lunes, 12 de octubre de 2015

¿ORAR POR EL SÍNODO?

«Hay un pecado que merece la muerte; no digo, pues, que pidan por éste» (I Jo 5,16)


La Revolución, despótica por carácter propio, suele apelar a la ilusión del «consenso» para el logro de sus fines. Sobradamente lo demuestran la convocatoria a los Estados Generales en 1789 o, cien años antes, el establecimiento del sistema parlamentario en aquella Inglaterra que así se libró de la posibilidad de una dinastía católica en el trono, recayendo en breve en la más tiránica de las políticas de ultramar, y terminando de asfixiar al maltrecho campesinado de su país. En la Iglesia no ha ocurrido de otra guisa, habiéndosele desbrozado el terreno a los advenedizos por el taimado recurso a los típicos señuelos verbales (el pueblo, el hombre, hoy día las periferias existenciales, lo mismo da), y así fue como logró convocarse el Concilio que los papas Pío XI y Pío XII habían desistido de congregar para no dar pábulo a quienes aguardaban dar el golpe de mano amparados en la muchedumbre, así fuera ésta compuesta por puros prelados. Para aventar todo equívoco en materia tan proclive a turbiedades, constaba el redondo apotegma del santo papa Sarto acerca de que «los verdaderos amigos del pueblo no son los revolucionarios ni los novadores, sino los tradicionalistas», pero ni esta advertencia ni la elocuente experiencia histórica bastaron a disipar el torpor de una mayoría de obispos víctima del tráfico de los ideólogos que coparon la asamblea. Lo que basta a confirmar el carácter vetusto de una crisis que, por ser pre-conciliar y sólo por serlo, hizo posible lo que luego vino.

Aristófanes había comparado al pueblo ateniense -siempre dispuesto a recibir los melindres de los demagogoi- con las anchoas, que lucen más después de ser frotadas. Hoy tenemos no sólo el penoso espectáculo de una jerarquía eclesiástica hecha de frotadores profesionales de egoísmos, de valedores de las pasiones más infames, sino que -por lo mismo- es de comprobar que el oficio del pescador de hombres ha sido devaluado en el de pescador de anchoas humanas, donde la caza de voluntades y simpatías se ejercita a expensas de la salvación de unos y otros, del pescador y del pescado. Ciegos guías de ciegos que cuelan el mosquito de los cálculos oportunos y del éxito personal para tragarse el camello de la condenación eterna, debieran encabezar el salón de las deliberaciones sinodales, para advertencia de los que osaran recordar la doctrina católica, con la inscripción del emperador Diocleciano, patrono de la impar asamblea: christianos esse non licet.

Insuperable cinismo. El de bigotes
es hembra retocada con agresivo tratamiento hormonal
Expertos en comunicaciones audiovisuales, en señas, en guiños antes que en celo apostólico, poblaron la inmediata antesala del sínodo de una hosca humareda proveniente de la mismísima devastación de Sodoma, eligiendo para lector de la Misa papal en Estados Unidos a un notorio pederasta, desairando públicamente a una jueza opuesta a las bodas de bufarrones y recibiendo en privado, en la nunciatura de Washington, a una yunta de maricas, y todo calculadamente ventilado a los medios, incluyendo el pronunciamiento de un obispo y teólogo polaco integrante de la Congregación para la Doctrina de la Fe acerca de su orgullosa condición homosexual, con arrumacos para el galán retratados por las cámaras. Luego vino la difusión de una foto de Francisco, sonriente entre dos pervertidas, recibidas ambas hace unos meses y con todos los honores, la una con mostachos. La univocidad del mensaje está fuera de duda. Se juntaron el hambre y las ganas de comer, vale decir: por un lado, las presiones de los amos político-financieros del orbe para obtener la rendición incondicional de aquella institución -la única- que podía oponer eficaz resistencia a la religión invertida de las «profundidades de Satanás» (Ap 2,24); por el otro, una jerarquía sacerdotal que entregó el rosquete hace varios lustros, dispuesta a rendirse al mundo -y al demonio, y a la carne- para garantizarse una supervivencia de otra manera improbable en el exigente orbe moderno.

Para decorar la vergonzosa prevaricación han inventado la ecuación de que a una praxis siempre variable puede corresponderle una doctrina inmutable. O como lo dice inmejorablemente un blogue amigo: «mientras todo el mundo sabe que la praxis es producto del theoréin, que el razonamiento se basa en lo que se conoce intelectualmente, como no puede ser de otra manera, que la deliberación, ámbito de la praxis, es razonamiento, que culmina en la conclusión llamada ‘decisión’; aunque todo el mundo sabe que la praxis y la doctrina son inseparables, estos avispaos dicen que cambiarán la praxis sin alterar la doctrina. Y todo para enseñar a Dios la misericordia».

Un peripatético que pasara por allí, con su metafísica bajo el brazo, podría alegrarse (en asomándose a las deliberaciones de los prelados) al oír proclamas tales como que «hay que aceptar la realidad tal cual es», justamente en tiempos en que el desvarío idealista alcanza cotas nunca exploradas. ¡Bravo! -pensaría-, ¡se impone una sensata vuelta al datum, al ente como sujeto de determinación en este revuelto de cosas sin contornos, en este opresivo caos de las conciencias!  Cuál no sería su horror al comprobar que la «realidad» aludida es la de los vicios más desbordados, consagrados como derechos en una rueda de obispillos donde, además, se instaría a evitar expresiones tales como "situaciones de pecado" para no ofender a nadie bajo el sol. Ya lo había hecho, por lo demás, la sexta Congregación general del Sínodo hace un año, cuando sin ambages precisaba que
es importante evitar cuidadosamente dar un juicio moral, hablar de "estado permanente de pecado" y tratar, en cambio, de que se comprenda que la no admisión en el sacramento de la Eucaristía no elimina por completo la posibilidad de la gracia en Cristo,
expresión esta última que entraña una distorsión teológica inaudita para un cuerpo episcopal. No extraña, pues, que a la sazón coincidan, para finiquito de la institución natural y eclesiástica del matrimonio, la manipulación de los conceptos religiosos y la previsible y ya denunciada manipulación de los procedimientos sinodales, con denegación del micrófono a los elementos aún hostiles a la revolución y entorpecimiento de la labor de los traductores, que podrían servir a desenmascarar puertas adentro las trampas textuales de los novadores. Estos se filtran a raudales, como en aquel informe final del Sínodo de 2014 que, con apariencia de ánimo descriptivo, sobre la «posibilidad de que los divorciados vueltos a casar accediesen a los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía», daba cuenta de que «varios padres sinodales insistieron en favor de la disciplina actual», como si de mera disciplina se tratara.

Pero el asunto de la comunión a los re-casados ya fue resuelto favorablemente con sus dos recientes motu proprio por Francisco, tanto como para terminar con aquel que era enojoso impedimento y rémora a las desaforadas ansias de inclusión de aquellos que el Señor llamara «adúlteros». El verdadero debate ahora se centra en aquellas coyundas sodomíticas que, en palabras de la  relación intermedia de un año atrás, «tienen dones y cualidades para ofrecer a nuestras comunidades». Lo que devuelve perentoria actualidad a aquella denuncia de una terrible red clandestina de homosexuales en la Iglesia que, desde Malachi Martin hasta el padre Dariusz Oko, ha sido presentada con los rasgos de una «homoherejía», y cuyo escabroso y creciente poder a lo largo de cuatro o cinco décadas, hasta la actual y cínica ostensión,  fue tratado con lujo de detalles aquí. 

Bien lo advierte el padre Mauro Tranquillo en el sitio oficial del distrito italiano de la FSSPX:

solía ​​decirse antaño que la práctica de la sodomía, además de ser un pecado de lujuria especialmente grave, llevaba consigo la nota de la sospecha de herejía, y era juzgado justamente por aquel Santo Oficio del cual nuestro Prelado es Oficial [nota: se refiere al polaco monseñor Krzysztof Charamsa, célebre por estos días por haber anunciado públicamente su condición de invertido]. Esto es porque, si uno puede pecar carnalmente por debilidad, el pecado contra natura es difícil de justificar sin una perversión particular de la inteligencia y de la fe. Los tiempos están dando abiertamente la razón a las sospechas del antiguo procedimiento inquisitorial. Ya no basta a los sodomitas, especialmente si clérigos, el pecar por debilidad: ahora deben reclamar un cambio de doctrina (una herejía, para abreviar) para justificarse. Los hombres de Iglesia modernistas han admitido, en el Vaticano II, que la doctrina podía cambiar según los tiempos en materia política y eclesiológica. ¿Por qué detenerse ante la moral, cuando todo el mundo presiona en este sentido? ¿Cuando la nueva religión que cuenta así lo quiere, y cuando se puede aprovechar la oportunidad para no quedarse fuera de ella, incluso tal vez para dirigir la animación espiritual del futuro gobierno mundial, tan reclamado por Benedicto XVI (retomado por Francisco en Laudato si’ nº175)? Francisco, tal como Benedicto XVI, es llamado por la iglesia luterana de Roma «nuestro obispo». Aprobación más bien explícita de la sodomía, communicatio in sacris con los herejes: todas prácticas que comportan la sospecha de herejía. La sospecha... ¡sí que eran garantistas los inquisidores!

viernes, 2 de octubre de 2015

NICEA vs. BERGOGLIO: EL CREDO A DOS VOCES

Debemos a un puñado de atentos lectores la iniciativa y la colaboración para presentar estos escolios de Francisco al Símbolo de la fe. Se trata, por cierto, de dos voces tan difíciles de ensamblar como el agua y el aceite, de manera que aquella pregunta que un conocido medio anglófono se hacía sobre si el Papa era católico queda suficientemente respondida por el propio aludido.

Por lo demás, ya lo dijo Francisco ante el periodista que le refería esta misma perplejidad: «si es necesario que recite el credo, estoy dispuesto a hacerlo». Una humorada que, de cualquier modo, puede admitirse en alusión a los artículos de la segunda columna de las dos que presentamos en contraste: la correspondiente al credo de Nicea-Constantinopla y aquella de la solemne profesión de fe de Jorge Mario Bergoglio.

Aparte de las heretizantes cristología y eclesiología que entraña el nuevo Credo, al margen del vaciamiento de los conceptos de «Creación» y «vida eterna» suficientemente transparentes al lector católico, consabida la reducción vulgarizante que ciertas verdades de fe le merecen al actual pontífice, queremos hacer notar algunas licencias que nos hemos tomado en la selección de los artículos de la columna derecha. A saber:

- el punto 3 parece haber sido acuñado por protestantes que se lo atribuyeron jocosamente a Francisco, en el intento de amasar una fórmula en el estilo del pontífice. Lo incluimos por aquello de que se non è vero, è ben trovato: si Bergoglio no ha sido su autor, merece serlo. Otras parecidas expresiones atribuidas falsamente al obispo de Roma pueden hallarse en el sitio
https://adventlife.wordpress.com/2014/01/20/impactantes-declaraciones-del-papa-francisco-sobre-dogmas-fundamentales-de-la-iglesia;
- a falta de citas más explícitas, a los puntos 4, 5 y 6 les hemos cotejado un bergoglema que pudiera ofrecerse en referencia a cualquier dogma, ya que alude a todos ellos;
- al punto 11 le hemos opuesto otra frase ya célebre de Francisco que, si leída a la par del Evangelio, en clave teológica («...et statuet oves quidem a dextris suis, hedos autem a sinistris» Mt 25, 33), resulta tristemente esclarecedora de su conciencia;
- en la segunda lección de las que se oponen al punto 12 consta una guarangada de Cristina Kirchner alusiva a la realeza de Cristo. Pronunciada con ocasión del homenaje al padre Carlos Mujica en los cuarenta años de su muerte sin que la corrigiera ninguno de los sacerdotes presentes (formados todos bajo la férula de Bergoglio) debe considerársela, en rigor, como portadora de inconfundibles rasgos de escuela francisquista. Por eso la incluimos. 

Omitimos los enlaces correspondientes a cada cita para no hacer más engorrosa la lectura. Puede rastreárselos fácilmente con cualquier buscador.




1. Credo in unum Deum,



2. Patrem omnipotentem,

Factorem caeli et terrae,
visibilium omnium et invisibilium.







3. Et in unum Dominum, Iesum Christum,

Filium Dei unigenitum





4. Et ex Patre natum ante omnia saecula, 
5. Deum de Deo, Lumen de Lumine, Deum verum de Deo vero, 
6. Genitum, non factum, consubstantialem Patri, per quem omnia facta sunt; 


7. Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis,




8. Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine et homo factus est, 









9. Crucifixus etiam pro nobis sub Pontio Pilato, passus et sepultus est, 















10. Et resurrexit tertia die secundum Scripturas, 




11. Et ascendit in caelum, sedet ad dexteram Patris, 


12. Et iterum venturus est cum gloria, iudicare vivos et mortuos; cuius regni non erit finis.








13. Et in Spíritum Sanctum, Dominum et vivificantem, qui ex Patre Filioque procedit, 












14. Qui cum Patre et Filio simul adoratur et conglorificatur, qui locutus est per Prophetas.



15. Et unam sanctam catholicam et apostolicam Ecclesiam. 



















16. Confiteor unum Baptisma in remissionem peccatorum. 

















17. Et expecto resurrectionem mortuorum, 










18. Et vitam venturi saeculi. Amen
«Yo creo en Dios, no en un Dios católico,
no existe un Dios católico.»


«Cuando leemos sobre la creación en el libro del Génesis, en la Biblia, siempre creemos que Dios fue una especie de mago que con una varita mágica pudo hacer de todo y todo, pero eso no es así. El Big Bang, teoría científica que explica el origen del mundo, y la evolución, no son inconsistentes con la intervención divina»


«Jesucristo, Mahoma, Jehová, Alá, estos son todos los nombres utilizados para describir un ente que claramente es el mismo en todo el mundo»



«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma.»




«El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad.»


«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, a la entrada de un pobre a la Iglesia, se arrodillaran en veneración de la misma manera como cuando entra el Señor! ¡Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados de esta ciudad!»


«Jesús mismo explicó a Nicodemo que "como Moisés erigió la serpiente en el desierto, así tendrá que ser elevado el Hijo del hombre, para que quien crea en Él tenga vida eterna" [...] Pero, ¿por qué el Señor tomó esta figura tan fea, tan mala? Simplemente porque Él vino para cargar sobre sí todos nuestros pecados y Él se convirtió en el pecador más grande sin haber cometido ninguno. Y Pablo dice: "Él se hizo pecado por nosotros", retomando la figura "Él se hizo serpiente". ¡Es feo!»




«La resurrección de Jesús no es el final feliz de un cuento de hadas. No es el happy end de una película.»






«Jamás he sido de derechas»



«Es bello pensar en el cielo, todos nos encontraremos allí. Esto, ¡da fuerza al alma!»

«Y Rey, Cristo nunca, Jesucristo nunca se sintió Rey. Jesucristo se sintió el más humilde, el más pecador»



«El Paráclito marca todas las diferencias en las iglesias. Parece ser un apóstol de Babel pero por otro lado es el que genera la unidad de esta diferencia. No en la igualdad sino en la armonía»


«Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo ipse harmonia est» [Nota: los intérpretes de Bergoglio se han desvivido buscando al autor de esta definición, pero no han logrado hallarlo]



«El profeta lucha contra las personas que enjaulan al Espíritu Santo»



«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»

«El diablo sabe que los cristianos son discípulos de Cristo, que son uno, ¡que son hermanos! No le importa si son evangélicos, ortodoxos, luteranos, católicos o apostólicos… no le importa, porque son cristianos.»

¿Qué sería la unidad en la Iglesia: ¿tal vez una esfera? ¡No! Esto es uniformidad [...] El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad.»




           






«Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina y fieles a su conciencia, pueden vivir “justificados mediante la gracia de Dios”, y así “asociados al misterio pascual de Jesucristo”. Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios. No tienen el sentido y la eficacia de los Sacramentos instituidos por Cristo, pero pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente individuales»


«Cuando un hombre o una mujer debe someterse a una intervención quirúrgica tiene mucho miedo, porque o le quitarán algo o le pondrán alguna otra cosa… será transformado, por decirlo de alguna manera. Con la Resurrección, todos nosotros seremos transformados.»


«Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae.»

«Anda adelante y deja que la gente vaya adelante, vive y deja vivir, es el primer paso de la paz y la felicidad.»













lunes, 28 de septiembre de 2015

PURAS NULIDADES

Los recientes decretos emanados por Francisco para acelerar los procesos de nulidad matrimonial -y que amplían las causales de la misma hasta el absurdo-, aparte de hallarse sustentados (como tantas otras disposiciones de Bergoglio) en el llamado «argumento ad báculum», resultan curiosamente sincrónicos y consonantes con otras varias nulidades de bulto, de esas que empecen y contristan al ancho medio sublunar. Coincidencia no fortuita, pues, el fantasma de la nulidad de la elección del argentino pontífice vuelve a aventarse, ahora por boca de uno de los principales impulsores de su candidatura, que admite con increíble cinismo haber sido parte de un mafioso clan de cardenales que conspiraron en las sombras para elevar a Bergoglio a expensas del entonces reinante Ratzinger, siendo que este género de maquinaciones está penada con excomunión en la constitución apostólica Universi Dominici Gregis, de 1996.

Otra nulidad rutilante fue la de los discursos de Francisco en EEUU, en el Capitolio y en la sede de la ONU, en donde habló con su insulsez característica, lo que no obstó para que cosechara aplausos entusiastas de parte de las personalidades presentes, lágrimas de senadores e incluso el estrambótico gesto de un legislador devenido pope fan, que corrió a sorber el remanente de agua del vaso en que bebiera Bergoglio para luego convidar a toda su familia a mojar la lengua en ese hontanar opimo. Quizás ni el horaciano O fons Bandusiae, splendidior vitro supere en intensidad emotiva al arrebato de estos fetichistas del sorbo de Bergoglio, y aún queda por refundarse un ciclo bretón para agasajo de este nuevo santo grial cuyo prodigio, por contraste con el de las bodas de Caná, consistiría en haber trocado el vino de la predicación evangélica en el agua turbia del culto sacrílego del hombre.




Entre paréntesis conste que ni aun el montaje que le armaron en su gira caribeño-norteamericana alcanza a disimular la impopularidad creciente de Francisco en su propia diócesis romana. «Los cristianos abandonados lo abandonan», titula un artículo que da cuenta de que el millón y medio de asistentes a las audiencias de los miércoles en la plaza San Pedro durante todo el año 2013 se redujo, en lo que va del 2015, a poco más de cuatrocientos mil. De prolongarse la ola descendente, en un par de años el Papa saldrá al balcón a contemplar las baldosas impertérritas. Otro inquietante rasgo de nulidad éste de la ingratitud creciente del populacho a su demagogo mayor, aburrido ya de sus piruetas, de los recursos circenses repetidos hasta el agotamiento.

Dijo Pieper que es por obediencia a la llamada de su Creador que las criaturas pasan de la nada al ser. La obra de inversión preternatural consiste en procurarles el máximo de reducción ontológica a los seres, devolviendo las cosas -si fuera esto posible- a la nada. Luego de haber conspirado exitosamente durante décadas contra la fe, esto es lo que se intenta ahora con el matrimonio: hacer de cuenta que aquello que es puede no ser ni haber sido; decretar, por puro arbitrio del hombre, la disolución de aquello que Dios ligó hasta la muerte dándole el mote de nulo. De lo que se trata es de anular, de un solo golpe, las realidades naturales y las sobrenaturales, haciéndolo justamente en aquel sacramento que se funda en una institución natural tan cara a los designios del Creador que no han faltado Padres que llamaran «sacramento» aun al matrimonio entre paganos.

Esta obra maldita, como se ve, no ha dejado de estar acompañada de signos que delatan una nulidad ya indisimulable pese a los esfuerzos publicísticos, de unos atributos de inconfundible vacuidad.

jueves, 24 de septiembre de 2015

APÁRTATE DE MI, SATANÁS


 por Antonio Caponnetto


El siguiente artículo forma parte del libro de reciente aparición: Francisco. Antología. Significativas declaraciones de personalidades del mundo católico sobre el actual pontificado (Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2015).



La escena, no por muy conocida, deja de causarnos asombro y sobresalto. Nos la cuenta San Mateo en el capítulo dieciséis de su Evangelio.

Ya estaba Jesús en Cesárea de Filipo, cerca del Mar de Galilea y al pie del monte Hermón. Ya había multiplicado panes y peces, y había rebautizado al pescador Simón llamándolo Pedro, ofreciéndole a la par la jefatura visible de la Iglesia y las llaves del Reyno (Mt.XVI,13-20). Los grandes manantiales que alimentan al río Jordán hacían llegar su música, como un laúd inmenso con encordados de agua.

De pronto, el Señor anuncia su inminente pasión, y los muchos sufrimientos y suplicios que el trance le acarreará. El relato, por cierto, debió ser estremecedor e hiriente. Tanto, que movido por un impulso entre oscuro e indondable, mezcla de cielo y de azufre, Pedro lo aparta de la escena a Jesús, lo conmina a retirar lo dicho, asegurándole que nada malo de cuanto anuncia podrá sucederle a Él.

La respuesta y la reacción de Cristo ha pasado a la historia, y no debemos olvidarla jamás: “¡Quítateme de delante, Satanás! ¡Un estorbo eres para Mí, porque no sientes las cosas de Dios sino la de los hombres” (Mt.XVI, 22-23). Y abruptamente le cortó la palabra y le clavó la vista.

No le han faltado exégetas a este párrafo crucial –que vuelve a aparecer en Marcos VIII, 33- y comparando traducciones de reconocidas ediciones católicas de la Sagrada Biblia, concuerdan los principales intérpretes en que el verbo utilizado por el Señor para ordenarle a Pedro que se retirara de su vista es el mismo que utilizó en los exorcismos y en las duras tentaciones del desierto[1] . Con lo que queda abierta la posibilidad de que, en aquellas aciagas horas de prueba, el mismísimo Satanás hubiera podido apoderarse, siquiera fugazmente, del noble y rudo corazón de Pedro.

Monseñor Straubinger sostiene que Pedro no llegó a comprender entonces la verdadera misión mesiánica del Maestro, estando su amor en un estadio meramente sentimental. Emocionalismo de pescador hidalgo cuanto rústico, al que le faltaba aún la purificación del entendimiento que le traería el Paráclito con su fuego vivificador. Y un severo cargo le agrega: le faltó espiritu sobrenatural, de allí la airada pero justiciera admonición de Jesucristo, llamándolo con la crudeza con que lo llamó [2].

El ilustre Cardenal Gomá, por su parte, nos narra así el crucial episodio: “Indignóse Jesús y rechazó a Pedro, como se repele a un mal consejero […]. El momento es de fuerte dramatismo; rompe a hablar Jesús, increpando duramente al temerario apóstol. Conminó a Pedro diciendo las mismas palabras que en otra ocasión dijera a Satanás en el desierto, cuando se empeñaba en que no cumpliese la voluntad del Padre:¡Quitáteme de delante, Satanás; apártate de mi presencia, porque secundas la voluntad de Satanás […]. Vete detrás de mí, porque me eres escándalo, me estorbas en la ruta que el Padre me tiene trazada […]. Porque no entiendes las cosas que son de Dios, sino las que son de los hombres”[3].

Retratados quedan los perfiles esenciales que hicieron merecedor al mismo Pedro de volverse aliado del Maligno; y en consecuencia estorbo y escándalo para el Redentor. No se puede entender las cosas de los hombres a expensas de las cosas de Dios; y para entender rectamente las primeras han de estar ordenadas a las segundas, conforme a la sempiterna enseñanza que nos legaría después el apóstol San Pablo (I Corintios, III, 21): “todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”.

Al magisterio de Benedicto XVI llegó la preocupación por esta encrucijada de la vida de su primer predecesor. Para él, lo sucedido a Pedro acontece cada vez que “no se razona según Dios sino según los hombres”. Porque “pensar según el mundo es dejar aparte a Dios. Por eso Jesús le dice unas palabras particularmente duras: ‘¡Aléjate de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo’”[4]. Estorbamos a Dios –tengamos la jerarquía que tengásemos en la Iglesia- si nuestra forma mentis es antropocéntrica antes que teocéntrica. Mutación del orden de las predilecciones de la que se sirve Lucifer, otrora y ahora, aunque prelados como Kasper o Lehmann prefieran hablar de la liquidación del diablo en su nouvelle théologie.

Insiste Benedicto con el tema. “Pedro quiere un Mesías que realice las expectativas de la gente”. “Expectativas demasiado humanas”, pero que “la respuesta de Jesús echa por tierra, a la vez que lo invita a convertirse y a seguirlo. ‘Ponte detrás de mí,Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres’ (Mc.VIII, 33). No me señales tú el camino; yo tomo mi camino y tú debes ponerte detrás de mí”[5].

Y una vez más se ocupará del espinoso punto, en esta ocasión acaso dándonos una pista hermenéutica mayor. La actitud de Pedro, en aquella circunstancia preternaturalmente intranquilizadora, “se trata todavía de una confesión puramente judía, que interpreta a Jesús como un Mesías político, según las ideas de la época[…].Una intervención a la que Jesús –como hiciera cuando Satanás le ofreció el poder- responde con un brusco rechazo: ‘¡Quítate de mi vista, Satanás!. Tú piensas como los hombres, no como Dios’”[6].

Capital distinción la que nos deja planteada Benedicto XVI, entre un mesianismo carnalista, al modo hebreo, y el verdadero mesianismo que trasciende la carne y la sangre para aposentarse en el Espíritu. El primero facilita la acechanza satánica. El segundo es vehiculo de la Salvación. Podríamos invertir los términos y llegaríamos al mismo puerto comprensivo: cada vez que se piensa como los hombres y como el mundo; que se intenta congraciarse y congratularse de lo demasiado humano y mundano. Cada vez que a Dios se le pide comportamientos carnales, no martiriales, el viejo y gastado tronco del fariseísmo gana su tenebrosa batalla. La Iglesia se enferma, deducirá Castellani.

Si nos vamos a las antiguas fuentes de la pedagogía cristiana, la comprensión substancial del tema no varía. Para San Hilario, por ejemplo, el gesto de Pedro sólo fue posible, por “el instinto de las mañas del diablo” que se aposentó en su atribulado pecho. San Jerónimo, por su parte –que como todos exculpa a Pedro de cualquier intención dolosa- sostiene que, a pesar de la rectitud de sus intenciones, mereció la categórica reconvención del Señor. “porque la palabra Satanás significa adversario o enemigo”, y en aquel difícil percance, el buen apóstol se alineó en el campo enemigo y hostil a la misión redentora de Cristo. El Crisóstomo escribirá que “Pedro perdió su estabilidad”, y Teófilo que no conocía sino carnalmente lo que es humano. Sintetizando la incógnita Santo Tomás nos explicará que Pedro dio escándalo con su ignorancia y su actitud acorde, porque “Él llama escándalo para Él a todo discípulo que peca, como decía San Pablo (Corintios 11): ‘¿quién es escandalizado sin que yo sufra’?”[7]. Cuidado entonces con aquella enemistad que puede empezar con las más promisorias intenciones pero que fuera de cauce y de quicio- acaba prestando un servicio al Enemigo por antonomasia.

Por fin,si algún epítome transfigurado de belleza se busca del mistérico e ilustrativo pasaje, allí está el Sermón 330 de San Agustín. Contemplemos su gráfico estrambote: “escuchasteis lo que respondió el bienaventurado Pedro al Salvador, que le anunciaba su pasión por nosotros y en cierto modo la prometía. El cautivo contradecía a su redentor. ¿Qué haces, oh apóstol? ¿Cómo le contradices? ¿Cómo dices: Eso no acontecerá? Entonces, ¿no ha de sufrir la pasión el Señor? La palabra de la cruz es escándalo para ti; es necedad para los que se pierden. ¿Necesitas ser redimido y contradices a quien va a pagar tu rescate? No quieras enseñar a tu maestro; busca tu precio, salido de su costado. Escúchalo, más bien, tú cuando te corrige; no quieras corregirlo a él; está fuera de lugar, es alterar el orden. Escucha lo que le dice: ¡Aléjate de mí! Como él lo dijo, yo lo repito; ni callaré las palabras del Señor ni hago injuria al apóstol. Cristo el Señor dijo: ¡Aléjate de mí, Satanás! ¿Por qué Satanás? Porque quieres ir delante de mí; pues, si vas detrás, me sigues; si me sigues, tomas tu cruz, y, en vez de ser mi consejero, serás mi discípulo”[8].


La vigencia del drama

No escapará a la acuidad del lector, que hemos comenzado considerando este misterio de un Pedro llamado Satanás por Cristo, precisamente porque creemos que la descorazonadora historia se está repitiendo hoy. Con Francisco como protagonista y responsable del trance escandaloso, usando el término en su sentido más apropiadamente teológico.

Dos años largos corren ya de su pontificado y la crónica de la desolación acrece día a día. A veces, sin hipérbole, hora tras hora de una misma jornada. Son muchos los católicos autorizados y contritos –perplejos sino atónitos- que llevan la crónica de sus desafueros doctrinales, de sus juicios erráticos, de sus enseñanzas equívocas, de sus heterodoxias múltiples, de su predicación heretizante, de su sincretismo extremo, de su irenismo atroz, de su liturgismo horizontalista, de su ecumenismo nivelador, de su humildad sobreactuada. Sí; también esto último. Porque es de suponer que de San Ignacio debió captar que el primer grado de la humildad[9] es el martirio causado por ir contracorriente del mundo, a causa de no querer pecar. Y no llevarle un emparedado a un soldado de la Guardia Suiza, mientras decenas de cámaras registran y publicitan el inusual episodio.

Son muchos -e insistimos, ya no feligreses de a pie o rebeldes destemplados, sino representantes de la mejor intelectualidad católica, del resto fiel de la Jerarquía y de bautizados leales- los que no pueden salir del desconsuelo y del asombro, y aún, en ocasiones, de la indignación, al constatar el pertinaz desapego por la Verdad que manifiesta el Obispo de Roma. Sea que hable de Dios, de cristología o de eclesiología; de los novísimos o de la gracia; del judaísmo, de las religiones falsas y hasta de las sectas, de los consejos prácticos para el buen vivir y aún de moral conyugal; de cuestiones fundamentales y básicas de la familia, del vicio nefando de la sodomía; del pecado en general, de los sacramentos, de la educación y de la vida religiosa. Todo; absolutamente todo lo que roza, con una facundia sin pausas para el silencio engendrador de la palabra luminosa, lo aborda dejándonos el regusto amargo del yerro, o del límite con el dislate, o de la innovación confusa, o de la disolución dogmática, o del contubernio con los enemigos de la Fe, o de la insolvencia intelectual, o –digámoslo todo- de la insensatez y la herejía.

Puede violentar esto último, y a nosotros mismos nos lacera escribirlo. Pero ocurre que el 23 de mayo de 2015, la diócesis de Phoenix, en los Estados Unidos de Norteamérica, convocó a una jornada de encuentro y oración con pastores de grupúsculos evangélicos –de los mismos que Francisco no trepida en recibir bendiciones con gestos de inclinación o de genuflexión plena- y a los escasos minutos de hacer uso de la palabra sostiene que “le viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez o una herejía”. Y lo que dice,en efecto, mezcla inarmónicamente ambas cosas. Compruébelo quien lo desee[10].

Pero aunque nada de esto hubiera proferido, el sentido común reclama sus fueros para preguntarse entre quebrantos: ¿qué hace entreverado con cismáticos de larga y penosa data, ofreciéndoles unidad de sangre, juntura fraterna y unciones reverentes, quien se supone que debería estar allí para convertirlos, testimoniando la Fe Verdadera, fuera de la cual no hay salvación? ¿Cómo es posible que, con acento urgido, les proponga la convivencia de credos, confrontando dialécticamente a los teólogos con el Espíritu Santo, porque “si esperamos que los teólogos se pongan de acuerdo, la unidad recién se va a lograr al día siguiente del Juicio Final”? ¿No tiene acaso esta referencia parusíaca un parafraseo paródico del ut unum sint pronunciado por Nuestro Señor (Jn. 17,11-19)? ¿No confía él mismo en teólogos como Kasper, a quien pondera de modo ostensible, sin reparar en que no pocas de sus páginas están totalmente reñidas -esas sí- con los dones del Espíritu Santo?

¿Cómo es posible que indistinga a sabiendas a “evangélicos, ortodoxos, luteranos, católicos, apostólicos”, como indistinguió a "Jesucristo, Mahoma, Jehová, Alá [pues] estos son todos los nombres utilizados para describir un ente que claramente es el mismo en todo el mundo”?[11] ¿Cómo es posible, al fin, que si constata que le viene a la mente algo que puede ser insensatez o herejía, no sólo no reprima o controle sus dichos en atención a su grave investidura, sino que no ofrezca después la reparación de la ortodoxia y de la definición firmísima? Por el contrario, y él mismo lo ha dicho, parecería disfrutar retratándose “medio incosciente”, con una “inconsciencia que lleva a veces a ser temerario”[12].¿No se da cuenta de que, cada vez que habla, tienen sus voces una resonancia universal, por razones obvias y aún pese a sí mismo, y que no puede darle a sus comentarios el tono de esas charlas de café, a las que aludía Ramón y Cajal?[13].

Ni el mismo Sacramento de la Eucaristía lo detiene en su temeridad de hablar “lo que le viene a la mente”, sin medir las consecuencias de cuanto dice. Nos lo hacía notar uno de nuestros entrañables maestros mientras redactábamos estas líneas. En el Angelus de domingo 7 de junio de 2015, Festividad de Corpus Christi, sostuvo Francisco que “con este gesto[el de tomar el pan y decir ‘esto es mi cuerpo’] Cristo le asigna al pan una función que no es más la de un simple alimento físico sino la de hacer presente su Persona en medio de la comunidad de los creyentes”. Si lo que cambia es la función; la función o potencia para la operación pertenece a la categoría de accidente, no a la de substancia. Ergo, las palabras de Cristo –y la de los sacerdotes que las repiten en tanto alter Christus- no obrarían un cambio de substancia o transubstanciación, sino un cambio meramente accidental. Nada más y nada menos que lo contrario de lo que enseñó la Iglesia durante veinte siglos.

Para mayor confusión agregó Francisco en la misma homilía de Corpus que “el Cristo que nos nutre bajo las especies consagradas del pan y del vino, es el mismo que nos viene al encuentro en los acontecimientos cotidianos; está en el pobre que tiende la mano, está en el sufriente que implora ayuda, está en el hermano que demanda nuestra disponibilidad y espera nuestra acogida”. No son homologables estos modos de presencia real de Nuestro Señor –el sociológico y el sacramental, digámoslo así- pues ninguno de aquellos modos, por valiosos que sean y lo son, pueden parangonarse con la Eucaristía. Para comprender cuanto decimos ni a Trento o a Nicea hay que remitirse, ni a ninguno de los autores “restauracionistas” frente a los cuales, ya se sabe, Francisco ha manifestado sus reticencias. Baste releer la Mysterium fidei de Paulo VI.

Por si no fuera ya demasiado abrumador el panorama descrito, el mundo acaba de celebrar gozoso la aparición reciente de la Laudato si, la carta encíclica de Francisco subtitulada sobre el cuidado de la casa común. El respeto intelectual y la humana prudencia invitan a no despachar en un párrafo liviano lo que debería ser objeto de cuidadoso análisis. Lo admitimos. Como admitimos también, de buen grado, los aspectos lúcidos y veraces que el texto contiene y ofrece. Pero si se nos permite un juicio en epítome, movido por la perentoriedad, el mismo no puede sino ser altamente negativo y angustiante.

Porque más allá de las jocosidades que el documento ha suscitado –al ocuparse de cuestiones baladíes como el uso de los calefactores o el apagado de las luces innecesarias-; más allá incluso de las obviedades presentadas como grandes categorizaciones científicas, y de las concesiones múltiples a la semántica gnóstica de las corrientes verdes emparentadas con la New Age. Más allá del sincretismo desolador que recorre sus páginas, todo indica que Francisco ha querido dar a conocer una especie de neo-cosmogonía, que ya no es, por cierto, la de la tradición católica.

En esta neo-cosmogonía la tierra resulta una madre cuasi deificada, frente a la cual pecan los hombres que la destratan o descuidan. La expiación y la redención de este pecado contra la tierra, exigen una conversión ecológica y un salvador ecológico. El cual –entre otros dones- deberá tomar las formas de una Autoridad Mundial, paterna, vigilante y correctora a la vez. Lo paródico vuelve recurrentemente por sus fueros en el magisterio bergogliano. Y aterra, para ser francos, hasta dónde puede avanzar este magisterio por el sendero de la paráfrasis, el simulacro, la mascarada o el remedo. ¿Cómo no llorar de desconsuelo y reír a la par de risa agitada y convulsa, al saber que la Iglesia viene de ser diagnosticada por los papas precedentes como la barca que hace agua por los cuatro costados o el lugar en que la cizaña parece prevalecer por sobre el trigo; y ante semejante desenlace, que bien puede ser un inequívoco signo parusíaco, el actual pontífice, en vez de preparar a los fieles para la Segunda Venida, tenga por deber prioritario advertirlos sobre los riesgos del calentamiento global o del reciclado del material plástico?

Se necesitaría la pluma y el genio de Rubén Darío para reescribir Los motivos del lobo ante la Laudato si. Porque en rigor, más incentivos al lobo que al buen pastor pueden proporcionar las páginas de esta extraña e inquietante encíclica.

Como lo anticipábamos antes, no conviene seguir con la crónica desgarradora de estos males en los que Francisco nos envuelve y arrastra. Y no porque no se necesiten cronistas de la crisis, o si se quiere, de la apostasía, sino porque parécenos más importante que registrar la letra de este mal enorme, el desentrañar su espíritu. Sólo así podremos abrigar la esperanza de hallar la salida.

Y ese espíritu que informa tamaño desquicio es el que explicamos al principio. El de un Pedro llamado Satanás, porque carece de una mirada sobrenatural de las cosas, porque busca conformarse primero a los hombres y al mundo que a Dios, porque lo mueve el sentimentalismo antes que la razón iluminada por la Fe, porque prevalece en él el extravío judaico al que se rinde y le rinde vasallaje; porque, en definitiva y por todo ello, se comporta como un estorbo y un tropiezo para Jesucristo.

Los argentinos tenemos además una involuntaria ventaja para sostener esta desgarradora hipótesis sobre Francisco. Ventaja sin mérito alguno, que a veces no atinan a valorar en su justa medida los observadores extranjeros, tomándonos por exagerados. No nos viene de ningún talento especial esta ocasional y no buscada perspicacia sobre la Iglesia y su actual pontífice, sino del simple hecho de conocer al personaje al desnudo, de entrecasa y durante largo tiempo. De conocerlo en su medio y en su real talante. Sólo para nosotros, por ejemplo, cobra un patético y aterrador sentido verlo al Cardenal Bergoglio recibir en la Santa Sede a la hez de la política y de farándula nativa. Y recibirlos a sus integrantes, no como a pecadores públicos a los que se reconviene con caridad y energía, sino como compinches de correrías pasadas, de amicales relaciones presentes y de trabajos futuros en común. Sólo para nosotros ese desfile impúdico de depravados vernáculos de todo jaez, nos llena el alma de una particular amargura, nos solivianta e irrita de un modo particularmente concreto y vívido. Porque ningún correctivo o pedido de enmienda hay para ellos, sino por el contrario, las ternezas de un compañerismo que irrita y subleva; el plebeyismo y hasta la vulgaridad en el trato, que han ganado triste carta de ciudadanía en estos lares argentos, y ahora vemos exportado nada menos que a Roma.

Dicen que en la tumba de Roberto Pecham un católico perseguido por Enrique VIII, se puede leer este epitafio: “Aquí descansa Roberto Pecham, un inglés católico, que, al separarse Inglaterra de su Iglesia, abandonó su patria, porque no podía allí vivir sin fe; vino a Roma, y murió, porque no podía vivir aquí sin su patria”. A los argentinos católicos, a partir del ascenso al Papado del Cardenal Bergoglio, deberían escribirnos en nuestras lápidas, algo más o menos similar: “Aquí descansa Fulano, un argentino católico que, al separarse Argentina de la verdadera Iglesia que le dio el ser, abandonó su tierra, porque no podía vivir sin patria; vino a Roma, y murió, porque no podía vivir aquí sin su Fe”.

Agréguese a lo dicho –esto es, a la particular percepción argentina de la crisis eclesial que padecemos- la mitología urbana de la modestia del Cardenal Bergoglio, alimentada de tal modo aquí, en Buenos Aires, y exportada ahora acullá, tras el Atlántico, que aún en lo que la misma leyenda pudiera tener de cierto, el abuso de la misma ya tiñe todo de sospecha y de caricatura. Nos resulta difícil no asociar el punto a la escena tercera del Fausto de Christopher Marlowe, cuando Mefistófeles se le hace presente al protagonista central de la novela, y éste no acabando de creerle que se trata de un demonio, le pide que se retire y que retorne vestido de franciscano, porque sería la forma sagrada con que mejor podría el diablo ocultarse y manifestarse a la vez. Todo, en suma, nos remite, una vez más, a la circunstancia de Cristo gritando su inmortal ¡vade retro! a quien entonces lo merecía.


¿Quo vadis Domine?

Pero la historia de Pedro –bien lo sabemos- no acaba con un Cristo transido de comprensible ira llamándolo demonio, ni con el gallo tempranero que atestigua su deserción, ni con las debilidades de hombrón elemental, precipitado y bueno. Acaba en el triple examen del amor aprobado con holgura; en la confesión plena y categórica de que Jesús es el Dios Verdadero; en su Cátedra de la Unidad erigida, precisamente, contra el diablo que ronda con voz rugiente buscando a quien devorar (1 Pedro 5,8). Acaba con esas misivas iluminantes escritas a los fieles del Ponto, Galacia Capadocia, Asia y Bitinia. Acaba con su pontificado de largos y fecundos lustros. Acaba, al fin y para su gloria, con la santidad y el martirio.

Una noche del año 64 le volvió el miedo y sintió el humano horror ante la posibilidad de que lo mataran. El mismo rechazo al sufrimiento y al suplicio que años atrás lo había movido insensatamente a querer corregir la vocación del Mesías. Decidido a fugarse,habrá puesto en la alforja algún mendrugo leve y comenzó su huida, sobresaltado, por los pedregales de la Via Appia.

La poesía –que desde Aristóteles sabemos que es más verdadera que la historia- cuenta que en medio de la desbandada se le apareció Jesucristo, con una cruz inmensa sobre uno de sus hombros. El diálogo del camino entre los dos ya es parte sustantiva de nuestra catequésis. “-¿Adónde vas, Señor?; -Voy hacia Roma, a hacerme crucificar de nuevo”.

El óleo de Annibale Carracci, expuesto en la National Gallery de Londres, retrata la legendaria escena
mostrando un Cristo vigoroso y macizo, señalando con la diestra la Roma hacia la que se encamina; pero nos permite ver a un Pedro que se inclina y se ataja a la vez, con brazos y piernas, mientras en la mirada ya está entera la decisión correcta que está pronto a tomar. A su vez, en la Capilla del Domine Quo Vadis, erigida en la Via Appia Antica, se venera una losa con las huellas de dos pies. Serían los del Señor, exactamente en el sitio en que se le plantó a su Vicario, para recordarle que no hacía tanto, quien ahora se daba a la fuga, le había dicho: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios Viviente”. Entonces, era la hora de imitarlo también en el calvario. Lo entendió Pedro.

En la cárcel Mamertina, a la que fue arrojado antes de la crucifixión, convirtió a sus mismos carceleros, Proceso y Martiniano, futuros mártires ámbos. Y después, si se nos permite suponerlo de la mano de los Padres del Desierto,pudo haber caído en un glorioso estado de hesicasmo. Que significa (dicho de un modo simplista, perdónesenos) por un lado, una paz interior profunda, fruto de la unión con Dios. Por otro lado el silencio y la soledad de quien no necesita sino el Verbo y la Compañía de la Cruz. Y en tercer lugar la quietud del movimiento hacia el Motor Inmóvil.

En ese estado llegó al instante cumbre de la sangre vertida por el honor de Cristo Rey. La parábola del rústico que fue llamado Satanás, se cerraba con el pontífice mártir, transfigurado de Verdad, de Bien y de Belleza.

Quisiéramos que así se cerrara también la parábola de Francisco. Y rezamos por él, como lo pide; porque si su conversión no acontece, sucesos aún más desgarradores sobrevendrán en la vida de la Iglesia. Habrá que prestar atención al terceto de Castellani:

“¡La rutina dejad, dejad las pullas,oíd las guerras y el rumor de guerra,
mirad del Anticristo las patrullas!”

Rezamos por Francisco; por cierto. Pero rezamos también por sus víctimas, que somos todos nosotros: sencillamente los católicos a quienes la enseñanza y la conducta del Pastor Universal arroja a la confusión, la ignorancia, el error y la mentira. Y hasta con sofocante reiteración parece arrojarlos incluso a la compatibilidad entre el catolicismo y la contranatura. Estamos pensando y pesando cada palabra que decimos. Pero es que son los hechos –vueltos del dominio público en los días que corren- los que nos obligan a expedirnos del modo en que lo hacemos.

Lewis tomó prestada una metáfora de David Lindsay sobre la torre de Babel para componer una de sus novelas. La metáfora alude a los efectos mortíferos de aquella atalaya ruin, como “la sombra de esa fuerza maligna”. Creemos firmemente, y con la misma firmeza esperamos, que la luminosidad benigna de la cúpula de San Pedro, disipe el eclipse que causó y sigue causando aquella torre endiablada. Pero aquí y ahora, cuando los signos prevalentes en el paisaje romano, son un rayo que causa estrépito en el cimborrio, y un cuervo que se devora a una paloma[14], necesitamos de la oración profunda y constante pidiendo la gracia de constatar que la promesa del Señor se cumple: que contra la Piedra no podrán prevalecer las potencias abisales.

La antología que sigue a continuación de estas líneas introductorias, probará con dolor filial, que no puede ya callarse el inédito mal que hoy nos sacude, como hijos y miembros de la Iglesia. Pero probará también, y eso deseamos de modo expreso y enfático, que junto al dolor nos queda la esperanza. Esa que no puede extirparnos ninguna peripecia humana, ningún naufragio, ningún viento huracanado y homicida, ninguna sombra maligna ni centella tormentosa.



NOTAS:

[1] Cfr. Horst Balz y Gherard Schneider, Diccionario exegetico del Nuevo Testamento, Salamanca, Sígueme, Biblioteca de Estudios Bíblicos,1998.
[2] Juan Straubinger, La Santa Biblia, La Plata, Fundación Santa Ana, 2001, Mc.VIII,32 y Mt. XVI, 22.
[3] Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio explicado, Barcelona,Rafael Casulleras, 1949, vol.III, p. 51.
[4] Benedicto XVI,Angelus,Palacio Pontificio de Castelgandolfo, Domingo 28 de agosto de 2011.
[5] Benedicto XVI,Los apóstoles y los primeros discípulos de Cristo, Buenos Aires, Agape, 2009, p. 50-51.
[6] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Buenos Aires, Planeta, 2007, vol. I, p. 345.
[7] Santo Tomás, Catena Aurea, San Mateo, XVI, 22-23 y Marcos VIII, 27-33.
[8] San Agustín, Sermones, Madrid, BAC, 1985.
[9] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 164-168.
[10] Cfr. VIS, Vatican Information Service, 25 de mayo de 2015, Francisco reza con los pastores evangélicos pentecostales de Phoenix por la unidad de la Iglesia; http://visnews-es.blogspot.com.br/2015/05/francisco-reza-con-los-pastores.html
[11] Disertación ante fieles y dirigentes católicos, del miércoles 3 de junio de 2015, cfr. http://www.cbn.com/mundocristiano/elmundo/2015/June/Papa-Francisco-dice-que-el-Coran-es-lo-mismo-que-la-Biblia/
[12] Francisco, Audiencia al Movimiento Católico Internacional de Schoenstatt, 25 de octubre de 2014.
[13] Don Ramón y Cajal es autor de un simpático libro llamado Charlas de café [hay varias ediciones,pero tenemos a la vista la que sacó la famosa Colección Austral de Espasa Calpe, hacia 1947], en el cual dice “El hombre que se dedica a la ciencia, al laboratorio, no tiene necesidad de ser un cartujo […],y para ello, nada mejor que relacionarse con toda clase de personas siendo asiduo de cafés, peñas y casinos". No decimos con esto que el Papa debe ser necesariamente un cartujo, pero sí que le cuadra más andar de vida recoleta y de espíritu monástico, que parloteando como si estuviera en “cafés, peñas y casinos”.
[14] Los hechos aludidos son reales.El episodio del rayo sucedió el día de la renuncia de Benedicto XVI ,el 12 de febrero de 2013; y el de la paloma el 26 de enero de 2014,cuando dos niños que acompañaban a Francisco y por indicación de él,arrojan unas palomas desde el ventanal del Vaticano que suele utilizar para hablar. Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=aUHG_miujUAA y https://www.youtube.com/watch?v=gHuI9Ofuc38


martes, 22 de septiembre de 2015

FRANCISCO COMENTA EL APOCALIPSIS EN PLENO VUELO

Un malabarista de la exégesis
Los vuelos en avión parecen arrancarle a Francisco algunas de las perlas más rutilantes de su "magisterio líquido". Alguna vez notamos el caso aquí, muy sobre el comienzo de su impar pontificado. Ahora, en raudo tránsito aéreo de Cuba a Estados Unidos, el mismo pontífice que en el curso de su primera homilía en Santa Marta se sirvió extrañamente recordar la novela de R. H. Benson Señor del mundo (anticipación profética acerca del efímero reinado universal del Anticristo), cuando incluso entre los más despistados se adensan las sospechas sobre el carácter preternatural de su gobierno, él sale al cruce de las habladurías y demuestra que no hay tema que, por urticante, le esté vedado a su lengua. Y lo hace con una anécdota que merece ser comentada línea por línea. Nos abstendremos de hacerlo, limitándonos apenas a subrayar lo más destacable del entrevero con un periodista. (Fuente: aquí).

-Santidad, sus reflexiones, también sus denuncias sobre la iniquidad del sistema económico mundial, el riesgo de autodestrucción del planeta, son también denuncias incómodas en el sentido de que tocan también intereses fuertes, el tráfico de armas, etcétera. En víspera de este viaje, surgieron consideraciones bastante extrañas, y también medios bastante importantes del mundo las retomaron y sectores de la sociedad norteamericana que llegaron a preguntarse también si el Papa es católico. Ya había habido discusiones de los que hablaban del Papa comunista, ahora hasta están los que hablan del papa que no es católico. Ante estas consideraciones, ¿usted qué piensa?
-Un cardenal amigo me contó que fue a lo de él una señora muy preocupada, muy católica, un poco rígida, pero buena católica. Y le preguntó si era verdad que en la biblia se hablaba de un anticristo y él le explicó. Y también en el Apocalipsis ¿no? Y después, si era verdad que se hablaba de un anti-papa, que el anti-cristo, el anti-papa. ¿Pero por qué me hace esta pregunta? Preguntó el cardenal. Porque yo estoy segura de que el papa Francisco es el antipapa. ¿Y por qué pregunta esto, por qué tiene esta idea? Y, porque no usa los zapatos rojos, así, histórico. Los motivos, de pensar si uno es comunista, no es comunista. Yo estoy seguro de que no he dicho una cosa más que no hubiera estado en la doctrina social de la Iglesia.

jueves, 17 de septiembre de 2015

NULIDADES DE BERGOGLIO

Remitimos a un artículo recientemente publicado en Adelante la fe en el que el autor, Juan Andrés de Jorge García Reyes, replica a aquel otro de Paolo Pasqualucci que ofrecimos en nuestro último post. Conscientes de que no podemos disputar en el terreno de la normativa sacra con quien se presenta como doctor en derecho canónico, formularemos nuestros reparos sencillamente a la luz del sensus fidelium común a todo bautizado, sabedores de que es esa certeza sobrenatural la que informa, a la postre, al Ius Canonicum.

Pasqualucci había reparado en que los recientes motu proprio de Francisco, al introducir como causal de nulidad la «falta de fe» de los contrayentes, incurría en posible error in fide y en consecuente corrupción de la doctrina. Bien se ha señalado que, entre otras absurdas consecuencias que le son anejas, esta disposición invalidaría de plano todos los matrimonios mixtos. García Reyes aduce -pese a reconocer que, de hecho, se estaría introduciendo una forma más agresiva del "divorcio disimulado" ya vigente- que, de derecho, en los textos de Francisco
no se niegan manifiestamente los principios del matrimonio canónico: sus bienes y fines, la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad, la procreación, la necesidad de un proceso canónico -aunque sea en apariencia- para establecer la nulidad. En el fondo el Papa sigue la evolución del Derecho Canónico habida desde el Concilio Vaticano II y en la reforma del año 1983: en ellas se practicaba de hecho el divorcio disimulado (la nulidad a petición de los cónyuges por cualquier causa), aunque se mantenía una cierta capa de formalidad jurídica que sostenía los principios jurídicos de siempre.
La novedad surgida consiste en que el Papa ha acelerado y facilitado aún más este modo de proceder, aunque manteniendo en principio las formalidades jurídicas mínimas. Con la salvedad de que las nuevas normas están repletas de ambigüedades, cabos sueltos, generalidades y falta de delimitación que exigiría la seguridad de una mínima técnica jurídico-canónica.
De hecho se va a la destrucción del matrimonio. Pero no es fácil, con la legislación actual en la mano, sostener la presencia de una herejía formal
como lo desliza Pasqualucci, infiriendo
el motivo de la falta de fe de uno de los contrayentes como causa de nulidad como el indicativo de que el matrimonio pasa de ser un sacramento, con efectos de ex opere operato, a un sacramental con los efectos propios del ex opere operantis. Pero de nuevo hay que tener en cuenta que el problema se centra en la interpretación de lo que haya de entenderse por falta de fe. Pasqualucci lo entiende como algo diferente de la tradicional exclusión de la sacramentalidad del vínculo. Pero la dicción de la nueva legislación es ambigua y puede significar, en realidad, una u otra cosa (la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad).
Creemos, por el contrario, que en el insoslayable contexto en el que esta nueva legislación viene a proponerse, de no mediar aclaración sobre el concepto de «falta de fe», éste debe interpretarse no tan restrictivamente -negación explícita de la sacramentalidad del vínculo- sino en su sentido más primario y obvio -falta del don sobrenatural de la fe en el momento del consentimiento. Viene sugiriéndolo el propio Bergoglio desde hace tiempo, trayendo con frecuencia a cuento las desdichadas máximas de su predecesor en el arzobispado de Buenos Aires, el cardenal Quarracino, para quien «la mitad de los matrimonios eran nulos porque se casan sin madurez, sin darse cuenta de que es para toda la vida, quizás se casan por motivos sociales». Lo que le daría una insostenible torción subjetiva al derecho sacro (¿cómo comprobar esta falta de fe, sin una manifiesta y objetiva declaración de esta falta al momento de celebrarse el matrimonio?), a la par que reflotaría  la herejía de los donatistas, que condicionaban la validez de los sacramentos a la disposición interior de sus ministros. [Dejamos entre paréntesis, para no irnos por las ramas, otras causales insólitas enunciadas por Bergoglio para dar lugar a la nulidad del vínculo, como «la brevedad de la convivencia conyugal», «la persistencia obstinada en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior», no menos que aquel sugestivo «etc.» del final.]

Queda en pie, con todo, la objeción más relevante: la Iglesia no ha exigido de sólito la posesión de la fe stricto sensu en los contrayentes, sino aquello que se conoce como intención general. De ahí la cita que Pasqualucci trae de Juan Pablo II: «una actitud de la pareja de novios que no tome en cuenta la dimensión sobrenatural del matrimonio, puede hacerlo nulo sólo si afecta a la validez en el plano natural, en el cual es puesto el mismo signo sacramental». En otras palabras: «la doctrina de la voluntas generalis o intentio generalis, que defiende el papa Benedicto XIV, consiste en el conocimiento elemental y suficiente de la esencia del matrimonio que el contrayente posee en el momento de intercambiar el consentimiento matrimonial, por lo que tan sólo en el caso de que alguno de los contrayentes estuviera en un error sobre las propiedades esenciales del matrimonio o sobre su dignidad sacramental y que este error fuera plasmado en una condición expresa podría realizar un consentimiento inválido, ya que se presume que la intención general que poseen los nubentes en el momento de contraer matrimonio coincide con el proyecto que Dios tiene sobre el matrimonio y que ellos, en razón de su naturaleza, son capaces de comprender y aceptar. Por tanto, para que los contrayentes contrajeran un matrimonio inválidamente habría que demostrar que la intención de estos, que es la que constituye el consentimiento matrimonial, ha sido contraria a la intención general de contraer según el plan divino sobre el matrimonio y que nos ha sido revelado en Cristo. Así pues, únicamente la positiva voluntad contraria sobre las propiedades esenciales del matrimonio o sobre su sacramentalidad, y que se manifestaría en una condición explícita, haría nulo el matrimonio (Domingo Moreno Ramírez, Relevancia de la sacramentalidad del matrimonio en relación con la nulidad del consentimiento. Ediciones Universidad San Dámaso, Madrid, 2014, pp.136-7).

Con el autor de la nota que repasamos, no dudamos de que «se continúa socavando la institución matrimonial por medio de ambigüedades, de declaraciones que parecen mantener la doctrina pero cuyos contenidos la destruyen. En definitiva, el método característico de la teología neomodernista que hoy día impregna toda la Iglesia». Pero sostenemos que el eficacísimo "método de las formulaciones ambiguas" termina por ser traicionado por sus mismos promotores. Porque si a la psicología del apóstata (y más cuando la apostasía afecta a una alta dignidad) le es inherente la impostura, la simulación, esto es hasta el momento de la -llamémosle así- "declaración formal de apostasía", que supone un acto de prepotencia -es decir, una falaz demostración de victoria. Tal fue el afán hipertélico que consumó la derrota de Satanás en el Gólgota, en la hora misma y poder de las tinieblas. La transposición flagrante del límite doctrinal -trátese o no del asunto que tocamos en este artículo-, a modo de un "quitarse la máscara", podría señalar de una buena vez la salida de esta horrible coyuntura postconciliar, separando chivos de corderos. Lo sugiere casi patológicamente el autor de la Evangelii Gaudium en su nº 222: «hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite». Ergo: al traste con el límite, que nos impide ser en plenitud. Anomia, o bien «yo (cada cual), legislador».

Este paso o salto allende el límite lo exige ese sentido de justicia irresistible a la criatura, que hace que los mismos réprobos -según conocida imagen explotada por la literatura y los miniaturistas medievales- se arrojen voluntariamente en las llamas aunque no dejen luego de maldecir sus penas.

sábado, 12 de septiembre de 2015

¿NO SE ALTERA ACASO LA DOCTRINA SOBRE EL MATRIMONIO?

por Paolo Pasqualucci
traducción: F.I. El título no corresponde al original)

El autor propone algunos fértiles interrogantes a propósito de los dos recientes documentos por los que Francisco entiende reformar los procesos de nulidad matrimonial, deduciendo que «si se puede demostrar que la bergogliana reforma del procedimiento canónico altera el significado del matrimonio católico, entonces la doctrina se ve afectada y nos encontramos ante la posibilidad de error in fide manifiesto de parte del Papa». Sin necesidad de remitirse a Trento ni al viejo Codex Iuris Canonici, fincando no más en el código juanpablista y aun remitiéndose al Catecismo publicado por el papa polaco (cuya enseñanza en punto al sacramento del matrimonio no se aleja de la doctrina tradicional), quedan identificadas con claridad las temerarias innovaciones de Bergoglio. El autor se sirve para ello de una fuente escrita que anuncia para el 30 de septiembre (en el Angelicum, de Roma) una conferencia internacional en preparación para el Sínodo Ordinario del mes de octubre, retomando de la misma fuente un pasaje con que inicia sus agudas observaciones. A saber:


1. Aquí, el paso crucial:

"En estos dos documentos, de manera discutible, es nuestra impresión (y esperamos que sólo sea nuestra impresión y pueda ser desmentida), aparte de algunas otras innovaciones cuestionables que habían sido anticipadas en diferentes niveles y adelantadas desde el pasado extraordinario sínodo de 2014, se haya infligido un grave vulnus a la teología de los sacramentos, degradando -según parece- la dignidad del sacramento del matrimonio a aquella de... mero sacramental. En efecto, desde el momento en que se hace depender [Reglas Procesales, art.14 § 1] la validez -o poco menos- del matrimonio de la fe de alguno de los contrayentes (que es cosa muy diferente de la tradicional exclusión de la sacramentalidad del vínculo), de hecho, ésta viene a subyacer a la santidad de sus ministros (¡en el matrimonio, los ministros son ambos novios!). El matrimonio, por lo tanto, ya no es válido ex opere operato, sino más bien ex operae operantis (cfr. Cat.I.C n. 1127-1128), y su disolución deviene, de hecho, un auténtico divorcio... Esperamos que la nuestra sea sólo una impresión y que reciba una aclaración adecuada".

Comentario del quisque de populo. Cosa de nada: el matrimonio que de hecho decae de sacramento a contrato o acuerdo entre las partes, si su validez depende de la buena disposición interior de las partes, ejemplificada aquí en la posesión mayor o menor (por las partes) de la fe católica auténtica, si uno dice que faltaba esta fe en el momento del sí fatal, entonces, ¿el matrimonio ya no es válido? ¿Nunca ha habido tal matrimonio? Por cierto, ¿cómo saber que esta fe faltaba? Estamos en plena chacota. Los "sacramentales", dice el Cat.I.C 1667, son «signos sagrados [imposición de las manos, señal de la cruz, aspersión con agua bendita] por medio de los cuales, con una cierta imitación de los sacramentos, se significan y, por impetración de la Iglesia, se obtienen efectos especialmente espirituales». El matrimonio católico se convertiría así en "una cierta imitación del sacramento" si su validez llegara a depender de la fe personal de cada contrayente. ¿No son, en cambio, "los frutos" del sacramento los que dependen de la disposición personal de aquel que, en este caso, es el ministro? Los frutos, no la validez. Su eficacia, no su validez.



2. El texto anterior repropone la doctrina correcta, confirmada por Juan Pablo II en su discurso a la Rota Romana el 30 de enero de 2003:

«La importancia de la naturaleza sacramental del matrimonio, y la necesidad de la fe para conocer y vivir plenamente esta dimensión, podría dar lugar a algunos malentendidos, ya sea acerca de la admisión a la boda que al juicio sobre su validez. La Iglesia no rechaza la celebración de la boda a quien está bene dispositus, aunque esté imperfectamente preparado desde el punto de vista sobrenatural, siempre que tenga la recta intención de casarse de acuerdo con la realidad natural del matrimonio. No se puede, en efecto, configurar, junto al matrimonio natural, otro modelo de matrimonio cristiano con requisitos sobrenaturales específicos. Esta realidad no debe olvidarse al momento de delimitar la exclusión de la sacramentalidad (cf. Can. 1101 § 2) y el error determinante acerca de la dignidad sacramental (cf. Can. 1099) como posibles motivos de nulidad.
Para las dos figuras es fundamental tener en cuenta que una actitud de la pareja de novios que no tome en cuenta la dimensión sobrenatural del matrimonio, puede hacerlo nulo sólo si afecta a la validez en el plano natural, en el cual es puesto el mismo signo sacramental. La Iglesia católica ha reconocido siempre los matrimonios entre los no bautizados, que se convierten en un sacramento cristiano a través del bautismo de los cónyuges, y no tiene ninguna duda acerca de la validez del matrimonio de un católico con una persona no bautizada si se celebra con la debida dispensa».
Comentario: es evidente que la "reforma" deseada por la "misericordia" del Papa Bergoglio, aún más que "una herida al matrimonio cristiano" [aquí], según lo descrito por Roberto De Mattei, inflige una herida al fin del matrimonio cristiano en cuanto tal. Al fin, porque de hecho se traslada el acento del plano objetivo -aquel de la acción del sacramento en sí- al plano subjetivo, el de las disposiciones interiores de los sujetos contrayentes, hasta ahora justamente limitado a la eficacia de la acción del sacramento respecto de ellos mismos y no aplicable a su validez (que es, precisamente, ex opere operato, es decir, intrínseca, inherente a la cosa en sí, ya que establecida de esa manera por Dios). El mismo De Mattei señala en su artículo, y con razón, que al tradicional y doctrinalmente irreprensible favor matrimonii se sustituye ahora un favor nullitatis, también doctrinalmente inaceptable, «que viene a constituir el elemento primario del derecho, mientras que la indisolubilidad se reduce a un "ideal" impracticable». De hecho, «la afirmación teórica de la indisolubilidad del matrimonio se acompaña en la práctica [de ahora en adelante] al derecho a la declaración de nulidad de cualquier vínculo fracasado. Bastará, en conciencia, considerar inválido el propio matrimonio para hacerlo reconocer como nulo por parte de la Iglesia. Es el mismo principio por el que algunos teólogos consideran "muerto" un matrimonio en el que de acuerdo con ambos, o con uno de los cónyuges, "ha muerto el amor"» (ibid).

Pero justamente la introducción de un "favor nullitatis" es cosa no sólo contraria a la práctica hasta aquí seguida a través de los siglos por la Iglesia, sino también a la sana doctrina. Hay aquí también, según me parece, una implicación doctrinal a investigar, un subyacente "error in fide". Que consiste, a primera vista, en contraponer a la indisolubilidad, establecida por la Primera y la Segunda Persona de la Ssma. Trinidad, el "derecho" de los singulares contrayentes a la felicidad individual así como ellos la entienden. Básicamente, en dar prioridad a una pretensión que, en la mayoría de los casos, es fruto del generalizado hedonismo hoy predominante. De esta manera, con todo, el hombre prevarica en su relación con Dios.


3. En su artículo el profesor. De Mattei también pone también apropiadamente de relieve los efectos devastadores producidos no sólo por la abolición de la "doble sentencia conforme" -ya desastrosamente experimentada en los EE.UU. entre 1971 y 1983- sino también por la institución del obispo diocesano como juez único que puede instruir a su discreción un "proceso breve" para llegar rápidamente a la sentencia. A este propósito, agrego que en la introducción a su motu proprio el Papa justifica esta nueva atribución del obispo como correcta y necesaria aplicación del espíritu del Concilio Vaticano II: estamos ante la aplicación de la nueva colegialidad introducida en ese Concilio.

Así, el Papa escribe en Mitis iudex etc.:
a- «Por tanto, es la preocupación por la salvación de las almas... la que empuja al Obispo de Roma a ofrecer  a los Obispos este documento de reforma, ya que éstos comparten con él la tarea de la Iglesia, cual es tutelar la unidad en la fe y en la disciplina en lo tocante al matrimonio, bisagra y origen de la familia cristiana» (Carta Apostólica en forma de Motu Proprio "Mitis Iudex Dominus Iesus", w2.vaticanva / content / Francis / es / motuproprio etc., p. 02/15). ¿Y de esta manera está él convencido de "proteger la disciplina sobre el matrimonio"? En fin: el Papa se presenta aquí principalmente como cabeza del Colegio episcopal, el obispo de los obispos (Obispo de Roma), más que como cabeza de la Iglesia universal. ¿Para esto entonces emplea siempre el título de "obispo de Roma"? ¿Para demostrar, en el espíritu del Concilio, que él actúa ante todo como cabeza del colegio de los obispos, más que como Cabeza de la Iglesia universal?

b- Poco después, escribe: «el Obispo mismo es el juez. Para que sea finalmente traducida a la práctica la enseñanza del Concilio Vaticano II en un ámbito de gran importancia, se ha establecido dejar en claro que el propio Obispo en su Iglesia, de la que ha sido constituido pastor y cabeza, es por eso mismo juez entre los fieles que se le han confiado» (pág. 3/15). La enseñanza del Concilio debía versar claramente en el sentido de dar mayores poderes a los obispos en sus diócesis, más que a las Conferencias Episcopales. De esta manera se otorga la posibilidad, a los obispos más abiertos a las instancias del Siglo, de hacer trizas la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
¡Vamos, anímense! ¡Les doy facilidades! 
Como nota De Mattei, en los tribunales establecidos por ellos y dirigidos por ellos, directamente o a través de interpósita persona (por una "comisión no necesariamente formada por juristas", sic), «la combinación del canon 1683 y el artículo 14 sobre las reglas de procedimiento tiene, bajo este aspecto, un carácter explosivo. Sobre las decisiones pesarán inevitablemente consideraciones de naturaleza sociológica: los divorciados vueltos a casar gozarán, por razones de 'misericordia', de un carril preferencial» (art. cit.)

¿Qué significa aquí "carácter explosivo"? Es preciso aclararlo, para entender toda la perversidad de esta "reforma". El canon 1683 CIC 1983 decía que «si se puede demostrar en el nivel de apelación un nuevo motivo de nulidad del matrimonio, el tribunal puede admitirlo y juzgar sobre éste como si estuviera en primera instancia». El canon 1683, reformado en función del proceso más breve ante el Obispo, dice que «al mismo Obispo diocesano le compete juzgar la causa de nulidad de matrimonio con el proceso más breve cuando:
1- la solicitud se hace por ambos cónyuges o por uno de ellos, con el consentimiento del otro; 
2- concurran circunstancias de hechos y personas, apoyadas por testimonios o documentos, que no requieran una investigación o una instrucción más completa, y pongan de manifiesto la nulidad».
Y aquí está el punto: ¿cuáles son o pueden ser las circunstancias arriba aludidas? ¿Quién las establece? Están indicadas en una lista provisoria, justamente por el art. 14 § 1 de las reglas procesales, el artículo que menciona la "falta de fe" antes mencionado. He aquí la lista no exhaustiva de las "circunstancias":
«Entre las circunstancias que pueden permitir el tratamiento del caso de nulidad del matrimonio por medio del proceso más breve de acuerdo con los cc. 1683-1687, se enumeran, por ejemplo: la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad, la brevedad de la convivencia conyugal, el aborto procurado para impedir la procreación, la persistencia obstinada en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior, el ocultamiento doloso de la esterilidad o de una enfermedad grave contagiosa o de hijos nacidos de una relación anterior o de encarcelamiento, la causa del matrimonio completamente ajena a la vida matrimonial y consistente en el embarazo no previsto de la mujer, la violencia física infligida para extorsionar el consentimiento, la falta de uso de razón probada por documentos médicos, etc. ".
¿Qué significa "etc."? ¿Que nos encontramos ante un "quien tenga más para ofertar, que lo haga"? ¿Todas estas "circunstancias" se reducen a las invocadas tradicionalmente para manifestar la nulidad del vínculo o representan, al menos en parte, una novedad? La "falta de fe" es seguramente una novedad, como lo hemos visto. Pero si la lista de las "circunstancias" no es taxativa, o bien rigurosamente delimitada en el ámbito de las normas del código, entonces ¿debemos creer que su amplitud se deja librada a la discreción del obispo "juez" o de la "comisión de expertos" por él controlada? Así, pues, el obispo-juez puede crear el derecho que vaya a aplicarse, puede fabricar él mismo la norma en la forma de "circunstancias" siempre nuevas para declarar la nulidad del matrimonio. Explosivo, por tanto, el dispositivo del canon 1638 y del art. 14 § 1 de las reglas procesales, en el sentido en que puede, sin duda, hacer "explotar" el matrimonio católico, destruyéndolo por completo.