lunes, 1 de septiembre de 2014

¿HACIA LA DIVISIÓN DE AGUAS?

Fueron del cardenal arzobispo de Chicago, Francis George, aquellas palabras rápidamente difundidas hace un par de años acerca de que preveía para sí el morir en una cama, para su sucesor la muerte en prisión, y para el sucesor de éste el morir como mártir en la plaza pública, no queriendo con ellas sino «expresar de un modo bastante dramático a lo que puede llevar una completa secularización de nuestra sociedad» (fuente aquí).

Nada de extraordinario en esta previsión casi digamos perogrullesca. Pero cuenta con dos humildes méritos: primero, la concisión epigramática, gráfica, con que se expresa el muy probable desenlace del actual estado de cosas, que no puede ser sino una aplicación de aquel «lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt» (Io 1, 5), y que recuerda una lección incómoda para quienes hacen del Evangelio un taparrabos de las impudicias del mundo, un sedante para la conciencia de los pecadores públicos: aquella de la oposición irreductible entre la Verdad y el error. Segundo, el que tales palabras provengan de un prelado, sea cual fuere el grado de su fidelidad al ministerio, que no lo conocemos. Habituados ya a la figura del sacerdote como a la de un desmañado saltimbanqui, hastiados de la alternancia de verborragia en la liturgia y ominosos silencios en el ágora, notar un dejo de tragicidad en un purpurado (que demuestra con ello rehusarse a participar de la comedia en curso) no es de poco mérito.

Lo había advertido san Pío X en la Communium rerum (1909): «están muy equivocados los que creen y esperan para la Iglesia un estado permanente de plena tranquilidad, de prosperidad universal, y un reconocimiento práctico y unánime de su poder, sin contradicción alguna; pero es peor y más grave el error de aquellos que se engañan pensando que lograrán esta paz efímera disimulando los derechos y los intereses de la Iglesia, sacrificándolos a los intereses privados, disminuyéndolos injustamente, complaciendo al mundo "en donde domina enteramente el demonio", con el pretexto de simpatizar con los fautores de la novedad y atraerlos a la Iglesia, como si fuera posible la armonía entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el Demonio. Son éstos, sueños de enfermos, alucinaciones que siempre han ocurrido y ocurrirán mientras haya soldados cobardes, que arrojen las armas a la sola presencia del enemigo, o traidores que pretendan a toda costa hacer las paces con los contrarios, a saber, con el enemigo irreconciliable de Dios y de los hombres». Hoy se proclama por poco lo contrario: será por ello que el centenario del fallecimiento del santo pontífice contó con el lapidario silencio de la Santa Sede, casi una damnatio memoriae.

Con todo, la advertencia del arzobispo de Chicago reclama una obvia precisión. Si en el solo arrojo de vocear la alarma puede interpretarse una probable disposición martirial en el purpurado, la contraria también vale: desconocer alegremente la resistencia del mundo e insistir en complacerlo para alcanzar con él una paz efímera es quizás la señal más elocuente de una indisposición para el testimonio supremo. Los talantes liberales, siempre arredrados ante la figura del Confesor, disponen de suficientes subterfugios para alcanzar los oportunos acuerdos y salvar la corambre. Trágicamente olvidan que «quien quiera salvar su vida la perderá».

No parece lejano el día -a juzgar por los augurios vinculados al próximo Sínodo Extraordinario sobre la Familia- en que tome cuerpo la impostura irreparable y las aguas se dividan. Por ello, y porque a nadies place saber que buena parte de la tripulación está en trance de zozobrar, The Remnant publicó recientemente una petición on-line bajo el título de ¡Detengan el Sínodo!: «primero fueron a por el Rito Romano, que destruyeron. Luego fueron a por la Iglesia Militante, a la que desarmaron y rindieron al espíritu del siglo. Ahora, con el Sínodo, que amenaza convertirse en el Vaticano II reiniciado, los obispos más progresistas y sus esbirros irán a por la mismísima ley moral bajo el pretexto de la búsqueda de "soluciones pastorales" a los "desafíos que enfrenta la familia"».

Aventuramos, sin el menor ánimo profético, la muy probable consecuencia del infausto montaje: a los disturbios inevitables tras la promulgación oficial de una nueva y sacrílega disciplina de los sacramentos, el brazo secular será llamado a intervenir para retirar a los refractarios. La historia, maestra de vida, nos remite al "clero juramentado" después de la Revolución francesa: allí se cumplió aquella visión del Apocalypsis acerca del dragón que arrastró con su cola un tercio de las estrellas del cielo para precipitarlas a tierra. Hoy las proporciones parecen dejar pequeña aquella cifra. Y la previsión del cardenal George reclama adelantarse, a no ser sus sucesores sean ya "juramentados", hechas las postrimeras paces con el mundo. Excepto (la inocencia te valga) que el reclamo de suspender el Sínodo resulte satisfecho.

sábado, 30 de agosto de 2014

ALGUNAS MATIZADAS PONDERACIONES SOBRE EL ISLAM

En la anterior entrada, un comentarista nos recomienda amablemente "matizar el juicio" en relación al Islam. Aceptamos el consejo, aunque no sin sujetarlo también a oportunos matices y distinciones. La matización corresponde, al fin de cuentas, al arte intelectual del análisis, y a éste debe seguirle (por razón de la propia naturaleza de la actividad mental) la síntesis, la reconducción de las partes al todo, a su principio común. No de otra guisa un católico desnortado como Maritain supo recordar en sus mejores momentos la necesidad de "distinguir para unir", y hasta el agnóstico Aldous Huxley, exudante modernidad por todos los poros, reclamaba para las universidades la creación de «cátedras de síntesis», que suficientes había ya de análisis. Por ahí consta, para más abundar, la lección pascaliana acerca del esprit de finesse, capaz de contemplar de un vistazo la consecuencia que se deriva de los principios, y el «espíritu geométrico», dado más bien a la cuidadosa distinción de esos mismos principios. Ambos se complementan y son necesarios, aunque habitualmente no encarnen en el mismo sujeto.

Si se debe a la invención del microscopio este afán de distinción a menudo inmoderado, incapaz de recapitular en la unidad lo contemplado, que lo responda quien lo sepa. Lo que no podemos dejar de reconocer es que ya se ha vuelto sintomática, de tan recurrente, esta exigencia constante o voz de mando: matizar, matizar. Si es cierto que no deben nunca propiciarse síntesis groseras, que acaban por conspirar contra la verdad, no lo es menos que hoy el vicio inherente a nuestro mundo occidental (o, al menos, a sus minorías ilustradas, consecuencia del hábito vicioso del racionalismo) es el dialecticismo estéril, la metódica bifurcación de la atención y el moroso desdoblamiento de la realidad escrutada. Actitud que conduce en forma irremediable y por razón de sus propias disposiciones a la atomización indefinida del datum y a la capitulación intelectual. Fue por el abuso de la argucia que decayó la Escolástica.

Obispado de Mosul, en llamas
Hecha esta necesaria advertencia, volvemos sobre el tema Islam. ¿De qué sirve rehabilitar la distinción obvia entre musulmanes violentos y pacíficos, si esta distinción responde, en todo caso, más a las disposiciones de los sujetos que a las enseñanzas explícitas del Corán? El problema del Islam es el Islam, tituló con acierto el blogue Ex Orbe una de sus recientes entradas, en la que se recuerda cuánto el Corán sea «el código político primario, la inspiración que articula el Estado, la fuente en la que la violencia islamista seguirá catalizando cualquier proyecto político que surja en su medio». Insistir en esta sazón con la engañosa dualidad entre "buenos y malos muslimes" para concluir que los buenos son los verdaderos observantes del Islam remite a aquella ilusoria cooperación cristiano-comunista que se alentaba en los días de la posguerra. Entonces también muchos católicos vendados abogaban por los "marxistas-con-don-de-gentes", por aquellos rojos que no demostraban aversión sangrienta hacia la Iglesia:se creía poder trabajar con ellos para el bien común. Esta es la tesis implícita también en el clamoreado ecumenismo, extensivo a los no cristianos: éste comporta por fuerza una remoción de los principios, que serán siempre un estorbo en la consecución de un "común denominador" con los infieles. Pero una cosa es la tolerancia con los errados, y aun con los malos (como lo enseña la parábola del trigo y la cizaña), y otra esta asociación imposible que se nos propone. La experiencia demuestra cuánto en tales componendas la dirección tuerza bien pronto no en el sentido querido por aquellos a quienes cabe in altum ducere, sino más bien hacia el contrario.

¿Y qué otra cosa cumple esperar de una religión surgida después de Cristo (después de que, al encarnarse, Dios cumpliera su definitiva autorrevelación), de una religión que, surgida en un ámbito semi-cristianizado, aprovechara la autoridad del Antiguo y del Nuevo Testamento para traerla en socorro de sus novedades, tan "nuevas" como el error? Una religión que surge -pese a sus vaivenes, a sus aparentes y parciales condescendencias con el cristianismo- como una impugnación frontal de la fe cristiana («no digáis que hay una Trinidad en Dios. Él es único» IV, 169; «los que sostienen la trinidad de Dios son blasfemos» V, 77; «el Mesías, hijo de María, no es más que un ministro del Altísimo» V, 79; «Dios no puede haber tenido un hijo» XIX, 36. Citamos según nuestra vieja edición del Corán, versión castellana por A. Hernández Catá, París, Garnier Hermanos, sin fecha de edición). Una religión con un afán de universalidad parejo al del cristianismo, pero perfectamente opuesto en sus medios: si éste se expandió por la sangre de sus propios mártires, el Islam lo hizo por la sangre ajena.

Se podrá ciertamente matizar:

- ¡P...p...pero el Corán les admite a cristianos y judíos la posibilidad de salvarse! ¡No es siempre tan feroz con ellos! Advierta aquel versículo 41 del capítulo XXII: «si Dios no hubiera opuesto una parte de los hombres a la otra, los monasterios y las iglesias de los cristianos, las sinagogas, y el Templo de La Meca y todos los lugares santos donde se invoca el nombre de Dios habrían sido destruidos». Y aquel otro (V, 73): «los fieles, los judíos y los cristianos que creen en Dios y en el Juicio Final, y los que hayan practicado la virtud, estarán a salvo de todo temor y de todo tormento». Admitamos que esto suena mucho más civilizado y potable que aquel terrible «extra Ecclesiam nulla salus».

- Sí: a juzgar por estos pasajes, se diría que Mahoma fue el primer cultor de la equivalencia de todas las religiones, un ecumenista ante litteram, el camellero portador de la Nostra Aetate. Pero no más recular unos pocos versos, en la misma sura a que usted alude, vea (V, 56): «¡oh creyentes! No constituyáis cruzamientos con los judíos y con los cristianos. Dejadlos que se unan entre sí. Aquel que los tome por amigos, concluirá siendo semejante a ellos, y Dios no guía a los perversos». Para rematar, en varios pasajes, fórmulas del estilo de: «¡oh creyentes! Combatid a vuestros vecinos, los infieles, Que encuentren en vosotros enemigos implacables» (IX, 124). Es el problema de las ambivalencias: no pueden sostenerse a largo, y quien así lo pretenda acabará por volcarse hacia uno de los dos opuestos invocados, con total olvido del otro. No se puede servir a dos señores.

Es así como en el Corán las frecuentes invocaciones a la guerra, a la venganza, a la persecución sañuda de los infieles, por su mayor fuerza persuasiva, invalidan todas las otras relativas a la paz. El clima de terror que exudan esas páginas es punto menos que inocultable, y ya se sabe que el belicismo extremo obra en la conciencia un embotamiento y una excitación parejos al efecto de una droga. No deja de ser significativo, al momento de asociar violencia y alucinación, que el origen del término «asesino» se remonte a una secta árabe que sembraba la muerte en nombre de Allah bajo los efectos del hachís, los Hashsha-shin. Ni parece fácil de rastrear en otros medios que no sean los de la medialuna extravíos tan furiosos como los del actual Ejército Islámico, que llega a adiestrar a los niños en las artes de la decapitación empleando muñecos.

No, no hay mucho que matizar en esta impostura religiosa de Mahoma, manadero perenne de odio y sangre ajena. Por eso, a continuación de los célebres «cinco pilares» de la religiosidad mahometana (confesión de la fe, oración, ayuno, limosna y peregrinación a La Meca), muchos interpretes incluyen un «sexto pilar», cual es la guerra santa o yihad, y la insistencia misma del Corán les da la razón. Esta compulsión a las armas que el mundo islámico lleva en las entrañas explica el fenómeno del imperialismo, adscrito al Islam desde sus inicios, siendo que semejante afán de expansión territorial y de dominio debió esperar, para su advenimiento en el mundo occidental, a la ruptura protestante. Aquella proposición que se intentó arrancarle sin éxito al Concilio Vaticano I, si quis bellum incipiat, anathema sit, pudo colarse en las aulas conciliares -pese a los equívocos que pudiera atraer- justamente a causa de la añeja teología católica de la guerra, que nunca vio con buenos ojos la guerra de agresión. La misma que, bajo modalidades tan dispares pero tan sanguinarias, cultivan hoy anglosajones y muslimes.

El libro de Daniel (XI, 38) habla de un extraño dios llamado Maozim, que sería venerado en las postrimerías. Se lo ha asociado con el "dios de las fortalezas", con el culto del poder. De uno y otro lado de la balacera vemos hoy fielmente honrado a este ídolo cruel, sin que sea de descartar la posibilidad de una entente impía de ambos mundos -y del sionismo- contra los seguidores del verdadero Dios. Al fin de cuentas, son las potencias occidentales las que han armado a los yihadistas, y quienes mueren son predominantemente cristianos, como ovejas enviadas al matadero.

Doblemente sacrificadas tales ovejas si, a cien años de su muerte, contrastamos el caso de san Pío X (de quien se dice que la profunda aflicción provocada por el estallido de la Gran Guerra aceleró el fin de sus días terrenos) con la inmutable sonrisa de Francisco, que parece sujeta con ganchos, mientras avanza y se ceba a raudales en nuestros hermanos de Oriente esta trucidación demoníaca, con pronósticos nada alentadores para las tierras de poniente. El mundo parece querer dividirse en dos bien definidos campos donde de un lado medran banalidad y truculencia y del otro, sin más, el martirio.

miércoles, 27 de agosto de 2014

LOS FRUTOS DEL RAMADAM (Y DEL ECUMENISMO)

Cuando hace unos meses Francisco saludó a los musulmanes con otra de sus acostumbradas muestras públicas de bonhomie augurándoles copiosa cosecha de frutos espirituales del Ramadam, al punto pensamos: «¡que la boca se te haga a un lado por enésima vez, Pancho, que bien sabemos cuáles son esos frutos!». Y no se hicieron esperar los agraces, y la persecución sangrienta de cristianos en el área musulmana recrudeció con creces, quizás como nunca antes en la turbulenta historia de los de la cimitarra.

Ocurrió lo previsible, lo recurrente, lo remanido: a medida que las matanzas y tropelías se multiplicaban (especialmente en Irak, pero también en Nigeria, como antes en Siria), la Santa Sede permanecía muda, como el endemoniado de Mt 9, 32ss., para no ofender a nuestros hermanos de la medialuna. Y cuando la realidad -irreverente, según su estilo- nos lo abofeteó al pontífice, éste se decidió a musitar unas irénicas exhortaciones. Pero como lo señaló con perspicacia Antonio Socci: «han sido necesarios una veintena de días y muchos pobrecitos, inermes e inocentes, muertos por homicidio, para que finalmente incluso el papa Bergoglio llegara a decir que es menester "detener" a aquellos criminales sangrientos que descuartizan, degüellan, violan, crucifican y cometen otros horrores... Detener, pero -precisó- "no bombardear". ¿Y cómo, entonces?». Acá está el secreto de la inopinada valía de Francisco: mesturar los reclamos con nuevos silencios, con propuestas absurdas. Así, al hacer el diagnóstico de la situación, se le olvidó mencionar la religión de los perseguidores y la de los perseguidos (en este último caso hizo la alusión genérica y vaga a las "minorías"), e insistió en condenar el recurso a la guerra (que, se sabe, desde el Vaticano II es siempre ilegítima). Finalmente se hizo pública la convocatoria a un partido de "fútbol interreligioso" con estrellas del balón de una y otra confesión, casi como para suplicar gráficamente a las salvajes milicias de Mahoma que se sirvan ejercitar la vis irascibilis en otro género de bombardeos, cuales son los que se lanzan contra el arco contrario.

Lo que hace ochenta años pudo ser un arriesgado pronóstico en la pluma de Hillaire Belloc («el Islam es el enemigo más formidable y persistente que nuestra civilización haya tenido, y puede en el futuro transformarse en una amenaza tan grande como lo fue en el pasado»), refrendado poco después por Plinio Corrêa de Oliveira al aludir a «la gran inercia del Occidente cristiano ante la resurrección de la gentilidad afro-asiática» y «la renovación del mundo musulmán» (dormido después de Lepanto y Viena, pero lleno de virtualidades prontas a activarse cuando sonara la trompeta del cambio de rumbo histórico), estos avisos, decimos, han venido a encontrar la más cruda confirmación en nuestros días. Y han señalado una analogía plausible entre un mundo occidental presa de somnolencia, asido a un hábito inveterado de seguridad ya inexistente, y aquel Bajo Imperio romano ante la presión creciente de las hordas tras el limes. La paz por la que se aboga, la de la molicie, es razonablemente despreciada por aquellos jinetes ebrios de suras que repican odios y decapitaciones: «no viviremos con sucias bestias, como vosotros», amenazaron los miembros de una organización islamista nórdica que apunta a establecer una Noruega bajo las directrices del Estado Islámico. Ya se ve hasta qué lejanas latitudes llegan sus pretensiones. Y es que «no consideramos que debamos irnos de Noruega, porque hemos nacido y crecido aquí. Y la tierra de Alá pertenece a todo el mundo». 

Y no es todo. Como para fomentar los más fatídicos presagios, espigando en la concordia reconocible entre cierto temible punto de la profecía pública (Ap 18) y las más acreditadas de las privadas (aquella visión de Fátima acerca del obispo vestido de blanco arrastrándose entre ruinas), ahí sale un diario italiano a afirmar que el mismísimo Francisco, según fuentes israelíes, «se encuentra en el punto de mira del grupo yihadista Estado Islámico (EI) por ser portador de la verdad falsa». El mismo medio reconoce lo que tantos otros: «las llegadas continuas de inmigrantes [a Italia] sirven de base para la entrada de los yihadistas en Occidente». Recuérdese la ilícita injerencia de Bergoglio en estos asuntos inmigratorios que afectan a otros Estados en su ya célebre discurso en Lampedusa, que en su momento tratamos aquí. Y compruébese cómo le retribuyen sus protegidos, si la versión que corre es verídica.


Si éstos, como la burra de Balaam, aciertan o no con el auténtico sentido de la acusación de ser Francisco «portador de la verdad falsa», es cosa ahora anecdótica. Lo temible, estando a la amenaza, es que Francisco viva en Roma. En nuestra Roma.

jueves, 21 de agosto de 2014

¿PIDEN QUE EXPLICITEMOS?

Para responder a la arrogante petición de principios puesta por el CELS a la Iglesia, según hicimos alusión en nuestra entrada anterior (a saber: que ésta explicite «su posición institucional respecto al actual proceso de justicia por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar»), habría que someter a éstos a simétrica cuestión: con qué cara son capaces de rastrear y escarbar en los delitos y los presuntos delitos cometidos por agentes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, cuando ellos detonaron bombas, secuestraron y torturaron a mansalva a sus cautivos y mataron a traición, por la espalda, a menudo a hombres desarmados.

Así como parece ciertamente imposible ir más lejos que el marxismo en punto a perversidad, siendo éste algo así como la última y más fétida floración de la declinante modernidad, así se diría que la impostura alcanza aquí la preeminencia que en opuestas cosmovisiones ocupa el honor. Porque es un hecho conocido que la táctica del marxismo consiste en apelar a la legalidad luego de haber ultrajado a la legalidad, en el preciso momento en que se hace objeto de justa reacción punitiva. Pegar primero y con alevosía, y luego chillar como marranos ante el contragolpe: tal es el asedio demoníaco que se le tiende a la ley y a la conciencia del hombre, aterrorizada a designio y sin descanso; tal es la traición que se le hace a esa indulgencia más o menos común a los sencillos, a los hombres no picados de gruesa perfidia.

El marxismo apura hasta las heces el desorden inaugurado por el liberalismo, no consintiéndole a éste detenerse en mitad del remolino revolucionario. Caos, revesamiento, desasosiego febril: y a cada nueva vuelta de la espira infernal la insultante afectación de legalidad, como para reponer conciencias horrorizadas antes de perpetrarles nuevo expolio. Legalidad sin legitimidad, como en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), comandado por un probo en la carnicería y la rapiña como Horacio Verbitsky. Words, words, words, asegún el conocido suspiro de Shakespeare: pero palabras teñidas de sangre ajena.

Acá está lo que piensa la Iglesia -o, al menos, la Iglesia fiel- acerca del funesto montaje de los derechos humanos de estos malditos: se les responderá elípticamente, como Jesús solía hacerlo, por parábolas. Acá está uno de nuestros maestros, que nos quitaron a balazos. Acá habla y les da una soberana lección la Iglesia que pretenden interpelar. Y retempla de paso, como el buen acero, nuestra fidelidad a su enseñanza.





miércoles, 20 de agosto de 2014

EBRIOS

Pero no «de vino, de poesía o de virtud», como quería Baudelaire (Petits poèmes en prose, 33) para conjurar la «carga horrible del Tiempo», sino ebrios de una peligrosa beodez provocada por la cobardía y el afán inmoderado de congraciarse con los enemigos de la Verdad. Disposición tristemente digna de ser incluida en aquella advertencia del Señor (Lc 21,34): guardaos de no embotar vuestros corazones con la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y merecedora por justo mérito de integrar el libro de los Hechos de los Apóstatas, de inacabable y perentoria compilación. Porque hay una cierta embriaguez consistente en el culposo apocamiento, en el ocultamiento de la lámpara bajo el celemín, que resulta de la mera ansia de conservación (= preocupaciones de la vida). Y ya lo supo el Aquinate: toda sociedad que reduce su actividad a la propia conservación en el ser (es decir, que renuncia a toda tensión expansiva) acaba por fuerza en la necrosis.

Por eso, en este indecoroso y habitual ejercicio táctico del silencio o de la diagnosis tardía al que nos tienen acostumbrados los obispos, resulta sorprendente que un prelado se sirva escuetamente señalar la verdad latente en el criminal montaje que tiene por víctimas a los militares que libraron guerra en los años de la artera agresión marxista. En efecto, y para escándalo fácil de la opinión pública creada por el periodismo, el obispo de Villa María, monseñor Jofre Giraudo, señaló, sin abundar mucho más, que estamos ante juicios "discutibles" y "políticos", y denunció la manipulación dolosa del término "represión" a los fines de negarle a ésta toda legitimidad. Si Bernard Shaw habló del resentimiento como de la «venganza del cobarde», ése es el resentimiento que al fin vemos meticulosamente activo en la pantomima de unos juicios arracimados de irregularidades, y que son la vergüenza de las vergüenzas en este lodazal que llamamos -sin ánimo de eufemismos- democracia.

De modo que estamos ante dos borracheras, como cuando se juntan el hambre y las ganas de comer: el afán desaforado de venganza de los unos y la prudentia carnis de los otros, capaces incluso de tomar la iniciativa cuando de salvar el cuero se trata. Como la reivindicación festiva que meses atrás ese zombi con birreta, el cardenal Poli, hizo del malhadado padre Mugica, muerto -según las más fidedignas versiones- por sus propios compañeros de ruta. O como la carnada que Francisco (quizás para acabar de complacerse con quienes hasta hace poco lo apuntaban como "entregador") ofreció a quienes juzgan el «caso Angelelli»: unas cartas enviadas por éste al entonces nuncio manifestando su temor a que lo mataran. Él, pobrecito, que no había hecho más que confraternizar con terroristas, y de cuya muerte el único testigo presencial (apartado de la causa bajo amenazas) señaló haber sido enteramente accidental.

Por eso ahora, cebados en la cobardía de tanto prelado, sobreviene la consecuencia obvia de la valía de uno solo, del trino del pájaro solitario: el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), funesto cubil de lo peor del hampa roja, le pide a la Iglesia argentina que haga «explícita su posición institucional respecto al actual proceso de justicia por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar» (ver aquí). Sería la ocasión, ya que preguntan, de clamar desde el tejado una lección estentórea de historia y de moral, de rectificar el amañado lenguaje que imponen estos sicarios enriquecidos, de recordar el episodio del sargento Cruz pasándose del lado del valiente acorralado, de denunciar la vileza de una inquina que se desfoga en enemigos caídos. Pero no cabe esperar nada de esto. Ebrios de complacencias demasiado previsibles, nuestros pastores no harán más que cederles el terreno a los homicidas metidos a fiscales, ese poco terreno que aún se les concede pisar en el concierto de las instituciones irreconocibles.

viernes, 15 de agosto de 2014

EN LA ASUNCIÓN

Cuelgan racimos de ángeles que enrizan
la pluma al sol en arcos soberanos
Lope 



Tiziano, La Asunción de la Virgen


Donde la vista se arrebata, donde en el Sumo Estrado asisten 
                                                                        los querubes,
allí llevadnos, Reina nuestra, lirio de lirios que subisteis 
                                                             tras las nubes.
De aquel celeste regocijo, de aquella enhiesta suavidad 
                                                         de ámbar y luces
hínquenos siempre la memoria la nota clara, y la esperanza 
                                                                      nos sahúme.
El tabernáculo más fiel, aquel que fue de su Señor
                                                  horma inconsútil,
así se eleva entre los coros y las proles que, aclamándola,
                                                                           se unen.
Bella corona coronada en lo más alto del pináculo, 
                                                          en el culmen
de la escalera que al patriarca admiró con todo su imprevisto y
                                                                          su vislumbre...



Tierra sin fin transfigurada, muy más lucida que en la aurora
                                                                         del creado,
de los ejércitos que templan los esplendores invisibles, 
                                                              cifra y boato.
Que vuestro tránsito, Señora, arrastre siempre nuestro amor
                                                                       a lo más alto,
y en la procela de este viaje que nos resguarde la virtud
                                                              de vuestro manto.  


Fray Benjamín de la Segunda Venida


martes, 12 de agosto de 2014

EL ZORRINO Y LOS PERROS

Se nos perdonará el delito de adobar este espacio con un relato personal que involucra, en todo caso, a seres irracionales, y no a lo que habitualmente acá tratamos. Sirva al menos como recreo, en la convicción de que las realidades naturales suelen subordinarse a modo de símbolos eficaces a las sobrenaturales, reflejando por una lejana analogía su fisonomía y sus recíprocas relaciones. San Buenaventura y fray Luis de Granada, entre otros, supieron señalar ese tránsito del nivel sensible y patente a una ulterior instancia de significación latente, lo que los hizo advertir en cada criatura -y en sus hábitos, y en sus intercambios- una como propedéutica a las realidades supremas. Auxíliennos ellos, pues, en este cometido de contar un caso en el que los protagonistas son animales, no menos que en la tarea de suscitar una correspondencia admisible en ámbito no ya humano, sino incluso sacro.

No es tan raro que alguien vea su sueño interrumpido por algún ruido, o bien por un dolor que lo asalta: cualquiera conoce de esto. Quien suscribe estas líneas -que, como algunos lectores saben, vive en un medio rural, en la dilatada pampa- se despertó sobresaltado hace una noche, a instancias de un desagradable y fuerte olor que intentó vanamente reconocer. Los insistentes ladridos le dieron la pista: un zorrino (en otras latitudes llamado mofeta, y por los cronistas de Indias «zorrilla hedionda») había sido acorralado por los perros, justo en la galería exterior de la casa. La bestia se había defendido usando de su proverbial recurso, del que nuestro olfato tenía suficiente y desagradable experiencia mediando una distancia de ciento o más metros, pero que no había percibido aún tan de cerca, con todo su apremiante rigor, digno de tenerse (en su penetrante, flamígera acritud) por una de las penas de sentido que aquejarán a los réprobos después de la resurrección.

Esto ocurrió una larga hora antes de amanecer, tiempo columpiado entre laudes y mates, con el telón sonoro de los ladridos, la agitación perruna. Habiendo ya clareado bastante y contando entonces con mejor vista, la decisión de retirar una a una las tablas de madera que ocultaban al intruso agazapado dio lugar (después de mover la última y de haber soportado el olfato varios sucesivos latigazos, suficientes a replegarlo a uno una y otra vez en busca de mejores aires) al intento de fuga de éste, detenido por los atentos canes que fueron otros tantos rayos.

El resto lo hizo el hombre y la vara de su diestra mano. No deja de ser admirable en esta historia la fidelidad y la perseverancia de los perros, que aun corriendo momentáneamente enloquecidos con cada fétido saetazo recibido en pleno rostro, volvían a la carga, convencidos de su misión.

¿Hace falta señalar que el símil no se ajusta a lo que vemos hoy en la Iglesia, a la que más bien le cabe la irónica invitación de Isaías (56, 9ss): «¡Bestias del campo, fieras de la selva, venid todas a devorar! / Sus guardianes son todos ciegos, ninguno de ellos sabe nada. Todos ellos son perros mudos, incapaces de ladrar»? ¿Hace falta recurrir a ejemplos, indecorosamente prolíficos en todas las católicas modernas latitudes? ¿En qué lejana edad geológica quedaron calificaciones como la de «pestilencial», tan atinadas para los errores que afectan a la fe y tan felizmente recurrentes en el Magisterio cuando éste todavía hablaba claro? ¿Acaso los centinelas pretenden hibernar todas las cuatro estaciones? ¿Quién ladrará, el zorrino?

A decir verdad, la Iglesia ya no puede cumplir el mandato de «amar a los enemigos y orar por los perseguidores»: el irenismo (doblado en sincretismo) y la infiltración cada vez más desembozada de fieras cerriles en sus propias filas se encargaron de anular la noción misma de «enemigo». Ahí está el caso del dizque obispo anglicano, a quien el entonces cardenal Bergoglio disuadió de entrar a la Iglesia, y que hoy recibe sepultura junto a obispos católicos. Para no hablar del obispo canario que bendijo el matrimonio sodomítico de un profesor de religión. 

Christi bonus odor sumus Deo, podía decir el Apóstol (II Cor 2,15). A instancias de tantísimos clérigos que han hecho de su ministerio un mero metiére, una renta segura, se prefiere hoy incensar el altar con el hedor del más plácido cretinismo, de los vicios más viles, de la cobardía de quienes debieran ladrar. La "retroalimentación" obra eficazmente, y la lex credendi ya se ha hecho una con la lex orandi de Caín.