lunes, 10 de febrero de 2014

LA MEDIDA DE LA INDIGNACIÓN

Como complemento a la anterior entrada, reproducimos aquí otro testimonio que, en los días casi iniciales de la ¿reforma? litúrgica, debió impactar por el tono fuertemente polémico contra el Ordo motiniano y por la pluma de la que manaba. Se trata de un artículo aparecido en la revista Vigilia Romana en noviembre de 1971 y firmado por monseñor Domenico Celada, teólogo y liturgista, y profesor de Música e Historia del canto gregoriano en la Universidad lateranense. El autor, que colaboró con el «Breve examen crítico del Novus Ordo» firmado por los cardenales Ottaviani y Bacci, se cuenta entre los más fervientes impugnadores de las excrecencias introducidas en la liturgia a partir de 1969.

Nótese la afinidad del tono con el usado por el Señor en su Elenchus contra pharisaeos (Mt. 23, 13 ss.), o en las imprecaciones no menos incisivas que dirige a los judíos en Juan 8, 21 ss. En este caso, los destinatarios son los ideólogos y fautores de la ruptura en la tradición litúrgica, que una propaganda tan dolosa como eficaz logró presentar como “apertura”.


Paulo VI con el concejo de pastores protestantes
que intervinieron en la elaboración de la misa nueva
♦♦♦ 
Hace tiempo que deseaba escribiros, ilustres asesinos de nuestra santa Liturgia. No ya porque suponga que mis palabras pudieran tener algún efecto en vosotros, caídos hace ya mucho tiempo en las garras de Satanás y devenidos sus obedientísimos siervos, sino para que todos aquellos que sufren por los innumerables delitos cometidos por vosotros puedan reconocer su propia voz. No os ilusionéis, señores. Las llagas atroces que habéis abierto en el cuerpo de la Iglesia claman venganza ante el rostro de Dios, justo vengador. Vuestro plan de subversión de la Iglesia a través de la liturgia es antiquísimo. Intentaron realizarlo muchos predecesores vuestros mucho más inteligentes que vosotros, que el Padre de las Tinieblas ha acogido ya en su reino. Y yo recuerdo vuestro resentimiento, vuestra risa maliciosa y burlona, cuando le augurabais la muerte, una quincena de años atrás, a aquel gran Pontífice que fue el siervo de Dios Eugenio Pacelli, luego de que éste comprendiera vuestros designios y se os hubiera opuesto con la autoridad de la Tiara. Después de aquel famoso convenio de “liturgia pastoral”, sobre el cual cayeron como una espada las clarísimas palabras del papa Pío XII, vosotros abandonasteis el místico concejo espumando enojo y veneno.

Ahora os salisteis con vuestro propósito. Por el momento, al menos. Habéis creado vuestra “obra maestra”: la nueva liturgia. Que esta no sea obra de Dios se demuestra sobre todo (prescindiendo de las implicaciones dogmáticas) por un hecho muy simple: es de una fealdad espantosa. Es el culto de la ambigüedad y del equívoco, y no pocas veces el culto de la indecencia. Bastaría esto para entender que vuestra “obra maestra” no proviene de Dios, fuente de toda belleza, sino del antiguo escarnecedor de las obras de Dios.

Sí, habéis quitado a los fieles católicos las emociones más puras, derivadas de las cosas sublimes de las que se ha nutrido la liturgia por milenios: la belleza de las palabras, de los gestos, de las músicas. ¿Qué les habéis otorgado en cambio? Un certamen de fealdades, de “traducciones” grotescas (como es sabido, vuestro padre que está allá abajo no posee el sentido del humorismo), de emociones gástricas suscitadas por los maullidos de las guitarras eléctricas, por gestos y actitudes –y es poco decir- equívocos.

Pero, si no fuese suficiente, hay otro signo que demuestra cómo vuestra “obra maestra” no viene de Dios. Y son los instrumentos de los que os habéis servido para realizarlo: el fraude y la mentira. Habéis logrado hacer creer que un Concilio habría decretado la desaparición de la lengua latina, el archivado del patrimonio de la música sacra, la abolición del tabernáculo, el revesamiento de los altares, la prohibición de doblar las rodillas ante Nuestro Señor presente en la Eucaristía, y todas vuestras otras progresivas etapas, que toman parte (dirían los juristas) de un “único designio criminoso”.

Vosotros sabíais muy bien que la “lex orandi” es también la “lex credendi”, y por tanto que, mudando una, habríais mudado la otra. Vosotros sabéis que, apuntando vuestras lanzas envenenadas contra la lengua viva de la Iglesia, habréis prácticamente ultimado la unidad de la fe. Vosotros sabíais que, decretando el acta de muerte del canto gregoriano y de la polifonía sacra, habríais podido introducir a vuestro antojo todas las indecencias pseudomusicales que desacralizan el culto divino y echan una sombra equívoca sobre las celebraciones litúrgicas. Vosotros sabíais que, destruyendo tabernáculos, sustituyendo los altares por las “mesas para la refección eucarística”, negándole al fiel que doble las rodillas delante del Hijo de Dios, en breve habríais extinguido la fe en la real Presencia divina. Habéis trabajado muy atentamente. Os habéis ensañado contra un monumento en el que habían puesto manos Cielo y tierra, porque sabíais que con esto destruiríais a la Iglesia. Habéis llegado a quitarnos la Santa Misa, arrancando nada menos que el corazón de la liturgia católica (esa Santa Misa a cuya vista nosotros fuimos ordenados sacerdotes, y que nadie en el mundo nos podrá jamás prohibir, porque nadie puede pisotear el derecho natural).

Lo sé, ahora podréis reir por cuanto estoy por decir. Y reíd nomás.

Habéis llegado a quitar de las Letanías de los santos la invocación “a flagello terremotus, libera nos Domine”, y nunca como ahora la tierra ha temblado en cualquier latitud.

Habéis quitado la invocación “a spiritu fornicationis, libera nos Domine”, y nunca como ahora nos hemos encontrado tapados por el fango de la inmoralidad y de la pornografía en sus formas más repelentes y degradantes.

Habéis abolido la invocación “ut inimicos sanctae Ecclesiae umiliare digneris”, y nunca como ahora los enemigos de la Iglesia prosperan en todas las instituciones eclesiásticas, a todo nivel.

Reíd, reíd. Vuestras risotadas son groseras y sin alegría. Es bien cierto que ninguno de vosotros conoce, como nosotros las conocemos, las lágrimas de la alegría y del dolor. Vosotros no sois ni siquiera capaces de llorar. Vuestros ojos bovinos, ténganse por bolas de vidrio o de metal, miran las cosas sin verlas. Sois similares a las vacas que miran el tren.

Antes que a vosotros, prefiero al ladrón que arranca la cadenita de oro al niño, prefiero al carterista, prefiero al atracador a mano armada, prefiero incluso al profanador de tumbas. Gente mucho menos sucia que vosotros, que le habéis rapiñado al pueblo de Dios todos sus tesoros.

En espera de que vuestro padre que está allá abajo os acoja también a vosotros en su reino, “allá donde habrá llanto y rechinar de dientes”, quiero que sepáis de nuestra invencible certeza: que aquellos tesoros nos serán restituidos. Y será una “restitutio in integrum”. Vosotros habéis olvidado que Satanás es el eterno vencido.

Monseñor Domenico Celada

miércoles, 5 de febrero de 2014

PADRE CALMEL: UNA SANTA RÉPLICA A LA RUPTURA LITÚRGICA

Para los fieles que conocieron la Misa tradicional y comprobaron las deficiencias evidentes del nuevo rito (incluso cuando se lo celebra con el mayor de los decoros posibles), y que no pueden asistir regularmente a la Misa de san Pío V por hallarse lejos del lugar de su celebración más próxima, surgen inevitables las inquietudes de conciencia acerca de la Misa nueva: si ésta es realmente válida, si confiere eficazmente la gracia, etc. No tratándose de asuntos sujetos a comprobación empírica ni pudiendo asumirlos como objeto de una elucidación al modo de las ciencias positivas, y careciendo de toda opción en lo referente al culto, es de creer que esta dolorosa pena resulte insoluble en esta vida. A no ser que, por un improbable que no cabe en las mientes de nadie, resulte ungido en el próximo cónclave un Papa que renueve explícitamente las condenas de un Pío X al modernismo y se avenga a restaurar la liturgia de siempre contra la acción disolvente de todos los zorros, lobos y chacales que han venido a ocuparse tan solícitamente del culto público.

No menor horror causa en los azorados testigos del caso el comprobar que, a la disrupción obrada en este terreno hace ya cuarenta y cinco años, no le siguiera una reacción condigna de parte de clérigos y fieles. Lo que, para mayor honor de la Desposada del Cordero, resulta felizmente contradicho por el ejemplo de unos pocos de sus hijos, como el que presentamos a continuación. En un articulo titulado Contrarrevolución litúrgica. el caso "silenciado" del padre Calmel la autora, Cristiana de Magistris, nos expone el coraje del dominico francés y su lucidez sin sombras acerca del carácter demoledor de los cambios introducidos en la liturgia, que (en mutua implicancia, según aquello de lex orandi, lex credendi) acabaría por afectar -apagándola- a la fe. Nótese el tenor de la justificación que Paulo VI hace de la ruptura, asumiendo a la nueva misa nada menos que como un «gimnasio de sociología cristiana». Nótese a su vez el reclamo de los novadores a la obediencia, virtud religiosa burlada por ellos sistemáticamente mientras no estuvieron al comando de diócesis y dicasterios.

Y admiremos juntos la perseverancia de este digno hijo del fundador de su Orden, hoy tan degradada. Bien supieron los antiguos que la resistencia equivale a la victoria.



Padre Roger Calmel, gloria oculta
de la orden de santo Domingo
♦♦♦
Religioso dominico y teólogo tomista de espesor poco común, director de almas apreciado y buscado por todo el territorio francés, escritor católico de una lógica convincente y de una claridad inequívoca, el padre Roger Calmel-Thomas (1914 - 1975) se distinguió durante los tumultuosos años del Concilio y del post-Concilio por su acción contrarrevolucionaria, ejercida -a través de la predicación, de los escritos, y sobre todo con el ejemplo- tanto en el plano doctrinal como en el litúrgico.
Pero en un punto muy preciso la resistencia de este hijo de santo Domingo ha alcanzado el heroísmo: la Misa, ya que es en la redención obrada por Cristo en el Calvario y perpetuada en los altares que se fundamenta la fe católica. 1969 fue el año fatídico de la revolución litúrgica, largamente preparada y finalmente impuesta por vía de autoridad a un pueblo que no la había pedido ni la deseaba. 
El nacimiento de la nueva Misa no fue pacífico. En oposición a los cantos de victoria de los novatores, se hallaban las voces de quienes no querían pisotear el pasado casi bimilenario de una Misa que se remontaba a la tradición apostólica. Esta oposición contó con el apoyo de dos cardenales de Curia (Ottaviani y Bacci), pero fue completamente ignorada. 
La entrada en vigor del nuevo Ordo Missae fue programada para el 30 de noviembre, primer domingo de Adviento, y la oposición no tendía a aplacarse. El mismo Paulo VI, en dos audiencias generales (19 y 26 de noviembre 1969), intervino presentando el nuevo rito de la Misa como la voluntad del Concilio y como ayuda a la piedad cristiana. 
El 26 de noviembre el Papa dijo: «el nuevo rito de la Misa: es un cambio que remite a una venerable tradición secular, y por eso afecta a nuestro patrimonio religioso hereditario, que parecía tener que disfrutar de una fijeza intangible, y que parecía tener que traer a nuestros labios la oración de nuestros antepasados ​​y de nuestros santos, y darnos el consuelo de una fidelidad a nuestro pasado espiritual que nosotros actualizábamos para transmitirlo luego a las generaciones venideras. En esta contingencia comprendemos mejor el valor de la tradición histórica y de la comunión de los santos. Toca este cambio el desenvolvimiento ceremonial de la Misa, y advertiremos, tal vez con un poco de molestia, que las cosas ya no se desarrollarán más en el altar con aquella identidad de palabras y gestos a la que estábamos tan acostumbrados, casi al punto de no prestarle más atención. Este cambio también afecta a los fieles, y quisiera concernir a cada uno de los presentes, quitándolos de sus acostumbradas devociones personales, o de su sopor habitual. ... ». Y continuaba diciendo que hay que entender el significado positivo de las reformas y hacer de la misa «un tranquilo pero comprometedor gimnasio de sociología cristiana». 

«Será bueno -advirtió Paulo VI en la misma audiencia- que comprendamos las razones por las que se introduce esta grave mutación: la obediencia al Concilio, que ahora deviene obediencia a los obispos que lo interpretan y ejecutan las prescripciones...» . Para sofocar la oposición al Papa no quedaba sino el argumento de autoridad. Y es sobre este argumento que se jugó todo el partido de la revolución litúrgica. 
El padre Calmel, que con sus artículos fue colaborador asiduo de la revista Itinéraires, había ya abordado la cuestión de la obediencia, que se convirtió en el post-Concilio en el argumento de punta de los novatores. Pero -así lo afirmaba él- es precisamente en virtud de la obediencia que debemos rechazar cualquier compromiso con la revolución litúrgica: «no se trata de crear un cisma, sino de conservar la tradición». Con silogismo aristotélico hacía notar: «la infalibilidad del Papa es limitada, por lo que nuestra obediencia es limitada», señalando el principio de la subordinación de la obediencia a la verdad, de la autoridad a la tradición. La historia de la Iglesia tiene casos de santos que estaban en conflicto con la autoridad de los papas que no eran santos. Pensemos en san Atanasio excomulgado por el papa Liberio, en santo Thomas Becket suspendido por el papa Alejandro III. Y especialmente en Santa Juana de Arco. 
El 27 de noviembre de 1969, tres días antes de la fecha fatídica en la que entró en vigor el Novus Ordo Missae, el padre Calmel expresó su rechazo con una declaración de excepcional importancia, publicada en la revista Itinéraires. 

«Yo me atengo a la Misa tradicional -declaró- aquella que fue codificada, pero no fabricada por san Pío V en el siglo XVI, de acuerdo con un uso plurisecular. Rechazo, por lo tanto, el Ordo Missae de Paulo VI. 

¿Por qué? Porque, en realidad, no existe este Ordo Missae. Lo que existe es una revolución litúrgica universal y permanente, permitida o deseada por el Papa actual, y que reviste, por el momento, la máscara del Ordo Missae del 3 de abril de 1969. Es derecho de todo sacerdote negarse a usar la máscara de esta revolución litúrgica. Y estimo que es mi deber como sacerdote negarme a celebrar la misa en un rito equívoco.
Si aceptamos este nuevo rito, que promueve la confusión entre la misa católica y la cena protestante -como afirman los dos cardenales (Bacci y Ottaviani), y como lo demuestran sólidos análisis teológicos- entonces pasaremos sin demora de una misa intercambiable (como lo reconoce, por lo demás, un pastor protestante) a una misa completamente herética y, por lo tanto, nula. Iniciada por el Papa, y luego por él abandonada a las Iglesias nacionales, la reforma revolucionaria de la misa conducirá al infierno. ¿Cómo aceptar el hacerse cómplice? 
Me preguntaréis: manteniendo la Misa de siempre de cara y contra todo, ¿has pensado en aquello a lo que te expones? Claro. Me expongo, por así decirlo, a perseverar en el camino de la fidelidad a mi sacerdocio, y por eso a rendir al Sumo Sacerdote, que es nuestro Juez Supremo, el humilde testimonio de mi ministerio sacerdotal. Me expongo también a tranquilizar a los fieles extraviados, tentados de escepticismo o de desesperación. Todo sacerdote, de hecho, que permanezca fiel al rito de la Misa codificado por San Pío V, el gran Papa dominico de la Contrarreforma, permite a los fieles participar en el Santo Sacrificio sin ningún posible equívoco; de comunicarse, sin el riesgo de ser engañados, con el Verbo de Dios encarnado e inmolado, vuelto realmente presente bajo las sagradas Especies. Por el contrario, el sacerdote que se conforma al nuevo rito, compuesto por varias piezas de Paulo VI, colabora de su parte para instaurar gradualmente una misa fraudulenta donde la Presencia de Cristo no será más auténtica, sino que se transformará en un memorial vacío; por lo mismo, el Sacrificio de la Cruz no será más que una comida religiosa donde se comerá un poco de pan y se beberá un poco de vino. Nada más: como los protestantes. La negativa a colaborar con la instauración revolucionaria de una misa equívoca orientada a la destrucción de la Misa, ¿qué desgracias temporales, qué daños podrá traer? El Señor lo sabe: por lo tanto, basta con su gracia. En verdad, la gracia del Corazón de Jesús, derivada hasta nosotros por el santo Sacrificio y por los sacramentos, basta siempre. Es por ello que el Señor nos dice con tanta tranquilidad: "el que pierda su vida en este mundo por mi causa, la salvará para la vida eterna". 
Reconozco sin dudar la autoridad del Santo Padre. Afirmo, sin embargo, que todos los Papas, en el ejercicio de su autoridad, pueden cometer abusos de autoridad. Sostengo que el papa Paulo VI cometió un abuso de autoridad de una gravedad excepcional, al construir un nuevo rito de la misa según una definición de la misa que ha dejado de ser católica. "La Misa -escribió en su Ordo Missae- es la reunión del pueblo de Dios, presidida por un sacerdote, para celebrar el memorial del Señor". Esta definición insidiosa omite a priori lo que hace la Misa católica, siempre y para siempre irreductible a la cena protestante. Y esto porque para la Misa católica no se trata de cualquier memorial; el memorial es de tal naturaleza que contiene realmente el sacrificio de la Cruz, porque el Cuerpo y la Sangre de Cristo están verdaderamente presentes en virtud de la doble consagración. Ahora bien: mientras esto aparece tan claro en el rito codificado por San Pío V de modo de no poder inducir a error, en aquel fabricado por Paulo VI permanece fluctuante y equívoco. Parejamente, en la Misa católica el sacerdote no ejerce una presidencia cualunque: marcada por un carácter divino que lo introduce en la eternidad, él es el ministro de Cristo, que hace la Misa a través de él; muy otra cosa es asimilar al sacerdote a un pastor cualquiera, delegado por los fieles para mantener el buen orden en sus asambleas. Ahora bien: mientras esto es ciertamente evidente en el rito de la Misa prescrita por San Pío V, se halla en cambio disimulado e incluso eliminado en el nuevo rito.
La simple honestidad entonces, pero infinitamente más el honor sacerdotal, me exigen no tener el descaro de traficar la Misa católica, recibida en el día de mi ordenación. Y como de lo que se trata es de ser leal, y sobre todo en una materia de una gravedad divina, no hay autoridad en el mundo, ni siquiera la autoridad pontificia, que pueda detenerme. Por otra parte, la primera prueba de fidelidad y de amor que el sacerdote tiene que dar a Dios y a los hombres es la de custodiar intacto el depósito infinitamente precioso que le fue confiado cuando el Obispo le impuso las manos. Es, sobre todo, sobre esta prueba de lealtad y amor que seré juzgado por el Juez Supremo. Confío que la Virgen María, Madre del Sumo Sacerdote, me obtenga la gracia de permanecer fiel hasta la muerte a la Misa católica, verdadera y sin inequívoco. Tuus ego sum, salvum me fac (soy todo tuyo, sálvame)».
Frente a un texto de este espesor y una toma de posición tan categórica, todos los amigos y partidarios del padre Calmel temblaron, esperando de Roma las penas más duras. Todos excepto él, el hijo de santo Domingo, que no dejaba de repetir: "Roma no va a hacer nada, no va a hacer nada ...". Y, en efecto Roma no hizo nada. Las sanciones no llegaron. Roma calló ante este fraile dominico que no temía a nada con excepción del Juez Supremo, a quien debía dar cuenta de su sacerdocio. 
Otros sacerdotes, gracias a la declaración del padre Calmel, tuvieron el coraje de salir al descubierto y hacer frente a los abusos de una ley injusta e ilegítima. Contra los que recomendaban la obediencia ciega a las autoridades, él mostraba el deber de la insurrección. «Toda la conducta de santa Juana de Arco muestra que ella ha pensado así: por supuesto, es Dios quien lo permite; pero lo que Dios quiere, al menos mientras me quede un ejército, es que yo libre una buena batalla y haga justicia cristiana. Luego fue quemada [...] Someterse a la gracia de Dios no significa no hacer nada. Lo que significa es hacer, permaneciendo en el amor, todo lo que está en nuestro poder [...] A quien no haya reflexionado sobre las justas insurrecciones de la historia, como la guerra de los Macabeos, las cabalgatas de santa Juana de Arco, la expedición de Juan de Austria, la revuelta de Budapest, a quien no haya entrado en sintonía con las nobles resistencias de la historia [...] yo le niego el derecho de hablar de abandono cristiano [...] El abandono no consiste en decir: Dios no quiere la cruzada, dejemos hacer a los moros. Ésta es la voz de la pereza». 
No se puede confundir el abandono sobrenatural con una obediencia supina. «El dilema que se plantea a todos -advertía el padre Calmel- no es elegir entre la obediencia y la fe, sino entre la obediencia de la fe y la cooperación con la destrucción de la fe». Todos nosotros estamos invitados a hacer «dentro de los límites que nos impone la revolución, el máximo de lo que podamos hacer para vivir de la tradición con inteligencia y fervor. Vigilate et orate». 
El padre Calmel había comprendido perfectamente que la forma de violencia ejercitada en la Iglesia post-Conciliar es el abuso de autoridad, aplicada exigiendo una obediencia incondicional. A la que el clero y muchos laicos se plegaron sin intentar ningún tipo de resistencia. «Esta falta de reacción -notaba Louis Salleron- me parece trágica. Porque Dios no salva a los cristianos sin ellos mismos, ni a su Iglesia sin ella».
«El modernismo hace caminar a sus víctimas bajo el estandarte de la obediencia -escribía el religioso dominico-, poniendo bajo sospecha de orgullo cualquier crítica de las reformas, en nombre del respeto que se debe al Papa, en nombre del celo misionero, de la caridad y de la unidad». 
En cuanto al problema de la obediencia en materia litúrgica, el padre Calmel señalaba: «la cuestión de los nuevos ritos consiste en el hecho de que son ambivalentes, por lo que no expresan de manera explícita la intención de Cristo y de la Iglesia. La prueba está dada por el hecho de que incluso los herejes los utilizan con tranquilidad de conciencia, mientras que rechazan, como siempre han rechazado, el Misal de san Pío V». «Hay que ser o tontos o miedosos (o lo uno y lo otro a la vez) para considerarse obligados en conciencia a leyes litúrgicas que cambian con mayor frecuencia que la moda femenina y que son aún más inciertas». 
En 1974 decía, en una conferencia: «la Misa le pertenece a la Iglesia. La nueva misa no pertenece sino al modernismo.Yo me atengo a la Misa católica, tradicional, gregoriana, ya que ella no pertenece al modernismo [...] El modernismo es un virus. Es contagioso y es menester rehuirlo. El testimonio es absoluto. Si rindo testimonio a la Misa católica, es necesario que me abstenga de celebrar otra. Es como el incienso quemado a los ídolos: o un grano, o nada. Así que: nada».
A pesar de la abierta resistencia del padre Calmel a las innovaciones litúrgicas, nunca llegó de Roma ninguna sanción. La lógica del padre dominico era demasiado apretada, su doctrina demasiado ortodoxa, su amor a la Iglesia y a su tradición perenne demasiado leal para que se lo pudiese atacar. No se intervino en contra de él, ya que no se podía. Entonces se envolvió el caso en el silencio más criminalmente cómplice, al punto de que el teólogo dominico -conocido, en parte, en el mundo tradicional francés- es poco menos que desconocido en el resto del orbe católico. 
En 1975, el padre Calmel se apagaba prematuramente, coronando su deseo de fidelidad y resistencia. En su Declaración de 1969 había pedido a la Santísima Virgen «permanecer fiel hasta la muerte a la Misa católica, verdadera y sin equívocos». La Madre de Dios colmó el deseo de este hijo predilecto, que murió sin haber nunca celebrado la misa nueva para permanecer fiel al Supremo Juez, a quien debía rendir cuentas de su sacerdocio.

Fuente: http://www.conciliovaticanosecondo.it/

domingo, 2 de febrero de 2014

NUNC DIMITTIS

Rembrandt, Simeón y el Niño Dios

Despachad ya, Señor, al siervo vuestro
y huélguese en la paz de su Maestro,

según vuestra palabra fidedigna
que asperjabais con mano tan benigna.

¿Qué mirarán los ojos, los absortos
de miraros? ¿Dónde hallarán confortos?

¿Qué otro esplendor verán, qué otra alegría
tan diáfana como la de este Día?

Día sin nube, día en que las arras
le concedisteis, y hasta las hondarras

sorbió de su venturo refrigerio
cual destilado a vuestro tierno imperio.

Día que es vuestro rostro y su decoro.
No demoréis, Señor, ese tesoro

al siervo éste que clama ya a las puertas
de vuestro Tribunal, y halla entreabiertas.

¡Oh luz de las naciones y alta gloria
de vuestro fiel rebaño, la victoria

dejadnos contemplar de vuestro Verbo!
¡Y dispensad, Señor,
por vuestro honor,
de aqueste largo andar a vuestro siervo!



Fray Benjamín de la Segunda Venida



martes, 28 de enero de 2014

HABLA EL TIRANO, FRANCISCO CONCEDE

En el vídeo consignado a continuación, tomado de un discurso pronunciado por Obama hace cinco años, estremece constatar la vigencia de la más cruda doctrina laicista, de separación neta entre el Estado y la religión, con la inevitable y consiguiente elevación de la vida civil a una instancia absoluta, autorreferencial, hierática. No podría ser de otro modo, ni son novedosas las premisas. Lo que salta a la vista es el tono casi conminatorio con el que se expresan estas cosas, como anticipando a quienes entienden fundar las realidades terrenas en un principio trascendente, que no tendrán lugar en el consorcio de los hombres.





Consta, entre otros roznidos que no ahorran sarcasmos y difamaciones gratuitas para con la religión y los "peligros del sectarismo" de ella supuestamente dimanados, que
la democracia demanda que los que se hallan religiosamente motivados traduzcan sus preocupaciones en valores universales más que en valores religiosos específicos (...) Se requiere que sus propuestas sean sujeto de argumentaciones y susceptibles al razonamiento
afirmando esa tan engañosa como ajada oposición entre fe y razón, e identificando fe con fideísmo. Ésta fue, en opinión de muchos eminentes maestros -entre los cuales Pieper- la enfermedad que, en el otoño medieval, impulsó la antítesis creciente entre el poder espiritual y el temporal, proyectándose luego -y extenuando sus consignas- en la época moderna.

Dice luego, y nótense el cinismo y la paradoja, que
en una sociedad plural no tenemos elección
y, una vez entendida la vida política como un «arte de lo posible» sujeto a múltiples compromisos, arguye por contraste que
en un nivel fundamental, la religión no permite el compromiso, es el arte de lo imposible.
Finalmente, y con el afán de exponer con franqueza la inspiración más crudamente empirista de su programa, concluye (en palabras que admiten significados acaso por él mismo insospechados) que
nosotros no escuchamos lo que Abraham escucha, no vemos lo que Abraham ve. Entonces lo menos que podemos hacer es actuar conforme a las cosas que todos podemos ver y todos podemos escuchar.
Éste es el mismo sujeto que, encarnando la más alta potestad política de este zarandeado mundo, no dejó de expresar sus parabienes tras la elección de Bergoglio al papado, e hizo recientemente público su deseo -bien pronto concedido- de obtener una audiencia con el pontífice, tal como lo comentamos en una entrada anterior. Pontífice que no habla tan claro, que no apura definiciones tan inequívocas, pero que fluctúa en dudas y semidicciones que no hacen sino fortalecer el más enconado discurso laicista, cediéndole gustoso la preeminencia. Recordamos a este respecto aquella entrevista en la que, un poco al modo de los saduceos que tentaron al Señor con el problema de la mujer casada sucesivamente con siete hermanos, Francisco trajo a cuento a aquella mujer «que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto», y que «se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana», rematando el argumento con la hiriente y nunca resuelta pregunta: «¿qué hace el confesor?». Así otra multitud de veces, en las que el Romano Obispo parece encarecer las vacilaciones al par que desacredita todas las certezas, según locuela ya por todos conocida. Bien hizo Antonio Socci en recordar el pasaje de un sermón del Aquinate, en el que éste afirma que «son éstos los falsos profetas, o falsos doctores, pues proponer una duda y no resolverla equivale a concederla» (sermón Attendite a falsis prophetis).

En la conspiración común de las dos espadas al servicio de la Verdad se cifra la gloria de los siglos medios. En las desavenencias crecientes entre ambas se desenvuelve la declinante modernidad. De la nueva reunión de entrambas, pero esta vez al amparo de un principio secularista, ¿qué otra cosa podrá resultar sino lo que entrevió cierta vez un santo varón, en Patmos?

Dos sonrisas, ¿una única mueca para la historia,
en brusca precipitación?

viernes, 24 de enero de 2014

EL ENSUEÑO ECUMÉNICO ENGENDRA MONSTRUOS

Ni el más audaz soñador entre los griegos de la antigüedad hubiera imaginado que su propia lengua iba a servir de soporte idiomático para darles el nombre a insospechables hallazgos de la ciencia y la técnica tan remotamente futuros, como ser la ecología y el teléfono. Otro de tantos términos de acuñación reciente sobre moldes griegos -un siglo de existencia, poco más o menos-, y ya tan necesario de aclaraciones por la bi- y aun trifurcación semántica y el consiguiente descalabro del concepto, es el de ecumenismo. 

En la oikouméne o «tierra poblada» del helenismo subyace inconfundible la idea de «humanidad», es decir, de una unidad superior a la de la nación, por la que venía a admitirse la esencial identidad de todos los hombres en una única especie. La ecúmene es la tierra habitada por los hombres, el ámbito en el que estos desarrollan su actividad y su cultura. Asumido el concepto -con sus exigencias éticas intrínsecas- por la Roma imperial, y luego por la Roma cristiana, éste constituirá la evidencia en la que se fundarán el derecho de gentes y el derecho natural, sea que se considere a ambos como a una única o a una múltiple razón.

Apenas un siglo después de la ruptura protestante, el problema de la reductio ad unum de aquellos jirones sueltos de lo que había sido el orbe cristiano ocupó bastante pronto la mente de diversos pensadores, entre los cuales Leibniz, que propiciaba la distinción entre lo que él llamaba creencias (necesarias de suyo) y opiniones (no necesarias), a los fines de alcanzar un presunto mínimo denominador común de las distintas confesiones cristianas. Matematicismo irreductible a la razón teológica, a una Iglesia todavía consciente de que "ni una tilde" de la Ley (del dogma) podía omitirse no se la iba a convencer con tales recaudos. Pero el término «ecumenismo» como alusivo a la reintegración de las diversas confesiones cristianas en una unidad es mucho más reciente.

Ya se vio precisado el Santo Oficio, en su notoria Instrucción del 1949, a recordar -pululantes ya los desvaríos ecuménicos- que es la Iglesia católica «la que posee la plenitud de Cristo», por lo que la unión de las distintas denominaciones cristianas sólo es hacedera por el retorno (per reditum) de los que permanecen fuera del redil de Pedro. Pío XI, en la Mortalium animos, había señalado con claridad que las tentativas de los pancristianos «no pueden, de ninguna manera, obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio», error que lleva -en palabras del pontífice- al indiferentismo y aun al ateísmo.

Cardenal O'Malley, recibiendo la bendición de la pastora
Sabemos cuánto mudaron estas consideraciones con el Concilio Vaticano II, que propuso algo así como la "conversión común" de las diferentes confesiones cristianas -incluida la Iglesia católica- al así llamado «Cristo total». La Unitatis redintegratio define así al "movimiento ecuménico” como al «conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones en ellos». Nada, al parecer, más alejado de aquello que san Agustín encomió como «la doctrina de la verdad en la cátedra de la unidad», dimanada ésta de aquella triple unidad evocada por san Pablo: «unus Dominus, una fides, unum baptisma (Ef. 4, 5)».

El furor ecuménico, como es fácil comprobar, no se detuvo en la unidad jamás consumada con los protestantes, que -al menos en sus versiones más bullangueras y telepastorales- siguen haciéndole sisa a la Iglesia, atrayendo a incautos de origen católico a sus filas. Ahora el abrazo ya alcanza a la casi totalidad de las formas de culto, incluido acaso el satanismo. Conste para comprobarlo una vez más el programa del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, que para la Semana de Oración por la Unidad 2014 a celebrarse en Canadá, ofrece un modelo de celebración ecuménica orando sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales «siguiendo la tradición de algunos de los pueblos indígenas de Canadá». Menos mal que se cuidan de observar que «habrá que saber de antemano la dirección de los puntos cardinales para orientar a la comunidad que celebra», para evitar ulteriores confusiones. Se propone también, en la teatralización de rigor, un «intercambio ecuménico de dones espirituales» simbolizables en especies, y «la utilización en las oraciones de intercesión de los “Ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio” de las Naciones Unidas». Huelgan comentarios.

Nada que ver este cristianismo pass-par-tout, con tufo a logia, con aquel que inspirara en 1909 las oraciones del converso del anglicanismo, padre Paul Wattson, quien concebía la unidad como el regreso al seno de la Iglesia romana. Basta cotejar día por día las oraciones de los Octavarios por la Unidad de estos últimos años con aquel compuesto por Wattson, en vigor hasta hace unas décadas, en el que se pedía sucesivamente: 1- por la conversión de todos aquellos que se encuentran en el error; 2- de los cismáticos; 3- de los luteranos y los protestantes de Europa; 4- de los anglicanos; 5- de los protestantes de América; 6- de los católicos ya no más practicantes; 7- de los hebreos; 8- de los islámicos y de todos los paganos. Y al término de la «coronilla para la Unidad», rezada sobre las cuentas del Rosario, y luego de invocar la asistencia de la Virgen, se le pedía al Señor «ut omnes errantes ad unitatem Ecclesiae revocare et infedeles universos ad Evangelii lumen perducere digneris». Amen.

La caricatura ecuménica


sábado, 18 de enero de 2014

UNA CONFLUENCIA MUY DE TEMER

De las relaciones entre el poder espiritual y el temporal, del recíproco intercambio entre las dos espadas resulta el proceso de la historia. Más que por los descubrimientos, más que por el comercio, el desenvolvimiento histórico se ve impulsado por el trato mutuo que se prodiguen el báculo y el cetro. Incluso en tiempos como los nuestros, de visible recusación de toda guarda y vela de la potestad espiritual sobre los asuntos terrenos, de pretendida separación de lo temporal y destinado para con lo eterno y destinante, puede ocurrir inesperadamente (y como confirmando ciertas leyes inherentes al juego de las dos potestades) que el poder político se recueste hacia el religioso, como solicitando su bendición.

Parece grabado en la misma naturaleza del hombre que el orden temporal, para afianzarse en su ideal y proyecciones, demande en algún momento el sello de legitimidad conferido por la autoridad religiosa. Y viceversa: para desempeñar su misión entre mortales, es comprensible que la religión requiera el auxilio, o al menos la garantía de libre actuación de parte de la potestad temporal. La Iglesia (contra ciertas vanas opiniones hoy en boga) no puede cumplir su misión en el absoluto despojo, y aun para ejercitar las obras de misericordia corporal con los pobres necesita tener algo que darles, incluida la belleza de sus templos. Sería tarea de las autoridades civiles, en un orden social cristiano, proveer a la Iglesia para tal fin; y en todo caso es decoro y cordura de la Iglesia, en una instancia histórica hostil, no lanzarse desesperadamente al vacío renunciando a su patrimonio, incluso el material.

Que ambos poderes se necesiten mutuamente y que de su concordia resulte el bien social no es ninguna novedad. Tampoco es desconocido que entre ambas puedan darse desacuerdos insalvables, y aun confusión de esferas específicas, como ocurrió en la historia toda vez que la autoridad seglar pretendió consagrar obispos o elegir al pontífice; o cuando los obispos, en los tiempos del feudalismo, se encontraron señores de vastas posesiones que debían celosamente administrar en desmedro de su cometido espiritual. Por eso Castellani sostenía que lo mejor era una concordia con un dejo de desconfianza recíproca, porque la concordia plena de los dos poderes tira fácilmente a su confusión.

Carlos el Grande, Rey de los francos
y Emperador de los romanos
Difícilmente pueda repetirse el caso de un Carlomagno, fundador de ese ideal semirrealizado del Sacro Imperio (si es que el verdadero fundador no fue el papa León III, aquel que le ciñó la corona imperial), que con tanta convicción tomó a su cargo la manutención de la Iglesia, proponiéndola como educadora de sus reinos. «Carlos extiende su solicitud a las necesidades materiales del clero, a su estado moral y a su apostolado. Colma de donativos a los obispados y a los monasterios y los pone bajo la protección de "procuradores" nombrados por él; hace obligatorio el diezmo en toda la extensión del Imperio. Cuida de no proponer a las diócesis sino hombres tan recomendables por la pureza de sus costumbres como por su abnegación; apoya en la fronteras la evangelización de los eslavos; excita, sobre todo, a los obispos para que mejoren la instrucción de los sacerdotes [...] Lo mismo que los merovingios intentaron calcar su administración de la administración romana, él quiso imitar, en lo posible, para la formación de los funcionarios del Estado, los métodos empleados por la Iglesia para la educación del clero. Su ideal fue, sin duda alguna, organizar el Imperio tomando por modelo a la Iglesia» (Henri Pirenne, Historia de Europa). No sin otros nombres dignos de realce entre ambos, y ya en otro contexto histórico y con muy otras urgencias, a Carlos Quinto le cupo el singular honor de ser también llamado «protector de la Iglesia» por los años de la angustiosa disgregación de la Cristiandad, asumiendo la ciclópea misión de sostener el vasto edificio social ya muy resquebrajado.

En toda la longura de aquellos lejanos siglos cundieron las deposiciones, excomuniones e interdictos de parte de la Suprema Autoridad Apostólica para con los reyes díscolos, como así también los avances sobre Roma de parte de éstos, a veces no deteniéndose hasta tomar prisionero al propio Papa y llegando -visiblemente contra todos los cánones- a elevar a un mamarracho al Trono petrino. El tenor de estas rispideces le cedió el paso hace ya mucho tiempo (a instancias de la práctica -aunque no siempre enunciada- «separación de la Iglesia y el Estado») a una especie de vecindad más o menos diplomática, más o menos tensa según los tiempos y las figuras que encarnan las respectivas potestades.

John Kerry, vicepresidente de USA, "católico" por el aborto,
y Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano,
musitándole algunas paroline
Los últimos papas, obligados por razón de su ministerio a conceder innúmeras audiencias o concretando cuantiosos viajes apostólicos, debieron tratar en persona con no pocos jefes de Estado. Pero no recordamos que un presidente de la mayor potencia militar del mundo, nación de cuño protestante y hoy cabeza de la laicización más compulsiva (con injerencia en los asuntos internos de terceros países), haya anunciado tan clamorosamente a los medios, por propia y unilateral cuenta, su próxima reunión con el Papa, como lo hizo recientemente Obama, que ya había voceado su beneplácito al conocerse hace diez meses la elección de Bergoglio al solio petrino, y que incluso llegó a citar un pasaje de la Evangelii gaudium en una de sus arengas. Esto de la proyectada reunión resulta de la tertulia mantenida hace unos días entre John Kerry, el segundo de Obama, y el flamante cardenal Pietro Parolin, que dieron a conocer el propósito a dúo y al unísono. Algunos medios osan fechar la anunciada cumbre en marzo; otros abundan en que Obama «desea intensamente encontrarse con el Papa Francisco en un futuro próximo»; otros, en fin, alegan que es el propio Sumo Pontífice quien «está esperando la visita de Obama y el presidente también está a la expectativa de llegar aquí a encontrarse con él [...] Existe el interés común de luchar juntos en contra de la pobreza extrema a nivel global».

Tanta insistencia y corneta llama la atención, más cuando ocurre contemporáneamente a la comparecencia de un representante de la Santa Sede ante la ONU para dar cuenta de los casos de pederastia que enlodaron a la Iglesia, citación que bien ha sido señalada como "sin precedente histórico": nunca la Sociedad Espiritual había tenido que rendir cuentas ante un tribunal profano acerca de delitos -sin dudas con repercusión en la esfera civil- cometidos por miembros de la Jerarquía. Precisamente en Estados Unidos es donde la Iglesia viene afrontando juicios devastadores, con venta de multitud de inmuebles de propiedad eclesiástica para afrontar los gastos indemnizatorios. Está visto que estas turbiedades eclesiásticas -en las que el mundo sabe cebarse para desprestigiar a la Iglesia y exigirle toda suerte de "cambios"- no bastaron a acallar el beneplácito del mulato presidente para con el Sumo Pontífice.

También consta, por estos días, el aterrizaje vaticano de un vasto número de consultorías entre las más caras del mundo para ocuparse en distintas áreas -de preferencia en la comunicación, según ha sido prioridad notoria de Bergoglio desde sus días en Buenos Aires, contra toda erogación en pos del superfluo esplendor del culto. «A pesar de la tan decantada transparencia nada se filtra sobre el coste que implica este recurso a operadores externos, coste que se presume ingente», y que echa por tierra la declamada "Iglesia pobre de los pobres" para convertirla, por un audaz golpe de mano, en un «país de Jauja de las más prestigiosas y costosas fábricas de sistemas organizativos y financieros en el mundo», según da profusa cuenta Sandro Magister. Es demasiado evidente la danza de moscas de la más alta política y las finanzas en torno al Cupolone de San Pedro. ¿Las habrá atraído aquel célebre rayo?

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En conclusión: habiendo todavía quienes sostienen que las payasadas y condescendencias del Papa con el mundo no responden sino a una astuta y jesuítica campaña para sacar a la Iglesia de la encerrona en que la tienen, habría que preguntarse acerca de la legitimidad de una tal táctica que obliga a renunciar al anuncio de la verdad, con la consecuente perdición de tantísimas almas. Ni siquiera hay garantías ciertas de que esta presunta estrategia reportaría un fin de las hostilidades de parte del mundo, si esto fuera todo lo que importa. Eripe me de manibus inimicorum meum!, clamaba el salmista (Ps. 31, 15). Pero no consta que éste haya admitido, para librarse de sus enemigos, siquiera la posibilidad de unas tales maniobras distractivas aprendidas en la cátedra del camaleón.

Otros deslizan la presunción de que Francisco no está muy en su cabales, lo que es hacerlo inimputable (por enajenación, o poco menos) de sus dichos, hechos y decisiones. ¿Cabrá colegir entonces aquello de que quem Deus vult perdere, prius dementat? Sería éste el destino más indecoroso para la Iglesia conciliar, con sabor a ordalía: una precoz demencia senil de la misma, a sólo cincuenta años de la apertura del Concilio, con la consiguiente reducción a cero de todo su aparato visible y su absorción por el mundo, siempre ávido de tales botines.

Otros (y entre ellos nos contamos, sin rechazar absolutamente las dos primeras diagnosis, que bien pueden subordinarse e integrarse a esta tercera) ven con preocupación esta indecorosa entente con un franco y frontal enemigo de Cristo, impulsor entusiasta de los "matrimonios" homosexuales y del aborto, como lo que parece a primera vista: una alianza maldita encaminada acaso a cerrar la historia, ya que portae inferi non praevalebunt.

¿Qué armonía cabe entre Cristo y Belial? Apremiado, si no por convicción (Bergoglio no es hombre de convicciones, sino de conveniencias), al menos por la terrible presión contraria (y los juicios penales son un eficacísimo instrumento para ahogar económicamente a la Iglesia, es decir, para impedir su subsistencia en el mundo), el Papa estaría concertando un embargo con los poderes públicos, incluyendo entre las concesiones del caso -a trueque de una supervivencia que es, bien vistas las cosas, una necrosis aguda- la tutela moral que cumple a la Iglesia ejercer sobre el conjunto de los hombres. E incluyendo acaso (¡y Dios no lo permita!) alguna forma bien turbia de colusión con el poder político-financiero, que suponga una especie de «consagración imperial» de nueva traza. Estaríamos entonces leyendo el capítulo 13 del Apocalipsis en los mismos hechos.


Esto no pretende ser un pronóstico: apenas la alusión a algo que podría estar a la vuelta de la esquina. Si incluso en los mucho más honrosos tiempos de la Cristiandad, cuando nadie objetaba la autoridad docente de la Iglesia, no pudo evitarse el peligro de una ilegítima sujeción del Papado al Imperio (hubo reyes que le reclamaron con violencia al Papa la consagración imperial; y no faltó, bajo la dinastía otónida, una «declaración» en virtud de la cual el Romano Pontífice no podía ser consagrado antes de haber jurado fidelidad al Emperador, y cuando se intentó poner coto a la intromisión de los príncipes en el nombramiento de los prelados estalló la «querella de las investiduras»), pues cuánto más ahora, visto el sospechoso homenaje que Francisco recibe desde la entraña misma del poder mundial anticristiano, y vista la aprobación y estímulo que éste a su vez obtiene de la boca de aquél, en recíproca adulación, cuánto más no sean de esperarse los hechos esjatológicos, y más ahora que todos duermen...

La soberbia, de suyo ciega, sabrá elegir infaliblemente a los actores de este drama último. Hasta que venga el Vencedor, glorioso, entre las nubes.


jueves, 16 de enero de 2014

ACERCA DEL INSULTO COMO DOCENCIA

Notable cambio de ruta iba a denotar, para la Iglesia, aquel discurso inaugural del Concilio Vaticano II en el que Juan XXIII, recordando la severidad con la que el magisterio hubo siempre condenado los errores, propuso para «nuestro tiempo [...] usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad». La increíble razón de este viraje la expuso el propio Papa a continuación: «no es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que [se] precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos».

La experiencia posterior dio acabada cuenta de cuán prestos se hallan los hombres para condenar por sí solos el error. La Iglesia infestada, que no ya el mundo, señala el tenor de la clarividencia de este Papa, próximo a ser elevado a los altares. Pero el objeto de esta nota no es quitar las motas del ojo de Roncalli sino, comprobada la solícita aplicación del programa expuesto por aquél en todo el magisterio posterior -que conoce menos de anatemas que un bacalao las altas cumbres-, constatar, bajo Francisco, un tan inopinado como nervioso "retorno al viejo estilo". Entiéndase: no es que Bergoglio se muestre dispuesto a repetir, con Gregorio XVI, ni la menor acusación contra «aquel falaz sistema de filosofía, ciertamente reprobable, no ha mucho introducido, en el que por temerario y desenfrenado afán de novedades, no se busca la verdad donde ciertamente se halla, y desdeñadas las santas y apostólicas tradiciones, se adoptan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia...» (Enc. Singulari nos, DZ 1617), ni a embestir con León XIII a la masonería, previniendo a los fieles contra la apariencia de honestidad de algunos de los adscritos a la misma: «puede, en efecto, parecer a algunos, que nada exigen los masones que sea contrario abiertamente a la santidad de la religión y de las costumbres; mas como la razón y causa toda de la secta está en el vicio y la infamia, justo es que no sea lícito unirse con ellos» (Enc. Humanum genus, DZ 1859). Ni el objeto de los ataques del Neopapa es afín al usitado, ni el lenguaje que emplea se parece en nada al de los Papas de antaño. Pero con Bergoglio, cosa perimida desde el advenimiento del «Papa bueno», vuelve la artillería oral por sus fueros.

Así lo demuestra, por si nuestros oídos no se hubieran aún percatado, la jocosa iniciativa de un inglés que hace honor al sense of homour de los de su raza. No bien comenzado el último Adviento, adelantó la salida para Navidad de un «Pequeño libro de los insultos del Papa Francisco» al costo de 6,99 libras esterlinas, pero con la posibilidad de obtener un 20% de descuento si se osara apostrofar al cajero de la librería con alguno de los insultos consignados abajo:

¡Vieja camarera!
¡Promotor de coprofagia!
¡Especialista del Logos!
¡Contador de Rosarios!
¡Funcionario!
¡Ensimismado, prometeico y neo-pelagiano!
¡Restauracionista!
¡Pelagiano!
¡Don y doña Quejido!
¡Triunfalista!
¡Cristiano líquido!
¡Momia de museo!
¡Príncipe renacentista!
¡Obispo de aeropuerto!
¡Ideólogo del Logos!
¡Cortesano leproso!
¡Ideólogo!
¡Cara larga, lúgubre cristiano de funeral!
¡Gnóstico!
¡Obispo carrerista!
¡Amargado!
¡Simulador!
¡Obsesivo de la liturgia!
¡Decidor de oraciones!
¡Autoritario!
¡Elitista!
¡Pesimista quejumbroso y desilusionado!
¡Cristiano triste!
¡Niños! ¡Temerosos de bailar! ¡Llorones! ¡Temerosos de todo!
¡Requeridor de certezas en todo!
¡Cristiano cerrado, triste, atrapado, no un cristiano libre!
¡Cristiano pagano!
¡Pequeño monstruo!
¡Cristiano derrotado!
¡Recitador del Credo, cristiano papagayo!
¡Cristiano de fe aguada, débil de esperanza!
¡Golpeador inquisitorial!
¡Seminaristas que aprietan los dientes y aguardan terminar, observan reglas y sonríen, revelando la hipocresía del clericalismo -uno de los peores males!
¡Ideólogo abstracto!
¡Fundamentalista!
¡Adorador de sacerdotes, zalamero!
¡Devoto del dios Narciso!
¡Cura vanidoso como mariposa!
¡Cura chanchullero!
¡Cura magnate!
¡Religioso que tiene un corazón ácido como el vinagre!
¡Patrocinador del veneno de la inmanencia! 


Por supuesto que hay muchos más, que extenderían la lista fatigosamente. Importa advertir, con el compilador, que este volumen no debe ser confundido con «El pequeño libro de los indultos del Papa Francisco», a editarse en el curso del corriente año, primero en Alemania y luego en el resto de Europa.