jueves, 6 de noviembre de 2014

COPLILLAS A UNA MEMA

Sin dudas el abandono casi universal de las reglas del discurrir con la razón es un dato altamente significativo del carácter de nuestros días, un verdadero «signo de los tiempos». Lo preveía Belloc al hablar de «aloguismo» (de a-logos); lo señaló hace mucho Lope en los versos que encabezan esta página: señales son del Jüicio / ver que todos le perdemos...

No digamos cuánto cunde esta demencia en la Iglesia, donde el post-concilio trajo una marea de movimientos (carismáticos, neo-pentecostales, focolarinos, etc.) difícilmente reconducibles a la nota de unidad que adorna a la Iglesia desde su fundación. Doctrinas nuevas que anulan la perenne, praxis aberrantes, anarquía, en suma, que agravan el daño ya suficientemente acarreado por el extendido modernismo. Pues bien, una de estas locas floraciones de la crisis puede hallarse en una página digital cuyo nombre hemos afortunadamente olvidado, que cuenta con un favicono o emblema consistente en un corazón más bien del tipo de los que promocionan casas de citas (o "de tolerancia") que de un sitio católico. La tónica de la página en cuestión está dada por el ataque a Francisco desde un emotivismo pre-racional, desde el erizamiento epidérmico, que no desde la razón y la fe, capaces de alentar rechazos mejor fundados. Y el ataque lo extienden a todos aquellos que, no disponiendo (como ellos mismos no disponen) de potestad para juzgar a la Sede Apostólica, siguen llamando Papa a Francisco, pese a las justas y aceradas críticas que al mismo le mueven. Se basan en supuestas revelaciones privadas, de las que exigen poco más o menos el mismo asentimiento que debemos a las dos fuentes de la Revelación y, no obtenido este asentimiento de parte de sus ocasionales adversarios, pasan a ejecutar un ataque como de toro enceguecido contra los mismos, no aceptando la comparecencia de ninguna razón y confundiendo su patente ignorancia con la fuerza argumentativa de la que carecen.

En su locura, se obstinan en desconocer a Bergoglio como al producto de una prolongada crisis de la que fueron en buena parte responsables sus predecesores en el Solio, como si aquél hubiera sido consagrado obispo, creado cardenal y electo papa ex nihilo. El más cerril de los sedevacantistas resulta, así, infinitamente más coherente y sensato que estos nenes caprichosos. Es su papolatría, de sabor claramente herético, la que los hace confundir infalibilidad con impecabilidad: al presentárseles el problema de un papa visiblemente repleto de lunares y caídas, simplemente lo desconocen. En realidad, la anomalía de la situación actual y las diversas irregularidades en la elección de Francisco, que urgen a cualquiera a plantearse prudentes dudas sobre la validez de la misma, ellos las resuelven por el atajo del voluntarismo más agresivo.

Por estos días uno de los ejemplares salidos de ese hervidero, verdadera harpía de la blogósfera, se lanzó, en la casilla de comentarios de una página vecina, a atacar con temeraria saña a la memoria de monseñor Lefebvre. Y de paso, demostrando su afán de tirarle a todo lo que se mueve y emulando muy de lejos a los héroes homéricos, la emprendió -a causa del solo Bergoglio- contra una entera nación. No quisiéramos gastar ni un gramo de tinta en estos que asimilan la noción de «converso» a la del desquiciado sin más, pero tampoco queremos dejar de prestar nuestro humilde espacio al gentil colaborador que nos envía su aporte en verso para escarmiento de estas fieras. Por razones del todo pertinentes, el autor quiso firmar sus coplas con el nombre de un personaje del Quijote (señalado en sus páginas como "embustero y grandísimo maleador"), a quien se supone antepasado de la destinataria de sus versos. Cabe reconocerle, de paso, a nuestro espontáneo vate, aquellas dos bondades de las que carecen notoriamente sus adversarios: espíritu de indulgencia (coloca a la protagonista de sus versos en el purgatorio) y humor.



COPLILLAS A UNA MEMA
por Ginés de Pasamonte

(Filomema llega al purgatorio, donde la reciben los santos papas Juan XXIII, Juan Pablo II, y el beato Pablo VI. Éstos, a causa de su reprensible desempeño al timón de la Barca de Pedro, se ven obligados a remar como galeotes hasta la Parusía, a bordo de un trirreme. A Filomema, por no haber sabido refrenar la lengua en esta vida -y por no haberse avenido a revocar los previos desafueros de su lengua, a la que no osaba contradecir, que en ella tenía vida propia- se le impone la pena de remar en compañía de los pontífices, pero no con los remos sino con la lengua. Éste es el coloquio entre la misma y Juan Pablo II)


- Rema, rema
Filomema.
Rema, y no te aflija tanto
no avistar la costa cerca,
pues acá es pagar remando
hasta la última moneda.
Y, bien visto, no es tan caro
el rescate a tus tonteras.
Rema, rema
Filomema.

Con el músculo que urgías
tan sonoras desvergüenzas,
mece el mar y sus ardores,
refrigerio dale, y cuenta
hasta cien antes de herir
el buen aire con vilezas.
Rema, rema
Filomema.

- Pues, ¿qué, Santo Padre? Fuisteis
tan honrado por mí, cierta
de vivir disimulando
vuestros yerros en la tierra,
y sólo apunté a Francisco,
encubriéndoos con mi lengua.
¿No tendréis de mí piedad?

- Calla, calla, implume necia.
Acreciste mis tormentos
con tus inanes zalemas
que, al resonar de este lado,
dilataban la marea.
Ora cúrvate hacia el agua,
rózala con furia, ¡ea!
Rema, rema
Filomema.

«Mulier taceat in ecclesia»
lo escribió, para que sepas,
el Apóstol, ya previendo
la irrupción de tales hembras
que hablan donde no las llaman,
de lo que ignoran berrean.
Rema, rema
Filomema.

Y Santiago, por ventura,
¿no advirtió sobre la lengua
como de azote sin freno,
de mortal veneno llena?
Lengua de fuego llamóla,
mas no como las que ardieran
en Pentecostés: estotra
asciende de la Gehenna.
Rema, rema
Filomema.

- ¡Santo Padre, que me rindo,
que ya me duele la jeta!

- Más te doliera en el mundo
tu memez, la Filomema.
Y agradece estar a salvo.
Bate y bate con la lengua
sin descanso, hasta que alcances
la decisiva ribera.
Ni el oso hormiguero es dueño
de tan prominente antena,
por cuanto ¡zus! ¡más aprisa!
no cejes en tu tarea.
Más vale entrar mudo al Reino
que conservar esa lengua
y ser arrojado al horno
del llanto y de la blasfemia.
Rema, rema, y no te canses.
Rema, rema
Filomema.


lunes, 3 de noviembre de 2014

LA VICTIMIZACIÓN DEL LOBO Y LA IGLESIA AVANT-GARDE

Anda circulando por la internete, a través de correos electrónicos, un texto que podría tenerse por conmovedoramente ingenuo si no fuera porque evidencia más bien la avidez por encubrir, con las peores artes, la escala del daño que Francisco y sus cómplices están infligiéndole a la Iglesia. Según muy previsible esquema, pretende revelar la existencia de una conspiración de carcamanes contra el Papa, intentos a mezclarle al pontífice algún poco de estricnina en el mate y despacharlo al más allá, como se supone que ocurrió otrora con Juan Pablo I. El pasquín es demasiado torpe como para reproducirlo íntegro: mala y vulgar redacción, pésima secuencia de las ideas, etc. Baste con traer las ideas principales. A saber, que 
sectores radicales conservadores de la Iglesia Católica Romana han iniciado duras críticas y feroces ataques contra el Papa Francisco, a través de medios de comunicación, sitios web y redes sociales por su actitud reformista
imputándosele, en primerísimo lugar, el haber violado el rito romano
al realizar el lavado de pies del jueves Santo fuera de los muros vaticanos, en la prisión de menores "Casal del mármol" en Roma, incluyendo a dos musulmanes y dos mujeres no católicas.
Como si se tratase del principal de los escándalo que podrían imputársele a Francisco. Pero no sólo eso: los férreos guardianes de la ortodoxia que desfilarían por los pasillos vaticanos, por otro risible nombre «el alto poder enquistado en la cúpula vaticana», es
totalmente opuesto a los planes del Papa Francisco de reformar, eliminar, modificar la pompa, el ritualismo y el lujo y ostentación de la Iglesia Católica Romana (Francisco tiene un deseo y pensamiento secreto y es el de permitir que la mujer pueda acceder al sacerdocio católico, lo cual tendría un efecto tipo terremoto a lo interno de los ensotanados)
¿Reformar para eliminar? ¿Y luego modificar, qué? ¿Lo previamente eliminado? Pónganse de acuerdo, señores, para hacer más creíble la diatriba. Lo de la pompa y el ritualismo da risa: se diría que el pamphlet fue redactado antes de la reforma litúrgica de Bugnini. También trascendió que
la Curia Romana y los grupos de poder rechazan que el Papa Francisco haya hecho un llamado público a la Iglesia Católica a estrechar el diálogo y las relaciones con el Islam. Lo acusan de ser un relativista teológico.
Y varias otras incriminaciones que harían concebir esperanzas ciertas de resistencia a la agenda progre, si no fueran más falaces que Pinocho. No falta la nota despampanante:
acusan al Papa Francisco de hacer caso omiso a las reglas y normas de la Iglesia Católica Romana, ya que, como Papa, está actuando sin consultar ni pedir permiso a nadie para hacer excepciones sobre la forma en que las reglas eclesiásticas se relacionan con él [sic].
Y luego vienen las increíbles acusaciones: nada menos que contra el correctísimo Opus Dei que, conjuntamente con la Masonería, estaría conspirando para sacarse de encima al pesado de Francisco, a quien deberíamos venerar como al campeón del saneamiento de las finanzas vaticanas, cuyos rapaces beneficiarios se suman al variopinto grupo de sus enemigos. Y es que «el Papa Francisco no está de acuerdo en que delincuentes con sotana vivan en terreno vaticano».

Seguramente estas cortinas de humo encuentran su ocasión en el mismo guiño que les ofrece Bergoglio, quien supo hace poco pedirle confidencialmente a un obispo (para que el correveidile lo voceara luego a los periodistas): «rezá por mí: la derecha eclesial me está despellejando. Me acusan de desacralizar el papado».  Queda claro que se ha montado un cínico aparato de confusión para hacer pasar al más autócrata de los papas en muchos siglos, a aquel que no reconoce condicionamiento alguno a su poder -ni siquiera de parte de la Tradición que debiera guardar, ni siquiera de parte del resto de piedad que cualquier hombre debe saber conceder a sus enemigos derrotados- como a un tímido corderito acorralado por una jauría de rapacísimos lobos. A los que hay que acusar con arreglo a la palabra-talismán de la corrección política: derechas. La promoción del clero pederasta y de los prelados saqueadores de finanzas tiene vía libre como nunca: se ha encontrado la temible fórmula para conjurar toda resistencia.

En tanto, prosigue su vergonzoso y acomodaticio curso la «Iglesia de vanguardias», la que puja con el mundo para dirimir quién se impone en la carrera progresiva de la muda de principios y costumbres. Lo constata Maurizio Blondet en un reciente artículo:
es tristemente cómico el destino del progresismo vaticano: apenas osan una apertura más avanzada hacia el mundo, el mundo los deja atrás. Los modernistas clericales son siempre superados, hagan lo que hagan. Fue ayer no más que monseñor Forte se abrió a las parejas gay, a sus «derechos», que reconoció sus «cualidades». Monseñor Marx, de Munich, se lanzó más hacia adelante: «no todo en la vida de ellos es condenable: si por 35 años permanecieron fieles el unos al otro, si el uno cuida del otro hasta el fin de la vida, como Iglesia, ¿qué debo decir? ¿Que no tiene ningún valor? Esto no es cierto». Qué audaces se habrán sentido: que se entienda, de «pecado que grita venganza a los ojos de Dios» llegar a reconocerlo como un derecho civil, es ya un buen paso para un purpurado. Embriagante, hallarse a la vanguardia.
¡Pero qué! Pronto llega Tim Cook, el millonario líder de Apple, y declara: «considero mi homosexualidad entre los más grandes dones que Dios me ha dado».
¡Caramba! Ahora el ex pecado impuro contra natura ha devenido un don de Dios. No bastaba absolverlo, atenuarlo: el mundo, a través del millonario, ya lo ha santificado y glorificado. Qué desdicha: los cardenales más avanzados han sido nuevamente superados, se quedaron atrás, deben barajar y dar de nuevo.
Sólo pocos días antes la vieja marica ultrapotentada de Elton John había declarado: «¿el papa Francisco? Es mi héroe. Hagámoslo santo súbito, ¿o.k.?» Cierto, o.k. Apenas bendecidos, ahora son los ricos maricones quienes decretan a los santos. Es así que debe ser: es la fuerza irresistible del progreso.
De hecho, es cada vez más clara la estrategia de misión hacia las «periferias existenciales» del papa Bergoglio. Trato de recapitular: la cordial amistad con Scalfari, quien pudo decir (sin ser desmentido) que este Papa «ha abolido el pecado»; la afirmación de la libertad absoluta de la conciencia privada, como lo ha confirmado al mismo tiempo Scalfari: «cada uno de nosotros tiene una visión propia del bien y del mal. Nosotros debemos incitarlo a proceder en función de aquello que cree que es el bien...», etc., etc.
Ahora, por último, Francisco se declara abiertamente contra la pena de muerte, e incluso partidario del abolicionismo penal. Esperemos, pues, una nueva doctrina jurídica consagratoria de los peores delitos. Es más, que promueva explícitamente a los más altos cargos a quien acumule los más aberrantes crímenes: no otra ha de ser la redoblada apuesta de los juristas que obtuvieron la venia papal a sus dislates. Y en lo tocante a las aberraciones sexuales, urgidos los prelados -si quieren seguir en carrera- a reconocer a la homosexualidad como un don, esperemos la exaltación próxima del bestialismo y del coito con cadáveres. Es la espiral frenéticamente descendente del infierno la que llama a gritos. Y la jerarquía modernista, siempre atenta al bon ton, no querrá mostrarse descortés con quienes la cortejan.





jueves, 30 de octubre de 2014

ARLEQUINES MALÉFICOS

En las penas de los réprobos, tal como se las describe en la Divina Comedia, concurre la llamada «ley del contrapaso» (de contra - patior, que supone infligir a los condenados una pena contraria a su culpa, o fundada en alguna analogía irónica con la misma). Así, por ejemplo, los que nunca tuvieron un ideal en esta vida se ven conminados a correr eternamente detrás de una bandera; los avaros y los pródigos, bajo la mirada de Plutón, arrastran pesadas cargas con el pecho en opuestos semicírculos, en cuyos puntos extremos se encuentran para lanzarse recíprocos reproches.

Era admisible que a nuestra sociedad de la banalidad y las satisfacciones epidérmicas, tan ganosa de sorpresas, le llegara un pregonero de un Dios-de-las-sorpresas a la más cabal medida de la mediocridad ambiente. Pues, como lo recuerda  el padre Petit de Murat, el nuestro «es un siglo de sorpresas, no de admiraciones. La sorpresa lleva al acostumbramiento y al hastío. En cambio, la admiración es siempre nueva». La admiración corresponde, en todo caso, a la contemplatio, esa forma sobreeminente de actividad que la sociedad moderna trocó por el activismo ciego. Ese afán inmoderado de sorpresas que embarga a nuestros contemporáneos es el que explica tantas patologías sociales recurrentes, desde la toxicomanía hasta el divorcio.

Pero como un mal arrastra siempre a otro, no era suficiente castigo éste de la avidez de novedades y de la entronización consecuente del popular bufo Francisco, intérprete consumado de esta universal flaccidez del espíritu y surtidor incansable de sorpresas verbales sapientes haeresim, male sonantes, suspectae, impiae, blasphemae, temerariae. Si a este expositor urticante de un evangelio que no conocíamos le cabe inmejorablemente aquello que el Apóstol fulmina en Gálatas 1,8 («aun cuando nosotros o un ángel del cielo os anunciase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema»), admítase al menos cambiar el lema de su escudo papal por aquel más pertinente de non nove, sed nova, suficientemente expresivo del carácter oracular que la vasta tribuna le ha concedido al neopontífice.

Pero volvamos, ¡ea!, que estábamos en que no era éste suficiente flagelo. Si había una sorpresa indeseable para degustar, era ésta de los payasos maléficos que están creando una psicosis en Francia, donde mucha gente evita salir de noche por temor a ser asaltada por algunos de estos arlequines armados de barretas de hierro y hachas que salen a vapulear los cráneos de los viandantes. Se teme que la aborrecible moda de festejar Halloween provoque el próximo 31 una exacerbación de esta manía, y que las cosas se salgan de su quicio irreparablemente, con víctimas y destrozos a raudales.

En sazón tan coincidente, la analogía con Francisco resulta inevitable, casi un fenómeno de reciprocidad o feedback. Porque es el mismo papa que acepta vestir la nariz de payaso, jugar con pelotitas en sus audiencias o ser enlazado por la oreja con un rosario el mismo que luce ferocísimo a la hora de castigar despóticamente a quienes -o por fidelidad a la Tradición o por probidad en sus respectivas funciones- caen en sus desaprensivas garras. Al paso que las sorpresas no cejan, y que un orden episcopal compuesto casi íntegramente por fautores del mundo al revés se muestra dispuesto a otorgar los sacramentos del «bautismo, reconciliación, eucaristía y confirmación» a quienes los soliciten, incluyendo «todas las situaciones pastorales [de] uniones de personas del mismo sexo, así como [de] cambio en la identidad de género», con sólo solicitar «la licencia escrita del Ordinario del lugar» (El acompañamiento pastoral de los fieles que han hecho cambio civil de género. Consideraciones canónicas-pastorales, documento de los obispos argentinos encabezados por monseñor José María Arancedo y la puta madre que los parió). En tanto, según la amenaza que pesa sobre los fieles de la italiana diócesis de Albano, la sola participación a la Misa y a los sacramentos celebrados por sacerdotes de la FSSPX ha sido considerada causal de excomunión por el obispo local (ver el reporte de Magister aquí).

Arlequines maléficos, payasos homicidas, bromistas letales, simpaticones sicarios que han acaparado Solio y Sedes, y que en el Inferno dantesco, vestidos con bonete de circo y cotillón, y entre esputos y coces, podrían ser interpelados sin pausa por aquellos usurpadores de la cátedra de Moisés que al menos tuvieron una caída más decorosa.


lunes, 27 de octubre de 2014

ASÍ LE PAGAN AL PAPA SUS ATENCIONES

Parece que hubo algún revuelo hace unos días por la portada de un tabloide argentino que, a raíz de las lamentables capitulaciones del Sínodo en orden a la moral sexual, se animó a insultar rotundamente al Papa. Se trata de una publicación que, al amparo del capital contante y sonante, entrega sus regulares cretinadas para el gusto de un público cuyo cinismo viene a ocupar el lugar que otros otorgan al honor.

No les basta con ser burgueses, sino que lo son de izquierdas, lo que pone un sensible coto a su desparpajo. Vaya alguno, si no, a burlarse de las Madres de Plaza de Mayo delante de estos lanzadores de fango, y verá si no tienen sus vacas sagradas -cuyo explícito culto, por añadidura, es capaz de otorgar ese empleo remunerado tan necesario en los días que corren. Ése es el momento en que el omnímodo guasón se trueca insospechadamente en apologista; el momento en que una voz anuncia desde las sombras, al tintineo del metal áureo y con vagas inflexiones yiddish, que «se acabagon las bgomas».

Pero no vamos a detenernos en estos plumíferos para quienes las señales del desenlace escatológico de la historia serán siempre interpretadas conforme a la segunda acepción del término, la única que conocen: como una arrolladora marea fecal. Atendamos sólo al retraimiento culpable de la Iglesia que, deponiendo en las últimas décadas todo ímpetu de lucha, ha permitido a sus enemigos que se le rían en la cara, aun cuando se mostraba tan condescendiente y tan proclive a pactar con ellos.

Vuelve a las mientes el pasaje del Apocalipsis (17, 16), cuando se habla de aquellos diez cuernos y de la Bestia marina que, pese a sus pasadas componendas con ella, «odiarán a la prostituta y la despojarán de sus vestiduras» para comer al fin sus carnes. Si de algo estamos seguros es de que, a diferencia de la conciliar, la Iglesia fustigada por los modernistas como "constantiniana" nunca hubiera podido decirse "prostituta". Sus enemigos le temían, y no esperaban intercambiar dones con ella. Ahí está el caso de los rojos, en la Guerra Civil española, que evitaban por todos los medios enfrentarse a requetés recién comulgados.

A expensas del aggiornamento en vigor, hoy hay que soportar todo tipo de afrentas (y algunas, como la que aquí nos ocupa, no tan precisamente infundadas). Con razón alertaba dom Guéranger, hace más de cien años, que los enemigos del nombre cristiano «triunfan viendo a católicos a remolque de sus sistemas y se aplauden por el progreso que han hecho, hasta imponer su lenguaje y sus ideas» (El sentido cristiano de la historia, trad. por Cora de Zaldívar, Buenos Aires, Iction, 1984, pgs. 58-60). Tanto que no faltan entre el enemigo aquellos que, entre el universal y sospechoso coro laudatorio, son capaces de manifestar su asco ante tanta cobardía.

Lo supo el gran benedictino de Solesmes:
hoy más que nunca, que se comprenda bien, la sociedad necesita doctrinas fuertes y consecuentes consigo mismas. En medio de la disolución general de las ideas, solamente el aserto, un aserto firme, denso, sin mezcla, podrá hacerse aceptar [...] Como en los primeros días del cristianismo, es necesario que los cristianos impresionen a todas las miradas por la unidad de sus principios y de sus juicios. No tienen nada que recibir de ese caos de negaciones y de ensayos de toda clase que atestiguan bien alto la impotencia de la sociedad presente [...] Mostraos pues a ella como sois en el fondo, católicos convencidos. Ella tal vez tenga miedo de vosotros durante algún tiempo; pero, estad seguros, ella volverá a vosotros. Si la halagáis hablando su lenguaje, la divertiréis un instante, luego os olvidará; porque no le habréis hecho una impresión seria. Se habrá reconocido en vosotros más o menos, y como tiene poca confianza en sí misma, tampoco la tendrá en vosotros.

jueves, 23 de octubre de 2014

PRECURSORES DE TUCHO Y DE FRANCISCO


- ¿Qué les diría a quienes critican a Francisco porque con este sínodo se abrió una "caja de Pandora"?

- Que si no se abre la "caja de Pandora" lo que se hace es esconder la mugre debajo de la alfombra, meter la cabeza en un hueco como las avestruces, alejarnos cada vez más de la sensibilidad de nuestra gente...

(de la entrevista de La Nación a monseñor "Tucho" Fernández, disponible aquí)



Aparte otras expresiones vertidas en la clamorosa entrevista en cuestión -reveladoras de infidencias múltiples y de aquello que en criollo académico diríase mala entraña-, la frase aquí apuntada vale como síntesis de un programa, quizás la mejor que Francisco o cualquiera de los suyos podían haber intentado de este pontificado de pesadilla y de sus infames propósitos. Esto que pasa por una inocua entrevista, impresa en papel prensa para ser depuesta en la mesa de familia junto al café con leche y las medialunas, es el alegato de un demonio suelto o de uno de sus más convencidos servidores. Y casi nadie se percata a causa del doping en el que las preocupaciones y los entretenimientos sumergen a las masas, cada vez más irreflexivas y sordas.

[Entre paréntesis señalemos que ese "esconder la mugre debajo de la alfombra" a que el insigne medioletrado alude como alternativa (execrada) a la «solución Pandora» no es otra cosa que el adulterio y la homosexualidad, es decir, aquellos vicios incorporados al nuevo orbe de la virtud según una estrafalaria concepción gradualista, fundada esta vez no en la gracia sino en "la sensibilidad de nuestra gente", y que supone entre el pecado y la gracia una mera diferencia de escalones. Volens nolens, Tucho el avestruz reconoció como mugre a la impureza, y sólo pidió no esconderla. Y es que de eso se trata: no de esconderla sino de señalarla como a tal, y de instar a todos a una conversión real para dejar atrás las penosas sujeciones que el pecado acarrea. Pero no era éste el programa del Sínodo. «No esconder el pecado», para éstos, equivale a exhibirlo en triunfo].

«Abrir la caja de Pandora» es, sin más ni más, liberar todos los males sin esperanza, según lo refiere Hesíodo en su poema didáctico de los Trabajos y días. Que en tren de hacerlo concordar con el relato bíblico de la caída de nuestros primeros padres, como ya fue intentado por diversos autores, merece le sea señalada esta fundamental distinción: a Adán y Eva les fue prometido un Redentor, lo que en el relato del Génesis instala fuertemente la esperanza, ausente (o bien escondida en el fondo de la caja, negada al mundo) en el mito de Pandora. Lo que a su vez nos induce a entender el mito más que como una explicación de los orígenes, como una vaga profecía de las ultimidades. Porque aquellos que habiendo recibido la redención de Cristo, habiendo sido beneficiados por esa ley de la Gracia que los antiguos añoraban entre gemidos, recaen en la pretensión de legislar acerca del bien y del mal según su propio arbitrio, ¡ay de ellos, porque ya no tienen salvador posible, se han exterminado la esperanza! «Abrir la caja de Pandora» es volver a aceptar la sugestión de la serpiente, pero esta vez muy a sabiendas de la consecuencia que esto acarreó en los orígenes, y despreciando el sacrificio de nuestro Redentor por la liberación de los cautivos.

Conocidas las veleidades judaizantes de Bergoglio y sus amigos, no será inoportuno ni fantasioso recordar tres antecedentes hebraico-cabalísticos de esta perversa concepción que aquéllos actualizan. Uno fue Sabbetai Zeví, falso mesías judío del siglo XVII, de quien es la aberrante fórmula: «Tú eres bendito, Señor Dios nuestro, rey del universo, Tú que permites lo que está prohibido». La trayectoria de este lunático tiene como escenario las ciudades de Esrmirna, Constantinopla, El Cairo y Jerusalem, entre otras, donde su prédica experimentó una suerte voluble entre el rechazo más categórico de unos y la adhesión fanática de otros tantos. La modificación y aun la supresión a su antojo de la legislación judía se cuentan entre sus mayores logros, al menos durante los días de su embriagante apogeo, en que llegó a proclamar, para confutación de sus adversarios, que "el mundo sigue al mesías, a excepción de diez u once hombres" (nótese, apenas como detalle secundario, el paralelo con el "grupo de seis o siete muy fanáticos y algo agresivos, que no representaban ni el 5% del total", referencia de Tucho a los obispos refractarios a las novedades morales alentadas durante el Sínodo). Luego vino la fingida conversión al Islam, por la que Sabbetai vino a ser judío entre los judíos y musulmán entre muslimes, cultivando una mezcolanza sincrética de los ritos de ambas religiones, siempre sin abandonar la herejía antinomista que informó todas sus acciones. Detectada la duplicidad del impostor por las autoridades musulmanas, que un martes 13 lo reconocieron vistiendo la kippah, fue arrestado y se le perdonó la pena capital a que se había hecho acreedor por el delito de apostasía, a trueque de un destierro que atrajo sobre él la desgracia y posterior muerte. La secta por él fundada logró sobrevivir a su mentor.

De ésta justamente sale un segundo sujeto digno de sucinta evocación, el sabbetiano Osman Baba, judío ruso que actuó en las primeras décadas del siglo XVIII, por nombre de nacimiento Baruchia Russo. En apariencia convertido él también al Islam, no hizo sino extremar hasta la náusea las premisas de su antecesor: de la inversión teórica de los valores pasó a su explícita aplicación práctica, reconociendo como única legislación la que regulaba los rituales orgiásticos que celebraban los de su entorno, que lo tenían como a una especie de encarnación divina. El tercer retoño de la estirpe, Jacob Frank, judío polaco que vivió entre 1726 y 1791, supo vincularse bien pronto en sus correrías turcas a la secta aún bogante de los sabbetianos. Yendo sin pausa de Polonia a Turquía, pronto se hizo de un considerable círculo de adeptos, todos igualmente dados a las aberrantes prácticas sexuales y profanatorias del líder. Convertido estratégicamente al Islam en una de sus estadías en Turquía, y fingiendo luego su cristiana conversión en Polonia, donde los jefes de la Sinagoga ya empezaban a acorralarlo, logró arrastrar a un considerable número de infelices que lo creían un mesías. Tiempo después de su resonante bautismo y de haberse ganado incluso la confianza del rey, su impostura fue descubierta, lo que le reportó duradera prisión en la fortaleza de Czestochowa. Desde allí, a medida que el régimen carcelario se le fue suavizando, logró entablar contactos a través de sus emisarios con la monarquía rusa, lo que fue preparando el terreno a fuerza de intrigas para el avance ruso sobre Polonia y la liberación del criminal cautivo en agosto de 1772. Desde entonces funda una especie de corte mesiánica en Brno, con un ejército altamente dotado y con notable capacidad de infiltración en las principales cortes europeas. Gentes de Frank anduvieron en los tumultos franceses de 1789 y en los ejércitos napoleónicos, y el futuro emperador de Rusia Pablo I habrá salido de su gusanera. Luego de instalarse en 1786 en Alemania, en el castillo de Offenbach donde morirá años después, no hizo sino continuar atizando desde allí sus planes clandestinos, en conformidad con el expreso propósito de su predecesor Osman Baba de abatir a  la Iglesia y llevar adelante una revolución mundial. Varios de sus seguidores se afiliaron a la masonería, en cuya jerarquía alcanzaron altos grados.

Cuanto al sectarismo y a la impostura sincrética bajo capa de bonhomía ecuménica, no cuesta mucho vincular a Bergoglio y sus colaboradores con estos lejanos antecedentes. En lo de las prácticas sexuales aberrantes la presunción se impone, al comprobarse cuánto se ha mostrado capaz el Sumo Pontífice de colocar en puestos clave del gobierno de la Iglesia, y en la dirección intelectual del Sínodo, a figuras que parecen más bien impuestas por el lobby gay que por una cruzada auténticamente reformista. Si hasta su propio secretario privado, monsiñorino Pedacchio, no ha podido evitar la filtración pública de sus bufarrones ocios. A Francisco, para completar la similitud con los abominables sabbetianos, sólo le falta proclamarse mesías. Cosa de la que no está muy lejos o que, de hecho, ya está indirectamente haciendo, al promover nada menos que la abolición de la ley dimanada de los mismos labios de Jesús.

Superior a Cristo, en virtud de la ley incontrovertible de la evolución: la alianza nueva y eterna tenía fecha de vencimiento. Lo había dicho el benemérito Fernándulez: el tiempo es superior al... ¿despacio? Ya no hace falta ser un judío cabalista para encarnar el Ánomos: basta con estar en la cima de la Iglesia adulterada. Así y todo, lo que Tucho y Pancho y Chicho desconocen es que el contenido de la caja de Pandora, volcado sobre el mundo a instancias de la Gran Apostasía, conserva para la Iglesia remanente el don negado a ellos. Y ese don es la garantía de otro aún mayor que, pese a todos los contrarios desvelos, no le será quitado.

domingo, 19 de octubre de 2014

LO QUE TENGAS QUE HACER, HAZLO PRONTO

por Antonio Caponnetto


Significado de la traición

Reunidos en el Cenáculo, Jesús y los apóstoles cenan por última vez, celebrando la postrimera Pascua con el Señor de los Cielos en la tierra.

Escena conocida si las hay, y plasmada en palabras o en lienzos, en frisos y en poemas por los grandes artistas de signo cristiano.

Paradojas del existir en el Evangelio: aunque el centro de aquella reunión era el gozo eucarístico, San Juan nos cuenta que “Jesús se entristeció en el espíritu y protestó exclamando: ‘en verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me traicionará’” (Juan XIII, 21-30).

¿Cómo se explicaba aquella tristeza inefable de Dios? Varias respuestas caben. Desde la de San Agustín que, frente el gesto humano y legítimo de la pena divina, vio rodar por el piso los argumentos estoicos sobre la inmutabilidad del sabio, hasta la de Chesterton que sostuvo que -excepto la risa y por ser tan grande, reservada entonces a los tiempos parusíacos- el Redentor no ocultó ninguno de los sentimientos que brotaban de su naturaleza humana.

La mejor respuesta, sin embargo, nos sigue pareciendo la de San Juan Crisóstomo.

“Cuando una causa urgente –escribe- obliga a separar, antes de recogerse la mies, a algunos de los falsos hermanos, no puede hacerse esto sin que la Iglesia se entristezca”.

Hay una pena inmensa en la Iglesia cada vez que los hermanos que la integran caen en falsía, perjurio o deslealtad manifiesta. ¿Cómo no ha de tener esa pena la insondabilidad de un pozo sin fondo visible, cuando entre los hermanos felones se cuentan muchos de los herederos de los apóstoles y el mismísimo sucesor de Pedro?

Pero sigue distinguiendo el Crisóstomo. El quebranto de Jesús no lo sufrió en la carne cuanto en el alma y antes en el alma que en la osamenta.

Porque en tamaña ocasión de escándalo, como lo es la evidencia de la traición, el Señor se turba por la caridad no por el remordimiento. Por la caridad hacia el buen trigo entreverado con la cizaña, y corriendo el riesgo de verse arrancado con aquella. El Señor se turba por su propia voluntad misericordiosa, no por debilidad. Nadie lo obliga a afligirse –que nadie tiene imperio sobre Él-; su aflicción es voluntaria y consoladora, para cargar sobre sí las debilidades de quienes no pueden sobrellevar tamaña artería y vileza manifiesta.

Es la Revelación de la Tristeza, que nos cantara José María Fernández Unsain:

“Mira cómo lo adorna la divina
tristeza con que luce su belleza…
Mira, Señor, ya baja la neblina,
ya muere, ya nos hiere la tristeza”

No queremos ocultar nuestra tribulación ante esta Iglesia traicionada por quien debiendo comportarse como el Vicario del Esposo, emula al oscuro desertor de Keriot. Y no trepida en contemporizar desde Roma con los cultores de las costumbres nefandas o del vicio contra natura. Los mismos que provocaron el derrumbe justiciero de aquellas ciudades edificadas sobre el Valle de Sidim, cuando el Dios de los Ejércitos estalló en justificada cólera.

Sólo queremos pedir que nuestra compunción halle sostén en la de Cristo, que para eso nos la ofreció. Que nuestras lágrimas sean un coágulo de cielo en las pupilas, al buen decir de Anzoátegui; asociadas a Aquél que tuvo que llorar ante los muros del lugar sagrado.

Sólo queremos recordar, en suma, que hasta la traición ocupa su lugar en la Pedagogía Divina, y por eso está prevista en las Escrituras, como cuando David se angustia por la deslealtad de Aquitófel, y el salmo canta: “el que come el pan conmigo, levantará contra mi su calcañar”(Sal. 40, 10).

David es el tipo de Jesús, Aquitófel el de Judas. Los dos traidores, los dos dándose muerte por su propia mano. Pero ante sendos casos –acíbar duro de ingerir y hasta de oler- es la invocada Pedagogía Divina la que resuelve el drama. Así lo juzga el Cardenal Gomá: “Desde ahora os lo digo, antes de que acontezca; a fin de que viéndole víctima de la traición villana, no le tengan por imprevisor a Dios y disminuya su fe; antes, por el contrario, el cumplimiento de la profecía sea un motivo más de credibilidad para ellos. Para que cuando aconteciere, creáis que Yo Soy”.

El cumplimiento de las Profecías: el Pastor Insensato, la Fiera de la Tierra, el Preludiador de la Bestia, el Propagandista del Anticristo, la Iglesia de Laodicea. Nada de esto nos quita la Fe ni la Esperanza. Nos la confirman; y anticipan la Felicidad tras la última batalla, que ya es difícil y cruenta, y lo será todavía más.


El vértigo del traidor

Volvamos a la escena del Cenáculo. Todavía falta un desenlace más conmovedor y más tenso del que ya mentamos.

Señalado el traidor por su nombre, Jesús le dice: “Lo que tengas que hacer, hazlo pronto”.

También estas perícopas han dado lugar a reflexiones concurrentes. Orígenes se pregunta si no eran palabras dirigidas antes al demonio, que ya había entrado en el Iscariote, que al Iscariote mismo. Puede ser. Pero San Agustín en esto, parece sacarnos más provecho con sus comentarios.

El Señor, por lo pronto, está provocando al adversario a la lucha: No te quedes quieto. Sigue cuanto antes con tu maldito propósito. Yo sé bien cuál es mío y lo cumpliré acabadamente.

El fruto de ese “hacer pronto” lo inicuo que planeaba era la misma redención, “lo que no quería se retardase ni evitarse, sino que se apresurase cuanto fuera posible”, prosigue Agustín. La prontitud pedida al felón no es para cooperar con su malicia, ni siquiera para precipitar la caída del pérfido, al que tantas veces había invitado a recapacitar. Sino teniendo en cuenta ante todo la salud de los fieles, la salvación de los leales.

Hazlo presto equivale a decir que no se teme a lo que sobrevendrá tras la traición aborrecible. El Redentor vigila, aguarda; oblativamente espera el desenlace.

Hazlo presto, comenta Straubinger,es la misma urgencia salvífica ya puesta de manifiesto cuando le dice a los suyos: “un bautismo tengo para bautizarme,¡y cómo estoy en angustias hasta que sea cumplido!”(Lc. 12,50).

Entonces –y aquí llegamos- aterra en principio que quien ocupa hoy la silla petrina parezca ir tan presuroso por el derrotero de la deslealtad a Jesucristo. Y que para andar por tan espinoso sendero, no sólo no reciba plata judaica, sino que sea él quien les pague a los deicidas. Con concesiones doctrinales inauditas, por un lado, que ya habían hecho sus predecesores inmediatos; y con dinero abultado, por otro. Como sucedió en los primeros días de octubre del 2014 con la entrega de cien mil euros a la Fundación Auschwitz-Birkenau, que no es precisamente una de las periferias existenciales, sino de las más abigarradas usinas de la “industria del holocausto” que oportunamente desenmascarara Norman Finkelstein. El Iscariotismo moderno tiene aún este agravante sobre el antiguo: que paga para traicionar, y ningún Campo de Aceldama parece aguardar al contrito.

Este hazlo presto que vemos desplegarse ante nuestros ojos, entre indignados y dolientes, debe ser sobrenaturalmente vivido. Mi vida, nadie la toma, quiere decirnos el Señor. Soy Yo quien la ofrece y la inmola gratuitamente. No te detengas. Pero sábelo Iscariote; y que lo sepan contigo tus aquiescentes mitrados y purpurados, que cuanto antes obres la iniquidad, antes completaré la batalla redentora.

Dios nos permita la gracia de no quedarnos dormidos mientras sigan arreciando los aires desventurados de la conjura.


Era y es de noche

El texto joánico que estamos glosando -capítulo trece, versículos veintiuno a treinta- termina retratándonos a Judas que, una vez identificado como vil por el mismo Salvador, huye del Cenáculo a cumplir su cruento cometido. Y acota el fragmento, no sin hondo simbolismo: “y era de noche”.

“La noche sensible –escribió al respecto San Gregorio- es la imagen de la confusa noche que había invadido el alma de Judas. Por la cualidad del tiempo se expresa el fin de la acción. Judas, que no había de implorar el perdón, aprovecha la noche para la perfidia”.

El Iscariotismo es hijo de la sombra y alimento amarescente que se cuece en las tinieblas. La sinonimia noche - traición es un tópico cargado de razones. Excepto “la Noche Amable más que la alborada”, que no se hace patente, por desdicha, en la presente negritud o lobreguez que nos llega de Roma.

No debe subestimarse ni omitirse esta explosión de Iscariotismo en la Barca, que aunque ya se había manifestado otrora, estalla de manera rotunda con la llegada del Cardenal Bergoglio.

“Judas es el prototipo del traidor” –escribió Alberto Caturelli en La Iglesia Católica y las catacumbas de hoy- ; es decir, de aquel que quebranta, viola y en cierto modo invierte lo que debe cuidar y trasmitir”. La raíz etimológica de traición es la misma que la de palabra tradición; y paradójicamente y por contraste “significa también lo opuesto: no cuidar, no trasmitir fielmente, quebrar la lealtad o fidelidad al depósito recibido […]. A esta infidelidad radical –aunque guarde astutamente todas las apariencias de la fidelidad- llamo Iscariotismo, porque tiene su modelo en Judas Iscariote”.

El Iscariote de todos los tiempos y de este tiempo, predica un Anti Verbo, de ese que no custodian los ángeles pero resulta gratísimo a los oídos del mundo, y en plena conformidad con sus crepusculares anhelos. No quiere palabras limpias ni verdades recias ni mucho menos confrontaciones con el siglo o contradicciones con las mayorías. No se nutre de los maestros de la Fe Sapiente sino del discurso estulto de los hábiles; y llama teología de rodillas a la que se labra en estado de genuflexión frente al Maligno.

El Iscariote somete a discusión lo indiscutible, cuestiona hasta las verdades inconcusas, ultraja el sentido común, mediatiza el idioma unívoco de lo obvio. La contranatura puede encontrarlo aquiescente, el adulterio presto a una convalidación gradual, la sodomía se torna pasible de bienvenidas eclesiales, el corrupto goza de una hospitalidad especial y repetida, las mujerucas rencorosas e hipócritas se sientan a su mesa, no para recibir severas y afables reconvenciones sino para intercambiar ofrendas.

La familia, para el Iscariote, ha dejado de ser sólo la unión ante Dios, de uno con una y para siempre; varón y mujer abiertos a la vida y vasallos del Ordo Amoris. Puede seguir siendo eso, claro; pero también otra cosa y antagónica, invocando una misericordia sin justicia, una flexibilidad sin el límite del Decálogo, y un concepto de Iglesia que recibe a todos, como si fuera una playa nudista, sin el mínimo requisito de la pudicia o del respeto a sus códigos bimilenarios. Si abro las puertas del hospital de campaña es para sanar a los heridos, y por caridad hacia sus cicatrices. No para convalidar sus purulencias o para hacer pasar por cuerpo sano la gangrena que lo carcome.

San Clemente de Alejandría lo supo explicar mejor en El Pedagogo, cuando remitiéndose al Libro del Éxodo (34,16), sostiene: “Vendaré la perniquebrada y curaré la enferma, traeré la extraviada y la apacentaré en mi santa montaña”. No dice que la pierna enferma y rota permite caminar del mismo modo que camina aquel con sus piernas sanas.

Reconocerán los discursos de Judas porque no contienen voces de vida eterna. Como no las contuvieron cuando el Evangelio registra su primera confrontación con el Señor, en suelo de Betania. El Iscariote reprende a la mujer que derrama “ungüento puro de gran precio” sobre los pies divinos, para enjugarlos después con sus cabellos (Juan 12,3). Invoca a los pobres, pero piensa en la bolsa. Tal vez era el perfume de príncipes lo que más lo alteraba. Su olfato plebeyo estaba hecho para el corral, la cochiquera o la boyeriza.

Es notable que Santo Tomás, comentando el Evangelio de San Mateo, que registra el ominoso arreglo entre Judas y la Sinagoga para entregarles al Señor, observa que el precio inicial convenido era el de aquel ungüento de nardos que no había podido impedir que se “malgastase” como tributo al Unigénito. Pero al final, cierra el tráfico más inicuo de los siglos con un “Dadme lo que queráis” (Mt. 26,15).

¿Hay una Iglesia de Judas?, se preguntó hacia 1970, Bernard Faÿ, cuando el estado de descomposición se hacía evidente.

Se respondió en un libro homónimo, L’Eglise de Judas, diciendo que sí, aunque sin faltar a la caridad ni a la esperanza. Lo peor, sostenía entonces, es que los Iscariotes ponen cuidado “en mantenerse en la Barca de la Iglesia, en aferrarse a ella aún cuando la profanen, en no descuidar ningún esfuerzo, ningún ardid, ninguna mentira para que los hombres y el clamor falaz de los periódicos les declaren todavía miembros y parte inherente de esta Iglesia, que ellos tienden a arrastrar con ellos en su reniego, de manera que sea consumada la obra de Judas, y que pueda abandonarse, completamente, a las fuerzas del mal, el cuerpo terreno del Cristo profanado”.

Sí; era de noche cuando el indigno abandonó el Cenáculo sin comulgar.

Sigue pesándonos esa tiniebla y esa fuga. Aterradora vigencia del misterio de iniquidad. Y sin embargo o por lo mismo, en tales circunstancias, la consigna del Señor es que no tengamos miedo. Mucho más marcial todavía: “erguíos y levantad la cabeza porque se acerca vuestra redención” (Lucas 21, 28).

Nos es imposible imaginarnos la escena sin pensar sensiblemente en la procesión del Cristo de la Buena Muerte, que llevan a pulso, reciamente, los herederos de Millan Astray, en los hondones de la España Eterna.


Lo que es católico hacer

Arribados a este punto -con la congoja propia del hijo ante el padre amado a quien se ve perder la vertical y el quicio- sobrevienen las preguntas, que son múltiples, como múltiples también sus procedencias.

Se cuentan por racimos, y cada vez mayores y de pesares más inconsolables, las familias lastimadas, divididas y perplejas por el actual magisterio, que no cesa de traicionar la Verdad, el Bien y la Belleza. Padres que no saben qué decirles a sus hijos, cuando constatan la inverecuncia y la heterodoxia en Roma. Hijos ya grandes y bien formados, que no saben cómo sosegar a los ancianos, atónitos ante cada dislate diario que se propala desde Santa Marta.

Es extraño que tamaña desolación coincida con la convocatoria de un largo Sínodo dedicado a la Familia; y que durante el mismo –por expresa permisión de Francisco y de sus kasperianos socios- se esté disponible para resguardar el derecho de los fornicarios, o los “dones” de los invertidos, o los propiciadores de de la perspectiva del género, pero no se atienda al deber de llevar al seno de los hogares católicos el perpetuo sí, sí; no, no que los sustraería de tantas reyertas y les restituiría la paz de saber que la Iglesia ha sido, es y seguirá siendo semper idem.

Somos simples laicos bautizados, sin respuestas para todos los interrogantes. Mucho menos para quienes interrogan con arrogancia, soberbia y anónima cuanto cobarde malicia.

Somos meros sarmientos de la Vid,que si algún mérito tenemos es el de haber advertido, casi en soledad y varios años antes de que el gran mal sucediera, quién era el hombre particularmente dañino y dable a las herejías al que finalmente eligieron para ocupar la Silla de Pedro. Pero no somos el Cónclave, ni el Paráclito, ni los redactores, aplicadores o intérpretes autorizados de la Bula Cum ex apostolatus officio del Papa Paulo IV. No tenemos potestad jurídica ni sacramental para decir más de lo que decimos, y así fuera constatable la tesis de Antonio Socchi, en su inquietante Non è Francesco, a nosotros nos toca rogar para que el Espíritu Santo convierta a los desencaminados o ubique a los desubicados.

Frente a la dura encrucijada apenas si podemos recordar, para nuestra seguridad, consuelo y esperanza, lo que es católico hacer:

- Es católico saber que la infalibilidad ex cathedra no supone impecabilidad de conductas ni de enseñanzas pontificias personales; ni siquiera de enseñanzas religiosas o morales. Ergo, si desde el sitial de Pedro se enseñara el error; si se heretizan proposiciones intangibles o se debilita la inconmovilidad de la Fe y de las costumbres, hay obligación de protestarlo, de confrontarlo y de suspender la ligazón de la obediencia. Porque nunca es legítimo seguir al que me lleva al error. El súbdito, en estos hirientes casos, está facultado a resistir con fundamento, respeto, responsabilidad y seriedad.

- Es católico ilustrarse con la historia de la Iglesia y con las consideraciones de teólogos santos que han alcanzado los altares. No sólo para que la crónica de las tempestades nos ratifique en la certeza de la ininundabilidad de la Barca, sino para constatar que, a muchos de esos teólogos, no causaba escándalo alguno afirmar lo que afirmamos. El admirado Medioevo conoció un florilegio de esos doctos varones de sapiencialiedad teológica, a quienes nunca se les hubiera ocurrido la desviación papolátrica moderna, construyendo el dogma peligroso y absurdo de la omni-inerrancia de todo pontífice y de toda palabra suya.

- Es católico saber que “el humo de Satán ha entrado en el templo de Dios”, constituye sentencia proferida por un Papa. Por quien le siguió esta otra, igualmente grave, según la cual, la Iglesia está “cercada por propias e internas herejías”. De su siguiente sucesor es el lamento rotundo: “Señor, en tu Iglesia, parece que la cizaña prevalece sobre el trigo”. Y hasta es apotegma de Francisco, salido de su boca el 10 de marzo del 2014, que “con Satanás no se puede dialogar”; lección redonda que debería aplicarse a sí mismo y a sus actos. Y que si vemos incumplida ostensiblemente, nos autoriza a la admonición y al grito desde los tejados.

- Es católico lo que hizo el Dante, al suponer que un par de Papas podían estar merecidamene en el Infierno, a causa de sus pecados y deberes incumplidos. Siendo Paulo VI, en 1965, cuando termina el Concilio Vaticano II, el que regaló a cada uno de los padres conciliares una espléndida edición de La Divina Comedia, amén de ensalzar al preclaro poeta con su diáfano documento Altissimi Cantus.

- Es católico saber que la Iglesia admite varias semejanzas, y que no cierra sus puertas. Pero entre las semejanzas que eligió Su Divino Fundador, está precisamente la de la puerta estrecha, a la que es preciso esforzarse mucho por ingresar, porque “una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os quedaréis afuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Y os responderá: No sé de dónde sois” (Lucas 13, 24).

En uno de los textos patrológicos más cargados de símbolos, el Pastor de Hermas compara a la Iglesia con un gran sauce mimbrero, cuyas ramas son muy resistentes, porque aún cuando arrancadas del árbol madre, parecen secas, vuelven a brotar si se las planta en el suelo y se las mantiene húmedas. Sólo brotan y reverdecen bajo estas condiciones y requisitos. No porque sí.

Dios no es un cantor de tangos, enseñaba el Padre Castellani. De esos que, en un arranque de melancolía sensiblera, le dicen a la antigua barragana o al amigote desleal: “está bien; ya que volviste, pasá nomás”. No. Dios es un padre exigente, justísimo y sopesador infalible de premios y de castigos, con la mano de azúcar de su misericordia y la de hiel de su rigor. Por eso, puede arrogarse la decisión de decir “No; no entrarás esta noche. La puerta se ha cerrado para ti”. Eso sí, agrega Castellani. Cuando eso ocurre, Dios no se alegra y puede oírsele cantar esta coplilla gitana:

Algún día has de llamar
y no te abriré la puerta
y me sentirás llorar… 

 - Es católico lo que dice el Catecismo de la Iglesia, en su párrafo 675: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21,12; Jn 15, 19-20) desvelará el ‘misterio de iniquidad’ bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)”.

¿Por qué callar entonces ante la impostura religiosa? ¿Por qué simularla, omitirla, desterrarla de nuestras homilías, de nuestras conferencias o simples conversaciones? ¿Por qué fingir una hermenéutica de la continuidad si la ruptura se ha hecho patente, atravesándonos el costado como un lanzón artero?

- Es católico lo que predicó el ilustre benedictino Dom Prosper Guéranger: “Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en su fe. Mas hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que, todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trate de ciencia o de conducta, de moral o de dogma. Traiciones semejantes a la de Nestorio, son raras en la Iglesia; pero puede suceder que los pastores permanezcan en silencio, por tal o tal causa, en ciertas circunstancias en que la religión se vería comprometida.

Los verdaderos fieles son aquellos hombres que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos, un programa que no es necesario y que no se les debe dar”.

-Es católico hacer penitencia, ofrecer sacrificios y pedir perdón por los pecados propios; y pedirlo incluso por aquellos que los cometen teniendo las mayores responsabilidades en la práctica de la vida virtuosa.

Sí, Señor; te pedimos perdón por el mal ejemplo que da la mayoría de nuestros pastores, cuando decide estar, servilmente, en comunión de errores y de pusilanimidades con el Obispo de Roma. Los enemigos de la Iglesia encuentran en tamañas inconductas motivos de envalentonamiento para multiplicar su contumaz actitud blasfema y sacrílega. Lo vemos en la patria, y lo vemos en el resto de las naciones. Duele, Señor, tanta ofensa. Perdónanos.

- Es católico, a la par, dar gracias por los pastores fieles. Especialmente por aquellos, que con motivo del Sínodo sobre la Familia, han defendido el honor del hogar católico, acechado por la marejada ruin de hipótesis heréticas y de proposiciones abisales. Y que por tan gallarda defensa han sido menoscabados, marginados o destratados por la máxima autoridad eclesial.

-Es católico rezar y eso hacemos. A San Pedro, de la mano segura de Francisco Luis Bernárdez:

Ya que en la piedra inmortal de tu nombre
quiso el Señor afirmar nuestra vida
y edificar con su mano escondida
la verdadera morada del hombre; 

Ya que tan sólo las llaves seguras
que Jesucristo te puso en las manos
pueden abrir a los seres humanos
la bendición de las puertas más puras;

Ya que tu barca es el único leño
que en el naufragio de todas las cosas
flota feliz en las aguas furiosas
para salvar a las almas sin dueño;

Ya que en las olas que el mundo levanta
sobre el dolor de la humana conciencia
sólo es posible esperar con paciencia
en la virtud de tu red sacrosanta;

Pídele a Dios que nos dé con tu llanto
la contrición con que hollaste a la muerte,
antes que el gallo final nos despierte
con el reproche sin fin de su canto;

Que con tu fe que ante nadie se arredra
nos asegure en la tierra cambiante
para que nuestra virtud se levante
con la firmeza de un muro de piedra;

Que nos dispute al abismo del mundo
con el afán de tu red milagrosa
y que en la paz de tu barca gloriosa
tenga lugar nuestro amor vagabundo;

Que nos infunda tu inmensa esperanza
y tu confianza robusta y sencilla
para buscar en tu barca la orilla
que solamente a su bordo se alcanza;

Y que tu barca segura y certera
siga en la noche el mejor derrotero
para llegar por el mar traicionero
a la ribera en que Dios nos espera.



sábado, 18 de octubre de 2014

EL INMINENTE POST-SÍNODO

Salvo sorpresas no previstas, no parece que haya que esperar otra cosa, concluido el Sínodo, que una continuidad en la indisciplina bogante en lo relativo a la práctica sacramental. Bautismo y comunión para todos y todas, sin requisitos, con profusión de escándalos y fandangos, según el estilo impuesto por la mugrienta política local e increíblemente exportado cabe el Tíber. Y es que bajo el auspicio del Papa que no cree en un Dios católico pero sí en un Dios peronista (es más: que considera incompatible la profesión de fe trinitaria con la proposición «Dios existe»), bajo la mirada del pontífice que confunde a la Iglesia con una Unidad Básica, hoy se firmó, luego de encendidas disputas en el aula sinodal tras el matorral de despropósitos consumados en los últimos días, una especie de «alto el fuego» entre los obispos. Fórmula de compromiso si las hay, incapaz de convencer a quien aún conserve un hálito de sensu fidei, fue la carta blandida después de barajar y dar de nuevo a expensas de la pestilencial Relatio post disceptationem del pasado lunes, que urgió la lima por razones obvias.

Pero acá no era cuestión de limas ni de emplastos. A la Relatio, definida con razón  por algunos -aun en su condición de "borrador" exhibido con sospechosa generosidad- como el documento más desgraciado emitido por la Iglesia en los dos mil años de sus existencia, en lugar de repudiarla con inequívoco rigor se le dio lo que entre nosotros y prosaicamente suele llamarse el "baño del polaco", esto es: un lavaje somero, sin mayores exigencias, como para hacerla apenas presentable a la vista de todos. Constan, en el así titulado Mensaje de la Asamblea del Sínodo sobre los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización, pasajes tan inquietantes como los que siguen (las cursivas y los paréntesis son nuestros):

- Los fracasos [matrimoniales] dan origen a nuevas relaciones, nuevas parejas, nuevas uniones y nuevos matrimonios, creando situaciones familiares complejas y problemáticas para la opción cristiana.
- Cristo quiso que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie. (Ni la menor alusión a la parábola de los invitados a la boda (Mt 22, 1 ss), en la que el que asistió sin el vestido de fiesta fue atado de pies y manos y arrojado afuera, a las tinieblas)
- ...en la primera etapa de nuestro camino sinodal, hemos reflexionado sobre el acompañamiento pastoral y sobre el acceso a los sacramentos de los divorciados en nueva unión.
La propuesta que debía ser definitivamente aventada, a lo que indica este último pasaje, sigue en pie. Y las inexactitudes en los términos (cosa que empece gravemente a la misión docente de la Iglesia), por supuesto que también. Caemos en la cuenta de que, pese a la resistencia que provocó la inverecunda Relatio en la mayoría de los obispos presentes (que se muestran aún moderadamente capaces de distinguir el gato de la liebre y no se dejan imponer un escabeche adulterado así no más), la lucha sigue siendo favorable a los más malos, porque no sirve oponerse al modernismo con armas liberales -esto es, con pólvora mojada.

Menos mal que salieron al ruedo algunos de los participantes laicos en la magna asamblea, como la pediatra argentina Zelmira Bottini de Rey, a reconocer que en la malparida Relatio «no fue muy feliz» la redacción de párrafos como el que sostiene (n. 50) que «las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana» porque, asegún la doctora, «en primer lugar (...) se habla de personas homosexuales y, en realidad, la homosexualidad no es algo ontológico en una persona, sino que se tendría que haber dicho personas con tendencia homosexual», siendo «muy importante dejar en claro (...) que todas las personas con orientación homosexual tienen la misma dignidad que todas las personas, porque la dignidad no pasa por la orientación sexual». Era menester, para hablar claro de una buena vez, que la dignidad es, en principio, común a todos los hombres, pero que ésta se pierde, o al menos se vulnera, a instancias del pecado. Y que no hay una irrestricta admisión de todas las "tendencias" en el seno de la sociedad de los elegidos. Para no abundar en que la fumosa categoría de "personas homosexuales" empleada maliciosamente por los autores del pérfido texto está tomada literalmente del Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2359) promulgado bajo Juan Pablo II, que usa de notoria discriminación cuando en los parágrafos pertinentes no aplica la misma deferencia para con las "personas homicidas" o las "personas idólatras".


Con razón cierto político italiano se quejó últimamente de las reticencias que su partido encontraba para tratar el asunto de los "matrimonios" homosexuales: «el debate que se está sosteniendo es más bien humillante, y ciertamente no podemos permanecer un paso atrás respecto del Sínodo y el Papa». A la vanguardia de las proclamas más aberrantes: así la han dejado a la Iglesia ante la opinión pública. Capitanes de este cambio abrupto de fachada, una recua de obispos perversos con nombre y apellido; lansquenetes de los mismos sin acaso saberlo, los prelados emasculados por el post-concilio.

Cundirá ahora, a no ser que Dios nos depare un insospechado giro en los acontecimientos, un adensarse los más fétidos abusos, el desbocamiento de una demencia inclusivista sin reparos. Y el ascenso imparable de aquellos mismos prelados a los que debiera penarse con la portación del sambenito. Una agonía, en fin, que sigue prolongándose, justo cuando esperábamos del Sínodo -pese a toda la impostura de su convocatoria- la criba purificadora. Aunque ellos se quedaran con los templos.

Y es increíble el camino que hizo, como ariete de la entronización del hombre, el remozado concepto de misericordia, desde aquella vidriosa devoción de sor Faustina Kowalska hasta la manipulación definitivamente soez que  Francisco procuró del término, refundiéndolo. Si la monja polaca sentó una disonancia doctrinal, haciendo de la misericordia el principal de los atributos de Dios, lo que hace a su vez a Dios ontológicamente dependiente de su criatura, que es el objeto de su misericordia (Dios debió crear necesariamente al hombre para actuación de ese atributo «principal»), la Iglesia post-conciliar, junto con la rehabilitación de este mensaje que Pío XII y el propio Juan XXIII habían colocado en el Índex, vio en la misericordia el más eficaz salvoconducto de todos los desmanes pastorales y, por ello, doctrinales, mirantes todos a la mayor gloria del hombre. Lo explica inmejorablemente Thibaud Collin: «este concepto de la misericordia se asemeja extrañamente a la tolerancia en cuyo nombre la mayoría de las sociedades civiles de Occidente han roto el amarre, en las últimas décadas, de la ley política con la ley moral. En buena lógica, la legitimación de la excepción arruina simplemente toda norma. La norma, rebautizada "ideal", ya no estorba más a la persona desde el mismo momento en que aparece como reservada para una élite. El llamado universal a la santidad proclamado por el Concilio Vaticano II se convierte en una opción entre otras. Este texto, que introduce un nuevo método, desestabiliza la doctrina cambiando su estatuto. La doctrina pastoral desconectada de la doctrina se identifica con el arte de hacer excepciones a una ley vista como impedimento de la misericordia.»