martes, 23 de octubre de 2018

CARNICEROS - EL HILO ROJO QUE UNE SODOMÍA Y HEREJÍA EN LA SECTA CONCILIAR

por Cesare Baronio
(traducción por F.I.)
-original italiano disponible aquí-


Hace unos años, un cofrade me contó un episodio desconcertante, según el cual un Oficial de Curia notoriamente homosexual había sido sometido a exorcismos porque se había hecho la costumbre, durante sus inmundos festines, de blasfemar el nombre de Dios, lo que había dado lugar a fenómenos de posesión diabólica. El impío monseñor murió poco después de una enfermedad incurable, llorado por sus socios. En aquel tiempo los maricas del Vaticano todavía se movían con cautela, no porque no fueran numerosos, sino porque reinaba aquel tácito acuerdo que en el ejército norteamericano se resume en el adagio Don't ask, don't tell, o sea «no preguntes, no digas». Aunque muchos supieran quién tenía ese penchant y quién no. Monseñores que salían de noche de civil desde Letrán, vistiendo jeans y chaqueta de cuero, y que al día siguiente flanqueaban al Santo Padre en los Pontificales. Sacerdotes que se alejaban de la casa parroquial para darse una vuelta por las aguas termales. Estudiantes de Ateneos Pontificios que iban a pasear a la Villa Giulia. Seminaristas abocados a un dudoso apostolado vespertino en Monte Caprino. Era la generación del Concilio, que a la sotana prefería los vestidos firmados y las gafas de sol. Vanidosos y fatuos, inclinados a la risita histérica y a apostrofarse con pronombres y apodos femeninos, pero siempre precavidos, porque en el solio se sentaba el viril Wojtyla. El cual estaba tan ocupado en propagar el ecumenismo de Asís para no darse cuenta de que a su lado había personajes conocidos con el nombre de batalla de Jessica.

A los vicios, entonces, los llamaban viciecillos, como si el diminutivo pudiera hacer menos reprensible la conducta de quienes los practicaban. Y era un viciecillo quizás también aquel del nunca suficientemente execrado Montini, con sus maneras de calvinista y su pasado ambrosiano que muchos nunca quisieron profundizar, y que sin embargo le merecieron acusaciones ni siquiera demasiado veladas. Cierto es que en ese pontificado -y en el mosaico de Prelados que entonces subieron a los niveles más altos de la Jerarquía- pesa aún hoy, incluso hoy más que ayer, la sombra siniestra del chantaje, al punto de sugerir que muchas decisiones de aquel entonces sólo encontraron justificación en el terror de que algún titiritero pudiera decidir filtrar escabrosos detalles a cuenta del sodomita de Concesio. El cual, no por casualidad, en pocos días será elevado a los honores de los altares en reconocimiento a su contribución a la obra de devastación de la Iglesia y como devoto homenaje de sus beneficiados [N.: este artículo fue escrito y publicado pocos días antes de la canonización de Paulo VI].

Fue al final del papado wojtyliano que los inmundos secuaces de Sodoma encontraron coraje para cerrar filas, reuniendo a su alrededor a un grupo de celadores del templo de naturaleza afín, de modo que pudiéramos ver al pobre Papa polaco engalanado con vestiduras circenses, u obligado a asistir a grotescas performances de saltimbanquis semidesnudos coram Pontifice y de salvajes en utilería adamítica coram Sanctissimo. El autor de aquellos estragos aún hoy se ceba en los Sacros Palacios,  con su séquito de pedigüeños que el tiempo ha transformado de náyades en clergyman en viejos rencorosos. Pero mientras Juan Pablo II se iba extinguiendo, en el Vaticano la falange sodomítica levantaba la cabeza, no sin escándalos y escandaletes al borde del ridículo: hélo aún al secretario del Eminentísimo, para los íntimos Carmen, pescado in fraganti en los retretes de Termini y apresuradamente despachado in partibus, el clérigo que se prostituye en San Pedro molestando a los turistas, el cura en el cine porno, el fraile asesinado en los jardines por un prostituto, etc.

El advenimiento de Benedicto XVI trastornó los planes de la secta uraniana, que vio en el atildado pontífice alemán una intolerable afrenta al trabajo realizado bajo el antecesor. Ver brillar en la cabeza del anciano la mitra de Pío IX iba más allá de lo que se podía soportar; para no hablar de la muceta invernal en terciopelo rojo con pelo de conejo, los zapatos rojos, el trono dorado que algún previsor había hecho desaparecer en un sótano cuando todavía Montini se sentaba en el solio. No tuve el inmenso placer de escuchar los gritos desgarradores del arzobispo de Martirano, pero me imagino que éstos debieron haber roto la cristalería preservada en el aparador del comedor, ante la vista consternada de sus famuli de luto, cuando Ratzinger promulgó aquel Motu Proprio que él tenía por imposible, según el lema No se vuelve atrás. Pero recuerdo bien que no pude evitar el entonar canciones de júbilo cuando lo supe confinado a la presidencia de un comité donde, así todo, nunca dejó de hacer daño.

La abdicación representó una revancha de la secta conciliar sobre Benedicto XVI, obligado a renunciar bajo la presión de escándalos que parecen nimiedades respecto de aquellos que ahora están saliendo a la luz bajo el Sedicente. Y decir que Ratzinger -y con él los pocos Prelados en olor de conservadurismo convertidos en breve a los honores de la crónica después de los famosos Dubia- fueron y son convencidísimos y firmes paladines de la mens conciliar, de la que proponían y proponen una versión más tenue pero no por esto menos revolucionaria.

La historia revelará los arcana imperii que llevaron al Papa a abandonar la nave de Pedro justo en el momento más crítico, pero parece que debe entenderse que quien se aplicó en empujarlo a la renuncia supo moverse con habilidad para hacer elegir al peor Papa -admitido y no concedido que se lo pueda considerar tal- con que la Iglesia haya jamás contado. Va de suyo que el personaje en sotana blanca alojado hoy en el resort de Santa Marta se ha beneficiado con el apoyo de los conspiradores modernistas, con el extasiado y coral sostén del lobby gay vaticano, feliz de sacarse de en medio al inconveniente Benedicto, que se  preparaba para anular -o, al menos, para hacer menos devastadores- decenios de primavera conciliar. Y precisamente en Santa Marta -casualidades de la vida- encontramos a aquel Mons. Ricca, sobre el cual nos ha ilustrado la crónica, después de que la amistad con el argentino se había consolidado cuando Bergoglio bajó a la residencia de la via della Scrofa en el Alma Urbe. Las bellas almas creen que la pésima reputación de Ricca era ignorada por el pío arzobispo de Buenos Aires, demasiado ocupado en macerarse en las asperísimas penitencias que lo hicieron famoso en América Latina. Sin duda será su índole ascética la que lo puso en completo desconocimiento incluso de los escándalos de acoso por parte de Obispos y sacerdotes, que han salido recientemente a la luz gracias también a la valerosa carta del ex nuncio Viganò.

Veamos pues... Tuvimos el coming out de mons. Charamsa, quien lindamente admitió tener un  amante -compañero, lo llama él. Luego el abad de Montecassino dom Pietro Vittorelli, torpe  personaje que se gastaba los fondos de la Abadía en festines con droga y gigolós. Además el escándalo de mons. Luigi Capozzi, secretario de Checcapalmerio [N.: el autor deforma adrede el apellido del malfamado cardenal Coccopalmerio. Checca, en italiano, equivale a «marica»], arrestado en un lujoso departamento del Santo Oficio durante una orgía. Luego el escándalo de un religioso carmelita de la Curia Generalicia romana, denunciado por un retambufa. Luego, el escándalo del fresco homoerótico encargado por mons. Paglia -presidente de la Academia Pontificia para la Vida y Gran Canciller del Pontificio Instituto Juan Pablo II- al artista gay argentino Ricardo Cinalli. Aquel infame Paglia que terminó haciendo explotar estas dos instituciones, introduciendo en ellas a partidarios de la eutanasia y el aborto, con el beneplácito del Sedicente. A continuación, los escándalos de obispos y cardenales, todos de área estrictamente progresista y filobergogliana, y las causas millonarias que han reducido a la quiebra a decenas y decenas de diócesis del mundo católico para resarcir a las víctimas de abusos cometidos por eclesiásticos. Sin mencionar a los abominables eclesiásticos al frente de Órdenes y Congregaciones religiosas, detrás de cuyo biombo perpetraban crímenes dignos del Marqués De Sade. Y don Mauro Inzoli, acusado de abusos contra menores, degradado por Benedicto XVI y reintegrado en el sacerdocio por Bergoglio a instancias de la presión de Checcapalmerio, hasta que la justicia civil dejó al descubierto su culpabilidad. Pero también los tres sacerdotes investigados por la fiscalía de Roma por actos sexuales con menores, pornografía infantil e intento de prostitución de menores. Y el goteo diario del jesuita James Martin, activista de la causa de los invertidos y partidario del concubinato homosexual, nombrado consultor del Secretariado para las Comunicaciones y enviado al Encuentro Mundial para la Familia en Irlanda y en estos días ocupado en sembrar confusión también en el Sínodo de  los Jóvenes junto al cardenal Cupich. Sin olvidar el dossier enviado por un gigoló napolitano a la reverenda Curia partenopea, en el que se recogen fotografías obscenas y textos de conversaciones vía internet de 34 sacerdotes y 6 seminaristas, clientes suyos.

Ahora descubrimos que el Presidente del Pontificio Consejo para los textos legislativos Checcapalmerio estaba presente en la orgía con su secretario, y que la gendarmería vaticana lo hizo desalojar antes de proceder a las detenciones de la scelesta turba. Sería curioso investigar quién más fue arrestado en esa ocasión, y es de creer que Capozzi y su purpurado compadre no fueron los únicos eclesiásticos convidados. Sería aún más interesante -y espero que haya quien se tome el trabajo de hacerlo- ir a comprobar cuáles decisiones grávidas de consecuencias para la vida eclesial han sido  tomadas por estos inmorales, qué siniestras intrigas han permitido el ascenso de sus cómplices a puestos de responsabilidad, qué buenos sacerdotes han sido perseguidos o despedidos o impedidos en sus carreras.

A la luz de estos horrores, resultan grotescas las sanciones de las que fue objeto Paolo Gabriele, camarero secreto de Benedicto XVI, acusado de haber divulgado dossier secretos, mientras que los culpables denunciados debían ser castigados con penas ejemplares, y no el denunciante, quien reaccionó de buena fe -con un gesto quizás precipitado- a la propagación de la inmoralidad vaticana.

El horror que estas noticias suscitan en los simples fieles y en las personas de bien; el sentimiento de consternación ante la institucionalización del vicio no deben postergar el reconocimiento realista de que este flagelo moral es, al mismo tiempo, causa y efecto de la revolución conciliar: que se escandalicen si quieren los bienpensantes, que se rasguen las vestiduras los apocados fautores del diálogo y los prudentísimos moderados. Pero que no se diga que ante estos escándalos el buen cristiano deba mirar hacia otro lado, fingiendo no ver la corrupción donde ésta mayormente anida desde hace cincuenta años. Oportet ut scandala eveniant. Un silencio piadoso, comprensible en casos singulares y aislados, representa hoy una forma de complicidad intolerable, una aprobación de conductas deplorables, sobre todo porque el involucrado no parece ceder por debilidad a fugaces transgresiones de adolescente confundido, sino que demuestra ser indigno del Bautismo y aún más del Orden Sagrado que lo vuelve alter Christus, profanando esas manos consagradas para tocar al Santo de los Santos, esa boca que sobre el altar pronuncia las palabras de la Consagración, esa lengua sobre la que descansan las Sagradas Especies. El mero pensamiento de estas abominaciones debería hacer estremecer de horror, y recordar las palabras de Nuestro Señor al Padre Pío cuando con disgusto definió a los sacerdotes indignos como Carniceros.

Quien se convierte en esclavo del pecado se convierte en esclavo de Satanás, bajo cuyo yugo el alma está muerta a la Gracia y es completamente presa de las seducciones del maligno. Y el pecado contra la naturaleza, incluso más que otros, embota la voluntad, embrutece a la persona y endurece en la voluntad del pecado. En tanto vicio, o sea hábito de hacer el mal, los actos que piden venganza en la presencia de Dios llevan a quien los cometen a volverse indóciles a la voz de la conciencia, hundiéndose cada vez más en la culpa.

Es por lo tanto inevitable que quien vive diariamente en estado de pecado mortal y, además, en condición permanente de sacrilegio -en tanto ministro de Dios y ungido del Señor-, se sienta juzgado y sea inducido a alterar incluso los principios morales que viola habitualmente. Así, al igual que el ladrón quisiera ver despenalizado el robo y el asesino legalizado el homicidio, también el sodomita -y aún más si es sacrílego- querrá aliviar su conciencia del peso no menor de saberse a sí mismo en flagrante contradicción con aquella Ley natural y divina que obstinadamente infringe, y que deliberadamente permite o incluso alienta a infringir, bajo capa de una tolerancia engañosa o una complicidad perversa. No le basta con profanar todos los días el templo del Espíritu Santo: quiere erigirse en legislador, arrogándose el derecho de decidir en el lugar de Dios lo que es lícito y lo que no lo es. ¿Y no es acaso ésta la culpa de Lucifer?

Oír al horrendo Maradiaga atribuir actos de verdadero y propio sacrilegio a expensas de tantas almas inocentes como meras irregularidades administrativas, con el pretexto de haber sido cometidos con adolescentes y no con menores; o calificarlos como faltas veniales debido a una presunta ausencia de penetración (sic!) nos hace comprender el abismo de inmoralidad, o más bien de amoralidad de ciertos prelados. En boca delos cuales no nos sorprende oír verdaderas y propias herejías también -coherentemente- en campo doctrinal. Es evidente que la obstinación en el vicio implica la construcción de un castillo ideológico que legitime y apruebe a aquel vicio. Como decía Paul Bourget: es menester vivir como se piensa, de lo contrario se termina pensando como se ha vivido.

He aquí entonces la pretendida acogida de la comunidad glbt -es decir, de los sodomitas declarados-, detrás de la cual no sólo late la simultaneidad con su tenor de vida escandaloso, sino también el inconfesable deseo de ver un día admitido como lícito -cuando no incluso como digno de alabanza- lo que Dios condena como una abominación. Y la declaración ¿quién soy yo para juzgar?, que ha fascinado a los enemigos del nombre cristiano, tiene que ser condenada sin apelación, ya que debe ser justamente el Pastor Supremo quien guíe y amoneste y juzgue la conducta de las ovejas y corderos del rebaño que le confió el Salvador. Un pastor, aquel que nos ha sido infligido por la divina Providencia a cuenta de nuestras faltas, que no duda en insultar repetida y amargamente a los buenos católicos y a los buenos prelados, pero que muestra una indulgencia ilimitada hacia los pervertidos, desde el cura libidinoso hasta el Obispo acosador, desde el religioso cochino hasta el cardenal orgiasta. Y que recibe en audiencia a homosexuales concubinarios y transexuales, mientras obstinadamente se niega a reunirse con eclesiásticos de conducta irreprochable. Ya sabéis vosotros la causa que ahora le detiene, hasta que se manifieste en su tiempo señalado. Ya está obrando el misterio de iniquidad; pero es necesario que sea quitado de en medio aquel que lo retiene (II Tess II, 6-7). Hoy entendemos lo que quieren decir las Escrituras cuando hablan del κατέχον, es decir, de aquel que retiene la venida del Anticristo: la vistosa ausencia del Romano Pontífice, en cuyo trono se sienta un personaje que se ha vuelto cómplice y artífice él mismo de la apostasía.

¿Qué respeto por la Santísima Eucaristía puede esperarse de parte de aquel que la profana celebrando la Misa con el alma manchada por tales faltas? ¿Qué devoción a la Santísima Virgen, en aquel que ultraja a la virginidad y cultiva la depravación?¿Qué temor de Dios, en aquel que se atreve a conculcar la Santa Ley y a pisotear la Palabra divina? Y aún más: ¿qué espíritu de mortificación, en aquel que cultiva las pasiones más abyectas? ¿Qué santidad, en quien practica la impiedad? ¿Qué vida de Gracia, en aquel que cultiva y promueve el pecado? ¿Qué cuidado de las vocaciones sacerdotales y religiosas, en quien considera a seminarios y conventos como un coto de caza de jóvenes para corromper?

Pero, ¿cómo se puede tener por creíble la defensa de la primavera conciliar, cuando es emprendida por gentuza de tal ralea? ¿Quién confiaría en un médico que en su vida privada propagara enfermedades, o en un bombero que aplicase fuego a las casas?

Sea admitido por fin: el Conciliábulo de Roma es el fruto podrido de una mens desviada y corrupta, que encuentra en la herejía el corolario de una conducta moral reprensible. Es la causa de los daños actuales y, al mismo tiempo, el efecto de una corrupción de las costumbres de tantos, demasiados eclesiásticos, que para legitimarse a sí mismos no podían sino pervertir la doctrina en la que se funda la moral. Pero Dios es el autor tanto de la una como de la otra, y quien se hace siervo de Satanás no puede servir al Señor en el altar o en el púlpito y luego honrar al Enemigo entre las sábanas o en el lupanar. Nadie puede servir a dos señores, ya  que odiará a uno y amará al otro, o bien se aficionará a uno y despreciará al otro (Mat. VI, 24).

No solo eso: quien sirve al Príncipe de este mundo, le reconoce una soberanía que necesariamente debe negar al Rey divino, así como aquel que adora a Nuestro Señor como Soberano no tolera que nadie Le usurpe Su universal Realeza. Por eso la Iglesia proclama a Cristo Rey. Por eso la secta conciliar se rebela contra Su santa Majestad. Tout si tient. Y hete aquí, de hecho, al arzobispo de Brisbane en Australia, que se apropia del grito impío de los judíos ante el pretorio, rechazando a Cristo como Rey: en esta apostasía rampante, el obsequio y la obediencia debidos a la Majestad divina acaban tristemente por ser reconocidos al mundo, a la carne, al diablo. Regnare Christum nolumus. Pero es en el orden de las cosas que el hombre se hace súbdito: si no lo es de Dios, lo será inevitablemente de aquel que se Le opone. Y las pesadas cadenas del Maligno son muy difíciles de sacudir, una vez que se las ha preferido al suave yugo de Cristo.

En tanto no se reconozca la estrecha relación de causalidad entre la desviación doctrinal y la desviación moral, será imposible salir de la crisis actual. Nunca ha habido en la historia de la Iglesia un solo hereje casto, ni un solo santo impuro: los escándalos de hoy son una tristísima confirmación de una debacle en el frente teológico tanto como en el moral, espiritual, litúrgico y disciplinario.

Y si en el pasado hubo lujuriosos incluso en las filas de los clérigos (en todo caso, menos de cuantos abundan de cincuenta años a esta parte), nunca hasta hoy había habido un Papa que legitimara el pecado contra el Sexto Mandamiento o el adulterio, como sucedió con Amoris nequitia. Y no es necesario recordar qué de engaños y maquinaciones han sido puestos en acto por el lobby gay incluso dentro del Sínodo para la Familia, con la complicidad de Bergoglio, y las no disímiles maquinaciones que se preparan dentro del Sínodo de la Juventud.

A esta altura, el piadoso lector se preguntará qué podemos hacer nosotros ante el espectáculo desolador ofrecido por una autoridad corrupta, rebelde y traicionera. Penitencia. Penitencia y sacrificio. Nos lo enseña la Sagrada Escritura y nos lo recuerda Nuestra Señora en sus repetidas apariciones. La comunión de los santos -como nos lo enseña el catecismo- permite a las almas cristianas reparar los pecados ajenos, sujetando el brazo de la Justicia divina. Ofrezcamos entonces nuestros sufrimientos, grandes y pequeños, en expiación del mal obrado por estos desgraciados, y recemos por su conversión y por su arrepentimiento, en una vida retirada y en el olvido de tantos que éstos han escandalizado con su comportamiento indigno. Y que aquellos que permanezcan obstinadamente en la culpa puedan ser removidos de la guía del rebaño: la Esposa de Cristo ha sido asaz humillada por sus Ministros, desacreditada a la faz del mundo.

La danse macabre de estas décadas está tocando a su fin. Esta generación de Levitas sin fe y sin moral está destinada a la extinción: sobre las ruinas de la secta conciliar será reedificada la Santa Iglesia, del mismo modo que sobre las ruinas de los templos paganos y de los ídolos infernales triunfó la verdadera Fe.

jueves, 18 de octubre de 2018

LA SOMBRA GROTESCA DE UN JUDÍO DE NARIZ GANCHUDA (parte 2)

por Dardo Juan Calderón

Escuchemos lo que decía a la luz del día y con toda sinceridad un buen judío:

“Según nuestra doctrina, la religión judía no es la sola en asegurar la salud. Son salvos todos aquellos que, no siendo judíos, creen en un Dios supremo y tienen una conducta moral, obedeciendo así a las leyes dichas “noáquidas”, aquellas que Dios prescribió a Noé. (…) Es únicamente para los judíos que a más de las leyes noáquidas se prescribieron las de la Thora, la Ley de Moisés, las que tuvieron su razón de ser en el proyecto divino para formar un pueblo destinado a una acción religiosa en el mundo.

La esperanza de Israel no es la conversión del género humano al judaísmo, sino al monoteísmo. En cuanto a las religiones bíblicas, ellas son, declaran dos de nuestros más grandes teólogos, confesiones que tienen por objeto el preparar con Israel el advenimiento de la era mesiánica anunciada por los profetas. Por tanto nosotros llamamos ardientemente a trabajar en común para la realización de este ideal esencialmente bíblico. (…) De esta manera podremos alcanzar la era mesiánica que será aquella del amor, de la justicia y de la paz entre los hombres”
(Discurso de Jacob Kaplan - Gran Rabino de Francia- el 10 de Febrero de 1966, luego de un diálogo con el P. Daniélou S.J. en el Teatro de los Embajadores en París. Cualquier parecido con el espíritu del Concilio Vaticano II, no es mera casualidad).

En 1966, lo que se mantenía en el secreto, aquel “mensaje maligno” judío y masón, ya los judíos lo podían declarar abiertamente y ser aplaudidos por los católicos. El objetivo “satánico” que siempre acusaron los integristas y que se mantenía secreto en los conciliábulos judíos, en las logias masónicas y sectas protestantes que inspiraron y organizaron aquellos en la cristiandad, era este humanismo naturalista. Los mismos masones salieron de sus ocultos refugios a la luz del día cuando la Iglesia católica había reconocido como propios sus objetivos y se rendía sin condiciones al asedio. Desde Juan XXII, hasta Francisco, todos incluidos, hacían propio el credo judío: EL HUMANISMO.

Nos dice Louis Medler en su excelente obra “Mgr. DELASSUS” (recién reeditada por Edition du Sel) en la nota 4 de la pág 101:

“Jaques Maritain, queriendo negar que el judaísmo infiel a Cristo sea una contra-iglesia, niega en efecto la existencia de toda contra-iglesia, pues afirma que Israel “no es una Contra Iglesia. Ya que él no existe contra Dios, o contra la Esposa” Y por tanto él considera que Israel constituye un “cuerpo místico” dotado de una misión de “activación terrena de la masa del mundo”, paralela a la obra de acogimiento sobrenatural confiado a la Iglesia. No se está tan lejos, en efecto, de las vistas de Mgr. Delassus y de la tesis del P. Meinvielle. Con la sola diferencia de que para Maritain, esta obra de “estimulación del movimiento de la historia” es positiva, siendo que para el P. Meinvielle, es simplemente un mesianismo invertido y naturalista –de ese naturalismo que es precisamente, a los ojos de Mgr. Delassus, el motor de la conjuración anticristiana.”

La Iglesia nunca odió a los judíos, siempre hemos sabido que son nuestros pecados los que formaron el patíbulo donde Murió; pasaron a ser cristianos aquellos que reconocen la culpa de haberlo torturado y matado con nuestras faltas y se dejó el nombre de judíos para aquellos que siguieron afirmando que era un falso Mesías y que bien muerto estaba por blasfemo y confundidor. La diferencia estaba en creer o no en la misión sobrenatural de Jesús y en el camino sobrenatural a nuestra redención, en la total primacía de lo sobrenatural.

Ni que hablar de racismo en una institución donde sus mejores hombres pertenecieron a esa raza. Si los judíos fueron un pueblo molesto después de la diáspora y dentro de las naciones católicas fue por errores y debilidades de esos pueblos que lo permitieron con sus propios vicios, ya que en las naciones católicas fuertes el judío siempre fue puesto en su lugar y encontró la debida protección (en especial tenemos cerca el último Imperio Austro-Húngaro como ejemplo). Si Isabel La Católica hubo de expulsarlos fue por el desmadre que malas políticas anteriores produjeron y para salvarlos del odio, pero no por una inquina religiosa ni racial.

Siempre la Iglesia supo que había “cabezas” judías que querían provocar una victimización de algunos de sus miembros como prueba contundente de la malicia católica que se supone a partir de su talante miliciano y, siempre hubo idiotas –o deudores- que se prestaron para ese juego muy a pesar de los acuciantes avisos y condenas que venían del Magisterio contra estas derivas iracundas e irracionales. Los relatos satánicos de ciertas prácticas de algunos judíos que se generalizaban para exacerbar el odio de los simplones –que algunas existieron- y aquellos “Protocolos” u otros parecidos escritos, no pocas veces provinieron de judíos provocadores pero muchas más de reaccionarios insensatos, hasta llegar a la trampa mortal del “holocausto” del siglo XX, enorme error político -publicitariamente magnificado- de las naciones cristianas, siendo que la Iglesia fue la única que intentó con sus pocos medios de impedirlo.

Lo que nos interesa concluir es lo siguiente: la Iglesia fue asediada por estas fuerzas organizadas que querían imponer un humanismo naturalista en el que el hombre se redimiría a sí mismo por un orden social y un esfuerzo económico, y quitar toda significación sobrenatural a la Redención operada por Cristo para nuestra existencia personal y social. Una doctrina que busca un logro natural y pospone lo sobrenatural para un mañana que nunca llega y que ya no importa. La “revolución” propone realizar este ideal de sociedad de justicia, de paz y de encuentro entre los hombres, lo que no es otra cosa que el mesianismo judío como hemos demostrado más arriba y lo reafirma el hecho histórico de tenerlos a ellos siempre dentro de las cabezas principales de todas estas revoluciones, en pos del cual, y como decía nuestro buen Domingo Faustino, para estos civilizados no había que ahorrar sangre de gauchos.

Sabían estas fuerzas que el gran “enemigo” de esta idea era el catolicismo y su organización terrena o Institución, que era la Iglesia, que descreía de estos “planes” si no se partía de una conversión previa a lo sobrenatural y bajo su tutela (¿¿tutela??¡¡qué espanto de palabra para un hombre evolucionado!! ¡¡Para las Naciones Modernas!!) . Contra ella concentraron sus fuerzas y para ello había que terminar con factores políticos que la sostenían, como la Monarquía, que ya cristiana o corrompida, no puede justificar su existencia sin un principio por lo menos providencial.

Una vez logrado cooptar todo el mundo político con esta idea de “construcción de un mundo mejor”, motorizado y centrado por la preeminencia del dinero (economía) como fautor imprescindible de la felicidad en esta tierra (y que viene a suplantar el efecto que la gracia tiene en la economía sobrenatural. Sin contar con la gracia, sólo se puede contar con el dinero), la Iglesia demostraría toda su maldad al oponerse a tal ideal maravilloso y atarse a vetustos planteos que hacían permanecer el mal en la tierra a pesar de las demostraciones maravillosas del progreso tecnológico obtenido.

Era el momento para la Iglesia –anunciado por otra parte- de resistir aislada, testimonial y mártir (volar a los montes), depurándose interiormente de los captados por la idea filantrópica y economicista nefasta de la prioridad de lo natural y de sus falsos magos tecnológicos; actitud que coronó el pontificado de nuestro último Papa Santo, San Pio X.

La más elaborada de las estrategias del enemigo fue la de convencer al católico de que esta “crisis” que sufrimos es la crisis de una doctrina locamente sobrenaturalista, integrista, desarraigada de la realidad y desconocedora de los bienes de la modernidad, que se demostraba caduca a sí misma por no lograr efectos visibles para un acuerdo con los otros, para la paz y la abundancia entre los hombres, y alimentando una confrontación eterna. Que se caía desde dentro por propia debilitación al desarmarse en el aire el enemigo fantasmagórico que había creado –el “mundo maligno”- frente a otro “mundo” que despertaba al progreso como en la sinfonía de Dvorak y estaba descubriendo y aplicando los medios para lograr esa paz y esa abundancia: la tierra prometida de leche y miel.

Puestos en planos naturales, tal cual lo enseña Maritain en la cita que trajimos (y que no es ningún estúpido), hay que aceptar que el judío tiene una preeminencia de talante y una formación tradicional en su doctrina que le hace tomar la cabeza del movimiento intrahistórico y económico de forma irremediable -creer o reventar–, y esto porque nuestro combate es sobrenatural y en eso no fallamos ni desfallecemos, tenemos a Cristo, a su Iglesia y su Gracia nos basta y, en ese plano venceremos y el judío será “vencido” finalmente por su conversión. Es cuando tentamos vías naturalistas donde toda nuestra torpeza se rebela, donde en todos los ensayos de ese naturalismo encontraremos sin duda alguna la fuerza de los argumentos y el liderazgo de ese pueblo excepcional para lo económico y seremos sus ovejas, surgiendo entonces de nosotros un odio plebeyo hacia una superioridad que, en buen romance, deberíamos despreciar como a la nada que es.

La “cuestión judía” como un “secreto maligno” ya es cosa del pasado pues ha sido develada, no es ningún secreto bien guardado en protocolos secretos, sino una doctrina gritada a todas voces: era y es “el naturalismo”. Y es hoy que los hombres de Iglesia se han convertido a esa doctrina y le rinden el debido culto al mesías judío, al “pueblo de Dios”, con el Novus Ordo redactado al rescoldo del “culto de acción de gracias pascual” judío, por el masón Bugnini y el infiltrado protestante Bouyer.       

lunes, 15 de octubre de 2018

LA SOMBRA GROTESCA DE UN JUDÍO DE NARIZ GANCHUDA (parte 1)

por Dardo Juan Calderón

Nos preguntábamos hace poco sobre si “¿Hubo una Conjura Anticristiana?” y, en caso de que tal cosa hubiera ocurrido, de si entre sus agentes estuvo el JUDÍO, el MASÓN y el PROTESTANTE. O si, por el contrario, es ésta una idea surgida de la propia impotencia de una religión que no pudo detener su decadencia y, desconociendo las verdaderas causas de la descristianización en su interior, buscaba culpables fuera de sí: un chivo expiatorio.

Sabemos por Fe que ocurrida la Redención existe una contra-iglesia del demonio que nos lleva al pecado para nuestra perdición en lo espiritual, pero que también trabaja con medios materiales en una actividad ya encarnada en grupos humanos organizados que actúan en la historia para destruir a la Iglesia en la tierra.

En esta batalla Satanás actúa por pura malicia pues es un condenado, pero esos hombres y esas organizaciones no son tal cosa, no son condenados (aún pasibles de conversión) y actúan buscando un “bien”, que nosotros entenderemos “diferente y opuesto al de la Iglesia”, pero que el modernismo entenderá que es conciliable. Ellos buscan un fin natural cuando aquella busca un fin sobrenatural, pero entendámonos, no es que la Iglesia anda en las nubes y no se interesa en las cosas terrenas, la Iglesia busca un fin sobrenatural que implica un orden natural que surge como consecuencia de esa orientación y eso implica un mandato político de docilidad, actitud de las más difíciles de cumplir para la soberbia del hombre. Aquellos otros buscan un orden natural que surge de la misma naturaleza y que puede o no implicar un paso posterior a lo sobrenatural. La gran diferencia la hará, como señala Chesterton, el pecado original, pues si esa naturaleza está caída, mal nos puede dar su orientación y más bien nos desorienta.

Y aunque no lo parezca, aquí chocan dos ideas tremendas. El católico viejo que se siente llamado a combatir en dos frentes, el espiritual contra uno mismo y el terreno contra las organizaciones enemigas, pero siempre desde el fortalecimiento previo por la gracia sobrenatural que debe ser conservada y acrecentada en el cumplimiento de la Ley Divina dentro de Su Iglesia.

Por otra parte está el modernismo que deja en pie sólo el primer enemigo, el interior (no ya como enemigo de Dios, sino de uno mismo para sus logros humanos), porque desconoce y niega esas fuerzas malignas “encarnadas”. El modernismo –judaizado en su doctrina- entiende que estos fines naturales buscados por el hombre con sus propias fuerzas -aun en otras organizaciones que no sean la Iglesia- se pueden compatibilizar con los fines sobrenaturales buscados por la Iglesia. Entiende que no necesariamente deben ser “opuestos”, y aun peor, siendo el natural primero en la necesidad (prima mangiare), el otro puede ser –o debe ser- “pospuesto” para un tiempo en que se dé el primero y abra las condiciones para lo espiritual, pues no hay que temer la inclinación de la natura llevada por las solas virtudes morales. Y esta es la enorme trampa.

El católico tradicional entiende que en la historia hay dos bandos que combaten por un tercero; son los tres tercios de la humanidad de los que habla el Apocalipsis: los buenos y los malos enfrentados por aquel tercio de los errantes (o perplejos). Para el católico viejo hay que tomar bando contra otra parte de la humanidad porque ambos tienen “fines contrapuestos”, y la misma oposición entre estos fines surge primordialmente de la “prioridad” en la búsqueda y consecución de ellos, más que en los fines mismos.

Vemos aquí el problema del “doble fin”, un fin natural primero que al armonizar al hombre con su “buen mundo” lo hace apto para lo sobrenatural, o un fin sobrenatural que siendo primero en la intención, ordena la naturaleza para resistir un “mundo adverso”. Un remanido dilema: debo alimentar a la humanidad para luego hablarles del cielo y del infierno (es decir, establecer la paz, la abundancia y la justicia primero), ¿o al revés?: una humanidad que no sabe del cielo y del infierno jamás podrá ser saciada de su hambre, ni tendrá paz ni justicia.

Lanzar una acusación de satanismo contra grupos humanos que declaran a viva voz buscar la paz y la justicia, por una cuestión que parece de método, es sin duda la provocación de un enfrentamiento histórico que parece cruel y que debería tener una solución “consensuada”. Para peor -si aceptamos la “profecía”- debemos agregar que nos obliga a creer que este enfrentamiento será sin final y sin tregua durante toda la historia, es decir: sin solución posible. Y esto es cargar a Dios con la responsabilidad directa de habernos puesto en un campo de batalla no sólo interior sino externo en la historia, que tiene un desenlace en la victoria de uno de ellos y aniquilación del otro después de la historia. Esto creyó la cristiandad y esta acribia le han reprochado sus enemigos. Nunca mejor expresado que por San Agustín con las Dos Ciudades.

¿Pensaba esto mismo el “otro” bando? ¿Los malos? Es decir, eran conscientes de que entablaban una lucha contra Dios y luego contra su Iglesia? ¿Así lo entendían? Satanás sí, y aun peor, sabía de su segura derrota y buscaba socios para perderlos. Pero sus “hombres” no así (salvo unos poquísimos). Y esto porque Satán es padre de la mentira y sus seguidores son engañados. Ellos pensaban la historia de otra forma: el esfuerzo humano, y entre ellos la religión, era una actividad llevada para el encuentro de toda la humanidad en un mismo “bando”, para que llegara una “era” histórica de encuentro y acuerdo en abundancia, paz y justicia entre los hombres. Los judíos entendieron que ellos eran el pueblo elegido para motorizar en la historia este feliz encuentro humano con ellos a la cabeza del mismo, eso iba a lograr el Mesías esperado (si es que el Mesías no era un símbolo del Pueblo Judío mismo en su acción histórica, es decir, un colectivo). Para esto habían sido elegidos y -sin engaño- encontraban en la historia y talante de su pueblo las aptitudes y disposiciones principales para poder hacerlo.

Jesús de Nazareth contradice los puntos esenciales de esta idea o doctrina y, lejos de inaugurar o promover un mundo en paz y justicia, se convierte en causa de “contradicción permanente entre los hombres”. Pero además anuncia un encuentro que no es en la historia y tampoco es de “toda” la humanidad, sino de los fieles que surjan victoriosos del combate externo y del “juicio” interno. Para colmo, cerraba el paso a la búsqueda de ese fin natural de encuentro humano pensado y diseñado por el hombre a base de sus mejores apetencias, diciendo que –por el contrario- había que desconfiar de aquellas apetencias y sólo buscar el fin sobrenatural, ya que lo otro se daría por “añadidura” y de una forma “impensada” por el hombre; de una forma providencial muy posiblemente contraria a las ideas forjadas por el querer humano y que dependía de su docilidad a la gracia. Había sembrado la discordia, había negado la misión del pueblo elegido, la de la propia humanidad, y debía ser muerto.

Planteado esto con toda crudeza, tomemos conciencia de que para una mentalidad simple, la cristiandad es un planteo “belicista” que supone un permanente combate sin fin ni tregua en la historia, y el judío es un “pacifista” que busca un encuentro que dé por terminado este combate en la historia. Que en el judío hay una misión “constructiva” del mundo en la historia y que de alguna manera para el cristiano hay un “abandono” del mundo y la historia (no simple abandono cínico o nihilista, sino abandono a Su maravillosa Providencia).

Nosotros hacemos de nuestra vida una “guerra” y ellos buscan la paz para el mundo. Esta forma judía de ver las cosas la heredan las logias masónicas y las sectas protestantes (sus hijos espirituales), ideales pacifistas y constructivistas que los llevan también -en mayor o menor medida- a abandonar la “lucha interior” para buscar en su lugar una “armonía social o colectiva” en la tolerancia del error y la miseria, para que de esa armonía natural surja como producto lo espiritual. Puestas así las cosas, el modernista pensó que debía replantearse la bélica cristología medieval.

Es cierto también que hay que recordar con Anzoátegui que un pacifista es aquel que quiere matar a los belicistas y estos han tomado sus medidas de combate y nada leves, pero no ocultemos que la “guerra” la hemos armado nosotros, o peor aún, Cristo mismo. No la comenzamos, se entiende, sabemos que la comenzó el Maligno, pero hemos hecho de ella nuestra forma de vida y esta acusación nos cabe y debemos aceptarla en toda su redondez. Somos milicia y no prevemos un acuerdo humano. Ese es nuestro pesimismo histórico frente al optimismo judío.

Si no entendemos esto, si no los vemos en una correcta perspectiva, nunca entenderemos porqué nos consideran a nosotros los aguafiestas, los perros rabiosos, los eternos cultores del enfrentamiento, los que negamos el diálogo, enturbiamos la convivencia, impedimos el consenso y para mejor, somos los cultores del “abandono” de la acción y el progreso contra los promotores del esfuerzo por un orden de abundancia, paz y justicia. ¡Unos tarados! (Nada hay de menos abandono que el ponerse en manos de Dios, El que una vez recibidas nuestras voluntades no deja de darnos un enorme trabajo, pero bueno… no el que queríamos, el que nos gustaba o que se nos había ocurrido).

Tampoco entenderemos porqué la doctrina naturalista es más ajustada al deseo de la naturaleza humana –caída-, y la nuestra es tan repugnante para ella, resultando por tanto más justificable su razón en una visión puramente natural. (Es mucho más “natural” estar por el aborto o la anticoncepción cuando se prevé, casi con toda seguridad, una vida infeliz y miserable para la madre y el hijo. El cristiano sabe que la vida será un “valle de lágrimas”, hecho ante el cual sólo se puede oponer el argumento sobrenatural de abrir para ellos la posibilidad de una felicidad en la eternidad después de esta amargura. No hay argumento que no sea sobrenatural para los males, salvo que creamos que podemos acabar con ellos en esta tierra).

Entenderemos que para ser cristiano hay que tomarse la enorme y antipática tarea de amanecer “en pie de guerra” contra uno mismo para comenzar, y contra los demás por caridad, siendo que es tan dulce aquella doctrina que nos deja abandonarnos a la tendencia de nuestra naturaleza caída. La clave de entendimiento está en esto, en que nosotros desconfiamos de la naturaleza que sabemos caída y ellos no, que nosotros priorizamos lo sobrenatural y ellos lo natural.

No es el judío una sombra grotesca de nariz ganchuda que acecha nuestros hogares con una maldad insidiosa, sino –como el buen masón y el protestante- un hombre decente que quiere aunarnos para un mañana histórico de encuentro, de abundancia, de paz y de justicia. Es el “naturalismo”, y es poesía, y es filantropía. Es el que nos pide que dejemos las armas, el combate. Es el soplo de una voz tierna que nos dice al oído “descansa, confía en ti mismo y en la humanidad (en mi guía y en el poder del dinero)”. Aquella caricatura del judío de satánica malicia que mataba niños y bebía su sangre (que los hubo), tenía el sentido docente de alejar a los simples de la influencia naturalista y prefiguraba el efecto sobrenatural de que, sin duda ese naturalismo iba a matar el alma de nuestros niños y beber la savia de la gracia al quitar el sentido sobrenatural de nuestras vidas. Caricatura a la que no pocos judíos contribuyeron para victimizarse.

(No dejo de señalar que todo ese “naturalismo” optimista, privado de lo sobrenatural -como bien decía Calmel- termina en derivas “contranaturales”, y tenemos a nuestros modernistas del Vaticano de triste ejemplo).

Tampoco es “la sombra grotesca de un judío de nariz ganchuda”, satanista y usurero, la que se mostraba de parte de los sabios hombres de la Iglesia. Pues lo que ellos señalaron como la “per-fidia” (que quiere decir “por fuera de la fe” y sin más connotaciones adjetivas, que no hacen falta para su gravedad) de la doctrina judía, fue el naturalismo humanista.

La caricatura que dibujaba una parte de los contrarrevolucionarios llevados por una exagerada repugnancia (¿o despecho?) -en su contradicción evidente con el ser y el pensar común de los judíos- servía para acusar a hombres como Mgr. Delassus con aquella frase lograda que hemos puesto de título (ideada por parte del modernista Pierre Pierrard), siendo que no es de eso que el buen Monseñor quería protegernos; el peligro que de ellos se anunciaba desde la Iglesia era la civilizada y bonachona prédica naturalista y humanista del filántropo y no todas esas derivas de los despeñados.

Más allá de todos los mitos más o menos mechados de algunas anécdotas ciertas -pero aisladas- el Judío traía toda su prédica peligrosa en su naturalismo, su mesianismo terreno y su ecumenismo político. No es necesario que recurramos a cuentos de brujos en el que dos fuerzas sobrenaturales se enfrentan, Cristo vs. Satán, con ellos adorando al malo y nosotros al bueno. El verdadero enfrentamiento –salvo en la conciencia satánica- es entre la Verdad y la mentira que Satán difundió en el mundo, entre sobrenaturalismo y naturalismo; y la clave de esa mentira está en la adecuación de los objetivos y fines, como si lo sobrenatural fuera el final feliz de una adquisición por esfuerzo humano, y no el principio de Salvación por un esfuerzo Divino. Y si bien nosotros sabemos que es finalmente una lucha entre Satán y Cristo, no son altares aztecas a Satán los que adoran los “malos”, sino esos altares modernos de la santa democracia laica y universal; la igualdad la fraternidad y la libertad, a la que estamos adorando todos sin darnos buena cuenta.

¿Acaso es eso que digo lo que ellos dicen de nosotros y de sí mismos? Veremos.

domingo, 14 de octubre de 2018

SOBRE LA CANONIZACIÓN DE PABLO VI

(tomado del artículo Francisco, Teilhard de Chardin y el panteísmo,
por Miles Christi)
                       versión pdf, aquí
Siniestra iconografía  del neo-santo
                                                                                                                  En la encíclica Mirari vos, en 1832, Gregorio XVI dice que « de esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión[1]. » § 10

Ahora bien, es menester recordar que el culto del hombre y de su conciencia erigida en valor absoluto -quintaesencia del modernismo- no es exclusivo del pontificado de Francisco[2], como ingenuamente lo imaginan los “conservadores conciliares” escandalizados por las impiedades bergoglianas, sino que fue proclamado orgullosamente por Pablo VI en el mensaje de clausura del CVII. He aquí sus palabras:

« El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho Hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. […] Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre[3]. »

Este culto del hombre, concebido como un “dios” en devenir por vía evolutiva, es propio de la gnosis luciferina. Me permito citar aquí un texto poco conocido del cardenal Montini, extraído de una conferencia intitulada Religión y trabajo, pronunciada el 27 de marzo de 1960 en Turín, en el teatro Alfieri, que puede leerse en el volumen de la Documentation Catholique del año 1960, en la página 764, correspondiente al número 133, y publicado el 19 de junio de 1960. Doy la referencia con lujo de detalles para quienes no pudieran dar crédito a sus ojos, y no sin razón, tan sorprendentes resultan las afirmaciones del cardenal Montini. He aquí las palabras de aquel que tres años más tarde llegaría a ser papa y que promulgaría los documentos revolucionarios del CVII en 1965:

« ¿Acaso el hombre moderno no llegará un día, a medida que sus estudios científicos progresen y descubran leyes y realidades ocultas bajo el rostro mudo de la materia, a prestar oídos a la maravillosa voz del espíritu que palpita en ella?  ¿No será ésa la religión del mañana? El mismísimo Einstein previó la espontaneidad de una religión del universo[4]. »

El espíritu que « palpita » en la materia, la « religión del mañana », que sería una « religión cósmica », una « religión del universo »: aquí están los fundamentos de la gnosis evolucionista teilhardiana, con el culto del hombre en vías de divinización. Como si esto no fuera suficiente, que un cardenal de la Iglesia invoque en materia religiosa la autoridad de un judío socialista que reivindicaba una « religiosidad cósmica » fundada en  la contemplación de la estructura del Universo, compatible con la ciencia positivista y refractario a todo dogma o creencia, es para quedarse atónito.

Cuando en 1929 el rabino Herbert S. Goldstein le preguntó: « ¿cree Ud. en Dios? », Einstein respondió:
« Yo creo en el Dios de Spinoza que se revela en el orden armonioso de lo existente, no en un Dios que se preocupa por el destino y las acciones de los seres humanos[5]. »

Y en una carta dirigida en 1954 al filósofo judío Eric Gutkind, Einstein escribió:
« Para mí, la palabra Dios no es sino la expresión y el fruto de debilidades humanas y la Biblia una colección de leyendas, por cierto honorables, pero primitivas y bastante pueriles. Y esto no lo cambia ninguna interpretación, por sutil que sea[6]. »

Lo que equivale a decir que el Dios de Einstein no es otro que el Deus sive natura del filósofo judío Baruch Spinoza, que en su doctrina panteísta identificaba a Dios con la naturaleza. Tal es la « religión del universo » que profesaba Einstein y que evoca con admiración el Cardenal Montini en su conferencia, y en quien el futuro pontífice se inspira para vaticinar una « religión del porvenir » destinada a ocupar un día el lugar del cristianismo. Cuando se piensa que este hombre pronto será elegido Sucesor de San Pedro, y que es él quien más adelante promulgará los documentos novadores del CVII, abolirá la Misa católica, inventará una nueva[7] con la contribución de « expertos protestantes » y modificará el ritual de todos los sacramentos, es de veras como para quedar petrificados...

He aquí otra declaración de Pablo VI que va en la misma dirección, pronunciada durante el Angelus del 7 de febrero de 1971, con ocasión de un viaje a la luna, y que constituye un verdadero himno al hombre en camino hacia la divinización:
« Honor al hombre, honor al pensamiento, honor a la ciencia, honor a la técnica, honor al trabajo, honor a la audacia humana; honor a la síntesis de la actividad científica y del sentido de la organización del hombre que, a diferencia de los otros animales, sabe dar a su mente y a sus manos instrumentos de conquista; honor al hombre, rey de la tierra y hoy también príncipe del cielo[8]. »    

Este culto de la humanidad y del progreso ha sido condenado numerosas veces por el magisterio. Cito un extracto de la encíclica Qui pluribus de Pío IX, de 1846,  seguido de una proposición condenada en su Syllabus de 1864:
« Con no menor atrevimiento y engaño, Venerables Hermanos, estos enemigos de la revelación divina, exaltan el humano progreso y, temeraria y sacrílegamente, quisieran introducirlo en la Religión católica, como si la Religión no fuese obra de Dios sino de los hombres o algún invento filosófico que se perfecciona con métodos humanos[9]. »
« V. La revelación divina es imperfecta, y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana[10]. »

Pío IX es muy claro en relación a los « progresistas »: emplea la expresión « enemigos de la revelación divina ». ¿Qué calificativo mejor podría hallarse para designar a un cardenal y arzobispo de la Iglesia que aprovecha su eminente dignidad eclesiástica para difundir la idea blasfema y herética de que una pretendida « religión del mañana » llegará un día a suplantar al catolicismo? Este hombre se llama Giovanni Battista Montini. A él -junto a Juan XXIII, cabe recordar- se deben el nefasto CVII y su espurio “magisterio”, la devastación de la liturgia romana y la terrible crisis doctrinal, litúrgica y disciplinar que azota a la Iglesia desde hace más de medio siglo…



[2] Para mayor información sobre las innumerables herejías y blasfemias de Francisco, se pueden consultar los libros Tres años con Francisco: la impostura bergogliana y Cuatro años con Francisco: la medida está colmada, publicados por las Éditions Saint-Remi en cuatro idiomas (castellano, inglés, francés e italiano):
Recomendamos igualmente el libro Con voz de dragón, publicado por las Ediciones Cruzamante:
[4] Traducción francesa de la Documentation Catholique: « L’homme moderne n’en viendra-t-il pas un jour, au fur et à mesure que ses études scientifiques progresseront et découvriront des lois et des réalités cachées derrière le visage muet de la matière, à tendre l’oreille à la voie merveilleuse de l’esprit qui palpite en elle? Ne sera-ce pas là la religion de demain? Einstein lui-même entrevit la spontanéité d’une religion de l’univers. » Texto original italiano: « Non capiterà forse all'uomo moderno, mano mano che i suoi studi scientifici progrediscono, e vengono scoprendo leggi e realtà sepolte nel muto volto della materia, di ascoltare la voce meravigliosa della spirito ivi palpitante? Non sara cotesta la religione di domani? Einstein stesso intravide la spontaneità d'una religione dell'universo. »  Ver en la página n° 3 del documento siguiente, activando la función T (« Show text »):
[8] « Onore all’uomo! Onore al pensiero! Onore alla scienza! Onore alla tecnica! Onore al lavoro! Onore all’ardimento umano! Onore alla sintesi dell’attività scientifica e organizzativa dell’uomo, che, a differenza di ogni altro animale, sa dare strumenti di conquista alla sua mente e alla sua mano. Onore all’uomo, re della terra ed ora anche principe del cielo. » https://w2.vatican.va/content/paul-vi/it/angelus/1971/documents/hf_p-vi_ang_19710207.html
[9] « Né con minore fallacia certamente, Venerabili Fratelli, questi nemici della divina rivelazione, con somme lodi esaltando il progresso umano, vorrebbero con temerario e sacrilego ardimento introdurlo perfino nella Religione cattolica; come se essa non fosse opera di Dio, ma degli uomini, ovvero invenzione dei filosofi, da potersi con modi umani perfezionare. »                                

viernes, 12 de octubre de 2018

PARA UN ÁLBUM DE FIGURITAS DEL APOCALIPSIS

Cardenal Ouellet,
guardián de la honorabilidad de Babilonia
Damos por supuesto que no pocos lectores habrán leído la vergonzante réplica del cardenal Ouellet a monseñor Viganò en la que aquél confirma involuntariamente los cargos allegados por el ex-nuncio, al paso que la emprende en una defensa frenética y estentórea del Jefe  -la que alcanza su culmen cuando tilda nada menos que de "blasfemo" a su destinatario por haber arrojado dudas sobre la fe de Bergoglio. Pese a la ordinariez de su estilo, esta misiva representa una obra cumbre en el tesón servil con el que tantos clérigos paridos por los miasmas conciliares se esmeran en servir a los más decididos demoledores de la Iglesia. Lo hacen a título de obediencia, reos de conmovedores malentendidos que los llevan a reclamar silencio a quien denuncia las impías maquinaciones del tótem (perdón, del Papa), sin nunca alegar la menor pena por la putrefacción en curso. 

Conviene echar un vistazo a la trayectoria del purpurado tal como nos la ofrece un sitio italiano, que nos informa que el canadiense
ha sido siempre incluido entre los "moderados", los "conservadores": en pocas palabras, es un ratzingeriano de acero. Es partidario de las prácticas devocionales tradicionales como la Adoración Eucarística y es un amante del canto gregoriano. El ardid de confiarle el ataque a Viganò es, por lo tanto, muy hábil, digno de un jesuita consumado y avezado a las intrigas. Viganò no tenía que ser atacado por un progresista, por un hombre estrechamente vinculado al entourage del obispo de Roma, sino por un buen conservador amante de las liturgias elegantes.
Licenciado en filosofía y teología, otrora profesor y rector de seminario,
el 3 de marzo de 2001, gracias a ese pedigrí, es nombrado secretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, sucediendo al cardenal Walter Kasper, futuro gran elector de Bergoglio, presidente del mismo dicasterio. Recibe la ordenación episcopal del Papa Juan Pablo II y del Cardenal Giovanni Battista Re. El 15 de noviembre de 2002, el Papa Juan Pablo II lo nombra Arzobispo Metropolitano de Québec y Primado de Canadá. Québec, antaño tierra de exiliados franceses archicatólicos huidos de las persecuciones jacobinas, en los últimos años se ha convertido en una de las regiones más descristianizadas y laicistas del mundo. Juan Pablo II trata por ello de frenar la deriva secularista a través de un obispo de ortodoxia probada. Nombrado cardenal en 2003, se habló de él como de un posible candidato en los cónclaves de 2005 y 2013.
En 2010 el Papa Benedicto XVI lo llama de regreso a Roma. Ouellet abandona Québec en condiciones desastrosas y es nombrado Prefecto de la Congregación para los Obispos, sucediendo al cardenal Giovanni Battista Re, quien renunció debido a haber alcanzado  el límite de edad. También es nombrado presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, donde se reunirá con el poderoso arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, quien, hecho Papa, lo confirmará en su papel de Curia.
Sin embargo, el Papa no tardará en manifestar su molestia y su distancia respecto de Ouellet. Hace dos años, el Journal de Montreal denunció el ostracismo de Bergoglio respecto del Prefecto de la Congregación de los Obispos. Según el periódico, el Papa Francisco habría rechazado repetidamente las propuestas de nombramientos episcopales hechas por Ouellet. Una especie de desconfianza manifiesta hacia su colaborador. En particular -explicaba el periódico canadiense-, Bergoglio ignoraba sus elecciones, prefiriendo a otros candidatos rigurosamente progresistas. Uno de los momentos de mayor tensión entre el papa y Ouellet ocurrió con la elección de sedes episcopales como Madrid, Sydney y especialmente Chicago, donde Bergoglio quiso imponer a Blaise Cupich, conocido por sostener la comunión para los divorciados re-casados y para las parejas homosexuales, y por ser gran enemigo de los movimientos pro-vida.
Hace dos años, ante estas tensiones, se habló insistentemente de la remoción de Ouellet. Luego no se hizo más nada. Evidentemente, el obispo de Québec agachó la cabeza, aceptó la humillación pública que lo ve reducido al rango de yes-man, y ahora, a menos de un año de los 75 de la edad que prevé canónicamente la renuncia y la jubilación, hélo aquí asumiendo este papel de "Gendarme del Pontífice", un papel perfecto para un viejo conservador. 
Descripción ésta que, en todos sus pormenores y pormayores, nos ilustra acerca de un tipo indisociable de la vasta obra de sustitución de la Iglesia por su simio: se trata, como podrá adivinar el avisado lector, del conservador, aquel personaje que, aunque no se haga él mismo reo de la extrema corrupción moral de su entorno más o menos próximo (que es como el sello del apóstata en funciones), no admite mejor expediente que el de echar un púdico velo de silencio sobre la inmensa maquinaria del crimen, que se sirve de su mutismo como de un eficaz combustible. El conservador es, pues, un encubridor de segundo grado, movido a menudo por buenas intenciones -de esas que impiden el juicio recto y adoquinan los caminos del infierno-, pero un encubridor al fin, partícipe necesario en la equívoca legitimación del desorden revolucionario, ya que lo refuerza con la adhesión de un elemento en apariencia intachable. Es el hombre de las síntesis imposibles, el que propugna la continuidad entre tradición y ruptura, aquel para quien la universalidad católica (kat'holon) está a un paso de confundirse con el panfilismo. No por nada otro conservador, ratzingeriano de estricta observancia y él también candidato en el cónclave de 2013, el cardenal Scola, acabó patrocinando la instalación de mezquitas en la ciudad ambrosiana.

Pacatos del demonio que creen obrar como Sem y Jafet cuando acudían a cubrir las vergüenzas de su padre, no se percatan de que aquí no hay un superior ebrio por inadvertencia, sino uno de aquellos de quienes el Señor nos avisó, que «notando que el amo tarda en volver, comienza a golpear a siervos y siervas, a comer y a beber y embriagarse» (Lc 12, 45), con inocultable quebranto de la sociedad santa puesta en sus homicidas manos. Tanto como para obrar el trasiego de la Iglesia en su contraria, «engañando, si fuera posible, aun a los mismos elegidos».

Si la epidemia sodomítica, signo elocuente como el que más, no es capaz de despertar a estos macilentos hombres de Iglesia, será que sólo lo hará posible la deflagración de Babilonia con ellos mismos entre sus muros. Pues, ¿qué son esas impurísimas fanfarrias ejecutadas por tanto curial marica sobre la necrópolis vaticana, sobre el ara de tantos mártires y aun del Príncipe de los Apóstoles allí enterrados, sino un «embriagarse de la sangre de los santos y de los mártires» aquella «gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto»? Si Dios mismo conmina: «sal de ella, pueblo mío, para que no seas solidario de sus pecados y no participes de sus plagas» (Ap 18, 4), esto es porque Su pueblo mora efectivamente entre los muros de esa ciudad que adelanta a su ruina, y se le advierte lo mismo que otrora a Lot y a Moisés. Hay un desierto aparejado para quienes no se resignan a a un destino de perros mudos y falderos: que el Señor pronuncie el Effetá en los oídos de éstos, y los salve.

sábado, 6 de octubre de 2018

BREAKING NEWS MANUSCRITAS EN PATMOS

Al paso que la apostasía ha logrado establecerse en la Iglesia según un doble parámetro -en expansión y en intensidad-, las figuras afectadas por su vis deletérea parecen correr a asumir los roles que la Revelación les asignó para los últimos tiempos. Lo que no debe extrañar: si los príncipes de la Iglesia pierden masivamente la fe, las profecías los tendrán sin cuidado y no repararán en el papel que pudieran jugar en el escenario esjatológico cuyas dramatis personae nos han sido clamorosamente bosquejadas hace veinte siglos. Ocurre que el vórtice tiene las propiedades del imán y que, como lo supo Esquilo, «cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se le junta y lo ayuda a despeñarse». Los demonios, de hecho, que no el cielo, colaboradores eficaces de aquellos que se han rendido a su horrendo influjo, han de pasearse muy a sus anchas en dicasterios y congregaciones romanas como para que éstos resulten asimilados sin más a otros tantos lupanares -y, por colmo, de aquellos que sólo admiten varones en calidad de pupilas.

La apostasía ciega a sus actores, que «corren desatentados a su ruina». Si los vírgenes que celebra el Apocalipsis (14, 4ss.) son, según la más recurrente exégesis, aquellos que no han menoscabado la doctrina ni en una tilde ni en una coma porque «en su boca no se ha encontrado mentira», la Gran Prostituta, ante todo, debe ser aquella que, luego de faltar a la fidelidad al depósito que le fue confiado, habiendo fornicado con los reyes de la tierra (Ap 18,3), acaba sus malandanzas en la degeneración de sus hábitos primarios, tal como corresponde a su podredumbre cordial. Que la prostitución, término siempre alusivo al comercio sexual, pueda también aplicarse a la contaminación del magisterio, revela en todo caso la afinidad profunda entre ambos registros y cuánto el uno pueda reclamar la solidaridad del otro. La pederastia -observación válida para cualquier ambiente en el que ésta medre- viene a indicar la exacerbación de la conducta viciosa, el nec plus ultra de la depravación, que es un hecho ante todo espiritual.

Las redes homosexuales que infestan a la Iglesia convienen, pues, a la descripción de la Gran Prostituta, como también conviene a ésta la contemporización del clero con las nauseabundas máximas de la ONU y otros conventículos de notorio credo antropolátrico. O con ese melifluo interconfesionalismo que pondrá pronto en los altares a Lutero y Melanchton, si Dios no se sirve impedirlo. Cuando san Juan dice haberse «quedado estupefacto» (Ap 17, 6) al ver a la Mujer «cuyo nombre es un  misterio» (nombre que revela inmediatamente como el de «Babilonia la Grande»), ebria de la sangre de los santos y de los mártires, ¿a qué atribuir su estupefacción, nunca señalada a propósito de las otras terribles visiones que desfilan ante sus ojos? ¿Será acaso al haber reconocido en esta mala hembra a la Sede de Pedro usurpada por demonios? (importa recordar aquí que el Príncipe de los apóstoles concluye su primera epístola saludando «desde Babilonia», en alusión a Roma). San Agustín apunta otro tanto en su De civitate Dei cuando comenta aquel pasaje de la 2ª a los Tesalonicenses (2, 3ss.) donde se habla del «hombre inicuo, el hijo de la perdición, aquel que se opone y se subleva contra todo aquello que se refiera a Dios y sea objeto de culto, hasta llegar a sentarse en el templo de Dios», arguyendo que algunos «piensan que también en latín es más correcto decir, como en griego, no en el templo de Dios (in templo Dei), sino se sienta en calidad de templo de Dios (in templum Dei sedeat), como si él fuera el templo de Dios que es la Iglesia». Lo que sugiere la confusión, a los ojos del común, de la Iglesia con su simio, con una contraiglesia capaz de conservar las temporalidades de aquélla y su organización jerárquica sin su espíritu.

Francisco, en su vomitona diaria de insensateces y herejías, es el vulgarizador más acreditado de este estado de espíritu cuyo rechazo tiene por objeto al logos y al Logos, ávido de consagrar el principio de indeterminación de todas las cosas, el caos primordial. Corriendo a apropiarse las cualidades de las dos Bestias, imita a la del mar en aquello de proferir «palabras arrogantes y blasfemias», blasfemando «contra Dios, su nombre y su Morada y los que habitan en el cielo» (Ap 13, 5ss.): así lo hizo, v.g., cuando en uno de sus más irremontables ápices verbales se permitió sugerir una supuesta discordia en el seno mismo de la Santísima Trinidad. No hablemos de lo mucho que se le apropian los atributos de la otra Bestia, la terrestre, que «tenía dos cuernos, como los de un cordero, pero hablaba como dragón» (Ap 13, 11), con ese bilingüismo que es el arte de los timadores consumados. Que esta segunda Bestia, desde siempre caracterizada como un poder religioso, haga «que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia» (poder civil) comportaría la voluntaria sumisión de la espada espiritual a la temporal: toda una desmentida posmoderna de la Unam Sanctam de Bonifacio VIII y de los Dictatus papae de Gregorio VII al amparo de aquella otra horrísona y ya recurrente apelación al laicismo del Estado, con el subsiguiente paso de poner a la Iglesia bajo el mando del Princeps. El reciente acuerdo con China no exhala otro hedor: bastará acaso que la gran potencia de Oriente termine de imponerse en el contexto internacional al cabo de la clamoreada guerra comercial con EEUU, o que se tome ejemplo de esta sumisión para repetirla en relación con un hipotético Super-estado mundial aún no conformado, para que veamos realizada esta pesadilla ante nuestros horrorizados ojos.

La inusitada férula de Francisco en el Sínodo de los Jóvenes:
para la próxima, prometió usar una caña de pescar 
El ataque mancomunado de los medios de masas a la Iglesia en relación a los abusos sexuales de los clérigos, aparte de ilustrar que «el mundo no paga traidores» y que los melindres con que tanto prelado lo regala no le garantizan la inmunidad deseada, parece poder aplicarse a aquel pasaje que dice que «los diez cuernos [reyes] que has visto y la Bestia odiarán a la prostituta, la despojarán de sus vestiduras, toda desnuda.comerán sus carnes y la quemarán» (Ap 17, 16). La alianza del clero modernista con el mundo y sus máximas podrá otorgarle a aquél inicialmente un poco de oxígeno en esta encerrona bisecular, pero la victoria del mundo sobre la Iglesia reclama de suyo algo más que la adulteración de la doctrina y de la misión de la Esposa de Cristo, y es el finiquito de todo recuerdo de su paso por la tierra. Cuando los poderes de este siglo hayan abatido la cruz de los campanarios, querrán a continuación abatir los mismos campanarios hasta sus cimientos: tal es la naturaleza refractaria del mundo a la gracia. La creciente quita del favor de los medios periodísticos a Francisco (de los mismos medios que saludaron con abundante baba su elección y su perfidia), señalándolo ahora sin ambages como encubridor de los clérigos otrora denunciados, no hace sino ilustrar esto mismo. Hace más de un año que la corriente de hastío viene cundiendo entre esos mismos pasquines izquierdosos que aplaudían como focas al Papa progre: «que se diga que un papa que prometió a los cuatro vientos una limpieza y reformas concretas al grito de la “tolerancia cero” contra los pedófilos y sus encubridores, pero conscientemente se rodea de esos personajes (por decir lo menos), es víctima de una improbable conspiración es un insulto a la inteligencia humana»(fuente aquí).

No queremos ser soñadores ni ilusos al configurar a monseñor Viganò con uno de los Dos Testigos, pero no deja de ser significativo que éstos sean inmolados «en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto» (Ap  11, 8). Que el ex-nuncio en EEUU haya centrado su denuncia en la hedionda trama sodomítica de la Iglesia lo hace una víctima potencial de los servicios secretos vaticanos: él lo sabe y optó juiciosamente por imitar al cuis. El hallazgo de su paradero podría acabar con su pellejo en la plaza de San Pedro, fusilado no ya por los curas bolcheviques de la visión de Bernanos sino por los clérigos bufarrones que Bergoglio esconde bajo su raída sotana.

Que el denunciante de estos horrores sea un prelado de extracción conciliar, como lo son hoy todos sin apenas excepción, no debe hacer suponer su incompetencia para encarnar un papel como el que le atisbamos: sin dudas, el avispero de esta Iglesia usurpada y desfigurada bullirá mucho más cuando sea uno de su propio gremio quien le endilgue las necesarias verdades, que no cuando lo haga un clérigo en "situación canónica irregular". Falta no más otro obispo que, depuestos los respetos humanos en soñoliento vigor, pida la pira pública para los documentos del Vaticano II y se anime a recordar la correlación de causa a efecto entre el desfallecimiento doctrinal y la desvirilización del clero. El álbum de figuritas del Apocalipsis estaría entonces al completarse, y podríamos por fin levantar nuestras abatidas testas.