martes, 8 de abril de 2014

ALGO MÁS SOBRE EL "EFECTO FRANCISCO"



A través de un cambio de facto en la disciplina de los sacramentos (con tensión creciente para obtener su confirmación de iure), la Iglesia, urgida a una difícil supervivencia entre las olas y hecha reversible como un suéter, se esmera con Francisco en re-semantizar su nota de «catolicidad», amagando asumir un universalismo informe, indeterminado. Inclusivo, como gustan decir. Casi como situada más allá del bien y del mal, o bien aplicando sin restricciones, en clave crudamente indiferentista, aquel motivo del Génesis: «vio [Dios] que todo era bueno». Todo, todo, a no ser por la terca persistencia del depositum y de sus memoriosos.

Mutación genética obrada a brusco golpe de timón, se diría el advenimiento del Reino Milenario de la fraternidad humana sin distinción de credos. Y si para participar del banquete eucarístico ya se admite a los pecadores públicos que viven en patente y permanente infracción contra el sexto mandamiento, también se concede el bautismo a niños adoptados por yuntas de invertidos, en un festival de abominaciones progresivas que deja en el más fumoso olvido no ya al recio «foris canes» del Apocalipsis (22, 15), sino incluso al más módico «cavete canem» de las villae romanas, que era en todo caso una apelación a la cautela, a no meter el pie en donde pudiese sufrirse mordedura. Traducido en cristiano: a evitar las ocasiones de pecar. La nueva Iglesia, por el contrario, profesa no tener ningún cuidado con las compañas, un tan bonachón como banal laissez-faire que acaba por ceder a los perros el pan de los hijos.

Pero es menester preguntarse, en esta fantasmagórica euforia común a prelados y a pervertidos, qué significa todo esto. Cómo es posible que aquellos que ayer nomás odiaban visceralmente a la Iglesia, que la hacían objeto de las más acerbas acusaciones -incluso de las acusaciones más infundadas y falaces, malintencionadas también, y desleales- hoy se sientan tan a su gusto entre cirios. Y será necesario advertir el drama psicológico latente en estos eternos y desdichados adversarios de la obra de Dios, cuya animadversión hacia la Iglesia se explica por el rechazo despechado de la excelencia, por no ser capaces de deponer su envilecedor orgullo, por trágicos malentendidos de los que no quieren verse libres. Ellos encarnan lo que Max Scheler llamó la «envidia existencial», fruto del resentimiento, cuyo íntimo balbuceo el alemán sintetiza así: «todo te lo puedo perdonar, pero no te puedo perdonar que tú existas y seas quien eres, que yo no sea lo que tú eres».

Una vez que estos enemigos vieron la posibilidad de abordar a la Iglesia sin coste alguno, sin renuncias de ningún tipo, simplemente porque la brecha se agrandó sin remedio y los centinelas que debían velar se echaron a dormir, entonces lo hicieron presurosamente, revelando la falsedad de su anterior desdén con la falsedad de su acogida. Como aquellos burgueses que, después del triunfo de la Revolución en 1789, corrieron a comprar o a fraguar títulos nobiliarios.

¡Que entren todos! Sí, pero no sin advertir a los convidados que deben llevar el vestido nupcial (Mt. 22, 11 ss.), sin el cual serán arrojados afuera («donde habrá llanto y crujir de dientes») sin remilgos.

Juanita o catanga (calosoma argentinensis)
De nosotros (época de los barbechos, a comienzos del otoño), cuando las huertas exhalan el feliz aroma de la albahaca todavía en pie o la floración tardía de los nísperos embalsama el aire con el suyo propio, cuando el heno recién segado aporta su delicia bienoliente y aun ciertas especies semi-silvestres, como el poleo, responden al roce del calcañar humano con su suave y agradable olor, entonces suele cundir la juanita o catanga, también conocida como "boticario", insecto que, al ser tocado, despide un repugnantísimo y penetrante hedor que haría olvidar todas las bondades previamente asumidas por el olfato. ¿A quién se le ocurriría asociar unas notas con las otras, tan irreductiblemente contrarias? ¿Quién le agrega una juanita a un ramo de rosas? Eso mismo es lo que se está haciendo en la Iglesia, aparejándole a la santidad que le es inherente (y al buen olor de las virtudes de sus santos: los que ya se cuentan en la Iglesia Triunfante y los que aún trajinan en la Militante) la pestilencia de los vicios que se ufanan de tales, cuyos cultores suponen (y aquí el fariseísmo de nuevo cuño, peor que el antiguo) que no necesitan convertirse. Por eso, cada vez que -empezando por el Papa- escuchamos a nuestros pastores pronunciar en sus sermones el dulcísimo Nombre de Jesús, tememos que puedan estar refiriéndose a cualquier cosa, menos al Redentor de los hombres. «Jesús», en sus labios, ha venido a adquirir una multivocidad tal que acaso no excluye ni siquiera la críptica alusión a la bragueta.

Si sólo midiéramos como un hecho histórico -y no ya como un sacrilegio consumado y continuo- esto que ocurre ante nuestra azorada vista, seguramente habría que tenerlo por más relevante que el descubrimiento de la pólvora, que la revolución industrial y la caída de las monarquías, y veríamos sus proyecciones próximas como capaces de augurar una única salida, y metahistórica. Y nos pondrían el honorable remoquete de "profetas de desventuras", contra todo aquello que el mundo, embriagado por el «efecto Francisco», concibe paradójicamente como "esperanza".

sábado, 5 de abril de 2014

ESO QUE LLAMAN "EFECTO FRANCISCO"

Como cuando los observadores de los fenómenos de orden físico creen descubrir la posible causa de algún evento recurrente (llámense, por ejemplo, los procesos degenerativos en poblaciones sometidas a radiactividad, o bien la llamada "lluvia ácida", o la peste en los cultivos, o la roña o la diarrea en el ganado), así ahora parecen haber descubierto los periodistas la común adscripción de unos cuantos hechos eruptivos de inequívoca constatación a un así llamado «efecto Francisco». Entre estos cuéntase el uso -por parte de obispos de no siempre probado pundonor, aunque sí virtuosos de la mímesis- de pectorales de hierro (incluso de hierro corroído por el óxido), cuando no de aleaciones más "berretas", según la jerga rioplatense. Estos sucesores de los apóstoles tienen en tanto su ministerio, que comisionan sus ornatos no al orfebre sino a la zinguería o al chatarrero.

Arqueologismo litúrgico feroz:
la recuperación del altar precristiano, y más: prehistórico
Pero aunque este menoscabo de los signos visibles de la dignidad ministerial -parejo a la degradación de cuanto toca al culto- haya alcanzado con este pontificado cotas aún inexploradas, debe decirse, en honor a la verdad, que el proceso declinante lleva largos años y aun décadas. Un ejemplo entre otros mil, repetido en cuanta diócesis se traiga a cuento, es la sustitución de los bellamente labrados altares de antaño por esos toscos bloques que parecen inspirados en los dólmenes neolíticos, pero que son en verdad el parto de la más fría producción industrial. Se trata de una forma remozada de aquel odio a la belleza que motivó en su momento a los iconoclastas, tolerada esta vez y aun impulsada por la Jerarquía, y ésta debe explicarse como el fruto de una patología espiritual afín a la aversión maniquea a todo cuanto implique a los sentidos. Parece bastante claro que el idealismo moderno y su primado hipertrófico de la conciencia forzaron esta deriva, culminante (porque mayor consecuencia que la de impregnar el magisterio pontificio no podría suponerse) en aquel dolorosamente noto «el tiempo es superior al espacio» de la Evangelii gaudium (n. 222). Si este bable desatinado merece entenderse en alguna clave, es según aquel ya rancio delirio cartesiano que opone y separa irreductiblemente la res cogitans (cuya coordenada es temporal) a la res extensa (espacial), separación que sólo la muerte hace posible (y transitoriamente, hasta la resurrección), y para la que cabría también aquella perícopa evangélica: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».

En esa forzada disyunción entre espíritu y materia (pecado de angelismo) resulta sencillamente removido el misterio de la Encarnación con todas sus implicancias, entre ellas el carácter visible de la Iglesia y, con más razón, el esplendor del culto y el valor del signo. La advertencia de la Escritura sobre este punto es terminante, y fácil de aplicar al desconstructivismo en amplio auge: «todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo» (I Jn 4,3).

Pero no queremos detenernos en este odioso pormenor, aunque se haya difundido al por mayor. Porque empiezan a cundir otras manifestaciones adscritas -según opinión de los observadores- al «efecto Francisco», y que resultan ya violentamente deletéreas. Es cierto que la desacralización en vigor reproduce, puertas adentro, al rabioso laicismo que avanzó en la sociedad civil en la última centuria y media, metido ya en la Iglesia con la complicidad de quienes debían velar. Ahora lo que sigue, sin apenas dar batalla y otra vez a remolque de la sociedad profana, es la embestida contra el orden natural en el mismísimo recinto sacro.

Fue muy clamoreado, y no podía ser de otra manera, el reciente bautizo de la hija adoptiva de una pareja de lesbianas en la catedral de Córdoba, Argentina (recomendamos las observaciones dadas aquí). No importó para el caso lo que aduce el derecho canónico, a saber: que para bautizar lícitamente a un niño se requiere, aparte del consentimiento de sus padres, «que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres» (868  § 1). Una Instrucción sobre el bautismo de los niños, emanada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en octubre de 1980, abunda en que, en caso de hallarse los sacerdotes «ante padres poco creyentes y practicantes ocasionales, o incluso ante padres no cristianos que, por motivos dignos de consideración, piden el bautismo para sus hijos (...), la Iglesia no puede acceder al deseo de esos padres, si antes ellos no aseguran que, una vez bautizado, el niño se podrá beneficiar de la educación católica, exigida por el sacramento; la Iglesia debe tener una fundada esperanza de que el bautismo dará sus frutos». Por colmo, y pasándose otra vez por los calzones la legislación eclesiástica, se le permitió ser la madrina a la mismísima Cristina Kirchner, ejemplo tal vez insuperable de mandataria anticristiana, cuando el ius canonicum pide expresamente que quien cumpla tan delicado oficio «sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir» (874 § 1). Al postre le faltó sólo la cereza de la confirmación ministrada en la misma instancia a ambas "madres", según varios medios se apresuraron a ventilar, obligando a la curia cordobesa a desmentir el rumor.

Spadaro y Bergoglio, dignos cachorros del padre Arrupe, s.j.
Todavía hay fieles que piden la cabeza del crápula arzobispo, apurándose a redactar una nota que elevarían a Francisco y suscrita por un número no desdeñable de gentes. Que la inocencia les valga. Pocos días antes del desaguisado, presentando un número de la revista geopolítica Limes dedicado a las «consecuencias de Francisco» (ver original italiano aquí), el padre Spadaro (el mismo jesuita director de Civiltà Cattolica a quien Bergoglio concedió dos luengas entrevistas llenas de afirmaciones provocativas, según su estilo compadrón) se permitía, a fuer de altavoz del pensamiento del Papa, señalar que para Bergoglio «el jesuita debe ser una persona de pensamiento incompleto, abierto», añadiendo que «el Papa tiene un horizonte, pero no un punto de llegada. Tiene el boceto de una experiencia espiritual vivida que se traduce en acción, no un proyecto con etapas claras y distintas. No entonces una visión a priori, sino una vivencia que hace referencia a tiempos, lugares, personas», en una visión «radicalmente anti-ideológica». Y habló del rechazo del Papa argentino a lo que éste llama la «lógica del miedo (...) una lógica que considera como de necesidad y de seguridad, ciertamente no fundada en la libertad que nos da el Espíritu».

Con un argot sinuoso, más apropiado al curador de una muestra de pintura contemporánea que no a un sacerdote que expone el pensamiento de un pontífice, Spadaro confirma lo ya sabido: Francisco rehúsa la certeza intelectual, haciendo de la fe -muy al modo de los modernistas- un impulso vital, un sentimiento en perenne fluctuación, sin un destino cierto, sin una aspiración concreta. Y estigmatiza a la fe de siempre con los soplamocos de rigor: apriorismo, ideología, lógica del miedo. Hay que creerlo: lo dice un intérprete cabal de sus pesadillas.

La "misericordina" del Papa, desgajada de la fe y envenenada con todas las novedades al uso, no hace sino remitir a aquel paso de la Segunda a Timoteo (3, 5): «hombres... que tendrán apariencia de piedad, pero que negarán aquello que constituye su eficacia». Nos lo confirma un solícito Spadaro: Francisco «está abriendo senderos, que no cierra», y lo hace «con el fin de agitar las aguas, de ofrecer la posibilidad de un debate, incluso -como está ocurriendo- con cardenales encolumnados en posiciones opuestas». El embotamiento, el infatuado afán de no perderle pisada al dialecticismo en boga, lo hace a Spadaro -y, por su intermedio, a Francisco- decir cosas cuya gravedad parece no medir, especialmente cuando se recuerda aquel aviso mariano de que, en hora horriblemente crítica para la Iglesia, se verán «obispos contra obispos y cardenales contra cardenales». Pero nos importa señalar una cínica y última afirmación, para corolario de toda esta nauseabunda monserga y remache de cuanto llevábamos dicho más arriba: «si no hubiese sido Francisco el Papa, no habría sido fácil bautizar a una niña nacida (sic) de una pareja de lesbianas».

Bergoglio-Periés: la fórmula presidencial para Gomorra
Ésta es, al día de hoy, la cifra y compendio del «efecto Francisco» contada por una fuente autorizada, si las hay. A mí, en lo personal, me bastó lo que me dijera unos meses atrás alguien muy cercano al padre Ignacio Periés, de quien tratáramos en anterior ocasión: «Ignacio empezó a ponderar públicamente la homosexualidad después de que volvió de su viaje a Roma. Antes era otro su discurso, y había tenido incluso polémicas con grupos homosexualistas». Sin disminuir la responsabilidad del execrable prete, cuyo ministerio no se ha visto estorbado por su público espaldarazo a la sodomía, lo dicho confirma el carácter del daño que, sin embozos, se ha venido a sembrar a título de «pensamiento abierto» y con el estereotipado pretexto de «abrir senderos». Babilonia era más virtuosa.


martes, 1 de abril de 2014

EL ÍDOLO Y LOS HOMBRES

Un fragmento del padre Castellani servirá para ilustrar la simetría, como de reflejo a la inversa, que suele haber entre quienes celebran, estólidos, una causa indigna, y aquellos que se contentan con atacarla por mera impulsión temperamental, como quien respondiera previsiblemente «¡negro!» cuando oye «¡blanco!», por puro automatismo. Es el peligro que cunde en la fantasmática sazón en que el Papa resulta homenajeado nada menos que por el mundo y convertido en sonriente pop-star: unos (los neocatólicos, que esperan de la Iglesia su sola promoción temporal, a quienes cabría muy genéricamente adscribir a congregaciones del tipo Opius Dei) aplauden como focas, poniéndose de grado en manos de los jíbaros; otros (los picados de "celo hipnótico", que no del auténtico) se contentan con rechiflar como patos siriríes (oír aquí) o simplemente, ajenos a la hondura del drama en curso, escupen como guanacos sobre la faz del pontífice reproducida en mil recodos

Castellani no debió presenciar, al escribir estas notas (que reproducimos con algunos recortes), ni los multitudinarios festivales de rock ni las no menos tumultuosas JMJ. La histeria de las masas apiñadas se hallaba en un punto bien inferior de su fatua efervescencia.

No se pretenda hallar en este cuadro una correspondencia detalle por detalle con las circunstancias actuales, ni todo lo que aparece debe tener necesariamente una proyección alegórica: mucho es lo que se ciñe a la sola y rica fantasía del autor. Está tomado del capítulo IV del «Cuaderno cuarto» de Los papeles de Benjamín Benavides, segunda edición (1967), y atribuido al mismo personaje por el propio autor («este cuento o lo que sea estaba entre los papeles del viejo en la sección del ANTICRISTO  bajo el título general de Los tres sueños de un apóstata»). Trata de las distintas respuestas que suscita un ídolo expuesto a la adoración de los ciudadanos, cuya fragilidad, sólo reconocible a una mirada atenta, remite a la estatua tetrametálica pero de pies de arcilla del sueño de Nabucodonosor (Daniel, cap 2). En relación con el ídolo en cuestión, y después de una atormentadora aversión inicial, el relator adopta un cinismo al modo de los pícaros de nuestra literatura, pero de una picaresca futurista, de impostación esjatológica. El de Tormes, don Pablos y el Viejo Vizcacha tratan de sobrevivir, a su reconocible modo, al totalitarismo aplastante de las postrimerías.

Es obvio que no obtenemos del «héroe» una lección de moral sino de astucia, ya que «los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Asístanos -en todo caso, y a trueque de la astucia- la inteligencia: si algo cuadra frente a la apostasía no es embestir ciegamente, como el toro, sino más bien aplicar las artes del torero.




EL ÍDOLO

por Leonardo Castellani


Todos besaron el suelo y se estremecieron -quiero decir, todos los que estaban adorando-, al mismo tiempo que la gigantesca estatua empezó a moverse. Los que pasaban por la calle o por las aceras, no hacían caso; a lo más se detenían un momento. Pero los fieles estaban absortos.

La estatua volcó como dos guadañas los dos descomunales brazos inferiores sobre la masa de los fieles, mientras cruzaba las dos manos medias sobre el pecho, y elevaba las dos manos superiores, con los dos tazones de incienso, sahumándose a sí mima, casi hasta su cabeza de cinocéfalo, oculta en nubes aromáticas y más alta que los altos pinos. El cuerpo se estremeció, semejante al del hipopótamo, y del viente blanco salió un quejido. Las enormes fauces bostezaron. Las dos piernas cortas y robustas hechas en tiempos en que se sabía lo que era trabajar en bronce se rebulleron.

Los brazos inferiores, en su poderoso envión, derribaron varios adoradores, tomándolos de las cabezas y hombros, y enviándolos todos juntos a un montón lamentable, lastimados algunos y todos humillados y confusos. Pero ninguno protestó ni se quejó.

- "Es una prostitución adorar un ídolo así" -pensé yo-. Pero no puedo negar que tenía un verdadero temor ante la estatua verdosa. No parecía obra de hombres. De hecho, la leyenda tradicional aseguraba que había aparecido de golpe en una noche, transportada por manos invisibles, por manos que no podían ser de hombres.

Se sabe que una estatua de bronce no puede ser Dios. Ninguno de los adeptos al ídolo lo pretendía. Pero hay imágenes más o menos milagrosas, más o menos curativas y eficaces. De hecho, los adoradores de la estatua aseguraban que eran felices, y que sentían continuamente una profunda sensación interna de seguridad y alegría; se producían entre ellos curaciones milagrosas; y en todas sus empresas siempre tenían suerte y el triunfo los acompañaba.

Esto no lo negaban ni los mismos enemigos del ídolo. Al contrario, algunos de ellos atribuían a la estatua más prodigios, o más descomunales, que los mismos fieles: lo cual no era óbice a que lo aborreciesen.

Los enemigos del ídolo tenían alquiladas casas, bohardas o balcones alrededor de la plaza, y desde allí tiraban al ídolo flechas, y hasta tiros de escopeta, de noche. Poca mella le hacían, a lo más le quitaban trozos del dorado; sin contar con que casi todos los tiros fallaban. De vez en cuando, eso sí, un bodoque hacía temblar el monumento y le arrancaba bramido sordo; de lo cual se enfurecían los fieles, pero también creo que una cierta satisfacción les daba. De hecho, a quien más aborrecían ellos era a los indiferentes, a los que transitaban calle abajo calle arriba sin darle al ídolo más beligerancia que una mirada distraída. A los enemigos los necesitaban.

A mí el ídolo me daba en los nervios: esto me nació no sé cuándo y me fue creciendo paulatinamente. Como yo no pertenecía a ninguno de los tres grupos, pues el ídolo me producía repulsión y temor, y no me dejaba indiferente, me sentía como en el aire y como extraño a todos, sin congeniar con ninguno. Eso no era voluntario en mí, ni tampoco lo podía evitar; y esa fue mi tragedia.

No sé cómo nació en mí el aborrecimiento; quizá por el aburrimiento. En Magnápolis se topaba al ídolo hasta en la sopa. Como extranjero llegado a Magnápolis a ganarme la vida, yo estaba en la disposición de aceptar con respeto todo lo de la rica y potente ciudad, o al menos callar la boca ante lo que no gustara, como se debe hacer en el extranjero. Y el ídolo al principio hasta me atraía [...]

Poco a poco comencé a virar. Creo que más que el ídolo empezaron a cargarme los idoladores. Tenían todos una misma manera de ser, y nunca estaba uno seguro de entenderlos del todo: creo que ni entre ellos se entendían, aunque de fuera se mostraran siempre cordialidad desmedida. Debo confesar que una vez el ídolo me derribó en uno de sus ciegos manotazos; pero ya hacía tiempo que yo le sentía tirria; justamente me derribó porque me arrimé para verlo de cerca; de cerca solamente se veía su fealdad. De lejos, al crepúsculo y entre el incienso, daba la impresión de majestad y fuerza.

Era un fastidio: uno no podía hablar en la ciudad de miedo a ofender sin querer a uno de los idoladores, y ser acusado a los Sumos Sacerdotes. Por más cuidado que uno tuviese, las ceremonias, ritos, prescriptos, tabús y chibolets del ídolo eran demasiados y demasiado complejos para recordarlos todos cada momento, si uno no dedicaba toda la vida a eso, y dos horas diarias de estudio, como hacían los idoladores [...] Empecé a luchar contra esa obsesión de acordarme con disgusto del ídolo a cada momento, y verlo por la noche en sueños envuelto en  nubes verdosas. Pero fue inútil. Cada mañana al levantarme me decía: "el ídolo no existe". Es una fantasía tuya. "¡Afuera!"

Pero ahí estaban las trompetas de bronce para desengañarme, y las ceremonias del 6, 15 y 24 [N: de cada mes] y las insignias por toda Magnápolis; y en el hotel donde vivía estaba lleno de idoladores -de modo que en la mesa a veces me pasaba callado todo el tiempo, porque no los entendía o me daban en rostro: eran muchos y yo era extranjero. Alguna vez, ante una afirmación demasiado absurda, me sulfuré y me descaré y con una fresca hice callar a alguno. Me fue siempre mal. A la larga la pagaba. No se podía tocar el ídolo sin pagarla. Los únicos que andaban siempre impunes eran sus enemigos. Más todavía que sus amigos.

Esta gente no leía más que el "Manual de los oráculos" -o mejor dicho se lo sabían de memoria- y despreciaba toda otra literatura [...] Un día me atreví a discutirle un oráculo a un idolador pequeño y gordito, cara de bruto, que estaba solo conmigo y un bock de ceveza, una tarde sofocante de agosto. "Vea, amigo -le dije-, juzgado con criterio estético, el dios es repugnante, es inarmónico y disonante... Ahora, juzgado a la luz de la religiosidad, usted dirá". Se puso lívido. "Usted carece de los ojos de la fe -barbotó tartamudeando-. Usted es ciego. El dios es supremamente bello". Se levantó de la mesa y salió. A los pocos días me cobraron en la caja del hotel una multa picante por haber transgredido una ordenación mínima, que todo el mundo traspasaba: la de entregar la llave al portero al salir. El idolador me había denunciado.

¡Y a eso llaman libertad de conciencia!

Sentí que empezaba a volverme estúpido, intimidado y perverso. No se puede vivir en contra del ambiente en que uno vive. Empezaba a prestar rédito, o al menos a dubitar, a las consejas increíbles que del ídolo contaban los enemigos. Que los gemidos que exhalaba el ídolo, como yacaré empachado, venían de infelices adoradores que el ídolo recogía al azar de sus manotazos y engullía por una gigantesca estoma que tenía en el tórax entre los tres pares de brazos; que el infeliz se iba muriendo lentamente adentro sin dejar de adorar al ídolo: esto decían los enemigos. Y curioso es que los idoladores lo admitían en lo esencial, rechazando solamente el pormenor de la víctima, que ellos sostenían no era sino un enemigo. Pero yo creo seguro que los gemidos venían de un fuelle, colocado allí por los sacerdotes, que servía también para el y el no de los oráculos. Sin embargo, cuando empecé a odiar y temer al ídolo, empezó a vacilar mi racionalismo, y las fábulas empezaron a parecerme probables. Por eso digo que empecé a idiotizarme.

Proyecté marcharme a otra ciudad [...] No estaba ya en mi mano dejar de pensar en el ídolo, y mi alma ansiaba un poco de paz. Pero he aquí que me dijeron que en todas las otras ciudades era lo mismo, que cada una tenía su ídolo; por lo menos, todas las ciudades de que se tenían noticias en todo el contorno [...] Cuando me vi sin salida, me entró una especie de angustia muy penosa, que aunque enteramente absurda, me hacía mucho daño y arruinaba mis negocios. Me pasaba los días enteros discutiendo con el ídolo; y aun las noches, pues dormía muy mal. Cómo me habré puesto, que hasta me entró en la cabeza -o medio entró- la descomunal sandez de pasarme a los enemigos. Pero los enemigos eran perfectos idiotas que no hacían absolutamente nada, antes bien parecían amigos disfrazados. Los amigos sin disfrazar, con el fastidio y todo que les tenía, todavía eran mejores; porque al menos tenían poder real, se consolaban con sus ceremonias y se ayudaban en sus negocios. Esto fue en el tiempo de la angustia. Claro que estando allí, yo no era yo mismo.

Me las empecé a ver muy negras, y hubo un momento en que me di por perdido, menos mal, el recuerdo de mi abuelo el arquitecto y sus hazañas de "pionero" me salvó; y también la amistad de una buena señora, que aborrecía también al ídolo, pero no le hacía tanto caso. ¿Por qué tenía que hacerme mala sangre? ¿Me faltaba algo en la ciudad? ¿Me obligaban a adorar a la estatua por si acaso, y ni siquiera a verla? [...]

Empecé a "dar de mano" al ídolo, a empujarlo poco a poco a razonable distancia, a mirar la parte grotesca del asunto. ¿Qué derecho tenía yo a querer que fuera destruida esa legendaria y centenaria consolación de miles de personas sólo por mi gusto? [...] Seguirles la corriente a los idoladores, aunque uno no viese a dónde van a veces, tampoco es imposible. Al fin y al cabo, casi todos ellos son hombres buenos, aunque con ese toque todos de la reserva y los tapujos y no tocarles los puntos neurálgicos. Con razones y cautela se puede arreglar uno con todo el mundo, y ellos pasan por todo; lo único que no pueden perdonar es la inteligencia y la alegría [...]

¿Ídolo de multitudes?
Apenas comencé con este tratamiento comencé a andar mejor. El ídolo me empezó a parecer grotesco en vez de horroroso, y vi la cara de cinocéfalo, el vientre de hipopótamo y los seis brazos de araña que antes no veía sino a modo de sombras imponentes en medio del incienso. Pero me guardaba muy bien de reírme para fuera. Cuando uno comienza a ver las cosas de la vida como grotescas, no se vuelve ya loco: todos los locos son trágicos y terriblemente serios. Y yo comencé a ver que el ídolo estaba un poco ladeado y tenía grietas. Fue una gran emoción aquel día. Este asunto de las grietas es capital en Magnápolis. No se sabe porqué una gran cantidad de edificios se agrietan de alto a bajo de la noche a la mañana; anteayer mismo el gran rascacielos del Consolidated. Es cosa sumamente seria que ha sido discutida incluso en el gran concilio del los Prim'ordines; los peritos en arquitectura y geología no dan pie con bola. La gente anda furiosa y pide que se aplique la pena de muerte a todo arquitecto cuya obra se cuartee; pero resulta que los edificios que se quiebran son los antiguos, cuyos constructores han muerto mucho ha; y por lo demás ninguno se cae, todos se agrietan solamente. Yo tengo la impresión de que esta ciudad se va a venir abajo toda entera o casi, con ídolo y todo, un día; pero yo no lo veré. Tiemblo de miedo al escribir esto: si estos papeles los hallase un idolador, estaba yo listo. Y para qué los escribo, yo no lo sé; para que no se me pudran dentro.

[...] Yo no busco dolores de cabeza, y evito las discusiones: vivir y dejar vivir. No creo que Dios me tome en cuenta tres ceremonias fingidas que hago cada mes sin creer en ellas. Sé que dudan de mi fe aunque sin poder probarme nada, y me han puesto el mote "sine-Deo-in-hoc-mundo". Mientras no pase de ahí, no importa. Yo creo en Dios, no soy ningún judío; y que el ídolo sea la imagen exacta del Dios verdadero, no me meto. Yo no lo puedo creer, pero no impido a nadie que lo crea; y cuando de noche me gritan la contraseña: "¡corpórea!" contesto fielmente "¡material y visible!", o bien "imagen" inmediatamente les vocifero: "del Dios vivo y verdadero" [...]

¿Para qué vivo yo? [...] Tengo ya más amigos del otro lado que de éste. Creo que lo que me conserva en vida es esa misma visión horripilante pero curiosa: "la ciudad que se hunde con ídolo y todo, aunque yo eso no lo veré". Pero lo que uno sabe cierto que acontecerá, ¿acaso no lo ve?


viernes, 28 de marzo de 2014

A RATZINGER LO QUIEREN KAPUTT

Gestorben (participio por «muerto») sería el término más adecuado, pero valga kaputt (roto, destruido) por ser uno de esos pocos términos alemanes de alcance universal, bien que suele traducírselo un poco muy libremente. El caso es que la revista católica inglesa The Tablet suspendió a su corresponsal en Roma por un repugnante comentario que éste hiciera en su cuenta de féisbuc. En refiriéndose a la púrpura concedida en el último consistorio a Loris Capovilla, otrora secretario de Juan XXIII, Robert Mickens (que así se llama el sujeto acreditado en Roma por The Tablet) le soltó esta víbora a su interlocutor: «tendría que haber ocurrido hace MUCHO tiempo. ¿Piensa que aguantará hasta el funeral de la Rata?» (the Rat's funeral, donde se emplea Rat, que vale por «rata», como apócope de Ratzinger). La respuesta es no menos vilmente significativa: «espero que esté bastante bien para concelebrar la canonización de Juan XXIII y del otro el 27 de abril. El funeral de la Rata para el día siguiente sería un bonus».

Bien se pregunta Marco Tosatti, de La Stampa, atendiendo al tipo de información que la feligresía británica habrá obtenido a lo largo de todos estos años de parte de los medios supuestamente católicos: si éstos son los amigos, ¿qué necesidad habrá de enemigos? Por lo demás, ese «otro» de quien habla el amigote de Mickens, canonizable conjuntamente con Juan XXIII, es Juan Pablo II, lo que muestra la mala consideración de que gozaron los dos últimos papas anteriores a Francisco en influyentes medios de prensa tenidos -insistamos- por católicos. Tanto como para apurar algunas incontenibles reflexiones, apoyadas un poco en las evidencias y otro poco en aquellos secretos que, malgrado sus celosos custodios, se hicieron al fin manifiestos.

La elección de Benedicto XVI en 2005 no estaba en los cálculos de la (llamémosla así) «facción turbo-progresista», que daba por descontado el triunfo de un maleable Bergoglio, apadrinado entonces por los cardenales Martini y Silvestrini. Este último, según lo que le confíara un cardenal latinoamericano de identidad reservada a Nicolas Diat, autor de una reciente y explosiva «historia secreta de un reino» titulada L’homme qui ne voulait pas être pape, «la tarde de la elección... era un hombre abatido. Llevaba en sí una cólera sorda... Para él y para otros prelados, Benedicto XVI era la negación de la batalla reformista, la antítesis de las luchas de sus vidas». Así fue como en setiembre de 2005, violando flagrantemente el juramento (de rigor en estos casos) de no divulgar nada de lo ocurrido durante el cónclave, algún cardenal dejó caer algunos secretos del mismo en los oídos de un vaticanista italiano, todo a los fines de evidenciar que el triunfo de Benedicto había sido muy ajustado, contándose entre los cardenales un número considerable de opositores a su elección y dispuestos a entorpecer su gobierno. Entre ellos, según foto de un encuentro previo al cónclave divulgada posteriormente por el propio Silvestrini, se encontraban Danneels, arzobispo de Bruselas, los alemanes Kasper y Lehmann, el finado Martini, el inglés Murphy O'Connor y el francés Tauran (fuente aquí).

El programa de estos dinamiteros no ha variado, y se basa -según lo confesó en su momento Martini, y según la matraca continúa sonando- en la ordenación presbiterial de hombres casados y aun de mujeres, la promoción de la conciencia personal en todo lo tocante a ética reproductiva, la admisión de divorciados rejuntados a la Eucaristía y el avío del ecumenismo más desopilante.

La historia reciente de la Iglesia es la de una antorcha que se va apagando, y hay incluso dentro de ella quienes soplan a todo pulmón para extinguirla del todo. Es muy de creer -según aquello de que «si los días no fueran acortados, no se salvarían ni aun los mismos elegidos»- que la Iglesia fiel de las postrimerías llegará al valle de Josafat hecha jirones, con el minimum requerido para alcanzar el banquete eterno -aunque blanqueados sus lunares por la sangre martirial, embellecida por el testimonio de última hora, como Dimas. El modernismo, putrílago de la modernidad que nos amarra con todas sus cadenas espirituales, es su plaga específica, y no hay Papa posterior al Concilio que no esté más o menos picado de esta viruela. Es cosa facilitada por la condición gregaria del hombre, como el morbo de la novela de Camus: pese al denuedo de algunos médicos y auxiliares valerosos, siempre aparece un nuevo foco y la infestación alcanza renovados triunfos, imparable. Benedicto XVI, lo mismo que Juan Pablo II, aunque suscriptores de la nueva doctrina conciliar sobre ecumenismo y libertad religiosa, aunque afines a la retocada teología sobre Israel y a ciertas veleidades antropocentristas, postergaban enojosamente con sus atavismos católicos la puesta en práctica del resto del programa arriba apuntado. Aquí reside la complejidad del cuadro post-conciliar, cuya delimitación de esferas no es tan simple como pretenden los sedevacantistas. La rehabilitación póstuma de monseñor Lefebvre y el impulso a la «forma extraordinaria» del Rito Romano, entre otras imprevistas derivas de un pontífice que fuera perito del Vaticano II, eran tragos demasiado difíciles de sorber. Si los mismos eminentísimos cardenales no eran capaces de moderar su biliosa inquina para con Ratzinger, ¿qué podía esperarse de los paniaguados de la prensa progre-católica?

Lo que ahora se auspicia es recobrar a toda vela el tiempo perdido, que, como lo señalara Martini, «la Iglesia se encuentra doscientos años atrasada respecto del calendario civil». Para ello, y para aventar cierto pánico supersticioso pronto a asomar al menor estímulo, urge sepultar a la momia viviente de Benedicto, cuya sola y frágil vista empece como lo haría una montaña puesta ante los propios errabundos pasos.

El tenor de los sentimientos de que es capaz la secta enquistada en los Sacros Palacios revela inmejorablemente su carácter último. Lo dice un cronista inglés de los sucesos: «sería ingenuo creer que Bobby [se refiere a Robert Mickens, el redactor de la vejatoria apostilla en féisbuc] está solo en su deseo de muerte para con el "Papa muerto" aún vivo... Obviamente, el individuo con quien estaba discutiendo el asunto acordaba con él, y estos dos sin dudas no están solos en su perspectiva. Esto es lo que da miedo. No estarán contentos presumiblemente hasta que se haya ido, ya muerto, a recibir su eterna recompensa, y su memoria pueda ser lentamente (o quizás con prisa) borrada. Entiendo, sólo a juzgar por ese comentario, que existe un muy real, temible y -digamos- diabólico odio hacia Benedicto XVI vigente dentro y fuera del Vaticano, antes de su elección, durante su pontificado e incluso después de su abdicación».

No menos dolorosa conclusión hemos leído por ahí, a propósito de este inverecundo desliz de los novatores: «dos teologías y dos doctrinas están plantadas y armadas la una contra la otra desde hace más de cincuenta años. La locura de los papas postizos nos regalará pronto (finalmente) también dos separadas Iglesias jerárquicas. En una, la de Bergoglio, sabemos ya que "Dios no es católico". Por la otra se verá...»

martes, 25 de marzo de 2014

EL INACABABLE ASALTO A LA CORONA

Aunque no haya nada que objetar cuando se postula la indiferencia acerca de la forma de gobierno civil más oportuna mientras ésta procure a los pueblos la felicidad social (que, en todo caso, la oportunidad solicita a la prudencia y rechaza exhortaciones demasiado genéricas), consta también, hecha abstracción de las circunstancias y los accidentes, la doctrina de la excelencia de la monarquía, notorio en aquel axioma socorrido por el Aquinate de que «es bueno que uno solo gobierne». En efecto, y recordando a Boecio, Santo Tomás señala cuánto la unidad sea esencial a la bondad, y aplica este pensamiento al gobierno que, ejercido por uno, mantiene a las cosas en su unidad y, por lo mismo, en su propio bien. Y es que la buena monarquía refleja, en la lejana analogía de las causas segundas, el gobierno monárquico y providente con que el Creador sustenta al universo. La noción de «monarquía» conviene muy próximamente a la de «jerarquía» (de ἱερός «sagrado» y ἀρχή «principio, gobierno»), por cuanto la sacralidad de lo creado (el mundo como «sacramento» o «signo») reclama la unidad de origen y de designio. La monarquía divina es la que informa la jerarquía -y, por lo mismo, el orden- de lo real.

Jesús se reconoció rey ante Pilatos, y dotó en consecuencia a su única Iglesia de una constitución monárquica. No hace falta subrayar cuánto el mismo gobierno civil, durante los siglos de la Cristiandad, fuera predominantemente monárquico, y cuán incansablemente se buscó en Occidente la unificación de todos los reinos en ese Sacro Imperio que, pese a los desvelos de las mejores inteligencias del período, no alcanzó nunca del todo a consumarse o, digamos quizás mejor, no alcanzó la latitud deseable. La disolución del imperio austríaco (o bien la derrota de su heredero, el imperio austro-húngaro, en la Primera Guerra Mundial) señala claramente el cese de toda política no encuadrada dentro del diseño republicano-democrático. Tanto que aquellas naciones como Alemania e Italia que, al confiar su gobierno a figuras de talante dictatorial no hacían sino evidenciar la crisis del mundo surgido de la Revolución, fueron aplastadas sin miramientos incluso después de derrotadas tras la Segunda Guerra Mundial. Ni bombardeos micidiales ni juicios fraguados les fueron ahorrados para su ulterior humillación, junto con la propaganda desmoralizadora de rigor, a quienes osaron cuestionar los principios de esa democracia que los vencedores, aun con sus matices diferenciales y sus recíprocas reyertas, reivindicaban como propia.

A instancias de la revolución no ya de la vida civil, sino incluso de la misma conciencia política, la Iglesia fue paulatinamente impregnándose de estos nuevos principios, doblemente letales cuando tocan a la organización de la sociedad sacra. Aquel liberalismo o liberal-catolicismo que un avizor Gregorio XVI supo combatir sin tregua, y que ya inficionaba en sus días a no pocos clérigos, poco más de un siglo después ya lograba encarnarse en esos mismos pontífices cuyo criterio de gobierno, deducido de sus actos, resulta poco menos que alarmante. Ese espíritu de vacilación, doblado en espíritu de capitulación, queda palmariamente retratado en los extremos del arco del trunco pontificado de Benedicto XVI: entre aquel «orad para que no huya, por miedo, ante los lobos», con el que saludó al pueblo congregado el día de su elección, y su explosiva y doliente dimisión, mal asordinados los aullidos.

Desde aquel infausto acuerdismo impulsado por León XIII en las relaciones de la Santa Sede con la francesa Tercera República hasta las deferencias un tanto pringosas de Paulo VI y Juan Pablo II para con la ONU, y (ya en cuestiones que afectan a la vida de la Iglesia) desde el atropello de los llamados «esquemas preparatorios» del último Concilio de parte de los obispos renanos, pasándose por el traste la potestad de Juan XXIII, hasta el frecuente llanto a solas conque sus colaboradores sorprendían a Paulo VI en su despacho, víctima de la sistemática desobediencia de episcopados enteros a su infirme voz de mando, queda en evidencia la debilidad última del carácter del Papado en nuestros días. Ese enervante irenismo, anejo de todo punto al democratismo, tan opuesto a la enseñanza de Job acerca del carácter de la vida del hombre sobre la tierra, ése no es un virus que obra por contagio azaroso: son cepas cultivadas en condiciones propicias y sueltas a infestar en el momento más oportuno. ¿No son sorprendentes los paralelismos y semejanzas entre el declinante proceso político que acabó con el Antiguo Régimen y la progresiva atomización de la Iglesia, entre aquel rechazo que hizo Luis XVI de la corona regia y la deposición de la tiara papal por Paulo VI, entre el carácter irresoluto de ambos, nonunca dispuestos a castigar las insolentes sediciones que les plantaban en sus narices? No resulta arbitrario entonces que se haya podido comparar al Concilio Vaticano II con la convocatoria de los Estados Generales.

Ni debe andar errado, pues, quien sostenga que la corrupción de la doctrina y las costumbres comienza en la Iglesia por una defección en su regimiento. Castellani, víctima preferida de los mediocres encaramados, señalaba el mal de la Iglesia argentina en ese carrerismo que ponía en los lugares de mando a clérigos, como las moscas, de hábitos meramente domésticos. Recientemente, en un contrapunto mantenido con Antonio Caponnetto, Dardo Juan Calderón situó ese mismo mal muy allende nuestras latitudes, como un morbo afligente la Iglesia universal, resumiendo en un solo párrafo todo el proceso declinante de cien años largos:
«en un cierto momento, la Monarquía Vaticana se encontró con que su cuerpo elector no era la crema y nata de la santidad, sino aquellos que habían hecho mérito de haber prestado los más innobles servicios que exigía una política maquiavélica erróneamente preferida a la simple y sencilla frontalidad y fructuosidad del martirio. Estos cardenales, elegidos para los compromisos de la política tras un proceso de evaluación inversa a las virtudes que se exigen del clérigo y más acorde con esa mixtura de mierda y arcilla que exige la política de los laicos, no hubieran hecho mucho daño si sólo hubieran existido para la política momentánea de su tiempo y si la Iglesia hubiera efectuado en forma inmediata posterior, una purga de los viejos servidores de causas hediondas [...], pero allí quedaron y fueron tarde o temprano el colegio elector. Colegio elector que llegó no sólo con la carga de su mal origen, de sus vicios, de su plebeyismo republicano y de su grosera expresión de toda una vida cortesana alejada de la práctica contemplativa y mística de la liturgia, sino especialmente con los compromisos pactados en el silencio ominoso de los toma y daca de la inmunda puja partidaria. Ya Juan XXIII es el resultado de una elección de este tipo de colegio y ya en estas elecciones, los pactos secretos y los ocultos socios de cada uno de estos crapulosos comienzan a tener que ver en las elecciones, proceso que en breve convertirá a los electores en verdaderos hombres de paja o testaferros, para conformar el elemento que define principalmente a la República moderna, que es el anonimato de los resortes de poder».
Es una Iglesia que se acerca peligrosamente, con arreglo a la más delatora onomástica, a la Iglesia de Laodicea (de laós, pueblo, y díke, juicio = el dictamen del pueblo), y más si a la democracia se la puede definir, como lo hizo alguna vez entre nosotros el padre Carlos Biestro, como un «sistema de gobierno promovido por los usureros para mandar a la humanidad al Cuarto Oscuro». ¡Otra que oscurantismo atizado por las finanzas mundialistas, que a través del IOR gobiernan a la Iglesia! Es la Iglesia de los tiempos de la opinión, en que se plebiscita incluso el Decálogo y se promueve la sinodalidad permanente, con un nuevo Código de Derecho Canónico que postula (canon 336) que el Colegio de los Obispos es, en comunión con su jefe, nada menos que «sujeto del poder supremo y pleno sobre la Iglesia entera». Y es, como en Laodicea, una Iglesia tibia, sin fervor, o con un fervor pautado ante las cámaras, teatralizado, con la ostensible decrepitud de los jóvenes-masa que vitorean al Papa compinche.

Es la Iglesia que ensaya lo inaudito, lo imposible: un Papa dimisionario propter ingravescentem aetatem, devenido ahora Papa Emérito, alternando con otro Papa, sujeto éste sí del poder de jurisdicción, que se presenta escuetamente como «Obispo de Roma». Y que afirma, en la enésima detonación que ensaya, que «el Papa emérito no es una estatua de museo. Es una institución, a la que no estábamos acostumbrados. Sesenta o setenta años atrás, la figura del obispo emérito no existía. Eso vino después del Concilio Vaticano II, y actualmente es una institución. Lo mismo tiene que pasar con el Papa emérito. Benedicto es el primero y tal vez haya otros». Sirvámonos recordar que nada puede repugnar tanto a la mentalidad católica, siquiera en su metafísica, como la poliarquía. Y que la multicefalia es, de hecho, el carácter más saliente de aquella Bestia del Apocalipsis, enemiga de Dios y de sus santos.

Tan relevante y de tantas consecuencias es la quiebra de la soberanía suprema del pontífice, o al menos la erosión sistemática de su dignidad, que podrían reconducirse todos los cismas y herejías, en su común motivo impulsor, al rechazo del principio monárquico que anima a la Iglesia. Porque el organismo teológico en pleno se funda en el principio de autoridad, y éste encarna precisamente en aquel a quien Cristo confió las llaves del Reino. Así es como el cisma griego fue preparado, mucho antes de la cuestión del Filioque, por repetidas réplicas al Primado. Y así es como, a instancias de la lógica perversa del naturalismo tan agresivamente en vigor, se consuma el rechazo del Unum que san Agustín asumió del mejor Plotino para aplicarlo al ser inefable de Dios Padre, Causa de la unidad de todas las cosas, de quien el Hijo Unigénito es reflejo e impronta, y a quien a su vez representa Pedro, sumo e infalible doctor.


miércoles, 12 de marzo de 2014

EL SIGNO DE JONÁS

Es perceptible la analogía entre la primera ausencia del Señor, para resucitar al tercer día de su Pasión, y la segunda (visible) ausencia, que ya frisa en el tercer día milenario, si nos atenemos al testimonio del salmista («mil años en tu presencia son un ayer que pasó», Ps 89, 4), con ulterior referencia petrina («para el Señor, un día es como mil años y mil años como un día», II Pe 3,8). ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura / que no les sea enojos?, le cantó el poeta a la Ascensión.

Los últimos tiempos, como llama el Apóstol a los sucesivos a la Redención, son -por fuerza, y a medida que van rodando los siglos- los de un acrecerse las ansias en unos, y en otros los de ir culpablemente deponiendo toda esperanza. Hace ya cuatrocientos años, aquel personaje de Quevedo sentado en una mesa de apuestas, reconociendo esquiva la fortuna, supo quejarse de que «nuestras cartas eran como el Mesías, que nunca venían y las aguárdabamos siempre». Para unos y otros, en fin, y con muy distinto provecho, nuestros tiempos son como el signo de Jonás.

Como bóveda de tinieblas o al modo del vientre de un cetáceo, así de circumenvueltos se hallan los hombres, sabedores o no de su dolencia, hasta que del Oriente despunte la Aurora. Se come y se bebe, se compra y se vende sin apenas advertir la hosquedad de la atmósfera y la umbría que se cierne a manos llenas. El declinar seguro de la fe y de la razón contribuyó a desandar ese paso decidido -correlativo, a su manera y en la conciencia creada, al opus distinctionis por el que el Creador separó de una vez para siempre la luz de las tinieblas-, ese paso que no puede ensayarse sin evitar una penosa y repulsiva reintegración en el caos.

Lo peor es que los ministros de la Palabra, como aquel Buscón de nuestras letras, se han persuadido de que su Amo «tarda en llegar» (Lc 12, 45), y al modo de esos buhoneros que mercan docenas de once, empiezan por sisarle una iota y una tilde al Magisterio, y a retacearle luego sin el menor rubor algún entero artículo, hasta someter al Evangelio, con el pretexto de la "pastoral adecuada al contexto histórico", al caos en que devino el mundo, caos -por carácter propio, y valga la paradoja: el caos, por situarse en el dominio de lo informe, no puede tener "carácter"- sin distinciones ni contornos. Fue justamente Jonás quien se refirió a los ninivitas como a «hombres que no saben dónde está su izquierda y su derecha» (Jon 4,11).

El signo de Jonás, el de la ausencia de Dios y de la oscuridad impenetrable: ése es el que están abonando nuestros pastores, los que confraternizan con los lobos. Los que plebiscitan la moral evangélica con consultas a todo el orbe neo-católico, con miras al sínodo próximo de previsibles conclusiones. Los que, como Francisco, visiblemente obstinado en graficar para la Iglesia aquello de que «el pez se pudre por la cabeza», anuncian por boca del enésimo cardenal complaciente que se pretende «"estudiar" las uniones homosexuales para "entender" las razones que han llevado a algunos países a legalizarlas». Sí, no caben dudas: Jonás yace en lo hondo del sepulcro, custodiado por una cohorte de guardias copiosamente sobornados (con prebendas, con aplausos) para que, si esto fuera posible, no despierte.


jueves, 6 de marzo de 2014

¿HACIA LA RABINIZACIÓN DE LA IGLESIA?

«Y si el ministerio de muerte, grabado en letras sobre piedras, fue glorioso hasta no poder mirar los israelitas al rostro de Moisés a causa del resplandor que era pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del espíritu! Si, pues, glorioso fue el ministerio de condenación, ¡cuánto lo superará en gloria el ministerio de justicia! Más aún: lo que bajo este aspecto fue glorioso en aquel ministerio, ni siquiera merece tenerse en cuenta comparado con la gloria supereminente» (II Cor 3,7 ss.)

¡Cuánta razón tuvo san Pío X al llamar al modernismo «síntesis de todas las herejías»! En palabras de aquel santo pontífice, «si alguno se hubiera propuesto concentrar el jugo y la sangre de todos los errores que fueron expresados hasta el día de hoy acerca de la fe, no hubiera podido de veras hacerlo mejor que como lo hicieron los modernistas». Tan es así que, si bien resulta fácil rastrear los antecedentes inmediatos del modernismo en el agnosticismo de matriz kantiana, o en el racionalismo, o incluso en el vitalismo filosófico y la exaltación del élan vital, mucho menos evidente a primera vista resulta reconocer el estímulo brindado por las tesis modernistas a las tenues brasas de aquellos viejos errores que, a su solo soplo, volvieron sorprendentemente a encenderse para chamuscar las inteligencias.

No sabemos si el papa Sarto habrá tenido en mente, en esa concentración alquímica de todos los errores que supo denunciar en la Pascendi, a una de estas remotas soterradas herejías, hoy resurgida al modo como los prestidigitadores sacan conejos de sus galeras: la de los judaizantes, la primera que azotó a la Iglesia y -según algunas voces proféticas- la última que hará su aparición, a los fines de arrastrar a los bautizados al servicio del «Otro». Debió ser especialmente virulento aquel peligro como para urgir la convocatoria del primer Concilio (según consta en el capítulo 15 de los Hechos) y para impeler a Pablo a reprender en público a Pedro por sus ambigüedades en el tratamiento de la cuestión (Ga 2,11 ss.). Los apóstoles pronto debieron comprender, a despecho de su propio natural y de sus hábitos incluso mentales, que alentar una reducción judaica del cristianismo equivale a cambiar lo más por lo menos, y que esto constituye una injuria gravísima para con la Redención obrada sólo por Cristo según los misteriosos designios de Dios. Como no menos debieron entender el peligro real de infiltración judía, según es patente en Ga 2, 4, cuando el Apóstol se refiere a «los falsos hermanos intrusos, los cuales secretamente se habían introducido para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de esclavizarnos».

La Sinagoga, de entrada no más, no conoció otros modos para con la Iglesia que el espionaje y la persecución, y no deja de sorprender el paralelismo entre aquel primer Vicario que, reincidiendo en la triple negación de su Maestro, se apartó de su trato inicial con los gentiles «por temor a los de la circuncisión» (Ga 2, 12) y las más recientes efusiones de ese indecoroso melindre con que los papas postconciliares -motivados posiblemente por una cobardía inicial mal combatida- agasajaron ya sin pudor alguno a la perfidia rabínica. Huelga aclarar que ambas cobardías cumplieron muy distintos derroteros: la una hacia el llanto amargo de la contrición, culminante al término de la vida en testimonio de sangre, y la otra elevada esta vez a sistema, vuelta motor y nervio del más indecoroso irenismo, convertida al fin en intrepidez desacratoria.

Entre la variación de la doctrina perenne cristalizada en la Nostra Aetate (variación irreconocible para el común de los fieles, poco ejercitados en la reflexión de su propia fe), entre el ephod vestido furtivamente por Paulo VI y la hoy frecuente y ostentosa cesión de nuestros templos a los judíos para celebrar "liturgias interreligiosas" o el otorgamiento, en universidades católicas, de doctorados honoris causa a rabinos reincidentes en el atávico desprecio de los suyos al Crucificado, entre uno y otro jalón, decimos, se advierte el tránsito del cripto-judaísmo a la más descarada y pública contaminación sincrética. Y se comprueba, en sus trágicos efectos, cuánto hayan convergido la conocida agresividad de la Sinagoga por neutralizar toda presencia de Cristo en el mundo y, a instancias del virus modernista, aquello que De Mattei llama la «des-helenización del cristianismo», esto es, la remoción de los fundamentos metafísicos expresados en su teología y en la filosofía escolástica, de derivación platónica y aristotélica. Este último vaciamiento debió favorecer grandemente aquel funesto trasiego.

Un botón de muestra desde Milán, donde otrora brilló aquel mismo san Ambrosio que supo definir a la Sinagoga como «una casa de impiedad, un receptáculo de maldades condenado por Dios»: allí el desmadre judaizante de nuestros días queda gráficamente atestiguado por Andrea Cavallieri, quien, respondiendo a una invitación a visitar una librería de Ediciones Paulinas en su ciudad, comprueba que una de las dos vidrieras del local exhibe al menos 50 (cincuenta) títulos sobre la Shoa. «No doy el nombre del informador, para ahorrarle el proceso inquisitorial que -infaltablemente en esta sazón- golpea a quien defiende la ortodoxia católica» (Ver original aquí).



De lo que se trata es del avance fatal del colonialismo espiritual talmúdico ante la desbandada de nuestros pastores. Aquel mismo enemigo que, ufanándose antaño de su exclusivismo -y despreciando la nota de catolicidad de la Iglesia- viró táctica, tras luenga y pesarosa diáspora, y ahora apuesta a judaizarlo todo. El programa ya lo expuso hace casi cien años Vladimir Rabinovich (a) Rabi: «los judíos son el único pueblo cosmopolita, y, como tales, deben –y en realidad lo hacen- actuar como un disolvente de toda raza y nacionalidad. El gran ideal del judaísmo no es que algún día todos los judíos se reúnan en una esquina del mundo para separarse, sino que el mundo entero esté imbuido de enseñanzas judías, y que entonces en una hermandad universal de naciones –en realidad un judaísmo difuso- todas las razas y religiones separadas desaparezcan. Van más allá. Con sus actividades científicas y literarias, con su supremacía en todos los sectores de la vida pública, están preparando para fundir pensamientos y sistemas que no son judíos o que no corresponden a modelos judíos». A éstos también los increpa el Señor, como bien consta: «¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, lo hacéis hijo de la Gehenna dos veces más que vosotros!» (Mt 23,14)

Francisco, inclinándose como un junco ante Shimon Peres
El pontificado de Francisco, también en esto, no hace sino profundizar en el descamino emprendido hace cincuenta años. La estrenua búsqueda de un difuso «denominador común» con los de la Sinagoga (llámese Antigua Alianza, valores éticos, monoteísmo de cuño semítico, etc.) podrá servir como ardid diplomático, como momentánea pipa (del opio) de la paz, pero constituye una grave afrenta a la Verdad. En estos tráficos, quien medra a la postre es el Talmud. La «Iglesia pobre para los pobres» (pobre en la manifestación del culto, pobre en disciplina eclesiástica, pobre en coherencia con los principios de la fe, pobre en vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, incapaz de alentar el menor motivo de credibilidad en quienes pudieran sentirse llamados a la conversión) y el adulterio público y reiterado con los sanhedritas, han logrado prodigiosamente revivir aquella -es expresión de san Jerónimo- haeresis sceleratissima herida de muerte hace quince siglos: la de los ebionitas, impulsores -entre los cristianos- del pauperismo al par que de la no-caducidad de los ritos y leyes judías. Así de asombrosa es la persistencia del error, nunca completamente vencido en este valle de suspiros.

A este paso, la menorah sustituirá pronto al crucifijo en nuestros altares. Y asistiremos acaso a misas celebradas bajo tierra.