viernes, 18 de abril de 2014

A LA SANTA FAZ

...y así con la palabra prisionera,
como la carne a vuestra cruz asida
Rafael Sánchez Mazas





Como los rasgos de la perdurable
imagen en el suave lino inscrita,
en mí, Señor, grabad vuestra bendita
lesión, o con el cuño o con el sable.

Como a vuestro sudario venerable,
dadme a vestir la línea sobrescrita,
y sea redoma de vuestra visita
el alma toda, y toda os mire y hable.

Haced de mi palabra prisionera
y de mi pensamiento puro signo
de vuestra semejanza verdadera,

y de vuestro semblante hacedme digno
el día, el ocio y la fatiga, y muera
ceñido el vuestro hábito benigno.


Fray Benjamín de la Segunda Venida


domingo, 13 de abril de 2014

EL MANÍPULO CONTRA LA ACEDIA DE LA IGLESIA

por Alessandro Gnocchi
(traducción del italiano por F.I.)


Ningún gran hombre, decía Hegel, le escapa a la censura del camarero que gobierna sus recámaras. Del mismo modo, las revoluciones y sus traumas reformadores no se sustraen al juicio del ropavejero que frecuenta la trastienda donde reposan los restos del tiempo que pasó y del orden trastornado. Por cuanto se lo esconda, hay siempre un lugar en el que el individuo de excepción y el acontecimiento trascendental se ven obligados a mostrar su naturaleza más íntima, aunque más no sea algún detalle.

La reforma litúrgica operada en la Iglesia Católica al final de los años sesenta no escapa a la guillotina hegeliana. Incluso ese gran salto hacia el mundo, que se puede considerar revolución -a juzgar por la orientación del orar, invertido respecto del pasado-, tiene su trastienda reveladora. Basta ir a las casas parroquiales, conventos y sacristías en busca de antiguas vestimentas rituales para contar con la prueba. Con un poco de paciencia y bastante disposición a la humildad, en este tour de la memoria litúrgica se encuentra siempre un sacerdote, una monja, con mayor frecuencia un viejo sacristán, que descubren casullas, dalmáticas, tunicelas, sobrepellices y bonetes, suspirando por el  tiempo en que la misa era de veras la misa. Pero incluso ellos, salvo raras excepciones, no están en condiciones de recuperar el manípulo, esa tela delgada semejante a una pequeña estola que el celebrante lleva sobre el brazo izquierdo.


Por oscuros designios, parece casi como si se hubiera querido borrar la memoria de este paramento cuyo origen se remonta a la mappula, el pañuelo de lino que la nobleza romana llevaba en el brazo izquierdo, usado para limpiar sudor y lágrimas y para dar la señal de comienzo de los combates en el Circo. Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris; ut cum exsultatione recipiam mercedem laboris, recita el sacerdote mientras se lo pone durante la vestición. «Oh Señor, que yo merezca llevar el manípulo del llanto y del dolor, a fin de recibir con alegría la recompensa de mi trabajo»: y entonces, una vez más, comienza la batalla contra el mundo y su príncipe, en la que el sacerdote místicamente suda, llora, se desangra y lucha hasta la cruz como alter Christus. Aprovecha pues la dolorosa y varonil compenetración con el sacrificio, de la que el sutil manípulo es signo e instrumento. Allí donde, en cambio, se ha perdido voluntariamente la memoria para abocarse al banquete festivo de una salvación carente de fatigas no hay lugar para los signos de la batalla a la que se le debe confiar el propio cuerpo.

La agonía del padre Pío y de su carne estigmatizada, los éxtasis de san Felipe Neri hundiendo sus dientes en el cáliz para beberse ávidamente a todo su Señor, las visiones de san Juan Crisóstomo, que asistía al descenso del rayo sobre el altar, y aun todas las misas, incluso aquellas del más indigno de los sacerdotes que tuviese siquiera un poco de fe en el milagro de la transustanciación, han sido siempre, a un tiempo, el corazón y el fruto de la batalla contra el príncipe de este mundo. Impone, Domine, cápiti meo gáleam salutis, ad expúgnandos diabólicos in cursus. «Pon, oh Señor, en mi cabeza el yelmo de la salvación, para vencer los asaltos del demonio» reza el sacerdote cuando, preparándose para la celebración, viste el amito, otra prenda que recuerda la batalla y el sacrificio caídos en desuso en la misa reformada. Hoy, en la Iglesia post-conciliar, se  prefiere hablar por hablar, dialogar por dialogar, conversar amigablemente con el mundo embriagados por un ilusorio poder de seducción de la cháchara. Ya no sirve una prenda como el amito que, además del casco del guerrero, simboliza también la castigatio vocis y expulsa del acto de religión toda palabra que no sea ritual y que es, por eso mismo, inexorablemente excesiva. Se ha perdido la actitud ritual y, por ello, se ha perdido la capacidad de mando, y por eso los sacerdotes han abandonado la sotana. «Cuando los hombres quieren aparecer sin falta solemnes», escribe Gilbert Keith Chesterton en Lo que hay de malo en el mundo, comentando la estupidez de las mujeres que prefieren los pantalones, «como en el caso de los jueces, sacerdotes y reyes, entonces usan la falda, el largo y ondulante traje de la dignidad femenina. El mundo entero se halla gobernado por las faldas, ya que incluso los hombres las usan cuando quieren gobernar».

La idea del mando y de la batalla, de las armas y de la armadura del espíritu, han sido abandonadas por cristianos que gustan hacerse acunar por la apatía, el más perverso de los pecados capitales. Esa trampa mortal que los antiguos padres llamaban akedia o acedia se ha transmitido de creyente en creyente hasta infestar el cuerpo de la Iglesia. Esto ha dado como resultado un mal del ser, una herejía de la forma que preludia los más variados errores -y aun contrarios entre sí-, como una suma mueca contra el viril y bélico principio de no contradicción. Enferma de acedia, la Iglesia ha terminado por concebirse y presentarse como problema en vez de como solución a la íntima afección del hombre. Incluso cuando habla del mundo revela la conciencia de su propia ineficacia para indicar un camino de salvación, casi como si se excusara por haberlo intentado durante tantos siglos. Primero duda de sus propios fundamentos intelectuales y ascéticos y, al tiempo que proclama estar abriéndose al siglo, se declara incapaz de conocerlo, de definirlo y, por lo tanto, de educarlo y convertirlo. A lo sumo, se encuentra disponible para interpretarlo.

«La acedia», escribe san Juan Clímaco en la Escalera del Paraíso (y parece describir a la Iglesia de estas últimas décadas, y no al monje postrado ante el peso de la religión), «es abatimiento del alma, debilitamiento de la mente, negligencia de la ascesis, odio de la profesión; es considerar dichosos a los que viven en el mundo, es tan calumniadora de Dios como carente de compasión y amor por los hombres. Es atonía en la salmodia, debilidad en la oración». Luego, como verdadero hombre de Dios, y por lo tanto conocedor del ser humano, el antiguo padre muestra qué efectos efímeros y traidores produce la acedia, enfermedad tan insidiosa que llega a presentarse como remedio ilusorio de sí misma. Es «férrea en el servicio, activa en el trabajo, manual, dispuesta a la obediencia (...) La acogida de los huéspedes es una sugerencia de la acedia, y ésta insta a cumplir trabajos manuales para hacer limosnas, invita calurosamente a visitar a los enfermos, recordando a Aquel que dice: 'estuve enfermo y me visitasteis'; impele a acudir a los que están desanimados y débiles de ánimo diciendo consolar a los débiles de ánimo, del mismo modo que ella es de ánimo débil. Mientras estamos en la oración nos trae a la mente tareas urgentes y obra toda artimaña para quitarnos de allí con una razón de peso, como un cabestro, justamente ella que es irracional».

Aquello que en el siglo VII era una advertencia para los miembros singulares, ahora se aplica a todo el cuerpo eclesial, presa de aquella enfermedad de hacer, un poco tango y corazón [en castellano en el original], inspirado en el movimientismo mediático y en el minimalismo del actual pontificado. Pero no es haciéndose similar al mundo y desposando su lenguaje como se lo atrae; no es ensalzando el gesto y la palabra cuyo rito es "castigatio" como se gana al siglo: porque el mundo padece, ante todo, horror de sí mismo, y no es secularizándose como el cristiano lo conquista. «Ve», dice Moisés el Fuerte, otro padre del desierto, al monje apático, «entra a tu celda y siéntate, y tu celda te lo enseñará todo». Y en el ensayo sobre Los sentidos sobrenaturales Cristina Campo escribe: «no impunemente se practica la torva homeopatía que recomienda curar a un mundo gravemente enfermo de miseria, anonimato, profanidad y licencia por medio de miseria, anonimato, profanidad y licencia». Y de nuevo: «esperar a que la regeneración de lo profano, la "consagración del mundo" pueda tener lugar fuera de las regiones vertiginosas, en las vetas del Sinaí, es infantil. Comer una comida simbólica entre amigos, donde y como la imaginación lo dicte, en memoria de un filántropo de la antigüedad es, a la vez, la putrefacción de lo sagrado y la pérdida de lo profano (...) Heschel nos recuerda que si dejamos de llamar a Dios en nuestros altares, los ocuparán ineluctablemente los demonios».

Sin embargo el altar, la gran prueba ante la que es convocado el hombre en el acto de la religión, está íntimamente ligado al dogma, la gran prueba a la que el hombre está llamado en el acto de la inteligencia. Si uno falla, el otro también se cae, activando un círculo que se autoalimenta perversamente. El benedictino Dom Prosper Guéranger escribía en sus Institutions liturgiques: «vino finalmente Lutero, quien no dijo nada que que sus predecesores no hubieran dicho antes que él, pero pretendió liberar al hombre, a un mismo tiempo, de la esclavitud del pensamiento respecto del poder docente y de la esclavitud del cuerpo respecto del poder litúrgico».

El vicio del la acedia, que hechiza al pueblo de Dios haciéndole perder la frontera entre la ortodoxia y la herejía, tiene sus raíces en el drama religioso del agustino alemán, traducido en agresión a la liturgia y a la razón, al altar y al dogma, a la lex orandi y a la lex credendi. Nada extraño, si se tiene en cuenta que el hombre es un ser racional porque es un ser litúrgico y tiene como fin último la adoración: como no puede eliminar el rito de su horizonte y, por tanto, debe limitarse a distraerlo de su legítimo objeto y pervertirlo, de la misma manera se relaciona con la razón, y cuando no la santifica la prostituye. Los ataques contra el Cuerpo Místico de Cristo siempre pasan por la demolición de la liturgia: el genio herético de Arrio se transmitió gracias a himnos religiosos, y el genio ortodoxo de san Ambrosio lo venció gracias a otros himnos religiosos.

Connaturales a la esencia litúrgica y racional del hombre, el altar y el dogma son la prueba por la cual medir la salvación que una criatura no puede darse a sí misma: piden un supremo acto de confianza ya que velan aquello que todo ser humano querría que fuese evidente. Este velamen, tenido por odioso por el hombre moderno, es fruto de la incapacidad de captar lo esencial de parte de quien ha perdido el estado de Gracia. Por sí solo el hombre ya no es capaz de percibir el sentido último de las cosas, y por esta razón la liturgia, mientras no se rindió a los encantos de la Ilustración, lo ha siempre ayudado revistiendo a la materia con significados ulteriores. A través de los tapices colocados en el umbral entre lo finito y lo infinito, el acto de adoración conduce a la inteligencia a intuir, al menos, la bella razonabilidad del dogma. Entonces el velo se convierte en el signo visible de la gracia y de una santidad invisible a los ojos del hombre, muestra la esencia íntima de las cosas.

Pero es menester la fe, como dice Santo Tomás en su sublime himno eucarístico Adoro te devote: Vista, tacto, gustus, in te fállitur,/ Sed audítu solo tuto créditur:/ Credo quidquid díxit Dei Fílius;/ Nil hoc verbo veritátis vérius. "La vista, el tacto, el gusto, en Ti se engañan/ Pero sólo con el oído se cree con seguridad:/ Creo todo lo que dijo el Hijo de Dios,/ nada es más verdadero que esta palabra de verdad ". Sólo en estas regiones tan enrarecidas, y sin embargo tan concretas que pueden ser tocadas, comidas, bebidas, es posible encontrar el punto de Arquímedes en el que reside la salvación: la Cruz, locura para el mundo, que considera al cristiano un loco destinado a vivir cabeza abajo. Y sin embargo, es precisamente así, como san Pedro en el instante supremo de su crucifixión con la cabeza vuelta hacia abajo, que el seguidor de la Cruz tiene como recompensa la visión maravillosa e infantil en la que el mundo aparece verdaderamente tal como es: con las estrellas a modo de flores y las nubes como colinas y todos los hombres suspendidos en el vacío a la merced de Dios.

Una tal visión produce una mirada que asusta tanto al mundo como para conquistarlo, sin siquiera una palabra ni un gesto mundanos. Es el brillo pintado con perfecta devoción en el San Francisco de Francisco de Zurbarán, en el que destacan dos ojos espiritualizados, uno penetrado por la luz y el otro inmerso en la sombra, que pertenecen a otro mundo y no ven otra cosa. Y cuando se posan en las cosas materiales lo hacen sólo para expresar la belleza velada e inasible a ojos profanos. La imagen del hombre de pie, con la cabeza tapada por la capucha, las manos ocultas en las mangas del hábito y la mirada en el cielo pintado por el pintor español no representa al santo vivo, sino a su cuerpo incorrupto después de la muerte, tal como fue encontrado en la cripta de Asís. Por lo general, el hallazgo de Francisco es representado como un episodio narrativo. Zurbarán, en cambio, muestra al santo erguido en un eterno instante litúrgico, modelado por la luz y la sombra, por la Gracia y por el velo. Sólo la cara, cuya mitad está inmersa en la sombra, aparece de carne, pero contribuye a testimoniar la manifestación corporal de alguien que regresa del mundo de los muertos en una epifanía privada de notas aterradoras, porque el alma está llena de serenidad sobrenatural y de bienaventuranza.

Incluso en la última capilla rural, donde el aroma del pobre incienso se mezcla con el de la cera rancia, la entrada del sacerdote listo para la celebración del sacrificio tiene la misma raíz sagrada percibida por el visionario español, hecha de lo divino que irrumpe en el tiempo. Introibo ad altáre Dei. Ad Deum qui laetificat juventútem meam, y mientras se acerca al altar de Dios, al Dios que alegra su juventud, el sacerdote, aunque no pueda  revestirse de la gloria pintada por Zurbarán, habla a cada criatura del universo velándose con los signos que llevan los vestigios de la gloria. Y se hace de veras felizmente joven, sea un indigno pecador, como lo cuenta Graham Greene en El poder y la gloria, o sea mártir, según lo cuenta Robert Hugh Benson en Con qué autoridad.

«Uno de los criados, notando, notando que no tenía la fuerza como para vestirse por su cuenta los ornamentos sacerdotales» narra Benson, describiendo la misa de un sacerdote torturado por los verdugos anglicanos, «le puso alrededor del cuello el amito; luego le puso el alba, recogiéndolo alrededor de los flancos con el cíngulo; le dio la estola para que la besase, le adaptó el manípulo al brazo izquierdo y, finalmente, lo cubrió con la casulla roja, y el sacerdote estaba de nuevo, al igual que el domingo anterior, con vestiduras rojas; pero, ¡ay, qué cambiado! Entonces el siervo se arrodilló junto a él y el sacerdote comenzó a recitar las oraciones que se utilizan como preparación al acto más grande de la religión; acercándose luego al altar, se inclinó lentamente, lo besó y se dio comienzo a la misa».


jueves, 10 de abril de 2014

¿SÍNODO O TIFÓN?

Desde el día de su convocatoria, hace ya unos meses, el próximo Sínodo Extraordinario sobre la Familia viene señalando un horizonte borrascoso. La encuesta preparatoria a las diversas diócesis del mundo sobre asuntos que, en muchos casos, no tienen nada de opinable, parece más una estratagema para modelar la moral evangélica sobre el consenso de época que otra cualquier cosa más santa. Se ventiló, mientras tanto, el contenido de cierta introducción leída por el cardenal Kasper en el consistorio del pasado febrero, texto alabado públicamente por Bergoglio, en el que se pretendía "abrir puertas" a la readmisión de los divorciados (en nueva y no canónica unión) a la comunión eucarística.


Estando a lo que dice Sandro Magister en su lacónico pero resonante estilo, quien intervino ahora es Giovanni Cereti, autor de un libro titulado Divorcio, nuevas bodas y penitencia en la Iglesia primitiva, en el que se habría inspirado Kasper para su relación escrita. Refiriéndose a la Iglesia de los primeros siglos y al presunto uso que entonces se hiciera de un período más o menos prolongado de penitencia -luego de la ruptura matrimonial y formalización de nueva pareja- como remedio suficiente para ser readmitido al sacramento (tesis fundamental de su trabajo, destrozada recientemente por el alemán cardenal Brandmüller como «carente de pruebas»), Cereti tronó esta terrible advertencia: «me acompaña la esperanza de que ninguno de cuantos se oponen al giro pedido por el papa Francisco pase a una posición novaciana, negando el poder de la Iglesia de perdonar todos los pecados y arriesgando así el salir de la comunión eclesial».

Casi desde aquel célebre discurso de apertura del Vaticano II, en el que Juan XXIII precisó que «en nuestro tiempo... la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad», confiado, con inexplicable optimismo, en que los errores doctrinales «se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley» (juzguemos, entre paréntesis, la clarividencia de aquel papa por la mole de los hechos sucesivos que lo contradicen), casi desde entonces, decimos, que no se oye una tan solícita apelación al anatema y a la excomunión. Cincuenta años de blandura para con la peste de todas las pamplinas teológicas lograron el prodigio de que la doctrina común pasase a ser llamada "novacianismo", y la vara para castigar repose finalmente en manos heréticas.

No sabemos qué es lo que canonizarán próximamente en Juan Pablo II, pero ciertamente no aquello que fue su mejor legado: el magisterio de la Familiaris consortio, en el que el tema principal que hoy pretende debatirse había sido ya resuelto y definido; el de la Evangelium vitae, sobre cuestiones de bioética de las que hoy quieren hacer revisión para mejor conformarse a los dictámenes del siglo. Cuanto a aquel sofisma de Cereti, que pretende que el poder de la Iglesia de perdonar todos los pecados se extiende a la contumacia actual, a la bigamia o adulterio no enmendados, el propio papa polaco también fue lo suficientemente terminante en una alocución a la Rota Romana en el año 2000, recordando ser cosa enseñada como definitiva por el Magisterio que «la potestad del Romano Pontífice no se extiende a los matrimonios ratos y consumados».

Mons. Dagens, el obispo que quería
 ser agente inmobiliario 
En el entrevero pre-sinodal, como si no fuesen suficientes los sustos, asoma ahora también la estampa del galo monseñor Claude Dagens, quien el año pasado se destacó por haber estigmatizado como a "ultras" y "oscurantistas" a sus connacionales católicos que se manifestaron públicamente contra la aprobación del connubio sodomítico. Resulta que por estos días salió a decir, tomando dardos prestados por Francisco contra los defensores de la doctrina católica sobre matrimonio, divorcio y aborto, que «estamos en plena guerrilla ideológica y me rehúso a entrar. Como yo digo no a los discursos sociologizantes que reducen a la nada al cristianismo, rechazo la instrumentación ideológica de un catolicismo que ya no es más verdaderamente cristiano [...] Con aquellos que se encomiendan a un catolicismo duro, implacable, intransigente, nosotros no tenemos el mismo Dios».

Todo como para adelantar el clima de pulseada, de capitulación doctrinal y de fractura que envuelve al malhadado Sínodo ya desde antes de su celebración. Un Sínodo que, para decirlo con un pleonasmo un tanto urticante pero veraz, vino malparido de entrada.


martes, 8 de abril de 2014

ALGO MÁS SOBRE EL "EFECTO FRANCISCO"



A través de un cambio de facto en la disciplina de los sacramentos (con tensión creciente para obtener su confirmación de iure), la Iglesia, urgida a una difícil supervivencia entre las olas y hecha reversible como un suéter, se esmera con Francisco en re-semantizar su nota de «catolicidad», amagando asumir un universalismo informe, indeterminado. Inclusivo, como gustan decir. Casi como situada más allá del bien y del mal, o bien aplicando sin restricciones, en clave crudamente indiferentista, aquel motivo del Génesis: «vio [Dios] que todo era bueno». Todo, todo, a no ser por la terca persistencia del depositum y de sus memoriosos.

Mutación genética obrada a brusco golpe de timón, se diría el advenimiento del Reino Milenario de la fraternidad humana sin distinción de credos. Y si para participar del banquete eucarístico ya se admite a los pecadores públicos que viven en patente y permanente infracción contra el sexto mandamiento, también se concede el bautismo a niños adoptados por yuntas de invertidos, en un festival de abominaciones progresivas que deja en el más fumoso olvido no ya al recio «foris canes» del Apocalipsis (22, 15), sino incluso al más módico «cavete canem» de las villae romanas, que era en todo caso una apelación a la cautela, a no meter el pie en donde pudiese sufrirse mordedura. Traducido en cristiano: a evitar las ocasiones de pecar. La nueva Iglesia, por el contrario, profesa no tener ningún cuidado con las compañas, un tan bonachón como banal laissez-faire que acaba por ceder a los perros el pan de los hijos.

Pero es menester preguntarse, en esta fantasmagórica euforia común a prelados y a pervertidos, qué significa todo esto. Cómo es posible que aquellos que ayer nomás odiaban visceralmente a la Iglesia, que la hacían objeto de las más acerbas acusaciones -incluso de las acusaciones más infundadas y falaces, malintencionadas también, y desleales- hoy se sientan tan a su gusto entre cirios. Y será necesario advertir el drama psicológico latente en estos eternos y desdichados adversarios de la obra de Dios, cuya animadversión hacia la Iglesia se explica por el rechazo despechado de la excelencia, por no ser capaces de deponer su envilecedor orgullo, por trágicos malentendidos de los que no quieren verse libres. Ellos encarnan lo que Max Scheler llamó la «envidia existencial», fruto del resentimiento, cuyo íntimo balbuceo el alemán sintetiza así: «todo te lo puedo perdonar, pero no te puedo perdonar que tú existas y seas quien eres, que yo no sea lo que tú eres».

Una vez que estos enemigos vieron la posibilidad de abordar a la Iglesia sin coste alguno, sin renuncias de ningún tipo, simplemente porque la brecha se agrandó sin remedio y los centinelas que debían velar se echaron a dormir, entonces lo hicieron presurosamente, revelando la falsedad de su anterior desdén con la falsedad de su acogida. Como aquellos burgueses que, después del triunfo de la Revolución en 1789, corrieron a comprar o a fraguar títulos nobiliarios.

¡Que entren todos! Sí, pero no sin advertir a los convidados que deben llevar el vestido nupcial (Mt. 22, 11 ss.), sin el cual serán arrojados afuera («donde habrá llanto y crujir de dientes») sin remilgos.

Juanita o catanga (calosoma argentinensis)
De nosotros (época de los barbechos, a comienzos del otoño), cuando las huertas exhalan el feliz aroma de la albahaca todavía en pie o la floración tardía de los nísperos embalsama el aire con el suyo propio, cuando el heno recién segado aporta su delicia bienoliente y aun ciertas especies semi-silvestres, como el poleo, responden al roce del calcañar humano con su suave y agradable olor, entonces suele cundir la juanita o catanga, también conocida como "boticario", insecto que, al ser tocado, despide un repugnantísimo y penetrante hedor que haría olvidar todas las bondades previamente asumidas por el olfato. ¿A quién se le ocurriría asociar unas notas con las otras, tan irreductiblemente contrarias? ¿Quién le agrega una juanita a un ramo de rosas? Eso mismo es lo que se está haciendo en la Iglesia, aparejándole a la santidad que le es inherente (y al buen olor de las virtudes de sus santos: los que ya se cuentan en la Iglesia Triunfante y los que aún trajinan en la Militante) la pestilencia de los vicios que se ufanan de tales, cuyos cultores suponen (y aquí el fariseísmo de nuevo cuño, peor que el antiguo) que no necesitan convertirse. Por eso, cada vez que -empezando por el Papa- escuchamos a nuestros pastores pronunciar en sus sermones el dulcísimo Nombre de Jesús, tememos que puedan estar refiriéndose a cualquier cosa, menos al Redentor de los hombres. «Jesús», en sus labios, ha venido a adquirir una multivocidad tal que acaso no excluye ni siquiera la críptica alusión a la bragueta.

Si sólo midiéramos como un hecho histórico -y no ya como un sacrilegio consumado y continuo- esto que ocurre ante nuestra azorada vista, seguramente habría que tenerlo por más relevante que el descubrimiento de la pólvora, que la revolución industrial y la caída de las monarquías, y veríamos sus proyecciones próximas como capaces de augurar una única salida, y metahistórica. Y nos pondrían el honorable remoquete de "profetas de desventuras", contra todo aquello que el mundo, embriagado por el «efecto Francisco», concibe paradójicamente como "esperanza".

sábado, 5 de abril de 2014

ESO QUE LLAMAN "EFECTO FRANCISCO"

Como cuando los observadores de los fenómenos de orden físico creen descubrir la posible causa de algún evento recurrente (llámense, por ejemplo, los procesos degenerativos en poblaciones sometidas a radiactividad, o bien la llamada "lluvia ácida", o la peste en los cultivos, o la roña o la diarrea en el ganado), así ahora parecen haber descubierto los periodistas la común adscripción de unos cuantos hechos eruptivos de inequívoca constatación a un así llamado «efecto Francisco». Entre estos cuéntase el uso -por parte de obispos de no siempre probado pundonor, aunque sí virtuosos de la mímesis- de pectorales de hierro (incluso de hierro corroído por el óxido), cuando no de aleaciones más "berretas", según la jerga rioplatense. Estos sucesores de los apóstoles tienen en tanto su ministerio, que comisionan sus ornatos no al orfebre sino a la zinguería o al chatarrero.

Arqueologismo litúrgico feroz:
la recuperación del altar precristiano, y más: prehistórico
Pero aunque este menoscabo de los signos visibles de la dignidad ministerial -parejo a la degradación de cuanto toca al culto- haya alcanzado con este pontificado cotas aún inexploradas, debe decirse, en honor a la verdad, que el proceso declinante lleva largos años y aun décadas. Un ejemplo entre otros mil, repetido en cuanta diócesis se traiga a cuento, es la sustitución de los bellamente labrados altares de antaño por esos toscos bloques que parecen inspirados en los dólmenes neolíticos, pero que son en verdad el parto de la más fría producción industrial. Se trata de una forma remozada de aquel odio a la belleza que motivó en su momento a los iconoclastas, tolerada esta vez y aun impulsada por la Jerarquía, y ésta debe explicarse como el fruto de una patología espiritual afín a la aversión maniquea a todo cuanto implique a los sentidos. Parece bastante claro que el idealismo moderno y su primado hipertrófico de la conciencia forzaron esta deriva, culminante (porque mayor consecuencia que la de impregnar el magisterio pontificio no podría suponerse) en aquel dolorosamente noto «el tiempo es superior al espacio» de la Evangelii gaudium (n. 222). Si este bable desatinado merece entenderse en alguna clave, es según aquel ya rancio delirio cartesiano que opone y separa irreductiblemente la res cogitans (cuya coordenada es temporal) a la res extensa (espacial), separación que sólo la muerte hace posible (y transitoriamente, hasta la resurrección), y para la que cabría también aquella perícopa evangélica: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».

En esa forzada disyunción entre espíritu y materia (pecado de angelismo) resulta sencillamente removido el misterio de la Encarnación con todas sus implicancias, entre ellas el carácter visible de la Iglesia y, con más razón, el esplendor del culto y el valor del signo. La advertencia de la Escritura sobre este punto es terminante, y fácil de aplicar al desconstructivismo en amplio auge: «todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo» (I Jn 4,3).

Pero no queremos detenernos en este odioso pormenor, aunque se haya difundido al por mayor. Porque empiezan a cundir otras manifestaciones adscritas -según opinión de los observadores- al «efecto Francisco», y que resultan ya violentamente deletéreas. Es cierto que la desacralización en vigor reproduce, puertas adentro, al rabioso laicismo que avanzó en la sociedad civil en la última centuria y media, metido ya en la Iglesia con la complicidad de quienes debían velar. Ahora lo que sigue, sin apenas dar batalla y otra vez a remolque de la sociedad profana, es la embestida contra el orden natural en el mismísimo recinto sacro.

Fue muy clamoreado, y no podía ser de otra manera, el reciente bautizo de la hija adoptiva de una pareja de lesbianas en la catedral de Córdoba, Argentina (recomendamos las observaciones dadas aquí). No importó para el caso lo que aduce el derecho canónico, a saber: que para bautizar lícitamente a un niño se requiere, aparte del consentimiento de sus padres, «que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres» (868  § 1). Una Instrucción sobre el bautismo de los niños, emanada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en octubre de 1980, abunda en que, en caso de hallarse los sacerdotes «ante padres poco creyentes y practicantes ocasionales, o incluso ante padres no cristianos que, por motivos dignos de consideración, piden el bautismo para sus hijos (...), la Iglesia no puede acceder al deseo de esos padres, si antes ellos no aseguran que, una vez bautizado, el niño se podrá beneficiar de la educación católica, exigida por el sacramento; la Iglesia debe tener una fundada esperanza de que el bautismo dará sus frutos». Por colmo, y pasándose otra vez por los calzones la legislación eclesiástica, se le permitió ser la madrina a la mismísima Cristina Kirchner, ejemplo tal vez insuperable de mandataria anticristiana, cuando el ius canonicum pide expresamente que quien cumpla tan delicado oficio «sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir» (874 § 1). Al postre le faltó sólo la cereza de la confirmación ministrada en la misma instancia a ambas "madres", según varios medios se apresuraron a ventilar, obligando a la curia cordobesa a desmentir el rumor.

Spadaro y Bergoglio, dignos cachorros del padre Arrupe, s.j.
Todavía hay fieles que piden la cabeza del crápula arzobispo, apurándose a redactar una nota que elevarían a Francisco y suscrita por un número no desdeñable de gentes. Que la inocencia les valga. Pocos días antes del desaguisado, presentando un número de la revista geopolítica Limes dedicado a las «consecuencias de Francisco» (ver original italiano aquí), el padre Spadaro (el mismo jesuita director de Civiltà Cattolica a quien Bergoglio concedió dos luengas entrevistas llenas de afirmaciones provocativas, según su estilo compadrón) se permitía, a fuer de altavoz del pensamiento del Papa, señalar que para Bergoglio «el jesuita debe ser una persona de pensamiento incompleto, abierto», añadiendo que «el Papa tiene un horizonte, pero no un punto de llegada. Tiene el boceto de una experiencia espiritual vivida que se traduce en acción, no un proyecto con etapas claras y distintas. No entonces una visión a priori, sino una vivencia que hace referencia a tiempos, lugares, personas», en una visión «radicalmente anti-ideológica». Y habló del rechazo del Papa argentino a lo que éste llama la «lógica del miedo (...) una lógica que considera como de necesidad y de seguridad, ciertamente no fundada en la libertad que nos da el Espíritu».

Con un argot sinuoso, más apropiado al curador de una muestra de pintura contemporánea que no a un sacerdote que expone el pensamiento de un pontífice, Spadaro confirma lo ya sabido: Francisco rehúsa la certeza intelectual, haciendo de la fe -muy al modo de los modernistas- un impulso vital, un sentimiento en perenne fluctuación, sin un destino cierto, sin una aspiración concreta. Y estigmatiza a la fe de siempre con los soplamocos de rigor: apriorismo, ideología, lógica del miedo. Hay que creerlo: lo dice un intérprete cabal de sus pesadillas.

La "misericordina" del Papa, desgajada de la fe y envenenada con todas las novedades al uso, no hace sino remitir a aquel paso de la Segunda a Timoteo (3, 5): «hombres... que tendrán apariencia de piedad, pero que negarán aquello que constituye su eficacia». Nos lo confirma un solícito Spadaro: Francisco «está abriendo senderos, que no cierra», y lo hace «con el fin de agitar las aguas, de ofrecer la posibilidad de un debate, incluso -como está ocurriendo- con cardenales encolumnados en posiciones opuestas». El embotamiento, el infatuado afán de no perderle pisada al dialecticismo en boga, lo hace a Spadaro -y, por su intermedio, a Francisco- decir cosas cuya gravedad parece no medir, especialmente cuando se recuerda aquel aviso mariano de que, en hora horriblemente crítica para la Iglesia, se verán «obispos contra obispos y cardenales contra cardenales». Pero nos importa señalar una cínica y última afirmación, para corolario de toda esta nauseabunda monserga y remache de cuanto llevábamos dicho más arriba: «si no hubiese sido Francisco el Papa, no habría sido fácil bautizar a una niña nacida (sic) de una pareja de lesbianas».

Bergoglio-Periés: la fórmula presidencial para Gomorra
Ésta es, al día de hoy, la cifra y compendio del «efecto Francisco» contada por una fuente autorizada, si las hay. A mí, en lo personal, me bastó lo que me dijera unos meses atrás alguien muy cercano al padre Ignacio Periés, de quien tratáramos en anterior ocasión: «Ignacio empezó a ponderar públicamente la homosexualidad después de que volvió de su viaje a Roma. Antes era otro su discurso, y había tenido incluso polémicas con grupos homosexualistas». Sin disminuir la responsabilidad del execrable prete, cuyo ministerio no se ha visto estorbado por su público espaldarazo a la sodomía, lo dicho confirma el carácter del daño que, sin embozos, se ha venido a sembrar a título de «pensamiento abierto» y con el estereotipado pretexto de «abrir senderos». Babilonia era más virtuosa.


martes, 1 de abril de 2014

EL ÍDOLO Y LOS HOMBRES

Un fragmento del padre Castellani servirá para ilustrar la simetría, como de reflejo a la inversa, que suele haber entre quienes celebran, estólidos, una causa indigna, y aquellos que se contentan con atacarla por mera impulsión temperamental, como quien respondiera previsiblemente «¡negro!» cuando oye «¡blanco!», por puro automatismo. Es el peligro que cunde en la fantasmática sazón en que el Papa resulta homenajeado nada menos que por el mundo y convertido en sonriente pop-star: unos (los neocatólicos, que esperan de la Iglesia su sola promoción temporal, a quienes cabría muy genéricamente adscribir a congregaciones del tipo Opius Dei) aplauden como focas, poniéndose de grado en manos de los jíbaros; otros (los picados de "celo hipnótico", que no del auténtico) se contentan con rechiflar como patos siriríes (oír aquí) o simplemente, ajenos a la hondura del drama en curso, escupen como guanacos sobre la faz del pontífice reproducida en mil recodos

Castellani no debió presenciar, al escribir estas notas (que reproducimos con algunos recortes), ni los multitudinarios festivales de rock ni las no menos tumultuosas JMJ. La histeria de las masas apiñadas se hallaba en un punto bien inferior de su fatua efervescencia.

No se pretenda hallar en este cuadro una correspondencia detalle por detalle con las circunstancias actuales, ni todo lo que aparece debe tener necesariamente una proyección alegórica: mucho es lo que se ciñe a la sola y rica fantasía del autor. Está tomado del capítulo IV del «Cuaderno cuarto» de Los papeles de Benjamín Benavides, segunda edición (1967), y atribuido al mismo personaje por el propio autor («este cuento o lo que sea estaba entre los papeles del viejo en la sección del ANTICRISTO  bajo el título general de Los tres sueños de un apóstata»). Trata de las distintas respuestas que suscita un ídolo expuesto a la adoración de los ciudadanos, cuya fragilidad, sólo reconocible a una mirada atenta, remite a la estatua tetrametálica pero de pies de arcilla del sueño de Nabucodonosor (Daniel, cap 2). En relación con el ídolo en cuestión, y después de una atormentadora aversión inicial, el relator adopta un cinismo al modo de los pícaros de nuestra literatura, pero de una picaresca futurista, de impostación esjatológica. El de Tormes, don Pablos y el Viejo Vizcacha tratan de sobrevivir, a su reconocible modo, al totalitarismo aplastante de las postrimerías.

Es obvio que no obtenemos del «héroe» una lección de moral sino de astucia, ya que «los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Asístanos -en todo caso, y a trueque de la astucia- la inteligencia: si algo cuadra frente a la apostasía no es embestir ciegamente, como el toro, sino más bien aplicar las artes del torero.




EL ÍDOLO

por Leonardo Castellani


Todos besaron el suelo y se estremecieron -quiero decir, todos los que estaban adorando-, al mismo tiempo que la gigantesca estatua empezó a moverse. Los que pasaban por la calle o por las aceras, no hacían caso; a lo más se detenían un momento. Pero los fieles estaban absortos.

La estatua volcó como dos guadañas los dos descomunales brazos inferiores sobre la masa de los fieles, mientras cruzaba las dos manos medias sobre el pecho, y elevaba las dos manos superiores, con los dos tazones de incienso, sahumándose a sí mima, casi hasta su cabeza de cinocéfalo, oculta en nubes aromáticas y más alta que los altos pinos. El cuerpo se estremeció, semejante al del hipopótamo, y del viente blanco salió un quejido. Las enormes fauces bostezaron. Las dos piernas cortas y robustas hechas en tiempos en que se sabía lo que era trabajar en bronce se rebulleron.

Los brazos inferiores, en su poderoso envión, derribaron varios adoradores, tomándolos de las cabezas y hombros, y enviándolos todos juntos a un montón lamentable, lastimados algunos y todos humillados y confusos. Pero ninguno protestó ni se quejó.

- "Es una prostitución adorar un ídolo así" -pensé yo-. Pero no puedo negar que tenía un verdadero temor ante la estatua verdosa. No parecía obra de hombres. De hecho, la leyenda tradicional aseguraba que había aparecido de golpe en una noche, transportada por manos invisibles, por manos que no podían ser de hombres.

Se sabe que una estatua de bronce no puede ser Dios. Ninguno de los adeptos al ídolo lo pretendía. Pero hay imágenes más o menos milagrosas, más o menos curativas y eficaces. De hecho, los adoradores de la estatua aseguraban que eran felices, y que sentían continuamente una profunda sensación interna de seguridad y alegría; se producían entre ellos curaciones milagrosas; y en todas sus empresas siempre tenían suerte y el triunfo los acompañaba.

Esto no lo negaban ni los mismos enemigos del ídolo. Al contrario, algunos de ellos atribuían a la estatua más prodigios, o más descomunales, que los mismos fieles: lo cual no era óbice a que lo aborreciesen.

Los enemigos del ídolo tenían alquiladas casas, bohardas o balcones alrededor de la plaza, y desde allí tiraban al ídolo flechas, y hasta tiros de escopeta, de noche. Poca mella le hacían, a lo más le quitaban trozos del dorado; sin contar con que casi todos los tiros fallaban. De vez en cuando, eso sí, un bodoque hacía temblar el monumento y le arrancaba bramido sordo; de lo cual se enfurecían los fieles, pero también creo que una cierta satisfacción les daba. De hecho, a quien más aborrecían ellos era a los indiferentes, a los que transitaban calle abajo calle arriba sin darle al ídolo más beligerancia que una mirada distraída. A los enemigos los necesitaban.

A mí el ídolo me daba en los nervios: esto me nació no sé cuándo y me fue creciendo paulatinamente. Como yo no pertenecía a ninguno de los tres grupos, pues el ídolo me producía repulsión y temor, y no me dejaba indiferente, me sentía como en el aire y como extraño a todos, sin congeniar con ninguno. Eso no era voluntario en mí, ni tampoco lo podía evitar; y esa fue mi tragedia.

No sé cómo nació en mí el aborrecimiento; quizá por el aburrimiento. En Magnápolis se topaba al ídolo hasta en la sopa. Como extranjero llegado a Magnápolis a ganarme la vida, yo estaba en la disposición de aceptar con respeto todo lo de la rica y potente ciudad, o al menos callar la boca ante lo que no gustara, como se debe hacer en el extranjero. Y el ídolo al principio hasta me atraía [...]

Poco a poco comencé a virar. Creo que más que el ídolo empezaron a cargarme los idoladores. Tenían todos una misma manera de ser, y nunca estaba uno seguro de entenderlos del todo: creo que ni entre ellos se entendían, aunque de fuera se mostraran siempre cordialidad desmedida. Debo confesar que una vez el ídolo me derribó en uno de sus ciegos manotazos; pero ya hacía tiempo que yo le sentía tirria; justamente me derribó porque me arrimé para verlo de cerca; de cerca solamente se veía su fealdad. De lejos, al crepúsculo y entre el incienso, daba la impresión de majestad y fuerza.

Era un fastidio: uno no podía hablar en la ciudad de miedo a ofender sin querer a uno de los idoladores, y ser acusado a los Sumos Sacerdotes. Por más cuidado que uno tuviese, las ceremonias, ritos, prescriptos, tabús y chibolets del ídolo eran demasiados y demasiado complejos para recordarlos todos cada momento, si uno no dedicaba toda la vida a eso, y dos horas diarias de estudio, como hacían los idoladores [...] Empecé a luchar contra esa obsesión de acordarme con disgusto del ídolo a cada momento, y verlo por la noche en sueños envuelto en  nubes verdosas. Pero fue inútil. Cada mañana al levantarme me decía: "el ídolo no existe". Es una fantasía tuya. "¡Afuera!"

Pero ahí estaban las trompetas de bronce para desengañarme, y las ceremonias del 6, 15 y 24 [N: de cada mes] y las insignias por toda Magnápolis; y en el hotel donde vivía estaba lleno de idoladores -de modo que en la mesa a veces me pasaba callado todo el tiempo, porque no los entendía o me daban en rostro: eran muchos y yo era extranjero. Alguna vez, ante una afirmación demasiado absurda, me sulfuré y me descaré y con una fresca hice callar a alguno. Me fue siempre mal. A la larga la pagaba. No se podía tocar el ídolo sin pagarla. Los únicos que andaban siempre impunes eran sus enemigos. Más todavía que sus amigos.

Esta gente no leía más que el "Manual de los oráculos" -o mejor dicho se lo sabían de memoria- y despreciaba toda otra literatura [...] Un día me atreví a discutirle un oráculo a un idolador pequeño y gordito, cara de bruto, que estaba solo conmigo y un bock de ceveza, una tarde sofocante de agosto. "Vea, amigo -le dije-, juzgado con criterio estético, el dios es repugnante, es inarmónico y disonante... Ahora, juzgado a la luz de la religiosidad, usted dirá". Se puso lívido. "Usted carece de los ojos de la fe -barbotó tartamudeando-. Usted es ciego. El dios es supremamente bello". Se levantó de la mesa y salió. A los pocos días me cobraron en la caja del hotel una multa picante por haber transgredido una ordenación mínima, que todo el mundo traspasaba: la de entregar la llave al portero al salir. El idolador me había denunciado.

¡Y a eso llaman libertad de conciencia!

Sentí que empezaba a volverme estúpido, intimidado y perverso. No se puede vivir en contra del ambiente en que uno vive. Empezaba a prestar rédito, o al menos a dubitar, a las consejas increíbles que del ídolo contaban los enemigos. Que los gemidos que exhalaba el ídolo, como yacaré empachado, venían de infelices adoradores que el ídolo recogía al azar de sus manotazos y engullía por una gigantesca estoma que tenía en el tórax entre los tres pares de brazos; que el infeliz se iba muriendo lentamente adentro sin dejar de adorar al ídolo: esto decían los enemigos. Y curioso es que los idoladores lo admitían en lo esencial, rechazando solamente el pormenor de la víctima, que ellos sostenían no era sino un enemigo. Pero yo creo seguro que los gemidos venían de un fuelle, colocado allí por los sacerdotes, que servía también para el y el no de los oráculos. Sin embargo, cuando empecé a odiar y temer al ídolo, empezó a vacilar mi racionalismo, y las fábulas empezaron a parecerme probables. Por eso digo que empecé a idiotizarme.

Proyecté marcharme a otra ciudad [...] No estaba ya en mi mano dejar de pensar en el ídolo, y mi alma ansiaba un poco de paz. Pero he aquí que me dijeron que en todas las otras ciudades era lo mismo, que cada una tenía su ídolo; por lo menos, todas las ciudades de que se tenían noticias en todo el contorno [...] Cuando me vi sin salida, me entró una especie de angustia muy penosa, que aunque enteramente absurda, me hacía mucho daño y arruinaba mis negocios. Me pasaba los días enteros discutiendo con el ídolo; y aun las noches, pues dormía muy mal. Cómo me habré puesto, que hasta me entró en la cabeza -o medio entró- la descomunal sandez de pasarme a los enemigos. Pero los enemigos eran perfectos idiotas que no hacían absolutamente nada, antes bien parecían amigos disfrazados. Los amigos sin disfrazar, con el fastidio y todo que les tenía, todavía eran mejores; porque al menos tenían poder real, se consolaban con sus ceremonias y se ayudaban en sus negocios. Esto fue en el tiempo de la angustia. Claro que estando allí, yo no era yo mismo.

Me las empecé a ver muy negras, y hubo un momento en que me di por perdido, menos mal, el recuerdo de mi abuelo el arquitecto y sus hazañas de "pionero" me salvó; y también la amistad de una buena señora, que aborrecía también al ídolo, pero no le hacía tanto caso. ¿Por qué tenía que hacerme mala sangre? ¿Me faltaba algo en la ciudad? ¿Me obligaban a adorar a la estatua por si acaso, y ni siquiera a verla? [...]

Empecé a "dar de mano" al ídolo, a empujarlo poco a poco a razonable distancia, a mirar la parte grotesca del asunto. ¿Qué derecho tenía yo a querer que fuera destruida esa legendaria y centenaria consolación de miles de personas sólo por mi gusto? [...] Seguirles la corriente a los idoladores, aunque uno no viese a dónde van a veces, tampoco es imposible. Al fin y al cabo, casi todos ellos son hombres buenos, aunque con ese toque todos de la reserva y los tapujos y no tocarles los puntos neurálgicos. Con razones y cautela se puede arreglar uno con todo el mundo, y ellos pasan por todo; lo único que no pueden perdonar es la inteligencia y la alegría [...]

¿Ídolo de multitudes?
Apenas comencé con este tratamiento comencé a andar mejor. El ídolo me empezó a parecer grotesco en vez de horroroso, y vi la cara de cinocéfalo, el vientre de hipopótamo y los seis brazos de araña que antes no veía sino a modo de sombras imponentes en medio del incienso. Pero me guardaba muy bien de reírme para fuera. Cuando uno comienza a ver las cosas de la vida como grotescas, no se vuelve ya loco: todos los locos son trágicos y terriblemente serios. Y yo comencé a ver que el ídolo estaba un poco ladeado y tenía grietas. Fue una gran emoción aquel día. Este asunto de las grietas es capital en Magnápolis. No se sabe porqué una gran cantidad de edificios se agrietan de alto a bajo de la noche a la mañana; anteayer mismo el gran rascacielos del Consolidated. Es cosa sumamente seria que ha sido discutida incluso en el gran concilio del los Prim'ordines; los peritos en arquitectura y geología no dan pie con bola. La gente anda furiosa y pide que se aplique la pena de muerte a todo arquitecto cuya obra se cuartee; pero resulta que los edificios que se quiebran son los antiguos, cuyos constructores han muerto mucho ha; y por lo demás ninguno se cae, todos se agrietan solamente. Yo tengo la impresión de que esta ciudad se va a venir abajo toda entera o casi, con ídolo y todo, un día; pero yo no lo veré. Tiemblo de miedo al escribir esto: si estos papeles los hallase un idolador, estaba yo listo. Y para qué los escribo, yo no lo sé; para que no se me pudran dentro.

[...] Yo no busco dolores de cabeza, y evito las discusiones: vivir y dejar vivir. No creo que Dios me tome en cuenta tres ceremonias fingidas que hago cada mes sin creer en ellas. Sé que dudan de mi fe aunque sin poder probarme nada, y me han puesto el mote "sine-Deo-in-hoc-mundo". Mientras no pase de ahí, no importa. Yo creo en Dios, no soy ningún judío; y que el ídolo sea la imagen exacta del Dios verdadero, no me meto. Yo no lo puedo creer, pero no impido a nadie que lo crea; y cuando de noche me gritan la contraseña: "¡corpórea!" contesto fielmente "¡material y visible!", o bien "imagen" inmediatamente les vocifero: "del Dios vivo y verdadero" [...]

¿Para qué vivo yo? [...] Tengo ya más amigos del otro lado que de éste. Creo que lo que me conserva en vida es esa misma visión horripilante pero curiosa: "la ciudad que se hunde con ídolo y todo, aunque yo eso no lo veré". Pero lo que uno sabe cierto que acontecerá, ¿acaso no lo ve?


viernes, 28 de marzo de 2014

A RATZINGER LO QUIEREN KAPUTT

Gestorben (participio por «muerto») sería el término más adecuado, pero valga kaputt (roto, destruido) por ser uno de esos pocos términos alemanes de alcance universal, bien que suele traducírselo un poco muy libremente. El caso es que la revista católica inglesa The Tablet suspendió a su corresponsal en Roma por un repugnante comentario que éste hiciera en su cuenta de féisbuc. En refiriéndose a la púrpura concedida en el último consistorio a Loris Capovilla, otrora secretario de Juan XXIII, Robert Mickens (que así se llama el sujeto acreditado en Roma por The Tablet) le soltó esta víbora a su interlocutor: «tendría que haber ocurrido hace MUCHO tiempo. ¿Piensa que aguantará hasta el funeral de la Rata?» (the Rat's funeral, donde se emplea Rat, que vale por «rata», como apócope de Ratzinger). La respuesta es no menos vilmente significativa: «espero que esté bastante bien para concelebrar la canonización de Juan XXIII y del otro el 27 de abril. El funeral de la Rata para el día siguiente sería un bonus».

Bien se pregunta Marco Tosatti, de La Stampa, atendiendo al tipo de información que la feligresía británica habrá obtenido a lo largo de todos estos años de parte de los medios supuestamente católicos: si éstos son los amigos, ¿qué necesidad habrá de enemigos? Por lo demás, ese «otro» de quien habla el amigote de Mickens, canonizable conjuntamente con Juan XXIII, es Juan Pablo II, lo que muestra la mala consideración de que gozaron los dos últimos papas anteriores a Francisco en influyentes medios de prensa tenidos -insistamos- por católicos. Tanto como para apurar algunas incontenibles reflexiones, apoyadas un poco en las evidencias y otro poco en aquellos secretos que, malgrado sus celosos custodios, se hicieron al fin manifiestos.

La elección de Benedicto XVI en 2005 no estaba en los cálculos de la (llamémosla así) «facción turbo-progresista», que daba por descontado el triunfo de un maleable Bergoglio, apadrinado entonces por los cardenales Martini y Silvestrini. Este último, según lo que le confíara un cardenal latinoamericano de identidad reservada a Nicolas Diat, autor de una reciente y explosiva «historia secreta de un reino» titulada L’homme qui ne voulait pas être pape, «la tarde de la elección... era un hombre abatido. Llevaba en sí una cólera sorda... Para él y para otros prelados, Benedicto XVI era la negación de la batalla reformista, la antítesis de las luchas de sus vidas». Así fue como en setiembre de 2005, violando flagrantemente el juramento (de rigor en estos casos) de no divulgar nada de lo ocurrido durante el cónclave, algún cardenal dejó caer algunos secretos del mismo en los oídos de un vaticanista italiano, todo a los fines de evidenciar que el triunfo de Benedicto había sido muy ajustado, contándose entre los cardenales un número considerable de opositores a su elección y dispuestos a entorpecer su gobierno. Entre ellos, según foto de un encuentro previo al cónclave divulgada posteriormente por el propio Silvestrini, se encontraban Danneels, arzobispo de Bruselas, los alemanes Kasper y Lehmann, el finado Martini, el inglés Murphy O'Connor y el francés Tauran (fuente aquí).

El programa de estos dinamiteros no ha variado, y se basa -según lo confesó en su momento Martini, y según la matraca continúa sonando- en la ordenación presbiterial de hombres casados y aun de mujeres, la promoción de la conciencia personal en todo lo tocante a ética reproductiva, la admisión de divorciados rejuntados a la Eucaristía y el avío del ecumenismo más desopilante.

La historia reciente de la Iglesia es la de una antorcha que se va apagando, y hay incluso dentro de ella quienes soplan a todo pulmón para extinguirla del todo. Es muy de creer -según aquello de que «si los días no fueran acortados, no se salvarían ni aun los mismos elegidos»- que la Iglesia fiel de las postrimerías llegará al valle de Josafat hecha jirones, con el minimum requerido para alcanzar el banquete eterno -aunque blanqueados sus lunares por la sangre martirial, embellecida por el testimonio de última hora, como Dimas. El modernismo, putrílago de la modernidad que nos amarra con todas sus cadenas espirituales, es su plaga específica, y no hay Papa posterior al Concilio que no esté más o menos picado de esta viruela. Es cosa facilitada por la condición gregaria del hombre, como el morbo de la novela de Camus: pese al denuedo de algunos médicos y auxiliares valerosos, siempre aparece un nuevo foco y la infestación alcanza renovados triunfos, imparable. Benedicto XVI, lo mismo que Juan Pablo II, aunque suscriptores de la nueva doctrina conciliar sobre ecumenismo y libertad religiosa, aunque afines a la retocada teología sobre Israel y a ciertas veleidades antropocentristas, postergaban enojosamente con sus atavismos católicos la puesta en práctica del resto del programa arriba apuntado. Aquí reside la complejidad del cuadro post-conciliar, cuya delimitación de esferas no es tan simple como pretenden los sedevacantistas. La rehabilitación póstuma de monseñor Lefebvre y el impulso a la «forma extraordinaria» del Rito Romano, entre otras imprevistas derivas de un pontífice que fuera perito del Vaticano II, eran tragos demasiado difíciles de sorber. Si los mismos eminentísimos cardenales no eran capaces de moderar su biliosa inquina para con Ratzinger, ¿qué podía esperarse de los paniaguados de la prensa progre-católica?

Lo que ahora se auspicia es recobrar a toda vela el tiempo perdido, que, como lo señalara Martini, «la Iglesia se encuentra doscientos años atrasada respecto del calendario civil». Para ello, y para aventar cierto pánico supersticioso pronto a asomar al menor estímulo, urge sepultar a la momia viviente de Benedicto, cuya sola y frágil vista empece como lo haría una montaña puesta ante los propios errabundos pasos.

El tenor de los sentimientos de que es capaz la secta enquistada en los Sacros Palacios revela inmejorablemente su carácter último. Lo dice un cronista inglés de los sucesos: «sería ingenuo creer que Bobby [se refiere a Robert Mickens, el redactor de la vejatoria apostilla en féisbuc] está solo en su deseo de muerte para con el "Papa muerto" aún vivo... Obviamente, el individuo con quien estaba discutiendo el asunto acordaba con él, y estos dos sin dudas no están solos en su perspectiva. Esto es lo que da miedo. No estarán contentos presumiblemente hasta que se haya ido, ya muerto, a recibir su eterna recompensa, y su memoria pueda ser lentamente (o quizás con prisa) borrada. Entiendo, sólo a juzgar por ese comentario, que existe un muy real, temible y -digamos- diabólico odio hacia Benedicto XVI vigente dentro y fuera del Vaticano, antes de su elección, durante su pontificado e incluso después de su abdicación».

No menos dolorosa conclusión hemos leído por ahí, a propósito de este inverecundo desliz de los novatores: «dos teologías y dos doctrinas están plantadas y armadas la una contra la otra desde hace más de cincuenta años. La locura de los papas postizos nos regalará pronto (finalmente) también dos separadas Iglesias jerárquicas. En una, la de Bergoglio, sabemos ya que "Dios no es católico". Por la otra se verá...»