Cuando las pasadas generaciones de cristianos remitían a la Madre Celestial sus súplicas, hechas en tanto «gementes et flentes, in hac lacrymarum valle», lo hacían conscientes de la guerra sin cuartel que debía librar todo bautizado contra la triple concupiscencia. La dolencia de ser en el mundo después de que el hogar de nuestros primeros padres quedó resguardado de toda incursión humana por el ángel armado con espada de fuego no cesó ni siquiera con la exultante noticia de la Redención, bien que ésta proveyera a sus destinatarios con aquella realísima esperanza que Pandora le negara a la estirpe en pleno. «Laeti triumphantes» a los flancos del Salvador pero, en tanto no confirmado nadie en gracia, aguijados por una pena ineludible que se deriva de la posibilidad real de tropezar en el umbral mismo de la victoria. Y aunque la embriaguez del divino amor supliera de momento la imposible certeza de la salvación personal, entregando a las almas santas un trasunto de esa unión plena aún no poseída, el dolor del terrestre destierro no dejaba por eso de ser menos vivo («que muero porque no muero»). Por lo demás, todas las importunidades adosadas a la naturaleza caída, por mucho que la paciencia las trocara en otros tantos méritos, bastan a comprobar que no hay plenitud cierta bajo el sol. La plenitud es la Patria; vivimos, pues, en un ubicuo exilio.
Con un más o un menos de conciencia, ésta fue certeza que informó la vida de enteras naciones bajo el régimen de Cristiandad y aun después, con la revolución ya suficientemente aviada entre los príncipes. Debieron ser, por eso mismo, tiempos de júbilos discretos y de penas ordenadas -subordinadas a una felicidad final y ultramundana-, muy en disonancia con unos días, los nuestros, en que la alegría suele rimar con bellaquería y el sufrimiento es tenido por absurdo, listo a combatirse con la mayor presteza, con todas las estratagemas analgésicas convenientemente desplegadas. De modo que decir que los hombres se han vuelto bestias resulta un halago inmerecido por estos seres erráticos cuyas existencias, como el vuelo desacompasado de las golondrinas, resultan inescrutables en función de un fin, cualquiera éste sea. Átomos aislados, sin ligamen, sin historia, y por colmo satisfechos de una vacuidad que se sirven decorar con frases hechas -o más bien contrahechas, puro producto de la perversión de la lengua y del lenguaje y del derrumbe atónito de todas las facultades.
El veneno está en los hábitos, en el aire. Cuando Nuestra Señora, en Fátima, se sirvió ofrecerles a los pastorcitos una visión del infierno, estaba ciertamente desvelando a su vista el mayor de los secretos de Fátima, aquel arcano inasible para nuestro tiempo: hay justicia retributiva, hay un salario -una salazón implacable- que aguarda a quienes obran el mal, «los perros, los hechiceros, los impuros, los homicidas, los idólatras y todos los que aman y practican la mentira» (Ap 22,15). Las ideologías perversas que tiranizan el mundo se obstinan en adscribir a esta clasificación moral a todos los hombres en bloque, al género humano refundado. Entre tantas otras embestidas desembozadas, acá estriba uno de los ataques implícitos contra el matrimonio: en la parodia de su fin, que parece ser -cuando el fastidio de la generación no pudiera ser convenientemente evitado- en traer al mundo nuevos comulgantes con las tinieblas.
¿Qué otra cosa sino el triste espectáculo de la demencia generalizada ofrecen convocatorias orbitales como las que se han visto por estos días, que mientras vociferan por la igualdad de derechos de ambos sexos promueven de hecho la desigualdad más cruda, obteniéndole a las mujeres una multitud de privilegios legales negados al varón -entre otros igualmente grotescos, la aplicación de la mitad de la pena para los mismos delitos, como ocurre, v.g., en el caso de homicidio, considerado mucho menos grave que el "femicidio" (sic)? Esta de la adhesión entusiasta de las masas a las consignas más falaces y el consiguiente pacato silencio de los facultados para corregirlas constituye todo un cuadro de desolación, pronto a extender su veneno mortal a las relaciones humanas más inmediatas. Es así de estúpida la sazón alcanzada: para concebir horror, el hombre contemporáneo acude al cine, al género de películas llamadas "de terror", siendo que no necesita mirarse más que a sí mismo y al entorno. Hace mucho, por colmo, que la idea de «náusea» dejó de remitir a un mero trastorno gástrico.
Contra toda la marea disolvente del mundo y de la contraiglesia presidida por Bergoglio en comunión colegial con sus obispos, ávida de consagrar las premisas falsas de aquel mismo mundo en ruinas, nosotros conservamos, junto con la fe, el dictamen de la sindéresis. Y aquella su consecuencia invariable: el desertor no toma parte en el botín. Al celestial botín aspiramos, gimiendo y llorando ante el trono de nuestra Madre cuyo Corazón Inmaculado, atravesado con siete espadas, refleja más eficazmente que ninguna realidad creada la gloria eminentísima de Dios. Que Ella se sirva combatir siempre a nuestro lado -o mejor, a nuestra cabeza-, plantándole cara al enemigo. Que Ella nos conforte y nos mantenga en pie en las crecientes dificultades que nos aguardan, y que a la postre nos conduzca al reino de su Hijo.
sábado, 4 de junio de 2016
sábado, 21 de mayo de 2016
RETRATO DEL FALSO PROFETA
A medida que los tiempos transcurrían, la fisonomía que los cristianos le anticipaban al Anticristo venturo pasó de la monstruosidad de sus rasgos a una compostura ladina de los mismos, sin dudas más adecuada al supremo engañador que la historia habrá alcanzado a conocer. Los siglos medios «empezaron a imaginar una especie de Nerón redivivo y cuadruplicado -dice Castellani-, y lo adornaron de toda suerte de vicios [...] No sería reconocido como salvador de los hombres ni adorado si fuera una monstruosidad acumulativa de todos los degenerados emperadores romanos de la casa de los Flavios. Pero los antiguos Padres y los teólogos medievales eran demasiado sanos para imaginarse todavía más maldad de aquélla», pues la que hoy pudiera encarnar un césar capaz de amparar su protervia en la monserga filantrópica, en la impostura de los derechos humanos y en la nauseante levedad de las costumbres cívicas tras dos siglos largos de liberalismo, esa maldad, decimos, perdido el sentido del mal, debe ser tanto más indescifrable al común como recóndita y profunda, extendida en toda la vastedad de las entrañas del Enemigo, una metástasis de malos designios oportunamente camuflados bajo un manto de indulgencia falaz, opuesta al integrismo irreductible, al ultramontanismo de aquellos cristianos que aún queden en el desierto del orbe (sin merma de que no fue la dinastía flavia sino la de los Claudios, con nenes como Tiberio, Calígula y Nerón, la que sintetizó crudamente cuanto podía suponerse de malvado en los primeros siglos de nuestra era).
Hoy es más factible adecuar la facha del Adversario al canon democrático y pluralista, y así lo han hecho los autores que se ocuparon de él en el último siglo y medio. De nuestra parte, nos permitiremos la licencia de aplicarle el apelativo de «Anticristo» a los depositarios del doble orbital poder (civil y religioso) en los tiempos finales, aun cuando se acostumbre reservar el nombre para el solo investido con la potestad civil. Fundamos esta dicción en la primera carta de san Juan, que habla de «muchos anticristos» salidos de la Iglesia -que no del Imperium-, y en el triple ministerio que de Cristo proclamamos, el de sacerdote, profeta y rey, lo que hace que «Anticristo», por consecuencia, pueda decirse no sólo de aquel rey contrario a la reyecía del Señor, sino de aquel "sacerdote" y "profeta" que también pretenden impugnarlo y usurpar su dignidad. Benson, aplicándole el término a la potestad política, hace del Anticristo una especie de protector de la humanidad aterrada ante la perspectiva de guerras y hambrunas, un benefactor implacable de cuantos se le sujetan voluntariamente. Soloviev lo muestra incluso austero en sus formas, vegetariano y amigo de los animales. Poco antes Dostoievski, en la Leyenda del gran Inquisidor, y pese a la diatriba anti-romana de sus líneas, anticipa increíblemente algo del programa y el espíritu de la Jerarquía eclesiástica de nuestros días, convencida de que «para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad», capaz de enrostrarle a Cristo el no haber sucumbido a la primera de sus tentaciones en el desierto, la de convertir las piedras en panes para comprar con su poder taumatúrgico la obediencia de los hombres, capaz también de reprocharle a Jesús la exigencia de su doctrina, hecha para ser observada sólo por los elegidos. Estos sacerdotes de Satanás podrán afirmar cínicamente, ante la misma faz del Señor, que
nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar [...] Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad — no, como Tú, el orgullo [...] Hasta les permitiremos pecar — ¡su naturaleza es tan flaca!—. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado [...] Y nos adorarán como a bienhechores.
Yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra.
Menos conocido y más reciente es un texto de Dietrich von Hildebrand escrito en 1969, que tomamos de Una Fides y del que no se nos ofrece mención de la fuente original. Sabemos que el autor incluyó en su El caballo de Troya en la Ciudad de Dios un capítulo dedicado a Teillard de Chardin -esa nueva autoridad rescatada por el magisterio más reciente, y que Von Hildebrand califica simplemente como de «falso profeta»-, pero el Retrato que sigue a estas líneas, de estremecedora actualidad, no sale de esas páginas. Vaya dedicado a quien le quepa el sayo.
Quien niega el pecado original y la necesidad de redención del género humano, anula el significado de la muerte de Cristo en la cruz y es un falso profeta.
Quien olvida que la redención del mundo a través de Cristo es la única fuente de verdadera felicidad y que nada en el mundo puede ser comparado a este único hecho glorioso, ese tal no es más un verdadero cristiano.
Quien no acepta más la absoluta supremacía del primer mandamiento de Cristo -ama a Dios por sobre cualquier otra cosa- y sostiene en cambio que el amor de Dios se expresa sólo en el amor del prójimo, ése es un falso profeta.
Quien ya no sabe entender que el desear una íntima unión con Cristo y una transformación en Cristo es el verdadero significado de nuestra vida, ése es un falso profeta.
Quien proclama que toda moral se basta a sí misma, y por lo tanto no principalmente en la relación del hombre con Dios sino en las cosas que conciernen al bienestar de la humanidad, ése es un falso profeta.
Quien en el daño infligido a nuestro prójimo ve sólo el mal causado a éste y no ve la ofensa a Dios que está implícita en el mismo daño, ése es víctima de la enseñanza de un falso profeta.
Quien ya no percibe la radical diferencia existente entre caridad y benevolencia humanitaria, ése se ha vuelto sordo al mensaje de Cristo.
Quien se halla impresionado y conmovido por las "conquistas cósmicas" y por la "evolución" y por las especulaciones científicas más que por la luz de la Sagrada Humanidad de Cristo reflejada en un santo, o por la victoria sobre el mundo representada por la vida de un santo, ése ya no está compenetrado de espíritu cristiano.
Quien se preocupa por el bienestar material del hombre más que por su santificación, ése ha perdido el sentido cristiano del Universo.
lunes, 16 de mayo de 2016
EL MÁS ESTREPITOSO DE LOS SILENCIOS
Tempus agendi est Domino,
violaverut legem tuam.
(Ps 118, 126).
Ahora bien: en la calificación misma de “reaccionario”, de la que tanto quisiéramos ser dignos, consta esta perentoriedad de la acción en ciertos lances históricos. Un agere contra que, por definición, no puede limitarse a la sola especulación, por muy sobrado apego que tengamos por la vida intelectual. Y si es muy cierto que, ante todo, «la obra de Dios es creer en Aquel que Él ha enviado» (Io 6,29), no lo es menos que esta fe que se nos exige y que desdeña la mera operosidad exterior, supone al mismo tiempo una labor integral de cincel, de zapapico, de remoción incesante de todo lo que estorbe a la unión del alma con Dios a la vez que la urgencia del testimonio público. La obra principia por el creer y el hablar, como lo subraya el Apóstol: con el corazón creemos en orden a la justificación y con la boca hacemos profesión de nuestra fe para alcanzar la salvación (Rm 10,10).
Esta misma disposición que antes describimos, como de taciturnos bueyes, pudo fácilmente encarnar en los jerarcas de la Iglesia a lo largo de los siglos, especialmente cuando los labios de los obispos destilaban sabiduría, obra ésta necesaria si las hay. Era justo que tal tesoro se labrara en lo oculto según su estilo propio, sin agitaciones, despreocupadamente, para luego ser ofrecido en don a muchos. Cuando se observa esto, no resulta en modo alguno casual que el más recomendado entre los doctores de la Iglesia fuera cognominado el "Buey mudo". Se trata, con todo, de una mudez locuaz, de un silencio cuyo repliegue anuncia un torrente de riquezas espirituales, de una "soledad sonora" que en nada se parece a la abulia o, peor aún, al silencio calculador motivado por la despreciable prudentia carnis, capaz de cohibir la manifestación de la verdad y de sofocarla bajo múltiples estratos de hez y de simulación.
Este último y flaco tipo de silencio, irritante a cualquier conciencia recta, ha sido el adoptado unánimemente por la Jerarquía conciliar, empezando por los modos impuestos en su momento por la Ostpolitik. Dejamos a los entendidos en la materia la cuestión acerca de, si por defecto de forma, las consagraciones episcopales Novus Ordo resultan inválidas, poniendo al gobierno de las diócesis a simples palos de escoba: de la superabundancia de los efectos conocidos por todos, semejante tesis resulta al menos verosímil. Lo que de mínima puede decirse es que esas maneras más bien flemáticas propias del hombre teorético fueron eficazmente exacerbadas por la herejía triunfante hasta lograr la peor de sus caricaturas, emplazando en los solios episcopales a una recua de zombis incapaces de pronunciarse contra los errores y las imposturas que, en progresión creciente, corrompieron la faz de nuestras sociedades y acabaron por doblegar a la Iglesia. Concretamente: tanto o más escandaloso que las blasfemias de Bergoglio resulta el anodino silencio de los prelados que, en masa, han dispuesto no horrorizarse ante aquellos pasajes de la Fornicationis laetitia que, como el parágrafo 3, ya desde el principio del texto, anticipan la aplicación de la hermenéutica hegeliana al Evangelio.
En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13)
Se llegó a la desfachatada sazón de manipular las palabras del Señor para -sobre la tesis implícita de la «Revelación incompleta»- abrir las puertas al caos. Esto ya estaba claro desde el principio de este pontificado, según alguna vez lo comentamos en estas páginas: la salida de Benedicto comportaba la plenitud de la ventura conciliar, la "Iglesia de la abdicación". Ahora, enancados sobre las doctrinas condenadas de Joaquín de Fiore y llevándolas a su torsión más maliciosa, invocan con blasfemia al Espíritu Santo para rendirse al espíritu del mundo y a los planes mundialistas, aboliendo la noción misma de pecado y contribuyendo a la total demolición de la institución familiar. Y la demente carrera sigue sin pausa: no bien permitidas oficialmente las comuniones sacrílegas, Francisco la emprende con el diaconado femenino. Y los obispos siguen haciendo la del cartujo.
Aquel pascaliano silence éternel de ces éspaces infinis podría aplicarse a la infinita vileza de los 5000 obispos dispersos por el mundo, incapaces de lanzar el anatema merecido por un documento tan ponzoñoso. Así como la creación material ha sido comparada a menudo con la Biblia, por la elocuencia con la que los seres remiten a su Creador, y hasta los astros son capaces de "hablar en lenguas", como en Fátima, a nuestros jerarcas, a pesar de estar dotados de los órganos de la fonación, les cabe el retrato que el salmista hace de los ídolos de los gentiles (Ps 134, 16): os habent, et non loquentur.
Entre las dificultades exegéticas que presenta el texto del Apocalipsis, hay una particularmente peliaguda: la que, a la apertura del séptimo sello, y luego de haber cundido una vasta catástrofe telúrica, «se hizo en el cielo un silencio como de media hora» (Ap 8, 1), tras el cual vuelven los terremotos y erupciones que anuncian la Parusía. Castellani, rendido ante la dificultad de este pasaje, creyó ver -sin estar del todo convencido- que se refería a un breve período de paz para la Iglesia antes del fin. Si aplicáramos las convulsiones previas a este silencio descrito por el texto sacro a un hecho histórico de pesadilla capaz de convulsionar a los mismos elementos, como lo fue la Segunda Guerra Mundial, el «silencio en el cielo como de media hora» podría bien aludir a la consecutiva reticencia de la Iglesia a proclamar la verdad. A este respecto, el mutismo vescovil en relación a los bergoglianos desafueros ya constituye un clímax difícilmente superable, como de fin de estación: es de esperar, pues, la reanudación próxima de las catástrofes antes de la venida del Justo Juez.
sábado, 30 de abril de 2016
FRANCISCO EN LESBOS: LA INMIGRACIÓN MUSULMANA ES UN DON PARA EUROPA
por Alejandro Sosa Laprida
(disponible en pdf pulsando aquí)
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Tenía pensado escribir algo acerca de Los amores de Leticia[1], la nueva Exudación Escatológica[2] de « Papa Francisco », pero dado que mucho y bueno se ha publicado ya al respecto[3], y que a decir verdad no sabría yo qué agregar a lo dicho, se me ocurrió que echar un vistazo a la reciente « gira apostólica » lésbica del humilde y misericordioso huésped de la Casa Santa Marta no estaría de más. Auténtico Lepanto invertido, con un « Soberano Pontífice » por cierto muy diferente de San Pío V como protagonista, ya que en vez de repeler al invasor musulmán le abre las puertas de par en par de una Europa moribunda y resueltamente decidida a « eutanasiarse » con toda dignidad...
Cabe destacar de este viaje dos gestos « pontificios » de hondo calado simbólico:
1. El « Santo Padre » se trajo en su Vativuelo a doce mahometanos consigo a Roma.
2. Lanzó su llamado a la invasión islámica nada menos que desde la mítica isla deLesbos, a modo de manifiesto ideológico subliminal que lleva la inequívoca rúbrica del Averno, dado que no es ningún secreto que la tierra de Safo representa de manera emblemática la ideología mortífera que promueven desembozadamente la Unión Europea y subrepticiamente el farsante que hipócritamente se cuestiona ante las cámaras del sistema: « ¿Quién soy yo para juzgar ? » …
1. El « Santo Padre » se trajo en su Vativuelo a doce mahometanos consigo a Roma.
2. Lanzó su llamado a la invasión islámica nada menos que desde la mítica isla deLesbos, a modo de manifiesto ideológico subliminal que lleva la inequívoca rúbrica del Averno, dado que no es ningún secreto que la tierra de Safo representa de manera emblemática la ideología mortífera que promueven desembozadamente la Unión Europea y subrepticiamente el farsante que hipócritamente se cuestiona ante las cámaras del sistema: « ¿Quién soy yo para juzgar ? » …
[2] Utilizo el término en sus dos acepciones de estudio de los excrementos y de ciencia de las postrimerías.
« En una decisión que sorprendió al mundo y una movida política audaz, Francisco se llevó de regreso a Roma, en el vuelo papal, a tres familias sirias. Doce refugiados en total [todos musulmanes], seis adultos y seis menores, a quienes el Vaticano ayudará a rearmar sus vidas lejos de las bombas que destruyeron sus casas. La acción del Papa significó un llamado de atención a la dirigencia política europea, incapaz de enfrentar la peor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial[1]. »
Europa se halla
sumergida por la inmigración de masa musulmana. La situación es tan explosiva
que no se ve como podría evitarse que tarde o temprano se produjera una guerra
civil. Pero Francisco hace la apología del inmigracionismo. Y tan
descaradamente que no vacila en
culpabilizar a los europeos y en pedir perdón a los inmigrantes por la
« mala acogida » que se les reserva en Europa, lo cual, además de ser
totalmente falso, contribuye a reforzar la hostilidad y el desprecio de los
inmigrantes musulmanes hacia esa horrible sociedad « racista », blanca y cristiana, que
tan mal los recibe:
« ¡Demasiadas veces no los hemos acogido!
Perdonen la cerrazón y la indiferencia de nuestras sociedades que temen
el cambio de vida que su presencia requiere. Tratados como un peso, un problema, un costo, sin
embargo, ustedes son un don[2]. »
Sin embargo
nadie ignora que los refugiados son alojados, alimentados, vestidos y curados
gratuitamente en toda Europa y que no sufren ningún tipo de maltrato. Desgraciadamente,
no puede decirse que exista reciprocidad en el respeto de parte de las hordas
musulmanas hacia los nativos del viejo mundo:
« Alemania vive con estupor e indignación el
goteo de denuncias, hasta noventa ya, presentadas por mujeres víctimas de
agresiones sexuales y robos durante la Nochevieja en las proximidades de la
estación central de trenes de Colonia, donde se encontraban reunidos alrededor
de un millar de inmigrantes, que se coordinaron para llevar a cabo estos
delitos, además de al menos un violación y un número importante de robos[3]. »
El flujo masivo
incesante de migrantes mahometanos es celebrado por Francisco, quien para
designar a Dios utiliza maliciosamente una expresión típicamente islámica, la
« basmala »[4],
y afirma imperturbable que la inmigración es fuente de « encuentro entre
culturas y religiones diversas »…
« Son el testimonio de cómo nuestro Dios [!!!] clemente y misericordioso sabe transformar el mal y la injusticia que sufren
en un bien para todos. Porque cada uno de ustedes puede ser un puente que une a
pueblos lejanos, que hace posible el encuentro entre culturas y religiones diversas, un camino para
redescubrir nuestra humanidad común[5]. »
Francisco saludando a
inmigrantes en un centro de refugiados de Lesbos[6]
Los cristianos
son degollados, crucificados y masacrados en muchos países islámicos. Sin
embargo, Francisco no dice nada al respecto, no mueve un dedo para impedir el genocidio,
cuando su inmensa influencia internacional podría ser decisiva para obtener la
protección de las minorías cristianas. Y además
se trajo de Lesbos a Roma doce inmigrantes musulmanes en su vuelo papal. Ningún
cristiano. Dato geográfico revelador de la manipulación inmigracionista: Lesbos
queda a solamente 10 km. de Turquía y a 1200 km. del Vaticano. Según Francisco,
Europa, continente que según las previsiones demográficas será mayoritariamente
musulmán dentro de veinte o treinta años, debe abolir las fronteras y aceptar
de buen grado la invasión de los mahometanos:
« Vosotros, habitantes de Lesbos, demostráis
que en estas tierras, cuna de la civilización, sigue latiendo el corazón de una
humanidad que sabe reconocer por encima de todo al hermano y a la hermana, una
humanidad que quiere construir puentes y rechaza la ilusión
de levantar muros con el fin de sentirse
más seguros. En efecto, las barreras crean división, en lugar de ayudar
al verdadero progreso de los pueblos, y las divisiones,
antes o después, provocan enfrentamientos[7]. »
Para Francisco
Europa no se define por ser la cuna de la civilización cristiana, sino la
patria de los « derechos humanos » laicos y masónicos:
« Europa es la patria de
los derechos humanos,
y cualquiera que ponga pie en suelo europeo debería poder experimentarlo[8]. »
La Europa revolucionaria
de los « Derechos Humanos » anticristianos rechazó a Cristo y persiguió
a la Iglesia. Pues bien, tiene ahora en el Islam su merecido castigo. No quiso
cristianizar a África durante la era colonial en nombre del principio masónico de
la « laicidad » del Estado: pues ahora los africanos y los árabes se
encargarán de islamizarla. Actualmente, la Unión
Europea combate encarnizadamente el
matrimonio natural y las familias numerosas en nombre del feminismo, del
homosexualismo y de la gender theory:
los musulmanes se ocuparán de rellenar el gigantesco bache demográfico de este
continente otrora cristiano el cual, víctima de una ideología mortífera y de un
enceguecimiento culpable, cava alegremente su propia tumba…
Y para ello
cuenta con la inestimable cooperación de « Papa Francisco »,
principal agente revolucionario del planeta y promotor acérrimo del mundialismo
laico, multiculturalista e inmigracionista…
Según Francisco,
los musulmanes son « hijos de Dios »:
« No hice ninguna selección entre cristianos y
musulmanes. Estas tres familias tenían los papeles en regla, los documentos en
regla, y era factible. En la primera lista, por ejemplo, había dos familias
cristianas, pero no tenían los documentos en regla. No se trata, pues, de un
privilegio; estas doce personas son también
hijos de Dios.
El “privilegio” es ser hijos de Dios, esto es verdad[9]. »
Pero cualquier cristiano medianamente
instruído sabe perfectamente que eso es una mentira colosal: sólo
los bautizados son hijos de Dios, elevados a la vida sobrenatural por la gracia
divina. Los demás hombres son solamente creaturas de Dios, llamadas a volverse
hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Si todos fueramos « hijos de
Dios », ¿qué sentido tendría el anuncio del Evangelio ? ¿Qué sentido
tendría el bautismo ? Podrían citarse infinitos pasajes de
la Sagrada Escritura o del Magisterio de la Iglesia para demostrar el carácter
falaz de los dichos bergoglianos. En aras de la brevedad, veamos lo que al
respecto nos ha dado a conocer el Espíritu Santo a través del discípulo amado del
Señor en el prólogo de su Evangelio:
« A los
suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo
recibieron, a los que
creen en su nombre, les dio potestad de
ser hechos hijos de Dios; los
cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de
varón, sino de Dios. » (Jn. 1, 11-13)
No es la primera vez que Francisco sostiene esta
patraña públicamente. A modo de ejemplo, recordemos sus palabras en el Vídeo del Papa del mes enero de este
año, en el cual presentaba simultáneamente símbolos católicos, judíos,
musulmanes y budistas a la vez que afirmaba desvergonzadamente:
« Muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan
a Dios o encuentran a Dios de diversa manera. En esta multitud, en este abanico de religiones hay una sola certeza que tenemos para todos:
todos somos hijos de Dios[10]. »
La filiación
divina es un don sobrenatural que el hombre recibe por la fe en Jesucristo. Si
todos los hombres fuesen hijos de Dios, quedaría abolida la distinción entre el
orden de la naturaleza y el orden de la gracia, entre el Creador y la creatura,
y estaríamos en pleno panteísmo. Ahora bien, hay innumerables textos de
Francisco que demuestran su adhesión al inmanentismo evolucionista gnóstico, en
la línea del jesuita apóstata Pierre Teilhard de Chardin:
« Dios
es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de
esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo
haberle dicho que aunque nuestra especie termine [!!!] no terminará la luz de Dios que
en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos[11]. »
« Yo
creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios.
Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios [Negación implícita de la
divinidad de Nuestro Señor], el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Éste es mi Ser
[El cual es, por consiguiente, divino][12]. »
La herejía
sostenida públicamente por Francisco es patente, pero resulta que nadie se
inmuta. Lo cual es por cierto consternante, pero fácilmente explicable. Esta
situación absurda se debe a que todo el mundo está completamente idiotizado
por más de medio siglo de « ecumenismo » y de « interreligiosidad »
conciliares. Sin embargo, quien adhiriese a las palabras de Francisco, habría
dejado ipso facto de profesar la fe
católica. Objetivamente, esto es incuestionable. Pero sucede que el grado de
incultura religiosa es tal que nadie se percata de ello y que la inmensa
mayoría de los neo-católicos conciliares no percibe la incompatibilidad
radical que existe entre el catolicismo y la « religión ecuménica
conciliar », la cual se evidencia en Francisco con claridad meridiana…
Francisco es un
agente activo del mundialismo religioso y político al servicio del proyecto
iluminista de las Naciones Unidas.
Las fronteras deben desaparecer, las naciones deben abdicar su soberanía en provecho
del mundialismo ecológico, tanto los pueblos como los individuos deben perder
su identidad y su memoria, sometiéndose al « multiculturalismo » y al
« inmigracionismo. »
Con el episodio
de Lesbos hemos asistido a un capítulo más de la maléfica obra de devastación
espiritual, cultural y social ejecutada por el falso profeta argentino quien, en una suerte de espeluznante Lepanto
invertido, abrió las puertas de Europa al islam conquistador, con el
añadido altamente simbólico de haber perpetrado su fechoría nada menos que
en la isla de Lesbos, la cual representa universalmente el homosexualismo, cuya
dictadura ideológica hace estragos en el mundo cristiano ante el silencio cómplice
de Francisco…
Porque es bien
sabido que el pecado, la ofensa a Dios y la condenación eterna carecen completamente
de sentido para la fe gnóstica y naturalista de este ídolo de las masas
descristianizadas. Lo único que cuenta para este ser insensato es resolver la
« cuestión social » y proteger nuestra « casa común ». A este
respecto, vale la pena citar tres declaraciones efectuadas hace pocos días en
las que Francisco abogó una vez más por la implementación global del mundialismo socialista y ecologista:
« Un verdadero planteamiento ecológico debe
integrar medio ambiente y justicia, escuchando el
clamor de la tierra y el grito de los pobres[14]. »
« El cambio climático supone uno
de los principales desafíos
actuales para la humanidad; para afrontarlo se requiere la solidaridad de todos[15]. »
« Esto es lo que me ha venido en mente
-concluyó- Y ¿cómo se puede lograr? Simplemente siendo conscientes de que todos
tenemos algo en común, de que todos somos
humanos.
Y en esta humanidad nos acercamos para trabajar juntos. ‘‘Pero yo soy de
esta religión, yo soy de esta otra...’’
¡No importa! Todos adelante para trabajar
juntos. ¡Respetar a los demás! Y así veremos el milagro de un desierto que se
convierte en bosque[16]. »
Lo único que
importa, para este hombre cuya impiedad supera todo lo imaginable, es erradicar
la pobreza, instaurar la « justicia social » y combatir el
« cambio climático ». La pérdida de la fe, el laicismo, la pornografía,
el aborto, la eutanasia, el « matrimonio » homosexual, la
« teoría de género » y demás abominaciones de nuestras sociedades occidentales
« pluralistas » y « democráticas » no parecen inquietar
demasiado al impostor argentino.
Salvar el
planeta del « cambio climático » y construir la sociedad
multicultural y sincretista del Nuevo
Orden Mundial luciferino, edificado sobre las ruinas humeantes de la
civilización cristiana apóstata, tal parece ser el principal objetivo
perseguido por este siniestro gurú mundialista, el cual se presenta falazmente
ante el mundo como si fuera el Vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra,
cuando en realidad no se trata más que de un vil impostor, un miserable
usurpador de la Sede petrina, un esmerado y diligente precursor del Anticristo…
Para mayor información acerca de « Papa
Francisco »:
[4] La basmala es una fórmula ritual islámica con la que se inician las
suras o capítulos del Corán y dice así: En
el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso : https://es.wikipedia.org/wiki/Basmala
[8] Ibidem.
[11] Entrevista
con Eugenio Scalfari el 24 de septiembre de 2013, publicado el 1 de octubre en La Repubblica.
[12] Ibidem.
viernes, 22 de abril de 2016
SÍ. PUNTO
- Francis Rocca, del Wall Street Journal: [...] Algunos sostienen que no ha cambiado nada para que los divorciados que se han vuelto a casar accedan a los sacramentos; otros sostienen que ha cambiado mucho y que hay muchas nuevas aperturas. ¿Hay nuevas posibilidades concretas o no?
- Francisco: Yo puedo decir que sí. Punto.
- ¿Puede tenerse al perito químico Jorge Mario Bergoglio como reo de un sinfín de herejías ya condenadas por el Magisterio -señaladamente, en la última de sus deposiciones escritas, de aquella "moral situacional"que anula la ciencia moral al disolver la universalidad de la norma por una apelación insistente y maliciosa a los casos particulares, sirviéndose retorcer incluso para ello la enseñanza del Angélico respecto de la "indeterminación" inherente a lo particular y empleándola como réplica de lo común y universal? ¿Puede reconocérselo en la lodosa sima, en el bajo hondo de una concepción de la moral que, a instancias de la modernidad, declinó de normativa en descriptiva, y finalmente en encomiástica del vicio?
- Sí. Punto.
- Este formidable asalto al matrimonio, última y estrenua embestida de cuantas éste viene padeciendo en su constitución natural y divina, que ha impulsado a Francisco I de las Pampas a afirmar, entre otros horrores, que «valoro al feminismo cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad» (AL 173), como si el feminismo no hubiera demostrado ser el más formidable ariete contra el matrimonio y el bien de las familias (fórmula, por lo demás, equivalente en su absurdo a otras que podríamos sugerirle al pontífice para futuros documentos: «valoro el comunismo cuando no pretende fomentar el odio de clases», o bien «valoro el judaísmo talmúdico mientras éste no maldiga a Nuestro Señor y a su Santísima Madre y no autorice explícitamente el fraude»); este avieso ataque, decimos, propiciado bajo la engañosa especie de una Exhortación Apostólica que mejor debiera llamarse Execración Apostática, ¿no remite acaso a aquella advertencia del Apóstol (I Tim. 4, 1ss.) acerca de ciertos «impostores cuya conciencia está marcada al rojo vivo, que proscriben el matrimonio» de un modo quizás menos frontal que aquel adoptado antaño por los albigenses, pero no menos eficaz por su astucia y lo pernicioso de sus efectos?
- Sí. Punto.
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| «El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y un salteador» |
- Sí. Punto.
- Este Teómaco sin bozal, este Que-no-entra-por-la-puerta, que ha hecho del profanísimo concepto de «integración» la clave de su excremencial alegato pro Satana («se trata de integrar a todos» AL 297; «la lógica de la integración» AL 299), tomando prestado de la jerga de los politicastros un término con el que éstos ostentan su solicitud por los pobres con el mismo estilo de Judas aquel Lunes Santo en Betania, y metiéndolo de contrabando en un documento magisterial; este desvergonzado sofista, decimos, con su captatio benevolentiae de las turbas a instancias de estudiados gestos de "cálida humanidad" que sólo sirven para llevarlas más expedito a la perdición, ¿no se parece a aquellos criminales de guerra que el genial novelista ruso puso entre sus páginas, que se prodigaban en arrumacos para hacer sonreír a los bebés de sus prisioneros, para inmediatamente luego matarlos con el fusil?
- Sí. Punto.
- ¿No es el prolongado letargo de obispos y cardenales, y el de toda la Iglesia con ellos, el que ha merecido esta pesadilla monstruosa de un Papa que asume el papel de Celestina, ventilando dispensas para el placer venéreo a los cuatro costados? ¿No es este Blasfemador Urbi et Orbi, este impulsor de sacrilegios a raudales, la paga acordada a la piedad degradada en tontería? ¿El salario de aquella negligencia que -como lo dijo inmejorablemente un gran español-, "cuando toca a las cosas sagradas merece llamarse traición"? ¿La limosna de los demonios a cuantos se adecuaron diligentemente a la ruptura conciliar como si nada fuera, como si fuera poco, como si fuera un bien?
- Sí. Punto.
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