lunes, 16 de febrero de 2015

EL CARNAVAL LITÚRGICO

Estimado Sr. Expectacione:

pienso que estas carnestolendas pueden ser la circunstancia oportuna para confiarle mis penas, que seguramente serán las de muchos (y también las suyas, presumo). Trataré de extraer, del caso particular que le detallo, una conclusión de más amplio alcance. Si estas líneas merecen la publicación en su blog, las dejo a su entera disposición.

Me refiero al fenómeno nunca bastante execrado de las comparsas litúrgicas, esa suerte de siniestra mojiganga con que se pretende rendir culto a Dios en nuestros desolados templos. Resulta que ayer domingo, por ausencia del párroco, debí asistir a Misa a un pueblo cercano al mío. A nadie sorprenderá que le refiera los múltiples abusos que desfilaron por mis retinas, delicias del Novus Horror Missæ para uso de devotos atontados. El presbiterio, que en la Misa de siempre no debía ser hollado por mujeres, ahora tenía tres hembras junto al ambón (una para cada lectura y otra para el salmo). En el otro lateral del presbiterio, una señora, micrófono en mano, introducía cada una de las partes de la Misa con explicaciones, como si se tratara de un acto escolar. Era un alud de verborragia imponiéndose sobre los despojos del irreconocible rito católico... Para botón de muestra, antes de comenzar la celebración, a propósito del episodio del leproso de Mc. 1 : 40 hubo que escuchar de labios de esta relatora que Jesús «vino a romper tabúes»; luego, antes de la lectura del Evangelio, que Jesús «vino a superar las prescripciones legales», cuando en la Escritura dice más bien que mandó al leproso recién curado a presentarse ante el sacerdote y hacer por su purificación «la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». No les alcanza con degradar el culto que ya se meten a manipular la palabra divina sin empacho.

No le cuento los cantos, la sensiblería insufrible de cada una de las canciones entonadas con guitarra rasgueada a puro zarpazo. Hasta se le animaron tímidamente a alguna modesta polifonía (dos voces) en el final de una de las canciones, pero con resultado hiriente para los tímpanos, desafinando feo. Ni le digo los pantalones de las "sacerdotisas", apretándolas como a embutido, lo que no les impedía hacer las debidas genuflexiones ante el tabernáculo. Lo que atrajo mi atención a un detalle insospechado: la presencia de reclinatorios, usados por buena parte de los presentes al momento de la comunión.

Entonces supe que el párroco es afecto a Benedicto XVI, y que merced a la "reforma de la reforma" impulsada por el Papa renunciatario, recuperó la cruz en el centro del altar y se empleó con solicitud para hacer lo propio con los reclinatorios, y que incluso restringió el oficio del monaguillo -contra el creciente uso unisex- sólo a los varones. Lo que no le impidió desalentar toda la sarta de abusos de que hablé más arriba (es más: entiendo que los alienta explícitamente), y quién sabe cuántos más que no advertí. Esto abrió mis ojos a una conclusión inevitable, respaldada por otras observaciones que sería largo enunciar.

El pontificado de Ratzinger impulsó un híbrido insostenible, una síntesis entre elementos de la genuina liturgia católica en franca desaparición y las abominaciones típicas del nuevo rito tal como se lo practica más o menos en todos lados. Esto es un reflejo de la misma actitud del hoy "Papa emérito" en relación con la doctrina, tratando de conciliar la disparidad insoluble del Syllabus con la Gaudium et spes. Los resultados están a la vista: una exacerbación cada vez mayor de la fealdad, de la estolidez. Y de la herejía, siquiera sólo material. Como si estos emplastos ensayados por Ratzinger no hubieran servido sino para irritar aún más a la revolución en incontenible avance. Pues si algo queda claro en estas tinieblas es que Benedicto se fue por la ventana para que llegara Francisco. En aquellas parroquias donde no cunde abiertamente el circo francisquista, allí donde el papa alemán haya cosechado algún entusiasta curita dispuesto a aplicar su fórmula, allí quedan los ambiguos efectos sembrados por aquel su decepcionante pontificado.

Pero la restauración es otra cosa, y demanda otro género de obreros. No se combate la revolución con temples liberales. Los que no tenemos la posibilidad de asistir regularmente a la Misa gregoriana quizás debamos conformarnos a la lección de Lefebvre, que recomendaba desechar la Misa nueva si ésta comportaba peligro próximo para la fe. Y asumir que nuestras viejas patrias cristianas vinieron a ser territorios de misión, donde tal vez haya que resignarse a asistir a Misa tres o cuatro veces al año, cuando aterrice en nuestros pagos algún cura todavía católico (o cuando podamos viajar algún doble o triple centenar de kilómetros para asistir al culto agradable a Dios), santificando las fiestas, en su defecto, con ejercicios piadosos tales como el rezo del Rosario. Yo, que no me resolví a seguir este consejo, aún acudo a la Misa Novus Ordo (la única que tengo disponible) con el solo fin de comulgar el Cuerpo del Señor, y lo hago al precio de espantosos dolores. Que Dios los reciba en pago por mis culpas.

Recuerdo que unos pocos días después de la elección de Francisco se supo que éste, desembarazándose la muceta que le ofrecía monseñor Guido Marini, le replicaba airado: saque esto de acá. ¡Se acabaron los carnavales! Ojalá hubiese hablado como Caifás, profetizando a su pesar. Los carnavales, en las entrañas desgarradas de los templos que una vez fueron católicos, siguen más vigentes que nunca.

U.C.C.A.
-un católico con asco-

(las imágenes seleccionadas no corresponden a la Misa presenciada por el articulista)

viernes, 13 de febrero de 2015

¿LO DIJO IVÁN KARAMAZOV? ¿ACASO SARTRE? NO, FRANCISCO

De lo que abunda el corazón habla la boca. El sabio, del rebalse de su contemplación, vierte munífico las gemas; el necio, en cambio, agobia con su nulidad, con su operoso menoscabo de la verdad y el bien. Es creíble que Francisco -como muchos lo aseguran- planifique sus eloquios aun los más banales en busca de inducir ciertos efectos en la percepción de esa tele-feligresía de acatólicos y de bobo-católicos pendientes de sus belfos. Pero hay veces que habla de sopetón, urgido como por fuera del libreto por alguna ocasional pregunta, y entonces dice francamente lo que piensa, lo que abundan sus entrañas. Y se da a conocer con la mayor de las transparencias, y nos indica de paso el tenor de la gravedad de la crisis de la Iglesia, la espiral de dolores como de parto a los que ésta se halla abocada hasta que Dios disponga lo contrario.

Resulta que en su reciente viaje a Filipinas, una niña convocada para dirigirse al pontífice, integrante de un grupo de menores en situación de desamparo, lo interpeló acerca de «¿porqué los niños sufren?», rompiendo a llorar no más planteada la cuestión. Pese a su deber de representar a Cristo, en tanto Papa, a Francisco ni siquiera se le ocurrió mentar los dolores del Redentor: su respuesta fue un lacónico «no hay respuesta» (ver aquí).

Es noto que Iván Karamazov, el personaje de Dostoievski, funda su petulante ateísmo en la cuestión irresuelta -a su entender- del sufrimiento de los niños. Sartre, para quien el hombre es «una pasión inútil», sostiene una ética fundada en el rehuir el absurdo del sufrimiento. Las consecuencias del pecado original, el problema de la libertad y la responsabilidad, el valor expiatorio del dolor, son todos asuntos que tienen sin cuidado a estos exponentes extremos del delirio racionalista. De aquí que Camus pretendiera que la bondad de Dios sólo era admisible si se descartaba su omnipotencia.

La lección de Francisco (menos genial, bah) se emparenta y solidariza horriblemente con las precedentes. Hasta donde era posible pensar la mengua del testimonio cristiano, el eclipse de la conciencia de salvación, el olvido de la menor traza de soteriología en la parla del más indigno de los sucesores de Pedro, el actual pontífice llegó y fue más allá, allende las más tenebrosas expectativas.



lunes, 9 de febrero de 2015

EL PRONUNCIAMIENTO

Fueron palabras dichas a media voz, en el marco de una entrevista televisiva, pero viniendo de quien vienen suenan como proclamadas desde lo alto de un monte escarpado, de esos que hienden en punta el firmamento. Precedidas por una jocosa alusión a aquel discurso navideño de Francisco a la Curia romana espetándole a ésta sus quince pecados predominantes -que parecía otra tanta enumeración de las debilidades de Bergoglio-, el cardenal Burke dijo haber escuchado diversas bromas entre los cardenales, alusivas todas al detallado elenco: "y tú, ¿cuántas debilidades tienes?".

Pero lo más notable vino después: el compromiso de resistir al pontífice en caso de que éste lleve adelante su agenda de dar la comunión a re-casados y de reconocerle alguna bondad intrínseca a las yuntas sodomíticas. Este explícito posicionamiento de un cardenal era tan necesario como el vaso de agua que por caridad se concede a los sedientos, y en medio de otras tantas voces «buenistas» que abogan por un mantenimiento del enrarecido statu quo con tal de no tener que contabilizar bajas en las erráticas y enjutas filas (vídeo alusivo aquí), resulta a una equilibrado y vigoroso.

Muchos católicos de buena doctrina y de piedad sincera desestimaron la viabilidad de la alternativa Lefebvre cuando éste, harto de asistir a la promoción incesante de elementos modernistas o casi tanto -y de notar la efectiva persecución contra aquellos clérigos que celebraban la inderogable Misa de san Pío V-, tomó la decisión que derivó en su excomunión. No se puede faltar a la obediencia, dijeron los más obtusos. Se resienten la visibilidad y la integridad de la Iglesia, arguyeron otros con algo más de cacumen (lo que les faltó advertir a estos últimos, en todo caso, es el carácter diacrónico de la fe que profesamos, y que es el fundamento de la sociedad visible y una. No por nada el lerinense ordenó esas tres notas de la fe empezando por la temporal: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus). Hoy, con la crisis supurando en toda la extensión del Cuerpo Místico, merece ser revisado el juicio adverso de entonces. Lo que está a punto de reclamarse a los fieles no es ya su adecuación a disposiciones tiránicas dimanadas del Sucesor de Pedro en punto a disciplina y ley eclesiástica, sino el asentimiento obsequioso al efectivo vejamen de la ley divina.

Pueda ser que, en medio de la repugnante deriva de la Adúltera, se realice entonces el auténtico ecumenismo, el único admisible. Y que al mismo tiempo que otros amparan su voluntad cismática en el número de sus adeptos, en la vasta organización diocesana heredada de mejores tiempos, en la posesión de los templos, éstos (los hijos de Lefebvre, los de Burke) confluyan en unidad visible como cauces de agua limpia. Cum persecutionibus, según lo adelantó el Señor (Mc 10, 30), pero netamente distintos, en punto a «visibilidad», del aluvión de fango listo a desatarse.

sábado, 7 de febrero de 2015

NUESTRAS EXTRAVAGANTES (Y ESTÉRILES) CONCESIONES

Ya Veuillot advertía, ciento cincuenta años atrás, que las calenturientas mentes revolucionarias no se iban a satisfacer tan fácilmente con la política clerical de mano tendida. «Saben que nuestras más extravagantes concesiones jamás llegarán a mitad de camino de la meta a la que tienden sus doctrinas. Pero aún así, creen captar en nosotros un oculto desfallecimiento de esta fe que los asombra y los desespera. Si no tienen más que odio, su odio se aviva con nuestras incertidumbres; si tienen alguna quimera, algún absurdo sistema de renovación social, su confianza se acrecienta a medida que la nuestra parece disminuir». Esto no ha hecho más que comprobarse a lo largo de todo el siglo veinte: memorable por lo claudicante la monserga de Paulo VI en la última sesión del Vaticano II en que, refiriéndose a las bravatas del humanismo secular profano, advirtió aquello -horresco referens- de que
la religión del Dios que se hizo hombre se encontró con la religión del hombre que se hace Dios ¿Qué sucedió? ¿Una lucha, una batalla, una condena? Podría haber sido así, pero no sucedió. La antigua historia del samaritano fue el paradigma de la espiritualidad del Concilio. Un sentimiento de simpatía sin límites lo impregnó todo.
A cincuenta años de aquel hito verbal, sucedido por las más olímpicas reculadas que podían ensayar los alzacuellos ante las corbatas, las iglesias vienen siendo regularmente profanadas por escuadrones del Mandinga que abogan por una mayor profundización del laicismo, y la "simpatía sin límites" de Montini es correspondida con escupitajos e insultos. No se puede negar que a estos malditos los asista alguna razón: les repugna una Iglesia que deja languidecer esa fe que «los asombra y desespera», porque en su aburrimiento secular preferirían batirse con cruzados que los muelan bien a palos, o al menos que les desbaraten con afiladas razones el aparato de pamplinas que las ideologías les dejaron por legado. Así como nosotros ansiamos esa gloria supereminente que tenemos prometida, ellos podrían desear esa fe incomprehensible si notaran al menos sus efectos entre nosotros. Pues tanto como a su propio y aherrojante hastío odian la tibieza en nuestras filas, y se entiende que así sea: ésta, siquier por reflejo, los condena a irremisible desesperanza.

Pero estas comprobaciones evidentes por sí mismas, capaces de afectar todos los cinco sentidos externos, no hacen mella alguna en la bien posicionada Jerarquía, que continúa extenuando su ralliement quién sabe con miras a ocupar qué lugar de privilegio en el inminente naufragio. Ahí les darán a probar su adobada democracia... Como al secretario general de la revesada orden de los Franciscanos de la Inmaculada, padre Alfonso Maria Bruno, quien, refiriéndose al encuentro entre Francisco y el recientemente electo presidente italiano Sergio Matarella y a la colaboración entre los dos Estados, augura «un Tíber más estrecho» pues «nos asiste una concepción del bien común que está por encima del ser laicos o católicos, hombres de Estado u hombres de Iglesia, para ser -integralmente y simplemente- hombres». Que no se sienta tan seguro: bien decía Kierkegaard -y sujetos como el padre Bruno lo comprueban hasta la fatiga- que todo el drama del hombre moderno consiste en haber olvidado lo que significa ser hombre.

Ya lo dijo no hace mucho un articulista que reparó en la manía oportunista de hombres como Bruno: el pragmatismo es un juego que favorece la propia visibilidad en el mundo de la apariencia; el pragmatismo se vuelve sinónimo de protagonismo. De ahí el desprecio usual por la doctrina y la insistente cantilena pastoral, mucho más apta para colocar a estos actores en el centro de la escena, excediendo siempre con mucho la incumbencia y el ámbito del pastor de almas. Cosa bien ensayada, como es noto, por el Bocón, a quien ahora se le ocurrió pedir por «una mayor presencia de la mujer en la vida de la Iglesia, en el mundo laboral y en la familia» (no hay necesidad de aclarar que la mayor presencia de la mujer en el ámbito laboral menoscabó su presencia en la familia, ni es menester reparar en lo que sugiere el pedido de una mayor presencia femenina en la Iglesia en época tan flaca de vocaciones).  Filólogo al fin, muy en la salsa de sus cavilaciones terminológicas, graficó al fin para el aplauso: «la Iglesia es mujer, es la Iglesia, no el Iglesia. Esto es un reto que no se pospone más».

Lo que no debe seguir posponiéndose es la defenestración de elemento semejante, al precio de que se cumpla la amenaza de los terroristas islámicos de convertir la basílica de San Pedro en establo para sus animales. Porque éste es el término obligado de tantas concesiones a la jerga democrático-laicista, de tanta sonrisa cómplice al ministro masón de turno. Dicen que en el silencio recogido de la oración puede advertirse el paso modulatorio del «¿hasta cuándo?» que los mártires dirigen al Señor clamando por la consumación de su obra (Ap 6, 10) al «¿hasta cuándo?» mudado en catilinaria cada vez que éstos vuelven el rostro hacia Francisco.


Quousque tandem abutere, Francisce, patientia nostra?

martes, 3 de febrero de 2015

ÉSTA ES LA IGLESIA DE FRANCISCO

¿Quién podría reconocer hoy a la Iglesia en las palabras de aquella constitución dogmática del Concilio Vaticano I, que dicen ser ella «como una bandera levantada para las naciones, [que] no sólo invita a sí a los que todavía no han creído sino que da a sus hijos la certeza de que la fe que profesan se apoya en fundamento firmísimo» (Dz 1794), cuando la misma Jerarquía insta a los infieles a mantenerse en sus falsas creencias y a sus hijos les ofrece una enseñanza mudable y tornadiza, ajena al Magisterio perenne?Extemporáneas se dirían aquellas palabras (o alusivas a otra Iglesia, portadora de sus cuatro notas hoy irreconocibles) que afirman que a ella sola «pertenecen todas aquellas cosas, tantas y tan maravillosas, que han sido divinamente dispuestas para la evidente credibilidad de la fe cristiana. Es más, la Iglesia por sí misma, es decir, por su admirable propagación, eximia santidad e inexhausta fecundidad en toda suerte de bienes, por su unidad católica y su invicta estabilidad, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y testimonio irrefragable de su divina legación». Ciento cuarenta años atrás los padres conciliares hablaban decididamente otro idioma: el de la fe.

Los astros se horrorizaron esa vez
Apenas como una muestra del efecto que la apostasía provoca en las costumbres, ahí está la denuncia del fiscal del tribunal del Vaticano, Gian Piero Milano, acerca de que las blasonadas transparencia y reforma francisquistas han dejado el ominoso saldo de un aumento de las prácticas delictivas muros adentro del pequeño Estado. Con menos de 800 habitantes entre cardenales, nuncios, sacerdotes y guardias suizos, en 2014 se abrieron dos investigaciones por tenencia de material pornográfico de menores, a la vez que se advierte un aumento de la criminalidad financiera y del tráfico de drogas (hemos tratado aquí el caso, pronto silenciado por los medios, de la carga de cocaína en el auto del secretario del cardenal Mejía). Lodazal, que no fons signatus. El estatuto monárquico de la Iglesia trocado en una caquistocracia de hecho, y ésta comandada por un bufón cuya elección se deduce fraudulenta, a juzgar por el vejamen en que se incurrió contra la Universi Dominici Gregis, la constitución apostólica que regula los términos del cónclave.

Entre los dos polos del cinismo y la hipocresía: así naufraga la nueva Iglesia. Cinismo como el del cardenal de peluca y prefecto de los Institutos de Vida Consagrada, João Braz de Aviz, que dedica a los frailes de la devastada orden de los Franciscanos de la Inmaculada sendos documentos en los que los alienta -perífrasis fatigada por diezmilésima vez- a reconocer los "signos de los tiempos", de los negros tiempos que corren. A rendirse, en una palabra, tomando sobre un total de 84 notas (al menos en el segundo de los documentos en cuestión, que el primero arroja similares cifras), 73 del magisterio volátil de Francisco, entre la Evangelii gaudium, fragmentos de homilías, la explosiva entrevista con Antonio Spadaro, etc. De las restantes notas, dos son de Benedicto XVI, dos de Juan Pablo II, dos de la Congregación que dirige el mismísimo peluquín y otras dos de san Ambrosio, sin la más mínima alusión a algún texto magisterial anterior al Vaticano II. Es seguramente una manera de actualizar aquella insistente enseñanza de Francisco acerca del «salir la Iglesia de sí misma», en la más cruda acepción de "tirar por la borda" la propia identidad. Ya lo supo san Gregorio Magno: «de dos maneras podemos salir de nosotros mismos. La primera es cuando nos zambullimos en pensamientos rastreros. La otra cuando nos sublimamos por la gracia de la contemplación. Así el que apacentaba puercos se rebajó a la divagación del espíritu y a la impureza, mientras que el otro [Pedro, cfr Act 12, 7ss.], a quien el ángel rompió las cadenas que lo amarraban -llevado y arrebatado por el espíritu-, fue levantado sobre sí». La equivocidad de la enseñanza post-conciliar, ya con cincuenta años de experiencia, se vuelve diáfana por la evidencia de sus definitivos efectos: «salir de sí mismo» significa para éstos revolcarse en el cieno, teniendo a los cerdos por confidentes de su desgracia.

Hipocresía, decíamos, porque últimamente no le han faltado ocasiones a Francisco para llamar en auxilio de sus entuertos a los santos de otras edades, haciéndolos garantes de los mismos. Hace poco más de un mes manoteó el santo recuerdo del papa Pío XII para avalar su proverbial laxismo en relación con las disposiciones para comulgar (esta vez en lo relativo al ayuno). Ahora se sirve convocar a una jornada de oración mundial por la paz para el día que se cumplan los 500 años del natalicio de santa Teresa de Jesús. «Se va a comunicar a todas las conferencias episcopales para que a lo largo de ese día, después de que el Papa haya comenzado la oración, todo el mundo, incluidos miembros de otras religiones, puedan unirse a ella durante una hora de silencio, al estilo teresiano», informaron con lacónica desvergüenza los divulgadores. Sinceramente, preferimos que Bergoglio omita toda mención a los santos de la Iglesia y continúe ensalzando en cambio a sus Romero, sus Angelelli, sus Arrupe, ya que lo suyo es como de un anti-Midas: lo que toca lo vuelve barro.

La paz con el dragón, el último sapo
que nos quiere hacer tragar Francisco
Pero no hay razón ¡ay! para creer esto posible. El universalismo católico, tal como lo concibe el Neopapa, supone -después de la razonable purga de los refractarios- sentar en una misma mesa a los opuestos. Ya lo sugiere la tenebrosa alegoría del dragón bueno, con un mediador entre éste y los hombres llamado Pedro, según el cuento ilustrado que se distribuye a instancias del proyecto Scholas Occurrentes, creado por Bergoglio y financiado por entidades de dudosa catadura moral. Un cielo que se confunde con la tierra, la aspiración celestial trocada en roznidos. Astronomía -llamémosla así para el vulgo, para las muchedumbres descristianizadas- que no es sino gastronomía.

miércoles, 28 de enero de 2015

LO QUE FRANCISCO OMITIRÁ DECIR EN SU ENCÍCLICA

Si en esta alocada sazón del mundo contásemos al menos con un Papa católico, posiblemente no tendríamos que pasar el trago amargo de la publicación de una encíclica sobre ecología, como la ya largamente anunciada por Su Discretísima Santidad para marzo próximo. O, en caso de que esta carta tuviese que escribirse, la esperaríamos como confutación de la marea ideológica que viene tiñendo la cuestión del medio ambiente, rehusando para tal fin todo consejo que pudiera brindar, v.g., un Leonardo Boff, boffetada de Anagni para un cabal sentido católico de la Creación. Y si las directrices del pensamiento de Francisco no fuesen reiterativas y previsibles como el vicio, saludaríamos quizás en la clamoreada encíclica el arbitraje católico en materia tan tristemente lastrada por errores, omisiones y mistificaciones, según consta hasta el cansancio. Habrá que descontar, por el contrario, que la progenie de Judas continúe pagando en nombre de la Iglesia el consabido tributo al discurso oficial articulado por periodistas y políticos.

El Poverello de Asís
ataviado con la jeta de Boff
Si no fuera por sus desafueros intrínsecos, el discurso ecologista debería despertar sospechas por el sólo hecho de gozar de tanta publicidad, por haber ganado un lugar preeminente en los contenidos de la estragadísima escuela de nuestros años, por concitar las tertulias -con tufo a logia- de varias de las más funestas personalidades de la alta política mundial. Más que auténtica y medular réplica al actual estado de cosas en el mundo, se diría una "disidencia programada", el bocado ofrecido por la élites gobernantes a los tontos que se precian de rebeldes: de hecho ha sido advertido cómo, tras la caída del bloque soviético, el rápido poder aglutinador de las reivindicaciones ecologistas ganó muchas voluntades antes adscritas al discurso marxista y desorientadas ante su pálido finiquito. Huelga señalar, pues, la gravedad de que la Iglesia aparezca cohonestando estas majaderías.

Y así será, si Dios no fulmina antes a Bergoglio con un rayo como el que sacudió a la cúpula de San Pedro el día de la abdicación de Benedicto. En tanto, y a la espera de documento tan poco promisorio, nos limitamos a adelantar apenas algunas de las cosas que Francisco no atinará siquiera a insinuar en su eco-encíclica. A saber:

- que la Tierra no es un fetiche sino el rastro de la obra del Creador. Que todas las criaturas son vestigia Dei y que entre éstas el hombre, por el poder que se le ha concedido sobre toda la Creación material, es imago Dei, llamado a ser su similitudo según el orden de la gracia. Lo que supone que el fin remoto de todo humano operar no queda circunscrito a los lindes terrenos, sino que se proyecta a la gloria ultraterrena. Limitar esta dignidad, o proponer una dignidad fundada en otro principio, supone también un atentado contra la naturaleza -específicamente: contra la naturaleza humana.

- Porque se debe recordar que el tan blasonado término «naturaleza» entraña un doble significado: el primero, como el «conjunto de todos los seres creados»; el segundo (y hoy más resistido, a expensas de las ulcerosa difusión del existencialismo ateo, el deconstructivismo y demás filfas urdidas a medida de la pequeñez del hombre moderno) supone la «esencia en tanto principio de la actividad». Urge recuperar esta segunda acepción, que pone un coto a la hybris y al desatino contemporáneos. Pues si el hombre atenta contra el equilibrio ecológico -como se lo denuncia en todos los idiomas- es porque finge desconocer que hay unas leyes ínsitas en su misma constitución creatural, y que éstas limitan sus operaciones.

- Lo que dirige la mirada a un Dios que es no sólo misericordioso, como se acostumbra presentarlo para encubrir arteramente nuestros delitos, sino también legislador, pues a todos los seres les dio leyes inmutables, inseparables de su específica consistencia. Y al hombre, como ser de naturaleza compuesta -carne y espíritu-, aparte de las leyes que regulan sus operaciones necesarias le dio preceptos morales, para regular su libertad según el bien. Esto obliga a recuperar, en el contexto de la preocupación por el respeto a la naturaleza, el concepto hoy perimido de «pecado contra natura», que supone una doble y violenta transgresión: contra las leyes que regulan la sexualidad según su específico fin (válidas para todos los animales sexuados), y contra el Decálogo, expresión escrita de lo que llamamos «ley natural». La por muchos motejada como «agenda gay» de Bergoglio (con inclusión de audiencias privadas y abrazos a transexuales) no deja lugar a muy católicas expectativas a este respecto.

- Esto también obliga a censurar la inconsecuencia e hipocresía latentes en la solicitud por el ecosistema de parte de aquellos grupos que cultivan parejamente la indiferencia, la admisión o incluso la promoción del crimen del aborto. Un pontífice que hablara según el Espíritu no dejaría de conminar a los movimientos y dirigentes ecologistas a pronunciarse sobre esta cuestión, y a condenar sin cortapisas toda incongruencia que ésta proyecte sobre el orden lógico aun antes que en el de las conductas -que se verán invariablemente afectadas por aquella inicial defección.

- Por el mismo motivo por el que sabemos que las cosas salieron buenas de las manos del Creador y el pecado del hombre introdujo el desorden en el cosmos, una auténtica mirada católica sobre la naturaleza no puede enturbiarse con mitologías de cuño rousseauniano: nuestro estado es el de naturaleza caída. Por lo demás, la historicidad y la cultura, dimanadas de la condición espiritual del hombre, le son a éste connaturales. Es menester recomendar la enseñanza de aquellos hombres como Chesterton que, firmemente fundados en la ortodoxia católica, propusieron una sensata salida del atolladero de la modernidad a través del distributismo, doctrina informada por principios fundados en la Doctrina Social de la Iglesia. Se debe dar al traste con la distorsión romántica de la naturaleza para trazar el encomio de la ruralidad como soporte y ámbito de la tradición: a trueque del concepto abstracto de «tierra», las concretas tradiciones campesinas con la religión al centro. La gran ciudad moderna es cosa «contra natura» decía Rilke, y Ortega recordaba cómo la urbs imperial romana, en tiempos de su mayor esplendor, miraba asiduamente al campo, donde los propios jefes militares montaban a menudo sus castra y tenían sus quintas no sólo para solaz sino para labranza y ganadería.

No tenemos la esperanza de que Bergoglio trate ni por asomo alguno de estos ítems. Ni que recuerde cuánto el Redentor supo apoyar su predicación de las realidades espirituales en hechos y cosas tomados de la observación diaria de la naturaleza y las sencillas costumbres aldeanas, lo que es suficiente a ilustrar cuánto sea para nosotros inescindible la relación entablada entre ambos orbes -celeste y terrestre- a instancias de la Encarnación. Urge, pues, una mayor atención a los hechos eminentemente espirituales, que son los que dirigen eficazmente las acciones humanas, para lo que no está demás volver a las anécdotas y relatos rurales que, con carácter de advertencia alegórica, pueden indicar las soluciones que se nos viene escatimando en esta hora trágica para el espíritu.

Bandurria mora
Lo hemos visto esta mañana con nuestros ojos, para no ir tan lejos: bandadas de bandurrias que le ponían un volátil manto de ébano al campo recientemente segado. Resulta que la alfalfa, antes de la siega, había atraído gran cantidad de isocas (pequeñas mariposas entre amarillas y anaranjadizas que dejan sus huevos adheridos en los tallos de las plantas. De allí eclosionan los voracísimos gusanos capaces de dar cuenta en tres o cuatro días de todo un alfalfar). Las faenas mecánicas (corte y enfardado) truncaron el avance de la plaga, y las aves fueron suficientemente atentas como para reconocer el desparramo de vermes en toda la extensión del potrero. Así los querríamos a nuestros pastores, capaces de descender del cielo de la oración y de la bien llevada dignidad apostólica al labrantío de la Iglesia, y de extirpar todos los errores que infestan al Cuerpo Místico de Cristo en la persona de los apóstatas latentes, activos siempre para demoler. Un papa capaz de condenar explícitamente la peste de las malas doctrinas y de separar a los herejes, consciente de la alta e impar autoridad que lo asiste. Capaz también de recordar a los poderes públicos la responsabilidad que les compete de favorecer la verdad y combatir el error, al precio de ser severamente juzgados el día de la cólera de Dios, que será a la vez el tiempo de premiar a los piadosos «y de arruinar a los que arruinaron la tierra» (Ap 11, 18) con sus doctrinas perversas. Incluidas las ambientalistas.

Lo viene señalando hace años el padre Sanahuja: el proyecto, de parte de empinadas personalidades políticas y financieras internacionales, de sustituir el Decálogo por una así llamada "nueva ética planetaria", promotora de la "vida sustentable". Los únicos "pecados" que esta nueva ética tendrá por tales serán los que afecten directamente a la Madre Tierra, aun al precio de que para fiscales del caso haya que convocar a ecologistas del piso quince. Habría que recriminarle entonces a Bergoglio: ¿a quién sirve que adoptemos la jerga y las gárgaras de los ideólogos y sus ideologizadas víctimas? Si por fuerza de las circunstancias hemos de compartir el planeta con los eco-fundamentalistas, al menos no sufraguemos sus dislates. Recordemos la imperiosa lección de san Jerónimo: con los herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que no dé la impresión de que favorecemos sus errores.

miércoles, 21 de enero de 2015

DUPLICIDAD

«Sea vuestro hablar sí, sí; no, no. Lo demás viene del Maligno»  (Mt 5, 37)

Un caso de bilingüismo, como de serpiente. Ayer fue fustigar el fantasma de las familias católicas y numerosas de antaño, como si los fantasmas perturbaran en algo la muda -al parecer perfectiva e irrevocable- de los hábitos y de los principios sobre los que éstos se cimientan; hoy fue «da consuelo y esperanza ver tantas familias numerosas que acogen a los hijos como un verdadero don de Dios». Creemos haber hablado alguna vez de esta sorprendente virtualidad -ya que no virtud- de la glotis de Francisco. La gracia gratis data de la bilocación, de que dan testimonio las biografías de varios santos, se trueca en éste en notoria bilocución. Son habilidades adquiridas en la escuela de aquel santo doctor y fundador de impar progenie: san Perón.

Pero no somos tan simplones como para aceptar las excusas de un farsante consumado. Primero, porque no creemos -como tantos que se esmeran en cubrirle las vergüenzas al rey desnudo- en que sus palabras sobre la familia conejil deban ser situadas en el contexto de su reciente viaje a Filipinas, con el drama de la pobreza extrema ante sus retinas, etc. etc. El verdadero contexto de las palabras de Bergoglio son sus agobiantes dislates de cada día, que autorizan la presunción de que su demasía (ese «lo demás» que excede a la límpida locución esperable de un pontífice) viene de soterra. Y sus palabras aludían a familias católicas, numerosas, como se usaba otrora, hijas de aquella Iglesia que todavía no había abrazado las novedades conciliares, la misma que concita las habituales y coléricas reprensiones del pontífice. Como lo hizo con ocasión de este último viaje, por harta vez:

¿Hace tiempo se decía que los budistas iban al infierno? Pero también que los protestantes, cuando yo era niño, iban al infierno, es lo que nos enseñaban. Y recuerdo la primera experiencia de ecumenismo que tuve: tenía cuatro años o cinco e iba caminando por la calle con mi abuela, que me llevaba de la mano, y en la otra acera iban dos mujeres del Ejército de la Salvación, con ese sombrero que ya no se usa y con ese moño. Yo pregunté: “¿Abuela, esas son monjas?”. Y ella me respondió: “No, son protestantes, ¡pero son buenas!”. Fue la primera vez que escuché hablar bien sobre las personas que pertenecen a otras confesiones. La Iglesia ha crecido mucho en el respeto por las demás religiones, el Concilio Vaticano II ha hablado sobre el respeto de sus valores. Hubo tiempos oscuros en la historia de la Iglesia, hay que decirlo sin vergüenza...

Así tendría que salir a predicar.
Y amordazado por detrás del velo
Ciertamente, lo dice sin vergüenza. Pero lo más grave del discurso de las familias numerosas, poco notado en general y bien apuntado en un comentario que nos enviaron a nuestra entrada anterior, estriba en la re-interpretación fullera que Bergoglio propicia de la Humanae vitae, aquella Encíclica tan resistida de Paulo VI cuyo objeto fue señalar la ilicitud de los métodos anticonceptivos, y que Bergoglio refunde como mera condena del neo-malthusianismo. «Habiendo relativizado este pronunciamiento magisterial, procede a llevar la cuestión [del uso de anticonceptivos] al fuero interno». Ya lo había hecho su finado amigote, el levantisco cardenal Mejía, desde las páginas de su malfamada revista Criterio en los mismos días de la salida de aquella Encíclica: «la enseñanza de la Sede romana no es un absoluto» porque ésta de la bioética «es la zona más crepuscular y delicada del ejercicio del Magisterio», pues aunque la Iglesia «tiene el derecho a proclamar enseñanzas que se refieren a la ley natural (...) entramos en una zona donde el progreso de los conocimientos humanos, las limitaciones culturales y las transformaciones de la historia tienen su parte». «El límite -culmina Mejía- no es impuesto a la conciencia, sino que brota, en la enseñanza de la Encíclica, de las raíces de la conciencia misma». Francisco recogió el motivo: «el rechazo de Paulo VI no se refería a problemas personales, sobre los cuales pedirá luego a los confesores que sean misericordiosos y que comprendan las situaciones», sino al neo-malthusianismo. No sólo tienen la osadía de afirmar que la ley no está en las cosas sino en el sujeto, que la conciencia es infalible y que un acto malo por su objeto puede dejar de serlo a tenor de las circunstancias (y que el pecado está en las ideologías y en los programas, pero no en los actos personales), sino que pretenden hacer cómplice al Magisterio de esos mismos y venenosos errores. Y de paso, para alivio del montón, se entreabren las compuertas de un cambio de doctrina respecto de los anticonceptivos.

Eso sí: al día siguiente, a alabar a las familias numerosas.