sábado, 8 de octubre de 2016

UNA CONVOCATORIA A LAS ARMAS

Uno de los efectos más disolventes del humanismo (aquella superchería de Protágoras abatida oportunamente por Sócrates y rediviva, para nuestro mayor daño, en los tiempos que apellidamos modernos) es la ceguera respecto de la maldad que puede caber en el ánimo y en las acciones del hombre. No hay convención moral -como lo pretendía el sofista-, no hay consenso artificial que pueda fundar la bondad de unas costumbres, que ésta depende enteramente de su conformidad con el ser de las cosas, de la adecuación de la inteligencia con el dato. Por detrás de la relamida bonhomie de toda esa fauna artificial que podríamos adscribir al progresismo, hecha de ademanes de benevolencia fácil y de sobrecivilizados pudores verbales, de estudiados gargarismos, sonrisas omnímodas e indulgente indiferencia para con la "vida privada" del prójimo, late a menudo una fauna mucho más real que reúne en un solo actor al lobo, al buitre, a la serpiente, al cerdo y a la raposa. Cruda constatación que no supone, ni mucho menos, el pesimismo antropológico: sabemos que la naturaleza herida no está absolutamente herida, ni esta caracterización pluribestial  se acomoda a todos los hombres de todos los tiempos. En todo caso, Aquel que nos recomendó que «sine Me nihil potestis facere» nos instó, con ello, a permitir que en aquel hondón todavía salubre del alma arraigue y se despliegue la vida sobrenatural, la que recupera nuestra semejanza divina sin irreales apelaciones a un bien de otra ralea. Esta es, precisamente, la dimensión personal que se amputan los que rechazan a Cristo.

Aquel afectado optimismo, entonces, que relega el mal -cuya existencia se ve forzado a su despecho a reconocer- en unos pocos grupúsculos perfectamente aislados, casi proscritos del consorcio humano y de sus derechos y garantías, lograría como consecuencia inmediata de sus dislates desarmar totalmente la conciencia moral del hombre si no fuera porque la realidad acaba siempre imponiéndose, y los hombres suelen indignarse los unos con los otros por cuestiones que tocan, en definitiva -y con o sin razón-, al sentimiento de justicia vulnerada. Lo que no quita que se siga apelando a una paz ominosa y a una inocencia postiza, como en aquellos terroristas veteranos e impenitentes que, a la vuelta de los años de sus crímenes, beneficiarios de inicuas indemnizaciones pagaderas con deuda externa por haber sufrido antaño justa cárcel, exponen en cualquier tertulia sus pacatos argumentos pro pace, seguros de hallarse ante conciencias pesadamente dormidas, incapaces ya de reclamarles la coherencia o el silencio. Y se los recicla en héroes o en honorables vecinos, como se pretendió hacerlo esta semana en Colombia por vía plebiscitaria -fallidamente, gracias a la Providencia. Se ignora aquel adagio que reza que "el criminal vuelve siempre al lugar del crimen" (aunque sea bajo la forma de la traición o del fraude legalizados), y que aquel que en sus mocedades concibió como praxis política el secuestro extorsivo o la voladura de edificios no puede ser trocado alquímicamente en un hombre de bien sólo por haberle salido canas.

No se tenga, entonces, al símil animal por riguroso, que es sabido que el hombre -llamado a ser «poco inferior a los ángeles»- suele caer, en su abyección, más hondo que las bestias. Los relatos tocantes a la licantropía, como anota Gueydan de Roussel, empiezan a expandirse con la paulatina liquidación de la Cristiandad, «cuando el hombre salió del Cuerpo de Cristo para entrar en el cuerpo del diablo» (digámoslo, por otro término, en el Leviatán de Hobbes, incipiente paradigma del Estado totalitario moderno. Recuérdese que fue justamente Hobbes quien retomó la antigua definición del hombre como «lobo del hombre»). En esta misma clave, no será desatinado comparar el canibalismo puerperal de las cerdas (una de las pocas especies animales capaces de comerse a sus crías al nacer) con la rabiosa proclama y práctica abortista de funestísima vigencia en nuestros días. Ni -en tren de ablandar conciencias por el recurso a una despreocupada y festiva solidaridad de grupo- será caprichoso hacer derivar esta perversión mortal de esa artera simulación que quiere hacer pasar el cobarde asesinato del niño en gestación como un derecho.

Justamente por estos días se desarrolla en Rosario (justo cuando la ciudad honra a su patrona vencedora en Lepanto) el trigésimo primer Encuentro Nacional de Posesas, aquelarre infecto que todos los años elige una sede para sus deposiciones de odio y horror, y que concluye invariablemente con un desfile callejero hasta la Catedral local, que cuando no fuera defendida por un buen número de jóvenes católicos terminaría profanada por estas malas bestias. Ahora bien: en este contubernio vergonzante de harpías, periodistas y funcionarios públicos, donde todos fingen ignorar la malicia enconada que bulle en tales sesiones, hoy se suma la Iglesia, la mismísima agredida, omitiendo la denuncia y el testimonio a cambio de reclamos de tolerancia. "¿Tolerancia? ¡Hay casas para eso!"- los desmiente Claudel, que no padeció el infortunio de contemplar a la Jerarquía de nuestros días. Y si da grima escuchar a un joven reportero reseñar con fingida objetividad la proclama del «derecho al aborto libre, gratuito y universal», midiendo cuidadosamente sus palabras para esquivar en este contexto cualquier alusión al dato obvio de la violencia y de la muerte, ¿cómo no atribuir ese desmayo en la recta estimación de las cosas al silencio de quienes debieran, por razón de su ministerio, "clamar desde las azoteas", rendidos aun antes de pelear? Para muestra de la pusilanimidad del clero formateado por el Concilio, basten las razones que un sacerdote local -de alzacuellos desabrochado para las cámaras- musitó a propósito del cura tucumano muerto hace unos días, presuntamente por sicarios del narco-negocio: «siempre que pasa algo con un referente social son barreras que se rompen a nivel social y moral. Y hacen que uno tome conciencia de hasta dónde se puede llegar con esto de la narcocriminalidad. Son luces rojas que se prenden, porque si pudieron atentar con tal o cual persona, ¿hasta dónde es capaz de llegar este sistema de delito que genera tanto malestar en la sociedad?». Nótese, en los términos subrayados, la noción del sacerdocio ínsita en las mientes de un ministro sacro, incapaz de testimoniar a Cristo ante los cagatintas (no otra cosa podía esperarse, en rigor, de la diócesis que saluda poco menos que como a santo a un delincuente de los quilates del padre Ignacio Peries). Enésima muestra de la emasculación prolija, sin rastro de cicatrices, operada por el triunfante modernismo en la conciencia de los clérigos, tal el plano inclinado que conduce, a través de la pusilanimidad consentida y avalada, a la mera irreligión.

Lo que es volviendo al tema de la defensa de la Catedral, y según trascendió por diversas fuentes no oficiales, el arzobispo local habría desautorizado la formación de cordones humanos para la custodia del templo, dejando esto último en manos de la potestad civil, comprometida a levantar un endeble vallado de fenólico y a disponer a sus soldaditos de plomo de la Guardia Urbana (las manos atadas por el garantismo jurídico) para hacer frente a estas hordas de demonios encarnados. ¡Imaginemos cuánto empeño podrá poner en la preservación de los bienes sagrados un Estado municipal y provincial fuertemente sospechado de narco-financiamiento! Que (por colmo, y como si los millones de Georges Soros no fueran suficientes para sostener estas monstruosas asambleas) aporta ingentes sumas del erario público para que las participantes gocen de techo, comida, transporte público y otros servicios durante los tres días que dura la pesadilla.

En otros tiempos la honra del Santo Sepulcro -donde Cristo no yacía- era capaz de inspirar una arriesgada empresa de armas en la que intervenían reyes y nobles de toda la Europa para librarlo de la profanación musulmana. Hoy la defensa del Sagrario -en el que Cristo yace en cuerpo, alma y divinidad- es irónicamente confiada por los obispos a gobiernos que incluyen en sus programas de salud pública la esterilización compulsiva de las mujeres pobres, el reparto de píldoras abortivas y la promoción de la ideología de género. Ni siquiera cabe presumir que estos forajidos al mando civil pudieran temer que su gestión se viera menoscabada en su fama en caso de que cundieran los previsibles destrozos: se ha visto, año tras año, cómo los medios de masificación ocultaron cuidadosamente toda referencia al desborde feminista. El año pasado, cuando luego de prolongadas provocaciones a los católicos allí apostados se intentó vulnerar la Catedral de Mar del Plata y la policía se dignó intervenir, el diario La Nación rindió fraudulenta cuenta de los hechos bajo la especie de "represión a manifestantes". Es que todos trabajan de consuno en la misma dirección: la de la civitas diaboli.

Catedral de Rosario
Quien firma estas líneas fue bautizado, a los catorce días de su edad, en esta iglesia Catedral. Fue según el rito antiguo, muy próximo entonces a ser sustituido por el nuevo, que no incluye el exorcismo ritual que se usaba en aquél ni emplea ya el latín, la lengua que pone en fuga a Satanás y a sus secuaces. Considera, pues, un deber de conciencia acudir a las puertas de nuestro templo mayor antes del paso de sus agresores, pese a que sus pedidos por coordinar una condigna reacción no fueron siquiera por gentileza respondidos (¡tan difícil es comunicarse en la era de la informática!). Con la «convocatoria a las armas» no se pretende significar el recurso a la pólvora, sino (para quienes estén allí presentes) el santo rosario, quizás un frasco con agua bendita. Y las propias manos, sí, que, de arreciar las escupidas y manoseos no creemos lícita ni cristiana una resistencia a lo Gandhi.

Ya Chesterton supo referirse al inopinado hallazgo de un par de cadáveres en el ropero de un filántropo. Es el caso de estas inocentes militantes, cargadas de muerte que nadie atina a desvelar. Quiera Dios que podamos vivar a Cristo Rey en los hocicos de estas infelices que, en su trotskista repudio de la propiedad privada, no reparan en la inconsecuencia en que incurren al afirmar nimiedades del estilo de «mi cuerpo es mío». Con un viejo autor francés afirmaremos lo que suena a escándalo en los oídos de estas egotistas desaforadas: el hombre no se pertenece a sí, sino a su familia, que es aquella comunión real de vida y amor que éstas no pueden siquiera barruntar. Pedimos por último, para honor de las palabras, que no se pretenda ya descalificarlas con términos de dudosa y reciente acuñación, como el de «feminazis». Cumple el de «feministas», no más, que es suficientemente oprobioso. Al nazismo no puede acusárselo, en verdad, de haber alentado el filicidio, la inversión sexual y la "muerte al macho".

lunes, 3 de octubre de 2016

LE SALIÓ EL ECUMENISMO POR LA CULATA

Como esos cazadores que recurren al ardid del silbato que imita la voz del ánade para mejor engañar a su volátil presa y tenerla a tiro de escopeta, así la mimesis bergogliana, siempre empalagando los oídos del auditorio con ingentes dosis de lo que éste quiere oír. Pero esta vez le salió mal el truco, y en Georgia fue desairado sin piedad pese al señuelo de rigor: «hay un gran pecado contra el ecumenismo: el proselitismo [...] Nunca deberían convertir a seguidores ortodoxos, ellos son nuestros hermanos y hermanas, discípulos de Jesucristo», había graznado Francisco a su arribo, pese a lo cual debió contentarse con celebrar una misa deslucida para 3 mil personas en un estadio con capacidad para 25 mil, con deserción total del clero local, que incluso advirtió a sus fieles que no les era lícito participar de una ceremonia católica (ver aquí).

Advertidos de la peculiar noción de «ortodoxia» que tienen los ortodoxos, que harían de cualquier papa posterior al cisma de Focio un hereje (y quién sabe aun si de los muchos anteriores que afirmaron el primado del romano pontífice, como los papas san Julio I y san Siricio en el siglo IV, o de san Dámaso, que sostuvo sin ambages que el Espíritu Santo procede de las dos primeras Personas divinas), vale la pena reparar en uno de los carteles que exhibían en la ocasión los manifestantes, y que decía: «Papa archiherético, no eres bienvenido en Georgia», siendo este prefijo «archi» sumamente significativo. Porque, repetimos, si el complejo anti-romano hacía previsible que los denuedos ecuménicos postconciliares de los últimos papas fueran correspondidos con anatemas, acá lo que se dice es algo más, a saber: que a Bergoglio le han reconocido -pese a importárseles un ardite de Roma y sus oráculos- un inaudito abigarramiento y saturación de dicciones ofensivas para la fe.

Deben haber sido las estrategias de marketing pontificio las que disuadieron recientemente a Francisco de emprender visita a su patria, al menos para el adveniente 2017. Acá la pompa chauvinista que se infló tras su elección, con los fuelles de los medios insuflando sin descanso, perdió la turgencia inicial para que cundiera bien pronto el descrédito, el hastío hacia su figura -demasiado comprometida ésta con el hampa política que fue el azote de la última década para toda una nación. Podría anticiparse una vasta rechifla para el «papa peronista», para «Pancho el simulador», para el «encubridor serial de delincuentes» no bien descendiera del avión, y con razón inobjetable. Lástima que la escasa percepción religiosa de nuestro postrado pueblo no le respondería con los argumentos blandidos en Georgia. Ni con aquel que los ingleses escucharon de boca de los enardecidos vecinos porteños en las invasiones de 1806-07 en medio de la detonación de los fusiles y el relumbrón de las bayonetas: ¡fuera, herejes! 

viernes, 30 de septiembre de 2016

EN RIGUROSA CONCOMITANCIA CON ESTE PONTIFICADO...

Fuente de la ilustración: aquí
... que podría justificar un lema interrogativo en el escudo papal («Quis ego ut iudicem?», en atención a los melindres de Bergoglio para con un siniestro lobby bogante en nuestros días), salen ahora del armario dos monjas franciscanas que, trocando la escuela de san Francisco y santa Clara por la de Safo, deciden dar al traste con los votos perpetuos a trueque de hacerse esposas ad invicem. «Dios quiere la felicidad de las personas», aseguran. Sólo que el giro copernicano eficazmente operado en el sentido común sitúa la felicidad ya no en la virtud, como era antes, sino en el vicio -incluso en aquel apelado como «nefando».

Para más abundar en el escarnio público de la Iglesia, las "casó" un cura suspendido hace una década por su escandalosa militancia pro-gay, tacha que hoy podría valerle una condecoración, quién sabe si la consagración episcopal. Queda bien claro, a juzgar por la impresionante condensación de signos mirantes a demoler todo resto de sacralidad por el atropello incesante de íncubos y súcubos que fueron soltados sobre la entera faz de la tierra, que el enemigo busca el definitivo desprestigio de todo lo que hasta ayer no más se tenía por santo. Siendo una de las formas más astutas de ejercitar y alentar el sacrilegio el poner en la mira de los medios masivos a estos prevaricadores derrotados en su fe por la acometida mal resistida de la carne: hace poco menos de un año había sido el turno de un obispillo polaco a cargo de un dicasterio vaticano, fugado de sus funciones con su galán para el baboso deleite de los periodistas. Así como Marx culpaba a la burguesía (y con razón, esta vez) de haber degradado a los oficios más venerables convirtiéndolos en empleos asalariados, hoy podría parafraseárselo diciendo que los Soros y la ONU y la prensa -con la complicidad de la Jerarquía de la Iglesia- pujan por despojar a los religiosos del hábito para exhibirlos en paños menores. De lo que se trata es de volver sospechosa a la virtud por el seguro expediente de ensalzar la debilidad y el pecado, que cuentan con el prestigio artificial de ser cosas «humanas, demasiado humanas».


A la derecha, sujeta a agresivo tratamiento hormonal para avaronarse,
la mujer barbuda del circo de Bergoglio
«Cada uno tiene su propia concepción del bien y el mal y debe perseguir el bien tal como él lo concibe», dijo en una de sus calculadas patrañas el Doctor de la Supremacía Absoluta de la Conciencia, el manoseador impertérrito del depósito de la fe, amparado como en tantas otras ocasiones en la ladina usurpación de su cargo. Ésta, como la del «¿quién soy yo para juzgar?» y otras igualmente irritantes para la conciencia católica, ha sido una inmejorable contraseña para quienes aguardaban a manifestar sus vergüenzas como si se tratara de otros tantos honores. Se ha llegado incluso al despropósito de oír de boca de unos muslimes, luego de que éstos extendieran sus alfombras en una basílica para rezar versus Meccam, que "el Papa nos ha dado permiso", lo que supone que la defección ya es explotada con exquisito cinismo incluso por los más ajenos. Pero el Señor, por medio de sus profetas, dijo cosas más veraces que las que pronuncia Francisco, y tanto más aplicables al horror que presenciamos: 
He aquí que yo suscitaré en la tierra un pastor que no visitará a las ovejas abandonadas, ni buscará a las descarriadas, no sanará a las enfermas ni alimentará a las que están sanas, sino que se comerá las carnes de las gordas, y les romperá hasta las pezuñas. ¡Oh pastor, más bien fantasma de pastor, que desamparas a la grey! La espada de la divina venganza le herirá en el brazo y en su ojo derecho, su brazo se secará y quedará árido; y cubierto de tinieblas, su ojo derecho se oscurecerá (Za 11,15 ss.)
De no mediar el rutilante prodigio de una insospechada conversión, ésta habrá de ser la última y definitiva expresión del «efecto Francisco», digamos que su fama póstuma. Es la herencia que aguarda a todos los que, pese a la notoria advertencia revelada, pese al precio de nuestra redención y al testimonio veraz de la conciencia, recayeron con bríos en la culpa original, oponiendo la presunta autonomía del hombre a la heteronomía de lo real. En todo caso, lo que horroriza y hace columbrar algo del enorme poder del adversario es que la voz de la serpiente antigua se emita ahora por los labios de un pontífice y de innumerables prelados.

Pero, a sentencia pronunciada, nada nos turbe. Vendrá el justo Juez, como lo dice el más actual de los magazines, para «arruinar a los que arruinaron la tierra» (Ap 11, 18).

martes, 13 de septiembre de 2016

LA GRAN APOSTASÍA EN FOTOGRAMAS

En las últimas décadas se han escrito varias novelas en torno al tema del «Papa revolucionario»; no faltó una, poco antes de la elección de Bergoglio, que predijera la elevación de un tal Francisco I munido de un programa pauperista y demoledor de la constitución jerárquica de la Iglesia. Más atrás en el tiempo, Papini había ofrecido una ficción referida a un recién electo Papa que, enemigo secreto de Dios, tramó proferir sonoras blasfemias en la mismísima ceremonia de su coronación. Con el advenimiento de Francisco, las peores pesadillas premonitorias se revelaron obsoletas: ahora se filman ficciones papales en tiempo real, en estrecha sincronía con el ruinoso pontificado que las alienta. Se diría que la novela anticipatoria le cedió el paso a la novela de (malas) costumbres: basta sólo reflejar con ligeras adaptaciones lo que se tiene ante la vista para alcanzar con creces el objetivo desacralizante y perturbador.

Y aunque Bergoglio sea más senil que las diez plagas de Egipto, a los mercaderes de la pantalla no les costó ningún esfuerzo tomar algunos significativos rasgos de este Viejo Vizcacha en solideo para acomodarlos a su reciente creación del «Papa joven», con aditamentos que no desentonarían con Su Vulgarísima Santidad: fumar compulsivamente y calzar ojotas, entre otros.





Se trata de una serie televisiva en diez capítulos que comenzará a transmitirse en octubre próximo en el Viejo Mundo y que ya fue presentada oficialmente en el festival de cine de Venecia. Refiriéndose al director Paolo Sorrentino, la escritora Cristina Siccardi señala que éste «se limitó a recoger todo lo que ofrece la secularizada y materializada civilización occidental», superando con esta obra provocadora «tanto en fealdad como en vulgaridad y blasfemia al satírico Habemus Papam de Nanni Moretti; en ésta el Papa, que de cualquier modo había ya perdido su rol como Vicario de Cristo, era un hombre inseguro, necesitado del psicoanalista. Aquí, en cambio, estamos frente a un hombre diabólico». Se diría el consabido tránsito del liberal-catolicismo (con sus irresoluciones y su complejo de inferioridad frente al mundo) a la apostasía más cruda y manifiesta. Era sabido que el padre liberal criaba hijos bolcheviques, porque «hay flaquezas tiránicas, debilidades perversas y vencidos dignos de serlo» (Maurras).

Muy en consonancia con la machacona y universal recusación de toda autoridad dimanada de lo Alto, prosigue Siccardi, «la Iglesia es representada como un contenedor de vanidades, de poder, de fobias y de manías de grandeza [...] Miasmas de una edad en la cual el papado, de cincuenta años acá, ha renunciado siempre más a asumir su tarea fundamental: confirmar a los fieles en la fe y evangelizar a las gentes para la salvación eterna de las almas». De allí que sus enemigos, no contentos con aquella capitulación que la Jerarquía habrá reputado como signo de buena disposición para con el mundo, ahora se lancen a hacer befa de tanta política de «mano tendida». Ni más ni menos que los jihadistas, a quienes el pacifismo ajeno no hace más que excitar sus atropellos.

«No creo en Dios», dice en la serie el joven papa, para añadir de inmediato: «estoy bromeando». ¿No hemos presenciado parecidas humoradas respecto del Dios católico que «no existe», tal como no existe el «Dios spray»? Piedras lanzadas y atajadas en pleno vuelo, en un certamen de insensateces sólo igualadas por el Papa del filme, que también -como el de la acongojante realidad- insta al prójimo a pecar sin cultivar el menor sentido de culpa.

Coincidencias nada fortuitas, en fin, que alientan la opresiva sensación de espejeo, de un tête à tête entre el horror y su fantasma, de un juego orbital de tenazas entre la apostasía y la blasfemia, de un contrapunto entre el cáncer y la peste. Es hora de levantar bien alto la cabeza: nuestro auxilio no admite soluciones inmanentes.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

MEDITACIÓN DEL DOLOR VIRTUOSO

«Dios no eligió como instrumento de redención ni la belleza, ni la sabiduría, ni el genio, ni el poder, ni la gloria, ni ninguna de esas grandes cosas que los hombres persiguen y adoran y por las cuales venden sus almas, sino el dolor, que es algo oscuro, de lo cual  todos los seres huyen, y que sirve a la filosofía puramente humana como argumento contra la existencia de Dios porque no entiende su función compensadora».

Hugo Wast, Flor de durazno.



La civilización del analgésico, que se derrama en vaguedades y en reciprocidades simuladas, en retiradas ominosas de la escena del deber y en un sinfín de cortesías inanes, esta civilización, decimos, logró parir sin esfuerzo -logró sintetizar, más bien, en la glacial asepsia de sus probetas- esta raza de zombis que conviven con la muerte en todas sus formas (señaladamente con la muerte del espíritu) sin siquiera advertirlo, sin que se les escape una queja ni aquel estertor testigo del último rezago de vida que se esfuma a su pesar. Las quejas, más bien, y no por sobriedad estoica, están proscritas en el bazar universal de las distracciones, de las nulidades vinculantes. Es que las conciencias revolucionadas, pese a sus ademanes de autonomía y a su alharaca contracultural, se caracterizan por el más rígido de los conformismos. La rutinización de la actividad mental y la cristalización de ese acotadísimo patrimonio de conceptos que lleva el progre en sus alforjas termina siendo la forma más indecorosa de conservadurismo: la del que entierra el mayor de los dones recibidos (la vida del alma) para que el "progreso", si tal lo hay, pase todo por afuera (en la esfera de los accidentes). Como el bonsai, aquella técnica japonesa consistente en reducir a las especies arbóreas al enanismo merced a la poda sucesiva de sus raíces pivotantes, acá se han cortado a designio las raíces que vinculan al hombre con su nutricio sustrato histórico-cultural, con la experiencia y la sabiduría adquirida por sus predecesores -casi digamos que con todo lo que constituye la específica naturaleza humana-, para dejar apenas en pie un ser postrado en sus proyecciones, un medio hombre digno de otro nombre. Palabras más palabras menos, la paradoja ya había sido advertida por Kierkegaard al promediar el siglo XIX: los hombres se ha abocado a muchas simultáneas especialidades con trágico olvido de lo que es ser hombre.

El recorrido histórico de la gangrena, partiendo -para fijar un punto de partida- del heresiarca sajón hoy próximo a ser canonizado por la Jerarquía des-catolizante, supo trazar el curso pendular tan del gusto moderno, y del tratado De servo arbitrio, desarmante alegato en pro de la bestialización de los hábitos, se pasó a la exaltación del libre albedrío, haciendo de esta facultad humana un todo devorador, más o menos como si redujéramos al hombre a su páncreas o a sus intestinos, grabados éstos en blasones y vitoreados por toda una canalla lista a aplastar a quienes se sirvieran recordar, verbigracia, la existencia del sistema nervioso. Vemos, pues, que tanto la negación como la afirmación excluyente del libre arbitrio condujeron a idénticos resultados, tal como una moneda sirve para adquirir lo mismo así se exhiba su cara o su cruz.

El agasajo de la libertad de opción con el más conmovedor olvido de la libertad espiritual (consiguiente a la opción libre por el bien), ¿qué supone sino trocar el fin de nuestras operaciones por su condición previa, el mérito por la neutralidad de las circunstancias, la plenitud deseable por una potencialidad aún informe? Es tanta la insensatez de los que yacen en esta acre confusión como su frecuente regodeo en esta su condición transeúnte. Se trata, al fin de cuentas, de un efecto fácilmente atribuible al orgullo: aquel que impele a la recusación indefinida del objeto a instancias de la jabonosa inflación del sujeto.

Este derrotero hacia la autoextinción, esta procesión insensata y criminal, aunque viene de largo, no deja de asombrar en sus más recientes hitos a las generaciones que, prolongadamente adiestradas para el colapso, van cediendo el protagonismo de la hora a sus sucesores. Así, un socialista octogenario, en viniendo a enterarse de la separación conyugal de un joven amigo, todavía puede espantarse y musitar unas gimientes razones. «La sociedad está enferma», dice con razón y entre suspiros, aunque el diagnóstico reclame mayores precisiones, inaccesibles a esta altura al caletre moderno. Los hijos del socialista ya carecen de ese reflejo, diluyendo el drama en la sopa anestésica de su exangüe conciencia de lo real. «No hay drama»: tal la muletilla cuales sus voceadores, los mismos que pretenden hacer de los fracasos motivados por la perversa voluntad humana otros tantos hechos inexorables, como si el Creador de la naturaleza no nos hubiera concedido el don tremendo de la libertad, incluso para el mal. ¡Necios!: de esta estopa están hechos los paladines de la «lesa humanidad» que, al mismo tiempo y sin ruborizarse, son capaces de equiparar el aborto a la extirpación de un quiste. Es la fuga de la sindéresis amparada en la presunta ininteligibilidad de las cosas lo que produce estos horrores, estos monstruos de conciencia, una ética postiza y la sustitución de la bondad por el buenismo.  «La vida sigue», proclaman los que yacen muertos entre cuantiosas ruinas, e invitan a regocijarse presto a aquellos a quienes cumpliría llevar luto.

Recordemos la tremenda respuesta del Señor a Pedro cuando éste quiso disuadirlo, con humanas razones y bienintencionados rodeos, de afrontar su Pasión. Recordemos cómo aquel sorbo de vinagre mezclado con hiel que mojó sus santísimos labios en la Cruz le hizo gustar sólo su amargura, pero no así su efecto narcótico, ya que no aceptó beberlo. Si la adoración, como lo sostiene Von Hildebrand, es lo que hace al hombre capax Dei, la misma propiedad le cabe al dolor reparador. Esto es lo que le devuelve al hombre su semejanza divina, toda vez que el Hijo Unigénito supo, en su presciencia, que por esta regia vía rescataría a la estirpe prevaricadora de Adán.

Por eso Hugo Wast, a continuación del pasaje arriba citado, nos recuerda que
el dolor no es solamente instrumento de redención, sino indicio de predilección de Dios hacia alguna criatura, de tal manera que los que no sufren deben inquietarse por su desamparo y llamar a las puertas de la misericordia sin descansar, reclamando su porción de dolor como un hijo reclama su herencia legítima. Santa Ángela de Foligno nos dice con palabras inspiradas por el mismo Jesús: "aquellos a quienes yo amo, comen más cerca de mí, en mi mesa, y toman conmigo su parte en el pan de la tribulación, y beben en mi propia copa el cáliz de la pasión". ¡Pobres ciegos los que esto ignoran y se rebelan contra lo que es señal de predestinación! Por eso exclama el Eclesiastés: "¡ay de los que pierden los sufrimientos!"

¡Ay de los que dejan pasar la oportunidad de llorar a fondo! Para éstos y no para los desertores del dolor es que se ha proclamado una vibrante bienaventuranza: tal la impostergable lección olvidada por el hombre "autárquico". No por nada cunden hoy esas aberraciones orientales chapadas a la moderna que persiguen el nirvana, la ataraxia de las larvas, la ausencia del dolor al precio de la renuncia a la felicidad. Por si no bastara con esto, el pecado sigue multiplicando las penas, que son sus frutos, siendo sólo la asunción de las mismas con fines expiatorios lo que detiene la devastación debida al pecado: éste es el secreto sigilado que los cristianos no debemos olvidar en esta hora de crecientes tinieblas y amenazas inminentes, al paso que los poderes públicos ya se animan a romper a coces las puertas de los conventos de clausura y a procesar a sus madres superioras por no haber practicado la democracia en el claustro.

Según exégesis extendida entre los Santos Padres, así «como el diluvio no se verificó de repente y en un solo instante sino poco a poco, tuvieron tiempo los pecadores de pedir perdón a Dios, y [...] se sirvió el Señor del temor que tenían de la muerte para inspirarles el arrepentimiento» (artículo «Antidiluvianos». Diccionario de teología, por el abate Bergier). El Apocalipsis, en cambio, adelanta otra disposición de ánimo en quienes sufran los castigos de las postrimerías históricas: «enormes granizos -como de un talento- cayeron sobre los hombres, que blasfemaron a Dios a causa de la plaga del granizo» (16, 21). Se trata, al parecer, de conciencias cerradas a cal y canto al más leve influjo de la gracia de la conversión, para quienes el fracaso y las penas ya no obran ningún estímulo salvífico.

Lo supo un sodomita empedernido como Oscar Wilde, a quien la cárcel regeneró en hostia viviente. Lo supo un atormentado Baudelaire, que pudo transfigurar sus cuitas:

Oh Dios, bendito seas que das el sufrimiento 
como un divino díctamo de nuestra impuridad 
y como el más activo y el más puro fermento
que prepara los fuertes para la eternidad. (Versión de Castellani)

Pero nuestros coetáneos lo ignoran y quieren ignorarlo. Si hubiera un correlato filosófico del «pecado contra el Espíritu Santo» del que el Señor nos previene (Mt 12, 32), éste sería aquel contra el que Parménides advirtió sabiamente a los suyos: el del escepticismo que se niega a reconocer la verdad conocida y que disuelve el ser en el no-ser, afirmando simultáneamente una cosa y su contraria. No hace falta explicar que este caos voluntario de la mente hace imposible, de suyo, la aceptación de las verdades necesarias, ¡cuánto más la aceptación del dolor expiatorio, contra el que la prudencia de la carne tiene siempre listos sus recaudos! Es desde esta miserable perspectiva que hoy tantos patanes se conceden encaminar su proceso al cristianismo, incluyendo en la causa al logos helénico y a todo el entero edificio de nuestra cultura que, junto con la diafanidad del ser y contra su indistinción caótica, se ha dignado transmitir desde siempre estas noticias hoy asaz incómodas.

Si la cacareada "nueva evangelización" alude a los multitudinarios encuentros de jóvenes y los cancioneros litúrgicos a go-go, habrá que entender por tal fórmula una simple inversión de perspectivas, haciendo de la Iglesia la catecúmena de los misterios del mundo. Abolida, para más abundar, la noción misma de «pecado», esto no hará más que envalentonar a los impíos, que ya no reconocen en el cristiano a un oponente de temer. Iglesia y mundo se identificarán soezmente, como ya lo hacen, y no habrá necesidad de conversión, y ya ni siquiera la oportunidad cierta de sufrir ablandará los corazones de granito. En cambio, «argüir al mundo en lo relativo al pecado, a la justicia y al juicio», y hacerlo con voz precisa y clara: esto es lo que Cristo nos mandó, más que consensuar treguas con Satanás.

Y elevemos un pedido clamoroso, con miras a que algunos se salven: apúrense nuestros sacerdotes a predicarnos los novísimos antes de que lo hagan las bombas.

sábado, 27 de agosto de 2016

LA APOSTASÍA Y EL ASALTO A LOS CONVENTOS

Otro periodista que descubre América, ahora con el cabotaje inestimable de un fiscalete de provincia y con el coro de blasfemias proferidas por tantos grasientos galeotes como comentadores acuden a las noticias de los medios de prensa digitales: resulta que en el Carmelo de Nogoyá había cilicios y fustas para autoflagelarse. El tenaz apetito vejatorio no supo detenerse ni siquiera ante el absurdo, y ordenó allanamientos para encontrar los instrumentos de punición que se prescriben con profusión en los estatutos de la orden después de su reforma, desde hace más de cuatrocientos años. Para mayor sugestión de la archimaneada opinión pública, se recurrió al talismán léxico «tortura», capaz de suscitar repentinos huracanes de indignación.

La sociedad pluralista uniformó previsiblemente el juicio que la espinosa cuestión le merece: "esto no puede existir en el siglo XXI", "se trata de un resabio medieval que debe ser erradicado". ¡Sadismo! ¡sadismo! -claman los que ornan su naso o su ombligo con aretes, los adeptos a la chuza de tinta, al tatoo. Los que, encorvados por sus plúmbeos vicios, caminan como el tatoo carreta. Los mismos que fueron envenenados con sucesivas dosis del marqués de Sade disueltas hasta en la sopa: se sabe cuánto la Revolución -es decir, la modernidad- le debe a aquel endemoniado, para quien la mismísima Asamblea Revolucionaria supo proveer el oportuno calabozo, tan lejos iba en la obra de descomposición.

Y la fe católica y la práctica conventual se ven cuestionadas por una legión de fronterizos, como en esos cuadros del Bosco que exhiben el contraste entre la serena santidad de Cristo y la fealdad de la chusma circunstante. Al menos durante los primeros siglos la Iglesia tuvo que vérselas con un Celso, que compensaba su ignorancia y sus prejuicios antirreligiosos con la galanura retórica. Hoy hay que salir a explicar lo que es el ascetismo, la clausura, la reparación por los pecados ajenos a opinadores rentados, a mequetrefes metidos a acusadores, a obsesos que ven en una monjita enterrada en vida una amenaza para su satisfecha molicie.

La redada en el convento, que tiene un significativo valor como aglutinante de opiniones más o menos difundidas acerca de la inutilidad de la vida religiosa, llega como para remachar la apostasía colectiva (empleamos el término, como es justo hacerlo, en alusión a la prevaricación de todos aquellos que gozaron al menos del bautismo. Con más razón cuando se despreciaron mayores auxilios recibidos). Llega, decimos, para demarcar, como la raya de Pizarro, uno y otro rumbo contrapuestos: o al Cielo o a perderse. De allí la impropiedad del término «neopaganismo» para aludir a la deserción espiritual hoy vigente. Es de creer que la revelación primordial -por muy corrompida que estuviese a instancias de siglos de caminar de espaldas al Edén- se conservara en los lejanos siglos precristianos bajo la especie de algún resabio, lo suficiente para alentar la espera de «Aquel al que las islas esperan». Una esperanza informe, carente de la gracia habitual, pero una eficaz fuerza motriz que fue correspondida en sus mejores impulsos y que, ya cumplida la Redención, no podía sino perderse luego de perdido el inestimable don de la gracia por la defección criminal de nuestros días. Las sociedades descristianizadas perdieron tanto los efectos de la Redención como los vestigios de la revelación primera.

La apostasía no viene como por un alarde prometeico, por una especie de vigor culminante en hybris, como lo querían los adversarios de la Iglesia desde los albores o incluso los pródromos de la Revolución. La apostasía llega por infamante superficialidad, por el hábito de deglutir imágenes y palabras fatuas, por la abrumadora colección de vaciedades que el hombre contemporáneo -salvo heroico conato en contra- se ve compelido a incorporar. Por la concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et superbia vitae, en los más ordinarios de los términos. Se ha dicho mil y mil veces que la apostasía -personal o colectiva- llega por el ruido incesante y la falta de silencio interior. Contra la estólida tesis evolucionista (contra el evolucionismo histórico o progresismo), hoy se impone una vuelta a una «eterna Edad de Piedra», como la llama Martin Mosebach: la recuperación de una sensibilidad capaz de reconocer la forma que anima a la materia, de admitir al sacrificio como «arquetipo de toda acción» y de conformarse a la inexpugnable alteridad de todo lo real. Se trata de esto o del espíritu moderno, tan bien sintetizado por Sartre en su triste apotegma: l'enfer sont les autres.

La apostasía no es broma, ni es una fatalidad que llega contra las intenciones del sujeto. La Carta a los Hebreos, escrita con ocasión del peligro judaizante pero perfectamente aplicable a nuestros occidentes días, no se cansa de exhortar a su respecto: «debemos adherirnos con más diligencia a las enseñanzas recibidas, no sea que marchemos a la deriva»; «¿cómo podríamos escapar si descuidamos tan gran salud?»; «tememos que mientras sigue en vigor la promesa de entrar en el reposo del Señor, alguno de vosotros piense no conseguirla». Y luego, para más explicitar: «es imposible para aquellos que una vez fueron iluminados, que gustaron el don celeste, que fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que saborearon la dulzura de la palabra de Dios y las maravillas del mundo venidero, y que a pesar de todo recayeron, renovarlos segunda vez por la penitencia, ya que de nuevo crucifican por su cuenta al Hijo de Dios y lo declaran infame», pues «si pecamos deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados sino una terrible expectación y el ardor vindicativo del fuego que consumirá a los rebeldes».

La apostasía (literalmente, la acción de ponerse «lejos de» o «en contra de» Dios) deviene, así, de la inanidad del juicio, y su gran peligro estriba en que ahoga esta facultad humana de raíz, haciéndola en adelante incapaz (salvo un verdadero milagro de orden moral) para retomar el camino perdido. La conversión del apóstata es más prodigiosa y, por ello, más improbable que la del que permanecía en la ignorancia de las verdades necesarias. La apostasía, aparte de suponer una traición, expresa un juicio contra Dios, a quien se reputa menos deseable y digno que las cosas. De ahí la acerbidad de la mirada que se vuelca sobre la religión, teniéndola por impracticable y amarga.

De nada sirve apelar a la prosa alada de santa Teresa de Ávila y a la poesía de san Juan de la Cruz, de una intensidad lírica señera en nuestra lengua: las disciplinas de los carmelitas, que aquellos practicaron con frutos tan patentes y sabrosos, será tenida por las miríadas de necios de nuestra hora como asunto de patología psíquica. En su lugar, cundirá la enésima apelación a una alegría sin espesor, como si las guerras y las devastaciones modernas no hubieran sido suficientes para disuadir a nadie acerca de las presuntas bondades del puro naturalismo a cuyos brazos se arrojaron enteras sociedades.

Que la pacatería progre lo tenga por muy cierto y comprobado: la nuestra es una religión tremenda y sobrecogedora, tanto para augurar un «todo o nada» irrevocable y sin descuentos. Y que se entere alguna vez de que la alegría del apóstata resulta de una superficialidad sólo comparable a la de su juicio. La muerte y el despojo golpean a cada instante a la puerta de esta alegría, que es una fuga mientras le queden piernas, y que más tarde o más temprano alcanza a contemplarse con horror en toda su vertiginosa vacuidad, allí cuando el mal es conocido ya sin aliños, cara a cara en su aterrorizante desnudez. Cumplido entonces todo el daño que a la paciencia del Altísimo plugo soportar, ahora el juicio invierte sus papeles, y el Juzgado se constituye en Juez. Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo.

viernes, 19 de agosto de 2016

¡AY MUERTE, MUERTA SEAS!

Es una banalidad peligrosa la que se ha posesionado de los hábitos de nuestros contemporáneos, remecidos por Satanás en el cernidor de las distracciones, las superfluidades y las engañifas, tan saturados de impresiones y de una ciencia tan acabada de lo epidérmico, que por esto mismo matan y mueren sin mayor conciencia del caso. El veto a la estulticia forma parte del patrimonio moral inscrito en los genes; su transgresión, tan factible como cualquier otra a expensas de la caída, no puede arrojar sino el fruto más propiamente atribuible al pecado. La muerte, pues, devenida nada menos que cultura (labranza, arte y cuidada consumación), debe corresponderle inmejorablemente a una época en que el mal campea como al desgaire, con la más inconcebible de las incurias.

¡Cuánto espesor tenía entre los paganos de la antigüedad la conciencia del pecado, aunque éste pendiera como por hilos invisibles del arbitrio de alguna divinidad como de causa eficaz y la voluntad humana cediera ímpetu e imperio al fatum! ¡Qué de gemidos llenan las estrofas de los tres mayores tragediógrafos, testimonio elocuente de un sordo deseo de redención que también conocieron, con su peculiar talante, los pueblos precolombinos -según se deduce del recibimiento dado a los descubridores-, no menos que en los pueblos del África ecuatorial en el tiempo de las primeras misiones! Eran tiempos en que se llevaba el Evangelio sin reparar en la «inculturación» del mismo, sino en dar la libertad a los cautivos del demonio, que huían confundidos a la potente voz del ministro de Dios.

Sólo donde hubo cristianismo y luego cundió la apostasía (piénsese en sociedades, piénsese en sujetos singulares) parece no medrar este deseo de redención. Y es que «el perro vuelve a su propio vómito y la cerda lavada vuelve a revolcarse en el cieno» (II Pe 2,22), y allí donde un espíritu maligno había sido expulsado entraron otros siete peores que él. El liberalismo, según es noto, trajo de todo menos la libertad. Y ablandó los caracteres, enervó los temples, sepultó las voluntades. Y dejó en su lugar un tácito nihilismo y una réplica terrestre -como un envés- del embudo infernal. Inadvertido porque aún sin llamas ni aullidos -o al menos no tan ubicuos y empinados-, con refocilante embotamiento sensorial como para reservar a sus presas para peores ulteriores días.

La cultura de la muerte reviste múltiples facetas y es pródiga en símbolos (no hablamos del aborto, el tráfico de armas y la delincuencia desatada, todos suficientemente alusivos a la sangre como para ser tomados con mero valor de analogía). La disolución de las familias, fenómeno de muerte si los hay, entra de lleno en su circuito semántico. Y la disipación del seso que, como apuntado más arriba, concurre como causa de la expansión necrótica. Cuando Martín Fierro mató al moreno, sabiéndose corrido por la policía de campaña como por otras tantas erinnias, se fue al desierto, que es imagen de la expiación. Hasta del hosco abuelito de Heidi comentaban los lugareños que su retiro montañés estaba motivado por haberle dado muerte a un hombre. La cifras del aborto quirúrgico en la Argentina trepan, desde hace 30 años ininterrumpidos, a quinientos mil anuales (lo que permite deducir que, sobre una población femenina de poco más de veinte millones, cerca de una tercera parte le dio muerte al hijo por nacer), lo que no obsta para que la inmensa mayoría de las filicidas vivan una vida aparentemente normal, circulen por la calle y hasta se detengan a tomar un helado en la vereda en los meses cálidos, entre bromas con las vecinas. Se ha omitido la penitencia, se ha hecho como si nada, y con esto se ha abierto la puerta a todas las calamidades.

«No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto», dijo a su tiempo el profeta de Moloch, a quien sólo la distracción universal -incluida la de los cardenales de la Santa Romana Iglesia- pudo consentirle tan inopinada potestad. La vida sigue, aunque envenenada, y todo lo que tocan nuestros contemporáneos se vuelve estéril y mustio, desde la escuela hasta la política. ¡Muerte desmesurada, matases a ti sola!, clamó el poeta, y hoy no sabríamos cómo ritmar su desazón. Pende una pesada maldición sobre esta estirpe.