Quizás no son los mismos exactos caracteres con que Nietzsche lo previera, pero debe decirse que el advenimiento del Übermensch ya se cumplió con creces. Nacido y multiplicado en las probetas de la ingeniería de conciencias, el hombre-átomo aparece en rigurosa coincidencia con el desarrollo de la física atómica -esto es, de la voluntad desaforada de dominio. Cabeza abajo todas las cosas, no será entonces novedad afirmar que hoy la ciencia es urgida y gobernada por la técnica, que el fin de la misma ya no estriba en la contemplación gozosa del misterio entrañado en los seres que ella escruta, sino en el reinicio de nuevas espasmódicas rebuscas -sin tino éstas y sin término. Aquella sabrosa paradoja del Estagirita que sintetiza el sentido de los desvelos del hombre sobre la tierra, «trabajamos para descansar» (aplicable, sin dudas, también a la vida intelectual, cuyo fin es la contemplación), se ve hoy desmentida por un «trabajamos para trabajar», sin el sentido informado por un término. O bien: el término es el mismo medio. Así, el finalismo ínsito en el operar humano, que pone en todas nuestras obras un carácter moral, se ve trocado por ese caminar sin pausa y sin rumbo que caracteriza a la existencia de una notable porción de nuestros contemporáneos. Abstraída toda finalidad, no hay descanso en el infierno larval de las voluntades ciegas y apiñadas.
Consta, sí, una límpida coherencia en el contexto de estas realidades tan turbias. La embriaguez de la posibilidad, de la potencialidad, de la potencia, se corresponde con el desprecio de toda actualización de la misma en obra; se exalta cuanto ofrezca razón de medio a despecho del fin, asociado éste (a instancias de un naturalismo nunca revisado) a la muerte sin más. Del mismo modo, el libre albedrío -que es mera condición, casi como si dijéramos un órgano- es festejado con euforia, con total olvido de «aquella libertad esclarecida / que en donde supo hallar honrada muerte / nunca quiso tener más larga vida», en versos de Quevedo que recuerdan la grandeza moral asociada al uso de la libertad para el bien. Este sombrío pathos hodierno le fue anticipado por san Pablo a Timoteo (II 3, 7) al referirse a los hombres de las postrimerías, que estarían «siempre aprendiendo y nunca alcanzando la ciencia». Siempre en la misma línea, se ha abonado hasta el cansancio la blasfema persuasión de que a la eternidad de los bienaventurados debe corresponderle un aburrimiento como de esplín burgués, para oponerle entonces la excitación lunática de los conciertos de rock, cifra y culmen del género de gloria que esperan muchos de nuestros contemporáneos.
Hablar de una «cosmovisión» moderna, dado este estado de cosas, resulta inexacto y pródigo de más. Cosmoceguera, más bien, en consonancia con esas vendas con que se han sellado voluntariamente las lámparas del cuerpo. La ceguera espiritual resulta la dote, el lote y el mote apropiables a tanta deserción tan consentida, el mal negocio de quienes empezaron por negar el ocio admirativo y continuaron braceando una existencia vuelta de espaldas al misterio. "Hay infinitas distracciones a las que abocarse", le musitó al oído el antiguo enemigo a esta raza que se encontró, a la vuelta de unas pocas generaciones, envuelta en un mar de artefactos que eran otras tantas cadenas. Con irónica añadidura de ademanes libertarios y bilioso escarnio del principio de autoridad, como en aquellas exponentes del porno-marxismo que, sustituido el sujeto «proletariado» por el más numeroso y manipulable de «mujeres», salen a reclamar sus falaces derechos imitando a la pelandusca despechugada que pintó Delacroix como alegoría de la "libertad" revolucionaria, cerrando con sus indecorosas fachas el círculo pictórico abierto por la Revolución. [Una órbita más amplia, más que pictórica, se cerraría con la esperada inscripción de san Lutero en el catálogo de los santos (que, al mismo precio, podría incluir a algunos predecesores y sucesores del hereje sajón: Huss, Wycleff, Melanchton y Calvino, entre otros). La Contrarredención de los malditos (y éste sería el mayor de sus triunfos) quedaría asociada, en la confusión de los más, a la causa de la Iglesia.]
El escepticismo, según aquella etimología que hace de éste el estado de quien va y viene por las cosas sin atinar una sombra de juicio: éste sería el puerto de tanta operosidad sin brida que resume en una sola imagen el espectáculo de los últimos dos siglos, ese mismo escepticismo que corroe los ánimos y las ánimas, que quita el deseo del bien último y empece al hombre todo, dejándolo solo consigo mismo y aun sin siquiera él. Se ha ido tan lejos en la progresión del mal que la ofuscación espiritual de nuestros días asume proporciones bíblicas, como por lo demás ya lo había anticipado el Señor: «será como en los días de Noé...» (Mt 24, 37), sin que aquellos que tienen el cometido de denunciarla atinen a abrir sus tímidas bocas. Crasa la extemporaneidad y el error de diagnóstico de aquellos que recurren a ternezas pastorales cuando lo que urge es increpar a viva voz. Al precio de devenir pastores de alimañas, olvidan que para resucitar a Lázaro, que ya hedía, el Señor le ordenó con voz potente que saliera de su tumba, y que en el Apocalipsis (19, 15), en su venida postrera, el Rey de Reyes es retratado con una espada afilada que asoma por su boca.
Cumple siempre recordar que el milagro de la transubstanciación se opera pronunciando unas precisas palabras sobre aquellas materias que, de otro modo, permanecerían inalteradas, lo que habría que aplicar para favorecer la conversión de un alma. Que valga la remota analogía: acá hay un exorcismo que obrar, que no unas complicidades que saldar. Tanto, que puede tenerse por muy cierto que si Jesús hubiese cumplido su misión terrena en nuestros días habría habido una multitud de candidatos a Judas sin el terrible final del Iscariota. Si hasta la posibilidad del remordimiento de conciencia fue sofocado, esto es porque empezó por desdeñarse la eficacia de las palabras.
Y se extendió, a la postre de todo, ese trastorno psíquico que antaño se hubiera atribuido a un Antíoco, a un Nerón, y que hoy puede personificarse en cualquier hijo de vecino. La psicopatía, que cierra al sujeto sobre su eje y lo hace indemne a todo sentimiento de culpa que pudieran suscitar sus faltas, se ha expandido con las mismas moléculas de aire. Y no hace falta que prorrumpa el asesino múltiple en los noticieros para identificar esa patología entre nosotros: se mata al desgaire, sin efusión de sangre, se anula y troncha una y muchas vidas toda vez que se desmembra una familia por capricho; que, sin oponer resistencias, se entrega a los propios hijos a la máquina profanadora de conciencias; cada vez que se infringe el compromiso contraído de palabra arguyendo para sí que verba volant, que nada nos ob-liga. ¡Con qué claridad describe el salmista al hombre que morará en el Tabernáculo de Dios como a aquel que «no vuelve atrás aunque haya jurado en perjuicio propio» (Ps. 14, 4), y qué contraste con este homúnculo corrompido en sus fibras más íntimas por la falaz persuasión de que no hay otra realidad que el yo, y un yo voluble! Éste es el insight, como lo llama la psicología cibernética: la supremacía del yo personal y sus deseos con aptitud para justificarlo todo, aun el perjurio y la traición.
Gentes sin historia, sin raíces, capaces de dar al traste en un tris con el trasto de sus pasados pisados, no es raro que la evocación de las virtudes de un tercero los irrite, ya que son enemigos de la virtud y que, como en una parodia de pasión moral, su apatía fundamental sólo se vea sacudida por un brote de indignación siempre que se reconozcan lesionados en sus deleznables intereses, único ámbito que se avienen a reconocer como sacro. Como es obvio comprobar, a este morbo le corresponde una política concebida no en atención a la amistad social sino más bien fundada en maquinaciones de parte, de partido, que no son sino una amplificación de aquellas mezquindades que, a su vez, fomentan. Y la amistad personal, meramente nominal aunque celebrada con cotillón de gestos y vaniloquios, acaba reduciéndose a un rejunte de egoísmos, a una confluencia transitoria de intereses.
«Él no amaba: lo único que amaba era ser», dice Rilke del personaje de uno de sus libros. Tenemos que habérnosla nada menos que con esto los católicos en estos días, que son los de la Pasión de la Iglesia, tiempos ya previstos como aquellos en que los hombres «no soportarán la sana doctrina» (II Tim 4, 3) ya que ésta estorba sus afanes autonómicos. No vale atenuar la gravedad del cuadro: ni los salvajes evangelizados por los jesuitas, ni los tuareg del padre de Foucauld sufrieron de una constitución mental tan indócil a la Verdad como estos fríos e impasibles ejecutores del mal, decididos a condenarse con tal de no tener que plegar sus rodillas. Que el Señor los sacuda con su grito y que despierten.
martes, 25 de octubre de 2016
viernes, 14 de octubre de 2016
AVISO EDITORIAL
Para holgorio de los tiempos post-babélicos, nos ha llegado la noticia de la reciente aparición de Tres años con Francisco. La impostura bergogliana (breve reseña aquí), de un compatriota afincado en Francia que firma como Miles Christi, edición cumplida esta vez en inglés y en italiano (ya existían versiones en nuestra lengua y en francés).
Damos cuenta, pues, de las cuatro ediciones disponibles con el correspondiente enlace a la editorial para la solicitud de ejemplares:
Miles Christi - L’impostura bergogliana: I. Cronache di un empio,
pp. 205 formato 14,5x20,5 - 18,00 €
http://saint-remi.fr/fr/anti-liberalisme/1464-limpostura-bergogliana-i-cronache-di-un-empio.html
Estrarre PDF: clicca QUI
Miles Christi, Trois ans avec François, l’imposture bergoglienne
pp. 232 - formato 14,5x20,5 - 18,00 €.
http://saint-remi.fr/fr/anti-liberalisme/1432-trois-ans-avec-francois-limposture-bergoglienne.html
Extrait en PDF: cliquez ICI
Miles Christi - Three years with Francis - The Bergoglian deceit
pp. 198 - formato 14,5x20,5 - 18,00 €
http://saint-remi.fr/fr/anti-liberalisme/1463-three-years-with-francis-the-bergoglian-deceit.html
Extract PDF: click HERE
Miles Christi - Tres años con Francisco - La impostura bergogliana, pp. 277 - formato 14,5x20,5 - 18,00 €
http://saint-remi.fr/fr/livres/1436-tres-anos-con-francisco-la-impostura-bergogliana.html
Damos cuenta, pues, de las cuatro ediciones disponibles con el correspondiente enlace a la editorial para la solicitud de ejemplares:
Miles Christi - L’impostura bergogliana: I. Cronache di un empio,
pp. 205 formato 14,5x20,5 - 18,00 €
http://saint-remi.fr/fr/anti-liberalisme/1464-limpostura-bergogliana-i-cronache-di-un-empio.html
Estrarre PDF: clicca QUI
♦
Miles Christi, Trois ans avec François, l’imposture bergoglienne
pp. 232 - formato 14,5x20,5 - 18,00 €.
http://saint-remi.fr/fr/anti-liberalisme/1432-trois-ans-avec-francois-limposture-bergoglienne.html
Extrait en PDF: cliquez ICI
♦
Miles Christi - Three years with Francis - The Bergoglian deceit
pp. 198 - formato 14,5x20,5 - 18,00 €
http://saint-remi.fr/fr/anti-liberalisme/1463-three-years-with-francis-the-bergoglian-deceit.html
Extract PDF: click HERE
♦
http://saint-remi.fr/fr/livres/1436-tres-anos-con-francisco-la-impostura-bergogliana.html
Para descargar en formato PDF, pulse AQUÍ
♦♦
Asimismo, se nos hace saber que ya se encuentra a disposición del público una nueva obra del autor -de momento sólo en francés, pero en espera de ser pronto traducida al castellano, al italiano y al inglés- titulada Qu'il soit anathème! Trois ans et demi avec François: la coupe est pleine (detalles y medios de envío, aquí).
lunes, 10 de octubre de 2016
CRÓNICA SUCINTA DEL ATAQUE A LA CATEDRAL
«Si consistant adversum me castra, non timebit cor meum» (Ps. 27, 3)
Era menester algo más que dejar las cosas en manos de una policía subordinada a un poder político que, mutatis mutandis, persigue los mismos fines que los manifestantes, a los que de hecho subsidió con la gratuidad del transporte y la comida, más el alojamiento hotelero en las mejores plazas. Hay apenas una diferencia modal entre unos y otros, y aún está por verse qué sea más repulsivo: si la lacra desencajada que salió a defecar y a mugir en las calles rosarinas por estos días o la intendenta que no pierde su omnímoda sonrisa al paso que propicia las más aberrantes políticas de salud pública de que su municipio tenga memoria, con copiosa distribución de pastillas abortivas y ligadura compulsiva de trompas en mujeres pobres que resultan tratadas, paradójicamente, como perras. Las paradojas e inconsecuencias, por lo demás, no terminan aquí, como cabe comprobar a menudo en el pensamiento de izquierda (si es que hablar de "pensamiento de izquierda" no supone una contradictio in terminis): era cosa de admirar, después de las machacantes consignas por la «igualdad de género», cómo la represión policial con balas de goma fue reprochada a los gritos con el argumento de que "iba dirigida contra mujeres".
No se pretendía, es obvio, impedir la posible profanación del templo con un número tan exiguo de hombres: esa tarea la cumplieron, finalmente, las fuerzas de seguridad. Si acaso sirvió para algo estar allí fue para mejor sufrir por Cristo y para rendir ese testimonio que, Dios mediante, puede impresionar al oponente y arrancar alguna conversión de entre sus fétidas filas. Recordemos el caso, indeleble en nuestras letras, del sargento Cruz, rendido al varonil ejemplo de Martín Fierro cuando éste libraba lucha muy desigual con quienes venían a apresarlo; recordemos el de aquel soldado alemán que vino a invadirnos entre las filas inglesas en 1806, el mismo a quien
después, cuando el criollo dijo "guerra"
invocando razones teologales,
su católica fe le dio señales
y a las huestes hispánicas se aferra.
(Antonio Caponnetto, Poemas para la Reconquista)
Muy en cambio, y con el mismo terror ciego que siente el elefante a la vista de un ratón, así vino a comportarse ante los micrófonos ese hombrón de casi dos metros que es Su Eminencia Castradísima, monseñor Eduardo Martín. Pasadas las escaramuzas, en la tertulia con los periodistas, el mismo que no fue capaz de dar la cara ante los pocos fieles allí reunidos antes de la llegada de los manifestantes se apuró a aclarar que él había desalentado ese tipo de iniciativas y que quienes la llevaron a cabo son «ultras que creen que ese es el mejor modo de defender a la Iglesia» (fuente aquí). También insistió (aquí) en «no poner el acento» en los disturbios producidos ante la Catedral, sino en el carácter «totalmente pacífico» de una marcha que dejó por saldo una multitud de comercios y frentes de casas escritos, golpizas y robos a transeúntes y daños en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen y en el colegio de los hermanos maristas.
Monseñor finge no entender que en la misma medida en que cedamos terreno a las bravatas de estas bestias enardecidas, así se irán incrementando sus atropellos, y que a este paso pronto no se podrá llevar un crucifijo colgado del cuello ni asistir a Misa. Y cree lícito aplicar al caso la misma hermenéutica que le aplica el enemigo, juzgando al igual que éste como "provocación" el celo por la honra de la Iglesia. Mucho más viriles que este obispillo de Laodicea y mucho más mujeres que cualquiera de las congregadas a la baraúnda infernal, consta el testimonio de las católicas que soportaron participar de los «talleres» (válganos la jerga al uso) intentando redargüir a las abortistas con grave riesgo de su integridad física. Las mismas que, mientras los varones rezaban a un lado de la catedral, permanecían unos pocos metros más atrás, aun cuando arreciaban los piedrazos y botellazos y las rociadas con la orina envasada previamente en botellas. O entreverándose incluso con las fieras para filmar de frente y de cerca la oración de los hombres, omitiendo cantar las consignas de las harpías y distinguiéndose peligrosamente de ellas por esto. Si se ha dicho que la mujer es la «flor de la Creación», cumple decir que la mujer católica digna de este nombre es su «flor y nata». Este funesto Encuentro Nacional de Mujeres, que sólo se convoca para desterrar un poco más la proscrita femineidad, servirá para que, en lo oculto, unas pocas mujeres acrisolen y acrezcan sus necesarísimas dotes.
Los incidentes de la Catedral nos devuelven, por último, a la insoluble disparidad de dos "proyectos", como se gusta hoy nombrarlos. Aquel que apunta a la «vida, y vida en abundancia» (Io 10,10), que en este destierro es la vida de la gracia y en lo futuro la Vida eterna, y aquel que lleva a la muerte del alma, y en lo terreno -si sus impulsores se detuvieran un solo momento a meditar en las últimas consecuencias lógicas de sus dislates- a la extinción del género humano, reducido sólo a hembras: no a otra cosa conduciría, de ser posible su universalización, la aplicación del programa del aborto libre, de la "muerte al macho" y del "lesbianizarse".
Es de prever que los Rothschild, los Soros et al. seguirán rociando con fuertes sumas de dinero ésta, que es la más ingeniosa de las guerras civiles que podían fomentarse. Las subnormales de sus huestes seguirán persuadidas, en la ceguera de su rencor, de que libran una guerra por legítimos derechos. A juzgar por el estrago ya obrado en la institución de la familia -y aquel que promete seguir obrándose en los últimos de sus residuos- no podría imaginarse una sazón más apropiada para aplicar aquello de que «¡ay de la tierra y del mar, porque el diablo descendió a vosotros con gran ira a sabiendas de que le queda poco tiempo!» (Ap 12,12).
sábado, 8 de octubre de 2016
UNA CONVOCATORIA A LAS ARMAS
Uno de los efectos más disolventes del humanismo (aquella superchería de Protágoras abatida oportunamente por Sócrates y rediviva, para nuestro mayor daño, en los tiempos que apellidamos modernos) es la ceguera respecto de la maldad que puede caber en el ánimo y en las acciones del hombre. No hay convención moral -como lo pretendía el sofista-, no hay consenso artificial que pueda fundar la bondad de unas costumbres, que ésta depende enteramente de su conformidad con el ser de las cosas, de la adecuación de la inteligencia con el dato. Por detrás de la relamida bonhomie de toda esa fauna artificial que podríamos adscribir al progresismo, hecha de ademanes de benevolencia fácil y de sobrecivilizados pudores verbales, de estudiados gargarismos, sonrisas omnímodas e indulgente indiferencia para con la "vida privada" del prójimo, late a menudo una fauna mucho más real que reúne en un solo actor al lobo, al buitre, a la serpiente, al cerdo y a la raposa. Cruda constatación que no supone, ni mucho menos, el pesimismo antropológico: sabemos que la naturaleza herida no está absolutamente herida, ni esta caracterización pluribestial se acomoda a todos los hombres de todos los tiempos. En todo caso, Aquel que nos recomendó que «sine Me nihil potestis facere» nos instó, con ello, a permitir que en aquel hondón todavía salubre del alma arraigue y se despliegue la vida sobrenatural, la que recupera nuestra semejanza divina sin irreales apelaciones a un bien de otra ralea. Esta es, precisamente, la dimensión personal que se amputan los que rechazan a Cristo.
Aquel afectado optimismo, entonces, que relega el mal -cuya existencia se ve forzado a su despecho a reconocer- en unos pocos grupúsculos perfectamente aislados, casi proscritos del consorcio humano y de sus derechos y garantías, lograría como consecuencia inmediata de sus dislates desarmar totalmente la conciencia moral del hombre si no fuera porque la realidad acaba siempre imponiéndose, y los hombres suelen indignarse los unos con los otros por cuestiones que tocan, en definitiva -y con o sin razón-, al sentimiento de justicia vulnerada. Lo que no quita que se siga apelando a una paz ominosa y a una inocencia postiza, como en aquellos terroristas veteranos e impenitentes que, a la vuelta de los años de sus crímenes, beneficiarios de inicuas indemnizaciones pagaderas con deuda externa por haber sufrido antaño justa cárcel, exponen en cualquier tertulia sus pacatos argumentos pro pace, seguros de hallarse ante conciencias pesadamente dormidas, incapaces ya de reclamarles la coherencia o el silencio. Y se los recicla en héroes o en honorables vecinos, como se pretendió hacerlo esta semana en Colombia por vía plebiscitaria -fallidamente, gracias a la Providencia. Se ignora aquel adagio que reza que "el criminal vuelve siempre al lugar del crimen" (aunque sea bajo la forma de la traición o del fraude legalizados), y que aquel que en sus mocedades concibió como praxis política el secuestro extorsivo o la voladura de edificios no puede ser trocado alquímicamente en un hombre de bien sólo por haberle salido canas.
No se tenga, entonces, al símil animal por riguroso, que es sabido que el hombre -llamado a ser «poco inferior a los ángeles»- suele caer, en su abyección, más hondo que las bestias. Los relatos tocantes a la licantropía, como anota Gueydan de Roussel, empiezan a expandirse con la paulatina liquidación de la Cristiandad, «cuando el hombre salió del Cuerpo de Cristo para entrar en el cuerpo del diablo» (digámoslo, por otro término, en el Leviatán de Hobbes, incipiente paradigma del Estado totalitario moderno. Recuérdese que fue justamente Hobbes quien retomó la antigua definición del hombre como «lobo del hombre»). En esta misma clave, no será desatinado comparar el canibalismo puerperal de las cerdas (una de las pocas especies animales capaces de comerse a sus crías al nacer) con la rabiosa proclama y práctica abortista de funestísima vigencia en nuestros días. Ni -en tren de ablandar conciencias por el recurso a una despreocupada y festiva solidaridad de grupo- será caprichoso hacer derivar esta perversión mortal de esa artera simulación que quiere hacer pasar el cobarde asesinato del niño en gestación como un derecho.
Justamente por estos días se desarrolla en Rosario (justo cuando la ciudad honra a su patrona vencedora en Lepanto) el trigésimo primer Encuentro Nacional de Posesas, aquelarre infecto que todos los años elige una sede para sus deposiciones de odio y horror, y que concluye invariablemente con un desfile callejero hasta la Catedral local, que cuando no fuera defendida por un buen número de jóvenes católicos terminaría profanada por estas malas bestias. Ahora bien: en este contubernio vergonzante de harpías, periodistas y funcionarios públicos, donde todos fingen ignorar la malicia enconada que bulle en tales sesiones, hoy se suma la Iglesia, la mismísima agredida, omitiendo la denuncia y el testimonio a cambio de reclamos de tolerancia. "¿Tolerancia? ¡Hay casas para eso!"- los desmiente Claudel, que no padeció el infortunio de contemplar a la Jerarquía de nuestros días. Y si da grima escuchar a un joven reportero reseñar con fingida objetividad la proclama del «derecho al aborto libre, gratuito y universal», midiendo cuidadosamente sus palabras para esquivar en este contexto cualquier alusión al dato obvio de la violencia y de la muerte, ¿cómo no atribuir ese desmayo en la recta estimación de las cosas al silencio de quienes debieran, por razón de su ministerio, "clamar desde las azoteas", rendidos aun antes de pelear? Para muestra de la pusilanimidad del clero formateado por el Concilio, basten las razones que un sacerdote local -de alzacuellos desabrochado para las cámaras- musitó a propósito del cura tucumano muerto hace unos días, presuntamente por sicarios del narco-negocio: «siempre que pasa algo con un referente social son barreras que se rompen a nivel social y moral. Y hacen que uno tome conciencia de hasta dónde se puede llegar con esto de la narcocriminalidad. Son luces rojas que se prenden, porque si pudieron atentar con tal o cual persona, ¿hasta dónde es capaz de llegar este sistema de delito que genera tanto malestar en la sociedad?». Nótese, en los términos subrayados, la noción del sacerdocio ínsita en las mientes de un ministro sacro, incapaz de testimoniar a Cristo ante los cagatintas (no otra cosa podía esperarse, en rigor, de la diócesis que saluda poco menos que como a santo a un delincuente de los quilates del padre Ignacio Peries). Enésima muestra de la emasculación prolija, sin rastro de cicatrices, operada por el triunfante modernismo en la conciencia de los clérigos, tal el plano inclinado que conduce, a través de la pusilanimidad consentida y avalada, a la mera irreligión.
Lo que es volviendo al tema de la defensa de la Catedral, y según trascendió por diversas fuentes no oficiales, el arzobispo local habría desautorizado la formación de cordones humanos para la custodia del templo, dejando esto último en manos de la potestad civil, comprometida a levantar un endeble vallado de fenólico y a disponer a sus soldaditos de plomo de la Guardia Urbana (las manos atadas por el garantismo jurídico) para hacer frente a estas hordas de demonios encarnados. ¡Imaginemos cuánto empeño podrá poner en la preservación de los bienes sagrados un Estado municipal y provincial fuertemente sospechado de narco-financiamiento! Que (por colmo, y como si los millones de Georges Soros no fueran suficientes para sostener estas monstruosas asambleas) aporta ingentes sumas del erario público para que las participantes gocen de techo, comida, transporte público y otros servicios durante los tres días que dura la pesadilla.
En otros tiempos la honra del Santo Sepulcro -donde Cristo no yacía- era capaz de inspirar una arriesgada empresa de armas en la que intervenían reyes y nobles de toda la Europa para librarlo de la profanación musulmana. Hoy la defensa del Sagrario -en el que Cristo yace en cuerpo, alma y divinidad- es irónicamente confiada por los obispos a gobiernos que incluyen en sus programas de salud pública la esterilización compulsiva de las mujeres pobres, el reparto de píldoras abortivas y la promoción de la ideología de género. Ni siquiera cabe presumir que estos forajidos al mando civil pudieran temer que su gestión se viera menoscabada en su fama en caso de que cundieran los previsibles destrozos: se ha visto, año tras año, cómo los medios de masificación ocultaron cuidadosamente toda referencia al desborde feminista. El año pasado, cuando luego de prolongadas provocaciones a los católicos allí apostados se intentó vulnerar la Catedral de Mar del Plata y la policía se dignó intervenir, el diario La Nación rindió fraudulenta cuenta de los hechos bajo la especie de "represión a manifestantes". Es que todos trabajan de consuno en la misma dirección: la de la civitas diaboli.
Quien firma estas líneas fue bautizado, a los catorce días de su edad, en esta iglesia Catedral. Fue según el rito antiguo, muy próximo entonces a ser sustituido por el nuevo, que no incluye el exorcismo ritual que se usaba en aquél ni emplea ya el latín, la lengua que pone en fuga a Satanás y a sus secuaces. Considera, pues, un deber de conciencia acudir a las puertas de nuestro templo mayor antes del paso de sus agresores, pese a que sus pedidos por coordinar una condigna reacción no fueron siquiera por gentileza respondidos (¡tan difícil es comunicarse en la era de la informática!). Con la «convocatoria a las armas» no se pretende significar el recurso a la pólvora, sino (para quienes estén allí presentes) el santo rosario, quizás un frasco con agua bendita. Y las propias manos, sí, que, de arreciar las escupidas y manoseos no creemos lícita ni cristiana una resistencia a lo Gandhi.
Ya Chesterton supo referirse al inopinado hallazgo de un par de cadáveres en el ropero de un filántropo. Es el caso de estas inocentes militantes, cargadas de muerte que nadie atina a desvelar. Quiera Dios que podamos vivar a Cristo Rey en los hocicos de estas infelices que, en su trotskista repudio de la propiedad privada, no reparan en la inconsecuencia en que incurren al afirmar nimiedades del estilo de «mi cuerpo es mío». Con un viejo autor francés afirmaremos lo que suena a escándalo en los oídos de estas egotistas desaforadas: el hombre no se pertenece a sí, sino a su familia, que es aquella comunión real de vida y amor que éstas no pueden siquiera barruntar. Pedimos por último, para honor de las palabras, que no se pretenda ya descalificarlas con términos de dudosa y reciente acuñación, como el de «feminazis». Cumple el de «feministas», no más, que es suficientemente oprobioso. Al nazismo no puede acusárselo, en verdad, de haber alentado el filicidio, la inversión sexual y la "muerte al macho".
Aquel afectado optimismo, entonces, que relega el mal -cuya existencia se ve forzado a su despecho a reconocer- en unos pocos grupúsculos perfectamente aislados, casi proscritos del consorcio humano y de sus derechos y garantías, lograría como consecuencia inmediata de sus dislates desarmar totalmente la conciencia moral del hombre si no fuera porque la realidad acaba siempre imponiéndose, y los hombres suelen indignarse los unos con los otros por cuestiones que tocan, en definitiva -y con o sin razón-, al sentimiento de justicia vulnerada. Lo que no quita que se siga apelando a una paz ominosa y a una inocencia postiza, como en aquellos terroristas veteranos e impenitentes que, a la vuelta de los años de sus crímenes, beneficiarios de inicuas indemnizaciones pagaderas con deuda externa por haber sufrido antaño justa cárcel, exponen en cualquier tertulia sus pacatos argumentos pro pace, seguros de hallarse ante conciencias pesadamente dormidas, incapaces ya de reclamarles la coherencia o el silencio. Y se los recicla en héroes o en honorables vecinos, como se pretendió hacerlo esta semana en Colombia por vía plebiscitaria -fallidamente, gracias a la Providencia. Se ignora aquel adagio que reza que "el criminal vuelve siempre al lugar del crimen" (aunque sea bajo la forma de la traición o del fraude legalizados), y que aquel que en sus mocedades concibió como praxis política el secuestro extorsivo o la voladura de edificios no puede ser trocado alquímicamente en un hombre de bien sólo por haberle salido canas.
No se tenga, entonces, al símil animal por riguroso, que es sabido que el hombre -llamado a ser «poco inferior a los ángeles»- suele caer, en su abyección, más hondo que las bestias. Los relatos tocantes a la licantropía, como anota Gueydan de Roussel, empiezan a expandirse con la paulatina liquidación de la Cristiandad, «cuando el hombre salió del Cuerpo de Cristo para entrar en el cuerpo del diablo» (digámoslo, por otro término, en el Leviatán de Hobbes, incipiente paradigma del Estado totalitario moderno. Recuérdese que fue justamente Hobbes quien retomó la antigua definición del hombre como «lobo del hombre»). En esta misma clave, no será desatinado comparar el canibalismo puerperal de las cerdas (una de las pocas especies animales capaces de comerse a sus crías al nacer) con la rabiosa proclama y práctica abortista de funestísima vigencia en nuestros días. Ni -en tren de ablandar conciencias por el recurso a una despreocupada y festiva solidaridad de grupo- será caprichoso hacer derivar esta perversión mortal de esa artera simulación que quiere hacer pasar el cobarde asesinato del niño en gestación como un derecho.
Justamente por estos días se desarrolla en Rosario (justo cuando la ciudad honra a su patrona vencedora en Lepanto) el trigésimo primer Encuentro Nacional de Posesas, aquelarre infecto que todos los años elige una sede para sus deposiciones de odio y horror, y que concluye invariablemente con un desfile callejero hasta la Catedral local, que cuando no fuera defendida por un buen número de jóvenes católicos terminaría profanada por estas malas bestias. Ahora bien: en este contubernio vergonzante de harpías, periodistas y funcionarios públicos, donde todos fingen ignorar la malicia enconada que bulle en tales sesiones, hoy se suma la Iglesia, la mismísima agredida, omitiendo la denuncia y el testimonio a cambio de reclamos de tolerancia. "¿Tolerancia? ¡Hay casas para eso!"- los desmiente Claudel, que no padeció el infortunio de contemplar a la Jerarquía de nuestros días. Y si da grima escuchar a un joven reportero reseñar con fingida objetividad la proclama del «derecho al aborto libre, gratuito y universal», midiendo cuidadosamente sus palabras para esquivar en este contexto cualquier alusión al dato obvio de la violencia y de la muerte, ¿cómo no atribuir ese desmayo en la recta estimación de las cosas al silencio de quienes debieran, por razón de su ministerio, "clamar desde las azoteas", rendidos aun antes de pelear? Para muestra de la pusilanimidad del clero formateado por el Concilio, basten las razones que un sacerdote local -de alzacuellos desabrochado para las cámaras- musitó a propósito del cura tucumano muerto hace unos días, presuntamente por sicarios del narco-negocio: «siempre que pasa algo con un referente social son barreras que se rompen a nivel social y moral. Y hacen que uno tome conciencia de hasta dónde se puede llegar con esto de la narcocriminalidad. Son luces rojas que se prenden, porque si pudieron atentar con tal o cual persona, ¿hasta dónde es capaz de llegar este sistema de delito que genera tanto malestar en la sociedad?». Nótese, en los términos subrayados, la noción del sacerdocio ínsita en las mientes de un ministro sacro, incapaz de testimoniar a Cristo ante los cagatintas (no otra cosa podía esperarse, en rigor, de la diócesis que saluda poco menos que como a santo a un delincuente de los quilates del padre Ignacio Peries). Enésima muestra de la emasculación prolija, sin rastro de cicatrices, operada por el triunfante modernismo en la conciencia de los clérigos, tal el plano inclinado que conduce, a través de la pusilanimidad consentida y avalada, a la mera irreligión.
Lo que es volviendo al tema de la defensa de la Catedral, y según trascendió por diversas fuentes no oficiales, el arzobispo local habría desautorizado la formación de cordones humanos para la custodia del templo, dejando esto último en manos de la potestad civil, comprometida a levantar un endeble vallado de fenólico y a disponer a sus soldaditos de plomo de la Guardia Urbana (las manos atadas por el garantismo jurídico) para hacer frente a estas hordas de demonios encarnados. ¡Imaginemos cuánto empeño podrá poner en la preservación de los bienes sagrados un Estado municipal y provincial fuertemente sospechado de narco-financiamiento! Que (por colmo, y como si los millones de Georges Soros no fueran suficientes para sostener estas monstruosas asambleas) aporta ingentes sumas del erario público para que las participantes gocen de techo, comida, transporte público y otros servicios durante los tres días que dura la pesadilla.
En otros tiempos la honra del Santo Sepulcro -donde Cristo no yacía- era capaz de inspirar una arriesgada empresa de armas en la que intervenían reyes y nobles de toda la Europa para librarlo de la profanación musulmana. Hoy la defensa del Sagrario -en el que Cristo yace en cuerpo, alma y divinidad- es irónicamente confiada por los obispos a gobiernos que incluyen en sus programas de salud pública la esterilización compulsiva de las mujeres pobres, el reparto de píldoras abortivas y la promoción de la ideología de género. Ni siquiera cabe presumir que estos forajidos al mando civil pudieran temer que su gestión se viera menoscabada en su fama en caso de que cundieran los previsibles destrozos: se ha visto, año tras año, cómo los medios de masificación ocultaron cuidadosamente toda referencia al desborde feminista. El año pasado, cuando luego de prolongadas provocaciones a los católicos allí apostados se intentó vulnerar la Catedral de Mar del Plata y la policía se dignó intervenir, el diario La Nación rindió fraudulenta cuenta de los hechos bajo la especie de "represión a manifestantes". Es que todos trabajan de consuno en la misma dirección: la de la civitas diaboli.
| Catedral de Rosario |
Ya Chesterton supo referirse al inopinado hallazgo de un par de cadáveres en el ropero de un filántropo. Es el caso de estas inocentes militantes, cargadas de muerte que nadie atina a desvelar. Quiera Dios que podamos vivar a Cristo Rey en los hocicos de estas infelices que, en su trotskista repudio de la propiedad privada, no reparan en la inconsecuencia en que incurren al afirmar nimiedades del estilo de «mi cuerpo es mío». Con un viejo autor francés afirmaremos lo que suena a escándalo en los oídos de estas egotistas desaforadas: el hombre no se pertenece a sí, sino a su familia, que es aquella comunión real de vida y amor que éstas no pueden siquiera barruntar. Pedimos por último, para honor de las palabras, que no se pretenda ya descalificarlas con términos de dudosa y reciente acuñación, como el de «feminazis». Cumple el de «feministas», no más, que es suficientemente oprobioso. Al nazismo no puede acusárselo, en verdad, de haber alentado el filicidio, la inversión sexual y la "muerte al macho".
lunes, 3 de octubre de 2016
LE SALIÓ EL ECUMENISMO POR LA CULATA
Advertidos de la peculiar noción de «ortodoxia» que tienen los ortodoxos, que harían de cualquier papa posterior al cisma de Focio un hereje (y quién sabe aun si de los muchos anteriores que afirmaron el primado del romano pontífice, como los papas san Julio I y san Siricio en el siglo IV, o de san Dámaso, que sostuvo sin ambages que el Espíritu Santo procede de las dos primeras Personas divinas), vale la pena reparar en uno de los carteles que exhibían en la ocasión los manifestantes, y que decía: «Papa archiherético, no eres bienvenido en Georgia», siendo este prefijo «archi» sumamente significativo. Porque, repetimos, si el complejo anti-romano hacía previsible que los denuedos ecuménicos postconciliares de los últimos papas fueran correspondidos con anatemas, acá lo que se dice es algo más, a saber: que a Bergoglio le han reconocido -pese a importárseles un ardite de Roma y sus oráculos- un inaudito abigarramiento y saturación de dicciones ofensivas para la fe.
Deben haber sido las estrategias de marketing pontificio las que disuadieron recientemente a Francisco de emprender visita a su patria, al menos para el adveniente 2017. Acá la pompa chauvinista que se infló tras su elección, con los fuelles de los medios insuflando sin descanso, perdió la turgencia inicial para que cundiera bien pronto el descrédito, el hastío hacia su figura -demasiado comprometida ésta con el hampa política que fue el azote de la última década para toda una nación. Podría anticiparse una vasta rechifla para el «papa peronista», para «Pancho el simulador», para el «encubridor serial de delincuentes» no bien descendiera del avión, y con razón inobjetable. Lástima que la escasa percepción religiosa de nuestro postrado pueblo no le respondería con los argumentos blandidos en Georgia. Ni con aquel que los ingleses escucharon de boca de los enardecidos vecinos porteños en las invasiones de 1806-07 en medio de la detonación de los fusiles y el relumbrón de las bayonetas: ¡fuera, herejes!
viernes, 30 de septiembre de 2016
EN RIGUROSA CONCOMITANCIA CON ESTE PONTIFICADO...
![]() |
| Fuente de la ilustración: aquí |
Para más abundar en el escarnio público de la Iglesia, las "casó" un cura suspendido hace una década por su escandalosa militancia pro-gay, tacha que hoy podría valerle una condecoración, quién sabe si la consagración episcopal. Queda bien claro, a juzgar por la impresionante condensación de signos mirantes a demoler todo resto de sacralidad por el atropello incesante de íncubos y súcubos que fueron soltados sobre la entera faz de la tierra, que el enemigo busca el definitivo desprestigio de todo lo que hasta ayer no más se tenía por santo. Siendo una de las formas más astutas de ejercitar y alentar el sacrilegio el poner en la mira de los medios masivos a estos prevaricadores derrotados en su fe por la acometida mal resistida de la carne: hace poco menos de un año había sido el turno de un obispillo polaco a cargo de un dicasterio vaticano, fugado de sus funciones con su galán para el baboso deleite de los periodistas. Así como Marx culpaba a la burguesía (y con razón, esta vez) de haber degradado a los oficios más venerables convirtiéndolos en empleos asalariados, hoy podría parafraseárselo diciendo que los Soros y la ONU y la prensa -con la complicidad de la Jerarquía de la Iglesia- pujan por despojar a los religiosos del hábito para exhibirlos en paños menores. De lo que se trata es de volver sospechosa a la virtud por el seguro expediente de ensalzar la debilidad y el pecado, que cuentan con el prestigio artificial de ser cosas «humanas, demasiado humanas».
![]() |
| A la derecha, sujeta a agresivo tratamiento hormonal para avaronarse, la mujer barbuda del circo de Bergoglio |
He aquí que yo suscitaré en la tierra un pastor que no visitará a las ovejas abandonadas, ni buscará a las descarriadas, no sanará a las enfermas ni alimentará a las que están sanas, sino que se comerá las carnes de las gordas, y les romperá hasta las pezuñas. ¡Oh pastor, más bien fantasma de pastor, que desamparas a la grey! La espada de la divina venganza le herirá en el brazo y en su ojo derecho, su brazo se secará y quedará árido; y cubierto de tinieblas, su ojo derecho se oscurecerá (Za 11,15 ss.)De no mediar el rutilante prodigio de una insospechada conversión, ésta habrá de ser la última y definitiva expresión del «efecto Francisco», digamos que su fama póstuma. Es la herencia que aguarda a todos los que, pese a la notoria advertencia revelada, pese al precio de nuestra redención y al testimonio veraz de la conciencia, recayeron con bríos en la culpa original, oponiendo la presunta autonomía del hombre a la heteronomía de lo real. En todo caso, lo que horroriza y hace columbrar algo del enorme poder del adversario es que la voz de la serpiente antigua se emita ahora por los labios de un pontífice y de innumerables prelados.
Pero, a sentencia pronunciada, nada nos turbe. Vendrá el justo Juez, como lo dice el más actual de los magazines, para «arruinar a los que arruinaron la tierra» (Ap 11, 18).
martes, 13 de septiembre de 2016
LA GRAN APOSTASÍA EN FOTOGRAMAS
En las últimas décadas se han escrito varias novelas en torno al tema del «Papa revolucionario»; no faltó una, poco antes de la elección de Bergoglio, que predijera la elevación de un tal Francisco I munido de un programa pauperista y demoledor de la constitución jerárquica de la Iglesia. Más atrás en el tiempo, Papini había ofrecido una ficción referida a un recién electo Papa que, enemigo secreto de Dios, tramó proferir sonoras blasfemias en la mismísima ceremonia de su coronación. Con el advenimiento de Francisco, las peores pesadillas premonitorias se revelaron obsoletas: ahora se filman ficciones papales en tiempo real, en estrecha sincronía con el ruinoso pontificado que las alienta. Se diría que la novela anticipatoria le cedió el paso a la novela de (malas) costumbres: basta sólo reflejar con ligeras adaptaciones lo que se tiene ante la vista para alcanzar con creces el objetivo desacralizante y perturbador.
Y aunque Bergoglio sea más senil que las diez plagas de Egipto, a los mercaderes de la pantalla no les costó ningún esfuerzo tomar algunos significativos rasgos de este Viejo Vizcacha en solideo para acomodarlos a su reciente creación del «Papa joven», con aditamentos que no desentonarían con Su Vulgarísima Santidad: fumar compulsivamente y calzar ojotas, entre otros.
Se trata de una serie televisiva en diez capítulos que comenzará a transmitirse en octubre próximo en el Viejo Mundo y que ya fue presentada oficialmente en el festival de cine de Venecia. Refiriéndose al director Paolo Sorrentino, la escritora Cristina Siccardi señala que éste «se limitó a recoger todo lo que ofrece la secularizada y materializada civilización occidental», superando con esta obra provocadora «tanto en fealdad como en vulgaridad y blasfemia al satírico Habemus Papam de Nanni Moretti; en ésta el Papa, que de cualquier modo había ya perdido su rol como Vicario de Cristo, era un hombre inseguro, necesitado del psicoanalista. Aquí, en cambio, estamos frente a un hombre diabólico». Se diría el consabido tránsito del liberal-catolicismo (con sus irresoluciones y su complejo de inferioridad frente al mundo) a la apostasía más cruda y manifiesta. Era sabido que el padre liberal criaba hijos bolcheviques, porque «hay flaquezas tiránicas, debilidades perversas y vencidos dignos de serlo» (Maurras).
Muy en consonancia con la machacona y universal recusación de toda autoridad dimanada de lo Alto, prosigue Siccardi, «la Iglesia es representada como un contenedor de vanidades, de poder, de fobias y de manías de grandeza [...] Miasmas de una edad en la cual el papado, de cincuenta años acá, ha renunciado siempre más a asumir su tarea fundamental: confirmar a los fieles en la fe y evangelizar a las gentes para la salvación eterna de las almas». De allí que sus enemigos, no contentos con aquella capitulación que la Jerarquía habrá reputado como signo de buena disposición para con el mundo, ahora se lancen a hacer befa de tanta política de «mano tendida». Ni más ni menos que los jihadistas, a quienes el pacifismo ajeno no hace más que excitar sus atropellos.
«No creo en Dios», dice en la serie el joven papa, para añadir de inmediato: «estoy bromeando». ¿No hemos presenciado parecidas humoradas respecto del Dios católico que «no existe», tal como no existe el «Dios spray»? Piedras lanzadas y atajadas en pleno vuelo, en un certamen de insensateces sólo igualadas por el Papa del filme, que también -como el de la acongojante realidad- insta al prójimo a pecar sin cultivar el menor sentido de culpa.
Coincidencias nada fortuitas, en fin, que alientan la opresiva sensación de espejeo, de un tête à tête entre el horror y su fantasma, de un juego orbital de tenazas entre la apostasía y la blasfemia, de un contrapunto entre el cáncer y la peste. Es hora de levantar bien alto la cabeza: nuestro auxilio no admite soluciones inmanentes.
Y aunque Bergoglio sea más senil que las diez plagas de Egipto, a los mercaderes de la pantalla no les costó ningún esfuerzo tomar algunos significativos rasgos de este Viejo Vizcacha en solideo para acomodarlos a su reciente creación del «Papa joven», con aditamentos que no desentonarían con Su Vulgarísima Santidad: fumar compulsivamente y calzar ojotas, entre otros.
Se trata de una serie televisiva en diez capítulos que comenzará a transmitirse en octubre próximo en el Viejo Mundo y que ya fue presentada oficialmente en el festival de cine de Venecia. Refiriéndose al director Paolo Sorrentino, la escritora Cristina Siccardi señala que éste «se limitó a recoger todo lo que ofrece la secularizada y materializada civilización occidental», superando con esta obra provocadora «tanto en fealdad como en vulgaridad y blasfemia al satírico Habemus Papam de Nanni Moretti; en ésta el Papa, que de cualquier modo había ya perdido su rol como Vicario de Cristo, era un hombre inseguro, necesitado del psicoanalista. Aquí, en cambio, estamos frente a un hombre diabólico». Se diría el consabido tránsito del liberal-catolicismo (con sus irresoluciones y su complejo de inferioridad frente al mundo) a la apostasía más cruda y manifiesta. Era sabido que el padre liberal criaba hijos bolcheviques, porque «hay flaquezas tiránicas, debilidades perversas y vencidos dignos de serlo» (Maurras).
Muy en consonancia con la machacona y universal recusación de toda autoridad dimanada de lo Alto, prosigue Siccardi, «la Iglesia es representada como un contenedor de vanidades, de poder, de fobias y de manías de grandeza [...] Miasmas de una edad en la cual el papado, de cincuenta años acá, ha renunciado siempre más a asumir su tarea fundamental: confirmar a los fieles en la fe y evangelizar a las gentes para la salvación eterna de las almas». De allí que sus enemigos, no contentos con aquella capitulación que la Jerarquía habrá reputado como signo de buena disposición para con el mundo, ahora se lancen a hacer befa de tanta política de «mano tendida». Ni más ni menos que los jihadistas, a quienes el pacifismo ajeno no hace más que excitar sus atropellos.
«No creo en Dios», dice en la serie el joven papa, para añadir de inmediato: «estoy bromeando». ¿No hemos presenciado parecidas humoradas respecto del Dios católico que «no existe», tal como no existe el «Dios spray»? Piedras lanzadas y atajadas en pleno vuelo, en un certamen de insensateces sólo igualadas por el Papa del filme, que también -como el de la acongojante realidad- insta al prójimo a pecar sin cultivar el menor sentido de culpa.
Coincidencias nada fortuitas, en fin, que alientan la opresiva sensación de espejeo, de un tête à tête entre el horror y su fantasma, de un juego orbital de tenazas entre la apostasía y la blasfemia, de un contrapunto entre el cáncer y la peste. Es hora de levantar bien alto la cabeza: nuestro auxilio no admite soluciones inmanentes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




