domingo, 12 de octubre de 2014

EL MAL OLOR DE LA «RELATIO SYNODI»

Difícilmente haya podido acuñarse una sentencia tan esclarecedora de la insoluble enemistad entre Iglesia y Mundo como aquella que un edicto imperial romano fijó con admirable precisión: christianos esse non licet. La querella que la naturaleza (la naturaleza caída) le mueve sin descanso a la gracia, la siempre tensa vecindad entre dos opuestos linajes espirituales forzados a vivir en el mismo mundo, todo esto constituye el auténtico drama de la historia, irreconocible a una visión superficial. No la lucha de clases sino la de destinos: tal es el motor íntimo de las sucesivas edades históricas, no menos que su principio unitario.

Bien pronto quedó patente la oposición entre aquellos que, obedientes a Cristo, aspiraban a un ideal moral alcanzable sólo a instancias de la gracia y aquellos otros que, a expensas de su orgulloso naturalismo, apelaban a la falibilidad del hombre para cerrarlo sobre sí mismo -como la crisálida- y recusar aquel ideal como ilusorio. Así fue como pudo ladinamente invocarse el viejo lema de Delfos contra la aspiración cristiana, calumniada como a hybris. La puja entre esta doble vertiente espiritual que informa dos contrarias actitudes vitales explota, después de un prolongado armisticio, con la revolución moderna, anticipada por el nominalismo, aviada por la ruptura protestante y manifiesta ya sin ambages por la Ilustración y sus retoños.

Sin que pueda negarse la emergencia de un cierto "existencialismo cristiano" (con Pascal como paradigma), valdrá detenerse en aquel otro existencialismo mucho más extendido, a menudo declaradamente ateo, consistente en «la voluntad de exaltar el hecho de vivir, de experimentar, de actuar, de "existir" en oposición al hecho de pensar, y particularmente de pensar acerca de la existencia» (Julien Benda, Tradition de l'existencialisme). Este existencialismo, en polémica con la philosophia perennis y aun con el mismo Logos divino, es el que viene introduciéndose en la Iglesia sin descanso. Es el que informa las premisas de aquellos prelados capitaneados a la sazón por el cardenal Kasper, que abogan por el crudo dato fáctico, sociológico, contra toda referencia a un ideal forjado al reflejo de leyes inmutables establecidas por el Legislador supremo. La pretensión es la de consagrar los usos contra toda regulación dimanada de lo Alto. Sustituir el salmo 118 por alguna ajada oda a Prometeo.

Por eso no extraña que los progresistas recurran con frecuencia a la trampa para conseguir sus fines. Sofocada la conciencia moral, la astucia campea y se impone a toda otra moción. El Sínodo sobre el que venimos doliéndonos antes de que empezara a sesionar no supo dar muestras sino de una exquisita actividad lobbista, del finísimo esmero puesto en alentar una opinión pública favorable a las tesis heréticas, del desprecio por la legalidad de los procedimientos, emulando en todo esto a la célebre conjura de los obispos del Rin en el Concilio Vaticano II, referencia demasiado obvia hoy para todo aquel que desee dar al traste con las enojosas prescripciones morales de la Iglesia.

Ahora bien: para sorpresa de todos, parece que en la asamblea cundió (según testimonian algunos pocos sitios digitales que le arrancaron alguna información al mudo cerco sinodal) una vasta oposición a las propuestas del cardenal Kasper, cosa que alentaba, entre otras comprometidas cuestiones, la confirmación de la doctrina tradicional de la Iglesia acerca del matrimonio. Pero llegan novedades de esas que exhalan mal olor. Las traducimos tal como las presenta Chiesa e postconcilio:

con una jugada sorpresa, el Papa decidió añadir seis nuevos padres al restringido grupo responsable de la elaboración de la Relatio Synodi, el documento conclusivo de este Sínodo extraordinario sobre la familia. Además del Relator general, el cardenal Peter Erdo, del secretario especial, monseñor Bruno Forte, y del secretario general, el cardenal Lorenzo Baldisseri, serán también parte de la "comisión" los cardenales Gianfranco Ravasi y Donald Wuerl (arzobispo de Washington), los obispos Víctor Manuel Fernández (rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina), Carlos Aguiar Retes, Peter Kang U-Il y el Prepósito general de la Compañía de Jesús, el padre Adolfo Nicolás S.I.
Un breve excursus sobre sus posiciones hasta aquí nos da la idea de la dirección que difícilmente vaya a torcerse. El Relator general Erdo se destacó por su "decir y no decir". De mons. Forte recordamos el «enfoque de la ternura». Del cardenal Baldisseri hemos señalado su manifestación de la voluntad del Papa:  «hay una puerta que ha permanecido cerrada hasta el momento y que él quiere que se abra». Al intelectual Ravasi lo recordamos por haber entonado su himno a Kasper desde las columnas de Sole24Ore. El cardenal Wuerl hace algunas afirmaciones doctrinalmente sólidas, pero luego tropieza en la pastoral: «una cosa es afirmar doctrinalmente lo obvio, otra cosa es aplicarlo en el orden en el que la gente lo vive». Fernández se ha distinguido por numerosos paralelismos entre la evolución de la enseñanza de la Iglesia en el Vaticano II y el Sínodo hoy en curso, citando literalmente algunos textos del Papa, sobre todo de la Evangelii Gaudium. Peter Kang U-Il, presidente de la Conferencia Episcopal coreana, no dejó de señalar lo difícil que es equiparar, como se acostumbra hacerlo, el modelo «del amor divino de la Trinidad» con aquel del amor humano entre los esposos, que «está herido por el pecado» y por lo tanto no puede ser considerado fuera de una historia marcada por luchas y limitaciones. Y para terminar, el "papa negro" jesuita, monseñor Nicolás, de quien no podemos no recordar que «la discusión, libre y franca, se está orientando hacia el cambio, la adaptación pastoral a la realidad cambiante de los tiempos modernos. Es un signo de la época, porque en los últimos años ha habido fuerzas que han tratado de retrotraer a la Iglesia a los tiempos anteriores a la gran estación conciliar».

Cumple, pues, archivar las nociones mismas de derecho divino y natural: la inexorabilidad del devenir histórico así lo exige. Ya lo había comprobado antes del Sínodo el Instrumentum laboris: la expresión «ley natural» resulta problemática e incluso incomprensible, y lo que establece la ley civil se convierte en mentalidad dominante. Más aún: «moralmente aceptable», y no se puede ir a contramano de los tiempos.

Se trata, claro, de la vigencia de la vieja fórmula, finalmente adoptada en contubernio de mitrados relapsos: christianos esse non licet.

jueves, 9 de octubre de 2014

OTRA MÁS QUE NOS REGALA

Por si no bastara con el Sínodo, y en una escalada verborrágica urticante ya de más, Francisco entrega el estrambote, la clave hermenéutica de aquel terrible «no existe un Dios católico» confiado hace un año a su amigazo marxista Eugenio Scalfari para su ulterior divulgación orbital. Ahora abundó, en el marco de sus acostumbradas homilías semi-pías (esas piezas de la más ostensible vaguedad doctrinal que pronuncia innecesariamente cada mañana), que
Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!
Cualquiera que contextualice el discurso en el pontificado en curso entenderá que la inmediata afirmación trinitaria o la aclaración «existen las personas» no arregla nada. Ni sirve pedirles a los presentes que «¡no se escandalicen!», salvo con una obvia intención antifrástica. Este hombre pretende lanzar la piedra y detenerla a la mitad de su recorrido. Y esto no es posible, máxime cuando no queda apenas vidrio sano a causa de otras afines bromas ya ensayadas.


Todo consuena  rigurosamente. Si Bergoglio se atreve a escupir al cielo, tal como lo demuestra en ocasiones como ésta, ¿qué mucho que escupa en el plato del que come, cada vez que denigra a la Iglesia en su historia y en sus hábitos? ¿Por qué no será capaz, como el Viejo Vizcacha, de escupirles el asado a los demás para comérselo todo él, como consta en los casos de sañuda persecución emprendida contra las poquísimas órdenes religiosas y diócesis aún florecientes en medio del erial postconciliar?

«Dios no existe: lo dije, lo dije», podría monologar en lo escondido de sus aposentos este sujeto de quien permanecerá insoluble el problema de la legitimidad de su elección -problema que, después de conocerse el libro de Antonio Socci, divide a canonistas y suscita fuertes discusiones. La pregunta a esta altura es si no cabe sugerir la vacancia de la Sede ante un caso notorio de demencia, cualquiera sea la etiología de la misma, si psíquica o pneumática.

El caso es que, sea en el fragor de las tormentas que en la placidez de un manso crepúsculo, en cualquier momento del doliente día del católico que asiste a los horrores que vierte Roma sobre el mundo, los oídos logran captar los acentos de una catilinaria sideral que avisan sobre la Mano pronta a caer: quousque tandem abutere, Francisce, patientia nostra? Y no hay blasfemia de Bergoglio que logre ahogarla.

EN EL FOCO DE LA TORMENTA SINODAL

Si el antiguo imperio había arrastrado a los cristianos al circo para hacerlos pasto de las fieras, la Iglesia postconciliar, cumpliendo un designio circular, quiso ser ella misma el circo. Y como todo espectáculo que se precie, éste también tiene sus números congruos: payasos, representados por aquella Jerarquía que gustó estropear su dignidad en público ora con estolas multicolores, ora con narices de clown; malabaristas y equilibristas consumados, como aquellos clérigos que pretextan su adhesión a la doctrina cristiana pero consienten todos los excesos que, en el orden de la fe y de la moral, cunden bajo su jurisdicción. Ni hace falta recordar cuánto se haya multiplicado en nuestros días el oficio del tragasables.

Se sabía que el malfamado Sínodo sería otro tanto coliseo para triturar a la ortodoxia, una finta de disertaciones y disputas para las que se invocó un presunto clima de parresia, pero que en realidad tendría sus conclusiones ya prescritas antes de empezar. La democracia y el parlamentarismo nos han enseñado a desconfiar; llevados ambos a la Iglesia bajo el alias de «sinodalidad permanente», nos han instado a invocar más a menudo a san Miguel Arcángel.

Porque tras de la acepción hoy instaurada de «sínodo» (como de la de «comunión episcopal» y otras mistificaciones de similar tenor) asoma la cabeza inclemente del tirano, del arribista elevado por la complicidad de sus pares a expensas del criterio de la "selección al revés". La retahíla de detonaciones que se le escucharon a Francisco en los días inmediatamente previos a la apertura del Sínodo confirma -por si no hubiesen bastado los sonoros antecedentes de los Franciscanos de la Inmaculada y de monseñor Livieres- que el papa bonachón recobraría el triregno depuesto por Paulo VI, pero esta vez para fulminar anatemas contra aquellos «que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús» (Ap 14,12). No será una licencia literaria apelar a este pasaje de la Escritura tantas veces leído y hoy al fin tan apremiante.

Muy contra Alcuino, que recomendaba enfáticamente: «no des crédito a quien suele decir "Vox populi, vox Dei", ya que el alboroto del vulgo se halla siempre a un paso de la locura», Bergoglio restableció esa identidad conculcada por el teólogo carolingio pidiendo al Espíritu Santo «escuchar a Dios y al clamor del pueblo», todo en una. Clamor cuyo contenido debía explicitarse por vía indirecta con las siguientes exhortaciones (y son palabras textuales del Papa, en frenética progresión):

- a la Iglesia, a «no encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma», ya que «el mundo ha cambiado»;
- contra los malos pastores, «que cargan sobre los hombros de la gente pesos insoportables que ellos no mueven ni siquiera con un dedo»;
- contra los jefes del pueblo, según los cuales «todo se reduce al cumplimiento de los preceptos creados por su fiebre intelectual y teológica».

 Murillo, Sagrada Familia.
Justo aquella que no está representada en el Sínodo
Todo adobado por las intervenciones del superior de los jesuitas que, convidado a roznar en la asamblea, distinguió que «puede haber más amor cristiano en una unión irregular que en una pareja casada por la Iglesia», y por la apelación del cardenal Assis a la causa gay: «lejos de encerrarnos en una mirada legalista, queremos bajar a lo profundo de estas situaciones difíciles para acoger a todos aquellos que están implicados». Al paso que con esa ambigüedad ya tan transitada en las últimas décadas, y que tan magra cosecha evangelizadora reportara, la Segunda Congregación del sínodo sentenció que «el matrimonio es y sigue siendo un sacramento indisoluble; sin embargo, ya que la verdad es Cristo, una Persona, y no un conjunto de reglas, es importante mantener los principios, no obstante cambien las formas concretas de su actuación». Al fin lo sabemos: no se cuestiona la indisolubilidad del matrimonio, simplemente se erigen múltiples y divergentes formas de actuarla. Incluida, tras la abolición de la lógica, la disolución de la sociedad conyugal.

Es demasiado para tan pocos días. Tanto, que Alessandro Gnocchi supo resumir en un reciente artículo que bajo Francisco «se ha difundido por todo el orbe católico un cierto fastidio liberatorio por cuanto de sacramental y de doctrinal informa el yugo suave que Jesús promete a sus seguidores [...] Difícilmente el Sínodo extraordinario de la familia tome otros rumbos que aquel de la pastoral abierta a las ganas locas del mundo». Se cumple lo que anuncia el salmo 2º: los príncipes conspiran contra el Señor y su Ungido: ¡ea, rompamos sus lazos, sacudamos su yugo!, designio expresado inmejorablemente en aquel sueño del Tucho Fernández, doctor superfluus: la colectivización del individualismo, o bien el "viva la pepa" escanciado a todos los estratos, para que a nadie falte su pasaporte a la Gehenna.

Estamos convencidos de que esta farsa no irá a concluir -según algunos aventuraban- en un montón de documentos irrelevantes, con formulaciones ambiguas y amplio margen para su aplicación pastoral. Que la astucia sea principalísimo entre los atributos del Maligno es cosa innegable, pero no es menos cierto aquello de que "el demonio hace las ollas pero no las tapas". Pudiera dejarse a la Iglesia zozobrar indefinidamente hasta su extinción, si esto fuera posible, y quizás fuera esta la estrategia más conducente a los intereses del enemigo. Pero hay algo que caracteriza al trágico afán de estos prelados infieles: su hipertelia, su incontinencia, digamos un como furor báquico, la ardiente necesidad de patear el tablero al tiempo mismo que acarician la victoria.

Algún doctor sacro enseñó oportunamente que si Satanás hubiese sabido que la crucifixión de Cristo le acarrearía la derrota, no habría inducido a los Sumos Sacerdotes, ni al populacho, ni a Judas ni a Pilatos a intervenir como lo hicieron. Aventuramos, a este respecto, una pronta salida de las ambigüedades ya consuetudinarias a través de una explícita traición al depositum, rotunda e inequívoca, de parte de los compadres sinodales, lo que servirá para dividir de una buena vez los campos. Así como en el triunfo transitorio del demonio reside su derrota definitiva, este zarpazo con el que la herejía enquistada intentará expulsar a Dios -y de paso quedarse con las temporalidades de la Iglesia- tendrá que constituir, en breve, su más aciago fracaso.

lunes, 6 de octubre de 2014

"EL DIOS CATÓLICO QUE NO EXISTE" ABORRECE QUE LO ESCUPAN

por Jose

Se suele decir que cuando alguien escupe hacía arriba, existe el peligro de recibir uno mismo su saliva.

Esto que es de sentido común, no parecía saberlo Francisco, así que recién llegado al cargo de Jefe de la Iglesia Católica, decidió sin causa ni razón, soltar su parida para quedar bien con un interlocutor extraño, sin fe, que ni siquiera se lo requería, un tal Scalfari de inclinación algo siniestra e intereses bastardos.

Aquella impertinencia que muchos quisieron tapar, traducir o reinterpretar, sería el comienzo de una diatriba de pensamientos, opiniones y silencios, que tras casi año y medio, han llevado precisamente a la Iglesia Católica a la que él representa, a la división y a un más que posible enfrentamiento a partir del Sínodo. Fecha que pasará a la historia, si Dios no lo impide, como el comienzo del suicidio colectivo de los católicos, bajo la mirada de aquel que osó escupir a quien habita en el Cielo.

Cuando Dios rechaza las oraciones de alguien, no es porque es Dios y puede hacerlo, sino porque ese alguien no se somete a su Justo Juicio, no se deja curar por su Misericordia, pues en su corazón frío, no es capaz de ponerse de rodillas, y olvida el agradecimiento debido a Dios, que sostiene con su Providencia su pretenciosa vida.

Dios no destruye a la criatura, le da la libertad de decidir, pero permite que el hombre que le niega se enfangue en su propia locura. ¡Y este es el drama que nos acontece!

Quien debería ser una luz y un guía, cuya prudencia y sabiduría fuesen adornos de su fe acrisolada, capaz de perdonar, comprender y confirmar a sus hermanos, según el mandato del Señor (Lc 22,32), se ha convertido, mal que nos pese, en causa de división, prefiriendo a unos sobre otros, indulgente hacía los de afuera –el mundo- y riguroso, hasta el desprecio, para no pocos de adentro –sus hermanos-; decidiendo a su antojo, sin normas, con atropello, y todo ello bajo una capa de justicia que no se corresponde con la que de un Pontífice se espera.

“El Dios que no existe”, permite ahora que le acosen sus propios fantasmas, y cada mañana es posible comprobar cómo una y otra vez se cuelan entre sus palabras para dejar ver la verdad de su íntima persona (algo difícil de ocultar, “pues lo que hay en el corazón sale por la boca”, sobre todo si se padece de incontinencia).

Ahora, todo y todos estamos expuestos, pues quienes no supieron reaccionar y amonestar a un hombre (Papa, pero hombre al fin y al cabo) por escupir al Cielo, tendremos que sufrir y penar nuestra cobardía, como ya sucedió al comienzo de esta historia, cuando otros hombres (Apóstoles les llamamos) necesitaron de la conversión para tener el valor de proclamar lo que pensaban.

La misma conversión que el Señor exigió a Pedro como condición para guiar su Iglesia.

Tal vez bastaría con pedir perdón por escupir a quien no lo merecía… públicamente claro está, como sabemos de Pedro.

Seguro que “el Dios Católico que no existe” le perdona y le devuelve la gracia que ha mancillado en su afán protagonista.

sábado, 4 de octubre de 2014

AL SÍNODO CON TUCHO


Quisimos reproducir este artículo escrito hace algunos años por monseñor Víctor Manuel (a) "Tucho" Fernández y que nos fuera remitido gentilmente por un lector del blogue. Apareció en su momento en una de las secciones de la penosa página web de la Librería San Pablo, actualmente en remodelación (compruébeselo pulsando aquí, con inflexiones gender incluidas en el mismísimo encabezamiento: los lectores reciben el tratamiento de "estimad@s"). La búsqueda con gúgul (google) revela que, con la impasse de aquella página, el artículo se ha esfumado del espacio cibernético. Por lo que lo ofrecemos en rescate, como una muestra más de que las variaciones que quieren introducirse oficialmente en lo tocante a la disciplina de los sacramentos (ya en vigor en los hechos) vienen siendo maquinadas desde hace tiempo por los mismos sujetos que hoy intervendrán en la ¿farsa? sinodal.

Ofrecemos, entonces, el artículo completo con breves anotaciones nuestras en color, hechas un poco al pasar y sin ningún afán exhaustivo. El lector que lo lea con atención podrá advertir no pocas otras cosas que se le hubieran podido señalar. Completamos al final con unos pocos párrafos a manera de síntesis, tratando de reconocer el vínculo entre esta propuesta y la prevista actuación del "ala aperturista" del Sínodo.



Tucho y el otrora primado, ambos en su salsa durante aquel acto
en que se otorgó el doctorado 'honoris causa' por la UCA al rabino Skorka



PABLO DE TARSO, ¿PADRE DE LA ESPIRITUALIDAD BURGUESA 
O EXPRESIÓN DE LA RADICALIDAD DE JESÚS?

por monseñor Víctor Manuel Fernández


Un atractivo mensaje de libertad

Del mensaje de Pablo de Tarso conocemos particularmente su enseñanza sobre la justificación por la fe y no por las obras de la ley, que suele identificarse como un mensaje de libertad. Es una experiencia del individuo que, aferrándose a Cristo salvador, y confiándose a él sin dudar, recibe la justificación como puro don gratuito. Este amor salvífico de Dios no se compra, no debe ser pagado, no debe ser merecido. Es pura gracia que mana de la entrega definitiva de Cristo en la cruz. Si lo mereciéramos con el cumplimiento de leyes religiosas, entonces “Cristo habría muerto en vano” (Gál 2, 21). Esto libera al individuo del tremendo peso de tener que pagar lo que no tiene precio, de la esclavitud de quien busca la salvación en el cumplimiento de normas que no tienen poder salvífico en sí mismas. Por eso Pablo definía la auténtica vida cristiana como “libertad”. Así se lo expresaba a los Gálatas, tentados a volver a la esclavitud de la ley: “Para ser libres nos liberó Cristo. Mantengámonos firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud” (Gál 5, 1). Cuando un grupo de cristianos se acercó a la comunidad de Antioquía para insistir en el cumplimiento de determinadas normas como condición para ser justificados, Pablo dice que llegaron “para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús y reducirnos a esclavitud” (Gál 2, 4). Pero él estaba decidido a no ceder en este punto porque “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3, 17).

Debido al contexto en que se movía, Pablo pensaba especialmente en las leyes judías referidas a la circuncisión y a los alimentos. Pero un discípulo suyo, dirigiéndose más bien al mundo pagano, tradujo esta enseñanza de un modo más universal: “Esto no proviene de ustedes, sino que es don de Dios, y no es resultado de las obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2, 8-9). Precioso mensaje que fue admirablemente interpretado por Tomás de Aquino en su teología sobre la Ley nueva: “El que obra por sí mismo obra libremente; pero el que recibe de otro el movimiento no obra libremente. El que evita un mal no porque es un mal, sino porque hay un precepto del Señor, ése no es libre. Por el contrario, el que evita un mal simplemente porque es un mal, ése es libre. Esta es la obra del Espíritu Santo que perfecciona interiormente nuestro espíritu” (Coment. 2 Cor 3, 17, lect. 3). Entonces, no se trata sobre todo de esforzarse movidos por una norma externa que nos esclaviza, sino de permitir que el Espíritu movilice desde nuestra propia libertad: “El que se deja llevar por el Espíritu es libre, ya que su buen obrar brota desde dentro de su propia libertad impulsada por la gracia” (Coment. 2 Cor 3, 17; lect. 3, n. 112). Con todo, y aunque el temor servil sea más imperfecto que el temor filial, el miedo al castigo puede servir como propedéutica al rechazo del mal per se. Trento aprobó como bueno ese género de temor que lleva a alejarse del pecado por temor al castigo, ¡cuánto más por tratarse de un precepto del Señor! Por lo demás, esforzarse según la «norma externa» es necesario para favorecer la ulterior expansión según el Espíritu. El "ama et fac quod vis" no fue dicho para los principiantes.

Tomás, fiel al pensamiento paulino, quiere mostrar que la principal novedad de la ley del Nuevo Testamento no está en que contenga preceptos más nobles, sino en la gracia del Espíritu. Lo que no quita que, efectivamente, contiene preceptos mucho más nobles. Y esto porque están hechos para corresponder a la gracia del Espíritu, don eminentísimo que procura perfecciones. Sólo el Espíritu Santo “produce en nosotros el amor, que es la plenitud de la Ley” (Coment. 2 Cor 3, 6; lect. 2). Entonces, la Ley nueva “es principalmente la gracia del Espíritu Santo dada a los cristianos” (Suma Teológica, I-IIae., 106, 1). Aun lo que nos manda el Evangelio es incapaz de justificarnos como ley exterior. Por eso, sin la gracia, también el Evangelio nos llevaría a la muerte: “Como elementos secundarios de la ley evangélica están los documentos de la fe y los preceptos que ordenan los afectos y actos humanos, y en cuanto a esto la ley evangélica no justifica. Por eso dice el Apóstol en 2 Corintios que la letra mata, pero el Espíritu da la vida. San Agustín, exponiendo esta sentencia, dice que por letra se entiende cualquier escritura exterior al hombre, aunque sean los preceptos morales como se contienen en el Evangelio. Por eso también la letra del Evangelio mataría si no tuviera la gracia interior de la fe, que sana” (Suma Teológica, I-IIae., 106, 2). Finalmente, Tomás explica que la ley de los cristianos es una ley “de libertad” por otra razón: porque los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles “son poquísimos” (Suma Teológica, I-IIae., 107, 4). Citando a San Agustín dice que los preceptos que la Iglesia añadió posteriormente deben exigirse con moderación “para no hacer pesada la vida a los fieles”. Porque, si se llena a los cristianos de normas, convertimos nuestra religión en una esclavitud peor que la del judaísmo más legalista, cuando en realidad “la misericordia de Dios quiso que fuera libre” (Suma Teológica, I-IIae., 107, 4). El Evangelio es una “ley de libertad”, que nos indica pocas obligaciones y nos deja actuar según nuestro propio discernimiento: “Se llama ley de libertad porque la ley antigua determinaba muchas cosas, y eran pocas las que dejaba a la libertad de los hombres” (Suma Teológica, I-IIae., 108, 1). Volveremos sobre esto al final.


Devota iconografía paulina
¿Puntos débiles de la propuesta paulina?

Todo esto suena muy bello, pero cualquier individualista aburguesado podría aplaudir complacido esta doctrina. Por eso uno comienza a preguntarse qué tipo de opciones cristianas moviliza esta enseñanza, qué aliento y qué peso real otorga a la lucha por la justicia, al compromiso comunitario, a la donación martirial de la propia vida por el otro. ¿Y el amor a Dios por sobre todas las cosas, qué? De hecho, uno podría acusar a Pablo de un creciente individualismo. ¿Qué paso con el “nosotros” de 1 Tesalonicenses (1,1), de Filipenses (1, 1) y de 1 Corintios (1, 1-2), que se convirtió en un potente “yo” en Gálatas (1, 1.6) y sobre todo en Romanos (1, 1.8.16)?

Podría decirse, de hecho, que el acento paulino en la libertad del individuo justificado, a partir de su relación personal con Jesucristo, da lugar a un estilo de cristianismo donde los otros no dejan de ser secundarios, y en el fondo irrelevantes.

La realidad es que en Occidente se desarrolló una doctrina de la gracia muy intimista e individualista, en estrecha conexión con los textos paulinos. En el jansenismo, donde la gracia alcanzó un lugar muy relevante, todo hacía referencia a la relación del individuo con Dios, y la concupiscencia se identificaba excesivamente con las inclinaciones sexuales. No así en la recta doctrina cristiana, que siempre alertó sobre la "triple concupiscencia", que no una. Huelga aclarar que la solicitud "intimista" por la salvación del alma no es cosa de jansenismo. No se advertía con claridad la primacía del amor al prójimo y las exigencias sociales del Evangelio como criterios principales para discernir adecuadamente sobre la autenticidad de la relación con Dios. Y el jansenismo ha tenido una influencia profunda y perdurable en la configuración del catolicismo moderno. ¿Pese a su condena? Semejante afirmación, a riesgo de pecar de irresponsable, pide un condigno desarrollo.

Podemos decir que el pensamiento protestante no ayudó a la Iglesia católica posterior a Trento a desarrollar esta idea comunitaria y social de la liberación, porque la obligó a plantear las cuestiones ligadas a la salvación desde un punto de vista exclusivamente individual. La teología de Lutero se fue desarrollando en el fragor de la polémica, que le llevó a acentuar la relación individual de la persona con Dios. ¿Y entonces? ¿Polemizó, o acaso coincidió en este punto la Iglesia con Lutero? Sin desconocer el valor y la riqueza del pensamiento de Lutero (sic), la realidad es que “esta forma de reaccionar incluye el peligro de un particularismo” que a veces ha originado un “subjetivismo podrido” (J. I. González Faus, La humanidad nueva. Ensayo de Cristología, Santander 1984, 563). De hecho, “la teología protestante está muy vinculada al sujeto histórico liberal” (L. Boff, Y la Iglesia se hizo pueblo. “Eclesiogénesis”: La Iglesia que nace de la fe del pueblo, Santander 1986, 210). Además, las circunstancias históricas llevaron a que el protestantismo estuviera íntimamente vinculado, desde sus comienzos, a la promoción de los intereses del individuo y a la mentalidad capitalista. Por eso “la ideología protestante unifica la libertad del individuo, la democracia liberal y el progreso económico como expresión del espíritu protestante” (R. Alves, “O protestantismo como vanguardia da liberdade e da modernidade”: Varios, Protestantismo e repressão, São Paulo 1979, 42). Por el mismo motivo de fondo “la situación proletaria, en la medida en que representa el destino de las masas, es reacia a un Protestantismo que, en su mensaje, pone a la personalidad individual frente a la necesidad de tomar una decisión religiosa, pero abandonándola a sí misma en la esfera social y política, por considerar que las fuerzas que dominan la sociedad han sido ordenadas por Dios” (P. Tillich, The Protestant Era, Chicago 1962, 161). Esto es categóricamente desmentido, por desgracia, por las sectas evangélicas bogantes en favelas y "villas miseria" de toda nuestra atribulada América Hispana. 

¿Qué puede aportarle entonces Pablo al sujeto posmoderno, embelesado por la libertad de consumo y la privacidad cómoda? El mundo actual, con todos sus valores, padece la enfermedad del consumismo individualista, y mutila a la persona en su apertura al otro, provocando así una creciente disolución de los vínculos sociales. Se aprecian en teoría los valores comunitarios, pero los hábitos cotidianos del actual estilo de vida llevan a optar de hecho por una vida clausurada en los propios intereses, escapando de las exigencias de los demás. Es frecuente el encierro en un mundo ficticio de deseo y de insatisfacción que aleja a las personas de un camino fecundo de encuentro con el otro, con lo real, con la vida misma. ¿Y con Dios? El pecado rompió la tripe relación, empezando por la principal. Hay un hondo deseo de encuentro, pero al mismo tiempo un tremendo temor a comprometerse, a involucrarse, a ser limitado o perjudicado por el otro. ¿Podría la enseñanza paulina aportarle un fuego comunitario y social a este sujeto ensimismado? Esa es la gran pregunta.


Una propuesta radicalmente social

Mi respuesta es decididamente positiva, porque hubo un punto de inflexión en la historia misionera de Pablo. Un momento de honda comprensión que lo llevó a una integración profunda de sus convicciones sobre la libertad cristiana con las exigencias sociales del Evangelio. Porque esa pregunta es la que le hicieron a Pablo los apóstoles de Jerusalén cuando aprobaron su enseñanza en medio de los paganos, pero le pidieron sólo una cosa, imposible de practicar sin romper en pedazos la matriz pagana. Las características del paganismo de raíz griega, marcadamente individualista, contrastaban con el fuerte espíritu comunitario de los cristianos venidos del judaísmo. Por eso es razonable que los cristianos de Jerusalén temieran que, en ese contexto pagano, la fe cristiana fuera absorbida por ese estilo de vida centrado el propio ego, las propias necesidades, la propia gloria. Por eso los apóstoles de Jerusalén le insistieron a Pablo que tuvieran presentes a los pobres (Gál 2, 10). La preocupación por los pobres era un criterio elemental para discernir si los miembros de sus comunidades venidas del paganismo realmente habían abandonado la forma de vida típicamente pagana.

Eso nos permite entender por qué Pablo utilizó todos los argumentos posibles para motivar a los corintios a ser generosos en la colecta que realizó allí para los pobres de Jerusalén (2 Cor 8-9). Pablo mismo presentó esa colecta a los corintios como un elemento de discernimiento que permitiría “mediante el interés por los demás, probar la sinceridad” (2 Cor 8, 8) de su amor cristiano. E insistía: “¡Muestren ante la faz de las iglesias la caridad de ustedes!” (2 Cor 8, 24). Además, dijo a los corintios que una colecta generosa permitiría que los cristianos de Jerusalén “glorifiquen a Dios por vuestra obediencia en la profesión del Evangelio de Cristo” (2 Cor 9, 13). Queda claro que él quería ir a Jerusalén con un signo elocuente de que él había tenido en cuenta el pedido que le habían hecho. Sólo así se demostraría que también los corintios podían ser auténticos cristianos. La colecta en Corinto felizmente fue exitosa (Rom 15, 26-27).

No debería llamar la atención que Corinto sea la ciudad elegida para escribir la gran síntesis de su predicación –la carta a los Romanos– antes de salir para Jerusalén en su último viaje. La de Corinto es una típica comunidad paulina, distintiva de todo lo que resultaba molesto o preocupante a los cristianos de Jerusalén. Por eso Pablo tuvo que poner un gran empeño para demostrar, y demostrarse a sí mismo, que los paganos de Corinto podían ser auténticos cristianos sin necesidad de asumir las prácticas judías.

Esto explica los grandes temas de la primera carta que Pablo mandó a Corinto. Allí cuestionó la sabiduría que exaltaban los griegos (1 Cor 1, 17-21; 3, 18-20), destacó que Dios elige “lo que no es” (1, 28), atacó las pretensiones de vanidad y de gloria mundana típicas del individualismo pagano (4, 7-13), rechazó esa idea pagana de libertad que atropella las convicciones de los hermanos (8; 9, 20-22; 10, 23-29), objetó una celebración eucarística donde se desprecia a los pobres (11, 17-22), presentó a la comunidad como un cuerpo donde todos se necesitan, sometió los carismas al bien de la comunidad (12-14) y alentó la colecta para las comunidades pobres de Judea (16, 1-4; 2 Cor 8-9).

A los Gálatas, tentados por el rigorismo de algunos predicadores judaizantes, les propone el dinamismo del amor fraterno, una ley que brota espontáneamente de la naturaleza misma de la vida cristiana, ya que la fe “se hace activa por el amor” (Gál 5, 6). Podría resumirse de esta manera: “Si quieren dar la vida y mostrar de cuánto son capaces, déjense impulsar por el Espíritu a entregar la vida por los hermanos, hasta hacerse esclavos unos de otros”.

Poco después, en la carta a los Romanos, se detiene a redactar una larga exhortación práctica invitando a una vida comunitaria fraterna y generosa. En 12, 1 comienzan los consejos que invitan a la paciencia, al servicio, al perdón, a la responsabilidad, diversas maneras de entregarse a sí mismo “como víctima viva, santa y agradable a Dios” (12, 1). Pero todo culmina en 13, 10: “El amor es la ley en su plenitud”.

Para no quedarse en principios generales, en el capítulo 14 de Romanos Pablo quiere aplicar esto a una situación muy concreta de la comunidad. Tanto en 1 Corintios como en Romanos, Pablo sostiene con convicción que las leyes y costumbres referidas a los alimentos ya no cuentan para los cristianos, que hemos sido liberados del peso de esas normas. Nosotros estamos sometidos al único Señor de todas las cosas (Rom 14, 8-9; 1 Cor 8, 4-6; 10, 25-26), y ya no hay alimentos que sean impuros (Rom 14, 14-20).

Sin embargo, el cristiano no rige su obrar ante todo por lo que está permitido o prohibido. También está la ley del amor al hermano. Por eso, aunque tenga toda la libertad para hacer algo, el amor puede exigirle abstenerse de un alimento. Aunque no haya normas que se lo manden, uno puede abstenerse de algo para no hacer daño a otro. Aunque sea libre para comer de todo, el que ama es capaz de abstenerse de algo si es para bien del hermano: “Si por un alimento tu hermano se entristece, ya no procedes según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquel por quien murió Cristo!” (Rom 14, 15).

Ya en 1 Corintios Pablo había hecho esta opción por el amor más allá de la libertad: “Si un alimento causa escándalo a mi hermano, nunca comeré carne para no dar escándalo a mi hermano” (1Cor 8, 13). Esto no es el ególatra individualismo burgués, que establece la propia libertad como principio supremo y clave de toda decisión. Para el Pablo maduro, el cristiano está libre de las leyes, pero para ser esclavo del hermano y llevar su peso. Por eso, a pesar de haber insistido tanto en nuestra libertad cristiana, sin embargo no considera esa libertad como un valor absoluto, ya que lo primero para el cristiano no es la libertad, sino el amor que libera (Gál 5, 13).

Un texto clave para evitar interpretaciones parciales de la enseñanza paulina es 1 Cor 9, 21. Allí Pablo dice: “No estoy yo sin ley de Dios porque estoy bajo la ley de Cristo”. Es decir, su situación, si bien ya no es la de sentirse obligado a cumplir las leyes judías, tampoco es la de un pagano sin ley. Porque aunque no nos salvamos por cumplir leyes, queda en pie una ley que debe ser cumplida necesariamente y cuyo descuido nos aleja del camino salvífico: “Toda la ley alcanza su plenitud en este único (heni) precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gál 5, 14). “Todos los preceptos se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad, por tanto, es la ley en su plenitud” (Rom 13, 9-10). En el Pablo maduro, la libertad ya no es el principio supremo, sino, en todo caso, la liberación de sí mismo para poder entregarse al otro: “Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad, pero que esa libertad no sea pretexto para la autonomía egoísta (la “carne”). Antes bien háganse esclavos unos de otros por el amor” (Gál 5, 1.13).

Por eso, el luterano Dietrich Bonhoeffer, aún rechazando cierto legalismo católico que parece pretender comprar a Dios con las obras, advierte contra la llamada “gracia barata”, una relación con Dios que no promueve a la persona, que no la compromete con los demás, que no la dinamiza en un obrar renovado por la justicia y la solidaridad. Esa gracia barata es desobediencia al Evangelio: “La incredulidad se alimenta de la gracia barata porque desea perseverar en la desobediencia” (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia, Salamanca 1999, 34-35).


La conexión profunda entre la gratuidad y el compromiso sincero

Sin embargo, no está todo dicho. Porque hasta el momento simplemente hemos afirmado que junto con la doctrina de la justificación gratuita que nos hace libres, Pablo también destacó el primado de la caridad fraterna. Pero tenemos que decir que no son dos convicciones yuxtapuestas. No decimos que, a pesar de su doctrina de la justificación, Pablo da lugar aun compromiso generoso por el pobre. Decimos que es precisamente la doctrina de la justificación, auténticamente comprendida, la que fundamenta una opción social sincera y oblativa. Porque decir que no nos justificamos por las propias fuerzas es el mejor ataque a la idolatría del propio yo, a la autoadoración que lleva a colocar a todos en función del propio ser.

La idolatría del propio yo no permite opciones sociales sinceras, auténticamente oblativas. La concupiscencia que nos acosa, tal como la presenta Pablo en Romanos 7, es la inclinación egoísta a mirar todas las cosas en referencia a uno mismo. Esa inclinación, que sólo se domina dejándose transformar por la acción gratuita del Espíritu liberador, no deja lugar a una lucha por la justicia y la solidaridad social que sea genuina, y por lo tanto realmente transformadora. Nadie puede optar sincera y generosamente por el otro si no pone el propio yo en su lugar, o mejor, si no permite que Dios con su gracia lo coloque en su lugar.

Espantosa iconografía de la teología de la liberación
La íntima unidad que hay en el pensamiento paulino entre la gratuidad del amor divino y la entrega comprometida del hombre, se plasma de una manera peculiar en el pensamiento de algunos teólogos de la liberación (sic!). Gustavo Gutiérrez, por ejemplo, habla del sentido de gratuidad como una característica de la lucha de los pobres. La convicción de un amor gratuito de Dios es lo que mueve a una lucha esperanzada por la liberación, y “esta vivencia de la gratuidad no es una evasión, sino el clima en que se baña una eficacia histórica buscada...” (G. Gutiérrez, Beber en su propio pozo, Buenos Aires 1984, 15-16). Gutiérrez entiende que una lucha por la liberación sin sentido de gratuidad deriva en un modo de buscarse a sí mismo que desnaturaliza el sentido cristiano de esa lucha. De hecho, cuando el pobre lucha con entusiasmo lo hace convencido de que está respondiendo a una iniciativa del amor gratuito de Dios, y por lo tanto responde a ese amor entregándose por entero en esa dirección. Testimonio de que la preocupación por la liberación social del pueblo para nada contradice el primado de la gracia y la iniciativa del amor de Dios, es la nota que escribió Gutiérrez a la muerte de su amigo Juan L. Segundo, donde se refiere a “la impronta que, siendo estudiantes y a través de maestros diferentes, dejó en nosotros la noción agustiniana del primado de la gracia de Dios en la vida de fe, y por consiguiente en la teología. La convicción de la gratuidad del amor de Dios es la inspiradora de toda reflexión teológica” (G. Gutiérrez, Juan Luis Segundo. Una amistad para toda la vida: Pastoral popular 251 [1996] 36). Pamplinas sobre las que volveremos al final.


El estilo comunitario y participativo de Pablo

Lo dicho hasta ahora permite mostrar que Pablo no responde a los esquemas del individualismo aburguesado, ni en el siglo I ni en la posmodernidad. Pero nos queda preguntarnos si, más allá de esta mentalidad claramente asumida por él, su estilo de vida eclesial y su modo de vivir el apostolado, no tenían rasgos individualistas.

Si uno lee atentamente las cartas, especialmente el inicio y el final de cada una, podrá advertir que el estilo de Pablo no era el de convertir individuos que lo siguieran, sino el de crear amplias redes comunitarias que pudieran subsistir y desarrollarse sin depender de su persona. Aunque no abandonaba completamente sus comunidades, ordinariamente las seguía de lejos y dejaba que se fueran configurando solas, con sus propios dirigentes.

De particular importancia al respecto es capítulo 16 de Romanos, que es un añadido posterior a la carta. Como muchos sostienen, estos saludos se entenderían perfectamente si se dirigieran a Asia menor, y sobre todo a su capital cristiana donde Pablo vivió mucho tiempo: Éfeso. Prisca y Aquila (Rom 16, 3) fueron una pareja importantísima en la Iglesia primitiva, y Pablo les debe mucho. Se habían instalado permanentemente en Éfeso (Hch 18, 24-26) después de acompañar a Pablo desde Corinto (Hch 18, 2-3.18-19). En Éfeso eran dirigentes (Rom 16, 5; Hch 18, 26-27), y su casa era lugar de reunión de la comunidad. Eran los sucesores de Pablo en la conducción eclesial de Éfeso. La mención de 1 Cor 16, 19 es repetida en Rom 16, 5. Los textos tardíos de 1 y 2 Timoteo, enviados a Éfeso (1 Tim 1, 3), son un testimonio de que la pareja permaneció en Éfeso (2 Tim 4, 19). Nótese que habla siempre de "pareja", evitando el  más correcto y honroso término de "matrimonio". Pablo indica que ellos se arriesgaron para salvar su vida (Rom 16, 4), seguramente en alguna de las persecuciones que sufrió en Éfeso. También el saludo a Epéneto da a entender que está escribiendo al Asia menor (Éfeso), ya que le llama “primicias del Asia para Cristo” (16, 15).

Podríamos prestar poca atención a este capítulo y restarle importancia. Sin embargo, el inmenso valor de estas líneas está en la imagen de iglesia que se refleja en cada uno de los saludos y en el conjunto de los detalles que Pablo menciona. Aquí no se trata de una definición de lo que es la relación entre los cristianos, ni de un estudio sobre la comunión eclesial, pero se manifiesta concretamente el valor que tenía cada uno para el Apóstol. Puede verse la inmensa importancia que tenía todo hermano o hermana en la fe, y su función dentro de la comunidad. No hay “hermanos” en general, sino nombres e historias personales.

Pablo envía estos saludos a través de Febe (16, 1), diaconisa de la iglesia de Cencreas (puerto de Corinto). Y esto indica que en las primeras comunidades se daban ministerios importantes también a las mujeres. La manipulación de la Escritura para sugerir que la Iglesia primitiva confería algún ministerio sagrado a las mujeres es de un descaro sin límites. Nos es imposible, por cuestiones de espacio, extendernos sobre el particular en este breve apunte: téngase solamente en cuenta que «diaconía», antes de designar un orden del ministerio eclesiástico, equivalía en griego a «servicio»: sin dudas había mujeres que auxiliaban a los primeros sacerdotes de la Iglesia, como las hubo colaborando en el ministerio público del Señor. Pero nunca la Iglesia hizo ministros sagrados a mujeres. Posteriormente, el texto de 1 Tim 5, 3.9 indicará que había un catálogo para registrar a las que hacían una consagración particular. Con respecto a Febe, cabe aclarar que el apelativo de “diaconisa” no tenía poca importancia. Pablo se llamaba a sí mismo “diácono” cuando defendía su autoridad (2 Cor 3, 6; 6, 4) y cuando mencionaba sus títulos de honor (2 Cor 11, 21-23). Por otra parte, Febe es llamada “nuestra hermana”, lo cual no era simplemente una expresión de fraternidad, sino un título particular para los que ocupaban un lugar especial en la comunidad, como colaboradores directos del Apóstol. De hecho así se denomina a Timoteo (2 Cor 1, 1; Flm. 1) y a Sóstenes (1 Cor 1, 1) mencionados como co-autores de las cartas a los corintios. Además, Pablo se detiene a recomendarla, y se muestra agradecido de haber sido “protegido” por ella, como muchos otros (Rom 16, 2). Pero Pablo también manda saludos a otras mujeres, elogiadas por sus “fatigas”: María, Trifena, Trifosa, Pérside (16, 2), la madre de Rufo (16, 13), Julia y la hermana de Nereo (16, 15). Finalmente, habría que destacar a Junia, que recibe, junto con Andrónico, un apelativo muy llamativo: “ilustre entre los apóstoles” (16, 7). Las mujeres, lejos de ser discriminadas, y a pesar de los límites culturales de la época (1 Cor 11, 5; 14, 34), en la práctica tenían amplias posibilidades de servir y de intervenir en la Iglesia y eran reconocidas en sus empeños y fatigas. Acá te queríamos pescar, bocón. Aquel mulier taceat in ecclesia del Apóstol no es un "límite cultural de la época": es una disposición disciplinaria dimanada directamente del sacerdocio reservado a varones por voluntad del mismo Cristo. Tanto, que hasta la ruptura litúrgica de 1969 no les estaba permitido a las mujeres ni siquiera pararse en el presbiterio del templo, y se hubiese tenido por increíble que una mujer declamase la lectura desde el ambón. En dos mil años de cristianismo ninguna santa mujer se tuvo por "discriminada" a causa de esto: la santidad no hace acepción de sexos.

Queda claro que Pablo, a su paso, dejaba comunidades ricas, con creyentes que, poco después de su conversión, asumían compromisos y funciones importantes en la comunidad. Se trataba de amplias redes con incisiva fuerza misionera, que daban lugar a comunidades en constante crecimiento y continuo enriquecimiento. Vemos así que Pablo, aunque defendía su autoridad apostólica cuando estaba en juego la autenticidad del Evangelio, también promovía el libre desarrollo de los carismas en sus comunidades. Varios detalles de las cartas, si les prestamos la debida atención, indican que el estilo de Pablo era profundamente respetuoso, con una tendencia a evitar imponerse que a veces lo hacía aparecer como débil. Por ejemplo, a la hora de pedir algo a un colaborador: “En cuanto a nuestro hermano Apolo, le inistí mucho para que fuera a visitarlos junto con los hermanos, pero él se negó rotundamente” (1 Cor 16, 12). Algunos dirigentes corintios parecían acusarlo de ser demasiado tolerante: “Me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante” (1 Cor 2, 3). “Yo, Pablo, que soy tan apocado cuando estoy entre ustedes, y tan audaz cuando estoy lejos... Porque algunos dicen que mis cartas son enérgicas y firmes, pero en cambio mi presencia es insignificante y mi palabra irrelevante” (2 Cor 10, 1.10). “Dicen que hemos sido demasiado débiles” (1 Cor 11, 21).

Aunque tenía el derecho que le daba su carácter de Apóstol de los paganos, cuando se dirige a los Romanos, lo hace como pidiendo permiso: “Tengo un gran deseo de verlos, a fin de comunicarles algún don del Espíritu que los fortalezca, mejor dicho, a fin de que nos reconfortemos unos a otros, por la fe que tenemos en común” (Rom 1, 11-12). “Hermanos, estoy convencido de que ustedes están llenos de buenas disposiciones y colmados del don de ciencia, y también de que son capaces de aconsejarse mutuamente. Sin embargo, les he escrito en algunos pasajes con una cierta audacia, para recordarles lo que ya saben” (15, 14-15).

Así podemos percibir mejor el tipo de Apóstol que era Pablo, quien aun teniendo sobrados motivos de gloria, sólo se defendía y se imponía si estaba en juego el Evangelio. Cuando él defendía su autoridad de apóstol (en 2 Corintios), o cuando aparecía con mayor fuerza su “yo” apostólico (en Gálatas, y en Romanos) no lo hacía por una búsqueda de gloria personal. En 1 Tes 2, 4-6 pone al mismo Dios como testigo para afirmar que no ha buscado gloria o reconocimientos humanos. En Gálatas lo reafirma contundentemente: “Si quisiera agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo” (Gál 1, 10). Defendía su autoridad de Apóstol sólo para que lo aceptaran como enviado de Dios y así le abrieran las puertas para poder ayudarlos. Pero su modo ordinario de evangelizar consistía más bien en fecundar, promover, alentar y dejar en libertad, dando lugar a comunidades llenas de vida.


Un misionero nada burgués.

Una comunidad encerrada en sí misma, por más cálidas y generosas que sean las relaciones, también es burguesa, es un individualismo prolongado en un grupo humano que se autoprotege.  Las redes del individualismo sólo se rompen en las comunidades abiertas, que lanzan a sus miembros al mundo, que engendran y alientan misioneros. Categoría recurrente en este texto la del «burgués», demasiado historicista como para esbozar una potable teología de la «misionalidad». Téngase en cuenta que el cosmopolitismo y la apertura indiscriminada son notorios males burgueses de nuestros días, mucho más que las "comunidades cerradas [...] por más cálidas y generosas que sean las relaciones". Y si de individualismo burgués se trata, cabe decir que sus enseñanzas sobre la justificación y la libertad cristiana no le llevaron precisamente a una vida de un cómodo consumista, poco afecto a compromisos y riesgos.

La entrega misionera de Pablo tiene mucho para decirnos hoy a tantos cristianos, y me incluyo (¡por fin te creo!), con pocas ganas de evangelizar, siempre a la defensiva cuidando sus tiempos de privacidad, sus espacios de placer o de autonomía, y a veces refugiados en una suerte de espiritualidad subjetivista que no alimenta un fervor generoso.

El encuentro de Pablo con Jesucristo fue al mismo tiempo, inseparablemente, un envío misionero. El Padre reveló en él a su Hijo “para que lo anunciara entre los gentiles” (Gál 1, 16). Por eso se nos cuenta que “enseguida se puso a predicar a Jesús” (Hch 9, 20). Pablo respondió a ese llamado con toda la vida. Si bien se decía indigno de ser considerado uno de los apóstoles (1 Cor 15, 9), al mismo tiempo sostenía que, por la gracia de Dios, él había “trabajado más que todos ellos” (1 Cor 15, 10).

En su santa obsesión por darlo todo, prefería no vivir de su tarea misionera, y continuaba ganándose el sustento con su trabajo. Pablo aprendió en Tarso el arte de fabricar tiendas con tejidos rústicos (Hch 18, 3), oficio que desempeñó toda su vida (1 Cor 4, 12; 1 Tes 2, 9; 2 Tes 3, 8).

Su estilo misionero se refleja maravillosamente en algunos textos que vale la pena recordar: “Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me hice todo con todos para salvar a algunos a toda costa” (1 Cor 9, 22). “¡Celoso estoy de ustedes con celos de Dios! Porque los tengo desposados con un solo esposo para presentarlos como casta virgen a Cristo” (2 Cor 11, 2). “Por mi parte, muy gustosamente gastaré todo y me desgastaré completamente por ustedes” (2 Cor 12, 15). “¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes!” (Gál 4, 19).

Toda la vida de Pablo se convirtió en una existencia para los demás. No conocía una vida tranquila, ni podía entender que alguien se obsesionara por el placer, la comodidad o el descanso. Aun cuando él recibía algún consuelo de Dios, pensaba que era para poder transmitir ese consuelo a los demás: “Dios nos reconforta en todos nuestros sufrimientos para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1, 4).

Para un padre generoso como Pablo, no había posibilidad de vivir completamente en paz mientras alguien la estuviera pasando mal: “¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo no arda por dentro?” (2 Cor 11, 29). Por eso la oración de Pablo, más que una contemplación del misterio de Dios, tomaba la forma de intercesión. «Aut - aut» típico de la perfidia modernista. Lo desmiente el mismo Apóstol en II Cor 12,2, cuando refiere haber sido arrebatado hasta el tercer cielo. Por ejemplo, en Flp 1, 4-11 descubrimos hasta qué punto la oración de San Pablo estaba llena de seres humanos: “En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos ustedes... porque los llevo dentro del corazón” (Flp 1, 4.7). Sin duda, entonces, Pablo no es el padre de las espiritualidades burguesas, sino reflejo de la radicalidad de Jesús en su entrega comunitaria y misionera. Bien nos vendría hoy un poco más de ese espíritu.



Conversión de san Pablo
CONCLUSIÓN NUESTRA

Dejamos pasar ciertos rasgos de estilo -de estilo racionalista-, como el esquivar escrupulosamente el apelativo «san» aplicado a san Pablo. Desde el mismo título, conforme al más aséptico modo profesoril, aconfesional, "científico", se habla de «Pablo de Tarso», tal como tantos especialistas divulgan sus artículos sobre Tales de Mileto, Parménides de Elea, Alcmeón de Crotona o... Jesús de Nazaret. Obviaremos también la novedosa táctica (que no usaban los modernistas de tres o cuatro generaciones atrás) de llamar en auxilio nada menos que a santo Tomás de Aquino en apoyo de las más peregrinas tesis, como ya lo había intentado Francisco en su Evangelii Gaudium, en que el Aquinate se ve sorprendido en su buena fe sosteniendo el pluralismo teológico, que no es sino la anarquía teológica. El propio cardenal Kasper dice que sus descabelladas propuestas se inspiran en el equiprobabilismo de Ligorio.

Omitiremos igualmente referirnos a las frecuentes citas a autores condenados por la Iglesia. Salta a la vista, pero tampoco nos extenderemos sobre el particular (aparte de la pasmosa mediocridad de este hombre a quien una fortuna ubérrima o bien un destino irónico puso al frente de la casa de estudios fundada hace centenares de años-luz por monseñor Derisi), el arte de aislar un pasaje bíblico de muchos otros que entrarían en contradicción con la tesis: método del exclusivismo parcialista que hace violencia al texto sacro y lo desfigura. Valga el caso de la "diaconisa" -reseñado más arriba- para graficarlo. Tampoco creemos necesario abundar en la abundante imprecisión léxica que rebosa el artículo, indicio de vulgaridad intelectual poco conforme al cargo que a Tucho se le ha confiado.

Ni vale la pena hablar de la consabida diatriba contra el pasado de la Iglesia en nombre del evolucionismo histórico. Se sabe que vivimos en el mejor de los tiempos, lo que nos habilita para juzgar la doctrina moral eclesiástica desde una perspectiva insuperable, lo mismo que hacer de los pasajes más incómodos de la Palabra de Dios la expresión de prejuicios y "límites culturales" de aquella época. Lo que no impide recurrir en numerosas ocasiones al expediente seguro del arqueologismo como ladina réplica a la tradición (a la acción de «tradere» o de ininterrumpida sucesión): es una de las coartadas típicas de esta escuela. Que, por otro lado, no quiso enterarse de la trágica irreductibilidad de las categorías sociales contemporáneas a las antiguas: la pobreza será siempre pobreza, pero en los tiempos apostólicos no podía ésta decirse ínsita en los mismos mecanismos de producción, como hoy ocurre. Ni entenebrecida por el delito, la droga, la cretinización audiovisual, etc. Para no olvidar que entonces se evangelizaba a Cristo resucitado: hoy, añadidura de plomo a la miseria, los amigos de Tucho evangelizan la funesta revolución.

Pero tampoco nos posaremos en estos detalles. Conocemos las circunstancias que habitualmente rodean a estos paladines de la proyección social del Evangelio -sus prebendas, sus éxitos editoriales inmerecidos-como para arriesgar la presunción de que conste en ellos alguna unidad entre vida y pensamiento. También sabemos de sobra cuánto goce hoy el cripto-marxismo del apoyo del poder plutocrático, cosa patente en la difusión constante de sus errores por todos los medios de masas.

Lo que urgiría alguna consideración es aquello que un texto como el presente adelanta acerca del Sínodo: la vacilación y ulterior síntesis entre el individualismo de matriz liberal (señalado en los primeros párrafos como riesgo a evitar) y el altruísmo "pastoral". No nos engañemos: esta gente, que ya ha perdido por completo la fe y puja por erradicarla de la Iglesia, apuesta a camuflarse debajo de una apariencia de solicitud por los "casos concretos" para mejor derramar el veneno del laxismo moral. Esta es la clave hermenéutica de la «ley de libertad» que proclaman para ultraje del nombre cristiano.

«Tienes a tu favor que odias las obras de los nicolaítas, que yo también odio» (Ap 2, 6). A lo que asistimos, concitada en asamblea de obispos, es a la reviviscencia de aquella secta gnóstica de los nicolaítas, que promovían la libertad de la carne con la pretensión de que esto no obstaba a la salvación del alma. Es decir: al individualismo burgués sobre el que tanto advierte Tucho, alcanzada su fase más aguda de degeneración y disfrazado ahora de "propuesta radicalmente social". De donde la inaudita preocupación por proveer "atención pastoral" a coyundas de homosexuales que adoptan niños. O la siempre latente eximición del celibato sacerdotal. O la admisión de los adúlteros a la comunión. Pero sobre esto tampoco nos extenderemos.

                    

martes, 30 de septiembre de 2014

APLICACIÓN DEL CONCILIO A SANGRE Y FUEGO

Quien haya seguido el reciente asunto de la remoción del obispo de Ciudad del Este y atendido a las «serias razones pastorales» aducidas por la Santa Sede para tomar tan drástica medida (i.e.: «el bien mayor de la unidad de la Iglesia en Ciudad del Este y de la comunión episcopal en el Paraguay», y no -según se instó paralela y taimadamente a divulgarlo a los medios de masas- el presunto encubrimiento del vicario episcopal, antaño acusado aunque luego absuelto del cargo de pederastia), no podrá menos que advertir una común nota que, al decir de las propias autoridades vaticanas, vincula este caso con el desguace de la hasta ayer floreciente orden de los Franciscanos de la Inmaculada. En efecto, para posar la mano sobre esta última se aludió oficialmente a la necesidad de alcanzar un imperioso sentire cum Ecclesia que la preferencia de los frailes por la Misa y la doctrina tradicionales harían peligrar.

La Misa que celebraba mons. Livieres en su diócesis

No hace falta ser muy avizor para hacerse el cuadro de una banda de ideólogos dispuestos a trascender aquel axioma protestante de la Ecclesia semper reformanda por aquel más neto y concluyente de semper transformanda, esto es: ir al grano de la «revolución permanente» sin tanta excusa principista. Pues si reformar es un "devolver la forma", transformar equivale a sobrepasarla. Debiendo completarse el cuadro con la delegación de facultades de parte de estos mismos ideólogos (que, pese a la perversión de la inteligencia, no dejan de ser hombres teoréticos, frecuentemente inhábiles para cuajar sus lucubraciones en hechos conclusos) en una bestia impulsada por una voluntad férrea, capaz de enlodarse hasta la frente en la consecución de los objetivos previstos. En Bergoglio fue hallado, al fin, aquel hombre dispuesto a no dejarse arredrar, como sus predecesores, por rémoras de cristianismo que entorpecieran la aplicación superextensiva del programa conciliar. Ésta es toda la novedad de este pontificado, jalonado sin pausa por los cinco previos.

Estos mismos ideólogos, presentados con ropaje de teólogos y habiendo hallado amplio cauce en cátedras episcopales, en seminarios y en publicaciones especializadas, no han dejado de deducir notorias conclusiones de su lectura fenomenista de la historia de la Iglesia. Y habiendo tomado nota del coraje que impulsó a aquellos pontífices que obraron eficazmente la reforma necesaria en sus respectivas épocas (pongamos un san Gregorio VII, o un san Pío V), creyeron posible emularlos por la aplicación de una obra de reforma que no era sino ruptura, disrupción, cesura, dándose febrilmente a consumarla, incluso sin ahorrar recursos moralmente reprensibles.

Ahí está, bien patente a quien se anime a mirarla de frente, la vieja herejía del conciliarismo, vuelta a retoñar después de siglos. ¿Qué hay sino bajo el indiscreto avío de voces como «colegialidad», «comunión episcopal» (que ya no «comunión con el Sucesor de Pedro»), «sinodalidad» (y ésta asimilada a koinonía, «communio») y «espíritu del concilio», entre otras, sino un intento de minar la unidad de la fe atacando la constitución misma de la Iglesia, tal como fue instituida por Cristo? ¿Qué sino un solapado intento de subordinar al Papa al colegio episcopal, haciendo del suyo una especie de "primado honorífico"? De lo que se trata, a juzgar por los dichos y los hechos, es de convertir el Reino de los Cielos en una república de intrigas. Ya los concilios de Pisa y de Constanza (rectificado este último en sus desvíos conciliaristas por la rapidez de reflejos de Martín V) no habían sido sino «la obra de una vanguardia de intelectuales que habían hallado [...] la ocasión para legislar para toda la Cristiandad en nombre de las doctrinas por ellos elaboradas. Doctrinas rigurosamente revolucionarias que no tendían a otra cosa que a imponer una nueva concepción de la Iglesia» (Daniel-Rops, La Iglesia del Renacimiento y la Reforma). Tanto que, partiendo de una réplica a la constitución monárquica de la Iglesia (según ya lo había ensayado Marsilio de Padua, haciendo del pueblo el soberano y juez de la doctrina, quien delega la autoridad en el Concilio, y éste a su vez en el Papa), culminaba en la disolución anárquica de la Iglesia. No otra cosa ocurre hoy, con el infausto invento de las "comunidades de base", entre otras ocurrencias democratizantes manadas del magma conciliar.

Que Bergoglio haga gala del más crudo espíritu de autosuficiencia a la hora de regir a la Iglesia no se contradice con la aberración conciliarista. Al fin de cuentas, el propio Platón señaló (fundado en la comprobación del curso político de su tiempo) que la democracia concluye fatalmente en tiranía: desmiéntalo si no la Revolución Francesa, cuyo principal vástago resultó un Napoleón. Francisco, de hecho, no ocultó que el nombramiento de un consejo de ocho cardenales para auxiliar en el gobierno de la Curia romana había sido pedido por los conclavistas, condicionando su elección (y contraviniendo con esto la ley eclesiástica en vigor) al compromiso asumido a este respecto. Coacción que no ha sido obstante para la explosión del personalismo más despampanante en la historia del pontificado.

Por eso, si hubiera que dar crédito a quienes señalan a Francisco como "el auténtico primer papa conciliar", el primero que se quita definitivamente de encima veinte siglos de cristianismo para encarnar una religión nueva, hasta hoy en fase de ensayo, valdrá atender a la acreditada voz de Enrico Maria Radaelli en orden a señalar la calamidad del caso. En una entrevista concedida con ocasión de la publicación de su reciente libro La Chiesa ribaltata («La Iglesia revesada», entrevista accesible en el original italiano aquí), el autor concluye, a propósito de la expresión «papa conciliar», que
«en la acepción que podemos retomar de parte del papa Bergoglio, esto quiere decir dos cosas: primero, "Papa cuya autoridad es válida en orden a la autoridad del concilio (Vaticano II)", o "conferida por el concilio (Vaticano II)", lo que, si se profesara apertis verbis, sería una herejía, o bien la herética concreción de los dictámenes del conciliábulo de Pisa y del Concilio de Constanza antes de la actuación correctiva del papa Gregorio XII; segundo, 'Papa que aplica plenamente el Concilio Vaticano II", y también ésta es una acepción herética, en tanto y en cuanto los dictados de ese concilio son heréticos (v. libertad religiosa, colegialidad episcopal, antropología antropocéntrica, sacramentalidad de las otras religiones, comunicación del mismo ente divino con el judaísmo y el Islam, etc). Y en sí misma, sobre todo, lo es la forma misma otorgada a aquella asamblea que [...] no se corresponde con la medida con que hubiese debido corresponder a las exigencias presentes de la Iglesia en el momento en que fue convocada -se le imprimió una forma mere pastoral y por lo tanto no resolutiva, a cambio de la forma rigurosamente dogmática y judicial que correspondía». Pues «la forma correcta hubiese debido ser la dogmática, determinada por la esencia "logos"». De donde «el "sistema Francisco" querría completar sistemáticamente la obra comenzada con la forma "pastoral" del Vaticano II, pero esto no hace sino extremar la voluntad de-dogmatizante comenzada con aquel concilio». 

Es muy de temer que los impulsores del cerrado viraje no apelen al pelele del "papa conciliar" según sólo una u otra de las acepciones reseñadas por Radaelli, sino asumiéndolas ambas. Y aun extenuándolas: el concilio ya no sería el de los prelados, sino -mucho más vasto e inclusivo- el del pueblo fiel, aquel ante quien Francisco se inclinó el día de su elección para pedirle su "bendición". Tarea que se prolonga día a día, con el esmero publicístico en conquistar el placet del vulgo televidente. Lo de la aplicación de los dictados del Vaticano II ni necesita probarse, por demás notorio: bastan el contenido de las homilías diarias de Francisco, sus entrevistas, etc.

Se trata de la Iglesia finalmente configurada con la Escuela de Frankfurt, para la que el principio de identidad y no-contradicción es el preámbulo al horror nazi. La Iglesia del consenso momentáneo y voluble, que ya no del sensus fidei. Una Iglesia que, depuesta toda certeza, acaba por rendirse a la mala gnosis del naturalismo, sin el menor atisbo de explicación trascendente de las realidades terrenas. De aquí que aquel obispo o sacerdote que se aferre a la doctrina de siempre o prefiera celebrar la santa Misa según el llamado «modo extraordinario» (acaso para contraponerlo al muy ordinario «Novus Ordo») venga a parecerse a esos pobres patos que, por inadvertencia, hacen su nido en el maizal maduro, sin prever la próxima incursión de la trilladora, que todo lo despedaza. Se les está avisando que serán triturados sin compasión, porque lo que subyace es la enemistad espiritual insoluble entre dos estirpes momentáneamente confundidas en una misma sociedad.

¡A la ordalía con Bergoglio y el Concilio!
Llegará, Dios mediante, la necesaria separación. Radaelli apura una sugerencia para el pontífice, en orden a instar al Señor a intervenir, ya que estamos con la paciencia al límite. En tratando del inminente sínodo, nuestro autor supone, con muchos, que «es posible, por ejemplo, que en el caso de los divorciados vueltos a casar el Papa llegue incluso a enunciar doctrinas permisivas en nada conformes a la Sagrada Escritura y a la Tradición. Pero sus enunciados serán a nivel práctico, (pseudo)pastoral, y no teorético, es decir, no dogmático, de modo que la verdad y la Iglesia no se pierdan, sino sólo se vean menoscabadas. El asunto es, con todo, de máxima gravedad [...] Concluyo que toda la Iglesia tendría que urgir al Papa a hacer una ordalía: sí, un verdadero y auténtico juicio de Dios. Y esto porque después de cincuenta años la Iglesia ha llegado a una instancia de bloqueo definitiva y última, con un magisterio de-dogmatizado que la vuelve cada vez más irreconocible. Es una situación insostenible: no puede durar mucho más. Pruebe el Papa, si se anima, con los fuertes verbos jurídicos y con el plural mayestático pontifical necesarios en tales casos («Nos establecemos, decretamos y declaramos», Nos statuimus, sancimus et declaramus) a dogmatizar una cualquiera de las inaceptables y felonescas novedades de las cuales quiere llenar a la Iglesia: siendo el dogma infalible, deponiendo sobre el fuego del dogma sus ensueños, la Iglesia quedará infaliblemente garantizada de la perfecta y adamantina bondad de las decisiones así enunciadas. Pero si el Papa no se anima a enunciar tales ensoñadas novedades -y no se animará, sin dudas-, entonces querrá decir que éstas, como se sabe, eran falsas, y la infalible verdad del dogma, aun inmoribus, las ha desenmascarado».



jueves, 25 de septiembre de 2014

¡COSA 'E MANDINGA!

A esta altura de la noche, diríase que la infalibilidad que asiste aún a Francisco estriba en la del olfato: olfato para reconocer todo resto de vitalidad religiosa para combatirla, olfato para todo lo que huela a santidad y así caerle con garras y colmillos. Hierognosia pero al modo de Caín, esto de los "islotes de cristiandad" parece no convenir a su pontificado, cuyo programa al respecto resulta inmejorablemente ilustrado por la imagen del Dragón que arroja un río de agua por la boca para sumergir a la Mujer (Ap 12,15). Ya lo había reconocido hace unos meses el propio pontífice, en una de sus crisostómicas homilías: «el demonio no puede ver la santidad de la Iglesia o la santidad de una persona sin hacer algo».

Habían acertado el titular
los mercenarios de siniestra 
No fue bastante la devastación de los Franciscanos de la Inmaculada. Ahora, y tal como lo hacía presentir la reciente «visita apostólica» que lastimó a su diócesis, le tocó salir por la ventana (de-fenestrado) a monseñor Livieres, ordinario de Ciudad del Este (Paraguay). Se sabe de la inquina de los restantes obispos paraguayos por monseñor, a quien no le perdonaban que su Seminario concentrara mayor población de aspirantes al sacerdocio que la suma de todos los otros del país. Alguna vez ofrecimos desde aquí el enlace a una página de informaciones de la diócesis de Ciudad del Este: basten algunas cifras de entre las muchas que allí se nos ofrecen para reconocer en éste un caso único en el mundo de la Iglesia conciliar, en el que los guarismos respectivos tienden invariablemente a cero en casi todas las latitudes.
(En todos los casos, la cifra inicial corresponde al año 2004 y la segunda al 2014, correspondientes al inicio y al fin del mandato de Livieres) Total de sacerdotes: 79 - 140; cursos y conferencias pro-vida: 0 -19; miembros de cofradías de adoración perpetua: 0 - 5813; comunidades de retiro: 0 -54; personas que hacen retiros por mes: 0 - 2080; capillas de adoración perpetua: 0 - 8; retiros mensuales para el clero: 0 -10; capellanes para hospitales: 1 -7; matrimonios: 1257 -6277; bautismos: 9543 -21556; internos de las cárceles atendidos espiritualmente: 203 -1400. Y un largo y elocuente etcétera.

Cuando se conoce que el motivo de la remoción de este pastor ha sido el presunto encubrimiento de un sacerdote acusado de pedofilia (acusación presentada ante el fuero penal norteamericano y rechazada in limine no sólo por falta de pruebas, sino incluso por el absurdo de que quien se decía agraviado por el sacerdote era mayor de edad al momento de los supuestos hechos) y que, contemporáneamente, Bergoglio confirma en la Curia romana y en el próximo Sínodo de la Familia a un reconocido cómplice de la depravación de sus clérigos como el belga cardenal Danneels (sigamos con los números: 476 casos imputados al ex-obispo de Brujas, cobijado por Danneels), entonces los niveles de indignación trepan a las nubes.

Más cuando esta jugada le sirve al Obispo de Roma, aparte de saciar un deseo personal de venganza contra uno de aquellos que tiene por sus enemigos desde los años de su primado en la Argentina, para acreditarse ante la prensa sahumadora con la filfa de la "tolerancia cero" con los pretes pederastas. Entonces, pues, y viendo aglutinarse en la figura del pontífice prendas de tanto bulto como oportunismo, rencor, venganza meticulosamente preparada, injuria, devastación, hipocresía (que, a decir verdad, no le van en zaga a las que enumera el Apóstol en II Tim 3,2), ¿qué mucho que, como el protagonista de La femme pauvre, de Léon Bloy, a quien le tocó ver encarnado en otro sujeto un parecido cortejo de vicios, exclamemos, mesándonos los cabellos con horror: «amiga mía, ¡he visto al diablo!».