martes, 7 de mayo de 2013

GALOPAN CAMBIOS

Aunque cundan los impacientes que le reclaman al Neopapa cambios radicalísimos en dirección opuesta a la tradición, aunque en los diarios se estampen títulos como «En el Vaticano los cambios tienen lugar de manera lenta, dubitativa e irregular», auspiciando una mayor celeridad de los mismos, y aun la propia hermana de Francisco (tan lejos de Roma, en una pausa birlada a los pucheros, y echándoles el pronto caracú a los periodistas) declare sin reservas su conformidad con el cambio, así sin más, palabra dorada ya, y talismán, y cojín para los sesos («nosotros tenemos que animarnos al cambio, no le podemos pedir todo al Papa», dijo textualmente, y no aclaró si de lo que se trataba era, v.g., de mudar el cepillo de dientes o la religión), lo cierto es que esa sobrevaloración del cambio, que es apriorística e hipnótica, y de incontrastable uso en nuestros días, tomó ya ciudadanía en los Sacros Recintos. Sin que, al parecer, la pueda desalojar sino el solo resplandor del Perveniente. Porque la sana doctrina que la Iglesia profesó a lo largo de los siglos, armonizando siempre el dato revelado con la razón, fue muy otra que una exaltación funambulesca del devenir, al punto de omitir el debido homenaje a cuanto de inmutable -principiando por Dios- informa a la realidad. Ni Parménides ni Heráclito fueron el abrevadero de aquellos que, desde Justino, se dieron a la tarea de inquirir lo real desde la fe, sino una correcta distinción de las categorías de accidente y sustancia, y el siguiente y sensato reconocimiento de que hay cosas variables y cosas inmutables. Constatación que, por lo demás, no requiere el auxilio del Evangelio para hacerse efectiva.

Heráclito: «nada es permanente sino el cambio»
Así fue que aquel célebre dicho de Cicerón antiquitas proxime accedit ad deos, alusivo a la felicidad de los hombres de la edad áurea, pudo ser reinterpretado en clave católica como un encarecimiento de las tradiciones venerandas que, en razón de su misma y remota antigüedad, reflejaban de algún modo la inmutabilidad del Altísimo. Que la secuencia de Pentecostés Veni Creator se remonte a la época carolingia nos estremece casi a la par que la melodía y el texto sacro. Y no menos nos conmueve saber que el hábito de cantar la misa (y no las pamplinas aperturistas del padre Cantalamessa) ya era usual entre las comunidades cristianas de la edad apostólica. Es comprensible que aún más que las formas litúrgicas, sujetas casi inevitablemente a una leve aunque imperceptible variación a través de los siglos -hasta su abrupta reforma bajo Paulo VI-, todo lo relativo al dogma y la moral deba permanecer, sí, inalterado. Podrán variar, asegún la sensibilidad de época, las formas de exponer las verdades de siempre, pero -así en la lección de Lerins- eodem sensu eademque sententia, «conservando el sentido y la sentencia».

Los cambios que se vienen introduciendo en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II -o impulsados por éste, o por él parcialmente avalados, debido sobre todo a la ambigüedad de sus documentos- podrían ocupar, como es noto, vastos volúmenes. Hacia 1984 Romano Amerio pudo compilar un grueso tomo tratando de los mismos, y ya corrieron casi otros treinta años. Baste pensar en el deplorable y ya extendidísimo hábito de recibir la comunión en la mano, que él apenas mencionó en su célebre Iota Unum, en el capítulo alusivo a las variaciones introducidas en relación a la Eucaristía. Acompasados con los cambios efectivamente consumados, arreciaron también en el mismo lapso los pedidos, a cuál más desaforado, relativos ora a alterar la moral sexual, ora la constitución de la Iglesia o las prescripciones sobre los sacramentos, por citar algunos de los más corrientes. El caso es que, desde el inédito desamparo propiciado por Benedicto XVI con su abdicación -inédito, decimos, por la sazón y los términos en los que se produce, y por sus consecuencias aún por verse-,  hoy estamos asistiendo a una intensificación de esas presiones, y descaradamente desde adentro mismo de la Iglesia. Entiéndase: lo novedoso no es tampoco esto último. Al fin de cuentas, el tránsito que va del Syllabus (1864) de Pío Nono a la Pascendi (1907) de Pío Décimo corresponde al que va de la condena de los errores modernos a la recusación del modernismo, es decir, del combate a un moto que obra de afuera adentro: de los males exteriores que asedian a la Iglesia al mal ya introducido en ella. Y la historia de la Iglesia de los últimos cincuenta años, si hiciera falta comprobarlo, es la de su progresiva y progresista infestación. Lo nuevo, en todo caso, es el ritmo que ha cobrado el confusionismo, ese picar espuelas para pasar del trote al más decidido galope. Lo que sorprende es el envalentonamiento en aplicar el hacha a las mismas raíces, la confianza con la que la granuja post-conciliar parece preparar en nuestros días el abordaje definitivo.

Se califica a Francisco como a un progresista "moderado", es decir, como a un Papa que no cederá a la ansiedad revolucionaria de trocarlo todo en un tris. Pero esta apelación es todo menos tranquilizadora, ya que el horror reside en el solo hecho de que un progresista llegue a ocupar el trono de Pedro. La táctica revolucionaria más inteligente persigue justamente no hacerse notar, lo que le permite alcanzar los fines previstos enfrentando menores resistencias.

El papa Bergoglio reincide en su conocida fabla aproximativa, hecha de alusiones imprecisas, como la imputación -proferida en el curso de una de sus informales homilias- de "auto-referencialidad", de "mundanidad espiritual", o del "querer domesticar al Espíritu Santo" (imputación que podría recaer, como proyectil lanzado de contrarias trincheras, en muy diversos sujetos, y él no se cuida de aventar el equívoco). No se corre ostensiblemente del depositum fidei y, aunque su estilo ripioso roce peligrosamente la chocarrería y la cacofonía, no se lo oye proclamar -lo que se dice- errores manifiestos. Lo que se dice herejías, no se las hemos escuchado. Pero entromete, con una soltura que no nos animaríamos a llamar precisamente libertad evangélica, uno y otro cambio asaz simbólico: cambio en los atuendos, cambio en el saludo con que se presentó a las multitudes el días de su elección, cambio en los términos del lavatorio de los pies del Jueves Santo, y tantos otros que sería redundante y ocioso referir. El último, quizás, fue el de sustituir la consueta cachetada en el ritual de la confirmación por un suave beso en la mejilla.

A su entorno consta, sí, el furor revesador de sus inmediatos subordinados, que no fueron por lo pronto exhortados a cultivar el muy preferible silencio. Cuatro o cinco altos dignatarios que ya se animaron a declarar que habría que contemplar el reconocimiento civil de las uniones sodomíticas, excusando sólo el llamarlas indebidamente "matrimonio". Aquel otro panchampla de monseñor Zollitsch, que pidió la ordenación de diaconisas, en sintonía con cuanto tudesco mitrado se anima a los micrófonos, incluido en bloque el cardenalato trasalpino. O aquel cardenal Tauran (el mismo que, a fuer de protodiácono, salió casi dos meses atrás al balcón de la logia de San Pedro en inolvidable -por lo onírica- sazón, para anunciar, con los penosos tics del Parkinson, queteníamos papa, pero con una quejumbre como la de quien dijera «annuntio vobis poenam magnam»), cuya última aparición pública fue para saludar a los budistas, renovando el compromiso de un diálogo «que no es competencia sino peregrinaje en común hacia la verdad» entre otras graves nimiedades, como la de homologar el quinto mandamiento del decálogo con el -así se presume- correspondiente precepto búdico de no matar, incluidos en éste cucarachas y roedores.


No es aventurable -toléresenos la insistencia- que el papa Francisco profiera, en el magisterio menudo de sus sermones, alguna sonora herejía. Podrá acaso remitir al clero y a los fieles de todo el mundo alguna encíclica en lunfardo, pero difícilmente incurra en flagrante anatema. El modernismo, por lo demás, no necesita de tales estruendos. Si algo ha evidenciado el naturalismo religioso en boga desde hace décadas es su capacidad de mimetismo, su aptitud para el formulismo oral, diríamos su psitacismo de la letra evangélica con minuciosa abolición de su espíritu. Ya decía Castellani que esta herejía implícita y embozada no necesita tocar el Credo, el Misal ni el Breviario: le basta vaciarlos de sustancia para poner en su lugar el culto idolátrico del hombre. Y a esto sí apuntan, más ostensiblemente, los cambios que en disciplina y moral -no que a la constitución misma de la Iglesia- pueden avizorarse para lo próximo, a juzgar por la clamorosa coincidencia que a este respecto demuestra tanta jerarquía muy próxima al Papa. Y a juzgar por las aficiones del mismo, según consta en las palabras que le dirigió su admirada teóloca Dolores Aleixandre, la cual, como un guiño al programa revolucionario en ciernes, le manifiesta con plena confianza que «empiezan a sobrar y a estorbar tantas conductas, prácticas y costumbres en las que se ha ido confundiendo la dignidad con la magnificencia y lo solemne con lo suntuoso (...) Ahora te tenemos como cómplice en el deseo de ir cambiando esas usanzas e inercias que nadie se decidía a declarar obsoletas».




viernes, 3 de mayo de 2013

MÁS SOBRE NOVELÍSTICA ANTICIPATORIA

Es el turno de Francesco Colafemmina, autor de un reconocido blogue que emprende una vigorosa cruzada por el decoro del culto, el bonum certamen en favor de la belleza cada vez más alejada de nuestras iglesias. Resulta que hacia el año 2009, en las páginas de su novela La Serpe fra gli Ulivi («La Serpiente entre los Olivos»), el mismo autor urdió estas notables líneas:

El cardenal, con su cara hierática y severa, si bien a veces viscosa y maliciosamente malvada, había logrado reunir notables grupos de obispos, sacerdotes y otros miembros del colegio. Su objetivo era mantener a la Iglesia en una condición de permanente inquietud. Debilitar el rol del Papa, hacer perder credibilidad a la ortodoxia, difundir la profunda incoherencia del catolicismo respecto a la vida privada de las jerarquías.
Este debilitamiento constante en la Iglesia no podía cumplirse abiertamente.Si así hubiera ocurrido, se habrían arriesgado a aparecer como verdaderos propaladores de la apostasía. Ellos debían actuar detrás de los bastidores. ¡Necesitaban un papa que fuera verdaderamente santo! Un papa ortodoxo, justo y recto, en la fe y en la doctrina. Hubieran usado de él para destruir a la Iglesia tal como el mundo la conocía. No era tan banal su programa.
Ellos habrían organizado desde las entrañas del Vaticano una obra puntual y constante, dirigida a desacreditar al Papa ortodoxo y justo. A mostrar cómo sus decisiones, su visión del mundo, su misma fe fueran superadas, viejas, insostenibles para el hombre moderno. Lo habrían puesto en el centro del descrédito mediático mundial, creando polvaredas en torno a pequeños eventos eclesiales cuyo alcance habría sido agigantado ad hoc. Así preparaban su pontificado: aquel en el que habría sido elegido el verdadero Apóstata, el verdadero Antipapa. A éste lo cultivaban halagándolo atentamente. Le satisfacían cualquier posible deseo, cualquier ambición, con tal de que él permaneciese en el silencio: un cardenal entre tantos. En el momento oportuno, cuando la Iglesia se hallase desacreditada, maltratada, humillada por las naciones y por sus estadistas masones e iluminados, cuando el Papa santo y recto hubiese sido borrado del corazón de los cristianos, sólo entonces habrían ejecutado su plan. El nuevo papa habría sido latinoamericano.

No hemos leído más que este pasaje de la obra, publicado por el autor en su propio blogue bajo el título de ¿Temor o profecía?, haciendo éste la obvia salvedad de que no se tiene en modo alguno por hagiógrafo. Lo cierto es que la situación allí descrita no resulta tan difícilmente homologable a lo padecido por Benedicto XVI, a quien evidentes maniobras curiales dejaron a menudo expuesto a los ataques de los enemigos más enconados de la Iglesia.


Sobre el apelativo de «Antipapa» reservado al neoelecto -y si éste es aplicable en buena ley, ya allende la ficción, a Francisco- valga recordar que no pocos canonistas se debaten todavía acerca de la licitud de la abdicación de Ratzinger. Unos porque temen que ésta haya sido urgida por amenazas (y por lo tanto no ejercida en pleno uso de su libertad -pese a lo expresado por el propio Benedicto en el texto de su renuncia-, lo que la volvería nula. Recuérdese, a este respecto, la difusión de una presunta amenaza de muerte contra el pontífice en febrero de 2012, a cumplirse dentro del término de un año, que motivó un informe remitido entonces por el cardenal Castrillón Hoyos a la Secretaría de Estado vaticana). Otros porque sostienen que la merma de las fuerzas físicas, aducida por el abdicante, no es razón suficiente para una tal decisión. Otros, en fin, a causa de dos errores patentes en el texto latino de dimisión redactado por Benedicto, lo que lo haría incurrir en la nulidad prevista en tales casos por el decreto Ad audientiam, del papa Lucio II, incluido en el cuerpo del derecho canónico.


Sorprende, finalmente, el admirable acierto respecto a la procedencia del nuevo papa. El que sea latinoamericano no puede ser sólo un dato anecdótico en la construcción de la trama novelística, aparte de haberse cumplido literalmente en los hechos. Suponemos que del otro lado del océano alcanza a columbrarse algo de la tragedia íntima de este lado del mundo, de un continente que parece no acertar ya a producir, en el colmo de su abyección, sino tiranos -o "tiranuelos de machete", según la inmortal expresión de Rubén Darío. El drama de Latinoamérica es que ya hasta el nombre le quitaron: Hispanoamérica conservaba todavía una identidad, una cultura que se remontaba a la España de los Reyes Católicos, a la España Áurea y Eterna y, a través de ella, a la grecorromanidad. La lenta y pertinaz succión de todas sus reservas -de las materiales a las morales- hicieron del "continente de la esperanza" trasoñado por Juan Pablo II en un arrebato de craso optimismo, un verdadero reservorio de frustraciones y desaliento hereditarios. Ya lo era por entonces, y hoy lo es bastante más. Asimilar aquí toda la hez de la modernidad que otros arrojan al estercolero, repetir a destiempo el discursete libertario del '68 con el aditamento de la vuelta romántica a las "culturas de los pueblos originarios", más la pretensión de someter a juicio a toda una historia milenaria que no se conoce, y esto sin advertir el abismo de la propia ignorancia, es ya un castigo en sí mismo: es el autoflagelo de la estulticia. Que llegue a papa un clérigo nacido y nutrido en ese contexto, regalado por una fortuna ciega con una imparable promoción mucho más allá de sus méritos, es una ironía y un azote. Y no nos vengan, en tiempos de intrigas y apostasía en los más altos estrados eclesiásticos, con el cuento de la asistencia del Paráclito en el cónclave. A la gracia, a Dios mismo -horribile dictu- se le puede eficazmente resistir.



lunes, 29 de abril de 2013

¿PROFETA O IDEÓLOGO? A PROPÓSITO DEL CURA ESCRITOR QUE PREDIJO LA ELECCIÓN DE FRANCISCO I

No será este el primer “aut… aut…” al que nos urja la modernidad tardía, verdadero brumario de las edades históricas, llamándonos a hendir la fosca niebla con el filo del bon sens. Pero (y aunque confiados en que el salubre ejercicio de la discriminación, hecho hábito y espuela, regala el inapreciable fruto de la certeza), malgrado nos, no evitaremos que en ocasiones el cabo se confunda con el rabo y el gato se tenga por el rato, y más en un clima de abigarramiento de novedades como el que padecemos hace rato. Al fin de cuentas, de noche todos los gatos son pardos.

No sabremos si el sacerdote apóstata y novelista Paolo Farinella, agusanado del más estulto progresismo, profetizó a pesar de sus mediocres dotes y de su evidente crisis de fe o si, más bien, adelantó como al sigilo las líneas de un programa pronto-futurible, de esos que se urden en las logias y se aplican en los Sacros Palacios. El don de profecía, como es harto sabido, no es gratum facientem: lo poseyó Balaam a su despecho; Caifás lo tuvo en muy impar sazón. ¿Es el caso de Farinella? De su novela Habemus papam. La leggenda del papa che abolì il Vaticano, publicada hace poco menos de un año, tuvimos oportunidad de leer algún que otro pasaje que estremece por sus coincidencias –prescindiendo ahora del grado de similitud de las mismas- con lo que se está viviendo en la Iglesia por estos días, no menos que por sus proyecciones. Dice el discurso de investidura de Francisco I –que así lo llama el novelista a su papa venturo:

«Con el cardenalato, que es el máximo honor que la Iglesia ha conferido hasta el día de hoy, he abolido todos los otros honores religiosos y laicos y títulos correspondientes, declarando sin valor todos y cualesquier títulos concedidos hasta hoy por la Iglesia. Monseñores, canónigos, camareros secretos y patentes, gentilhombres y caballeros… nadie tiene ya el derecho de adornarse con reconocimientos concedidos por esta sede apostólica. La Iglesia de Cristo no tiene títulos que conceder a los vanidosos del mundo, sino sólo servicios para ofrecer a los humildes de la tierra. Todas las riquezas de la Iglesia, comenzando por el Vaticano y terminando por la más pequeña parroquia perdida en la más remota campaña, serán destinadas a los pobres: mientras haya en la tierra un solo niño que muere de hambre, nosotros no tenemos el derecho de partir el pan de la Eucaristía» 

Otro Francisco, el salmantino Vitoria –acompañado en esto por Belarmino-, enseñó rotundamente que «si el papa, con sus órdenes y sus actos destruye a la Iglesia, se le debe resistir», entendiendo por destrucción de la Iglesia el incurrir en la derogación despótica del derecho positivo, como así también en la entrega del patrimonio eclesiástico a sus amigos y en el daño de la Iglesia militante. Conste que no hablaba del caso, impensable desde la doctrina de la infalibilidad, de un papa formalmente herético. Es muy de suponer que el malhadado Farinella, entusiasmado por la ejecución del programa pauperístico-utopista de sus desvelos, desconozca esta tan añeja como sensata advertencia. Sus aplausos y sus votos van, pues, para el que ose usurpar la máxima dignidad, haciéndose derogador de la ley y dilapidador de las temporalidades (para no decir de los símbolos y del esplendor cultual), sin las cuales la Iglesia no puede subsistir en el mundo.


El pauperismo y el despojo no son signo de humildad. Fue justamente Judas el que se escandalizó por el “derroche” de ungüento de nardo en la escena conocida como la «unción de Betania», oponiendo arbitrariamente la excelencia del culto con el servicio de los pobres. Bien señaló alguien que «rechazar la estética en nombre de una orgullosa y complacida “simplicidad” supone rechazar el fondo ontológico y metafísico, que no sólo didáctico y anagógico, de la Belleza y de los símbolos, lo que lleva a una desacralizante banalización, al desaliño litúrgico y al simplismo doctrinario típicamente protestante. La estética no es oropel sino atributo del Verum, y el rechazo de la Belleza es rechazo de la Verdad».

Pero hay más lana para hilar, y es la relativa al discontinuismo: a una personalidad obstinada en producir fragorosas rupturas desde el primer discurso Urbi et orbi, tal como lo vaticina nuestro escriba, no puede sino caberle una infatuación del todo demoníaca. El demonio, mico de Dios, no podría sino querer arrogarse el Ecce nova facio omnia con gestos tan estridentes como odiosos. Parece ser un achaque de la literatura italiana contemporánea -quizás porque la cercanía geográfica con la sede petrina y sus actuales intríngulis engendra tales morbos- éste de imaginar pontificados catastróficos y rupturistas: hace ya algo más de quince años, Sergio Quinzio dio a la imprenta su ficción sobre el último papa, Pedro II, olvidado para la opinión pública y recluido en Letrán, donde había transferido la sede pontificia. Después de presentar su segunda encíclica, Mysterium iniquitatis, en la que afirma como verdad de fe el fracaso histórico del cristianismo, Pedro II se encarama a la cúpula de la basílica de San Pedro para desde allí lanzarse al vacío y morir junto a la sepultura de Cefas.

La novela de Farinella ofrece un mayor verismo, una más preocupante adecuación al panorama que hoy se nos entreabre. Una y otra maniobra que le vimos ejecutar a su Francisco I –la maniobra del pauperismo por mor de los pobres, y la rupturista- equivalen, a su manera, a ceder a las dos primeras tentaciones sufridas por el Señor en el desierto (convertir piedras en panes y provocar a Dios), para confluir en la perversa síntesis de ambas, que es la tercera de las sugestiones del Maldito: la de alcanzar la propia exaltación a costa de adorarlo.

Pero más aterrorizante, si cabe aún más, es columbrar el alcance último de un programa tan siniestro: aquel que la Escritura, desde la célebre visión de Daniel (12, 11), conoce como la «abolición del sacrificio cotidiano», y que se sitúa en perspectiva ya plenamente esjatológica. ¡Cuántas generaciones de exegetas se habrán quemado los sesos queriendo entender cómo se concretaría semejante abominación, para que un mediano escritor hoy nos presente la posibilidad de un genial golpe de mano del Maligno, el de hacer cesar la Eucaristía con el pretexto de no ofender ya más a los hambrientos! Para obtener la obediencia a una tal sacrílega directiva, dimanada directamente de la espuria autoridad religiosa, no es difícil suponerla a ésta asociada a la civil, a la que le prestaría su ascendiente y su fuerza persuasiva. El poder de policía de esta última lograría hacer acatar la inicua disposición, para lo que el vasto aparato de la delación -hoy en tan ávido como fluido ejercicio- serviría ajustadamente.

R.R.P.P. Farinella y Farinello, dos re-intérpretes osados
del mensaje del Poverello. No sabríamos con cuál de los dos quedarnos.

A propósito de R. H. Benson –al que podría agregarse el nombre de Soloviev- la Enciclopedia cattolica publicada en Roma en 1948 no hesita en señalar que el Anticristo «es el naturalismo humanitario que practica la moderación y la paz y, con medios legales, vacía el catolicismo; con simplicidad persuasiva opera el nivelamiento laico y la unión de los hombres para los goces terrenales, despertando la universal aprobación». Nótese que san Agustín llamó civitas hominis a la antagonista de la Ciudad de Dios; cuando empleó la expresión civitas diaboli, que podría tenerse por más obvia, lo hizo aludiendo a la consumación última y sangrienta de los proyectos de aquella "ciudad del hombre". El humanismo especificado en humanitarismo, en solicitud por los pobres, dando aparente (e inmanentista) respuesta al apremiante imperativo de justicia, en un mundo desfigurado por la idolatría y sus consecuencias: tal es el progresivo desenvolvimiento del esquema político del Padre de la mentira, para lo que es menester que la última garantía visible de la unicidad de la Iglesia y la inmutabilidad de la fe, esto es, el papado, sea tomado por asalto y rebajado, cuestionado por el mismo que lo ejerce. Este plan, audaz y tenebroso, lleva al menos dos siglos de incubación. 


Hay un viejo adagio según el cual «a algunos papas Dios los dona; a otros los tolera; a otros, en fin, los inflige». A tiempos críticos como los nuestros pareciera tener que corresponderles la primera o la última de estas posibilidades, esto es, el papa santo, que restaure heroicamente a la Iglesia en Cristo, o el papa-azote, bestia terrena que haga confluir su acción a la mayor gloria de la bestia marina. Soloviev, en su visión de las postrimerías, supo describir el complejo carácter del Anticristo como el de un hombre desinteresado, capaz de agradar por ser amigo de los necesitados, un hombre creyente en Dios «pero que en el fondo de su alma se prefería a sí mismo». Roguemos instantemente para que las páginas de Farinella no ofrezcan sino una profecía fallidaque no un programa listo a aplicarse.

viernes, 26 de abril de 2013

BENEDICTO XVI Y EL VATICANO II, SOBRE EL DECORO DEL CULTO

Nunca serán muy deploradas las aberraciones que cunden en el terreno de la liturgia, ni será exagerado afirmar que éstas son el signo más visible de la apostasía en crudo vigor. Vale la pena, entonces, recoger lo más significativo del legado de Benedicto XVI, que tanto bregó en esta materia, para mantener viva la conciencia acerca del culto debido a Dios y las lamentables derivas auto-celebratorias de las misas novus novus ordo, hechas de sentimentalismo y cotillón. Ni será demasiado obvio rectificar a los que, como el brasileño monseñor Armando Bucciol (ver anterior post), remiten el abandono del latín y el gregoriano a los textos dimanados del Concilio Vaticano II, adelantando la reforma litúrgica de Annibale Bugnini en cinco o seis años. Jerarquía como ésta comprueba cuánto la confusión descienda desde lo alto, haciendo a nuestros tiempos testigos de lo inaudito: eso que podría llamarse la "verticalidad del caos".

En fin, pocos podrían hoy alegar aquella sensible convicción del beato cardenal Ildefonso Schuster, para quien la liturgia era el «poema sagrado en el que verdaderamente han puesto mano el Cielo y la tierra». Se refería, sí,  a una liturgia que, merced a un desenvolvimiento orgánico e imperceptible, había permanecido casi inalterada durante mil años hasta ser fijada en Trento, y desde entonces vigente por otros cuatrocientos años.

Ofrecemos, para consuelo y para lección, estos párrafos que el prof. Mattia Rossi publicó hace tres semanas, a propósito de ciertos notorios gestos "pauperizantes" del papa Francisco en relación con su ministerio y con el culto.

El decimoprimer volumen de la Opera omnia de Joseph Ratzinger, aquel sobre la «Teología de la liturgia», refiere en su contracubierta una no tan velada declaración: «en la relación con la liturgia se decide el destino de la fe y de la Iglesia». Estos primeros días de pontificado (o más bien: ¿de episcopado?) del papa Francisco la vuelven tremendamente actual y nos imponen inevitablemente una reflexión sobre la relación entre la pobreza (y no pauperismo) y la liturgia. Una reflexión que -y no lo subestimamos- se da entre una dimensión humana, la pobreza, y aquella divina, la liturgia. Y ya, porque se ha perdido, en estos años de convulsiones postconciliares, la naturaleza exquisitamente divina de la liturgia: un asomarse el Cielo sobre la tierra, la prefiguración terrena de la Jerusalem que, por esto mismo, debe exigir la majestad y la gloria. En la liturgia, actualización incruenta del Sacrificio de Cristo en la cruz, es Dios quien se encuentra con el hombre: ésta no es hecha por el hombre -de lo contrario sería idolatría- sino que es divina, como lo expresa también el Concilio Vaticano II.
En este contexto asume evidentemente una notable importancia también el discurso relativo a los paramentos. Lo ha ya subrayado magistralmente Annalena Benini en sus «Nostalgias benedictinas» en Il Foglio del 23 de marzo pasado: «Benedicto XVI se revestía de símbolos y de tradición mostrando a todos que él no se pertenecía más a sí mismo, ni mucho menos al mundo». Era de Cristo, era el alter Christus que es el sacerdote en la liturgia. Con el paramento él no es más un hombre privado, sino que "prepara" (parare) el lugar a un otro; y ese otro es el Rey del Universo. Empobrecer la majestuosidad del paramento significa, inevitablemente, empobrecer a Cristo. Y es justamente Jesús mismo quien separó el concepto de pobreza personal de aquella de la institución Iglesia. Lo hace en el evangelio de Juan, al aceptar la unción de una mujer de Betania: «María, entonces, habiendo tomado una libra de aceite perfumado de nardo auténtico, asaz precioso, lo derramó sobre los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y toda la casa se llenó con el aroma del ungüento. Entonces Judas Iscariote, uno de sus discípulos, que debía luego traicionarlo, dijo: "¿por qué este aceite perfumado no se vendió por trescientos denarios para luego darlos a los pobres?". Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era ladrón y, como llevaba la bolsa, tomaba de lo que metían adentro. Jesús entonces dijo: "déjala hacer, para que lo conserve para el día de mi sepultura. A los pobres, de hecho, los tenéis siempre entre vosotros, pero a mí no me tenéis siempre. Volcando este aceite sobre mi cuerpo lo ha hecho en vista de mi sepultura. En verdad os digo: en todo lugar en el que sea predicado este evangelio, en el mundo entero, será contado también lo que ella ha hecho, para su recuerdo» (Jn. 12, 3-5). Ante todo, Él justifica el culto con aceites costosos (y, atendamos la coincidencia, Juan recuerda que es Judas quien lamenta el desperdicio de dinero que, en cambio, podría haber sido destinado a los pobres) y, sobre todo, emerge el hecho de la existencia de una bolsa común para los Doce.
¿Volvemos a los orígenes? Entonces habrá que volver a los paños de oro y púrpura hallados en la tumba de Pedro. Es evidente, entonces, que, no siendo el pauperismo un rasgo distintivo de la vida cultual de la Iglesia, ésta nos transmite «aquello que ha recibido», para usar una afirmación del Apóstol Pablo (I Cor. 15, 3). Se dice que Pío XII, emblema colectivo de la excelencia litúrgica, dormía sobre tablas de madera desnudas y crudas y seguía dietas modestísimas. Pero en privado. El anclaje litúrgico de la tradición hecha de mucetas, casullas y fanones, es una parcial manifestación de la Jerusalem celeste, de la liturgia de los ángeles, como dice san Gregorio. Una tradición hecha de canto gregoriano, que es encarnación sonora de la palabra de Dios, es garantía de correcta respuesta a la Palabra misma. Una tradición hecha de una lengua sagrada, el latín, inmutable, en la cual cada palabra es ya ella misma teología.
Benedicto XVI, en la escuela de liturgia de sus misas papales, nos ha enseñado magníficamente esto: restablecer el primado de la liturgia, fuente y culmen de la vida de la Iglesia, y el primado de Cristo. «No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí», afirma san Pablo.  El sacerdote, con los paramentos, se "reviste" de Cristo (Gal. 3, 27), del "hombre nuevo" (Ef. 4, 24) para hacerse "por Cristo, con Cristo y en Cristo". El Padre misericordioso, nos ha enseñado Joseph Ratzinger, después de haber abrazado al hijo a su regreso, que es una resurrección espiritual, ordena que vayan a buscar «el mejor vestido» (Lc. 15, 22).
Y esto no es sino la aplicación de aquel Concilio Vaticano II al cual muchos apelan para demostrar la definitiva superación del arte sagrado de la tradición. «Tengan los Ordinarios una vigilancia especial en evitar que los sagrados utensilios o las obras preciosas, que son ornamento de la casa de Dios, resulten enajenados o dispersos» (Sacrosanctum Concilium, 126). Además, la Prescripción general del Misal romano precisa: «en los días más solemnes se pueden usar vestes festivas más preciosas» (n. 346).


martes, 23 de abril de 2013

DISCERNIMIENTO DEL TIEMPO A LA LUZ DE LAS POSTRIMERÍAS

Hay un paso del diván de Goethe que ha dado pasto a muchas cavilaciones, que ha sido glosado por los estudiosos de su obra y refundido casi en aforismo, y que podría versificarse a nuestro modo así:
Quien no sepa rendir cuenta
de tres milenios de historia
no salió de la placenta,
gira, no más, como noria. 
(Wer nicht von dreitausend Jahren / sich weiss Rechenschaft zu geben, / bleib in Dunkel unerfahren / mag von Tag zu Tage leben). 

donde el alemán expresa esa confianza de cuño humanista en el conocimiento erudito de la historia a los fines de hacerse intérprete fidedigno de los tiempos que corren. Una paráfrasis lo bastante concisa arrojaría algo como: «el que no sabe de historia vive al día, como los bueyes».

Desconocemos si fue ocurrencia de Josef Holzner o de su traductor al castellano, o bien si éste citó de memoria y mal los versos de Goethe, dejando colárseles un rastro de esa perícopa de la Segunda de Pedro (II Pe. 3, 8) alusiva a la paciencia y a la presciencia divinas, pero el caso es que en la lección castellana de Holzner (según la edición de EL MUNDO DE SAN PABLO, Rialp, Madrid, 1951) se cita el pasaje goethiano como «aquel para quien, mirando con los ojos del espíritu, no signifique lo mismo un día que tres mil años, no podrá comprender el presente, y el futuro será realmente para él un libro cerrado con siete sellos». Acá ya hay una apelación a la eternidad como forma y vigor oculto del devenir temporal.

Para el cristiano, cualquiera sea su estado, hay algo que, por gracia de Dios, está más al alcance que la erudición histórica, y que permite dirigir una mirada más aguileña sobre el presente que la que encarecía el poeta alemán. Y eso sí que acertó Holzner a proponerlo, y atribuyamos a esta feliz certeza su presunta errata al citar los versos ajenos: «para quien no conoce el íntimo carácter esjatológico y finito que llevan impresas todas las cosas, la historia y el cosmos, el presente es también un enigma indescifrable». Es muy valorable el cabal conocimiento de la historia, pero más excelente es advertir la orientación de los sucesos, contemplarlos bañados en esa luz que les da Aquel que será la única lumbrera «cuando no haya más sol ni luna». Podría alguien quizás argüir: me basta mantener viva la esperanza en los bienes futuros; no necesito una intelección del presente para alcanzar la vida eterna. Pero esto sería lo mismo que querer hacer letrina del sombrero y pasto de los guantes pues, ¿para qué si no nos han sido dadas nuestras facultades y la realidad objetiva en la que reflejarlas?

Las cosas marchan sin pausa hacia el fin: es una especie de "ley de la gravitación histórica". Y que el movimiento no es lineal, sino más bien helicoidal, y que el ritmo de la marcha en hélice no es uniforme, sino hecho de aceleraciones y desaceleraciones, parece casi evidente por sí: la sola consideración del papel que cabe a la libertad en el desenvolvimiento de la historia hace perfectamente admisible que ésta se prolongue. Pero su prolongación no es indefinida: en tanto Señor de la Historia, a la historia, como al mar, Dios le ha fijado un límite.

Si la justipreciación del tiempo presente depende entonces de la atención dirigida al común fin temporal, es comprensible que sea el olvido culpable de éste el que le arranca al Señor la imprecación de Lc. 12, 56: ¡Hipócritas!, sabéis apreciar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿y cómo no comprendéis el tiempo presente? Reconocer en la forma de las nubes o en la dirección del viento la tormenta perveniente y mantenerse ciego a la destinación última de todo lo creado y, con ello, al sentido de lo que se actualiza en el tiempo es, sin dudas, atributo del psychikós ánthroopos que describe San Pablo, del hombre distraído en las causas segundas y aisladas. El hombre contemporáneo, cautivo de la técnica, no hace sino agravar este desconcierto respecto al sentido de las cosas.

A salvo la proposición «Si comprehendis non est Deus», reverentes ante el designio insondable del Altísimo, que puede recrear la historia desde sus propias ruinas y reimpulsar el rumbo espiralado hacia simas aún no alcanzadas, no merezcamos los cristianos el dicterio que el Señor aplica a quienes no comprenden siquiera el tiempo que transitan. No hagamos, por la mayor honra del Triple Nombre en el que fuimos bautizados, como aquellos que insisten en llamar "primavera" al desquicio disciplinario y doctrinal en el que viven sumergidos de consuno los pastores mercenarios y sus greyes. Como mons. Piero Marini, aquel viejo maestro de ceremonias de Juan Pablo II que osó afirmar hace unos días -entre otras declaraciones, favorables al reconocimiento de derechos civiles a las uniones sodomíticas- que, con el cambio de Papa, «se respira un aire fresco, una vuelta a la primavera y a la esperanza. Hasta ahora habíamos respirado aguas de pantano», en elíptico insulto a Benedicto XVI. Y aun: «con Francisco se hablan sólo cosas positivas»: casi una involuntaria circunlocución para aludir a la campaña de los medios por ensalzar -por contraste con el anterior- el pontificado Bergoglio, en el que desaparecieron de la Iglesia, y como mágicamente, los escándalos.

Botticelli - La primavera

O como el estulto eloquio con el que mons. Armando Bucciol regaló a los fieles en la misa celebrada en el Santuario Nacional de Aparecida, en Brasil, el pasado 18 de abril. Recordando los cincuenta años de la constitución Sacrosanctum Concilium, primero de los documentos manados por el Vaticano II, atribuyó a ésta -y con grosero error, inspirado acaso por una entusiástica valoración de los cambios sucesivos- el haber promovido el cese «del latín, del canto gregoriano y otras expresiones ligadas a una historia gloriosa y significativa, pero que no hablan más a los tiempos de hoy». 

Misa en Aparecida. La decoración, estrambótica como la que más, quiere representar en esos dieciséis
mamotretos apilados los otros tantos documentos del Concilio Vaticano II, de siempre fideísta recordación.


Mientras todos compran y venden, comen y beben, llevemos dignamente el luto, sabedores de que nos aguarda una Fiesta que no se mide con parámetros mundanos. Arietes del cambio a todo trance, aparte de neutralizar el carácter agonístico de la Iglesia -confundiéndola, en babosa entidad, con el mundo- estos pastores contribuyen a que la tradición eclesiástica se haga tan oculta como para demandar penosa excavación para traerla a la luz del día, tanto como para ver aplicado aquí el apotegma de Goethe. Pero el sentido último de su deserción lo aporta el cuadro de la «apostasía de la verdad» de la que habla el Catecismo de la Iglesia en alusión a los tiempos últimos. Lo ilustran las palabras con las que la Iglesia de Laodicea se congratula, ciega ante el Juicio inminente: «yo soy rico, yo me he enriquecido, a mí no me falta nada». Lo aclara el dogma de la Segunda Venida de Cristo, que vendrá como el ladrón, a medianoche, cuando no encuentre fe sobre la tierra.



viernes, 19 de abril de 2013

¡NECIOS Y TARDOS DE CORAZÓN PARA APLICAR LA LETRA AMBIGUA DEL CONCILIO!

Justo en los días en que un purpurado tan afecto a las novedades como el cardenal Kasper acababa de admitir que los documentos del Concilio fueron redactados con una ambigüedad intencional que los hacía pasibles de una hermenéutica «en uno u otro sentido», el papa Francisco, fiel a su estilo no exento de anfibologías, señaló en el curso de su homilía de la misa del pasado martes 16 que

«ir hacia adelante: ¡esto nos fastidia! (...) Después de cincuenta años, ¿hemos hecho todo lo que nos dijo el Espíritu Santo en el Concilio? No. Festejamos este aniversario, hacemos un monumento, pero que no nos fastidie. No queremos cambiar. Es más: hay voces que quieren volver atrás. Esto se llama ser testarudos, esto se llama querer domesticar al Espíritu Santo, esto se llama hacerse necios y tardos de corazón».

Como la aseveración, con toda la carga de dramatismo que conlleva, quedó allí flotando, sin alusión expresa a quiénes sean sus imputados, concedámosle a Bergoglio el beneficio del equívoco, haciéndola revertir no en el sujeto que se sospecharía como su acreedor -los tradicionalistas, capciosamente motejados por la progresía como cangrejos, que marchan "en reversa"- sino precisamente en los novadores. Pero que lo haga por nosotros el buen sacerdote que firma como Cesare Baronio en su propio blogue, y que dice -vertido a castilla- poco más o menos lo que sigue:

Muchos han querido recoger en las palabras del Obispo de Roma una áspera crítica hacia el tradicionalismo, el conservadurismo, y en general hacia cualquier actitud que no se demuestre abierta y entusiasta hacia la novedad absoluta, hacia la innovación más osada.
Cierto es que Bergoglio no corre ni remotamente el riesgo de ser considerado un conservador, menos que menos un tradicionalista: es entonces razonable suponer que sus afirmaciones, aun en el lagunoso y desmedrado estilo que distingue a sus homilías, resulten entendidas en el sentido que los más les atribuyeron.
Sin embargo, de la misma manera que Caifás al condenar a Nuestro Señor como blasfemo ante el Sanedrín, dio la verdadera y profunda clave de lectura de la Pasión redentora de nuestro Salvador, Expedit unum hominem mori pro populo, creemos que deba advertirse cómo, sin quizás siquiera darse cuenta, Bergoglio haya dicho una verdad incontestable, que empero se le vuelve inexorablemente en contra.
Es certísimo, de hecho, que hay testarudos que, no obstante la crisis que aflige a la Iglesia desde hace décadas, se obstinan en querer ir para atrás, reproponiendo el indigesto sancocho conciliar recalentado y rancio. Es certísimo que, después de cincuenta años de fracasos, hay necios que atienden al conciliábulo romano con el entusiasmo que los hijos de las flores secas (N. del T.: no dimos con esta referencia. Al parecer, sería el nombre de un grupo de rock) muestran hacia los requechos ideológicos sesentaiochescos. Es certísimo que, después del pontificado de Benedicto XVI, hay tardos de corazón que echan de menos las liturgias harapientas de Wojtyla, los bailes de salvajes en San Pedro, los conventillos ecuménicos de Asís y todo el repertorio del grotesco circo conciliar.
Es a éstos, queremos creer, a quienes involuntariamente aludía Bergoglio; y quizás, en un curioso lapsus freudiano, él se desmintió a sí mismo, a su querer volver a una presunta figura compinche del Vicario de Cristo, zapatos grandes y cerebro fino (N.: proverbio de la Italia meridional, que señala el buen sentido de los hombres de campo), desautorizado no sólo en las insignias propias -a las que, aunque tímidamente, Benedicto XVI había devuelto en parte su auge- sino incluso en la sustancia, envileciendo el rol soberano del Papa en beneficio de la colegialidad, presentando al sucesor del Príncipe de los Apóstoles como a un prepósito de campaña o a un coadjutor parroquial de periferia, imponiendo orgullosamente el propio discutibilísimo ego en detrimento de la sagrada majestad del Sumo Pontífice.
Y nos preguntamos, retóricamente: ¿quién es el testarudo, necio y tardo de corazón? 




martes, 16 de abril de 2013

BOBISMO Y FEÍSMO EN LA REPRESENTACIÓN DE LO SAGRADO



De entre los múltiples estragos que se han colado -y no precisamente por la puerta- en el redil de las ovejas, dos que no encontraremos por cierto elencados entre las epizootias más reconocibles afectan directamente a la percepción que las mismas alcanzan de su Pastor. Y es que el ítem «las formas de la representación» resulta también alcanzado por la doctrina del Señor, tan inagotable ésta en hondura y vastedad como inapelable, como conviene a la verdad. La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo es simple, todo tu cuerpo estará iluminado; si en cambio fuera vicioso («dúplice»), entonces tu cuerpo estará en tinieblas, donde «tu cuerpo» vale, como es casi obvio, por «tu alma».

Ahí están, opuestos y aberrantes, casi en correspondencia plástica con las dos extremas actitudes anímicas de optimismo y pesimismo, de un lado las imágenes que delatan la tontería, la ñoñez; del otro, las que celebran la fealdad. Ambas perversiones -de la vista al alma, en ida y vuelta y mutuo cebarse-, que podríamos llamar expeditivamente «bobismo» y «feísmo», ya se atornillaron bajo nuestras bóvedas, como tantos otros achaques de la modernidad tardía, increíblemente a cubierto del merecido anatema.

Con afirmar tal cosa no descubrimos la pólvora, que ese mérito le cabe, como es sabido, a Colón. Simplemente cantamos el treno que urge entonar en la devastación, sorprendiéndonos ante testimonios que, como el de Claudel, a cien años de distancia y cuando aún no había cundido lo que hoy, era capaz de afirmar que «para quien se atreve a mirarlas, las iglesias modernas tienen el interés y el patetismo de una confesión bien cargada. Su fealdad es la exhibición al exterior de todos nuestros pecados y de todos nuestros defectos: debilidad, indigencia, timidez de la fe, del sentimiento, sequedad del corazón, disgusto por lo sobrenatural, predominio de las convenciones y de las fórmulas, exageración de las prácticas individuales y desordenadas, lujo mundano, avaricia, jactancia, malos modos, fariseísmo, hinchazón».

El bobismo cunde en las «periferias existenciales» de la cristiandad, si es que este último término conlleva todavía alguna actualidad: parroquias de barrio, de pueblo, publicaciones casi pías que hojearán los feligreses en sus casas mientras miran televisión. El feísmo, en cambio, es predileccionado por esa intelligenzia quintacolumnista que trabaja como el cáncer, desde bien adentro. Como si dijéramos: el atrio y las naves serán hollados. ¡Sálvese al menos el tabernáculo!

Por su abrumadora multiplicación, no haría falta aportar ejemplos para graficar el bobismo. Me limito a uno, como homenaje a un caso conocido de cerca: el de una calcomanía entregada, como saludo pascual, a los chicos de una escuela católica de pueblo, en plena pampa gringa. Un intento que podría adscribirse, quizás, a eso que llaman «nueva evangelización».





Sólo le falta la palmera. Y la tabla de wind-surf. De más está aclarar que los muchachos no se sintieron con esto llamados a la conversión, sino a la chacota: se corrían por los pasillos, tratando de pegarse la calcomanía el uno al otro en la espalda. Una chica advirtió, entre risas: mirá si, de refilón, no parece el Che... Dijo lo que vio, sin conocer seguramente esos versos de Juan Luis Gallardo que tan bien encajarían al pie del texto


Detesto esas estampas de tenue colorido
          donde Cristo aparece rubión y relamido.
Sin embargo detesto también aquel cartel
donde el rostro de Cristo recuerda al de Fidel. 

A fuer de veraces, tenemos que decir que si el entonces cardenal Bergoglio promovió, o al menos toleró la difusión del bobismo como Arzobispo y Primado en el Lejano Sur (periferia del orbe y finisterre), ahora, aviado hasta el mismísimo ombligo del mundo otrora cristiano, parece en cambio favorecer el feísmo más desalentador. No otra cosa sugiere la cruz pectoral que viste desde su elección -y desmiéntanos el lector si puede-,



como también la reposición de la férula de Paulo VI, en uso hasta el segundo año del pontificado de Benedicto XVI, y que parece realmente una pica clavada por el enemigo para hacer señal de sus sigilosas conquistas.



Es una especie de manierismo de lo hórrido lo que transmite esta representación monstruosa,  cuya tan irónica como próspera fortuna la quiso empuñada por varios pontífices. Un Cristo sin rostro, de garfios crispados y piernas indecorosamente abiertas. En fin: el mismo regodeo en la contrahechura al que nos tiene acostumbrados el arte moderno en sus momentos de mayor cinismo. Se le podrían aplicar otros versos, esta vez del Arcipreste:

                   En el Apocalipsi Sant Joan Evangelista
                   non vido tal figura, nin de tan mala vista.

No nos sorprenden las opciones que Francisco hace en este terreno, toda vez que supo señalar alguna vez como su obra pictórica preferida la «Crucifixión blanca», de Chagall. Para explicar la admisión de tales engendros, como de tantísimos otros objetos adscriptos al culto en tantas diócesis, la hipótesis del mero mal gusto de los artistas comisionados y de los pastores comisionarios nos resulta demasiado ingenua. Acá se debe hablar de algo más dramático, como de una sutil enfermedad del espíritu que halla su complacencia en corromper el culto mediante guiños, una oblicua y estudiada forma de profanación que, por lo reiterada, ya constituye un síntoma, un "signo de los tiempos".

No formulamos exigencias de esteticista. Bien sabemos que el preciosismo aísla artificialmente a la belleza de la verdad y el bien, y cómo la procesión del ens al pulchrum no se cumple sin las transiciones necesarias. Más bien sería de notar, con tantos y tales ejemplos, cuánto la exploración de la fealdad -«las profundidades de Satán» es expresión escriturística adecuada- sea la actitud más consecuente con la apostasía, secreta o manifiesta que ésta sea. En estos asuntos, se sabe, hay amplio margen opinable, hay gustos y hay escuelas de la más variada sensibilidad que hacen de la imaginería de lo sacro algo como un vergel en el que las formas y los colores, no que los mismo aromas, sean muchos y en apacible convivencia. No estamos en el monocultivo, exigido por la bolsa de cereales. Pero hay una disposición eurítmica que lo gobierna todo, y la fealdad cabe sólo como falla y accidente, y no como premisa y disrupción.

Muy oportunamente, a propósito de la reposición de la llamada «férula de Scorzelli», Francesco Colafemmina reprodujo en su blogue el decreto del Santo Oficio condenando una serie de catorce dibujos del artista belga Albert Servaes representantes una Vía Crucis «transida de un fuerte pathos y una constante deformación de los cuerpos en su expresión de extremo dolor». Así, el 23 de febrero de 1921, los Inquisidores Generales en asuntos de fe y costumbres declararon sin ambages que

Imagines sacras cuiusdam novae scholae pictoricae (se refiere al expresionismo, y en particular a las obras antedichas) prohiberi ipso iure, ideoque statim removendas esse ab Ecclesiis, Oratoriis, etc., in quibus forte expositae inveniantur.

Pero la Iglesia ya no condena, y a esta nueva disposición abierta al mundo le debemos, entre otras bondades, el asalto de nuestros templos por estas oleadas de bobismo y de feísmo listas a sepultar la piedad  bajo una ingente mole de estiércol.



P.S. : Como alternativa a bobismo y feísmo, tertium quid que sería injusto soslayar, debemos mentar el «insignificantismo», es decir, esa corriente pictórica que hace un timbre de honor de la aversión a la figura, como el abstract art. Pero para exponer sobre esta auténtica nimiedad -para la que la política de austeridad inaugurada por Francisco no omitió derogar 2.8 millones de euros en el pabellón del Vaticano en la Bienal de Venecia-, tendríamos que cederle la palabra al cardenal Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura.

Ravasi junto a Benedicto, recibiendo lecciones de  arte