martes, 12 de agosto de 2014

EL ZORRINO Y LOS PERROS

Se nos perdonará el delito de adobar este espacio con un relato personal que involucra, en todo caso, a seres irracionales, y no a lo que habitualmente acá tratamos. Sirva al menos como recreo, en la convicción de que las realidades naturales suelen subordinarse a modo de símbolos eficaces a las sobrenaturales, reflejando por una lejana analogía su fisonomía y sus recíprocas relaciones. San Buenaventura y fray Luis de Granada, entre otros, supieron señalar ese tránsito del nivel sensible y patente a una ulterior instancia de significación latente, lo que los hizo advertir en cada criatura -y en sus hábitos, y en sus intercambios- una como propedéutica a las realidades supremas. Auxíliennos ellos, pues, en este cometido de contar un caso en el que los protagonistas son animales, no menos que en la tarea de suscitar una correspondencia admisible en ámbito no ya humano, sino incluso sacro.

No es tan raro que alguien vea su sueño interrumpido por algún ruido, o bien por un dolor que lo asalta: cualquiera conoce de esto. Quien suscribe estas líneas -que, como algunos lectores saben, vive en un medio rural, en la dilatada pampa- se despertó sobresaltado hace una noche, a instancias de un desagradable y fuerte olor que intentó vanamente reconocer. Los insistentes ladridos le dieron la pista: un zorrino (en otras latitudes llamado mofeta, y por los cronistas de Indias «zorrilla hedionda») había sido acorralado por los perros, justo en la galería exterior de la casa. La bestia se había defendido usando de su proverbial recurso, del que nuestro olfato tenía suficiente y desagradable experiencia mediando una distancia de ciento o más metros, pero que no había percibido aún tan de cerca, con todo su apremiante rigor, digno de tenerse (en su penetrante, flamígera acritud) por una de las penas de sentido que aquejarán a los réprobos después de la resurrección.

Esto ocurrió una larga hora antes de amanecer, tiempo columpiado entre laudes y mates, con el telón sonoro de los ladridos, la agitación perruna. Habiendo ya clareado bastante y contando entonces con mejor vista, la decisión de retirar una a una las tablas de madera que ocultaban al intruso agazapado dio lugar (después de mover la última y de haber soportado el olfato varios sucesivos latigazos, suficientes a replegarlo a uno una y otra vez en busca de mejores aires) al intento de fuga de éste, detenido por los atentos canes que fueron otros tantos rayos.

El resto lo hizo el hombre y la vara de su diestra mano. No deja de ser admirable en esta historia la fidelidad y la perseverancia de los perros, que aun corriendo momentáneamente enloquecidos con cada fétido saetazo recibido en pleno rostro, volvían a la carga, convencidos de su misión.

¿Hace falta señalar que el símil no se ajusta a lo que vemos hoy en la Iglesia, a la que más bien le cabe la irónica invitación de Isaías (56, 9ss): «¡Bestias del campo, fieras de la selva, venid todas a devorar! / Sus guardianes son todos ciegos, ninguno de ellos sabe nada. Todos ellos son perros mudos, incapaces de ladrar»? ¿Hace falta recurrir a ejemplos, indecorosamente prolíficos en todas las católicas modernas latitudes? ¿En qué lejana edad geológica quedaron calificaciones como la de «pestilencial», tan atinadas para los errores que afectan a la fe y tan felizmente recurrentes en el Magisterio cuando éste todavía hablaba claro? ¿Acaso los centinelas pretenden hibernar todas las cuatro estaciones? ¿Quién ladrará, el zorrino?

A decir verdad, la Iglesia ya no puede cumplir el mandato de «amar a los enemigos y orar por los perseguidores»: el irenismo (doblado en sincretismo) y la infiltración cada vez más desembozada de fieras cerriles en sus propias filas se encargaron de anular la noción misma de «enemigo». Ahí está el caso del dizque obispo anglicano, a quien el entonces cardenal Bergoglio disuadió de entrar a la Iglesia, y que hoy recibe sepultura junto a obispos católicos. Para no hablar del obispo canario que bendijo el matrimonio sodomítico de un profesor de religión. 

Christi bonus odor sumus Deo, podía decir el Apóstol (II Cor 2,15). A instancias de tantísimos clérigos que han hecho de su ministerio un mero metiére, una renta segura, se prefiere hoy incensar el altar con el hedor del más plácido cretinismo, de los vicios más viles, de la cobardía de quienes debieran ladrar. La "retroalimentación" obra eficazmente, y la lex credendi ya se ha hecho una con la lex orandi de Caín.

viernes, 8 de agosto de 2014

EL CUERPO Y LAS ÁGUILAS: UNA EXÉGESIS ADMISIBLE

Hay una indicación que el Señor dio a los suyos respecto a las circunstancias previas a su futura Venida que movió toda una mole de conjeturas desde los días en que el Evangelio fuera puesto por escrito hasta nuestros propios días, debiendo contarse con todo derecho entre los pasos más peliagudos del Sacro Texto. Se trata de aquel «donde esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas», según la versión de Lucas (17,37), que difiere de Mateo (24,28) en un dato no menor según la índole exegética a emplearse. En efecto, allí donde la Vulgata homologa ambas lecciones («ubicumque fuerit corpus, illuc congregabuntur et aquilae» en Lucas, con la única e insignificante diferencia del adverbio illic por illuc en Mateo), el texto griego original, aparte otros pormenores, distingue entre πτώμαcadáver (en la lección de Mateo) y σώμα, cuerpo (en el correspondiente pasaje de Lucas). Huelga decir que entre ambos términos no hay sinonimia estricta, aunque según el contexto y la intención puedan tomarse el uno por el otro.

Según todas las apariencias, es una locución proverbial que de hecho cuenta con un precedente escriturístico en Job (39,30). Se sitúa en ambos evangelios en medio del llamado «sermón esjatológico»: en Mateo, luego de precaver Jesús a los suyos respecto de los falsos cristos que aparecerían antes de la Parusía, que será repentina como el rayo; en Lucas, después de describir la corrupción moral de aquellos días, similares a los de Noé y a los de Lot, en los que «uno será tomado y el otro dejado». Es en este último contexto que el Señor, a la pregunta de sus discípulos por el «dónde» de tales sucesos, responde con la frase en cuestión. Lo que induce a suponer que estamos ante una de esas frecuentes respuestas elípticas por las que el Redentor quiso ofrecer una lección de mayor alcance y espesor que la urgida por sus discípulos, a menudo espoleados por un afán de conocimiento más bien anecdótico.

«Donde esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas» fue interpretado como la "disgregación de los elementos y de las fuerzas cósmicas (e incluso histórico-sociales) en los días del fin", en que la carroña de la civilización cerradamente humana quedará expuesta al Juicio. Por eso algunos traducen "buitres" en lugar de "águilas", cosa al parecer lícita, según los entendidos en la koiné. O, más amablemente, y en palabras de san Cirilo de Alejandría: «como cuando se abandona un cadáver, acuden en seguida a él las aves carniceras, así cuando venga el Hijo del hombre todas las águilas, esto es, los santos, le rodearán», interpretación ésta común a varios entre los Santos Padres, según se evidencia al consultar la Catena Áurea del Aquinate, y que concuerda perfectamente con la enseñanza del Señor en Mt 16,27: «ha de venir el Hijo del hombre en la gloria de su Padre con sus ángeles», y con aquel pasaje de I Thess (4,16ss.) acerca del «rapto de la Iglesia».

Por ello también cundió, para propiciar mejor una posible interpretación alegórica, la alusión al cuerpo, que no al cadáver: y se habló de la Hostia consagrada y de las águilas que la merodean llevadas por el santo apetito del pan celestial. Así lo hizo el propio Santo Tomás, quien se sirvió recordar que «como es connatural a la amistad compartir la vida con los amigos, como dice el Filósofo en el Noveno Libro de la Ética, Cristo nos ha prometido su presencia corporal como premio, según se lee en Mt (24,28): donde está el cuerpo, etc.» (S.Th. IIIª q.75 a.1). El himno compuesto para el Congreso Eucarístico de Buenos Aires (1934), que quedó luego como cántico para la Misa (allí donde todavía se lo canta), dice en una de sus estrofas que

tu Cuerpo y tu Sangre deseamos con ansias,
en donde está el Cuerpo se juntan las águilas

y esta misma interpretación del pasaje, anagógica o meramente acomodaticia, es quizás la que más cundió a lo largo de los siglos, dejando sin resolver la exigencia primaria que nos pone el texto: por qué Jesús respondería a una pregunta sobre las ultimidades con una indicación válida, en todo caso, para todos los tiempos. Y por qué lo haría en esas circunstancias, cuando el discurso versaba sobre los signos de su inminente Vuelta. Y aunque quisiera ciertamente impelernos a buscar el alimento eucarístico para mejor afrontar la pesadilla de la consumación temporal (y heredar, a la postre, la vida eterna), sigue pareciéndonos que debe haber algo más que escudriñar en una respuesta que deja tantas resonancias, y tan rotunda.

Quién sabe si Robert H. Benson no se basó en estas palabras cuando en la escena final de «Señor del mundo» pone una escuadra aérea a sobrevolar y bombardear el campamento de los últimos fieles en Palestina, como aves mecánicas de rapiña atacando los rezagos terrenos del Cuerpo Místico. Por eso hizo bien Castellani en repetir lo que podría considerarse una perogrullada oculta, una obviedad demasiado secreta en tiempos -como los nuestros- de compulsiva distracción: las profecías se hacen más inteligibles a medida que se acerca su cumplimiento.

Y por eso mismo, aunque el sayo de exegeta nos sobre por todos los costados, arriesgamos una hipótesis que creemos del todo plausible y que nos sorprende no haber leído nunca (pese a los argumentos que pesan en su favor) en la pluma de ningún escritor abocado a estos asuntos. El cuerpo visitado por las águilas sería el que se halla impreso en el Santo Sudario, objeto en los últimos decenios de incansables indagaciones científicas irrealizables en el pasado, y que arrojan como resultado la práctica certeza de que no otro sino Nuestro Señor Jesucristo es quien quedó grabado en esa tela, y por medios que superan las posibilidades de la naturaleza y del ingenio humano.

Santo Sudario: detalle del rostro

No será éste el lugar para extenderse sobre las admirables peculiaridades de esta augusta tela (ver, para ello, http://www.sabanasanta.org/), que recién en nuestros días y merced a los vertiginosos avances técnicos puede ser visitada por contingentes enteros de personas provenientes de todos los rincones del planeta, ni vamos a suponer que la fe deba basarse en la Síndone tanto o más que en la doble fuente de la Revelación. Creemos, nada más, que allí puede estar cumpliéndose, en el otro extremo de la parábola temporal inaugurada por la Redención, aquel «signo de Jonás» que el Señor concedió a «esta generación perversa y adúltera» (Mt 12,39), y que, aunque no veamos con los ojos corporales el cuerpo glorioso del Resucitado tal como los suyos lo contemplaron por espacio de cuarenta días hasta su Ascensión, vemos sus signos indelebles en el lino, producidos (según atestiguan los peritos) por medios desconocidos para la industria humana: ausencia de pigmentación sobre las fibras, lo que descarta su producción por técnicas pictóricas; comportamiento de todos los rasgos del cuerpo como si se tratara de un negativo fotográfico, explicable como si la tela hubiese recibido un fogonazo emitido por el cuerpo en el instante de la Resurrección; asombrosa tridimensionalidad del conjunto, lo que resulta de que la intensidad del colorido de las imágenes sea inversamente proporcional a la distancia que separaba, en cada punto, la tela del cadáver. Si a estas inexplicables exclusividades se les suma la coincidencia de ciertos datos existenciales propios del amortajado, reconocibles recién al someter la tela al microscopio (adherencia de polen de especies vegetales que crecen sólo en Palestina; grupo sanguíneo perteneciente a un individuo de la nación judía, entre otros: datos todos imposibles de imprimir adrede por ser enteramente desconocidos hasta hace poco más de un siglo), con los mismos datos conocidos de Jesucristo (debiendo añadirse el detalle de una moneda romana del siglo I cubriendo el párpado derecho, según costumbre extendida por entonces al preparar los cadáveres para su inhumación, a más de las huellas de la flagelación, de las espinas sobre la cabeza y de la lanzada en el costado izquierdo, reconocibles en el lienzo), la conclusión se impone por sí sola.

A la comprensible rapacidad de los científicos que, como águilas, han caído sobre el Cuerpo, les ha dado el Señor la evidencia que pedían. A esta generación embotada por el empirismo y el naturalismo más obtusos le ha otorgado, en esta venerable reliquia, aquella que quizás sea una última tabla de salvación, la más proporcionada a sus debilidades. Y junto con la prueba tangible de su Resurrección los interpela, como a Marta ante la sepultura de Lázaro, ya sin más excusas.

Y acaso ya sin más demoras, si este signo hubiera de entenderse según la clave hermenéutica que le atribuiría el Evangelio.

viernes, 1 de agosto de 2014

CINCO BREVES, CINCO

Ya resulta trivial hablar de «ruinas» cuando se trata de la Iglesia. Se debe hablar, más bien, de ruinas sepultadas bajo varios estratos de estiércol, bajo el sucesivo avance aluvional de las heces erupcionadas por los ínferos. O quizás, si fuera que la historia está tocando de veras a su fin, de una imprevista síntesis de ambas acepciones de «escatología».

Para muestra de lo dicho, basten cinco breves (5), aunque largos de digerir. En ristra, como las sucesivas vértebras de un cadáver del que hubiera que afirmar, como antaño de aquel de Lázaro: Domine, iam foetet (Io 11,39). Y perdónesenos el laconismo: la verdad es que, ante la catarata diaria, ya no nos sentimos con ánimo de glosar nada. Ciertas cosas se comentan solas, con sólo nombrarlas.

(Para conocer las fuentes consultadas, basta con punzar el número inicial).

Vista aérea del cardenal Hummes
1- El brasileño cardenal Claudio Hummes, señalado unánimemente como uno de los purpurados más próximos a Bergoglio, consultado acerca de si Jesús viviese hoy, ¿estaría a favor del casamiento "gay"? respondió, sin que se le caiga la cara de la vergüenza: «no sé, no hago ninguna hipótesis sobre esto. Quien debe responder a esto es la Iglesia en su conjunto. Tenemos que cuidarnos de no seguir moviendo cuestiones individualmente, porque esto acaba por crearle a la gente mayores dificultades para llegar a una conclusión que sea válida».

Hay una hipótesis, sí, que cabría hacer sobre Hummes: él es el fruto -más que maduro, podrido- de una caída  imparable en el alto clero. Y aun en el clero sin más, objeto privilegiado en esta hora de las insidias del Maligno, que parece haberlo persuadido de que «el Reino de los cielos es arrebatado por los flojos», y de que «sin fe es también posible agradar a Dios».

2- Pese a los desvelos del descubridor de la misericordia y patentador del fármaco conocido como "misericordina", el apetito de revancha y las atribuciones más abusivas cunden en la Iglesia como en sus peores momentos. Al puntapié otrora recibido por Alessandro Gnocchi y el recordado Mario Palmaro, quienes debieron renunciar a sus emisiones semanales por Radio Maria (pronto seguidos por Roberto de Mattei, nueva víctima del punitivo furor), ahora se suma la denuncia contra Francesco Colafemmina, dueño del blogue Fides et Forma, por haber presuntamente difamado al padre Alfonso Bruno, fautor de la denuncia y estrecho colaborador del interventor de los Franciscanos de la Inmaculada, padre Fidenzio Volpi. Colafemmina se había limitado en su momento a dar a conocer algunos detalles vidriosos del barbárico asalto a esta Orden entonces pujante, demolida en tiempo récord con eficacia digna de mejor causa.

La novedad en este caso estriba en el recurso al brazo secular: fue la policía local quien los interrogó largamente, primero a la grávida esposa del blogger -por ser ésta la titular del contrato con la compañía telefónica y con internet- y luego a él. Aunque al momento esto no pasa de un interrogatorio, el delito de difamación está penado en Italia con seis meses a tres años de prisión, pena que se aplica rara vez, salvo en el caso de llamarse uno Guareschi. En este, como en los anteriormente citados casos de persecución, habrá que concluir con el adagio: todos los caminos conducen a Roma.

3- La arremetida vaticana contra la paraguaya diócesis de Ciudad del Este suma ahora una nueva plausible explicación -a falta de la oficial- en un diario menos afecto a la Iglesia que al Estado sionista de Israel. Se trataría, ya aventada la acusación de abusos perpetrados contra seminaristas por el actual Vicario General -jamás formalmente presentada la denuncia- de ciertos dineros que la central hidroeléctrica Itaipú habría girado al obispado con el fin de que éste, devenido (como es costumbre) una "pía ONG", los empleara para la atención de «niños enfermos de labios leporinos, niños de la calle, personas privadas de su libertad y familiares, mujeres que sufren violencia doméstica», y para «la realización de cursos de formación y capacitación de líderes, dirigentes y catequistas». El obispo decidió, como aquel administrador encomiado en el Evangelio, «hacerse amigos con el salario de la injusticia», y puso los fondos allí donde mejor iban a rendir: en el Seminario Mayor de su ciudad. «Fui facultado para adjudicar [el dinero] según las necesidades que viera. Se me daba amplia libertad porque yo no iba a aceptar lo contrario», se defendió el prelado. Y su diócesis conoció el milagro de la abundancia: en diez años pasó de ninguna a ocho capillas de adoración perpetua, de ninguna a 54 comunidades de retiro, de 14 a 83 sacerdotes diocesanos, de 9500 a 21000 bautismos, de 1200 a 6200 matrimonios, de ninguna a más de 200 personas que hacen retiros mensuales, entre otros ítems por demás de elocuentes (redondeamos las cifras grandes. Más datos, consultar aquí).

Aranda, Pombal et alii, redivivos, parecen meter nuevamente la zarpa en aquellos reductos guaraníticos saqueados, para mayor desgracia de nuestra historia, en el lejano 1767. Y Clemente XIV, hoy paradójicamente vuelto jesuita, acude solícito a confirmar el despojo.

4- Amplias repercusiones tuvo la entrevista concedida por Francisco a una revista de su país. Los secuaces de Freud, peste difícilmente extirpable por nuestros lares, se relamieron recordando las enseñanzas de su mentor acerca «del chiste y su relación con el inconsciente». Y entonces notaron que cuando el pontífice se excusa, a propósito de una posible suya nominación para el premio Nobel, que éste «es un tema que no entra en mi agenda [...] Ni se me ocurre pensar qué haría con esa plata», la chacotera alusión a la plata descubriría el deseo inconfesable. Los genealogistas, apuntalando la especie, se sirvieron recordar el linaje piamontés de Bergoglio, y por si acaso trajeron a cuento a los fenicios, a los zíngaros barateros y a los judíos. ¿O acaso el Papa no ha mostrado suficiente afinidad con estos últimos?

A decir verdad, no es creíble que Bergoglio, a su edad y en su cargo, desee ávidamente el dinero. Sí, en todo caso, lo que éste simboliza: bien se puede despreciar a Mammon y honrar, en cambio, a Maozim.

Por lo demás, se supo que la sueca Academia de Ciencias, conquistada por las icásticas maneras del Obispo de Roma, se ha propuesto otorgarle el premio Nobel de la Humildad, instituido especialmente para él. Aunque la colusión de política y religión, insospechada consecuencia de la separación de ambas esferas propiciada por el liberalismo, lo haría más bien digno del Óscar al Mejor Actor de Reparto (los protagónicos son para el poder financiero, el civil, etc.).

Más aún: en viendo la celeridad que han cobrado últimamente los procesos, no sería de extrañar su canonización en vida. Y su proclamación como Doctor de la Iglesia, Honoris Causa.

5- En la misma entrevista Francisco ofrece un clamoroso remedo del Decálogo, más bien propio del Vesubio que no del Sinaí. Una porquería, para decirlo sin remilgos, de esas que llevan su inconfundible sello.

No faltaron quienes, leída la bergogliana retahíla, notaron la total ausencia del nombre de Dios en todas y cada una de sus líneas. Aun así, tal vez lo más alarmante sea la sentencia que encabeza la decena: viví y dejá vivir, una transposición porteña del laissez faire, laissez passer, aquel plácido principio egoísta que consagra el peor de los indiferentismos.

Pero hay una nota más alarmante, si cabe, y tiene que ver con la ligereza ciega con la que los hombres se avienen, llegado el tiempo, a encarnar las profecías más funestas. Ahí están las palabras de Ana Catalina Emmerich para corroborarlo: «vi en una ciudad, una reunión de eclesiásticos, de laicos y de mujeres, los cuales estaban sentados juntos, comiendo y haciendo bromas frívolas, y por encima de ellos una nube oscura que desembocaba en una planicie sumergida en las tinieblas. En medio de esta niebla, vi a Satán sentado bajo una forma horrible y, alrededor de él, tantos acompañantes como personas había en la reunión que ocurría debajo [...] Estas personas estaban en un estado de excitación sensual muy peligroso y ocupado en conversaciones ociosas y provocantes. Los eclesiásticos eran de esos que tienen como principio: hay que vivir y dejar vivir...» (Emmerich, Profecías sobre: I- Los demoledores; II- El misterio de iniquidad; III- La gloria crepuscular de la Iglesia, en pdf aquí).

lunes, 28 de julio de 2014

LA INDIFERENCIA QUE MATA

Como addenda a la anterior, ofrecemos el más reciente editorial del Corriere della Sera con la habitual firma de Ernesto Galli della Loggia, a quien recurrimos constatando aquello de que hasta las piedras saben afirmar las evidencias cuando los hombres osan callarlas. (Ahí tenemos el paradigmático caso reseñado por Magister el mes pasado bajo el título de «Francisco, o la diplomacia de los imposibles», cuando el Papa, durante su encuentro con el embajador de Sudán ante la Santa Sede, evitó pedir clemencia por la embarazada condenada a muerte en aquel país por su conversión al catolicismo. Y a su zaga, mil y un vergonzosos prelados que saludan el Ramadam: uno para cada una de las noches de la célebre colección de cuentos orientales). 

Hacemos notar que no es completo nuestro acuerdo con lo que aquí se expone: por razones comprensibles entrecomillaríamos el término Shoah, y evitaríamos la recurrencia al socorrido «humanismo» al que se alude en el último párrafo, que no sirve a aclarar nada. Pero creemos que el análisis aquí ensayado resulta de una infrecuente sensatez, y de una no menos usual valentía en un medio de masificación. Deplorar con todas la letras la indiferencia occidental hacia los cristianos perseguidos en los países islámicos, y cifrar esta indiferencia en el trágico abandono de la propia identidad histórico-cultural (léase apostasía), y en la «imposibilidad psicológica de tener un enemigo» (tradúzcase ecumenismo, pluralismo, libertad religiosa en clave herética, frutos todos de aquélla) resulta un diagnóstico acertadísimo. Se trata -así lo creemos- de una sana reacción al suicidio colectivo en pleno vigor, a la vez que una apelación a los sordos poderes públicos a hacer algo por estos hermanos nuestros. 

Seamos sinceros: ¿a cuántos aquí en Europa y en Occidente les importará realmente algo del enésimo homicidio de cristianos que volaron ayer por los aires en Kano, Nigeria, por la explosión de una bomba en una iglesia? Y además, ¿a cuántos les ha importado realmente algo de los cristianos obligados a huir de Mosul la semana pasada en el giro de 24 horas, bajo pena de muerte o la conversión forzada al Islam? A nadie. Del mismo modo que nadie ha movido nunca un dedo por todos los cristianos que huyeron de a cientos de miles en todos estos años de Irak, de Siria, de todo el mundo árabe. ¿Cuántas resoluciones han presentado ante la ONU los países occidentales sobre el destino de aquéllos? ¿Cuántos millones de dólares han pedido que se asignara en su favor a los organismos de las Naciones Unidas? Hace ya años que la masacre continúa, casi a diario: decenas y decenas de cristianos son quemados vivos o ultimados en las iglesias de la India, de Pakistán, de Egipto, de Nigeria. Y siempre contando con el silencio o, de cualquier modo, con la inacción general: ¿qué es lo que concretamente se ha hecho, por ejemplo, por las 276 muchachas cristianas secuestradas hace unas semanas (hablamos siempre de Nigeria) por la banda jihadista de Boko Haram por ser culpables -¡nada menos!- de querer ir a la escuela, y enviadas por ello a un destino fácil de imaginar?


Las dos razones principales de esta vasta indiferencia son obvios. La primera es que cada vez nos resulta más difícil sentirnos -y aún más decirnos- cristianos. No se trata sólo de la simple pérdida de la fe, cosa que por supuesto también cuenta. Se trata de aquello que hay a nuestras espaldas. Un par de siglos de pensamiento crítico laico, especialmente su gigantesca vulgarización / banalización vuelta posible gracias al desarrollo de los mass media, le han robado al cristianismo, a los ojos de los más, la dignidad sociocultural de otrora. Hace tiempo que ser y llamarse a sí mismos cristianos no sólo ya no es más intelectualmente apreciado, sino que en muchos ambientes es casi juzgado como inaceptable.

El cristianismo no es para nada "elegante", y a menudo comporta en detrimento de quien lo practica una especie de tácita pero sustancial exclusión. La atmósfera cultural dominante en las sociedades occidentales juzga como algo primitivo (en el mejor de los casos un "placebo" para espíritus débiles, como algo íntimamente predispuesto a la intolerancia y a la violencia) a la religión en general. En especial a las religiones monoteístas. En teoría a todas, pero luego, en la práctica, en el discurso público más difundido, casi solamente al cristianismo, y en especial el catolicismo, con la consecuente excepción del judaísmo y el Islam: el primero por obvias razones histórico-morales relacionadas (¿pero por cuánto tiempo?) con la Shoah; el segundo simplemente por miedo. Sí, debemos decirlo: por miedo.

Europa tiene miedo, y esta es la segunda razón de la indiferencia que he mencionado antes. Le tiene miedo al Islam árabe, a su poder de chantaje económico ya no ligado únicamente al petróleo, sino ahora también a una liquidez financiera extraordinaria. Al mismo tiempo, y sobre todo, le tiene miedo al terrorismo despiadado, a tantas guerrillas que dicen estar inspiradas por el Islam, a su barbarie feroz, así como a los movimientos de revuelta que agitan periódicamente en los profundo a las masas de aquel mundo, siempre impregnadas de una susceptibilidad muy fácil de encender y proyectarse en una enconada xenofobia. Pero no solamente. El Islam nos da miedo también porque su sola presencia -como, por lo demás, la de otras grandes entidades no benévolas que habitan hoy el planeta, como China- indirectamente nos obliga a hacer las cuentas con una gran mutación que está en curso en nuestra cultura y, por ello, en nuestra civilización: la imposibilidad psicológica de tener un «enemigo», de sostener una situación de conflictualidad sin componendas. Una imposibilidad que, unida al rechazo / remoción de la muerte -muerte que el ocaso de la religión hace imposible de aceptar, y por ello de exorcizar de alguna manera- está produciendo a su vez en Occidente un gigantesco punto de inflexión histórico: la virtual imposibilidad para nosotros de pensar y hacer la guerra. Al menos de aquella guerra no combatida por máquinas impersonales y sofisticadas, sino la verdadera guerra, aquella en la que se muere.

Pero, ¿qué es lo que saben de todo esto los cristianos de las antiquísimas comunidades de Mosul o de Alepo, y todos los otros esparcidos desde el África a la India? ¿Qué pueden saber? En este punto, supongo, ellos sólo se habrán percatado de la verdad que cuenta para ellos: es decir, de tener bien pocas esperanzas si esperan una ayuda que provenga de aquí. De los cristianos y de su religión, a la actual Europa le importa cada vez menos. Se puede estar seguros de que cualquier intervención en su favor sería pronto juzgada como inadmisible, indebidamente discriminatoria, culpablemente lesiva del derecho a la igualdad de todos respecto a todo. Que así sea. Pero Dios no quiera que esto no sea más que un comienzo, el comienzo de algo de lo que justamente en estos días no faltan señales premonitorias. En una Europa invadida por la secularización, en una Europa cuyas fuentes espirituales se están rápidamente arideciendo por el desprecio decretado por doquier contra todo humanismo, no puede sino establecerse una relación fatalmente necesaria, de hecho, entre la indiferencia hacia el Cristianismo y el antisemitismo. Es la misma indiferencia hacia aquello que no se puede expresar por los números, hacia aquello que viene de la profundidad de los tiempos y de los corazones y que se agita en la oscuridad de las almas: osando mirar hacia arriba, más arriba que el punto donde alcanza la mirada humana. 

viernes, 25 de julio de 2014

SANTIAGO Y EL ECUMENISMO

Santiago Matamoros, al frente de los nuestros
El nombre de Santiago evoca la virtuosa resistencia al invasor, la delimitación de campos con el hereje, la repulsa del enemigo del nombre cristiano. Música para los oídos de las huestes de la Cruz, aquel «¡Santiago y cierra, España!» acabó por asociarse indisolublemente a Las Navas de Tolosa, cuando el moro era victoriosamente enfrentado por los reyes de Castilla, Aragón y Navarra, doscientos y más años antes de que España volviera a constituirse en unidad política. El santo nombre del Apóstol cifra entonces varias de las certezas entrañadas en nuestra fe, a saber: la eficacia recíproca que se entabla entre plegaria impetratoria e intercesión, adscritas ambas al misterio de la communio sanctorum; la afirmación de la guerra justa; la necesaria fundación de la nacionalidad sobre un común principio religioso.

Por renunciar a la acometividad que exigían las circunstancias, el reino godo se vio despojado en un tris por los secuaces de la medialuna. Si el romancero supo reprochárselo a aquel rey indolente:

si duermes, rey don Rodrigo,
despierta por cortesía
y verás tus malos hados,
tu peor postrimería,
y verás tus gentes muertas
y tu batalla rompida,
y tus villas y ciudades
destruidas en un día,

¿qué versos merecerían hoy aquellos obispos desertores que, como el francés Michel Dubost, presidente del Consejo para las Relaciones Interreligiosas, saludan a los muslimes con ocasión de una de sus fiestas religiosas señalando que «los trágicos acontecimientos de Nigeria, de África Central, de Siria, de Irak, e incluso quizás más aquellos de Gaza conturban profundamente a todos los ciudadanos de nuestro país», pues «estas tragedias implican a menudo a los musulmanes, y aquellas personas excluidas, heridas, asesinadas, desplazadas, exiliadas, son mayoritariamente musulmanas»?

Es sabida, por cuestiones atinentes a la psicología del pecado, la facilidad del tránsito de un vicio al suyo más contiguo, y de éste al consecuente, en una cadena más férrea e inflexible que las que sujetan a los prisioneros luego vendibles como esclavos. Qui facit peccatum, servus est. En el caso que nos ocupa, y habida cuenta de que son éstos precisamente los días de una ofensiva sanguinaria del Islam -armado ¿paradójicamente? por Occidente- con el saldo de millares de víctimas cristianas en Medio Oriente y norte de África y la desaparición abrupta de comunidades cristianas milenarias, salutaciones como las del obispillo ilustran el vergonzante  paso del irenismo en auge -y de ya tan prolongado como fatigoso cultivo- al más descarado de los cinismos, única nota de audacia que parece informar a esta clerecía digna de asco. Mujeres embarazadas condenadas a lapidación por el delito de confesar a Cristo; iglesias detonadas en el momento de la Misa, con sacerdote y fieles en su interior; hogares cristianos bombardeados sin piedad: he aquí las víctimas "mayoritariamente musulmanas" de nuestro distraído prelado, que por desgracia no está solo en sus desvaríos.

Como muestra del grado que puede alcanzar el delirio iconoclasta de estas bestias, basten las imágenes de la reciente voladura de la tumba de Jonás en Mosul, muy próxima a la localización histórica de aquella ciudad de Nínive en la que el profeta predicara la necesidad de la penitencia. El odio y la represalia contra toda forma de representación de lo sagrado hizo posible la ruina de este lugar, del que no se tuvo en cuenta ni siquiera la riqueza arqueológica (tres mil años de antigüedad) al momento de cumplir su sentencia.




Nunca más actuales aquellas palabras de Manuel II Paleólogo citadas por Benedicto XVI en su discurso en Ratisbona en setiembre de 2006, hipócritamente cuestionadas por toda la hez intra y extra-eclesial: «muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Esto lo dijo un emperador bizantino poco proclive a bizantinismos pacifistas: Tolstoi hubiera resultado anacrónico y risible en aquella sazón, dadas las evidencias.

Muchos recurren al previsible y cómodo expediente de que "el recurso a la violencia no es el más usual entre los musulmanes", y es obvio que no lo sea: en ninguna latitud preponderan temperamentos agresivos -lo que, de suyo, impide concluir que los mahometanos sean en general violentos-, y la civilización islámica también conoció fases de repliegue y de ablandamiento en su ardor conquistador. Lo imposible de escatimar es la lección del mismísimo Corán, cuando dice, entre otras lindezas, que «si encontráis a los infieles combatidlos hasta que hayáis matado a un gran número» (XXVII, 4); «si la suerte de las armas permite que alguno caiga en tus manos, aterroriza con suplicios a los que lo sigan» (VII, 59); «no tengas escrúpulos con aquellos de quienes temes el fraude. Trátalos como ellos te traten» (VII, 60); «transcurridos los meses sagrados, matad a los idólatras en dondequiera que los halléis, hacedlos prisioneros, sitiad sus ciudades, tendedles embocadas por todas partes» (IX, 5). El Corán -puede certificarlo cualquiera que se haya asomado a sus suras- es un libro que rezuma cólera casi a cada vuelta de página, y la carnicería que despliegan sus seguidores no es atribuible, como suponen cándidamente los papanatas, a las malas interpretaciones que aquéllos hacen del mismo.

Precisa -por contraste- el abismo que media entre las concepciones cristiana y musulmana de la guerra, ese retoño espiritual de la causa de Santiago, Antonio Rivera Ramírez (el "Ángel del Alcázar de Toledo"), que arengaba a los suyos con aquel célebre: camaradas, tirad, pero tirad sin odio.

sábado, 19 de julio de 2014

CUANDO EL CAOS INFORMA LA PLEGARIA

Hace tres días, memoria de Nuestra Señora del Carmen, nos llegó una estampita adquirida en la librería religiosa supuestamente más surtida de la ciudad, muy próxima a la Catedral. De esas librerías que, hasta hace unos pocos años, ostentaban todavía la más disparatada mescolanza de estilos teológicos en sus escaparates (digamos, Santo Tomás con Anthony de Melo, o bien el Pseudo-Areopagita con Karl Rahner), dando elípticamente cuenta de que estaban dispuestas a satisfacer todos los gustos, aun los más contrapuestos. Hoy son todo láminas de Francisco, vitrinas adobadas con las obras de Kasper y estanterías rebosantes de Anselm Grün, sin que llegue a desentonar ni por asomo en el conjunto alguna brizna de ortodoxia. Se respira, según nos fue referido, un triunfalismo monolítico, algo así como el alivio de haber optado de una buena vez, y por el partido victorioso. No ya una tregua en la secular lucha entre enemigos, sino la más aplastante y abusiva homogeneidad de uno de ellos: precisamente de aquel que, según sabíamos por Lucas (16, 8) se reveló como más sagaz en sus asuntos que los hijos de la luz.

La imagen de la estampita es de las más habitualmente vistas, con la Virgen sosteniendo al Niño en brazos, y ambos con el escapulario colgándoles de las manos. Lo decididamente increíble es la oración que se lee en el reverso, verdadero tropel de despropósitos en el que no se sabe ya qué admirar más: si los sonoros tropiezos del redactor, capaz de alternar sin prejuicios el trato del Tú y del Vos castizo (no el vos argentino); o el paso intempestivo de la persona de Jesucristo -a quien se dirige inicialmente- a la de su Madre; o bien las osadas, novedosísimas imágenes («más hermosa... que las flores y cañas de los ángeles»). No se pide el don de la perseverancia, o la victoria sobre el pecado, sino -con beata hiperbólica insolencia- simplemente el ser coronado. Y no le basta con suplicar la intercesión de la Virgen ¡ante los patriarcas, profetas, querubines, serafines!, sino que se añade -estrambote apto para volar cerebros-: «y todos los espíritus celestiales junto con los ángeles». Y habría un par de cosas más para señalar, en un conjunto al parecer insuperable.

Se constata el mimetismo formulístico que suele informar buena parte de estas pías tarjetas, aptas para soportar el quiasmo del veterano refrán y que de ellas se diga lo que éste atribuía a la volátil oralidad: scripta (magis quam verba) volant. Pero esta que reseñamos añade al psitacismo más descarado el oscurecimiento mismo de la razón: lote al parecer propicio al aciago fenómeno de la apostasía. Lo único que le falta a la oración, para ser justos, es la leyenda final: «con licencia eclesiástica».

La misma que está lista para aplicarse, en breve, en el anatema a proferir contra la buena doctrina.

miércoles, 16 de julio de 2014

LA SERPIENTE ANTIGUA Y LA ATRACCIÓN DE LA NADA

A un mundo ya avanzadamente corroído por el escepticismo más radical, por el rechazo de toda fundamentación moral de la existencia -indiferente, por tanto, o casi, a las categorías de «bien» y «mal»-, habría que enrostrarle la lección hamlética: en el centro mismo del hombre es la puja entre el ser y el no-ser la que se libra, y no otra, y todas sus acciones son reconducibles a este tablado. Y acaso así volvamos siquiera a barruntar las nociones archivadas de «bien» y «mal», ya que el bien depende metafísicamente del ser, y a mayor plenitud de ser mayor el bien, y el mal es merma y sombra de esa plenitud. Por supuesto que al vigor apodíctico con que se aluda al ser debe corresponderle un ánimo con-victo, capaz de dejarse vencer por las incontrastables evidencias. Lo que, para los tiempos que corren, ya es tanto como un milagro moral.

Epifanía desgraciada la del ser con todas sus riquezas, cuando ha de serlo entre cegatos; testimonio que sólo sirve a ofuscar aún más, como en el drama de la bondad de Jesús visible a los fariseos. Pero sol siempre naciente de su alcoba, signo de contradicción del que unos huyen a soterra y otros reciben con gozo los sus rayos. Drama, drama único y real del hombre en esta vida, cuyo todo cometido estriba en afirmar o negar, y cuya libertad, si fuésemos capaces de justipreciarla, nos impresionaría (en la vastedad de sus perspectivas posibles) como un puro piélago, sin accidentes a la vista. Principio de vida íntima increíble para el distraído, pero principio no menos eficaz para cualquiera. «Mira que yo pongo hoy delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desgracia» (Dt 30,15).

El hombre no trata sino con preexistencias porque el hombre no extrae nada de la nada, sino que punza aquello que se le ha concedido en feudo. Pero su asombrosa facultad de actuar sobre lo dado con plena voluntad y deliberación, imprimiéndole su espíritu y carácter a la materia, su señorío sobre las cosas -en lo que se confirma el ser imagen del Creador- se ve afectado por esta duplicidad que inhiere toda su actuación en el mundo. Se obra pro o contra legem, asegún escoja el hombre en conformidad con su voluntad, y ella lo hace irremisiblemente responsable.

Si algo caracteriza a la modernidad es la embriaguez del poderío, tanto que vio surgir fenómenos tan característicos dentro de un arco tan vasto de aberraciones como el consumismo y la manipulación de embriones humanos, inter alia. Si la antigüedad conoció la expansión imperial y la Edad Media un Sacro Imperio concebido como una confederación de naciones cristianas, el imperialismo en sentido estricto -si hacemos abstracción del Islam- se revela como un fenómeno eminentemente moderno, punto menos que los totalitarismos. Ahora bien: esta hiperbólica voluntad de potencia, por su desorden intrínseco, incide negativamente sobre el ser al establecer una polarización hostil entre conciencia y res extensa, para decirlo en términos comprensibles a la filosofía moderna. Es la catástrofe inmanente, esa «catástrofe de la realidad manipulada falazmente» (en palabras de Guardini, o similares) que constituye todo el lucro que puede obtener el hombre picado de esta hybris.

Y es el trato más desaprensivo que podía brindársele al no-yo, y es el máximo destrato. «El infierno son los otros», según se sinceró Sartre. Pathos tan sombrío ya afectó, por si no nos hubiésemos enterado, a la mismísima Iglesia, cuya Jerarquía, no contenta con modificar innecesaria y aun ilícitamente las cosas que son de dominio eclesiástico (como se lo ha hecho con el Misal), se mete incluso con las que son de derecho divino, tal como viene anticipándose sin rubor respecto de la comunión prevista a los adúlteros. Es la Iglesia adúltera que se reconoce en sus pares y los premia, tiznando plenitud con menoscabos por el acuoso recurso a una misericordia que es su parodia cruel.

Nuevo: he aquí la palabra-talismán de la modernidad, alusiva en principio a una mera cualidad adjetiva, pero que en verdad versa sobre la voluntad desaforada de poder, del deshacer para rehacer a gusto, del saborear la extensión del libre arbitrio hasta las heces. Modernidad que se apropia sin más ni más del ecce nova facio omnia (Ap 21,5) que sólo Uno puede, en rigor, pronunciar. La Iglesia, encandilada por ese mundo al que ya desiste expresamente de evangelizar, no quiere ser menos que él y está presta y solícita para trocarlo todo en su contrario. Así, al cura de campaña que osó recordar que «para la Iglesia, que actúa en nombre del Hijo de Dios, el matrimonio entre bautizados es sólo y siempre un sacramento» y que «quien se pone fuera del sacramento contrayendo el matrimonio civil vive en una infidelidad continua», pues «no se trata de un pecado ocasional» pasible de arrepentimiento y enmienda, por lo que no puede permitírsele la comunión, el secretario general del Sínodo, cardenal Lorenzo Baldisseri, lo desairó públicamente tildando sus palabras como a «una locura, una opinión estrictamente personal de un párroco que no representa a nadie, ni siquiera a sí mismo».

«¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal!»
(Is 5,20). La tempestad arrecia hasta el naufragio, y ejemplos como el citado cunden hasta el hastío. Bien se ha dicho que la agonía del Señor en Getsemaní fue provocada por la visión subitánea de todas las deserciones y traiciones de los suyos, del nulo provecho que muchísimos obtendrían de su Sacrificio: y se habló hasta del hastío del Redentor en esa hora. El mismo hastío que no debe sino provocarle el permanente escándalo de un Papa que no quiere ser más que Obispo de Roma, que en su deposición escrita arrima el sofisma de que «dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado» (Evangelii gaudium, 32), que recientemente nos hizo saber que, aparte de la obvia referencia al de Asís en el nombre que se impuso como pontífice (sin dudas más alusivo al Francisco de Renan, que no al de Celano o al de Buenaventura), Celestino V viene a ser su ulterior modelo. Se trata, nótese bien, de aquel Papa que renunció al pontificado apenas transcurridos cinco meses de su elección, colui che fece il gran rifiuto, según Dante. Se trata de enaltecer al papa que no quiso ser papa, es decir: de dorar la aventura de no-ser. O bien: de la atracción de la nada.

Jesús es tentado por el diablo, Gustave Doré
Analizando la psicología del pecado tal como nos la presenta el Génesis, se supo señalar que «cuando se dice que Dios sabe que los hombres, mediante la acción prohibida, pueden hacerse semejantes a Él, se afirma que Dios tiene miedo y siente su divinidad amenazada por el hombre», lo que equivale a colocar a Dios al nivel de las divinidades míticas, vuelto soberano de hecho y no por esencia. Lo único que necesita el hombre para destronarlo, según la sugestión demoníaca, es el conocimiento del bien y del mal, conocimiento «entendido también de manera mítica como la iniciación -reservada al soberano del mundo- en el misterio del universo, iniciación que da un poder mágico y garantiza el dominio» (Romano Guardini, Die Macht). Es el contenido implícito en la tercera tentación sufrida  por Jesús en el desierto: adorar el principio del mal que domina al mundo. «Aquí es donde se plantea para la voluntad humana en forma neta la cuestión fatal: ¿en qué cree? ¿A quién quiere servir: a la fuerza divina invisible o a la fuerza del mal, cuyo reinado en el mundo es manifiesto?» (Soloviev, Los fundamentos espirituales de la vida).

Que la Iglesia estaba severamente afectada por aquel mal que nuestros paisanos conocen como lumbrí (es decir: la parasitosis, la burocratización del ministerio sagrado, que hace del sacerdote un paniaguado de la función cultual) era cosa archisabida. Pero la infestación es mucho más grave aún, tanto que devino un remedo grotesco de la Inhabitación a cargo de un agente sibilino y sibilante, como de sierpe convidada a aposentarse en los reales dominios que no son los suyos. El famoso «humo de Satanás» discurriendo en meandros, como el intestino tomado por lumbrí, y tan interno y enquistado como expresivo en pésimos frutos.