jueves, 18 de septiembre de 2014

¡CRISTO VENCE! o bien LA REHABILITACIÓN DE LA VERDAD

Caída de Babilonia, tapiz de Angers (siglo XIV)
Ya se está volviendo inequívoca la identificación de la Babilonia del Apocalipsis con la Roma actual. Y aquellas «siete cabezas que son siete montes sobre los que se asienta» (delicia de la exégesis de Lutero, que veía en estos rasgos los inconfundibles rasgos orográficos de la Ciudad Eterna) bien podrían enumerarse como apostasía, laxitud, ambición, impureza, falsía, cobardía y traición, cuando no más resueltamente como los siete pecados capitales colándose en cuanto dicasterio y congregación les hiciese lugar.

La infiltración capilar de porquerías más o menos menudas (es decir: más o menos grandes) le ha dejado el paso, en los últimos dieciocho meses, a un abultado alud de fango y nequicia capaz de petrificar a los hombres en sus vicios, tal como la lava que otrora cubriera a Pompeya y Herculano. Si no pueden augurarse buenos frutos del mal árbol, acá están, puestos en triste y definitiva evidencia, los frutos del modernismo y sus alias y refritos (teología de la liberación, "cristianismo adulto", Escuela de Bolonia, etc.). Nadie, ni aun el más badulaque entre los memos podrá negar la asociación (siquier de coincidencia temporal, ya que no se la quiera admitir causal) entre el progresismo en vigorosa epidemia y la vigencia y promoción de los más repugnantes delitos que podían afligir a clérigos: pederastia, desfalco, mundanidad soez. Y ahora, como guinda del postre, el caso de narcotráfico que salpica a un cardenal argentino de mala trayectoria, muy cercano a Francisco, por lo demás.

A este paso ya no queda sino seguir asistiendo al doble ritmo del despiece tal como se lo ha emprendido con la mayor resolución: por un lado, la máxima permisibilidad en la praxis sacramental, con misas-cambalache, con parodias de bodas homosexuales ante el altar, admisión de los adúlteros a la comunión, etc., junto con la ostensible degradación de la dignidad religiosa de la Jerarquía, cada vez más dada a departir ante las cámaras con la hez de la farándula. Es la parte que toca al espectáculo, por muy mal gusto que se le reconozca. Por el otro lado, la remoción paciente de todo lo que represente algún resabio de integridad doctrinal y de decoro cultual. Para engrosar aún más el tendal de misericordiados, si no bastaba con el fundado rumor de la inminente salida del cardenal Burke del Tribunal de la Signatura Apostólica, ahora Tosatti filtra la especie según la cual Bergoglio «habría pedido el elenco de los obispos que incardinan en sus diócesis a los frailes Franciscanos de la Inmaculada que quieren abandonar la Orden después del comisariamiento y la re-educación obligatoria», y no seguramente para felicitarlos.

Pero para no quedarnos en nudas descripciones ni lamentos de los horrorosos hechos en cascada, queremos (y para alivio de la conciencia y exigencia de simplicidad) remontarnos al menos a una de las principalísimas causas de este desastre. Pues comprender el proceso de apostasía en su mismo origen ha de servir eficazmente a prevenirnos, según aquella exhortación paulina (Ef 5,11): «no toméis parte con ellos en las obras infructuosas de las tinieblas; por el contrario, condenadlas abiertamente, porque las cosas que ellos hacen en secreto da vergüenza decirlas», aunque cumple al fin alumbrarlas por su nombre propio, pues «todo lo que es manifiesto es luz».

Y notamos que la voluntaria liquidación de las certezas está en la base de la decidida deriva hacia el abismo. Romano Amerio había llamado "la dislocación de la Monotríada" a aquella contestación de la doctrina de las procesiones divinas según la cual el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo», y no sólo del Padre, como lo pretendieron los cismáticos seguidores de Focio. La consecuencia que esta omisión proyecta en la misma concepción de las cosas humanas se funda en la remota analogía existente entre las recíprocas relaciones personales en la Santísima Trinidad y las potencias superiores del alma humana (memoria, inteligencia y voluntad), e incluso en la estructura metafísica de lo real, según el símil felizmente esbozado por san Agustín en su tratado De Trinitate. Al remover al Verbum (Sapientia Dei) para hacer proceder la Charitas exclusivamente del Esse, la repercusión en la esfera de la religión no podía ser mayor. Pues si  la causalidad que cursa del ser a la verdad y al bien ya no es admitida, el bien ya no se busca en tanto que conocido, sino que se hace objeto de ciega adhesión.

Sabemos que, al menos desde el nominalismo, esta afección, con carácter creciente, ha ido removiendo los cimientos de nuestra civilización hasta propiciar la perversión del espíritu, y en un grado que se diría irremontable. Mil consecuencias se le reconocen, desde aquella urdimbre de «ideas cristianas que se volvieron locas», de que Chesterton decía estar conformado el mundo moderno, hasta el abandono del principio del operari sequitur esse a trueque de aquella que Pío XII llamó la "herejía de la acción". El último bastión a demoler era la Iglesia, inficionada desde hace décadas por esta calamidad.

Es harto comprensible que el más remoto de los curitas rurales ose sermonear la baladita baladí de que la fe «no es adhesión a unas fórmulas verbales, sino sólo confianza», indefinida confianza nada más, si es el propio pontífice quien propala sin pausa este género de dislates. Ejemplos tomados de esa obra diaria de socavación que son sus homilías podrían citarse hasta el cansancio. Baste lo que declaró hace casi un año, en la entrevista concedida a Civiltà Cattolica: «buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo [...] Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él». Sencillamente pavoroso, aparte de inicuo.

De resultas de lo cual, alguien se refirió a Bergoglio como al campeón de una cierta "teología de la inquietud", pero no precisamente en el sentido del irrequietum cor del de Hipona, sino más bien en el de una jactanciosa exposición actoral de las propias dudas y vacilaciones doctrinales, tan inadecuadas al munus petrino, consistente ante todo en el «confirmar en la fe» a los hermanos. Más bien se destaca el método asistemático que el Obispo de Roma se gloría aconsejar para la formación de los jóvenes, a quienes no hay que decirles «cosas demasiado ordenadas y estructuradas como un tratado». Ya se sabe que la lógica no es más que un lujo superfluo para eruditos.

Por eso que la violencia en el ejercicio del mando, descomedida hasta la exasperación, se deba explicar por la inaudita situación de que al gobierno de la Iglesia hayan sido puestos hombres que ya no son ¡qué digo católicos!, ni siquiera sensatos. Es la indistinción la que se busca, el volver a ese Χάος que Hesíodo situaba en los orígenes, cuando el todo informe no había aún cobrado sus atributos diferenciales. Se pretende desmontar el orden querido por Dios, que separó las tinieblas de la luz, y para ello se atribuye a la realidad un sustrato onírico, en el que (como es propio de los sueños) cualquier cosa es posible, y un hombre puede ser mujer y un momento después puede ser rata. Son las consecuencias prácticas del rechazar el primado del Logos sobre la realidad, por lo que no debe extrañar que sacerdotes formados en esta atmósfera de gnosticismo y bitumen acaben por bendecir el amancebamiento de maricas.

Acá tenemos una clave interpretativa de aquel pasaje (I Io 2,23) en el que san Juan Apóstol revela la identidad del Anticristo: el que niega al Hijo no posee ya al Padre. Negar al Hijo no supone sólo el rechazar su condición divina y su mesianidad, cosa bastante obvia. También supone rehusar el orden pensado y querido por Dios y puesto bajo los pies de su Hijo, que también se llama su Inteligencia. Porque la convertibilidad del bonum y el verum no puede fundarse en la confusión de los seres, sino en la debida disposición ontológica tal como ésta salió de la mente y las manos del Creador. Asoma también aquí la clave de esa rotunda afirmación del Señor: ¡bienaventurado aquel que no se escandaliza de mí! (Lc 7, 23).

Abierta ya la caja de Pandora y sueltos y campantes los males derivados de la apostasía, conservemos nosotros esa esperanza que se quedó cautiva, ajena a tan espantoso cuadro. A la tiranía de Satanás, pergeñada en oscuros habitáculos con la complicidad de clérigos mercenarios que el Señor está por vomitar de su boca (Ap 3,16), opongámosle la certeza de un triunfo cósmico a plena luz: el de la Creación renovada a instancias del Cordero. Será la hora de proclamar, ante las fauces de una Jerarquía que se escandaliza del suave yugo de Cristo, el ¡Cristo vence! con valor adversativo. ¡Cristo vence! y desbarata los planes de sus adversarios. ¡Cristo vence! y revela el juicio de Dios ante el atónito desengaño de sus opugnadores.



lunes, 15 de septiembre de 2014

MALAS PRIMICIAS NUESTRAS

Rorate Coeli publica, «justo a tiempo para el Sínodo de la Familia», dos primicias de la Argentina para el mundo. Tales, que a nuestra patria (bien acompasadas ambas con un pontificado al menos impar) le han merecido los sugestivos bíblicos títulos de sol de la Iglesia universal y ardiente luz de las naciones. Se trata de dos sucesos ocurridos en el lapso de sólo dos días, y que sugieren una síntesis que el Antiguo Testamento hubiese retenido imposible: la de Sodoma con Jerusalén.

Ahí están, arrasando con toda explicación, primero la "bendición" (que el párroco se apuró en aclarar que no era boda) de una yunta de hombre y hombre, uno de ellos transexual, asunto recientemente abordado aquí. Fue en Santiago del Estero, tierra de proverbiales siestas, no exentas (por lo que consta) de pesadillas. Ni faltó el pasaje de las bodas de Caná, leído y glosado en la ocasión por el sacerdote, para mayor irrisión del sacramento del matrimonio.

Bautismo de Génesis, en brazos de su padre biológico. De corbata,
a la izquierda, la madre biológica. Eso que hay en el centro es un cura.
El día previo, como en una película de absurdo y de terror todo en una, se había celebrado el bautismo de la hija de una coyunda transexual en la ciudad entrerriana de Victoria. Merced a la nueva legislación que permite la "elección de género", el que nació varón ahora se llama Karen, y aquella de la que el partero exclamó "¡niña!" hoy es Alexis, aunque ambos mutantes volvieran momentáneamente al uso natural de sus respectivos sexos para poder concebir y parir a su hija, que llamaron Génesis (justamente en Génesis, 19  puede leerse el juicio de Dios sobre aquellas ciudades abominables que quedaron sepultadas en azufre). En este caso, el sacerdote se jactó de no haber sido criticado por ningún otro párroco. «Cada uno pensará lo que quiera pero ante todo está el respeto. Siempre es bienvenido un fiel más a la casa de Dios y él sólo puede juzgarnos», abundó.

No se sabe ya cuál de los agentes del caos resulta más eficaz: si los ideólogos (eclesiásticos incluidos), que actúan febrilmente desde cátedras episcopales y universitarias, editoriales, etc. O aquellos idiotas babeantes que, investidos de un sacerdocio que degradan con su sola presencia, capitulan ante todas las embestidas de los profanadores. Si la astucia de los malos o la exasperante lenidad de los babiecas.

Lo que sí arroja una respuesta -a esta altura casi obvia incluso en las más remotas latitudes católicas, debido a la proyección universal de aquella que era la causa local de tal quebranto- es lo que sugiere un tan lacónico como certero comentario con que concluye la noticia que citábamos al comenzar: podría ser útil, apenas con propósito de registro histórico, recordar quién estuvo mayormente a cargo de la Iglesia argentina durante la mayor parte de las dos pasadas décadas, responsable en diversos niveles de todos los nombramientos episcopales para la Argentina (excepto por un puñado de conservadores que fueron impuestos por Benedicto XVI ), dando con ello el tono para la Iglesia en su país.



NOTA: Apenas publicadas estas líneas, un diario local publica las impresiones del padre Joaquín Núnez, «que realiza su tarea pastoral en las villas de la ciudad [de Rosario]». De veras no podría expresarse mejor un programa tan deletéreo con más economía de palabras. Cuando el cura, de visita en la Santa Sede, le solicitó al Obispo de Roma poder aplicar "una mayor apertura en la administración sacramental", éste fue clarísimo: dale para adelante.


viernes, 12 de septiembre de 2014

SÍNODO: PENSAR LO PEOR

No puede cuestionarse la validez de aquellas palabras de Jaime Balmes respecto de la extendida máxima "piensa mal y acertarás": ésta, que «se propone nada menos que asegurar el acierto con la malignidad del juicio, es tan contraria a la caridad cristiana como a la sana razón. En efecto: la experiencia nos enseña que el hombre más mentiroso dice mayor número de verdades que de mentiras, y que el más malvado hace muchas más acciones buenas e indiferentes que malas», siendo la razón de esto que «el hombre ama naturalmente la verdad y el bien, y no se aparta de ellos sino cuando las pasiones le arrastran y extravían» (El criterio, VII, 2). Esto es cierto si evaluáramos cuantitativamente las acciones del hombre malvado: sus malas obras son las menos numerosas. No obstante, no puede objetarse que son justamente las más significativas y relevantes de las decisiones del protervo las que se ven informadas por la mala volición: Judas Iscariote lo comprueba con la mayor diafanidad.

En todo caso, y siéndonos imposible adentrarnos en la conciencia ajena ni anticiparnos a cuál de los actos del prójimo (por muy mala que sea su fama) estará empañado por su mala voluntad, la advertencia de Balmes conserva toda su vigencia y será un eficaz correctivo de los juicios temerarios, tan lesivos de la justicia y del orden. Valga, para ejemplo no menos clamoroso, la prejuiciosa incursión de Natanael: ¿es que de Nazareth puede salir algo bueno? Y discúlpense esta protesta y digresión para entrar finalmente en tema.

«¿Es que de este cónclave puede salir algo bueno?» nos preguntábamos hace dieciocho meses, fundados en las anómalas circunstancias de la renuncia de Benedicto y en el prontuario de algunos de los conclavistas -apenas aquellos pocos de los que teníamos noticia, de suficiente impudicia como para demudar los frescos de Miguel Ángel. Harta razón teníamos en pensar mal, que la realidad superó el más desaforado de los pesimismos. Pues bien, en este camino de escollos (escándalos) en que ha venido a parar la Iglesia de estas últimas décadas, la cuestión urgió una ulterior refórmula: «¿es que de este sínodo puede salir algo bueno?». Primero, la oportunidad de una tal convocatoria en tiempos de indisimulados zarpazos a la autoridad y al magisterio perenne de la Iglesia. Segundo, las loas públicas del propio pontífice al cardenal Kasper, el patrocinador de una enmienda a la ley divina. Luego, la difusión del Instrumentum laboris, repleto de trampas que auspician la consabida reversibilidad en boga, aquella que invita a «leer el Evangelio a la luz de la cultura contemporánea» y no al revés. Incluyendo, dentro de la "problemática de la familia", a la de los pederastas coyuntados al amparo de la jurisprudencia de Gomorra. Finalmente, la dudosísima calidad de no pocos de los participantes en la asamblea, cuyos nombres fueron ventilados hace un par de días por la Santa Sede.

Un repaso para nada exhaustivo destaca al belga cardenal Danneels, encubridor serial de pedófilos en su pais, uno de los cardenales de quienes (por este motivo) fue solicitada la exclusión del cónclave que consagró finalmente a Bergoglio, y que no sólo conservó su lugar como elector, sino que llegó a rezar una oración en la misa de entronización de Francisco como primero de los cardenales presbíteros. Pese a su sonada condición de corrupto y chanchullero, tan estigmatizadas en abstracto por el Obispo de Roma, se lo señala como uno de sus principales allegados. Monseñor Bruno Forte, secretario especial del Sínodo, es uno de esos mercenarios a los que una fortuna generosa concedió la cátedra y el báculo para proclamar, entre otras lindezas, que «el sepulcro vacío de Cristo es una leyenda» y que se burló públicamente de la carta enviada en su momento por Benedicto XVI a los obispos para instar a la aplicación del motu proprio Summorum pontificum. El cardenal André Vingt-Trois, arzobispo de París, supo solicitar a Roma penas canónicas para quienes celebraran la Misa tradicional. El innombrable rector de la UCA, mons. Tucho Fernández, capaz de enaltecer el léxico de los altos dignatarios de la Iglesia con giros otrora impensables bajo las mitras, como "dejémonos de joder" y otras retóricas afines. El cardenal neoyorkino Timothy Dolan, de quien se supo le concederá un lugar en la venidera procesión del día de san Patricio en las calles de su ciudad a un grupo de activistas homosexuales, aparte de otras innúmeras connivencias con el "poder rosa". El cardenal Angelo Sodano, el mismo que le ocultaba sistemáticamente a Juan Pablo II las denuncias que llegaban a Roma de abusos sexuales de parte de clérigos, entre otras aquellas que inculpaban al tristemente noto Marcial Maciel.

Parece demasiado, y debe haber mucho más de maloliente. A juzgar por el tenor de algunos de los convidados y por la dilución historicista de la doctrina católica sobre la familia, aviada con descaro por varios de los participantes, aquel slogan de «la Iglesia ante los nuevos desafíos» debe significar una sola cosa, y apostasía explícita. A los incautos obispos de latitudes lejanas que aún acudan a buscar soluciones pastorales para los arduos días que corren, y luego de explicarles sobre las fuerzas políticas que andan entre bambalinas musitándoles a los indecisos algo así como «abríos a los derechos civiles modernos y os perdonamos la vida», habría que enterarlos de lo que significa "meterle a uno el perro" en el terruño de Bergoglio (él, que supo engarzar alguna de sus memorables homilías porteñas con la sutil expresión), para luego mentar el oportuno cartel que merece presidir la sala sinodal, escrito en gruesos caracteres y en nítidos latines: CAVETE CANEM.

Tal la magnitud del perro que intentarán colar en las conclusiones
del Sínodo y en la nueva disciplina de los sacramentos

martes, 9 de septiembre de 2014

LA INSULTANTE PAMPLINA DEL DIÁLOGO

No se podía precisar mejor que como lo hace el Aquinate, casi al comienzo de la Contra gentiles (I, 6), la incompatibilidad radical entre cristianismo e Islam. Allí expone cómo la sabiduría divina, «para confirmar aquello que supera el conocimiento natural, usó de muchas obras que sobrepasan la capacidad de toda la naturaleza. Esto sucedió, por ejemplo, en las admirables curaciones de enfermos, en la resurrección de muertos, en la mutación de los cuerpos celestes; y sobre todo en la inspiración de las mentes humanas, de manera que aun los ignorantes y sencillos pudieran conseguir instantáneamente la más alta sabiduría y elocuencia por el don del Espíritu Santo». La perseverancia de tantos testigos, aun en medio de las persecuciones más sangrientas y sañudas, remata y confirma lo dicho, y todo pese a que en la fe cristiana «se predican verdades que están sobre todo entendimiento humano, se coartan las pasiones carnales y se enseña a menospreciar los valores de este mundo. Es el mayor de todos los milagros y una clara manifestación de la acción divina que el espíritu del hombre preste su asentimiento a estas verdades y que, despreciando las cosas visibles, sólo desee las invisibles».

Aquel «milagro moral» de la conversión de la Roma imperial cae así bajo la consideración del Angélico como «el más admirable de todos los signos: que el mundo se convirtiese a creer cosas tan duras, a actuar de manera tan difícil y a esperar cosas tan altas por la predicación de hombres sencillos y vulgares». Lo que contrasta al punto con lo ocurrido por acción de Mahoma, quien «sedujo al pueblo con promesas de placeres carnales [...] e igualmente les dio una ley de acuerdo con dichas promesas. En cuanto a doctrina, no les enseñó más verdad de la que cualquier sabio mediocre puede conocer con la luz natural; y además mezcló con las pocas verdades que enseñó, muchas mentiras y doctrinas erróneas. No les dio signos sobrenaturales, única manifestación que puede testificar una inspiración divina, ya que al dar muestras sensibles de obras que sólo pueden ser divinas, el maestro de la verdad prueba que está divinamente inspirado. [Mahoma] más bien afirmó por las armas que había sido enviado, siendo éstos signos que no faltan a ladrones y tiranos. Por lo que no le creyeron desde el principio los hombres sabios experimentados en las verdades divinas y humanas, sino sólo hombres bestiales, moradores de los desiertos, ignorantes por completo de toda doctrina acerca de Dios [...] Ningún oráculo de profetas anteriores lo apoya con su testimonio; más bien desfigura al Antiguo y al Nuevo Testamento presentándolos como narraciones fabulosas, según puede notar quien lea su ley. Por ello astutamente prohibió a sus secuaces leer el Antiguo y el Nuevo Testamento, para que así no le arguyeran mediante ellos de falsedad».

Si esta ajustada comparación fuera todavía inapropiada al talante poco argumentativo de nuestros contemporáneos, incluidos tantos hombres de Iglesia, podría reducírsela a mayor concisión y cifra más o menos así: Mahoma pretendió impugnar la Palabra definitiva de Dios, valiéndose para ello incluso de las armas. En otros términos supo definirlo monseñor Fulton Sheen: el Islam adopta la doctrina de la unidad de Dios, Su Majestad y Su Poder Creativo, y la usa para repudiar a Cristo, el Hijo de Dios. Las consecuencias que se derivan de esto no pueden ser otras que las conocidas, por mucho que nos esforcemos en pensar en un panteón mundial hecho de recíprocas buenas intenciones entre los adeptos a los diferentes dioses. En un artículo publicado hace un año por Piero Vassallo y reproducido recientemente por Chiesa e postconcilio, las palabras de Santo Tomás son nuevamente expuestas, acompañadas esta vez por cierta información adicional que vale la pena precisar para alumbrar un poco la confusión que hoy se siembra en torno al atractivo fetiche del "diálogo". Citamos, pues, de allí:

Resulta que poco después de la muerte del Aquinate, un dominico llamado Ricoldo da Montecroce intentó la evangelización de los musulmanes iniciando con ellos un diálogo constructivo, en la confianza de hallarlos bien dispuestos para el intercambio teológico. Pero pronto se sintió decepcionado por la reacción de sus feroces interlocutores, lo que lo obligó a dar un paso atrás para profundizar el estudio de la lengua árabe y el conocimiento del Corán, creyendo que la adquisición de este recurso le granjería mejores resultados. Muy por el contrario, esto fue precisamente lo que lo hizo llegar a conclusiones opuestas a las nutridas con sus veleidades ecuménicas.
Vuelto a Florencia en 1300, después de doce años de tormentosos viajes en las tierras invadidas por los mahometanos que lo convencieron de la imposibilidad del diálogo con los éstos, desarrolló las tesis de Santo Tomás y escribió un ensayo crítico sobre los sarracenos.
En el texto se enumeran «las cuatro categorías de personas que se adhieren al error de Mahoma: la primera es la de los que se han convertido en sarracenos por el poder de la espada y que, reconociendo su error, volverían sobre sus pasos si no tuviesen miedo. La segunda está representada por aquellos que fueron atraídos por el diablo y llegaron a creer como verdaderas las mentiras. La tercera es la de aquellos que no quieren abandonar el error de sus padres, y aunque dicen atenerse a sus padres, los separa de ellos el hecho de que en lugar de la idolatría han elegido la secta de Mahoma. La cuarta es la de aquellos que por la gran cantidad de mujeres concedidas y por las demás licencias prefirieron este error a la eternidad del mundo futuro».
 
Entre las varias causas de la imposibilidad de diálogo con los musulmanes, Ricoldo se detiene en las contradicciones entre numerosos textos incluidos en el Corán, como aquel que establece que los judíos y los cristianos serán salvos, agregando a continuación que «nadie se salvará excepto los que están en la ley de los sarracenos», y aquel en el que se insta a los fieles a utilizar sólo palabras suaves con los infieles, y posteriormente ordena «matar y depredar a los que no creen». 
El análisis del Corán demuestra a la postre la incompatibilidad de fe y razón, un vulnus que justificó la devastadora teoría de Averroes acerca de las "dos verdades": la de los filósofos y la de los religiosos.

Hasta aquí Vassallo, quien nos recuerda convenientemente lo más significativo y atendible que en esta materia nos han ofrecido los últimos pontífices y algunos prelados contemporáneos pese a las ambigüedades de rigor en nuestros postconciliares tiempos, incluido el famoso y desafortunado beso del Corán a instancias de Wojtyla. Así, Juan Pablo II pudo decir que «quien conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento lea el Corán, verá con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que se ha cumplido en éste». Y constan las palabras que Benedicto XVI citó de Manuel II Paleólogo, del cual vale la pena extenderse en torno a su incapacidad de imaginar «nada peor ni más absolutamente inhumano que aquello que hace Mahoma, prescribiendo que a través de la espada se extienda aquella fe que él mismo proclamó. Ha obligado por la fuerza que una de estas tres cosas se verificase: o que los hombres de cada rincón de la tierra se acercasen a la ley [coránica], o que pagasen tributos y desenvolviesen la actividad de los esclavos o que, si no se avinieran a hacer ninguna de estas dos cosas, les fueran tronchadas las cabezas con la espada. Ésta es, de hecho, la cosa más absurda, desde el mismo momento en el que Dios no se goza en los estragos y el no obrar según razón es ajeno a Dios». Por eso monseñor Bruno Fisichella recuerda la necesidad de que razón y fe retomen su camino común, no sólo para fecundar la evangelización, sino «para consentir incluso a los no creyentes acoger el mensaje de Jesucristo como hipótesis cargada de sentido y decisiva para la existencia». Y monseñor Brandmüller apunta al insoluble deficit de razonabilidad del Islam, lo que impone como «diferencia más fuerte entre cristianismo e islamismo un tema tan central como la concepción del ser humano».

Ahí está el frecuente lamento de tantos misioneros que hablan con pena de los mahometanos como "inconvertibles": generalización ciertamente relativa, que no absoluta, pero que tiene el honor de reconocer el dramatismo real que se entabla con este terrible enemigo del Islam. 

Y que Francisco, con su glucosada, irrealista, gangosa, reiterativa, previsible, fútil, anestésica, caduciente, insultante pamplina del diálogo (y del diálogo con el Islam, ahora ofrecida como exhortación a los obispos de Camerún, como si éstos no supieran bastante de la peligrosidad de los cocodrilos y los leopardos), niega irresponsablemente. Sí, es tiempo de creer que las ambigüedades de los últimos cincuenta años han cesado en favor de una explícita nulidad sin contrapeso alguno, una pura nulidad de esas que la naturaleza aborrece, y que una inédita conjunción de causas ha situado allí donde siempre hubo Algo.


jueves, 4 de septiembre de 2014

LO MUCHO QUE SE DIGA ES SIEMPRE POCO

Perplejos ya no: asqueados. Transidos de una repugnancia que sólo apagaría el escarmiento ejemplar del impostor y su cohorte de sacrílegos, la recia venganza de un Dios celoso de Su nombre y de Su gloria. Ya no perplejos: saturados. Y es que el Hombre del Paroxismo, contando muy a sabiendas con la permisión y la paciencia de lo Alto, apura el saqueo de todo remanente de dignidad en la Iglesia adulterada, donde la cizaña ahoga a la mies.

El Santo Padre aceptó engalanarse a lo Maradona 
Otros depusieron, gradualmente, los símbolos de la monarquía pontificia: éste directamente huélgase en el cieno, entre las deyecciones varias, dando lugar a que unos malandrines célebres sean quienes regulen el trato que conviene para con el Vicario de Cristo. «Al otro había que besarle el anillo...» La rebelión universal de los viles, que se han sentido atraídos al Lugar Santo para hollar, para hozar, para dar coces, que han visto llegada la oportunidad de desfogar su duradera tirria para con el misterio y sus trémulos destellos entre las cosas; ésa, la revolución que aún aguardaba a realizarse, ya se consuma ante unos guardias suizos que permanecen tiesos, sin reflejos defensivos. Bien hizo en recordar De Maitre que a los hilos de la revolución los mueve el diablo.

Un montón de pulpa humana engarzada a profusión con pedrerías vanas, a menudo herrada con dibujos, cuya conciencia no luce menos sombras, toda en racimos en torno de aquel hombre de blanco y brunos propósitos. Sonrisas y risotadas ilustrativas del pecado de banalidad, no menos que de la banalidad del pecado. Los piolas cohonestados, hallando pábulo a sus desmanes allí donde debieran hallar reconvención y penitencia, en el mismísimo momento en que millares de cristianos encuentran el martirio en Medio Oriente.

Tilinguería a dos columnas
A justos cien años de que la Belle Époque despertara de sus ilusiones por los cañonazos de la Granguerra, el actual ambiente histórico se espesa en nuevos y no menos múltiples conflictos. Si hoy un Stalin sarraceno, el gran califa adveniente, preguntara con arrogancia como el ruso: "¿cuántas divisiones tiene el Papa?", habría que señalarle esa pila de tahúres, malas hembras, traidores y pornógrafos que atestan los apartamentos pontificios desde que el Papa del fin del mundo se dispusiera a poner el mundo al revés y completara la deconstrucción de papado y cristianismo, todo en uno.

Lo mucho que se diga es siempre poco. A cada queja o desazón que se manifieste por la nueva trastada pontificia, éste opondrá triunfante otra mayor, en una pulseada al infinito, inextinguible como la sed del hombre. A esta cruel dinámica adoptada no será la razón quien la detenga. Por mucho que lo propongan a Francisco como presidente de una «Sociedad mundial de las religiones», la segur parece aparejada a la raíz, y las bombas -si hay que atender a creíbles amenazas- ya apuntan a Babilonia.

lunes, 1 de septiembre de 2014

¿HACIA LA DIVISIÓN DE AGUAS?

Fueron del cardenal arzobispo de Chicago, Francis George, aquellas palabras rápidamente difundidas hace un par de años acerca de que preveía para sí el morir en una cama, para su sucesor la muerte en prisión, y para el sucesor de éste el morir como mártir en la plaza pública, no queriendo con ellas sino «expresar de un modo bastante dramático a lo que puede llevar una completa secularización de nuestra sociedad» (fuente aquí).

Nada de extraordinario en esta previsión casi digamos perogrullesca. Pero cuenta con dos humildes méritos: primero, la concisión epigramática, gráfica, con que se expresa el muy probable desenlace del actual estado de cosas, que no puede ser sino una aplicación de aquel «lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt» (Io 1, 5), y que recuerda una lección incómoda para quienes hacen del Evangelio un taparrabos de las impudicias del mundo, un sedante para la conciencia de los pecadores públicos: aquella de la oposición irreductible entre la Verdad y el error. Segundo, el que tales palabras provengan de un prelado, sea cual fuere el grado de su fidelidad al ministerio, que no lo conocemos. Habituados ya a la figura del sacerdote como a la de un desmañado saltimbanqui, hastiados de la alternancia de verborragia en la liturgia y ominosos silencios en el ágora, notar un dejo de tragicidad en un purpurado (que demuestra con ello rehusarse a participar de la comedia en curso) no es de poco mérito.

Lo había advertido san Pío X en la Communium rerum (1909): «están muy equivocados los que creen y esperan para la Iglesia un estado permanente de plena tranquilidad, de prosperidad universal, y un reconocimiento práctico y unánime de su poder, sin contradicción alguna; pero es peor y más grave el error de aquellos que se engañan pensando que lograrán esta paz efímera disimulando los derechos y los intereses de la Iglesia, sacrificándolos a los intereses privados, disminuyéndolos injustamente, complaciendo al mundo "en donde domina enteramente el demonio", con el pretexto de simpatizar con los fautores de la novedad y atraerlos a la Iglesia, como si fuera posible la armonía entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el Demonio. Son éstos, sueños de enfermos, alucinaciones que siempre han ocurrido y ocurrirán mientras haya soldados cobardes, que arrojen las armas a la sola presencia del enemigo, o traidores que pretendan a toda costa hacer las paces con los contrarios, a saber, con el enemigo irreconciliable de Dios y de los hombres». Hoy se proclama por poco lo contrario: será por ello que el centenario del fallecimiento del santo pontífice contó con el lapidario silencio de la Santa Sede, casi una damnatio memoriae.

Con todo, la advertencia del arzobispo de Chicago reclama una obvia precisión. Si en el solo arrojo de vocear la alarma puede interpretarse una probable disposición martirial en el purpurado, la contraria también vale: desconocer alegremente la resistencia del mundo e insistir en complacerlo para alcanzar con él una paz efímera es quizás la señal más elocuente de una indisposición para el testimonio supremo. Los talantes liberales, siempre arredrados ante la figura del Confesor, disponen de suficientes subterfugios para alcanzar los oportunos acuerdos y salvar la corambre. Trágicamente olvidan que «quien quiera salvar su vida la perderá».

No parece lejano el día -a juzgar por los augurios vinculados al próximo Sínodo Extraordinario sobre la Familia- en que tome cuerpo la impostura irreparable y las aguas se dividan. Por ello, y porque a nadies place saber que buena parte de la tripulación está en trance de zozobrar, The Remnant publicó recientemente una petición on-line bajo el título de ¡Detengan el Sínodo!: «primero fueron a por el Rito Romano, que destruyeron. Luego fueron a por la Iglesia Militante, a la que desarmaron y rindieron al espíritu del siglo. Ahora, con el Sínodo, que amenaza convertirse en el Vaticano II reiniciado, los obispos más progresistas y sus esbirros irán a por la mismísima ley moral bajo el pretexto de la búsqueda de "soluciones pastorales" a los "desafíos que enfrenta la familia"».

Aventuramos, sin el menor ánimo profético, la muy probable consecuencia del infausto montaje: a los disturbios inevitables tras la promulgación oficial de una nueva y sacrílega disciplina de los sacramentos, el brazo secular será llamado a intervenir para retirar a los refractarios. La historia, maestra de vida, nos remite al "clero juramentado" después de la Revolución francesa: allí se cumplió aquella visión del Apocalypsis acerca del dragón que arrastró con su cola un tercio de las estrellas del cielo para precipitarlas a tierra. Hoy las proporciones parecen dejar pequeña aquella cifra. Y la previsión del cardenal George reclama adelantarse, a no ser sus sucesores sean ya "juramentados", hechas las postrimeras paces con el mundo. Excepto (la inocencia te valga) que el reclamo de suspender el Sínodo resulte satisfecho.

sábado, 30 de agosto de 2014

ALGUNAS MATIZADAS PONDERACIONES SOBRE EL ISLAM

En la anterior entrada, un comentarista nos recomienda amablemente "matizar el juicio" en relación al Islam. Aceptamos el consejo, aunque no sin sujetarlo también a oportunos matices y distinciones. La matización corresponde, al fin de cuentas, al arte intelectual del análisis, y a éste debe seguirle (por razón de la propia naturaleza de la actividad mental) la síntesis, la reconducción de las partes al todo, a su principio común. No de otra guisa un católico desnortado como Maritain supo recordar en sus mejores momentos la necesidad de "distinguir para unir", y hasta el agnóstico Aldous Huxley, exudante modernidad por todos los poros, reclamaba para las universidades la creación de «cátedras de síntesis», que suficientes había ya de análisis. Por ahí consta, para más abundar, la lección pascaliana acerca del esprit de finesse, capaz de contemplar de un vistazo la consecuencia que se deriva de los principios, y el «espíritu geométrico», dado más bien a la cuidadosa distinción de esos mismos principios. Ambos se complementan y son necesarios, aunque habitualmente no encarnen en el mismo sujeto.

Si se debe a la invención del microscopio este afán de distinción a menudo inmoderado, incapaz de recapitular en la unidad lo contemplado, que lo responda quien lo sepa. Lo que no podemos dejar de reconocer es que ya se ha vuelto sintomática, de tan recurrente, esta exigencia constante o voz de mando: matizar, matizar. Si es cierto que no deben nunca propiciarse síntesis groseras, que acaban por conspirar contra la verdad, no lo es menos que hoy el vicio inherente a nuestro mundo occidental (o, al menos, a sus minorías ilustradas, consecuencia del hábito vicioso del racionalismo) es el dialecticismo estéril, la metódica bifurcación de la atención y el moroso desdoblamiento de la realidad escrutada. Actitud que conduce en forma irremediable y por razón de sus propias disposiciones a la atomización indefinida del datum y a la capitulación intelectual. Fue por el abuso de la argucia que decayó la Escolástica.

Obispado de Mosul, en llamas
Hecha esta necesaria advertencia, volvemos sobre el tema Islam. ¿De qué sirve rehabilitar la distinción obvia entre musulmanes violentos y pacíficos, si esta distinción responde, en todo caso, más a las disposiciones de los sujetos que a las enseñanzas explícitas del Corán? El problema del Islam es el Islam, tituló con acierto el blogue Ex Orbe una de sus recientes entradas, en la que se recuerda cuánto el Corán sea «el código político primario, la inspiración que articula el Estado, la fuente en la que la violencia islamista seguirá catalizando cualquier proyecto político que surja en su medio». Insistir en esta sazón con la engañosa dualidad entre "buenos y malos muslimes" para concluir que los buenos son los verdaderos observantes del Islam remite a aquella ilusoria cooperación cristiano-comunista que se alentaba en los días de la posguerra. Entonces también muchos católicos vendados abogaban por los "marxistas-con-don-de-gentes", por aquellos rojos que no demostraban aversión sangrienta hacia la Iglesia:se creía poder trabajar con ellos para el bien común. Esta es la tesis implícita también en el clamoreado ecumenismo, extensivo a los no cristianos: éste comporta por fuerza una remoción de los principios, que serán siempre un estorbo en la consecución de un "común denominador" con los infieles. Pero una cosa es la tolerancia con los errados, y aun con los malos (como lo enseña la parábola del trigo y la cizaña), y otra esta asociación imposible que se nos propone. La experiencia demuestra cuánto en tales componendas la dirección tuerza bien pronto no en el sentido querido por aquellos a quienes cabe in altum ducere, sino más bien hacia el contrario.

¿Y qué otra cosa cumple esperar de una religión surgida después de Cristo (después de que, al encarnarse, Dios cumpliera su definitiva autorrevelación), de una religión que, surgida en un ámbito semi-cristianizado, aprovechara la autoridad del Antiguo y del Nuevo Testamento para traerla en socorro de sus novedades, tan "nuevas" como el error? Una religión que surge -pese a sus vaivenes, a sus aparentes y parciales condescendencias con el cristianismo- como una impugnación frontal de la fe cristiana («no digáis que hay una Trinidad en Dios. Él es único» IV, 169; «los que sostienen la trinidad de Dios son blasfemos» V, 77; «el Mesías, hijo de María, no es más que un ministro del Altísimo» V, 79; «Dios no puede haber tenido un hijo» XIX, 36. Citamos según nuestra vieja edición del Corán, versión castellana por A. Hernández Catá, París, Garnier Hermanos, sin fecha de edición). Una religión con un afán de universalidad parejo al del cristianismo, pero perfectamente opuesto en sus medios: si éste se expandió por la sangre de sus propios mártires, el Islam lo hizo por la sangre ajena.

Se podrá ciertamente matizar:

- ¡P...p...pero el Corán les admite a cristianos y judíos la posibilidad de salvarse! ¡No es siempre tan feroz con ellos! Advierta aquel versículo 41 del capítulo XXII: «si Dios no hubiera opuesto una parte de los hombres a la otra, los monasterios y las iglesias de los cristianos, las sinagogas, y el Templo de La Meca y todos los lugares santos donde se invoca el nombre de Dios habrían sido destruidos». Y aquel otro (V, 73): «los fieles, los judíos y los cristianos que creen en Dios y en el Juicio Final, y los que hayan practicado la virtud, estarán a salvo de todo temor y de todo tormento». Admitamos que esto suena mucho más civilizado y potable que aquel terrible «extra Ecclesiam nulla salus».

- Sí: a juzgar por estos pasajes, se diría que Mahoma fue el primer cultor de la equivalencia de todas las religiones, un ecumenista ante litteram, el camellero portador de la Nostra Aetate. Pero no más recular unos pocos versos, en la misma sura a que usted alude, vea (V, 56): «¡oh creyentes! No constituyáis cruzamientos con los judíos y con los cristianos. Dejadlos que se unan entre sí. Aquel que los tome por amigos, concluirá siendo semejante a ellos, y Dios no guía a los perversos». Para rematar, en varios pasajes, fórmulas del estilo de: «¡oh creyentes! Combatid a vuestros vecinos, los infieles, Que encuentren en vosotros enemigos implacables» (IX, 124). Es el problema de las ambivalencias: no pueden sostenerse a largo, y quien así lo pretenda acabará por volcarse hacia uno de los dos opuestos invocados, con total olvido del otro. No se puede servir a dos señores.

Es así como en el Corán las frecuentes invocaciones a la guerra, a la venganza, a la persecución sañuda de los infieles, por su mayor fuerza persuasiva, invalidan todas las otras relativas a la paz. El clima de terror que exudan esas páginas es punto menos que inocultable, y ya se sabe que el belicismo extremo obra en la conciencia un embotamiento y una excitación parejos al efecto de una droga. No deja de ser significativo, al momento de asociar violencia y alucinación, que el origen del término «asesino» se remonte a una secta árabe que sembraba la muerte en nombre de Allah bajo los efectos del hachís, los Hashsha-shin. Ni parece fácil de rastrear en otros medios que no sean los de la medialuna extravíos tan furiosos como los del actual Ejército Islámico, que llega a adiestrar a los niños en las artes de la decapitación empleando muñecos.

No, no hay mucho que matizar en esta impostura religiosa de Mahoma, manadero perenne de odio y sangre ajena. Por eso, a continuación de los célebres «cinco pilares» de la religiosidad mahometana (confesión de la fe, oración, ayuno, limosna y peregrinación a La Meca), muchos interpretes incluyen un «sexto pilar», cual es la guerra santa o yihad, y la insistencia misma del Corán les da la razón. Esta compulsión a las armas que el mundo islámico lleva en las entrañas explica el fenómeno del imperialismo, adscrito al Islam desde sus inicios, siendo que semejante afán de expansión territorial y de dominio debió esperar, para su advenimiento en el mundo occidental, a la ruptura protestante. Aquella proposición que se intentó arrancarle sin éxito al Concilio Vaticano I, si quis bellum incipiat, anathema sit, pudo colarse en las aulas conciliares -pese a los equívocos que pudiera atraer- justamente a causa de la añeja teología católica de la guerra, que nunca vio con buenos ojos la guerra de agresión. La misma que, bajo modalidades tan dispares pero tan sanguinarias, cultivan hoy anglosajones y muslimes.

El libro de Daniel (XI, 38) habla de un extraño dios llamado Maozim, que sería venerado en las postrimerías. Se lo ha asociado con el "dios de las fortalezas", con el culto del poder. De uno y otro lado de la balacera vemos hoy fielmente honrado a este ídolo cruel, sin que sea de descartar la posibilidad de una entente impía de ambos mundos -y del sionismo- contra los seguidores del verdadero Dios. Al fin de cuentas, son las potencias occidentales las que han armado a los yihadistas, y quienes mueren son predominantemente cristianos, como ovejas enviadas al matadero.

Doblemente sacrificadas tales ovejas si, a cien años de su muerte, contrastamos el caso de san Pío X (de quien se dice que la profunda aflicción provocada por el estallido de la Gran Guerra aceleró el fin de sus días terrenos) con la inmutable sonrisa de Francisco, que parece sujeta con ganchos, mientras avanza y se ceba a raudales en nuestros hermanos de Oriente esta trucidación demoníaca, con pronósticos nada alentadores para las tierras de poniente. El mundo parece querer dividirse en dos bien definidos campos donde de un lado medran banalidad y truculencia y del otro, sin más, el martirio.