lunes, 9 de febrero de 2015

EL PRONUNCIAMIENTO

Fueron palabras dichas a media voz, en el marco de una entrevista televisiva, pero viniendo de quien vienen suenan como proclamadas desde lo alto de un monte escarpado, de esos que hienden en punta el firmamento. Precedidas por una jocosa alusión a aquel discurso navideño de Francisco a la Curia romana espetándole a ésta sus quince pecados predominantes -que parecía otra tanta enumeración de las debilidades de Bergoglio-, el cardenal Burke dijo haber escuchado diversas bromas entre los cardenales, alusivas todas al detallado elenco: "y tú, ¿cuántas debilidades tienes?".

Pero lo más notable vino después: el compromiso de resistir al pontífice en caso de que éste lleve adelante su agenda de dar la comunión a re-casados y de reconocerle alguna bondad intrínseca a las yuntas sodomíticas. Este explícito posicionamiento de un cardenal era tan necesario como el vaso de agua que por caridad se concede a los sedientos, y en medio de otras tantas voces «buenistas» que abogan por un mantenimiento del enrarecido statu quo con tal de no tener que contabilizar bajas en las erráticas y enjutas filas (vídeo alusivo aquí), resulta a una equilibrado y vigoroso.

Muchos católicos de buena doctrina y de piedad sincera desestimaron la viabilidad de la alternativa Lefebvre cuando éste, harto de asistir a la promoción incesante de elementos modernistas o casi tanto -y de notar la efectiva persecución contra aquellos clérigos que celebraban la inderogable Misa de san Pío V-, tomó la decisión que derivó en su excomunión. No se puede faltar a la obediencia, dijeron los más obtusos. Se resienten la visibilidad y la integridad de la Iglesia, arguyeron otros con algo más de cacumen (lo que les faltó advertir a estos últimos, en todo caso, es el carácter diacrónico de la fe que profesamos, y que es el fundamento de la sociedad visible y una. No por nada el lerinense ordenó esas tres notas de la fe empezando por la temporal: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus). Hoy, con la crisis supurando en toda la extensión del Cuerpo Místico, merece ser revisado el juicio adverso de entonces. Lo que está a punto de reclamarse a los fieles no es ya su adecuación a disposiciones tiránicas dimanadas del Sucesor de Pedro en punto a disciplina y ley eclesiástica, sino el asentimiento obsequioso al efectivo vejamen de la ley divina.

Pueda ser que, en medio de la repugnante deriva de la Adúltera, se realice entonces el auténtico ecumenismo, el único admisible. Y que al mismo tiempo que otros amparan su voluntad cismática en el número de sus adeptos, en la vasta organización diocesana heredada de mejores tiempos, en la posesión de los templos, éstos (los hijos de Lefebvre, los de Burke) confluyan en unidad visible como cauces de agua limpia. Cum persecutionibus, según lo adelantó el Señor (Mc 10, 30), pero netamente distintos, en punto a «visibilidad», del aluvión de fango listo a desatarse.

sábado, 7 de febrero de 2015

NUESTRAS EXTRAVAGANTES (Y ESTÉRILES) CONCESIONES

Ya Veuillot advertía, ciento cincuenta años atrás, que las calenturientas mentes revolucionarias no se iban a satisfacer tan fácilmente con la política clerical de mano tendida. «Saben que nuestras más extravagantes concesiones jamás llegarán a mitad de camino de la meta a la que tienden sus doctrinas. Pero aún así, creen captar en nosotros un oculto desfallecimiento de esta fe que los asombra y los desespera. Si no tienen más que odio, su odio se aviva con nuestras incertidumbres; si tienen alguna quimera, algún absurdo sistema de renovación social, su confianza se acrecienta a medida que la nuestra parece disminuir». Esto no ha hecho más que comprobarse a lo largo de todo el siglo veinte: memorable por lo claudicante la monserga de Paulo VI en la última sesión del Vaticano II en que, refiriéndose a las bravatas del humanismo secular profano, advirtió aquello -horresco referens- de que
la religión del Dios que se hizo hombre se encontró con la religión del hombre que se hace Dios ¿Qué sucedió? ¿Una lucha, una batalla, una condena? Podría haber sido así, pero no sucedió. La antigua historia del samaritano fue el paradigma de la espiritualidad del Concilio. Un sentimiento de simpatía sin límites lo impregnó todo.
A cincuenta años de aquel hito verbal, sucedido por las más olímpicas reculadas que podían ensayar los alzacuellos ante las corbatas, las iglesias vienen siendo regularmente profanadas por escuadrones del Mandinga que abogan por una mayor profundización del laicismo, y la "simpatía sin límites" de Montini es correspondida con escupitajos e insultos. No se puede negar que a estos malditos los asista alguna razón: les repugna una Iglesia que deja languidecer esa fe que «los asombra y desespera», porque en su aburrimiento secular preferirían batirse con cruzados que los muelan bien a palos, o al menos que les desbaraten con afiladas razones el aparato de pamplinas que las ideologías les dejaron por legado. Así como nosotros ansiamos esa gloria supereminente que tenemos prometida, ellos podrían desear esa fe incomprehensible si notaran al menos sus efectos entre nosotros. Pues tanto como a su propio y aherrojante hastío odian la tibieza en nuestras filas, y se entiende que así sea: ésta, siquier por reflejo, los condena a irremisible desesperanza.

Pero estas comprobaciones evidentes por sí mismas, capaces de afectar todos los cinco sentidos externos, no hacen mella alguna en la bien posicionada Jerarquía, que continúa extenuando su ralliement quién sabe con miras a ocupar qué lugar de privilegio en el inminente naufragio. Ahí les darán a probar su adobada democracia... Como al secretario general de la revesada orden de los Franciscanos de la Inmaculada, padre Alfonso Maria Bruno, quien, refiriéndose al encuentro entre Francisco y el recientemente electo presidente italiano Sergio Matarella y a la colaboración entre los dos Estados, augura «un Tíber más estrecho» pues «nos asiste una concepción del bien común que está por encima del ser laicos o católicos, hombres de Estado u hombres de Iglesia, para ser -integralmente y simplemente- hombres». Que no se sienta tan seguro: bien decía Kierkegaard -y sujetos como el padre Bruno lo comprueban hasta la fatiga- que todo el drama del hombre moderno consiste en haber olvidado lo que significa ser hombre.

Ya lo dijo no hace mucho un articulista que reparó en la manía oportunista de hombres como Bruno: el pragmatismo es un juego que favorece la propia visibilidad en el mundo de la apariencia; el pragmatismo se vuelve sinónimo de protagonismo. De ahí el desprecio usual por la doctrina y la insistente cantilena pastoral, mucho más apta para colocar a estos actores en el centro de la escena, excediendo siempre con mucho la incumbencia y el ámbito del pastor de almas. Cosa bien ensayada, como es noto, por el Bocón, a quien ahora se le ocurrió pedir por «una mayor presencia de la mujer en la vida de la Iglesia, en el mundo laboral y en la familia» (no hay necesidad de aclarar que la mayor presencia de la mujer en el ámbito laboral menoscabó su presencia en la familia, ni es menester reparar en lo que sugiere el pedido de una mayor presencia femenina en la Iglesia en época tan flaca de vocaciones).  Filólogo al fin, muy en la salsa de sus cavilaciones terminológicas, graficó al fin para el aplauso: «la Iglesia es mujer, es la Iglesia, no el Iglesia. Esto es un reto que no se pospone más».

Lo que no debe seguir posponiéndose es la defenestración de elemento semejante, al precio de que se cumpla la amenaza de los terroristas islámicos de convertir la basílica de San Pedro en establo para sus animales. Porque éste es el término obligado de tantas concesiones a la jerga democrático-laicista, de tanta sonrisa cómplice al ministro masón de turno. Dicen que en el silencio recogido de la oración puede advertirse el paso modulatorio del «¿hasta cuándo?» que los mártires dirigen al Señor clamando por la consumación de su obra (Ap 6, 10) al «¿hasta cuándo?» mudado en catilinaria cada vez que éstos vuelven el rostro hacia Francisco.


Quousque tandem abutere, Francisce, patientia nostra?

martes, 3 de febrero de 2015

ÉSTA ES LA IGLESIA DE FRANCISCO

¿Quién podría reconocer hoy a la Iglesia en las palabras de aquella constitución dogmática del Concilio Vaticano I, que dicen ser ella «como una bandera levantada para las naciones, [que] no sólo invita a sí a los que todavía no han creído sino que da a sus hijos la certeza de que la fe que profesan se apoya en fundamento firmísimo» (Dz 1794), cuando la misma Jerarquía insta a los infieles a mantenerse en sus falsas creencias y a sus hijos les ofrece una enseñanza mudable y tornadiza, ajena al Magisterio perenne?Extemporáneas se dirían aquellas palabras (o alusivas a otra Iglesia, portadora de sus cuatro notas hoy irreconocibles) que afirman que a ella sola «pertenecen todas aquellas cosas, tantas y tan maravillosas, que han sido divinamente dispuestas para la evidente credibilidad de la fe cristiana. Es más, la Iglesia por sí misma, es decir, por su admirable propagación, eximia santidad e inexhausta fecundidad en toda suerte de bienes, por su unidad católica y su invicta estabilidad, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y testimonio irrefragable de su divina legación». Ciento cuarenta años atrás los padres conciliares hablaban decididamente otro idioma: el de la fe.

Los astros se horrorizaron esa vez
Apenas como una muestra del efecto que la apostasía provoca en las costumbres, ahí está la denuncia del fiscal del tribunal del Vaticano, Gian Piero Milano, acerca de que las blasonadas transparencia y reforma francisquistas han dejado el ominoso saldo de un aumento de las prácticas delictivas muros adentro del pequeño Estado. Con menos de 800 habitantes entre cardenales, nuncios, sacerdotes y guardias suizos, en 2014 se abrieron dos investigaciones por tenencia de material pornográfico de menores, a la vez que se advierte un aumento de la criminalidad financiera y del tráfico de drogas (hemos tratado aquí el caso, pronto silenciado por los medios, de la carga de cocaína en el auto del secretario del cardenal Mejía). Lodazal, que no fons signatus. El estatuto monárquico de la Iglesia trocado en una caquistocracia de hecho, y ésta comandada por un bufón cuya elección se deduce fraudulenta, a juzgar por el vejamen en que se incurrió contra la Universi Dominici Gregis, la constitución apostólica que regula los términos del cónclave.

Entre los dos polos del cinismo y la hipocresía: así naufraga la nueva Iglesia. Cinismo como el del cardenal de peluca y prefecto de los Institutos de Vida Consagrada, João Braz de Aviz, que dedica a los frailes de la devastada orden de los Franciscanos de la Inmaculada sendos documentos en los que los alienta -perífrasis fatigada por diezmilésima vez- a reconocer los "signos de los tiempos", de los negros tiempos que corren. A rendirse, en una palabra, tomando sobre un total de 84 notas (al menos en el segundo de los documentos en cuestión, que el primero arroja similares cifras), 73 del magisterio volátil de Francisco, entre la Evangelii gaudium, fragmentos de homilías, la explosiva entrevista con Antonio Spadaro, etc. De las restantes notas, dos son de Benedicto XVI, dos de Juan Pablo II, dos de la Congregación que dirige el mismísimo peluquín y otras dos de san Ambrosio, sin la más mínima alusión a algún texto magisterial anterior al Vaticano II. Es seguramente una manera de actualizar aquella insistente enseñanza de Francisco acerca del «salir la Iglesia de sí misma», en la más cruda acepción de "tirar por la borda" la propia identidad. Ya lo supo san Gregorio Magno: «de dos maneras podemos salir de nosotros mismos. La primera es cuando nos zambullimos en pensamientos rastreros. La otra cuando nos sublimamos por la gracia de la contemplación. Así el que apacentaba puercos se rebajó a la divagación del espíritu y a la impureza, mientras que el otro [Pedro, cfr Act 12, 7ss.], a quien el ángel rompió las cadenas que lo amarraban -llevado y arrebatado por el espíritu-, fue levantado sobre sí». La equivocidad de la enseñanza post-conciliar, ya con cincuenta años de experiencia, se vuelve diáfana por la evidencia de sus definitivos efectos: «salir de sí mismo» significa para éstos revolcarse en el cieno, teniendo a los cerdos por confidentes de su desgracia.

Hipocresía, decíamos, porque últimamente no le han faltado ocasiones a Francisco para llamar en auxilio de sus entuertos a los santos de otras edades, haciéndolos garantes de los mismos. Hace poco más de un mes manoteó el santo recuerdo del papa Pío XII para avalar su proverbial laxismo en relación con las disposiciones para comulgar (esta vez en lo relativo al ayuno). Ahora se sirve convocar a una jornada de oración mundial por la paz para el día que se cumplan los 500 años del natalicio de santa Teresa de Jesús. «Se va a comunicar a todas las conferencias episcopales para que a lo largo de ese día, después de que el Papa haya comenzado la oración, todo el mundo, incluidos miembros de otras religiones, puedan unirse a ella durante una hora de silencio, al estilo teresiano», informaron con lacónica desvergüenza los divulgadores. Sinceramente, preferimos que Bergoglio omita toda mención a los santos de la Iglesia y continúe ensalzando en cambio a sus Romero, sus Angelelli, sus Arrupe, ya que lo suyo es como de un anti-Midas: lo que toca lo vuelve barro.

La paz con el dragón, el último sapo
que nos quiere hacer tragar Francisco
Pero no hay razón ¡ay! para creer esto posible. El universalismo católico, tal como lo concibe el Neopapa, supone -después de la razonable purga de los refractarios- sentar en una misma mesa a los opuestos. Ya lo sugiere la tenebrosa alegoría del dragón bueno, con un mediador entre éste y los hombres llamado Pedro, según el cuento ilustrado que se distribuye a instancias del proyecto Scholas Occurrentes, creado por Bergoglio y financiado por entidades de dudosa catadura moral. Un cielo que se confunde con la tierra, la aspiración celestial trocada en roznidos. Astronomía -llamémosla así para el vulgo, para las muchedumbres descristianizadas- que no es sino gastronomía.

miércoles, 28 de enero de 2015

LO QUE FRANCISCO OMITIRÁ DECIR EN SU ENCÍCLICA

Si en esta alocada sazón del mundo contásemos al menos con un Papa católico, posiblemente no tendríamos que pasar el trago amargo de la publicación de una encíclica sobre ecología, como la ya largamente anunciada por Su Discretísima Santidad para marzo próximo. O, en caso de que esta carta tuviese que escribirse, la esperaríamos como confutación de la marea ideológica que viene tiñendo la cuestión del medio ambiente, rehusando para tal fin todo consejo que pudiera brindar, v.g., un Leonardo Boff, boffetada de Anagni para un cabal sentido católico de la Creación. Y si las directrices del pensamiento de Francisco no fuesen reiterativas y previsibles como el vicio, saludaríamos quizás en la clamoreada encíclica el arbitraje católico en materia tan tristemente lastrada por errores, omisiones y mistificaciones, según consta hasta el cansancio. Habrá que descontar, por el contrario, que la progenie de Judas continúe pagando en nombre de la Iglesia el consabido tributo al discurso oficial articulado por periodistas y políticos.

El Poverello de Asís
ataviado con la jeta de Boff
Si no fuera por sus desafueros intrínsecos, el discurso ecologista debería despertar sospechas por el sólo hecho de gozar de tanta publicidad, por haber ganado un lugar preeminente en los contenidos de la estragadísima escuela de nuestros años, por concitar las tertulias -con tufo a logia- de varias de las más funestas personalidades de la alta política mundial. Más que auténtica y medular réplica al actual estado de cosas en el mundo, se diría una "disidencia programada", el bocado ofrecido por la élites gobernantes a los tontos que se precian de rebeldes: de hecho ha sido advertido cómo, tras la caída del bloque soviético, el rápido poder aglutinador de las reivindicaciones ecologistas ganó muchas voluntades antes adscritas al discurso marxista y desorientadas ante su pálido finiquito. Huelga señalar, pues, la gravedad de que la Iglesia aparezca cohonestando estas majaderías.

Y así será, si Dios no fulmina antes a Bergoglio con un rayo como el que sacudió a la cúpula de San Pedro el día de la abdicación de Benedicto. En tanto, y a la espera de documento tan poco promisorio, nos limitamos a adelantar apenas algunas de las cosas que Francisco no atinará siquiera a insinuar en su eco-encíclica. A saber:

- que la Tierra no es un fetiche sino el rastro de la obra del Creador. Que todas las criaturas son vestigia Dei y que entre éstas el hombre, por el poder que se le ha concedido sobre toda la Creación material, es imago Dei, llamado a ser su similitudo según el orden de la gracia. Lo que supone que el fin remoto de todo humano operar no queda circunscrito a los lindes terrenos, sino que se proyecta a la gloria ultraterrena. Limitar esta dignidad, o proponer una dignidad fundada en otro principio, supone también un atentado contra la naturaleza -específicamente: contra la naturaleza humana.

- Porque se debe recordar que el tan blasonado término «naturaleza» entraña un doble significado: el primero, como el «conjunto de todos los seres creados»; el segundo (y hoy más resistido, a expensas de las ulcerosa difusión del existencialismo ateo, el deconstructivismo y demás filfas urdidas a medida de la pequeñez del hombre moderno) supone la «esencia en tanto principio de la actividad». Urge recuperar esta segunda acepción, que pone un coto a la hybris y al desatino contemporáneos. Pues si el hombre atenta contra el equilibrio ecológico -como se lo denuncia en todos los idiomas- es porque finge desconocer que hay unas leyes ínsitas en su misma constitución creatural, y que éstas limitan sus operaciones.

- Lo que dirige la mirada a un Dios que es no sólo misericordioso, como se acostumbra presentarlo para encubrir arteramente nuestros delitos, sino también legislador, pues a todos los seres les dio leyes inmutables, inseparables de su específica consistencia. Y al hombre, como ser de naturaleza compuesta -carne y espíritu-, aparte de las leyes que regulan sus operaciones necesarias le dio preceptos morales, para regular su libertad según el bien. Esto obliga a recuperar, en el contexto de la preocupación por el respeto a la naturaleza, el concepto hoy perimido de «pecado contra natura», que supone una doble y violenta transgresión: contra las leyes que regulan la sexualidad según su específico fin (válidas para todos los animales sexuados), y contra el Decálogo, expresión escrita de lo que llamamos «ley natural». La por muchos motejada como «agenda gay» de Bergoglio (con inclusión de audiencias privadas y abrazos a transexuales) no deja lugar a muy católicas expectativas a este respecto.

- Esto también obliga a censurar la inconsecuencia e hipocresía latentes en la solicitud por el ecosistema de parte de aquellos grupos que cultivan parejamente la indiferencia, la admisión o incluso la promoción del crimen del aborto. Un pontífice que hablara según el Espíritu no dejaría de conminar a los movimientos y dirigentes ecologistas a pronunciarse sobre esta cuestión, y a condenar sin cortapisas toda incongruencia que ésta proyecte sobre el orden lógico aun antes que en el de las conductas -que se verán invariablemente afectadas por aquella inicial defección.

- Por el mismo motivo por el que sabemos que las cosas salieron buenas de las manos del Creador y el pecado del hombre introdujo el desorden en el cosmos, una auténtica mirada católica sobre la naturaleza no puede enturbiarse con mitologías de cuño rousseauniano: nuestro estado es el de naturaleza caída. Por lo demás, la historicidad y la cultura, dimanadas de la condición espiritual del hombre, le son a éste connaturales. Es menester recomendar la enseñanza de aquellos hombres como Chesterton que, firmemente fundados en la ortodoxia católica, propusieron una sensata salida del atolladero de la modernidad a través del distributismo, doctrina informada por principios fundados en la Doctrina Social de la Iglesia. Se debe dar al traste con la distorsión romántica de la naturaleza para trazar el encomio de la ruralidad como soporte y ámbito de la tradición: a trueque del concepto abstracto de «tierra», las concretas tradiciones campesinas con la religión al centro. La gran ciudad moderna es cosa «contra natura» decía Rilke, y Ortega recordaba cómo la urbs imperial romana, en tiempos de su mayor esplendor, miraba asiduamente al campo, donde los propios jefes militares montaban a menudo sus castra y tenían sus quintas no sólo para solaz sino para labranza y ganadería.

No tenemos la esperanza de que Bergoglio trate ni por asomo alguno de estos ítems. Ni que recuerde cuánto el Redentor supo apoyar su predicación de las realidades espirituales en hechos y cosas tomados de la observación diaria de la naturaleza y las sencillas costumbres aldeanas, lo que es suficiente a ilustrar cuánto sea para nosotros inescindible la relación entablada entre ambos orbes -celeste y terrestre- a instancias de la Encarnación. Urge, pues, una mayor atención a los hechos eminentemente espirituales, que son los que dirigen eficazmente las acciones humanas, para lo que no está demás volver a las anécdotas y relatos rurales que, con carácter de advertencia alegórica, pueden indicar las soluciones que se nos viene escatimando en esta hora trágica para el espíritu.

Bandurria mora
Lo hemos visto esta mañana con nuestros ojos, para no ir tan lejos: bandadas de bandurrias que le ponían un volátil manto de ébano al campo recientemente segado. Resulta que la alfalfa, antes de la siega, había atraído gran cantidad de isocas (pequeñas mariposas entre amarillas y anaranjadizas que dejan sus huevos adheridos en los tallos de las plantas. De allí eclosionan los voracísimos gusanos capaces de dar cuenta en tres o cuatro días de todo un alfalfar). Las faenas mecánicas (corte y enfardado) truncaron el avance de la plaga, y las aves fueron suficientemente atentas como para reconocer el desparramo de vermes en toda la extensión del potrero. Así los querríamos a nuestros pastores, capaces de descender del cielo de la oración y de la bien llevada dignidad apostólica al labrantío de la Iglesia, y de extirpar todos los errores que infestan al Cuerpo Místico de Cristo en la persona de los apóstatas latentes, activos siempre para demoler. Un papa capaz de condenar explícitamente la peste de las malas doctrinas y de separar a los herejes, consciente de la alta e impar autoridad que lo asiste. Capaz también de recordar a los poderes públicos la responsabilidad que les compete de favorecer la verdad y combatir el error, al precio de ser severamente juzgados el día de la cólera de Dios, que será a la vez el tiempo de premiar a los piadosos «y de arruinar a los que arruinaron la tierra» (Ap 11, 18) con sus doctrinas perversas. Incluidas las ambientalistas.

Lo viene señalando hace años el padre Sanahuja: el proyecto, de parte de empinadas personalidades políticas y financieras internacionales, de sustituir el Decálogo por una así llamada "nueva ética planetaria", promotora de la "vida sustentable". Los únicos "pecados" que esta nueva ética tendrá por tales serán los que afecten directamente a la Madre Tierra, aun al precio de que para fiscales del caso haya que convocar a ecologistas del piso quince. Habría que recriminarle entonces a Bergoglio: ¿a quién sirve que adoptemos la jerga y las gárgaras de los ideólogos y sus ideologizadas víctimas? Si por fuerza de las circunstancias hemos de compartir el planeta con los eco-fundamentalistas, al menos no sufraguemos sus dislates. Recordemos la imperiosa lección de san Jerónimo: con los herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión de que favorecemos sus errores.

miércoles, 21 de enero de 2015

DUPLICIDAD

«Sea vuestro hablar sí, sí; no, no. Lo demás viene del Maligno»  (Mt 5, 37)

Un caso de bilingüismo, como de serpiente. Ayer fue fustigar el fantasma de las familias católicas y numerosas de antaño, como si los fantasmas perturbaran en algo la muda -al parecer perfectiva e irrevocable- de los hábitos y de los principios sobre los que éstos se cimientan; hoy fue «da consuelo y esperanza ver tantas familias numerosas que acogen a los hijos como un verdadero don de Dios». Creemos haber hablado alguna vez de esta sorprendente virtualidad -ya que no virtud- de la glotis de Francisco. La gracia gratis data de la bilocación, de que dan testimonio las biografías de varios santos, se trueca en éste en notoria bilocución. Son habilidades adquiridas en la escuela de aquel santo doctor y fundador de impar progenie: san Perón.

Pero no somos tan simplones como para aceptar las excusas de un farsante consumado. Primero, porque no creemos -como tantos que se esmeran en cubrirle las vergüenzas al rey desnudo- en que sus palabras sobre la familia conejil deban ser situadas en el contexto de su reciente viaje a Filipinas, con el drama de la pobreza extrema ante sus retinas, etc. etc. El verdadero contexto de las palabras de Bergoglio son sus agobiantes dislates de cada día, que autorizan la presunción de que su demasía (ese «lo demás» que excede a la límpida locución esperable de un pontífice) viene de soterra. Y sus palabras aludían a familias católicas, numerosas, como se usaba otrora, hijas de aquella Iglesia que todavía no había abrazado las novedades conciliares, la misma que concita las habituales y coléricas reprensiones del pontífice. Como lo hizo con ocasión de este último viaje, por harta vez:

¿Hace tiempo se decía que los budistas iban al infierno? Pero también que los protestantes, cuando yo era niño, iban al infierno, es lo que nos enseñaban. Y recuerdo la primera experiencia de ecumenismo que tuve: tenía cuatro años o cinco e iba caminando por la calle con mi abuela, que me llevaba de la mano, y en la otra acera iban dos mujeres del Ejército de la Salvación, con ese sombrero que ya no se usa y con ese moño. Yo pregunté: “¿Abuela, esas son monjas?”. Y ella me respondió: “No, son protestantes, ¡pero son buenas!”. Fue la primera vez que escuché hablar bien sobre las personas que pertenecen a otras confesiones. La Iglesia ha crecido mucho en el respeto por las demás religiones, el Concilio Vaticano II ha hablado sobre el respeto de sus valores. Hubo tiempos oscuros en la historia de la Iglesia, hay que decirlo sin vergüenza...

Así tendría que salir a predicar.
Y amordazado por detrás del velo
Ciertamente, lo dice sin vergüenza. Pero lo más grave del discurso de las familias numerosas, poco notado en general y bien apuntado en un comentario que nos enviaron a nuestra entrada anterior, estriba en la re-interpretación fullera que Bergoglio propicia de la Humanae vitae, aquella Encíclica tan resistida de Paulo VI cuyo objeto fue señalar la ilicitud de los métodos anticonceptivos, y que Bergoglio refunde como mera condena del neo-malthusianismo. «Habiendo relativizado este pronunciamiento magisterial, procede a llevar la cuestión [del uso de anticonceptivos] al fuero interno». Ya lo había hecho su finado amigote, el levantisco cardenal Mejía, desde las páginas de su malfamada revista Criterio en los mismos días de la salida de aquella Encíclica: «la enseñanza de la Sede romana no es un absoluto» porque ésta de la bioética «es la zona más crepuscular y delicada del ejercicio del Magisterio», pues aunque la Iglesia «tiene el derecho a proclamar enseñanzas que se refieren a la ley natural (...) entramos en una zona donde el progreso de los conocimientos humanos, las limitaciones culturales y las transformaciones de la historia tienen su parte». «El límite -culmina Mejía- no es impuesto a la conciencia, sino que brota, en la enseñanza de la Encíclica, de las raíces de la conciencia misma». Francisco recogió el motivo: «el rechazo de Paulo VI no se refería a problemas personales, sobre los cuales pedirá luego a los confesores que sean misericordiosos y que comprendan las situaciones», sino al neo-malthusianismo. No sólo tienen la osadía de afirmar que la ley no está en las cosas sino en el sujeto, que la conciencia es infalible y que un acto malo por su objeto puede dejar de serlo a tenor de las circunstancias (y que el pecado está en las ideologías y en los programas, pero no en los actos personales), sino que pretenden hacer cómplice al Magisterio de esos mismos y venenosos errores. Y de paso, para alivio del montón, se entreabren las compuertas de un cambio de doctrina respecto de los anticonceptivos.

Eso sí: al día siguiente, a alabar a las familias numerosas.

martes, 20 de enero de 2015

DESHONRA DE LAS PALABRAS Y LOS SIGNOS

Se puede tener muchos hijos sin por eso concebirlos "en serie", ni es dable suponer que porque sean muchos los nuevos comulgantes ofrecidos a Dios por los esposos -y de Dios recibidos como otros tantos dones- resulten éstos gazapos por asimilación.

No vale la pena detenerse a largo en la concreta fatuidad de la última deposición papal, que ya la cortedad del registro y del caletre le estampan una firma reconocible a cuanto Francisco farfulle, a muchas leguas. Baste sólo notar por enésima vez lo que resulta tedioso enunciar: Bergoglio reprende de preferencia a aquellas conductas y actitudes que, reducidas casi a cero en los tiempos que corren -en que la cualidad de «católico» acaba por ser apenas nominal-, perviven en aquellos ínfimos grupos que, según la conocida imagen de la medición del Templo que nos ofrece el Apocalipsis, han tomado el Sancta Sanctorum por refugio, hollado el atrio por los gentiles (abundemos: por los deportistas faranduleros, por los judíos recalcitrantes, por los transexuales, etc.). ¿A quién perturba si no -por lo minúscula e irrastreable- aquella porción de fieles que aún practica obras exteriores de devoción, que cumple el ayuno eucarístico y recuerda las disposiciones requeridas para comulgar o que secunda la iniciativa divina, llenando la casa de hijos cuando el Señor les dio el don de la fecundidad? ¿No son señas éstas, de tan minoritarias hoy, que no debieran inquietar al católico rendido a la simbiosis con el mundo?

Conste que ya ni siquiera atendemos a la importunidad de la exhortación, que en todo caso hoy lo que cunde es la reticencia a propagar la vida, a expensas de aquel cambio de hábito procreativo que los historiadores sitúan como dimanado del crack financiero del '30, reforzado por la 2ª Guerra Mundial, y que reemplazó el tipo habitual de familia (en la que ocho o diez hijos no eran nada extraordinario) por la llamada "familia tipo", formada por el matrimonio y dos críos, y que el auge posterior de los medios anticonceptivos y el egoísmo exacerbado por el culto del consumo redujeron aún más. Como suele verificarse en la psicología de todo progresista, Francisco se quedó en otros tiempos, en los de su niñez y primera juventud, cuando en la conciencia de muchos católicos el choque entre los hábitos inveterados y los nuevos usos impulsados por la aceleración demencial de la historia fue malamente resuelto, a menudo por la incoherente y doble pertenencia a la Iglesia en retirada y al mundo hipertrofiado, a menudo también por el sencillo expediente de la apostasía. La doble vertiente moderna del subjetivismo y del empirismo iba a evidenciar sus trágicas consecuencias en estos tiempos: el misterio de un Dios trascendente e imperceptible a los sentidos no podía ser sino objeto de escándalo para un hombre crecientemente habituado -a la zaga de la revolución industrial y de la Revolución, a secas- a un clima mental de altivo naturalismo. Los judíos piden signos... Pero ocurre que, a gusto o a disgusto, en lo profundo del corazón el hombre efectúa su perentorio juicio, y es común la paradoja ¡ay! de fallar contra Dios y decirse aún católico.

Lejos, muy lejos estamos de aquella saludable concepción de los antiguos según la cual el nombre -la palabra- contiene la cifra de la cosa. Resabio del donum scientiae del que gozó Adán, por el que éste les puso el respectivo nombre a todos los seres de la naturaleza -incluida la mujer-, la confianza en el poder de reproducir la realidad mediante el nombre debió ser una de la principales prendas del poder del espíritu, pese a lo maltrecho que esté se encontró después de la caída. Esta función elemental, vigente pese al pecado y que involucra a la cognición, a la lógica y a la ética ha quedado ferozmente dañada por el largo proceso de apostasía, que afecta -aunque las apariencias nos muestren a los hombres muy activos y vivaces en sus negocios y placeres- una especie de necrosis de muy improbable reversión. De aquí la resemantización compulsiva que agravia al ser de las cosas, tan palpable en la degradadísima política de nuestros días; de aquí el despliegue de las más crueles paradojas, incluso a instancias del Trono que roza el cielo: que el hogar católico pueda ser llamado "conejera" y los que se fían de la gracia por sobre las humanas fuerzas puedan tildarse de "pelagianos". De aquí que pueda permitirse barbotar sus cuatro graznidos sobre la "paternidad responsable" un irresponsable del calibre de Bergoglio.

Hace unos días, cuando las inopinadas palabras de Francisco acerca del puñetazo que le merecería quien insultara a su madre (expresión del límite a la omnímoda "libertad de expresión" que proclaman liberales y marxistas de consuno) levantaron inusitada polvareda, induciendo al lloriqueo de tantos plumíferos que las tenían por lesivas de sus falaces principios (e incluso como justificadoras de ¡la violencia de género! sic!), la Santa Sede se apresuró a emitir un pedido público de disculpas, protestando que habían sido mal interpretadas. Del abultadísimo elenco de palabras en agravio de la fe, de la Iglesia, de Dios mismo que le hemos soportado en estos casi dos años, Francisco no consideró nunca pertinente hacer ninguna aclaración. Más clara, la límpida agua de la alta montaña.

La bendición que reclaman las masas prometeicas
Lengualarga más que el oso hormiguero, parlero compulsivo, gesticulador sin tope para oprobio de toda santidad, Francisco es un fenómeno de rigurosa actualidad, consonante con la caída vertical del honor de las palabras y los signos. Bien dijo Calderón Bouchet, en referencia a los temores de Jean Cocteau acerca de la proximidad de los tiempos en que «los imbéciles tomarían las lapiceras y se pondrían a escribir», que no era el del poeta francés «el temor de un sabio que ve a Satanás empujando a los tarados, pero sí el de un esteta que ve la depreciación de la inteligencia provocada por dos terribles fuerzas convergentes: la aristofobia de los mediocres y el criterio puramente económico del negocio editorial». Hoy podemos afirmar con pleno derecho que los tiempos previstos por Cocteau llegaron hace rato y para quedarse, y que el morbo de la idiocia se ha extendido no ya sólo a los que empuñan la pluma, sino a los que tienen por oficio transmitir los dones sacros. Y que Satanás haya urgido a esa vergüenza de cardenales que no sabían cantar el Veni Creator a emplazar en el Solio a un Rey Momo resulta, a esta altura, una hipótesis muy ajustada a los horrorosos hechos sucesivos.

jueves, 15 de enero de 2015

NACE LA «LIGA CATÓLICA PARA LA ORACIÓN DE REPARACIÓN»

Visto que toda descripción de la crisis de la Iglesia en sus detalles resulta penosamente redundante, y que la extendida prevaricación de clérigos y fieles ha deformado de tal manera el aspecto de la Sponsa Christi que ésta parece haber sido sustituida por otra cosa -y ésta, a su vez, inverecunda y vulgar-; y comprobado también que el mundo, sujeto al demencial desboque de la irascible y la concupiscible, localiza con demoníaco instinto toda traza de cristianismo para atacarlo en sus símbolos o en las personas que aún lo encarnan, un grupo de católicos italianos congregados en un medio digital y en una cofradía se decidieron a recurrir a uno de los pocos instrumentos que aún nos quedan para equilibrar la acción envolvente de las tinieblas: la oración de reparación. Y extendieron su iniciativa a los fines de comprometer a muchos otros a participar de este tan necesario como accesible cometido espiritual, de eficacia conocida sólo por Dios. 

Nos hacemos eco de la invitación a integrar la Liga recientemente formada, para lo que reproducimos el texto originalmente publicado en italiano por Riscossa Cristiana, y luego traducido para los lectores hispanohablantes por Chiesa e postconcilio. Instamos humildemente a aquellos lectores que lo crean conveniente a iniciar esta práctica en comunión de almas, y a notificar su adhesión a la iniciativa al correo electrónico que se indica unos párrafos más abajo. Si está muy bien que a la vista del fragor marino repitamos la jacuatoria «Domine, salva nos, perimus», no menos cumple cubrir el estruendo de las olas con palabras que recuerden y vindiquen el honor del Santo Nombre que éstas ofenden.




“Y entonces, ¿qué hacemos?”, preguntan muchos buenos católicos después de haber palpado con sus manos la crisis en que yace la Iglesia de nuestros días. “Y tú, ¿qué haces?”, preguntan otros, quizá de forma provocativa, insinuando que no sirve de nada palpar la crisis con las manos y quejarse.

De hecho, no sirve. No podemos limitarnos a quejarnos frente al vaciamiento del depósito de la fe, a las atrevidas actualizaciones de la teología y la filosofía, al hundimiento moral, a los abusos litúrgicos, a la devastación de la ascética y de la devoción, a la abjuración de la Tradición.

Frente a semejante escenario, que se puede resumir en el pernicioso concepto de “apertura al mundo”, el católico tiene el deber de actuar, y de actuar como católico.

Por eso, a través de Riscossa Cristiana, tenemos la intención de lanzar una iniciativa que se dirige a muchas personas que preguntan desconsoladas: “y entonces, ¿qué hacemos?”.

Si la Iglesia se está cayendo a pedazos, debemos meter mano y reconstruirla: repararla. Y repararla mientras muchos –demasiados– pastores siguen con su obra demoledora. Con paciencia y tenacidad sostenidas por la virtud de la esperanza, hay que recuperar todo lo bueno, venerable y santo que los demás desechan y colocarlo de nuevo en su lugar. Y hay que hacerlo con el fin de devolverle a la Esposa de Cristo el semblante que ha tenido a lo largo de los siglos, tan repulsivo ya a los muchos enemigos que están fuera de ella como a los tantos que medran en su interior.

Hay que reparar, conscientes de que cualquiera puede hacerlo con fruto y con mérito, sin pergeñar nada extravagante. La teología, la espiritualidad, la ascética y la devoción que han sido desechadas hace tiempo en el basurero de una fe fuera de moda brindan a los católicos de buena voluntad un medio simple y eficaz: la práctica de la oración de reparación, cuya aplicación a las dramáticas condiciones en que yace la Iglesia explicaremos en la parte final de esta invitación.

Aquel que adhiera a esta iniciativa debe ser consciente de que hay que empezar de nuevo desde los cimientos sin contar con el aplauso de la muchedumbre. Serán sólo las pequeñas asociaciones, o incluso los fieles particulares, quienes comiencen esta labor. Después, cuando la Providencia lo disponga, se verán los frutos.

Por eso, a través de Riscossa Cristiana, proponemos a los católicos de buena doctrina y buena voluntad adherir a la iniciativa de la Liga católica para la oración de reparación, que nace en este momento con el fin de restaurar los rasgos de la Iglesia de siempre a través de un medio ascético derivado de la espiritualidad y la devoción al Sagrado Corazón.

Brinda su soporte organizativo otra pequeña asociación llamada Confraternita del Sacro Cuore di Gesù e del Cuore Immacolato di Maria (Cofradía del Sagrado Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María) –y también dei Sacri Cuori (de los Sagrados Corazones)–, surgida hace dos años en la Lombardía y el Véneto y de la que forman parte los que firman estas líneas. Se trata de un pequeño grupo de católicos conscientes de que sólo un retorno integral a la Tradición doctrinal y litúrgica marcará el fin de la crisis. Entre las prácticas ascéticas de esta Cofradía tendientes a la restauración de la Tradición, se cuenta la ofrenda de sufrimientos, sacrificios y oraciones como reparación de los daños causados a la Iglesia por los mismos hombres de Iglesia, eclesiásticos y laicos: esto es, substancialmente, lo que se quiere proponer en más amplia escala a través de la Liga católica para la oración de reparación.

Desde un punto de vista práctico, no es nada complicado. Cualquiera, solo o en grupo junto a otros fieles, puede adherir a la iniciativa escribiendo a la dirección de correo electrónico legariparazione@email.it. De esta forma podrá registrar su adhesión y recibirá informaciones sobre eventuales actividades ya comenzadas en su zona; o bien podrá indicar su disponibilidad a constituir un punto de referencia para su propio territorio. Los organizadores tendrán la tarea y el compromiso de anudar y mantener los contactos entre los adherentes.

Esta obra de conexión es importante también porque hace falta que muchos católicos que están decididos a no ceder no se sientan aislados, creyendo ser los últimos sobrevivientes de un naufragio o pensando estar locos en un mundo de cuerdos. Esos católicos son náufragos, si queremos utilizar este símil, pero no están solos: son muchos más de lo que ellos mismos pueden imaginar. Pero, sobre todo, no están locos: sólo en tiempos de locura la salud mental parece cosa de hospital psiquiátrico.

Para fortalecer los vínculos que se irán formando gracias a esta iniciativa, todos los adherentes están invitados el viernes 1 de mayo 2015 a la primera jornada de la Liga católica para la oración de reparación programada en Linarolo, provincia de Pavía.

A través de Riscossa Cristiana, que seguirá teniendo en la portada de su web un espacio dedicado a esta iniciativa, será posible seguir sus desarrollos y encontrar material para la formación.

Paolo Deotto
Alessandro Gnocchi
¡Alabado sea Jesucristo!


NOTA:

Esta invitación ha sido publicada también en:



La oración de reparación


“Oh Dios, que en tu misericordia te dignaste brindar los tesoros infinitos del Corazón de Tu Hijo, traspasado por nuestros pecados, permítenos que, al ofrecerLe el devoto homenaje de nuestra piedad, podamos cumplir también el oficio de una digna reparación”.

Éstas son las palabras de la oración colecta con las que la Liturgia de la Iglesia reza en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Con un breve resumen de los motivos y los efectos de la muerte en la cruz de Nuestro Señor, ella termina invitando a todos los fieles a unirse al Divino Redentor ejercitando un dignae satisfactionis officium. En este sentido, la oración parece reproducir muy fielmente lo que el Sagrado Corazón de Jesús le dijo a la monja visitandina Santa Margarita María Alacocque ante la Santísima Eucaristía, en junio de 1675:

“He aquí el Corazón que ha amado tanto a los hombres y que no se ha ahorrado nada, hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y que en compensación sólo recibe ingratitudes a causa de las irreverencias y sacrilegios de la mayoría de ellos, así como de las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor […] Eso, me dijo, me resulta más doloroso de todo cuanto sufrí en mi Pasión. Si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que sufrí por ellos y querría, de ser posible, sufrir aún un poco más. Pero ellos no responden sino con frialdades y desaires a todo mi afán por procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud, en todo cuanto sea conforme a tus posibilidades”.

Queda aquí claramente expresado el principio meritorio de la reparación que, al asociar a los hombres a la expiación y satisfacción infinitas que Jesucristo ofreció en la cruz, mira a compensar y desagraviar los ultrajes hechos contra la gloria de Dios a causa de los pecados de los hombres. ¡Cuántos son hoy los pecados de los hombres, laicos y eclesiásticos! En particular, resulta muy grande la falta de adoración hacia la Verdad revelada bajo cualquiera de sus formas: traiciones en la exposición de la inmutable doctrina; abusos en las celebraciones litúrgicas; irreverencia; indiferencia hacia la Realeza de Nuestro Señor; omisiones culpables de apostolado y mucho más. La Esposa de Cristo y su Cuerpo Místico, la Iglesia, a menudo se encuentra desfigurada en su dimensión visible precisamente a causa del pecado de sus hijos. No podemos quedarnos indiferentes frente a esto: nuestra Santa Madre Iglesia sufre y nosotros tenemos el deber de curar sus llagas, en la medida en que se nos lo permite, a través de la ofrenda de sacrificios y oraciones que apresuren su sanación.

Si el Hombre-Dios Jesucristo ha venido a reparar el pecado del hombre contra el mismo Dios, cometido por nuestros antiguos progenitores engañados por el demonio (pecado infinito en tanto se dirige directamente contra la inmensa majestad divina), el hombre, redimido por la Preciosísima Sangre del Hijo de Dios, en unión con el mismo Cristo y con su Iglesia, puede también contribuir a la reparación de los pecados que todavía se perpetran contra su Corazón divino. Todo bautizado, al participar de forma limitada en el sacerdocio de Cristo a través de su carácter sacramental (v. S. Th. III pars q. 63 a. 3), es llamado y hecho capaz de ofrecer al Corazón misericordioso de Jesús actos de reparación en estrecha unión con la Pasión de Cristo.

Sin dudas –dado que Gratia supponit naturam– cumplirá que cada uno, según su propio estado, utilice a fondo su propia autoridad y cumpla todos los actos proporcionados y conformes a ella para defender y difundir el reino social de Cristo contra el “príncipe de este mundo”, desencadenado hoy más que nunca como león rugiente (cfr. 1Pe 5, 8). Sin embargo, todo esfuerzo sería inútil sin la unción de la Gracia. Y si ésta se nos confiere eficazmente de forma ordinaria a través de los Sacramentos, los sacrificios ofrecidos a Nuestro Señor con devoción y recta intención obtendrán una renovada infusión de Gracia santificante en el alma, que conferirá una peculiar riqueza de significado a toda buena acción.

Por lo tanto: ¡reparemos! Apresuremos el triunfo de la Iglesia de Cristo: que vuelva cuanto antes a reflejar la luz de su Señor en la palabra y la vida de sus hijos, para que el mundo crea.

Cor Iesu Sacratissimum, adveniat Regnum tuum!


Cómo practicar la oración de reparación: cada viernes (si se puede), después de haber rezado el Acto de Ofrenda “Corazón Divino de Jesús”* y adjuntádole la intención “en reparación de los pecados contra tu Corazón Sacratísimo”, récese el Santo Rosario, al que seguirán las Letanías del Sagrado Corazón de Jesús con su propia oración. Según sea posible, cúmplase esta práctica ante el Santísimo Sacramento o permanézcase al menos un cuarto de hora frente al tabernáculo en adoración y expiación. En caso de particular necesidad, se sugerirán otras formas de reparación y penitencia según el principio del agere contra.

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* Corazón Divino de Jesús, te ofrezco por mediación del Corazón Inmaculado de María, en unión con el Sacrificio Eucarístico, las oraciones, las acciones, las alegrías y los sufrimientos de este día, en reparación de los pecados y para la salvación de todos los hombres y la gloria del Divino Padre. Amén.