lunes, 18 de abril de 2016

EL DÍA DEL GRAN COMBATE

por Don Elia
(traducción del original italiano por F.I.)

Es el triunfo de las tinieblas. De parte del falso vicario de mi Hijo ha llegado finalmente la autorización, si no el mandato, de arrojar por comida a los pecadores públicos, endurecidos y obstinados, Su preciosísimo Cuerpo (que yo misma le he proporcionado de mi propia purísima sustancia) unido indisolublemente a Su divinidad... aquella carne con la que se inmoló en la cruz como expiación por los pecados humanos y aquella sangre que derramó en rescate de la humanidad caída a causa de su prevaricación, aquella misma humanidad que ahora vuelve a comer su propio vómito pisoteando la gracia inestimable, absolutamente inmerecida, que el Fruto de mis entrañas le mereció conmigo, fundida con él en el Calvario. Ya no creen en el Sacrificio redentor, ya no saben más con qué impensable amor fueron amados, no se dan cuenta del terrible riesgo que corren... porque ya no reconocen sus pecados. Ahora se sienten plenamente confirmados por aquella que suponen la suprema autoridad moral  -y que lo sería, si no ocupase aquel lugar de modo ilegítimo e indigno.

Desde la tarde de ese viernes hasta la mañana del primer día de la semana fue para mí como lo es hoy para vosotros: una única, absoluta, interminable noche del espíritu. Yo escruté aquella oscuridad sideral, sostuve aquel vacío imponderable, me planté en la nada de la ausencia total de Dios, sin el mínimo sostén humano ni divino... excepto aquel de la llama de caridad y de fe que el Espíritu Santo nutría en mi Corazón Inmaculado, a tal punto escondida en él que ni siquiera yo reconocía la luz. Fue el amor quien mantuvo encendida en mí la fe: sólo por amor quise seguir creyendo, a pesar de la desmentida radical y aparentemente irreversible de los hechos. Yo sabía, ciertamente sabía que había dado a luz a un hijo que iría a resucitar; pero ¿acaso el conocer las promesas de Dios le evita a uno el ser desgarrado no ya por la duda, sino por la agonía de ver el propio Amor, la Vida de la propia vida, yacer sin vida en el sepulcro, hecho irreconocible a causa del odio satánico?

También Su Cuerpo místico, nacido del agua y de la sangre de Su costado abierto, alimentado por mi carne incontaminada asumida por Él, ahora es apenas reconocible, abofeteado, burlado y humillado en sus miembros fieles, manchado, disgregado y disperso en sus miembros incrédulos. Por supuesto, en su esencia la Iglesia es y será siempre, indefectiblemente, una, santa, católica y apostólica, pero en la condición histórica de su porción militante se halla horriblemente lacerada y fangosa. ¿Cuántos de mis hijos se alejarán aún, escandalizados y decepcionados? Ya cuando falsificaron el santo Sacrificio del altar muchos de ellos se dijeron: "si los sacerdotes pueden cambiar la religión de un día para el otro, esto significa que nada era cierto y que, hasta ahora, nos han engañado". Así dejaron de creer y de ir a la iglesia, poniendo en riesgo su salvación eterna. ¡Cuánto he tenido que luchar para excusarlos ante mi Hijo que, a pesar de todas las circunstancias atenuantes, ve perfectamente las insuperables responsabilidades individuales!

Ahora con más razón dirán: "si la Iglesia cambió su opinión sobre cuestiones morales, significa que hasta ahora estaba equivocada y que, por lo tanto, puede equivocarse de nuevo en esto como en todo lo demás". Y luego, si ya nada es pecado, ¿para qué sirve rezar, confesarse y tratar de evitar el mal? ¿Cuántas almas se perderán a causa de este supremo engaño? Sí, si asienten a la iniquidad son responsables de su propia suerte; pero, ¿puede por esto el amor de una madre permanecer indiferente, abandonándolas a su trágico destino? ¡Por eso despertad, mis hijos fieles! Dejad de lamentaros y de gemir innecesariamente, por mucho que os sangre el corazón. Esforzaos en soportar la oscuridad con olímpica calma y en dejaros purificar por el seráfico ardor que os envío. Es doloroso, pero debéis haceros inmaculados para la misión que os espera, para formar el remanente santo de los últimos tiempos. Y vosotros, ministros de mi Unigénito, mis hijos predilectos, vosotros que sois Su boca, Sus manos, Su corazón, sacudid de vuestro ánimo la incertidumbre y el desconcierto, poneos en pie con coraje para poneros a la cabeza de mi ejército de elegidos. Si os obligan a actuar contra conciencia (es decir, contra la santa Ley de Dios que, como único camino al cielo, es la forma de vuestra conciencia), tomad con firmeza vuestras decisiones. No temáis: yo misma me encargaré de vuestro futuro.

Ahora que -de acuerdo a la palabra profética- no tenéis más príncipe, ni jefe, ni profeta, Jesús mismo os apacienta y os guía, Jesús mismo es el pastor y el obispo de vuestras almas, Jesús mismo es vuestra norma inviolable y segura: Ego sum pastor bonus, qui pasco oves meas... Ego sum ​​via, veritas et vita. Volveos a Él y reuníos a Su rebaño. Sed sencillos como palomas y astutos como serpientes. Si mi Hijo os concede la gracia del martirio, en la forma que sea, no la rehuséis, siempre y cuando estéis seguros de que es Él quien lo desea, y no un ímpetu imprudente o una llamarada de celo inoportuno. Hay necesidad de valientes y expertos generales para guiar a mis tropas a la victoria, no de héroes de un momento de quienes se rendirá pronta cuenta. Aprended de la lección ofrecida en 1812 por mis queridos hijos de la tierra rusa: después haber dejado avanzar al enemigo hasta la antigua capital, lo privaron de provisiones hasta obligarlo a salir, y entonces lo atacaron en retirada. He pedido en vano la consagración de aquel noble país para que su conversión vuelque las suertes del mundo gobernado por los enemigos de Dios; orad pues, ayunad y ofreced por esta intención decisiva.

«Toda la Iglesia sufrirá una terrible prueba, para limpiar la carroña que se ha infiltrado entre los ministros, especialmente entre las Órdenes de la pobreza: prueba moral, prueba espiritual. Durante el tiempo indicado en los libros celestes, sacerdotes y fieles serán puestos en un peligroso punto de inflexión en el mundo de los perdidos, que se lanzará al asalto por todos los medios: ¡falsas ideologías y teologías! La apelación a ambas partes, fieles e infieles, se hará en base a pruebas. Yo entre vosotros, los elegidos, con Cristo como capitán, combatiremos por vosotros [...] La ira de Satanás no está más sujeta; el Espíritu de Dios se retira de la tierra, la Iglesia se quedará viuda, he aquí la sotana fúnebre, será dejada a merced del mundo. Hijos, volveos santos y santificaos más, amaos mucho y siempre [...] Alineaos todos bajo la bandera de Cristo. Trabajando de esta manera, veréis los frutos de la victoria en el despertar de las conciencias al bien; aun estando en el mal veréis, a través de vuestra ayuda de cooperación efectiva, a pecadores que se convierten y al Aprisco llenándose de almas salvadas» (la Virgen de la Revelación a Bruno Cornacchiola el 12 de abril de 1947 en Tre Fontane, Roma).

viernes, 15 de abril de 2016

LA NUEVA LUZ DE BERGOGLIO

por Antonio Caponnetto



El calambur


Aparecida la Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, no pocos católicos formados en la Verdad de la Iglesia dieron la voz de alarma, con legítimas razones y fundadas prevenciones. Es que ocurre que el texto, por donde se lo lea, conduce inevitablemente hacia el puerto al que no debería llevar nunca la docencia petrina, en cualquiera de sus posibilidades expresivas. Conduce al error, a la ambigüedad, a la duda; a la confusión y al doble sentido. Y hasta para llegar al fruto bueno –que lo tiene, digámoslo sin retaceos- hay que sortear un tronco empecinado de argucias e imprecisiones, cuando no de dolorosas concesiones al siglo.

El diccionario de nuestra lengua llama calambur a aquella construcción idiomática o figura retórica que altera los significados mediante juegos silábicos; y pone -entre otros- un ejemplo que pinta perfectamente para la ocasión: “este es conde y disimula”. He aquí, en principio, y con el ejemplo de marras, el espíritu de la Amoris Laetitia: un tragicómico calambur de Francisco.

Acaso un punto particular probará lo que decimos.

La sociedad abierta y sus enemigos


Al llegar al capítulo V, Amor que se vuelve fecundo, la exhortación discurre con delicadeza sobre el concepto de “fecundidad ampliada”, que se da principalmente en aquellas críticas ocasiones en las cuales el matrimonio no puede engendrar hijos. Entonces, la fecundidad se amplía con el ejercicio de la maternidad y de la paternidad espiritual, con la adopción generosa o con la práctica de variadas formas de servicio al prójimo. Porque “la familia no debe pensar (sic) a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria” (181).

Por cierto que en situaciones ideales la sociedad no debería ser una amenaza para los hogares, ni una asechanza ante la cual protegerse. Pero mucho han insistido los pontífices –sin necesidad de remontarse a San Lino ni a Gregorio VII- en la prudencia que deben tener hoy las familias, inmersas como están en una cultura hostil al cristianismo, por decir lo menos. Prudencia vigilante, que si bien no ha de propiciar el aislacionismo social, tampoco puede estimular el desguarnecimiento frente a la sociedad presente, en gravísimo estado de corrupción integral.

Es evangélica la plástica imagen de la casa edificada sobre roca (Mt.7,25); y son de Nuestro Señor las prevenciones sobre los ríos desbordados, las lluvias desmadradas,los vientos destructivos. Clara señal para todos los tiempos; y tanto más en éstos, de que existen motivos para abroquelarse y defenderse de la sociedad. Hay una lejana e implícita matriz popperiana tras el planteo bergogliano de la relación familia-sociedad. Parecería que los enemigos de la primera ya no se encontrarían en los meandros de la segunda, si la segunda es –como está a la vista- una inmensa democracia liberal con la que se puede interactuar sin riesgos.

Mas bien los nuevos riesgos para un católico, a juzgar por el despliegue total de la Amoris Laetitia, consistirían en no ser lo suficientemente acogedores con los frutos descarriados y anómalos de esta comunidad moderna. Los enemigos de la sociedad serían ahora los católicos negados a la apertura; aquellos que “prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna” (308). Una pastoral no divorciada del dogma sempiterno, hablemos claro. Pero en este neo-magisterio dialéctico y pleno de heterodoxas disyuntivas, la confusión es preferible a la rigidez, que en otros tiempos se llamó sencillamente ortodoxia.

La mimetización familia cristiana-sociedad presente se propone casi como un axioma vinculado a la
Murillo, Sagrada Familia
historia sagrada. “Ninguna familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado diferente o «separada». Para evitar este riesgo, recordemos que la familia de Jesús [...] no era vista como una familia «rara», como un hogar extraño y alejado del pueblo [...];era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo. Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José [...].Eso explica que, cuando volvían de Jerusalén, sus padres aceptaban que el niño de doce años se perdiera en la caravana un día entero, escuchando las narraciones y compartiendo las preocupaciones de todos: «Creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día» (Lc 2,44). Sin embargo a veces sucede que algunas familias cristianas, por el lenguaje que usan, por el modo de decir las cosas, por el estilo de su trato, por la repetición constante de dos o tres temas, son vistas como lejanas, como separadas de la sociedad” (182).
El populismo político en el que ha abrevado Francisco le juega una mala pasada. Va de suyo que los hogares católicos no tienen que ser raros; ni mucho menos ajenos ni lejanos a las peripecias del suelo natal en el que han sido plantados por Dios. Son –y así deberían considerarlos todos- paradigmas de comportamiento doméstico; modelos de normalidad; esto es de norma y de canon. Pero los cristianos,tanto como sujetos individuales como agrupados en familias, están llamados a ser “piedra de escándalo” (Is. 8,14) y “signo de contradicción” (Lc. 2,34). Mala señal en consecuencia si no se comportan “demasiado diferente” respecto de los aborrecibles anti-modelos familiares que predominan hoy en el deificado pueblo.

Desde el momento en que un nuevo hogar católico se constituye a conciencia y libremente, su diferenciación y antagonismo con el resto de los hogares es inevitable y hasta obligatorio. Diferenciación y antagonismo que ha de presentarse en los hechos, no como un desprecio al resto de los mortales, pero sí como el mejor servicio apostólico y misionero que se le puede prestar al cuerpo social, y aún como el ejemplo más edificante y regenerador. Para que los paganos puedan volver a exclamar con admiración y deseo emulativo el proverbial “¡Mirad cómo se aman!, que registran los Hechos de los Apóstoles.

En las cartas paulinas, San Pablo refiere varias veces el ejemplo de la casa de Priscila y Áquila, modelos de esposos que “expusieron su cabeza para salvarme” (Rm. 16,3-5); y que no trepidaron en ser diferentes y en tenerse por segregados del resto del pueblo, precisamente por causa de su fidelidad a Cristo. De estos esposos ha hecho el bellísimo elogio Benedicto XVI, en su catequesis del 7 de febrero de 2007, instando a espejarse en ellos, porque prueban que, para los bautizados leales, “toda casa puede transformarse en una pequeña iglesia [...], toda la vida familiar, en virtud de la fe, está llamada a girar en torno al único señorío de Jesucristo”.

Pero además, o por lo mismo, si una familia católica reconoce en la casa de Nazaret su paradigma y su norte, ya no puede conformarse con ver en la misma esa especie de carpintería de barrio, como la pinta Bergoglio, “integrada con normalidad en el pueblo”. Aquello –ha dicho Guardini en el capítulo tercero de La Madre del Señor- “no era precisamente una familia, sino algo divinamente irrepetible, que no tiene nombre. Una fecundidad que redime al mundo, inmediatamente a partir de Dios. Un amor que era mayor, por ser diferente, que todo lo que ha unido jamás a las personas. Puede ser entonces que se use el nombre de ‘familia’ para indicar ese carácter de velamiento de lo propio y peculiar, tal como es característico de María”.

Curiosa exégesis psicopedagógica

Así como no se quieren ya familias diferentes, que contrasten con el resto por ser católicas, y hasta puedan ser perseguidas a causa de ello; ni se quiere tampoco que los católicos consideren demasiado raras otras uniones alternativas, los nuevos padres que necesitamos no han de estar preocupados por saber dónde están sus hijos. A semejanza de María y José -¡progenitores modernos,vaya!- que perdieron a su hijo casi adolescente en el camino de regreso de Jerusalén, pero no se inmutaron demasiado, pues no tenían con él “una relación cerrada y absorbente”. El muchacho podía hacer lío a discreción, sin tanto control represivo de la figura paterna ni coacciones emocionales de parte de la madre.

Es un problema que el Evangelio de San Lucas diga algo distinto. Santo Tomás nos lo explica asi en su Catena Aurea: que Jesús se quedó en Jerusalén “sin que nadie lo notara”, “sin que sus padres lo advirtiesen”; que se queda de este modo “para no ser desobediente”. Que sus padres lo buscaron con preocupación primero y sobresalto después, cuando se dieron cuenta de que no estaba “en la caravana, entre los parientes y conocidos” (Ls.2,43); que regresaron sobre sus propios pasos para localizarlo de una buena vez; y que al verlo al fin, sano y salvo en el templo, su madre, exclamó: “tu padre y yo te estábamos buscando con angustia” (Ls.2,48). “La madre –acota Orígenes- afectada en sus maternales entrañas, manifiesta con lamentos sus dolorosas pesquisas, y expresa lo que siente con la confianza, la humildad y la ternura de una madre: ‘hijo, por qué te has portado así con nosotros’ (Ls.2,48). Tras el significativo episodio, el mismo texto evangélico recuerda que Jesús “enseguida se fue con sus padres, y vino a Nazaret y les estaba sujeto” (Ls.2,51-52). Es decir, volvió a ser “absorbido” por la autoridad de sus padres terrenos.

No está mal que Francisco quiera inculcar el principio de una libertad gradual y responsable ofrecida paternalmente a la prole a medida que crece. No está mal asimismo que quiera evitar los estragos de familias monopolizadoras o enfermizamente endógenas. Pero para ello no es necesario tergiversar los Santos Evangelios, ni incurrir tampoco en el gravísimo error del historicismo o del evolucionismo dogmático. Dice, en efecto, la Amoris Laetitia, “Aquí vale el principio de que «el tiempo es superior al espacio». Es decir, se trata de generar procesos más que de dominar espacios. Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio [...]. Entonces la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida” (261).

Una vez más las disyuntivas dialécticas –que son otros tantos guiños al mundo moderno y a su psicologismo aterrador- no permiten inteligir la plenitud de la verdad. Si un padre está “obsesionado” por saber dónde está espacialmente su hijo, lo irrecomendable a lo sumo será la obsesión, pero no el ordenado requerimiento. Porque los espacios no son inocuos o neutros, ni somos sólo espíritus que habitamos espacios existenciales; y porque aún suponiendo que cada padre llevara consigo a un metafísico, antes inquieto por el ambiente del alma que por el paisaje físico –aún un sábado a las cuatro de la mañana, con el hijo púber ausente del hogar tras angustiantes horas de incierta espera- ese saber dónde está el alma no puede jamás desvincularse de dónde está el cuerpo.A no ser que neguemos el más elemental realismo antropológico.

Admitimos que “la gran cuestión” pueda consistir en saber “dónde está posicionado [el hijo] desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida”. Pero esto, no sólo no es independiente de saber “con quién está en este momento”, sino que guarda estrecha dependencia. Porque las compañías elegidas, tanto como los ámbitos espaciales predilectos, marcan y en ocasiones condicionan o determinan las ubicaciones espirituales y los posicionamientos existenciales. Es falaz la polarización bergogliana de la preeminencia del tiempo sobre el espacio. Extravío fatal de raigambre semítica, cuando el judío temporaliza las promesas divinas, se afianza a sí mismo como siglo presente, sin ver el siglo venidero ni escudriñar las profecías (Jn.5,39), y acaba matando al Justo, Señor del Tiempo y del Espacio.

La poesía que destruye

Pero volvamos al concepto de “fecundidad ampliada”, analizado en Amoris Laetitia. Tras referirse, como vimos, a algunos de esos modos a los que siempre aludió la Iglesia, verbigracia la adopción, la Exhortación señala otro modo, al que considera no menos significativo, y es el de la dedicación de los esposos al cumplimiento de sus “deberes sociales”. “Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales. Cuando esto sucede, el afecto que los une no disminuye, sino que se llena de nueva luz, como lo expresan los siguientes versos:

«Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.
Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos»
(181).

Es posible que el lector europeo –y aún el simple feligrés de a pie de estos pagos- ignore en profundidad quién es Mario Benedetti, autor de esta estrofa, como con toda inverecundia lo aclara la misma Exhortación, especificando en su nota a pie de página 204 la correspondiente referencia bibliográfica: “Mario Benedetti, «Te quiero», en Poemas de otros, Buenos Aires 1993, 316”.

Pues lo diremos en dos trazos; primero por respeto al sentido de lo obvio de los lectores informados, a quienes abundar en detalles sería cómo explicarles quién es el Che Guevara. Y segundo, porque lejos de nuestro ánimo cambiar el tema central de estos comentarios, que no es ciertamente el retrato de un vulgar escritor marxista, sino el dolor de saber que Francisco ha optado por la poesía que destruye, según la nunca olvidada distinción de José Antonio Primo de Rivera. Opción que de ningún modo se reduce a una cuestión estética, ni es esa su gravedad mayor, sino a una inequívoca predilección por un mensaje tan alejado del pulchrum como de los restantes trascendentales del ser.

Bergoglio prueba una vez más con esta intromisión escandalosa de un artista degenerado en un texto teóricamente dirigido a celebrar la alegría del amor, que el timor Domini no es precisamente su rasgo más distintivo. Tampoco un don más modesto aunque valioso, como el cultivo del gusto por la Belleza y el consiguiente desdén por las cursilerías. Nada lo detiene ni lo turba en su vocación de maridaje con la contracultura y aún con la contra iglesia. Nada se le presenta como dique a su moral de situación, a su misericordia despreocupada de la justicia, a su praxeología inclusiva, ausente de criterios rectos que separan la cizaña del trigo. Las cosas digámosla como son. Porque ya todo está a la vista, excepto para los ciegos que guían a otros ciegos (Mt. 15,14).

Mario Benedetti, en efecto, fue un hombre de letras de nacionalidad uruguaya (1920-2009), dedicado en forma activa y perseverante a la militancia comunista, a la propaganda revolucionaria sistemática y, lo que es más grave, a participar de las acciones de la agrupación terrorista Tupamaros, cuyos guerrilleros, principalmente en la larga década de 1970, cometieron un sinfín de asesinatos a mansalva. Todo; absolutamente todo en el perfil ideológico de Benedetti, delata al enemigo declarado de la civilización cristiana. Y todo en su perfil humano y creativo hace patente a un alma visceralmente odiadora de la Iglesia y de su Magisterio Tradicional. Su poema “Si Dios fuera una mujer” constata incluso, que los terrenos de la blasfemia y del sacrilegio tampoco le estuvieron vedados. Es más; él mismo llamó a tamaña toma de posición una “venturosa, espléndida, imposible, prodigiosa blasfemia”.

El poema elegido por Francisco para ilustrar la fecundidad ampliada a la que puede y debe llegar un matrimonio cristiano para llenarse de una nueva luz es, redondamente, un himno marxista, musicalizado y cantado por todas las voces de las izquierdas americanas y españolas. Un himno emblemático, repetido por todos los multimedios, machacado, reiterado, difundido hasta el hartazgo y la náusea; sin que faltaran incluso las apropiaciones lésbicas de la letra y del contenido; ya que, completo, el engendro sostiene: “y porque amor no es aureola/ ni cándida moraleja/ y porque somos pareja/ que sabe que no está sola”. ¿Esta es la nueva luz de la fecundidad ampliada propuesta como programa e ideario para los matrimonios católicos? ¿Esta es la nueva luz que encenderán y portarán como antorcha cuando se aboquen al cumplimiento de sus deberes sociales? ¿Esta es la nueva luz que surgirá entre ellos y de ellos, cuando vuelquen su potencial germinativo y fundante en los quehaceres cívicos de la patria y del orbe?

Los matrimonios católicos –y sobre todo aquellos que no hemos permanecido indiferentes a los compromisos con las legítimas y justicieras luchas patrióticas- nos sentimos ofendidos con esta ruin poesía que destruye, vulgar panfleto libertario y socialista, que solicita una justicia, una rebelión y un pueblo absolutamente identificados con el programa del enemigo. Nos sentimos ofendidos, y el vejamen duele hondo, sabiendo que quien debería darnos “la leche pura de la palabra espiritual”, nos entrega la “leche adulterada” (1 Ped.2,2).

Francisco no puede ignorar el modelo de fecundidad ampliada que les está propiciando a los cristianos con estas rimas insidiosas. Tampoco puede ignorar, pero lo hace, que el catolicismo es pródigo en cánticos de amor conyugal, dadivoso y fértil en altos romanceros y cancioneros de hombres y de mujeres entrelazados nupcialmente en el campo del honor, espléndido en poemarios que exaltan la unión de los esposos que marchan juntos al combate, radiante e inmenso en su antología de versos que laudan la verdadera luz de Cristo, por la que caballeros y damas asaltaron murallas en defensa de la Cruz. No puede ignorar incluso que aquí, en el Rio de la Plata, familias enteras fueron diezmadas por el odio castrista de los seguidores de Benedetti; y que en muchos de esos casos, las esposas de nuestros soldados se hicieron acreedoras del encomio quevediano:

“Hilaba la mujer para su esposo
la mortaja primero que el vestido;
menos le vio galán que peligroso.

Acompañaba el lado del marido
más veces en la hueste que en la cama;
sano le aventuró, vengóle herido”.

No; la nueva luz de la fecundidad ampliada, para quienes se aman sacramentalmente y se abocan al compromiso social y político, no se enciende en la hoguera roja de la rebelión marxista, sino en el
Mucho más que dos caretas para un único timador
cirio vivo del Madero Reverberante y Transfigurador. Entonces el esposo no le dice a la amada que es su cómplice, sino “hueso de mis huesos” (Gen.2,23). No elogia sus manos porque trabajan por una justicia homicida y rencorosa, sino porque corren por ellas “las gotas de mirra”, vestigios del Amado (Cant.5,5). Ni cree que juntos sean mucho más que dos, sino “una sola carne” (Gen. 2,24).


Envío

“La ausencia de memoria histórica –dice la Amoris Laetitia- es un serio defecto de nuestra sociedad. Es la mentalidad inmadura del «ya fue». Conocer y poder tomar posición frente a los acontecimientos pasados es la única posibilidad de construir un futuro con sentido. No se puede educar sin memoria” (193).

Pues bien; no era ni es la poesía que destruye la que nos habilita o alecciona a poner en práctica esta fecundidad ampliada, tan necesaria y tan legítima para los matrimonios católicos, hayan podido o no traer hijos al mundo. Es la memoria veraz y fiel de los hechos y de los personajes paradigmáticos. Es el recuerdo vivo, real y vigente de esas casas fundadas sobre piedra, con el padre por cabeza, la madre por sostén y los hijos como linaje. A ellos el homenaje austero de estas líneas finales.

A las familias vandeanas, perseguidas como bandidos y sostenidas sólo por el amor irrefragable al Corazón de Jesús. A las familias cristeras, derramando su sangre por los altos de Jalisco, con el Viva Cristo Rey en cada labio. A las familias hispánicas, alistadas en la reconquista, contra moros, judíos y rojos, según pasaron los siglos. A las familias argentinas, a las que les tocó prolongar en suelo americano la resistencia y la cruzada contra los enemigos de Dios. A las familias de todos los tiempos y de todos los espacios –benditas coordenadas en el plan del Creador- sin olvidarnos del más remoto de los años ni del más pequeño de los paisajes terrenos. Cuándo hayan sido y dónde hayan sido sus testimonios, no los olvidemos y les demos gracia, con el brazo alzado y la mirada limpia.

A ninguno de estos personajes ejemplares, de carne y hueso, que recorren la historia toda de la Cristiandad, se les cruzó por la cabeza lo que sostiene esta desdichada Exhortación, según la cual, “hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales”(36). Precisamente amaban al sacramento del matrimonio por lo que tenía de ideal teológico; y precisamente pudieron sus integrantes ser fecundos, en hijos y en servicios, en descendencia y en obligaciones sociales y políticas, porque encarnaron ese ideal teológico y le fueron fieles.

Coplas existen, y no son de poetastros menores, en las que se narran aquellos heráldicos casos de esposos dados por muertos en las lides medievales, y que vuelven un día, inesperada y milagrosamente, después de añares infinitos, para encontrarse con la fidelidad intacta de la esposa; tan intacta como su esperanza y su presentimiento del regreso, razones por las cuales no había vuelto ella a casarse, ni él a conocer tálamo alguno.

En la iglesia franciscana de Nancy, una lámina mortuoria ha inmortalizado este gesto de recíproca observancia marital. Es la que recuerda a Hugo I de Vaudemont y a su esposa Ana, íntimamente abrazados, después de diecisiete años sin verse. Él retorna de las Cruzadas. Ella lo aguardaba firme y devota como si hubiera partido anoche. Él y ella son dos creaturas católicas, con un ideal teológico, que no les pareció en absoluto demasiado abstracto. Por el contrario; llevaba la gravitación de la carne, el impulso de la materia consagrada, el dinamismo y la fuerza, el arrebato y el entusiasmo de todas las fibras crispadas que laten al unísono entre dos bautizados que se aman. Fueron concavidades y convexidades que se necesitaban la una a la otra, hasta que la muerte los separe. Que lo diga mejor Gerardo Diego:


“Quisiera ser convexo
para tu mano cóncava.
Y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
Ser de todas las formas
como agua siempre a gusto en cualquier vaso
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín - dentro y fuera - siempre exacto”.


lunes, 11 de abril de 2016

«APACIENTA MIS CABRITOS»

Era precario, imposible el equilibrio -un equilibrio de equilibrista, entiéndase, por lo circense: circundado de payasos y chimpancés, y de redomonas fieras- este que la Iglesia conciliar, en sus insulsos y prescindibles documentos, pretendía sostener entre los dos polos de la adhesión (siquier nominal) a la ortodoxia y el halago del mundo: ese mismo mundo que pronto se reveló insaciable en sus avances, reclamando siempre -según lo anticipara una célebre novela de casi cien años atrás- una nueva trahison des clercs. En el declive que corre entre ambos polos, con la Verdad crecientemente asordinada y revestida de vegetación parásita, iba a llegar el día en que se le concediese al enemigo el bocado más discutido y denegado. Había que oficializar el sacrilegio, ponerlo en palabras escritas por el mismo Papa, tarea para la cual ideólogos de la talla del cardenal Kasper (comisionado en su momento para abrir el debate en torno de los posibles cambios en la disciplina sacramental) vienen esparciendo sus gases letales con el beneplácito de sus superiores -que llegarán un buen día a otorgarles la merecida púrpura- ya desde el inmediato post-concilio, cuando eran capaces de escribir que
«un Dios entronizado sobre el mundo y la historia como un ser inmutable es una ofensa al hombre. Debemos negarlo por el bien del hombre, porque reclama para sí una dignidad y un honor que pertenecen por derecho propio al hombre» (Walter Kasper, Gott in der Geschichte. Gott heute: 15 Beiträge zur Gottesfrage. Mainz, 1967).
Delicias del levantamiento de la censura eclesiástica (que vino a ser al modernismo lo que la imprenta significó para la propagación del luteranismo), no hace falta mencionar los resultados de este nuevo género de libertades: basta asomarse a la vitrina de cualquier librería -digamos- católica, o echar un vistazo a los boletines que circulan en las parroquias los bullangueros domingos, cuando se celebra el mero ágape fraterno.

Curiosamente en esta sazón, los medios masivos, intérpretes a la par que inspiradores de las ventrales expectativas del mundo, resultaron hermeneutas mucho más sagaces que la mayoría de los medios católicos (los de su vertiente neocon, pero increíblemente también los de algunos que han mantenido una actitud crítica respecto de este pontificado) que se apresuraron a precisar que "aquí no ha pasado nada", "el Papa, aunque con las ambigüedades de rigor, no apuró el salto al vacío que alentaban los revolucionarios", etc. Sin dudas que la angurria progre debió quedar insatisfecha con dos o tres notas a pie de página en que se concedía lo inaudito en voz apenas baja, o con las camaleónicas denuncias de la ideología de género, trampa cazabobos de esas a las que Bergoglio suele recurrir a sabiendas de que hará con ellas pingüe cosecha entre "conservadores". Pero no, los medios que clamorearon la apertura de la Iglesia a los "arrejuntados" no distorsionaron nada: simplemente entendieron lo que se estaba concediendo al fin -quizás notificados por la misma oficina de prensa de la Santa Sede, que pudo haberles ahorrado la indigesta lectura del documento, limitándose a señalarles los escasos párrafos con sus respectivas notas que respondían al secular reclamo mundanal: estamos hasta el tuétano del maquiavelismo clerical como para no admitir esta realísima posibilidad. Para mayor confirmación de lo rectamente colegido por la prensa, ahí está la vaticanista de La Nación, relamiéndose los bigotes al reportar que «al día siguiente de la publicación de Amoris laetitia, [...] el Papa le dio ayer un "significativo abrazo" a un grupo de 50 ex prostitutas y transexuales oriundos de diez países». Esto también cae a cuenta de la conocida estrategia de Bergoglio: proliferar "gestos" y acciones que vayan más allá de las palabras y orienten su única interpretación plausible.

El caso es que Francisco, con ese típico apego de los mediocres a sus propias irrelevantes ocurrencias, empieza desde el vamos alentando engañosamente a los normalistas con aquella temible sentencia de la Evangelii Gaudium que reza que «el tiempo es superior al espacio», empleada ahora para desanimar a quienes esperaban que las discusiones doctrinales mantenidas en ambos Sínodos se dirimieran con intervenciones magisteriales. Es una críptica concesión al historicismo a la vez que una falsa garantía de no innovación al presente, como si se dijera: "el tiempo se encargará de decantar el disputado asunto, quizás dentro de dos o tres pontificados se acceda al fin a este pedido de dejar comulgar a quienes viven en pecado mortal público y manifiesto. Por ahora sólo podemos concederles nuestra misericordiosa atención".

Esta supuesta declaración de principios, pronto coronada con otro de los flatus vocis de bergogliana prosapia que hace de las irreductibles discusiones sinodales "un precioso poliedro" a los ojos de Francisco (AL 4), deja inmediato lugar a la interminable logorrea siguiente. No hemos leído mejor análisis del asunto que aquel ofrecido por don Elia, sacerdote italiano que, recordando el impío final de aquel cardenal Martini que fuera mentor de Bergoglio, lo aplica a la actual situación de la Iglesia, resignada a la eutanasia espiritual.
Si se quisiera pescar el texto en algún preciso disparate doctrinal, se tendrá al fin la acostumbrada impresión de hallarse en pugna con un objeto viscoso y huidizo que no se deja aferrar por ningún costado: no hay un pensamiento articulado y coherente, no hay un desarrollo teológico argumentado, sino una repetición enervante de temas recurrentes con variaciones que, en apenas trescientos veinticinco párrafos, abate cualquier resistencia mental y psicológica. El realismo al cual insistentemente se nos apela no es aquel de la interacción entre naturaleza y gracia, típico de la tradición católica, sino aquel de la sociología y el psicoanálisis, que ignoran completamente la acción de la gracia -si no entendida en el significado impropio de consuelo psicológico- y consideran exclusivamente a la naturaleza en su desesperada incapacidad de corregirse. Como consecuencia, la única solución posible, en el infaltable hospital de campaña, no es curar las dolencias con una terapia adecuada, sino "ayudar a morir" a los pacientes acogidos, integrados y felices de serlo. ¿Qué decir? Eutanasia del espíritu...
Entreverados en esta logorreica e interminable receta, expresados en forma ambigua o imprecisa, en el penúltimo capítulo (el decisivo) llegan finalmente los errores formales, cuando el exhausto lector, adoctrinado por los trescientos párrafos precedentes, ya no se encuentra en condiciones de reaccionar. ¡Finalmente algo a lo que aferrarse para denunciar -lo que se espera que empiecen a hacer obispos y cardenales- una explícita desviación doctrinal! El error más grave, del que se derivan los otros, se refiere a la imputabilidad moral de los actos humanos, que no siempre es plena. Verdaderísimo para las acciones singulares; lástima que las así llamadas situaciones irregulares hayan sido duraderas y en condiciones estables en las cuales no se puede caer por debilidad o inadvertencia, razón por la cual la observación no es pertinente. De este error de perspectiva se sigue la opinión de que no todos aquellos que viven una situación conyugal irregular están en pecado mortal, privados de la gracia santificante y de la asistencia del Espíritu Santo. Esto sólo puede resultar cierto en presencia de la ignorancia invencible, pero, ¿es una hipótesis admisible en este caso? En la eventualidad, el deber de todo fiel -y con más razón el de todo sacerdote- es justamente el de instruir a los ignorantes. Por consecuencia, afirmar que quien está en estado de pecado grave es miembro vivo de la Iglesia no puede no ser falso: el pecado mortal se define justamente como  muerte del alma. Si luego, en esta pendiente, se llega a sugerir que el adulterio permanente puede ser por el momento "la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo" (Amoris laetitia, 303), llegamos a la blasfemia. Para remediarla no alcanza una cita de santo Tomás, instrumentalizada y arrancada a su contexto: éste el método de los Testigos de Jehová.
Poco antes de alcanzar estos momentos culminantes, los únicos que revisten alguna importancia en todo el documento, el autor de este engendro venía preparando el terreno con afirmaciones tales como «la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita» (AL 298), o aquella otra enormidad digna de ser proferida con pancartas en alguna hipotética protesta de reclusos infernales: «nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL 297). Con razón desde el Mundabor's blog, deteniéndose en los parágrafos álgidos de la Leticia (y en particular en el 301, en el que se dice que «un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender "los valores inherentes a la norma" o puede estar en condiciones concretas que no le permitan obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa»), arguyen que «esto equivale a la abolición del pecado mortal para cualquiera salvo para los satanistas. Cualquier prostituta, traficante de drogas o violador de niños podrá fácilmente aducir que tiene grandes dificultades en comprender los "valores inherentes" a las normas, que van contra lo que él realmente quiere hacer. Cada uno podrá decir que "no puede actuar de otra manera". Cada uno podrá decir que no puede tomar otras decisiones "sin una nueva culpa"», pues el dejar de abusar de niños podría empujar a alguno al suicidio, o el abandonar la prostituta su innoble menester condenaría acaso al hambre a su descendencia.

Bergoglio, el gran mercader de indulgencias, da definitivamente al traste con aquel adagio que afirma que «nadie es tentado más allá de sus fuerzas». Y su insidioso latitudinarismo supone, junto con la negación del Evangelio («esforzaos por entrar por la puerta estrecha»), la disolución de hecho de toda consideración objetiva de orden moral. Que lo diga su pluma, pues: «es mezquino detenerse a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (AL 304). Es increíble, como suena. Pues para el "animal político" que es el hombre, que la actuación de una persona responda o no a una ley general no puede ser indiferente, pues ésta otorga el único criterio probable de la abnegación de su egoísmo, a la vez que estimula el ejemplo y la emulación. Que la adecuación de la conciencia con la norma pueda ser a menudo imperfecta (y la norma no estar suficientemente interiorizada) no autoriza a elevar sospechas contra la conducta virtuosa: en nuestros días de vicios desatados y de caos, una tal sospecha contribuye a consolidar el mal por el descrédito del bien. De ahí que aquel que aboga tanto contra el casuismo no haga en su documento otra cosa que casuismo y de la peor ralea, recurriendo hasta la náusea a fórmulas tales como «la innumerable diversidad de situaciones concretas», «el discernimiento cuidadoso de los casos», y otras obviedades presentadas como otros tantos descubrimientos y esgrimidas contra los principios mismos de la ciencia moral, ofreciendo una machacona confrontación del fuero interno con el externo y exaltando la excepción y el atajo de la norma. Al autor de estos bergoglemas cabe aplicarle al dedillo aquellas palabras de Pascal: «los casuistas someten la decisión a la razón corrompida y la toma de decisiones a la voluntad corrompida, de manera que todo cuanto existe de corrupto en la naturaleza del hombre se vuelva la esencia de su conducta».

Quizás la suerte del papado en tiempos próximos a la Parusía esté parcialmente figurado en aquel pasaje del cuarto evangelio (21, 4 ss.) en el que, después de la Resurrección, hallándose los discípulos en la barca a escaso margen de la orilla y habiendo reconocido al Señor que desde tierra les había comandado la última pesca milagrosa, Pedro se ciñó la túnica -que era lo único que llevaba puesto- y se arrojó al agua. Lanzarse con lo puesto (ya siquiera sin los paramentos que denotan la dignidad papal, voluntariamente depuestos) a las aguas envolventes del mar del mundo, justo cuando se está a punto de concluir la travesía de los siglos, con el Señor que aguarda en la orilla próxima: tal la locura auto-destructiva de la Iglesia embriagada por los vahos del modernismo. Esto y consentir con la segunda de las tentaciones sufridas por Jesús en el desierto, la de arrojarse desde el pináculo del Templo para tentar a su vez a Dios (Mt 4, 5), es poco más o menos lo mismo. Es de temer que, siendo Dios así probado por estos malandras, no dejará de responder según su estilo.

Imaginábamos una legión de ángeles que saliera a confiscar en vuelo la edición completa de la Amoris laetitia con el solo fin de retocar su título, para hacerlo más afín con su contenido e intenciones y denunciar de este modo su toxicidad. Y pensábamos que podía caberle el de Traditoris saevitia, «la vehemencia de la traición». O el de Languoris nequitia, «la perversidad causada por la flojera». Pero en honor a quien debe ser su indubitable cerebro oculto, mucho más que monseñor Tucho y cuantos think tanks se atribuyan la redacción de este entuerto, creemos que le cabe el de Capronis divitiae, «las riquezas del Cabrón». Sólo de la inagotable cantera de recursos de que dispone el Príncipe de los réprobos para frustrar la salvación de los hombres podía salir la materia y la forma de esta perfidia apostólica. Y ya que todos los adulterios son igualmente celebrados en este volumen, desde el que atañe a la doctrina al que remite a las eufemísticas "situaciones irregulares", la de apacentar a los cabritos, los que serán puestos a la izquierda del Justo Juez a su venida (Mt 25, 33) parece haya sido el cometido consignado a Francisco por aquel a cuyo servicio lo arrastró su apostasía.

martes, 29 de marzo de 2016

IMPERDIBLE NOVEDAD EDITORIAL

Queremos recomendar desde aquí un libro de reciente aparición, firmado por Miles Christi, que reúne un elenco muy ilustrativo, en hechos y palabras, de lo peor del pontificado en curso. Algunos de sus capítulos han aparecido oportunamente en distintos medios digitales -entre los cuales, el nuestro-; muchos otros permanecían inéditos hasta hoy.

A quien desee adquirir Tres años con Francisco. La impostura bergogliana, le bastará remitirse a la francesa editorial Saint-Rémi (ver enlace aquí), responsable de la edición de este volumen en nuestra lengua y de su correspondiente en francés (están previstas próximas ediciones en inglés, italiano y portugués). Un extracto en pdf (que incluye el índice, la nota preliminar del autor, más un fragmento del prefacio que el mismo amablemente nos encomendara, con la introducción y la conclusión del libro, y un fragmento del postfacio debido a Federico Mihura Seeber) puede consultarse aquí. 

La tenemos por una obra realmente notable, capaz de evidenciar en toda su crudeza -sin las restricciones que pudieran deberse a una actitud reverencial inapropiada para el caso, ni a ocultos intereses carreristas- la notoria apostasía de aquel que dijo el día de su elección que "sus hermanos cardenales habían ido a buscarlo casi al fin del mundo". Profeta quizás en esto a su pesar, como Caifás y la burra de Balaam, Francisco vuelve a exponernos en este libro buena parte de sus horrísonas ocurrencias manadas en los tres primeros años de su tiranía. El contrapunto, aquí y allá, se lo hace el Magisterio perpetuo, al que le cumple aquel oficio que la santa de Lisieux deseara encarnar en su lecho de muerte: el de vivir en los tiempos del Anticristo para combatirlo con la proclamación de la Verdad a los cuatro vientos.

viernes, 29 de enero de 2016

«BLASFEMOGLIO» EN CINCO IDIOMAS

Emotiva selfie de Francisco

Por un extraño prodigio que quizás pueda ser elucidado algún día por los demonólogos, el limitadísimo repertorio de ideas de Jorge Mario Bergoglio logró manar en pocos años una abundante tasa de irreverencias a cual más estridente. Fruto de los desvelos de Alejandro Sosa Laprida, ya habíamos publicado aquí la compilación titulada «Blasfemoglio: crónicas de un impío», ahora accesible en cinco idiomas (inglés, italiano, portugués y francés, aparte de nuestra lengua). En la medida en que sigamos publicando artículos que desplacen esta entrada de la página principal, alojaremos en la columna derecha de nuestro blogue el enlace permanente a esta obra políglota que, al paso que llevamos, requerirá periódicas actualizaciones.



Microsoft Word 




Otros documentos de interés:




jueves, 17 de diciembre de 2015

¡AH, BABILONIA, MALDITA...!

Nos habíamos llamado a silencio por razones de fuerza mayor -y al punto volveremos al mismo-, sino que no podemos dejar de repetir a viva voz la identificación de la Roma usurpada y trastrocada con la Meretriz Magna del Apocalipsis, «cuyo nombre es Misterio», y que está «ebria de sangre de los mártires de Cristo». Para esos mártires, cuya memoria se esmera en afrentar con sus asiduas procacidades, la Ramera sabe alternar una beatificación con un espectáculo de burdel. Ya es todo nuestro el estupor que san Juan probara ante una visión tan increíble, y esto porque quienes conducen a la Iglesia siguen elevando sin cesar la apuesta, sin que podamos siquiera colegir qué nueva y más grave impudicia ofrecerán la próxima semana.

Como esos tres líderes religiosos (el católico, el protestante y el cismático oriental) que Soloviev reunió en su célebre relato no a instancias del ecumenismo post-conciliar (esto es: no unidos por el amor sino por el espanto ante la figura cada vez más reconocible del enemigo), los cuales, en un momento de la tramposa alocución del gran líder laico no dudaron en denunciarlo al grito de: «¡hermanos! ¡Es el Anticristo!», así creemos tener que clamar, a la vista de la basílica junto al Tíber: «¡hermanos! ¡Es Babilonia!», apremiando el paso antes de que un nuevo Vesuvio la sepulte en el fuego de su indignación. Porque ha de saberse que, luego del reciente espectáculo de luces e imágenes sobre la cúpula de san Pedro, que emplazó -el mismísimo día de la Inmaculada- simios y tucanes allí donde reposan los restos del Príncipe de los Apóstoles, ahora se anuncia, para abril próximo, el Primer Congreso Mundial de la Sociedad Europea de Ginecología Estética (!!!), que ya hizo circular sus invitaciones, convenientemente ilustradas con la fachada de la basílica mayor de la Iglesia.




¡Qué triunfo se han reportado los infames! No sin escrúpulos al tener que consignar aquí tales datos, «porque las cosas que hacen ellos en secreto, no permite el pudor ni aun decirlas» (Ef 5, 12), del programa del Congreso se deduce la participación de una entente de quirurgos que, en las instalaciones del Institutum Patristicum Augustinianum, tratarán cuestiones tales como la estimulación del "punto G" para una vida sexual más satisfactoria, o bien sobre "reconstrucción vaginal", himenoplastia, engrose de los labios de la vulva con injertos de grasas y tejidos, lifting del clítoris y cosmética vaginal, todo con proyecciones audiovisuales. De entre los profesionales participantes, venidos de distintos países del mundo, figuran como los más numerosos cinco connacionales del Sumo Pontífice: algo así como una firma. El programa, en inglés, consta aquí.

Amparada por la apariencia aséptica de "ciencia", si algo demuestra esta asamblea de corruptores es su avidez por profanar el último reducto sacro (o lo que se les representa como tal) en un mundo definitivamente volcado al hedonismo sin freno. Alcanza tan fácilmente su objetivo sólo a instancias de una Jerarquía que ya viene consagrando lo venéreo en todas sus versiones y perversiones, rendida antes de pelear y, muy a menudo, partícipe material de cuanta aberración sexual encuentre cauce en la hipnótica demencia de una población mundial tele-dirigida por demonólatras.

Ni un cineasta como Buñuel, con sus sopesadas dosis de anticlericalismo, non-sense y amargura existencial, hubiera podido excogitar un pastiche tamaño. A la nueva Iglesia y a sus fieles y ministros, y a sus invitados, cada vez más configurados todos con Babilonia, sólo les cabe por epitafio espiritual aquel elocuente paso del refranero: puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija.

lunes, 7 de diciembre de 2015

SALMO PARA EL JUICIO DE BABILONIA

Herrade von Landsberg (s.XII), La Ramera de Babilonia


Astutos enemigos la embriagaron
con ajenjo, y sus manos codiciosas
usaron para hollar todas sus cosas
y, así que estaban sucias, la ensuciaron,

y así, sin pausa, ya no descansaron
hasta usurpar el Trono, las raposas.
Y al tiempo que a las rosas
hurtaron tez y aroma, la apremiaron

a enderezar las velas hacia el yermo,
y al desnortado rumbo acometido
-contrarios rumbos ambos- van aína.

¡Que colmen la medida! Ya no duermo
celando el fogonazo y el tronido
que anuncien de la Meretriz la ruina.


Fray Benjamín de la Segunda Venida