lunes, 15 de julio de 2013

HÉGELO-JOAQUINISMO Y KATÉJON

Como los presos van señalando cada uno de los días transcurridos entre rejas con un nuevo trazo en la pared, en espera de saborear su liberación futura en la longura creciente de la ristra, así podríamos añadir uno y otro palote a la ringlera para reseñar cada nuevo acto de demagogia del papa Bergoglio. Pero lo haríamos con el riesgo de volver tediosa la crónica, ya que no hay nada más repetitivo y previsible que la vulgaridad. Además, trayendo a cuento la entrevista del Pontífice -invariablemente flaca en aliento sobrenatural- con la cocinera farandulera o el político venal, o su epístola "compinche" al cantante de rock condenado a prisión efectiva por la muerte por descuido de casi doscientas personas, no haríamos sino agregarle una nimia raya al tigre o a la celda, y lo fenoménico acabaría por ocultarnos lo esencial.

Es muy de temer que sea en esta última instancia, la de lo esencial, aquella en la que se libra ya el combate, aderezado exteriormente con mil y un "gestos" para la deglución de una feligresía reducida a populacho, mimetizada por completo con el mundo, que espera en las gradas su lonja de carne y show. Porque todo papa es portador de algún temperamento y -si lo tiene- de un carácter, y éstos pueden ser más o menos adecuados a su excelsa función sin que al papado lo modifique esto mucho. Pero el hacerse voluntariamente ejecutor de un programa que excluye a la Providencia en el gobierno de la Iglesia para someter a ésta, en lo que toca a su historicidad, a la pura inmanencia, y posponer el reinado de Cristo a los designios cerradamente humanos de un puñado de ideólogos: éste sí se diría el quid  y el culmen del extravío modernista.

A este respecto, resulta del mayor interés el artículo firmado por el padre Mauro Tranquillo y publicado por la página del distrito italiano de la FSSPX (ver http://www.sanpiox.it/public/index.php?option=com_content&view=article&id=986:papa-francesco-un-tentativo-di-lettura-del-nuovo-pontificato&catid=64&Itemid=81), en el que el autor se pregunta, a la luz de los estilos marcadamente contrapuestos de Ratzinger y Bergoglio, y de la tan disímil recepción que ambos pontificados le han merecido a la prensa, si la situación de la Iglesia ha cambiado realmente tanto en los últimos meses. «Que los graves problemas morales y financieros de la Curia Romana o de muchas diócesis no puedan haber sido resueltos por la simple elección del Papa Francisco es evidente, sobre todo sabiendo que todos aquellos que eran protagonistas permanecen en sus puestos». Comprueba también el autor que el pensamiento de ambos papas coincide a grandes rasgos en su concepción del ecumenismo y de la libertad religiosa, según la peculiar y poco ortodoxa doctrina que el Concilio Vaticano II presentó sobre el particular. Entonces, ¿por qué Francisco y los medios, de consuno, se esmeran en ofrecer una como ruptura o contraste con el papa precedente? La respuesta podría hallarse en la recurrencia táctica a la dialéctica hegeliana, tal como el modernismo pretendió inocularla a la vida misma de la Iglesia en sus ya centenarios embates.
El Papa Bergoglio presenta una imagen de la Iglesia que entra en una fase completamente nueva, nueva incluso respecto a la "ortodoxia post-conciliar" encarnada en la hermenéutica de la reforma de Ratzinger. Benedicto XVI representaría así, acaso deliberadamente, una síntesis (en sentido modernista) de la doctrina católica preconciliar con el post-concilio, una suerte de punto de inflexión del sujeto-Iglesia, que ahora está listo para lanzarse a una nueva antítesis, a una nueva ruptura, según el ritmo vital del que habla la Pascendi. Es más: sabiendo lo que la encíclica de san Pío X dice sobre el rol de la autoridad en la Iglesia a tenor de los modernistas, parece que todo hubiera sido dispuesto a sabiendas: ruptura con la ortodoxia católica en el Concilio, revolución, síntesis de todo esto con Ratzinger (síntesis vital vuelta visible en la equiparación de los dos rituales), y ahora contraposición a esta síntesis. En la práctica, de ahora en más la ruptura será presentada entre el pre- y el post-Bergoglio, más que entre el pre- y el post-concilio.

El velo por la tiara

Llegados a este punto, y vuelto ostensible el leit-motiv de cuanta predicación brote de los labios de Bergoglio (la Iglesia pobre y para los pobres, disociada de cualquier ejercicio del poder, etc.), resulta que
la misma estructura jurídica de la Iglesia es minimizada, si no despreciada: no sólo los excesos de ésta (el "burocratismo"), sino el hecho en sí mismo. La Iglesia, dice Bergoglio, no es «una estructura bien organizada» (vigilia de Pentecostés dedicada a los movimientos, 18 de mayo de 2013); él rechaza toda imagen de autoridad y la idea de la societas perfecta; evita sentarse en el trono, no gusta de los homenajes ni del ceremonial. De la "florecilla" edificante se desliza raudamente a la imagen de una Iglesia ya no más estructurada como sociedad visible, sino como una comunión, una "caridad" (opuesta a sociedad) a la que preside el Obispo de Roma. ¿Sobreinterpretación? No parece, si leemos lo que Bergoglio dice en contra del poder temporal de la Iglesia (que sin embargo tiene inferencias dogmáticas, según el Syllabus de Pío IX -proposiciones condenadas LXXV y LXXVI- y las definiciones de Unam Sanctam -sobre las dos espadas, y la sumisión de la espada temporal a la espiritual-) en su libro El cielo y la tierra, escrito con el rabino Skorka cuando estaba aún en Buenos Aires. En este libro, entre otros tantos lugares comunes del conciliarismo, se leen varias afirmaciones contra el hecho mismo de que la Iglesia tenga algún poder (que, como mucho, se define como "servicio", pero justamente por oposición a la autoridad). Leemos en el capítulo Sobre el futuro de las religiones: «Si uno mira la historia, las formas religiosas del catolicismo han variado notoriamente. Pensemos, por ejemplo, en los Estados Pontificios, donde el poder temporal estaba unido con el poder espiritual. Era una deformación del cristianismo, no se correspondía con lo que Jesús quiso y lo que Dios quiere».

El sofisma es flagrante: el cambio de situación histórica denota que la instancia anterior no era sino una "deformación" ajena a la voluntad de Dios. Estamos en el terreno del puro evolucionismo dialéctico. A la par que, del hecho de que Dios pueda compensar el despojo sufrido por la Iglesia -como ocurrió, v.g., a instancias de Garibaldi- con una mayor abundancia de bienes espirituales, se pretende derivar que ésta deba deshacerse de todo patrimonio. Esto se llama anticiparse a la Providencia, lo que equivale -en el fondo- a negarla. Para no abundar en la acusación, menos elíptica que temeraria, lanzada contra tantos predecesores -algunos de ellos en los altares- que consagraron lo que ahora se pretende execrar. La verdad es que Bergoglio late entero en estas líneas.

La lejana inspiración de la tesis pauperista hay que rastrearla en los movimientos heréticos de la Edad Media de raigambre gnóstica, que consideraban a la materialidad como obra del demonio. Muy cercano a Bergoglio desde hace años, convicto de la tripartición de la historia salvífica formulada en el siglo XII por el abad Joaquín de Fiore (con una edad regida por el Padre o Antigua Alianza, otra por el Hijo o tiempo de la Iglesia, y finalmente una edad en la que la efusión universal del Espíritu Santo aboliría toda forma de culto positivo, todo canon y jerarquía), el predicador pontificio padre Rainero Cantalamessa no titubeó en afirmar, en el curso de una predicación tenida ante el papa el pasado Viernes Santo, que «tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia nunca se convierta en ese castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de ella tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, como los que separan a las distintas Iglesias cristianas entre sí, la excesiva burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado, convertido ya en escombros. En el Apocalipsis, Jesús dice que Él está a la puerta y llama (Ap 3, 20). A veces, como señaló nuestro Papa Francisco, no llama para entrar, sino que toca desde dentro para salir. Salir a las "periferias existenciales del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia e indiferencia religiosa, y de todas las formas de miseria". Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para adaptarse a las necesidades del momento, se han llenado de divisiones, escaleras, habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en que se constata que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino que son un obstáculo, y entonces debemos tener el coraje de derribarlos y volver el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes».

Comprendida la propuesta, bien destaca el autor de la nota que venimos comentando que «no es casual que el Papa se inspire en el Santo de Asís. El san Francisco del que hoy se habla, incluso en el interior de la Orden franciscana, no es aquel que conocemos, sino aquel reconstruido por una crítica histórica que aplicó a las fuentes sobre el Poverello el mismo proceso que los modernistas cumplieron con los Evangelios. El iniciador de este proceso fue el calvinista Sabatier, alumno de Rénan». Y a la pregunta acerca de a quién aproveche esta Iglesia descarnada, que «de sociedad perfecta y jurídica (tal como Cristo la fundó) deviene simplemente una "historia de amor" (homilía del papa Francisco del 24 de abril de 2013)», la Iglesia «en la que el poder no sólo no es ejercitado (por obstáculos o debilidad) sino donde el poder es radicalmente negado, la Iglesia después de la abdicación, máximo símbolo de la renuncia a ejercitar el poder», la respuesta nos la otorga la misma historia eclesiástica, o la historia de las herejías:


Los franciscanos "espirituales" del Medioevo, negando el poder a las jerarquías eclesiásticas, eran a menudo los siervos de los Emperadores. Los "espirituales" de hoy son aplaudidos por los poderes del mundo, que esperan de la Iglesia esta renuncia.


Antaño pudo ser un Marsilio de Padua, gran adversario del papado, quien codificara la propuesta en pro de la espada secular. Nuestro tiempo ve florecer la singular y anárquica anticipación de un Massimo Cacciari (de quien ya nos ocupamos en una anterior entrada), conocedor profano del vocabulario paulino, quien, luego de comprobar la crisis insoluble del Estado -katéjon temporal- augura ahora la retracción ad nihilum del papado -katéjon espiritual- para dar lugar a una nueva era, la del hombre que se adora a sí mismo. No deja de espirar penosa lucidez su diagnóstico: «el signo más tremendo de la propagación de la apostasía no es el abandono del Imperio y de la Iglesia de parte de las multitudes, sino la secessio que en en éstos se opera respecto de su propia misión, de la función y de la fe que hubieran debido encarnar (...) ¿Por qué Ratzinger dimite? ¿No es un signo o una lúcida declaración de impotencia para regir una función katejóntica? Ratzinger dice: permaneceré en la Cruz. Por lo tanto, la dimensión religiosa permanece. ¿Y la dimensión katejóntica? Símbolo de la Iglesia eran, a una, Cruz y katéjon. En verdad, el signo de esta dimisión, si se lo sabe ver en toda su perspectiva, es realmente grandioso porque vivimos en una época en la que el Estado ya ha declarado su crisis, y ahora le toca a la Iglesia».

Pese a la profusión de gestos de ruptura entre ambos pontificados (gestos sospechosos por su carácter tan netamente gráfico), cabría sostener -y no sin horror- que entre la abdicación de Benedicto y la renuncia a todo signo de autoridad de parte de Francisco -más la clamorosa propuesta de éste de una «mayor sinodalidad» en la Iglesia-, nunca habrá sido más oportuno hablar de una auténtica "hermenéutica de la continuidad".

lunes, 8 de julio de 2013

EL SÍMBOLO LAMPEDUSA

Hoy difunden los medios de todo el mundo, para granjearle el enésimo aplauso, la visita que hizo el papa Francisco a la italiana isla de Lampedusa, al sur de Sicilia. Se trata de una árida porción de tierra frente a las costas tunecinas, plataforma de desembarco de millares de inmigrantes indocumentados que, escapándole a la hambruna y a las guerras civiles más o menos crónicas en el área medio-oriental y nor-africana, ponen un pie en este estribo para alcanzar con el otro las costas europeas.

Se trata de un reducto de veras dramático, que en los últimos quince años vio morir, tragados por las olas, a diecinueve mil hombres. Una férula fabricada con trozos de botes de los inmigrantes, un cáliz de madera y paramentos violeta, propios del rito penitencial, fueron los aderezos visibles del pontífice que, en palabras de su secretario «va allí a llorar a los muertos. Su presencia es un signo para demostrar que, mientras en el norte están los ricos que derrochan, del otro lado hay un sur que deja todo para tentar fortuna y a menudo encuentra la muerte».


Fustigó Bergoglio en su homilía -y no le negaremos razón- a la indiferencia de los satisfechos, a aquello que llamó, en uno de sus ya reconocibles giros, «la globalización de la indiferencia». Lo que, curiosamente, no resulta nunca objeto de parejas deixis es la hipocresía de este Occidente occidente (sic, por "muriente"), que recibe estas diatribas papales con aplausos, casi como si sirvieran de momentánea válvula de escape a su conciencia. Un contrapeso puramente verbal al culto ininterrumpido del confort, que hace un efecto análogo al de los enanos bromistas en las cortes de antaño, otorgando un solaz momentáneo a la vera de los cotidianos afanes. Ni surte algún efecto visible la denuncia, ni deja el papa de ser sospechosamente aclamado en un mundo refractario a Aquel que advirtió que «¡ay de vosotros cuando os alaben todos los hombres! Así eran alabados por sus padres los falsos profetas».

Hace unos pocos días lanzó al mundo otro bluff digno de un Boff: «me duele ver monjas y curas con autos último modelo». Es el sólito ritornelo de la pobreza, y es la Iglesia expuesta en sus vergüenzas, y por el propio papa, al ludibrio de las naciones. En Lampedusa puso también a la Iglesia en la picota, pidiendo perdón por la indiferencia «del mundo y de la Iglesia» hacia los emigrados, como si el ejercicio de la usura que hambrea a pueblos fuera imputable a la institución eclesiástica. Y se permitió saludar a los musulmanes presentes durante la celebración, pidiendo que para ellos el inicio del Ramadam sea fuente de «abundantes frutos espirituales».

Aparte de desconocer la complejidad del problema de la inmigración, de omitir toda palabra relativa a la sangrienta persecución que sufren nuestros hermanos en la fe en las naciones del Islam, y de callar la pérdida de la identidad religiosa que sufre Europa, al paso que su islamización se hace cada vez más próxima -a expensas de esa emigración que él pide sufragar-, salta a la vista el contraste intelectual entre las palabras de Bergoglio y las que Benedicto XVI remitiera para la Jornada Mundial del Inmigrante y del Refugiado (octubre 2012) y que reporta un medio italiano cuyo enlace ofrecemos aquí: 

En el contexto socio-político actual, antes que el derecho a emigrar, debe reafirmarse el derecho a no emigrar, es decir, a vivir en condiciones de permanecer en la propia tierra, repitiendo con el beato Juan Pablo II que «es derecho primario del hombre el vivir en la propia patria: derecho que resulta efectivo solamente si se mantienen constantemente bajo control los factores que empujan a la emigración» (...) Mientras hay inmigrantes que alcanzan una buena posición y viven dignamente, con una justa integración en el ambiente que los acoge, hay muchos que viven en condiciones de marginalidad y, a menudo, de explotación y de privación de los derechos humanos fundamentales, o bien que adoptan comportamientos dañosos para la sociedad en la que viven. El camino de integración comprende derechos y deberes, atención y cuidado para con los inmigrantes para que tengan una vida decorosa, pero también atención por parte de los inmigrantes hacia los valores que ofrece la sociedad en la que se insertan.

Sin simplificaciones retóricas ni alharacas de tribuno, cuando Benedicto osó señalar estas cosas fue poco menos que trucidado por los medios. Encapsulado por el tronido de hurras y aplausos, víctima de su oratoria de ocasión, el papa actual corre el riesgo de quedar más aislado de lo que cree, en una Lampedusa habitada sólo por él y sus aduladores. Muy a distancia del bueno de Panza, que al menos se mostró de veras prudente cuando se le dio a regir la ínsula Barataria.

miércoles, 3 de julio de 2013

LA RAZÓN DE LA IMPACIENCIA

«Usquequo, Domine?» claman los mártires en el cielo, a la vista de la desolación que abarca a la tierra. «¿Hasta cuándo, Señor, Tú, el Santo, el Veraz, esperarás a hacer justicia?» (Ap. 6, 10). Quizás nunca como hoy se haya manifestado en toda su crudeza la razón de esa santa impaciencia, velada apenas, a duras penas, por las nubes.

El avance aluvional de la estulticia, que no se detiene ni ante el Altar ni ante la dignidad visible de los ministros del mismo: tal -conjeturamos- la herida por la que aún sangran los bienaventurados. Porque en el mundo se cometen infinidad de injusticias y de horrores dignas de execración, pero la estupidez insolentada les sirve de manadero inagotable, es la garantía de su continuidad. Nuestros contemporáneos, ya bastante habituados a su afable consorcio, han terminado por olvidar que la estupidez es pecado.

Eso que no pocos observadores han llamado «aceleración de la historia» en referencia al proceso transformativo de la sociedad humana comprobado en los últimos ciento cincuenta años, y que le imprime una fugacidad antaño desconocida a todo lo que afecta al hombre, ha venido a resolverse en una aceleración del absurdo y la insensatez. Tanto, que aquel apelativo con el que un Daudet saludaba al siglo XIX ("el siglo estúpido") se ve urgido a perder su carácter antonomástico en atención a nuestros propios días, y la profecía de Belloc acerca del ulterior avance del álogos ya resulta un dato para anotar en nuestros anales.

Cuando esa estupidez, en su apetito profanatorio, toca la orla del manto del pastor -y aun no sólo la orla-, la cosa se vuelve alarmante. Y cuando éste, lejos de conjurarla, la propicia y celebra... ¡apaga y vámonos! Es el caso de la presidenta argentina Cristina F. de Kirchner quien, con la desenvoltura de quien sabe que encontrará el beneplácito para con sus inverecundos exabruptos, envió días atrás un breve saludo escrito a Francisco por el Día del Pontífice en el que, haciendo gala de su desprecio del protocolo y, muy peor aún, de la investidura papal, le dice entre otras nimiedades que

la verdad que es la primera vez que le escribo una carta a un Papa. Y ni qué hablar de felicitarlo por la celebración del “Día del Pontífice”. Ni idea. 
Me dijeron que eso siempre lo hacía la Cancillería o la Secretaría de Culto. Pero como ahora el Papa es argentino, debería hacerlo la Presidenta. 
Me mandaron un modelo de carta que parecía escrita de compromiso protocolar del siglo XIII. 
Les dije “eso no lo firmo”. Para eso mejor sigan enviando lo que mandaban. Así que me tomé la licencia de dirigirle una carta (acepté que fuera dirigida a Su Santidad bla, bla, bla, tampoco es cuestión de no aceptar nada). 
Así que Feliz Día del Pontífice. Espero que le haya llegado el cuadro con los sellos postales conmemorativos de su pontificado y el sobre con el ya célebre mate

y un breve etcétera (el subrayado es nuestro). No nos detendremos a calificar a la Cristina: su propia dicción lo hace a maravillas. Baste, por si aquélla no fuera suficiente, la concisa e inmejorable expresión que alguna vez le dedicó Antonio Caponnetto («una chirusita indocta y engreída») para dar cuenta del drama que padece toda una nación al ser gobernada por una infatuadísima hembra, cabeza de una banda de maleantes. Que el papa le admita sus bravatas sin llamarla a discreción no es sino la enésima muestra del desistimiento de la autoridad que enteca a toda nuestra Jerarquía.
Del Francisco, para mayor propagación del morbo platense, no se pueden cantar mayores loas. Arcades ambo, pero no de aquella áurea edad pastoril a la que le canta Martín Fierro, en que


el gaucho más infeliz
tenía tropilla de un pelo,
no le faltaba un consuelo
y andaba la gente lista...
Tendiendo al campo la vista,
sólo vía hacienda y cielo.

No: esos tiempos son remotos e irremontables. Bergoglio y Kirchner resultan, más bien, árcades de otra planicie, y ésta la intelectual, sin brillos ni cumbres ni aire alguno despejado. Y, a fuer de pastores -ungidos de entrambas potestades-, de aquellos que hambrean a sus respectivas greyes.

Pero hablemos ya de otras sonceras, más graves aún porque comportan un sacrilegio explícito, sin embozo. Se trata de la irrefrenable ocurrencia de deponer idioteces ante el sagrario, de traficar peluches y disfraces en el mismísimo altar en el que se celebra el Sacrificio de nuestra redención. Es posible que nunca, en la historia de la humanidad, se haya asistido a una tan precipitada descomposición de un culto como el que ocurre ante nuestros ojos, y nada menos que con el único Culto agradable a Dios.

Remitimos a http://info-caotica.blogspot.com.ar/2013/07/la-belleza-salvara-al-mundo.html para conocer sobre el museo que, aún en vida y pese a sus protestas de humildad, se le erigirá a Jorge Mario Bergoglio en dependencias de la Catedral de Buenos Aires, con la añadidura de una espantosa escultura que pretende representar al papa, resultando su más cumplida caricaturización. Ya el pasado sábado, Solemnidad de los santos Pedro y Pablo, se removió el púlpito de la Catedral para montar un escenario en el que actuó un grupo de rock encabezado por un descabezado prete, de la comitiva de Bergoglio, de tan pésimo gusto como la escultura. No falta nada, está completo.



Mayor verismo el del dibujo
que el de la estatua
Quisiéramos que el Santo Padre empleara ese mismo celo que emplea en intervenir el IOR para sanear las finanzas vaticanas y castigar a los culpables de defraudaciones, en depurar la Santa Liturgia de todas las excrecencias que se le han ido maliciosamente adjuntando. No le reportará la misma popularidad, es previsible, porque así como el dinero ha sido elevado a sacramento, y debe tratarse con reverencia y unción, la Santa Eucaristía yace olvidada de todos, vuelta objeto de irrisión y ultraje. Pero conviene a la santidad de su recado que así lo haga.

Quizás lograra aplacar, con una tal iniciativa, el clamor de los mártires que ansían ver el triunfo definitivo de Cristo sobre sus enemigos. Y retrasaría la «abominación de la desolación en el Lugar Santo», tal como en las siguientes imágenes (apenas un muestrario) se hace patente.


Nuevos ornamentos para una nueva evangelización


La misa-circo


La misa-asadito

Para que los niños aprendan a gustar la Santa Misa

«Foris canes, et venefici, et impudici...»

Un cerdo en la Catedral, para reincidir en los antiguos sacrificios

Acróbatas, ellas y el cura

Inculturación...

... y ballet.


viernes, 28 de junio de 2013

LA DOCTRINA CATÓLICA Y EL PAPA FLAUTISTA

Tal como en el salmo 28 se nos canta que «el Señor descorteza las selvas» y «descuaja los cedros del Líbano», así, en obsequio a la integridad de la fe, que no puede sufrir mengua ni retoques, y a instancias de la Providencia «que siempre obra» (Io. 5, 17), así esperamos que cuanto ensombrece la doctrina enseñada por el Divino Maestro -todo ese matorral de errores ya consagrados por doquier, junto al falso prestigio de sus difusores, a quienes una propaganda bien rentada les presta estatura de coníferas- habrá de ser arrancado de cuajo cuando Él mismo lo disponga. Si algo debe decirse de la herejía y del error es que no tienen porvenir. El príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.

No obstante esta certeza sea alentadora, horroriza comprobar los estragos causados por una deficiente formación doctrinal. A modo de ejemplo, y a propósito de una opinión aún hoy bastante extendida en muchos católicos, que pretende que los dolores padecidos por el Redentor en la cruz sólo pudieron ser sobrellevados a causa de su naturaleza divina -como si la sagrada humanidad del Verbo no hubiese sufrido las afrentas, los azotes y los clavos- ya Chesterton decía que muchos cristianos actuales profesan el monofisismo sin percatarse de ello. Mismo argumento cabe respecto de cien otros puntos de doctrina: el veneno de docetistas, pelagianos, maniqueos, y cuanta otra fauna herética haya entorpecido la difusión de la verdadera fe en los primeros tiempos de la Iglesia, hoy copa las mientes de no pocos bautizados, e inficiona cátedras y publicaciones.

Esta tirria a la doctrina, a la que san Pablo se refirió en la Segunda a Timoteo (4, 3) como propia de los hombres de los novísimos, «que tendrán una apariencia de piedad, negando empero la virtud de la que ésta dimana» (3, 5), acaba por restringir  la misión que Jesús encomendó a los suyos antes de su Ascención en un mero «ite» sin el consecuente «docete», como lo exhibe esa evangelización sin contenido cierto hoy tan en auge. De lo que se trata es de emular el río de Heráclito, que siempre corre sin ser nunca el mismo. Ya san Pío X tuvo ocasión de deplorar, en días asaz menos dramáticos que los nuestros, el que «entre los cristianos de nuestros días son muchísimos los que viven en una extrema ignorancia de las cosas que deben saberse para alcanzar la eterna salvación (...), y cuando decimos entre los cristianos no entendemos solamente la plebe o las personas de estamento inferior, disculpables acaso porque, sujetos a servidumbre, apenas tienen ocio como para pensar en sí mismos y en lo que les conviene: sino que -y sobre todo- a aquellos que, aun no faltándoles ingenio ni cultura, mientras son muy conocedores de las cosas profanas, viven despreocupados y como al azar en orden a la religión» (Encíclica Acerbo Nimis, sobre la enseñanza del catecismo). Queda rotundamente afirmada la necesidad de alcanzar un saber de salvación.

Pero hete aquí que, para estupor incluso de los seres inanimados -de las columnas de Bernini, si cabe, e incluso de las paredes del albergue Santa Marta, que nonunca hubiesen creído asistir a unas tales profericiones-, llega un papa que desprecia expresamente la necesidad de la recta doctrina, el carácter unívoco de los términos que la componen, y que contrapone arbitrariamente a la ciencia sacra con el gobierno pastoral. Que les bufa a los "restauracionistas" de usos y creencias bimilenarios. Que no deja de herir los oídos por los que la fe hubo alguna vez entrado, con ocurrencias de esas que antaño hubiesen merecido -de parte de algún pontífice sin remilgos- temible censura toda en ringlera, como decirlas «temerarias, escandalosas, mal sonantes, próximas a la herejía, infundadas y de todo punto perniciosas».

Que aquella norma próxima de fe «quod semper, quod ubique, quod ab omnibus» venga siendo sistemáticamente despreciada desde la más humilde parroquia hasta los dicasterios, es cosa que ya nos habíamos malamente resignado a admitir. Que el contagio le llegue ya al Sumo Pontífice, que la preferencia del último cónclave haya sido tan infalible en este punto... ¡qué va! Rogábamos, tras la salida de Benedicto, por un papa imposible, de la estirpe de los Píos o los Gregorios. Mucho es de temer nos hayan empaquetado un draconígena, uno del gremio y del riñón de ese cardenalato impresentable casi en pleno. Parece desesperado referirlo en este trance, pero hay fundadas razones exegéticas para temer que aquella fiera ascendente de la tierra, parecida a un cordero y de la que el autor sagrado señala que «loquebatur sicut draco» (Ap. 13, 11) sea nada menos que un papa, y el último de la serie. ¿Y qué es "hablar (un papa) como un dragón" sino adulterar, emponzoñar deliberadamente la doctrina?

Entrevistado poco ha, un sacerdote italiano de quien ofrecimos los fragmentos de un valiente texto de denuncia contra un influyente obispo de su país, acertó a decir que «creo que por ahora el Sumo Pontífice rehuye las definiciones. Teniendo que definirlo de algún modo, lo llamaría un enigma. Me explico: fuera de algunos pensamientos recurrentes, como los pobres y la pobreza (...), nadie ha entendido todavía lo que realmente piensa, y en consecuencia qué pretende hacer y de qué manera lo hará. Todo esto es profundamente desestabilizador y quizás todo menos casual, sino más bien deliberado, seguramente en vista de un bien supremo que por ahora no podemos ni siquiera imaginar» (http://www.conciliovaticanosecondo.it/articoli/i-primi-cento-giorni-di-governo-di-papa-francesco/#more-1027). Lo del enigma podemos compartirlo: lo mejor que se puede decir de Bergoglio es a la vez lo peor, y es que, pese a sus quince años como primado de la Argentina, ni sus compatriotas lo conocemos. Es decir: no hemos podido descifrar su carácter, aunque sus obras -los efectos de su paso- hayan sido bien patentes. Tanto como una catástrofe. Lo segundo, lo del bien superior inimaginable, es cosa que sólo de Dios esperamos: no queremos hacer de nuestra piedad para con la institución del pontífice una especie de pietismo. Si vamos al caso, aun el bien supremo de la Parusía debe verse precedido por convulsiones espantosas, por la apostasía orbital y la manifestación del Inicuo.

«Quizás el Sumo Pontífice Francisco esté haciendo el juego del flautista de Hamelin. Esta célebre fábula es conocida pero vale la pena resumirla: un hombre con una flauta se presenta en la ciudad y promete desinfectarla. Apenas el flautista empieza a tocar, todos los ratones quedan encantados por su música, salen al descubierto de sus madrigueras y se ponen a seguirlo. El flautista los conduce hasta la aguas del Weser, donde los ratones mueren ahogados lanzándose uno tras otro en este río». Y acá también podremos coincidir en parte, dejando el resto para más ver. Que el pífano de Francisco no suena muy católico, para halago de los oídos del montón -incluidos los enemigos de Cristo- es cosa que consta, y mucho. Desde el primer día de su pontificado, masones, progresistas, la judería más recalcitrante, para no hablar de los medios de prensa y de las masas sensibleras sujetas a manipulación, todos dieron sus más manifiestos parabienes, y aunque los más prominentes de entre ellos no necesitaron salir de sus cuevas (que ya el mundo lo tienen en una palma) sí aceptaron otorgarle a Francisco, como a otro Rey Momo, el priorato de la hora. El último en acudir a los aplausos fue -como gráficamente lo reseña un medio vecino- ese abominable terrorista de guante blanco conocido como Adolfo Pérez Esquivel, quien después del encuentro con el papa se solazó denigrando a la evangelización española de América y a los predecesores de Bergoglio, todo en uno.

Falta el Papa. 
No sabríamos decir si al papa le cabe mejor el sayo del flautista de Hamelin o el del encantador de serpientes. Ni vemos cómo pueda hacer para ahogar a los ratones en el Weser, o en el Tíber, salvo ahogándose con ellos, tan estrecho el contubernio que los une. Es sabido, por lo demás, que cuando falta el gato -y en este caso, la doctrina, la enseñanza categórica manada de la Cátedra de Pedro- los ratones bailan.


martes, 25 de junio de 2013

DE LA EXCELENCIA INALIENABLE DE LA DOCTRINA

Hay una visión del Apocalipsis que, interpretada por san Jerónimo, llega hasta los versos del Dante para figurar la majestad de la doctrina cristiana. Se trata de aquel paso (Ap. 4,4 ss.) en el que veinticuatro ancianos sedentes en sus respectivos tronos, envueltos en ropas blancas y coronados de oro, puestos en torno a Aquel que los preside -de aspecto éste como de piedra jaspe y sardónica, flanqueado a su vez por el iris con vislumbres de esmeraldas- avanzan y se arrodillan ante Él, prorrumpiendo en una vibrante doxología dirigida a Dios Creador en compañía de cuatro misteriosos animales, como los que vio Ezequiel, llenos de ojos por ante y por detrás. Lo mismo ensalzan al Cordero degollado, único que se reveló capaz de abrir el libro sellado y de soltar sus siete sellos: loa ésta tributada al Redentor, y en la que son acompañados por los cuatro Animales tanto como por una multitud de ángeles y millares de millares de almas.

Estos veinticuatro ancianos, junto con los cuatro animales, reaparecen varias veces en la narración, siempre en la misma actitud de adoración, y como en el capítulo XXI se describe a la Jerusalem Celeste como con doce puertas correspondientes a las doce tribus de Israel, y con doce cimientos con los nombres de los Apóstoles, fue opinión común entre los Santos Padres atribuir a los veinticuatro ancianos esta doble identidad. Pero san Jerónimo prefiere -cf. el «Prólogo Galeato» que le puso a su versión de la Escritura- identificarlos con los veinticuatro hagiógrafos que, en su división, serían los autores inspirados de los libros del Antiguo Testamento. Ésta es la exégesis a la que Dante se aviene cuando en los cantos XXIX y XXX del Purgatorio, justo antes de aparecer en escena Beatriz, la hace preceder por un cortejo de «gente verace» señalados también como los «ventiquattro seniori», que la aclaman con himnos claramente tomados de la Escritura.

Así como la figura de Beatriz ha sido interpretada sucesivamente como una alegoría de la gracia, y -con arreglo a la etimología del nombre- de la beatitud de que gozan los bienaventurados, así no han faltado quienes vieron en ella la representación de la doctrina, sive theologia. Los veinticuatro ancianos que la saludan con vivo entusiasmo, y los ángeles que lanzan festiva nube de flores a su vista, tanto como el poeta, que queda arrobado cuando


sovra candido vel cinta d´uliva

donna m´apparve, sotto verde manto

vestita di color di fiamma viva

(colores los tres de las virtudes teologales = cándido, verde, llama), señalan una excelencia a la que sólo el magín de un Dante podía semialudir con alguna adecuación.

Como en el monte de la Transfiguración, la Ley y los Profetas (que podría decirse: los veinticuatro ancianos) le rinden homenaje a Aquel que los conduce a plenitud, aquí en el paso del Dante son ellos mismos quienes celebran la doctrina revelada por Cristo. Es uno de ellos el que la invita a mostrarse, guardada ella hasta ese momento en un carro que representa a la Iglesia, al grito -que es paráfrasis del Cantar de los Cantares- de «Veni, Sponsa, de Libano» (Purgatorio, XXX, 11).

Esto nos trae, por los meandros de la historia eclesiástica, al espinoso y actualísimo tema de la primacía de la Verdad respecto del operare, orden que remite por analogía al de las procesiones trinitarias (en las que la Tercera Persona procede de las dos primeras, como el Bien lo hace del Ser y la Verdad), y que viene siendo negado pertinazmente por la teología de impostación modernista. De ésta se dijo certeramente que, luego de disolver la certeza intelectual implícita en la profesión de la fe, derivaría en su última fase en una exaltación del puro pragmatismo. Confróntese lo expresado por Benedicto XVI en su Caritas in veritate («sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente») con las confidencias de Francisco a los religiosos caribeños de hace unas semanas («se van a equivocar, van a meter la pata... Quizás hasta les va a llegar una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe diciendo que dijeron tal o cuál cosa, pero no se preocupen. Prefiero una Iglesia que se equivoca por hacer algo que una que se enferma por quedarse encerrada»), y se comprobará lo dramático del contraste, que no pasa meramente por una degradación del tono y timbre vocal. Ojalá Francisco fuese sólo un papa guarango y deslenguado, lo que no es poco decir.

Así resulta menester le clamen hoy al magisterio: Veni de Libano, y que lo hagan a manera de exorcismo, con voz de imperio, irresistible. Para que, expurgado de tan peregrina dicción que -a la manera de otro boscoso, tupido Líbano- nos lo envuelve en niebla y en tiniebla, hable claro y refleje la excelencia y autoridad de Aquel que lo fundó.

miércoles, 19 de junio de 2013

LA REMOCIÓN DEL OBSTÁCULO

Un día los exegetas serán satisfechos en sus ardientes rebuscas acerca de aquella fuerza contenedora de la manifestación del Anticristo, que San Pablo, en su Segunda a los Tesalonicenses (2, 3-7), llama to Katéjon. Según el Apóstol, la revelación del Impío -aquel que se sentará en el trono de Dios haciéndose pasar a sí mismo por Dios- será precedida por la Apostasía y por la remoción del Katéjon u obstáculo, aquel que lo detiene. A quién se refiriera el Apóstol por tal nombre es cuestión debatida desde los tiempos de los Santos Padres. El jesuita Bóver cree que al principio de autoridad. Otros le atribuyen la vis catejóntica al arcángel san Miguel, defensor eximio de la Iglesia. Ahí está la siempre tan esclarecedora como sintética pluma de Castellani, que señala que «ese algo San Pablo lo pone en neutro y en masculino, participio presente», habiéndoles declarado sólo a los cristianos de Tesalónica
qué cosa era ese Obstáculo-Obstaculizante misterioso. "A ellos sí, pero no a nosotros", exclama san Agustín. Sin embargo él, como los demás antiguos Padres, vieron el Obstáculo (en neutro) en el Imperio Romano, que con su organización política, su genio jurídico, su disciplinado ejército y su férreo orden externo, impedía la explosión de la Iniquidad siempre latente; y en el masculino participio presente, al Emperador.
Tanto fue así que al periclitar y disgregarse del Imperio de Roma bajo las invasiones bárbaras; y al disminuir gradualmente la autoridad de los emperadores, ante la asunción del poder absoluto por los reyezuelos comandantes del Ejército en grandes fragmentos del Imperio, creyeron los cristianos cercano el Anticristo. Cuando la segunda invasión y saqueo de la Urbe por los vándalos, san Jerónimo desde Belén escribe a Ageruchia que probablemente están cercanos los tiempos novísimos y el Anticristo.
No se reveló el Anticristo. Y entonces la exégesis patrística rectificó su punto de mira sin abandonarlo: el Imperio Romano es el Obstáculo, pero no propiamente su emperador personal, sino su estructura formal, el Orden Romano, que se conserva y aun se completa en la inmensa creación político-cultural llamada la Cristiandad europea. Newman admite que el Imperio ha durado hasta sus días en los "diez Reinos" que de él brotaron; e incluso un "Emperador de los romanos" ha habido siempre hasta la revolución francesa, nominal al menos y no sólo nominal en los más grandes dellos: Carlomagno y Carlos Quinto. 

Puestos en dilema tal, podemos momentáneamente proceder de lo particular a lo general para aliviar el cacumen de tan arduas elucubraciones. Y advertiremos que las interpretaciones arriba citadas resultan finalmente concordes, y admiten una cierta reductio ad unum toda vez que el analogado principal de todas ellas es la misma Iglesia. Si Dios en sus designios quiso que la sede del antiguo Imperio político se trocase en sede religiosa, habrá que afirmar que la primacía de Roma no sólo quedó en pie después de la caída de la organización cesárea, sino que se hizo aún más fuerte y durable. Los revolucionarios franceses que atacaron a la Monarquía (y pese a que los déspotas dieciochescos ya eran todo menos príncipes cristianos) entendían con ello combatir a la misma Iglesia. La remoción de ésta equivaldría a la quiebra tangible del principio de autoridad, de la máxima autoridad que haya sido instituida bajo los cielos. Y si san Miguel (conforme a aquella visión del capítulo 10 de Daniel acerca de los ángeles protectores de la naciones) es el encargado de sostener el buen combate de la Iglesia militante desde arriba, un momentáneo cese de su acción -consentido, obviamente, por Dios mismo- bien podría dar lugar a la eclosión definitiva de ese organismo político-institucional de iniquidad que viene fermentando desde antiguo, en oposición al establecimiento de la Ciudad de Dios (piénsese, en referencia a san Miguel, en la significativa eliminación post-conciliar de la plegaria que León XIII había incluido para el final de la misa, en la que se urgía la asistencia del angélico defensor). En la inexhaurible querella que la naturaleza caída le mueve a la gracia, no podría ocurrir, en el ámbito de la historia, sino una condensación creciente de las fuerzas hostiles al reinado de Cristo hasta alcanzar su propia culminación: una nueva «hora y poder de las tinieblas» cebándose ahora en el Cuerpo Místico de Cristo en el trance de aquella que es su propia Pasión.

Pero entendemos volver de lo general a lo particular, y nos permitiremos aventurar una tesis que sin dudas ya muchos habrán desarrollado, y de mejor guisa. Se trata de la identificación del papado con el Katéjon: al fin de cuentas, la figura del papa especifica la entidad «Iglesia». Muestras de la pulverización de este verdadero escollo de las pretensiones laicistas-antiteistas las podemos hallar de a manojos revistando los últimos pontificados. Piénsese (y el lector podrá agregar no pocos datos más, sin agotar con ello todo lo que el tema reclama) en el vacilante gobierno de un Paulo VI, fruto de un carácter poco afirmado que nimbó a su pontificado -y a la figura del Papa- de esa indefinición impropia de timoneles llamados a arrostrar la borrasca. A su propósito, y casi a fuer de lema de su reinado, Amerio habló de «desistimiento de la autoridad», señalando a la vez cómo la encíclica «Humanae vitae» fue abiertamente resistida en todo el orbe católico como nunca se había visto hasta entonces, dando lugar incluso a la rebelión de enteras conferencias episcopales. Juan Pablo II, con su proverbial histrionismo, logró en no pocas oportunidades el doloroso prodigio de presentar al papa a los ojos del mundo como un fantoche alegre, ora cambiando la tiara por un sombrero mexicano, ora vistiendo cualesquier aderezos en sus viajes, según el país que tocara en su orbital trayectoria. La reunión "ecuménica" de Asís en 1986, en que fue puesto a la simple par de los líderes religiosos del mundo, constituye un documento irrefragable para las perplejas retinas. Y la renuncia de Benedicto XVI, a falta de otros más signos más estremecedores, sirve a confirmar a suficiencia lo aquí esbozado.

Con sólo tres meses, a Francisco le bastó para ofrecer al menos tres señales preocupantes -por lo ostensibles- de la demolición del primado petrino, y tanto como una posible clave hermenéutica del problema del Katéjon: el rechazo de los atributos pontificios, la degradación casi diaria del magisterio y el nombramiento de una comisión de cardenales para la reforma de la Curia -y quién nos asegura que no incluso para ulteriores acciones de gobierno, induciendo así a la atomización, al finiquito del principio monárquico. Nadie puede prever qué instancias alcanzará en breve la marcha en la que se han precipitado los actores de este verdadero drama. Por lo pronto, la remoción del papado, como tantas cosas que ocurren a los ojos de nuestros contemporáneos -demasiado absortos en el doble y comprometedor cometido de sobrevivir y divertirse- pasa casi tan desapercibido como para el ganado de engorde, ocupado en pacer, pasaría el vuelo lejano de un ave junto al sol poniente, entre arreboles indescifrables. El más fragoroso desenlace de la historia se deslizaría así, como el Señor lo dijo en relación con sus parábolas, «para que viendo, no vean, y oyendo, no entiendan».

Quizás no haya símbolo más apropiado a la firmeza que el de la roca, ni pueda expresarse mejor la inmutabilidad que recurriendo a la imagen de la piedra. «Mi roca y mi refugio» llama el salmista a Dios, y Cristo se atribuye el nombre de «piedra angular», asociando tan íntimamente a Pedro con su oficio y su persona como para edificar su Iglesia «super hanc petram». Asimismo, como "obstáculo y poder que detiene", la mole pétrea resulta metáfora inmejorable.

Conmueve advertir que, mientras muchos católicos no reparan en ello, no falta algún escritor sencillamente nihilista como Massimo Cacciari que, sirviéndose de la terminología bíblica, festeja la remoción del Katéjon (que él sí alcanza a identificar con el papado, felicitándose concretamente con la dimisión de Benedicto) para el advenimiento de un eón signado por el desenvolvimiento incondicional de una vida humana titánica, irracional, sin previsión alguna ni tradiciones.
«Aquello que la crisis permanente permite hoy razonablemente afirmar es que de las transformaciones actuales no emergerán nuevas potencias catejónticas. Emergerán acaso "grandes espacios" de competición, "guiados" por élites que, si bien en conflicto entre sus diversas potencias, se caracterizan todas por una intolerancia absoluta hacia cualquier potencia que trascienda su mismo movimiento. Unidas sólo por su común apostasía respecto de la edad cristiana.
Mucho más no parece que nos sea dado conocer. Prometeo se ha retirado -o ha sido nuevamente crucificado a su roca. Y Epimeteo ronda por nuestro globo, destapando siempre nuevas cajas de Pandora» (De Il potere che frena, Adelphi, Milano, 2013). 

Cacciari, el barbado de la izquierda, junto al cardenal Angelo Scola, en  Venecia, 2009.



miércoles, 12 de junio de 2013

UN PAPA CANCHERO

Ahora es el presidente uruguayo, José Mujica, el que presta un epíteto hasta hace muy poco tiempo insospechado para un pontífice: «Francisco es un papa canchero que tiene mucho boliche». Así, con las aliteraciones de rigor en un tupamaro chocheante, y lanzando un encomio -como otrora lanzó bombas- que debiera tenerse por el peor de los dicterios. Para la postre del ya confirmado encuentro entre el Papa y el venezolano Nicolás Maduro, estamos en condiciones de profetizar las loas al régimen desde Roma, y un correspondiente «el papa es muy chévere» en boca de su visitante.

«Canchero» es, entre nosotros, no sólo el avezado, el hombre experimentado en su oficio, sino también aquel que exhibe su destreza hasta la presunción, el que confía demasiado en sus mañas, el «sobrador». Y Francisco demostró la oportunidad del apelativo en la ya muy rumoreada reunión amistosa con los religiosos caribeños, de la que se hicieron eco unos cuantos medios, y en la que se permitió soltar no pocas confidencias que lo dejaron demasiado en evidencia, seguro acaso de su incolumidad. Remitimos a http://pagina-catolica.blogspot.com.ar/2013/06/francisco-el-lobby-gay-esta-aqui.html, entre otros medios que lo reflejan y comentan con acierto.

El estupor ante las cuestiones que plantea el desliz del Papa nos deja suspensos. Concretamente, y sin extender más que una mera enunciación: el desprecio por las oraciones que los "grupos restauracionistas" elevan por él (pese a que desde el día de su elección pidió rezasen por él), presentando las cuentas del rosario como a una contabilidad tediosa; el desdén por esas prácticas religiosas que señala como anticuadas, repitiendo los tics más desagradables de la caterva progresista; la despreocupación por los errores doctrinales posibles con tal de fomentar el movimientismo evangelizador (y esto se profiere en una época de notabilísimo caos doctrinal); la inmediata asimilación del misterio de la Encarnación con los pobres; el reconocimiento explícito de la existencia de un lobby gay en el Vaticano, con la dubitativa conclusión de que "hay que ver qué podemos hacer" con un tema de tal gravedad; el reconocimiento, también expreso sin parpadear, de que "yo soy muy desorganizado" para llevar adelante la necesaria reforma de la Curia romana, por lo que queda confirmado -al menos en lo que a este delicado asunto respecta- el gobierno colegiado de los ocho cardenales nombrados para tal fin. Es demasiada cosecha para una sola sazón.

Y, quizás, lo de mayor peso simbólico y más aterrorizante: la presunta alusión al Espíritu Santo -de cuya presencia y acción en el último cónclave parece Francisco jactarse- como Otro. El Señor se refirió al Espíritu de Verdad que enviaría después de su partida a los cielos como Otro Abogado (allon Paraklhton, Jn. 14, 16), pero como «Otro» a secas, es ciertamente muy otro el objeto de su alusión (ver Jn. 5, 43).


Resulta que un gaucho, reliquia del siglo XIX en nuestro ya tan trajinado XXI, vino en conocimiento del tratamiento de «canchero» y de otros que el Papa viene permitiendo y alentando para consigo con no usitada promiscuidad léxica. Y él quiso también hacer su aporte, seguro de que la dignidad de papa es intocable incluso por el mismo Papa. Y le salió esto, en defensa del Papa y en detrimento de Francisco:

El Pancho es papa canchero
con mucha noche y boliche.
No un santón, siquier derviche,
aunque cuece su puchero.
¿Conchabará un cocinero
áura que habla en cocoliche?

Un papa de poncho. ¡Qué p... icha!
Ni el más curda lo apostaba.
Tiologías champurriaba
de la color de salchicha.
Ni limonada ni chicha
pa´ nuestra sed nos la daba.

¡Pucha, que jué bien ligero
pa´ encomiendarse a Espedito!
Dizque sin chucho y sin grito
se arrió a tuito el alto clero,
y en la elición jué primero
porque Otro le dio el remito.

Yo malicio que pa´tanta
complaciencia que le tienen
los herejes, ¡qué me vienen!
ha de haber cosa no santa.
Yo quisiera ver a cuánta
Su Santidá la sostienen.

Pero creamé, aparcero,
lo pior es cuando relincha
que su dinidá lo hincha
diciendo: «mitra no quiero.
Ensillenmén otro apero:
lazo, bozal, jerga y cincha».