quien dio la entrevista». En ese punto estalló la ira de Kasper y, se sabe, así como in vino veritas, también en los ataques de ira se desata la verdad, por infantil que ésta sea: «¡Yo le mostraré! ¡Lo pagará! ¡Se lo digo a Bergoglio!». Se lo dice "a Bergoglio", él. Si acaso al "santo padre": a Bergoglio. Como quien dijera "a mi amigo", es uno de los nuestros: cosa nostra. Es todo cosa de ellos, incluso la Iglesia parece haberse convertido en una propiedad inmueble de la que ellos son propietarios -como los sacramentos, a la verdad-: es de ellos, y disponen a su gusto. Y sobre todo en Alemania, a cambio de una paga.

De hecho, pocos días después, Bergoglio llama a Burke y le confirma: "¡usted cambia de cargo!". Stop. A los amigos, todo; a los enemigos, ni justicia...


JUDAS, EL MORALISTA LADRÓN


La "caja" de los apóstoles: Judas, ahorcado, mientras
los demonios salen de sus entrañas que cuelgan
Dice aun Il Foglio: «Francisco ha explicado entonces porqué Jesús se malquista con el dinero: "porque la redención es gratuita; Él viene a traernos la gratuidad de Dios, la gratuidad total del amor de Dios. Y cuando la Iglesia o las iglesias se vuelven traficantes, se dice que ...¡eh, no es tan gratuita la salvación...! Es este el motivo por el que Jesús toma el látigo en la mano para hacer este rito de purificación en el Templo"».

Aparte de que en el Templo eran muy otras las razones profundas de los "latigazos", aparte de que Jesús no estaba, de hecho, malquistado con el dinero (siendo él mismo pudiente y con amigos todos ricos, y eran pudientes los apóstoles que se escogió), aparte de esto, recuérdenle a Bergoglio que Jesús mandó a los apóstoles que tuviesen una caja para su subsistencia y para sostener la "causa".

Cierto, es verdad: el cajero era un ladrón. Judas. Un ladrón que, como los progresistas de hoy, predicaba el bien y el mal hurgaba: se quejaba de cuando se "despilfarraban" aceites preciosos para ungir los pies de Jesús, «mientras en cambio se podrían vender y dar lo recaudado a los pobres», tal como una vez lo dijo Bergoglio de las iglesias. Pero Juan escribe y explica: «Esto decía Iscariote. No porque fuera bueno, sino porque era ladrón y se apropiaba del contenido de la caja de los apóstoles». Pero, ¿podemos decir que todos los apóstoles eran "ladrones" -como el papa sugiere acerca de los sacerdotes- porque el cajero, Judas, lo era? Judas era un moralista y, como con todos los moralistas, finalmente se descubrió su maldad. Que reflexione sobre esto Bergoglio, más bien.


NO LE IMPORTA LO QUE ES VERDADERO. SINO LO QUE LE SIRVE

Escribe esta mañana un talentosísimo, devoto y apacible sacerdote siciliano, don Giovanni Salvia, mostrando las uñas por un momento, con toda la razón del mundo:

«A Francisco, el hombre vestido de blanco, con todo respeto le pregunto: ¿fue usted párroco alguna vez? ¿Quién paga las facturas de la luz de la iglesia, la calefacción, los gastos ordinarios y extraordinarios, las actividades pastorales, los ornamentos sagrados, la restauración de las obras de arte, el organista, los colaboradores? El Código de Derecho Canónico, ¿no expresa como un deber de los fieles el subvenir a las necesidades de la Iglesia? Hoy, gracias a la colecta de los fieles, he podido hacer una ofrenda a los misioneros comprometidos en Albania para los niños adoptados. Las jornadas de colecta que el Papa nos pide que hagamos para juntar dinero, como la Jornada Mundial Misionera, y la de la caridad el 29 de junio, y no hablemos de todas las jornadas a favor de la Iglesia diocesana, para el periódico L'Osservatore Romano (periódico del Vaticano), L'Avvenire (de los obispos italianos) y el Diocesano, para el Seminario, jornada por los emigrantes, por los desastres naturales, y podría seguir la lista, ¿de dónde podemos tomar el dinero para regular una actividad administrativa ordenada, como nos obliga el Derecho Canónico? Quizás por mi negligencia no haya yo entendido bien su mensaje».

Has entendido muy bien, pero de la verdad de las cosas, como de la teología, a Bergoglio le importa poco: existe sólo aquello que le sirve. Y lo que le sirve a él le sirve a los medios de comunicación, para alimentar artificialmente el "efecto Bergoglio", que no existe sino como malentendido, pero incluso éste está calculado. Porque a Bergoglio le sirve. Y le sirve para un fin que tiene claro en su mente y que no tardará en mostrarnos.

Qué importan las dificultades cotidianas del pequeño párroco de periferia: no le "sirve" saberlo, y si lo sabe no le importa. Lo que cuenta es el ''efecto", la implicación mediática de cada gesto suyo, de cada palabra y pensamiento por más aparentemente superficial y teológicamente fallido que sea. Cada cosa, a su tiempo, servirá: él siembra y deposita "efecto" sobre efecto, sabrá él luego cuándo es el momento de la "cosecha" sobre los estratos geológicos de "efectos". Apunta gélido y decidido a esa meta misteriosa para los más.

«Ya parece una carrera entre Renzi y Bergoglio», dice alguno. Pero Bergoglio no es Renzi [N: el primer ministro de Italia]: a paridad de confusión, si la de Renzi es real, la de Bergoglio es sólo aparente: tiene clarísimo en su cabeza lo que quiere hacer, y aunque reventaran el mundo y la Iglesia lo va a hacer. «Pero Dios tenía otros planes», se decía poco antes. No es cualquier humo aquel que vierte cada día: es opio.


SACERDOTES CONFUNDIDOS POR AQUEL QUE TENDRÍA QUE ORIENTARLOS

Los pobres blancos cotidianos de Bergoglio: los sacerdotes, pero no aquellos à la page, secuaces de la moda, conformistas y, a menudo, adinerados. No. Los curitas simples que buscan como pueden permanecer fieles a la misión que le fue asignada por la Iglesia, cuando la Iglesia tenía una. A falta de la cual se aferran al catecismo y al Evangelio. Uno de aquellos a los que un obispo toscano, cuando entrevió uno, le dijo, hace unos meses -siendo que debía proceder como si fuera su padre-: «cuando curas como usted hayan desaparecido o hayan sido erradicados de la Iglesia, habremos resuelto el 50% de los problemas». «El Señor lo bendiga, Excelencia, aunque se niegue a ser para mí como un padre». Se había atrevido a vestir la sotana, el curita. El obispo era uno de esos que se hizo sacerdote en los años locos en los que el mismo Bergoglio devino tal, es decir, aquel mismo que quería ir a Brasil (cuenta alguien, si es cierto no lo sé) a la JMJ en clergy, hasta que lo tomó de las solapas el cardenal Sodano, poniéndole encima la sotana. Tuvo que contentarse con la maletilla vacía.

Me decía un "anónimo" laico protector de muchos sacerdotes que están en dificultades -un verdadero mecenas de las almas consagradas, que les devuelve valor para afrontar el ministerio, a pesar del viento en contra que los quiere doblegar- que en los últimos meses han aumentado de forma exponencial aquellos que se confían a sus cuidados: sacerdotes desorientados, desmotivados, frustrados justamente por aquel que los tendría que alentar y sostener. Y una amiga muy católica aconsejaba aceptar la prueba a la cual el Señor "nos somete" con este Papa. Yo mismo verifico esta desorientación todos los días entre el clero joven que me escribe. Uno de ellos, ordenado hace poco en Milán, me dice:

«ya no puedo más pronunciar durante la Misa las palabras "en unión con nuestro papa Francisco"».

Me movió un poco a ternura, y le sugerí una fórmula de compromiso: entonces puedes decir: «en unión con nuestro papa Francisco, y Benedicto». Total, a esta altura, en la Misa cada uno dice lo que le parece. El mismo problema con otro: le aconsejé que optara por un genérico "en unión con Pedro". Sé bien cuán peligroso sea despegarse del ancla de la salvación que es Pedro, el papa, sea quien sea: el diablo usa los malos papas precisamente con el fin de separar a los fieles y a los sacerdotes de Roma. Y está, hoy, a un solo paso...


«NO ERA UN VICARIO: ERA ÉL MISMO»

Exploro mi correo féisbuc y me doy cuenta de algo que estaba en el aire desde hace algún tiempo: después de que el mal humor invadiera a un tercio de la dura cerviz del Sacro Colegio, después de que gradualmente se encamina a enajenarse las simpatías de la mitad del episcopado, la tolerancia a los antojos de Bergoglio alcanzó el límite dentro del mismo clero menudo. Ahora ya me resulta cada vez más raro encontrar a un sacerdote capaz de hablar bien de él, humillado y confundido como están por sus juegos mediáticos. Tomo al azar el mensaje de un sacerdote a quien le cobré afecto, ya que es fundamentalmente inocente, sobre todo es puro en su corazón. Recuerdo cuando me escribía tembloroso, adelantando alguna duda sobre el entonces nuevo papa. Dudas que poco a poco fueron sustituidas por certezas que, con todo, conociéndolo yo a Bergoglio desde hace años, le había anunciado a tiempo. Me escribe hoy, en efecto:

«no termino de reírme de los improperios que escuché dirigidos contra el romano pontífice de parte de un querido hermano mío. De parte de alguien como él. ¡Piensa que en este seminario nunca una palabrota! Parecía la reencarnación del Cura de Ars. Esta noche lo llamé para atisbar sus humores después de la enésima tontería de Bergoglio acerca de las tarifas en la iglesia. Y éste, desde el teléfono, comenzó a mandarlo a aquel país, motivándome a mí incluso con su justa ira. Éste está en las afueras de Milán, forzado a apretarse el cinturón entre la hipoteca, las facturas y la indiferencia de la gente y, sintiéndose embromado por un estúpido feligrés en relación con las "tarifas" citadas por Bergoglio, montó en cólera. Tal vez tratando de dinero el papa acertó justo en el centro. Ahora a los ojos de la mayoría de los sacerdotes es indefendible. ¡Pero qué indigencia! ¡Dónde nos hemos precipitado!».

Yo estaba realmente sorprendido por la notoria altivez de este joven sacerdote de quien siempre admiré la delicadeza, más precisamente la inocencia.

Luego añade:

«¡de todos modos, Bergoglio es un religioso! Habla... habla del dinero porque él, como todos los religiosos, recurría a la caja común. ¡Es un utopista! Vivan los sacerdotes acostumbrados en serio a compartir la vida de las ovejas, también en lo tocante al traficar el estiércol del demonio. Que más allá de todo, sin embargo, nos mantiene con los pies en la tierra».

Es la escuela de Giussani: que por suerte para él murió católico, habiendo finado hace una década.

En la primavera me encontré con un joven sacerdote que se había reunido con el papa: me mostró la foto. Le pregunté: «bah, entonces, ¿qué te pareció Bergoglio de cerca? Sé que eres un "receptivo"».

«Vi de cerca a Benedicto XVI, le he hablado: siempre tuve la impresión de un hombre que te penetraba con la mirada, te entendía, te aceptaba y te quería quienquiera que fueses: incluso después de una jornada llena de viajes y reuniones, él estaba siempre dispuesto a recibirte. En ese minuto en que estuve, en cambio, con Francisco, éste me hizo sólo preguntas de rutina: cómo te llamas de dónde vienes qué estudias dónde cumples tu acción pastoral. Le respondí, pero comprendí que no le importaba nada. Cuando le dije que para la atención pastoral me iba junto a los vagabundos de Roma en Términi, ¿sabes lo que me dijo? "Bueno, gracias, reza por mí, adiós". Ni siquiera me estaba escuchando. Yo le dije que lo saludaban, que me habían pedido que le diese sus saludos, que lo esperaban. Nada: si le hubiese dicho que no hacía atención pastoral sino que me iba con prostitutas, habría sido lo mismo. Frío, pero de esa frialdad del hombre superior que no te cala porque, quienquiera que seas, siempre serás inferior. Con Benedicto era siempre una sorpresa: estabas frente a él y entendías que la persona importante ¡eras tú! Un día me le acerqué y le dije: santidad, ¿sabe que dentro de una semana me hago sacerdote? Él me miró conmovido, se detuvo y entre otras cosas, me dijo: felicidades, cuando celebres tu primera misa, al final impartirás mi bendición sobre tus seres queridos y tus amigos por primera vez».

Insisto, socarrón: pero entonces, viendo a Francisco, ¿a quién viste?

«Antonio, yo soy muy receptivo. Cuando me encuentro con alguien -no digo tanto como que soy como el padre Pío, lejos de mí el decirlo-, pero cuando me encuentro con alguien tengo a menudo la percepción de los pecados que ha cometido; me ocurre muy a menudo en el confesionario, pero más allá de esto, pensé haberte respondido: mi percepción ha sido la de no estar frente al vicario de Cristo, sino a un hombre ebrio de sí. No era un Vicario, era él mismo».

Es hora de que la Curia empiece a hacer el trabajo que mejor sabe hacer: neutralizar. Más vale prevenir que curar. Por lo demás, la invisibilidad del Secretario de Estado, Parolin, dice mucho acerca de cuál sea el serpeante y creciente sentimiento en esos salones semi-abandonados. Mientras tanto, un rey de la Curia, un viejo zorro de cardenal otrora gran elector de Bergoglio, hablando con el cardenal Ruini tiró ahí sin especificar: «en efecto, durante el cónclave hubo enchastres...» Quien quiera entender, que entienda.

jueves, 27 de noviembre de 2014

UN ARTE PARA LA APOSTASÍA

En tren de atenernos a la novedosa y bergogliana sustitución del concepto de Iglesia como «Cuerpo Místico» por el más aséptico y anguloso símil del «poliedro», se podría abordar la desazonante crisis eclesial desde cualquiera de los múltiples costados del cuerpo geométrico, encontrando entre ellos una diáfana coherencia recíproca. Y es que las miasmas hallan copiosa vertiente en cualquiera de los múltiples planos a escrutar: en el de la fe, en el de las costumbres, en el público testimonio. Nada que no se sepa a suficiencia: apostasía por acá, mundanización acullá; lascivia agravada por el uso contranatural en enteros seminarios; rapiña de cargos y prebendas; nepotismo o amiguismo indisimulados en la curia; «creativismo litúrgico», etc. Era sazón como para entronizar a un Hildebrando, pero los cardenales eligieron a Bergoglio.

Una de las aristas implicadas en tan descomedido desorden, como no podía ser de otra manera, es la que trata de la representación de la belleza, tan necesaria ésta para el culto. Aludimos en concreto a las artes pictóricas, a la escultura, a la arquitectura, a todo aquel apéndice sensible del mensaje evangélico que en pasadas edades (cuando la lecto-escritura era de adquisición minoritaria) inspiró aquello que se dio en llamar la Biblia pauperum.

Paradójicamente, y pese al éxito de corrientes "teológicas" como la Teología de la Liberación y afines, a los pobres de nuestros días les fue quitada la belleza de los templos -a menudo único refrigerio accesible en medio de los habituales rigores de la pobreza- a manos de quienes se dicen su defensores. El caso es que para todos, pobres y ricos, se empezó sustituyendo hace ya unos cuantos años los antiguos altares, tan bellamente labrados, por esos fríos dólmenes de factura industrial, cortados a implacable escuadra, que hoy afean multitud de basílicas y catedrales y las gravan con una nota de incomprensible arbitrariedad. Y aunque allí no haya parado todo, ya que abyssus abyssum vocat y a una defección sigue por regla un tropiezo y otro y otro, y como para que nos sintamos más que librados a la buena de Dios en este árido desierto poliédrico en que devino la Prometida del Cordero, ahí lo tenemos al cardenal Scola, papabile como el que más en el último cónclave -quizás el más próximo en orientación teológica al renunciatario Benedicto y número casi puesto, de no haber prevalecido el zorruno equipo que cabildeó a Bergoglio-, helo, pues, al arzobispo de Milán inaugurar una esperpéntica imagen de bulto -3400 kilos de mármol- comisionada al escultor Tony Cragg para ser colocada bajo uno de los arcos ojivales del célebre Duomo con el fin de acoger a los fieles en su ingreso al templo.




La imagen está inspirada, dice el autor, en la célebre Madonnina, icono de la Sede ambrosiana, cuya similitud con el mamarracho en cuestión puede apreciarse a continuación:




Aunque con vana intención encomiástica y con la jerga al uso en estos deplorables casos, quizás no podía explicarse mejor el desaguisado que con las palabras de Angelo Caloia, presidente de la Fábrica del Duomo: «contemplando la gran obra de Cragg resulta librada a cada espectador la posibilidad de vivir la misma emoción del escultor, entrando en diálogo con la forma artística en busca de una clave de lectura personal. Las líneas se desvanecen, las formas se abren: la paradoja está también en la posibilidad de hacer diversas interpretaciones». [Puede leerse más sobre el particular aquí]

Lo dijo bien redondo Gómez Dávila: el diablo patrocina el arte abstracto, porque representar es someterse. El arte abstracto confirma de manera más que convincente la banalidad de los tiempos que corren, y en el aplauso que ese vulgo semiculto que acude a los museos de arte moderno dispensa a los adefesios insípidos que le ponen delante, hurgando virtud en la nulidad, en esto se refleja la tragedia soez del arte y de los gustos modernos.

Que la regulación maquinal de la existencia llevase a la postre a esto no debe sorprendernos: lo irritante es la amistosa recepción de la Iglesia a semejantes bodrios, que podrían considerarse blasfemias más o menos solapadas. Lejos, casi como en otra era geológica, queda la condena fulminada por el Santo Oficio en 1921, en tiempos de Benedicto XV, contra la Pasión del Señor representada en clave expresionista por el artista belga Albert Servaes, de la que se consideró oportuno «prohiberi ipso iure, ideoque statim removendas esse ab Ecclesiis, Oratoriis, etc.» por el simple e irrebatible motivo de que la nueva escuela pictórica desfiguraba esas realidades eminentes que son el rostro y el cuerpo humanos. Lejos, muy lejos queda toda indagación metafísica acerca de la belleza como trascendental del ser, y por lo tanto subsidiaria de la verdad y del bien, como así también de la forma como inscrita en las perfecciones limitadas de los entes.

Con mayor o menor éxito, el arte procuró siempre adunar el talento ejecutor con la riqueza simbólica (y esto consta en el mejor arte religioso, y lo vuelve elocuente, resonante a largo, capaz de instar a gozosa admiración). Si el arte moderno se caracteriza, en cambio, por su apelación a lo deforme, a lo informe, lo clamoroso del caso es que esta misma insensata rebelión ya se aposentó en el Lugar Santo. Allí donde, para sostén doctrinal de su rabiosa iconoclasia, el Papa del fin del mundo se atrevió a oponer dialécticamente «plenitud» a «límite» en el nº 222 de ese pastiche escrito que intentó colar en el Magisterio. Todo un programa para el moderno arte religioso, mudo como aquel endemoniado del Evangelio (Mc 9,14 ss.) pero de redención menos probable, ya que rehusó los medios aprontados por el propio Dios para su cura.

jueves, 20 de noviembre de 2014

UNA PETICIÓN PARA DEFENESTRAR A FRANCISCO

Circula por la internete -con la invitación a suscribirla cuantos fieles católicos lo juzguen pertinente- una petición al Colegio Cardenalicio para que éste evalúe las graves irregularidades doctrinales de Bergoglio antes y después de su elección al Solio a los fines de su ulterior deposición. Sin más comentar, ponemos a disposición el enlace correspondiente y trascribimos aquí las tres cuestiones elevadas a los cardenales, apoyadas en pasajes tomados de la bula de Paulo IV Cum ex apostolatus officio que constituyen el criterio concreto para la imputación de ciertos graves cargos al reinante pontífice. Podrá razonablemente desestimarse la eficacia de esta solicitud para mover la conciencia de los cardenales, pero esto no porque carezca de suficiente fuerza suasoria sino más bien por la vigencia de una desviada y desvaída concepción de la Iglesia como «tiranía de faits accomplis».

Consciente de que por el decreto del papa Paulo IV Cum ex Apostolatus officio (de 21 de diciembre de 1566), el Colegio -y, de hecho, toda la Iglesia- está gravemente obligado a elegir solamente y a reconocer como válidamente electo a un hombre de la Fe Católica; y consciente de que Jorge Mario Bergoglio, tanto antes como después de su elección el 13 de marzo de 2013, se ha expresado y actuado de maneras largamente condenadas por la Sede Apostólica, les solicito humildemente -siendo yo uno entre muchos fieles- que cumplan con su deber de proteger a la Iglesia y la Sede Apostólica de la corrupción, mediante la convocatoria -en lugar que se repute conveniente- a juzgar a las preguntas acerca de:
1) si Jorge Mario Bergoglio fue elegido válidamente, en cumplimiento del decreto de Paulo IV que acabamos de mencionar, por cuanto antes de su elección promovió durante años en la Argentina la concesión de la comunión a aquellos sujetos incursos en matrimonios irregulares junto a los «curas villeros» (cf . Sandro Magister, "La revolución paciente de Francisco", Espresso on-line, 24 de octubre 2014), lo que contradice directamente la enseñanza del Concilio de Trento, Sesión 13, canon XI:

Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por consecuencia cause muerte y condenación; establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado.

Si él estaba sujeto a esta censura, se sigue entonces que -de acuerdo con el decreto del Papa Paulo IV mencionado anteriormente (nº 6)- fue inválidamente elevado a la dignidad del cardenalato, y también inválidamente elegido Romano Pontífice.

2) Si pese a esto ustedes juzgaran que fue válidamente elegido, entonces les pido que diriman si acaso no haya perdido el cargo de Romano Pontífice a causa de su negación pertinaz de la Fe y/o de su propósito manifiestamente malicioso de perseguir a los fieles apegados a las antiguas tradiciones eclesiásticas, cada una de cuyas causas viola el anatema del Concilio de Nicea, celebrado en 787: si alguno rechazare cualquier tradición escrita o no escrita de la Iglesia, sea anatema (cuarto anatema sobre las Imágenes Sagradas), entre cuyas tradiciones se cuentan la celebración del Antiguo Rito Romano y la práctica perenne de la Iglesia Católica, desde los tiempos apostólicos, de negar la comunión a los adúlteros y los pecadores públicos.
Si cae, pues, bajo esta censura de Nicea, se sigue del mismo modo que su elección resultaría invalidada por el decreto del Papa Paulo IV.

3) Por último, aunque los anatemas y cánones que el Papa Paulo IV declara válidos a perpetuidad (ibid. nº 2), no ofreciesen razón suficiente a ningún miembro del Sacro Colegio para hacer al hombre convicto de herejía o de pérfida malicia en orden a derrocar la tradición eclesiástica, persiste una verdad teológica que versa sobre la ley divina y la eclesiología, a saber: que nadie que busque dañar a la Iglesia en cosas esenciales, como Su fidelidad a la Enseñanza de Cristo, puede estar en comunión con Ella; y como por esto mismo un cismático, moralmente hablando, no puede considerarse en comunión con la Iglesia, por ello debe y tiene que ser removido de su cargo.

La petición, en inglés en original:  http://www.ipetitions.com/petition/petition2CardinalsReFrancis

lunes, 17 de noviembre de 2014

SI CAMALEONISMO O DEMENCIA, QUIÉN LO SABE

Bah, parece que a veces Francisco habla en cristiano, como en la flamante alocución a la Asociación de Médicos Católicos italianos, en la que se sirvió recordar que «la fidelidad al Evangelio de la vida y al respeto de la misma como don de Dios requiere a veces opciones valientes y contracorriente», cuestionando con pelos y señales al aborto, la eutanasia y la procreación artificial. Cuando todo hacía pensar en que este pontificado la archivaría irremisiblemente, se vio cruzar por el firmamento del Papa la estela de la Evangelium vitae, verdadero hito en el magisterio de Juan Pablo II y voz de mando para las batallas de la bioética, con miras a las cuales Francisco supo detonar algunas dicciones no esperadas: contra el aborto, como un ilícito acto de "liquidar una vida humana"; contra la eutanasia, como "pecado contra Dios"; y contra la fecundación in vitro, como "experimentos" por los que "se hacen hijos en lugar de acogerlos como don de Dios".

La cabeza de Bergoglio
En una reciente entrevista que se le hizo, Sandro Magister acierta a decir que Bergoglio «desorienta a muchos» porque «es una persona que en el arco de su vida, y ahora también como pontífice, obra contemporáneamente sobre diversos registros, dejando rendijas abiertas y, a una primera lectura, muchas contradicciones». De entre las más resonantes, entrevistador y entrevistado amontonan algunas memorables: el haberse presentado insistentemente como "obispo de Roma" para luego citar en el Sínodo los códigos del Canon que afirman el poder petrino; el haber delineado una visión "abierta" del gobierno de la Iglesia, aplicando la mordaza a enteras conferencias episcopales e interviniendo sin piedad a los Franciscanos de la Inmaculada; su apoyo a los movimientos populares con la más apodíctica afirmación del derecho al trabajo, y la contemporánea expulsión de 500 empleados calígrafos, pintores e imprenteros de la Limosnería apostólica; las posiciones penales ultragarantistas y la decisión de encarcelar preventivamente al ex nuncio de Santo Domingo en espera del juicio por pedofilia; su atención a los casos más personales e irrelevantes, evidenciados hasta en el uso del teléfono para dirimir cuestiones atinentes a la disciplina de los sacramentos, y su silencio sepulcral en relación a casos como el de Asia Bibi, o el de las muchachas nigerianas raptadas, o el de los cónyuges cristianos asados vivos en Pakistán.

Habrá que advertir, para no alentar la ilusión de una recóndita identidad católica en Bergoglio a despecho de sus impíos exabruptos habituales, que sus últimas bioeticistas declaraciones también encuentran su clamorosa antítesis en aquellas de que hizo confidente hace poco más de un año al padre Spadaro S.J. cuando sostuvo, para solaz del mundanal mundo, que «no podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos». Dígase, sin temor a juzgar con temeridad, que todo esto: 1- o es una estratagema pendular, destinada a acumular poder a expensas de hablarle a cada interlocutor según su gusto (aplicación concreta del loquimini nobis placentia que satirizaba el profeta); 2- o bien de confundir, buscando mover a estupefacción a los oyentes, descolocándolos y escamoteándoles toda clara exposición de su programa concreto y sus propósitos; o 3- es un índice clamoroso de demencia.

Esta última posibilidad, en vista de la catarata de desvaríos de Francisco, debiera ser atentamente analizada por los psiquiatras. Pues en caso de presumirse razonablemente una tal patología mental, ésta podría constituir una causal incontrovertible para la pérdida de jurisdicción del pontífice, cuya elección al frente de la Iglesia ya acumula una frondosa lista de denuncias de irregularidades más o menos consistentes en orden a echar sombras sobre su legitimidad. No obstante, y revelándose la de Bergoglio una personalidad lo bastante opaca como para sacar de ella conclusiones incontrovertibles, nos limitaremos a describir lo que se ve, que ya es suficiente para admitir el enorme daño que puede seguir sembrando este pontificado a cada nuevo día que le otorgue la celestial paciencia.

Venga en nuestro auxilio, para comprobar la antigüedad de estos dúplices manejos, lo que Antonio Caponnetto detallaba en La Iglesia traicionada (Ed. Santiago Apóstol, Bs. As., 2010, pp. 151 ss.) a propósito de la actuación del entonces cardenal Bergoglio en lo relativo a la sanción de la ley llamada de «matrimonio igualitario». Hubo un momento, en efecto, en que el Primado
abandonó temporariamente su medianía en la materia, tuvo una misteriosa epojé en su ininterrumpida heterodoxia, y dio a luz una misiva «A las monjas carmelitas de Buenos Aires», fechada en 22 de junio de 2010.
Resulta que la carta en cuestión
dice cosas gratamente disonantes con el magisterio irenista de Su Eminencia. Dice, por ejemplo, que la iniciativa oficial del "matrimonio homosexual" es "la pretensión destructiva del Plan de Dios". Que "no se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una 'movida' del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios". Que es una manifestación de "la envidia del Demonio", quien "arteramente pretende destruir la imagen de Dios" [...] Al fin, y al modo de un encomiable corolario, la  carta termina pidiendo el apoyo sobrenatural de la Sagrada Familia, para que sus miembros "nos socorran, defiendan y acompañen en esta guerra de Dios" y en "esta lucha por la Patria".
Era demasiado. Demasiado por donde se lo mire, gritar este manojo de verdades rotundas y dar un puñetazo en la infausta mesa del diálogo para hablar, siquiera una vez, el lenguaje inequívoco de las definiciones tajantes. 
Pero entonces arreciaron las críticas de la prensa, los partidos políticos y aun de hombres de la Iglesia, siendo la propia presidenta Kirchner
quien se llevó las palmas de la interpretación de la misiva bergogliana [...] El 12 de julio, desde Pekín, les dijo a los medios: "este discurso (el de Bergoglio) es agresivo y descalificador. Sobre todo proveniente de aquellos que deberían instar a la paz, la tolerancia, la diversidad y el diálogo, o por lo menos eso es lo que siempre dijeron en sus documentos".
Tiene razón la perdularia, y es más que comprensible su desconcierto y enojo. El Cardenal y los suyos llevan décadas emitiendo documentos baladíes, con las consabidas e infaltables idolatrías a la diversidad, el diálogo y cuanta memez haya acuñado el lenguaje postconciliar. ¿A qué viene ahora sobresaltar la cómoda concordia progresista con alusiones a la guerra de Dios, la lucha por la Patria y la presencia del mismísimo Mandinga en un bando de la reyerta? ¿Qué bicho le picó repentinamente el Monseñor de las reconciliaciones imposibles, para andar pidiendo conflagración y sable desenvainado?
Para mayor descrédito del Primate, no tardó en llegarle a éste la hora de redactar el comunicado oficial con el que dio al traste con toda la artillería desplegada unos días antes. Entonces reincidió con creces en su acostumbrada verba: "no queremos juzgar a quienes piensan y sienten de un modo distinto", "en una convivencia social es necesaria la aceptación de las diferencias", "la aprobación del proyecto de ley en ciernes significaría un real y grave retroceso antropológico", en cuyo rechazo, con todo, instaba con apremio a que "no haya muestras de agresividad ni de violencia hacia ningún hermano". La conclusión es sabida de todos: la repugnante ley se sancionó casi sin la menor resistencia, siendo que mientras duraron las discusiones previas -según así lo comprobaron las más diversas fuentes- Bergoglio supo manifestarse favorable al reconocimiento de derechos a las yuntas sodomíticas en tanto la figura jurídica a aplicar fuera la de «unión civil» y no «matrimonio». Era una mera cuestión de palabras la que había despertado por cinco minutos al guerrero dormido.

Perplejidades similares jalonan la insospechada y meteórica carrera de este hombre que se diría poco dotado aun para ejecutar tareas de ordenanza en la vaticana Sede. Algún secreto poder reside en la irritante fatuidad del quidam capaz de alcanzar semejante pináculo, y un poder presumiblemente tenebroso. Pero para no meternos en abismos que nos resultan indescifrables, queremos sí llamar más modestamente la atención de los fabricantes de souvenirs y baratijas, que tienen en Francisco un potencial todavía no explotado en un rubro al alcance de todos.

Se trata del higrómetro, ese dispositivo que muda de color a instancias de la humedad ambiental a partir de reacciones químicas provocadas por la absorción de la misma. Los hay que representan seres vivos, como hipocampos o lobos marinos, e incluso imágenes religiosas, como Nuestra Señora de Luján o de Itatí, y que viran del tono celeste -cuando cunde el buen tiempo- al rosa -cuando debe esperarse lluvia, pasando por el intermedio violeta que denota inestabilidad. Se los vende en locales comerciales e incluso en puestos de venta callejeros, y gozan de simpatía como adornos capaces de deparar una cierta nota de novedad, esa volubilidad impropia de objetos inertes. Nuestros paisanos gustan adornar sus repisas con estos tornadizos ejemplares, limitándose a menudo a afirmar que "va a llover" -sin necesidad de otear el horizonte o tantear el viento- simplemente porque el coso se puso rosa.

Francisco hizo méritos para que se lo represente en un higrómetro, y es increíble que todavía ningún fabricante lo haya tenido en cuenta.

sábado, 15 de noviembre de 2014

LA CONTRAIGLESIA Y EL ANTICRISTO (II y III)

II

La santa aversión de la Iglesia Católica al plan satánico encuentra su antítesis en la aversión impía de la contraiglesia a la obra de la Redención. Y la Simia Dei sabe muy bien que debe utilizar -pervirtiendo su fin- los mismos medios que la Iglesia para lograr su propósito, si no de derrotar a Dios -algo impensable de lo cual ella es, con todo, consciente- al menos de condenación para el mayor número de aquellos que Él ha redimido con Su Sangre. Y de profanación de Cristo en sus Especies Eucarísticas, en las cuales Él se halla prisionero, expuesto a los escupitajos y a los ultrajes como cuando fue atado a la columna y azotado por los verdugos.

Sólo puede ser comprendido desde esta óptica aquello que León XIII escribió en su exorcismo: enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.

Hoy asistimos a esta serie de amarguras, a esta embriaguez de ajenjo, mientras en Roma se asientan inexplicablemente dos Papas, para escándalo de los justos y aplauso de los impíos. Un Papa renunciatario que sigue residiendo en la Alma Urbe vestido como Papa, y otro Papa reacio a ser llamado tal, que depuso muchas de las insignias de su dignidad específica, pero que utiliza el poder papal y el ascendente mediático del que goza para formular afirmaciones en marcado contraste con aquel Depositum Fidei que él debiera, por el contrario, defender y custodiar. Uno calla tímidamente, apareciendo en circunstancias oficiales, casi haciéndose garante de su propio homólogo: ambos reducidos a su mitad, el primero, por haber abdicado al gobierno pero no al nombre, y el otro, que teoriza desviaciones doctrinales inconcebibles, hablando sin freno y sin coherencia para el deleite de los enemigos de Cristo. Un desdoblamiento irreverente contra  la praxis milenaria de la Iglesia y contra el mandato divino: diarcas de una potestad que, por esa misma razón, resulta desacreditada, empobrecida y humillada ante el mundo. Asistimos -desconcertados los unos, desaforadamente entusiastas los otros- a la paradoja de una casi sedevacancia justo en el momento en el que, Papas, hay dos. Las palabras de la beata Catalina Emmerich a propósito de los dos Papas y de las dos Iglesias hubiesen resultado increíbles hasta hace apenas dos años, y nos involucran en esta universal confusión a nuestro pesar.

Y en estos días nos enteramos, gracias a la denuncia de Antonio Socci y por el silencio cómplice de la Curia y de los Cardenales, que en lo secreto del Cónclave se habrían cumplido abusos y gestiones tales como para afectar la validez de la elección de Bergoglio, después de las anomalías no menores en la abdicación de su predecesor. Sin embargo, estas revelaciones no hieren en lo más mínimo el descaro del jerarca argentino, tan ansioso por complacer al mundo cuanto hábil para deshacerse de cualquier voz disidente: desde los fastidiosos Franciscanos de la Inmaculada a los varios Prelados más o menos refractarios al nuevo curso, como Piacenza, Burke, Cañizares y muchos otros menos conocidos.

Reina la confusión: prerrogativa de todo lo que viene del Demonio. Y la señal inequívoca de que en toda esta sucesión de novedades inauditas y de desorientación doctrinal, moral, disciplinaria y espiritual no hay nada de bueno, nada de santo, nada de católico. Dios ama el orden, la armonía del silencio, el recogimiento, la claridad inconfundible de Su Palabra, palabra del Padre que ama a Sus hijos y los quiere salvos sin engaños, sin trampas, sin equívocos.

Ahora está claro que en la confusión reina Satanás, tan adverso al silencio cuanto acostumbrado se halla a los gritos de desesperación de los condenados, a quienes inflige, por cuenta de la Justicia divina, el suplicio eterno. Es comprensible que aquel estrépito infernal sea la figura que señala también su momentáneo triunfo sobre esta tierra, y su ascenso al poder universal. Análoga confusión se ha introducido también en el Santo de los Santos, donde a la contemplación adorante de la Liturgia Romana le sustituyó el alboroto indecoroso del Novus Horror: la Iglesia de Cristo celebra el culto divino entre las volutas de incienso, mientras la Sinagoga de Satanás adora al hombre deificado con alborotos tribales. Miserable simia Dei; y más miserable que él, miserables aquellos que se arrojan a sus pies para servirlo, no sólo en las instituciones civiles, en los tribunales, en las escuelas, en los bancos, en los hospitales, en los medios de comunicación y en todo ámbito del consorcio civil, sino también desde los púlpitos, desde las cátedras episcopales, desde la Curia romana y, quod Deus avertat, desde el Solio.

Sabemos que estas afirmaciones pueden sonar piis auribus muy fuertes. Pero, ¿cuándo hemos oído jamás a un Papa estigmatizar, como también recuerda con admirable lucidez Alessandro Gnocchi, a los jefes del pueblo, a los malos pastores que cargan sobre los hombros de la gente pesos insoportables que ellos no mueven siquiera con el dedo, no para denunciar la hipocresía de la Sinagoga (con la que él mantiene indecorosas relaciones), sino para condenar a aquellos Obispos que se niegan a malvender la Doctrina y deshojar la Moral para secundar el espíritu mundano y anticristiano del momento presente?

¿Cuándo hemos oído alguna vez a un Papa teorizar la necesidad de cambiar la Ley divina, concediendo a los divorciados acercarse a la Comunión y haciéndolos así añadir, al sacrilegio del vínculo sagrado del Matrimonio, aquel otro horrible del profanar la Santísima Eucaristía y la Confesión? Y a más, ¿podemos apenas concebir a un Papa que se haga responsable de llenar el infierno, después de que sus inmediatos predecesores vaciaron iglesias, seminarios y conventos? El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede cerrarse en las supuestas interpretaciones del dogma, delira el Obispo de Roma. Pero hubo un tiempo en el que el mundo fue capaz de cambiar gracias a la Iglesia, en el que Reyes y naciones hincaron la rodilla ante la Cruz de Cristo, en el que las leyes reconocían la Realeza universal de Nuestro Señor. El mundo no cambia sin que haya quien pilotee y dirija los cambios: la contraiglesia conciliar ha cambiado también al mundo, descristianizándolo en pocos años, y ahora Bergoglio finge no saber que la situación actual es el fruto de un goteo continuo de discursos papales, de documentos conciliares, de ejemplos escandalosos, de encuentros ecuménicos, de abrazos impuros con los enemigos de Dios.

Se objetará que Bergoglio no ha cambiado todavía la disciplina católica, o que al final lo único que quiere es aggiornar la pastoral sin cambiar el dogma. Pero, ¿qué pastoral -cuyo objetivo debiera ser el traducir en actos morales la adhesión del intelecto a la doctrina- puede contradecir los presupuestos teóricos de los que debe estar informada y las finalidades para las que existe? Son cosas que desalientan, y que preanuncian desastres mucho más atroces, que van más allá de las más oscuras perspectivas de los profetas de desventuras de la época de Roncalli.

Y  más: aun admitiendo que no se llegara a la concesión de la Comunión para los pecadores públicos, ¿no es acaso éste un hecho hoy ya practicado sin ninguna reserva con el consentimiento del bajo Clero y de una buena parte de los Obispos? La Iglesia niega los sacramentos a quien, con sus propios actos, libre y conscientemente, se pone fuera de la misma, rechazando a Cristo y a Su Ley: divorciados y concubinarios, suicidas, abortistas, comunistas y ateos practicantes, masones, herejes y cismáticos. Ahora bien, ¿no es acaso cierto que a todos ellos -¡a todos!- se los admite a los Sacramentos, les son concedidos funerales religiosos, pueden ser padrinos de Bautismo o testigos de bodas, participan en Misas y celebraciones, y, finalmente, se los invita a intervenir en conferencias católicas o a escribir en revistas y diarios católicos? ¿Qué excomunión se aplica a ellos, si de facto ellos representan a esta altura una parte integrante de la vida de la contraiglesia, desde las parroquias más remotas a los Pontificios Consejos o a las Comisiones Vaticanas, con la aprobación extática de Scalfari y Ravasi?

Hay que recordar que esta praxis no es reciente, y que encuentra su base ideológica en desviaciones que tienen décadas de antigüedad, fruto del Vaticano II: la simple afirmación de la bondad intrínseca de la laicidad del Estado -condenada por el Magisterio Infalible pero aun así afirmada y defendida por Juan Pablo II y Benedicto XVI- implica un reconocimiento del matrimonio civil, que ante Dios no es más que una arrogante réplica laica del Matrimonio Católico, y que contempla asimismo el divorcio como legalmente sancionado por la ley civil. ¿Hemos oído alguna vez aunque sea a un Obispo postconciliar pronunciarse en contra del matrimonio civil, recordando que ello conlleva para los católicos la excomunión latae sententiae, o no hemos más bien escuchado a algunos Prelados afirmar impunemente, y sin ninguna censura vaticana, que esto es preferible a la legalización de las uniones de hecho? ¿No se ha podido leer por estos días la alucinación del Prepósito General de los Jesuitas, que afirmaba haber más amor cristiano en muchas parejas irregulares que en muchas parejas regularmente casadas por iglesia?

No está fuera de lugar mencionar que sería no sólo conveniente, sino incluso obligado poner como ejemplo y paradigma de referencia para los esposos católicos la Sagrada Familia, y no las parejas divorciadas: el hombre tiene necesidad de nobles ideales a los que aspirar, no de escuálidos compromisos o de mezquinas mediocridades. Y aún otro rasgo característico de la contraiglesia: el deseo de considerar siempre y de todos modos a los fieles como indignos de la magnificencia de los ritos, del esplendor del arte cristiano, de las excelsas cumbres de la espiritualidad católica, de las profundidades de la teología, en nombre de una simplicitas calvinista, de un pauperismo de limosna, de una ignorancia que ellos quieren imponer desde lo alto, casi para evitar que se pueda comprender el gran engaño perpetrado desde el Vaticano II en adelante.

En vez de elevar al pobre de la miseria, se anulan por vía de autoridad las riquezas de las que éste se halla privado; en vez de elevar al simple al conocimiento de la Verdad, se banaliza la doctrina y se empobrece la moral; en vez de indicar la santidad heroica, se la disminuye. A la elección del camino real de la Cruz y de la mortificación se prefiere el cómodo sendero de una  falaz alegría autorreferencial. No más Cuaresma: sólo pascuas privadas de sentido. Desde esta óptica, ¿por qué dos esposos tendrían que pedir a Dios que les conceda la Gracia a través de la cual afrontar y superar las pruebas? Si de todos modos se es salvo, y si se salvan también los mahometanos polígamos, ¿por qué vivir el matrimonio como una cruz bendita gracias a la cual se merece el cielo?

Por supuesto, más allá de las decisiones reales del Sínodo que se celebra en estas semanas, el daño ya está hecho: la opinión pública tuvo su contramagisterio de parte de la prensa, siempre diligente en la difusión del error y en el pilotear ideológicamente a las masas. El magisterio líquido en el que sobresale Bergoglio, habilísimo en la formulación de juicios ambiguos, pero de los cuales los medios ofrecen la interpretación auténtica, que parece perfectamente coherente con la mens del inquilino de Santa Marta. Y no es casualidad que el Sínodo haya sido blindado, en desafío a la tan cacareada parresia, para impedir a los Obispos hacer oír su propia voz católica contra las directrices ultraprogresistas del lobby bergogliano encabezado por el cardenal Kasper, patrocinado también en sus indigestos libelos ad usum delphini.

Claro, es fácil proponer ofertas de fin temporada doctrinales en nombre de una adecuación a las nuevas y complejas realidades del pueblo cristiano, pero ¿quién es el responsable de estos malos hábitos generalizados, si no el Clero? ¿Dónde estaban todos estos Pastores cuando se desertaban las Misas dominicales, cuando los matrimonios católicos mostraban signos de peligrosa disminución, cuando las separaciones y los divorcios se multiplicaban? ¿Dónde estaban cuando las vocaciones menguaban drásticamente, cuando las Órdenes religiosas contaban más defecciones que nuevos profesos? Ah sí, estaban ocupados -absit injuria verbo- en putanear con los reyes, en recibir en audiencia a los masones, judios y perseguidores de los cristianos, en hacer eucaristía, en decidir nombramientos y ascensos en sus camarillas. Y los párrocos que lanzaban señales de alarma eran señalados como fanáticos; aquellos que rechazaban la admisión de los indignos al matrimonio eran amonestados en la Curia y repudiados en público por su Obispo. Marchaba todo bien, tenía que marchar todo bien, incluso contra toda razón: era la formidable primavera conciliar, y quien levantaba dudas era culpable de derrotismo. Era la época en la cual, al igual que otras manifestaciones oceánicas no menos miserables del pasado reciente, nos contentábamos con un Papa que sabía reunir a su alrededor a miles de jóvenes, debiendo luego confiar a los barrenderos la recolección de miles de preservativos dejados por esos jóvenes en los campamentos después de las Jornadas Mundiales de la Juventud, prueba tristísima de la inanidad de aquellos entusiasmantes consensos.




III

Hechas estas consideraciones, es evidente que la contraiglesia no puede hoy negarse a sí misma después de haber extendido las premisas doctrinales de la descomposición moral de la que ella es artífice y principal responsable. Sólo gracias a la Dignitatis Humanae se plasmaron generaciones de católicos vueltos ideológicamente eunucos en la confutación de cualquier error, primero sobre la base de una presunta tolerancia, luego en la plena aceptación de las sectas y, finalmente, en el reconocimiento de un indebido respeto hacia las más absurdas idolatrías: al punto de ver al Vicario de Cristo besar el Corán o hacerse marcar en la frente con la señal de Shiva (Juan Pablo II), y a su digno sucesor recibir la bendición de un exaltado carismático, de un sedicente «obispo» anglicano o de un pastor valdense. Arrodillado o inclinado, humillando ante un hereje la suprema dignidad apostólica que él detenta. Dignidad ya postrada por Paulo VI cuando depuso la tiara, de la que él era sin dudas indigno, pero de la que, sin embargo, Dios le había ceñido la cabeza para que fuese el Vicario, y no el apóstata.

En perfecta armonía con el indiferentismo religioso profesado por el Sanedrín romano, los Estados han hecho propia la tolerancia hacia cualquier culto. Alguien temió entonces que cundiera el riesgo de que, llevado a las extremas consecuencias este principio, se llegara a conferir el derecho de ciudadanía incluso a satanistas -y fue inmediatamente tildado como exagerado. Sirvió para entender, justo por estos días, que la celebración de una misa negra en el Centro Cívico de la ciudad de Oklahoma es perfectamente legal y que la Iglesia no tiene ninguna potestad para intervenir pidiendo la prohibición, dado que el Estado es laico y no quiere meterse en disputas teológicas. Pero bien vistas las cosas, ¿a quién le debemos la abolición de la Religión de Estado en naciones católicas, desde Italia a España, si no a la obra diplomática de Secretarios de Estado y de Nuncios Apostólicos, bajo mandato de los Papas del  postconcilio? ¿De qué se lamentan ciertos Prelados? ¿No querían la libertad de religión? Ahora pueden invitar a Asís, aparte de los adoradores de ídolos, a los servidores del Maligno y los celebrantes de misas negras. Por otro lado, con sólo conocer los rituales de Kiko Argüello o el modo en el que se administra en casi todas las iglesias del orbe la Santa Comunión, no puede dejar de notarse que el sacrilegio de las Especies Eucarísticas está tan presente en los ritos conciliares como en los de los cultos satánicos, con la diferencia de que mientras los satanistas creen en la Presencia Real y la profanan deliberadamente, muchos sacerdotes no creen en la transubstanciación, y no pocas veces consagran inválidamente.

Incluso los venerables ritos de la Iglesia han sido parodiados por la secta conciliar: escuálidas liturgias copiadas casi literalmente de aquellas de los peores herejes, con los altares extirpados, paramentos à la mago Otelma, cánticos profanos, salvajes en danza, contaminaciones paganas. Y como en el culto divino el Rey Sacramentado está en el centro de la adoración, así en el culto conciliar es el hombre el ídolo obsceno celebrado por sus falsos sacerdotes. La Santísima Virgen, los Ángeles, los Santos Apóstoles, los Mártires, los Doctores y los Confesores de la Fe, las Vírgenes y las Viudas de la Liturgia católica han sido sustituidos por nuevos santos conciliares, en un nuevo calendario, como antes lo hicieron otros herejes y luego los revolucionarios de los últimos siglos, al punto de cambiar la toponomástica de nuestras calles y plazas a golpes de calle Mazzini, avenida Garibaldi, plaza Togliatti y paseo Mártires de la Libertad. Simia Dei.

En el fondo de todo esto, la constante es una y sólo una: la perversión de la fe, la pérdida del sentido de lo sagrado, la sustitución de una visión trascendente iluminada por la Gracia por una visión horizontal miserablemente humana que frustra -es más: impide- cualquier impulso espiritual y confina el anhelo de esperanza de la felicidad eterna a un mezquino espejismo de solidaridad y de fraternidad de inspiración revolucionaria, masónica, y de inequívoca matriz luciferina.

En la babel conciliar no se omite eliminar el santo temor de Dios, precisamente porque éste es initium sapientiae, principio de la sabiduría. ¿Qué importa si los divorciados concubinarios profanan la Santísima Eucaristía autorizándolos a comulgar? ¿Qué importa si los delirios del Sínodo causan su condenación, con el placet papal? ¿Qué importa si admitiendo a las celebraciones a herejes y cismáticos se ofende a Dios? ¿Qué importa si llamar hermanos mayores a los deicidas es una afrenta a la Pasión del Salvador? Todo se resuelve horizontalmente, casi como si la divina Majestad no tuviese parte alguna en las decisiones de Sus sedicentes ministros. Pero, ¿quién piensa en la cólera de Dios, en la terrible venganza que están llamando sobre sus cabezas y, ¡ay!, incluso sobre la nuestra? ¿En el castigo que les espera, en tanto pastores infieles, mercenarios y traidores? Para esta contraiglesia todo es bueno, todo es santo, todo es loable mientras no lleve traza alguna de catolicidad. Por eso aman el hedor del rebaño, más que el perfume del divino Pastor, y no se avergüenzan de admitirlo. Es más: ¡los enorgullece!

No sabemos si el Anticristo se sienta ya en Roma, o si otros están preparando aquel Solio para él, tal como el Precursor precedió y preparó al pueblo judío para la venida del Salvador. Pero no podemos simular que la revolución en acto que afecta a los vértices de la Iglesia Católica no tenga nada que ver con lo que la Sagrada Escritura anunció para los últimos tiempos.




viernes, 14 de noviembre de 2014

LA CONTRAIGLESIA Y EL ANTICRISTO (I)

por Cesare Baronio
(traducción por F.I.)

Ofrecemos, en dos entregas sucesivas, este extraordinario texto publicado originariamente en tres partes (accesibles aquí, aquí y aquí) durante los días de la celebración del Sínodo.


I

El demonio es Simia Dei, mono de Dios. Y aquello que en las perfecciones de Dios es la manifestación más perfecta de la Verdad y del Bien, en las perversiones satánicas es prueba de la Falsedad y el Mal. Mientras que por un lado la Revelación es camino seguro para conocer la única Religión, por otro la herejía y el error son la marca de las idolatrías y las supersticiones inspiradas por el Enemigo. Simia Dei. Un espíritu de inteligencia perfecta, rebelde a su Creador por toda la eternidad, endurecido por siempre en el odio desesperado hacia la Santísima Trinidad, y hacia aquellos seres indignísimos, imperfectos y limitados que en Adán, la Serpiente había empujado a la caída y que en Cristo, encarnado en el seno de la Santísima Virgen, habían sido redimidos en el madero de la Cruz.

Este maldito mono, cegado por el orgullo, desde la noche de los tiempos supo crearse una pseudo-revelación, parodia impía del mensaje salvífico de Dios; reunió en torno a sí un pueblo elegido para ser conducido través de los siglos a la condenación eterna; enredó a Israel induciéndolo a la idolatría y alejándolo de la fidelidad al Señor; trató de matar al Redentor desde que éste vistiera pañales, encontrando un cómplice en Herodes; intentó varias veces hacer lapidar a Nuestro Señor contando con la envidia de los fariseos; inspiró la conspiración de los sumos sacerdotes contra Él, llegando a hacerLo condenar injustamente y a hacerLo crucifícar: justamente con este supremo acto de violencia sacrílega, qui in ligno vincebat, in ligno quoque vincebatur: creyendo aplastar a Cristo en la cruz, con esa cruz Lucifer pronunció su propia e irrevocable y definitiva derrota.

Jamás saciado de violencia y sangre, Satanás intensificó sus propios ataques contra la Iglesia, el nuevo Israel fundado por el Salvador para extender la salvación a todas las naciones. Sembró el odio, haciendo matar a los Apóstoles y a los Mártires. Instó a la división entre ellos, esparciendo la herejía y el error. Debilitó la santidad de los santos, asaltándolos con mil tentaciones e induciéndolos al pecado para alejarlos de la Gracia reconquistada. Instruyó a sus seguidores para que demoliesen el templo de Dios erigido en nuestras almas, del mismo modo que armó la mano impía de Sus enemigos para abatir las iglesias y revesar los altares. Entrenó a los herejes y sectarios de todos los siglos para debilitar a la nueva Jerusalén, y sedujo a los individuos para anular el Sacrificio de Cristo en sus frutos.

Tal como la Providencia había rescatado de las tinieblas a enteras naciones a través de la obra de misioneros celosos y de la sangre de miles de mártires, así Satanás trató de sumergir nuevamente en la oscuridad a los pueblos alejándolos de Dios, gracias a la complicidad de los heresiarcas, al escándalo de los corruptos y a la violencia de los tiranos.

En el otro frente, la Santa Iglesia libraba desde siempre el bonum certamen contra los emisarios del Enemigo, protegiendo en lo interior de sus propios bastiones espirituales a los fieles, adversus principes et potestates, adversus mundi rectores tenebrarum harum, contra spiritualia nequitiae. Ni las guerras, ni las persecuciones, ni las miserias de sus propios miembros han permitido jamás a la Iglesia ceder a los ejércitos de Lucifer: hecha fuerte por el estandarte de la Cruz y por las armas poderosísimas de la Gracia que se derrama a través de los sacramentos, ella ha sobrevivido y se ha regenerado hasta el momento de la gran tribulación: Satanás ha sido capaz de lanzar el ataque final.

Un ataque que el Todopoderoso, en sus inescrutables designios, había detenido hasta aquel momento. En la visión de León XIII, el Maligno le pide a Dios poder desencadenarse contra la Iglesia (nuevo Job), y sus cadenas han sido momentáneamente sueltas, como las mismas cadenas que sujetaban a los poderes infernales en la víspera de la Pasión. Pero la ceguera satánica que ayudó a sancionar su propia derrota en el momento en que, ebrio de odio eterno, lograba clavar al Verbo de Dios en el instrumento de ignominia reservado a los esclavos, será la misma que hundirá al Enemigo en el infierno cuando éste crea haber completado su obra, crucificando también al Cuerpo Místico del Salvador. Este orgullo ciega incluso a la inteligencia más perfecta, haciéndola cooperadora inconsciente de la victoria final de Dios sobre el Demonio.

He aquí, pues, a Satanás sentándose a través de sus seguidores en el Lugar Santo. Helo recibiendo las Órdenes y ascendiendo en la jerarquía católica. Helo revistiendo las vestiduras de los Prelados y la púrpura de los Cardenales. Simia Dei. Helo ocupado en instruir a sus ministros acerca de las maniobras a adoptar en las comisiones del Concilio. Helo chantajeando a los corruptos para obtenerles beneficios y obligarlos a convertirse en cómplices de sus maniobras. Helo seduciendo a los ignorantes, inspirando a los orgullosos, moviendo a los perversos. Y como la Gracia divina sabe cómo hacer que la naturaleza humana le sea dócil, llevándola hacia Dios, así la influencia maligna de Satanás obra en sus adeptos para hacerlos cooperar con el plan infernal.

Allí donde rige el desprecio por el poder, prevalece el celo por la causa de Dios; donde rige el amor a los cargos, prevalece infaltablemente la inclinación a la corrupción y al orgullo. Allí donde rige el amor por la Verdad y la fidelidad a la Doctrina, crece el conocimiento de la Verdad y la práctica del Bien; donde en cambio reina la ignorancia o el espíritu de rebelión intelectual, prolifera la herejía y la insubordinación al Magisterio. Allí donde la penitencia, la mortificación y la oración constituyen una firme defensa contra el pecado, florecen la virtud y la santidad; donde los placeres y el espíritu mundano relajan las costumbres y alejan del recogimiento, el vicio acostumbra al alma a la lejanía de Dios y abre las puertas a todo tipo de pecados. Donde la celebración devota de la Misa y el rezo del Breviario alimentan el alma del sacerdote con el Manjar eterno y la proveen contra los asaltos del Maligno, se multiplican las bendiciones celestes y los frutos de apostolado; donde las obligaciones canónicas ceden a los compromisos y a las reuniones, he aquí la descuidada celebración de eucaristías concelebradas sin decoro y la omisión del Oficio Divino. Donde el hábito clerical constituye una santa armadura contra las lisonjas del siglo, se alimenta la humildad, el hombre desaparece y se hace visible como Ministro de Dios; donde el clergyman o el hábito secular disimulan la Unción recibida y complacen a los espíritus mundanos que no soportan ningún rastro de lo sagrado en la sociedad, he aquí elevarse orgulloso el ego tristísimo del hombre con todas sus miserias y desaparecer el sacerdote. Y por último, para ser claros hasta el fin: allí donde el amor por el Señor lleva naturalmente al deseo de conocerLo más para amarLo mejor, fluye del corazón también el celo apostólico por la conversión de los equivocados y los pecadores; pero donde habita el apego al vicio y la pérdida habitual del estado de Gracia, la Verdad suena como un reproche intolerable que no puede tener como consecuencia inmediata sino la tolerancia para con el mal, con el error, con la herejía, con el pecado. Tolerancia que se manifiesta en la negación de la Doctrina o incluso sólo en callarla, prefiriendo el diálogo ecuménico a la apologética, los encuentros interreligiosos a la oración ante el Tabernáculo, la complicidad con el error a la defensa de la Verdad, bajo las apariencias de una mal entendida misericordia.

No se necesita una inteligencia angélica para entender estas cosas: la Santa Madre Iglesia las ha recordado siempre a sus hijos, advirtiéndoles de los peligros a los que se podían exponer si bajaban a la arena para pelear la batalla espiritual sin armas, sin escudo y sin casco. Pero justamente también por esto sabe Satanás que, para ganar una guerra sin tregua, debe desarmar al enemigo, desgastar sus fuerzas, corromper su integridad. Y tal vez llevarlo a la traición, a la deserción, y adquirirlo para su causa alistándolo en sus propias filas.

Es entonces increíble que tantos Ministros sagrados, aun aleccionados por el cuidado amoroso de la Esposa de Cristo, hayan podido hacerse responsables de una tal rendición incondicional al enemigo. Esta derrota del estado mayor de la Iglesia, que ha tenido también como consecuencia la deserción de los soldados en sotana o sayo, sólo se comprende si se identifican las causas remotas y próximas que la determinaron.

Es inútil negar la evidencia: Satanás se está apoderando de la Iglesia para hacer de ella una parodia blasfema, para crear una contra-iglesia infernal encarada a la condenación eterna de sus fieles, así como la verdadera Iglesia de Cristo ha sido querida por Él para la salvación eterna de Sus hijos. Aquello que en los siglos el Enemigo obtuvo pervirtiendo a los individuos, quiere ahora conseguirlo pervirtiendo a la sociedad espiritual que los reúne bajo la dirección del único Pastor. Pero para lograr el propósito no basta con enredar a los fieles o al bajo Clero: es indispensable llegar a alistar también a los Prelados e incluso al Papa. Cosa inconcebible hasta los años cincuenta, y que incluso en la siguiente década fue agudamente temida por algunos Prelados no ofuscados por el espíritu del mundo y por el afán de complacer a la mentalidad profana.

Que el Anticristo deba venir, es doctrina de fe. Que él seducirá a la mayoría de las personas, está descrito en las Sagradas Escrituras. Pero a qué lugar va él a aspirar, a qué cargo universal pueda querer ascender para dominar el mundo, es fácil intuirlo: no a los tronos de las naciones, abatidos por las revoluciones; no a la presidencia de las confederaciones mundiales, demasiado democráticas para asegurar un poder directo e inmediato sobre la humanidad. El Anticristo, instruido por su padre Satanás, ambiciona el Trono de Pedro, el Solio del Vicario de Cristo, desde donde imponerse al mundo como nuevo Mesías, como liberador de los hombres del yugo intolerable de la Ley divina, llegados a un nivel de corruptela sin igual en la historia. Un anti-Papa, en una contra-iglesia, con toda una jerarquía sometida a él y dedicada a la perdición de los hombres. Simia Dei, de hecho. Y las palabras de Nuestra Señora en La Salette suenan claras sobremanera: Roma se convertirá en la sede del Anticristo.