jueves, 9 de junio de 2016

LA FALSA PAZ SIN VERDAD DE FRANCISCO

por Alejandro Sosa Laprida 
(texto en PDF aquí)

« La Conferencia Episcopal Argentina, la Acción Católica Argentina y la Comisión Nacional de Justicia y Paz invitan a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a unirse a la iniciativa “un minuto por la paz”. La misma busca sumar nuestro compromiso y oración por la paz, todavía quebrada o amenazada en distintas regiones del mundo. Convocado en todo el mundo por el Foro Internacional de Acción Católica y la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, la idea es que ese día, a las 13.00 hs, cada uno de nosotros nos detengamos un momento, durante un minuto, rezando cada uno según su propia tradición. Podremos hacerlo solos o en grupo, en nuestros hogares o lugares de trabajo o estudio, o compartiendo una celebración en el templo[1]. »

           ¡Dále: vos rezale a Buda, a Alá o a Krishna y se hará la « paz en el mundo »!

Toda esta gente hace tiempo ya que ha dejado de ser católica. Lo dramático del caso es que ni cuenta se dan. Hay que ser de una ignorancia crasa o de una mala fe a toda prueba para no comprender que no se es cristiano si se considera que cualquier « tradición religiosa » es un camino válido para conocer a Dios y para rendirle el culto que le es debido, que la paz en el mundo puede ser obtenida a través de la « oración » de cualquier religión, por herética, cismática o idólatra que sea. No hace falta poseer ninguna erudición teológica o canónica para saberlo. Cualquier cristiano que tenga un conocimiento básico de su catecismo y que haya leído a San Pablo lo sabe con certeza absoluta.

Me permito recordar que esta situación aberrante no es nueva ni mucho menos. Bergoglio no ha inventado nada. Basta con leer los documentos conciliares Nostra Aetate[2] y Unitatis Redintegratio[3] para comprender donde se encuentra la raíz de los males presentes. Y con considerar su aplicación práctica, a través del herético ecumenismo postconciliar de los últimos cincuenta años, condenado en 1928 por Pío XI en la encíclica Mortalium Animos[4]. Que se piense, por ejemplo, en los múltiples aquelarres interreligiosos  de Asís, convocados por JPII y BXVI, esos supuestos « papas conservadores », que muchos creen oportuno citar como argumento de autoridad para contrarrestar las herejías y las blasfemias a repetición perpetradas por el falsario argentino.

Pero esto es pura ilusión. Los predecesores de Bergoglio profesaban exactamente los mismos errores conciliares referidos al ecumenismo, a la libertad religiosa, a la colegialidad, a la laicidad del Estado, a los falsos « derechos humanos » del hombre sin Dios, a la obtención de la « paz mundial » a través de la práctica interreligiosa y de la acción de las Naciones Unidas, a la falsa eclesiología de Lumen Gentium[5] (la cuestión del subsistit in[6]), etc.

Que en sus textos se puedan encontrar frases ortodoxas que se oponen a los dichos más escandalosos de « Francisco » no significa absolutamente nada: la ambigüedad y la contradicción constituyen la estrategia que deliberadamente siguen los modernistas desde principios del siglo pasado[7]. Es más, se podría refutar a Bergoglio con citas propias. No hay motivo para el asombro. Hoy, más que nunca, hay que releer la encíclica Pascendi, publicada por San Pío X en 1907:

« Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal[8]. »

El accionar de la subversión es harto conocido: hay que efectuar la revolución de las instituciones desde el interior  y, a la vez, tranquilizar a los pusilánimes « conservadores » para evitar el riesgo de que se produzca una reacción verdaderamente eficaz, es decir, contrarrevolucionaria.  Esto es, hay que dar dos pasos hacia adelante y luego uno hacia atrás. Conservar los principios disolventes de 1789 pero disimulándolos con el aparato del Antiguo Régimen. Bonapartismo puro…

Cuando Napoleón fue vencido y enviado al exilio, los principios revolucionarios ya habían sido integrados por todos los códigos civiles europeos. La subsiguiente restauración borbónica en Francia los dejó intactos. El proyecto de la Santa Alianza fracasó lastimosamente, probando que combatir los efectos de la revolución sin remontar a las causas supone una ingenuidad imperdonable. La « reforma de la reforma » y la lectura de Vaticano II « a la luz de la Tradición » (la famosa hermenéutica de la continuidad de BXVI), preconizadas por los « conservadores conciliares », es el equivalente eclesial actual del fallido proyecto de restauración monárquica por el Congreso de Viena de 1815.
Recordemos, para terminar, lo que « Francisco » había dicho respecto al tema en cuestión en su vídeo del mes de enero pasado (cito el artículo Noticias de Roma ocupada[9]):

En camino hacia la futura Religión de la Humanidad que profesará el Anticristo

« El Vídeo del Papa es una iniciativa global desarrollada por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración) para colaborar en la difusión de las intenciones mensuales del Santo Padre sobre los desafíos de la humanidad[10]. »

Francisco prosigue imperturbable su plan luciferino de constituir la religión mundialista del Anticristo[11], sincretista y ecuménica, integrando en ella a todas las « tradiciones religiosas », sin distinción de credo, igualando a Jesucristo con Buda y Mahoma, asegurándonos que todos somos « Hijos de Dios »  y que en materia religiosa basta con creer en el « Amor », al margen de la revelación divina y del magisterio de la Iglesia, según la pseudo religión naturalista concebida por la masonería y profesada desvergonzadamente por este perverso individuo, tan impío como insensato:

« Muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera. En esta multitud, en este abanico de religiones hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios. »

La « única certeza » para Francisco es que todos somos « Hijos de Dios »

Lo cual es a todas luces una mentira colosal. Podrían citarse innumerables pasajes de la Sagrada Escritura o de documentos del Magisterio de la Iglesia para demostrar el carácter falaz de los dichos bergoglianos[12]. En aras de la brevedad, veamos lo que al respecto nos ha dado a conocer el Espíritu Santo a través del discípulo amado en el prólogo de su Evangelio:

« A los suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. » (Jn. 1, 11-13)






[1] http://www.episcopado.org/portal/actualidad-cea/oficina-de-prensa/item/1204-un-minuto-por-la-paz.html 

[2] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html 

[3] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html 

[4] http://tradicioncatolica.es/wp-content/uploads/Jul-Ago081.pdf 

[5] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html 

[6] « Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara, confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno, y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad. Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica. » (LG 8) La trampa diabólica consiste en negar la identidad que existe entre Iglesia de Cristo e Iglesia Católica, negación implícita que constituye una herejía notoria.

[7] Al decir esto pienso particularmente en el muy interesante y bien documentado sitio español Denzinger-Bergoglio, tan lúcido en relación a « Francisco », tan ciego, desgraciadamente, en lo que se refiere a los demás « papas » conciliares: https://denzingerbergoglio.com/ 

[8] http://w2.vatican.va/content/pius-x/es/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_19070908_pascendi-dominici-gregis.html

[9] http://www.catolicosalerta.com.ar/bergoglio04/noticias_de_roma_ocupada.pdf 

[10] El Video del Papa de enero de 2016 : https://www.youtube.com/watch?v=vdE_09bMMF4

[11] http://catolicosalerta.com.ar/satanismo/el-anticristo-esta-cerca.pdf

[12] Para mayor información acerca de las fechorías perpetradas por « Papa Francisco »: http://www.catolicosalerta.com.ar/noticias06/tres-anios-con-francisco-esta-en-venta.html - http://saint-remi.fr/fr/livres/1436-tres-anos-con-francisco-la-impostura-bergogliana.html

sábado, 4 de junio de 2016

EL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA EN NUESTRA HORA

Cuando las pasadas generaciones de cristianos remitían a la Madre Celestial sus súplicas, hechas en tanto «gementes et flentes, in hac lacrymarum valle», lo hacían conscientes de la guerra sin cuartel que debía librar todo bautizado contra la triple concupiscencia. La dolencia de ser en el mundo después de que el hogar de nuestros primeros padres quedó resguardado de toda incursión humana por el ángel armado con espada de fuego no cesó ni siquiera con la exultante noticia de la Redención, bien que ésta proveyera a sus destinatarios con aquella realísima esperanza que Pandora le negara a la estirpe en pleno. «Laeti triumphantes» a los flancos del Salvador pero, en tanto no confirmado nadie en gracia, aguijados por una pena ineludible que se deriva de la posibilidad real de tropezar en el umbral mismo de la victoria. Y aunque la embriaguez del divino amor supliera de momento la imposible certeza de la salvación personal, entregando a las almas santas un trasunto de esa unión plena aún no poseída, el dolor del terrestre destierro no dejaba por eso de ser menos vivo («que muero porque no muero»). Por lo demás, todas las importunidades adosadas a la naturaleza caída, por mucho que la paciencia las trocara en otros tantos méritos, bastan a comprobar que no hay plenitud cierta bajo el sol. La plenitud es la Patria; vivimos, pues, en un ubicuo exilio.

Con un más o un menos de conciencia, ésta fue certeza que informó la vida de enteras naciones bajo el régimen de Cristiandad y aun después, con la revolución ya suficientemente aviada entre los príncipes. Debieron ser, por eso mismo, tiempos de júbilos discretos y de penas ordenadas -subordinadas a una felicidad final y ultramundana-, muy en disonancia con unos días, los nuestros, en que la alegría suele rimar con bellaquería y el sufrimiento es tenido por absurdo, listo a combatirse con la mayor presteza, con todas las estratagemas analgésicas convenientemente desplegadas. De modo que decir que los hombres se han vuelto bestias resulta un halago inmerecido por estos seres erráticos cuyas existencias, como el vuelo desacompasado de las golondrinas, resultan inescrutables en función de un fin, cualquiera éste sea. Átomos aislados, sin ligamen, sin historia, y por colmo satisfechos de una vacuidad que se sirven decorar con frases hechas -o más bien contrahechas, puro producto de la perversión de la lengua y del lenguaje y del derrumbe atónito de todas las facultades.

El veneno está en los hábitos, en el aire. Cuando Nuestra Señora, en Fátima, se sirvió ofrecerles a los pastorcitos una visión del infierno, estaba ciertamente desvelando a su vista el mayor de los secretos de Fátima, aquel arcano inasible para nuestro tiempo: hay justicia retributiva, hay un salario -una salazón implacable- que aguarda a quienes obran el mal, «los perros, los hechiceros, los impuros, los homicidas, los idólatras y todos los que aman y practican la mentira» (Ap 22,15). Las ideologías perversas que tiranizan el mundo se obstinan en adscribir a esta clasificación moral a todos los hombres en bloque, al género humano refundado. Entre tantas otras embestidas desembozadas, acá estriba uno de los ataques implícitos contra el matrimonio: en la parodia de su fin, que parece ser -cuando el fastidio de la generación no pudiera ser convenientemente evitado- en traer al mundo nuevos comulgantes con las tinieblas.

¿Qué otra cosa sino el triste espectáculo de la demencia generalizada ofrecen convocatorias orbitales como las que se han visto por estos días, que mientras vociferan por la igualdad de derechos de ambos sexos promueven de hecho la desigualdad más cruda, obteniéndole a las mujeres una multitud de privilegios legales negados al varón -entre otros igualmente grotescos, la aplicación de la mitad de la pena para los mismos delitos, como ocurre, v.g., en el caso de homicidio, considerado mucho menos grave que el "femicidio" (sic)? Esta de la adhesión entusiasta de las masas a las consignas más falaces y el consiguiente pacato silencio de los facultados para corregirlas constituye todo un cuadro de desolación, pronto a extender su veneno mortal a las relaciones humanas más inmediatas. Es así de estúpida la sazón alcanzada: para concebir horror, el hombre contemporáneo acude al cine, al género de películas llamadas "de terror", siendo que no necesita mirarse más que a sí mismo y al entorno. Hace mucho, por colmo, que la idea de «náusea» dejó de remitir a un mero trastorno gástrico.

Contra toda la marea disolvente del mundo y de la contraiglesia presidida por Bergoglio en comunión colegial con sus obispos, ávida de consagrar las premisas falsas de aquel mismo mundo en ruinas, nosotros conservamos, junto con la fe, el dictamen de la sindéresis. Y aquella su consecuencia invariable: el desertor no toma parte en el botín. Al celestial botín aspiramos, gimiendo y llorando ante el trono de nuestra Madre cuyo Corazón Inmaculado, atravesado con siete espadas, refleja más eficazmente  que ninguna realidad creada la gloria eminentísima de Dios. Que Ella se sirva combatir siempre a nuestro lado -o mejor, a nuestra cabeza-, plantándole cara al enemigo. Que Ella nos conforte y nos mantenga en pie en las crecientes dificultades que nos aguardan, y que a la postre nos conduzca al reino de su Hijo.

sábado, 21 de mayo de 2016

RETRATO DEL FALSO PROFETA

A medida que los tiempos transcurrían, la fisonomía que los cristianos le anticipaban al Anticristo venturo pasó de la monstruosidad de sus rasgos a una compostura ladina de los mismos, sin dudas más adecuada al supremo engañador que la historia habrá alcanzado a conocer. Los siglos medios «empezaron a imaginar una especie de Nerón redivivo y cuadruplicado -dice Castellani-, y lo adornaron de toda suerte de vicios [...] No sería reconocido como salvador de los hombres ni adorado si fuera una monstruosidad acumulativa de todos los degenerados emperadores romanos de la casa de los Flavios. Pero los antiguos Padres y los teólogos medievales eran demasiado sanos para imaginarse todavía más maldad de aquélla», pues la que hoy pudiera encarnar un césar capaz de amparar su protervia en la monserga filantrópica, en la impostura de los derechos humanos y en la nauseante levedad de las costumbres cívicas tras dos siglos largos de liberalismo, esa maldad, decimos, perdido el sentido del mal, debe ser tanto más indescifrable al común como recóndita y profunda, extendida en toda la vastedad de las entrañas del Enemigo, una metástasis de malos designios oportunamente camuflados bajo un manto de indulgencia falaz, opuesta al integrismo irreductible, al ultramontanismo de aquellos cristianos que aún queden en el desierto del orbe (sin merma de que no fue la dinastía flavia sino la de los Claudios, con nenes como Tiberio, Calígula y Nerón, la que sintetizó crudamente cuanto podía suponerse de malvado en los primeros siglos de nuestra era).

Hoy es más factible adecuar la facha del Adversario al canon democrático y pluralista, y así lo han hecho los autores que se ocuparon de él en el último siglo y medio. De nuestra parte, nos permitiremos la licencia de aplicarle el apelativo de «Anticristo» a los depositarios del doble orbital poder (civil y religioso) en los tiempos finales, aun cuando se acostumbre reservar el nombre para el solo investido con la potestad civil. Fundamos esta dicción en la  primera carta de san Juan, que habla de «muchos anticristos» salidos de la Iglesia -que no del Imperium-, y en el triple ministerio que de Cristo proclamamos, el de sacerdote, profeta y rey, lo que hace que «Anticristo», por consecuencia, pueda decirse no sólo de aquel rey contrario a la reyecía del Señor, sino de aquel "sacerdote" y "profeta" que también pretenden impugnarlo y usurpar su dignidad. Benson, aplicándole el término a la potestad política, hace del Anticristo una especie de protector de la humanidad aterrada ante la perspectiva de guerras y hambrunas, un benefactor implacable de cuantos se le sujetan voluntariamente. Soloviev lo muestra incluso austero en sus formas, vegetariano y amigo de los animales. Poco antes Dostoievski, en la Leyenda del gran Inquisidor, y pese a la diatriba anti-romana de sus líneas, anticipa increíblemente algo del programa y el espíritu de la Jerarquía eclesiástica de nuestros días, convencida de que «para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad», capaz de enrostrarle a Cristo el no haber sucumbido a la primera de sus tentaciones en el desierto, la de convertir las piedras en panes para comprar con su poder taumatúrgico la obediencia de los hombres, capaz también de reprocharle a Jesús la exigencia de su doctrina, hecha para ser observada sólo por los elegidos. Estos sacerdotes de Satanás podrán afirmar cínicamente, ante la misma faz del Señor, que

nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar [...] Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad — no, como Tú, el orgullo [...] Hasta les permitiremos pecar — ¡su naturaleza es tan flaca!—. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado [...] Y nos adorarán como a bienhechores.

Yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra.

Menos conocido y más reciente es un texto de Dietrich von Hildebrand escrito en 1969, que tomamos de Una Fides y del que no se nos ofrece mención de la fuente original. Sabemos que el autor incluyó en su El caballo de Troya en la Ciudad de Dios un capítulo dedicado a Teillard de Chardin -esa nueva autoridad rescatada por el magisterio más reciente, y que Von Hildebrand califica simplemente como de «falso profeta»-, pero el Retrato que sigue a estas líneas, de estremecedora actualidad, no sale de esas páginas. Vaya dedicado a quien le quepa el sayo.

Quien niega el pecado original y la necesidad de redención del género humano, anula el significado de la muerte de  Cristo en la cruz y es un falso profeta. 
Quien  olvida que la redención del mundo a través de Cristo es la única fuente de verdadera felicidad y que nada en el mundo puede ser comparado a este único hecho glorioso, ese tal no es más un verdadero cristiano. 
Quien no acepta más la absoluta supremacía del primer mandamiento de Cristo -ama a Dios por sobre cualquier otra cosa- y sostiene en cambio que el amor de Dios se expresa sólo en el amor del prójimo, ése es un falso profeta. 
Quien ya no sabe entender que el desear una íntima unión con Cristo y una transformación en Cristo es el verdadero significado de nuestra vida, ése es un falso profeta. 
Quien proclama que toda moral se basta a sí misma, y por lo tanto no principalmente en la relación del hombre con Dios sino en las cosas que conciernen al bienestar de la humanidad, ése es un falso profeta. 
Quien en el daño infligido a nuestro prójimo ve sólo el mal causado a éste y no ve la ofensa a Dios que está implícita en el mismo daño, ése es víctima de la enseñanza de un falso profeta. 
Quien ya no percibe la radical diferencia existente entre caridad y benevolencia humanitaria, ése se ha vuelto sordo al mensaje de Cristo. 
Quien se halla impresionado y conmovido por las "conquistas cósmicas" y por la "evolución" y por las especulaciones científicas más que por la luz de la Sagrada Humanidad de Cristo reflejada en un santo, o por la victoria sobre el mundo representada por la vida de un santo, ése ya no está compenetrado de espíritu cristiano. 
Quien se preocupa por el bienestar material del hombre más que por su santificación, ése ha perdido el sentido cristiano del Universo.

lunes, 16 de mayo de 2016

EL MÁS ESTREPITOSO DE LOS SILENCIOS

Tempus agendi est Domino,
violaverut legem tuam. 
(Ps 118, 126).

Es sabido que entre intelectuales –suponiéndole a este apelativo no la triste connotación profesional que adoptó en los tiempos modernos, sino la personal disposición y dedicación a las bondades del theorein, los adscritos al bíos theorétikos-, que entre intelectuales, decimos, suele latir por temperamento propio una cierta desconfianza por la acción, un desdén más o menos manifiesto por los múltiples negocios que ocupan al común de los mortales. De Pitágoras a Ortega y Gasset, el vivir la vida como espectáculo supuso una distancia manifiesta no sólo respecto del homo faber, del componedor de artificios, sino incluso de las formas más o menos "fabriles" de la acción política. Desdén doblado a menudo en aversión, como comprensible juicio adverso respecto del activismo moderno (activismo que es motor incluso de herejías que cunden como subgéneros del modernismo, como aquella que Pío XII llamó “herejía de la acción”), suele correr frecuentemente el riesgo de hacerse imperturbable ante los naufragios colectivos y los peores cataclismos: el prurito de resguardar la ataraxia, la distancia lúcida ante los hechos, puede disuadir eficazmente a sus cultores de acometer la lucha y el riesgo necesarios. Son las bondades inherentes a la aurea mediocritas afirmadas en orgullosa oposición al “vivir peligrosamente”.

Ahora bien: en la calificación misma de “reaccionario”, de la que tanto quisiéramos ser dignos, consta esta perentoriedad de la acción en ciertos lances históricos. Un agere contra que, por definición, no puede limitarse a la sola especulación, por muy sobrado apego que tengamos por la vida intelectual. Y si es muy cierto que, ante todo, «la obra de Dios es creer en Aquel que Él ha enviado» (Io 6,29), no lo es menos que esta fe que se nos exige y que desdeña la mera operosidad exterior, supone al mismo tiempo una labor integral de cincel, de zapapico, de remoción incesante de todo lo que estorbe a la unión del alma con Dios a la vez que la urgencia del testimonio público. La obra principia por el creer y el hablar, como lo subraya el Apóstol: con el corazón creemos en orden a la justificación y con la boca hacemos profesión de nuestra fe para alcanzar la salvación (Rm 10,10).

Esta misma disposición que antes describimos, como de taciturnos bueyes, pudo fácilmente encarnar en los jerarcas de la Iglesia a lo largo de los siglos, especialmente cuando los labios de los obispos destilaban sabiduría, obra ésta necesaria si las hay. Era justo que tal tesoro se labrara en lo oculto según su estilo propio, sin agitaciones, despreocupadamente, para luego ser ofrecido en don a muchos. Cuando se observa esto, no resulta en modo alguno casual que el más recomendado entre los doctores de la Iglesia fuera cognominado el "Buey mudo". Se trata, con todo, de una mudez locuaz, de un silencio cuyo repliegue anuncia un torrente de riquezas espirituales, de una "soledad sonora" que en nada se parece a la abulia o, peor aún, al silencio calculador motivado por la despreciable prudentia carnis, capaz de cohibir la manifestación de la verdad y de sofocarla bajo múltiples estratos de hez y de simulación.

Este último y flaco tipo de silencio, irritante a cualquier conciencia recta, ha sido el adoptado unánimemente por la Jerarquía conciliar, empezando por los modos impuestos en su momento por la Ostpolitik. Dejamos a los entendidos en la materia la cuestión acerca de, si por defecto de forma, las consagraciones episcopales Novus Ordo resultan inválidas, poniendo al gobierno de las diócesis a simples palos de escoba: de la superabundancia de los efectos conocidos por todos, semejante tesis resulta al menos verosímil. Lo que de mínima puede decirse es que esas maneras más bien flemáticas propias del hombre teorético fueron eficazmente exacerbadas por la herejía triunfante hasta lograr la peor de sus caricaturas, emplazando en los solios episcopales a una recua de zombis incapaces de pronunciarse contra los errores y las imposturas que, en progresión creciente, corrompieron la faz de nuestras sociedades y acabaron por doblegar a la Iglesia. Concretamente: tanto o más escandaloso que las blasfemias de Bergoglio resulta el anodino silencio de los prelados que, en masa, han dispuesto no horrorizarse ante aquellos pasajes de la Fornicationis laetitia que, como el parágrafo 3, ya desde el principio del texto, anticipan la aplicación de la hermenéutica hegeliana al Evangelio.

En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13)

Se llegó a la desfachatada sazón de manipular las palabras del Señor para -sobre la tesis implícita de la «Revelación incompleta»- abrir las puertas al caos. Esto ya estaba claro desde el principio de este pontificado, según alguna vez lo comentamos en estas páginas: la salida de Benedicto comportaba la plenitud de la ventura conciliar, la "Iglesia de la abdicación". Ahora, enancados sobre las doctrinas condenadas de Joaquín de Fiore y llevándolas a su torsión más maliciosa, invocan con blasfemia al Espíritu Santo para rendirse al espíritu del mundo y a los planes mundialistas, aboliendo la noción misma de pecado y contribuyendo a la total demolición de la institución familiar. Y la demente carrera sigue sin pausa: no bien permitidas oficialmente las comuniones sacrílegas, Francisco la emprende con el diaconado femenino. Y los obispos siguen haciendo la del cartujo.

Aquel pascaliano silence éternel de ces éspaces infinis podría aplicarse a la infinita vileza de los 5000 obispos dispersos por el mundo, incapaces de lanzar el anatema merecido por un documento tan ponzoñoso. Así como la creación material ha sido comparada a menudo con la Biblia, por la elocuencia con la que los seres remiten a su Creador, y hasta los astros son capaces de "hablar en lenguas", como en Fátima, a nuestros jerarcas, a pesar de estar dotados de los órganos de la fonación, les cabe el retrato que el salmista hace de los ídolos de los gentiles (Ps 134, 16): os habent, et non loquentur.

Entre las dificultades exegéticas que presenta el texto del Apocalipsis, hay una particularmente peliaguda: la que, a la apertura del séptimo sello, y luego de haber cundido una vasta catástrofe telúrica, «se hizo en el cielo un silencio como de media hora» (Ap 8, 1), tras el cual vuelven los terremotos y erupciones que anuncian la Parusía. Castellani, rendido ante la dificultad de este pasaje, creyó ver -sin estar del todo convencido- que se refería a un breve período de paz para la Iglesia antes del fin. Si aplicáramos las convulsiones previas a este silencio descrito por el texto sacro a un hecho histórico de pesadilla capaz de convulsionar a los mismos elementos, como lo fue la Segunda Guerra Mundial, el «silencio en el cielo como de media hora» podría bien aludir a la consecutiva reticencia de la Iglesia a proclamar la verdad. A este respecto, el mutismo vescovil en relación a los bergoglianos desafueros ya constituye un clímax difícilmente superable, como de fin de estación: es de esperar, pues, la reanudación próxima de las catástrofes antes de la venida del Justo Juez.

sábado, 30 de abril de 2016

FRANCISCO EN LESBOS: LA INMIGRACIÓN MUSULMANA ES UN DON PARA EUROPA

por Alejandro Sosa Laprida
(disponible en pdf pulsando aquí)

Tenía pensado escribir algo acerca de Los amores de Leticia[1], la nueva Exudación Escatológica[2] de « Papa Francisco », pero dado que mucho y bueno se ha publicado ya al respecto[3], y que a decir verdad no sabría yo qué agregar a lo dicho, se me ocurrió que echar un vistazo a la reciente « gira apostólica » lésbica del humilde y misericordioso huésped de la Casa Santa Marta no estaría de más. Auténtico Lepanto invertido, con un « Soberano Pontífice » por cierto muy diferente de San Pío V como protagonista, ya que en vez de repeler al invasor musulmán le abre las puertas de par en par de una Europa moribunda y resueltamente decidida a « eutanasiarse » con toda dignidad...

Cabe destacar de este viaje dos gestos « pontificios » de hondo calado simbólico: 
1. El « Santo Padre » se trajo en su Vativuelo a doce mahometanos consigo a Roma. 
2. Lanzó su llamado a la invasión islámica nada menos que desde la mítica isla deLesbos, a modo de manifiesto ideológico subliminal que lleva la inequívoca rúbrica del Averno, dado que no es ningún secreto que la tierra de Safo representa de manera emblemática la ideología mortífera que promueven desembozadamente la Unión Europea y  subrepticiamente el farsante que hipócritamente se cuestiona ante las cámaras del sistema: « ¿Quién soy yo para juzgar ? » …


[2] Utilizo el término en sus dos acepciones de estudio de los excrementos y de ciencia de las postrimerías.

« En una decisión que sorprendió al mundo y una movida política audaz, Francisco se llevó de regreso a Roma, en el vuelo papal, a tres familias sirias. Doce refugiados en total [todos musulmanes], seis adultos y seis menores, a quienes el Vaticano ayudará a rearmar sus vidas lejos de las bombas que destruyeron sus casas. La acción del Papa significó un llamado de atención a la dirigencia política europea, incapaz de enfrentar la peor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial[1]. »

Europa se halla sumergida por la inmigración de masa musulmana. La situación es tan explosiva que no se ve como podría evitarse que tarde o temprano se produjera una guerra civil. Pero Francisco hace la apología del inmigracionismo. Y tan descaradamente  que no vacila en culpabilizar a los europeos y en pedir perdón a los inmigrantes por la « mala acogida » que se les reserva en Europa, lo cual, además de ser totalmente falso, contribuye a reforzar la hostilidad y el desprecio de los inmigrantes musulmanes hacia esa horrible sociedad  « racista », blanca y cristiana, que tan mal los recibe:

« ¡Demasiadas veces no los hemos acogido! Perdonen la cerrazón y la indiferencia de nuestras sociedades que temen el cambio de vida que su presencia requiere. Tratados como un peso, un problema, un costo, sin embargo, ustedes son un don[2]. »

Sin embargo nadie ignora que los refugiados son alojados, alimentados, vestidos y curados gratuitamente en toda Europa y que no sufren ningún tipo de maltrato. Desgraciadamente, no puede decirse que exista reciprocidad en el respeto de parte de las hordas musulmanas hacia los nativos del viejo mundo:

« Alemania vive con estupor e indignación el goteo de denuncias, hasta noventa ya, presentadas por mujeres víctimas de agresiones sexuales y robos durante la Nochevieja en las proximidades de la estación central de trenes de Colonia, donde se encontraban reunidos alrededor de un millar de inmigrantes, que se coordinaron para llevar a cabo estos delitos, además de al menos un violación y un número importante de robos[3]. »

El flujo masivo incesante de migrantes mahometanos es celebrado por Francisco, quien para designar a Dios utiliza maliciosamente una expresión típicamente islámica, la « basmala »[4], y afirma imperturbable que la inmigración es fuente de « encuentro entre culturas y religiones diversas »…

« Son el testimonio de cómo nuestro Dios [!!!] clemente y misericordioso sabe transformar el mal y la injusticia que sufren en un bien para todos. Porque cada uno de ustedes puede ser un puente que une a pueblos lejanos, que hace posible el encuentro entre culturas y religiones diversas, un camino para redescubrir nuestra humanidad común[5]. »


 
 Francisco saludando a inmigrantes en un centro de refugiados de Lesbos[6]

Los cristianos son degollados, crucificados y masacrados en muchos países islámicos. Sin embargo, Francisco no dice nada al respecto, no mueve un dedo para impedir el genocidio, cuando su inmensa influencia internacional podría ser decisiva para obtener la protección de las minorías cristianas. Y además se trajo de Lesbos a Roma doce inmigrantes musulmanes en su vuelo papal. Ningún cristiano. Dato geográfico revelador de la manipulación inmigracionista: Lesbos queda a solamente 10 km. de Turquía y a 1200 km. del Vaticano. Según Francisco, Europa, continente que según las previsiones demográficas será mayoritariamente musulmán dentro de veinte o treinta años, debe abolir las fronteras y aceptar de buen grado la invasión de los mahometanos:

« Vosotros, habitantes de Lesbos, demostráis que en estas tierras, cuna de la civilización, sigue latiendo el corazón de una humanidad que sabe reconocer por encima de todo al hermano y a la hermana, una humanidad que quiere construir puentes y rechaza la ilusión de levantar muros con el fin de sentirse más seguros. En efecto, las barreras crean división, en lugar de ayudar al verdadero progreso de los pueblos, y las divisiones, antes o después, provocan enfrentamientos[7]. »

Para Francisco Europa no se define por ser la cuna de la civilización cristiana, sino la patria de los « derechos humanos » laicos y masónicos:

« Europa es la patria de los derechos humanos, y cualquiera que ponga pie en suelo europeo debería poder experimentarlo[8]. »

La Europa revolucionaria de los « Derechos Humanos » anticristianos rechazó a Cristo y persiguió a la Iglesia. Pues bien, tiene ahora en el Islam su merecido castigo. No quiso cristianizar a África durante la era colonial en nombre del principio masónico de la « laicidad » del Estado: pues ahora los africanos y los árabes se encargarán de islamizarla. Actualmente, la Unión Europea  combate encarnizadamente el matrimonio natural y las familias numerosas en nombre del feminismo, del homosexualismo y de la gender theory: los musulmanes se ocuparán de rellenar el gigantesco bache demográfico de este continente otrora cristiano el cual, víctima de una ideología mortífera y de un enceguecimiento culpable, cava alegremente su propia tumba…

Y para ello cuenta con la inestimable cooperación de « Papa Francisco », principal agente revolucionario del planeta y promotor acérrimo del mundialismo laico, multiculturalista e inmigracionista…

Según Francisco, los musulmanes son « hijos de Dios »:

« No hice ninguna selección entre cristianos y musulmanes. Estas tres familias tenían los papeles en regla, los documentos en regla, y era factible. En la primera lista, por ejemplo, había dos familias cristianas, pero no tenían los documentos en regla. No se trata, pues, de un privilegio; estas doce personas son también hijos de Dios. El “privilegio” es ser hijos de Dios, esto es verdad[9]. »

Pero cualquier cristiano medianamente instruído sabe perfectamente que eso es una mentira colosal: sólo los bautizados son hijos de Dios, elevados a la vida sobrenatural por la gracia divina. Los demás hombres son solamente creaturas de Dios, llamadas a volverse hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Si todos fueramos « hijos de Dios », ¿qué sentido tendría el anuncio del Evangelio ? ¿Qué sentido tendría el bautismo ? Podrían citarse infinitos pasajes de la Sagrada Escritura o del Magisterio de la Iglesia para demostrar el carácter falaz de los dichos bergoglianos. En aras de la brevedad, veamos lo que al respecto nos ha dado a conocer el Espíritu Santo a través del discípulo amado del Señor en el prólogo de su Evangelio:

« A los suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. » (Jn. 1, 11-13)

No es la primera vez que Francisco sostiene esta patraña públicamente. A modo de ejemplo, recordemos sus palabras en el Vídeo del Papa del mes enero de este año, en el cual presentaba simultáneamente símbolos católicos, judíos, musulmanes y budistas a la vez que afirmaba desvergonzadamente: 

« Muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera. En esta multitud, en este abanico de religiones hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios[10]. »

La filiación divina es un don sobrenatural que el hombre recibe por la fe en Jesucristo. Si todos los hombres fuesen hijos de Dios, quedaría abolida la distinción entre el orden de la naturaleza y el orden de la gracia, entre el Creador y la creatura, y estaríamos en pleno panteísmo. Ahora bien, hay innumerables textos de Francisco que demuestran su adhesión al inmanentismo evolucionista gnóstico, en la línea del jesuita apóstata Pierre Teilhard de Chardin:

« Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine [!!!] no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos[11]. »        
                                                                                                             
« Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios [Negación implícita de la divinidad de Nuestro Señor], el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Éste es mi Ser [El cual es, por consiguiente, divino][12]»                                                                                                            

La herejía sostenida públicamente por Francisco es patente, pero resulta que nadie se inmuta. Lo cual es por cierto consternante, pero fácilmente explicable. Esta situación absurda se debe a que todo el mundo está completamente idiotizado por más de medio siglo de « ecumenismo » y de « interreligiosidad » conciliares. Sin embargo, quien adhiriese a las palabras de Francisco, habría dejado ipso facto de profesar la fe católica. Objetivamente, esto es incuestionable. Pero sucede que el grado de incultura religiosa es tal que nadie se percata de ello y que la inmensa mayoría de los neo-católicos conciliares no percibe la incompatibilidad radical que existe entre el catolicismo y la « religión ecuménica conciliar », la cual se evidencia en Francisco con claridad meridiana…

Francisco es un agente activo del mundialismo religioso y político al servicio del proyecto iluminista de las Naciones Unidas. Las fronteras deben desaparecer, las naciones deben abdicar su soberanía en provecho del mundialismo ecológico, tanto los pueblos como los individuos deben perder su identidad y su memoria, sometiéndose al  « multiculturalismo » y al « inmigracionismo. »


         Francisco lavando los pies de doce inmigrantes musulmanes el Jueves Santo[13]

Con el episodio de Lesbos hemos asistido a un capítulo más de la maléfica obra de devastación espiritual, cultural y social ejecutada por el falso profeta argentino quien, en una suerte de espeluznante Lepanto invertido, abrió las puertas de Europa al islam conquistador, con el añadido altamente simbólico de haber perpetrado su fechoría nada menos que en la isla de Lesbos, la cual representa universalmente el homosexualismo, cuya dictadura ideológica hace estragos en el mundo cristiano ante el silencio cómplice de Francisco…

Porque es bien sabido que el pecado, la ofensa a Dios y la condenación eterna carecen completamente de sentido para la fe gnóstica y naturalista de este ídolo de las masas descristianizadas. Lo único que cuenta para este ser insensato es resolver la « cuestión social » y proteger nuestra « casa común ». A este respecto, vale la pena citar tres declaraciones efectuadas hace pocos días en las que Francisco abogó una vez más por la implementación global del  mundialismo socialista y ecologista:

« Un verdadero planteamiento ecológico debe integrar medio ambiente y justicia, escuchando el clamor de la tierra y el grito de los pobres[14]. »

« El cambio climático supone uno de los principales desafíos actuales para la humanidad; para afrontarlo se requiere la solidaridad de todos[15]. »

« Esto es lo que me ha venido en mente -concluyó- Y ¿cómo se puede lograr? Simplemente siendo conscientes de que todos tenemos algo en común, de que todos somos humanos. Y en esta humanidad nos acercamos para trabajar juntos. ‘‘Pero yo soy de esta religión, yo soy de esta otra...’’ ¡No importa! Todos adelante para trabajar juntos. ¡Respetar a los demás! Y así veremos el milagro de un desierto que se convierte en bosque[16]. »

Lo único que importa, para este hombre cuya impiedad supera todo lo imaginable, es erradicar la pobreza, instaurar la « justicia social » y combatir el « cambio climático ». La pérdida de la fe, el laicismo, la pornografía, el aborto, la eutanasia, el « matrimonio » homosexual, la « teoría de género » y demás abominaciones de nuestras sociedades occidentales « pluralistas » y « democráticas » no parecen inquietar demasiado al impostor argentino.

Salvar el planeta del « cambio climático » y construir la sociedad multicultural y sincretista del Nuevo Orden Mundial luciferino, edificado sobre las ruinas humeantes de la civilización cristiana apóstata, tal parece ser el principal objetivo perseguido por este siniestro gurú mundialista, el cual se presenta falazmente ante el mundo como si fuera el Vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra, cuando en realidad no se trata más que de un vil impostor, un miserable usurpador de la Sede petrina, un esmerado y diligente precursor del Anticristo…


Para mayor información acerca de « Papa Francisco »:



[4] La basmala es una fórmula ritual islámica con la que se inician las suras o capítulos del Corán y dice así: En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso : https://es.wikipedia.org/wiki/Basmala
[8] Ibidem.
[11] Entrevista con Eugenio Scalfari el 24 de septiembre de 2013,  publicado el 1 de octubre en La Repubblica.
[12] Ibidem.