viernes, 21 de febrero de 2014

AMORDAZANTE BUENISMO

Hay una relación insoluble, que responde a la naturaleza misma de las cosas, entre demagogia y despotismo. Entre el líder lisonjero y las turbas que lo aclaman se entabla una empatía fundada en la común aversión a la verdad, a la integridad del bien, a toda forma de pureza y plenitud. Egotismo reflejo, indecoroso "toma y daca" hecho de gestos y alusiones epidérmicas capaces de ocultar sus reales y vergonzosas aspiraciones, las muchedumbres ululantes y aquel que deviene a la vez su heraldo y su verdugo suelen requerir algún sacrificio expiatorio. «Scitis quia hi qui videntur principari gentibus, dominantur eis» (Mc 10,42).

Los líderes ungidos por el clamor de las turbas descastadas suelen padecer de una sed de absoluto a la inversa, renunciatarios del duc in altum a trueque de la exploración de los abismos. Alcáncense o no las cotas irremontables, las «profundidades de Satanás» que dice la Escritura, queda siempre la posibilidad de acorralar al justo y amordazar al profeta: son todas variantes del ofrecimiento a Moloch. El «giro antropológico» del Vaticano II lo pudo: junto con ascenso de los menos dignos y el que la tumefacción fuera celebrada con vivas, se fue logrando, a ojos vista, la inmolación ritual de los aguafiestas.

La intrepidez, como el sol, no ha de faltar muy largamente, y aun en estación tan plomiza el Señor tendrá a bien desatar la lengua de aquellos que, al modo de Quevedo, sean capaces de desafiar a los hodiernos Olivares:
no he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo
pero la Iglesia de masas disimula sus horrores disfrazando de harapientos a sus conde-duques, nimbándolos con una apariencia de austeridad que entraña la rapiña más desbordada. La Iglesia sine nobilitate de Bergoglio (esto es, la que desprecia los signos visibles de la dignidad de sus ministros, depone paramentos pontificios y hace lepra de la curia y roña de las prelaturas), la Iglesia de los heresiarcas arribistas, la neo-Iglesia que niega la dignidad del cargo para proponer el culto a la persona, triunfalista si las hay, no carece de recursos para apagarle el micrófono a Gnocchi y Palmaro y, más recientemente y como es noto, a De Mattei, si sus preocupaciones por el rumbo que se le ha impreso al gobierno de la Nave resultan expuestas con acuidad y buen tino. Y tienen el descaro de pregonar el buenismo. Francamente, ni siquiera interesa saber quién dio la orden: el espíritu es uno y común a súbditos y a superiores, como en las tiranías. Por otro lado ya se sabe, desde los primeros tiempos de la Iglesia, que vendrían tiempos «en que no se podrá sufrir la sana doctrina» (II Tim 4,3).

Ni el solideo ya le queda
Este es el carácter "latinoamericano", de tiranuelos, que Bergoglio lleva al gobierno de la Iglesia, e increíblemente recibe el respaldo del Viejo Mundo. Recuerda a la admiración que los graeculi de las postrimerías dispensaban a los mismos bárbaros a los que antaño despreciaban, quizás porque reconocían en la rusticidad de éstos al menos alguna traza del vigor y la vitalidad que ellos habían perdido en su paulatina decadencia.

Gracias al aporte de nuestra amiga Maite C. publicamos, para rescatarlo de una censura cruel y sin miramientos, un artículo aparecido el pasado 11 de febrero en un espacio virtual que se suma a la ristra de los amordazados por la "pauta oficial", a saber: http://valdejimena-horcajo.blogspot.com, ya inhallable. El autor, un anónimo monje benedictino, repasa las aporías aún no resueltas que planteó hace un año la dimisión de Benedicto XVI y las vincula con algunas profecías privadas bastante divulgadas por estos días. Es mérito de este ignoto autor el volver a llamar la atención sobre el hipotético y no expresado móvil de la renuncia de Ratzinger, y sobre una irregularidad notoria en la declaración del deponente pontífice, que viciaría radicalmente el acto de renuncia. Estas cosas fueron señaladas en su momento sin que nunca se ofreciera una explicación convincente a las mismas (incluyendo la presunta violación de los precintos que sellaban las cámaras pontificias durante el cónclave, de que dimos cuenta aquí), y sin embargo perdura en el éter el ostinato de la elección "canónicamente válida". No nos arrogamos aventurar una conclusión sobre un asunto que nos excede ampliamente: simplemente nos negamos a simular que sea normal la permanencia de dos Papas en Roma, tanto como la unánime aclamación que recibe aquel que ejerce el "ministerio activo" por parte de los enemigos seculares de la Iglesia. Todo en medio de la más ostensible dilapidación del depositum fidei y de la persecución más sañuda a quienes manifiestan públicamente su perplejidad.


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SE CUMPLE UN AÑO DE LA DIMISIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Y LA CRISTIANDAD SIGUE ESTUPEFACTA




San Francisco de Asís:
“Habrá un Papa electo no canónicamente que causará un gran cisma”.

Ana Catalina Emmerick, religiosa agustina:
“Vi una fuerte oposición entre dos Papas, y vi cuan funestas serán las consecuencias de la falsa iglesia (…) Esto causará el cisma más grande que se haya visto en el mundo"

La Santísima Virgen dijo explícitamente en La Salette: 
“Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del anticristo”.

El Papa Benedicto XVI dio a conocer a la Iglesia su renuncia el lunes 11 de febrero de 2013. Ese día leyó una Declaratio que surtió efecto, por deseo suyo, el 28 de febrero a las 8:00 de la tarde. Sin embargo, la decisión de renunciar la tomó con un mes y medio de antelación. Antes de las Navidades de 2012, y con motivo del expediente que le fue entregado el 17 de diciembre, llegó a la conclusión de que era mejor hacerse a un lado por el bien de la Iglesia. De esa decisión fueron testigos su hermano, el Padre George Ratzinger, y otros prelados cercanos al Papa, tal y como lo declaró el Cardenal de Barcelona Lluis Martínez Sistach. 
El expediente que le llevó a renunciar fue elaborado por la comisión de tres cardenales que el Papa nombró para investigar el origen de la filtración de documentos confidenciales conocida como “Vatileaks”. 
Pero es lógico que al Papa no le preocupaban tanto los documentos publicados en el libro “Sua Santità”, escrito por Gianluigi Nuzzi, sino uno específico filtrado directamente al periódico “Il Fatto Quotidiano”, y es el que le entregó personalmente el Cardenal Darío Castrillón, traducido al alemán, y que se refiere al conocimiento que tuvo el Cardenal de Palermo, Paolo Romeo, de que existía un complot para asesinar al Papa. 
El expediente que le entregaron a Benedicto XVI los cardenales Herranz, Tomko y De Giorgi, con la investigación sobre el complot para asesinarlo, llevó al Papa a imaginar el terremoto que su muerte hubiera ocasionado a la Iglesia, desatando una pugna infernal de influencias y maniobras turbias derivadas de los antagonismos internos de la curia de cara a la sucesión. No por temor a la muerte, sino por el posible daño a la Iglesia, el Papa decidió que mejor era retirarse para desmontar las amenazas y adelantar una sucesión pacífica. 
En un Informe que elaboró el sacerdote jesuita Arnaldo Zenteno, publicado el 9 de abril de 2013 en grupobasesfys.blogspot.mx, señala lo siguiente en el número 3): 
“En el encuentro almuerzo con Benedicto XVI en Castel Gandolfo, este le confió al Papa Francisco que una de las causas que influyeron en su renuncia eran las amenazas que recibió y por temor a ser envenenado, pues ya se había tomado la decisión de matarlo, por lo que Benedicto XVI en una jugada para neutralizar ese atentado contra su vida, hace pública su renuncia con lo cual desarmó el intento de matarlo”. 
En este sentido, si bien es cierto que el Papa declaró renunciar “libremente”, el hecho es que en mayor o menor medida fue forzado por la presión de una acometida, por lo que su libertad, según la doctrina canónica, fue condicionada in radice. Si bien el Papa tomó la decisión de renunciar de acuerdo a las facultades que le concede el Código de Derecho Canónico, la tomó bajo la coacción de una violencia moral, lo cual, según el No. 125 del mismo Código, invalida desde la raíz la decisión última y hace inválido el acto. Es como quien libremente decide casarse pero, si hay ocultos presión, miedo o engaño, el matrimonio es nulo por inexistencia, aunque se haya expresado públicamente un compromiso manifiestamente “libre”. 
Hay que reconocer que si bien la Iglesia ha considerado siempre una ley sagrada que la elección del Papa es ad vitam, es bueno que el Derecho Canónico contemple la posibilidad de la renuncia para casos de extrema gravedad, como puede ser el exilio, la persecución u otra causa grave. En este sentido, la renuncia prevista en el Canon 332 del C.D.C. es como una puerta de salida de emergencia, y es conveniente que exista, tanto así que le ayudó a Benedicto XVI a huir de la amenaza que se cernía sobre su persona y sobre la Iglesia, a pesar de que él era consciente, máxime con el ejemplo heroico de su antecesor, de que la elección papal es ad vitam y no es negociable, como tampoco pueden ser negociables sus cláusulas. 
Además, hay un elemento adicional al de la presión, para afirmar que la renuncia de Benedicto XVI fue inválida, y es la evidencia de que en el decreto leído por el Papa no existió renuncia legítima alguna debido a un error en latín. 
En la Declaratio de la “renuncia” del Papa Benedicto XVI, tal y como fue oficialmente difundido por el Vaticano y publicado en L´Osservatore Romano, existe un solecismo muy evidente, es decir, un error sintáctico que consiste en poner de forma incorrecta los elementos de una frase. 
En la parte medular de la renuncia se lee: “declaro me ministerio Episcopi Romae Successoris Sancti Petri, mihi per manus Cardinalium die 19 aprilis MMV commissum renuntiare” (en español: “yo declaro renunciar al ministerio de Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, que me ha sido confiado por las manos de los cardenales el 19 de abril de 2005″). Esa frase es totalmente ininteligible, al contener un error gramatical, pues commissum, que depende de ministerio, es complemento del verbo renuntiare, por lo cual debería estar en dativo, en concordancia con él, es decir, debería decir commisso. 
Ahora bien, en derecho canónico, todo escrito legislativo que contenga una falta de latín es nulo. Ya el Papa San Gregorio VII (cfr. Registrum 1.33) declaró nulo un privilegio acordado a un monasterio por su predecesor Alejandro II, “en razón de la corrupción de la latinidad”.
Otro ejemplo. En la epístola decretal Ad audientiam, del Papa Lucio III, que se encuentra en el cuerpo del derecho canónico (cfr. Epístolas decretales de Gregorio IX, de Rescriptis, c. XI) se establece que “la falsa latinidad invalida un rescrito papal”. En ese decreto, el Papa prohibió dar crédito a cualquier documento pontificio “si contiene una falta de construcción evidente”. La glosa (en el texto oficial publicado por orden del Papa Gregorio XIII, en 1582) explica porqué un decreto papal no debe contener ninguna falta, y porqué cualquier error de latín constituye tal presunción de nulidad que ninguna prueba en sentido contrario puede ser admitida. 
Afirmar que un decreto es nulo no significa que necesariamente se trate de un documento falso, pero si revela un error que puede ser manifiesto o subrepticio. Es decir, el Papa Benedicto XVI pudo haberlo redactado con descuido, o cubriendo un verdadero mensaje oculto al haber sido la renuncia realizada bajo presión. Lo primero resulta bastante inverosímil, pues es de suponer que un texto tan importante fue revisado por el Papa no una sino varias veces. 
En conclusión, no parece que el error de latín cometido por Benedicto XVI haya sido una indolencia, sino un propósito intencional, lo cual nos estaría hablando no solo de la nulidad absoluta del decreto pontificio, lo cual es un hecho, sino también de la presión por la que fue motivado, así como de la puerta trasera que el Papa Benedicto quiso dejar abierta. 
 Natalia Tsarkova,  retratista oficial de los pontífices, desconcertada ante los Dos Papas
Lo cierto es que, a partir del 13 de marzo de 2013 comenzaron a cumplirse las profecías que hablan de “Dos Papas en Roma”, existiendo oficialmente uno emérito y otro en funciones. Jamás en la historia de la Iglesia se ha dado esta situación, predicha por santos y místicos, y es muy difícil que vuelva a suceder. 
Lo grave es que, según las profecías y revelaciones privadas, cuando haya dos Papas en Roma (pueden ser los actuales u otros dos en el futuro) habrá un cisma en la Iglesia, una división ocasionada por una herejía del Papa ilegítimo y la reacción del verdadero Vicario de Cristo, el cual alzará la voz para denunciar la apostasía. En ese momento, habrá una repentina invasión de Rusia sobre Europa, en coincidencia con la Guerra de Ezequiel (Ez 38), que consiste en el ataque de Rusia y países árabes en contra de Israel. Entonces, el Papa legítimo será perseguido y tendrá que huir de Roma para refugiarse, mientras que el antipapa se quedará gobernando la Iglesia apoyando la falsa paz, la sacrílega unificación de las religiones. Esa falsa paz será el soporte religioso del gobierno mundial del anticristo. El antipapa traicionará la fe aceptando la coalición de todos los credos y renunciando a la propia identidad católica.

Y hay otras muchas revelaciones privadas y anuncios de jerarcas de la Iglesia:
• Dice el P. Paul Kramer: “El antipapa y sus colaboradores apóstatas serán, como dijo la Hermana Lucía, partidarios del demonio, los que trabajarán para el mal sin tener miedo de nada”.
• Dio a conocer el Papa San Pio X: “He tenido una visión terrible: no sé si seré yo o uno de mis sucesores, pero vi a un Papa huyendo de Roma entre los cadáveres de sus hermanos. Él se refugiará de incógnito en alguna parte y después de breve tiempo morirá una muerte cruel”.

• Juan de Rocapartida: “Al acercarse el Fin de los Tiempos, el Papa y sus cardenales habrán de huir de Roma en trágicas consecuencias hacia un lugar donde permanecerán sin ser reconocidos, y el Papa sufrirá una muerte cruel en el exilio”.



martes, 18 de febrero de 2014

CAMBIO CLIMÁTICO Y ESPERANZA CRISTIANA

Robert Hugh Benson
Un artículo publicado recientemente en un sitio creado en honor de R.H. Benson (http://bensonians.blogspot.com.ar/2014/01/el-cambio-climatico-en-el-senor-del.html) llama la atención sobre cierto pasaje en los capítulos finales de «Señor del mundo», pasaje que corre el riesgo de ser soslayado como mero aditamento descriptivo en la trama esjatológica de la novela, cuando en verdad no hace sino predecir el revolverse de los elementos en el embudo de la declinación última de los tiempos. Después de referirse a una desconocida Londres, con césped que amarilleaba y copas de árboles ya mustias bajo el azote de calores extremos (citaremos según la versión Castellani),
«lo que desconcertaba era el aspecto del aire, como lo que los libros viejos describían de los tiempos del reinado del humo. No había ni la frescura ni la transparencia de la mañana; era imposible apuntar en ninguna dirección el origen del pesado nublo, porque era parejo en todas partes. Incluso en el cenit faltaba el azul; parecía pintado con una brocha fangosa, y el color mostraba apenas una opaca aureola roja. Sí, pensó, esto parece uno de esos cuadros modernos; no había el tinte del misterio de una ciudad nublada, sino más bien inverosimilitud, irrealidad. Las sombras parecían carecer de límites, las figuras y los conjuntos de coherencia, como en la obra de un paisajista chabacano. Hace falta una buena tormenta, pensó; o bien, podía ser, un terremoto más en otra parte del mundo podía, en sarcástica demostración de la unidad del globo, aliviar la tensión en esta parte. Bueno, la jornada valía la pena de emprenderse, más no fuera que por el fresco y por el interés de observar los cambios climáticos...»
Tal la impresión que la naturaleza desquiciada suscita en Oliver Brand, parlamentario al servicio del tirano orbital Juliano Felsenburgh, el Anticristo. Pocas páginas después, en el asediado campamento de los santos, en Galilea, en el que hacen mora el último papa (de incógnito) y una mermadísima jerarquía y algunos monjes y fieles,
«el cielo era como un averno, negro y vacuo; no había un rayo de luz, aunque la luna seguramente había salido. Él la había visto cuatro horas antes trasponer lentamente el Tabor, una hoz roja. A través del valle, mirando desde el parapeto no había nada; pues por unas pocas yardas yacía sobre la tierra irregular un alanza quebrada de luz de un postigo mal cerrado; y debajo de ella, nada. Hacia el norte, nada tampoco; hacia el oeste un fulgor, pálido como ala de polilla, de los techados de Nazareth...»
Y aun:
«le pareció que el amanecer había llegado, pues aquel horroroso cielo era visible al fin. Una enorme bóveda, opaca y color humo, parecía curvarse hacia los espectrales horizontes a los dos lados donde las lejanas sierras alzaban sus agudos filos como recortadas en papel (...) Parecía todo irreal, como una sombría y fantástica pintura hecha por un ciegonato que nunca hubiese visto la luz. El silencio era hondo y total.»
Se advierte en estos pasajes la atención que el buen converso y novelista inglés vuelca sobre uno de los aspectos más gravosos del mundo distópico propiciado por los febriles sueños utópicos. No decimos que esta alteración de las coordenadas cósmicas sea inmediato efecto de la acción del hombre, cosa por lo demás hipotética y de comprobación acaso imposible: la tierra conoció cíclicas convulsiones mucho antes de que el hombre talara los bosques y contaminara la atmósfera. Simplemente asertamos que el cambio en los usos y costumbres, en la valoración y en los paradigmas morales de estos últimos lustros ha sido tan drástico y radical, que el «cambio climático» no hace sino y casi irónicamente acompañarlo, como un lazarillo que a su vez cojeara. Porque el hombre agrede a la naturaleza no sólo por la polución industrial, sino por la promoción de la contra-natura en todas sus repulsivas formas en vigor. Arcades ambo, y bien contemporáneos que son, resulta cuanto menos estúpido constatar la gravedad de los trastornos naturales sin siquiera reparar en la aniquilación del ethos -o en su falsificación, a expensas de una principalía del consenso.

De entre los varios signos que Jesús ofrece a los suyos como indicadores del fin de los tiempos, agrupados habitualmente bajo el membrete de Apocalypsis synoptica (a saber: aparición de falsos mesías y falsos profetas, guerras y rumores de guerra, persecución a los cristianos, fin de la ocupación gentílica de Jerusalem, señales sidéreas y telúricas varias), hay una que despunta sólo en Lucas (21, 25 ss.), y que merece especial atención en nuestros días. Dice la Vulgata:
et erunt signa in sole et luna et stellis, et in terris pressura gentium prae confusione sonitus maris et fluctuum, arescentibus hominibus prae timore et exspectatione, quae supervenient universo orbi; nam virtutes caelorum movebuntur.
La destacamos en negrita: Mateo y Marcos también hablan del oscurecimiento del sol, de la luna y las estrellas, y de la «conmoción de las columnas celestes»; no así del «estruendo del mar y de las olas», que es dato que aporta sólo Lucas. Acá también cabe reconocer correspondencias bastante estrechas entre trastornos naturales y hechos espirituales de pareja gravedad, de los que aquellos podrían ser un a modo de signos subsecuentes. El sol podrá, en efecto, oscurecerse; pero antes lo hizo el papado, con la imparable devaluación de sus signos de hito en hito (al menos desde la deposición de la tiara por Paulo VI, pasando por la renuncia de Benedicto XVI hasta alcanzar la licuefacción diaria de la dignidad pontificia en Francisco). Pulchra ut luna llamó Orígenes a la Iglesia, belleza que en nuestros días parece estribar en lo oculto, como en el novilunio. Que la luna deje de dar su esplendor no es más inadmisible que el entenebrecimiento -¡ay! ya constatado- de la misma Iglesia, llamada a reproducir la luz de Cristo. Que las estrellas caigan como fruta sobremadurada no hará sino reflejar la defección casi universal de los sacerdotes, prevista en todo su dramatismo al menos desde La Salette. Y el estruendo de las aguas y su asalto a la tierra firme no será sino paralelo a la mundanización creciente de la Iglesia, mimetismo el de ésta que no sirve a saciar la sed del mar embravecido: que lo diga la ONU si no, que ya parece lanzada a un decidido ataque a fondo contra todo lo que recuerde la soberanía del Creador sobre su entera Creación.

A la zaga de tan penoso desquicio en el orden del espíritu, la natura parece plegarse al descompás. Ya son muchas las latitudes que podrían decir, con Lucrecio y con Leopardi, que la naturaleza es más una madrastra
Olas gigantes en las costas de Albión
que una madre. Si hasta un concejal británico se animó a sugerir que las recientes inundaciones en su país se debieron a la aprobación de la ley de "matrimonio" homosexual, razón por la que fue suspendido de su partido. Causalidad no pasible de positiva comprobación, lo cierto es que en diversas partes de Europa se vivió un invierno altamente inusual, con lluvias copiosas donde correspondían nevadas, con temperaturas primaverales en la alta montaña. Estados Unidos vivió su propio destierro siberiano, con temperaturas de hasta 50º bajo cero. En nuestra pampa húmeda y en otras regiones de la Argentina, a cuarenta y cinco días sucesivos de calores agobiantes les siguió un duradero temporal, del todo impensable para el pleno verano, con inundaciones incluso en provincias de secano, como Catamarca, Mendoza y San Juan. El autor de este blogue vio hincharse el río que pasa a treinta metros de su casa, con amenaza de inundación finalmente fallida. En un área rural que conocía fenómenos semejantes con una frecuencia de 20 a 25 años, a éste le tocó sortear tres anegamientos en sólo cinco años.

Como para evidenciar la más cruda fisonomía del hombre moderno, no faltan quienes aprovechan estos castigos para salir a excursionar por las zonas siniestradas, cámara fotográfica en mano, captando ávidos el retrato de lo inverosímil que se regala a sus retinas: casas como barcos, copas de árboles peinando la corriente. Ni falta el tonto audaz que sale a montar la cresta de las olas gigantes, erguido en equilibrio sobre su leño. Es la conversión del drama en espectáculo, la garantía de que esta raza de tele-espectadores está negada al escarmiento. Tal como se lee en Apocalipsis 9, 20 ss: «los hombres que no fueron exterminados por estas plagas no se arrepintieron de las obras de sus manos, ni cesaron de adorar a los demonios (...), ni se arrepintieron de sus homicidios, de sus maleficios, de sus fornicaciones ni de sus robos».

En medio de la amenaza creciente de las fuerzas naturales y políticas desbocadas, así como el pequeño y perseverante contingente de la novela de Benson esperaba el fulmíneo bombardeo del enemigo entonando gregorianos, pluguiera a Dios que aprendamos a salmodiar con toda el alma aquello de
   no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.
Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

lunes, 10 de febrero de 2014

LA MEDIDA DE LA INDIGNACIÓN

Como complemento a la anterior entrada, reproducimos aquí otro testimonio que, en los días casi iniciales de la ¿reforma? litúrgica, debió impactar por el tono fuertemente polémico contra el Ordo motiniano y por la pluma de la que manaba. Se trata de un artículo aparecido en la revista Vigilia Romana en noviembre de 1971 y firmado por monseñor Domenico Celada, teólogo y liturgista, y profesor de Música e Historia del canto gregoriano en la Universidad lateranense. El autor, que colaboró con el «Breve examen crítico del Novus Ordo» firmado por los cardenales Ottaviani y Bacci, se cuenta entre los más fervientes impugnadores de las excrecencias introducidas en la liturgia a partir de 1969.

Nótese la afinidad del tono con el usado por el Señor en su Elenchus contra pharisaeos (Mt. 23, 13 ss.), o en las imprecaciones no menos incisivas que dirige a los judíos en Juan 8, 21 ss. En este caso, los destinatarios son los ideólogos y fautores de la ruptura en la tradición litúrgica, que una propaganda tan dolosa como eficaz logró presentar como “apertura”.


Paulo VI con el concejo de pastores protestantes
que intervinieron en la elaboración de la misa nueva
♦♦♦ 
Hace tiempo que deseaba escribiros, ilustres asesinos de nuestra santa Liturgia. No ya porque suponga que mis palabras pudieran tener algún efecto en vosotros, caídos hace ya mucho tiempo en las garras de Satanás y devenidos sus obedientísimos siervos, sino para que todos aquellos que sufren por los innumerables delitos cometidos por vosotros puedan reconocer su propia voz. No os ilusionéis, señores. Las llagas atroces que habéis abierto en el cuerpo de la Iglesia claman venganza ante el rostro de Dios, justo vengador. Vuestro plan de subversión de la Iglesia a través de la liturgia es antiquísimo. Intentaron realizarlo muchos predecesores vuestros mucho más inteligentes que vosotros, que el Padre de las Tinieblas ha acogido ya en su reino. Y yo recuerdo vuestro resentimiento, vuestra risa maliciosa y burlona, cuando le augurabais la muerte, una quincena de años atrás, a aquel gran Pontífice que fue el siervo de Dios Eugenio Pacelli, luego de que éste comprendiera vuestros designios y se os hubiera opuesto con la autoridad de la Tiara. Después de aquel famoso convenio de “liturgia pastoral”, sobre el cual cayeron como una espada las clarísimas palabras del papa Pío XII, vosotros abandonasteis el místico concejo espumando enojo y veneno.

Ahora os salisteis con vuestro propósito. Por el momento, al menos. Habéis creado vuestra “obra maestra”: la nueva liturgia. Que esta no sea obra de Dios se demuestra sobre todo (prescindiendo de las implicaciones dogmáticas) por un hecho muy simple: es de una fealdad espantosa. Es el culto de la ambigüedad y del equívoco, y no pocas veces el culto de la indecencia. Bastaría esto para entender que vuestra “obra maestra” no proviene de Dios, fuente de toda belleza, sino del antiguo escarnecedor de las obras de Dios.

Sí, habéis quitado a los fieles católicos las emociones más puras, derivadas de las cosas sublimes de las que se ha nutrido la liturgia por milenios: la belleza de las palabras, de los gestos, de las músicas. ¿Qué les habéis otorgado en cambio? Un certamen de fealdades, de “traducciones” grotescas (como es sabido, vuestro padre que está allá abajo no posee el sentido del humorismo), de emociones gástricas suscitadas por los maullidos de las guitarras eléctricas, por gestos y actitudes –y es poco decir- equívocos.

Pero, si no fuese suficiente, hay otro signo que demuestra cómo vuestra “obra maestra” no viene de Dios. Y son los instrumentos de los que os habéis servido para realizarlo: el fraude y la mentira. Habéis logrado hacer creer que un Concilio habría decretado la desaparición de la lengua latina, el archivado del patrimonio de la música sacra, la abolición del tabernáculo, el revesamiento de los altares, la prohibición de doblar las rodillas ante Nuestro Señor presente en la Eucaristía, y todas vuestras otras progresivas etapas, que toman parte (dirían los juristas) de un “único designio criminoso”.

Vosotros sabíais muy bien que la “lex orandi” es también la “lex credendi”, y por tanto que, mudando una, habríais mudado la otra. Vosotros sabéis que, apuntando vuestras lanzas envenenadas contra la lengua viva de la Iglesia, habréis prácticamente ultimado la unidad de la fe. Vosotros sabíais que, decretando el acta de muerte del canto gregoriano y de la polifonía sacra, habríais podido introducir a vuestro antojo todas las indecencias pseudomusicales que desacralizan el culto divino y echan una sombra equívoca sobre las celebraciones litúrgicas. Vosotros sabíais que, destruyendo tabernáculos, sustituyendo los altares por las “mesas para la refección eucarística”, negándole al fiel que doble las rodillas delante del Hijo de Dios, en breve habríais extinguido la fe en la real Presencia divina. Habéis trabajado muy atentamente. Os habéis ensañado contra un monumento en el que habían puesto manos Cielo y tierra, porque sabíais que con esto destruiríais a la Iglesia. Habéis llegado a quitarnos la Santa Misa, arrancando nada menos que el corazón de la liturgia católica (esa Santa Misa a cuya vista nosotros fuimos ordenados sacerdotes, y que nadie en el mundo nos podrá jamás prohibir, porque nadie puede pisotear el derecho natural).

Lo sé, ahora podréis reir por cuanto estoy por decir. Y reíd nomás.

Habéis llegado a quitar de las Letanías de los santos la invocación “a flagello terremotus, libera nos Domine”, y nunca como ahora la tierra ha temblado en cualquier latitud.

Habéis quitado la invocación “a spiritu fornicationis, libera nos Domine”, y nunca como ahora nos hemos encontrado tapados por el fango de la inmoralidad y de la pornografía en sus formas más repelentes y degradantes.

Habéis abolido la invocación “ut inimicos sanctae Ecclesiae umiliare digneris”, y nunca como ahora los enemigos de la Iglesia prosperan en todas las instituciones eclesiásticas, a todo nivel.

Reíd, reíd. Vuestras risotadas son groseras y sin alegría. Es bien cierto que ninguno de vosotros conoce, como nosotros las conocemos, las lágrimas de la alegría y del dolor. Vosotros no sois ni siquiera capaces de llorar. Vuestros ojos bovinos, ténganse por bolas de vidrio o de metal, miran las cosas sin verlas. Sois similares a las vacas que miran el tren.

Antes que a vosotros, prefiero al ladrón que arranca la cadenita de oro al niño, prefiero al carterista, prefiero al atracador a mano armada, prefiero incluso al profanador de tumbas. Gente mucho menos sucia que vosotros, que le habéis rapiñado al pueblo de Dios todos sus tesoros.

En espera de que vuestro padre que está allá abajo os acoja también a vosotros en su reino, “allá donde habrá llanto y rechinar de dientes”, quiero que sepáis de nuestra invencible certeza: que aquellos tesoros nos serán restituidos. Y será una “restitutio in integrum”. Vosotros habéis olvidado que Satanás es el eterno vencido.

Monseñor Domenico Celada

miércoles, 5 de febrero de 2014

PADRE CALMEL: UNA SANTA RÉPLICA A LA RUPTURA LITÚRGICA

Para los fieles que conocieron la Misa tradicional y comprobaron las deficiencias evidentes del nuevo rito (incluso cuando se lo celebra con el mayor de los decoros posibles), y que no pueden asistir regularmente a la Misa de san Pío V por hallarse lejos del lugar de su celebración más próxima, surgen inevitables las inquietudes de conciencia acerca de la Misa nueva: si ésta es realmente válida, si confiere eficazmente la gracia, etc. No tratándose de asuntos sujetos a comprobación empírica ni pudiendo asumirlos como objeto de una elucidación al modo de las ciencias positivas, y careciendo de toda opción en lo referente al culto, es de creer que esta dolorosa pena resulte insoluble en esta vida. A no ser que, por un improbable que no cabe en las mientes de nadie, resulte ungido en el próximo cónclave un Papa que renueve explícitamente las condenas de un Pío X al modernismo y se avenga a restaurar la liturgia de siempre contra la acción disolvente de todos los zorros, lobos y chacales que han venido a ocuparse tan solícitamente del culto público.

No menor horror causa en los azorados testigos del caso el comprobar que, a la disrupción obrada en este terreno hace ya cuarenta y cinco años, no le siguiera una reacción condigna de parte de clérigos y fieles. Lo que, para mayor honor de la Desposada del Cordero, resulta felizmente contradicho por el ejemplo de unos pocos de sus hijos, como el que presentamos a continuación. En un articulo titulado Contrarrevolución litúrgica. el caso "silenciado" del padre Calmel la autora, Cristiana de Magistris, nos expone el coraje del dominico francés y su lucidez sin sombras acerca del carácter demoledor de los cambios introducidos en la liturgia, que (en mutua implicancia, según aquello de lex orandi, lex credendi) acabaría por afectar -apagándola- a la fe. Nótese el tenor de la justificación que Paulo VI hace de la ruptura, asumiendo a la nueva misa nada menos que como un «gimnasio de sociología cristiana». Nótese a su vez el reclamo de los novadores a la obediencia, virtud religiosa burlada por ellos sistemáticamente mientras no estuvieron al comando de diócesis y dicasterios.

Y admiremos juntos la perseverancia de este digno hijo del fundador de su Orden, hoy tan degradada. Bien supieron los antiguos que la resistencia equivale a la victoria.



Padre Roger Calmel, gloria oculta
de la orden de santo Domingo
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Religioso dominico y teólogo tomista de espesor poco común, director de almas apreciado y buscado por todo el territorio francés, escritor católico de una lógica convincente y de una claridad inequívoca, el padre Roger Calmel-Thomas (1914 - 1975) se distinguió durante los tumultuosos años del Concilio y del post-Concilio por su acción contrarrevolucionaria, ejercida -a través de la predicación, de los escritos, y sobre todo con el ejemplo- tanto en el plano doctrinal como en el litúrgico.
Pero en un punto muy preciso la resistencia de este hijo de santo Domingo ha alcanzado el heroísmo: la Misa, ya que es en la redención obrada por Cristo en el Calvario y perpetuada en los altares que se fundamenta la fe católica. 1969 fue el año fatídico de la revolución litúrgica, largamente preparada y finalmente impuesta por vía de autoridad a un pueblo que no la había pedido ni la deseaba. 
El nacimiento de la nueva Misa no fue pacífico. En oposición a los cantos de victoria de los novatores, se hallaban las voces de quienes no querían pisotear el pasado casi bimilenario de una Misa que se remontaba a la tradición apostólica. Esta oposición contó con el apoyo de dos cardenales de Curia (Ottaviani y Bacci), pero fue completamente ignorada. 
La entrada en vigor del nuevo Ordo Missae fue programada para el 30 de noviembre, primer domingo de Adviento, y la oposición no tendía a aplacarse. El mismo Paulo VI, en dos audiencias generales (19 y 26 de noviembre 1969), intervino presentando el nuevo rito de la Misa como la voluntad del Concilio y como ayuda a la piedad cristiana. 
El 26 de noviembre el Papa dijo: «el nuevo rito de la Misa: es un cambio que remite a una venerable tradición secular, y por eso afecta a nuestro patrimonio religioso hereditario, que parecía tener que disfrutar de una fijeza intangible, y que parecía tener que traer a nuestros labios la oración de nuestros antepasados ​​y de nuestros santos, y darnos el consuelo de una fidelidad a nuestro pasado espiritual que nosotros actualizábamos para transmitirlo luego a las generaciones venideras. En esta contingencia comprendemos mejor el valor de la tradición histórica y de la comunión de los santos. Toca este cambio el desenvolvimiento ceremonial de la Misa, y advertiremos, tal vez con un poco de molestia, que las cosas ya no se desarrollarán más en el altar con aquella identidad de palabras y gestos a la que estábamos tan acostumbrados, casi al punto de no prestarle más atención. Este cambio también afecta a los fieles, y quisiera concernir a cada uno de los presentes, quitándolos de sus acostumbradas devociones personales, o de su sopor habitual. ... ». Y continuaba diciendo que hay que entender el significado positivo de las reformas y hacer de la misa «un tranquilo pero comprometedor gimnasio de sociología cristiana». 

«Será bueno -advirtió Paulo VI en la misma audiencia- que comprendamos las razones por las que se introduce esta grave mutación: la obediencia al Concilio, que ahora deviene obediencia a los obispos que lo interpretan y ejecutan las prescripciones...» . Para sofocar la oposición al Papa no quedaba sino el argumento de autoridad. Y es sobre este argumento que se jugó todo el partido de la revolución litúrgica. 
El padre Calmel, que con sus artículos fue colaborador asiduo de la revista Itinéraires, había ya abordado la cuestión de la obediencia, que se convirtió en el post-Concilio en el argumento de punta de los novatores. Pero -así lo afirmaba él- es precisamente en virtud de la obediencia que debemos rechazar cualquier compromiso con la revolución litúrgica: «no se trata de crear un cisma, sino de conservar la tradición». Con silogismo aristotélico hacía notar: «la infalibilidad del Papa es limitada, por lo que nuestra obediencia es limitada», señalando el principio de la subordinación de la obediencia a la verdad, de la autoridad a la tradición. La historia de la Iglesia tiene casos de santos que estaban en conflicto con la autoridad de los papas que no eran santos. Pensemos en san Atanasio excomulgado por el papa Liberio, en santo Thomas Becket suspendido por el papa Alejandro III. Y especialmente en Santa Juana de Arco. 
El 27 de noviembre de 1969, tres días antes de la fecha fatídica en la que entró en vigor el Novus Ordo Missae, el padre Calmel expresó su rechazo con una declaración de excepcional importancia, publicada en la revista Itinéraires. 

«Yo me atengo a la Misa tradicional -declaró- aquella que fue codificada, pero no fabricada por san Pío V en el siglo XVI, de acuerdo con un uso plurisecular. Rechazo, por lo tanto, el Ordo Missae de Paulo VI. 

¿Por qué? Porque, en realidad, no existe este Ordo Missae. Lo que existe es una revolución litúrgica universal y permanente, permitida o deseada por el Papa actual, y que reviste, por el momento, la máscara del Ordo Missae del 3 de abril de 1969. Es derecho de todo sacerdote negarse a usar la máscara de esta revolución litúrgica. Y estimo que es mi deber como sacerdote negarme a celebrar la misa en un rito equívoco.
Si aceptamos este nuevo rito, que promueve la confusión entre la misa católica y la cena protestante -como afirman los dos cardenales (Bacci y Ottaviani), y como lo demuestran sólidos análisis teológicos- entonces pasaremos sin demora de una misa intercambiable (como lo reconoce, por lo demás, un pastor protestante) a una misa completamente herética y, por lo tanto, nula. Iniciada por el Papa, y luego por él abandonada a las Iglesias nacionales, la reforma revolucionaria de la misa conducirá al infierno. ¿Cómo aceptar el hacerse cómplice? 
Me preguntaréis: manteniendo la Misa de siempre de cara y contra todo, ¿has pensado en aquello a lo que te expones? Claro. Me expongo, por así decirlo, a perseverar en el camino de la fidelidad a mi sacerdocio, y por eso a rendir al Sumo Sacerdote, que es nuestro Juez Supremo, el humilde testimonio de mi ministerio sacerdotal. Me expongo también a tranquilizar a los fieles extraviados, tentados de escepticismo o de desesperación. Todo sacerdote, de hecho, que permanezca fiel al rito de la Misa codificado por San Pío V, el gran Papa dominico de la Contrarreforma, permite a los fieles participar en el Santo Sacrificio sin ningún posible equívoco; de comunicarse, sin el riesgo de ser engañados, con el Verbo de Dios encarnado e inmolado, vuelto realmente presente bajo las sagradas Especies. Por el contrario, el sacerdote que se conforma al nuevo rito, compuesto por varias piezas de Paulo VI, colabora de su parte para instaurar gradualmente una misa fraudulenta donde la Presencia de Cristo no será más auténtica, sino que se transformará en un memorial vacío; por lo mismo, el Sacrificio de la Cruz no será más que una comida religiosa donde se comerá un poco de pan y se beberá un poco de vino. Nada más: como los protestantes. La negativa a colaborar con la instauración revolucionaria de una misa equívoca orientada a la destrucción de la Misa, ¿qué desgracias temporales, qué daños podrá traer? El Señor lo sabe: por lo tanto, basta con su gracia. En verdad, la gracia del Corazón de Jesús, derivada hasta nosotros por el santo Sacrificio y por los sacramentos, basta siempre. Es por ello que el Señor nos dice con tanta tranquilidad: "el que pierda su vida en este mundo por mi causa, la salvará para la vida eterna". 
Reconozco sin dudar la autoridad del Santo Padre. Afirmo, sin embargo, que todos los Papas, en el ejercicio de su autoridad, pueden cometer abusos de autoridad. Sostengo que el papa Paulo VI cometió un abuso de autoridad de una gravedad excepcional, al construir un nuevo rito de la misa según una definición de la misa que ha dejado de ser católica. "La Misa -escribió en su Ordo Missae- es la reunión del pueblo de Dios, presidida por un sacerdote, para celebrar el memorial del Señor". Esta definición insidiosa omite a priori lo que hace la Misa católica, siempre y para siempre irreductible a la cena protestante. Y esto porque para la Misa católica no se trata de cualquier memorial; el memorial es de tal naturaleza que contiene realmente el sacrificio de la Cruz, porque el Cuerpo y la Sangre de Cristo están verdaderamente presentes en virtud de la doble consagración. Ahora bien: mientras esto aparece tan claro en el rito codificado por San Pío V de modo de no poder inducir a error, en aquel fabricado por Paulo VI permanece fluctuante y equívoco. Parejamente, en la Misa católica el sacerdote no ejerce una presidencia cualunque: marcada por un carácter divino que lo introduce en la eternidad, él es el ministro de Cristo, que hace la Misa a través de él; muy otra cosa es asimilar al sacerdote a un pastor cualquiera, delegado por los fieles para mantener el buen orden en sus asambleas. Ahora bien: mientras esto es ciertamente evidente en el rito de la Misa prescrita por San Pío V, se halla en cambio disimulado e incluso eliminado en el nuevo rito.
La simple honestidad entonces, pero infinitamente más el honor sacerdotal, me exigen no tener el descaro de traficar la Misa católica, recibida en el día de mi ordenación. Y como de lo que se trata es de ser leal, y sobre todo en una materia de una gravedad divina, no hay autoridad en el mundo, ni siquiera la autoridad pontificia, que pueda detenerme. Por otra parte, la primera prueba de fidelidad y de amor que el sacerdote tiene que dar a Dios y a los hombres es la de custodiar intacto el depósito infinitamente precioso que le fue confiado cuando el Obispo le impuso las manos. Es, sobre todo, sobre esta prueba de lealtad y amor que seré juzgado por el Juez Supremo. Confío que la Virgen María, Madre del Sumo Sacerdote, me obtenga la gracia de permanecer fiel hasta la muerte a la Misa católica, verdadera y sin inequívoco. Tuus ego sum, salvum me fac (soy todo tuyo, sálvame)».
Frente a un texto de este espesor y una toma de posición tan categórica, todos los amigos y partidarios del padre Calmel temblaron, esperando de Roma las penas más duras. Todos excepto él, el hijo de santo Domingo, que no dejaba de repetir: "Roma no va a hacer nada, no va a hacer nada ...". Y, en efecto Roma no hizo nada. Las sanciones no llegaron. Roma calló ante este fraile dominico que no temía a nada con excepción del Juez Supremo, a quien debía dar cuenta de su sacerdocio. 
Otros sacerdotes, gracias a la declaración del padre Calmel, tuvieron el coraje de salir al descubierto y hacer frente a los abusos de una ley injusta e ilegítima. Contra los que recomendaban la obediencia ciega a las autoridades, él mostraba el deber de la insurrección. «Toda la conducta de santa Juana de Arco muestra que ella ha pensado así: por supuesto, es Dios quien lo permite; pero lo que Dios quiere, al menos mientras me quede un ejército, es que yo libre una buena batalla y haga justicia cristiana. Luego fue quemada [...] Someterse a la gracia de Dios no significa no hacer nada. Lo que significa es hacer, permaneciendo en el amor, todo lo que está en nuestro poder [...] A quien no haya reflexionado sobre las justas insurrecciones de la historia, como la guerra de los Macabeos, las cabalgatas de santa Juana de Arco, la expedición de Juan de Austria, la revuelta de Budapest, a quien no haya entrado en sintonía con las nobles resistencias de la historia [...] yo le niego el derecho de hablar de abandono cristiano [...] El abandono no consiste en decir: Dios no quiere la cruzada, dejemos hacer a los moros. Ésta es la voz de la pereza». 
No se puede confundir el abandono sobrenatural con una obediencia supina. «El dilema que se plantea a todos -advertía el padre Calmel- no es elegir entre la obediencia y la fe, sino entre la obediencia de la fe y la cooperación con la destrucción de la fe». Todos nosotros estamos invitados a hacer «dentro de los límites que nos impone la revolución, el máximo de lo que podamos hacer para vivir de la tradición con inteligencia y fervor. Vigilate et orate». 
El padre Calmel había comprendido perfectamente que la forma de violencia ejercitada en la Iglesia post-Conciliar es el abuso de autoridad, aplicada exigiendo una obediencia incondicional. A la que el clero y muchos laicos se plegaron sin intentar ningún tipo de resistencia. «Esta falta de reacción -notaba Louis Salleron- me parece trágica. Porque Dios no salva a los cristianos sin ellos mismos, ni a su Iglesia sin ella».
«El modernismo hace caminar a sus víctimas bajo el estandarte de la obediencia -escribía el religioso dominico-, poniendo bajo sospecha de orgullo cualquier crítica de las reformas, en nombre del respeto que se debe al Papa, en nombre del celo misionero, de la caridad y de la unidad». 
En cuanto al problema de la obediencia en materia litúrgica, el padre Calmel señalaba: «la cuestión de los nuevos ritos consiste en el hecho de que son ambivalentes, por lo que no expresan de manera explícita la intención de Cristo y de la Iglesia. La prueba está dada por el hecho de que incluso los herejes los utilizan con tranquilidad de conciencia, mientras que rechazan, como siempre han rechazado, el Misal de san Pío V». «Hay que ser o tontos o miedosos (o lo uno y lo otro a la vez) para considerarse obligados en conciencia a leyes litúrgicas que cambian con mayor frecuencia que la moda femenina y que son aún más inciertas». 
En 1974 decía, en una conferencia: «la Misa le pertenece a la Iglesia. La nueva misa no pertenece sino al modernismo.Yo me atengo a la Misa católica, tradicional, gregoriana, ya que ella no pertenece al modernismo [...] El modernismo es un virus. Es contagioso y es menester rehuirlo. El testimonio es absoluto. Si rindo testimonio a la Misa católica, es necesario que me abstenga de celebrar otra. Es como el incienso quemado a los ídolos: o un grano, o nada. Así que: nada».
A pesar de la abierta resistencia del padre Calmel a las innovaciones litúrgicas, nunca llegó de Roma ninguna sanción. La lógica del padre dominico era demasiado apretada, su doctrina demasiado ortodoxa, su amor a la Iglesia y a su tradición perenne demasiado leal para que se lo pudiese atacar. No se intervino en contra de él, ya que no se podía. Entonces se envolvió el caso en el silencio más criminalmente cómplice, al punto de que el teólogo dominico -conocido, en parte, en el mundo tradicional francés- es poco menos que desconocido en el resto del orbe católico. 
En 1975, el padre Calmel se apagaba prematuramente, coronando su deseo de fidelidad y resistencia. En su Declaración de 1969 había pedido a la Santísima Virgen «permanecer fiel hasta la muerte a la Misa católica, verdadera y sin equívocos». La Madre de Dios colmó el deseo de este hijo predilecto, que murió sin haber nunca celebrado la misa nueva para permanecer fiel al Supremo Juez, a quien debía rendir cuentas de su sacerdocio.

Fuente: http://www.conciliovaticanosecondo.it/

domingo, 2 de febrero de 2014

NUNC DIMITTIS

Rembrandt, Simeón y el Niño Dios

Despachad ya, Señor, al siervo vuestro
y huélguese en la paz de su Maestro,

según vuestra palabra fidedigna
que asperjabais con mano tan benigna.

¿Qué mirarán los ojos, los absortos
de miraros? ¿Dónde hallarán confortos?

¿Qué otro esplendor verán, qué otra alegría
tan diáfana como la de este Día?

Día sin nube, día en que las arras
le concedisteis, y hasta las hondarras

sorbió de su venturo refrigerio
cual destilado a vuestro tierno imperio.

Día que es vuestro rostro y su decoro.
No demoréis, Señor, ese tesoro

al siervo éste que clama ya a las puertas
de vuestro Tribunal, y halla entreabiertas.

¡Oh luz de las naciones y alta gloria
de vuestro fiel rebaño, la victoria

dejadnos contemplar de vuestro Verbo!
¡Y dispensad, Señor,
por vuestro honor,
de aqueste largo andar a vuestro siervo!



Fray Benjamín de la Segunda Venida



martes, 28 de enero de 2014

HABLA EL TIRANO, FRANCISCO CONCEDE

En el vídeo consignado a continuación, tomado de un discurso pronunciado por Obama hace cinco años, estremece constatar la vigencia de la más cruda doctrina laicista, de separación neta entre el Estado y la religión, con la inevitable y consiguiente elevación de la vida civil a una instancia absoluta, autorreferencial, hierática. No podría ser de otro modo, ni son novedosas las premisas. Lo que salta a la vista es el tono casi conminatorio con el que se expresan estas cosas, como anticipando a quienes entienden fundar las realidades terrenas en un principio trascendente, que no tendrán lugar en el consorcio de los hombres.





Consta, entre otros roznidos que no ahorran sarcasmos y difamaciones gratuitas para con la religión y los "peligros del sectarismo" de ella supuestamente dimanados, que
la democracia demanda que los que se hallan religiosamente motivados traduzcan sus preocupaciones en valores universales más que en valores religiosos específicos (...) Se requiere que sus propuestas sean sujeto de argumentaciones y susceptibles al razonamiento
afirmando esa tan engañosa como ajada oposición entre fe y razón, e identificando fe con fideísmo. Ésta fue, en opinión de muchos eminentes maestros -entre los cuales Pieper- la enfermedad que, en el otoño medieval, impulsó la antítesis creciente entre el poder espiritual y el temporal, proyectándose luego -y extenuando sus consignas- en la época moderna.

Dice luego, y nótense el cinismo y la paradoja, que
en una sociedad plural no tenemos elección
y, una vez entendida la vida política como un «arte de lo posible» sujeto a múltiples compromisos, arguye por contraste que
en un nivel fundamental, la religión no permite el compromiso, es el arte de lo imposible.
Finalmente, y con el afán de exponer con franqueza la inspiración más crudamente empirista de su programa, concluye (en palabras que admiten significados acaso por él mismo insospechados) que
nosotros no escuchamos lo que Abraham escucha, no vemos lo que Abraham ve. Entonces lo menos que podemos hacer es actuar conforme a las cosas que todos podemos ver y todos podemos escuchar.
Éste es el mismo sujeto que, encarnando la más alta potestad política de este zarandeado mundo, no dejó de expresar sus parabienes tras la elección de Bergoglio al papado, e hizo recientemente público su deseo -bien pronto concedido- de obtener una audiencia con el pontífice, tal como lo comentamos en una entrada anterior. Pontífice que no habla tan claro, que no apura definiciones tan inequívocas, pero que fluctúa en dudas y semidicciones que no hacen sino fortalecer el más enconado discurso laicista, cediéndole gustoso la preeminencia. Recordamos a este respecto aquella entrevista en la que, un poco al modo de los saduceos que tentaron al Señor con el problema de la mujer casada sucesivamente con siete hermanos, Francisco trajo a cuento a aquella mujer «que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto», y que «se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana», rematando el argumento con la hiriente y nunca resuelta pregunta: «¿qué hace el confesor?». Así otra multitud de veces, en las que el Romano Obispo parece encarecer las vacilaciones al par que desacredita todas las certezas, según locuela ya por todos conocida. Bien hizo Antonio Socci en recordar el pasaje de un sermón del Aquinate, en el que éste afirma que «son éstos los falsos profetas, o falsos doctores, pues proponer una duda y no resolverla equivale a concederla» (sermón Attendite a falsis prophetis).

En la conspiración común de las dos espadas al servicio de la Verdad se cifra la gloria de los siglos medios. En las desavenencias crecientes entre ambas se desenvuelve la declinante modernidad. De la nueva reunión de entrambas, pero esta vez al amparo de un principio secularista, ¿qué otra cosa podrá resultar sino lo que entrevió cierta vez un santo varón, en Patmos?

Dos sonrisas, ¿una única mueca para la historia,
en brusca precipitación?

viernes, 24 de enero de 2014

EL ENSUEÑO ECUMÉNICO ENGENDRA MONSTRUOS

Ni el más audaz soñador entre los griegos de la antigüedad hubiera imaginado que su propia lengua iba a servir de soporte idiomático para darles el nombre a insospechables hallazgos de la ciencia y la técnica tan remotamente futuros, como ser la ecología y el teléfono. Otro de tantos términos de acuñación reciente sobre moldes griegos -un siglo de existencia, poco más o menos-, y ya tan necesario de aclaraciones por la bi- y aun trifurcación semántica y el consiguiente descalabro del concepto, es el de ecumenismo. 

En la oikouméne o «tierra poblada» del helenismo subyace inconfundible la idea de «humanidad», es decir, de una unidad superior a la de la nación, por la que venía a admitirse la esencial identidad de todos los hombres en una única especie. La ecúmene es la tierra habitada por los hombres, el ámbito en el que estos desarrollan su actividad y su cultura. Asumido el concepto -con sus exigencias éticas intrínsecas- por la Roma imperial, y luego por la Roma cristiana, éste constituirá la evidencia en la que se fundarán el derecho de gentes y el derecho natural, sea que se considere a ambos como a una única o a una múltiple razón.

Apenas un siglo después de la ruptura protestante, el problema de la reductio ad unum de aquellos jirones sueltos de lo que había sido el orbe cristiano ocupó bastante pronto la mente de diversos pensadores, entre los cuales Leibniz, que propiciaba la distinción entre lo que él llamaba creencias (necesarias de suyo) y opiniones (no necesarias), a los fines de alcanzar un presunto mínimo denominador común de las distintas confesiones cristianas. Matematicismo irreductible a la razón teológica, a una Iglesia todavía consciente de que "ni una tilde" de la Ley (del dogma) podía omitirse no se la iba a convencer con tales recaudos. Pero el término «ecumenismo» como alusivo a la reintegración de las diversas confesiones cristianas en una unidad es mucho más reciente.

Ya se vio precisado el Santo Oficio, en su notoria Instrucción del 1949, a recordar -pululantes ya los desvaríos ecuménicos- que es la Iglesia católica «la que posee la plenitud de Cristo», por lo que la unión de las distintas denominaciones cristianas sólo es hacedera por el retorno (per reditum) de los que permanecen fuera del redil de Pedro. Pío XI, en la Mortalium animos, había señalado con claridad que las tentativas de los pancristianos «no pueden, de ninguna manera, obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio», error que lleva -en palabras del pontífice- al indiferentismo y aun al ateísmo.

Cardenal O'Malley, recibiendo la bendición de la pastora
Sabemos cuánto mudaron estas consideraciones con el Concilio Vaticano II, que propuso algo así como la "conversión común" de las diferentes confesiones cristianas -incluida la Iglesia católica- al así llamado «Cristo total». La Unitatis redintegratio define así al "movimiento ecuménico” como al «conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones en ellos». Nada, al parecer, más alejado de aquello que san Agustín encomió como «la doctrina de la verdad en la cátedra de la unidad», dimanada ésta de aquella triple unidad evocada por san Pablo: «unus Dominus, una fides, unum baptisma (Ef. 4, 5)».

El furor ecuménico, como es fácil comprobar, no se detuvo en la unidad jamás consumada con los protestantes, que -al menos en sus versiones más bullangueras y telepastorales- siguen haciéndole sisa a la Iglesia, atrayendo a incautos de origen católico a sus filas. Ahora el abrazo ya alcanza a la casi totalidad de las formas de culto, incluido acaso el satanismo. Conste para comprobarlo una vez más el programa del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, que para la Semana de Oración por la Unidad 2014 a celebrarse en Canadá, ofrece un modelo de celebración ecuménica orando sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales «siguiendo la tradición de algunos de los pueblos indígenas de Canadá». Menos mal que se cuidan de observar que «habrá que saber de antemano la dirección de los puntos cardinales para orientar a la comunidad que celebra», para evitar ulteriores confusiones. Se propone también, en la teatralización de rigor, un «intercambio ecuménico de dones espirituales» simbolizables en especies, y «la utilización en las oraciones de intercesión de los “Ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio” de las Naciones Unidas». Huelgan comentarios.

Nada que ver este cristianismo pass-par-tout, con tufo a logia, con aquel que inspirara en 1909 las oraciones del converso del anglicanismo, padre Paul Wattson, quien concebía la unidad como el regreso al seno de la Iglesia romana. Basta cotejar día por día las oraciones de los Octavarios por la Unidad de estos últimos años con aquel compuesto por Wattson, en vigor hasta hace unas décadas, en el que se pedía sucesivamente: 1- por la conversión de todos aquellos que se encuentran en el error; 2- de los cismáticos; 3- de los luteranos y los protestantes de Europa; 4- de los anglicanos; 5- de los protestantes de América; 6- de los católicos ya no más practicantes; 7- de los hebreos; 8- de los islámicos y de todos los paganos. Y al término de la «coronilla para la Unidad», rezada sobre las cuentas del Rosario, y luego de invocar la asistencia de la Virgen, se le pedía al Señor «ut omnes errantes ad unitatem Ecclesiae revocare et infedeles universos ad Evangelii lumen perducere digneris». Amen.

La caricatura ecuménica