Al final, la prepotencia musulmana encontró la ocasión -bah, era del todo previsible- de asociar explícitamente a Francisco a sus bravatas. Ya no bastaba el cinismo de los mismos "refugiados" proclamando a voz en cuello, en el corazón mismo del acogedor suelo occidental, la realidad de las estadísticas que hablan de la irreversible expansión demográfica muslim en una Europa cada vez más estéril en hijos (y la consecuente advertencia de que francesas y alemanas serían generosamente acogidas en el harem); ya no era menester desafiar con arrogancia a los anfitriones enrostrándoles su molicie y apocamiento, al punto de osar arrancarle a un fraile el crucifijo del cuello en plena vía pública, sin recibir de los testigos del hecho la justa reprimenda. Ahora los esbirros de Mahomete son capaces de entrar a una iglesia y extender su alfombra para orarle a Allah, apelando para ello a la venia del Obispo-vestido-de-blanco: «el Papa nos ha dado permiso», dicen, jactanciosos.
Hasta el más distraído de los pastores trashumantes del desierto, de esos que detienen de tanto en tanto la marcha de sus rebaños para rezar en dirección a La Meca, sabe que debe evitarles a sus ovejas el comer ciertas hierbas tóxicas y, en caso de darse algún caso de ingesta accidental, sabe cómo acudir a normalizadores gástricos o antídotos que el mismo medio natural le provee. Pero los pastores de la iglesia conciliar (esta denominación la inauguró el mismo sustituto de la Secretaría de Estado del papa Paulo VI, monseñor Giovanni Benelli. Vid. aquí) han alimentado a sus greyes con ponzoña, y no han buscado redimirlas de su creciente debilitamiento sino con renovadas dosis del mismo veneno que las postró. Consten, como indecoroso botón de muestra de lo dicho, las recientes declaraciones del episcopado argentino, condenando la corrupción política no por destruir el bien común ni la felicidad social, sino por destruir «la democracia».
Ya en sus días Juan Pablo II había instado a los fieles a «estudiar el Corán», no sabemos si con el propósito de conocerlo más para mejor rebatirlo o quizás para que los católicos hallaran improbables confluencias con los muslimes en la «adoración al mismo Dios» (sic). Los poderes públicos de la Europa laicista, tan reacios a admitir sugerencias del poder eclesiástico, se muestran hoy dispuestos a seguir la admonición del Magno, instaurando para ello cátedras obligatorias de Corán en las escuelas secundarias. El caso es que nuestros jerarcas, a la par que nuestros gobernantes, parecen no haber recalado nunca en aquel capítulo 13 del Eclesiástico que advierte acerca de la importunidad de estrechar ciertos vínculos reñidos con la naturaleza de las cosas: «el que toca la pez, se mancha», o bien «¿cómo juntar la olla de barro con la caldera? Ésta chocará con aquélla y se quebrará», no menos que «¿cómo se podrían juntar el lobo y el cordero? Lo mismo sería unir al impío con el justo». El refranero, que en tiempos más felices asomaba por la boca de los sencillos, supo sintetizarlo en memorable sentencia: cada oveja con su pareja. Es lo que Aristóteles precisó acerca de la homoiosis o igualdad que cumple haber entre amigos: «toda amistad se apoya en una semejanza». ¿Cuál podría haber entre quienes afirman la divinidad de Cristo y quienes la niegan como a una ocurrencia blasfema?
Atar nudos imposibles debía ser la tarea y el convite de estas conciencias revolucionadas, siempre fatalmente desconocedoras de la naturaleza humana y de las leyes que gobiernan la realidad moral, la realidad. No es para ellos que se recogieron alguna vez aquellas máximas sapienciales -lo que no los habilita, por cierto, a abrir las puertas de nuestros templos asaz vejados por la contaminación modernista para que ahora sean transformados en establos a instancias de los de la medialuna. ¿Es la hora, tal vez, de reflotar aquella rechazada tesis del "Anticristo colectivo", recordando que la Cristiandad medieval reservó el nombre de «falso profeta» a Mahoma (y, por consiguiente, a la marea musulmana)? Si la figura de la Bestia política podría concordar con la masonería y el sionismo, fuertemente sospechadas de estar detrás de la migración masiva de mahometanos al Viejo Mundo, ¿con quién habría que asociar a la Gran Prostituta que, merced al pan-ecumenismo ampliamente predicado, se acuesta con los de la cimitarra, con los circuncisos, con los más rabiosos ateos y con quien viniere a caso?
Si la iglesia conciliar no estuviera abocada a su autodestrucción, atendería las enseñanzas de aquel eximio doctor de la Iglesia católica que fue san Francisco de Sales, cuyo juicio en lo tocante a las amistades ilícitas suponía una triple imperiosa actitud de distanciamiento, que el santo sintetizó en la triple orden «rompe, corta, rasga». El Zote coronado, siempre tan adscrito a los más infames aspavientos propios de la sobrecivilización, advierte, en cambio, que no hay "violencia islámica" sino más bien una "violencia católica" reconocible en los incidentes domésticos de bautizados que acaso no hayan concurrido nunca a Misa. No hay necesidad de decir más. La próxima palabra, como en hitos crecientes de una conquista anunciada, la dirán los yihadistas. Que odian a la Gran Prostituta y no creen en sus remilgos, y que -confundiéndola con la Iglesia de Cristo- la despellejarán al modo en que lo hizo don Quijote en la célebre aventura de los odres. Ellos serán -a su homicida modo, atizados por los verdaderos dueños de la escena, los del mandil a buen recaudo- los que apliquen el triple expediente del de Sales.
miércoles, 10 de agosto de 2016
lunes, 1 de agosto de 2016
UNA AUDAZ PETICIÓN A LOS CARDENALES
Una caída estrepitosa no es nada, al fin de cuentas, en el teatro de diversiones en que ha devenido el mundo. Con ochenta años a cuestas y esos fastidiosos paramentos, con el turíbulo en ristre para sofocar a los circunstantes, la caída de Francisco no sorprendería si no fuera ésta la segunda vez que da con su humanidad por el suelo en pocos meses, ambas ante sendos significativos iconos de la Virgen (la de Guadalupe, en México, y la de Czestochowa, en Polonia). Esto último dio lugar a no pocas suspicacias entre católicos debidamente hastiados con Bergoglio, que ven tales desplomes como otros tantos signos, dos más entre los muchos que se prodigaron desde la caída del rayo sobre la cúpula de San Pedro el mismo día en que Benedicto XVI anunció su renuncia. Signos promisorios esta vez, obrados ante la faz de Aquella que fue llamada «vencedora de todas las herejías», Aquella capaz de poner en fuga a los demonios.
Mucha más monta tienen, en rigor, los diecinueve tropiezos contantes y sonantes que un grupo de teólogos, estudiosos y profesores de todo el mundo han reconocido en la Amoris Laetitia puestos ante el insufrible texto, pudiendo -ellos así lo aclaran- estirarse mucho más el número de los dislates («las censuras no tienen la intención de ser una lista exhaustiva de los errores que la Amoris laetitia contiene a la luz de una lectura obvia; más bien procuran identificar las peores amenazas a la fe y a la moral católicas contenidas en el documento»). El caso es que surgió de éstos la valiosa iniciativa de dirigir al cardenal Angelo Sodano, decano del Sacro Colegio, y a los restantes 218 cardenales, un documento de trece páginas disponible en seis idiomas para que los purpurados, a fuer de consejeros oficiales del Pontífice, insten a éste a «repudiar los errores presentes en el documento de manera definitiva y final» y a «declarar autoritativamente que no es necesario que los creyentes crean lo que se afirma en la Amoris Laetitia».
«El problema de la Amoris laetitia no estriba en que haya impuesto normas legalmente vinculantes que resultan intrínsecamente injustas o que haya impartido con autoridad enseñanzas vinculantes que son falsas. El documento no tiene autoridad para promulgar normas injustas o para exigir el asentimiento a enseñanzas falaces porque el Papa no tiene el poder de hacer esto. El problema con el documento es que puede corromper a los católicos induciéndolos a creer lo que es falso y a hacer lo que está prohibido por la ley divina», señala el texto que encabeza la lista de las diecinueve proposiciones condenadas, a todas las cuales se les adjunta una doble censura teológica, una según sus contenidos específicos y la otra según los efectos nocivos de las mismas. Así, y en una salutífera vuelta al vocabulario que usara antaño la Iglesia para impedir la propagación del tifus de los espíritus (esto hasta que Juan XXIII decretó que los errores se combatían eficazmente a sí mismos y que la verdad era capaz de triunfar a instancias del teológico laissez faire), cada proposición va tachada con la calificación de haeretica, sacrae Scripturae contraria, de erronea in fide y aun de scandalosa, prava, perversa, impia, blasphema. El texto completo, en inglés, puede leerse aquí. La carta que lo acompaña, dirigida al cardenal Sodano con las 45 firmas al pie, consta aquí.
Es de esperar -como así han de saberlo los firmantes de la apelación- que una gran parte del Colegio Cardenalicio guarde un silencio granítico sobre la urticante cuestión. Pero también creemos que puede urgir a pronunciarse al menos a esos pocos purpurados que, puestos en la encrucijada, no admitan seguir evadiendo su responsabilidad cuando quienes les cascotean el rancho (varios de los cuales son orbitalmente reconocidos en el mundo intelectual católico) exponen su nombre y apellido, con el consabido riesgo de sufrir represalias a instancias de un pontífice -o de cualquiera de sus satélites- que ha demostrado el recelo y la propensión a la venganza propios de un Calígula.
Lo dice uno de los audaces remitentes de la súplica: luego de haber agotado todas las instancias posibles en esto de denunciar los desvíos y de requerir la necesaria rectificación (recibiendo de Bergoglio apenas el desdén, la befa más o menos elíptica o el más insultante de los silencios), será hora de «empezar a estudiar la solución representada por la salida del obstinado Bergoglio del Sacro Solio, por deposición o mejor aún por abdicación, revisando la cuestión del así llamado "semi-conciliarismo" (es decir, de cómo la pars sanior del Sacro Colegio pueda quitarle la confianza al Papa sin deponerlo formalmente, sancionándolo con una censura de tipo ético). Esta última hipótesis representaría la "solución más radical", impuesta por el estado de necesidad gravísimo en el que se debate la Iglesia».
Mucha más monta tienen, en rigor, los diecinueve tropiezos contantes y sonantes que un grupo de teólogos, estudiosos y profesores de todo el mundo han reconocido en la Amoris Laetitia puestos ante el insufrible texto, pudiendo -ellos así lo aclaran- estirarse mucho más el número de los dislates («las censuras no tienen la intención de ser una lista exhaustiva de los errores que la Amoris laetitia contiene a la luz de una lectura obvia; más bien procuran identificar las peores amenazas a la fe y a la moral católicas contenidas en el documento»). El caso es que surgió de éstos la valiosa iniciativa de dirigir al cardenal Angelo Sodano, decano del Sacro Colegio, y a los restantes 218 cardenales, un documento de trece páginas disponible en seis idiomas para que los purpurados, a fuer de consejeros oficiales del Pontífice, insten a éste a «repudiar los errores presentes en el documento de manera definitiva y final» y a «declarar autoritativamente que no es necesario que los creyentes crean lo que se afirma en la Amoris Laetitia».
«El problema de la Amoris laetitia no estriba en que haya impuesto normas legalmente vinculantes que resultan intrínsecamente injustas o que haya impartido con autoridad enseñanzas vinculantes que son falsas. El documento no tiene autoridad para promulgar normas injustas o para exigir el asentimiento a enseñanzas falaces porque el Papa no tiene el poder de hacer esto. El problema con el documento es que puede corromper a los católicos induciéndolos a creer lo que es falso y a hacer lo que está prohibido por la ley divina», señala el texto que encabeza la lista de las diecinueve proposiciones condenadas, a todas las cuales se les adjunta una doble censura teológica, una según sus contenidos específicos y la otra según los efectos nocivos de las mismas. Así, y en una salutífera vuelta al vocabulario que usara antaño la Iglesia para impedir la propagación del tifus de los espíritus (esto hasta que Juan XXIII decretó que los errores se combatían eficazmente a sí mismos y que la verdad era capaz de triunfar a instancias del teológico laissez faire), cada proposición va tachada con la calificación de haeretica, sacrae Scripturae contraria, de erronea in fide y aun de scandalosa, prava, perversa, impia, blasphema. El texto completo, en inglés, puede leerse aquí. La carta que lo acompaña, dirigida al cardenal Sodano con las 45 firmas al pie, consta aquí.
Es de esperar -como así han de saberlo los firmantes de la apelación- que una gran parte del Colegio Cardenalicio guarde un silencio granítico sobre la urticante cuestión. Pero también creemos que puede urgir a pronunciarse al menos a esos pocos purpurados que, puestos en la encrucijada, no admitan seguir evadiendo su responsabilidad cuando quienes les cascotean el rancho (varios de los cuales son orbitalmente reconocidos en el mundo intelectual católico) exponen su nombre y apellido, con el consabido riesgo de sufrir represalias a instancias de un pontífice -o de cualquiera de sus satélites- que ha demostrado el recelo y la propensión a la venganza propios de un Calígula.
Lo dice uno de los audaces remitentes de la súplica: luego de haber agotado todas las instancias posibles en esto de denunciar los desvíos y de requerir la necesaria rectificación (recibiendo de Bergoglio apenas el desdén, la befa más o menos elíptica o el más insultante de los silencios), será hora de «empezar a estudiar la solución representada por la salida del obstinado Bergoglio del Sacro Solio, por deposición o mejor aún por abdicación, revisando la cuestión del así llamado "semi-conciliarismo" (es decir, de cómo la pars sanior del Sacro Colegio pueda quitarle la confianza al Papa sin deponerlo formalmente, sancionándolo con una censura de tipo ético). Esta última hipótesis representaría la "solución más radical", impuesta por el estado de necesidad gravísimo en el que se debate la Iglesia».
jueves, 28 de julio de 2016
NADAR ENTRE LAS HECES
«Los atletas nadarán literalmente en mierda humana», asevera sin medias tintas el New York Times a propósito de los venideros Juegos Olímpicos a celebrarse en Río de Janeiro, en cuya bahía las aguas residuales vierten sin la suficiente depuración, para grave riesgo de la salud de los participantes en las disciplinas acuáticas. Es una postal altamente simbólica de los tiempos que corren, en que la avidez de lucro y de diversiones no admite rémoras, aunque éstas versen sobre las garantías necesarias para que un beneficio sea gozado en toda regla. Es que, como lo supo el Aquinate, «la concupiscencia del fin siempre es infinita», lo que, aplicado a la apostasía de las naciones, nos ilustra cuánto la sustitución del fin último sobrenatural por un fin inmanente de bajo calibre puede enloquecer el ánimo de los hombres en su consecución, consintiéndoles atropellos y torpezas de otro modo inexplicables, que acaban conspirando contra el mismo fin que se persigue.
El caso recuerda aquel breve fragmento que Dante dedica a los lisonjeros (Inf. XVIII, 100 ss.), que asoman a duras penas sus jadeantes hocicos entre un mar de estiércol:
vidi gente attuffata in uno stercocon un viejo conocido del poeta que erguía la calva tan nimbada de mierda que no se sabía si no se trataba de un tonsurado.
que dalli uman privadi parea mosso
Admitamos pues, a instancias del numen dantesco, un simbolismo más profundo para el fétido escenario olímpico de Río, recordando para ello que -al menos desde Aristófanes y Tucídides- democracia significa «lisonja», esto es, condescendencia interesada para con las masas que aportan el sufragio y, por lo mismo, mentira y cálculo en la cosa pública. Pues nadie negará que la democracia, blasonada a diestra y siniestra, invocada de consuno por el capitalismo y el marxismo, constituye algo así como la palabra clave en la cosmovisión política del último siglo, aquel ídolo destinado en los discursos oficiosos a ser "consolidado", "fortalecido", o bien "instaurado" cuando no estuviera en vigencia. Ni hay flechas que la atraviesen -intocable por decreto- más que su propio elocuente fracaso, que junto con el dialecticismo más inane y la retórica de enanos le son tan estrechamente familiares.
Esta lisonja programática, este culto sacrílego del hombre condensado en el demencial dogma de la soberanía popular, no ha servido al cabo sino para abrir las compuertas de todas las letrinas, arrollando la vida moral de individuos y comunidades con todos los detritus que la humana estirpe podía ser capaz de producir y poner a fermentar. No es menester abundar en ejemplos, que a ojos vista se nos imponen. Tal la caída en picada de la dignidad humana, y a despecho de la temática elegida -que puede ser de lo más variopinta-, no hay casi palabra impresa que no se adscriba en espíritu a la escatografía ni discurso político o episcopal que no ronde la coprolalia según su valor intrínseco, según su flaco mérito. Ni era dable esperar que la degradación consentida condujera a las naciones más alto que esto, que es lo más bajo que pueda concebirse en este mundo -a excepción de los ínferos, ultraterrenos por definición.
La lengua griega supo distinguir sin dificultad el skatós de lo ésjaton como términos pertenecientes a campos semánticos muy distintos. Nuestro castellano, a diferencia de otras lenguas modernas, descuidó esta obvia distinción, dotando al término «escatología» de una valencia ambigua. A veces, contemplando y sufriendo el horror de un mundo dejado de la mano de Dios, nos parece providencial esta confusión. Si los cielos y la tierra actuales «están guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los impíos» (II Pe 3, 7: tales, en rigor, sus «ultimidades»), nada obsta para que las «penultimidades» supongan el incontrastable imperio de lo vil y lo abyecto, como se deduce del exasperante magisterio de Francisco y de la deriva ciega de la barca de la Iglesia. Que, a la hora gloriosa de sumar un nuevo mártir en sus filas, como en el caso del sacerdote francés degollado por yihadistas, no se sabe si murió in odium fidei o en simple paga a su confusión ecuménica, viniendo a saberse que en el año 2000 había donado una parcela perteneciente a su parroquia para la construcción de una mezquita.
lunes, 18 de julio de 2016
EL ALZAMIENTO
Hoy la Revolución triunfa mucho más incontrastablemente sin carnicerías, atacando con la propaganda más insidiosa los fundamentos del orden civil. Patrimonio y matrimonio, en concreto: el primero, por la cíclica -y a menudo endémica- crisis económica; el segundo, por la introducción de la «guerra de los sexos» y la sugestión del feminismo, cuyas falaces premisas terminaron siendo más o menos acatadas por la totalidad de la población. Porque si bien sabemos que la guerra, consecuencia del pecado, es inextirpable del cuerpo de la historia (y devino en los tiempos modernos "institución permanente de la humanidad", en recordadas palabras del papa Benedicto XV al término de la Granguerra), hoy se ha llegado a cultivarla en laboratorio, como un bacilo, haciéndola incluso un producto de exportación e introduciéndola en lo más menudo y medular de la comunidad humana. Se trata de un descuaje paciente y controlado del amor, de la amistad en cualquiera de sus formas, y del consiguiente emplazamiento del odio, esa pasión que no es menester atizar demasiado para que cunda el caos. «Theofobia» llamó De Maistre al nervio más íntimo de la Revolución, que cuando cunde -como hoy- en su modalidad incruenta, se contenta con atacar a Dios en sus obras, en el ser de las cosas, en el meollo de la sociedad humana.
El que sentenció que «el hombre es lobo del hombre», más que expresar la amarga constatación de las costumbres de época o de la vigencia inalterable del fomes peccati bajo la frecuente especie del egoísmo, entendía ofrecer una definición antropológica, una síntesis condensatoria de ese pesimismo ontológico de cuño protestante que hace radicalmente incapaz de cualquier bien a la naturaleza humana herida por el pecado original. Esta concepción sombría del hombre, que sostiene la corrupción total de la naturaleza, fue la que motivó primero el absolutismo y, andando los siglos, la colmena socialista como salvaguarda -dicen- de la equidad que el hombre no puede sino ofender cuando no se le aten las manos. Lo que nunca aclaró la Revolución es cómo, ateniéndonos a esta premisa, un Estado constituido por hombres podía evadir esta fatalidad de la injusticia -injusticia que la Revolución, de hecho, allí donde triunfó, no hizo sino multiplicar. Porque donde se proclama la primacía insuperable del pecado, donde se le otorga omnipotencia al mal, se sigue ineludiblemente la glorificación de este mismo mal.
Éste es el humo infernal (Ap. 9, 2ss.) que, ascendiendo desde el abismo como de un horno, oscurece el sol y el aire y amenaza opacar las mentes, incluyendo las de los eclesiásticos dados hoy a la tarea de cohonestar las culpas que han ingresado a título de costumbres colectivas en la depravada sociedad occidental. La gran página histórica del 18 de julio de 1936 nos recuerda los derechos del honor contra la villanía desbocada, la impelente reacción de la parte sana de la comunidad contra la gangrena que amenaza extenderse hasta aniquilar toda huella de cultura y tradición, la oposición entre vitalidad y purulencia. En estos tiempos de parlamentarismo inane y de banal apelación a síntesis imposibles haremos bien en recordar la condición dramática de la existencia, que no está en nuestras manos aligerar. Hablamos, al fin de cuentas, de dos estirpes inconciliables, como se desprende del cotejo entre Antonio Rivera Martínez, «el Ángel del Alcázar», que arengaba a los suyos con el célebre «camaradas, tirad, pero tirad sin odio», y el Che Guevara, que propugnaba un demoníaco «odio como factor de lucha, [...] odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar».
lunes, 27 de junio de 2016
BLASFEMOGLIO, MAESTRO DEL ENGAÑO
por Alejandro Sosa Laprida
(leer en PDF aquí)
Breve selección
de las falacias e impiedades proferidas recientemente por el falso profeta Jorge
Mario Bergoglio, mentiroso consumado, blasfemador empedernido e ilustre
discípulo del padre de la mentira…
« Muchas veces me encuentro en crisis de fe y
algunas veces también tuve la desvergüenza de reprochar a Jesús: ‘‘¿Por qué lo
permites?’’ Y también dudas : ‘‘Pero, ¿esta será la verdad o un sueño?’’
Y esto de joven, de seminarista, de sacerdote, de religioso, como obispo y como
Papa. A un cristiano que no haya sentido esto alguna vez, que no haya pasado
por una crisis de fe, le falta algo: es un cristiano que se conforma con
un poco de mundanidad[2]. »
Bergoglio enseña,
con sus palabras y con su ejemplo, que dudar de las verdades de la fe es
algo bueno y que quienes no lo hacen son « cristianos mundanos ».
Menuda blasfemia. Para ser buen cristiano, según este energúmeno del Averno,
habría que poner en tela de juicio, por ejemplo, la divinidad o la resurrección
de Jesucristo. La « enseñanza » bergogliana contradice absolutamente
la de Nuestro Señor, quien recriminó al apóstol Tomás el no haber creído el
testimonio de los demás apóstoles acerca de su resurrección:
« Luego dijo a Tomás: ‘‘Pon aquí tu dedo, y
mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo,
sino creyente.’’ Entonces Tomás
respondió y le dijo: ‘‘¡Señor mío y Dios mío!’’ Jesús le dijo: ‘‘Porque me has
visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que sin ver creyeron.’’ »
(Jn. 20, 27, 29)
Imaginen a un
catequista que dijera a sus alumnos que él se la pasa dudando acerca de lo que
les enseña y que eso le parece algo no sólo positivo, sino incluso necesario
para llegar a ser un buen cristiano. Pues bien, acá tenemos a un supuesto
« Papa », doctor supremo de la fe católica, que nos dice a grandes
rasgos lo siguiente : « Queridos hermanos, para ser cristianos
auténticos, os invito a que dudéis como yo lo hago, que no he dejado de hacerlo
en ninguna de las numerosas etapas de mi vida, y que incluso sigo haciéndolo
ahora que soy el Vicario de Cristo. Porque atención, si no lo hiciereis, eso
significaría que sois unos cristianos mezquinos y mundanos, incapaces de avanzar
hacia las ‘‘periferias’’ y de practicar la ‘‘cultura del encuentro’’. »
Esto es sencillamente
inimaginable. No hay una sola frase en
la Sagrada Escritura o en el Magisterio de la Iglesia que pudiese ser
interpretada como una « invitación a dudar » de la revelación divina.
Jamás se encontrará algo de ese tenor en los escritos de los Santos. Supera el
entendimiento que Bergoglio se atreva a decir eso, nada menos que en la
mismísima Basílica de San Pedro, y que nadie, absolutamente nadie reaccione, se
levante y lo increpe de viva voz, enérgica y valientemente, denunciándolo
públicamente como lo que es, un enemigo acérrimo de Dios y de la Iglesia, un
corruptor de la fe y un impugnador de la revelación divina.
¿Acaso es
necesario tener que recordar que quien desea debilitar nuestra fe es precisamente
el demonio, y que toda duda con respecto a ella proviene de él siempre, nunca
de Dios? De lo cual puede deducirse con total certeza que las « enseñanzas »
de Bergoglio son lisa y llanamente satánicas. No verlo es signo de una profunda
debilidad interior, de una fe pusilánime
y vacilante, de una escalofriante ceguera espiritual. Y ni hablar de la
insinuación perversísima según la cual la revelación divina podría legítimamente
ser considerada como un « sueño » [!!!]. Ni tampoco de los « reproches »
que este insensato se atreve a hacerle a nuestro adorable Redentor…
« A mí no me gusta, y quiero decirlo
claramente, a mí no me gusta cuando se habla de un genocidio de cristianos, por
ejemplo, en el Medio Oriente. Esto es un reduccionismo[3]. »
Saliendo esto de
labios de quien es el mayor promotor de la inmigración musulmana en Europa, me
parece evidente que no hay de qué extrañarse…[4]
« Muchos piensan que es mejor que se queden en
su tierra. Ellos han sufrido tanto. Son nuestros refugiados. Pero muchos se
consideran excluídos. Por favor, son nuestros hermanos. El cristiano no excluye
a nadie y le ofrece un lugar a cada uno. Deja venir a todos[5]. »
Hay que
reconocer que en materia de subversión « Panchito » la tiene muy
clara: el buen cristiano es el que duda y el buen europeo, el que permite la
islamización de Europa…
« Prefieren convivir. Y esto es un desafío, una
tarea. No hay que decirles: ‘‘¿Por qué no se casan por Iglesia? » No. Hay que
acompañar, esperar, y después, hacer madurar, hacer madurar la fidelidad[7]. »
Pues claro, si
la gente « prefiere convivir », ¿a quién se le podría ocurrir
decirles que se casen por Iglesia? Por supuesto que eso no se debe hacer: hay
que dejarlos vivir en pecado mortal tranquilamente, sin remordimiento alguno,
lo importante es que puedan ser felices viviendo como se les antoje. Pero eso
sí, « acompañándolos », para que no se vayan a sentir solos. En
efecto la presencia del « cura » junto a los concubinos es
indispensable para ayudarlos a « madurar la fidelidad ». Porque no
vaya a ser que los amancebados terminen « metiéndose los cuernos »,
eso sí que sería verdaderamente escandaloso…
« He visto tanta fidelidad en estas
convivencias, tanta fidelidad, que yo estoy seguro de que son verdaderos
matrimonios, que tienen la gracia propia del matrimonio por la fidelidad que
tienen[8]. »
Está clarísimo:
¿para qué diablos casarse si el concubinato vivido « con fidelidad »
resulta ser un « verdadero matrimonio » ?
« La gran mayoría de los matrimonios
sacramentales son nulos[9]. »
Razón adicional
ésta para no « casarse por Iglesia » y optar por
« juntarse con fidelidad ». Además, ¿se imaginan el efecto que
esta frase del « Papa » puede tener en los matrimonios que intentan
perseverar en medio de las dificultades ? ¿Para qué seguir luchando? ¿No
es más razonable darse por vencidos, pedir la declaración de
« nulidad matrimonial » y luego intentar « rehacer su
vida »? En definitiva, a los concubinos Bergoglio les dice que no se casen
y a los casados, que sus matrimonios no tienen valor. No, realmente los
epítetos se quedan cortos para calificar afirmaciones tan maliciosas: este
hombre es un auténtico hijo del demonio…
« Éste es el realismo saludable del catolicismo. No
es católico decir “o esto o nada”. Eso no es catolicismo, es herejía. Jesús
sabe siempre como acompañarnos, nos da el ideal, nos acompaña hacia el ideal.
Nos libera de la rigidez de las cadenas de la ley y nos dice: ‘‘Cumple con eso,
pero sólo en la medida que te sea posible.’’ Y nos entiende perfectamente bien.
Es Nuestro Señor y eso es lo que nos enseña[11]. »
Ésta es otra
sarta de sofismas incalificables. Este hombre miente con una naturalidad
pasmosa. La moral evangélica, al igual que la moral natural, impone ciertas
obligaciones y prohibiciones que son absolutas (adorar a Dios, no matar, no
cometer adulterio, etc.), lo cual supone claramente un « o esto o
nada » que no admite términos medios y que de ningún modo constituye un
mero « ideal » que Dios nos presenta y al cual debemos
tender « sólo en la medida » de nuestras posibilidades.
Bergoglio busca destruir la objetividad y la obligatoriedad de la ley moral so
pretexto de una falsa « misericordia » y de un
« acompañamiento » que no es sino una manera encubierta de
complicidad. El objetivo que persigue este hombre impío no es otro, en
definitiva, que el de abolir la noción misma de pecado.
« Nosotros, todos nosotros, queremos a la madre Tierra porque es quien
nos ha dado la vida y nos protege; diría que es también la hermana Tierra,
porque nos acompaña en nuestro camino de la existencia. Pero nuestro deber es
cuidarla como se cuida una madre o como se cuida a una hermana con
responsabilidad, con ternura y con la paz[12]. »
El Soberano Blasfemador del Vaticano
continúa profesando abierta y desvergonzadamente su ideología new age luciferina, naturalista y
panteísta, asegurando sin sonrojarse que es la « Madre Tierra » quien
nos « da la vida y nos protege »...
« ¡Protejamos los
océanos, que son bienes comunes globales, esenciales por el agua y la variedad
de seres vivientes! [13]»
¡Ay, por favor, que me parto al medio de la
risa! La sociedad contemporánea rechaza masivamente a Dios y a la Iglesia,
practica toda suerte de aberraciones que claman justicia al Cielo (aborto,
pornografía, « matrimonio gay », eutanasia, etc.) y « Panchito »
aboga por la protección de los
océanos…
Recordemos que hace pocos meses este engañador
sin par invitaba al mundo apóstata y anticristiano a realizar nada menos que una
« conversión » … ecológica [!!!] :
« La relación entre la pobreza y la fragilidad del planeta requiere otro
modo de ejercer la economía y el progreso, concibiendo un nuevo estilo de vida,
porque necesitamos una conversión que nos una a todos, liberarnos de la
esclavitud del consumismo. Y este mes hago una petición especial : que
cuidemos de la Creación recibida como un don que hay que cultivar y proteger
para las generaciones futuras, cuidar la Casa Común[14]. »
Veamos ahora a
« Papa Francisco » en el papel del militante
« abolicionista » de la pena de muerte:
« El
mandamiento ‘‘no matarás’’ tiene valor absoluto y abarca tanto a los inocentes
como a los culpables. […] No hay que olvidar que el derecho inviolable a
la vida, don de Dios, pertenece también al criminal[15]. »
De aquí se
deduce con meridiana claridad que tanto Dios en el Antiguo Testamento como
posteriormente la Iglesia no respetaron el « derecho inviolable a la
vida » de los criminales. Pero es importante no perder de vista que lo
único que este hombre busca es engañar. En efecto: Bergoglio miente sin
cesar y sin ruborizarse jamás. Esa supuesta inviolabilidad corresponde
solamente a los inocentes. Por ejemplo, a los niños masacrados en el vientre
materno por el aborto, ese crímen abominable contra el que « Papa
Francisco » no mueve nunca un dedo ni dijo una palabra al respecto en sus
discursos ante los parlamentos europeo y estadounidense.
Una simple
estadística esclarecedora. Número de penas capitales en USA el año pasado: 28.
Número de abortos: 1.200.000. Unión Europea: 910.000 abortos, ninguna pena
capital. Pero la « prioridad » para Bergoglio es defender a los
asesinos y a los violadores, visiblemente la vida de los niños inocentes lo
tiene sin cuidado…
Por otro lado,
siempre se ha interpretado el quinto mandamiento como la prohibición del
asesinato, es decir, « no matarás » al inocente. Nadie considera
inmoral, por ejemplo, matar en defensa propia, que un soldado lo haga en el
transcurso de una batalla o un policía en un enfrentamiento con maleantes. Lo
cual prueba fehacientemente que el pretendido « derecho inviolable a la
vida » es perfectamente infundado. Por otra parte, leemos en la Biblia que
Dios instituyó explicitamente la pena capital para castigar el homicidio cuando
dijo a Noé:
« El que derrame sangre de hombre, por el
hombre su sangre será derramada »
(Gn. 9, 6).
Pero no
solamente ordenó Dios que la pena de muerte fuese aplicada por los hombres,
sino que El mismo la ejecutó interviniendo directamente en varias ocasiones
contra poblaciones corrompidas, los ejemplos de Sodoma y Gomorra,
universalmente conocidos, bastan para probarlo. Sin mencionar el diluvio
universal, por el cual Dios decidió exterminar a toda la humanidad deparavada,
con la única excepción de Noé y su familia, a quien se lo comunicó en estos
términos:
« He decidido acabar con todos los mortales,
porque la tierra se ha llenado de violencia a causa de ellos. Por eso los voy a
destruir junto con la tierra. » (Gn. 6, 13).
En la legislación
mosaica varios crímenes eran pasibles de condena a muerte (adulterio, incesto, idolatría
etc.). En el Nuevo Testamento San Pablo confirma la legitimidad de la pena
capital, al igual que su orígen divino, al referirse al pecado de
sodomía :
« Igualmente los hombres, abandonando el uso
natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo
la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su
extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios,
entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: […]
los cuales, aunque conocedores del
veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican,
no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen.»
(Rom. 1, 27-28/32)
Salta a la vista
que con su condena de la pena de muerte Bergoglio contradice formalmente la
revelación divina, lo cual no es por cierto ninguna novedad. No obstante, en
este caso preciso su herejía se ve notoriamente agravada por la blasfemia
implícita que contiene, ya que si el derecho a la vida fuese « inviolable »,
Dios sería, siguiendo la falaz lógica bergogliana, un monstruoso asesino. Y la
Iglesia igualmente, ya que ella promovió las Cruzadas e instituyó el Tribunal
de la Inquisición. De hecho, si sacamos las consecuencias objetivas de sus
palabras, Bergoglio está dando a entender que el Dios bíblico, tanto el del
Antiguo como el del Nuevo Testamento, es un ser cruel y malvado. Esto es, en
definitiva, lo que enseña subrepticiamente « Papa Francisco », el
supuesto « Vicario de Jesucristo » en la tierra. El sienta las
premisas, otros se ocuparán luego de sacar las correspondientes conclusiones,
las cuales caen de su peso.
Esto es algo
sencillamente diabólico. Y es humanamente desesperante que tras haber pasado
más de tres años sembrando el mal y la confusión de manera sistemática la
inmensa mayoría de los católicos siga llamando a este auténtico agente del
infierno « Su Santidad », « Santo Padre » o « Papa
Francisco », títulos que su sacrílego e impío modus operandi desmiente categóricamente día a día, dignidad
eclesiástica espuria en la cual estriba precisamente su inmenso poder de
destrucción…
Para
mayor información acerca de Jorge Mario Bergoglio, alias « Papa
Francisco » :
Datos sobre los lugares de venta en Argentina de
«Tres años con Francisco. La impostura bergogliana»,
accesibles en este enlace.
[7] Discorso all'apertura
del convegno ecclesiale della diocesi di Roma: https://www.youtube.com/watch?v=HV5clSPhegI (02:12 a 02: 32) https://w2.vatican.va/content/francesco/it/speeches/2016/june/documents/papa-francesco_20160616_convegno-diocesi-roma.html
[8] Discorso all'apertura
del convegno ecclesiale della diocesi di Roma: https://www.youtube.com/watch?v=jQ5h2efV0a4 (01:20:27 a 01:20:42)
[10] Agradezco a NCSJB por la imagen: http://nacionalismo-catolico-juan-bautista.blogspot.fr/2016/06/ya-es-demasiado-francisco-debe.html
jueves, 23 de junio de 2016
EL EQUINOCCIO Y LAS BOMBAS
En el finisterre platense, en las latitudes que parieron a Bergoglio, corre por estos días el equinoccio (esto es, según lo delata fácilmente el término, aquel tiempo en el que la noche se hace equivalente al día en su duración o, lo que es lo mismo, el de la máxima expansión de las sombras). En lo que toca a la Iglesia, y muy específicamente en el solio petrino, hace rato que las tinieblas ocupan mucho más espacio que la luz, tanto que cuando Francisco adereza sus malsonantes prédicas con palabras que consuenan con el Magisterio, éstas resultan degradadas, reducidas a clichés, a lugares comunes. O son raptadas para su ulterior mala utilización, y aun desnervadas y manchadas de grasa. Pues aun en los momentos en los que parece hacer precario equilibrio en la ortodoxia, Bergoglio expone el Evangelio al modo con el que Pilatos exhibió al Ecce homo: maltratado y escarnecido. Lo que no impide que, como impulsada por una infalible moción, ése sea el momento en que la plebe neocon le paga con gusto su tributo de adhesión, alabándole al deslenguado la presunta continuidad con lo que la Iglesia enseñó siempre.
El juego ya lo conocemos hasta el hartazgo: Bergoglio agradece el crédito que tan cándidamente se le otorga, y entonces baraja y da de nuevo. Y lanza al punto una retahíla de nuevas inauditas blasfemias capaces de ruborizar a las columnas de Bernini y a las ciento cuarenta esculturas de la plaza de San Pedro. A modo de ejemplo, una de las proferidas en el giro de tres o cuatro días:
«Cuando vamos a confesarnos, por ejemplo, no es que decimos el pecado y Dios nos perdona. No, ¡no es esto! Nosotros encontramos a Jesucristo y le decimos: 'Esto es tuyo y yo te hago pecado otra vez'. Y a Él le gusta eso, porque ha sido su misión: hacerse pecado por nosotros, para liberarnos [...] ¡Mis pecados están allá, en su Cuerpo, en su Alma! Esto es de locos, pero es bello, ¡es la verdad!».Para no detenernos en la figura de Cristo en el episodio de la adúltera, en que el Señor habría estado haciéndose «un poco el bobo» y «faltando a la moral». Pues «la lógica del Evangelio [supone] ensuciarse las manos como Jesús, que no estaba limpio, e iba a la gente y la tomaba como era, no como tenía que ser». Ni faltó una novedosa teología de los matrimonios sacramentales, la mayor parte de los cuales serían nulos por defecto de conciencia de los contrayentes, mientras que en algunas convivencias concubinarias obraría, sí, la gracia sacramental.
Por todo esto, y por sus abundantes credenciales en estos tres años de escándalos sin solución de continuidad, le creemos a pies juntillas cuando -también recientemente- afirma que
«en muchas ocasiones me he encontrado a mí mismo en una crisis de fe. Algunas veces he cuestionado a Jesús y he dudado».(Esto dicho, como es obvio, recomendándose a sí mismo, pues de lo que se trata es de que a los cristianos que «no han experimentado una crisis de fe les falta algo».)
Con razón Antonio Socci, quien reporta algunas de las espantosas afirmaciones citadas más arriba, señala la confusión de Bergoglio al evocar cierto capitel de la catedral de Vézelay en el que se representa a
Judas ahorcado con la lengua fuera y a su cuerpo inerte llevado sobre los hombros por una figura que Francisco identifica con Jesús, el Buen Pastor -pretendiendo que el traidor se habría salvado a instancias de la más latitudinaria de las misericordias-, mientras que otros, en conformidad con el común sentir, afirman se trataría del demonio (cosa que puede a su vez apoyarse en el eufemismo usado en Act 1,25, donde se habla del ministerio y el apostolado dejado por Judas «para irse a su lugar»). Puede recordarse, a los fines de advertir acerca de esta confusión de tufo gnóstico y blasfemo entre el bien y el mal, entre el Redentor y Satanás, que no hace mucho Francisco osó referirse a Cristo como a «serpiente».
Junto con la alusión al equinoccio, conviene admitir un fenómeno eminentemente moderno que puede servir para elucidar algo del carácter de este pontificado, de las condiciones de su increíble actualización. Se trata del hecho indiscutible de que, desde la Revolución industrial y a instancias de la rumorización creciente de la vida, de las labores y de los ocios, a la par de la concupiscentia oculorum cunde en el mundo la sordera progresiva. Quizás no haya sido muy abundantemente señalado, pero bien pudiera tenerse a este embotamiento de la audición como soporte físico de la apostasía: al fin de cuentas, si la fe viene por el oído (fides ex auditu), nada será más eficaz -en el orden meramente físico- que atrofiar este sentido para impedir la transmisión de la fe. Memorable es, a este propósito, el testimonio de un combatiente de la 1ª Guerra Mundial que León Bloy anotó en su diario, en fecha 28 de marzo de 1916:
¿Qué hemos visto nosotros, cada uno de nosotros? Nada o mucho: un tornado horrísono en el cual se ha ido apenas un minúsculo gesto [...] Durante esos cuatro siglos [por «días»], ¡cuántas toneladas de acero, cuántas toneladas de metralla pasaron sobre nuestras cabezas! Tiraban los nuestros y tiraban los otros, de todos los calibres. ¿Recordáis que antes se conocían los proyectiles por el silbido o por el estruendo? ¡Y bien! Allá no, ¡imposible! Aquello no era ya una sucesión de estampidos, era un caos uniforme, sin variaciones, absorbente, agobiador, hasta el punto de no saberse si se vivía aún, si el cerebro era capaz de concebir, de hacer otra cosa que registrar ese incesante clamor de muerte...Se dirá que esta descripción pertenece a la guerra y no a la vida diaria: pertenece a la guerra, sí, pero a la guerra moderna, pertrechada por la gran industria, que a su vez levanta rascacielos, produce automóviles a raudales e impulsa el comercio a gran escala. Sin merma de que la Babilonia del Apocalipsis (18, 22) cuenta dentro de sus muros con «citaristas, músicos, flautistas y trompeteros», son los motores en incesante marcha los que conforman el sonido ambiental de nuestra civilización. Que exige detonaciones para que la gente preste alguna atención. Y allí interviene Francisco, en la Iglesia que desde el último concilio ha sido configurada a imagen del mundo. No sabemos si sus siempre ofensivas expresiones corresponden a otras tantas bombas que él se sirve arrojar para desplazar el eje terrestre o si son, por el contrario, todo lo que este sujeto puede espontáneamente proferir, ebrio por la abismal inadecuación de su persona con su cargo. Pero son, seguro, el colmo de la fealdad comunicable por vía auditiva, el non plus ultra de la apostasía condensada en elocuentes fórmulas. Son, como ya resulta obvio descifrar, un castigo y una prueba.
jueves, 16 de junio de 2016
A BEBER SU PROPIA MEDICINA
En esta pesadilla de gángsters en que viene a zozobrar el relato kirchnerista, con un funcionario de primera línea lanzando sus bolsos con millones de dólares termosellados por encima de la tapia de un convento amigo, Francisco queda inevitablemente salpicado. No sólo por haber degradado durante estos tres últimos años el ministerio petrino al comportarse, entre otras zafiedades, como un vulgar propagandista del reciente criminal gobierno de su país, sino por el papel que le cupo al mando de la Iglesia argentina durante aquellos años de desfalco a titánica escala. En efecto, si la obra pública fue el inverecundo ítem, la matriz de los más caudalosos latrocinios de que se tenga memoria en nuestras esquilmadas latitudes, Bergoglio coincidía en ser el arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina justo en los años en que el Estado nacional se servía financiar la costosa restauración de la iglesia de San Ignacio, en pleno centro porteño, y la basílica de Luján.
Raros estos contubernios entre la Iglesia y el Estado en tiempos en que el laicismo ya lo invadió todo, cuando la doctrina católica ya no inspira a las leyes ni es objeto de la menor atención por parte de los políticos en sus impíos programas de rigor. Entente que se perpetúa en la noche misma de la fuga, cuando de enterrar dólares se trata en el jardín de unas ancianas monjitas. Como en los llamados «siglos de hierro», pero con el aditamento poco agradable de una jerga marxistizante, tenemos ahora una Jerarquía ávida de acumular poder a cualquier precio, enroscada con los poderes mundanos en los asuntos menos inocentes.
Ahora quizás se comprende -o, al menos, se conjetura con alguna aproximación- porqué Bergoglio, siempre tan celoso de la oportunidad y tan ágil para las adaptaciones de última hora, sigue tan atado a los figurines de un gobierno ya concluso, porqué se obstina en apoyar una causa perdida. Peor para esta ralea de politicastros, si es cierto -como parece- que el favor de Francisco pronto se trueca en calamidades. Puede dar fe de ello, entre muchos otros de una larga lista, el presidente ecuatoriano: no terminaba de estrecharle la mano al pontífice en la Santa Sede el pasado mes de abril cuando su nación empezaba a sufrir uno de los terremotos más terribles de su historia.
Se impone, con todo, recordar el alcance del reciente motu proprio francisquista (Come una madre amorevole), en el que se establece una nueva normativa para la destitución de los obispos en los casos en que "a través de negligencia, han cometido u omitido actos que han causado un grave daño a los demás, ya sea con respecto a las personas físicas, o con respecto a la propia comunidad". Pese a que algunos ingenuos quisieron ver en esto el principio de la necesaria depuración de aquellos prelados encubridores de presbíteros incursos en casos de abuso sexual, los más perspicaces reconocieron aquí un paso más en la estalinización de la Iglesia, el camino expedito a una purga de todo aquel elemento sospechoso por refractario a la demolición ordenada en vestes blancas por Bergoglio: bastará con imputarle fácilmente al obispo algún descuido en asuntos de orden patrimonial de la diócesis para así dar con él y con su fama en el fango irremontable. Es de temer que la celeridad -en éste como en otros órdenes del gobierno de la Iglesia- se deba, como reza el Apocalipsis, a que "queda poco tiempo".
Pero a Bergoglio habría que darle a beber su propia medicina, si esto fuera posible. Y reprocharle cuánto su connivencia con los delincuentes que saquearon las arcas de su nación «causa un grave daño a los demás» --pecado de escándalo, que le dicen-- y que es su deber, ya que le gusta descender al llano de la política, dar cuenta de cómo se manejaron los presupuestos de obra pública volcados a templos de su jurisdicción cuando era ordinario de Buenos Aires, para que no se siga maliciando que su amistad con estos hampones se funda en turbios negocios comunes. Bastará traer a colación el caso de quien fuera su inmediato subordinado, el entonces Provicario General de su arquidiócesis monseñor Eduardo García, quien en 2008 les arrebató literalmente un convento a las Hermanas de la Santa Casa de Ejercicios sin que esto le impidiera seguir "haciendo carrera". O el de aquel párroco elevado a la dignidad episcopal por su exclusivo intermedio, luego de que fuera señalado su adulterio con una feligresa a instancias del propio marido injuriado, que pocos meses después de entrevistarse con Bergoglio para pedirle que le hiciera justicia murió de una penosa enfermedad. Memorable es también la apoteosis que le organizó Bergoglio al entonces obispo de Merlo-Moreno, monseñor Bargalló, destituido por haber viajado al Caribe con otra mujer casada a expensas de los fondos de Cáritas, que él mismo y con tal pericia administraba. Ni siquiera el ahora parco Pepe de la Achicoria dejó de referirse al entonces cardenal como a «una plaga de Egipto para la Iglesia argentina, o las siete juntas», en un artículo publicado en setiembre de 2010 y eliminado de la web cuando cambiaron los vientos, pero que otros sitios se ocuparon de archivar por su elocuente valor testimonial. Pues, como se dice allí con entera veracidad, «Bergoglio no ha sido sólo una calamidad para su arzobispado sino que ha extendido su maléfica influencia a toda la nación sobre cuya Iglesia impera para perdición de las almas».
Si no bastara con la ingente cosecha de actos y dichos perniciosos con que cuenta en su haber a lo largo de su tenebroso pontificado, suficiente a solicitar a gritos una saludable remoción, podría aplicarse retroactividad a las normas de su reciente motu proprio y despojarlo en el acto de la dignidad que tuvo en nuestras orillas antes de su impensado y definitivo ascenso. Que vuelva a sus probetas el ambicioso perito químico, y que la Iglesia se vea libre de las aguas de sangre, de la invasión de ranas, de los piojos, de las moscas, de las pestes y las úlceras, del granizo, las langostas, las tinieblas y la muerte de sus hijos.
Raros estos contubernios entre la Iglesia y el Estado en tiempos en que el laicismo ya lo invadió todo, cuando la doctrina católica ya no inspira a las leyes ni es objeto de la menor atención por parte de los políticos en sus impíos programas de rigor. Entente que se perpetúa en la noche misma de la fuga, cuando de enterrar dólares se trata en el jardín de unas ancianas monjitas. Como en los llamados «siglos de hierro», pero con el aditamento poco agradable de una jerga marxistizante, tenemos ahora una Jerarquía ávida de acumular poder a cualquier precio, enroscada con los poderes mundanos en los asuntos menos inocentes.
Ahora quizás se comprende -o, al menos, se conjetura con alguna aproximación- porqué Bergoglio, siempre tan celoso de la oportunidad y tan ágil para las adaptaciones de última hora, sigue tan atado a los figurines de un gobierno ya concluso, porqué se obstina en apoyar una causa perdida. Peor para esta ralea de politicastros, si es cierto -como parece- que el favor de Francisco pronto se trueca en calamidades. Puede dar fe de ello, entre muchos otros de una larga lista, el presidente ecuatoriano: no terminaba de estrecharle la mano al pontífice en la Santa Sede el pasado mes de abril cuando su nación empezaba a sufrir uno de los terremotos más terribles de su historia.
Se impone, con todo, recordar el alcance del reciente motu proprio francisquista (Come una madre amorevole), en el que se establece una nueva normativa para la destitución de los obispos en los casos en que "a través de negligencia, han cometido u omitido actos que han causado un grave daño a los demás, ya sea con respecto a las personas físicas, o con respecto a la propia comunidad". Pese a que algunos ingenuos quisieron ver en esto el principio de la necesaria depuración de aquellos prelados encubridores de presbíteros incursos en casos de abuso sexual, los más perspicaces reconocieron aquí un paso más en la estalinización de la Iglesia, el camino expedito a una purga de todo aquel elemento sospechoso por refractario a la demolición ordenada en vestes blancas por Bergoglio: bastará con imputarle fácilmente al obispo algún descuido en asuntos de orden patrimonial de la diócesis para así dar con él y con su fama en el fango irremontable. Es de temer que la celeridad -en éste como en otros órdenes del gobierno de la Iglesia- se deba, como reza el Apocalipsis, a que "queda poco tiempo".
Pero a Bergoglio habría que darle a beber su propia medicina, si esto fuera posible. Y reprocharle cuánto su connivencia con los delincuentes que saquearon las arcas de su nación «causa un grave daño a los demás» --pecado de escándalo, que le dicen-- y que es su deber, ya que le gusta descender al llano de la política, dar cuenta de cómo se manejaron los presupuestos de obra pública volcados a templos de su jurisdicción cuando era ordinario de Buenos Aires, para que no se siga maliciando que su amistad con estos hampones se funda en turbios negocios comunes. Bastará traer a colación el caso de quien fuera su inmediato subordinado, el entonces Provicario General de su arquidiócesis monseñor Eduardo García, quien en 2008 les arrebató literalmente un convento a las Hermanas de la Santa Casa de Ejercicios sin que esto le impidiera seguir "haciendo carrera". O el de aquel párroco elevado a la dignidad episcopal por su exclusivo intermedio, luego de que fuera señalado su adulterio con una feligresa a instancias del propio marido injuriado, que pocos meses después de entrevistarse con Bergoglio para pedirle que le hiciera justicia murió de una penosa enfermedad. Memorable es también la apoteosis que le organizó Bergoglio al entonces obispo de Merlo-Moreno, monseñor Bargalló, destituido por haber viajado al Caribe con otra mujer casada a expensas de los fondos de Cáritas, que él mismo y con tal pericia administraba. Ni siquiera el ahora parco Pepe de la Achicoria dejó de referirse al entonces cardenal como a «una plaga de Egipto para la Iglesia argentina, o las siete juntas», en un artículo publicado en setiembre de 2010 y eliminado de la web cuando cambiaron los vientos, pero que otros sitios se ocuparon de archivar por su elocuente valor testimonial. Pues, como se dice allí con entera veracidad, «Bergoglio no ha sido sólo una calamidad para su arzobispado sino que ha extendido su maléfica influencia a toda la nación sobre cuya Iglesia impera para perdición de las almas».Si no bastara con la ingente cosecha de actos y dichos perniciosos con que cuenta en su haber a lo largo de su tenebroso pontificado, suficiente a solicitar a gritos una saludable remoción, podría aplicarse retroactividad a las normas de su reciente motu proprio y despojarlo en el acto de la dignidad que tuvo en nuestras orillas antes de su impensado y definitivo ascenso. Que vuelva a sus probetas el ambicioso perito químico, y que la Iglesia se vea libre de las aguas de sangre, de la invasión de ranas, de los piojos, de las moscas, de las pestes y las úlceras, del granizo, las langostas, las tinieblas y la muerte de sus hijos.
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