viernes, 12 de octubre de 2018

PARA UN ÁLBUM DE FIGURITAS DEL APOCALIPSIS

Cardenal Ouellet,
guardián de la honorabilidad de Babilonia
Damos por supuesto que no pocos lectores habrán leído la vergonzante réplica del cardenal Ouellet a monseñor Viganò en la que aquél confirma involuntariamente los cargos allegados por el ex-nuncio, al paso que la emprende en una defensa frenética y estentórea del Jefe  -la que alcanza su culmen cuando tilda nada menos que de "blasfemo" a su destinatario por haber arrojado dudas sobre la fe de Bergoglio. Pese a la ordinariez de su estilo, esta misiva representa una obra cumbre en el tesón servil con el que tantos clérigos paridos por los miasmas conciliares se esmeran en servir a los más decididos demoledores de la Iglesia. Lo hacen a título de obediencia, reos de conmovedores malentendidos que los llevan a reclamar silencio a quien denuncia las impías maquinaciones del tótem (perdón, del Papa), sin nunca alegar la menor pena por la putrefacción en curso. 

Conviene echar un vistazo a la trayectoria del purpurado tal como nos la ofrece un sitio italiano, que nos informa que el canadiense
ha sido siempre incluido entre los "moderados", los "conservadores": en pocas palabras, es un ratzingeriano de acero. Es partidario de las prácticas devocionales tradicionales como la Adoración Eucarística y es un amante del canto gregoriano. El ardid de confiarle el ataque a Viganò es, por lo tanto, muy hábil, digno de un jesuita consumado y avezado a las intrigas. Viganò no tenía que ser atacado por un progresista, por un hombre estrechamente vinculado al entourage del obispo de Roma, sino por un buen conservador amante de las liturgias elegantes.
Licenciado en filosofía y teología, otrora profesor y rector de seminario,
el 3 de marzo de 2001, gracias a ese pedigrí, es nombrado secretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, sucediendo al cardenal Walter Kasper, futuro gran elector de Bergoglio, presidente del mismo dicasterio. Recibe la ordenación episcopal del Papa Juan Pablo II y del Cardenal Giovanni Battista Re. El 15 de noviembre de 2002, el Papa Juan Pablo II lo nombra Arzobispo Metropolitano de Québec y Primado de Canadá. Québec, antaño tierra de exiliados franceses archicatólicos huidos de las persecuciones jacobinas, en los últimos años se ha convertido en una de las regiones más descristianizadas y laicistas del mundo. Juan Pablo II trata por ello de frenar la deriva secularista a través de un obispo de ortodoxia probada. Nombrado cardenal en 2003, se habló de él como de un posible candidato en los cónclaves de 2005 y 2013.
En 2010 el Papa Benedicto XVI lo llama de regreso a Roma. Ouellet abandona Québec en condiciones desastrosas y es nombrado Prefecto de la Congregación para los Obispos, sucediendo al cardenal Giovanni Battista Re, quien renunció debido a haber alcanzado  el límite de edad. También es nombrado presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, donde se reunirá con el poderoso arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, quien, hecho Papa, lo confirmará en su papel de Curia.
Sin embargo, el Papa no tardará en manifestar su molestia y su distancia respecto de Ouellet. Hace dos años, el Journal de Montreal denunció el ostracismo de Bergoglio respecto del Prefecto de la Congregación de los Obispos. Según el periódico, el Papa Francisco habría rechazado repetidamente las propuestas de nombramientos episcopales hechas por Ouellet. Una especie de desconfianza manifiesta hacia su colaborador. En particular -explicaba el periódico canadiense-, Bergoglio ignoraba sus elecciones, prefiriendo a otros candidatos rigurosamente progresistas. Uno de los momentos de mayor tensión entre el papa y Ouellet ocurrió con la elección de sedes episcopales como Madrid, Sydney y especialmente Chicago, donde Bergoglio quiso imponer a Blaise Cupich, conocido por sostener la comunión para los divorciados re-casados y para las parejas homosexuales, y por ser gran enemigo de los movimientos pro-vida.
Hace dos años, ante estas tensiones, se habló insistentemente de la remoción de Ouellet. Luego no se hizo más nada. Evidentemente, el obispo de Québec agachó la cabeza, aceptó la humillación pública que lo ve reducido al rango de yes-man, y ahora, a menos de un año de los 75 de la edad que prevé canónicamente la renuncia y la jubilación, hélo aquí asumiendo este papel de "Gendarme del Pontífice", un papel perfecto para un viejo conservador. 
Descripción ésta que, en todos sus pormenores y pormayores, nos ilustra acerca de un tipo indisociable de la vasta obra de sustitución de la Iglesia por su simio: se trata, como podrá adivinar el avisado lector, del conservador, aquel personaje que, aunque no se haga él mismo reo de la extrema corrupción moral de su entorno más o menos próximo (que es como el sello del apóstata en funciones), no admite mejor expediente que el de echar un púdico velo de silencio sobre la inmensa maquinaria del crimen, que se sirve de su mutismo como de un eficaz combustible. El conservador es, pues, un encubridor de segundo grado, movido a menudo por buenas intenciones -de esas que impiden el juicio recto y adoquinan los caminos del infierno-, pero un encubridor al fin, partícipe necesario en la equívoca legitimación del desorden revolucionario, ya que lo refuerza con la adhesión de un elemento en apariencia intachable. Es el hombre de las síntesis imposibles, el que propugna la continuidad entre tradición y ruptura, aquel para quien la universalidad católica (kat'holon) está a un paso de confundirse con el panfilismo. No por nada otro conservador, ratzingeriano de estricta observancia y él también candidato en el cónclave de 2013, el cardenal Scola, acabó patrocinando la instalación de mezquitas en la ciudad ambrosiana.

Pacatos del demonio que creen obrar como Sem y Jafet cuando acudían a cubrir las vergüenzas de su padre, no se percatan de que aquí no hay un superior ebrio por inadvertencia, sino uno de aquellos de quienes el Señor nos avisó, que «notando que el amo tarda en volver, comienza a golpear a siervos y siervas, a comer y a beber y embriagarse» (Lc 12, 45), con inocultable quebranto de la sociedad santa puesta en sus homicidas manos. Tanto como para obrar el trasiego de la Iglesia en su contraria, «engañando, si fuera posible, aun a los mismos elegidos».

Si la epidemia sodomítica, signo elocuente como el que más, no es capaz de despertar a estos macilentos hombres de Iglesia, será que sólo lo hará posible la deflagración de Babilonia con ellos mismos entre sus muros. Pues, ¿qué son esas impurísimas fanfarrias ejecutadas por tanto curial marica sobre la necrópolis vaticana, sobre el ara de tantos mártires y aun del Príncipe de los Apóstoles allí enterrados, sino un «embriagarse de la sangre de los santos y de los mártires» aquella «gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto»? Si Dios mismo conmina: «sal de ella, pueblo mío, para que no seas solidario de sus pecados y no participes de sus plagas» (Ap 18, 4), esto es porque Su pueblo mora efectivamente entre los muros de esa ciudad que adelanta a su ruina, y se le advierte lo mismo que otrora a Lot y a Moisés. Hay un desierto aparejado para quienes no se resignan a a un destino de perros mudos y falderos: que el Señor pronuncie el Effetá en los oídos de éstos, y los salve.

sábado, 6 de octubre de 2018

BREAKING NEWS MANUSCRITAS EN PATMOS

Al paso que la apostasía ha logrado establecerse en la Iglesia según un doble parámetro -en expansión y en intensidad-, las figuras afectadas por su vis deletérea parecen correr a asumir los roles que la Revelación les asignó para los últimos tiempos. Lo que no debe extrañar: si los príncipes de la Iglesia pierden masivamente la fe, las profecías los tendrán sin cuidado y no repararán en el papel que pudieran jugar en el escenario esjatológico cuyas dramatis personae nos han sido clamorosamente bosquejadas hace veinte siglos. Ocurre que el vórtice tiene las propiedades del imán y que, como lo supo Esquilo, «cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se le junta y lo ayuda a despeñarse». Los demonios, de hecho, que no el cielo, colaboradores eficaces de aquellos que se han rendido a su horrendo influjo, han de pasearse muy a sus anchas en dicasterios y congregaciones romanas como para que éstos resulten asimilados sin más a otros tantos lupanares -y, por colmo, de aquellos que sólo admiten varones en calidad de pupilas.

La apostasía ciega a sus actores, que «corren desatentados a su ruina». Si los vírgenes que celebra el Apocalipsis (14, 4ss.) son, según la más recurrente exégesis, aquellos que no han menoscabado la doctrina ni en una tilde ni en una coma porque «en su boca no se ha encontrado mentira», la Gran Prostituta, ante todo, debe ser aquella que, luego de faltar a la fidelidad al depósito que le fue confiado, habiendo fornicado con los reyes de la tierra (Ap 18,3), acaba sus malandanzas en la degeneración de sus hábitos primarios, tal como corresponde a su podredumbre cordial. Que la prostitución, término siempre alusivo al comercio sexual, pueda también aplicarse a la contaminación del magisterio, revela en todo caso la afinidad profunda entre ambos registros y cuánto el uno pueda reclamar la solidaridad del otro. La pederastia -observación válida para cualquier ambiente en el que ésta medre- viene a indicar la exacerbación de la conducta viciosa, el nec plus ultra de la depravación, que es un hecho ante todo espiritual.

Las redes homosexuales que infestan a la Iglesia convienen, pues, a la descripción de la Gran Prostituta, como también conviene a ésta la contemporización del clero con las nauseabundas máximas de la ONU y otros conventículos de notorio credo antropolátrico. O con ese melifluo interconfesionalismo que pondrá pronto en los altares a Lutero y Melanchton, si Dios no se sirve impedirlo. Cuando san Juan dice haberse «quedado estupefacto» (Ap 17, 6) al ver a la Mujer «cuyo nombre es un  misterio» (nombre que revela inmediatamente como el de «Babilonia la Grande»), ebria de la sangre de los santos y de los mártires, ¿a qué atribuir su estupefacción, nunca señalada a propósito de las otras terribles visiones que desfilan ante sus ojos? ¿Será acaso al haber reconocido en esta mala hembra a la Sede de Pedro usurpada por demonios? (importa recordar aquí que el Príncipe de los apóstoles concluye su primera epístola saludando «desde Babilonia», en alusión a Roma). San Agustín apunta otro tanto en su De civitate Dei cuando comenta aquel pasaje de la 2ª a los Tesalonicenses (2, 3ss.) donde se habla del «hombre inicuo, el hijo de la perdición, aquel que se opone y se subleva contra todo aquello que se refiera a Dios y sea objeto de culto, hasta llegar a sentarse en el templo de Dios», arguyendo que algunos «piensan que también en latín es más correcto decir, como en griego, no en el templo de Dios (in templo Dei), sino se sienta en calidad de templo de Dios (in templum Dei sedeat), como si él fuera el templo de Dios que es la Iglesia». Lo que sugiere la confusión, a los ojos del común, de la Iglesia con su simio, con una contraiglesia capaz de conservar las temporalidades de aquélla y su organización jerárquica sin su espíritu.

Francisco, en su vomitona diaria de insensateces y herejías, es el vulgarizador más acreditado de este estado de espíritu cuyo rechazo tiene por objeto al logos y al Logos, ávido de consagrar el principio de indeterminación de todas las cosas, el caos primordial. Corriendo a apropiarse las cualidades de las dos Bestias, imita a la del mar en aquello de proferir «palabras arrogantes y blasfemias», blasfemando «contra Dios, su nombre y su Morada y los que habitan en el cielo» (Ap 13, 5ss.): así lo hizo, v.g., cuando en uno de sus más irremontables ápices verbales se permitió sugerir una supuesta discordia en el seno mismo de la Santísima Trinidad. No hablemos de lo mucho que se le apropian los atributos de la otra Bestia, la terrestre, que «tenía dos cuernos, como los de un cordero, pero hablaba como dragón» (Ap 13, 11), con ese bilingüismo que es el arte de los timadores consumados. Que esta segunda Bestia, desde siempre caracterizada como un poder religioso, haga «que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia» (poder civil) comportaría la voluntaria sumisión de la espada espiritual a la temporal: toda una desmentida posmoderna de la Unam Sanctam de Bonifacio VIII y de los Dictatus papae de Gregorio VII al amparo de aquella otra horrísona y ya recurrente apelación al laicismo del Estado, con el subsiguiente paso de poner a la Iglesia bajo el mando del Princeps. El reciente acuerdo con China no exhala otro hedor: bastará acaso que la gran potencia de Oriente termine de imponerse en el contexto internacional al cabo de la clamoreada guerra comercial con EEUU, o que se tome ejemplo de esta sumisión para repetirla en relación con un hipotético Super-estado mundial aún no conformado, para que veamos realizada esta pesadilla ante nuestros horrorizados ojos.

La inusitada férula de Francisco en el Sínodo de los Jóvenes:
para la próxima, prometió usar una caña de pescar 
El ataque mancomunado de los medios de masas a la Iglesia en relación a los abusos sexuales de los clérigos, aparte de ilustrar que «el mundo no paga traidores» y que los melindres con que tanto prelado lo regala no le garantizan la inmunidad deseada, parece poder aplicarse a aquel pasaje que dice que «los diez cuernos [reyes] que has visto y la Bestia odiarán a la prostituta, la despojarán de sus vestiduras, toda desnuda.comerán sus carnes y la quemarán» (Ap 17, 16). La alianza del clero modernista con el mundo y sus máximas podrá otorgarle a aquél inicialmente un poco de oxígeno en esta encerrona bisecular, pero la victoria del mundo sobre la Iglesia reclama de suyo algo más que la adulteración de la doctrina y de la misión de la Esposa de Cristo, y es el finiquito de todo recuerdo de su paso por la tierra. Cuando los poderes de este siglo hayan abatido la cruz de los campanarios, querrán a continuación abatir los mismos campanarios hasta sus cimientos: tal es la naturaleza refractaria del mundo a la gracia. La creciente quita del favor de los medios periodísticos a Francisco (de los mismos medios que saludaron con abundante baba su elección y su perfidia), señalándolo ahora sin ambages como encubridor de los clérigos otrora denunciados, no hace sino ilustrar esto mismo. Hace más de un año que la corriente de hastío viene cundiendo entre esos mismos pasquines izquierdosos que aplaudían como focas al Papa progre: «que se diga que un papa que prometió a los cuatro vientos una limpieza y reformas concretas al grito de la “tolerancia cero” contra los pedófilos y sus encubridores, pero conscientemente se rodea de esos personajes (por decir lo menos), es víctima de una improbable conspiración es un insulto a la inteligencia humana»(fuente aquí).

No queremos ser soñadores ni ilusos al configurar a monseñor Viganò con uno de los Dos Testigos, pero no deja de ser significativo que éstos sean inmolados «en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto» (Ap  11, 8). Que el ex-nuncio en EEUU haya centrado su denuncia en la hedionda trama sodomítica de la Iglesia lo hace una víctima potencial de los servicios secretos vaticanos: él lo sabe y optó juiciosamente por imitar al cuis. El hallazgo de su paradero podría acabar con su pellejo en la plaza de San Pedro, fusilado no ya por los curas bolcheviques de la visión de Bernanos sino por los clérigos bufarrones que Bergoglio esconde bajo su raída sotana.

Que el denunciante de estos horrores sea un prelado de extracción conciliar, como lo son hoy todos sin apenas excepción, no debe hacer suponer su incompetencia para encarnar un papel como el que le atisbamos: sin dudas, el avispero de esta Iglesia usurpada y desfigurada bullirá mucho más cuando sea uno de su propio gremio quien le endilgue las necesarias verdades, que no cuando lo haga un clérigo en "situación canónica irregular". Falta no más otro obispo que, depuestos los respetos humanos en soñoliento vigor, pida la pira pública para los documentos del Vaticano II y se anime a recordar la correlación de causa a efecto entre el desfallecimiento doctrinal y la desvirilización del clero. El álbum de figuritas del Apocalipsis estaría entonces al completarse, y podríamos por fin levantar nuestras abatidas testas.

martes, 25 de septiembre de 2018

VIGANÒ, FRANCISCO, LOS ABUSOS Y LA TRAMPA

por Dardo Juan Calderón

La gran mayoría ha escuchado absorto -y al borde del abismo- aquel video de Michael Matt sobre los abusadores de niños y homosexuales del Vaticano. ¡Esto es el acabose! Gritamos. Cristopher Ferrara nos señala en Adelante la Fe que ya rabiosos (o rabiosas) modernistas consideran que esto no es más tolerable. Un enorme olor a revuelta se siente en el ambiente católico junto al hedor de los pecados del Team Bergoglio. Numerosos Obispos y Cardenales están reaccionando contra esta lepra pegajosa que ensucia toda la Iglesia y todos están diciendo que el asunto ya no se trata de ideas ni de doctrinas, ya estamos en un fondo insoportable de la más baja corrupción y se trata de salir con un mínimo de decencia.

Estos Obispos y Cardenales de la lista venerable, que de a poco se atreven y van reaccionando contra esta plaga de la pederastia, muestran el costado “sano” de la Iglesia. Una larga lista de “buenos tipos” se observa en aquel video. Los “tradicionalistas” se abroquelan con esta curia “sana”. Las mejores espadas de Benedicto XVI han cobrado una repentina pátina de ortodoxia y, muy lejos de concluirse a partir de la presente corrupción sobre que esto demuestra la malicia contenida en Vaticano II, la conclusión que va cobrando más fuerza es que todo esto demuestra a dónde lleva una mala y forzada interpretación del Vaticano II, pues estos “padres”, aún conciliares, son la buena reacción y la salvación posible de este enlodamiento insoportable.

Lo mejor de nuestro catolicismo argentino nos trae al cardenal Nicola Bux, conciliarista consumado, ecumenicista convencido, kantiano, admirador y promotor del pensamiento modernista de Juan Pablo II y Benedicto XVI, sincretista en liturgia, birritualista por ahora, promotor de la reforma de la reforma pero defendiendo la necesidad de contar con la reforma. Pero no es homosexual ni gusta para nada de toda esta mugre. ¡Bienvenido!

Escapamos de la exageración revolucionaria del comunismo y caímos en la actual peste de la síntesis de marxismo y liberalismo en este socialismo civilizadamente anticristiano, dando un suspiro de alivio. Vencimos al kirchnerismo ladrón, populista y corrupto y nos aliviamos con estos masones que nos permitieron viajar a Miami y ya nos meten la educación sexual y la política de género hasta por los fondillos (en breve el aborto y la eutanasia). Combatimos al judío de nariz ganchuda que se come los niños y nos hicimos todos naturalistas a su mejor estilo. Francia adoró a Napoleón que los salvó del Terror y los hundió en la impiedad masona más de orden. Y vamos a salir -completamente aliviados- de Francisco, asentados en un modernismo decente y de “bon goût” que no se fornica a los coreutas y canta motetes gregorianos.

Parece que no sabemos nada de cómo hace el Diablo las cosas. El problema no está en el trasero, sino en las cabezas. Sigue siendo doctrinario, y el Diablo desbarranca a sus monigotes más mugrientos cuando quiere que abracemos a sus hombres más disciplinados.

La lista de los buenos de Michael Matt son todos modernistas y conciliares, es más, americanistas consumados. Decentes y de buen gusto, no lo niego, pero de cabeza floja.

En liturgia, la reforma de la reforma es un pastiche que dará por tierra el tomismo tridentino y será suplantado por un espiritualismo carismático y orientalista. Decente y de buen gusto, no lo niego.

Disculpen que no pueda acompañarlos en esta patriada antifrancisco y siga, como siempre, dudando cuales son peores, si estos mandingas culos-rotos, o los embraguetados humanistas. Que se sana más rápido de las hemorroides que de las herejías.

¡Pero salten de la sartén! ¡Urgente! No se tomen un tiempo para pensar ni piensen a cien años. ¡Compre ya! Tenga en cuenta que en tiempos de crisis y griterío es la hora de los imbéciles que serán escuchados en las plazas, y cuando se ordena, ya no sirven. Aprovechen la oportunidad.       

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿HUBO UNA CONJURA ANTICRISTIANA?

por Dardo Juan Calderón
           
Desde un tiempo a esta parte lo mejor del catolicismo se abisma ante la decadencia de la Iglesia Católica y analiza las múltiples causas internas que la podrían explicar. Desde las fallas de sus cabezas, los vicios internos, las inadecuaciones estructurales y todos aquellos defectos humanos que por ser una sociedad de hombres ha sufrido, sufre y sufrirá. Todos son analizados meticulosamente por los autores. Reflexiones que aun sin quererlo nos llevan a un estado de desilusión con respecto a Su vitalidad (estado de ánimo que lleva casi un siglo y conlleva la vitalidad misma de la fe) buscando en el interior de la Iglesia -en su historia institucional e intelectual- las causas, el diagnóstico y el remedio que pueda sacarla de este espantoso desastre.

Peter Kwasniewski y Roberto De Mattei nos hacen sabias recordaciones históricas de las infelices anécdotas de muchos Papas y de derivas perniciosas que han asolado la historia de la Iglesia a fin de que no desesperemos, nos dicen que nada es tan nuevo en materia de desastres y que en todos los tiempos se “cuecen habas”, reconociendo sin embargo que la actual situación tiene algo de bastante más grave que las otras.

Advertimos que con estas argumentaciones corremos el riesgo de dar la razón a los críticos y a los novadores y aún más, de convertirnos nosotros mismos en críticos y novadores. Parece que la Iglesia es una estructura falible que demuestra hoy y frente al mundo moderno una serie de defectos en su interior que la han llevado al actual estado de cosas, cuestiones que deben ser atendidas por una “nueva actitud” o “reforma buena”, sobre todo en lo que respecta a la función del Papado, lo que fuera antes la Roca Fundante. Resulta que nuestra fuerza interior ha fallado y con las viejas estructuras no se encuentra la manera de salir del marasmo. Se habla de que el “personalismo” y “paternalismo” heredado del “Ancien Régime” han demostrado su caducidad al encontrarse con malos Papas y no hallar solución institucional para ponerlos en caja, y esta idea se expresa desde rincones que parecen insospechables de modernismo, mucho más hoy en que el Papa Francisco no presenta ni un costado salvable.

Hemos escuchado grupos de notables tradicionalistas poner en contradicción las viejas enseñanzas y hablar de proponer un “Nuevo Paradigma” en lo político para el catolicismo, o replantearse el Papado que surgió de los ultramontanos Vaticano I y Trento con aquel recurso a la Infalibilidad Papal que hoy parece cerrarnos el paso, o de reinventar la función del Colegio Episcopal en términos parlamentarios para mitigarlo, y hasta cabe oír la vieja imputación de todos los males al “Integrismo Católico”, como que sería una reacción desmedida y refractaria de toda dinámica que provocó reacciones inversas progresistas (argumento que esgrimió la democracia cristiana y que volvió a cobrar fuerzas por la difusión de la obra de Louis Bouyer en nuestro medio) solicitando una vuelta a épocas muy lejanas de una Iglesia no estructurada.

Sin lugar a dudas que debemos revisar nuestras conductas, aceptar nuestros defectos y proponernos una “conversión” o “reconversión”, y tampoco queremos dejar de ver la importancia que dan los buenos sacerdotes a una revitalización de nuestra vida espiritual personal, que ha sido sin duda alguna un “efecto” de la crisis, pero no la “causa” de la misma.

¿Es que toda esta situación obedece a una decadencia interna provocada por una falla en la estructura y en la expresión de la doctrina que se enrigideció o esclerosó? ¿Que no supo reaccionar? Si es así, hay que darle la razón a Bouyer y buscar las culpas principalmente entre los Papas de los siglos anteriores al Concilio Vaticano II: en Trento y en el Concilio Vaticano I. Y además, buscar por fuera de las estructuras tradicionales la solución y no en una “restauración” de las mismas. Por ejemplo: desmantelar el “papismo”, suplir el magisterio por sensus fidei, replantear el caduco magisterio político, etc.

Hemos leído con gusto la obra de Dino Buzatti -“El desierto de los Tártaros”- donde la decadencia de los hombres de aquella fortaleza de frontera con el enemigo proviene de una especie de hongo o virus que habita en sus mismas paredes, y el “enemigo” del que se habla y se espera el ataque parece no existir más que en la imaginación febril de los viejos militares que siguen tontamente apostados en las almenas.

Las nuevas generaciones de católicos se han formado en esta idea de autodemolición por debilitamiento interior y han perdido de vista –casi totalmente– la denuncia que a toda voz gritaban aquellos integristas y contrarrevolucionarios del XIX y principios del XX: que la Iglesia Católica sufría el embate de terribles y poderosos enemigos externos; que estos estaban construyendo estrategias muy detalladas de combate, espionaje e infiltración; embates que desde la Revolución Francesa y durante el siglo XIX fueron brutales, crueles, altamente financiados, poderosos, complejamente complotados y conjurados en su destrucción. Que se daba una encarnizada batalla en los muros.

Que en el siglo XX estos poderes lograron una victoria mundial y concentraron fuerzas anticristianas nunca jamás previstas en la historia. Que todo obedecía a un plan perfectamente documentado del que había pruebas concretas (como aquellos papeles secuestrados por la policía vaticana en tiempos de Pio IX a la logia de la Alta Venta) y de que se proponían lograr poner “un Papa a nuestra medida” en Roma.

Este enemigo ¿existió? ¿existe? ¿O es el fruto de la afiebrada mente de los integristas que lo señalaban –como en la novela citada- y nadie los ha podido ver ni tocar? ¿Fue todo una locura y una infundada teoría del complot? ¿Es la “revolución” una insidia y conjuración dirigida contra la Iglesia Católica como objetivo primario y directo? (que fue la idea de los contrarrevolucionarios el estilo de Blanc de Saint Bonnet). O es al revés; una cuestión exclusivamente política que arrastró a la Iglesia como daño colateral y por el hecho de haber esta quedado anclada en posiciones políticas integristas y retrógadas –como el legitimismo francés, el maurrasianismo y el Tridentinismo ultramontano– por no tener la habilidad de descubrir la forma en que las nuevas expresiones de la política moderna sirvieran al cristianismo (asunto que era sostenido por los movimientos demócratas cristianos que se vieron envalentonados por una mala interpretación de la ambigüedad diplomática - que no doctrinaria - del “ralliement” de León XIII, y que luego se sintieran traicionados por las condenas que les recayeron, lanzadas hasta por el mismo Pontífice nombrado). Idea esta que hoy es sostenida no sólo por la “izquierda”, sino por la amplia mayoría de los intelectuales católicos de la “derecha”, aun los que se dicen directos descendientes de aquellos viejos “contrarrevolucionarios”.

Los análisis de las causas internas de la crisis pueden ser válidos, pero… ¿no cabría ponderar las razones “externas”?

Es muy diferente el juicio de una Iglesia que se derrumba desde dentro, que el de una Iglesia casi abatida por una fuerza externa anticristiana poderosa, mundial y coaligada. Es diferente el juicio sobre hombres a los que las ideas modernas fueron minando desde dentro, que la de hombres resistiendo un combate desigual de millones contra uno. Es diferente el entender un Satanás (aquellos poderes enemigos de los que habló San Pablo) si este actuó desde dentro del alma de nuestros hombres que de a poco se rendían, o de si lideró la Bestia concretas organizaciones humanas “anticristianas” que le respondían con ingentes medios materiales y que asediaban la Iglesia.

Cierto que por lo común ambas tragedias suelen ocurrir para una derrota, pero Sodoma cae desde dentro por propia decadencia y a Troya la rodeó el ejército más poderoso de su tiempo, y este asedio y ataque fue la causa primordial de su caída, más allá que haya provocado primero el martirio de sus héroes, luego la extrema confianza del exitismo de los necios y por último el derrotismo de sus mediocres.

Pero … ¿podemos hoy volver a hablar de esto? ¿Podemos hablar de nuestros mártires contrarrevolucionarios? ¿Puede el hombre del siglo XXI replantearse el asunto y si acaso “nombrar” a los “malditos” coaligados bajo un mando satánico que “Le Destronaron”? No digo ya como imputación (como se hizo en aquel momento) sino apenas como exégesis histórica. ¿Se puede apenas nombrarlos sin recibir la imputación de demencia y la burla (cuando no la sanción penal) de la más tiránica de las imposiciones que ha conocido la “expresión” científica en toda la historia? ¿Se puede acaso contradecir la versión de que ese enemigo no existió y fue la locura iracunda de los integristas y contrarrevolucionarios que la inventó? La creó siguiendo el curso de los odios viscerales de un mundo que no se resignaba a ser rebasado por la historia y buscaba en su furia impotente un “chivo emisario” de su propia decadencia: el viejo recurso de culpar al JUDÍO, al MASÓN, al PROTESTANTE. ¿Se puede decir esto sin acarrear sobre uno la isolación social, la repulsa académica y el alejamiento hasta de los propios?

Y sé que viendo en mayúsculas las palabras condenadas por la historia para no poder ser nunca jamás nombradas en contexto negativo, al lector le corre un frío por la espalda y no atina a acertar si debe seguir leyendo y escuchar sin culpa cuales fueron esas fuerzas a las que los retrógrados acusan de haber asediado la Iglesia en el contexto de una “conjuración anticristiana” sin la cual nada de lo hoy -a sus juicios- puede comprenderse.

Pero para poner a recaudo a los prudentes y justificar la necesidad de la inmediata fuga, les adelanto una idea fija que tuvieron esos hombres. Esas fuerzas iban montadas en un destructivo vehículo: “la sugestión maestra de la que los asediantes se sirvieron para abrir una brecha en la opinión de la civilización cristiana, y por ende, en sus instituciones”[i] fue La Democracia. Y ya todo esto es un trago que el noventa por ciento de los católicos actuales no pueden pasar.

No queremos convencer a nadie de una de las dos puestas, sino simplemente recordar a las nuevas generaciones que esta discusión se dio y que ese combate se libró entre las penumbras de las intenciones ocultas haciendo muy difícil el análisis histórico. Nunca hubo una declaración de guerra frontal ya que si la conjura existió, su esencia siempre fue la de evitar hacerse evidente con un objetivo religioso, consistiendo la lucha justamente en que el integrismo bregaba por ponerlos en evidencia y con esto sólo hubiera bastado para su fracaso, pues la enorme mayoría católica no hubiera coincidido con una propuesta que fuera anticristiana, pero sí si ella se presentaba –o era en efecto- una propuesta social y política exclusiva sobre asuntos en los que la Iglesia dejaba libertad de elección, como era el hecho de darse los pueblos constituciones políticas monárquicas, aristocráticas o democráticas.


[i] MGR. DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, Lille/Paris DDB 1910, pag 4 (introduction).


sábado, 15 de septiembre de 2018

LOS SIETE DOLORES DE MARÍA

Durero, políptico de los diete dolores.


Como Eva oyó de labios del Altísimo
el pregón de sus penas merecidas,
así Vos, oh Señora, aunque inocente,
sin mota de pecado concebida,
oísteis el anuncio de la espada
que vuestro corazón traspasaría.

Probasteis a la vez en el destierro
la pena que les cupo a nuestros padres,
y Egipto floreció con recibiros
para que en vuestras huellas germinasen
en breve los cenobios que darían
al Cielo gran cosecha de diamantes.

Supisteis los afanes, las angustias
cuando, eclipsado el rostro de aquel Niño
(engendrado todo Él como el relente,
que la aurora del tiempo antes nacido),
corristeis a buscallo apriesa al Templo
sin otro rastreador que el amor mismo.

Lo visteis en la vía dolorosa
bajo el peso soberbio del pecado
que le labró la Cruz que fue su cetro.
Al pie del sacrificio consumado
las lágrimas vertisteis, que la sangre
de la divina Víctima asperjaron.

Por fin, fue a descansar en vuestros brazos
quien no tenía donde reclinarse
y aquí tanto dolor, si contenido
por sostener el santo cuerpo exangüe,
debió probar mil nuevos estallidos
en el sinfín de vuestros hontanares.

El sepulcro sellado con la piedra
os lo arrebataría con el signo
del profeta raptado por el pez.
No habrá desolación mayor ni atisbo
de penas incoadas bajo el cielo
que iguale aqueste luto entenebrido.

Vuestros dolores válgannos, Señora,
en estas horas de estrechez sombría,
en estas horas de eclipsadas lumbres
y de balumba y de impiedad maldita,
en estas luengas horas de clamores
que al Cielo enderezamos a porfía
para que venga el Reino prometido
y todo lo restaure a su medida.


Fray Benjamín de la Segunda Venida

miércoles, 29 de agosto de 2018

UN NUEVO LEMA EPISCOPAL PARA FRANCISCO

por Matteo Donadoni
(traducción: F.I. Fuente aquí)


El método de Francisco I de Buenos Aires frente a las dificultades dialécticas me recuerda mucho al de mi viejo párroco sesentayochesco. No responder. Cuando aparece una dificultad de cualquier tipo, aun cuando se refiera al propio apostolado, no se debe responder. A lo sumo sonreír, encogerse de hombros o improvisar una expresión mansamente desolada. ¿Pides publicar un artículo para confirmar la doctrina católica? No tendrás respuesta. ¿Lo envías igual? No será publicado. ¿Te quejas de que no es cierto que Jesús se ha hecho pecador, como se explica en la homilía? Obtienes sonrisas. ¿Buscas consuelo por el suicidio de un familiar? Monseñor no sabe qué decir, la entrevista se concluye en el arco de unos 2 minutos, en todo caso menos que en la imprevista llamada telefónica del arquitecto idiota que anuncia el aumento del 25% sobre el presupuesto de los retretes del oratorio.

La misma táctica de Bergoglio. ¿Dubia? Encogimiento de hombros. ¿Acusaciones de monseñor Viganò? Silencio. Peor aún: además de no responder, su Misericordiedad eleva a tribunal supremo acerca de las verdades de la Iglesia al séquito agnóstico de periodistas que lo siguen en el avión, delegando un evento capaz de hacer época a la "capacidad periodística de sacar sus propias conclusiones". «Cuando haya pasado algún tiempo y hayáis obtenido vuestras conclusiones, podré hablar. Pero me gustaría que vuestra madurez profesional haga el trabajo por vosotros»: entregó así, a la madurez profesional de los miembros de la prensa, con un acto de confianza totalmente desconsiderado, la epistemología de la suprema autoridad católica. O de aquella que parece serlo. Con la misma expresión desolada de mi viejo párroco y con la circunstancia agravante de que quien tendría que confirmar en la fe al mundo católico, en cambio lo confunde, incluso cuando finge una expresión que, más que desolada, parece "desalada". ¿No hay más sal en la tierra?

Sin embargo, del enésimo pastiche vaticano en salsa chimichurri podemos sacar una conclusión lógica, útil y veraz. Si en su larga carta, Viganò afirma que cuando expuso el informe McCarrick, respondiendo a la llamada "pregunta con trampa", Francisco no dijo nada cambiando pronto de discurso y, como era de esperar, ahora los periodistas le piden justamente una aclaración a este respecto y Francisco persevera en no responder nada, esto significa que las afirmaciones de Viganò sobre la actitud del obispo de Santa Marta son más que fiables: reflejan un método constante, el verdadero y propio modus operandi -que luego no refleja sino su modus cogendi- científico de Bergoglio frente a las complicaciones (probablemente de todo tipo).

Ciertamente eficaz a corto plazo, pero a la larga revelador de verdades silenciadas. Si la observación parece trivial, el hecho real es incontestable. Mientras tanto el tiempo pasa. Nadie puede decir con certeza si la arena de esta clepsidra corre hacia un redde rationem final o hacia el final perverso de todas las cosas.

Mientras tanto, ofrecemos humildemente a Su Misericordiedad un lema episcopal adaptado al estilo de su pontificado: «Me ne frega». Que en latín podría sonar «Non curamus», al paso que en castellano «No me importa».

sábado, 18 de agosto de 2018

LECCIÓN DE MICROPOLÍTICA


por Dardo Juan Calderón

    Parece ser que fue Gabriel Tarde el que descubrió este asunto de la Micropolítica, que se trata de que por el hecho de vivir en sociedad nosotros los hombres comunes - que no participamos de la Alta Política o Macropolítica -  sin embargo “hacemos política” desde las estructuras básicas de la sociedad; y que esta actividad es mucho más gravitante en la macropolítica de lo que se piensa livianamente.

    Esta gravitación hace que los manipuladores modernos de la política, después de seguir los sabios consejos de Maquiavelo, hayan dado una gran importancia a la manipulación de la “micropolítica”. Tarde discutió con otros genios de la sociología que decían que esos fenómenos básicos no son políticos sino psicológicos, pero el hecho es que ganó Tarde; que más vale tarde que nunca,  porque esto lo había dicho Aristóteles y fue la principal actividad política de la Iglesia Católica – hacer familias cristianas- desde hace una pila de años. Pero la cuestión es que los sociólogos descubrieron este campo de estudio y escribieron unos enormes ladrillos sobre el asunto, siendo uno de los más destacados y usados en la actualidad el de Gilles Deleuze, bibliografía obligatoria desde hace muchos años en la formación de los licenciados en Ciencias Políticas.

    El asunto de la ley del aborto en nuestro País hace actual una reflexión sobre este tema, en el que las estructuras básicas de una sociedad parecen influir los derroteros de la Macropolítica, pero cabe discernir a la luz de estas consideraciones si influyeron hacia arriba o fueron manipulados desde arriba. También lo hace necesario el hecho de que las familias católicas - y si hay todavía algunas estructuras un poco más complejas que pueden llamarse católicas - tienen como única posibilidad de influir en la alta política la acción a través de estructuras y conductas de base, ya que el Estado Laico no permite llegar a sus más altos rangos enarbolando una religión. Puede llegar uno que sea católico en su fuero íntimo pero no puede ejercer la función en cuanto tal, pues debe reconocer el carácter estrictamente laico de su función, la libertad de cultos y otras linduras que son incompatibles con una condición de católico íntegro. Sí con la de católico modernista. Y esto no es lo peor, sino que la “función” se ejerce desligado de toda representación real de intereses y como miembro de una burocracia de la que se desconoce el objetivo final, si es que lo tiene (como veremos).

   El gran interrogante de los católicos es ¿qué podemos hacer desde nuestras humildes posiciones para influir buenamente los destinos políticos de un estado moderno? Pero no es común encontrar la siguiente pregunta: ¿De qué manera la macropolítica nos está manipulando para que creyendo que influimos, estemos jugando su juego? Como carecemos de vocación iluminadora y siendo que la primera pregunta ha sido contestada a granel con las más “regocijantes pendejadas”, dejaremos al lector contestarse la segunda.

   Trataremos de resumir, haciendo la más tendenciosa interpretación de la enseñanza de los sociólogos expertos (que la objetividad es un lujo de camanduleros) el “cómo ve el enemigo” estos asuntos, ya que, previendo las resistencias de las buenas gentes han hecho sesudas reflexiones para manipular las reacciones de las células de la base social. Acá va su lección.

     Vamos a usar una analogía geométrica de la moderna sociología que, no por artificial y metafórica deja de tener valiosos aportes para el entendimiento del problema; sobre todo porque efectivamente se están aplicando sus indicaciones desde los altos rangos por medio de expertos que han estudiado con atención estas enseñanzas sociológicas.

     Ellos nos dicen que en la sociedad se encuentran múltiples “segmentos” (familias, instituciones, grupos, etc.) y aún dentro de estos segmentos hay segmentaciones internas (padres-hijos, jefes-subordinados, y nuevamente etc. etc.). Estas segmentaciones se pueden clasificar en tres formas más destacables: las binarias, las circulares y las lineales.

    En los segmentos binarios yo me incluyo en un grupo que se “opone” a otro (no necesariamente oposición significa una lucha, pero sí una especie de bando de pertenencia que se distingue y, lucha, acuerda o  se regula con el otro), por ejemplo, mujeres-varones, jefes-empleados, padres-hijos, creyentes- ateos, modernistas-tradicionalistas, patrones-trabajadores, clase media- clase baja, o la clase alta con ambas alternativamente, y por ejemplo en el caso actual: abortistas-antiabortistas, y mil otras oposiciones binarias que se dan aún dentro de estas, pues por ejemplo no todos los antiabortistas – ni los abortistas -  pertenecen a un mismo grupo.

     De hecho hay algunos que entienden la maldad de las oposiciones binarias y al tomar esta postura se convierten en una. Nosotros podemos aceptar que hay binarizaciones naturales, otras creadas por intereses reales y otras provocadas por la publicidad al sólo efecto de desordenar. Dentro de las provocadas por el poder están todas aquellas que obedecen al viejo aforismo “divide para reinar”.  Es gracioso ver cómo desde la izquierda se atacan las oposiciones binarias naturales (las del sexo, o las de padres-hijos por ejemplo) pero inmediatamente se cae en oposiciones binarias artificiales como las de clases o ideológicas.     

     Los segmentos circulares suelen tener mayor cohesión y ser de origen más natural, son grupos que en conjunto desarrollan un fin común que se integra en la sociedad toda y dentro del cual se regulan las binarias internas (función de la madre y la del padre en la familia). La familia sería el primero, una unión vecinal, el municipio, la provincia, la región, las asociaciones de trabajo o gremiales (no el “sindicato” que es binario contra “la patronal”) y muchas otras, hasta el círculo mayor que es el Estado. Todos estos círculos no necesariamente son concéntricos, defienden sus propios intereses y resguardan sus vidas formando un conjunto que es el Estado.  Funcionarían como los círculos que varias gotas de agua producen al caer a un estanque, siendo el estanque el Estado. Esta última imagen nos da una idea de que se compenetran unos a otros, unos se hacen más grandes y potentes y otros menos, algunos decrecen y otros se agrandan.  Los sabios de la sociología nos dicen que esta era la forma más común de las sociedades primitivas: la segmentación circular no concéntrica. Que eran bastante independientes entre sí, aunque interrelacionados, y - agregamos nosotros - fue la forma principal de la sociedad cristiana medieval.

        Estos segmentos producen una cierta fuerza de cohesión en el Estado, pero a la vez una fuerza de independencia que no deja que el Estado sea tan poderoso, es decir que forman una fuerza nucleante pero a la vez debilitante sobre el poder central. En el Estado moderno se forzarán las energías de estos segmentos circulares para hacerlos concéntricos y así dirigir toda la energía sobre él.  

    Y por último están los segmentos lineales. Instituciones que cruzan en línea recta desde la cabeza hasta el pié. Los más clásicos o antiguos son la Iglesia y el ejército, podemos hablar luego de las carreras de estudio y las logias. Más modernas son las grandes empresas comerciales y el gran monstruo lineal que es la burocracia. Hagamos unas distinciones: salvo la Iglesia, los demás responden a intereses de cúpula, es decir que drenan fuerzas de los círculos para servir un poder central, ya sea en buena forma para un bien común, ya sea en mala para fines ajenos o inconfesados, pero siempre hay tensión entre ellas con los círculos, un tire y afloje sobre cuánto se entrega y cuánto se retiene.

     La Iglesia tiene una característica especial, está concebida para alimentar la fuerza de esos segmentos circulares, es decir que trae energía de “arriba” para “abajo”, no al revés como los otros, y la más de las veces se convierte en parte de esa tensión de los círculos con el estado central tomando partido por los primeros.

      Como podrán ver uno puede participar a la misma vez en los tres tipos de segmentaciones y por ende, los componentes de una de esas segmentaciones traen a la misma intereses de las otras que suelen armar una colisión de intereses enormes que arman el tejido o maraña social que trata de desentrañar el sociólogo para saber qué pasa en una sociedad concreta. Un hombre es parte de una familia, de un municipio o región, que son circulares, pero puede a la misma vez participar de segmentaciones binarias que exceden ese grupo y traen desestabilización a las relaciones del círculo, y a la misma vez pertenecer a segmentaciones lineales que responde a otros intereses y que traen desestabilizaciones a los dos primeros, y los dos primeros a esta.

    Ejemplo: Yo puedo pertenecer a una familia y también al grupo de los celestes o los verdes y además, ser un burócrata de línea, o un militar (que ya no hay diferencia). Es probable que los intereses familiares sean grandes y me lleven a llenar de familiares la línea burocrática que pasa a servir a esa familia; o es probable que los intereses de línea me lleven a enfrentarme con la familia. Y el ser verde o celeste de la misma manera puede producir colisiones familiares o en la línea.  Y así imaginen millones de entrecruzamientos y colisiones como los átomos de una materia, pero que al fin componen esa materia con una mayor o menor estabilidad, pudiendo llegar a la disgregación, estallido o implosión.

    Sumemos a que hoy estos segmentos binarios y  lineales (muy improbablemente los circulares) exceden al mismo Estado. La feminista es internacional y recibe sus consignas desde una usina lejana; lo mismo el socialista, e igual el empleado de la General Motors o  un ejército que trabaja para la ONU. Y entonces el dibujo se hace casi imposible y enormemente complejo, pues por la doble o triple pertenencia, los circulares se ven afectados. A una familia de tal región o municipio ya no le importa esa región o municipio desde su economía si sus ingresos provienen de un línea internacional (pongamos que es empleado del Banco Mundial), pero sí le importa la región en cuanto a enfrentamientos binarios, porque es antiabortista -por ejemplo-, asunto que lo opone con algunos de sus vecinos; pero el Banco Mundial que le prodiga el sustento económico promociona políticas abortistas y se opone a él en el segmento binario. Y todas estas oposiciones de planos y segmentos los enfrentan consigo mismo y llevan las contradicciones dentro de cada segmento.

   
Fue Kafka quien dibujó literariamente el entramado de la burocracia moderna donde, una oficina – un poder judicial o un banco- se supone que responde a una línea jerárquica dura, pero cuando uno lo vive desde dentro va descubriendo las miles de intromisiones de los otros segmentos que la pervierten desde un punto de vista, o la humanizan desde otro. Porque ni el jefe toma sus decisiones exclusivamente en cuanto jefe de línea, ya que puede buscar acomodar a sus hijos o sobrinos para fortalecer su círculo, o también tiene opciones binarias que inciden y en las cuales un subordinado puede ser más que él. El jefe es superior en la línea, pero inferior de un subalterno en la Logia,  en el Opus, en el partido político, en el club de golf o de rugby. Y así mil entramados.

    En la actualidad todo llega al punto que nos hace decir: “¡uno nunca sabe para quién trabaja!”, cosa que en la sociedad tradicional forjada en las segmentaciones circulares no concéntricas, era mucho más fácil saberlo pues estaba el interés muy cerca del hombre.  Parece que también sería fácil saber para quién se trabaja en una sociedad altamente centralizada a partir de segmentos circulares concéntricos - como son el totalitarismo monárquico o de tipo fascista - pero aquí los intereses son muy lejanos al hombre y la fuerza de los segmentos lineales (ejército, partido, burocracia, logia) es enorme sobre los circulares que tienden a ser arrollados, desvitalizados en la entrega de todas sus energías al segmento lineal. Corremos el riesgo de que, aunque sabemos para quién trabajamos – el Jefe, Monarca Absoluto, Gurú o Líder-  no sabemos bien qué busca la cúpula que está allá lejos manejando intereses que no comprendemos y a los que nos entregamos en una confianza fanática.

    ¡Qué maravilla era ser un grupo de familias que vivían en una región con poco contacto con el resto!  Los círculos que hacen las gotitas de agua chocan entre sí, pero se acomodan según sus energías naturales y lo mismo dentro de cada familia, pero no hay casi interferencias binarias ni lineales, los opuestos se complementan en armonía. Los litigios son claros y simples. Y esta paz social puede mantenerse en conglomerados más grandes y en la medida que estas pequeñas aldeas son respetadas por el poder central, normalmente con economías rurales y  pequeñas formaciones urbanas. Eso fue el feudalismo.

    Pero la Gran Urbe fruto de la fuerza de segmentaciones lineales y binarias que empujaron a estos círculos armó el gran lío (efecto del capitalismo). La política cristiana siempre supo que la paz social se basaba en mantener estos núcleos independientes, suavemente subordinados por impuestos no excesivos, levas militares muy pequeñas y casi nada de burocracia central -nos cuenta Alberto Falcionelli que en pleno siglo XIX Rusia presentaba este tipo de aldeas en que los únicos representantes de la burocracia central eran el cura (la Ortodoxia es de obediencia nacional) y el encargado de correos. (Casi siempre borrachos ambos. Cuenta que un pueblo se quejó de que el Cura era borrachín y este, en su defensa,  dijo: “el estafeta también lo es, pero lo importante es que las cartas llegan”. Quería decir muy chuscamente que la gracia también llegaba a pesar de su embriaguez).   

   Cabe hacer dos aclaraciones.

       La fuerza lineal de la Iglesia Católica - que ya dijimos que tiene sentido inverso a las otras, de arriba para abajo - se cuidaba meticulosamente de tener interferencias de segmentos circulares, binarios o lineales ajenos en su interior. Sus hombres no pueden tener familias, ni municipios, ni regiones ni nada que se introduzca en sus intereses de forma colateral, mucho menos del Estado central,  aun cuando su energía es para potenciar todos estos círculos y aún al Estado Central. Y de la misma manera se cuidaba de tener interferencias binarias (herejías se llamarán). La decadencia de la Iglesia en el período renacentista fue producto de estas intromisiones circulares de los intereses de las grandes familias (ya verdaderas empresas político-económicas), luego con los estados fuertes el problema era el de intromisiones lineales externas o ajenas (partidos) y en la actualidad la intromisión es binaria al dejar campar con libertad las más opuestas opiniones o herejías (concepto que deja de ser negativo y las opiniones encontradas son positivas).

       El ejército de las civilizaciones antiguas era bastante parecido a una iglesia (los espartanos no tenían familia, y no digo llegar a darse unos buenos besos entre soldados, pero todo militar sabe lo complejo que es tener familia en ese oficio) y más tarde el caso de Templarios y Hospitalarios en la Edad Media; pero lo común en aquella época  era un ejército que se juntaba desde los círculos (familias y regiones) y para casos concretos en que los círculos aportaban sus hombres según sus intereses concretos (había que convencerlos) y luego los retiraban. La tropa estable era muy pequeña, normalmente una guardia de Corps alrededor del Rey.

      Los ejércitos modernos profesionalizados  formados por hombres de intereses cruzados por binarios y circulares (familias, regiones, partidos, logias) se transforman en una maraña como la que hemos descripto más arriba. Aunque en principio responden al Estado Central, muchísimas veces estallan en disputas binarias (bandos) y sus componentes comparten afiliación a otras lineales (partidos, logias) que hasta pueden ser exteriores al Estado,  y aunque se justifican en la defensa común de los círculos, muchas veces – como pasa en toda fuerza lineal centralizada – los avasalla. Tengamos en cuenta que la función de “hombre de línea” – cualquiera sea ésta- lo hace menos apto para la solidez familiar. La línea avasalla al círculo, saca al hombre lo mejor de sus energías.  
  
  
En aquella sociedad tradicional, ¿qué era lo que aportaba unidad al todo de círculos no concéntricos? ¿Qué era lo que los ligaba o “religaba”? Pues eso que dice la palabra: una “religión” común. Y no había por tanto en las sociedades tradicionales mayor delito político que atentar contra esa religión, pues era el nexo social que impregnaba por igual cada círculo no concéntrico y lo hacía funcionar para el todo. Hubo reyes que atacaron las herejías con mucha más energía que la Iglesia, gran cantidad de Concilios fueron convocados por el poder político ante la aparición de conflictos binarios dentro de la Iglesia. Todo aporte que saliera de los círculos, ya sea impuestos o soldados, se hacía con un sentido impregnado de religiosidad – las guerras debían ser justas o justificadas con sentido religioso - como igualmente los litigios entre círculos se solucionaban a base de este criterio y normalmente por los hombres de Iglesia. El Rey era esencialmente el defensor de la Única y Verdadera Religión y en eso residía y se justificaba su poder. Y si no, todo se desbarataba.    

      El absolutismo quiere hacer concéntricos los círculos y esto debemos saber que nace por un doble fallo. Sin duda por la apetencia de concentración de poder por un lado, pero mucho más por efecto del propio debilitamiento de los círculos más altos de la sociedad –la aristocracia- que se vieron ganados y debilitados por segmentaciones binarias internas y lineales ajenas o superestatales (logias, ideologías, intereses económicos supraestatales, etc.) que desarmaron el tejido que hacía de nexo entre  el círculo superior y los más pequeños. Quedó el Rey y el pueblo amenazados en sus estructuras por estas segmentaciones en el intermedio (la Historia de Rusia de Falcionelli lo demuestra con gran solvencia) con el consiguiente problema que se produce en este matrimonio - rey-pueblo - por la lejanía de intereses, la débil comunicación y la incomprensión de necesidades entre ellos.

     Los fascismos serían un restablecimiento de los segmentos circulares, pero concéntricos;  la anulación de los binarios y el reforzamiento de los lineales. Todos confluyen a un interés central que corre por el eje común que es un segmento lineal muy poderoso: el “partido” (o en otros casos el ejército); segmento lineal que lleva la energía de abajo para arriba, debilitando irremediablemente los círculos y creando, quieran que no, una sensación “democrática”. Es cierto que reduce al mínimo las oposiciones binarias, lo que es bueno, pero  -como en el caso del absolutismo- al quedar sin círculos intermedios la distancia con los círculos básicos los lleva a tratar con aquellos como “masa”.  El absolutismo y los fascismos, quieran que no, masifican al no contar con los círculos intermedios. En los fascismos estos se reemplazan por la fuerza lineal de la burocracia partidaria.

     El Estado actual en el mundo globalizado es un asunto mucho más complejo, porque es un estado que podríamos considerar como el círculo mayor, pero no es un círculo quieto sino dinámico. Gira y se mueve como un tornado, se achica y se agranda según los avatares de las fuerzas internacionales lineales y las oposiciones binarias mundiales, los que le marcan el ritmo. Su peor enemigo son los segmentos circulares menores que se anclan y fijan,  en familias, regiones, etc., y también los lineales duros: Iglesia, fascismos (todos estos repugnan de las interferencias externas al Estado). Estos tienden a hacerse rígidos  y por lo tanto son un obstáculo a la dinámica, detienen la fuerza del tornado que choca contra ellos y en el choque pierde fuerza, y por lo tanto su tarea es provocar  segmentos binarios y lineales que los desbaraten y hagan que floten dentro del tornado. No son estos segmentos lineales como el eje fijo, duro y acerado de los círculos concéntricos fascistas, sino como sogas que flotan dentro del turbión por donde trepan los ciudadanos para buscar la “tranquilidad” del vórtice. Sin lugar a dudas lo que vuelve a todos dinámicos es la existencia permanente de segmentos binarios en permanente pugna dentro de los demás (crisis de autoridad entre padre y madre en la familia, no sólo por efecto ideológico sino por razones de sustento económico al lograr la mujer poder en sus ingresos, lucha de sexos, generacionales, de partidos…).

     Los circulares rígidos ya casi desaparecen, todos los componentes entran en las lides binarias y en los ascensos y descensos de los lineales, ya sea del trabajo, de los partidos políticos o líneas ideológicas, que al estar dentro, el turbión los zamarrea y cada tanto los escupe hacia la tierra baldía. Las familias, municipios y regiones estallan internamente por conflictos binarios (padres-hijos, verdes-celestes, feminismo-machismo, clases sociales, partidos políticos,  pugna de géneros, razas que pueden ser hasta  inventadas como el indigenismo),  sus miembros que notan la inestabilidad y debilidad de esos grupos, para salvarlos (la naturaleza tiene su fuerza) se van trepando a esas sogas de salvataje que son los segmentos lineales móviles (partidos, logias, burocracia, organizaciones cristianas, católicas, etc.).

    Los círculos intermedios como el municipio o la región ya han perdido todo significado circular, pues la burocracia municipal o regional es un trampolín (un tramo de la soga)  para subir a la provincial y de allí a la nacional. Ya no existen hombres que son de su región para siempre, como lo era un Duque o un Marqués y hasta no muy atrás ciertos líderes regionales como intendentes y gobernadores que servían a su círculo sin pretender salir de él.

    Cabe preguntarse qué le da cohesión a ese inestable remolino. Como todo turbión se mantiene por un juego de presiones externas e internas, que cuando alguna de ellas se impone, desaparece y se aquieta, pero comienza la estrepitosa caída de todos los que están flotando dentro de él por virtud del juego de fuerzas, y el no querer caerse es la gran fuerza de cohesión.

      Seamos más claros: el poder mundial ejerce presiones que influyen sobre una nación, esa nación se agita con una fuerza interna para sostenerse en su ser y aquí comienza el giro por efecto del juego de presiones. Cuando las presiones externas se imponen la nación desaparece, o a veces la fuerza interna que hace compresión centrífuga, al desaparecer de pronto  la presión externa, estalla. Este último es el caso Venezuela o países del Medio Oriente, en que la presión de los mercados mundiales sobre su petróleo fundan su economía – y su conformación social y política que se arma sobre dinero externo – y toda su actividad se concentra en ese producto de comercialización externa; si el mercado se retira, explota, pues no tiene estructura interna para sostenerse (no hay mercado interno y, lo que es peor, no hay razones de amistad política. ¿China?). Los mejores  ciudadanos prefieren ser conquistados por las fuerzas externas y los peores se solazan en la autodestrucción.

     Allí comprendemos que los gobernantes modernos manejan un tornado que pasa por todo el territorio, que tiene enormes presiones externas que empatan con presiones internas, que se alimentan de fragmentaciones binarias como las fuerzas eléctricas positivas y negativas que produce la fricción, con rayos y truenos internos; que asolan las construcciones fijas que cuando son débiles las arrasa (¿han visto las casas de madera estallar con un tornado? ) y que pierde fuerza cuando choca contra construcciones sólidas. Entonces, las construcciones sólidas deben ser debilitadas con oposiciones internas – fragmentaciones binarias – y sostener todo ese equilibrio inestable (sabemos que todo orden político es un equilibrio inestable, pero que estos son ya un maremágnum destructivo).

    La cohesión de las ciudades antiguas era la religión, fuerzas que emanan desde “arriba” y nutren las estructuras básicas y hacen sólido el Estado pero no poderoso. En el medioevo, esta fuente de energía no provenía del Estado (como en la antigüedad) que era uno más de los círculos, sino de la Iglesia, que al estar por sobre los Estados vigilaba la existencia independiente pero armónica de todos los círculos cuidando que no se produzca esa absorción de energía.

       En el absolutismo y los fascismos no es ya la Iglesia sino el Estado el que da “significación” a todos los puntos en sus intereses y objetivos, suplantando, subyugando  o haciendo desaparecer la Iglesia y debilitando los círculos, creando un eje de absorción de poder lineal burocrático, convirtiendo a los “pueblos” en masas obedientes. Hasta aquí todos repugnan de las fragmentaciones binarias (y se armonizan las que son naturales).  

     El estado actual se explica en una tensión de fuerzas externas e internas (globalización) que lo hace dinámico, que tiende a la destrucción de los segmentos circulares fijos y a los lineales fijos, todos los que serán considerados retrógrados o fascistas y totalitarios, siendo impregnados e infiltrados por oposiciones binarias multiplicadas que son inyectadas por la publicidad, las ideologías y las logias.

        Desde la familia y cada organización menor, los municipios y regiones, serán sometidos a un juego de oposiciones y constante reorganización en formas nuevas, con nuevas oposiciones internas (huelgan los ejemplos, pero la misma puja democrática es eso).  Los segmentos lineales serán fuertes pero plásticos y dinámicos, compuestos ya no por partidarios fanáticos, sino por gentes que buscan la salvación de los círculos  y trepan por las sogas, pero, al poco andar, ya no reconocen su círculo que ha cambiado por efecto de oposiciones binarias (su familia ha cambiado, su municipio ha cambiado, su región ha cambiado) y ya solo queda trepar para mantenerse a flote. La “significación” de este Estado no es más una religión ni un planteo de objetivos de nación (cualquiera sea este: raza, civilización, economía…)  es la “democracia”, es decir, una forma de permanente segmentación binaria. Ya no es la Iglesia que en forma lineal derrama hacia abajo, ni el Estado totalitario que absorbe hacia arriba, sino la misma base masificada que huye de su propia realidad destructiva hacia arriba, buscando entrar en el vórtice de quietud del tornado sobre el que a veces está la soga, pero siendo expulsado en algunos vaivenes de la soga cuando toca el exterior violento del tornado, y ¡fiuuuu!… a la tierra baldía.

     No hay en éste un abajo ni un arriba, está el turbión, arriba no hay nada, sólo la fuerza del turbión que te lleva hacia arriba donde se termina la dinámica y te caes al precipicio, y abajo todo se está destruyendo. La vida es la vida interna del tornado, con su vórtice de semiquietud dinámica y sus exteriores de violenta expulsión. Se trata de estar en la calesita que se ha enloquecido buscando acercarse al centro, y se trata de sostenerse, pues todo lo de abajo será expulsado por los costados o por arriba en un derroche de fuerzas.

    La esencia de todo este movimiento es la alimentación de los conflictos binarios, dentro de las familias, dentro de todo orden político (más o menos grande) por la puja partidaria; dentro de la economía (dólar-peso, competencia comercial, interna e internacional, es decir: mercado libre) y así en todo. Cuando se dice que todo debe “democratizarse”  se dice esto: a todo debe llegar la oposición binaria y ésta multiplicarse en nuevas oposiciones a cada triunfo de una de ellas. (Los sabios saben que los triunfos de una cualquiera de estas oposiciones “cristalizan”,  y hay que volver a romperlos, no importa si son verdes o celestes, sino que se mantengan dinámicos).  

     El ingreso al turbión puede estar justificado por varias causas, pero vamos al principio; hay familias católicas que quieren entrar al turbión con buenas razones, la razón de salvar al círculo que ven peligrar por efecto de las oposiciones binarias. Pero hay una paradoja, al turbión se entra de manos de una de las puntas binarias en las que necesariamente hay que enrolarse. Y las hay que parecen buenas o muy buenas; al sistema no le importa la “significación interna” de la oposición binaria - lo dicen expresamente-: puede ser la “restauración de la monarquía católica” o la consagración de la zoofilia,  lo que importa es que agite los círculos en dinámica interna; en eso consiste la frase de nuestro presidente al finalizar una lucha binaria de que: “ha ganado la democracia”.

      Lo que le interesa es que todos entren en las reyertas binarias fabricadas ex profeso para mantener la dinámica del turbión e impedir la formación de círculos basales fijos o moleculares. Y esto es en gran parte porque para la victoria de una oposición ésta necesita de cierto número de importancia masiva y, para lograr el número debo realizar “coaliciones” con otros grupos con los que coincido en un término binario, pero no en otros menores en la urgencia (aunque mayores en términos significantes), y estas coaliciones necesariamente me de-significan, me diluyen, me distorsionan, y con ello no soy temible como punto fijo, estable y altamente “significado”. ¡Chan chon!, estoy en su juego. (Si recuerdan algunos una carta del nunca mal ponderado Caponnetto dirigida a ciertos caballeros que lo asociaban en una oposición binaria inducida,  en la que solicitaba no ser incluido aún sin defecto del contenido de sus textos -lo que parecía todo un innecesario desplante). Era porque no quería ser “de-significado”.

     Vamos a una última de las figuras que pone esta sociología. El Vector de Fuga.  No todos soportamos este estado de cosas y muchos más de los que se piensa se convierten en vectores de fuga de esta locura escapando del tornado. Y la mayoría fugan por otra locura. Es parte de la dinámica. Unos se hacen hippies, otros se drogan, otros se hacen Testigos de Jehová, se van a plantar al campo, se hacen puteadores profesionales, delincuentes antisistema, saboteadores, cínicos, ladrones, profetas del apocalipsis y hasta cultores de alguna religión tradicional. Tampoco importa, los vectores de Fuga son parte del ensamble. Parte de la dinámica, porque sus derroteros son nómadas tratando de evitar el golpe del turbión y son finalmente parte del movimiento.

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Todo lo dicho es texto de estudio en el que se ha formado gran parte de los hombres que gobiernan. Sin dudarlo Durán Barba que cursó en la Universidad de Cuyo, discípulo del Prof. Dussel, los estudió y los maneja. Y ríe en su oficina de haber embarcado a muchos católicos en esta su última reyerta de oposición binaria, se ríe de haberlos obligado a coaliciones impensadas, se ríe de haberlos de-significado, ridiculizados al no poder recurrir a sus fundamentos que romperían las coaliciones, a un planteo de “forros”; y todo por una batalla que se reiniciará inmediatamente sin mejoras para nadie. Pero, como bien dice el “maldito” arriba nombrado, a caballo de este término de binarización masificado puede que algunos logren entrar al tornado. A los últimos que conocí que se subieron por algo parecido a esto, no tardaron ni minutos en ser escupidos ¡fiuuuu! a la tierra baldía, con toda la trompa por el suelo.

       No sé el lector, pero yo estoy inclinado a creer que nos embromaron.

       En lo personal me queda una sola Micropolítica, aguantar de pié el cimbronazo. Sin complicidades ni cálculos. Cuidando con singular energía la intromisión de oposiciones binarias falsas en nuestros entornos, armonizando las naturales, cuidando meticulosamente toda de-significación por efecto de alianzas estratégicas para resultados ficticios. Aún, y no menos peligrosa, debemos cuidarnos de esta idiota binarización  “Francisco- Anti Francisco”, que no es más que una anécdota que será escupida por la punta del tornado.

     Una última sensación personal que contradice a mis más queridos amigos desde los hígados: En esta batalla binaria del aborto- antiaborto no hay ninguna victoria. Ninguna. Aún el pálido retroceso de la banda de los orcos producto de una táctica de restos de fuerzas circulares regionales subconscientes (los senadores votaron para mantenerse desde una difusa fuerza moral regional a la que pretenden superar prontamente), implica un gran avance en la estrategia general de demolición. El catolicismo se vio completamente de-significado en su doctrina y trabó alianzas que perderán lo poco que hay. Los católicos que entraron y creyeron salir gananciosos, salieron menos católicos. Las familias menos familias. Las regiones menos concentradas en sí mismas.

     Desde ya la batalla implicó una realimentación de la dinámica binaria de la democracia y la falsa victoria alentará mayores deformaciones. Una de las más notables deformaciones es que la batalla fue protagonizada fundamentalmente por féminas, con la denigración que esto supone de la autoridad paterna que jamás hubiera osado expresar que el “dueño” de ese vientre era él. Las “buenas gentes” no dejan de ser una “gilada”.

      Y una más. El Catolicismo como fuerza social, cultural y civilizadora ya no existe, sus expresiones últimas están más que teñidas de una desintegración doctrinaria, mental y psicológica fatal. No pasan de reacciones viscerales histéricas. Las más extremas de las expresiones católicas contra el tema del aborto han quedado reducidas a la defensa de una planificación natural de raíz conciliar contra el uso del condón, aceptando al fin una cobarde y burguesa  “planificación” a la que se rindió Pablo VI (¡feliz cumple!) en la Humanae vitae y que no es otra cosa que un gran condón mental.

    El desafío de la hora es seguir siendo católicos en la más increíble hora de indefensión y soledad de la historia. Ser sólidos y fijos en medio del más enorme huracán que jamás se haya visto. Sin asustarse y sin entristecerse, claro, pero fundamentalmente sin atontarse, porque el ataque principal es un ataque a la inteligencia. La única Patria que queda es el vientre de nuestras buenas mujeres católicas y el heroísmo es marchar de pié hacia las montañas sin volver la vista hacia Sodoma. 

    Todo lo ocurrido me tinca que fue para mal (ojalá me equivoque), lamento decirlo a las buenas gentes aturdidas, desenganchadas de sus “círculos” naturales, masificadas y trabajadas desde la emotividad visceral en una posición binaria artificial. Tengo más temores ante la falsa victoria que ante la consabida derrota. La democracia, como los tahúres, les ha dejado ganar una mano para “agrandarlos” y tenerlos listos para el desfalco final.

      Yo sin dudas soy un “aguafiestas”, pero no se preocupen, no soy nadie ni busco seguidores. En este tremendo error, cualquier error se soporta.