viernes, 10 de julio de 2015

FRANCISCO DEBE PEDIR PERDÓN

Texto principal e introducción por Antonio Caponnetto

Si los múltiples medios oficiales y oficiosos no se han puesto de acuerdo para fabricar un horrible montaje, todos hemos visto y escuchado a Francisco en Bolivia, este 9 de julio de 2015, diciendo que "la Iglesia tiene que pedir humildemente perdón por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada Conquista de América".

No fue el único extravío grave de palabras y de gestos que tuvo el Obispo de Roma en este viaje por América del Sur, pero sin dudas es uno de los más escandalosos y ultrajantes.

Ofende a la Verdad Histórica, a la Madre España y, sobre todo, a la Iglesia Católica, de la que se supone es su Pastor Universal. Son, en síntesis, las de Francisco, palabras inadmisibles, cargadas de injusticias, de calumnias, de vejámes y de oprobio. Palabras mendaces que alimentarán todo el inmenso aparato mundial del indigenismo marxista, y que se sumarán al proceso de deshispanización y de desarraigo espiritual lanzado contra América Hispana. El daño que ya están provocando es incalculable.

Son muchos los historiadores y pensadores de nota que pueden desmentir fácilmente la temeraria afirmación de Francisco, pues la misma no resiste la confrontación con las investigaciones solventes y eruditas.

Hasta nosotros mismos, movidos por el amor filial a la España Eterna y a la Esposa de Cristo, nos hemos ocupado de este tema hace ya muchos años y desde entonces lo venimos haciendo en la escasa medida de nuestras fuerzas.

Por eso nos parece oportuno reflotar un viejo escrito, el cual -aunque publicado hace ya largo tiempo y sin las muchas actualizaciones que cabrían hacerle para mejorarlo- contiene una síntesis de criterios y de datos que contradicen el sofisma de Francisco.

El Papa debe pedir perdón. Sin duda. Pero no por los supuestos crímenes contra los supuestos pueblos originarios, sino por haber violado la Verdad para agradar al mundo. Debe pedir perdón a la Iglesia, a la Hispanidad, al Occidente y a la Cátedra de la Cruz, profanada por la hoz y el martillo, cuyo símbolo funestísimo le fue entregado por un patán roñoso, y no tuvo el coraje de quebrar a golpes de báculo.

Recemos por él, como lo pide. Pero recemos asimismo por las víctimas de su docencia errática, confusa, engañosa, sincretista y heretizante. Esas víctimas somos todos nosotros. Nosotros, los fieles de a pie, los bautizados, los simples feligreses y parroquianos. Los católicos, apostólicos, romanos.




Tres lugares comunes de las leyendas negras



Introducción 

La conmemoración del Quinto Centenario ha vuelto a reavivar, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada. 

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas. 



El despojo de la tierra 

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista. 

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta. 

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu. 

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento. Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. 

Francisco de Vitoria
Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altos razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. 

Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras. 

Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias. 

Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente. 

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que Ios pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas. 

Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico. 



La sed de Oro 

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con Ios metales preciosos americanos. Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. 

Únicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente -y reprueba- semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos", como decía José Antonio, u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo aeconomicus. 

Pero aclaremos un poco mejor las cosas. 

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No sólo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones financieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. 

Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. 

No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación" ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuicios antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos. De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero seria después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible. 

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y materiales que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña. 

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por qué España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. 

El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores. 



El genocidio indígena 

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas. 

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indios dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas malthussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curioso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su artículo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable. 

Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico". 

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicida como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luís Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. 

La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral", la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. 

La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida. 

Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico. Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos, aunque no con simetría axiológica. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante. Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados. 

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacia otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna. 

La Hispanidad de Isabel y de Fernando, la del yugo y las flechas prefiguradas desde entonces para ser emblema de Cruzada, no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.




jueves, 9 de julio de 2015

UN NUEVO CRONISTA DE INDIAS

Si al Tribuno Mundial de la Plebe le faltaba echar mano de algún otro tópico mendaz con el que acrecer su ascendiente sobre las turbas, la ocasión -previsible y nada calva- la tuvo en su excursión amerindia. No hace falta abundar en aquellas sus palabras que abonan la tan explotada dialéctica "indios buenos-españoles malos": las reproducen multitud de medios, con el regodeo de rigor en casos como éste, en que se alude a la presunta «conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos y saqueados» como causal de la independencia de los países americanos hace doscientos años. Pero de Francisco sabemos algo de cierto, y es su desordenada afición a congraciarse con todos y cada cual mientras esto sirva a encaramarlo: se diría que ante cualquier auditorio -trátese de los indígenas americanos, de una delegación de la ONU, de los balseros de Lampedusa o de una asociación de banqueros israelitas, lo mismo da- él no hace sino oír de boca del mismo, a modo de anhelosa súplica, aquel versículo de Isaías (XXX, 10): loquimini nobis placentia, «habladnos de lo que nos gusta». Y se dispone a complacerlo sin perder oportunidad.

Algo de esta suprema elasticidad de principios tuvimos que reconocerle aquí, aquí y aquí, junto con la notoria predilección por el oficio del flautista-encantador que va engatusando incautos con sus sones. Recordamos haber leído en otro blogue una hipótesis sobre el mimetismo de su personalidad, debatiéndose siempre todos entre la clave plenamente intencional y zorruna de sus oscilaciones y la interpretación patológica de las mismas. Es posible que la una no contradiga a la otra, y que el recurso a la lisonja del oyente, movido por la inicial avidez de poder y gloria mundanos, acabe por connaturalizarse hasta el trastorno psíquico. Como tampoco cabe excluir la más que plausible eventualidad de estar actuando de común acuerdo con los lobbies que crean la opinión pública y orquestan el inmediato devenir político del mundo.

 Las Casas debiera escribir hoy una
«Brevísima relación de la destrucción de
la fe, no menos que de la verdad histórica»
Hecha abstracción de lo cual, y para sólo ceñirnos al tema «conquista e independencia de América», nos pareció oportuno y justo trascribir unas pocas líneas que replican victoriosamente el discurso denigratorio de Bergoglio. Son de Vicente Sierra (Así se hizo América, Dictio, Buenos Aires, 1977), y muy aptas para evidenciar en qué estriban las falencias del rupturismo histórico, tal como lo propició la facción liberal-iluminista que actuó detrás de la bicentenaria revolución cuyos mitos siguen siendo servidos en las escuelas -y ya incluso en los discursos papales. Lo que desconocen los historiadores más o menos aficionados y más o menos reos del actual clima espiritual de desarraigo, es que «es imposible considerar al hombre separado de la profundísima realidad histórica, y ésta se adentra en lo más hondo de la existencia, en sus mismos fundamentos, para revelar lo más auténtico de la realidad». Y que por indispensable que sea la heurística, la compilación de datos, en la conformación del juicio histórico, pues la historiografía necesita «del documento, de las fuentes, de los datos [...], quien sólo se atenga a ellos no verá nunca la verdad, esa verdad que debe vivir en el ser mismo del historiógrafo, mediante la cual se puede identificar íntimamente con los hechos del pasado por el nexo indisoluble de la tradición. Por muchos documentos que se pusieran en manos de un hindú para escribir la historia de la labor de España en el Nuevo Mundo, no se lograría que comprendiera el sentido espiritual de la misma». Es lo que ocurre cabalmente con un papa adscrito a las formas más rudimentarias y bastas del historicismo, cuyo veneno lo ha vuelto mental y emocionalmente ajeno a la institución que se le ha otorgado gobernar.

Aparte de faltar habitualmente a la verdad, el evolucionimo histórico incurre en frecuente inconsecuencia al abordar el capítulo americano. En efecto, ni aun reconociendo que la Conquista permitió a los aborígenes remontar un abismo cultural de tres mil o más años con el europeo (las culturas inferiores locales no habían superado el neolítico, y las superiores desconocían el uso del hierro), ni siquiera constando acabadamente la superioridad de las instituciones político-sociales a las que los naturales fueron integrados desde el mismo momento en que estas tierras pasaron a constituir Reinos incorporados a la Corona de Castilla, el juicio que todo esto suscita a sus adeptos no deja de ser paradójicamente negativo. Sigamos a Sierra: «el gran drama de la Conquista es que el indio carece de conciencia histórica; es un ser sumido en el destino, pero que no ha salido del estado de naturaleza. La dificultad con que tropieza el misionero es que el indio carece de nexos tradicionales que le permitan reconocer las tesis liberadoras que el evangelizador lleva consigo, y error de casi toda la historiografía americana es no haber medido la magnitud de esta circunstancia. No bastaba decir al indio: "tú eres libre; tu libre albedrío te permite realizar en eta vida tus fines terrenos y eternos"; el indio no podía entender ese lenguaje, porque el problema de la libertad no existía en él. Esas palabras expresaban un dinamismo histórico que no podía captar el indio, carente de conciencia histórica». Situación talmente reconocida por los capitanes de la Conquista como para suscitar pronto largas discusiones entre los juristas peninsulares acerca de los justos títulos de la misma: el hecho de que prevalecieran quienes sostenían el deber antes que el derecho de conquista expresa a suficiencia cuánto el acento estuvo puesto antes en el beneficio de los naturales que en el de la Corona o de los aventureros. De ahí también la absoluta extemporaneidad en el transponer la monserga libertaria de nuestros aciagos tiempos post-cristianos a los días previos a Colón. Las "ideas cristianas que se volvieron locas", ni locas ni cuerdas hubieran tenido cabida en las mientes de los súbditos de Moctezuma o de Atahualpa.

El acabose, o la cruz hecha de hoz y martillo,
regalo de Evo Morales a Francisco
Estas son, aplicadas al caso americano, algunas de entre las aporías del historicismo en el que han sido formadas, volens nolens, las cabezas de los últimos pontífices, y que en Francisco encuentra la más grosera y eruptiva de sus derivas. Frente al repudio hodierno de los imperialismos, puede comprobarse el voraz apetito imperial de los reyes aztecas e incas, por el que los pueblos que les estaban sometidos saludaron con entusiasmo la llegada de los españoles; frente al rechazo de la esclavitud, su rigurosa vigencia en toda la latitud del Nuevo Mundo; frente a la hoy tan clamoreada conciencia del derecho de los más débiles (mujeres y niños), ahí están la poligamia y los sacrificios de niños al dios Sol, no menos que costumbres terribles como aquellas que describe el jesuita padre Florián Paucke relativas a los indios mocovíes del Chaco: «cuando la mujer del indio ha dado a luz y el padre no puede detenerse en el lugar del alumbramiento, bien sea por carencia de alimentos o por un próximo largo viaje, ordena a su mujer de matar al niño, orden que ella observa puntualmente». Las costumbres del infiel todavía vigentes en la segunda mitad del siglo XIX, tal como las refiere el Martín Fierro, no dejan de asombrar por su inhumanidad. No hay nada que exaltar en aquel mundo sumergido en hoscas tinieblas, deseoso de una redención que al fin llegó, al menos mientras duró la impregnación católica de América.

«La primera ley de la historia es no atreverse a mentir, la segunda, no temer decir la verdad» es una conocida sentencia de León XIII que su lejano sucesor en nuestros días tiene acaso tan por indescifrable como el contenido mismo de su fe.

jueves, 2 de julio de 2015

APOCALYPSE NOW

Si los cristianos que vivan para asistir a la Parusía, por un especial privilegio, habrán de verse libres de las penas del purgatorio -ya que la venida en gloria del Señor será para el Juicio y la separación definitiva de «corderos» y «cabritos», sin mayor prolongación de las penas temporales, que sólo las eternas quedarán para el lote de los réprobos-, es admisible, por lo mismo, que las pruebas y penalidades por las que tendrán que pasar acá abajo antes de su reunión con Cristo serán especialmente arduas, tales como para remover de ellos ese reato que debiera pagarse en el lugar de la purificación. De πῦρ (pyr = «fuego», y también «fiebre elevada») se derivan «purificar» y «purgar»; de allí también «pira». Tal el purgatorio en vida, tal la hoguera que el Señor ha de encender en las almas de quienes lo esperen de veras, los corazones ardiendo por la instauración de esa justicia que el mundo desconoce y se complace en afrentar.

La misma fe constituirá entonces, en sí misma, una dolorosa prueba, y el confesar a Cristo sin tropiezos ni trampas será como un imán de infamias, causal de la muerte civil y de una proscripción sin atenuantes, porque quizás nunca como entonces vaya a verificarse la profecía de Simeón: «Éste será una bandera discutida» (Lc 2, 34), con una abrumadora mayoría de impugnadores en todos los cuatro puntos cardinales y una opinión pública prolijamente desafecta a las promesas de la Cruz.

Esto que expresamos en tiempo futuro casi como por un prurito estilístico -y así lo hicieron no por pruritos sino por razones cronológicas tantos autores eclesiásticos que abordaron el capítulo esjatológico desde el tiempo de los Apóstoles hasta ayer nomás- hoy ya goza de rigurosa actualidad, como que también la gran apostasía anunciada por el Apóstol se halla tan ante las retinas que no necesita demostrarse. El carácter desolador de la gran tribulación en ciernes ya nos había sido advertido a suficiencia: el padre entregará al hijo a la muerte y el hijo al padre. Porque ni siquiera cuentan ya, para salvaguarda de los fieles, los poderosos vínculos naturales -los mismos que, elevados por la gracia, pudieron subordinarse dócilmente al bien común sobrenatural durante aquel milenio que vio realizarse aquel orden social que llamamos cristiandad.

Tomando de ella un rasgo parcial de elevado valor simbólico, la modernidad podría definirse como aquel período en el que los judíos -esa minoría religiosa hostil a Cristo- salieron del ghetto para que ingresaran al mismo los cristianos, cada vez menos influyentes en los asuntos temporales, en contraste con el poder creciente de los del Talmud. Y aun por poco ni ghetto queda ya para los católicos, pues a causa de los rigores del asedio aquellos que salieron a firmar una tregua con los sitiadores nunca volvieron, una multitud desertó con ciega prisa, o bien las puertas de la espelunca fueron abiertas de par en par al enemigo. Hoy ser católico es ser un paria, y quizás como nunca antes la imitación de Cristo se cifra en aquel «no tener dónde posar la cabeza». La communio sanctorum se vuelve tanto más un artículo de fe cuanto deja de hacerse accesible a los sentidos, y contemplar el estado de la Iglesia para luego volver a afirmar sus cuatro notas, el credo «in unam sanctam catholicam et apostolicam...», obliga a adjuntarle al Símbolo un a modo de estrambote, un exabrupto a lo Tertuliano con gusto a sobrenatural porfía: «credo quia absurdum».

Patentes las nuevas circunstancias -digamos, "culturales"- resulta un horror indescifrable que la Iglesia que otrora supo oponerse a las glorias que el mundo antiguo podía ostentar como propias, la misma Iglesia que pudo refutar las ingeniosas calumnias de un orgulloso pagano como Celso, o que logró aguantar la embestida repaganizante de Juliano el Apóstata, capitule hoy ante un mundo semibárbaro y decrépito, cría bastarda de esa pelandusca llamada Revolución. ¿Cuál es el vigor que asiste a este enemigo hodierno como para que los cristianos deban adoptar medrosamente sus modismos y sus flacos paradigmas? Dotados de un lenguaje hoy irreconocible, aquellos obispos ecuatorianos de tiempos poco posteriores a García Moreno sabían señalar el tumor sin miramientos: «el liberalismo [...] forma una atmósfera infecta que envuelve por todas partes el mundo político y religioso [...] Falsea las ideas, corrompe los juicios, adultera las conciencias, debilita los caracteres, enciende las pasiones, somete a los  gobernantes, subleva a los gobernados y, no contento de apagar (si eso le fuera posible) la llama de la Revelación, se lanza inconsciente y audaz para apagar la luz de la razón natural» (Carta pastoral de los obispos del Ecuador a sus diocesanos, 15/7/1885. Citado por monseñor Marcel Lefebvre en «Le destronaron»). Muerto el perro, muerta la rabia: sin uso de razón no habrá fe, pues a ésta le faltarían sus preambula. 

La impotencia de la voluntad y la corrupción de la inteligencia, fruto de aquella siembra, ha llevado recientemente a afirmar que «entre un 90 y un 95 % de la población mundial no es capaz de pensar» (fuente aquí). Y aunque las nuevas camadas de científicos, obnubilados ante los pliegues y repliegues de la corteza cerebral, se caractericen por poseer lo contrario de la ciencia -que es el conocimiento de las cosas por sus causas, y éstas permanecen obstinadamente en la penumbra-, y aunque atribuyan la debacle racional-cognitiva a la escuela, sin especificar que de la escuela liberal se trata, la descripción fenoménica es del todo veraz, y hace más deplorable la defección de la inteligencia católica ante un oponente tan endeble. Porque la difusión del liberalismo tres o cuatro generaciones atrás produjo la estirpe humana que hoy campea: ludópatas, sexópatas, adictos a las drogas, cautivos del magnetismo de la pantalla ubicua (que ahora cabe en un bolsillo), giróvagos, flojos y militantes de izquierda. Antes de reinar por su vicario, Satanás se habrá esmerado en estupidizar a los hombres.

Esto que es pura debilidad vino inopinadamente a trocarse en fuerza a causa de la apostasía, que es el mayor de todos los males, al punto de otorgar acrecido ímpetu a los cadáveres si éstos osaran combatirnos. A no ser por la advertencia de La Salette, era todavía muy osado hacia mitad del pasado siglo predecir lo que Castellani puso en el Benjamín Benavides, ya sintetizado por el mismo en una copla de «La muerte de Martín Fierro»:

"Hacia aquí -me dijo un día-
(mirando a Roma me atristo)
volvió su faz Jesucristo
cuando iba a subir al cielo,
y es en este mismo suelo
que reinará el Anticristo".


Pero el Concilio adogmático; la misa amputada y semiprotestante; las nuevas doctrinas sobre libertad religiosa y "sana laicidad"; las oraciones interreligiosas convocadas por los mismos pontífices, con cesión de basílicas para ritos animistas; los pedidos públicos de perdón por las Cruzadas y la evangelización de América; la promoción constante de elementos heréticos a las sedes episcopales, a las universidades católicas, a los dicasterios romanos... todo esto que sesenta o setenta años atrás hubiera podido creerse digno de figurar en los planes de acción de una remozada Alta Vendita, hoy se ha visto con creces confirmado. ¿Quién iba a creer, verbigracia, que aquel célebre verso de Virgilio que recordaba al romano el mandato de regir a los pueblos, luego mejor explicitado y llevado a su plenitud de sentido en el imperio espiritual de los papas, viniera a rendirse al nuevo principio de la colegialidad por el que Roma se disuelve en el parlamentarismo moderno, cuando no acata servilmente los programas de la ONU, que suponen más que política, una religiosidad pervertida? ¿Quién iba a imaginar a una Jerarquía emasculada en bloque con la guillotina de la Revolución, cuyos sujetos trocaran la predicación del Evangelio por la de ese fetiche que llaman «diálogo»? ¿Y quién, por ebrio que estuviese, hubiera aventurado que, a medida que aumentara para los discípulos de Cristo el dramatismo ínsito en la profesión de la fe a causa del adensarse las tinieblas en torno de la escasa luz, los obispos, vejetes impudorosos, se mostrarían dando pasitos de baile en saraos masivos y el pontífice descubriría su tardía vocación de bufón, exhibiendo sus carcajadas con despreocupación digna del mármol?

Espanta notar con cuánto esmero corren a adoptar el papel del traidor y lo ajustado que les sienta el protagonismo esjatológico. Como monseñor Vicenzo Paglia, presidente nada menos que del Consejo Pontificio para la Familia, quien, interrogado sobre la presencia de yuntas de homosexuales en el venidero Encuentro Mundial de las Familias (Filadelfia, EEUU, 22 al 27 de setiembre), respondió como quien cuenta con ancho respaldo a sus bravatas: «estamos siguiendo el Instrumentum laboris del Sínodo al pie de la letra. Todos pueden venir, nadie está excluido. Y si alguien se siente excluido, dejaré los noventa y nueve corderos e iré a buscarlo». No se detienen ante nada estos malditos, ni siquiera ante la exposición sacrílega de las palabras de Cristo.

Notable resulta entonces, en este acelerarse de los tiempos y en esta muy presumible proximidad del desenlace, aquello que escribía Federico Mihura Seeber muy pocos meses antes de la renuncia de Benedicto XVI. Después de señalar cuánto el espíritu del Anticristo impregna visiblemente ya las costumbres y la legislación civil, no menos que el culto católico pervertido y cada vez más dirigido al hombre, lo único que faltaría es que ese espíritu "cuajara" en las dos Bestias retratadas en el capítulo XIII del Apocalipsis (entendiéndose por ambas dos personas individuales, que no dos "cuerpos sociales") debiendo aguardarse en primer término la manifestación de la Bestia de la Tierra, el pontífice de Satanás, como precursor de la otra Bestia, el emperador de todo el mundo. «Y ello porque el Anticristo mismo, para manifestarse como Supremo, debe hacer valer el principio de la arkhé, o de la primacía ostensible, que nuestra cultura política todavía rechaza, porque vigen aún en ella los principios del igualitarismo democrático. Y, en cambio, para su ministro religioso, no. Porque éste no necesita, para ejercer el poder, apelar a ninguna "superioridad". La hipocresía de los nuevos fariseos sabe algo de esto. Ya que los modos clericales en el ejercicio de la autoridad, amparados en el título de "servidores de los siervos de Dios", pueden acompañar, con modos untuosos y condescendientes, la más despiadada arbitrariedad en el gobierno de los feligreses y de sus pares» (El anticristo, Samizdat, Buenos Aires, 2012).

Capirote para el incógnito.
Ningún milagro
A lo que agrega (luego de reconocer que «en el ámbito de la Jerarquía católica [...] ya podría espigarse más de un candidato al cargo»), un muy lúcido pronóstico -veremos si corroborado o no al salir Ratzinger de escena, a cuyo respecto quede implícita la oportuna matización del juicio que sigue-: «esta Bestia Segunda tiene, pues, expedito el camino para su manifestación. ¿Será un obispo católico legítimo, como aventuran Castellani y Soloviev, un cardenal en funciones, o un nuevo Papa o Antipapa? No anticipo, por mi parte, nada. Pero, ¡atención al próximo Cónclave! Porque si del anterior surgió imprevistamente un papa refractario a la "línea general", y que supo retrasarla bastante, su elección fue, a mi entender, un milagro. Y no creo que se le pueda pedir al Espíritu Santo que repita el milagro».

viernes, 19 de junio de 2015

DE LO MALO, LO PEOR

El nuevo decálogo, o los diez consejos del papa Francisco para hacer feliz a la Madre Tierra


Es cierto: lo más grave de la reciente encíclica no reside en la adopción de una controvertida hipótesis científica que ni siquiera roza los contenidos de la fe y la moral cristiana, ni en el empleo -a todas luces abusivo- de un instrumento del Magisterio para convencer a los hombres que separen la basura orgánica de la inorgánica o que eviten derrochar electricidad, ni en la fatigosa transcripción de enteras páginas del manual escolar de ciencias naturales. Todo esto no es poco, y en todo caso señala el paroxismo de un «estilo» adoptado por los últimos pontífices, que ya se distingue netamente de lo que antaño se conocía como «carta encíclica». Ésta, que no significó sino la adaptación a los cambiantes tiempos de lo que otrora fueran las bulas pontificias, aparece después de la Ilustración como un instrumento para pertrechar a las conciencias cristianas -extendido ya el alfabetismo y la pública propaganda de opinión- de un bagaje con el que afrontar los ataques de las "Luces" y el racionalismo. Hemos leído por ahí que
las encíclicas del siglo XIX y el primer siglo XX son lúcidas y claras. Su propósito es exponer la doctrina católica y defenderla de los errores modernos, cosa que cumplieron admirablemente. Rememorando documentos como la Pascendi, Quas Primas, Casti Connubii y otros, se puede inmediatamente recordar la esencia de los mismos y la fuerza de sus argumentos. Pío XII enseñaba que la encíclica era el medio normativo por el cual el Romano pontífice ejercía su oficio de enseñar. No se puede decir lo mismo de las modernas encíclicas: ¿quién podría resumir fácilmente lo que tratan la Redemptor Hominis o la Populorum Progressio sino en los términos más vagos?
En esencia, la encíclica post-conciliar no sabe lo que quiere ser a medida que se va desenvolviendo. Los papas han continuado utilizándola como un medio de enseñanza, pero en vez de enseñar en qué consiste la doctrina católica, [las encíclicas] se han crecientemente convertido en la ocasión para que los papas expliquen porqué la doctrina católica es lo que es.
Esto no es enteramente malo: fides quaerens intellectum, ¿cierto? Pero en algún punto del camino parece que los papas dejaron perder el aspecto declarativo de la encíclica con la esperanza sobremanera optimista de que si pudiésemos solamente explicar nuestra doctrina al mundo -simplemente haciéndolos caminar a través de nuestros pensamientos, paso a paso- entonces quizás el mundo aceptaría el mensaje cristiano. Quizás si apenas "propusiéramos" humildemente nuestra razón para creer en vez de declarar que "poseemos" la verdad, ¿no nos mostraría el mundo su reciprocidad, no entraría en un "diálogo fructífero" con el cristianismo de manera de enriquecernos mutuamente?
Con cuánta razón exponía entonces Rafael Gambra que «la nebulosa dogmática de estos tiempos deja paso a una comunidad en el quehacer por el bien de la humanidad, pacífica y feliz, a cuya consecución la Iglesia parece dirigir todos sus esfuerzos y prédicas. Prédicas que dejan de ser exposición de las enseñanzas eternas que elevan a la contemplación de Dios para convertirse en informaciones sobre el estado del mundo y en llamamientos a la acción». Esto, evidente en los engendros firmados por las Conferencias Episcopales, no dejaba de serlo -aunque con algún decoro proporcionado a la investidura- en los documentos papales del post-concilio. Francisco hereda esta propensión verborreica y la lleva a su culmen -léase: al delirio de la beodez.

Pero entonces no: ya no es el consabido riesgo del errar por hablar de más, ni el de malbaratar los contenidos de la fe en un imposible diálogo con ese mundo que -testigo la Escritura- «yace bajo el poder del Maligno». No son ni siquiera los solecismos y los tropiezos argumentativos recurrentes en un pontífice que no nació para doctor: lo más grave de la eco-encíclica es esa igualación de todas las religiones sugerida por la doble oración final, una para uso de católicos y otra para el resto. Igualación anticipada en puntos como el 62 («no ignoro que,
en el campo de la política y del pensamiento, algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador o la consideran irrelevante, hasta el punto de relegar al ámbito de lo irracional la riqueza que las religiones pueden ofrecer...»), en los que habla en defensa de todas las religiones en su conjunto, como abogado de todas ellas. O el 217, en el que insta a «algunos cristianos comprometidos y orantes» a una «conversión ecológica» que completaría las deficiencias del Evangelio. En fin, por toda síntesis de las bondades que deben reconocérsele a la doctrina de Jesús, brilla una cita lapidaria: «la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida» (222).

Por supuesto que a todas estas naderías nos tiene acostumbrados a través de sus sermones diarios y las entrevistas que concede para escándalo de las conciencias católicas. Pero no bastaba con un pontífice que hablara como superior del Gran Oriente: era menester que -por aquello de que scripta manent- cifrara su mensaje por escrito. Así ha de placer a la Autoridad política mundial evocada en el punto 175 (a quien el autor de la Laudato sii arde en ganas de secundar como chamán), que sin dudas prefiere ver refrendado en el papel, convalidado por la imprenta vaticana, aquel viejo proyecto de la fusión de todas las creencias.

jueves, 18 de junio de 2015

UN DESECHO, UN PURO DESPERDICIO

En atención al futuro de las especies, no menos que en implícita alusión a las cualidades de hombres como Bergoglio y su escriba el «Tucho» Fernández -ambos de suceso inexplicable si hubiese que juzgar por sus talentos-, la nueva encíclica podría ir encabezada por este acápite genial de Gómez Dávila: se avecinan las épocas en que sólo podrá sobrevivir lo que repta. Rastrero el destino de una humanidad globalizada a golpe de consigna, disciplinada bajo la capa de plomo de axiomas engañosos, sin ya el menor adarme ascensional, sin alguna dilección celeste; rastrera la comandancia del ínfimo entre los parvenus, coronado tras décadas de paciente selección inversa.

Unas pocas consideraciones al vuelo -relativas apenas a lo que podría llamarse "rasgos de estilo"- ya que la administración de este espacio nos obliga ingratamente a detenernos siquiera un rato en unas páginas que no son para leídas ni que sea bajo amenaza de fusta. Primero: la profusión de obviedades, como en aquel nº 22 que incorpora al magisterio la lección de ciencias naturales de tercer grado: «las plantas sintetizan sustancias nutritivas que alimentan a los herbívoros; éstos, a su vez, alimentan a los carnívoros, que aportan importantes cantidades de desechos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales». Una risueña selección de obviedades de este tipo, con sus merecidos cáusticos comentos, puede leerse en The Wanderer. Segundo: los imprevistos saltos de tono, como cuando después de describir con el más parsimonioso recurso a los lugares comunes los problemas de los países subdesarrollados al momento de afrontar las catástrofes telúricas y la deuda externa, prorrumpe en románticas expresiones del tipo de «estas situaciones provocan los gemidos de la hermana tierra» (53). Tercero: la fumosa impronta panteísta, como en pasajes (67) como aquel en el que, en referencia al libro del Génesis, se recuerda el mandato de «cultivar y custodiar» el jardín del mundo. «Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre ser humano y naturaleza», sic, como si la naturaleza, así, en general, estuviese dotada de espíritu como el hombre -único éste entre los seres, en rigor, dotado de responsabilidad. Todo el texto, pese a las inevitables concesiones a la dignidad peculiar del hombre, rezuma este vaho panteísta que hace del hombre un ser más entre los seres. Cuarto: el altruísmo inmanentista, como cuando, al tratar del episodio de Caín y Abel y el primer homicidio, concluye: «soslayar el deber de mantener una relación correcta con el prójimo, hacia el cual tengo el deber del cuidado y la custodia, destruye mi relación interior con mí mismo, con los demás, con Dios y con la tierra» (70). Como se ve, Dios aparece en tercer lugar, recién después de mí mismo y el prójimo y apenas antes de la tierra, lo que podría justificar una reversión del orden del doble mandato, ahora a enunciarse así: «amarás al prójimo como a ti mismo y al Señor tu Dios con todas tus fuerzas». Por lo demás y en estricto rigor, consta que el desorden de Caín comenzó por su desordenada relación con Dios, a quien le ofreció un sacrificio no acepto.

Esto, sin el menor ánimo de rebasar más que una tercera parte del indigesto: sin dudas lo siguiente debe abundar en no más gratos hallazgos. Hemos leído al pasar, en otras reseñas, que pese a las justificadas y a menudo también obvias críticas al modelo de producción capitalista, la encíclica señala que el derecho natural a la propiedad privada (que la Iglesia siempre sostuvo como inviolable y como garantía de la dignidad del hombre) debe subordinarse a la "función social" y a los "derechos de los desposeídos", lo que implica la eventualidad de tener que negar este derecho. Ya sabemos a cuántos siniestros despojos y a cuánta granjería de burócratas condujo la impostura marxista para que nos vengan con este cuento. También se ha notado el aparente contrasentido en deplorar las políticas antinatalistas impuestas a los países pobres con el tributo implícito a Jeffrey Sachs, neo-malthusiano de cabecera de Francisco y apóstol de la llamada "salud reproductiva" y del derecho al aborto, e impulsor de la indemostrable hipótesis de la causalidad humana en el presunto «cambio climático» (hipótesis que anima de punta a punta al documento). Bien han recordado en Infocaótica que «el Magisterio no tiene competencia en los aspectos estrictamente científicos y técnicos» porque «ni la Iglesia, ni ciencia alguna, puede aportar la solución definitiva de un problema cuyos datos se renuevan constantemente». Resulta por lo menos paradójico que a la Iglesia se le haya endilgado el cargo de haberse supuestamente inmiscuido en discusiones científicas durante el proceso a Galileo (proceso que, en realidad, no versó sobre la teoría heliocéntrica) y que ahora se la inste a tomar parte en las disputas sobre esta materia. Capítulo aparte, en punto a contrasentidos, merece el impulso a una llamada "ecología integral" en la que quepa la continuidad de las migraciones masivas, según consta habitualmente en el demagógico discurso de Francisco.

Horroriza el ver citados como autoridades a Teillard de Chardin y a la «Carta de la Tierra», no menos que aquel parágrafo 175, en el que se repite una escabrosa iniciativa común al menos a varios de los pontificados post-conciliares: «el siglo XXI, mientras mantiene un sistema de gobernanza propio de épocas pasadas, es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política. (…) Como afirmaba Benedicto XVI en la línea ya desarrollada por la doctrina social de la Iglesia, "para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, Juan XXIII" (subrayado en el original)». Habida cuenta de que no estamos ya en tiempos del Sacro Imperio, ¿de qué signo puede llegar a ser esa mentada «Autoridad» añorada por los últimos pontífices? (Un detallado comentario a este deseo puede leerse en el capítulo 13 del Apocalipsis.)

Ahora falta esperar la apoyatura cinematográfica de la imagen del Papa eco-paladín, la pantomima del justiciero orbital opuesto a los intereses más desorbitados, los mismos que se esmeran en dorarlo. Por lo pronto ya circula el anticipo, tan ridículo como el sujeto homenajeado:
 



Hace unos meses publicamos una entrada anticipando lo que Francisco omitirá decir en su encíclica. No era arriesgada la predicción, se entiende, que el rey está desnudo desde su primera aparición pública, pero allí -entre otras omisiones cantadas- se recordaba la necesidad de recuperar el concepto clásico de naturaleza, entendida no sólo unívocamente como el «conjunto de todos los seres creados» sino también como «esencia en tanto principio de la actividad», lo que implica reconocer las leyes inherentes a lo real -incluidas las leyes morales, que signan como contrarias a la naturaleza a las aberraciones sexuales, tan sistemáticamente soslayadas por Bergoglio. La difusión de Laudato sii confirmó las peores expectativas a este respecto.

En la primera encíclica de la historia no dirigida, según es uso, «a los obispos, el clero, los religiosos y fieles en general» sino más genéricamente «a todas las personas de buena voluntad», aquel mismo que detenta el cargo de Sumo Pontífice llega a preguntarse: «¿por qué incluir en este documento [...] un capítulo referido a las convicciones de fe?» (62). Apaga y vámonos, que esto ya es el mundo al revés, y la principal entre las especies en extinción es la fe misma.

La «cultura del descarte», frecuentemente censurada en el texto, resulta el sustrato mismo de una encíclica -como era previsible- descartable. Un desecho, un detritus al que no le cabe ni siquiera el mezquino honor del reciclado.

lunes, 15 de junio de 2015

A 60 AÑOS DE LA QUEMA DE LAS IGLESIAS

Profanación del Sagrario en la Catedral de Buenos Aires
La responsabilidad de Perón -nunca más consonante con Nerón que aquella noche- debiera estar fuera de toda duda. La quema de los templos y la curia porteña durante la madrugada del 16 de junio de 1955 podría, en el mejor de los casos, no tenerlo por instigador directo -según protestan no pocos peronistas contumaces, fundándose en aquellas presuntas palabras del jefe a los hombres del Ejército: «tomen medidas, porque éstas son bandas comunistas que están quemando las iglesias, y después me lo van a atribuir a mí» (entre paréntesis, no importaba en primer lugar atajar el sacrilegio, sino salvar la propia fama). Pero la comprobada participación del vicepresidente Tessaire (masón para más señas, a cuyas órdenes partieron desde el Ministerio de Salud Pública y otros edificios del gobierno varios grupos hacia los templos luego siniestrados) no exime al General de suficiente incumbencia en lo que vino. La inacción de los bomberos y las fuerzas públicas que hubieran podido destacarse para ahogar las hogueras acabó de estamparle la firma al estropicio. Por lo demás, el propio Perón, años más tarde desde su exilio madrileño, se encargó de pedirle al arzobispo local el levantamiento de la excomunión fulminada en el tiempo de los hechos por hallarse "sinceramente arrepentido" de los mismos. De lo que cabe indirectamente colegir su dirección: nadie puede estar arrepentido de aquello que no hizo.

Con todo, si hubiera que atribuir la quema de los templos a enemigos de Perón que hubiesen querido involucrarlo en unos hechos cuya gravedad dañara irremisiblemente su nombre, lo cierto es que se buscó perpetrar algo que fuera verosímil atribuirle. Los ataques sacrílegos, con o sin la autoría de Perón, fueron precedidos de parte del gobierno por una escalada de medidas claramente lesivas de la identidad católica de la nación: supresión de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, sanción de la ley del divorcio vincular, convocatoria a una reforma constitucional para imponer la separación de la Iglesia y el Estado. Para desafiar más groseramente a la autoridad eclesiástica y corromper la moralidad pública, no se dudó incluso en ordenar la reapertura de los prostíbulos, clausurados por décadas.

Así, luego de haber sumido a las masas en perdurable infantilismo por el recurso del culto al líder, Perón sumó a su causa a todos aquellos elementos supérstites o herederos de la marejada anarco-socialista y anticlerical que habían llegado a la Argentina desde las últimas décadas del XIX a expensas del programa masónico-liberal, y logró que proyectasen muy avante su furor anticristiano. Que bien lo dijo Desiderio Fierro en aquellas coplas: de Uropa nos vino todo / lo malo como lo güeno. Hoy queda, como fruto, una infeliz postración y una total amnesia de nuestro patrimonio espiritual, coronada no sólo por la definitiva corrupción de la política sino también -cruel ironía- por la insospechada irrupción de la figura del Papa peronista, exponente perfecto de las más aborrecibles cualidades de su mentor.

Cuando hace diez años un grupo de católicos de bien se resolvieron a conmemorar el cincuentenario del múltiple sacrilegio y ofrecer la debida reparación visitando una por una las iglesias antaño incendiadas, las puertas de las mismas (pese a la lluvia y el frío invernal) les fueron cerradas sincronizadamente, de manera que no les fue posible orar ante los respectivos Sagrarios. Era arzobispo el cardenal Bergoglio. Este año, cumpliéndose sesenta del artero ataque, se ha lanzado pareja convocatoria de la que queremos hacernos eco desde acá. Que el Señor llene los corazones de los asistentes con el santo celo de su Gloria.




A 60 AÑOS DE LA QUEMA DE LAS IGLESIAS

por Antonio Caponnetto


                                                                                                  "En lo alto la mirada
luchemos por la patria redimida"

Iglesia de San Ignacio tras el ataque sacrílego
       
La noche del 16 de junio de 1955, varios templos porteños fueron incendiados y profanados, amén del Palacio Arzobispal, Santo Domingo y San Francisco, la Capilla de San Roque, San Ignacio, La Merced, San Miguel Arcángel, La Piedad, Nuestra Señora de las Victorias, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, San Nicolás de Bari, San Juan Bautista, y la misma Catedral Primada.

“Noche de la Pasión de Jesús en Buenos Aires”, fue llamada aquélla. Noche trágica del sacrilegio, de la blasfemia, de la destrucción y del pecado.

Junto a la Eucaristía pisoteada, los sagrarios rotos, los altares mancillados, los cálices ultrajados, las imágenes sacras deshechas y vejadas, no pocas reliquias patrias sufrieron el mismo y endemoniado castigo. Desde las tumbas de los héroes hasta las banderas nacionales y los trofeos de guerra.

Perón y su gobierno; Perón y sus secuaces, por acción y omisión, fueron los responsables directos de esta grave iniquidad, corolario maldito de una política anticatólica explícitamente alimentada por la masonería.

Política anticatólica, antinacional y masónica –quede en claro- que continuaron con las mismas culpas quienes desde 1956 se adueñaron de la caída del peronismo. A nosotros no nos engañan ni los "nacionales y populares" ni los "libertadores". Detrás de los dos bandos asoma el mismo amo.

Pocos, lo presentimos con dolor, querrán recordar los 60 años de aquella jornada odiosa y envilecedora. Pocos querrán tener frente al aniversario un gesto expiatorio, devocional y orante. Pocos querrán dejar siquiera un cirio ante el Santísimo, en señal de desagravio, u ofreciéndose penitencialmente al pie de las imágenes de Nuestra Señora.

Tal vez callen los prelados, enmudezcan los templos, y queden amnésicos algunos o muchos de quienes fueron entonces protagonistas del drama. Tal vez no -y lo deseamos- si el Espíritu Santo sostiene con sus dones a quienes están obligados a hablar. Empezando por el Papa que, como argentino, debería pronunciar al respecto una palabra justa y veraz, en vez de recibir complacientemente a los herederos de los incendiarios.

Sea como fuere, nosotros recordaremos y rezaremos con renovada fidelidad a Jesucristo. Y hemos de pedirle al Dios de los Ejércitos que nos conserve la lucidez para comprender y el coraje para resistir. Comprender que los ataques a la Iglesia no han cesado. Las llamas y los destructores del presente son tan dañinos como aquel fuego que carbonizó las estatuas y convirtió en cenizas los misales y los atriles.

Los saqueadores de hoy –herederos ideológicos y partidarios de los de ayer- hacen de la Iglesia el blanco predilecto de sus insidias y persecuciones. Esta vez, para mayor penuria, con la indiferencia y la docilidad de la misma jerarquía eclesiástica. Resistir, entonces, sigue siendo la consigna, librando el buen combate que nos pidiera el Apóstol una vez y para siempre.

A quienes la noche del 16 de junio de 1955 se contaron entre los bienaventurados que fueron perseguidos por causa de su amor a la Cruz, y están vivos para atestiguarlo. A sus descendientes memoriosos y leales. A los católicos argentinos todos, convocamos a visitar simbólicamente, como en el ejercicio cuaresmal del Jueves Santo, algunos de aquellos históricos templos otrora escarnecidos. Dentro o fuera de los mismos, según las circunstancias, elevaremos nuestras plegarias.

Será un acto de merecida reparación, pero será también un juramento. La promesa invicta e intacta, después de seis décadas, de que la mirada está puesta en lo Alto y la voz de la esperanza amanecida.

¡CRISTO VENCE!

16 de junio, 18 hs.

Salida: San Miguel Arcángel, Bartolomé Mitre 886.
Llegada: Santo Domingo, Belgrano 422.

sábado, 13 de junio de 2015

LA IGLESIA FRENTE A LOS CONSENSOS ARTIFICIALES

Si hubiera que elegir una fórmula, entre tantas posibles, que sirviese a precisar la fisonomía del hombre moderno, podría decírselo «aquel dispuesto a contentarse con menos, mucho menos que el cielo» o «aquel cuya certeza de lo espiritual, aunque persuadido del mito del progreso y la evolución, ha involucionado a grados muy inferiores a los del hombre del paleolítico, a juzgar por lo que nos sugiere la voz de los túmulos». Y es que este manojo de miembros desnervados que es el hombre de nuestros días -aquel a quien, a despecho de sus veleidades libertarias, zarandean muchos simultáneos carceleros- sufre un género de atrofia cuyo diagnóstico los especialistas se obstinan en ocultarle. Pues es todo menos feliz la vida de aquellos que no conciben la esperanza ultramundana, y constituye una canallada del mayor calibre, cuando se tiene el mandato justamente contrario, el andar confirmándolos en su despreocupado naturalismo, naturalismo que ni siquiera aparece instado (si es por atenuar su culpa) por una vitalidad desbordante. Porque no es éste el naturalismo de los que nacen (ex nascor, natura) sino el de los que decaen y mueren, una nostalgia senil de perpetuarse en el mundo aun al modo de las larvas.


En la célebre alegoría de la caverna, el que volvía de ver el mundo ajeno a la espelunca no se guardaba el testimonio, porque el conocimiento de la idea de bien, como lo señala Jaeger, se constituye para él en la «medida de las medidas», y este metro lo dota de un pathos característico que no le sella precisamente los labios. Este nuevo hombre configurado a una trama de relaciones subsidiarias de una causalidad ejemplar, al imperio del arquetipo, urgido por la intelección del eterno principio que gobierna todas las cosas, no puede por esto mismo suscribir sin reservas aquellas provisorias máximas que pueblan el mundo de la doxa. Es inevitable que su testimonio escandalice, pero es necesario que ponga su voz al servicio del rescate siquiera de algunos. ¡Con cuánta mayor evidencia esta misión le compete a aquél llamado a la misma por Cristo mismo, Verdad encarnada y por ello mismo insoslayable! La salus animarum debe ser la suprema preocupación de aquel que, atraído por Cristo a su servicio, conserva la facultad física del habla.


Consta acabadamente que el moderno reino de la opinión ya no versa sólo sobre espejismos o ilusiones provistas por las cosas mismas en tanto que desligadas de su origen, conocidas apenas por sus sombras. Hoy, por el contrario, y pese al ancestral decurso empirista, pese a la bicentenaria infestación de positivismo, a pesar de la presunta incognoscibilidad del noúmeno y de las cabriolas verbales con las que se decretó el fin de la metafísica clásica para poner en su lugar a las matemáticas, se incurre de continuo en la increíble inconsecuencia de imponer principios indemostrables y aun falaces para la orientación de la ética pública. Ahí está la intocable democracia -por poner el ejemplo más craso- ofrecida como sinónimo de "vida civil" y como la más eminente forma de gobierno. O el indisimulable desmedro del principio de igualdad ante la ley al resaltar el llamado "femicidio" como un homicidio que resultaría más grave y más calificado por la sola razón del "género".

En este fatal trasiego de contenidos mentales, en este juego de deposición del dogma para emplazar en su lugar a los dogmatismos (lo que no es sino la principalía postiza conferida a cosas segundas, o a vaguedades sin sustento, y, en todos los casos, a ídolos que no pueden salvar), la obra de misericordia más apremiante para un católico estribaría en romper con su palabra este cerco de infundios. «Vendrá un día en el que, para la Iglesia, la tinta de sus escritores tendrá casi el valor de la sangre de sus mártires», dijo Tertuliano, y ese día ya es el nuestro, a juzgar por la defección en masa de aquellos a quienes compete defender con la dignidad de su cargo y su saliva los derechos de la Verdad. Porque es cosa ciertamente de admirar cómo, a la vacancia de una sede episcopal por el engendro conciliar de la jubilación emérita -o por la promoción del ordinario para su remoción-, infaliblemente asume el cargo uno peor, en una carrera al pozo que sabe Dios cuándo acabará. Como esas muñecas con que juegan las niñas, que al apretarles la panza repiten siempre y sólo «ma-má», «ca-ca» y poco más, así estos obispos con su locuela insulsa y semper ídem: «el desafío que tienen las autoridades y toda la sociedad es que haya sobre todo condiciones de trabajo, porque la pobreza se supera si hay trabajo digno para todos, para que la persona gaste sus energías y reciba una retribución justa para poder mantener su familia, para poder tener su casa, y después poder progresar mínimamente», o bien, en un documento que requirió el penoso esfuerzo mental de varios prelados para acertar con una fórmula sapiencial sin precedentes: «el proceso electoral es una preciosa oportunidad para un debate cívico acerca del presente y del futuro que deseamos para la Argentina. La calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución» (fuentes: aquí y aquí).

El carnaval democrático sigue su curso a expensas de la sangre de toda una nación, y en nuestros pueblos de provincia puede advertirse con la mayor crudeza la magnitud de la apotasía con sólo comparar la exigua asistencia a Misa en cualquier domingo con el revoloteo de paisanos en torno de las mesas eleccionarias el triste domingo de elecciones. Al menos, y para que no se sientan tan seguros de su triunfo, a la hedionda caterva de los ideólogos y de sus personeros políticos que cuentan para sus crímenes con la bendición de nuestros pastores, habría que repetirles aquellas mismas palabras con que san Basilio Magno replicó a las amenazas del prefecto enviado por el emperador Valente para amedrentarlo: hasta ahora no te has topado con un obispo.